CIUDADANÍA FANTASMAL (17)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

CEMENTERIO FUGAZ

Aquella aldea de retirados había ido creciendo en forma acelerada en los tiempos más recientes, de seguro por efecto de la búsqueda de rincones naturales idóneos para una experiencia crepuscular que compensara de las turbulencias crecientes de la vida de trabajo. Y en el lugar había, desde luego, distintas opciones de ubicación.
Cuando aquel gerente de toda la vida estaba llegando al fin de su trayectoria profesional, se propuso buscar un acomodo que propiciara las realizaciones más personales. Su esposa había hecho siempre lo que él disponía, y esta vez no tenía por qué ser la excepción. El escogió un bungaló que estaba en el nivel superior, y no era de los más costosos.
Se trasladaron de inmediato, sin mucho equipaje, porque la idea era emprender una vida lo más sencilla posible. Y lo primero fue, luego de la fácil instalación, mordisquear un par de sándwiches que llevaban preparados, y luego irse a reposar en la habitación que sería dormitorio, con esa gran ventana abierta hacia el entorno vegetal.
Se durmieron de inmediato, como dos peregrinos fatigados. Y cuando despertaron ya toda la luz del día se hallaba ahí, haciéndoles guardia.
—¿Dónde estamos?– se preguntaron al unísono.
Y en ese preciso instante empezó a sonar una marcha fúnebre que se fue convirtiendo en alborada emocionante.
Ellos se abrazaron, como si quisieran aferrarse juntos a la sensación que los envolvía. Y de nuevo dijeron al unísono:
—¡Feliz resurrección!

DE ORDEN SUPERIOR

Eran una familia común y corriente, en el más espontáneo sentido de la expresión. Gente tranquila y respetuosa, que convivía en su ambiente de lo que antes se llamaba clase media baja, sin problemas con nadie. Pero cuando nació la segunda hija, después de un varón y una hembra, algo parpadeó en el ambiente hogareño. El padre, que era un tímido empleado municipal, tomó una decisión insospechada: le puso de nombre a su hija Luz Astral.
Los familiares y los vecinos se sorprendieron, pero nadie dijo nada. Parecía un capricho inocente. La niña, sin embargo, en cuanto abrió los ojos pareció ponerle atención a todo lo que la rodeaba. Y así siguió con el paso del tiempo. En el ambiente la consideraban un ser muy especial, y eso era corroborado a cada paso por su forma de ser y de comportarse.
Como parecía tener una inteligencia fuera de lo común, los padres le buscaron un colegio de alto rango. Logró una beca y pudo ingresar. Su despliegue académico fue sorprendente, y muy pronto estaba graduada. Entonces vino la decisión sobre sus estudios superiores. “Quiero ser astróloga futurista”, anunció sin alternativas.
—Para eso, hija, tendrás que estudiar fuera.
—Claro, tú me señalaste el camino, papá.
—¿Yo? Pero si nunca habíamos hablado de esto.
—¿Ah no? ¿Y entonces qué significa mi nombre?
El padre se quedó pensativo. No tenía qué responder. Ella, sonriente, le dijo como una advertencia:
—Y si quieres traicionar tu propio designio, las fuerzas astrales te van a poner en orden.

PIEDRAS DESCALZAS

Cuando la familia entró en crisis financiera con indicios de fenómeno terminal, la decisión de los mayores tuvo que ser inapelable: “Nos vamos de aquí sin ninguna opción de retorno”.
Cuando todos los preparativos para la partida hacia cualquier rumbo de afuera estaban completos, ella, la quinceañera hija menor se perdió de vista. La sorpresa le dio pie a la ansiedad.
—¿Dónde está Pedrina?… ¿Dónde está Pedrina?… ¿Dónde está Pedrina?…
Por ninguna parte. Ni siquiera las autoridades pudieron rastrearla; y en estos tiempos en que hay tanta violencia circulante, eso abría perspectivas angustiosas. Ya tenían listo el proyecto de emigración, y solo se podía retrasar por muy poco tiempo. Así fue como al fin se fueron sin Pedrina, entre dudas y quebrantos.
El tiempo pasaba, y la sombra de Pedrina se hacía cada vez menos visible. Hasta que llegó un tuit sin previo aviso: “Hola, aquí estoy”. Y el hermano mayor respondió de inmediato: “¿Sos Pedrina?” “Pues sí”. ¿Y dónde estás?” “Aquí nomás, junto al arroyo”. “¿Cuál arroyo?” “El que estás viendo ahorita”…
Corrió él hacia el arroyo. Había muchas piedras junto a la corriente. Él se detuvo. Y entonces oyó una voz: “Soy yo, la piedra que está a tu lado”. El se inclinó hasta tocar la piedra. “¡Pedrina, nos encontramos, gracias por aparecer! ¿No sufres de frío por estar aquí todo el tiempo?…” “No, porque eso es parte de mi naturaleza, aquí y en todas partes… Todas las piedras vivimos descalzas”.

EN EL OTRO RINCÓN

El aire entró por la ventana entreabierta y fue a recorrer todos los espacios interiores, hasta que se detuvo en el rincón donde estaban los archivos. En aquel momento no había nadie en el lugar, y por eso el aire quedaba libre para hacer lo suyo. Sin que hubiera mano visible, una de las gavetas del archivo mayor se fue abriendo casi de manera sigilosa.
En ese instante, el aire hizo un evidente gesto de retirada, como si se estuviera exponiendo a un peligro real. Por la gaveta abierta emergió entonces un soplo que no solo tenía calor sino también color, aunque ninguno de los dos se mantenía firme más allá de unos cuantos segundos.
El soplo fue tomando entonces forma de página en vuelo, que iba de un lado a otro quizás en busca de una superficie donde posarse. Por fin lo hizo sobre aquello que parecía un pupitre de los clásicos. Cuando la página estuvo quieta en su lugar, el soplo dejó de sentirse. Se había despedido con un suspiro.
Así quedaron las cosas. Si alguien se hubiera acercado a echarle una mirada a aquella página habría descubierto unas cuantas líneas escritas. Sí, era un poema, mi primer poema.
“Aire, déjame estar contigo cada día,
aunque no me recuerdes.
Soy tu más fiel discípulo”.

EN “EL BUEN GUSTO”

Era la cafetería, sorbetería, vinatería, refresquería de sus espumosos favoritos. Cuando le preguntaban: “¿Dónde querés ir hoy?”, siempre contestaba “¡Al Buen Gusto!”, así entre admiraciones entusiastas. Y su abuela materna, que era disciplinaria y condescendiente al mismo tiempo, casi siempre que iban al centro de la ciudad, le cumplía el deseo. Esquina opuesta se hallaba el Teatro Nacional, que entonces funcionaba como cine, y él, cinéfilo de vocación tempranísima, iba solo a ver películas desde la más remota infancia, pero no se atrevía a entrar solo en “El Buen Gusto”…
Aquel domingo, sin embargo, cuando venía saliendo de la función matutina en la que acababan de pasar una película del Lejano Oeste, alguien le hizo un gesto de invitación desde una de las mesas del interior. Él se detuvo, porque el gesto exudaba confianza. Y luego acudió al llamado.
—¿No me reconoces?– le preguntó, levantándose de su asiento, el señor de apariencia extranjera que estaba ahí acomodado.
Él hizo un gesto de negación sin decir palabra.
—Soy tu tío Richard, y acabo de llegar del Norte.
¿El Norte? ¿Qué significaba el Norte?
—Nuestro lugar de origen. También el tuyo. Soy hermano menor de tu abuela Lilliam. ¿Nunca te ha hablado de mí?
Él volvió a hacer un gesto de negación.
—Siéntate y pide lo que quieras. No tenemos prisa. Yo estoy hospedado ahí a un paso, en el hotel Nuevo mundo. Míralo. Se ve desde aquí.
Él aceptó la invitación.
—Y si quieres algo, pídelo.
—Un espumoso.
Se acercaba en ese instante el mesero y tomó la orden.
Fueron pasando los minutos. Y de pronto llegó el momento de despedirse. Richard lo miró a los ojos, con intensidad familiar. Se fue cada quien por su lado. Él no comentó el encuentro. A su abuela Lilliam solo le preguntó, como quien no quiere la cosa: “Abuelita, ¿y los fantasmas existen?”

 


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