Esta familia de origen mexicano reside en Houston desde hace décadas. Todo este tiempo ha soportado una cantidad grande de tormentas e inundaciones. Empezar de nuevo se ha convertido en una constante. ¿Por qué todavía vive en la zona si sabe que los desastres no se van a detener?

Harvey no amilana a mi familia

Un reportaje de AP

Fotografías de AP

Destructivo. El huracán Harvey tocó tierra en Texas el 2 de agosto. Llegó como huracán categoría 4, con vientos de más de 200 kilómetros por hora.

Volví a la ciudad donde nací hace pocas semanas, a una urbe abatida por una monstruosa tormenta que dejó caer la cantidad de agua que llueve en un año normalmente, desbordando sus pantanos y sus embalses. El huracán Harvey ya se había ido, pero su legado permanecía en los pisos agrietados de la casa de mi tía Christine, en el moho de la vivienda de mi prima Esther y en los baldes de agua de la casa de mi papá y mi mamá debajo de filtraciones.

Recorrí en auto barrios con montañas de muebles inutilizados y restos de paredes. Cajas repletas de libros dañados y ropa mojada, de decoraciones de navidad arruinadas y de juguetes de los Power Rangers inutilizados.

Trabajos. Cientos de familias cuyas casas resultaron dañadas todavía esperan poder encontrar contratistas que les hagan las reparaciones.

Por cinco generaciones, mi familia sobrevivió a lo peor que envió la madre naturaleza a una ciudad acostumbrada a las grandes tormentas. Pero cuando las aguas ceden, a pesar de la devastación que causan, siempre se recupera y encuentra la forma de empezar de nuevo. Después de todo, mi familia vive aquí desde hace 100 años y ningún huracán ni ninguna inundación la va a ahuyentar.
Mi madre, Amelia Contreras, de 64 años, recuerda que una tía acostumbraba a contarle sobre las tormentas que azotaban Houston. Son la forma que tiene Dios, le comentaba, de decir que “la gente debe unirse, amarse los unos a los otros”, y de recordarnos que “en un minuto Él nos puede dejar sin nada”. Tormentas como Harvey fueron lo que nos llevaron a Houston.

En 1900, un huracán enorme mató a más de 6,000 personas cerca de la isla de Galveston. Meses después, mi bisabuelo, de 16 años, Florencio Contreras, llegó de San Luis Potosí, en México, a Houston porque los planificadores decían que era un sitio más viable. Abundaba el trabajo, por lo que se radicó allí.

En una época de segregación racial, Florencio solo podía vivir en barrios de inmigrantes mexicanos o de negros cerca del embalse de Buffalo Bayou. Abrió una herrería sobre la ribera del estanque e hizo herramientas y herraduras. Llovía a menudo y las calles de la zona se inundaban siempre, pero Florencio sabía que tenía que aprender a vivir con las tormentas si quería quedarse allí y salir adelante.

Se quedó incluso después de que Buffalo Bayou se llevó a uno de sus hijos, Joe, quien tenía solo 13 años cuando se tiró al agua tras una tormenta, golpeó su cabeza contra algo y se ahogó. Permaneció, también, luego de la gran inundación de 1935, que destruyó muchas viviendas de su barrio, pero no la suya.

Mi finado tío abuelo Ernest Eguía, hermano de mi abuela, contaba que estuvo atrapado varios días en su casa después de la inundación del 35. “Los muebles, la ropa y otras cosas hubo que ir a buscarlos al estanque”, expresó en un relato de 11 páginas que me dio. No vio tanta desesperación hasta que peleó en la Segunda Guerra Mundial y su batallón liberó el campo de concentración de Nordhausen, en Alemania.

Mi familia estaba creciendo y no tuvimos otra opción que mudarnos a viviendas dañadas por esa tormenta. Roland Contreras, nieto de Florencio y primo mío, recuerda que sus amigos le preguntaban por qué la casa estaba inclinada. “Era algo muy incómodo”.

El huracán Carla azotó Houston en 1961, rompió ventanas y arrastró los autos estacionados en casa. Mi madre y su familia se prepararon almacenando agua en bolsas de basura y cocinando para 12. Cuando llegó la tormenta, su casa estaba segura sobre soportes. Pero el agua les impidió salir por varios días.

Cuando nací yo, en 1974, Houston ya era una gran metrópoli y Buffalo Bayou no causaba tantos daños. Cruzamos el puente sobre el estanque en un cómodo Chevy Maverick. Cuando se avecinaban tormentas y el agua subía, mi madre nos decía que teníamos tiempo para escapar.

Foto de AP

Nuestra casa en un suburbio estaba también cerca del agua, en Greens Bayou. Yo tenía nueve años cuando vino el huracán Alicia en 1983 y decidimos esperarlo en la casa de Lita, mi abuela materna, montada sobre pilotes en una zona céntrica. Había sobrevivido a todas las tormentas desde 1935 y sin duda estaríamos seguros allí. Esperé la tormenta acurrucado en una cama. Oía las ramas de los árboles que golpeaban el techo y las ventanas. Pude ver por la ventana chispazos del tendido eléctrico poco antes de que nos quedásemos sin luz.

Cuando pasó la tormenta, regresamos a nuestra casa, que no había sufrido daños mayores, excepto por algunos destrozos en el cerco del jardín.

Años más tarde, cuando yo cursaba estudios de posgrado de Redacción Creativa en la Universidad de Columbia, mis padres vinieron a visitarme a Nueva York en el verano de 2001. Caminando por Times Square una noche, nos detuvimos frente a unas pantallas de televisión gigantes y nos conmocionamos al ver una imagen del barrio de mis padres, sumergido bajo el agua por la tormenta tropical Allison. Mi madre dice que pensó que “tal vez no tengamos una casa cuando regresemos”. Pero, como sucede a menudo, depositó su confianza en Dios y se dijo a sí misma “todo sucede por una razón”. Al regresar, comprobaron que la casa había sobrevivido una vez más.
Pero mis parientes no habían tenido la misma suerte.

Mis tíos Christine Contreras Kahn y Andy vieron las escenas de destrucción desde su casa del sector occidental de Houston. Hasta que les llegó la noticia de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército dejaría correr el agua que se desbordaba del embalse y que el barrio donde estaba su casa se inundaría. Mi tía salió corriendo para tratar de rescatar las fotos de la familia y documentos importantes. Luego se instaló en el porche, abrió una botella de vino y se sentó a esperar. Mi tío Andy limpiaba la piscina. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, comentaría más tarde.
Se quedaron hasta que llegaron voluntarios en botes y se los llevaron.

Mi tía Esther González, una madre soltera, vive cerca del mismo embalse con su hijo de 11 años. Al despertarse encontró que había 1 metro (3 pies) de agua en su casa. Madre e hijo, y su perro Da Vinci, caminaron casi 5 kilómetros (unas 3 millas) por sectores inundados hasta llegar a un lugar seguro.

Dos meses después, sus casas siguen siendo reparadas, como las de tantas familias en la costa del golfo de Texas. La casa de mis padres, que está al frente de mi vieja escuela secundaria, sufrió daños menores, aunque los vecinos siguen esperando encontrar algún contratista para arreglar los destrozos causados por el agua en las paredes.

A la luz de tantas tormentas a lo largo de los años le hice a mi madre una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué se quedan, soportan penurias y siguen reconstruyendo y empezando de nuevo?
Su respuesta fue igualmente simple: “Houston es nuestra casa”, dijo. “No sales corriendo cada vez que hay un problema. Lo enfrentas y sigues adelante”.

Foto de AP

 


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