Opinión desde allá

por Ronald Portillo, Rumbos confluidos

 

Ronald Portillo
Periodista salvadoreño radicado en Hyattsville, Maryland.

Futuro nublado

¿Puede nuestro país recibir con dignidad a los hijos que un día expelió? La respuesta es más que obvia. Lo cierto es que muchos salvadoreños como Marvin no tendrán una noche tan buena este 24 de diciembre.

Este año termina con un panorama oscuro para una buena parte de migrantes latinoamericanos que viven en Estados Unidos. Aunque siempre los más afectados sean aquellos que no tienen sus documentos migratorios en regla, esta vez se unirán a la fila muchos de aquellos que sí los tienen. El limbo de los permisos de trabajo y la reforma tributaria que se viene podrían significar nuevos obstáculos para familias enteras.

Marvin, un exalumno recién graduado, es uno de los muchos que se van en la colada. Ante sus preocupaciones, aseguró hace unos días llevar semanas sin poder dormir tranquilo. Su situación migratoria en este país es cada día más frágil. Hace unos días visitó las aulas que le permitieron sacar su equivalente al diploma de bachillerato el semestre pasado. El día que se graduó salió con una sonrisa de sien a sien y con una meta fija de estudiar cocina profesional.

Estaba a punto de ir a una audiencia legal donde le dirían si aprobaban su solicitud de residencia permanente. Después de eso, con la ayuda de la escuela, se inscribiría en un programa universitario bilingüe para avanzar un paso más en su objetivo. “Cuando venga a visitarlo de nuevo, le voy a traer la buena noticia de que ya estoy más cerca de ser chef”, me dijo con alegría entonces.

Sin embargo, esa noche de invierno llegó con la sonrisa extinta y con la cabeza llena de preguntas. La audiencia no fue favorable y solo se tuvo que conformar con mantener su Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés). El problema es que ese permiso expira en los primeros meses de 2018, y como el Gobierno estadounidense no ha dejado claro si dará oportunidad de que se renueve, eso lo dejaría a la intemperie en términos legales. Estaría a merced de las autoridades migratorias y podría ser deportado con facilidad.

Por si fuera poco, la reforma tributaria que está por venir no le ofrece beneficios. Por tener ingresos bajos, no será favorecido con exenciones como aquellos contribuyentes de clase media y alta que ganen más de $75,000 al año. Verá menos devoluciones de impuestos y eso podría afectar la cantidad de dinero que mes a mes envía para sus abuelos y para su hija.

La situación de Marvin es una metáfora de la dependencia que El Salvador tiene de Estados Unidos. Las remesas, que para este año podrían superar los $5 millones, siguen siendo un pilar fundamental en la economía. Por más falacias de prosperidad y progreso económico que asegura el gobierno actual, ha demostrado con hechos ser tan incapaz para mantener de pie esos 20,000 kilómetros cuadrados sin la ayuda de esos envíos de dinero –que se hacen desde acá– como lo han sido todos los gobiernos anteriores, de derecha e izquierda.

En el peor de los casos, Marvin podría perder su empleo actual como cocinero en un famoso restaurante de carnes por la falta de permiso para trabajar con legalidad. Se vería obligado a buscar trabajo en uno de los muchos lugares que se aprovechan de quienes tienen una situación migratoria irregular. Sería explotado, mal pagado y, si se atreviera a volver a declarar impuestos, podría incluso pagar en lugar de recibir devoluciones. Como culmen, podría ser deportado al no estar cobijado con el TPS.

¿Puede nuestro país recibir con dignidad a los hijos que un día expelió? La respuesta es más que obvia. Lo cierto es que muchos salvadoreños como Marvin no tendrán una noche tan buena este 24 de diciembre. Por ahora, lo único que quieren es divisar qué es lo que les depara el porvenir, que por ahora sigue borroso.


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