Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Historias urbanas populares

“Doy gracias a Dios y a usted, y también a otros escritores, porque me permiten ganarme la vida honradamente promoviendo sus libros”. Ahora soy yo el sorprendido: “¿Gracias a mí también?”

Hay tanto que decir sobre las calles de San Salvador. Últimamente se están dando los primeros pasos para dignificar nuestra raíz original. En las redes sociales he mostrado imágenes de cientos de jóvenes que han visitado en los últimos meses esa zona relegada; conste, solo se han renovado cerca de 5 manzanas, y necesitamos su resurrección de lo que quedó después del terremoto de 1986.

El abandono es una paradoja al confrontarlo con las percepciones de investigadores o turistas que vienen de ciudades más desarrolladas, quienes buscan en nuestro Centro Histórico una realidad novedosa. Expongo dos casos para comprobar esas opiniones positivas: una del investigador español Antonio García Espada, quien hizo un estudio de la arquitectura “art nouveau” de la zona, que pareciera emerger como un jardín de lirios en un espacio sucio y destartalado.

El doctor Espada lo comprueba con fotografías, para lo cual incursionó más allá de los enlaminados y parasoles de la pequeña empresa informal que hacen invisible la riqueza arquitectónica. El académico descubre la belleza de ciertas edificaciones, “que puede ser orgullo de Latinoamérica”, nos dice Espada. Sí; antes del terremoto de 1917 San Salvador fue llamado “un pequeño París de Centroamérica”.

Otro experto español piensa algo similar. Dice que después de entrar a la iglesia de El Rosario le dieron deseos de habitarla por siempre para disfrutarla todo el tiempo. Comprobémoslo: los invito a visitar esa iglesia. Toda ella es una escultura producida por las manos mágicas del escultor Rubén Martínez. Hay que verla por dentro.
Mi emoción como usuario generacional de otras épocas no tiene límites. El turista extranjero necesita conocer monumentos históricos, lo novedoso de una ciudad. Redescubramos lo que no ven los ojos de la indiferencia.

Y como visitante, enriquecido por el Centro Histórico, paso a otro punto relacionado con la misma zona. Sucedió en mi última incursión para buscar un ejemplar de la edición agotada de “Los poetas del mal”.

En esta función ciudadana y callejera me he detenido en una librería que yo llamo, con respeto, “de la calle”, libros de segunda lectura, miles de obras. Pese a ser tan grande la exposición, quizás unos 75 metros y 2 de altura en la acera, no veo al expendedor.

No reparo que se encuentra subido en una tarima alta desde donde puede avizorar a los clientes. Al verme, baja por la escalera de la tarima, micrófono en mano. Pregunta si se me ofrece algún título. Respondo que busco “Los poetas del mal”. “¿Es la novela de Manlio Argueta?”, me pregunta. “Así es”, le digo. “O sea es su novela”, lo dice con seriedad; para que no dude me repite los nombres de otras novelas mías.

De repente, habla por el micrófono a sus dos empleados. “Vengan a ver a Manlio Argueta en la calle”. Lo interrumpo y le digo que paso por ese lugar muy seguido. Pero Jacobo, así es su nombre, continúa sorprendido de descubrir a un escritor en la calle.

Ante mi sonrisa dice: “Doy gracias a Dios y a usted, y también a otros escritores, porque me permiten ganarme la vida honradamente promoviendo sus libros”. Ahora soy yo el sorprendido: “¿Gracias a mí también?” Le digo por lo de Dios. Me reitera: “¡Claro!, hay dos o tres escritores que más vendo”. Turbado y para neutralizar su opinión, le digo que me alegra saber que gente de la calle como yo encuentre libros disponibles. Me aclara que, por lo general, son adultos los que les llevan libros a sus hijos. Pero aquí no termina mi sorpresa.

Lo curioso es que, mantenida esa breve conversación, se lleva el micrófono a la boca y habla a uno de sus dos empleados que se encuentran en otro extremo de los 75 metros. “Óscar, vení a ver a Manlio Argueta en la calle”.

Por mi trabajo como cronista literario sé lo valioso de conocer estas vidas, esto me permitió ser varios años un cronista sobre El Salvador, en Europa y Estados Unidos. Llega el empleado, Óscar. Me lo presenta. Pero ante la sorpresa de Jacobo, el joven le dice con seriedad que yo no soy el escritor. El jefe molesto le pregunta por qué lo dice.
El joven responde: “Porque yo lo conozco, ha venido varias veces a comprar libros, y este no es él”. El jefe más fastidiado le dice que no sea tonto. El joven vendedor le dice que puede demostrar que yo no soy el escritor y se dirige a otro extremo a traer una edición con foto en la contraportada. “Mire, compare la foto y a él”.

Esta vez Jacobo pierde la paciencia y le reclama que esa foto no es reciente. El joven no se da por vencido, y le reitera que la última vez le pidió el DUI para demostrar que se trataba del escritor. “Lo conozco”. En posición neutral río por dentro. El joven también sonríe, quizás se está burlando de su patrono.

Esta anécdota me recuerda la película “Kill Bill”, el humor combinado en las escenas más duras. No entendía por qué Tarantino se entretuvo en imágenes, al parecer, sin relación narrativa. Me refiero a cuando Uma Thurman llega a Japón a buscar al experto Hattori Hanzo para que le haga una katana (espada para samuráis), un empleado joven se entromete y le dice al patrono que a una gringa jamás se le debe hacer una katana. Se da una riña entre ambos, Hanzo lo amenaza con golpearlo si se sigue entrometiendo, pues él ya está informado que la Thurman sin ser una samurái está dispuesta a acabar con un asesino. Esta escena produce risa sin saber por qué. Quizás porque se sobrevive en la vida gracias al buen humor en los momentos más dramáticos y trágicos.

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  • 24 junio, 2018 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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