Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

MISTERIOS DE MALETA

Se estaba acercando el día de la partida y el color de las horas se le volvía cada vez más mortecino. Tenía muy poco que llevarse, porque era de esos seres que guardan la mayoría de sus pertenencias esenciales en la mente. Pero con algo había que cargar, porque iba hacia un lugar desconocido aunque todas las informaciones sobre el mismo estuvieran a su disposición en los folletos y en la Internet.

En la casa se sentían tristes por su alejamiento, pese a saber que era impulsado por la necesidad de contar con más fondos para el sostén de su familia, aparte de que el hecho de ir a trabajar en una empresa dedicada al marketing ecológico estaba íntimamente conectado con sus afinidades más profundas. En las vísperas, armó una pequeña maleta que había permanecido arrinconada en el clóset desde siempre. Cuando la abrió sintió un aroma que no parecía propio de un objeto como aquel, pero no le dio importancia, porque las urgencias del viaje inminente le absorbían toda la atención.

A la mañana siguiente, luego de las sentimentales despedidas del caso, emprendió camino hacia la estación, ya que la primera etapa del viaje sería en tren expreso. Tomó un asiento junto a la ventana, y la maleta iba a su lado, porque el asiento contiguo se hallaba vacío.

En cuanto el tren arrancó, a él le fue entrando una somnolencia irresistible, y se durmió de inmediato. Aquel trayecto hasta la ciudad donde tendría que tomar el transporte aéreo duraría algo así como cuatro horas, y por consiguiente el reposo durmiente podía ser prolongado.

El sueño que le vino fue profundo, y en él se sumergió sin resistencia. Al despertar, la sorpresa resultó desconcertante. ¿Dónde estaba? Se encontró tendido en el suelo en una calle desierta. A su alrededor, nada resultaba identificable. Se hallaba, sin duda, en otra latitud.

Se incorporó como si emergiera de un letargo indefinible. Por impulso instantáneo buscó su maleta. Estaba ahí, junto a él. La abrió con premura. Se hallaba vacía. Y el aroma que antes sintiera hoy parecía provenir de un incensario oculto. ¿Qué era todo aquello? Enfrente, un parque nutrido de arboleda parecía estar aguardándolo.

Sonrió agradecido. Tomó su maleta vacía y avanzó hacia ahí. El origen inocente del marketing ecológico lo aguardaba en su expresión más pura y personal. Había que tomarle la palabra y poner la voluntad a su servicio.

La maleta era su compañía perfecta.

MISTERIOS DE ROPERO

El cuarto no era muy amplio, pero sí tenía capacidad de albergar varios muebles, como evidentemente ocurrió en otras épocas familiares. Ahora, lo único que había ahí era un pequeño y escuálido escritorio que de seguro nadie se quiso llevar cuando la casa fue desocupada para ponerla en alquiler. Los interesados en tomarla no le ponían mayor atención a aquel detalle, porque en estos tiempos en que los iPads y los teléfonos siempre están a la mano la existencia de un escritorio es irrelevante, aunque por momentos pueda ser un estorbo.

Los que se pasaron a vivir al lugar arrinconaron el escritorio para tener más espacio disponible, y en tal espacio ubicaron un mobiliario de última generación, de esos que anteponen la extravagancia a la comodidad.

Los moradores actuales eran tres personas humanas y una persona perruna. Y aunque los humanos no le pusieran atención al detalle, el perro de la casa llegaba varias veces al día a reposar a la par del mueble en el que nadie reparaba.

Cuando llegaba la hora en que los tres humanos volvían de sus respectivas faenas diarias, el otro habitante se incorporaba, sacudía su pelambre y avanzaba hacia la puerta de entrada. Cada uno de los que iban apareciendo –los dos padres y la hija– le hacía un gesto propio, y él respondía también con gestos diferentes. Luego Sandokán, que era su nombre rescatado de los recuerdos infantiles del señor, se iba a acomodar a la par del escritorio.

En el lugar se acumulaba el polvo y menudeaban los pequeños objetos sobrantes, por eso los señores cada vez que veían al perro ahí trataban de que se fuera hacia otra parte. Él los observaba acomodado sobre el suelo y levantaba los ojos con una mirada que parecía decir: “No entiendo nada”.

Así las cosas, un día de tantos llegaron los cargadores de una empresa dedicada a transportar objetos pesados y levantaron el escritorio para llevárselo. El señor y la señora observaban con expresiones de alivio.

—Por fin vamos a deshacernos de ese trasto viejo, que es un almacén de polilla…

Cuando Sandokán se dio cuenta de lo que pasaba empezó a aullar lastimeramente, y no había forma de callarlo.

—¿Qué te pasa, chucho loco? Si hoy todos vamos a estar en un lugar más limpio…

Pero en los días subsiguientes algo como un virus desconocido pareció invadir la casa. Sobre todo el señor y la señora daban impresión de creciente debilidad. Ellos y la hija fueron a pasar consulta médica. El examen no revelaba nada en concreto. El doctor encargado los miró sucesivamente después de revisar los exámenes:

—Pues no se ve claro. Les voy a decir algo que parece fuera de toda consideración científica. Es como si una extraña forma de polilla se hubiera infiltrado en sus organismos… Yo no sabría cómo explicarlo, pero tengo el pálpito de que algo se les ha colado de manera subrepticia… Y como yo también creo en las realidades esotéricas, voy a recomendarles que busquen una psíquica competente…

Ellos se cruzaron miradas. Y él reaccionó en forma que el médico no podía entender:

—Vamos a buscar consejo profesional. Gracias, doctor.

Al regresar a la casa, lo primero que hicieron fue llamar a Sandokán.

—Ya sabemos que sos el maestro. ¿Qué nos aconsejas para superar nuestras dolencias? ¿Que el escritorio vuelva a su lugar?

El ladrido entusiasta de Sandokán no dejaba alternativa.

Buscaron a los compradores y les ofrecieron el doble de lo que ellos habían pagado. La salud es lo más importante. Trato hecho. Sandokán saltaba de alegría.

MISTERIOS DE ROPERO

En aquel hogar los roles tradicionales estaban completamente cambiados: la señora era la proveedora con el producto de su trabajo y el señor se encargaba de las faenas domésticas. Y por las reacciones de todos –es decir, de los padres y de los hijos– tal distribución no afectaba a ninguno, porque ya era una especie de norma vigente desde tiempo indefinido.

El señor ordenaba lo referente al vestuario, y desde luego era un experto en lavado, planchado y guardado de la ropa, que se hacían en aquella casa conforme a las normas de siempre. Su devoción por el orden, tanto en el diseño como en la presentación, no tenía quiebres.

La señora era veleidosa al máximo, y actuaba sin reparar en las reacciones de los demás. Ella, en lo tocante a las prendas de vestir, vivía atenta a lo que se publicaba en las revistas de moda, y era especialmente sensible a las innovaciones extravagantes.

Entonces, para mantener la armonía, el espacio clave era el ropero.

Por fuera, el ropero que compartían tenía la forma, la estructura y el color de los muebles heredados. Por dentro, era como si ahí convivieran dos mundos muy distintos entre sí. Por eso quizás cada uno de ellos cuando iba a guardar o a sacar sus atuendos sólo abría la hoja correspondiente. Aquel día, sin embargo, coincidieron frente al ropero, y se quedaron quietos sin mirarse.

—Voy a sacar mi chamarra del tiempo de la guerra –dijo él.

—Yo voy a buscar mi traje brillante que estará de moda en la próxima estación.

Entonces se rieron, como si se tratara de dos bromas inocentes. Las dos hojas se abrieron al mismo tiempo. ¿Pero qué había adentro? Como por arte de magia, en el lado de él se hallaban colgados los atuendos psicodélicos y en el lado de ella las piezas clásicas. El mensaje les hizo mirarse como cómplices por primera vez.

 


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