Un proyecto de cinco ONG ha permitido que niñas masái sean arropadas por su comunidad como mujeres, sin haber sido circuncidadas. Un logro que llega tras un arduo trabajo con ancianos, líderes religiosos, progenitores y jóvenes guerreros. Además, ha hecho de sesiones de sensibilización con las pequeñas acerca de las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de la mutilación.

Niñas masái dicen no a la ablación femenina

Un fotorreportaje de EFE

Fotografías de EFE

Millones. En todo el mundo, más de 200 millones de niñas y mujeres han sido circuncidadas en un total de 30 países localizados en África, Oriente Medio y Asia, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El modesto internado femenino de Naningoi, localizado en el poblado masái de Mosiro, en Kenia, se encuentra a más de 1 hora de cualquier grupúsculo de metrópoli: para llegar hasta él hay que atravesar desde la urbe de Narok un polvoriento camino de tierra, inundado de baches y depresiones, en medio de un paisaje propio de la sabana africana.

Naningoi –con las paredes de sus aulas desconchadas y sus techos quejumbrosos– no es solo un colegio más del remoto condado de Kajiado, sino también un santuario en el que cientos de niñas han aprendido a verse como mujeres sin necesidad de ser mutiladas; rito de paso a la edad adulta muy arraigado entre la etnia masái.

“Hace algunos años, nosotros como masáis entendíamos que si una niña no había sido circuncidada era impura, por lo que nuestra cultura no le permitía el matrimonio”, relata a Efe Jacob Salao Ole Poroko, líder comunitario de Mosiro.

“Pero desde hace poco, y gracias al proyecto ‘Yes I do’ (Sí quiero), hemos aprendido que se trata de una práctica peligrosa por la que ya hemos perdido a demasiadas niñas”, reflexiona Poroko aferrado a su bastón negro, emblema de poder entre los suyos.

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“Hace falta más diálogo”

El proyecto al que Poroko hace referencia –fruto de la alianza entre cinco ONG, entre ellas Plan International y la ganadora del premio español Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018, Amref Health Africa– alcanza su clímax cuando las niñas son arropadas por su comunidad como mujeres sin haber sido circuncidadas.

“Este proceso no es el resultado de una noche, de una semana o de unos meses. Necesitamos alrededor de un año y medio hasta que la comunidad está preparada para acoger un rito de paso alternativo”, detalla a Efe Millicent Odingo, responsable de Amref del proyecto “Yes I do”.

Durante ese tiempo, trabajadores de estas ONG mantienen diálogos comunitarios con la cúspide de la jerarquía masái –desde los ancianos guardianes de los valores culturales hasta los líderes religiosos, pasando por progenitores y ‘moran’ (jóvenes guerreros)–, además de sesiones de sensibilización con los niñas; a quienes informan sobre las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de la mutilación.

“La tradición está tan arraigada en la cultura que no conciben otra forma de que una niña se convierta en mujer. Entonces les preguntamos, ¿qué pasa con las mujeres de otras culturas?, ¿no son mujeres?, ¿no se casan?, ¿no tienen hijos y estudian?”, argumenta desde Amref Grace Majaiakusi, implicada también del proyecto.

“Hace falta diálogo y más diálogo, que sepan cuáles son sus verdaderos efectos y no solo que se trata de la ley y que, por ello, hay que cumplirla”, matiza Majaiakusi sobre la legislación que –desde 2011– prohíbe la ablación en Kenia, pese a que aún se sigue practicando a escondidas, sobre todo, en áreas rurales.

Aunque la tasa de mutilación no supera el 21 % en Kenia, según la Encuesta Demográfica y de Salud de 2014, este mismo porcentaje se dispara entre la etnia masái –dividida en unas 20 subtribus– y que puebla el sur del país y el norte de Tanzania con un millón y medio de habitantes.

En concreto, en el condado de Kajiado, el 78 % de las niñas han sufrido mutilación genital femenina (MGF), mientras que ese número asciende hasta el 86 % en el condado de Samburu, que ocupa más de 150 km² de la parte central de Kenia.

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Adiós a la escuela

Además, ser mutilada no solo implica consecuencias físicas –debido a infecciones y complicaciones a la hora de orinar y de dar a luz– o psicológicas, según algunos expertos, ya que como niña descubres que tus padres no siempre están ahí para protegerte, sino que también acarrea un importante coste social.

“La circuncisión, el matrimonio infantil y el embarazo precoz están conectados: la ablación las conduce al casamiento, porque entonces ya son vistas como mujeres, y el casamiento forzoso al abandono escolar y a convertirse en madres”, enumera la activista y defensora de los jóvenes, Selina Nkoile, nativa de Mosiro.

Para ella, la escuela de Naningoi fue tanto un hogar como un refugio. En ella estudió, en ella encontró inspiración para continuar una educación superior y, gracias a ella, puedo evitar un matrimonio concertado cuando apenas era una niña. No obstante, no pudo salvarse de la mutilación.

En todo el mundo, más de 200 millones de niñas y mujeres han sido circuncidadas en un total de 30 países localizados en África, Oriente Medio y Asia, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“No te dejan decir que no y tampoco puedes escapar. Vives en una aldea a 100 kilómetros de distancia de la ciudad más próxima, no hay medios de transporte, y cuando la comunidad sabe que estás en edad de ser cortada, si te escondes o vas sola a algún sitio, todo el mundo sabe que están intentado escapar”, recuerda Nkoile, exalumna de la primera generación de niñas que estudió en este centro.

Una escuela que años después, en parte por la MGF –que obliga a las niñas a dejar sus estudios para mudarse a la casa del marido, en general, unos 40 o 50 años mayor que ellas–, y en parte, porque dejó de ser gratuita, estuvo a punto de desaparecer tras quedarse sin suficientes alumnas.

“Son comunidades polígamas. Muchos tienen cinco mujeres y 15 o 20 hijos, entre ellos, 10 niñas, y si tienes que pagar $30 cada trimestre por cada niña prefieres casarla a educarla”, explica Nkoile, quien junto a otras masáis comenzó a buscar casa por casa a las niñas que deberían estar escolarizadas para devolverlas al colegio.

Hoy, Naningoi cuenta con 300 alumnas, 47 de las cuales duermen en el internado incluso durante las vacaciones, ya que todavía están en proceso de reconciliarse con sus familiares, después de que huyeron para no ser circuncidadas o casadas de forma forzosa, o incluso, al poco de serlo.

De esas 300, alrededor de la mitad cuenta con la aprobación de sus progenitores para participar en el rito de paso alternativo que, por primera vez, se celebra en Mosiro.

Para ello, ya en la escuela, estas menores han sido instruidas durante días en derechos reproductivos, sexualidad y habilidades sociales; fomentando su ambición para llegar no solo a ser esposas y madres –como han sido inculcadas– sino también profesoras, médicas o abogadas.

Por su parte, los niños de poco más de nueve años de esta misma aldea –sus hermanos y amigos– han aprendido en clases diferentes a respetar a una masái que no ha sido circuncidada, a repudiar el estigma que les impedía casarse con ella y a considerarla como a una igual.

“Apaga la llama de la mutilación genital femenina, enciende la llama de la educación”, repiten al unísono la mañana del rito cientos de niñas y niños mientras caminan en procesión por Mosiro –provocando con sus pasos una nube de polvo rojizo y con sus colgantes un tintineo metálico– hasta alcanzar la residencia de los líderes.

Más tarde, de vuelta en el colegio y bajo un sol abrasador de mediodía, se suceden los rezos y discursos. Las niñas a punto de graduarse cantan y bailan coreografías masáis ante la atenta mirada de muchos de sus progenitores y líderes comunitarios, y horas después, son bendecidas como mujeres por los más ancianos.

“Los más jóvenes van a acabar con la mutilación genital femenina. Nosotros, los más viejos, la hemos practicado y nuestras hijas han sido circuncidadas. Ahora, las nuevas generaciones, que han sido educadas, son las que deben abandonarla”, concluye el anciano Oloosekenke Ole Kamuye, guardián de la cultura masái, y que cubre su larga y huesuda figura con la tradicional manta de cuadros de color fucsia.

Kamuye, como muchos otros ancianos de su comunidad, está abierto al cambio. Cree que simplemente ha llegado el momento y, por ello, cuando observa como las niñas recogen contentas unos cuadernos y una regla como regalo de graduación –que alzan con energía al aire mientras siguen coreando– él también se siente complacido.

 


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