Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

El valor de la vida

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera.

¿Cuánto vale la vida? No tiene precio, me dirá usted. Pero en nuestros países, con nuestros niveles espantosos de desigualdad y de deterioro social, sí lo tiene. La vida en nuestro entorno vale tanto como usted esté dispuesto a pagar por ella.

Vale lo que uno pueda pagar por atención de salud de calidad. No debería ser así, en absoluto, porque el Estado debería ser garante de que la salud pública sea gratuita, completa, accesible para todos, hasta para aquellos que no tienen nada. Los recursos destinados a salud deberían ser suficientes para garantizar que el desabastecimiento de medicinas, la falta de camas y la escasez de insumos fueran solo problemas temporales y corregibles, y no la regla.

La vida vale lo que uno esté dispuesto a pagar por “protección”. Una casa en una buena residencial con portón y seguridad privada, guardaespaldas, una camioneta blindada. O quizá apenas una vivienda en una colonia con pluma, en la que los vecinos se organizan para pagar un vigilante. O tener que dar la “renta” a quienes controlan la comunidad donde vives. Pagas por tu tranquilidad, por tu vida.

Sí, acá también debería ser el Estado el garante de que todos pudiéramos sentirnos seguros, sin importar nuestro nivel de ingreso. Lamentablemente no es así.

También la podemos cuantificar en razón de la vulnerabilidad. Mientras menos tienes, te vuelves más vulnerable a la violencia, a las enfermedades, a los desastres naturales. En terremotos, inundaciones o incendios, siempre los pobres se llevan la peor parte. Igual en epidemias y crisis económicas. El dinero se vuelve una armadura necesaria para sobrellevar las malas épocas y enfrentar los riesgos, y es algo de lo que las grandes mayorías carecen.

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera. Tres involucrados en el mismo accidente y solo la persona que conducía de la camioneta sobrevivió. No, no es invento mío, es algo qué pasó en esta misma semana y un ejemplo más de la vulnerabilidad en la que nos coloca la pobreza.

¿Esto se puede cambiar? Por supuesto. Con equidad, con una mejor distribución del ingreso, con una reducción constante de las brechas de desigualdad, con una mejor y más eficiente gestión de los recursos públicos, y, por supuesto, con pura y llana humanidad.

Los recientes casos de corrupción que involucran a expresidentes salvadoreños nos han dejado estupefactos por las cantidades de recursos que se malversaron: suman más de $700 millones. Esos mismos $700 millones equivalen a varios hospitales nacionales, a tres presas El Chaparral, a tres FOMILENIO II y, sobre todo, son la misma cifra de déficit que vienen arrastrando las finanzas públicas durante los últimos años.

Ese déficit, lo que le falta al Estado para cubrir sus gastos, se cubre con más deuda. Y así, el dinero que se podría haber usado para programas sociales, para salud, educación y seguridad se debe destinar al pago de esta deuda, más intereses.

Muchas vidas podrían haberse protegido, salvado y mejorado con ese dinero. Sí, la vida tiene precio, que no nos la sigan robando.


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