CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

TORMENTA MANSA

Era hora de volver a casa después del festejo. Había que desalojar el lugar, que era una gran terraza sobre los alrededores, con la cadena de colinas al fondo. Detrás de ella, el mar invisible pero presente, sobre todo cuando, como en ese momento, los nubarrones auguraban borrasca.
Pero alguien parecía reacio de repente a concluir el encuentro con la despedida usual: el jefe del servicio de limpieza de la institución cuyo personal había estado reunido para celebrar el fin de año. A él lo conocían todos como un hombre reservado y cumplidor, que apenas desataba palabra; pero ahora era un surtidor desconocido. Los músicos iban a retirarse, pero él los detuvo:
—Quédense un rato más, amigos. Hay que cantarle a la vida. Quiero que me acompañen a cantar “Gracias a la vida”… ¿Preparados? ¡Uno, dos, tres, ya: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
La voz se le quebró. Parecía a punto de desvanecerse. Se le acercaron para auxiliarlo, si era necesario. Él emprendió entonces ágilmente la marcha hacia el barandal de la terraza y, sin decir más, escaló los hierros y se lanzó al vacío. Y entonces sí la borrasca anunciada se desató pero en forma de profundo silencio.

PARÁBOLA DEL TRÁNSITO

Los pobladores de aquella zona estaban acostumbrados a ver pasar peregrinaciones porque muy cerca de ahí, en una hondonada natural del terreno, se hallaba lo que se dio en llamar popularmente “la cueva de los milagros”. Y es que los que acudían a dicho lugar resultaban beneficiados por el cumplimiento de alguna petición personal, como se sabía con comprobaciones fehacientes o al menos por testimonios convencidos.
Pero aquella peregrinación que acababa de cruzar el puentecito de madera sobre el río Las Cañas traía consigo imágenes que estaban en el borde de lo sobrenatural. Y entre los peregrinantes venía él, Pedro el Apóstol, como le llamaban sus allegados. Cuando la fila llegó junto a la línea de rieles ya se sentía la trepidación del ferrocarril que venía del oriente.
Y al llegar al punto la máquina se detuvo. Todos los que venían en él desembarcaron de inmediato y se dirigieron hacia la cueva. Los peregrinantes en cambio continuaron sin detenerse. Ellos eran portadores de su propio milagro: la ilusión de caminar sin fin hacia la lejanía de su propio destino.

EL UNO PARA EL OTRO

Apareció en la vida de la muchacha cuando ella apenas estaba remontando la niñez hacia una adolescencia saturada de presagios inciertos. Él era un deportado que andaba en su primera juventud, y la experiencia vivida le marcaba todas sus actitudes y reacciones, aunque la mayor parte de las veces en forma sigilosa y casi invisible.
Anduvo rondándola por algunos días que iban en camino de ser semanas, y en algún momento, mientras estaban sentados en una de las bancas del parquecito del barrio, ella le hizo una pregunta inesperada:
—¿Venís por mí para hacerme feliz o para hacerme desgraciada?
—¿Y vos que querés ser: desgraciada o feliz?
—No sé. Hay que hacer la prueba.
Y de inmediato escaparon sin decirle nada a nadie. Cuando aparecieron traían marcas cambiantes: la felicidad y la desgracia se les marcaban a uno y a otro como si aquello fuera un juego de azar.

CAMBIO DE ESTACIÓN

Vivían en un pequeño castillo ubicado en la única elevación del terreno, que era un valle dilatado hasta las orillas del mar. Él era un conde venido a menos porque todos los bienes externos se le habían esfumado en una vida disoluta y sin propósito, y ella era una plebeya venida a más por obra y gracia de las virtudes del arte.
Todos los alrededores se habían vuelto un sinfín de malezas abandonadas entre las que circulaban animales salvajes. Ellos, que guardaban muchas monedas en baúles, vivían de lo que les proveían algunos vecinos generosos, y casi siempre estaban en la más absoluta soledad.
Durante el día, él pasaba literalmente escondido en lo más alto de una torre y ella refugiada en su sótano, escribiendo a ráfagas los testimonios de su mundo interior. Todo hacía sentir que aquella rutina se extendería hasta el final de la vida de cada uno; pero de repente vino la catástrofe natural: aquel huracán que lo devastó todo. Todo, salvo el pequeño castillo. Cuando pasó, sus dos moradores salieron, transfigurados. Después de ser almas en pena eran hoy almas en gracia, necesitadas de salir al mundo. ¡Buen viaje!

AMOR A PRIMER CRISTAL

Se tuvo que ir a vivir donde sus tías solteras cuando sus padres se fueron de esta vida casi al mismo tiempo. La casa estaba ubicada en una zona de la ciudad que fue de primer nivel en otra época y que hoy era un hacinamiento de talleres mecánicos y de negocios de poca monta. Su único equipaje al llegar era aquella maleta de tela gruesa en la que cabían todas sus pertenencias personales.
Desde el principio se sintió en esa casa como en su mundo ideal. El toque vetusto fue siempre su favorito. Además había un jardín posterior en el que abundaban las gardenias y las madreselvas. Y para más ventura, en el cuartito donde dormía había una ventana sin cortina.
Esto último fue el mejor augurio, porque en la casa vecina, solo separada por un pasillo embaldosado, había otra ventana también sin cortina. Y aquella tarde, ya con la luz solar en escapada, se produjo el encuentro de ventana a ventana. Era ella sonriendo y era él sonriéndole. Imágenes unidas en el aire para siempre.

MENSAJE RECIBIDO

Murió el padre. Murió la madre. Murieron los hermanos. Murió la esposa. Murieron los hijos. Un tsunami de abandonos sucesivos, que tenía que detenerse porque ya solo él quedaba. Y lo más curioso era que todas aquellas pérdidas, que parecían marcadas por un reloj macabro, le habían venido dando un crecimiento insospechado de energías interiores.
Y así tomó la decisión de irse de viaje, por primera vez en su vida. En la víspera de partir tuvo el repentino impulso de ir a revisar papeles en el armario más antiguo de la casa, ese donde sus padres guardaban documentos, cartas y hojas manuscritas. Ahí, en un sobre de manila, encontró de pronto una fotografía donde estaban todos juntos, desde sus padres hasta sus hijos; aunque curiosamente el que no aparecía era él.
Le brotaron las lágrimas, pero un susurro pareció surgir del retrato:
—No te angusties, Juan. No estamos ausentes. Ahora que vas de viaje nos irás encontrando en cada uno de los lugares que visites. Y al final todos vamos a estar juntos. Que el aire y la luz te acompañen.

PARÁBOLA EN CÍRCULO

Desayunaban en el corredorcito que daba a la franjita de jardín que estaba junto a la acera. Era como comer en la calle, lo cual venía a ser la remembranza más plástica de los tiempos en que ambos fueran indigentes, antes de que aquel billete de la lotería que encontraron en una banca del parque les diera el empujón hacia arriba. Compraron casa y el resto lo guardaron en el bolsón.
En esas estaban aquella mañana de sábado cuando sin que lo advirtieran se detuvo en la acera, frente a ellos, aquel mendigo astroso, que los observaba fijamente como si quisiera estar seguro de reconocerlos. Por fin tuvo el gesto de haber dado en el clavo, y casi les gritó:
—¡Trapuda, Garfio, por fin los hallo! ¿Me pueden dar algo de comer?
Los aludidos reaccionaron como si los tocara una corriente eléctrica. Se levantaron a toda prisa y se metieron en la casa. El mendigo, entonces, traspasó la verjita y se fue a recoger lo que quedaba en la mesa. Luego desapareció como había llegado. Y aquel mediodía ocurrió el desastre. Un cortocircuito desató el voraz incendio en la casa. No quedó nada. Días después, dos indigentes más deambulaban por los alrededores.

 


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