Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

MISTERIOS DE DESGANO

En el curso de aquella mañana el directorio de la empresa lo convocó a su sala de reuniones para comunicarle que acababa de ser ascendido al puesto de gerente de operaciones. Aunque presentía, por varias señales acumuladas, que su desempeño era reconocido por la dirección superior, no esperaba que el salto fuera tan notable. Menudearon las felicitaciones inmediatamente después de la comunicación, y una seña hizo que los meseros entraran con las botellas de champán dispuestas para el brindis.

Asumió el cargo, y eso le significó pasar al nivel superior, con todas las regalías y pleitesías correspondientes. Él, por naturaleza, era un funcionario disciplinado y sin alardes, pero lo que de inmediato comenzó a manifestársele fue una especie de bruma emocional que lo envolvía con frecuencia en un aura de recogimiento.

Los subalternos murmuraban: “Qué respetuoso se ha vuelto don Hilario. Ni siquiera parece jefe…” A él le llegó el rumor y le produjo una sensación de alivio. Quería decir que su nueva actitud era bien recibida en el ambiente y podía seguir viviéndola sin aristas ni sospechas.

Pero aquella sensación le duró poco. Lo que comenzó a tragar por dentro fue un caldo insípido de soledad inexplicable. A tal punto que luego de un fin de semana ya no pudo regresar. Todas las fuerzas anímicas se le habían vuelto garfios paralizantes.

Salió a la calle y se puso a caminar sin rumbo. Lo necesitaba para revivir.

MISTERIOS DE ELOCUENCIA

El cambio de estación estaba por llegar, y la sensación prevaleciente era que andaba circulando por los alrededores un escalofrío invitador, cuyas señales podían ser interpretadas de muchas maneras. En el condominio, habitado sobre todo por parejas jóvenes que apenas iniciaban su vida propia, aquella transición climática, que no era nada nuevo, despertaba reacciones muy personales, y entre éstas la de aquel viejo profesor de letras resultaba la más notoria. Él vivía solo, porque había enviudado no hacía mucho y sus hijos residían en el extranjero, como es hoy tan común.

Aquella mañana, una llovizna tenue pero tenaz andaba suelta por la atmósfera inmediata. Y como era sábado, muchos de los vecinos se habían quedado en sus habitaciones, reponiéndose de los estragos de la semana laboral. Él, sin embargo, lo primero que hizo al despertar fue escapar de la sábana percudida con el ánimo de salir lo más pronto posible a las calles.

Así lo hizo, y ya ahí comenzó a caminar como si quisiera llegar a un punto bien definido, aunque en verdad lo que andaba haciendo era deambular sin rumbo. Así llegó frente a aquel puesto callejero de venta de libros viejos, de esos que ya sólo buscan la gente muy mayor o los excéntricos impenitentes. Él de seguro era uno de esos mayores, pese a que en su ánimo prevalecía la condición de los excéntricos. Se detuvo frente al puesto y saludó al tendero:

–Hola, Iván. ¿Qué novedades hay?

–Ah, un baúl lleno de ediciones clásicas. Se murió el dueño y los familiares no quieren más “cosas inservibles” en la casa, como ellos dicen…

–Son las pendejadas que hoy se han vuelto virales, como dicen los jóvenes…

–Y no sólo los jóvenes, men. ¿Vos no tenés Wifi?

–Uf, qué lata. ¿Dónde están los libros, pues?

El tendero se fue a un rincón, a destapar el baúl, que evidentemente era de otra época. Lo sacó para que quedara a la vista del visitante; y éste, en cuanto lo vio, se quedó inmóvil, como si estuviera ante un objeto sagrado.

–¿Qué te pasa, amigo?

–Me siento como si estuviera en un templo.

–Bueno, pues aquí están las imágenes.

Y empezó a sacar los libros, que eran las antiguas ediciones de Aguilar: Colección Crisol, Colección Joya, Colección Obras Eternas, Colección Premios Nobel… Y todos los volúmenes impecables, como si acabaran de salir de sus estancias originales. El presunto cliente estaba en éxtasis.

–¡Es lo que siempre soñé: los libros con olor a cuero inmemorial y llenos de páginas casi etéreas!

–Aquí están todos a tu disposición. Podés escoger a tu gusto. Desde Platón hasta García Lorca. El menú es completo.

El presunto cliente se dedicó a revisar lo que había, con el gesto devoto de los iniciados, y luego de un prolongado examen ritual expresó su decisión:

–Me quedo con todos.

–Ya te doy el precio. Un precio de devotos a Nuestro Señor el Libro.

–Jajá.

Se llevó el cargamento hacia su casa, y empezó a ubicar los libros donde le fue posible. Cuando terminó de hacerlo, la noche había caído. Comió algo para no dejar y se fue al descanso en la habitación contigua. Sentía una placidez inusual. Se durmió casi al instante. Y ya puesto en aquella dimensión comenzó a oír un coro de voces emocionadas a su alrededor. Despertó de súbito. ¡Sí, eran las voces de los libros, liberadas en el ambiente acogedor! Todos estaban en familia.

MISTERIOS DE ESTACIÓN

Los rieles venían de lejos e iban hacia lo lejos. Temprano por la mañana y tarde por la tarde el ferrocarril hacía su recorrido de ida y vuelta, desde San Salvador hasta Chiquimula y viceversa. En la estación que quedaba muy cerca de la carretera hacia el norte ya se sabía que la puntualidad del tren era impecable. 7 de mañana en la ida y 7 de la noche en el regreso.

En aquel anochecer había un conocido del entorno que aguardaba con su maleta en la rampa de madera donde la máquina se detenía. Como aún faltaban algunos minutos, el jefe de estación salió de su oficina a saludarle:

–Doctor, ¿al fin es viaje?

El doctor era un médico joven que vivía al otro lado de la línea férrea con su esposa reciente. Tenía un pequeño consultorio en una pieza contigua a su casa, que estaba rodeada de árboles y lindaba con la cantina a la que acudían los vecinos a hacer sus libaciones nocturnas, sobre todo en los fines de semana.

–Sí, don Toño. Dentro de dos días tomo el vuelo, y voy a la capital a estar listo. Madrid no queda a la vuelta de la esquina.

–A perfeccionarse, pues. La medicina es una ciencia y un arte, ¿verdad? Y ojalá que todo le salga bien, allá y aquí.

Esta última frase, que parecía encerrar un enigma, puso al doctor en guardia:

–¿Aquí y allá? ¿Cómo así?

Don Toño, que era un zorro experimentado, sonrió con el gesto torcido que le era característico:

–Bueno, como se va usted solo y deja aquí sola a su esposa… Y la soledad es mala consejera…

–Puede ser buena también. Todo se ve.

–Hombre, claro.

Y en ese preciso momento se oía el pito del tren anunciando su llegada. El doctor se despidió con una palmada en el hombro de don Toño y don Toño lo hizo con otro gesto enigmático. El tren ya estaba ahí, anunciando que sólo lo haría por unos pocos minutos. Y cuando tomó camino hacia su destino final de aquel día, todo se quedó como siempre.

 


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