Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Historia y bienestar humano

La violencia ha echado raíces en siglo y medio, y eso hace difícil afrontarla con políticas del presente; y con desesperanza y desesperación se avanza por un camino de dolor.

La semana pasada se ha estimulado mi trabajo literario que tiene como marco la historia centroamericana (1855-1860). Entre otras cosas, fui invitado como participante en la nominación como Beneméritos de la Patria a Juan Rafael Mora (expresidente de Costa Rica) y José María Cañas (salvadoreño). En 1860 partieron ambos desde Santa Tecla hacia Puntarenas. Una traición alevosa les preparó una emboscada de militares traidores que habían participado en la derrota de William Walker. Ambos fueron fusilados.

Como sabemos, Walker se apoderó de una parte de Nicaragua nombrándose presidente en unas elecciones falsas, similar a lo que tres años antes había hecho en Sonora y Baja California, México, declarándolas repúblicas independientes. Llegó a Nicaragua con el objetivo declarado de apoderarse de los cinco países de la región y continuar con Cuba. Un sueño loco producto de una mentalidad profética cuyo potencial era la supremacía blanca y traer esclavos africanos a la región.

Para lograrlo se hizo contratar por políticos nicaragüenses liberales que vieron en la formación de una falange americana la posibilidad de ganar la guerra civil contra la facción conservadora. Una guerra civil que llevaba cuatro años entre ambas facciones. El partido liberal radicado en León contrató a Walker y le dio grado de general y jefe del ejército más otras canonjías. Pero el sueño del filibustero era apoderarse de Centroamérica. Para ello dio un segundo paso: invadir Costa Rica, pese a que los conservadores nicaragüenses lo seguían combatiendo con grandes dificultades, pues el ejército filibustero se había agrandado con mercenarios internacionales bien armados, con aprovisionamiento continuo desde las dos costas de Estados Unidos. La invasión a Costa Rica se convirtió en un gran fracaso. La fracción internacional formada por militares europeos y aventureros estadounidenses no soportaba ni una hora de combate para salir en estampida. Walker lo reconoció en su libro por haber caído en la peor ridiculez en Centroamérica, lo vio como una derrota vergonzosa (autobiografía).

Lo raro de esa sangrienta confrontación bélica centroamericana (1855-1860) fue que se inició contratando mercenarios invasores por parte de los liberales nicaragüenses, que se hacían llamar “democráticos” y “revolucionarios” por ofrecer un programa progresista. La paradoja: quienes combatieron a Walker fueron los conservadores; sin embargo, después de varios crímenes incluyendo el incendio de la ciudad de Granada, sede de los conservadores, los liberales se dieron cuenta de los verdaderos planes del filibustero que ya dominaba gran parte del país. Además, los ejércitos centroamericanos ya habían llegado a Nicaragua para combatir a Walker.

Esa coyuntura histórica en Nicaragua me hace pensar en lo que facilita a los nicaragüenses hacer sinergia entre fuerzas ideológicas para lograr objetivos sociales comunes. Se nota más en la ausencia total de la violencia que para un país pobre significa destinar inversión financiera en salud, y evitar emigración para huir del propio país aun a costa de la vida; preferible afrontar el infierno ajeno, antes que el del barrio. Los nicaragüenses neutralizaron ese miedo. Digámoslo sin prejuicio.

Esas lecciones históricas del siglo XIX nos hacen pensar en el error de creer que la historia comenzó ayer. Este criterio no permite priorizar en el análisis interpretativo de un pasado que reitera las tragedias sociales por desconocer sus causas. La violencia ha echado raíces en siglo y medio, y eso hace difícil afrontarla con políticas del presente; y con desesperanza y desesperación se avanza por un camino de dolor.

Siguiendo con la guerra contra los filibusteros, a esa épica podríamos llamarla Guerra Patria Centroamericana. Porque en esos años tuvimos un “ejército aliado centroamericano”, peleando en Nicaragua, cuyos jefes en orden correlativo fueron los generales Ramón Belloso (salvadoreño), Florencio Xatruch (hondureño) y José Joaquín Mora (costarricense). Todos, pese a grandes diferencias, derrotaron a los supremacistas blancos que se hacían llamar inmortales, filibusteros o falange americana, con intención de civilizar con raza pura a Centroamérica, pues los originarios – los híbridos– eran raza impura formada por holgazanes, arteros, incivilizados, (bibliografía: libro del jefe filibustero William Walker, “La guerra en Nicaragua”).

Al reparar en los verdaderos objetivos de los invasores, los liberales y conservadores, no solo de Nicaragua, se unieron para salvar la nación centroamericana en una lucha que costó miles de muertos. La conciencia fue clara, pues luego de varias peticiones de Costa Rica, por su presidente Juan Rafael Mora, los ultraconservadores Francisco Dueñas y Rafael Carrera, presidentes de El Salvador y Guatemala respectivamente, se decidieron por participar para no dejar solas a Nicaragua y Costa Rica. Existen comunicados firmes de ambos mandatarios. Depusieron sus intereses para salvar la gran nación. Lo anterior pareciera leyenda o mito, pero al contrario, es historia real, aunque el tiempo la fue convirtiendo en mito o, lo peor, fue ocultando la épica más gloriosa de Centroamérica.
El desconocimiento de la historia centroamericana nos debilita. La ignoramos cuando tenemos sobre nuestra cabeza el fin del planeta, con dos grandes medios de destrucción masiva: el cambio climático y la destrucción atómica. El peligro se da en un momento donde las competencias deberían ser alrededor de la trepidante creatividad tecnológica que tiene la respuesta para echar mano en las energías renovables y lograr la salvación del planeta. Esto no es tremendismo. La historia universal nos da lecciones y, sin embargo, mientras construirnos palacios de cristal, descreemos en la solidaridad, en lo equitativo; creemos en la confrontación, no en la unidad de contrarios, como si cada facción ideológica fuera un país enemigo, convirtiendo a la nación en víctima de sus contradicciones facciosas.
Mi larga reflexión la despierta haber conocido a fondo esta historia, gracias a la Academia Morista Costarricense, que me hizo miembro correspondiente y me concedió una medalla impuesta por el presidente de la república. Sobre esta gesta escribí un libro con la idea de romper con la leyenda, rescatar a los verdaderos héroes que dieron su vida contra la esclavitud y por la soberanía. En esa gesta se distingue con Juan Rafael Mora el salvadoreño José María Cañas. Ambos beneméritos de Costa Rica. Deben serlo de Centroamérica.

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  • 15 octubre, 2017 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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