El 17 de mayo se realizó una marcha en la que algunos colectivos de la diversidad sexual de El Salvador marcharon por el Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia. En contraste con el maquillaje y los tacones de las mujeres trans, un colectivo de hombres marchó exigiendo lo mismo: que se respete que aunque nacieron en cuerpos de mujeres, se reconocen a sí mismos como hombres. Y así quieren ser identificados en sus familias, trabajos y universidades.

Derecho a ser hombre

un reportaje de Valeria Guzmán

fotografias de Melvin Rivas y Érika Chávez

Marcha El 17 de mayo se conmemoró el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia.

Farid es un hombre alto, tiene bigote y ojos claros. Coloca el brazo sobre la espalda de su novia y la presenta. Ella es psicóloga y él trabaja en una dependencia del Ministerio de Seguridad. En septiembre de 2016, Farid se reunió con 90 de sus compañeros de oficina a los que conocía desde hace años y se presentó a sí mismo como un hombre trans.

Tiene 45 años y menos de uno de ser reconocido con ese nombre masculino. Nació con órganos sexuales femeninos y en noviembre del año pasado inició una transición hormonal. Antes le explicó a sus compañeros que lo habían conocido como mujer que probablemente en los siguientes meses cambiaría, desarrollaría vello facial y una voz ronca.

Farid sabía que no era un tema fácil de digerir. Dijo a sus compañeros de trabajo que respondería por su nombre legal a las personas que no lo aceptaran. Pero después de vivir toda su vida como una mujer, quería que todos supieran que desde ese día en adelante, él se reconocería abiertamente como hombre.

“Algunos se acercaron al final a abrazarme y a decirme que me habían puesto más atención a mí que a lo que se dijo sobre trabajo en la reunión”, cuenta entre risas. Los documentos oficiales siguen llevando su nombre legal, pero cuando se llama a su oficina y se pregunta por Farid, en recepción no hay ninguna duda de la persona a la que se busca contactar. “Es chistoso. Un día llamaron preguntando por mi nombre legal y mis compañeros dicen que se les hizo extraño”. En un país donde la intolerancia es la regla y donde en febrero tres personas trans fueron asesinadas en el mismo departamento en tres días, Farid ha logrado lo que pocos: aceptación.


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—Primero pensé en cortarme las venas, pero después dije ‘no puedo, si soy un gran llorón’. Así que pensé en tomarme un montón de pastillas.

Quien cuenta la historia es Antonio, un chico trans de 22 años. El sexo de las personas suele definirse por el órgano sexual con el que nacen. El género es una construcción social de lo que comúnmente se identifica con los hombres o con las mujeres. Hay personas que psicológicamente se identifican con el género contrario a su sexo biológico, esas son personas transgénero. Una persona que nace con vulva pero se identifica a sí misma como hombre se conoce como hombre trans. Antonio recién se ha aceptado como un hombre trans aunque desde su infancia experimentó la disconformidad con su género.

Farid Fernández. Él acudió a la marcha del miércoles pasado para exigir frente a la Asamblea Legislativa una ley que permita cambiar su nombre legal.

—Le dije a mi abuela que quería un juguete y me dijo que no porque yo era niña y pensé ‘pero si soy un niño’. —¿Nunca le dijiste a alguien? —No podía. Ni yo entendía lo que me pasaba. Tuve un pensamiento bien raro. Pensaba que si moría, iba a renacer como niño –cuenta mientras bebe un café en un restaurante de su municipio en oriente.

Tenía seis años y pensaba que al morir volvería a nacer en su familia. “Buscaba maneras bien tontas de quererme matar. Me subía a un palo y decía ‘si me tiro de aquí, posiblemente me muera’. Y me tiraba, pero solo me golpeaba”.

Al graduarse de bachillerato se mudó a San Salvador para iniciar la universidad. Ahí logró vestirse como quería y cortarse el cabello. Pero el miedo al rechazo de su familia lo persiguió tanto que en diciembre del año pasado decidió matarse. Escribió una carta de despedida y empezó a tomar varios analgésicos. A la cuarta pastilla paró. Decidió enfrentar su realidad. Abandonó la universidad y ha regresado a su ciudad para tomar valor y decirle a su familia por qué se viste y habla de forma masculina.

El suicidio es una amenaza constante para los miembros de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales (LGBTI). En una encuesta hecha a una muestra de este colectivo, el 61.7 % de las personas respondió que conocía a una persona de esa misma comunidad que se suicidó. Y “el 58.3 % expresó conocer a alguien (de sus grupos) que lo ha intentado al menos una vez”. Así lo publicó el Ministerio de Salud en 2016, mientras citaba un estudio.

En 2010 se creó el Decreto Ejecutivo Número 56, que establece disposiciones para evitar la discriminación en la administración pública por razones de identidad de género y orientación sexual. Este decreto no es vinculante a los poderes Judicial ni Legislativo, pero supuso un parteaguas en la historia salvadoreña.

Siete años después de que dicho decreto se hizo público, la Secretaría de Inclusión Social (SIS) estudió la activación de protocolos y otras acciones para evitar la discriminación contra la comunidad LGBTI. De 29 instituciones a las que se solicitó información, ocho no respondieron. La SIS descubrió que la gran mayoría de instituciones no logra cubrir ni siquiera la mitad de lo que deberían hacer en manera de inclusión.

Antonio quiere iniciar la transición de hombre transgénero a transexual. La transexualidad implica cambios físicos internos. Cuando alguien toma hormonas o se opera para verse y sentirse más masculino o femenino, es transexual.

Algunos hombres trans se someten a una terapia de reemplazo hormonal con testosterona. Antonio está decidido a hacerlo para cambiar su voz y poder verse cómo se siente. Mientras tanto, piensa cómo será cuando su apariencia sea más masculina de lo que ya es. “Todo mundo me dice ‘no te convirtás en un hombre machista. Yo ya viví como mujer casi toda mi vida y conozco eso. No soy machista”, dice antes de salir del restaurante. Se para frente a la puerta y la mantiene abierta para dejar salir primero a las mujeres que vienen detrás de él.


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En la Colonia Médica de San Salvador hay una clínica que es altamente demandada por un sector de la población que, hasta 2015, no tenía a quién hacerle sus consultas. A pesar de su éxito, la clínica no tiene rótulo.

La Asociación Salvadoreña de Trans (ASTRANS) tiene una clínica en la que atiende un médico general con especialización en sexología y terapia de reemplazo hormonal en personas trans y una psicóloga. Afirman que en los últimos dos años han recibido a alrededor de 200 usuarios.

El médico Modesto Mendizábal, con estudios en la a Asociación Profesional Mundial para la Salud del Transgénero (WPATH, por sus siglas en inglés), explica que los usuarios de la clínica no están enfermos: “Una enfermedad da síntomas, y ser gay o trans no genera fiebre o tos”.

El proceso que se realiza en la clínica de ASTRANS tiene base científica. Se brinda asistencia a personas que desean dar el paso hacia la transexualidad a través de hormonas. Antes de administrar hormonas en el cuerpo, las personas presentan ante el médico una serie de exámenes generales que comprueben que gozan de la salud necesaria para que su cuerpo atraviese cambios drásticos.

“Es como una segunda adolescencia”. Así explica el médico lo que pasa con las personas al ser hormonizadas. El proceso de transición no es barato. Ni el sistema de salud nacional ni el Seguro Social contemplan la terapia dentro de sus servicios, aunque las organizaciones trans lo demandan como una necesidad para la dignificación de su identidad.

Hay tres medicamentos a los que un hombre trans puede acceder en la farmacia: una inyección de Primotestón cuesta $15.47, una de Textex $12.91 y otra llamada Nevido cuesta $86.45. Cada hombre trans necesita una dosis distinta de testosterona.

“No es un simple cambio estético, se trata de desarrollo psicológico”, asegura Eliza Aparicio, psicóloga de ASTRANS. Si bien la transexualidad no es tratada como una enfermedad, las situaciones de estrés y discriminación hacen que la población trans sea más propensa a ataques de pánico, depresión y ansiedad.

No solo los profesionales de salud que trabajan con personas trans entienden que su identidad no es una enfermedad. Cerca de la oficina de ASTRANS, el psiquiatra Carlos Escalante, el exjefe del Programa Nacional de Salud Mental, considera que las personas de la diversidad sexual “deben ser libres. Tienen que ser escuchadas”.

Escalante es consciente de que no todo el personal médico está capacitado en temas de sexualidad humana. “No toda la gente lo comprende debido a que los médicos tienen prejuicios”, menciona.

El psiquiatra dirigió el área de salud mental en el quinquenio pasado y cuando se le consulta sobre programas de salud mental dirigidos hacia personas trans durante su gestión, contesta: “Teníamos tantas cosas que atender que, para serle franco, esa no la atendimos”.

Impunidad. Los colectivos trans también marcharon exigiendo un alto a los crímenes de odio dirigidos hacia mujeres trans. Sus muertes usualmente quedan impunes.


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Este jueves de mayo los integrantes de la organización HT El Salvador están tensos. Uno de sus afiliados ha sido detenido y temen que sea violentado por la policía o por las personas que se encuentran en bartolinas por su identidad de género.

HT aglutina a alrededor de 70 hombres trans. El colectivo fue creado en enero de 2014 para incidir en cuatro ejes: salud, trabajo, educación y deporte. En los últimos años también han tenido que trabajar en temas de seguridad. Horas después de la marcha de 2015 que celebra la diversidad sexual, una llamada les alertó de una agresión contra un miembro de su colectivo.

Álex Peña es un trabajador del Cuerpo de Agentes Metropolitanos de San Salvador. Tiene barba y cejas espesas y cuando saluda, aprieta la mano con tesón. Él llevaba laborando seis años como agente del CAM cuando la tarde del 27 de junio de 2015 unos policías lo golpearon. El resultado: una fractura en la órbita del ojo izquierdo y golpes internos. Las heridas fueron tan graves que se le dio una incapacidad médica de 32 días.

El 3 de abril de este año, dos policías fueron enviados a juicio por las lesiones provocadas a Álex y en octubre del año pasado otros dos agentes fueron condenados a cuatro años de prisión por lesiones agravadas contra Álex.

Su caso formó parte del informe de la situación de los derechos humanos en El Salvador que realiza el Departamento de Estado de Estados Unidos. El informe de ese año indicó que en el país hubo “discriminación generalizada y cierta violencia contra lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales”.

A pesar de agresiones como las que Álex sufrió, entre las organizaciones LGBTI se tiene claro que las mujeres trans –personas que nacieron con sexo masculino pero se identifican y viven como mujeres– son los principales objetivos de los ataques. En marzo de este año, el Estado salvadoreño fue denunciado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la impunidad en los asesinatos de mujeres trans.

El 52.5 % de las mujeres trans ha recibido amenazas de muerte o de violencia, de acuerdo con un informe realizado por la Procuraduría de Derechos Humanos y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Antes de ser atacado en junio de 2015, Álex sostiene que fue acosado por policías de la subdelegación de Ciudad Delgado al menos durante tres años. La primera vez dice que fue un día a las 2 de la tarde. “Fui a la casa de mi mamá a traer un DVD, dejé un control y me regresé. Cuando iba para abajo, un policía me pegó un empujón a la pared. ‘¿Por qué me pegás?’, le dije. Le di los documentos y empezaron a decir que era gallo-gallina porque me gustan las mujeres”.

A partir de entonces –asegura Peña– los policías de esa subdelegación lo detenían. “Querían exponerme, ridiculizarme. A veces los miraba y me iba huyendo, pero es el miedo al acoso. Me indignaba que por no tener pene, por tener pechos, se me tratara de esa manera”, cuenta con rabia desde la oficina de HT.

Sentencia. En una resolución de febrero la Corte Suprema de Justicia permitió que una mujer transexual cambie su nombre hacia uno femenino.


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En la Dirección de Diversidad Sexual de la Secretaría de Inclusión Social de la Presidencia hay informes, leyes, una bandera de colores que representa al movimiento LGBTI y en la pared, un póster de dos hombres besándose.

El jefe de la oficina es Cruz Torres. Él no lo dice, pero los datos que ha recopilado sugieren que después de siete años de haber emitido un decreto ejecutivo, varias instituciones parecen ser indiferentes ante la necesidad de inclusión de las personas LGBTI.

“Nadie en este país puede decir que no está relacionado con la población LGBTI. Uno de cada cuatro núcleos familiares tiene un familiar lesbiana, gay, bisexual, trans o intersexual”, afirma Torres mientras cita estudios de una organización internacional.

En su oficina se está trabajando en un informe que evalúa del cero al 100 las prácticas puestas en marcha para evitar la discriminación. Los criterios de evaluación son variados. Abarcan desde la creación de estadísticas específicas sobre población LGBTI hasta la contratación de personas de dicha comunidad.

“Evaluamos 29 instituciones, únicamente 21 nos respondieron. Arriba del 75 % de aceptación están únicamente el Ministerio de Salud con 82 puntos y el Ministerio de Trabajo con 98”. Arriba del 50 % de aprobación “están INSAFORP, el Seguro Social, el Ministerio de Relaciones Exteriores y ya. De ahí todas las demás están debajo del 50 %”, revela Torres.

El MINSAL emitió en 2016 los “Lineamientos técnicos para la atención integral en salud de la población LGBTI”. En ese documento el ministerio acepta que la población de mujeres lesbianas, bisexuales y hombres trans “no acude regularmente a consultas de atención integral u oculta su orientación sexual e identidad de género por temor a cualquier forma de acoso durante sus consultas”.

Xavier Hernández es el encargado de trabajar el eje de salud en la organización HT y se dedica, entre otras cosas, a impartir capacitaciones a personal médico. Los hombres trans, además de hacerse chequeos por la testosterona que algunos se inyectan, también deben realizarse la citología y descartar cáncer de mama. Ahí, cuenta Hernández, es cuando el sistema les falla.

“Varios compañeros han querido ponerse en control de algo relacionado con la salud sexual y les dicen: ‘Aquí tengo un número de pacientes que tengo que ver como mujeres, pero si usted me pide que lo trate como hombre, entonces no le puedo hacer el examen’”. Hernández asegura que una porción del personal médico no está informado sobre la transexualidad. “Una vez fuimos a dar una charla y el médico nos dijo que somos un error, que nuestras mamás no tomaron vitaminas o se golpearon, que él nos atendía pero que nos veía como gente enferma”.

Los mismos lineamientos de atención para salud de personas LGBTI del Ministerio de Salud sostienen que las personas de dicha comunidad no están enfermas por su identidad y orientación sexual. Lo que indica el documento es que el personal médico debe estar atento al posible desarrollo de enfermedades por otros motivos.

Alex Peña El agente del CAM también marchó para exigir sus derechos como parte del colectivo "HT El Salvador"

“La utilización de hormonas de reemplazo del otro sexo, con o sin gonadectomía –extirpación de ovarios o testículos–, podría ocasionar desequilibrios endocrinos generales, por lo que se debe indagar la existencia de enfermedades tiroideas y explorar apropiadamente”, se lee en los lineamientos.

Xavier Hernández sostiene que como hombres trans su salud está “a merced de lo que puedan dar las ONG, cuando el deber del Estado es preservar y promover la salud de todos los ciudadanos. Somos fuerza laboral, pagamos impuestos. ¿Por qué si yo hago lo que cualquier otro transeúnte se me va a negar a mí el derecho a la salud?”, se pregunta.


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Sebastián Cerritos estaba nervioso. Era el primer día de clases de su segundo año en la Universidad Don Bosco. El maestro había organizado una dinámica para memorizar los nombres de los estudiantes. Todos tenían que repetir el nombre de todos. Él estaba asustado. Llegó su turno. Y aunque el año anterior todos lo conocieron por su nombre de mujer, esta vez dijo “soy Sebastián”. Silencio en el aula. Algo no cuadraba.

Llegó el turno de otra compañera de clases. Como parte de la dinámica, esa chica debía presentar a los que hablaron antes que ella.

—Ella es Sebastián –mencionó la estudiante. —Él –recalcó el chico trans, por si quedaba alguna duda. —Bueno, él es Sebastián.

Sebastián se identificó como niño desde temprana edad. Recuerda que buscaba excusas para vestirse con la ropa de su hermano pero no entendía por qué se sentía mejor así. En 2010 buscó en internet por qué se sentía como hombre y encontró relatos de otros hombres trans y dijo “sí, esto soy”.

Ese mismo año le dio la noticia a su mamá y papá, pero ellos no comprendían del todo qué pasaba. “Ese mismo año dejé la universidad”, cuenta. “Llegó un punto a finales de 2011 en el que sentí que no podía ser quien realmente era. Pensé que ya era suficiente sufrimiento para mí”.

Sebastián había leído sobre una playa hermosa en oriente y decidió que la conocería y luego se ahogaría en ella. Tomó el poco dinero que tenía y le robó un par de dólares a su hermano. Con eso juntó $8. El pasaje hasta San Miguel le costó $5. Huyó. Durante cinco días caminó entre la tristeza, perdido, buscando una playa sin la seguridad de querer encontrarla.

Durante esos días durmió en la calle. Una noche mientras caminaba unos soldados lo alertaron: “Si seguís caminando por ahí, te van a matar o violar. Y ahí ya no respondemos”.

La idea de la muerte perdió todo su encanto cuando se convirtió en una amenaza real. Se arrepintió. En su casa al menos tenía su cama y comida. No tenía dinero para pagar el bus de regreso a la capital ni cómo comunicarse con su familia. Un camión de donas que se dirigía hacia San Salvador le dio aventón.

Su familia comprendió la crisis por la que pasaba. Volvió a su casa y empezó un proceso de terapia de remplazo hormonal en el que se inyecta testosterona y se mantiene en control con el médico de ASTRANS.

De su pasado como mujer solo quedan los agujeros de aretes en sus orejas y su nombre. En todas las clases logró que su nombre social fuera el que apareciera en las listas de asistencia y cuando se graduó, a pesar de que en su título aparece el nombre de mujer, fue llamado a recibirlo como Sebastián Cerritos.

Durante los últimos años los colectivos trans presionan al Estado para la aprobación de una ley de identidad de género que les permita llamarse legalmente con su nombre social aunque este no sea coherente con el sexo asignado al nacer.

La iniciativa parece no tener eco legislativamente. Las personas trans aseguran que si pudieran cambiarse el nombre, el estigma alrededor de su condición se reduciría y sería más difícil que los señalen como “enfermos”, pues su identidad legal se correspondería con la social.

Sebastián cree que el cambio de nombre le permitiría hacer cosas tan simples como hacer transacciones bancarias por teléfono. Por su proceso hormonal, Sebastián tiene una voz ronca y cuando quiere realizar algún trámite, su voz masculina no se corresponde con el nombre femenino que aparece en los documentos.

La Corte Suprema de Justicia dio un paso a medias hacia la legalización del nombre social de las personas trans el 16 de febrero de 2017. En una sentencia, la Corte Plena autorizó que una persona que había nacido como hombre en El Salvador y que, en Estados Unidos se había realizado una operación de cambio de sexo y había logrado modificar su nombre en ese país, pudiera optar a tener un nombre femenino en sus documentos salvadoreños.

“Esta Corte considera que, en la medida en que el nombre es un derecho fundamental, negar la homologación de la sentencia (estadounidense) en análisis significaría desconocer el referido derecho y, por consiguiente, la prohibición de negar al interesado que adopte, conforme a su voluntad y autonomía, el nombre con el que pretende ser conocido”, se lee en el documento.

Aunque la mujer trans a la que hace referencia la sentencia logró cambiar su nombre hacia uno femenino, la Corte no se pronunció sobre el cambio de género en su documentación. En su Documento Único de Identidad aparecerá con un nombre de mujer y con género masculino.

El nombre que le fue asignado a Sebastián al nacer no lo representa. En cambio, sí porta con orgullo el que eligió para llamarse a sí mismo. Mientras estaba deprimido, solo las melodías del músico clásico Sebastian Bach lo calmaban. Esa es la única identidad con la que se reconoce y quiere que sus documentos lo sostengan así. “Sin esa ley no existo”, dice.

Sebastian Cerritos. Él es activista de la comunidad trans. Ahora trabaja en el área de comunicaciones de ASTRANS.


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“No puedo hablar de un país democrático y en Estado de Derecho si no se puede garantizar la igualdad de derechos de los ciudadanos”, pronuncia Cruz Torres desde su oficina en la Secretaría de Inclusión Social.

Por ello, los colectivos trans interpelan de manera directa a las instituciones que podrían solucionar sus demandas. Este 17 de mayo, la Corte Suprema de Justicia y la Asamblea Legislativa han cerrado sus portones y redoblado su seguridad cuando la marcha del Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia se acerca a sus edificios.

Los colectivos trans han caminado hasta aquí durante una hora bajo el sol de mediodía. Cuando pasan frente a la Corte, las organizadoras gritan a través de los micrófonos: “¿Cuántas muertes más tenemos que contar para que se nos garanticen nuestros derechos?”

Los colectivos marchan exigiendo una ley de identidad que les permita existir dentro de un marco jurídico regulado. Mientras dos empleadas de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos observan, un vigilante de la Asamblea Legislativa revisa uno por uno los bolsos de las personas que caminan hacia el portón de entrada del Palacio Legislativo.

A unos metros de distancia, Farid, Sebastián y Álex esperan su turno para entrar. “Estos venían halados”, dice el agente del CAM que fue agredido hace dos años por la PNC. La marcha ha durado una hora a paso rápido. Después de haber caminado sin esconderse, con pancarta de su colectivo en mano derecha, limpia el sudor de su frente y observa desafiante al edificio de la Corte. Por unos altavoces, las organizadoras del evento gritan una petición: “Este es momento de dejar los discursos y tomar acciones porque los derechos de las personas trans no son negociables”. Ningún político salió a recibir a los delegados de la marcha.

 


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