Crecieron en épocas diferentes, pero tienen en común que en la infancia nunca faltaron los libros. Más de alguna recuerda a los padres y a los abuelos como el vínculo que las llevó a la literatura. Son escritoras que, desde la intimidad de las palabras, dialogan con ellas mismas. Tan diversas como sus contextos, cada una escribe desde su espacio y tiempo. Cada una carga con sus sueños y sus demonios. A sus 84 años, Maura Echeverría se mantiene viva con la escritura. Carmen González Huguet pensó que moriría en una operación de corazón abierto en 2005, y lamenta que esto no haya pasado. Aída Párraga fue la niña que creció en los pasillos de la librería de Hugo Lindo por el tiempo en que nacía Susana Reyes, la poeta que leyó los primeros versos en plena guerra. Claudia Meyer escribió su primer poema a los seis años, cuando en su colegio le pidieron la descripción de un lugar y la acusaron de plagio. Ana Escoto buscó el anonimato en foros de internet para compartir sus primeros textos. Jeannette Cruz es una narradora que duda vivir del arte en este país. Mientras que Nicole Membreño Chía cree que la literatura se fusiona con su lucha de activista y Ana María Rivas, una escritora noventera, parte del mundo onírico para sus creaciones. Las nueve escritoras invitan a recorrer esos pasillos de la historia de El Salvador que les tocó.

Nueve salvadoreñas que reinventan la palabra escrita

Un reportaje de Stanley Luna

Fotografías de Franklin Zelaya, Melvin Rivas, Ángel Gómez y Javier Aparicio

Maura Echeverría

La poeta de la memoria

Maura Echeverría escribió su primer poema a los nueve años. Era 1944, el año que el general Maximiliano Hernández Martínez fue sacado de la presidencia y el año que los hermanos de Maura comenzaron a abandonar su casa para trabajar. De eso fue su poema, de la madre triste que se queda en la casa a la espera del retorno de los suyos.
Hoy Maura tiene 84 años, una calle de Sensuntepeque lleva su nombre y sus poemas infantiles son estudiados en todas las escuelas del país. Platica rodeada de plantas en su casa, en San Salvador, bajo un palo de marañón. Dos gatos juegan en las ramas y ella habla de San Matías, el cantón de Sensuntepeque donde de niña montó a caballo, se bañó en un río y aprendió los vínculos entre los humanos y los animales.
“Estoy por publicar un libro que se titula ‘Pausas en el camino’, donde hago reminiscencias de la vida en el campo’”, cuenta emocionada. Vivió 44 años de dictadura militar, una guerra civil y atravesó las aulas de dos escuelas normalistas. Esas escuelas tuvieron como fin la formación de docentes en el país y desaparecieron en 1968. Maura se especializó en Estudios Sociales y volvió como maestra a su Sensuntepeque.
En la década de 1980, tras años de la reforma educativa impulsada por el ministro de Educación Wálter Béneke, se convirtió en titular de la Dirección de Televisión Educativa. Antes, Maura y otros intelectuales de la época estuvieron a cargo de diseñar planes de estudio y hacer guiones para impulsar un modelo educativo que acercara la televisión a las escuelas como un mecanismo de aprendizaje para reforzar contenidos.
Maura se mantiene viva con la escritura. Pasa con su hija y su nieta en San Salvador, viaja a Sensuntepeque y también hace presentaciones con Poesía y Más, el grupo de poetisas que fundó en 1995 para realizar recitales dramáticos de poesía.

Maura Echeverría

“DIME”


Dime, ciprés de la sierra,
si los pajaritos lloran
y si esa verdad que las piedras
sabiduría atesoran.

Si es que el viento que te agita
trae estrellas y oleajes
y enreda entre tus ramas
los colores de sus viajes.

Dime, ciprés de la sierra,
si en los nidos que sostienes
vas guardando las canciones
que van dejando los trenes.

Dime, ciprés de la sierra,
yo necesito saber.

 

***

Carmen González Huguet

La mujer del alma herida

En 2005 se sometió a una operación de corazón abierto y se preparó para la muerte. “Lo más doloroso fue que no me fui. Y tuve que seguir adelante con mis heridas y con mis cicatrices”, cuenta la misma que en 1979 se enfrentó a una emergencia obstétrica que le obligó un parto prematuro del que el bebé no sobrevivió.

Ese mismo año, Carmen González Huguet recién se había casado y mientras que el mundo interior se vino abajo; afuera, la guerra civil estaba en gestación. En aquel momento, ella ya solo quería aferrarse a la idea de cumplir su sueño de niña, de cuando sus papás le compraron un juego de experimentos que la enamoraron de la química.

Comenzó a estudiar esa carrera en 1977, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Un año después continuó en la Universidad de El Salvador, pero la guerra estalló y el Ejército cerró la universidad a mediados de 1980. Se tomó un año y medio para leer y pensar qué seguir estudiando. En 1982 llegó a la extinta carrera de Letras de la UCA.

“Yo quería trabajar en algo que me permitiera seguir escribiendo”, dice hoy desde su cubículo en la Universidad Doctor José Matías Delgado, donde desde hace dos décadas imparte clases de Humanidades. La niña que quería ser química hoy tiene 60 años, y es una prolífica poeta y narradora.

Espera las publicaciones de “El alma herida”, el poemario con el que en diciembre de 2017 ganó el XXXVIII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística; y una investigación compleja sobre las escritoras salvadoreñas nacidas entre los siglos 1800 y 1900.

Carmen está cansada de la vida. Lo acepta. No está satisfecha con todo lo que ha logrado hasta ahora. Lamenta que este país no valore a nadie, menos a las mujeres y a los artistas.

Carmen González Huguet

“EL TWIST DE RICKY TUTTI FRUTTI”

Era el comienzo de los años sesenta. Mi mamá, y todas las mamás del vecindario, se torturaban con rulos y secadores para dejarse la cabeza hecha un panal de laca. Las faldas oscilaban entre dos extremos: “vueludas” o “pachucas”. Los zapatos eran de ineludibles tacones altísimos. O eso me parecía a mí. Solo algunos afortunados hogares tenían televisión y nos invitaban a ver “Combate” y “El doctor Kildare” en enormes televisores en blanco y negro. En las películas de vaqueros todo el mundo sabía quién era “el tipo” y quiénes los bandidos: vivíamos en una era inocente. Como en la tele, el mundo era también en blanco y negro.
Nunca supe su nombre. Lo llamaban Ricky Tutti Frutti. Solo mucho después supe que había una canción de Little Richard con ese título (ver: https://www.youtube.com/watch?v=QFq5O2kabQo). A diferencia del Ricky original, que llevaba un copete gigante, el de mi colonia tenía el pelo cortado a lo “pato bravo” y las rodillas siempre raspadas. La vida transcurría a ritmo de twist. Pero al Ricky local todavía le faltaban algunos años para llegar a la edad de la malicia. Mascaba chicle y sabía todo sobre los vuelos Sputnik y Gémini.

Hacía piscuchas geniales, que vendía a peseta, un precio exorbitante para una época cuando las gaseosas costaban quince centavos. Su casa, en la esquina, tenía un gran árbol por el que trepaba con una agilidad imposible. Su hermana y yo jugábamos a las muñecas. No lo sabíamos, pero nuestros juegos serían hoy auténticas películas de acción. Había en ellas inundaciones, avalanchas, ataques de piratas, pirañas asesinas y demás plagas que dejaban chiquitas a las del catecismo.

Un día la mamá de Ricky Tutti Frutti dispuso celebrarle una piñata. Tuve una bronca colosal con mi mamá porque me puso un vestido ridículo con un enorme lazo en la espalda y el fustán almidonado. “Vestido de niña”. En la fiesta se me olvidó la cólera. El clímax era, por supuesto, la quiebra de la piñata. Por primera vez iba a participar de ese rito propiciatorio y mi emoción era intensa. Me vendaron los ojos y me pusieron en las manos el palo. No sé quién tuvo la idea de improvisarlo con un engalanado bate de beis.

Me dediqué repartir mandobles. Mi puntería fue certera y comenzaron a caer los dulces. Los cipotes se lanzaron en estampida a recogerlos y en una de esas la punta del bate erró y siguió su trayectoria hacia el piso. La mala suerte fue que el hueso occipital de alguien se puso en curso de colisión con el bate de beis.

De más está decir que hasta allí llegó la fiesta. Los invitados salieron en estampida. La progenitora de Ricky Tutti Frutti se lo llevó corriendo a la Cruz Roja donde le dieron doce puntadas, y mi mamá, achicadísima, se deshizo en disculpas.

A mí no se me olvidó nunca. Al día siguiente, cuando el cumpleañero reapareció con la cabeza vendada, en desagravio yo le llevé la colección de chibolas y chirolones que me había regalado mi abuelo. Ese era el mayor tesoro de mi infancia.

Y Ricky, que siempre era arisco y huraño, me correspondió con un enorme pedazo de pastel sobre el que destacaba la rosa de dulce: el bocado más perseguido, el auténtico premio Óscar de todos los cumpleaños.

Nunca volví a ver a Ricky Tutti Frutti. Un día su familia se mudó y no regresó. Pero yo guardo siempre el recuerdo de esa rosa de dulce… Y sé que, donde quiera que se encuentren, las chibolas de mi abuelo están en buenas manos.

***

Aída Párraga

La infancia entre libros y escritores

Salarrué celebró una fiesta en su casa, ella no recuerda detalles, pero sí asegura que vio a aquel hombre alto y de ojos azules que ya era un referente de la narrativa salvadoreña. La infancia de Aída Párraga pasó así, entre libros y escritores célebres.

Recuerda a su padre visitando a Hugo Lindo en su librería Altamar, a cuatro cuadras de la casa donde ella todavía vive, cerca de la avenida Olímpica. Mientras su padre, un ingeniero civil, hablaba con Lindo, Aída y su hermano revoloteaban entre los estantes de aquella librería desaparecida y fundada por el poeta.

Todo eso lo revela una mañana en un café del centro de San Salvador. Para atender esta entrevista, ha hecho tiempo entre su agenda apretada de artista, locutora e ingeniera electricista.

“En mi casa siempre hubo muchos libros”, cuenta. Tanto así que los libros se convirtieron en sus regalos de cumpleaños de infancia. A los siete años, en 1973, veía cómo a su casa llegaban cajas con colecciones de libros del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, que fue dirigido años antes por el poeta Ricardo Trigueros de León, otro amigo de su papá. Hoy a esta instancia se le llama Dirección de Publicaciones e Impresos y sigue adscrita al Ministerio de Cultura.

Una vez que Aída se enamoró de las letras, también lo hizo del teatro. En 1990 viajó al Festival Latino de Teatro en Nueva York, como parte de la Compañía Nacional de Teatro. Y hoy forma parte del elenco de la compañía Teatro Hamlet.
En 1995 reconfirmó que lo suyo era escribir, cuando ganó en la rama de ensayo el primer lugar en el Certamen Literario de Poesía Joven Femenina organizado por la UNESCO. Ese año Maura Echeverría y Claudia Herodier la invitaron a formar parte de Poesía y Más, que hasta hoy realiza recitales de poesía dramática. Por ese tiempo Aída fundó el programa “La Bohemia”, en la radio YSUCA, donde lleva a invitados destacados en el área cultural.

Aída Párraga

Yo me imagino ser

una palmera de sueltas greñas,

con el viento salado de la noche

besando la apacible desnudez

de las arenas.

Me imagino más cerca

de lo alto,

de lo dulcemente azul

que nos rodea

y contemplarlo…

Soy palmera hundiéndome en las nubes,

en la soledad de plumas nacaradas,

en el callado viento que murmura.

Historias de sangre, sal y barcos.

Soy la única palmera que subsiste,

la única sobreviviente a la sequía.

Sola, erguida en esta isla

sin más testigos que la espuma,

que la arena y que los astros.

Espiga sin voz que va arrullando

el dormirse tranquilo de las horas,

verde que sostienen las gaviotas,

verde que se estira hasta más verde

y que a veces

también llora.

***

Susana Reyes
Susana Reyes

“Crecí recolectando historias”

Una enfermera sale una mañana de su casa en San Salvador, debe viajar a su trabajo a San Juan Tepezontes, en La Paz. Afuera hay guerra. Es El Salvador de 1980. Unos minutos después de dejar la casa, la enfermera regresa. Su hija, asustada, le abre la puerta. Regresó solo para entregarle un libro que encontró en la calle.

La niña que recibió el libro se llama Susana Reyes y ese libro fue “Solo amor”, de Pedro Geoffroy Rivas.

“Crecí recolectando historias, momentos posibles de una vida”, dice en el jardín del Museo de Arte. Esas historias son sus paseos en bicicleta por las calles de aquel San Salvador sometido a los toques de queda; su abuela escuchando las homilías de Monseñor Romero, leyéndole los periódicos o recitándole a Rubén Darío; y las aventuras con una amiga de infancia a la que años después le dedicó el poemario “Postales urbanas”, para contarle cómo es ahora esa ciudad que vieron derrumbarse.

Susana nació en San Salvador, pero su familia materna es de Honduras. A los 13 años, Susana le pidió a su mamá que la matriculara en un colegio que para los ingresos de su familia y la época era caro. Se fue siguiendo a una amiga, no sin antes prometerle a su mamá que ahí conseguiría trabajo. Lo hizo, estudió Secretariado y también se enamoró del teatro, al que le dedicó tiempo hasta sus 20 años.

En septiembre de 1989 comenzó a trabajar de secretaria en la imprenta de la UCA, donde el académico y escritor Rafael Rodríguez la convenció para que estudiara la extinta carrera de Letras. “Ahí vas a ver dramaturgia”, le dijo. La dramaturgia es otra de sus pasiones. También recordaba que su mamá siempre la aconsejó que estudiara, porque el estudio era lo único que le quedaría.

Durante la carrera universitaria Susana comenzó a escribir poesía y sigue atrapada en ella. Vive con sus gatos en esta urbe que ama. La urbe que le quedó después de la guerra.

Susana Reyes

“Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores”. Jorge Luis Borges


La niña tomó sus cuadernos
puso en su cintura el viejo cincho
Cuando la abuela no veía
se colocó los chores bajo la falda
Sus manos callosas no coincidían
con el oficio del lápiz
Llevaba meses jugando a guindar la risa
en barrotes de hierro
La mañana olía a un sol eterno
y ahora recuerdo los cabellos colgando
el rojo y el amarillo
el chor celeste, el ocre, el salmón
espacio seguro
simples cómplices
De grande aprendió el nombre
de algunos de esos colores
de sus fibras en la respiración
de las agujas taladrándolos
de los horarios con que la anudaban
del recuerdo impreso en las viñetas.

***

Claudia Meyer
Claudia Meyer

La niña que acusaron de plagio

Claudia Meyer tenía seis años y estaba en segundo grado cuando fue acusada de plagio. Era 1986 y en el Colegio Belén, en Santa Tecla, le habían dejado como tarea la descripción de un lugar, pero no le indicaron el formato para presentar la tarea.
La niña había crecido entre paseos en la playa con el abuelo, quien le enseñó a amar el cine con sus visitas domingueras a los cines tecleños de antaño. En su casa siempre hubo libros y enciclopedias españolas, que a ella le gustaba hojear. Para su tarea se le ocurrió describir un prado y lo hizo con versos y en rima, pero no creyeron que ese poema era de ella.
“Me dio la satisfacción de pensar que el trabajo estaba tan bueno que creyeron que lo había copiado”, cuenta años después sentada sobre una tumba del cementerio de Santa Tecla, el lugar donde una tarde de febrero habla de cómo llegó a la poesía. En este cementerio están enterrados sus abuelos y fue el lugar donde hizo su primera sesión de fotografías, cuando entre 1999 y 2000 perteneció al taller literario Tecpán.
En 1996, Claudia era estudiante de bachillerato y tuvo otro encuentro con la poesía. A su colegio llegó un grupo de poetas para hacer un recital. Sus compañeras aprovecharon para entregarle al poeta Otoniel Guevara un cuaderno donde ella había escrito poemas. Otoniel se tomó el tiempo de hacerle observaciones a lápiz y publicó uno de estos poemas en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Co Latino. La publicación fue clave para que Claudia reconfirmara que era una poeta nata.
Años después, los poemas de aquella niña acusada de plagio han sido galardonados y también publicados a escala nacional y fuera de El Salvador. Claudia también es mercadóloga, trabaja de forma independiente, se dedica a la docencia universitaria y colabora como investigadora en la Universidad Francisco Gavidia.

Claudia Meyer


Es mía la gruta, también le pertenezco.
No permite goce ni vano sueño.
En mí le llevo, somos una,
oquedad que inhala y se ahoga en estertores.
De ti liberarme o prescindir nunca:
sin ti, mi dolor, mi herida,
no sabría reconocerme en el espejo.

***

Ana Escoto

La escritora que buscó el anonimato para publicar

A los 13 años Ana Escoto comprendió que escribir literatura era una forma de reconciliarse con ella y con el mundo, pero cuidaba que nadie viera sus escritos. A los 20, se arriesgó a publicar sus textos en foros de internet, buscando el anonimato.

“Era más anónimo y a uno le daba la idea de decir ‘bueno, probablemente si está mal, no importa, porque nadie sabe quién soy’”, relata Ana, desde Ciudad de México, país donde vive desde 2008.
Ella forma parte de la diáspora de intelectuales salvadoreños alrededor del mundo. Tiene 35 años y es una de las voces jóvenes en la narrativa nacional. En julio publica su segundo libro de cuentos, “De los problemas de enamorarse”, en el que explora las concepciones de enamoramiento que impiden acercarse y conocer a otras personas.
La lectura la llevó a la escritura. Su acercamiento a los libros fue a los nueve años en el Colegio Externado San José, cuando sus maestros la llevaban junto a sus compañeros a la biblioteca y les ponían rimeros de libros. Ahí conoció a los clásicos salvadoreños, prestó libros y los devoró.

Ana también es economista graduada de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y tiene un doctorado en Estudios de Población en el Colegio de México. Trabaja como catedrática de planta en la Facultad de Ciencias Política y Sociales de la Universidad Autónoma Nacional de México, donde imparte clases de Estadística y Demografía. Dice que a veces se siente más académica que artista.
Perteneció a la Casa del Escritor, un taller que durante nueve años fue liderado por el fallecido escritor Rafael Menjívar Ochoa. Aunque a ese taller llegó escribiendo poesía, hoy escribe narrativa. Su primer libro de cuentos fue publicado en 2008, se llama “Menguantes y otras creaturas”, en el que juega con la cotidianidad y su pesadez.

Ana Escoto

“Historia del feminismo o una carta muy cursi”

Es extraño, pero me levanté con enormes ganas de ser un champiñón. Pero no cualquier champiñón: uno resistente al frío. Y es que sí, lo acepto, me había dado por cosificarme: ser tu camisa, ser el libro que leés, ser el lápiz con el que escribís, ser el reloj azul que usás de vez en cuando. Esto quiere decir que ya salté. Evolucioné y llegué al mundo de los vivos. Quizás empezaré a respirar y compartiremos aire. Después seré un sancarlos amandarinado –del reino fungi me paso al de las plantas– y entonces fotosintetizaré el dióxido que emitís. Luego seré un lindo labrador negro –jamás un gato– que ande cerca de tu regazo. Y quizás entonces, me dé por ser parte de tus razones y pensamientos. Seré incorpórea antes de dar el gran paso: ser la mujer que soy a este lado, mi lado; a tu lado.

***

Jeannette Cruz

“Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir”

La primera vez que recuerda que escribió fue un poema a su mamá. Hoy le parece terrible, pero a sus 12 años le emocionaba. Fue por ese tiempo que su papá, que tiene un negocio en el centro de San Salvador, le regaló una colección de 20 libros de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña de la Dirección de Publicaciones e Impresos. Entre esos libros el que más recuerda es “Andanzas y malandanzas”, de Alberto Rivas Bonilla.
Jeannette Cruz estudió Comunicaciones y trabaja en una empresa de marketing. Es directa al decir que del arte no se vive. “Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir. Yo sé de gente que lo hace y encuentro que son increíblemente valientes, porque yo no podría”, sostiene desde un centro comercial a las faldas del volcán de San Salvador.
Ahora, estudia los símbolos y el sonido para un libro de 20 cuentos que está en proceso de creación. Es otra de las voces jóvenes de la literatura salvadoreña.
A sus 31 años, Jeannette ya ha publicado sus primeros textos en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura, en la antología centroamericana de narrativa “Tierra breve” y recientemente en la antología “El territorio del ciprés”, que reúne a otras voces de su generación, como producto del taller literario Palabra y Obra, a cargo de la escritora Susana Reyes.
Para esa antología trabajó 10 cuentos por años, pero de esos seleccionó tres, unidos por el tema en común de la muerte y presentando a mujeres que viven la cotidianidad salvadoreña desde sus miedos.
A ella le parece importante que haya una reforma educativa, para que desde la academia se le apueste a disciplinas holísticas y eso implique el mayor acercamiento de los niños a la lectura, sobre todo con el uso de las nuevas tecnologías.

Jeannette Cruz

“Tus brazos son dos troncos anegados”

Cuando llegué al sendero, ya empezaba el cielo a perder su anaranjado. Andaba descalza y el frío de la tierra me distraía de la bulla del corazón que me saltaba debajo de las chiches. El amate era un viejito con bordón sentado a la orilla del barranco y yo me senté con él. A mí Daniel me dijo que viniera y yo vine porque me dio miedo que se fuera sin mí. Yo esto no se lo diría a nadie porque una debe mantener la dignidad, pero te lo cuento a vos ya en confianza, de todas formas. No tenía miedo de estar sola en medio de la finca en la noche más oscura (estas noches en que, según Daniel, la diosa está hecha pedazos en el suelo). Yo tenía miedo de quedarme sola en la vida. Y Daniel es bueno. Cada noche que dormía abrazado conmigo me contaba historias que nunca había escuchado y me aullaba suavecito al oído y me decía “así le hace el Cadejo” y gruñía, de muchos modos gruñía. Yo le preguntaba de dónde sacaba todas esas voces pero no contestaba. A mí siempre me gustó dormir con él, aun sabiendo que si mi tía se enteraba me mataría. Yo sé que a estas alturas eso ya no te importa, pero hay peores muertes que la muerte, y eso no lo podés saber.

Me acuerdo de que cuando levanté los ojos ya era de noche, me había quedado dormida y Daniel no llegaba. Las flores blancas brillaban sobre los amates del camino; yo no alcanzaba ni a verme las manos. De pronto escuché un ruido de pasos y hojas, mi corazón volvió a retumbar y me quedé tan quieta que creo que dejé de respirar. Daniel me dijo: “Te voy a llevar al pozo”, y yo le pregunté que a cuál, no me contestó, como cuando le pregunto dónde vive. Me agarró de la mano y empezamos a caminar, pero ya no seguimos el sendero. Yo sabía que después de esos árboles solo había monte. Le dije que si no me contestaba no lo seguía. Él se dio la media vuelta para mirarme, supuse, no se veía nada más que los amates. Lo escuché suspirar, “ya hablamos de esto”, y yo le dije que sí, pero que me contestara, y él me pidió que por favor solo lo siguiera. Lo hice porque Daniel me quiere más a mí de lo que yo lo quiero a él, eso siempre ha sido así, la que tiene el poder de joder al otro soy yo. El pozo estaba en medio de un llano, y había una claridad azul que me dejaba distinguir la cara de Daniel del fondo del cielo. Se veía triste. Daniel me dijo que me asomara al agua y, cuando lo hice, sentí como su brazo me rodeaba la cintura desde atrás. “Quiero que sepás que esto lo hago por vos”, me dijo, y me cortó el cuello con su navaja, me dibujó una medialuna en la garganta. Yo me quedé quietecita, agarrada a las piedras del muro, el corazón ahora me palpitaba en la línea roja del cuello.

Daniel te empujó con suavidad hacia adelante. El agua ni siquiera hizo ruido al recibirte. Entonces vi como Daniel se asomó para verte desde arriba, con lástima, y suspiró “pero qué bonita sos”. Y me dio pena por él, pobrecito, las cosas que hacen los espíritus cuando son los que quieren más. Entonces me asomé yo también al pozo y vi tu brillo de flor de amate, y vi cómo el agua se apartaba de tu sangre para no ensuciarla, y vi a mis propios brazos, ahora tus brazos, dos pedazos de leña flotando abandonados, y vi tu nuca suave ofreciéndose a la luna nueva y me di cuenta de que le empezaban a nacer flores amarillas a mi espalda que ahora es tu espalda de cadáver.

***

Nicole Membreño Chía

“La literatura se alinea con mis metas de activismo”

Nicole Membreño Chía escribe sobre la realidad de las mujeres en uno de los países más violentos del mundo. Escribe literatura porque es un complemento con su papel de mujer activista por la diversidad sexual. “Se alinea con mis metas de activismo”, reconoce.
Tiene 31 años, ganas de escribir y de involucrarse en cambios sociales. Dice que para prepararse tiene que salir del país, porque acá lo único que le queda es volverse autodidacta y leer mucho.
Intentó estudiar Letras en la Universidad de El Salvador, pero sus papás no la apoyaron. Así que estudió Mercadeo y hoy trabaja desde su casa con una compañía, pero también dedica tiempo a leer literatura y sobre activismo. A veces piensa que debió haber estudiado Antropología, porque aunque le cuesta interactuar con las personas, sí le gusta observar sus interacciones.
De pequeña recuerda que sus ejercicios eran escribir parodias de otros libros. Desde hace cinco años inició su formación en las letras, cuando recibió un taller con la escritora Susana Reyes. Producto del proceso creativo publicó en 2018 tres cuentos en la antología “El territorio del ciprés”. También otro de sus cuentos fue publicado en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
En su narrativa intenta reflejar cómo la ficción es parte de los componentes de El Salvador. Se dedica a reflexionar sobre la delgada línea que existe a diario entre lo increíble y lo creíble. Por ejemplo, nunca olvida que cuando terminó de depurar uno de sus cuentos, ya publicado y que trata sobre un feminicidio, fue asesinada la doctora Rosa María Vega, en Santa Ana, de una forma parecida a la que ella lo relata en su texto.

Nicole Membreño Chía

“ENTRE LOBOS”
Un cuento venezolano

Recuerdo la primera vez que te vi. Estabas tan diferente. Atrapabas un cigarro entre los labios, y el cabello caía sobre tus hombros como fuente castaña, con los jeans rotos y chaqueta negra, tan despreocupada y veinteañera como cualquier otra. Te veías dispuesta a todo, Inés, el mundo siempre fue tuyo.

Te gustaba sentarte al borde de la calle después de clases, con una arepa de carne en las manos y las mejillas grasientas de placer. Eras como una sirena encallada en el asfalto, entre edificios grises y arrecifes de personas; irradiabas magia y un aire místico que nadie en esta ciudad posee, hasta se corrían rumores de que eras gitana, de esas que hechizan de amor y leen las cartas.

Todas eran habladurías, no podías jugar ni al póquer y la única magia provenía de tus caderas, como supe mucho tiempo después, cuando finalmente accediste a la inclemencia de mis deseos, Inés.

Confieso que te observé durante mucho tiempo antes de acercarme. Una noche tus ojos de almendra me encontraron fingiendo que no te miraba, confundiéndome con los demás peces. Fue entonces que me elegiste, para un momento o dos. Yo aún no lo sabía: para mí, tú serías eterna.

Te recuerdo salvaje, tal como eras. Una criatura que emergía desde lo más profundo de la tierra, una fiera, Inés. Te recuerdo rota y remendada, ligeramente descompuesta… ni siquiera mis cuentos, ni las promesas que te hice lograron detener tus pasos errantes.

Tu inquietud se me hacía cada vez más imposible; yo rayaba en la sencillez y tus dilemas se extendían sobre mí, envolviéndome en espuma impenetrable. Tú te cansabas de mis acertijos y de mis pasos de viejo joven. No te culpo por haberte marchado.

Me gusta creer que me amaste y que te amé, y que todas esas conversaciones revolucionarias fueron más que palabras vacías. Algo más que mi anhelo por poseerte y el tuyo por ser libre. Nos parecíamos tanto y a la vez tan poco, tú siempre corriendo y yo así, despacio. Nuestro tiempo se fue demasiado rápido.

Y esta noche estás a mis pies, tan serena y lívida como nunca, con el cabello castaño derramado en todas partes. Tu rostro encendido, inmortal. Una oveja entre los lobos. Ni el ruido ni el ajetreo de los demás manifestantes te despiertan, Inés.

Estás fuera de lugar, con tu cuerpo de sirena en un mar tibio de sangre, y casi sonrío con la ironía de darme cuenta de que, de todas las noches, fue precisamente en esta en que encontraste la libertad.

***

Ana María Rivas

La noventera que escribe sus sueños

Ana María Rivas soñó que la operaban en una mesa. Ese sueño luego se convirtió en un cuento: un hombre al que operan y le extraen mariposas del estómago. Una alegoría de los sueños que el humano gesta y que el mundo los arranca.
Ana María es noventera, nació después que acabó la guerra. Lo hizo rodeada de maestras y eso le permitió tener libros a su alcance. Primero leyó las enciclopedias, y cuando comenzó a estudiar, fue atrapada por los libros de texto, sin estar consciente que parte de lo que leía era literatura.
“Parte del combustible, la materia para crear, ha surgido a partir de mis sueños”, dice a sus 24 años.
En un país sin oportunidades para la formación artística, Ana María llegó a los 13 años a la extinta Escuela de Jóvenes Talentos en Letras, un proyecto apoyado por la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD) y el Ministerio de Educación, que pretendió formar a escritores y pensadores a escala nacional, tomándolos de escuelas públicas de todo el país.
En ese espacio formativo recibió clases con escritores como Susana Reyes, Claudia Meyer, Carlos Clará y Osvaldo Hernández. Aunque para entonces escribía poesía, por un tiempo probó con la narrativa y hoy ha vuelto a la poesía.
En 2014 sus primeros textos aparecieron en la compilación literaria “Sextante”, publicada por la UJMD. Hace dos años tres poemas de su autoría también fueron publicados en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
Su tiempo para escribir lo mezcla con las artes visuales y el trabajo en una empresa. Estudia el quinto año de la Licenciatura en Artes Plástica con opción en Pintura. Ana María debe parte de sus textos a ese mundo onírico que puede confundirse con la realidad, pero por hoy tiene en mente trabajar performances que partan de sus textos.

Ana María Rivas

“MOTHER”

“Oh madre oscura, hiéreme con diez cuchillos en el corazón”. P. Neruda


Madre: ¿has escuchado tu voz los últimos años?
¿sabes acaso que has perdido
tu nombre
tu edad
y tus sueños?
Te cambiaron los ojos por dardos
los dedos por gusanos
y los pies por estacas.

Te llamo madre porque no sé decirte de otro modo.
No puedo llamarte mujer ni anciana ni monstruo.

El café desborda en la cocina
y te has quedado dormida frente al tele.
Han pasado siglos y tus huesos siguen habitando la sala,
la tierra en la boca, el veneno en tus párpados.

Madre, ¿dónde guardaste las píldoras del insomnio?
En estos días necesito
coserme los ojos y esperar la muerte.


Mi madre es un pez sin océano ni estanque,
ojos de ceniza en la habitación de mi memoria.

Ella soñó parir a muchos hombres
que postraban sus rodillas
y adoraban su vientre.

Mi madre mató a sus hijos.
Y por cada uno se clavó una aguja:
Era tan grande su estirpe
que no fue más mujer sino acero
y entre carne y sangre
se volvió una espina.

Mi madre volcó su imperio de cruces en mi falda
impuso sus manos en los hijos que aún no tengo
y les dio veneno porque odia las ratas.


Madre, cántame una canción de cuna
donde quepan las distancias del mundo
y el rostro donde se queman los espejos,
Cántame noches sin amanecer que me separen
de la fe de enterrar mis manos en los astros.

Téjeme una mortaja por vestido
hazme trenzas en el cuello
y sujétame a las vigas,
méceme, seré tu péndulo
una muñeca amplia oscilando entre los muebles.


Madre, olvidé decirte que nadie tiene una madre.

 


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