Opinión desde acá

por Nadina Rivas, El fuego de Hestia

 

Nadina Rivas
Coach en Comunicación Intuitiva

Límites para reducir la conflictividad

Los límites nos permiten experimentar control y autogestión; además, son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás.

Los salvadoreños somos famosos por ser “buena gente”, amistosos, amables y entregados. Sin embargo, a pesar de esas características, el país está catalogado como uno de los más violentos del mundo. Vamos de un extremo a otro en un péndulo que oscila entre la sonrisa y la “cherada”, el insulto y la violencia. Evitamos decir no por temor al rechazo; rehuimos discutir los temas difíciles porque preferimos ignorar el conflicto hasta que es insostenible y explota. En pocas palabras: no reconocemos nuestros propios límites y mucho menos sabemos cómo expresarlos de forma asertiva a los demás.

Los límites personales son una especie de barrera imaginaria que nos ponemos a nosotros mismos y a otros para proteger y dividir ciertos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, un límite en la familia sería el espacio que le solicitamos a los demás miembros cuando deseamos estar solos. En el trabajo, sería solicitar que se respete el horario establecido y evitar asignaciones fuera de las horas habituales o hacerlo únicamente para casos de emergencia.

Estas fronteras nos permiten ejercer nuestro poder personal y, al mismo tiempo, nos posibilitan gestionar nuestras emociones, así como diversos aspectos de la vida cotidiana. Además, nos facilitan obtener espacios desde donde podemos, en la intimidad, reflexionar, evaluar y realizar ajustes a nuestros comportamientos o simplemente descansar de la actividad extrema.
Es importante reconocer que vivimos en grupos de diferente tipo y que el ser humano aspira a pertenecer, ya sea a una familia, a amigos, a grupos de interés o pasatiempos, a un país, a un trabajo, entre otros. Ese cúmulo de asociaciones da sentido a la vida de una persona, y le ofrece marcos desde donde actuar. Pertenecer es un acto social importante, y para hacerlo muchas veces estamos dispuestos a tomar responsabilidades y tareas con las que no nos sentimos cómodos, que no satisfacen nuestros intereses, y, en el peor de los casos, que nos hacen obviar nuestros principios e integridad.

Y es, precisamente, frente a esos casos que los límites no solo se vuelven saludables sino necesarios, porque nos permiten experimentar control y autogestión. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a decir que sí, a evitar el conflicto y a complacer a los demás que ni siquiera nos preguntamos cuáles son y dónde están esas fronteras personales. Preferimos permanecer en la zona de confort frente a deberes y estándares impuestos por otros, aunque estos hayan dejado de ser útiles y nos provoquen malestar y frustración.
Para identificar esos límites es importante dedicarse tiempo a solas y reflexionar sobre ellos. Conocerlos es el primer paso para ejercerlos con nosotros y luego con los demás. Los mecanismos más importantes para descubrirlos se expresan en forma de emociones o sensaciones a través del cuerpo. El cansancio, el enojo sin razón aparente y la frustración son algunas de las señales iniciales que muestran que es necesario establecer un límite. Sin embargo, prestamos poca o nula atención a esas pistas y preferimos acumular el malestar hasta que este es insostenible y surge, sin control, en forma de rabia o de molestias físicas mayores.
Puede ser complicado expresar un no o devolver la responsabilidad de una situación o actividad a quien corresponde, pero es importante sobrepasar la incomodidad y el miedo al rechazo. Decir un no oportuno, cancelar actividades, rechazar responsabilidades que no nos competen es incómodo pero necesario. Los límites son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás. Y, sobre todo, una forma de reducir la conflictividad que caracteriza a buena parte de los salvadoreños.


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