El proyecto de Prevención del Crimen y la Violencia de USAID brinda capacitaciones en diversas áreas para jóvenes que viven en comunidades de riesgo social. En Santa Cruz Michapa y en Zacatecoluca hay centros de formación profesional donde se brindan clases de oficios varios. En Apopa y Colón se está ejecutando un sistema de educación musical para formar orquestas filarmónicas municipales. Para cientos de jóvenes, estas clases representan la oportunidad de mejorar la calidad de sus vidas.

Jóvenes que desafían la exclusión

Un reportaje de Valeria Guzmán

Fotografías de Éricka Chávez y Fréderick Meza

Por todo el país. En El Salvador existen 16 centros Municipales de Formación Profesional (FÓRMATE).

Isaac Martínez tenía 14 años cuando la zona en la que vive se llenó de miedo. Después vino la huida. Él reside en un área que durante 2015 fue noticia por los desplazamientos internos que provocaron las pandillas con base en amenazas y sangre. En enero de ese año, una residente del cantón El Callejón, de Zacatecoluca, fue asesinada con 28 impactos de bala. Hubo quienes dijeron que el asesinato ocurrió porque la víctima se había mudado y provenía de un área donde operaba una pandilla contraria.

Un día después de ese homicidio, otro hombre de la zona fue asesinado frente a sus hijos. Ante la violencia y los rumores de nuevas amenazas, algunos vecinos de los cantones La Joya y El Callejón dejaron sus hogares y abandonaron sus pertenencias para salvar la vida. El miedo era tal que la escuela del lugar cerró porque dejó de recibir alumnos. Los portones del centro escolar permanecieron cerrados durante más de un año.

Cuando a Isaac se le pregunta sobre la violencia de la zona, él se limita a contestar que “sí estuvo fluido antes, pero ahora, gracias a Dios, no”. Él es un estudiante de 17 años del curso de pastelería del Centro Municipal de Formación Profesional de Zacatecoluca, mejor conocido como FÓRMATE.

El curso al que asiste ha sido diseñado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la municipalidad. Aquí desarrollan capacitaciones para jóvenes que han crecido en entornos donde la desigualdad y la violencia han estado a la orden del día.

La actividad de la clase de hoy es aprender a hacer un pan con forma de lagarto. Para que el pan tenga una apariencia más realista, Isaac toma una tijera y hace cortes sobre la masa tratando de imitar la textura de la piel del reptil. Sus compañeras, divertidas, se ríen de la forma que va tomando el pan.

El salón donde se imparte la clase es un cuarto amplio en el que 21 jóvenes aprenden a hornear. Isaac ya tiene práctica en esta actividad. Él trabaja en una panadería desde que tenía 12 años. En El Salvador el trabajo infantil tiene el rostro de un niño del campo. Hace dos años se contabilizó que existían al menos 131,904 niños de cinco a 17 años trabajando. De esa cifra, la mayoría pertenecen al sexo masculino y son de la zona rural.

Este día, como todos los anteriores desde hace años, Isaac se levantó a las 3:30 de la mañana, cargó el pan hacia la camioneta del negocio, llegó al centro del municipio y empezó a pedalear una bicicleta para repartir pan francés por el casco urbano. A las cuatro de la tarde debe volver al negocio y empezar a hacer pan.

Isaac ve su trabajo como un motivo de satisfacción. Gracias a su esfuerzo y a la ayuda de su abuelo, cuenta que ya logró construir su propia casa en un terreno familiar. “Varios me han preguntado si ya me acompañé, pero no. Uno decide ya vivir apartado. Y un primo que es albañil me dio la idea. Levantamos (la casa) y ahí está. No es la gran cosa, pero es suficiente para alguien como yo. Ya tengo equipo de sonido y la juguetera. Eso de mi trabajo”, cuenta sonriente y orgulloso.

Isaac estudia este curso porque su familia tiene un sueño depositado en él. Quieren poner una panadería propia y esperan delegarle una de las mayores responsabilidades. Quieren que él sea el panificador.

Variedad de cursos. Las capacitaciones pueden ser de tecnología, costura, pastelería, cosmetología, manejo de vehículos, reparación de celulares y preparación de dulces típicos.

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UNA RESPUESTA A LA VIOLENCIA

Joven

En El Salvador hay 16 centros Municipales de Formación Profesional. Estos centros se instalan como parte del Proyecto de Prevención del Crimen y la Violencia de USAID. Los cursos que imparten son variados. Hay de costura, pastelería, cosmetología, manejo de vehículos, reparación de celulares y preparación de dulces típicos. Además, brindan clases de tecnología impartidas por Microsoft Imagine Academy.

Estos centros actúan en coordinación con las alcaldías de municipios que han sido identificados como focos de violencia. Para asistir a los cursos, basta con ser un joven menor de 29 años y comprometerse a asistir a todas las clases. Los cursos tienen, en promedio, una duración de 15 días.

Además de la capacitación en el área de su preferencia, quienes se inscriben reciben clases de emprendimiento. La idea es mostrarles a residentes de comunidades acechadas por la violencia que ante la falta de oportunidades, es posible crear las propias.

Hasta la fecha, de acuerdo con información de USAID, hay 3,034 graduados de cursos certificados por INSAFORP y 1,761 jóvenes que han completado cursos con Microsoft Imagine Academy.
La beca del curso cubre solamente los materiales y las clases. Quienes asisten a las clases deben gastar en transporte y alimentación diaria, lo que implica una inversión grande para quienes no tienen ingresos económicos.

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Gratuidad. Los interesados en los cursos no deben pagar nada por las clases. Los gastos en los que los participantes pueden incurrir son los relativos a su propia alimentación y viáticos.

CUANDO ESTUDIAR ES PRIVILEGIO

En 2015, Santa Cruz Michapa fue clasificado como uno de los municipios más violentos del país. Ese año se registraron 36 homicidios en ese espacio de solo 28 kilómetros cuadrados.

Para entonces, Juan Carlos Sánchez ya se despertaba a las 2 de la mañana para ir a trabajar. Él se había propuesto terminar su bachillerato. Eso no implicaba solo estudiar y hacer sus tareas. Para financiar sus estudios, tenía que levantarse de madrugada, ir a vender al mercado Central de San Salvador, volver por la noche, hacer tareas y presentarlas durante el fin de semana a sus profesores de educación a distancia.

“Me vi en la obligación de trabajar porque yo no he tenido apoyo de ninguna persona. Mis papás solo me apoyaron hasta el octavo grado”, explica Juan Carlos, un joven de Santa Cruz Michapa de 25 años de edad. En 2015 logró graduarse de bachiller y quiere tener la posibilidad de encontrar un trabajo que le permita seguir estudiando. Por eso se inscribió en marzo en un curso de cocina mexicana del FÓRMATE de su municipio.

En promedio, los salvadoreños tienen 6.8 años de estudio. Y lo más común es que las personas que viven en el campo solo tengan 5 años de escolaridad. Además, de acuerdo con la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC), solo el 13.5 % de la población ocupada en el país tiene estudios universitarios.
Durante la clase de este jueves, tiene que aprender a hacer los cortes correctos de la carne, preparar las verduras y los acompañamientos de un burrito mexicano. Estas clases son un respiro de su vida diaria, donde debe enfocarse en vender su producto para volver con algo de dinero a su casa. Él pertenece a un sector de la población cuyo trabajo está cimentado en la informalidad. En 2013 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) aseguró que el 66 % de los trabajadores salvadoreños pertenecían al sector informal, sin prestaciones de ley ni planes de ahorro para la vejez.

Aunque la ganancia que Juan Carlos obtiene vendiendo frutas y verduras no es mucha, ha sido lo suficiente para sostenerse a sí mismo, ayudar en su casa y financiar su educación media. “Con mi venta no saco ni lo del mínimo porque saco poquito. Solo voy pasando día tras día, pero lo del gasto diario. No voy sacando de decir que me va a quedar más para ahorrar”, lamenta.

Puede parecer poco, pero la idea de ganar el salario mínimo, es decir $304, lo motiva a inscribirse en cursos especializados. Con ese dinero ya podría ahorrar para pagarse una carrera universitaria. Quiere ser profesor, pero sabe que aún debe esperar. Antes de poder inscribirse en una universidad desea tener un empleo formal: “Quiero ser una persona preparada. Porque sí soñaba con llegar a la universidad. Yo hubiera querido tener esa oportunidad”, dice antes de volver a cocinar.

“Me vi en la obligación de trabajar porque yo no he tenido apoyo de ninguna persona. Mis papás solo me apoyaron hasta el octavo grado”, explica Juan Carlos, un joven de Santa Cruz Michapa de 25 años de edad. En 2015 logró graduarse de bachiller y quiere tener la posibilidad de encontrar un trabajo que le permita seguir estudiando. Por eso se inscribió en marzo en un curso de cocina mexicana del FÓRMATE de su municipio”.

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FORMARSE PARA ROMPER CICLOS

El calor de este viernes por la mañana en Zacatecoluca es desesperante, pero eso no parece distraer a Maricela Jovel, una mujer de 28 años que cose un velo. Alrededor de ella, otras mujeres le hacen los últimos ajustes a un corsé y a una falda blanca. Juntas están haciendo un vestido de novia.

Maricela es estudiante del curso de confección artesanal de vestidos de alta costura del FÓRMATE de Zacatecoluca. Lleva el pelo recogido, jeans y una camisa roja de manga corta. Trabaja en silencio. Para ella, llegar a este salón no ha sido simple. Maricela vive en una comunidad alejada del casco urbano de Zacatecoluca y, además, es madre de tres niños de cuatro, seis y nueve años.

A los 19 tuvo a su primer hijo y se acompañó. Ahora ha vuelto con sus niños a la casa de sus padres y se ha propuesto algo: ser independiente económicamente. Para ello vende productos de belleza a través de revistas y, cuando tiene tiempo, cultiva pipianes en su comunidad para luego venderlos. “Voy agarrando venta de cualquier cosa para poder salir adelante, pero eso no es suficiente porque cuesta hacerlo y no es seguro que vaya a tener ganancia”, cuenta bajo la sombra de un árbol.

Este espacio de capacitación es un oasis para comunidades donde la seguridad, la educación y el acceso a un empleo digno son posibilidades remotas. Por ejemplo, de los 64 centros educativos que hay en Zacatecoluca, solo ocho brindan clases de bachillerato. Y de acuerdo con estadísticas del Ministerio de Educación, el 67 % de las escuelas del municipio ven afectada su seguridad por las pandillas que rondan sus comunidades.

Cuando Maricela era adolescente, dejó de estudiar porque sus padres ya no podían seguir pagando sus estudios. Ahora, ya adulta y con una familia que alimentar, ha emprendido la misión de educarse. “Hay gente que me dice que ya a mi edad no se está para seguir estudiando, pero a mí no me detiene eso. Aunque sí lamento que no estoy con mis hijos. Pero si estoy solo con ellos, de eso no comen”, reflexiona.

Durante las últimas semanas ha estado en clases de costura desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Además, los sábados estudia segundo año de bachillerato a distancia.

Para venir acá gasta, en promedio, $3 de pasaje diarios. Cuando se siente muy cansada, paga más porque contrata una moto para que la lleve desde donde la deja el bus hasta su casa, en la comunidad San José Las Flores, del cantón Tierra Blanca. Pero el dinero no sobra y en la mayoría de ocasiones, prefiere caminar 1 hora entre veredas y ahorrar un poco de dinero.

Para Maricela el curso de confección representa una posibilidad. “La esperanza es que por medio del taller yo aprenda algo y eso me sirva para trabajar”, dice mientras piensa en sus hijos. Luego explica sus razones: “Si yo me quedo sin estudiar, no hay ninguna posibilidad de que yo les pueda dar estudio a ellos, no hay esperanzas de un empleo. Y si no tengo empleo, no tengo esperanzas de sacarlos adelante”.

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EL ARTE CONTRA LA ESTIGMATIZACIÓN

“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”, reza un cartel dentro de un salón de ensayos de la Orquesta Filarmónica de Apopa. Los músicos practican dentro del Centro Municipal de Prevención de la Violencia.

Si se escribe “Apopa” en un buscador de internet, los primeros resultados que se obtienen son sobre un joven asesinado en la cancha de fútbol, sobre una familia masacrada o la noticia de una mujer que planeaba entregar una niña de 12 años a pandilleros para que la violaran. Esas historias sucedieron en este municipio solo en marzo.

Ante esta realidad, el arte se presenta para los jóvenes de Apopa como una forma de demostrar que existe talento y esfuerzo más allá de las cifras de violencia. Ellos practican para formar una orquesta de la cual su ciudad se sienta orgullosa.

A las 2:35 de la tarde hay 16 niños afinando sus violines y cellos en un salón. Al lado hay tres jóvenes practicando con guitarras. En otro salón hay tres muchachos haciendo sonar sus trompetas y en el cuarto salón, un grupo conformado por niños y mujeres jóvenes aprende a leer solfeo.

Idealmente los salones de clase deberían ser a prueba de sonido, pero los de Apopa tienen la estructura de un salón regular de clases. Los jóvenes y maestros de este centro deben hacer un esfuerzo doble para desarrollar la lección. Además de concentrarse en su propia clase, deben tratar de ignorar el ruido que proviene de las prácticas de los demás salones.

Este espacio antes era un colegio y luego fue una sede del Seguro Social. La alcaldía lo alquiló desde julio del año pasado y se encarga de pagarle a los maestros de música y al resto de personal. Así lo explica Juan Carlos Soriano, un técnico del Centro Municipal.

Orquestas filarmónicas. A través de la práctica en grupo de la música, se busca que los jóvenes de ciertos municipios logren formar músicos y recuperar el orgullo local.

Una hora después hay un poco de silencio. La orquesta está conformada por 96 integrantes, pero no todos se han presentado ahora. Alrededor de 40 jóvenes comienzan a preparar las sillas para realizar el ensamble en el patio del lugar de ensayos. Adelante se sientan violinistas y los percusionistas atrás.

De acuerdo con sus instrumentos, los grupos reciben clases por separado, pero la orquesta practica junta los jueves. Algunos padres, orgullosos, llegan este día a escuchar a sus hijos y se sientan frente a ellos en unas sillas de plástico. Los jóvenes inician la práctica grupal. Tocan el “Himno a la alegría” y después su propia versión de una cumbia popular.

“Tienen que entenderse. Tienen que escucharse a ustedes mismos y a sus compañeros. Es más fácil ser solista. Lo difícil de tocar como orquesta es el acople”, les dice Carlos Durán, director de la orquesta. La idea es que a través de la música los jóvenes refuercen valores como la disciplina y reconozcan la importancia de escuchar a los demás.

Como esta, hay otras 16 orquestas con 1,400 beneficiarios a escala nacional. Wendy Henríquez y Melvin Cortez pertenecen a la Orquesta Filarmónica de Colón. Los dos tienen 18 años y ya habían tenido experiencias previas en el mundo de la música. Pero esta es la primera vez que tienen la oportunidad de formarse musicalmente y de manera estable dentro de su municipio, también marcado por la violencia.

Wendy, quien toca el fagot, está consciente de eso. “La gente solo cuenta las cosas malas que pasan acá. En cambio, de ciertos proyectos no se sabe”, se queja. Melvin también reconoce que solo por vivir en esa zona es probable que alguien intente poner la mancha de la violencia sobre su nombre, pero él explica: “Me siento bien en mi consciencia porque yo ando haciendo cosas buenas”.

Los dos sobresalen en el grupo por la dedicación con la que tocan. Melvin toca el corno francés y quiere dedicarse a la música profesionalmente. Mientras ensaya, le ayuda a otros niños pequeños que comienzan su formación. Él asegura que quiere estudiar música fuera del país para luego volver y enseñarle a más personas: “Quisiera hacer lo mismo que hicieron conmigo. Apoyar en la música. Hacer eso con muchos jóvenes que ahorita están niños”.

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EL CAMBIO ES GENERACIONAL

Entre los callejones del mercado Central, las ventas y los gritos de los vendedores anunciando verduras está Juan Carlos este martes de abril. Apenas son las 8 de la mañana cuando ya lleva horas intentando sacar alguna ganancia que le permita pagar los gastos de su casa.

“Dentro del mercado estuvo superpeligroso porque uno no se podía andar moviendo de un lado para otro porque ya decían que uno andaba viendo personas que no debía. Ahorita, gracias a Dios, ha disminuido. Se ha calmado bastante”, explicó el joven de Santa Cruz Michapa unos días antes.

Hoy Juan Carlos lleva una camiseta roja y las manos llenas de anillos plateados. Cuenta que hace un par de semanas se graduó de dos cursos de FÓRMATE. Además de estudiar el curso de comida mexicana, también participó en otro de comida china. Ahora guarda los diplomas que le entregaron. Con eso puede dar fe de que ha seguido estudiando.

No ha perdido el sueño de estudiar en la universidad. Sabe que de él depende no solo su posibilidad de tener estudios formales, sino la de alguien más. Tiene un sobrino. “Desde que él nació, la responsabilidad cayó en mí porque solo yo era el que estaba trabajando. Cuando puedo, le compro las cosas que le piden en la escuela. Quisiera darle una mejor vida de la que yo he tenido”, dice.

“Hay gente que me dice que ya a mi edad no se está para seguir estudiando, pero a mí no me detiene eso. Aunque sí lamento que no estoy con mis hijos. Pero si estoy solo con ellos, de eso no comen”, reflexiona Maricela, una estudiante del curso de confección artesanal de vestidos de alta costura del FÓRMATE de Zacatecoluca. Además de aprender el oficio de la costura, se encuentra estudiando segundo año de bachillerato a distancia.

Enseñanza de la música.

 


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