Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

ÁRBOLES EN VELA

La vida le había ido presentando pruebas en cadena, como casi siempre ocurre con todos los seres humanos; pero en este caso lo diferente era que se trataba de un niño, un adolescente y un hombre joven que en el curso del tiempo nunca dio muestras de ningún tipo de problema particular. Sin embargo, los ahogos materiales y los quebrantos anímicos estaban ahí para él en el día a día, y había que buscar alguna salida. Y la salida la encontró en la página de un libro antiguo que halló en el baúl más olvidado de la casa que era herencia de familia. Abrió el libro al azar, y le asaltó una línea: “Todos los consejos propicios te los darán los árboles que ames”. Aspiró a fondo. Volvía a sus más profundos orígenes genéticos. De seguro él, en alguna vida pasada, había sido pino feliz. Y salió corriendo hacia el bosquecillo más cercano, a recibir la bendición de sus antepasados…

EL OTRO SENDERO

Nadie sabía cómo se llamaba aquel desconocido que llegó como visitante de paso pero que se fue quedando por ahí, sin ubicación conocida, aunque fácilmente visible por distintos rincones del lugar, que era una zona arbolada por donde cruzaba una autopista de las de antes y por donde se esparcían varios senderos sinuosos que llevaban a diferentes destinos inmediatos.
En verdad él era una rara avis en el ambiente, porque las gentes que ahí vivían eran obreros o pequeños empleados, cuya dedicación al trabajo cotidiano estaba a la vista. Él, por el contrario, tenía toda la planta de los vagabundos empedernidos, sin ocupación perceptible.
Lo que nadie sabía era que por las noches se iba a refugiar en la arboleda más espesa de los alrededores, que daba a un arroyo de aguas siempre transparentes, aun en los días de borrasca lluviosa. Pero en algún momento uno de los adolescentes más curiosos del lugar tuvo el impulso de seguirles la pista a los movimientos del desconocido, como si fuera una tarea de clase.
Y así, en uno de los atardeceres siguientes, escabulléndose entre las malezas tupidas, llegó hasta la boca de la cueva donde vio entrar al observado. Él entró también, como una sombra habilidosa, y fue a colocarse detrás de un saledizo de la ruta escarbada en la tierra quién sabe cuándo ni por quién. Desde ahí comenzó a recoger el suceso como una maquinita fotográfica consciente.
Sentado en el polvo en posición de loto, el observado fue entrando evidentemente en trance; pero no en trance de meditación común sino en algo así como la preparación para levitar. El cuerpo se alzó unos centímetros y comenzó a convertirse en una hoguera casi transparente. ¿Cuánto tiempo duró tal situación? No importaba el tiempo: en algún momento el observado recuperó su estado normal y el observador tomó la identidad etérea. Salieron juntos, como lo que eran ya sin dudas ni recelos: el yo y el otro yo del mismo ser interiorizado. Afuera, cada quien retomó su camino. Armonía sagrada.

MISIÓN DEL ARCO IRIS

Según las previsiones del médico que la atendía, faltaban muy pocos días para que llegara la hora del alumbramiento, y tanto ella como su familia inmediata hacían los preparativos del caso. Una amiga que era adicta a las predicciones sobrenaturales le había advertido que la criatura estaba esperando que hubiera condiciones astrales propicias, que de seguro tenían que ver con los movimientos de la Luna.
Como sería madre soltera, todas sus decisiones estaban concentradas en la propia voluntad. Cuando pasaron los días, el médico le advirtió que quizás habría necesidad de hacer una cesárea. Ella se quedó en suspenso, como a la espera de otras señales.
Pero todo parecía detenido en una antesala penumbrosa. El médico le hizo ver la urgencia. Si no, peligraba el que venía. Y entonces ella sintió que lo pertinente era penetrar en su interior para hacer ahí las indagaciones que fueran capaces de conectar con el infinito externo.
Entró en meditación profunda, como nunca antes lo había experimentado, y de pronto se sintió inmersa en un pequeño espacio que parecía una isla flotante. La rodeaba un horizonte cargado de nubes a punto de desprenderse en lluvia copiosa. Ocurrió al instante. En medio, una balsa animada parecía buscar escape. Ella la seguía con los brazos extendidos. El desagüe estaba a la vista. Y en el momento en que la balsa se perdió de vista hacia afuera cesó la lluvia y apareció el arco iris, más radiante que nunca. Ella abrió los ojos. Alguien junto a ella tenía entre sus manos al recién nacido.

MENSAJE DE LA LUZ

Cuando escapó de su casa todos creyeron que había sido para incorporarse a alguna de las estructuras criminales que proliferan en el ambiente, ya que desde hacía algún tiempo andaba arisco y sospechoso, como si escondiera propósitos. Ni siquiera dieron parte a las autoridades, y más bien se quedaron esperando alguna noticia que les llegara por rutas clandestinas. Eso nunca ocurrió, y entonces la posibilidad de un fin trágico fue ganando terreno. Ahí, sobre la mesita de noche de la abuela, aquel retrato de niño tenía una veladora encendida siempre enfrente.
Y aunque la veladora solo se cambiaba muy de vez en cuando, permanecía animosamente viva como si tuviera renuevo diario. Hasta que un día amaneció a punto de extinguirse. La anciana no la tocó, porque para ella esa era la señal.
En efecto, solo bastaron unos pocos minutos para que el retrato quedara en la penumbra. Y fue entonces cuando se comenzó a producir otra iluminación sin origen discernible. Una iluminación que aunque tenía su centro en el retrato se expandía por toda la humilde estancia.
La señora estaba arrodillada junto a la mesa de noche, de espaldas a la puerta, y por eso la figura que entró fue acercándosele sin que ella lo advirtiera. Le puso la mano sobre el hombro. La abuela no se inmutó, como si lo esperara. El retrato había desaparecido. Ahora estaba de vuelta el nieto en persona.

PASIÓN EN CÍRCULO

El pájaro rojo volaba afanosamente sobre la ruinas de la pirámide que se destinaba a recordar pasadas glorias. El investigador apuntó en su cuaderno: “Hay signos de que se acerca el tiempo de la resurrección de esta cultura soterrada por las miserias infatigables del tiempo que gobiernan los humanos”.
El pájaro malva se detuvo en la rama más oscura del árbol quemado en el incendio del bosque que rodeaba las ruinas del templo ceremonial. El investigador apuntó en su cuaderno: “La tempestad de odios y de ambiciones desatada por la resurrección de la cultura milenaria que estuvo aquí mientras pudo defenderse de sí misma ha dejado vivos algunos pálpitos de esperanza”.
El pájaro blanco cantó, con su dulcísimo silbo doliente, en el límite de piedras fosforescentes entre el campo donde estaban las ruinas y la colina de casas nuevecitas que iban surgiendo de los trabajos del buldócer y de los afanes de las cuadrillas de albañiles y carpinteros. El investigador apuntó en su cuaderno: “La cultura milenaria está de nuevo fatigada. Dejémosla dormir. Me voy a otra parte”.

 


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