Opinión desde acá

por Rosarlin Hernández, El prado de los soñadores

 

Rosarlin Hernández
Periodista

Krisma Mancía: “Si no escribo, moriría”

Yo también moriría. Por eso, me despido de este espacio de opinión agradeciendo a quienes se tomaron el tiempo de leer mis textos y encontraron coincidencias en estos diálogos personales que tanto me han permitido crecer.

Conocí a la poeta Krisma Mancía en la casa que habitó nuestro orgullo nacional Salarrué. En ese entonces, emocionaba entrar a esa casa y encontrarse a los jóvenes leyendo sus escritos en voz alta, dispuestos a debatir y a crecer con la crítica de sus textos, interesados en aprender a escribir, ilusionados con la posibilidad de tener espacio propio en un país desmemoriado y con poco respeto por las letras.

Allí estaba Krisma trabajando duro, leyendo, escuchando a otros escritores, viviendo y sobre todo: escribiendo. Desde entonces he leído sus textos en su blog personal, en alguna referencia literaria o poema publicado, y siempre tuve la impresión de que Krisma era una mujer fuerte, interesante y culta. Por todas estas razones la elegí como una voz imprescindible para conversar sobre su obra más reciente titulada: “Pájaros imaginarios y trenes invisibles entre tu ciudad y la mía”; platicamos, además, sobre qué le aporta San Salvador en su labor creativa y sobre la situación “precaria y alarmante” que, según ella, viven los escritores de su generación.

Abro su libro y lo primero que leo es la siguiente frase: “La gente que se queda soporta las fronteras de la ausencia”. Sigo la lectura y como un pescador atento saco de sus versos frases sueltas que llaman mi atención: “Llévame. Seré un amuleto de la buena suerte, una piedra salvaje y filosa, un diamante sin pulir”. “Cuando el tren vuelva a cruzar la enorme herida de la ciudad, te contaré por qué tengo una cicatriz en mi rodilla izquierda. Te contaré que me la hizo la guerra”. “Mis cartas te llegarán con las disculpas de no querer seguir con la ruleta rusa, pero tú seguirás visitando mis insomnios y dirás que me extrañas”.

Krisma las escribió como un homenaje a la ausencia tangible y a la migración. “Poco se habla de lo que sentimos quienes nos quedamos aquí, de los espacios vacíos, del abandono, de esa sensación de extrañar a un ser querido, de las fronteras… pensaba en todo eso mientras construía el libro y fueron horas de reflexión y tristeza, pero que floreció con más fuerza mi amor a esta tierra que me vio nacer y entendí que nunca me iré de este país porque es mío”, afirma la poeta.

El Salvador está presente en todo lo que escribe: “Cuando viajo al centro de San Salvador, siempre vuelvo cargada de imágenes, de sensaciones, de impresiones como si fuera una esponja que ha absorbido todo sin tamiz. Es angustioso porque regreso con la ciudad prendida de mí y tengo la sensación, la obligación, la necesidad imperiosa de que debo escribirlo para que me deje en paz”.
Krisma señala que la realidad “precaria y alarmante” que vive su generación se debe a varios factores: “El sistema educativo enseña poesía a una escala muy básica, donde se explica que poesía es ‘expresar un sentimiento’, que lleva métrica y rima, que es ‘bella’ sin explicar por qué. La poesía es algo hueco si se explica de esa forma y no tiene tanta importancia”, sostiene. El otro gran argumento es el prejuicio de que los jóvenes no leen: “Los jóvenes no tienen el hábito de la lectura porque no saben qué leer. Los libros están allí, pero parece que los esconden. Poco se lee de escritores centroamericanos, tal vez a un Rubén Darío, un Ernesto Cardenal, y si tienen suerte, un buen maestro los haga leer poesía de calidad de origen nacional e internacional, pero es difícil de apostar”.

Además, agrega: “No hay becas para la creación literaria; existe una desnutrida Ley de Cultura que ni siquiera menciona a los escritores; las editoriales nacionales, aunque hay muchas, no despegan porque no se les ve una buena propuesta, quizá porque carecen de proyección a escala regional, de recursos monetarios, de lugares físicos donde exhibir los productos; y en las internacionales, el interés es escaso en materia de literatura centroamericana, el panorama se ve oscuro”.

Sin embargo, Krisma, al igual que muchos escritores jóvenes, continúa escribiendo porque si no lo hace “moriría”.

Yo también moriría. Por eso, me despido de este espacio de opinión agradeciendo a quienes se tomaron el tiempo de leer mis textos y encontraron coincidencias en estos diálogos personales que tanto me han permitido crecer. Espero que nos reencontremos pronto y continuemos este ejercicio de reflexión que tanta falta hace en El Salvador.


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