Hay comunidades que están ubicadas al final de un laberinto de tuberías que nace en un tanque de ANDA. Esta posición es una desventaja. El agua casi nunca alcanza a llegar hasta ellas, porque el sistema, que adolece de múltiples enfermedades, fue creado para un volumen poblacional de otra época.

El obsoleto sistema de ANDA condena a comunidades a vivir sin agua

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Ángel Gómez

Antiguo. Las cantareras eran comunes en las décadas pasadas como respuesta del Estado a comunidades pobres. En ANDA tratan de no seguir con la práctica. Pero aún existen algunas, como esta ubicada al pie del tanque de Chanmico.

Una pregunta lo había inquietado desde hacía muchos años: ¿por qué el agua le caía todo el día a los vecinos del otro lado de la calle y a él no? A Marcos Campos, como a todos los habitantes del pasaje Méndez de San Antonio Abad, se le hacía extraño que, viviendo en la misma comunidad, la diferencia en el servicio fuera tan extrema.
A ellos el agua les llegaba a cuentagotas. Y cada jornada era una especie de ruleta rusa, de rezar porque ese día fuera el bueno y que cayera un tímido chorro por dos o tres horas.

Lo suficiente para llenar lo que se tuviera a la mano. Los más afortunados, como Marcos, construyeron amplias pilas o acondicionaron tanques para poder acaparar más líquido; otros, como los vecinos de las casas de arriba, se tuvieron que conformar con depender de un mosaico multicolor de recipientes de plástico: barriles, baldes, cántaros, botellas, guacales. Cuando no caía, estos mismos recipientes servían para traer el agua que se compraba a los habitantes más afortunados del otro lado de la calle.

Para saber a ciencia cierta por qué Marcos y sus vecinos tenían un servicio tan deficiente por parte de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), hay que entender la manera en la que llega el agua hasta su casa, el paso previo antes de que arribe a la tubería que se conecta a tu contador. Se trata de un tanque.

Los hay de todos los tamaños, dependiendo de la población a la que abastezcan. En el caso de Marcos y los suyos, la escasa agua recibida provenía de uno ubicado en la calle Mano de León, en San Antonio Abad.

A través de una enorme tubería que trae agua bombeada desde muy lejos, el tanque se llena hasta el 100 % de su capacidad. Aproximadamente a las 4 de la mañana (la hora puede variar) este se abre para comenzar a abastecer al sistema de tuberías, lo que se hace exclusivamente gracias a la gravedad.

El recorrido del agua comienza justo en las instalaciones de SERTRACEN, ubicadas entre la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo Segundo. Sigue subiendo hasta la Bernal, muy cerca del Hospital Militar, donde el servicio es constante y de calidad. Luego abastece a todas las comunidades y colonias que nacen del bulevar Constitución. El agua va colmando, poco a poco, todo el sistema, hasta que llega el turno de lo que está en la 75.ª avenida norte y más allá. Es el final de este circuito de cañerías.

En este sector está el pasaje de Marcos. Un hombre que se había acostumbrado a la escasez. Y quien había tenido que recurrir a sistemas alternativos para tener el agua suficiente. Los días de lluvia sacaba sus barriles para llenarlos. Y cuando un miembro de su familia se bañaba, el agua jabonosa no se iba por el drenaje, sino que se acaparaba en un recipiente. Ambas reservas servían luego para regar las plantas del patio o para impulsar los desechos en el inodoro.

Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando el tanque se vacía en un 80 %, las válvulas se cierran y ya no se deja correr más líquido. Es entonces cuando se comprueba que el sistema está colapsado, cuando no puede abastecer con eficiencia a todos sus usuarios. Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta, en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando esto ocurre es que gente como Marcos ve salir, literalmente, solo aire de sus chorros. Es la certidumbre de que ese día no será posible lavar la ropa que ya lleva días pendiente. Y que si no vuelve a caer y las reservas de la pila se terminan, será necesario recurrir a los familiares o comprarle a los vecinos más afortunados, a los que sí les cae el agua, al otro lado de la calle. Marcos sabía que a sus familiares en la calle Mano de León nunca dejaba de caerles el agua. A ellos recurría para llenar cántaros y recipientes en su pequeño automóvil.

“A veces íbamos para allá y veíamos a la gente botando el agua, lavando la acera, o los carwash que no escatiman en nada para lavar los carros. Y uno aquí, casi a la par, sin agua. Hay cosas que uno no se puede explicar”, dice Marcos.
ANDA no es una institución capaz de cubrir a toda la población. Por esto en muchas partes del país, sobre todo en el área rural, la misión ha recaído en juntas de agua, pequeñas entidades donde los mismos vecinos de la comunidad se encargan de llevar el líquido desde un nacimiento hasta los hogares, y de darle mantenimiento a la red. Algunas experiencias han durado décadas, como las de las asociaciones de Izalco. Allí saben que se trata de un recurso finito. Por eso han establecido un número limitado de mechas a conectar.

“Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comentó hace unos meses la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que abastece a Izalco. Las mismas que están preocupadas por la promulgación de una ley de agua, una que temen porque es posible que le dé a entidades privadas la facultad de administrar, también, su agua.

La mayor parte de tanques de ANDA en el Gran San Salvador están colapsados: la cantidad de unidades habitacionales (o servicios, el sitio donde se ubica un contador individual) supera a aquella a la que, técnicamente, está destinada la capacidad en metros cúbicos de los tanques. Y no ha habido más inversión en nuevos en esta zona, la más poblada del país, al menos desde 2008, según el detalle de licitaciones para la construcción de este tipo de estructuras en la web COMPRASAL, la web en la que el Gobierno salvadoreño publica la mayor parte de sus licitaciones y contratos.

Aunque la insuficiencia tiene sus excepciones. Para darse una idea, solo hay que revisar las cifras: el tanque de San Benito, que abastece a la colonia del mismo nombre y a otras circundantes, cuenta con una capacidad de almacenamiento de 4000 metros cúbicos, pero solo abastece a 1,238 unidades habitacionales. Una relación de 3.23 metros cúbicos por servicio. En cambio, en el tanque del cementerio de San Marcos, en el municipio del mismo nombre, la relación se invierte: una capacidad de almacenamiento de 107 metros cúbicos para 809 mechas conectadas: 0.13.

Saúl Vásquez es el director técnico de ANDA, uno de los puestos más importantes dentro de la entidad. Justifica estas diferencias por la disparidad de las realidades entre ambos sitios: “No es lo mismo una casa en la San Benito que en San Marcos. En San Marcos puede haber varias decenas de casas por manzana. En la San Benito quizá solo habrá dos. Es una diferencia abismal en el consumo, pero ya eso no es un asunto que nos corresponda a nosotros”.

Comunal. El tanque de Chanmico recibe su agua, bombeada, desde el de San Antonio Abad, ubicado unos kilómetros abajo. Abastece a casi todas las comunidades del cantón capitalino.

El servicio de agua, por ello, es un mosaico de realidades. Algo que se puede comprobar en un municipio populoso como Soyapango: en Bosques de Prusia, el agua cae un día sí y uno no; en El Limón, el servicio es exclusivamente matutino. Eso cuando todo marcha según el plan. Es decir, que la demanda no es mayor que la habitual, la producción menor y que no existen fugas importantes.

Ese es otro detalle: hasta 66 millones de metros cúbicos se perdieron en 2016 en la red de ANDA a escala nacional debido a esta razón, el 34 % de todo lo que se produce. Lo suficiente para llenar 26,400 piscinas olímpicas, o para abastecer a una sola con 1,320 kilómetros de largo. Un buen espacio para que Michael Phelps muestre de lo que está hecho. El director técnico de ANDA, Saúl Vásquez, afirma que este cálculo es todavía muy conservador si se toma en cuenta, también, lo que se pierde en servicios no facturados: 47 de cada 100 litros producidos.

Para Vásquez la debilidad de las tuberías es uno de los asuntos torales por los que ANDA no puede dar el servicio que se deseara, pues una gran parte del sistema está hecho con tubería de asbesto cemento, un material quebradizo que no supera altas presiones, colocado hace ya varias décadas. Es necesario, sostiene, una renovación.

Para mostrar su punto, ilustra lo que se ha realizado hasta el momento en un sector cercano al estadio Las Delicias, en Santa Tecla, donde el problema de abastecimiento en una zona se solucionó con la sustitución de cañerías. Dice que, como entidad, han identificado varios puntos en el Área Metropolitana de San Salvador como los más urgentes para atender. Allí pueden realizar un trabajo similar. Pero el dinero, aclara, se los impide. Toda la operación les costaría $58 millones, según las proyecciones técnicas. Hasta el momento han podido realizar labores por una suma cercana a los $10 millones.

No contar con un sistema de tuberías adecuado, explica, también ha sido un lastre a la hora de mejorar el servicio en algunos sectores, pues las tuberías ceden pronto al aumento de presión. El problema se traslada del desabastecimiento a las constantes fugas.

Otro elemento señalado por Vásquez es el del crecimiento poblacional, pues la demanda no para de crecer. Para hacerse una idea, solo en 2016, año para el que está disponible el último boletín estadístico de ANDA, solo en San Salvador y La Libertad se instalaron 1,543 nuevos servicios de acueductos. La mayor parte de estos provienen de solo dos municipios, San Salvador y Santa Tecla, con 1,168.

La tercera razón sostenida por Vásquez es la falta de inversión, una que se cristaliza en el no realizado plan quinquenal presentado por ellos a inicios del periodo de Salvador Sánchez Cerén, en 2014. Un plan que costaría alrededor de $500 millones. De todo ello, confiesa, solo se ha ejecutado una cifra cercana a los $20 millones. Lo demás continúa en el papel.

 

 

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Aunque no supieran las razones por las que el servicio de agua era tan deficiente en sus hogares, Marcos y sus vecinos en el pasaje tenían una certidumbre, que conectándose a la tubería que surte a los habitantes del otro lado de la calle, sus problemas de escasez se solucionarían.

Se organizaron en una improvisada directiva e hicieron el trámite en ANDA, atizados por una persona que había llegado a construir un mesón en el pasaje, a quien le preocupaba que le costara alquilar los cuartos por la falta de agua. Las vueltas duraron dos meses. Contrario a lo que pensaban, su petición sí fue escuchada.

Manuel Galeas es un técnico de la Administración de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). A su cargo tiene el mantenimiento de la zona correspondiente a San Antonio Abad. Conoce al dedillo al sistema y todas sus enfermedades. A él llegan todas las quejas cuando el servicio falta. Para alguien como Manuel es el pan de cada día: ANDA es la entidad más denunciada en la Defensoría del Consumidor, esa institución creada desde el Gobierno para que cualquier ciudadano pueda, al menos, dejar una queja. Y ha sido la más señalada por lo menos desde 2016. En el primer semestre de 2018, 1,643 personas se acercaron para dejar una reclamación, el 43.72 % del total a escala nacional.

Manuel Galeas, el técnico encargado de la zona, explica por qué fue tan fácil y sin trabas realizar el cambio: la diferencia de presiones entre un lado de la calle y el otro es un asunto de altimetría, aunque el agua tiene, prácticamente, el mismo origen. Desde inicios de la década pasada existe un tanque, que es abastecido a través de bombeo por el mismo de San Antonio Abad, ubicado en un punto más alto, en el sector conocido como Chanmico.

Fue ideado para darle agua a quienes hasta entonces en ese cantón de San Salvador no la tenían. Y la presión es tan fuerte en la calle El Roble porque las casas que para el otro sistema están en el final, para este se ubican en el inicio.

“La fuente era la misma. El problema era la conducción. El agua que ya no les voy a dar de este tanque, se las voy a dar de este otro, pero con una mejor conducción, mejores presiones, mejores horarios. Pero prácticamente el agua es la misma”, dice Manuel Galeas en medio de su jornada de trabajo.

Marcos y sus vecinos del pasaje Méndez pudieron hacer el cambio a mediados de julio, tras apenas dos días de trabajo. La maniobra era sencilla, pues, como una suerte de gemelos, a menos de 1 metro de distancia ambos tubos cruzan bajo la calle El Roble sin juntarse nunca. Que tu contador esté conectado a uno u otro es la diferencia de una vida de privaciones o una donde abunda el agua. El cielo estaba a menos de 1 metro de distancia.

A partir de entonces las cosas serían distintas. Pero antes había que cruzar un valladar. ¿Qué sucede con un miembro que nunca se usa? Inevitablemente se atrofia, sus funciones ya no son las mismas.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

A Ana Méndez incluso le nació un manantial en medio de su cocina. Un retumbo se los advirtió. Bajo la tierra una fuerza cristalina peleaba por abrirse camino hacia la superficie. El agua comenzó a salir del punto donde, sabían, estaban las tuberías. Luego, desde la base misma de las paredes. Más tarde bajó por las escaleras hasta llegar a la pequeña tienda al frente de la casa. La única solución fue cortar el flujo del agua. La paradoja: Ana Méndez, a la espera de que se reparara la tubería, no contaba con el servicio.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

Una nueva inversión nacida de la comunidad le dio solución al problema. Colocaron una válvula para regular la presión. Todo requiere medida, hasta una bendición como el agua.

“Es el cumplimiento de un sueño. Sinceramente yo nunca creí que el agüita completa sería un día una realidad para nosotros. Para qué le voy a decir, ahorita solo palabras buenas tengo para ANDA”, comenta Marcos Campos, satisfecho porque ahora, tanto para él como para decenas de personas, la escasez del agua es una cosa del pasado. No pasa lo mismo con el resto de pasajes en ese lado de la calle, como el Londres y Los Andes, donde deben seguir pagando recibos a pesar de que el agua casi no llega a sus casas.

Tampoco con aquellas personas que viven a la misma altura o incluso más arriba que el tanque de Chanmico. Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga.

 

 

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El tanque de Chanmico, el que permite que haya un fuerte caudal en la calle El Roble y otras comunidades de San Antonio Abad, es una conquista comunal. Si bien pertenece a ANDA, no podría haber existido sin la organización popular.

El agua empezó a llegar por medio del antiguo sistema a las casas del otro lado de la calle El Roble, las que ahora sufren con el servicio irregular, a mediados de los ochenta, en plena guerra civil. Así lo rememora Miguel Cañénguez, uno de los miembros más antiguos de una de las directivas de San Antonio Abad. Pero el servicio no estaba siquiera conectado para miles de familias, forzadas a surtirse en cantareras colectivas, las únicas formas en las que el Estado había querido apoyarlos.

A mediados de los noventa, las pequeñas organizaciones que pululaban por todo el cantón decidieron colaborar para un mismo fin. Sabían que en soledad nadie los tomaría en serio. Fueron 15 directivas diferentes las que se pusieron a trabajar (y a invertir) para que cada familia disfrutara de su agua en este cantón, ubicado a escasos metros de una de las colonias más exclusivas de la capital del país.

Estrategia. En la casa de Silvia Rodríguez, en la comunidad Chanmico, han ideado una manera para captar agua lluvia desde el techo y que esta caiga directamente en la pila.

La asociación incluso compró el terreno en el que ahora se alza el gigante de cemento, en medio de grafitis y maleza. Casi nueve años duró el proceso, entre laberintos legales y peleas internas. También de duro trabajo, de cuadrillas de hombres introduciendo tubos en la tierra.

Increíblemente, el día prometido llegó. Y todos, o casi todos, pudieron contar con agua en sus hogares. También aquellos que la tenían más complicada. Por todo el cantón existen comunidades que viven en terrenos que no son suyos. En medio de esto hay historias de personas estafadas por alguien que se hizo pasar por el dueño de la tierra. Pero incluso ellos ahora tenían agua.

La misma que, según un temor ampliamente extendido entre las comunidades, ahora podría volver a escasear para todos. Es una creencia común pensar que será este tanque el que surtirá a los altos edificios de apartamentos que se están construyendo a la orilla de la avenida Masferrer norte.

Desde la sede de la Dirección Metropolitana de ANDA, el técnico Manuel Galeas hace un ademán de pausa y tranquiliza a los habitantes ante los rumores: por regla general, las nuevas urbanizaciones y grandes construcciones (como el casino y bar inaugurado hace unos meses) deben buscar su agua en otras zonas. Eso, al menos, es lo que él recomienda.

“Aquí le tenemos bastante respeto a esto, porque es la gente la que trabajó para tenerlo. Si bien es de ANDA, nosotros lo consideramos un proyecto comunal”, comenta Galeas. El agua de estos edificios, más bien, saldrá desde un tanque levantado por los mismos constructores de las residencias privadas. Se espera que parte de lo que recoja este tanque se pueda conectar a aquellas comunidades que aún no cuentan con un servicio de agua regular.
Pero no todo es romanticismo un grupo de personas organizadas. Después de que Marcos Campos y los vecinos del pasaje Méndez se conectaron a la red más eficiente, se levantaron voces de alerta. Les parecía impensable que ahora disfrutaran de su agua aquellos que no habían trabajado por ella.

Sin embargo, nuevas mechas se han estado conectando a la tubería desde siempre y a través un método que, según autoridades de ANDA, está en el limbo de la ilegalidad. Para hacerlo, una de las líderes de la directiva solicita a los aspirantes una suma económica. Quien busca cambiar el servicio debe pagar también por quien haga el trabajo manual, o hacerlo él mismo.

En El Salvador, para el agua todavía no hay una respuesta. En el seno de la Asamblea Legislativa, la discusión para una nueva ley se ha prolongado por 12 años. La última gran polémica es el proyecto que plantea que su administración debe estar en un consejo copado, sobre todo, por representantes de la empresa privada. Ha encontrado la suficiente oposición desde el Gobierno y las organizaciones de la sociedad civil para que, de nuevo, no se camine, para que el proceso haya caído en un punto muerto. Mientras, las comunidades seguirán viéndose obligadas a abastecerse de todas las maneras imaginables.

 

 

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Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga. En esta casa de la comunidad Chanmico, en San Antonio Abad, ya hace tres meses que no cae el agua. Silvia Rodríguez carga en sus brazos a su pequeña mientras hace gestos de molestia y señala la pila vacía. Y sobre esta, un curioso mecanismo que representa la desesperación: un tubo la conecta con uno de los canales del techo. Así logra captar cuando llueve un poquito de agua. Un colador suspendido asegura que el líquido no lleve hojas ni residuos.

Y alrededor de este casi inútil rectángulo de cemento, varios baldes guardan el agua que ha logrado ir a recoger desde la cantarera ubicada al final del pasaje, una que el año pasado les habilitó el partido GANA, ávido de votos, para que tanto ellos como los habitantes de comunidades circundantes, como Las Granadillas, pudieran abastecerse.
A Silvia se le mira molesta, casi con los ojos desorbitados. No logra entender por qué, estando tan cerca del tanque de Chanmico, el agua no tiene la suficiente fuerza para llegar hasta su hogar. No sabe que todo funciona con base en la gravedad, que la respuesta simple es que el tanque ya superó su capacidad y no logra generar la presión necesaria.

Uno de sus vecinos, Luis Melara, retira la llave puesta en el chorro colocado fuera de su hogar. Este fue, hace unos años, el recurso que encontraron para tener una fuente privada de agua. Aunque en el límite de su terreno, el chorro les pertenecía totalmente. El agua llegaba hasta allí y no hasta dentro de su casa porque la presión no era capaz de vencer un desnivel de metro y medio.

Retira la llave, pero el agua no brota. Desde hace meses tampoco ha sido su alternativa. También ellos deben recurrir a la cantarera, en la que ahora la sexagenaria Claudia Campos llena, con toda la paciencia del mundo, un recipiente. El chorro es tan delgado que debe ingeniárselas para colocarlo de manera que el líquido caiga adentro. En un momento, este se le vuelve tan pesado que no le es posible seguir con la operación. Llama a su nieto para que le acerque una botella más pequeña, con la cual tratará de llenarlo.

Ana del Carmen Mónico es otra vecina preocupada. En sus más de 60 años de vida, el agua nunca ha sido una necesidad totalmente satisfecha. Vive en la comunidad Las Granadillas, una de las últimas en ser conectadas al sistema. Y una de las que, actualmente, no tienen agua. Dice que tiene meses de conversar con el ingeniero encargado de la zona, Manuel Galeas, quien le ha prometido hacer algo por ellos. Manuel es un hombre con muchas preocupaciones. Sabe que no se trata de algo tan simple, que el problema no solo pasa por sus gestiones. Quizá piense que ANDA debería abrir más pozos, explorar otras fuentes de agua. Lo suficiente para que en una de sus respuestas haya, de veras, esperanza.

Ana se sienta en las gradas al pie de la casa de su vecino. Conversa animada, los ojos puestos en un aire finísimo, casi transparente, donde la vista alcanza a ver más lejos. Allá, reducidos por la distancia, los esqueletos de los nuevos edificios de apartamentos se alzan contra el cielo, que ya ha comenzado a parecerse a la miel. Y los trabajadores son nítidos muñequitos en medio de la labor.

“Esos apartamentos, de seguro, se venderán carísimo. Y yo me preguntó cómo será de tremenda la presión para llegue hasta el último piso, para que el inquilino que vive hasta allá abra su chorro y el agua le caiga. Yo digo que tener esa seguridad de que cuando usted abra su chorro le caiga el agua ha de ser bien bonito”, comenta Ana con la mirada, ahora, apuntando a sus pies.

Altura. Las comunidades que más sufren con la escasez de agua son las ubicadas a más altura. Como la Chanmico, a la que conduce una empinada calle todavía sin asfaltar.

 


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