Durante la dictadura argentina, una cruel dama fue la protagonista de los más viles e impensables martirios. Es la única mujer, en toda Latinoamérica, en ser condenada a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad.

“La Cuca” Antón: una torturadora en tacones altos

Un reportaje de Séptimo Sentido

Fotografías de Archivo

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Dicen que todo el mundo es valiente hasta que una cucaracha vuela. Mirta Graciela Antón, en la inmundicia de un campo de concentración argentino, desplegaba sus alas y el terror llegaba.

No había hombre, por más rudo que pareciera, que no deseara con su alma no haberla visto nunca.

Majaba testículos, destripaba pezones y mataba a sangre fría. Reía ante el dolor “la Cuca”, la torturadora más feroz de la temible dictadura argentina.

Se trata de la única mujer en toda Latinoamérica en ser condenada a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad. Se ganó los barrotes con creces, aunque a casi 40 años del fin de sus fechorías, lo niega absolutamente todo.

Dice que “la confunden con otra” y sin una gota de sangre en sus manos se declara. Quizá alguien podría creerle, si no fuera porque sus víctimas la describen como una desquiciada asesina.

“Me pisaba los testículos con sus tacones altos. Era una loca. También se los pisaba a los de mi lado”, acusa un testimonio que aterra y que forma parte de decenas de historias recogidas en un solo y revelador libro. Se trata de “La Cuca” (2018), obra de la periodista argentina Ana Mariani.

En 2016, la reportera se reunió varias veces con Antón. Tenía que escuchar lo que tenía que decir aquella misteriosa mujer, que durante las audiencias judiciales en su contra –con su pelo largo, tinte rubio y uñas delicadamente pintadas– descolló en medio de una jauría de abusadores de guerra.

“Su imagen siempre se destacó: única mujer rodeada de hombres, impecable y elegante, que ríe irónica ante víctimas y testigos, oculta su rostro o gesticula ante las cámaras”, detalla un fragmento del escrito.

De nada le valió tal desparpajo. Según la BBC, en 2009, Antón fue detenida y condenada siete años después por 12 homicidios, 16 privaciones ilegítimas, 21 imposiciones de tormentos, cinco desapariciones forzadas y seis abusos deshonestos.

Para Mariani, quien siguió de cerca el juicio por el que fue condenada, escrudiñar en el pasado de Antón fue la cura para una inquietud que le quitaba el sueño.

—¿Cómo puede tanta maldad brotar de una mujer? –se preguntaba impactada la periodista.

No tardó mucho en concluir que “el mal y la perversión no tienen género”. Se lo dijo al diario local El Clarín, y aunque suena obvio, quizá no lo sea tanto en la maraña de los paradigmas, estereotipos y las construcciones sociales.

“Cuesta imaginarnos a una mujer teniendo esa maldad, poder llegar a torturar a las personas igual o peor que un hombre”, expresó Mariani al diario bonaerense.

“Quizá sea una cuestión cultural, quizá a la figura de la mujer uno la tenga idealizada en algunos aspectos. Pero es claro que una mujer o un hombre pueden llegar a torturar igual”, agregó Mariani sin chistar.

La reportera, incluso, dijo a la BBC que algunas de las víctimas aseguran que “la Cuca” lideraba en sus vejaciones a otros policías varones.

Ella no era dominio de nadie, o al menos así parecía.

“Tenía una actitud empoderada y también machista de alguna manera”, asegura Mariani al medio de comunicación británico.

“A ella, sin duda, la influenciaron los mismos trastornos culturales, políticos y psicológicos que pudieron llevar a hombres a cometer estas atrocidades”, agregó la comunicadora.

Es tan dura que en una de las conversación publicada en el libro de Mariani, Antón ironiza cruelmente con el testimonio de una mujer llamada María del Rosario Miguel Muñoz. “Ella dice que tenía tacos altos y que saltaba sobre ella, pero que tenía un almohadón mientras saltaba arriba… ‘Por lo menos le había puesto un almohadón, entonces no habré sido tan mala’, dijo Antón con risa y sarcasmo”, detalló Mariani.

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LOS HECHOS

“La Cuca” Antón tenía 20 años cuando comenzó a martirizar a los opositores del dictador José Rafael Videla, quien gobernó Argentina por golpe militar de 1976 a 1981.

La chica, en aquel entonces, trabajaba en el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, más conocido como el siniestro comando D2.

Para todos los registros históricos, el D2 fue uno de los centros de detención y tortura más grandes y crueles del régimen militar.

Allí la barbarie se respiraba en cada rincón. En sus paredes se encierran los recuerdos más tétricos de la historia política del país suramericano.

Hoy día, en sus ruinosos muros, se pueden leer testimonios tan sorprendentes como desoladores: “Ahí arriba había un tambor con agua que contenía orina humana o materia fecal. Ahí nos sumergían la cabeza para tratar de ahogarnos y sacarnos información. O si no, nos hacían la tortura después, en los calabozos”.

De muchos de esos ajusticiamientos “la Cuca” habría sido parte, constante y sonante. Sin embargo, sin despeinarse, ella declaró en el juicio que su única tarea en el penal era la de una simple secretaria.

Según ella, solo leía y ordenaba información obtenida de los “terroristas” que decía capturar la policía y de las líneas investigativas que de ese centro brotaban.

Mirta Graciela ‘La Cuca’ Antón

Pero además de las pruebas presentadas en juicio, los seis encuentros que tuvo Mariani con “la Cuca” no parecen llamar a engaños.

En el libro, los relatos de Antón se contrarrestan con los de las víctimas y todas sus argumentaciones se tambalean y se caen al piso como un castillo de naipes.

Incluso, en varias ocasiones, “la Cuca” se “quita el tiro” y culpa a su marido muerto –el también expolicía Raúl Sérpico Buceta– de cometer muchos de los crímenes que se le achacan.

Lo que sucede es que ningún testimonio apunta por ahí, a no ser que Buceta tuviera senos y una marcada silueta femenina. Ah, y tacones… sí, a no ser que Buceta hubiera usado tacones.

“Cagamos, ahí viene la de los tacones”, rememora una de las víctimas recluidas en el D2, según el libro de Mariani.

El sonido de esas zapatillas altas, que resonaban como un eco en los angostos pasillos del macabro penal, los llenaba de inmediato de miedo, dolor anticipado y desesperanza pura.

Ella era sin duda la mala, la temida señora sin escrúpulos ni conciencia conocida.

“Creo que el arrepentimiento en Antón es algo ajeno a su personalidad”, dijo Mariani en el medio argentino La Voz.

Es tan dura que en una de las conversación publicada en el libro de Mariani, Antón ironiza cruelmente con el testimonio de una mujer llamada María del Rosario Miguel Muñoz. “Ella dice que tenía tacos altos y que saltaba sobre ella, pero que tenía un almohadón mientras saltaba arriba… ‘Por lo menos le había puesto un almohadón, entonces no habré sido tan mala’, dijo Antón con risa y sarcasmo”, detalló Mariani.

Da igual que fuera madre, hija y esposa, “la Cuca”, por increíble que parezca, parece inmune a sus propias acciones y a sus recuerdos inmundos del D2.

A sus 64 años nada, absolutamente nada, la sensibiliza.

Todas las historias coinciden en que mataba por placer, colaboraba para que sus compañeros policías violaran a las reclusas y bailaba despiadadamente sobre el cuerpo de los malheridos.

Curiosamente Antón parece haber olvidado todo eso, excepto que Videla “era un caballero” con ella.

En el libro dice extrañar al dictador y no asombra. Tal modelo calza perfecto en el macabro y loco universo de “la Cuca”.

Actualmente, Mirta Graciela Antón tiene 63 años y cumple su condena en la cárcel de Bouwer, en la provincia de Córdoba.

Por su condición de expolicía y temiendo por ende ataques de las reclusas, “la Cuca” pasa los años en una celda aislada, donde según la homicida, abundan las ratas y la comida es “un asco”.

Sumida en la soledad y en un estrecho y frío espacio, a “la Cuca” le han negado la casa por cárcel varias veces. Es obvio que la ley ni la misericordia popular están de su lado, por lo que exceptuando una sorpresa, jamás tendría escape: conviviría con roedores hasta el fin de sus días.

Única. Para muchos, era impactante ver a “la Cuca” Antón en el juicio en su contra. Era la única mujer dentro de un considerable lote de acusados varones.

 


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