Oponerse al régimen del presidente Daniel Ortega y la vicepresidenta Rosario Murillo les ha costado a muchos nicaragüenses la pérdida de sus derechos. Ya no transitan libremente por la calle sin sentirse amenazados por cuerpos de seguridad estatales que cada vez son más violentos. Ayer, este gobierno dio el último golpe: ordenó la salida de Nicaragua de la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Manifestantes en Nicaragua: entre el miedo y la incertidumbre

Un reportaje de AP

Fotografías de AP

Jairo Bonilla estaba en un seminario en Managua en la primavera pasada, participando en conversaciones mediadas por la Iglesia católica para tratar de poner fin a la sangrienta crisis política de Nicaragua, cuando durante un receso se le acercaron dos compañeros de estudios para amenazarlo.

“Cuando te miremos, vas a ver”, dice Bonilla que le advirtió uno de ellos, Leonel Morales, presidente de un gremio estudiantil de la Universidad Politécnica de Nicaragua, financiada por el Gobierno y donde ambos estudiaron. “Tu familia va a llorar lágrimas de sangre”, agregó el líder de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua.
“Ya sabés dónde encontrarme”, contestó Bonilla.

Eso fue entonces. Ahora, el joven de 20 años, un líder de las protestas estudiantiles contra el gobierno del presidente Daniel Ortega, está escondiéndose, tratando de ignorar las amenazas que le llegan regularmente en Facebook y en mensajes de texto. Ha sobrevivido cuatro meses en la resistencia al gobierno de Ortega. Ahora el movimiento estudiantil que él ayuda a dirigir es en gran parte clandestino.

Ayer, Ortega subió la apuesta y ordenó la salida de Nicaragua del representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y de su equipo de trabajo, poco después de que presentaran un informe que confirmó el abuso de la fuerza y las torturas de manifestantes.

En una carta enviada por el canciller nicaragüense Denis Moncada a la representante regional para América Central del Alto Comisionado, Marlene Alejos, le solicitó que la misión dé por concluida su labor en el país.

Moncada indicó en el escrito que la invitación que se había girado a la oficina del Alto Comisionado era para que acompañara el proceso de desalojo de los bloqueos viales que los manifestantes que piden la salida de Ortega del poder habían levantado en diferentes carreteras. Pero como los mismos han sido removidos, la presencia de la misión ya no es necesaria.

“Por lo tanto, considerando que han cesado las razones, causas y condiciones que dieron origen a dicha invitación, este ministerio da por concluida la invitación y finalizada la visita”, dice el escrito del canciller nicaragüense.

Cientos de personas han muerto en la brutal represión del gobierno de las protestas que estallaron en abril. Más de 2,000 personas han sido detenidas mientras las fuerzas de seguridad buscaban a los participantes, entre ellos, 320 que siguen detenidos. Muchos dicen que las autoridades han abusado de ellos, incluso con palizas graves y torturas. El estribillo común de “no tenemos miedo”, que se coreaba en las primeras marchas estudiantiles, dejó de escucharse.

“Ortega logró su objetivo”, dijo Bonilla en una entrevista reciente, realizada en un lugar secreto. “Logró que tuviéramos miedo”, agregó.

Luego de ser expulsados de sus campus universitarios, los estudiantes que se han enfrentado a Ortega tienen un futuro incierto. Muchos han huido del país y otros están dispersos en casas de seguridad. Algunos se están recuperando de heridas de bala que sufrieron durante la represión del gobierno o luchan con traumas psicológicos, mientras Bonilla y otros líderes estudiantiles tratan de llamar la atención internacional y trazar estrategias para mantener la presión en su país.

Entre quienes se esconden en la capital nicaragüense está un exalumno de 20 años de la universidad nacional quien perdió gran parte de la movilidad en el brazo y la mano derecha después de recibir un disparo de las fuerzas de seguridad el 23 de junio, mientras ayudaba a atender a los estudiantes heridos mientras eran atacados. La bala entró en un costado y se alojó detrás del omóplato, lo que requirió una cirugía extensa.

Bonilla se unió al levantamiento contra el gobierno de Ortega a mediados de abril, furioso –como muchos de sus compañeros de clase– por la respuesta violenta del gobierno a las protestas de los jubilados, molestos por los recortes a los beneficios del seguro social.

Después de que las marchas rápidamente se convirtieron en un llamado general para la expulsión de Ortega y que las bajas estudiantiles aumentaron, Bonilla se ofreció como voluntario para representar a sus compañeros de estudios en las conversaciones mediadas por la Iglesia para tratar de poner fin a la crisis.

Ese esfuerzo duró poco. Durante un discurso ardiente en julio, Ortega acusó a los obispos católicos que organizaron la mediación de ser “golpistas” que buscaban su expulsión, y dijo que no estaban calificados para ser mediadores. Las conversaciones no se han reanudado.

Con el control de las universidades del país y otros bastiones de la oposición ahora firmemente en manos del gobierno, Ortega –en el poder desde 2007– ha prometido que permanecerá en el cargo hasta por lo menos 2021, cuando finalice su último mandato. Ha calificado de “terroristas” a quienes participaron en las protestas, diciendo que fueron manipulados por fuerzas externas.

Silencio. Centenares de personas han muerto y otros han sido lesionados. Los desplazamientos forzados también han aumentado, de acuerdo con organizaciones que velan por los derechos humanos. El gobierno busca silenciar las denuncias.

En estos días, Bonilla pasa su tiempo en su escondite, tratando de prepararse para el día en que se reanuden las conversaciones con el gobierno. Lee textos de economía política, estudia tácticas de negociación y absorbe todo lo que puede sobre la historia de Nicaragua en línea. Ha cambiado de casa de seguridad dos veces desde junio.
Aun así, la situación de Bonilla es mejor que la de otros.

Sigue viviendo en Nicaragua y todavía se escabulle a las calles, con la cara tapada con un pañuelo, para participar en marchas más pequeñas de protesta que continúan esporádicamente a pesar de los arrestos y el creciente número de muertos. Otros estudiantes fueron encerrados durante días en un cobertizo u obligados a esconderse en el fondo de un pozo mientras las fuerzas del gobierno los buscaban.

Ahora hay una tensa calma en Managua, después de la violenta represión del gobierno. Las fuerzas oficiales ya han retirado las barricadas de piedras que durante el apogeo de las protestas erigieron en las carreteras principales y fuera de barrios enteros los estudiantes y otros opositores al gobierno. Sin embargo, hay poca actividad después del anochecer: muchos restaurantes están cerrados y la gente se apresura a volver a casa, temerosa de los civiles armados y enmascarados que trabajan en coordinación con la Policía, que patrulla las calles.

En los momentos en que no están preocupados por ser descubiertos o por saber de dónde vendrá su próxima comida, muchos de los que se esconden se desaniman ante un futuro que se está deshaciendo. “Nosotros queremos continuar con nuestras vidas normales”, dijo Bonilla.

Una mujer de 25 años que estudiaba maestría en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua antes de unirse al movimiento de resistencia estudiantil debió ir a un segundo país de exilio. A principios de mes huyó a Costa Rica, donde esperaba establecer una red de apoyo para los que se escondían en Nicaragua, pero los rumores de informantes del gobierno entre los exiliados nicaragüenses allí la obligaron a partir de nuevo. Ahora se encuentra en un tercer país centroamericano.

“No veo mi futuro”, dijo la mujer, quien habló a condición de no ser identificada porque espera regresar a Nicaragua algún día. “Tenía planeado para este año que iba a comenzar nuevamente las clases, por lo menos para finalizarla (la maestría), pero ahora no tengo rumbo”.

Entre quienes se esconden en la capital nicaragüense está un exalumno de 20 años de la universidad nacional, quien perdió gran parte de la movilidad en el brazo y la mano derecha después de recibir un disparo de las fuerzas de seguridad el 23 de junio, mientras ayudaba a atender a los estudiantes heridos mientras eran atacados. La bala entró en un costado y se alojó detrás del omóplato, lo que requirió una cirugía extensa. Estuvo hospitalizado durante 11 días y sufrió daños en los nervios, pero los médicos le dicen que podría recuperarse con unos meses de terapia física intensiva.

Luego de ser expulsados de sus campus universitarios, los estudiantes que se han enfrentado a Ortega tienen un futuro incierto. Muchos han huido del país y otros están dispersos en casas de seguridad. Algunos se están recuperando de heridas de bala que sufrieron durante la represión del gobierno o luchan con traumas psicológicos, mientras Bonilla y otros líderes estudiantiles tratan de llamar la atención internacional y trazar estrategias para mantener la presión en su país.

En cambio, está en una casa de seguridad con su hermano de 18 años, quien también está escondido. Ambos se negaron a ser identificados por temor a ser arrestados.

El hermano menor dijo que tienen problemas para dormir, atentos al tránsito que pasa y pensando que en cualquier momento podrían ser descubiertos. “Ya todos hemos estado allí, en la lucha. Ellos nos conocen”, dijo, en alusión a las fuerzas de seguridad.

“Desde el momento en que nosotros decidimos entrar en la lucha, todos sabíamos que iba a llegar un momento en el que íbamos a ser perseguidos. En el caso de que la lucha no se gane y que siga el régimen en su puesto, creo que sería ya básicamente el fin de nuestras vidas, porque no podríamos ir a la universidad de nuevo. No podemos andar tranquilamente en las calles”, agregó.

Hugo Torres, un comandante guerrillero que una vez luchó con Ortega durante la revolución de Nicaragua de 1979 y que ahora es general retirado del Ejército nicaragüense, dijo que es natural que los estudiantes que no han experimentado tal lucha antes vean ahora un futuro más oscuro y repentinamente más complicado para ellos.
“Estas luchas tienen sus, como la marea, flujos, sus reflujos”, dijo Torres, quien rompió con Ortega hace dos décadas y ahora es vicepresidente del opositor Movimiento Sandinista de Renovación. Dijo que hay tiempo para llorar a los muertos, “pero eso no significa que se caiga en su ánimo o que renuncie a la lucha”.

“La historia de Nicaragua es una historia de guerras civiles con pequeños intervalos de paz”, opinó Torres. “Estamos obligados a romper este ciclo”, añadió. Bonilla está de acuerdo.

“Y sí tenemos miedo… de ser masacrados, de ser arrestados, pero si es un precio que tenemos que pagar, lo vamos a hacer por una Nicaragua libre”, aseguró.

Actividad. Los estudiantes han sido los que más activos han estado en las protestas en contra del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

 


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