Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

EL FINAL DEL PRINCIPIO

ACuando estábamos en vísperas de graduarnos, Fabricio, el autoproclamado líder del grupo, organizó una excursión a un hotel de playa, en una de las zonas más turísticas de la costa, que era algo así como el paraíso de los surfistas. En realidad, no todos éramos amigos en el mismo grado de cercanía, pero aquel no era momento de hacer distingos.
Fabricio tenía listo un almuerzo propio del ambiente, y todos nos fuimos ubicando bajo las sombrillas que llenaban la terraza frente al mar, que en aquel momento parecía perfectamente sincronizado con su naturaleza típica. Había un muelle muy cerca, al que llegaban los botes de los pescadores del lugar. El ambiente propicio para hacer movimientos de espontaneidad que no se salieran de control.
Estábamos ya todos reunidos, y entonces Fabricio se levantó para decir unas palabras, como era su costumbre que nadie podía cuestionar, porque él estaba siempre en posesión del control; pero en ese preciso instante cruzó una ráfaga de viento, que le arrebató la gorra que llevaba siempre consigo para disimular su incipiente calvicie. Él aleteó, como si fuera un pájaro nervioso, y corrió a alcanzar el objeto volador.
Sin pensarlo, me levanté a aprovechar la ocasión para quitarle a Fabricio la tribuna, en un gesto de picardía escolar, como si siguiéramos siendo niños. Él regresó ya con la gorra en su sitio, y me encontró en posesión de la palabra.
Aquella sencilla lección del aire libre, que se nos daba justamente antes de entrar en la etapa de nuestra puesta en práctica de lo aprendido en el plano formal, sería clave en las vidas de todos nosotros.

IDEAS PARA UNA PROMESA

Era la hora acordada, y entonces se produjo el arribo de aquella voz que mostraba todos los indicios de ser sobrenatural, aunque fuera perfectamente inteligible para nosotros, los seres comunes. A fin de que pudiéramos oírla todos, dondequiera que estuviéramos, se ubicó en la cumbre de la colina que miraba hacia todas las direcciones del horizonte. Y desde ahí habló:
—Compañeros de siempre, al fin se nos presenta de nuevo la oportunidad de compartir las inquietudes de nuestra condición de desconocidos fraternales, que es la única a la que podemos aspirar en este plano. Vamos ahora a un punto que está aquí sin agotarse, y por eso merece tratamiento de oración. Lo sabíamos sin que nadie nos lo tuviera de enseñar: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y sé que a todos nos saca roncha la pregunta: “¿Y desde cuándo es así?”
Intempestivamente, otra voz se alzó del conjunto de los presentes:
—¡Desde el momento de nacer!
El rumor le dio valor colectivo a tal aseveración.
Y la voz que venía de la cumbre de la colina dio su veredicto:
—¡Perfecto! Vamos bien. Podemos seguir. Eso que llamamos evolución humana no es más que una cadena silenciosa que jamás tiene proyecto anticipado. Por más que se esté hablando constantemente de hacer historia, lo que queda del día a día es un reguero de piezas que no pueden hacer rompecabezas, y eso es lo que más le perturba a nuestra aliada más impaciente: la razón. Y es que repitámoslo para nuestro consumo una y otra vez, hasta que nos cale: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y así será en cada ciclo que nos toque. Sí, somos los sobrevivientes de la eternidad que no se repite bajo ningún pretexto; por eso es eternidad.
El murmullo dio muestra de impaciencia. La voz así lo entendió:
—Aquí nos quedamos en este momento. Cuando volvamos a reunirnos, que podría ser mañana, habrá que hablar de lo mismo, porque mañana seremos sobrevivientes que solo se reconocen por el poder de la memoria. Y yo me agrego a la lista. ¡Hasta entonces!

MISIÓN CONSUELO

Regresaba, y esa era hoy la realidad que tenía enfrente. Cruzó la amplia puerta de salida y ahí estaba aquella tupida hilera de personas sencillas que llegaban a esperar a los suyos. Algunos encuentros transmitían una emoción conmovedora. Él se detuvo un instante, aunque en verdad no buscaba a nadie, porque nadie podía estar esperándolo, y mucho menos en el aeropuerto. Empezó a caminar sin rumbo, como si estuviera en un mundo completamente desconocido. En efecto lo estaba. A su alrededor nada era identificable.
Fue una aventura todo aquello del regreso. Una aventura casi irreal, porque él por su sola cuenta había decidido regresar, al sentir que toda su gente alrededor iba siendo sacada por la fuerza. Sacada de allá y mandada para acá, como bultos sin vida. Había que evitar, pues, que eso lo siguiera acorralando, aunque él tenía sus papeles en orden desde hacía mucho tiempo.
Del aeropuerto, aquella tarde, tomó camino hacia su lugar de origen, que era un caserío en el norte del país. Ahí nadie lo esperaba, como si fuera un repatriado sin identidad. Y eso fue lo que sintió con un efecto liberador insospechado. Aquella noche le pidió posada a la única persona que recordaba de sus remotos tiempos: el cura del lugar, que ahora era un anciano que lo reconoció al instante:
—Adrián, estás de vuelta. Por algo será. Dios nunca traza líneas torcidas.
Él se quedó pensativo, como si orara en silencio. Y se fue a ubicar en un rincón y en el suelo, porque no había más.
Como tenía que buscar trabajo para sobrevivir, tuvo de pronto un golpe de intuición. El padre Alberto ya necesitaba apoyo casi para todo, y él podía brindárselo. Desde la labor de sacristán hasta tareas de casa. Luego ya iría viendo. El padre oyó la propuesta y se le iluminó el rostro:
—¡Sos lo que estaba esperando, sin saberlo con certeza! Ya te lo dije: Dios nunca traza líneas torcidas. Ni para vos ni para mí. Y para expresar nuestra gratitud, ¿qué te parece si entramos a rezar un rosario?

JARDÍN ATÁVICO

Para unos cuantos elegidos de la suerte, vivir y morir a la par de un jardín es la mejor experiencia cotidiana que pueda imaginarse. Él, Jacinto Arroyo, era un ejemplo vivo de ese anhelo; y yo, Floriano Pradera, también. Fuimos vecinos en la niñez y en la adolescencia, y aunque nuestras familias nunca llegaron a tratarse personalmente en el vecindario del que eran parte, nosotros sí lo hicimos porque íbamos a la misma escuela y compartíamos sin decírnoslo la ilusión de estar a diario en contacto con algún espacio florido.
Cuando, en los límites entre la niñez y la adolescencia, nos enamoramos de la misma chica, que también habitaba en el vecindario, tuvimos un momento de crisis. Ella se llamaba Dalia, y de seguro el nombre se nos convirtió en el imán irresistible.
Como era de esperar por las edades de todos, el romance con Dalia no llegó a concretarse con ninguno de los dos; pero la experiencia inconclusa nos dejó una especie de advertencia emocional: estábamos atados a un anhelo compartido. Pasó el tiempo, y llegó la hora de pasar a la educación superior, ya en plena adolescencia.
Jacinto estudiaría Arquitectura de Interiores; yo, Floriano, diseño de zonas verdes. Nos veíamos cada vez menos, como si ya no tuviéramos mucho que compartir, aunque nuestras aficiones básicas siguieran siendo las mismas. Hasta que un acontecimiento espontáneo nos volvió a poner en ruta, sin que lo supiéramos. El romance respectivo. Por los mismos días Jacinto conoció a Azucena y yo conocí a Camelia.
Nos comunicamos casi de inmediato, acaso atendiendo a una señal del destino. Nos reunimos los cuatro en un parquecito de los alrededores:
—Hola, Floriano, te presento a Azucena.
—Encantado. Y yo te presento a Camelia.
—Se nos hizo, ¿verdad?
—Pues sí. Lo que estábamos esperando.
Nos envolvieron los aromas, y las sonrisas compartidas no se hicieron esperar, porque aquello era en verdad un reencuentro en clave de destino.
Era como si estuviéramos inaugurando el respectivo jardín, el soñado subconscientemente desde las primeras etapas de la vida. Ahora sí ya podíamos sentir que los días eran nuestro territorio ideal.
Y desde ese instante fuimos otra vez los inseparables amigos de siempre.

 


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