Hay expertos que afirman que no, que no se puede recuperar lo que el fuego destruyó en el Museo Nacional de Brasil. Pero la política se ha llenado de discursos optimistas que apelan a la restauración sin profundizar en qué fue lo que llevó a la tragedia.

El debate sobre la reconstrucción de un museo incendiado

Un reportaje de AP

Fotografías de Archivo

En llamas. Esta imagen es del 2 de septiembre de este año, cuando el Museo Nacional de Brasil, ubicado en Río de Janeiro, se quemó.

Desde que un incendio arrasó con el Museo Nacional de Brasil, de 200 años de antigüedad, la pregunta ha sido ¿se puede restaurar lo que quedó destruido?
La semana pasada surgió un rayo de esperanza cuando una misión de emergencia de la agencia cultural de Nacionales Unidas presentó la posibilidad de que algunos de los objetos sobrevivieron al incendio del 2 de septiembre y delineó un plan para reconstruir el museo y su colección al reparar las piezas dañadas, solicitando donaciones e incluso creando réplicas de los artefactos que se perdieron por medio de la tecnología 3D.

Pero la posibilidad de un nuevo museo resurgiendo de las cenizas ha generado un debate sobre si la institución puede, o debe, reconstruirse. Expertos internacionales advierten que dichas labores tienen un límite, al enfatizar la ineludible pérdida de los objetos originales, e irremplazables, mientras que algunos brasileños cuestionan el apuro por reconstruir antes de que se examine a plenitud la negligencia masiva en torno de la institución.

Aunque es alentador ver a los expertos mundiales apresurándose a brindar ayuda a Brasil, cuando “escucho a las personas hablar con optimismo desbordado del tema, no puedo evitar en pensar en que no entienden por completo todo lo que se perdió”, dijo Marcus Guidoti, candidato doctoral brasileño que utilizó la colección del museo en su investigación.
En un mundo en donde las memorias constantemente se respaldan en la nube y los expertos advierten que los datos realmente nunca quedan borrados, los museos son algunos de los últimos “bastiones de autenticidad”, dijo Vincent S. Smith, director de la División de Diversidad e Informática en el Museo Nacional de Historia de Londres. “Hay magia en la autenticidad”, afirmó.

Al Museo Nacional le sobraba autenticidad. Su edificio de la era colonial era el escenario de gran parte de la historia de Brasil —un palacio que alguna vez albergó a la familia real y como sede del imperio unido de Portugal y Brasil, antes de que se trasladara ahí la colección del museo en 1892. Entre los objetos que se teme que se perdieron, como parte de una colección de 20 millones de piezas: mobiliario y arte perteneciente a la familia real; grabaciones de lenguajes indígenas, incluyendo algunos que ya no se hablan; especímenes invaluables que van desde mariposas raras y otros insectos hasta corales; una colección de momias egipcias y artefactos considerados como los más grandes de Latinoamérica; frescos de Pompeya y uno de los fósiles humanos más antiguos del continente americano.

Lentamente han surgido migajas de lo que pudo haber sobrevivido: un enorme meteorito resistió las flamas. Pergaminos del Torá de hace varios siglos, considerados como algunos de los documentos más antiguos del judaísmo, mismos que fueron trasladados antes del incendio. Un puñado de objetos que estaban a préstamos, y algunas partes de la colección, incluyendo la biblioteca del museo y especímenes vegetales, que se ubicaban fuera del complejo colonial. Los bomberos encontraron algunos fragmentos óseos aún sin identificar en una sala en la que se almacenaban algunos cráneos.

Pero aún se desconoce el destino de la mayor parte de la colección que se encontraba en el edificio principal: las imágenes aéreas muestran poco más que un montón de escombros entre las paredes. Se temen tantas pérdidas que un candidato presidencial se refirió al desastre como una “lobotomía de la historia brasileña”.

Mientras Brasil intentaba copar con la tragedia, la jefa de la misión de la UNESCO en Brasil, Cristina Menegazzi, delineó la semana pasada un plan: arqueólogos y otros expertos trabajarán entre las cenizas para salvar y reparar todo lo que puedan. En los casos en que las piezas queden irreparables pero haya objetos similares en otros lugares, el museo solicitará donaciones y préstamos. Para los objetos únicos que se perdieron, las autoridades considerarán construir réplicas mediante el uso de fotografías e imágenes en 3D.

Existen escaneos digitales de unos cuantos cientos de piezas, incluyendo un cráneo de 11,500 años conocido como Luzia, dijo Jorge Lopes, un especialista en diseño 3D que había trabajado con el museo en la creación de un archivo digital. El Instituto de Arqueología Digital, que ha reconstruido objetos culturales perdidos, se ofreció a construir cinco de ellos sin costo.

Sin embargo, algunos cuestionan la prisa por reconstruir. Tras el incendio, las autoridades del museo han hablado de los problemas que han tenido durante años para obtener los fondos necesarios para reparar el dilapidado edificio. Uno de los funcionarios dijo que los detectores de humo no funcionaban al momento del desastre, y han surgido imágenes de fugas, paredes cuarteadas y cableado expuesto.

En un mundo en donde las memorias constantemente se respaldan en la nube y los expertos advierten que los datos realmente nunca quedan borrados, los museos son algunos de los últimos “bastiones de autenticidad”.

Muchos brasileños vieron el incendio como una tragedia anunciada y una metáfora apropiada: su historia envuelta en llamas en un momento en el que se realizaban recortes de presupuesto a las instituciones culturales y educativas en medio de una enorme red de corrupción que ha saqueado las arcas del Gobierno. Mucho se ha hablado de si el mal sistema educativo y la falta de interés de los brasileños por su historia contribuyeron a la negligencia.

“No podemos simplemente dar vuelta a la página y decir que lo vamos a reconstruir y todo estará bien”, comentó Guidoti. “Si nosotros como personas no apreciábamos la importancia histórica de ese lugar, no la apreciaremos después de que se reconstruya”.
Eduardo Viveiros de Castro, antropólogo del museo, dijo que cree que debería quedar en cenizas, como “un homenaje a los muertos, las cosas muertas, las personas muertas, los archivos muertos destruidos en el incendio”.
“No intentaría ocultar, borrar este evento, y pretender que no pasó nada, e intentar colocar ahí un edificio moderno, un museo digital, un museo de internet”, dijo al periódico portugués Público.
Una réplica “no te devuelve tu historia, porque no es lo verdadero”, dijo Taco Dibbits, director general del Rijksmuseum de Ámsterdam, que está en proceso de poner a disposición sin costo y por internet las fotografías de alta resolución de su colección de 1 millón de objetos.
Destacó que aunque las fotografías de las obras que quedaron destruidas durante la Segunda Guerra Mundial han sido bastante útiles a los investigadores, la conexión del público ha resultado afectada. “Después de varias generaciones, se convierten en sombras”, declaró.
Los científicos, en especial, subrayan la importancia de los especímenes físicos — de los que el Museo Nacional tenía miles, y que contienen información como ADN, que no puede transmitirse por imágenes.

Guidoti se especializa en tíngidos, y el Museo Nacional contaba con una de las mayores colecciones del mundo de dichos insectos, incluyendo muchos holotipos, únicos especímenes físicos utilizados como base para la descripción original de una especie —considerados como las joyas de la corona de cualquier colección científica.
Su pérdida “es completamente irreemplazable”, dijo. “Todo lo que quiera hacer en mi carrera resultará impactado por esta pérdida”.
Es posible que el debate sobre cómo preservar o reconstruir museos solo incremente conforme aumenten las amenazas a los sitios culturales, desde el cambio climático y el turismo a los ataques extremistas.

En 2016 se presentó una réplica del Arco del Triunfo de la era romana en Palmira, Siria, que fue destruido por el grupo Estado Islámico. La reproducción en mármol del arco de 1,800 años, construido por un equipo del Instituto de Arqueología Digital de Oxford, Inglaterra, se encuentra en gira desde que fue presentado.

Alexy Karenowska, director de Tecnología del instituto, dijo que inicialmente a algunos les preocupaba que la réplica se mostrara como algún tipo de equivalente del original. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el nuevo arco adoptara un significado propio.

“Realmente no se trata de los átomos y las moléculas de esos objetos antiguos los que le dan importancia”, dijo Karenowska. “Es la relación que tienen con las personas. Es lo que han llegado a simbolizar”.

Pérdida. Más de 200 años de historia estaban escritos en cada una de las piezas del museo, cuyo valor era incalculable.

 


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