Opinión desde allá

por Ronald Portillo, Rumbos con fluidos

 

Ronald Portillo
Periodista

No son costillas

No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego.

Tampoco son bellas rosas de jardín, ni la creación más dulce de Dios, menos íconos de lo frágil y delicado. Que los hombres hayamos suprimido su condición de iguales durante generaciones también ha causado estos eufemismos que solo robustecen nuestro menosprecio por las mujeres. Sí, menosprecio, esa palabra que no nos gusta a los que creemos no ser machistas, pero que en el fondo estamos tan infectados de su escala de valores como cualquier misógino.

Ver a la mujer como una sensible doncella que necesita ser rescatada es una de las más perversas manifestaciones del machismo, porque, aunque no hace que la golpeemos y castremos, sí nos conduce a sentirnos superiores y nos ata la voluntad para unirnos a sus esfuerzos. Así solo alejamos la igualdad que les debemos. Es legitimarlas incapaces, débiles, sin inteligencia suficiente como para que resuelvan sus problemas por su cuenta. Es otra manera de anularlas, por “inferiores”.

Por eso es que causa tanta sensación una mujer mecánica, una motorista de camiones que cruce fronteras o una joven que atrape y entregue a las autoridades a un ladrón que la atacó en la calle. Por eso es que todavía los periodistas preguntamos a una funcionaria “cómo hace para equilibrar su maternidad y sus responsabilidades laborales”, cuestionando una actividad parental que ni se nos ocurriría abordar si fuese hombre. Por eso juzgamos de mala madre a la mujer que llega noche a su casa por una sobrecarga de trabajo, pero calificamos de responsable y laborioso a un hombre en la misma situación. Es que todavía nos provoca alergia concebir a una mujer lideresa, empoderada, con las mismas facultades físicas e intelectuales que cualquier hombre.

Como ejemplo: aunque no formemos parte de esos 30 países de África, Oriente Medio y Asia que les arrancan el clítoris –según la OMS–, sí mutilamos su derecho legítimo de tomar el control de su sexualidad. Porque, aunque cause escozor en algunas mentes, las mujeres deberían tener el derecho pleno de decidir sobre su cuerpo y su intimidad, sin ser tachadas de “putas” o “cerdas”. Aun cuando las niñas deberían ser educadas con verdadera responsabilidad sobre sexo y prevención, optamos por vetar todo lo sexual de nuestras hijas, hermanas, sobrinas. Creemos que basta con vigilarlas como perros guardianes para garantizar su bienestar.
No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego, y de que debe haber mucha responsabilidad de por medio para hacerlo. Esta es una necesidad urgente que no debería ser refutada con argumentos religiosos, porque está en juego la salud sexual y reproductiva de un sector vulnerable. Que en un territorio tan pequeño como el nuestro haya habido 69 embarazos de adolescentes por cada día de 2016 es una alerta roja.

Si más hombres entendiéramos que nuestras actitudes y pensamientos micromachistas se suman a las vejaciones históricas a las que hemos sometido a las mujeres, y que sirven de obstáculo para que consigan la igualdad que se merecen, buscaríamos desaprenderlas. No es necesario ser un activista y protestar en las calles para apoyar su lucha. Reeducarnos, es decir, tirar a la basura cualquier idea que nos aleje de ver a la mujer como igual, es la forma más positiva para reivindicarnos de todas las veces en las que hemos sido sus verdugos. El machismo se puede curar si hay voluntad.


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