La historia que cuenta el periodista Carlos Mario Correa sirve para desestimar los mitos creados en torno a narcotraficantes que construyeron imperios sobre una base de violencia, como Pablo Escobar. Correa habla desde ese periodismo que se ejerció desde la clandestinidad, pero que nunca calló, se mantuvo pese a la persecución, la amenaza y los ataques constantes.

Medellín y las llaves de un periódico

Un reportaje de Glenda Girón

Fotografías de Glenda Girón y Archivo

A la baja. Medellín se asienta entre montañas. En 1991 registró una tasa de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. La del año pasado fue de 20 por cada 100,000.

 

“El periodista cayó al suelo intimidado por el cañón del revólver que le restregaban en la frente. No sintió la aspereza del piso de ladrillo, un material en desuso que las dos ancianas, dueñas del local en donde se distribuía la prensa, se negaron a cambiar oponiéndose al inútil lujo de las baldosas. No tuvo tiempo para el miedo, todo, como suele ocurrir en estos casos, fue tan imprevisto y vertiginoso que apenas habían transcurrido unos cuantos minutos desde que dejó a su madre en la puerta de la iglesia y ahora estaba allí tirado, con la muerte babeando sobre su cara.  Tampoco sintió el peso del sicario que se le paró encima mientras le escupía el término ‘gonorrea’ y lo amenazaba con el gatillo a punto de decidir la suerte mortal que estaba tras el ‘sí’ o tras el ‘no’.

Decí que ya no trabajás más para ese pasquín, que ya no tenés que ver con él, que estás por fuera. Es una orden del ‘Doctor’. El Espectador se va porque se va, y no queremos a nadie que tenga nada que ver con ese periódico de mierda. Confesá o te vuelo la cabeza”.

Era octubre de 1989. “El Doctor” era Pablo Escobar. Y “gonorrea” empezaba a popularizarse como insulto de la mano de sicarios en Medellín, Colombia. Así arranca “Las llaves del periódico”, un libro firmado por Marco Antonio Mejía y Carlos Mario Correa en el que se cuenta cómo era seguir haciendo periodismo en medio de la flagrante persecución que mantuvo el cartel de Medellín contra El Espectador.

 

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Libro. La primera edición de “Las llaves del periódico” salió en abril de 2008, bajo el sello del Fondo Editorial EAFIT. Es parte de la Colección Testigos, dedicada a difundir literatura sin ficción. Hay una versión digital a la venta en www.casadellibro.com.

El primer sueldo que Carlos Mario Correa cobró en El Espectador fue de unos 23,000 pesos colombianos, al cambio de hoy, cerca de $20. Para entonces, la presión del cartel de Medellín para acabar con este periódico incluía acciones como la de mandar coronas de flores con los nombres de los periodistas o de cualquier otra persona involucrada con el medio a quien quisieran amenazar de muerte. “Me dejaban el sueldo en tiendas y en otros negocios de conocidos de la administradora, yo nunca conocí a la administradora, no podía, era muy riesgoso, tampoco podía tener amigos, ni novia”, cuenta Correa en un restaurante de un Medellín que se antoja ya demasiado lejos del que él describe, pero que, en esencia, sigue siendo el mismo.

Si se tuviera que dibujar la voz de Carlos Mario Correa, sería una línea muy estable. Su monótona forma de hablar no impide que un público compuesto por más de una veintena de periodistas le entregue una atención imperturbable a pesar de que hay una vista hermosa del otro lado de los ventanales y un caldo humeante de frijoles y carne sobre la mesa. La razón de esta entrega está amarrada al peso del trozo de historia que cuenta este periodista que inició su carrera en 1988, cuando tenía 23 años de edad. En ese tiempo, la forma en la que el mundo se refería a este territorio montañoso era por medio de un cartel de droga y todas las violencias que había desatado.

Correa decidió ser periodista en lugar de carnicero, el oficio con el que pagaba sus estudios.  La sangre, a pesar de la decisión que tomó, nunca se alejó de su día a día. El Espectador era un medio amenazado por Pablo Escobar, quien había logrado acumular dinero y poder a punta del sicariato y la droga. Correa entró a esta redacción de la mano de la idealización y el romanticismo que implicaba trabajar en el mismo medio que había visto nacer a la máxima figura de la literatura y le periodismo colombiano: Gabriel García Márquez. Pero esa aura desapareció tan pronto escuchó las primeras llamadas telefónicas del “Doctor” y su gente.

“Me di cuenta de que llegué a sustituir a otro periodista que había tenido que salir huyendo para Bogotá bajo amenazas de muerte”, cuenta. Este periódico ya había recibido un golpe brutal un par de años antes, cuando el director, Guillerno Cano Isaza, fue asesinado en Bogotá. La orden vino de los señores de la droga, esos a los que por estos días se les vende como líderes sociales y a quienes se les caricaturiza la violencia en series de televisión y películas. Por aquellos días, todas las sedes de El Espectador estaban bajo amenaza, en especial la de Medellín.

Correa fue periodista de nota roja en uno de los lugares más golpeados y menos contados de Colombia en una época en la que el silencio selectivo era usado como medida de seguridad.  Cubrió masacres e incluso las muertes de sus propios colegas, sus amigos. A esas pocas personas con las que podía tener alguna relación, el cartel se las fue matando.

Culto. Pablo Emilio Escobar fue abatido por las balas de las fuerzas públicas el 2 de diciembre de 1993, mientras intentaba huir por un techo. Todavía hoy hay quienes le rinden culto a un hombre que aplicó la violencia sistemáticamente hasta dominar el negocio de la droga.

Acá se entiende ese tono desengañado y pleno de dolor añejo con el que confiesa que “no era periodista preguntón, no hacía tumulto en la rueda de prensa; iba a las comunidades y escuchaba”.  Correa escribía crónicas sobre muertes violentas mientras él mismo pensaba en cómo iniciar y terminar su jornada diaria en el periódico sin convertirse en una víctima más. Su método pasaba por escuchar con el mismo respeto con el que le hubiera gustado que lo escucharan a él.

Cuando lo contrataron, Correa tuvo la sensación de que por fin había llegado a ser parte de algo grande, de un periódico que, aunque no tenía la circulación de El Tiempo, era “el mejor” por la valentía con la que defendía sus convicciones editoriales. Pero en medio su emoción por comenzar a ejercer, se tuvo que dar cuenta de que algo no cuadraba con lo que tanto había idealizado de una redacción. El rótulo grande y orgulloso que antes identificaba la sede de El Espectador había sido sustituido por un adhesivo de 5 por 2 centímetros colocado en una de las ventanas. Era un anuncio sin sentido, porque comunicaba algo que en realidad no se quería divulgar.

En la medida en que aumentó en la región la violencia ejercida por los carteles de droga, las sedes de El Espectador se fueron volviendo cada vez más secretas. Correa llegó así a trabajar en un edificio en el que ninguno de sus vecinos sabía que él era el periodista de El Espectador. Dejó de firmar las notas y cada vez que se enteraba de que su ubicación había sido descifrada, se mudaba. En el apuro de huir, se fue llevando en el bolsillo las llaves de cada lugar que albergó la redacción clandestina. Se convirtió en el hombre que tenía las llaves del periódico.

“Esas amenazas se hicieron reales al mediodía del 10 de octubre de 1989. El periodista escuchó asombrado la voz de un niño que, al otro lado de la línea telefónica, le anunciaba que al papá -Miguel Arturo Soler Leal, jefe de circulación de El Espectador en Medellín- le habían disparado en el camino a casa en el occidente de la ciudad. Apenas si había colgado cuando una segunda llamada le informó sobre el asesinato de Martha Luz López, gerente regional de El Espectador y encargada de la venta de publicidad.

No quiso responder la tercera llamada, pero la insistencia del timbre obligó al jefe de redacción a atender el teléfono. La persona que llamó se identificó a nombre de Pablo Escobar, pidió que grabaran el mensaje y lo mandaran a Juan Guillermo y Fernando Cano, directores del periódico en Bogotá: esta es una voz de alerta, y lo que digo es definitivo: no queremos volver a ver ese pasquín en Medellín; ustedes, los que quedan, tienen tres días para desocupar, váyanse a trabajar a El Tiempo, al Colombiano, al Mundo, o a otra empresa, pero El Espectador, por a o por b, y por orden del ‘Doctor’, tiene que dejar de circular en Medellín, no responderemos por las vidas de los que sigan ahí”.

El jefe de redacción quedó inmóvil. Sin colgar el teléfono, le sobrevino un llanto nervioso que en cuestión de instantes lo sacó de sí. La amenaza le reveló que estuvo a punto de ser víctima de su propia rutina. Religiosamente, cada mediodía, y por encima de cualquier urgencia o noticia extraordinaria, suspendía su trabajo para buscar el almuerzo. Se estaba preparando para salir cuando llegó al periódico la terrible noticia de la muerte de sus dos colegas. Los extras noticiosos que empezaron a pasarse por la radio confirmaron el asesinato selectivo de sus compañeros de El Espectador. Quizás en alguno de los lugares que elegía para su rutina de almuerzo, los sicarios también lo estaban esperando”.

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El Medellín de hoy  presume de un metro cable. Son un conjunto de góndolas que hacen en 30 minutos  un trayecto que antes tomaba horas y que nadie hacía no por problemas de incomodidad, sino porque al llegar a La Sierra, era recibido a balazos.

La Sierra es el barrio más al oriente de una ciudad llena de desniveles. Esta zona alta en particular ofrecía acceso a una carretera y grandes extensiones de terreno por donde se trazaron rutas para secuestros y para tráfico de armas y drogas. “Estos eran barrios fantasma. Cualquier extraño que ingresara aquí era recibido a balazos”, explica la periodista Mariluz Avendaño, de El Espectador.

La paz de Medellín sabe a poder tomar una cerveza de madrugada en medio de un parque rodeado de bares o en una arteria como la 10, en donde se mezclan ritmos tropicales, olor a arepa y el perfume de quienes buscan divertirse porque pueden. Esta paz se dibuja en la emoción de una comunicadora de una institución de Gobierno que cuenta cómo el gran proyecto de las bibliotecas logró que comunidades hundidas en la violencia empezaran a identificar como propio algo que no era el conflicto.

Esas bibliotecas fueron el punto de entrada para que un proyecto mayor de apertura de oportunidades calara en una población que, sin los señores de la droga, se había quedado huérfana de figuras carismáticas de las que colgar ambiciones.  “A mí lo que más me sorprende es ver a la gente en la calle”, explica Mariluz mientras desde la góndola, al final de la tarde, observa a una gran cantidad de gente de los barrios aledaños a La Sierra hacer vida social, con todo lo que implica. Nadie como ella, que ha visto la guerra, puede valorar tanto esta tranquilidad rutinaria.

Medellín, este Medellín de bibliotecas comunitarias y metro cable, no es perfecto. El año pasado, la cantidad de asesinatos aumentó, pero sin que esto representara una tendencia: la tasa se mantiene en 20 asesinatos por cada 100,000 habitantes. En 1991 este indicador llegó a ser de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. Esta paz que tiene, sin embargo, alcanza a verse en forma de letrero luminoso, uno que brilla sin pena en una transitadísima esquina que aparece mientras se va del armonioso barrio Provenza al no menos elegante Poblado. El letrero, sin más, dice: El Espectador.

Esta no es sede de una sala de redacción. El letrero apenas anuncia que ahí se vende sin ningún tipo de riesgo ni restricción El Espectador, entre otros más.

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A la hacienda Nápoles  o a la antigua cárcel de Envigado, conocida como La Catedral, este Medellín de hoy ofrece por lo menos seis recorridos turísticos que se enmarcan en la cultura del narcotráfico, esta que tantos récords de expectación redituables deja en series y películas. Correa, como alguien que sobrevivió a la violencia desbocada sobre la que se construyeron esos imperios, considera que es un error de empatía, de falta de respeto para con los que cargaron con la peor parte. “A los que más mataron fue a las personas que vendían el periódico, a los que estaban en publicidad”, en otras palabras, a los que no incidían en el contenido editorial que tanto odio sembraba en “el Doctor”.

A la reflexión que pone cara a cara al periodismo de antes con el de hoy que se realiza en el marco del IV Investigatón organizado por la red de periodistas CONNECTAS, Correa le pone una frase pegajosa que guarda una verdad tan complicada como vigente: “Pablo Escobar no corrompió a los políticos, los políticos lo corrompieron a él. Todo se arruinó más desde que él quiso entrar en la política”.

Cuando Pablo Escobar cayó abatido por las balas de las fuerzas públicas, el 3 diciembre de 1993, Correa hacía lo de siempre, su trabajo desde el anonimato. Su madre fue la primera que pudo localizarlo para darle la noticia acerca de la muerte de Escobar.  “Si he sentido felicidad, creo que fue en ese momento”, explica.

Hay fotografías de ese día, en una, el cadáver del narcotraficante yace de lado sobre tejas de barro rojo tan característico de Medellín; la cara, ensangretada, y alrededor, en la misma formación de cualquier equipo de fútbol, posan ocho hombres con armas largas, seis de ellos llevan uniforme color verde olivo. Todos sonríen victoriosos, pletóricos de triunfo ante una persona muerta. La felicidad, al final de un proceso tan traumático, puede ser complicada, difícil de explicar y de reconocer, como esta que Correa confiesa micrófono en mano, mientras las cámaras de los teléfonos celulares le apuntan.

La muerte de Escobar obligó a un proceso de reorganización en todos los sentidos. Correa acabó desligado de El Espectador porque, prácticamente, lo que él hacía ya no encajaba en los intereses de los nuevos dueños. Ni siquiera llegaron a Medellín a despedirlo, a control remoto le pidieron que entregara las propiedades del medio. Acabó mandándoles muy poco, casi todo el equipo con el que había estado trabajando era de él.

El rótulo de El Espectador que brilla en la esquina para cualquiera que viene de Provenza a Poblado no significa nada para Correa. A pesar de que hay en la junta directiva un representante de la familia Cano, este periodista prefiere desmarcarse, no es El Espectador por el que podía haber muerto mientras un sicario le aplastaba la cara contra un suelo de baldosas: “Al final, el último golpe no vino de Pablo Escobar, sino que de la empresa periodística”.

Inaccesible La Sierra estuvo durante décadas secuestrada por la violencia de las bandas de traficantes que la querían usar como salida de armas y drogas. Era un territorio al que no se podía ingresar.

 


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