Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

El gran silencio

Nos cuesta comprender, pero sobre todo aceptar que somos un eslabón dentro de un sistema complejo, pero rico en posibilidades de convivencia e interacción constructiva mutua.

En el cuento titulado “El gran silencio”, del escritor estadounidense Ted Chiang, un loro puertorriqueño reflexiona desde las degradadas selvas de Arecibo sobre la paradoja de Fermi, la búsqueda de vida inteligente extraterrestre por parte de los humanos y la probable extinción de su especie de loros.

A la mejor manera de los cuentos de Franz Kafka “Informe para una academia” (donde el narrador es un mono) o “Investigaciones de un perro” (donde el narrador es un can), el loro de Chiang se pregunta por qué los humanos se empeñan en buscar formas de vida inteligente más allá de su galaxia, pero no reconocen las diversas formas de inteligencia que lo rodean aquí mismo, en la Tierra.

En su alegato, el loro sostiene que su especie, al igual que los humanos, es de las pocas que puede reproducir sonidos nuevos al escucharlos. Se compara con los perros: un perro podrá aprender decenas de órdenes y sabrá ejecutarlas, pero siempre responderá con ladridos. No tiene capacidad para emitir palabras.

Este cuento fue escrito por Chiang como texto de acompañamiento a una videoinstalación realizada por Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla y presentada en la 56.ª Bienal de Venecia de 2015. El video, que puede ser visto en internet, utiliza imágenes del radiotelescopio del Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, y de las selvas circundantes que amparan el hábitat de los loros endémicos, amenazados de extinción.

La propuesta de los tres artistas funciona como una metáfora de cómo obviamos la inteligencia de las diferentes formas de vida aquí mismo en el planeta y deja al lector reflexionando sobre la arrogancia del antropomorfismo, al creer que la única y suprema forma de comunicación es el lenguaje humano, despreciando a todos los otros seres vivos que no articulan su lenguaje de idéntica forma al nuestro.

Este desprecio es base de la odiosa relación que tenemos con la naturaleza. Disponemos de ella a nuestro antojo, porque la inteligencia superior que suponemos tener nos ha hecho considerarnos dueños de todo lo que existe. Bajo esa premisa, la norma es creer que la naturaleza está ahí para satisfacer al ser humano y sus necesidades, y que las reservas naturales son inagotables.

Nos cuesta comprender, pero sobre todo aceptar que somos un eslabón dentro de un sistema complejo, pero rico en posibilidades de convivencia e interacción constructiva mutua. Por lo contrario, nuestra mezquindad y desprecio hacia las demás especies animales y vegetales nos han llevado al actual desequilibrio natural. Desde el cambio climático hasta la extinción de numerosas especies, donde nuestra impronta en provocar y acelerar esos eventos es indiscutible, el ser humano no parece demostrar su inteligencia en lo que se refiere a detener la depredación del entorno ni a construir formas de convivencia más amigables y sustentables.

Algunos científicos han dedicado sus vidas específicamente a la observación, estudio y comprensión del funcionamiento de la inteligencia animal, en un afán de determinar sus formas de comunicación y aprendizaje. Irene Pepperberg, por ejemplo, ha destacado por su trabajo con loros grises africanos, en particular, con uno llamado Álex. Los diferentes resultados de sus estudios la llevaron a concluir que los loros tienen un tipo de inteligencia particular, porque al aprender una palabra, también logran comprender su significado.

Los resultados de las investigaciones de Pepperberg sobre la cognología animal han provocado varios debates sobre la inteligencia de los animales, “una inteligencia no humana, no primate, no mamífera”, según ella misma enuncia. Para Pepperberg, la diferencia en los cerebros y las habilidades de las diferentes especies no debería ser motivo para subestimar sus formas de inteligencia.

El delfín es uno de los animales que también ha sido objeto de diferentes estudios para comprender no solo su inteligencia, sino además su complejo sistema de comunicación, que incluye gestos y chillidos, algunos de ellos emitidos en alta frecuencia y no audibles por los humanos. Su cerebro es similar al nuestro y, junto con el chimpancé, se le considera uno de los animales más inteligentes del planeta.

Es conocida como paradoja de Fermi la contradicción entre la alta probabilidad de que exista vida inteligente extraterrestre y la ausencia o evidencia absoluta de dicha vida. También se le conoce como “El gran silencio”, porque ante los intentos que el ser humano ha hecho para enviar mensajes al espacio exterior y comunicarse con dichas inteligencias, lo único que hemos escuchado y recibido como respuesta es silencio.

El cuento de Chiang, que habla de la mencionada paradoja, también considera al lenguaje como una forma de reafirmar la existencia: “Hablo, luego existo”, dice el loro de la historia. “La extinción de mi especie no significa solamente la pérdida de un grupo de pájaros. Es también la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros ritos, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz”.

El loro del cuento reflexiona al final del mismo sobre la actividad de los humanos y cómo estos los han llevado hasta su inminente extinción. El loro no habla con resentimiento y admite que la imaginación de los humanos ha creado bellos mitos y grandes aspiraciones. “Miren Arecibo. Cualquier especie capaz de construir algo así debe contener grandeza dentro de sí”, dice el loro, quien sostiene que al morir su especie, esta se integrará a ese Gran Silencio.

El empeño en encontrar inteligencias extraterrestres podría ser un reflejo de la soledad que sentimos como especie. Una soledad física ante la idea de que estamos solos en un universo tan grande cuya magnitud ni siquiera alcanzamos a imaginar, porque si nos atreviéramos a hacerlo, tendríamos también que tomar consciencia de la dimensión de nuestra pequeñez.

Pero sobre todo, la búsqueda de otras inteligencias es la añoranza que tiene el ser humano por encontrar un interlocutor con el cual compartir nuestros descubrimientos, nuestra curiosidad infinita, el asombro de lo que nos rodea, la impotencia frente a todo lo que todavía ignoramos y la sed de una respuesta para esos grandes silencios con los que andamos por la vida.

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  • 5 noviembre, 2017 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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