Carmen Elena Trigueros es una de las figuras más destacadas del arte plástico salvadoreño. Su obra, que no se inscribe en un estilo o generación claro, fluctúa entre la crueldad y la ternura de la que está compuesta la realidad salvadoreña.

La clara mirada de Carmen Elena Trigueros

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Franklin Zelaya

Carmen Elena Trigueros

Los ojos de Carmen Elena Trigueros bien podrían servir para definir la serenidad. Son verdes, casi azules, como el color del mar abierto cuando no lo azota ni una pizca de tormenta. También así son sus gestos, pausados, y su voz parece tener el tono perfecto para decir que todo estará bien.

Hilo y aguja. En su más reciente proyecto, Carmen Elena borda escenas de la vida cotidiana en El Salvador, muchas de las cuales saca de los periódicos, como esta imagen de consuelo.

Fuera de los círculos más académicos y museísticos del país, es más conocida por un tipo de trabajo que hizo una sola vez: un performance, una acción, en la que, vestida como empleada doméstica, lavaba una bandera de grandes proporciones en la plaza Salvador del Mundo. Fue parte de la bienal Adapte en 2014.
—Era la primera vez que hacía algo como eso. Estaba nerviosa –comenta la artista, quien se ha destacado, más bien, manejando el pincel e incluso cosiendo, una de las grandes pasiones que heredó de su madre, fallecida hace una década. —Acepté porque eso me sacó de mi zona de confort. Creo que ese debe ser el estado permanente de un artista: la incomodidad, el descubrimiento, la aventura –dice, sentada en las gradas que dan al cuarto donde duerme, justo encima de su estudio. Esa “habitación propia” que recomendaba Virginia Woolf.

“Lavandera”, como fue titulada la obra, buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos. Aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza. En esa ocasión, dice, no le importaron las críticas. Su mensaje, la reivindicación de la mujer, “llegó a nuevos públicos” a través de esta acción.

Carmen Elena posa naturalmente para las fotos, con una sonrisa abierta y echando de cuando en cuando la cabeza levemente hacia atrás, lo que contrasta con su reticencia para las entrevistas. Dice que tiene miedo a parecer una tonta que lo que diga no tenga sentido.

Una timidez que contrasta con una obra retadora, que ha sido exhibida en todo el continente, donde ha encontrado un público y, sobre todo, compradores. Menos, dice, que los que ha conseguido dentro del país, pero que ayudan a llegar a final de mes.

Su trabajo es uno en el que siempre hay espacio para la experimentación, como en su más reciente proyecto, una serie de cuadros hechos con hilos sobre diferentes soportes. Es un homenaje para su madre, costurera aficionada.  La idea es fijar en estas obras de arte, dice, las imágenes de la violenta cotidianidad salvadoreña, la que sale en los diarios y que ha dejado de conmover a una sociedad anestesiada por la desmesura de su realidad.

Allí está, formado ahora por negro hilo, el mismo material que sirve para zurcir una prenda estropeada, el cuerpo aún caliente de un joven asesinado cuando regresaba de trabajar. Un ser humano que ha dejado de serlo apenas hace unos momentos.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego fue trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

La madurez. La artista decidió dedicarse al 100 % a su carrera después de que se separó de su exesposo. Su primera exposición importante ocurrió en 2003.

“Este pedazo de tela es como ese apego a algo que era de mi familia y que yo no he querido perder… Es mi relación con la esperanza, que se va perdiendo, desintegrando, pero yo no quiero que se muera”, dice.
No es la primera vez que transforma un objeto cotidiano, algo que por sí mismo no corresponde a un trabajo creativo, en una obra de arte. Lo hizo hace una década para la exhibición “Suite Sweet Love”. Un grupo de artistas españolas, que tenían una muestra itinerante sobre el matrimonio y sus rituales, la invitaron a participar.

No encontró mejor pieza que un libro hecho por su madre, nacida en Nicaragua, hace varias décadas. Era parte de su trabajo final para graduarse de bachillerato en un colegio de clase alta de Costa Rica. Es una suerte de manual sobre cómo ser la esposa perfecta. Lo colocó en una vitrina, como si de una reliquia de un tiempo remoto, de un lugar de nombre extraño, se tratara.
“Llegará el día en que, vistiendo las galas de novia, envuelta en albures de pureza y de alegría, te presentarás frente al altar del señor junto al hombre que amas para recibir las bendiciones del cielo sobre nuestro mutuo amor”, dice el inicio del cuaderno, ilustrado con recortes de la revista Life de la época.

La obra se llama, precisamente, “Llegará el día”. Un nombre que puede, también, tomarse con un cierto grado de humor: “Llegará el día en que esto nos parecerá cosa de risa”.
—Esto ahora nos puede parecer absurdo, pero en esos tiempos esa era la máxima aspiración de una mujer, encontrar un buen marido y vivir para su casa –dice Carmen, mientras hojea el volumen. Allí dice que la mujer debe estar siempre pulcra, bien vestida, para cuando regrese su marido de la oficina. La comida debe estar servida en la mesa. —Es sorprendente cómo ha cambiado el mundo en tan pocas décadas.

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Ser mujer y artista plástica en El Salvador

Carmen Elena descubrió el manual hasta después de la muerte de su madre, cuando le tocó ir para recoger sus cosas. Fue algo que parecía contrastar con la mujer que ella conoció: la transcriptora de las homilías de Monseñor Romero (era empleada del Arzobispado de San Salvador), la mujer de clase acomodada preocupada por los más pobres. También la alumna universitaria a sus 40 años.

“Ella varias veces me dijo ‘ay, qué dichosa que sos al poder ir a la universidad’”, dice Carmen, una mujer que se mira en el espejo de su madre.
Como ella, fue hasta el filo de las cuatro décadas que decidió seguir, en serio, su vocación. En sus años de juventud, sí, había producido obra, una que incluso ganó premios. En esa etapa, el principal tema era la violencia: niños (los que veía en los refugios de desplazados por la guerra) de semblante apagado, de mirada oscura, eran acompañados por las balas.
Luego se casó, vino la vida de familia y la carrera se estancó a unas pocas pinturas al año, que trabajaba con minucioso amor, sin la esperanza de que salieran de las cuatro paredes de su hogar. Era, entonces, un pasatiempo. Luego vino el divorcio y la posibilidad de probarse a sí misma.

En 2003, a sus 39 años, exhibió sus pinturas por primera vez en un museo, un amigo curador que se dio cuenta de que entre los tubos que guardaba en su hogar había una obra con personalidad propia. Fue casi como un juego, pero, desde entonces, las oportunidades fueron abriéndose a una obra original, sin muchas pretensiones, que ha cambiado con el paso de los años.
El arte, visto en El Salvador como una actividad poco más que lúdica, es rara vez capaz de generar ingresos suficientes para que una persona tenga una vida digna. Y, como en todas las esferas, el género sigue siendo un claro diferenciador.

—Por supuesto que por ser mujer siempre las cosas te van a costar un poco más –dice Carmen Elena, buscando en una caja las fotografías que guardan sus pinturas de los primeros años. —Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba a los hijos. En cambio a mí todo eso me tocaba hacerlo sola.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

Además, la mujer que se dedica al arte en El Salvador puede contar con una carga aún más dolorosa: la de no ser tomada en serio, que la obra personal sea vista como un capricho construido por alguien que no tienen nada mejor que hacer. Esa es una historia que se repite casi en cada mujer pintora en el país: Negra Álvarez, Mayra Barraza, Carmen Elena Trigueros, Mariana Peraza Cisneros, Ana María Medina y un largo etcétera.
Esta última, por ejemplo, asegura que no pudo exponer sino hasta que un par de sus trabajos formaron parte de una muestra de las piezas de su esposo, Armando Solís. Antes, ninguna sala en el país se había animado a mostrarlas.
Medina es parte de una organización que intentó acabar con la tendencia, el colectivo Matis. Más de una docena de mujeres decidieron unir esfuerzos para que su obra fuera tomada en serio. Montaron, así, exposiciones dedicadas, exclusivamente, a mujeres, en El Salvador y en Estados Unidos.
Sin embargo, ser hombre continúa siendo un elemento de estatus: las obras mejor vendidas, aquellas que sobrepasan los $5,000 por pieza, llevan la firma de varones.
Carmen Elena, ahora, ordena un poco mejor su amplio estudio, suficiente para que pueda pintar a sus anchas sin que nadie más en su hogar, a excepción de su perro, pueda cruzar por su espacio. En un rincón coloca una de sus más nuevas pinturas, donde cuatro niños, parados sobre la arena de la playa, miran sonrientes hacia adelante. Atrás de ellos, una ominosa nube de tormenta se acerca.
Para ella, su obra a veces puede parecer un exceso: dentro de decenas de tubos están los cuadros que ha pintado en 15 años, los que no ha podido vender. Otra parte está ahora en un restaurante de la capital. Dice que es un doble alivio: la desembarazan de objetos en su hogar y le permiten, de cuando en cuando, vender una pieza.
Este es un tema que rara vez se toca con un artista: cuánto se vende su obra. Carmen mira hacia arriba, como intentando hacer un rápido cálculo mental entre pigmentos e ideas creativas. Entrecierra los ojos y da una respuesta: quizá ha logrado vender dos de cada cinco pinturas que ha producido.
“No todos los años son iguales. Hay algunos en los que he vendido solo el 10 %, otros en los que me ha ido mejor. Cuando no se vende lo suficiente, uno debe ver cómo hace para vivir. Afortunadamente, yo me he acostumbrado a vivir con poco”, dice.
El dinero, sin embargo, siempre es un problema, tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.
—Si pudiera comprar más materiales –dice, mientras toma uno de los pinceles de su escritorio–, sería capaz de probar, de intentar. Quizá mi carrera hubiera podido ser un poco diferente.

El dinero, sin embargo, siempre es un problema. Tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.

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LA ARTISTA Y EL MUSEO

Carmen Elena recorre el Museo de Arte Moderno (Marte) como si fuera su propia casa. Este espacio existe gracias a otra mujer artista, Julia Díaz, quien lo fundó con el nombre de Galería Forma cuando regresó de su beca en Europa, en 1958.

Una de las primeras obras con las que se topa corresponde a Rosa Mena Valenzuela, que constituye uno de los mayores tesoros de esta institución: 66 de sus cuadros descansan, algunos en las paredes, exhibidos, o embalados a la espera de una nueva exposición.

Carmen Elena no puede dejar de ver uno de sus cuadros, es un autorretrato, fechado en 1970. La pincelada agresiva, los colores intensos, el aparente desorden de la composición hablan mucho de una artista, dice Carmen, “que estaba un paso más allá de sus contemporáneos, hombres y mujeres”.

Recuerda los lejanos días de infancia, en los que, por las vueltas del destino, pudo recibir un par de clases de parte de su admirada Rosa.

Recursos. Carmen Elena asegura que su nuevo proyecto tiene otra ventaja: es mucho más barato el hilo y las telas de soporte que pinturas y lienzos. Trabaja unas cuatro horas al día.

Es hora de avanzar hacia una de las primeras exposiciones. Se trata de “Hieleras”, del salvadoreño Mauricio Esquivel, una instalación que protesta en contra de las condiciones inhumanas en las que son detenidos los inmigrantes por la Patrulla Fronteriza en su camino por intentar llegar a Estados Unidos. El frío excesivo producido por el aire acondicionado, rejas como grandes jaulas y las colchas con las que son cubiertos los aprehendidos (en formas de panal, doradas y plateadas) crean una atmósfera de ofuscamiento, como de nave espacial.

Carmen mira la obra y se detiene a pensar en la astucia de su autor, quien ahora reside en Estados Unidos. No solo en la mostrada en este trabajo, sino en piezas aún más radicales, como aquellas en donde la herramienta de trabajo es el cuerpo del autor. Una de estas es “Líneas de referencia”, de 2009.

Allí, Esquivel se tatuó en el torso una Y, parecida a la de aquel esquema realizado por el forense cuando corta un cadáver en una autopsia para luego extraer los órganos.
“Es como una advertencia de tu propia mortalidad. Más en este país, donde ser un hombre joven y pobre es un factor de riesgo. Te soy sincera, yo nunca haría un trabajo como ese”, dice Carmen Elena, justo antes de entrar en la exposición más grande del museo, “Diálogos del arte salvadoreño”: más de 115 obras de 86 artistas distintos, una mirada rápida a lo más reciente de la producción nacional.

La primera pieza es un video realizado por uno de los artistas más famosos dentro de El Salvador: El Cracky Rodríguez, mejor conocido por su performance de marzo de 2015, en el que se comió una papeleta de votación. Desde allí ha cargado con el mote de “El Comepapeletas”.

En el video de la muestra, Rodríguez permanece de pie en medio de la 25.º avenida norte, en San Salvador, con un pupitre al frente. Cuando el tráfico se lo permite, lanza el objeto en uno de los carriles para empezar a destrozarlo a fuerza de golpes. De pronto, un cambio de cámara lo coloca en la misma vía, pero en un día distinto, en medio de una marcha que conmemora la marcha del 30 de julio de 1975, en la que decenas de estudiantes salvadoreños fueron masacrados por las fuerzas de seguridad del Estado. Carmen asegura guardarle un profundo respeto al artista, que no llega a los 40 años.

“Es que nunca pasa inadvertido. Siempre hay algo en su obra que te hace voltear a ver. Puede parecerle ridículo a muchas personas, pero logra establecer una conexión con el espectador en la mayor parte de las veces que lo intenta”, dice sobre un colega de una generación posterior.

Decenas de cuadros después, Carmen decide que es suficiente por hoy. Su mirada, del verde que bien podría definir la serenidad, debe regresar a su casa, allá donde ha sido capaz de construir, con los limitados recursos del arte, su propia habitación.

Habitación propia. En su casa de Santa Tecla, donde vive junto con su hijo, ha dedicado la parte superior para que se convierta en su espacio para trabajar. Allí también guarda decenas de obras.

 


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