Entre 2010 y 2016, El Salvador destruyó, al menos, 21 mil hectáreas de bosque, de acuerdo con un estudio mundial de la organización Global Forest Watch. Pero el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales advierte que la cifra de bosques perdidos, en realidad, podría ser más alta. Por ahora, los testigos diarios de la deforestación dan cuentas de cómo la tierra y el paisaje cambian ante sus ojos.

Décadas de bosques perdidos

Un reportaje de Valeria Guzmán

Fotografías de Melvin Rivas, Ángel Gómez y Franklin Zelaya

El terreno seco y lleno de piedras detrás de esta escuela era, hace 10 años, un pequeño cerro lleno de árboles. Así lo recuerda el profesor de Ciencias del Centro Escolar Caserío Rosario de Cerén, una escuela a la orilla de la carretera que conduce hacia Izalco.

“Toda esta área es propicia para que haya animales, pero las personas se meten a cortar leña”, dice el maestro mientras camina entre las piedras y el pasto amarillento de lo que una vez fue un terreno con sombra. Para venir a mostrar este lugar le ha pedido a tres de sus estudiantes que lo acompañen.

Los muchachos caminan callados detrás de su profesor. En contraste, el profesor no deja de señalar los troncos o raíces que han quedado sobre la tierra después de haber sido talados. “Mire, ahí hay uno”, comenta mientras atraviesa el terreno, y un par de pasos más adelante, la escena se repite: “Ahí hay otro”.

Entre la tierra árida, lo que más sobresale son unas rocas. Después de una breve caminata, el profesor repite una de las consecuencias visibles de una zona sin
vegetación: “Ni un animalito hemos visto”. El hombre coloca las manos sobre la cintura, mira al suelo –como quien ha perdido algo– y mueve la cabeza hacia los lados.

En la primera década de este siglo se perdieron 138 mil hectáreas de cobertura forestal, de acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). Lo que se perdió cada año de 2000 a 2010 equivale a casi dos veces la extensión territorial del municipio de San Salvador, es decir, una pérdida anual de 138 kilómetros cuadrados de bosque.

Como este terreno no tiene sombra, a los pocos minutos de estar bajo el sol es imposible dejar de sudar. Leonel, un joven moreno de 15 años, escucha con cara de aburrimiento la denuncia de su maestro. Él es de una comunidad cercana y conoce la zona. Habla poco, pero cuando lo hace es para dejar claro que no es la mezquindad o el odio a la naturaleza lo que ha provocado la tala de este lugar, es la necesidad de sembrar para comer y vender: “La mayoría de gente corta los árboles cuando quiere sembrar matas de loroco”, dice con seguridad.

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LA REGLA DE DESTRUIR
La regla en El Salvador es la destrucción de los bosques. En restaurarlos se avanza a paso lento. Y eso debería ser prioridad en un país en el que solo el 38 % del territorio cuenta con algún tipo de cobertura arbórea, de acuerdo con datos oficiales. La cobertura tiene que ver con el uso que se le da al suelo. Contrario a lo que podría pensarse, las urbanizaciones no ocupan la mayoría de la tierra. Casi tres tercios del país están dedicados a la siembra de cultivos o ganadería, y solo el 17 % de la superficie nacional conserva un ecosistema natural. Pero incluso esos ecosistemas se encuentran “en un estado de alta degradación”.

Además, solo el 0.1 % de los bosques se mantienen intactos, de acuerdo con estudios internacionales. A pesar de que los bosques mantienen vivas algunas especies, purifican el aire y ayudan a fijar la tierra y evitar deslaves, los beneficios de su conservación no parecieron ser suficientes para protegerlos.

El país perdió 21 mil hectáreas de bosque entre 2010 y 2016, según la organización Global Forest Watch, pero Lina Pohl, la ministra de Medio Ambiente, advierte que la cifra puede ser más alta. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas hectáreas se han perdido desde 2010 hasta 2018. La funcionaria sostiene que actualmente se trabaja en un inventario nacional de bosques que, en teoría, servirá para dimensionar con precisión la magnitud del problema.

El problema no es nuevo. Los compromisos tomados para restaurar los bosques, tampoco. En 2012, el ministro de Medio Ambiente, Herman Rosa Chávez, le anunció al mundo que El Salvador se comprometía a restaurar un millón de hectáreas de tierras degradadas para 2020. El compromiso fue asumido en Catar como parte de un acuerdo llamado El Desafío de Bonn.

Los países que forman parte de este acuerdo asumieron, en papel, la responsabilidad de restaurar 150 millones de hectáreas de tierra degradadas y deforestadas en todo el mundo. Pero El Salvador, seis años después, cumple a cuenta gotas. De un millón prometido, ha logrado restaurar 108 mil hectáreas.

El Salvador tiene mucho por hacer en términos de recuperación de tierras y ecosistemas. El Ministerio de Medio Ambiente ha creado guías para restaurar y ha designado cuáles son los lugares prioritarios que necesitan intervención, pero se ha quedado corto en términos de resultados. Las 108 mil hectáreas restauradas hasta la fecha, solo representan un avance del 10.8 % en torno a la meta que el país se propuso cumplir para 2020.

Bosque amenazado. Se calcula que existen 40 mil hectáreas de manglar en el país, pero al menos la mitad de ellas están siendo afectadas por la deforestación.

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CUANDO EL MANGLAR SE CONVIERTE EN POTRERO
En la Barra de Santiago hay hectáreas de bosque de manglar que ahora funcionan como potreros. Donde debería haber mangles por doquier, lo que se encuentra son decenas de vacas. Aquí la deforestación no se observa como un paraje desértico, sino verde. Varios habitantes de la zona han ido, poco a poco, cortando el mangle y usándolo para leña. Al cortarlo, la zona se ha ido secando y se ha convertido en el potrero ideal para el ganado de algunos. En lugar de mangles, ahora crece pasto que, con la luz del sol parece fosforescente.

Quien denuncia esto es Éder Caceros, un biólogo que trabaja en el manglar con la Asociación de Desarrollo Comunal de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS). Los bosques salados son de propiedad estatal, por eso él cuestiona por qué un terreno que debería ser de provecho para la región, en general, está siendo utilizado solo por ciertos dueños de ganado.

El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950. Si en ese año se calculaban 100 mil hectáreas de bosque salado, en la
actualidad restan 40 mil hectáreas.

Los bosques salados que restan no están a salvo. Al menos 20 mil hectáreas están siendo afectadas por la deforestación. Si la pérdida continúa a la misma velocidad que en las últimas décadas, dentro de 40 años el país no contará con ninguna hectárea de bosque de manglar.

Se trata de un ecosistema en el que se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del océano para crear un equilibrio que hace la vida posible para ciertas especies acuáticas. De su conservación también depende la calidad del aire, porque los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que los bosques secos.

La primera causa de deforestación reconocida por las autoridades es el avance de la frontera agrícola. Uno de los temores del biólogo Éder Caceros es que siga avanzando, que cada vez el límite de los potreros se extienda hacia adentro del bosque. La tierra, aquí donde debería haber un pantano, ya cambió.

Para probar que el terreno ha perdido su humedad, el biólogo desenvaina un machete y lo intenta clavar en la tierra. En lugar de hundirse, como sucede en terrenos con consistencia lodosa propia de los manglares, la tierra le pone resistencia; y él explica, decepcionado, que esto no debería pasar.

En la Barra de Santiago, como sucede en otras áreas protegidas, es casi imposible asegurarse de que los recursos naturales se mantengan si no hay apoyo de la comunidad y presencia de autoridades. Aquí se realizan proyectos de conservación y hay cinco guardarrecursos que deben vigilar la zona, pero no llega a ser suficiente ante la amenaza que enfrentan los bosques salados.

Solo en la zona de Las Salinas se ha documentado una pérdida de cobertura de 83 hectáreas. Así, “la pérdida (de manglar) más acelerada ha ocurrido en la Barra de Santiago y Tamarindo”, se lee en un documento de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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LOS BOSQUES QUEMADOS
Tres estudiantes del Centro Rosario de Cerén observan una columna de humo. Ellos están sobre un terreno con altura que hace años fue verde. Los muchachos sudan y solo esperan que su maestro de Ciencias dé la indicación para que la miniexpedición en la que ha explicado la deforestación de la zona termine. La columna de humo proviene del otro lado de la carretera. De ese lado hay muchos más árboles.

Solo en cuatro años, entre 2013 y 2016, más de 20 mil hectáreas fueron quemadas, según datos de la Comisión Nacional de Incendios Forestales. Esas 20 mil hectáreas equivalen a 200 kilómetros cuadrados. La cifra es mayor a la extensión territorial del municipio de Santa Tecla, que es de 112 kilómetros cuadrados.

Del fuego no se salvan ni siquiera los árboles que crecen en el agua. Después de mostrar la zona del manglar deforestada, Éder Caceros se dirige a un área que se está intentando reforestar con mayor éxito, conocida como El Colegio de las Aves. La historia de los mangles en la Barra de Santiago es una de destrucción y restauración. El biólogo explica que hace unos cinco años un incendio acabó con los árboles adultos de este lugar.

Y a pesar de que han pasado los años, del fuego todavía hay evidencias. Hay algunos troncos en el suelo y, aunque la zona está empantanada no cuenta con mangles altos. Caceros asegura que el incendio ocurrió por la mala práctica de quemar los campos de caña de azúcar.

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HUMANOS CONTRA BOSQUES Y ANIMALES
“El Salvador tiene un problema y es una concepción que no podemos compartir. Nosotros no tenemos ese concepto de bosque tan clásico que son las amplias masas boscosas. No lo vamos a tener nunca. Tenemos poblados y gente en todos lados”, sostiene Lina Pohl, ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, desde una oficina en San Salvador.

Que el país no cuente con grandes masas de bosque implica –entre otras cosas– que los espacios para la vida silvestre se reducen considerablemente en
comparación a la de otros países vecinos. “Belice tiene jaguar, Guatemala tiene jaguar, Honduras incluso, pero nosotros, no. El jaguar necesita hasta 200 kilómetros de bosque continuo para desarrollarse”, asegura Pohl. Por eso, conservar las especies que aún sobreviven en El Salvador es un reto en un país acostumbrado a eliminar sus hábitats.

Los manglares siguen siendo un espacio vital para la conservación de ciertos animales. A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay
espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago.

A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago. Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros y es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos.

 

Hábitat. Los manglares sirven como refugio para algunos animales, pues es el ambiente propicio para la vida de especies como el cocodrilo, el caimán y la tortuga marina.

Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros. A los pocos segundos de su
aparición, otro cocodrilo de tamaño similar se une al espectáculo. El primero es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos. Se dice que los animales se acercan a los extraños para buscar comida.

Este canal, además de servir como refugio para estos animales, propicia las condiciones para la vida del caimán y la tortuga marina.

Acá es prohibido pescar o explotar el bosque para conseguir madera. Pero en la cotidianidad, los guardarrecursos son testigos de cómo hay quienes hacen caso omiso a las instrucciones. Quizá por necesidad, dicen, la gente entra a pescar o a cazar.

Cuando encuentran a alguna persona explotando la reserva, los encargados de mantener este lugar deben hacer que la actividad cese. Pero quienes rompen la ley terminan escapando la mayoría del tiempo. “Los corremos, pero, entre el manglar, son venados”, confiesa Juan Henríquez, un guardarrecursos.

Al inicio de este canal están ubicados unos troncos y cadenas para indicar que esta es una zona restringida en la que no se puede pescar. Este día soleado de abril, justo en esa frontera señalada con letreros y palos, tres hombres jóvenes han colocado la lancha y pescan. Aunque ellos están fuera del canal, las líneas de pesca cruzan hacia adentro del área protegida.

A varios metros de ellos, un hombre sin bote arregla una red sobre el agua. Rodeado de tanta agua como está, pareciera que camina sobre ella. En realidad, asegura Jorge Oviedo, el presidente del Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES), es que el terreno está azolvado.

La gran mayoría de los ríos principales del país, el 67 %, no cuentan con árboles a su alrededor, con bosques de galería. Esto no es solo un problema por la deforestación de las riberas, sino porque influye en que los manglares se azolven, que ocurre cuando los ríos arrastran más sedimento como arena y tierra.

Cuando el lodo llega a los manglares, tapa los canales en los que se comunica el agua del océano con la dulce; no se produce el equilibrio necesario en ese ambiente. Sin este, los mangles mueren. Se extingue un ecosistema, sufren las especies acuáticas y la gente que vive de ellas.

Tala. El biólogo Éder Caceros denuncia que en este terreno de la Barra de Santiago, los mangles han sido cortados y ahora sirve como potrero para el ganado.

 

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LOS BOSQUES QUE FALTAN
Manuel de Jesús Díaz tiene 53 años, pero su piel quemada por el sol lo hace aparentar más edad. Se sube a un cayuco y empieza a remar a través del canal El Saite de la Barra de Santiago. Hacer esto hace un par de años era impensable. El canal se tapó.

“Fueron dos meses paleando”, cuenta Manuel. Así, a pura pala, los vecinos de la Barra lograron sacar el lodo acumulado que estaba afectando esta zona del manglar. El proyecto costó dinero. El trabajo para desazolvar un canal es pesado y requiere esfuerzo. La AMBAS logró ejecutar el trabajo, apoyada por FIAES y el MARN.

Manuel rema lento. Asegura que ganó $6.69 por cada tarea de tierra en la que quitaba el sedimento. Este espacio –que se considera ahora un ecosistema recuperado– también se había convertido en un potrero. El FIAES asegura que desde 2016 ha invertido $825 mil para conservar el área de El Imposible y la Barra de Santiago.

Cuando a Manuel se le pregunta qué fue lo más difícil de este trabajo, bromea con que “es comenzar”. Se ríe. Luego se pone serio y da una respuesta más formal: “Lo más difícil es que haya alguna organización que done el dinero para hacer las cosas”.

Este espacio intervenido de la Barra de Santiago contrasta drásticamente con aquel de Las Salinas. Allá, las vacas comen y se pasean en un lugar donde, en teoría, deberían habitar cocodrilos y caimanes entre las raíces y el agua de un bosque salado.

Deforestación. El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950.

 


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