A El Salvador le falta gente. La guerra civil dejó saldo de 75,000 muertos y 10,000 desaparecidos. Aunque la paz se firmó hace un cuarto de siglo, hay quienes siguen buscando a esas personas. Guadalupe Mejía es una de los que aún tienen la esperanza de encontrarlos. Ahora ha puesto sus expectativas sobre la nueva Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA).

¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Una entrevista de Valeria Guzmán

Fotografías de José Cardona

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
*

Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

 


Generic placeholder image
Séptimo Sentido

Séptimo Sentido les invita a que nos hagan llegar sus opiniones, críticas o sugerencias sobre cualquiera de los temas de la revista. Una selección de correos se publicará cada semana. Las cartas, en las que deberá constar quien es el autor, podrán ser editadas o abreviadas por razones de espacio o claridad.

septimosentido@laprensagrafica.com

Encuéntranos en Facebook (Revista 7S) y Twitter (@revista7S)

MIEMBRO DE GRUPO DE DIARIOS AMÉRICA

© 2017 Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica. Diseño de Hashtag. | Programación y mantenimiento Diseño Web LPG