En Izalco, Sonsonate, la mayor parte de la población es abastecida de agua gracias a organizaciones comunitarias como APROMUPIZALCO, que han mantenido el flujo constante desde hace décadas gracias a un método en el que prima el esfuerzo común. Su labor, sin embargo, se enfrenta a diferentes obstáculos, como el de la violencia de las pandillas, que tienen una agresiva presencia en la zona.

Izalco y sus pioneros del agua

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Josué Guevara

Lavaderos públicos. Estos lavaderos fueron construidos, según los pobladores de Ayagualo, hace casi 60 años. Piden a la alcaldía ayuda para hacer unos nuevos.

“No hay otro vertiente como este. Entre más se usa, más parece que saca. La tierra es agradecida”, dice Raúl Chilulum sobre la fuente de agua que provee a más de 10,000 personas en Izalco. En la práctica, una de cada cuatro personas de este municipio, el más poblado de Sonsonate, tiene agua en su hogar gracias a este nacimiento, ubicado en el cantón Los Arenales, muy cerca de la frontera entre el vecino Nahuizalco y Juayúa.

Raúl Chilulum es desde hace más de una década el presidente de la Asociación del Proyecto Múltiple del Agua de Izalco (APROMUPIZALCO), la organización más grande entre todas aquellas que proveen a los habitantes de este municipio del occidente del país. Uno en el que la participación del Estado en esta tarea es marginal: de los 38 sistemas que existen, solo dos corresponden a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). Son los de la parte más urbana. El resto es responsabilidad de varias ADESCO o de entidades como la capitaneada por Chilulum. Dieciséis de estos sistemas pertenecen a APROMUPIZALCO.

Para esta entidad, todo nace aquí, en medio de dos colinas, en un complejo de verde y brisa fresca entre las ramas. Para llegar, hay que dejar la carretera de Los Naranjos e ingresar a un camino de tierra, empinado y resbaloso, imposible de remontar para un vehículo con tracción convencional. Y encargarse de quitar los habituales derrumbes (robustas rocas, tan grandes como un congelador) para que el carro pueda pasar. Los hombres no tienen más que sus manos y fuerza para hacer esta labor.

Pero el esfuerzo vale la pena: el paisaje es un jardín de quietud. Aquí está un amplio estanque al que vienen a parar los remanentes de los tres sistemas que hay en este espacio. Uno alimenta a Los Naranjos, en Nahuizalco. El otro es de ANDA, y va a dar a los municipios de Sonsonate y Sonzacate. El restante es el de Chilulum y los suyos, el único que no necesita de potentes máquinas de bombeo para cumplir con su trabajo: el líquido se transporta desde estas montañas hasta el chorro de cada familia gracias, en exclusiva, a la gravedad.

La tubería madre. Esta tubería de hierro fundido transporta el agua desde los manantiales hasta los pozos. Ya cumplió su vida útil, por lo que esperan apoyo para reemplazarla.

La vertiente subterránea es filtrada a través de grandes peñas, pasa por varias cajas de captación hasta que llega a la tubería madre, hecha de hierro fundido. Esta recorre kilómetros y kilómetros hacia los tanques de cada comunidad, que varían en tamaño dependiendo de la población a la que alimentan. Desde ahí, las tuberías van a cada familia.

Se trata de un sistema autosuficiente: cada uno de los 3,800 socios de la organización aporta $2 al mes. De cada pago, $1 se queda dentro de la comunidad para la reparación de cualquier eventual daño y para poder clorar, más o menos diariamente, el agua. Su administración depende de una filial de APROMUPIZALCO dentro de la comunidad, que es independiente de las ADESCO. Sus miembros hacen su trabajo sin cobrar un centavo. El hecho de tener agua en casa es suficiente estímulo. El único que gana un sueldo fijo es un fontanero, al que se le paga entre $120 y $150 cada mes.

El otro dólar se queda en la administración central, que lo utiliza para el mantenimiento de la enorme tubería madre y para las inversiones más grandes. También para el papeleo y el orden que debe mantener como organización no gubernamental sin fines de lucro que es, pues está inscrita como tal ante el Ministerio de Gobernación. Anualmente entrega balances de sus actividades a esa institución. En la central de la entidad solo se le paga a dos trabajadores: una secretaria y un fontanero general. Este puesto es ocupado por Chilulum, quien se encarga ad honorem del trabajo de administración y representación legal.

El agua que sale de la vertiente es tan clara que es posible ver, al tiempo que se contempla el fondo del estanque, el propio rostro. Llevarse un poco del líquido al rostro con las manos, beber aquello que apenas acaba de nacer es un reflejo natural. Chilulum y los dos miembros de filiales de agua que lo han acompañado a esta visita sonríen, miran a su alrededor y dan un suspiro. Parece que contemplan lo conquistado: es un terreno que le pertenece a la asociación. Lo mismo hacen los tres policías que han venido para darles seguridad.
Cuando se piensa que desde aquí se abastece a más de 10,000 personas, cuesta creer que todo nace de un espacio no mayor a una cancha de básquetbol.

“Como le digo, la tierra es agradecida: de un poquito da tanta riqueza”, dice Chilulum. Pero la sensación de la conquista se topa con la realidad. El mismo dirigente acepta que, actualmente, necesitan de ayuda, “ya sea del Gobierno o de otra entidad”. El proyecto inició en 1985, hace 33 años. La tubería madre ya pasó su tiempo de vida útil, que, según las recomendaciones, es de 30 años.

Chilulum (moreno, estatura baja, ojos achinados, complexión recia) dice que sería bueno que el Gobierno “hiciera uso de sus buenos servicios” para poder, también, instalar una segunda tubería madre. Eso les serviría para abastecer a las comunidades que todavía no tienen agua en Izalco, como el cantón Las Marías, en la parte norte.

Con el sistema actual, les es imposible darle agua a más gente: están conscientes de que la instalación de más mechas sería en detrimento de todo el conjunto.

“Una segunda tubería podríamos llevarla hasta un punto y, de ahí, distribuir a las comunidades. Con lo que tenemos ahorita, el agua pierde potencia al pasar por tantas casas”, dice Chilulum.
Eso es algo que apoya la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que, como APROMUPIZALCO, han mantenido corriendo por décadas el agua desde los manantiales de las partes altas hasta los hogares. Sabe que las comunidades que no tienen agua los tildan como egoístas.

“No es así. Es que somos conscientes de que nada es ilimitado. Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen, es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comenta.

El agua que sale de la vertiente es tan clara que es posible ver, al tiempo que se contempla el fondo del estanque, el propio rostro. Llevarse un poco del líquido al rostro con las manos, beber aquello que apenas acaba de nacer, es un reflejo natural. Chilulum y los dos miembros de filiales de agua que lo han acompañado a esta visita sonríen, miran a su alrededor y dan un suspiro. Parece que contemplan lo conquistado: es un terreno que le pertenece a la asociación. Lo mismo hacen los tres policías que han venido para darles seguridad.

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Ese día de marzo de 2015, Vicente (nombre ficticio) salió a revisar a las 4 de la mañana que todo fuera bien con el tanque de agua que abastece a la comunidad donde vive, Ágape, un complejo de casas donado a principios de los noventa para personas de escasos recursos por la organización liderada por el sacerdote Flavián Mucci. Esta certificación es un trabajo que ha hecho diariamente desde hace años.

Esa madrugada, el tanque estaba vacío. A pesar de que era verano, el agua del nacimiento, ubicado en el cantón Talcomunca (el mismo donde está el penal), había sido en todos esos meses un portento de constancia. Afligido, decidió organizar una expedición con otros hombres de la comunidad. Primero, se comunicó con el dueño del pick up que los llevaba en momentos de emergencia, un síndico de la Alcaldía Municipal de Izalco. Este le dijo que era posible partir a las 8 de la mañana.

Entonces, Vicente fue tocando de puerta en puerta para hacerse de la cuadrilla necesaria para enfrentar los daños que, según él, imposibilitaban que el agua llegara hasta sus casas. El primero en decir que sí fue Carlos (nombre ficticio), un joven padre de familia. Poco a poco se fueron sumando más personas.

A las 8, el contingente salió hacia Talcomunca. Tras cruzar una tras otra calles llenas de piedras, llegaron al cantón Chorrera Blanca. Una desafortunada curva del camino les impidió ver lo que estaba más adelante: Una veintena de hombres armados, esperando por su llegada. El desperfecto no era otra cosa que un daño ocasionado por estos miembros de pandilla, una excusa para obligarlos a subir a lo que ya era tierra de nadie.

Al llegar al recodo, era muy tarde para desandar el camino. Los pandilleros los rodearon y les exigieron bajar del vehículo. A Carlos, el joven padre, lo arrastraron hacia una parte alejada. Roberto, el otro del grupo que apenas había dejado la adolescencia, intentó huir saltando a unos cafetales que se encontraban a un lado del camino. A los pocos minutos, le dieron alcance y lo llevaron al mismo sitio donde ya tenían a Carlos.

Vicente y el resto de hombres fueron atados de pies y manos, con el cuerpo boca abajo. Los pandilleros reían al enredar en la hoja de su machete los largos cabellos de Carlos. Este look lo convirtió en un objetivo prioritario de sus captores. Vicente y los suyos solo oyeron las lamentaciones de los dos muchachos, inmovilizados por la rabia, el miedo y las cuerdas.
El ruido, poco a poco, fue mermando: el grupo de pandilleros se alejó con los más jóvenes. Los otros se quedaron ahí, sin saber qué hacer. Esperaron un rato para comenzar a luchar por desatarse. La suerte le sonrió a uno de ellos, quien minutos antes le había rogado a su captor que no le dejara los nudos tan apretados. Se liberó y pudo ayudar al resto. Huyeron de ahí sin ganas de regresar.

Cooperación. Muchos de los proyectos sobreviven, además de por el aporte de sus socios, por la ayuda de entidades internacionales. Una de ellas es la embajada de Alemania en el país.

Vicente ha estado trabajando con unos trozos de madera en el umbral de su casa. Desde acá señala los zapatos que usó en aquella ocasión, cuando llegó a creer que no la contaría.
“La autoridad ya sabía que todo eso estaba pasando allá, arriba, pero no nos habían avisado. Si hubiéramos sabido, no hubiéramos subido”, dice Vicente.
Carlos y Roberto fueron reportados, ese día, como desaparecidos. Pero desde entonces, hace tres años ya, no se ha sabido nada de ellos. Sus familiares se han resignado a no tener la oportunidad de sepultarlos.

Pero subir hasta el nacimiento es un requisito indispensable para que el agua siga fluyendo. ADESCOMIL, la organización comunitaria que maneja el agua que llega hasta la comunidad de Vicente, ha tenido que acudir, en cada oportunidad que se hace una visita, a la Policía Nacional Civil y a la Fuerza Armada para que al menos tres elementos los acompañen. Han pasado tres años desde la gran crisis, pero nadie se ha atrevido, desde entonces, a arriesgar el pellejo subiendo sin seguridad.

Eso, explica Vicente, ha multiplicado los gastos de ADESCOMIL: en cada oportunidad hay que pagar un automóvil, que cobra $60, para transportar a trabajadores, soldados y policías. Antes se desplazaban en bus, pagando $0.40 por persona. A eso se suma un refrigerio para cada agente. Por fortuna, muchos de aquellos que laboran pertenecen a la comunidad y hacen gratis el trabajo. Pero cuando se necesita personal extra, las tarifas han aumentado: se ha sumado el factor riesgo.

Los socios de ADESCOMIL, unos 150, deben cancelar cada mes $4 por el servicio: en ese cobro va, también, un porcentaje destinado a la hija huérfana de Carlos, a quien la comunidad ha decidido ayudar hasta que cumpla los 18 años.

La de esta ADESCO no es una historia exclusiva. Relatos parecidos pueden ser escuchados si se camina un poco por estas vecindades, ubicadas a unas cuantas cuadras de la alcaldía municipal. Es el caso de los dirigentes de ADESCOHUIS, a quienes les asesinaron a un joven trabajador cuando fueron a reparar una fuga cerca de su nacimiento, en Talcomunca. O el de los de ACASAPIGO, que sufrieron un atentado en el que murieron dos personas. O el de la misma gente de APROMUPIZALCO.

Es una norma entre cada una de las juntas y organizaciones de agua no subir hasta sus nacimientos sin una escolta policial. Cada quien debe realizar una petición en la base del Ejército en Caluco. Allí, el teniente encargado explica que estas se hacen por escrito y con dos días de anticipación. Se ha vuelto tan común que han adicionado a sus actividades ordinarias esta tarea de acompañamiento.

“Es verdad que no es algo que es parte de El Salvador Seguro, pero es en beneficio de la población. No hay nada más importante que el agua”, comenta el teniente.
La de hace tres años fue una crisis, también, de desplazamientos. Las amenazas de las pandillas provocaron que varias comunidades dejaran sus hogares. Ese es el caso del caserío El Sitio, que era abastecido por APROMUPIZALCO, la entidad capitaneada por Chilulum. Cuando eso ocurrió, desde la organización decidieron que comprarían las pajas de agua de cada uno de los habitantes que abandonaron su casa. No quedó nadie. Cada paja fue comprada por $500. Hasta ahora ninguno ha regresado a su antiguo hogar.

“Fue una compra razonable. A ellos se les daba un dinero para que pudieran nivelarse. Y para nosotros tener pajas de agua disponibles significa poder darle a alguien más el derecho al agua. Actualmente, estamos al límite”, dice Chilulum.

La de hace tres años fue una crisis, también, de desplazamientos. Las amenazas de las pandillas provocaron que varias comunidades dejaran sus hogares. Ese es el caso del caserío El Sitio, que era abastecido por APROMUPIZALCO, la entidad capitaneada por Chilulum. Cuando eso ocurrió, desde la organización decidieron que comprarían las pajas de agua de cada uno de los habitantes que abandonaron su casa. No quedó nadie. Cada paja fue comprada por $500. Hasta ahora ninguno ha regresado a su antiguo hogar.

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EL AGUA HA TENIDO que cruzar varios kilómetros en su oscuro camino de hierro fundido entre haciendas, casas y caminos vecinales para llegar a este enorme tanque en el cantón Cuyagualo, de Izalco. En lo alto del coloso de cemento, Edwin Tulipe se ha puesto una máscara y se ha armado con guantes para disolver en una cubeta una tasa del químico que les permite clorar el agua, una forma poco costosa para matar los virus, bacterias y gérmenes del agua utilizada para consumo humano. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cloro libre en agua tratada debe ser de 0.2 a 0.5 miligramos por cada litro.

Edwin arroja esa solución en una caja de cemento en lo alto del tanque. Colocadas a lo largo de un tubo, cuatro botellas de gaseosa son los instrumentos que permiten llevar el cloro hasta el resto del agua. Es una solución artesanal encontrada por los miembros de APROMUPIZALCO para hacer funcionar el mecanismo que, desde hace varios años, les exigen los promotores de la unidad de salud del municipio.

Edwin hace esta tarea cada día, un poco antes de las 10 de la mañana. Mientras no lo haga, no puede dejar pasar hacia las casas el agua que viene del nacimiento. Después tiene que esperar unos 20 minutos para que el cloro tenga el suficiente contacto con el líquido. Solo hasta entonces puede abrir las válvulas.

Chilulum, presidente de APROMUPIZALCO, lleva consigo un pequeño kit, utilizado para certificar los niveles de cloro. Para usarlo, es necesario moverse hasta algún hogar del caserío más cercano. Aquí, un incesante chorro, que ya desearían tener en muchas casas de la capital, abastece una pila con un agua límpida, en la que se tiene confianza para beber. Edwin llena un pequeño recipiente y le adiciona dos sustancias.

“Si el agua no tuviera cloro, no puede agarrar color aunque le eche estos dos volados”, comenta Edwin, mientras mezcla los ingredientes. Al finalizar, el agua tiene un tono cobrizo, que está un poco abajo del rosado esperado. El agua no tiene la cloración ideal. Y seguirá perdiendo la concentración a medida que pasen las horas. Eso lo reconoce Raúl Chilulum, quien asegura que todavía no están en la capacidad de darles a sus sistemas un tratamiento constante, como lo que sí pasa en las plantas de ANDA: ahí, un empleado monitoriza todo el día que los niveles se encuentren estables. Pero los esfuerzos de Chilulum y los suyos son todo un paso adelante teniendo en cuenta la realidad del municipio.

En este pequeño cuarto de la unidad de salud de Izalco, tres hombres vestidos de blanco conversan mientras un pequeño ventilador batalla para intentar, en vano, acabar con el calor de abril. Ellos son algunos de los encargados del departamento de Saneamiento de este centro de salud, los responsables de evitar la proliferación de enfermedades en un municipio tan populoso como pobre.

En sus manos está la tarea de certificar que la calidad del agua que se toma sea aceptable para el consumo humano. Esta cuadrilla llegó aquí a finales de 2016. La tarea de sus predecesores tuvo algunos errores. Por ejemplo, habían identificado que en todo el municipio había 21 sistemas de agua potable. El diagnóstico de los recién llegados aumentó la lista: les faltaban 17.
Johnny Cepeda, uno de los miembros de Saneamiento, suda levemente en medio del cuarto ganado por el calor. Aquí explica que la mayor parte de los sistemas manejados por juntas de agua todavía no han incorporado mecanismos de cloración. Es todo un problema: ellos no pueden certificar que se trate de un líquido libre de bacterias y minerales peligrosos, pues el laboratorio del Ministerio de Salud solo está apto para hacer pruebas en agua clorada.

Los manantiales. El agua de la mayoría de comunidades en Izalco viene desde las partes altas en el norte del municipio (como el cantón Talcomunca) o de Nahuizalco.

“Es el pleito que todavía tenemos. Esperamos, hoy en abril o en mayo, hacer una reunión con todos los miembros de las juntas de agua para que se comprometan”, dice Cepeda.
Sin embargo, ya se ha avanzado y algunos sistemas que antes no tenían un método de purificación ya han comenzado a implementarlo. Ese es el caso de Cruz Grande Norte, uno de los que manejan APROMUPIZALCO.

Al cuarto ha entrado otro de los miembros de Saneamiento: Carlos Coto. Como Cepeda, habla de las falencias que todavía se encuentran en las juntas de agua vecinal. Sin embargo, reconoce que si no existieran miles de personas, sobre todo campesinas, no tuvieran agua en sus hogares: “Hemos hecho reuniones con gente de ANDA. Ahí ellos han aceptado que no tienen la capacidad para hacerse cargo de la zona rural. Esta gente es su salvación”.

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Prueba. Edwin Tulipe muestra el kit con el que hacen la prueba de cloración al agua.
El ideal es el del rosado del medio, pero el líquido del sistema de Cuyagualo es de un tono cobrizo.

EN IZALCO, LAS JUNTAS de agua cantonales, como las definen aquí, comenzaron a surgir a principios de los ochenta. Lo hicieron gracias al apoyo del Plan de Saneamiento Básico Rural (PLANSABAR), del Ministerio de Salud, financiado con fondos de USAID y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En esa y en la siguiente década, solo en este municipio surgieron las 21 organizaciones que ahora abastecen a un porcentaje cercano al 90 % de la población de Izalco.

Y con cobros que oscilan entre los $2 y $4 mensuales, se han convertido en una verdadero alivio para las miles de familias que viven en la pobreza, una que se ha intensificado en la presente década por el colapso de la mayor parte de fincas cafetaleras de la zona, las que daban empleo. La roya y una cada vez más grave situación de inseguridad ahuyentaron a los antiguos dueños. Solo quedan casas patronales y suntuosos portones de entrada como signo de ese pasado en el que, al menos, había trabajo.

A los socios de las juntas y organizaciones de agua se les hace un único cobro mensual, sea cual sea su consumo. Lógicamente, no existen medidores que permitan cuantificarlo. Según la profesora Laura de Soto, presidente de la junta de ADESCOHUIS, a veces se traduce en abusos. Como medida para contrarrestarlos, han establecido limitaciones: no se pueden regar sembradíos con el agua, tampoco regalar y mucho menos venderla al que no tiene.

En el campo, es habitual que cuando un hijo decide formar su propio hogar, no se vaya de la casa materna, sino que construya una vivienda en el mismo solar de su padre o madre. En esos casos, es imposible prohibirle a alguien que dé su agua. En las juntas han creado la figura del “adicional”, una persona a la que se le puede pasar el agua desde una misma mecha. Sin embargo, este beneficiario debe colaborar con los trabajos para los que sea llamado y pagar lo mismo que un socio.

El agua, ese derecho humano para el que se está pensando en una ley general, es algo relativamente conquistado para una buena parte de la población de Izalco. Por ello, cualquier noticia que indique un cambio en el statu quo es visto con malos ojos. Una idea contraria ha hecho, incluso, que aspirantes a gobiernos municipales pierdan elecciones: ese fue el caso del último candidato por el FMLN, Antonio Mendoza, quien prometió que, de llegar a la silla, todos los proyectos de agua pasarían a la ANDA.

Pero en las propias interioridades de las asociaciones no todo es trabajo comunitario y armonía. Las labores no han estado exentas de conflicto. Ese es el caso de APROMUPIZALCO, donde al menos tres de sus filiales han decidido darle la espalda y dejar de aportar el dólar por socio a la central de la asociación. Chilulum muestra recibos en los que se respaldan estas deudas. Uno de los casos más llamativos es el del cantón Ceiba del Charco, que le debe $23,200. No han pagado al menos desde 2011.

Propiedad. Edwin Tulipe está parado a un paso del límite del terreno en el que la comunidad de Cuyagualo construirá una bodega.

Las cabezas de estas organizaciones se han convertido en auténticos líderes comunitarios, como es el caso de Raúl Chilulum, de APROMUPIZALCO, quien incluso fue concejal en el gobierno municipal de 2012-2015, capitaneado por el partido ARENA. Chilulum, sin embargo, no ha ocupado este arrastre para enriquecerse. Su casa es una como la de cualquier campesino, en la que la va pasando un día a la vez, según la opinión de varios habitantes del municipio consultados para este trabajo.

En Izalco, la ANDA no goza de buena fama: se piensa que, cuando llegue y coloque sus medidores, el agua se convertirá en un bien demasiado suntuoso para la mayor parte de Izalco, que se ha habituado a pagar una cuota fija. Desde ANDA siempre han intentado bajar las alarmas, pero la gente se ha expresado en manifestaciones (en 2004 y 2014) que llegaron hasta San Salvador cuando se intentó meter a la entidad estatal en la ecuación de su agua.

“Es natural. ANDA no es una institución que tenga mucho prestigio. La gente ve en la televisión que aquí o allá hay desabastecimiento de agua, y es como que les contaran un cuento de terror”, opina al respecto Gerardo Vega, gerente de la Alcaldía Municipal de Izalco.

Pero en las propias interioridades de las asociaciones no todo es trabajo comunitario y armonía. Las labores no han estado exentas de conflicto. Ese es el caso de APROMUPIZALCO, donde al menos tres de sus filiales han decidido darle la espalda y dejar de aportar el dólar por socio a la central de la asociación. Chilulum muestra recibos en los que se respaldan estas deudas. Uno de los casos más llamativos es el del cantón Ceiba del Charco, que le debe $23,200. No han pagado al menos desde 2011.

En este nacimiento donde todo es verde y frescura en el cantón Los Arenales de Nahuizalco, Chilulum parece olvidarse de estos problemas. Ver su vertiente es suficiente motivo como para ponerle una sonrisa en el rostro, equivalencia gráfica de la palabra parquedad.

De una de las piedras que están al lado de las cajas de captación, un chorro incesante parece otro nacimiento. Sin embargo, es el desperdicio que sale desde el tanque de ANDA, que está justo al lado, dañado por los terremotos del año pasado. No ha sido reparado desde entonces.

El vigilante que se encarga de cuidar la planta, la única persona aquí, asegura que el rebalse es tanto que, cuando no está activa la bomba, el agua suele llegar hasta el espacio que le sirve de dormitorio y cubrir la cama.

“Yo bien digo que eso lo podrían aprovechar ustedes, de todos modos el agua cae en su parte del terreno”, le dice el vigilante a Chilulum, que sonríe al enterarse de una nueva muestra de negligencia de la autónoma, esa institución a la que él y muchos en Izalco no dejan de ver como la gran amenaza en contra de su agua.

Problemas. Chilulum achaca el problema que han tenido con tres de sus filiales, que han decidido dejar de pagar la contribución para la central, a un mal asesoramiento de la Alcaldía de Izalco.

 


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