Por primera vez en la historia, el Premio Nacional de Cultura reconocerá a un exponente de la fotografía documental, una forma íntimamente relacionada con el periodismo. Estos tres grandes exponentes de esa rama de las artes visuales, aspirantes sin reparos al galardón, han documentado la historia del país con uno de los lenguajes más universales y sintetizadores que existen. Luis Galdámez, Francisco Campos e Iván Montecinos iniciaron su carrera en uno de los momentos más difíciles del país, la guerra civil, la que paradójicamente les dio la oportunidad de exponer su trabajo en las más importantes publicaciones a escala mundial. El premio, según la Secretaría de Cultura de la Presidencia, pretende dignificar su trabajo, uno todavía no totalmente apreciado en El Salvador.

Los retratistas del país del eterno olvido

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de cortesía de Luis Galdámez, Iván Montecinos, Francisco Campos, Borman Mármol y Ángel Gómez

Los retratistas del país del eterno olvido

Unas alas. Un niño. El blanco y el negro que hacen brillar a una piel morena apenas cubierta por trapos raídos. Unos ojos enormes que repiten, de seguro, la oscurana del cielo nocturno y parecen desprenderse de la tierra, volar hasta otra realidad menos cruel.

La foto es de Luis Galdámez, fotógrafo salvadoreño nacido hace 63 años. Y forma parte de una de sus series más ambiciosas y conocidas, “Los ángeles caídos”, decenas de retratos con los que ha buscado visibilizar a los siempre invisibles de la sociedad salvadoreña: pandilleros, ancianos pobres, artistas vagabundos, niños de la calle, perros callejeros. Armándolos de alas, ha pretendido instalar una denuncia que mucho tiene de obra de arte.

Este es solo un capítulo de una carrera que se extiende por más de 30 años, “con varias interrupciones”, dice Luis. Pero una en la que ha logrado documentar la historia de El Salvador con el que quizá sea el más masivo de los lenguajes: la fotografía. La sintetizadora por excelencia. Esa que, en un cuadro limitado e inmóvil, puede expresar todo el horror de una guerra, la gloria de una victoria, las particularidades de una personalidad.

Por todas esas características, la Secretaría de Cultura de la Presidencia decidió dedicar el Premio Nacional de Cultura 2017 a la rama de fotografía documental por primera vez en más de cuatro décadas de historia. Y uno de los aspirantes a recibirlo es Luis Galdámez, a quien su colega Francisco Campos define como el “verdadero artista de la fotografía en El Salvador”.

“Me sorprendió que las autoridades de turno la hayan tomado en cuenta. Cuando se habla de artes visuales, la fotografía documental siempre ha sido el patito feo”, comenta Luis, bebiendo de su cerveza y disfrutando de su coctel de camarones en este restaurante de Antiguo Cuscatlán, el mismo municipio en el que reside desde hace un par de años, tras una larga estancia en Suchitoto.

Luis sopesa entre tragos el poco valor que la sociedad y el Estado salvadoreños le han dado a una pasión a la que ha dedicado toda su vida. La misma por la que casi muere el 19 de marzo de 1989, cuando una bala le atravesó la espalda y el brazo. Pero corrió mejor suerte que su amigo Roberto Navas, asesinado ese mismo día.

Ahora goza, dice, de un par de años sabáticos, en los que ha podido empezar a darle orden a un enorme archivo todavía informe, donde guarda su tesoro de fotografías. El mismo que empezó a construir a punta de riesgo en 1980, después de formarse en artes visuales en el CENAR y ganar algo de dinero como retratista de bodas y bautizos.

Ese día, el 30 de marzo de 1980, asistió al funeral de Monseñor Romero para documentar la manera en la que cientos de personas se despidieron del ahora beato. Nunca pensó (aunque era lo esperable) que una bomba explotaría al lado suyo y que los cuerpos de seguridad comenzarían a dispararle a la población civil. Tampoco que entre esa población civil hubiera guerrilleros que transportaban sus armas en cajas vacía de árboles de navidad y que abrieran fuego en respuesta. Todo eso, ahora, lo conserva entre sus imágenes. Fueron su bautizo.

Entonces no había llegado a las grandes agencias de noticias que le permitirían ver su trabajo en la portada de publicaciones tan importantes como The New York Times o The Washington Post. Su opción fue el periódico mural del CENAR, donde entonces trabajaba como profesor, precisamente de fotografía. Solo tener un material como ese, que retrataba la violencia, era considerado un acto subversivo y la institución incluso había sido objeto de cateos por parte de los cuerpos de seguridad desde hacía dos años. Era un salto al vacío.

“Cada quien toma sus riesgos. Y yo me moría de ganas porque mi trabajo fuera visto. Aunque sí, es cierto, por algo como eso me podían matar”, comenta Luis, quien ha traído bajo el brazo un legajo de fotografías, muchas de las cuales serán incluidas en el portafolio que las personas e instituciones que han decidido presentar su candidatura entregarán en los siguientes días a las autoridades de SECULTURA.

Ahí están las imágenes de los cuerpos desfigurados del choque del avión de Aviateca en 1995 y varios cuadros de la guerra. Coge entre las manos uno de estos últimos, en blanco y negro, donde unos 20 jóvenes de esperan sentados en el suelo.

—Esta es la foto de la tristeza –dice, bajando la voz y lanzando un suspiro–. En ese momento, a estos bichos se los van a llevar reclutados para el cuartel. Solo me imagino a las madres llorando porque sus hijos adolescentes deben ir a pelear una guerra en la que no quieren participar –comenta Luis, quien en cuestión de segundos puede pasar de una seria reflexión a la más sonora de las carcajadas, entre cerveza y coctel.

Pero sus fotos favoritas de entre todas, y de las que ha presentado un buen número en su carpeta para el Premio Nacional de Cultura, son las que componen la serie de “Los ángeles caídos”, a la que considera su obra más querida.

“Este trabajo me sacó todos mis traumas como reportero, aquí no hay prisa. Solo soy yo expresándome. La fotografía conceptual también se vuelve documental porque relata a los excluidos”, comenta, lanzando una mirada de satisfacción a sus fotos.

Luis Galdámez

Postulado

Luis Galdámez

Inició en la fotografía cuando cursaba el Bachillerato en Artes del Centro Nacional de Artes (CENAR). Era una materia de complemento, que se le enseñaba al alumno para documentar su obra. Pero fue la que lo terminó apasionando. Estudió periodismo en la Universidad de El Salvador. Fue reclutado por Iván Montecinos como su asistente en la Agence France-Presse (AFP) en 1984. Dos años más tarde pasó a formar parte del staff en el país de la agencia de noticias inglesa Reuters, en la que permanecería hasta 2012. Después, hizo labores ocasionales para diferentes instituciones, como Efe. Su trabajo ha sido publicado en los más prestigiosos periódicos alrededor del mundo.

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El período para que una institución o una persona pueda postular a su candidato para el Premio Nacional de Cultura finalizará este lunes, 31 de julio. Hoy es el miércoles 26 y, según Silvia Elena Regalado, titular de SECULTURA, ninguna persona ha sido inscrita para el reconocimiento.

“Normalmente lo hacen el último día, estamos esperando”, comenta Regalado, aunque adelanta que ya cinco instituciones llamaron para anunciar que presentarán a sus elegidos, por lo menos, el viernes. Lo que se cumplió en los casos de Luis Galdámez y Francisco Campos.

Según Regalado, el premio de este año busca darle su justo puesto como individuo al fotógrafo en la índole de la cultura nacional. Muchas veces cubierto por la institución a la que representa, casi nadie conoce al fotógrafo, a aquel que le informa los hechos de su realidad con uno de los medios que más se acerca a ella. Una paradoja tomando en cuenta que su obra cuenta con la bendición de lo masivo. También, expresa Regalado, se busca reconocer a la fotografía como arte y que se abran más espacios para exponer este tipo de trabajos. Y que, además, el autor reciba una paga por ello, lo que escasamente pasa en El Salvador.

Además de los acostumbrados $5,000 que conforman el premio y del clásico concierto dedicado a él por la Orquesta Sinfónica Nacional, el ganador tendrá la oportunidad de presentar al menos 30 cuadros de su obra en una exposición que se instalará en el Museo de Antropología David J. Guzmán (MUNA) y, luego, pasará a ser parte de la muestra itinerante de premios nacionales de la Cultura, que pasa por lo menos un mes en los distintos museos que El Salvador posee a escala nacional. Pero solo eso.

“Queremos dejar claro que este premio busca reconocer a una persona. No es uno de sus componentes la distribución o difusión de la obra”, comenta una de los miembros del equipo de Comunicaciones de la secretaría. En efecto, eso ha pasado, al menos, con los últimos dos ganadores del premio, Yolocamba I Ta y José David Calderón, fallecido el año pasado. Su obra, aunque bañada por el brillo del premio, no se conoce mucho más hoy que antes.

Para Silvia Elena Regalado, esto es una cuestión de recursos, situación que tampoco los ha dejado iniciar con un proyecto de investigación de todos los premios nacionales de Cultura, que se convertiría en un libro: “Lo reconocemos, es una de nuestras deudas”.

Los organizadores del galardón temen que sean muy pocos los postulados para este año e invitan a que más instituciones manden sus candidaturas, que no den por sentado que su favorito será propuesto. Eso pasó, por ejemplo, el año pasado, cuando se le entregó el premio a Yolocamba I Ta. Para muchos dentro de la institución, el merecedor del premio, por su relevancia a escala internacional, era Álvaro Torres. Pero nadie se acercó a postularlo.

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Si Luis Galdámez es el artista de la fotografía documental en El Salvador, como lo expresa Francisco Campos, Iván Montecinos es el fotógrafo de guerra por excelencia. En efecto: fue el único de los fotógrafos salvadoreños que cubrió el conflicto armado desde su prólogo, en el 79, hasta la firma de los Acuerdos de Paz. Y fue el maestro y quien le dio la primera oportunidad para trabajar a colegas como Campos o Galdámez. Incluso a Luis “la Muñeca” Romero, quien no puede ser postulado por trabajar para una entidad de Gobierno.

Pero así como es el fotógrafo de guerra por excelencia, ese terminó convirtiéndose en su único campo de acción: la intensidad de 12 años de combate, de mirada al sufrimiento ajeno y al propio y del alejamiento de su familia lo inclinaron a abandonar la carrera apenas firmada la paz. Y no es porque no tuviera oportunidades, pues se le ofreció trabajar como fotógrafo de guerra en el conflicto de Bosnia.

“Ya no tenía las fuerzas para seguir buscando ese tipo de trabajos… Si aquí, en mi país, no me mataron pero estuve en peligro de que ocurriera porque la guerra fue cruenta, ¿qué iba a ir a hacer yo a un lugar donde no conocía el lenguaje ni la geografía?”, comenta Montecinos, ahora dedicado a negocios propios y a la confección de libros sobre su experiencia. Ya publicó dos.

El estilo de Montecinos es uno que privilegia a la persona humana sobre los hechos, al individuo que está siendo transformado por sus circunstancias más que las circunstancias mismas. Para Iván, no era importante retratar los combates, sino las consecuencias de estos. Víctimas que acaban de perder la vida, pueblos arrasados, gente que debe buscar refugio para no perecer.

Esa pauta para trabajar la descubrió apenas en 1980, cuando la guerra todavía no había sido declarada vía la ofensiva final del FMLN. Fue cuando viajó a La Victoria, en Honduras, donde ya habían comenzado a llegar refugiados desde El Salvador, la totalidad de ellos era gente que vivía, aún en sus lugares de origen, en una profunda pobreza.

En ese entonces todavía no había conseguido un contrato con una agencia internacional. Era el asistente del fotógrafo norteamericano John Hoagland en la United Press International (UPI), de quien aprendió el oficio aunque nunca lo tomó como su alumno. Hoagland fallecería en 1984, cuando trabajaba para Newsweek, en las faldas del cerro de Guazapa.

Otro de los sellos de Montecinos, en la opinión de varios de sus colegas, es mostrar a sus retratados sin máscaras: el guerrillero y el soldado ya no son los combatientes en busca de acabar con el enemigo. Son personas comunes enfrentándose a un drama extraordinario.

“La experiencia te da cierta sensibilidad. No es una cuestión de tener lástima. Uno ya no ve solo el aspecto agresivo. Comprende que toda la gente tiene un lado humano. Como decir que ahora usted puede encontrar el lado humano de un pandillero”, dice Montecinos, quien todavía no ha sido postulado al premio.

Ivan Montesinos

Postulable

Iván Montecinos

Es uno de los pocos de su generación que contó con formación en periodismo antes de comenzar a hacer fotos. A finales de los setenta, trabajaba como profesor en la Universidad de El Salvador. Cuando esta institución fue cerrada, en 1980, comenzó a colaborar para la United Press International (UPI), con sede en Estados Unidos, como asistente del periodista norteamericano John Hoagland. En 1984 fue fichado por la Agence France-Presse (AFP) como el director para toda Centroamérica. Permaneció con esta empresa hasta 1991. Tras ello, aprovechó el dinero ganado durante 12 años como fotógrafo para emprender algunos negocios y comprar tierras.

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Francisco Campos descansa en una de las mesas del café Maktub, en pleno centro de San Salvador, con la fachada del Cine Metro, uno de los emblemas del sitio, como fondo. Él es otro de los fotógrafos que serán postulados este año para el Premio Nacional de Cultura. Es el único que todavía se mantiene en activo de los considerados para el galardón.

Si Luis Galdámez es el artista de la fotografía e Iván Montecinos el fotógrafo de guerra, Francisco Campos, que comparte características con los dos anteriores, es el retratista de la cotidianidad. Sobre todo de los sectores más populares. Y, sobre todo, del centro de San Salvador, ese al que él no llega como un turista en búsqueda de novedades, sino como un vecino más. Porque este ha sido su medio ambiente desde que comenzó a hacer sus pinitos en el periodismo, en el Diario El Mundo, a finales de los setenta. En los bares cercanos, afirma, pasaba la mayoría de sus tardes.

A pesar de ya tener más de 30 años en el negocio, ha sabido cómo llegar a una nueva generación de observadores. Sus fotos, ahora, pueden verse en su perfil de Facebook.

Una de las últimas, subida el jueves 27 de julio, tiene al fondo la escena de un homicidio ocurrido en el bulevar Monseñor Romero. Una persona que desde hace unos momentos ya no lo es yace rodeada de policías y fiscales. En primer plano, en uno de los separadores de la carretera, está escrita la palabra “Mierda”. Campos, para acompañar la imagen, escribe: “Ante la violencia dan ganas de exclamar tres veces”. Otras fotos no necesitan siquiera de presentación, como aquella tomada desde el interior de un restaurante, que muestra la indiferencia de los comensales ante otro homicidio cometido a apenas unos metros.

“Yo de Chico no he aprendido cuestiones técnicas, sino a estar siempre atento, a observar y a tomar esa foto que ya no voy a poder tomar nunca más porque ya no va a volver a ocurrir”, comenta Frederick Meza, fotoperiodista de LA PRENSA GRÁFICA y uno de los discípulos del maestro. Ese es otro de los sellos de Francisco, la captación del momento justo, ese que hay que esperar por horas o que, a veces, simplemente pasa.

Sentado en el café Maktub, Francisco también se confiesa un bendecido de la suerte, y para ilustrarlo, regresa a su foto más famosa, la imagen con la que está íntimamente emparentada la firma de los Acuerdos de Paz, en la que dos mujeres vestidas de blanco lanzan dos palomas grises a una catedral de San Salvador saturada de rojo.

Ese día fue uno accidentado y la gran foto solo fue tomada hasta el final de la jornada. En la misma plaza estaban decenas de fotógrafos, como Luis Galdámez, que no pudieron llevarse una imagen similar. Fue una cuestión de suerte y, también, de atrevimiento. Francisco Campos fue el único que pudo subirse a la tarima, auspiciado por amigos de las diferentes iglesias que ese día se encontraban en el lugar.

“Creo que eso está faltando hoy a los fotógrafos jóvenes, ser más atrevidos. Por ejemplo, yo no vi una foto diferente de lo que ocurrió con el incendio del Ministerio de Hacienda”, comenta Campos.

Y su famosa fotografía le sirve, también, para reflexionar sobre otra realidad del fotógrafo en El Salvador, el hecho de que nunca ha recibido un centavo por una de sus fotos expuestas. Eso es comprensible en espacios que viven por amor al arte, como el Photo Café. Pero se vuelve cuestionable cuando lo mismo pasa con las instituciones de Gobierno.

Y eso se volvió paradójico en la celebración, este año, de los 25 años de los Acuerdos de Paz. En la Asamblea Legislativa le pidieron su autorización para usar la imagen. Pero eso no ocurrió, por ejemplo, con la que se mostró en la exposición del Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO) o de eventos realizados por cancillería fuera del país.

Pero el culmen de la paradoja le ocurrió, dice, hace un par de años, cuando asistió a una convención del FMLN realizada a puertas cerradas sin acceso a medios. Uno de sus conocidos estaba en la entrada. Un par de días antes habían compartido mucho tiempo en la filmación de la película “La batalla del volcán”. Sin embargo, a pesar de la confianza, no lo dejaron pasar.

Resolvió la cobertura tomando fotos del exterior, de las personas pertenecientes a los comités de base ingresando al lugar, sin saber que adentro, como la imagen que coronaba el escenario, estaba en grandes dimensiones la misma foto de las mujeres de blanco tirando las palomas grises. Nadie dentro del partido le consultó si esa imagen podía ser utilizada en un evento proselitista. Una realidad que, según la secretaria de Cultura, Silvia Elena Regalado, pretenden que cambie con la entrega del premio.

Francisco, ahora, sugiere ir a estirar las piernas para tomar un jugo en un puesto cercano, acompañado de su pequeña cámara. Sin embargo, no tomará ninguna imagen, ocupado en elogiar el trabajo de los otros, de aquellos que, como él, aunque sea en un trecho del camino, decidieron congelar la vida para la eternidad en una fotografía.

Francisco Campos

Postulable

Francisco Campos

Es el fotoperiodista en activo con la carrera más longeva en El Salvador. Inició su carrera en el Diario El Mundo en 1981. Al igual que su colega Luis Galdámez, fue introducido a la Agence France-Presse (AFP) por Iván Montecinos en 1986. Estuvo todo el resto de la guerra en esa agencia internacional. La vida luego lo traería a LA PRENSA GRÁFICA, donde trabajó en diferentes puestos de 1995 a 2015. Actualmente labora para El Diario de Hoy. También cuenta con una larga carrera de voluntariado en Comandos de Salvamento.

 


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