De 2013 a 2016 las solicitudes de refugio en México por parte de menores no acompañados provenientes de Honduras, El Salvador y Guatemala se incrementaron 350 %. Un total de 200 mil niños no acompañados del Triángulo Norte han pasado por México en los tres últimos años en busca de un mejor futuro. Esta es una serie que explica quiénes son y por qué salen.

Los niños de la guerra del Triángulo Norte

Un reportaje de Íñigo Arredondo/El Universal/México/GDA

Fotografías de Yadín Xolalpa / El Universal / México / GDA

Emigración

Ellos luchan por vivir en México

En el camino a convertirte en adulto hay que pasar obstáculos, levantarse de tropezones y adversidades que solo con la madurez que se espera del paso de los años se podrían resolver. Pero no para todos es igual. Jorge creció de golpe. A los ocho años dejó de ser niño. La infancia lo abandonó.

Ese día decidió tomar la mano de su tío en una de las calles de la Rivera Hernández, en San Pedro Sula, Honduras, y salió a probar una bicicleta. Después de varias cuadras de recorrido y algunos minutos, a ambos les dio sed y decidieron pasar a una tienda por una bebida. Ahí, justo en ese recuerdo de un día normal en apariencia, se detiene la memoria de Jorge. Dos jóvenes miembros de una pandilla los estaban esperando. Cruzaron frente a la tienda en bicicletas, sacaron sus armas y dispararon hasta que vieron caer a su tío. Jorge se desmayó al instante y despertó con el peso encima del cuerpo inmóvil de su familiar.

Después de ese día, en el lapso de los siete años siguientes, asesinaron a su padre, y un hermano mayor ingresó a una pandilla; envolvió y repartió droga y después le pidieron asesinar a otro integrante de su familia. Su vida cambió de nuevo ante tal petición. Algo sucedió: se negó.

“Bueno, en ese entonces no me negué, pero… me tuve que venir (a México) porque incumplí una regla y me podían matar”, relata Jorge, actualmente de 16 años, a EL UNIVERSAL. Después de ese momento, sin pensarlo dos veces, le avisó a su tío sobre el plan de la pandilla, tomó un cambio de ropa y huyó a México. Solo y sin decir adiós.

“Toda mi vida anterior no la quisiera recordar… Pero son cosas que han pasado. No digo que lo pueda olvidar, pero sí lo puedo sacar de mi cabeza un momento”, explica Jorge, quien está en espera de una respuesta al proceso iniciado para ser refugiado en México.

Migrar o “caer en las garras de ellos”

En los últimos cuatro años, el número de solicitudes de refugio en México por parte de menores no acompañados provenientes del Triángulo Norte –Honduras, El Salvador y Guatemala– se incrementó 350 %: en 2013 fueron 65 menores originarios de esas naciones quienes pidieron refugio en nuestro país; en 2016 la cifra llegó a 229, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

Esta cifra es realmente baja si se compara con el movimiento migratorio de estos países registrado por el Instituto Nacional de Migración (INM): de 2010 a lo que va de este año se han presentado ante la autoridad 66 mil niños que viajan sin algún familiar responsable de ellos, a 99 % los han regresado a sus países de origen. En 2013 fueron 5,562; 2014, 10,711; 2015, 20,347, y en 2016 se redujo un poco, a 17,530.

En ese contexto, en 2006 la Red de Módulos de Tránsito para Niños Migrantes del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) registró 262 niños del Triángulo Norte, mientras que para 2016 cruzaron la frontera 18,998. La cifra llegó a miles en 2010: 3,028, y se fue incrementando de a poco hasta 2014, que alcanzó 13,639.

Llegar a uno de estos lugares significa tener un conocimiento de la ruta, pero la mayoría de quienes huyen de su país, como Eduardo, salen sin rumbo y sin pensar en regresar: “Si volvía iba a caer en las garras de ellos”.

Más . En 2013 fueron 65 menores originarios de esas naciones quienes pidieron refugio en nuestro país; en 2016 la cifra llegó a 229, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

Eduardo se encuentra en el mismo proceso de refugio. En los tres meses que lleva en México ha hablado con su familia cada semana, pero no les ha dicho por qué huyó. Él trabajaba en la ciudad de San Pedro Sula arreglando fallas mecánicas y tenía que entrar y salir de barrios gobernados por pandillas. Lo quisieron forzar a trabajar con ellos, no aceptó y recibió amenazas de que si lo volvían a ver por ahí lo mataban a él y a su familia. Regresó a casa, lo pensó unos días, tomó una mochila y huyó con la idea de ir a Estados Unidos.
La cifra de menores no acompañados que han llegado a Estados Unidos cruzando por México, solo de 2014 a 2016, es de 168 mil. Eso quiere decir que de 2014 a 2016, sumando los registros de ambos gobiernos –estadounidense y mexicano–, por lo menos 216 mil niños, sin ningún familiar ni apoyo, fueron mandados a la fuerza por sus padres o simplemente huyeron sin avisar, para lograr una mejor vida: 72 mil al año, 196 al día, 5,901 al mes.

Fue 2016 el segundo año en que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos detuvo a más migrantes no mexicanos. El otro año fue 2014, que fue marcado como “crisis humanitaria” por el entonces presidente estadounidense, Barack Obama, al ver la cantidad de niños centroamericanos que llegaban solos a su país. En 2014 la Patrulla Fronteriza detuvo a 68 mil menores; para 2015 la cifra bajó 39 mil, pero en 2016 creció de nuevo a 60 mil.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha declarado que si los migrantes supieran de la posibilidad de pedir refugio, el número aumentaría radicalmente. En cifras totales, México ha recibido 19,188 solicitudes de 2013 a la fecha, y solo a 4,910 se les ha concedido el título de refugiado. De ellas, 90 % provienen de Honduras, El Salvador y Guatemala.

En 2017 las cifras de menores no acompañados presentados ante el INM es mucho menor. En los primeros cinco meses del año se registraron 2,595 menores, lo que representa 14 % del año anterior y la primera vez que decrece el flujo migratorio de este grupo.

“Se observa que ha habido una disminución (del flujo migratorio). Incluso visualmente es evidente. En los albergues también ha habido una disminución. Hay un dato interesante y es que si bien es cierto que el número de personas que han ingresado ha disminuido, no hemos registrado esta misma disminución en el número de solicitudes de asilo. Más bien ha habido una disminución en la brecha de personas que entraban a México y no solicitaban asilo”, explica el coordinador de las oficinas de Terreno de ACNUR en México, Rafael Zavala.

A la mitad de 2017, la COMAR registra más de 6 mil solicitudes, casi el total de todo el año pasado. ACNUR estima que a fin de año el número de solicitudes ronde las 16 mil, el doble que el año pasado.

Esta situación también se ve en los niños no acompañados: van 115 peticiones de refugio de parte de estos tres países, un poco más de la mitad de las que hubo el año pasado. Expertos explican que en verano es cuando se da la mayor cantidad de movimiento migratorio, así que esperan que el número siga en aumento.

Jorge le avisó a su tío que lo querían matar, él le dio un poco de dinero y le dijo que se fuera. Analizando la situación, dice que no tenía opción: era ser pandillero o ser asesinado por una pandilla. Narra que él decidió meterse a las pandillas luego de que a su hermano lo asesinaran por haberse enamorado de una muchacha que estaba en la banda rival. “Un amor imposible”, lo define.

A los meses de haber huido de su país, Jorge llamó a casa y le dijeron que al tío al que alguna vez le encomendaron matar había sido asesinado. Explica con una sonrisa, cada vez que habla de un tema violento, que así tenía que ser. Para él, salir de su país como salió, de improviso, con violencia, es una nueva esperanza de vida.

Otra vida. De 2010 a la fecha, 32 mil guatemaltecos menores de edad no acompañados migraron a México en busca de mejor vida.

Guatemala: los niños en busca de un sueño inalcanzable

Aquí se empezó a contar a los niños que se quedan, porque nadie contó antes a los que se fueron. En el municipio de San Lázaro, Guatemala, saben que hay 26 casos de niños en desprotección. Que 32.6 % de la población vive en pobreza extrema, y el resto, en pobreza general. Que tienen a 6,323 niños, niñas y adolescentes estudiando. También, que de esos estudiantes, 48 % tiene desnutrición crónica.
Que abril y mayo son los meses en que más niños se van, y que al llegar el verano, se van los demás, los que quedan.

Se sabe que ahora se van más niños. De los siete casos que tienen registrados en los primeros meses de 2017, seis tenían entre 0 y 13 años, y solo uno estaba entre 13 y 18.
Actualmente, 45 % de la población de San Lorenzo está en Estados Unidos. Y casi todos se han ido, y se siguen yendo, de San Lorenzo, con edades de entre nueve y 14 años.
Un día lluvioso en las montañas de San Lorenzo, los líderes de la comunidad deciden abrir un camino más amplio para el paso de las camionetas en las “carreteras” circulares –caminos de terracería– que hay para conectar a la comunidad. La escena se dibuja con un operador de una máquina excavadora y unas 15 personas dándole indicaciones para no caer por la barranca o para que no jale tanta tierra debajo de una casa que quedará flotando como parte del camino.

La mano de obra tiene un promedio de edad de 40 años. No hay jóvenes. Todos tienen algo en común: Estados Unidos. Son deportados de EUA; regresaron de allá o mandaron a sus hijos a la nación estadounidense. De hecho, las mejores casas de la región son de aquellos que siguen fuera de Guatemala. Sin habitar, pero con “lujos” que sobresalen en relación con el resto, como techo de cemento y no de lámina.

Ángel Agustín Marroquí, representante del presidente del Consejo de Desarrollo Comunitario, también vivió en el vecino país del norte por más de 20 años antes de ser deportado. En el primer año de haber migrado, tuvo sus zapatos de cuero y una chamarra. Tenía 14 años y pagó a un pollero 9 mil quetzales (unos 20 mil pesos). Le prometieron camiones de primera y hoteles, en cambio comía una vez al día y estuvo encerrado una semana en una bodega. Antes de él se habían ido a EUA otros tres de sus hermanos: “Hay cosas que uno requiere de niño. Uno sueña de niño…. El factor (negativo) que hay aquí es que no hay recursos. Uno desea… ¿verdad? Y más cuando escucha que Estados Unidos es un país superado, que hay trabajo, que ahí uno se puede superar. De ahí uno dice: ‘Mejor me voy’”.

No hay un cálculo certero sobre cuántas personas ha cruzado el pollero de la comunidad. Solo saben que desde que comenzó a hacerlo, los pisos de su ferretería han crecido, ahora tiene cinco. La gente en la comunidad pide préstamos o da su terreno para poder pagar el viaje. En los tiempos de Ángel eran 9 mil quetzales, ahora la tarifa va de 75 a 90 mil quetzales, de 180 a 215 mil pesos.

La mayoría tiene familiares en EUA

“La primera vez fue en 1995. Íbamos como 70 personas, la mayoría jóvenes entre los 14 y 20 años. De los 70 que fuimos, aproximadamente 40 terminamos el viaje. Todos llegamos a Florida para la pizca de tomate. Pienso que 80 % de la gente de San Lorenzo tiene uno o dos, hasta tres familiares en Estados Unidos”, dice el alcalde municipal de San Lorenzo, Josué Tema Corona, quien también fue cruzado por el famoso coyote de la comunidad.
De 2010 a la fecha, 32 mil niños guatemaltecos no acompañados han cruzado hacia México en busca de un mejor futuro. Otros 18 mil fueron interceptados por la patrulla fronteriza en los nueve puntos de control en la frontera sur con México. 2015 fue el año con mayor número de detenciones por parte de migración: 11 mil. En 2016, el número de niños y adolescentes que pasaron por Guatemala aumentó 745 % respecto al año anterior y de ellos 36 % eran no acompañados. “Se van por varios factores. Muchos por la pobreza y la falta de empleo. Por supuesto las pandillas, los grupos organizados han querido hacerse de las suyas y apoderarse de Guatemala. Si nosotros vivimos 29 años de guerra interna. Pienso que eso se terminó en la montaña, pero se fueron a la ciudad”, explica el alcalde municipal de San Lorenzo.

El desplazamiento de las pandillas salvadoreñas se extendió a Guatemala. Se concentran en las principales ciudades, lo que es notorio en las cifras de incidentes delictivos, puesto que en ellas se registraron 37 % de los homicidios y 50 % de los heridos en hechos violentos en 2016. Uno de los peores años de violencia fue 2008, cuando la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes era de 46, mientras que en 2016 fue de 27.3, según los datos de la Secretaría Técnica del Consejo Nacional de Seguridad.

Ciudad de Guatemala vive una ola de violencia y se sabe que las pandillas dominan zonas metropolitanas; a pesar de ello, hondureños y salvadoreños llegan desesperados a buscar refugio, “aunque sea ahí”. De 2014 a la fecha la solicitud de refugio en Guatemala aumentó 276 %. En 2016 había 300 refugiados, la mitad de ellos de El Salvador y 11 % de Honduras, 21 % del total, menores de edad. México ha recibido, de 2013 a la fecha, 58 solicitudes de refugio de niños guatemaltecos no acompañados.

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“Me vine porque nos iban a hacer algo”

A Saúl le dijeron que se iba de vacaciones a Guatemala. Dejó la escuela, tomó varios juguetes y con su familia, padre, madre y hermana menor, salieron por la noche de San Salvador, El Salvador. Saúl tiene cinco años y no ha dejado de escuchar a sus papás decir que huyeron, por lo que cuando alguien le pregunta qué hace en Guatemala, él responde: “Me vine porque si no me iban a poner algo… porque si no nos iban a hacer algo. Y nos venimos aquí…” Pero realmente no sabe que su papá se enamoró de la persona incorrecta o que al menos eso consideran los pandilleros. Raúl es de otra colonia, pero conoció a su esposa y se fue a vivir con ella. Al principio nadie le decía nada, pero por movimientos de control del barrio, las cosas cambiaron de un día a otro. Raúl llevaba a su hija menor en brazos y regresaba a su casa junto con su esposa –después de dejar a Saúl en la escuela– cuando dos pandilleros le dijeron que se fuera y que no lo mataban porque traía cargando a su hija.

El plan original era irse hacia EUA o a México, pero el dinero no fue suficiente y decidieron quedarse en Guatemala. “Primero queríamos ir hasta México, pero por la escasez de recursos económicos llegamos hasta acá. Han estado amenazando a otros. Después de que salimos mataron a otro muchacho que no quiso salirse de su casa”, cuenta Raúl.
Países como Costa Rica, Panamá, Nicaragua y Belice han empezado a recibir solicitudes de refugio por parte de estos países.

A unos metros del río Suchiate, frontera con México y Guatemala, vive Édgar, de 22 años, quien desde hace cuatro años cruza a la gente de un país a otro por 15 quetzales. Su horario es conforme a demanda. Siempre hay que estar pendientes de los coyotes que empiezan a llegar después de las 8 de la noche y hasta las 3 o 4 de la madrugada. Dice que ha visto de todo y que últimamente hay menos personas cruzando, pero que hace poco vio a un niño-coyote. “Tenía unos 16 años, llevaba ocho personas. Y estuvo pasando gente como un mes por acá”.
Arriba de donde ellos cruzan está el puente de Migración, pero dice Édgar que nunca ha tenido problemas cruzando gente, aunque por lo menos dos veces al día bajan algunos oficiales mexicanos y aleatoriamente seleccionan gente para extorsionarlos y dejarlos pasar “por unos 200 pesitos”. Una vez llegó hasta Oaxaca con amigos, con la idea de llegar a Estados Unidos. Regresó porque a todos los agarró Migración. En ese ir y venir fronterizo, Édgar ha visto rostros familiares intentar cruzar una y otra vez. Quizá un día se vaya para no volver, como la corriente.

Huir. La violencia generada por pandillas orilla a menores de edad a huir de El Salvador. A partir de 2014 el promedio de deportados pasó de 25 en una semana a 100 al día.

El Salvador: nacen sin infancia

“Hoy en día en El Salvador a los niños de ocho o 10 años ya no se les puede decir niños. Ellos nacen así, sin infancia, ven la realidad como está y se acoplan a lo que les toque. Ingresan a una pandilla o se van. No tienen más caminos. El país no genera un ambiente donde ellos puedan crecer de una manera diferente”, dice contundente “el Mago”, exlíder de la pandilla 18-R de la zona rural del municipio de San Pedro Masahuat, en El Salvador. Él no pudo hacerlo, pero afirma que de haber tenido la oportunidad, cuando tenía 10 años, habría hecho lo que hoy hacen muchos: huir.

Cuando tenía la edad en la que un niño debería estar tendiendo la cama, recogiendo el desayuno, levantándose y yendo a la escuela, Henry lidiaba con unos pandilleros de la MS de 14, 17 y 21 años que le quitaban dinero y la comida que llevaba a la escuela. Un día se cansó y decidió acusarlos con su tío. “En un hombre se veía mal que anduviera poniendo queja, así que lo que me dijo fue que me defendiera como yo pudiera”. Así que al otro día, junto con otros tres compañeros, fue a donde estaba uno de aquellos pandilleros que lo molestaban… Entre los tres le encajaron un picahielo.
Ahí todavía no era pandillero.

—¿Lo mataste? –pregunto a “el Mago”.
—No, solo quedó herido. Como estábamos pequeños, no logramos eso. Solo pasó unos 10 meses mal –responde.

Por esa razón Henry huyó a otra comunidad a trabajar en un taller mecánico. En el barrio al que llegó dominaba la 18 R, la banda rival. A los meses de estar ahí se le fueron acercando y, poco a poco, se fueron convirtiendo en su familia. A los 12 años le comenzaron a llamar “el Mago”. En su primera misión regresó a su barrio de origen para atacar a la banda rival. En esos años, cuenta, no era tan común que hubiera muertos, pero esa noche hubo cuatro. Fue para él algo “mágico”.

A partir de ese día “la magia” se extendió por largo tiempo. Hoy tiene 31 años y 14 impactos de bala en el cuerpo, nueve de ellas permanecen aún en su cuerpo. En 2006 eran 65 los que controlaban con él la zona, ahora de ellos solo quedan nueve, los demás están muertos.

Un pandillero menos, de entre 60,000

Hoy Henry pasa la mayor parte de su tiempo en la iglesia. Salió de la pandilla y es colaborador activo de la Asociación para la Promoción de los Derechos Humanos de la Niñez en El Salvador, que actúa en las comunidades La Divina I, II y La Tekera interviniendo en ataques internos.

Se calcula que en este país hay alrededor de 60,000 pandilleros. El promedio de homicidios por cada 100,000 habitantes en 2015 fue de 104, en 2016 de 81. De 2005 a 2016 fueron asesinados más de 7,000 niños, 700 al año, 58 al mes y dos al día, según datos del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y estadísticas del Gobierno de El Salvador. De 2010 a 2017, 14,000 menores no acompañados provenientes de aquel país han intentado llegar a Estados Unidos cruzando México; solo en 2016, un total de 17,000 fueron detenidos por la patrulla fronteriza. El Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (CONNA) tiene solo un conteo de la migración de niños cuando son retornados, es decir, no sabe cuántos se van. En sus cifras, en 2015 hubo 3,587 casos de niños no acompañados y en 2016 fueron 1,949. De 2013 a la fecha, 202 niños salvadoreños solicitaron refugio en México.

“Las tres grandes motivaciones en el caso de niños y adolescentes migrantes son: la reunificación familiar, la búsqueda de oportunidades y la violencia. La crisis nos sorprendió a todos en 2014. Antes de ese año la cantidad de niños, niñas y adolescentes era muy poca. Estábamos recibiendo a 25 niños a la semana. En 2014 llegamos a recibir a 100 niños en un día”, detalla Vanessa Martínez, subdirectora de Defensa de Derechos Individuales del CONNA.

Las instituciones gubernamentales no encuentran explicación razonable sobre cómo de un año a otro creció tanto la migración de niños. “Desconocemos las causas. Sin embargo, hay situaciones sociales que nos están alertando sobre la complicada situación de la niñez y adolescencia”, reconoce la subdirectora de Protección de Derechos del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia, María de la Paz Yañes.

De 2000 a 2016, la Policía Nacional Civil de El Salvador tiene registradas 33,000 denuncias por extorsión atribuidas a pandillas. Entre esos casos está el de Luis, quien no sabía por qué un señor le tomaba de la mano a las 3 de la mañana y su madre se quedaba viéndolos irse. Tampoco entendía por qué, en las últimas semanas, su mamá le tenía prohibido salir al patio de la casa, a la tienda y mucho menos lo dejaba jugar en la calle. Él cuestionaba, pero al final obedecía. Tampoco escuchó cuando aquella noche una botella de cristal se quebró en la pared de su casa y cómo el ruido hizo que su madre fuera a ver qué pasaba. De primer momento no vio nada, pero regresando escuchó al perro comer algo. Era un papel. En lo que se alcanzaba a ver en el papel mordido por el perro, había un mensaje claro: si no pagaban el dinero, el niño pagaría las consecuencias. Días antes de ese hecho, el papá, migrante en EUA, le había alertado a Gloria, madre de Luis, que la 18 R le había marcado para pedirle $4,000; si no, su hijo iba a morir. Tenían datos de toda la familia.

A semanas de la partida de Luis con otro joven que iba rumbo a EUA, hubo un cateo por parte de la Policía y el líder de la 18 R murió y tres miembros fueron llevados presos. El niño se aprendió el teléfono de su papá. Llegando a EUA, el otro joven dejó a Luis donde su papá lo pudiera ver. Veintidós días después de que su madre lo dejó ir de madrugada, él estaba con su papá del otro lado del río.

“Es incontable la gente que se va para allá. Se van porque las pandillas tienen su territorio y si una persona no pertenece a una pandilla, pero ellos creen que esa persona los ha denunciado con la autoridad o les causa un daño, la matan, la desaparecen, la entierran, como sea”, dice Henry, “el Mago”, quien usa manga larga a pesar de los más de 30 grados que hay cerca de la costa de El Salvador.

En sus brazos y todo el cuerpo se puede ver la marca de la 18 R de varias formas: sumando seises, en número romanos, en cursivas o en negritas. Está consciente de que su pasado no lo puede cambiar. En los últimos meses la policía lo ha detenido dos veces. Lo golpean, le quitan su dinero y esperan que hable. Él sabe que es un afortunado. Casi nadie llega a los 31 años con una historia como la suya en El Salvador. Sabe que tiene que actuar todos los días, porque ya vivió demasiado. “Me pueden matar ahorita mismo o mañana, da igual”.

Una pregunta le taladra la cabeza: ¿por qué la violencia? Piensa constantemente en que le hubiera gustado huir cuando era pequeño. Ahora le toca cubrir su pasado con una camisa. “Antes a las pandillas las calificaban de antisociales, ahora como terroristas. La antisocial es la gente que te aparta y te margina. Eso sí es lo que genera más violencia”, concluye “el Mago”.

La muerte los persigue. En 2016 fueron asesinados más de 600 menores de edad en Honduras; de 2013 a la fecha, 321 entraron a México para solicitar refugio

Pandillas: la pesadilla de los niños en Honduras

“Es más fácil entrar a una pandilla que encontrar trabajo”. Lo dice enojado, decepcionado. Sabe que si esa no fuera su realidad, sus hijos –de 16 y 17 años– no estarían cruzando México en este mismo momento, guiados por un coyote que él pagó para hacer posible que llegaran a Estados Unidos.

“El promedio de vida aquí está en 15, 16, 17 años. Si logran pasar los 25, ya es una superbendición. Los de 18 a 23 años están presos y el promedio de 14 a 17 están muertos”, explica León, habitante del barrio bravo Rivera Hernández. Unos cuantos meses atrás mandó a su hijo menor de 13 años por la misma ruta.

Para explicar la situación a la que están expuestos sus hijos, se refiere al parque que se construyó hace dos años en el centro de la colonia. El espacio recreativo se creó en esta colonia de la municipalidad de San Pedro Sula con dinero del Gobierno bajo la idea de “devolver la distracción sana para la familia y a la vez recuperar por completo los espacios recreativos”, según el director de Prevención de la municipalidad en 2015.
Pero la realidad es otra. El parque está controlado por una de las siete pandillas que hay en los 39 barrios de la zona.

“Hacen un parque en el centro de la Rivera Hernández sabiendo la crisis que hay, sabiendo la violencia que hay, sabiendo la inseguridad que hay. Se ponen a hacer parques donde nadie va a llegar. Porque ninguna persona de esta colonia va a ir al centro de la Rivera Hernández, a ese parque.

“Es mentira, los gozan los mismos de ahí, no lo gozan las demás colonias. Si un niño que es de aquí va hacia allá, y saben que es de esta colonia y lo miran allá, en la Rivera, y además tiene un promedio de edad de entre 14 a 17 años, aparece después en un saco, ahí, embolsado. Si va uno de 10 a 12, viene golpeado, maltratado psicológicamente, con el temor de que no puede volver a ir ahí”, detalla León.

Por un momento hay un silencio. Detrás pasa un niño moreno, de unos 10 años. Va montando una bicicleta roja. Lleva paso lento, observa. Los vecinos de la Rivera lo señalan con los ojos. “Ese guarito que está ahí, él ya está amarrado. Tiene tres hermanitos que también van para allá. Él ya ha matado. Yo lo he visto contar sus asesinatos y reírse mientras lo cuenta”, narra uno de los vecinos reunidos afuera de una tienda.

Para muchos de ellos el simple hecho de haber nacido en ese lugar los convierte en pandilleros. Los coloca en posición de rivales de personas que ni siquiera conocen.
“El adolescente es el que corre más peligro. Mi hijo no podría irse a buscar novia por allá (señala detrás de la barda). Hay noviazgos que son fugaces. Corren el peligro. Son acechados. Cuando te digo que estoy bien es que no oigo, no veo ni hablo. Hemos visto casos donde levantan gente, pero no puedes hacer nada”, cuenta Raúl.

Los peores años de violencia en el país centroamericano parece que ya pasaron. En 2011, según datos de la Secretaría de Seguridad Pública Nacional de Honduras, por cada 100,000 habitantes había 86.47 homicidios. El dato convirtió ese año en el más violento. Después de ese tiempo, cayó poco a poco la violencia hasta llegar a 2016, con una tasa de 59 homicidios por cada 100,000 habitantes. Dos de las 10 ciudades más peligrosas del mundo están en Honduras: San Pedro Sula y Distrito Central.

En 2016 hubo 5,154 asesinatos, de los cuales 624 fueron estudiantes de secundaria. En ese mismo año, 300 maestros pidieron cambio de escuela por amenazas de niños pandilleros. Les hacen llegar notas pidiendo que los pasen de año o mejorar calificaciones; de no hacerlo, él y su familia serán amenazados. En lo que va del año, 33 niños han sido asesinados.

Los desplazados

En 2015 el Gobierno de Honduras dio a conocer, mediante la Comisión Interinstitucional para la Protección de Personas Desplazadas por la Violencia (CIPPDV), que al menos 174,000 personas habían sido desplazadas de sus lugares de origen por la violencia.

Al cierre de 2016 había 35,000 solicitudes de refugio de hondureños pendientes en distintos países. De 2013 a la fecha, 8,271 hondureños han solicitado refugio en México; solo 23 % de ellos lograron su objetivo. Mientras que en ese mismo período, 321 niños no acompañados hondureños han llegado a territorio mexicano pidiendo refugio y solo una tercera parte de ellos logró que le otorgaran el estatus de refugiado.

Al año, la población de Honduras paga $200 millones en extorsión, según la Fuerza Nacional Antiextorsión. La tasa de seguridad, impuesto aplicado desde 2013, tiene disponibles $600 millones para la seguridad de los ciudadanos. En 2015 se gastaron más de $200 millones en seguridad privada. Eso quiere decir que la sociedad hondureña gasta al año casi $1,000 millones en su seguridad y no ve buenos resultados.

“En Honduras hay poco menos de 4 millones de niños, de un total de 8.7 millones de habitantes. Sin embargo, 1.3 millones de niños que deberían estar en la escuela no asisten a centros escolares; 23 de cada 100 niños presentan desnutrición; 25 de cada 100 adolescentes están embarazadas”, dice José Guadalupe Ruelas, director de Casa Alianza en Honduras.

La situación ha provocado que niños no solo no encuentren oportunidades de desarrollo personal y de protección, sino que se sientan también en la más completa indefensión. El núcleo familiar comunitario no tiene posibilidad de protegerles. Hoy en Honduras hay más niños fuera del país que en las calles.

“El nivel de desprotección se ha ido profundizando. Hoy tenemos alrededor de 15,000 niños viviendo en las calles en Tegucigalpa y San Pedro Sula, y cada año se van más de 20,000 del país, huyendo de la pesadilla de Honduras”, describe Ruelas.

Las cifras de educación en el país centroamericano hablan por sí solas. El Sistema de Indicadores Estadísticos Educativos indica que 98.8 % de los niños de entre seis y 11 años va a la escuela, pero después de eso, solo 48 % asiste a la secundaria, y a preparatoria solo 25 % de los menores entre 15 y 17 años.

“Tenemos un serio problema con las pandillas, tanto que ni siquiera sabemos cuántas son. Según la Secretaría de Seguridad, son 30,000; según UNICEF y el Programa de Prevención de Pandillas, son 4,728. ¿Cómo sacas una media entre las cifras?
“Vivimos de creencias, percepciones. Entonces, el Gobierno dice que el año pasado los homicidios bajaron 30 %, pero también dice que en 2016, en todo Tegucigalpa, solo hubo un asalto en autobús y robaron únicamente a cuatro personas. Con esas cifras oficiales, ¿cómo justificas un esquema de seguridad?”, cuestiona el director de la casa hogar.

“Me voy pa’ México, pa’l América”

Carlos es uno de los niños deportados que buscan seguir su vida en Casa Alianza. Ha cruzado a México seis veces en los últimos tres de sus 16 años de vida. La primera lo hizo con su hermana luego de que su madre murió de VIH. En ese viaje conoció México, se enamoró de él y decidió no acompañar a su hermana, quien ahora está en Boston.
Dos meses después de eso fue deportado por las autoridades de Migración. De ahí ha ido y regresado de México con el afán de jugar fútbol en el club América. Enumera las ciudades que conoce: Tenosique, Tapachula, Veracruz, Monterrey, Tijuana, Guadalajara, Toluca, Puebla y “deefe”. “Uy, conozco más que tú”, dice mientras sonríe.

El célebre jugador argentino Lionel Messi es su jugador de fútbol favorito, pero habla también de los mexicanos Carlos Vela, “Chicharito” y Guillermo Ochoa.
Cuando explica la ruta de migración, lo hace con mucho detalle. Habla de Los Zetas, de La Bestia y de lo bello que es el “deefe”.

Describe su ruta migratoria: “De aquí (Tegucigalpa) para Puerto Cortés, mi departamento, me fui para la frontera, cruzo para Guatemala, de ahí me voy para Ruidosa, de ese lugar me voy para Santa Elena, de ahí cruzo. ¿Cuál frontera elige, la de Tenosique, Palenque? Yo me fui por Palenque. Después de Palenque estuve caminando como 12 horas”. En las últimas dos veces que ha cruzado cuenta que se ha llevado gente que no sabe la ruta, la primera vez fueron dos y luego cinco: “Yo me llevo a cualquiera que no conozca el camino, ¡sin cobrar, eh!”.

Dominando el balón con los pies cubiertos por unos calcetines, piensa en el día que renacerá. Habla sobre el balón y cómo lo arrastra con los pies teniendo el control de su destino. “Yo acá me quedo un mes más y me voy pa’ México”.

 


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Séptimo Sentido

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