Es mejor conocido como Pepe Simán. Fue amigo de Monseñor Romero y dice que aún no entiende por qué algo tan básico como la defensa de los pobres sigue siendo considerado un tema controversial. Quien lo afirma es un empresario que desciende de una familia de gran poder económico en El Salvador. Devoto católico desde joven, en esta plática habla de los encuentros con el ahora santo, de las burlas que recibió por esa amistad y cómo, tras el asesinato de Romero, tuvo que exiliarse por más de 10 años.

“La gente quiere distorsionar a Monseñor Romero para legitimar su mundo”

Una entrevista de Valeria Guzmán

Fotografías de Melvin Rivas

José Jorge Simán Amigo de Monseñor Romero

Pepe Simán tiene 82 años y en los últimos días ha estado ansioso. Camina lento hacia su estudio, un salón lleno de libros, premios y tarjetas de cumpleaños. Ahí muestra algunos de sus escritos. Antes de sentarse a conversar, advierte algo: este miércoles no se dejará tomar fotografías. Ahora quiere platicar.

“Imagínese, yo era el turquito Simán que llegó a pedir trabajo a ADOC”, dice con humor. La figura de Pepe Simán es un tanto ecléctica. Estudió economía y filosofía. Cuando era joven, se salió del próspero negocio familiar y solicitó trabajo a una zapatería. Ahí creó el Departamento de Mercadeo. Fundó empresas, fue director de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador y, además, se interesó por promover actos artísticos, hacer eventos musicales y traer cine a El Salvador. En esa vida tan variada que llevó, conoció a Monseñor Romero. Pero el primer encuentro de los dos fue una discusión.

En los años sesenta, José Jorge Simán fundó la Oficina Católica de Cine y realizaba cine foros. Cuando Romero fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador, los dos no coincidían en cuál debía ser la misión de esa oficina: ¿Debían formar al público o censurar las películas? A juicio de Simán, Monseñor Romero era entonces muy tradicional, y él, como otros católicos, no esperaba mucho del cura.

Décadas después, Pepe Simán sale de su estudio y camina hacia el fondo de su casa. Ahora no queda ni un solo reclamo al sacerdote del que una vez dudó. En la parte trasera de su casa hay un gran jardín con pasto y una pequeña cancha de básquetbol. En el corredor de enfrente hay orquídeas fucsia, una mesa de comedor, una hamaca, un radio y unos sillones. Desde acá se tiene una vista privilegiada de San Salvador, sus edificios y su catedral.

“Me dejó jodido porque uno debe transmitir honradamente lo que uno vivió”, le dice a una periodista 38 años después del homicidio de Óscar Arnulfo Romero. Así inicia esta plática que se divide en dos atardeceres de octubre. Simán dice que siente una gran responsabilidad y que intentará comunicar bien sus impresiones. En los últimos días ha tenido una agenda ocupada porque de la televisión y los periódicos no dejan de llamarle para entender de manera más íntima a su amigo, ese que este domingo cumple su primer día como santo de la Iglesia católica.

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LA DECEPCIÓN PERDIDA

“Vaya, Pepe, ahí está tu arzobispo”, cuenta José Simán que le dijeron sus amigos, en tono burlesco, a principios de 1977, cuando Óscar Arnulfo Romero fue puesto al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Para completar la burla, un amigo le llevó hasta su casa la foto de monseñor que había salido en el periódico. Sus amigos sabían que él era alguien muy católico y también sabían que Romero no era santo de su devoción.

José Simán ya había discutido con Romero y la idea de que esa persona fuera ahora el líder de la arquidiócesis no le hizo mucha ilusión. En realidad, de Romero “todos los indicios” apuntaban a que el de este cura sería “un tipo de apostolado pacato, espiritualista y puritano, más inclinado a la componenda con los poderosos que a la solidaridad insobornable con los pobres”. Así escribió en 1980 el sacerdote español Ignacio Martín-Baró.

Simán esperaba que el siguiente arzobispo fuera monseñor Rivera y Damas, un religioso a quien sectores poderosos y conservadores tenían catalogado como “comunista”. Pero, al final, quien fue seleccionado fue justo el obispo auxiliar con el que se había enfrentado por un tema del cine.

Coleccionista. José Simán tiene muchas estampas, en medio de sus libros, en las que el rostro y las palabras de su amigo son los protagonistas.

Ahora, desde una silla y viendo a San Salvador, recuerda cuando aceptó que tendría que pedirle disculpas y ofrecerle su ayuda para trabajar. Se tragó los recelos y fue donde Monseñor Romero. Así iniciaron una amistad.

No pasó mucho tiempo hasta que Simán empezó a organizar desayunos y almuerzos para que Romero llegara a su casa. A veces hablaban de realidad nacional y discutían violaciones a los derechos humanos con otros religiosos y laicos. En otras ocasiones, preferían descansar.

En el diario personal de los últimos dos años de su vida, Romero mencionó 15 veces el nombre de Pepe Simán. En todas se refiere a él como un amigo, como alguien que le pide consejo, pero también como alguien con criterio importante para el arzobispo. “La cordialidad de este hogar, que me brinda mucha amistad, es para mí también un oasis en mi trabajo”, dijo Monseñor en la grabación de su diario el 31 de agosto de 1979.

Romero se convirtió en la voz de denuncia de los abusos de poder y, poco a poco, Simán fue comprendiendo que la figura de su amigo había trascendido fronteras. “Yo iba a otros países y me decían ¿qué tal el arzobispo Romero? La gente me preguntaba por Romero más que por El Salvador. Yo me quedaba asustado”.

Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo.

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LO QUE ROMERO RETÓ

“Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo”, le dijo un día Monseñor Romero a Simán. El empresario asegura que esa era una preocupación dentro de algunos grupos de poder económico de El Salvador. La Iglesia había estado, por tradición, cercana a ellos, y con Monseñor Romero las cosas eran distintas.

En 1977, el padre Rutilio Grande fue asesinado junto con otras dos personas. “Por primera vez en lo que luego habría de convertirse casi en rutina, Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

El arzobispo se convirtió en una voz que, por ser conciliadora de los derechos humanos, se consideró combativa. Romero ofició tanto misas de empresarios asesinados como de campesinos. Se cuidó de que la Iglesia no fuera utilizada con fines partidarios, pero tampoco negó sus oficios. Una vez, recuerda José Simán, dijo Monseñor: “Alguna gente me ha llamado para que no diga la misa del padre Barrera porque andan diciendo que es comunista… No, yo la voy a decir, porque la Iglesia es madre de todos sus hijos”.

Simán hace una pausa y respira profundo: “Púchica, mirá, todavía casi se me salen las lágrimas cuando pienso en esos momentos”.Frente a unas orquídeas, Simán continúa narrando: “La gente quiere distorsionar a Monseñor para legitimar su mundo. Tenés el ejemplo de la guerrilla, agarraban cosas que él decía… no completas”. A juicio del amigo del mártir, el propio Romero fue consciente de cómo intentaban usarlo, no solo a él, sino a la Iglesia, como símbolo político.

Por eso cuenta que hace unos días, cuando se encontró con algunas personas del actual gobierno, les pidió que dejen de utilizar la figura de Monseñor como algo divisorio: “Dejen de estar hablando babosadas de Monseñor. Monseñor debería llevar a la unidad de los salvadoreños”.

—¿Monseñor alguna vez mencionó que sabía que algunos sectores querían utilizar su imagen?
—Por supuesto. Es que él repite varias veces que él no está con ningún lugar político, ningún partido. Yo no quiero juzgar. Me da tristeza que los salvadoreños, teniendo un santo que ha entregado su vida al servicio, que ha pensado en la gente, al que la gente le tiene devoción y amor, no lo celebremos porque hay gente que dice que era comunista. ¿Qué saben sobre qué es ser comunista?

Devoto. En su estudio, don Pepe Simán guarda con cariño ilustraciones y fotos con el ahora santo Óscar Arnulfo Romero.

Para el empresario, la idea que Romero proclamó era que El Salvador está lleno de gente pobre, y que esa gente pobre es tan importante como la gente con más dinero. Esto era algo refrescante de escuchar, pues José Simán se movía dentro de estos circuitos de poder. Desde su familia hasta sus amigos formaban parte de ellos.

—Usted ha dicho que su cercanía con Monseñor Romero causó cierta confrontación con los empresarios. ¿Cómo vivió eso familiarmente?
—Igualmente. Una vez llegué a la playa y me empezaron a vitorear “Romero, Romero”, riéndose de mí, pues. Decían: “Es que este Pepe no entiende, ese curita…”. La vida te va enseñando. No tenés que estar arriba, hay gente humilde que da 100 veces más de lo que uno da. Se entrega, no come. Eso es ser cristiano. Eso es respetar a las personas, y los salvadoreños somos personas, aunque no lo quieren entender. No somos robots, no somos máquinas, y nos deben tratar como personas.
—Cuando usted dice “no lo quieren entender”, ¿a quiénes se refiere?
—A la gente que critica a Monseñor Romero, lógicamente, porque si ellos quisieran entenderlo, comprenderían que deben tomar unas medidas para facilitar las cosas.

Ese distanciamiento que Pepe Simán hace de un sector empresarial no debe confundirse con una negación de esa parte fundamental de su vida: “Yo me siento orgulloso de ser empresario, pero sí me da rabia que me confundan con delincuentes porque, ¿qué sería este mundo sin empresarios? ¿Cómo intercambiaría la gente sus cosas? El problema que hay que pensar, al hablar de empresarios, es que pueden ser millonarios y tenerlo todo, pero ¿son personas?”.

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LAS PALABRAS DEL CÍRCULO DE ROMERO

“Lo que la gente no entiende es que él era muy humilde y hablaba en esa voz coloquial, pero ¿qué sucedía? Cuando agarraba el sermón, tenía una voz maravillosa. En lo personal era shhh, shhh, hablaba muy suave. Esta gente no entiende… para que me haya dicho en ese momento, aquí parado: mire, yo no tengo que ser obispo”, dice Pepe Simán, y señala hacia el corredor de enfrente.

El sol cae en esta tarde de miércoles y las nubes se tornan rosadas. Simán continúa su relato: conforme las tensiones políticas previas a la guerra aumentaban, había gente que acusaba a Monseñor Romero de buscar atención, mientras que el arzobispo, tranquilo, afirmaba que él no necesitaba un alto cargo, sino que se respetara a la gente. Hace 39 años, en una tarde de octubre como esta, Romero llegó a esta casa abrumado, como lo consigna en una entrada de su diario de 1979, solo cinco meses antes de que lo asesinaran.

“Esta mañana ha habido muchas visitas de sacerdotes y fieles en el arzobispado. Fui a almorzar a la casa de don Pepe Simán, ya bastante tarde, pues tuvimos que retardar por estas visitas y consultas. Me sentía muy abrumado por no encontrar comprensión en el ambiente acerca del momento político y de la actitud de la Iglesia”, quedó registrado.

Un día antes de eso, en su homilía, él había denunciado algunas promesas incumplidas de la junta de gobierno y había criticado la violencia de los grupos de extrema izquierda.

Por defensor. Monseñor Romero ha sido considerado el primer defensor de los derechos humanos en El Salvador. Sus homilías desafiaron un sistema de represión e injusticia contra la población civil.

Esta casa de la colonia Escalón poco a poco se convirtió en un lugar donde Monseñor Romero no solo se sentía tranquilo: también era seguro para discutir la situación del país. Simán recuerda algunos nombres de las personas que eran asiduas a estos encuentros: monseñor Rivera, monseñor Urioste, los sacerdotes Estrada y Moreno, César Jerez, Héctor Dada y, a veces, el ahora cardenal Gregorio Rosa Chávez.

En alguna ocasión Pepe Simán fue una especie de puente para gente de cierto poder y con inquietudes de justicia que quería conocer a Monseñor Romero. Los cargos y la gente importante, recuerda, no desconcertaban al santo. En alguna ocasión, agrega, vino gente del extranjero a discutir algunos temas urgentes con el arzobispo, pero este no aparecía. Él pensó: “¿Dónde demonios se me ha ido a meter este?”. Salió a buscarlo porque quería iniciar la reunión, “y él, tranquilo, estaba orando en el santísimo”.

Los años en los que Monseñor Romero fue arzobispo estuvieron marcados por la intensificación de la represión contra fuerzas campesinas y la radicalización de movimientos de izquierda.“Las dimensiones de la represión constituyen un verdadero sufrimiento para Monseñor. Diariamente tiene que recibir en el arzobispado a decenas de gentes acosadas por la violencia de los cuerpos militares o paramilitares y que vienen a Monseñor para buscar protección y ayuda, para denunciar los atropellos y asesinatos, o simplemente para encontrar un poco de consuelo espiritual y humano. Monseñor a todos recibe y a todos atiende. Pero su voz profética se vuelve más y más colérica a medida que es alimentada por un mayor torrente de dolor y sangre popular”, escribió hace casi 40 años el intelectual y jesuita Ignacio Martín-Baró, quien también fue asesinado.

Simán cree que las homilías de Monseñor Romero eran tan escuchadas porque “daban ese sentido de esperanza, de servir a los demás, de ser hermano, de seguir a Jesús, amar a Dios y al prójimo… Monseñor Romero está presente, pero hay gente que lo distorsiona, que lo ataca, porque cuestiona cosas que no están correctas en el país. Esa es la razón (por la que en algunos sectores aún no es aceptado). Porque cuestionó cosas que no significaban amor al prójimo”.

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Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

TRAS EL ASESINATO

En este contexto de violencia, amenazas y represión, Romero se rehusó a contratar algún servicio de seguridad armado:

—Me imagino que para el final de los setenta, la mayoría de empresarios andaban con seguridad privada…
—No necesariamente –responde.
—¿Usted tenía seguridad?
—No, nunca he tenido.
—Monseñor Romero tampoco tenía seguridad, y la rechazaba. Solo lo acompañaba su motorista.
—Sí, Monseñor tenía un motorista maravilloso, simpatiquísimo, buena gente.
—¿Usted no escuchaba que le dijeran que tenía que andar con alguien armado?
—Ah, sí, por supuesto. Pero él decía que no.
—¿Cuál era su opinión al respecto?
—¡Lo mismo! Era un hombre de Dios, no un militar, no un empresario.

Familia amiga. La casa de José Simán fue un espacio en el que Monseñor Romero no solo compartió momentos de fraternidad, sino que también realizó oficios religiosos.

Después de que Romero fue asesinado, el 24 de marzo de 1980, José Jorge Simán, tuvo que irse de El Salvador. Y no porque él lo quisiera. Se sintió amenazado.

Pepe Simán asegura que se fue del país tras escuchar un audio con la voz de Roberto d’Aubuisson en el que lo señalaba de tener contactos con comunistas en Cuba. D’Aubuisson fue diputado de la Asamblea Constituyente de 1982.

Para Simán, ese audio fue primordial para tomar la decisión de irse del país, mientras las cosas se calmaban.

“Lo de D’Aubuisson es claro. Yo oí una mención que él mandó donde mencionaba a Schafik Hándal y a mí como contacto en Cuba. Yo por eso decidí irme, pero creo que los cristianos tenemos que tender (a la) misericordia, la historia de la Iglesia no es guardar rencor”, sostiene.

Simán planeó irse de su país con su familia por tres meses, pero esos meses resultaron ser más de 10 años fuera. “Me fui porque mis hijos me llamaban y me decían ‘papi, hay tiros enfrente. Papi, hay balazos’. Fueron 14 años. Cuando ya estaba pensando en regresar, me tiraron una bomba aquí, en la casa, y me quedé en Carolina del Norte, y los cipotes empezaron a estudiar”. La noche cae sobre San Salvador y las luces de los edificios de enfrente se empiezan a encender.

Devoción. Teinta y ocho años después del asesinato de Monseñor Romero, José Simán se preparó para viajar a Roma a la canonización del primer santo salvadoreño.

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ROMERO, EL SANTO

El segundo día que Pepe Simán recibe a un par de periodistas en su casa va vestido con un traje color claro y está listo para las fotos. Camina hacia el patio y asegura: “Lo que me interesa es llevar el mensaje de que Monseñor Romero era amor”.
Luego, muestra algunos espacios de su casa donde el arzobispo más famoso de El Salvador realizó algún oficio religioso, donde comían y el lugar en el que platicaban.

Algunos cuadros han cambiado de lugar, pero los muebles y accesorios de la casa siguen siendo los mismos que se observan en algunas fotografías con Romero.
Simán posa para algunas fotos, habla de algunas de sus pinturas favoritas que cuelgan en su sala y se dirige de vuelta a su estudio.

Ahí, entre pilas de libros, guarda algunos pósteres de Monseñor Romero y una credencial con especial cuidado. Es el carnet que se colgó al cuello el día de la beatificación.
Hace tres años, solo tuvo que recorrer 14 minutos en carro para llegar al acto donde Óscar Arnulfo Romero fue nombrado beato.

Al momento de esta plática, solo falta una semana para uno de sus viajes más significativos y quizá, cansado, pregunta a los periodistas si ya entendieron cómo ve él a Monseñor. Se da por satisfecho con la respuesta afirmativa que recibe y vuelve a sus preparativos. El recorrido de este año toma más de 10 horas en avión. Es hacia Roma, para ver cómo la Iglesia católica proclama santo al hombre que fue su amigo.

Recuerdos. José Simán conserva con especial cariño las fotografías de los años en los que logró compartir algunos momentos con el arzobispo de San Salvador.

 


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