Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

Lenguaje, nostalgia e identidad

“Guanaco To English” es también un importante esfuerzo para rescatar del olvido algunos vocablos que se escuchan cada día menos.

Quienes migran a otros países corren con mucho problemas, riesgos y peligros que obligan a adoptar mecanismos de defensa a varios niveles. Uno de esos mecanismos es la modificación del lenguaje.

Si se emigra por tierra hacia el norte, una de las primeras recomendaciones que hacen los coyotes es hablar de “tú” y olvidar el “vos” ya que, dentro de las jerarquías migrantes, los centroamericanos somos despreciados. Tutear puede hacer pasar al centroamericano como mexicano, lo que le permitirá cruzar aquel país sin llamar demasiado la atención y evitar encuentros indeseables con las autoridades. Ya puestos en los Estados Unidos, el tuteo servirá para invisibilizar su pertenencia geográfica, que por desgracia está asociada a pandillas y violencia. Así mismo, esa invisibilización puede servir para facilitar su incorporación al mercado laboral y superar los prejuicios que los mexicanos sienten hacia nosotros.

El voseo y los localismos quedan limitados al entorno familiar o de confianza, pero la fuerza del habla y de la costumbre no evitan que, de vez en cuando, se escape algún localismo que otros hispano hablantes no comprenden y que debe ser explicado. Quienes hemos tenido que vivir fuera del país conocemos este problema muy bien. Estandarizamos el uso del español y procuramos adoptar el idioma o localismos del país anfitrión como una manera de integrarnos al medio, pero también porque resulta agotador explicar cada palabra que otros no entienden. Los localismos son intraducibles y lo mejor que se puede hacer para expresarnos es encontrar un equivalente en el idioma local, algo más fácil cuando el país donde se vive también habla español.

Hace poco más de un mes, se lanzó en Twitter e Instagram una iniciativa llamada “Guanaco To English”, un diccionario ilustrado de nuestros localismos definidos en inglés, para que nuestros compatriotas en el exterior, pero sobre todo en Estados Unidos, puedan explicar su aplicación, incluso con ejemplos. Utualito, anantes, tilinte, chambrear, zamaqueón, achís, son tan solo algunas de las palabras que han sido definidas hasta el momento.

Este proyecto ha sido acogido con entusiasmo por miles de seguidores, que además aportan ejemplos y proponen variantes u otras palabras para ser definidas. Resulta útil para explicar nuestros términos, pero sin duda, este ejercicio también cumple otra función. Para quienes viven fuera, es un elemento cargado de nostalgia que los mantiene vinculados al terruño, según puede deducirse en los comentarios de las entradas. El lenguaje es una parte esencial de nuestra identidad colectiva, como connacionales de un país, pero también de nuestra identidad individual, por ejemplo, con las palabras o expresiones que usamos entre familiares o amigos y que tienen un significado íntimo que nos relacionan con nuestros colectivos particulares.

“Guanaco To English” es también un importante esfuerzo para rescatar del olvido algunos vocablos que se escuchan cada día menos, gracias a la colonización que va sufriendo nuestro idioma frente a la globalización y la imposición cultural que ello supone. Los mismos movimientos migratorios han filtrado palabras a nuestro español, sobre todo del inglés, que han sido adaptadas a nuestro quehacer. El “spanglish” es de uso común entre las comunidades hispanas de Estados Unidos y es la alternativa dinámica de un lenguaje que busca adaptarse al lugar donde se vive pero que también insiste en darse a entender.

En El Salvador, la globalización y la migración han impuesto modificaciones al lenguaje, como la tendencia de nombrar a comercios, servicios, actividades y puestos gerenciales o administrativos con palabras o términos del inglés. Runner, food truck, catering, CEO, copy, fitness, two pack, fake news, son algunos de incontables ejemplos.
Casi cada nuevo negocio, programa o iniciativa que se abre tiene nombre en inglés, quizás por moda, pero también como una forma de infundir algún tipo de “prestigio internacional” a lo nombrado. Se comprende cuando la meta es competir con otros proyectos similares a nivel internacional, por medio de internet. Sin embargo, adoptar nombres y términos para negocios estrictamente locales en un idioma que no es el oficial, lleva implícito un menosprecio a nuestro propio lenguaje y cultura.

La población que habla inglés en El Salvador va en aumento y también tiene incidencia en el español que hablamos. Mucha de esa población que aprende inglés de manera autodidacta, sin jamás viajar a países anglo parlantes o por influencia de los familiares que se encuentran en el exterior, terminan hablando una mezcla de ambos idiomas, muchas veces sin conocer a fondo las sutilezas del uso y significado que una palabra en idioma ajeno puede tener o pronunciando de manera literal lo que se lee.

Esto supone un contraste curioso. Mientras nuestros compatriotas en el exterior tratan de aferrarse a su origen y cuidar su identidad en tierras extrañas a través del lenguaje y del rescate o recuerdo de los localismos, acá en el territorio que nos vio nacer y dentro del cual aprendimos a hablar, contaminamos y aceptamos con toda facilidad los términos no solo en inglés, sino también los localismos de otros países, sobre todo los mexicanos. Esto se debe, en parte, a la influencia cultural de la programación televisiva local, que históricamente nos ha inundado con telenovelas y programas producidos en México. No es extraño escuchar a compatriotas que hablan de rolas chidas, morritas, huey, caguamas, órale y otras.

Tomando en cuenta la extensión de América Latina y la variedad de lenguas indígenas que se hablaron y todavía se hablan, no cabe duda de que el español que nos fue impuesto a sangre y espada ha sido enriquecido y modificado hasta convertirse en una lengua expresiva y con carácter propio, que además varía de musicalidad y tono por la pronunciación particular que adquiere en cada país.

No tenemos conciencia de la riqueza, la belleza y la plasticidad de nuestro idioma hasta que nos toca vivir en un país extraño y aprender uno distinto. Quizás, si la tuviéramos, valoraríamos mejor esas expresiones locales que aprendemos desde que somos chichís y comprenderíamos que, al negar nuestros salvadoreñismos, estamos negando una parte de nuestra propia identidad.

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  • 24 febrero, 2019 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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