CIUDADANIA FANTASMAL (11)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

MISIÓN DESVELO

Faltaban varias horas para que el vuelo llegara a destino y las luces de la cabina estaban apagadas para que los pasajeros pudieran dormir tranquilamente después de la cena. En la sección de primera todo estaba en silencio, con los tripulantes de cabina en su espacio propio. Por eso nadie pudo prestarle atención a la lucecita voladora que circulaba entre los asientos. Bueno, nadie salvo aquel adolescente que viajaba solo a la par de un asiento vacío.

De pronto la nave tembló, como si fuera presa de un escalofrío premonitorio. Entonces el adolescente insomne se incorporó con impulso que no tenía nada de angustioso. En un instante pareció desvanecerse en la densa penumbra. Si alguien hubiera estado atento al exterior, habría visto una sombra que flotaba aleteando a la expectativa. Cuando el avión se precipitó hacia las aguas, el adolescente solitario se alejó a dar cuenta de su misión cumplida.

EL PRÓXIMO JARDÍN

Fueron a hospedarse en el único hostal disponible en todos los alrededores. Era más bien una posada de las de antaño, con música de victrola, salón de estar con mecedoras y cocina de leña. La persona que estaba en el mostrador de entrada los miró como si hubiera estado esperándolos: “Bienvenidos, aquí pueden quedarse el tiempo que quieran. Ya alguien pagó su estadía”. Ellos se miraron sin sorpresa.

Durante los días siguientes ambos anduvieron por el entorno, como si quisieran reconocer el terreno desconocido. En realidad lo que buscaban eran indicios sobre lo que podría ser su próximo destino. Mientras caminaban por ahí, alguien se les acercó sin que se percataran:

—Hola, soy su guía aunque no me conozcan. Ya sé que ustedes acaban de ser desalojados de su lugar de origen y que andan buscando un nuevo destino. No se preocupen, yo tengo el jardín que buscan. Aquí tengo el brochure, miren: Paraíso II.

ALGUIEN OBSERVA

Salió de la prisión donde había estado recluido por un delito de estafa imaginativa. Su buena conducta le posibilitó volver a la calle antes de cumplir el tiempo de la condena. La primera impresión al salir fue la del aire libre, que era respirable de otra manera. Pero de inmediato llegó la pregunta: ¿Hacia dónde dirigirse? No tenía familia ni amigos. Era un indigente existencial, aunque no tuviera capacidad de identificarse como tal.

Se dedicó a recorrer las calles y mucha gente al verlo hacía el intento de darle limosna. Él seguía de largo, como si no fuera con él. Pero de pronto se dio cuenta de que podía ser una fuente de ingresos fáciles, al menos para comer un poco. Y ahí se quedó entonces, en una esquina, sentado en la acera, con un huacalito a la par.

Un cierto día nadie lo volvió a ver en el lugar. Nadie supo que se había trasladado al alero vecino, y que desde ahí observaba sin animarse aún a desplegar las alas.

EL ALTAR SECRETO

Se conocieron en un tren interestatal cuando iban ubicados en asientos inmediatos. De seguro la armoniosa trepidación de la máquina les removió sedimentos anímicos profundos y de ahí les nació el enlace emocional que se les haría consciente antes de llegar a la estación de destino. No volvieron a separarse, y todo parecía avanzar sobre ruedas. Formalizaron la relación y estaban a punto de casarse.

Entonces tanto él como ella comenzaron a sentir una ansiedad que no tenía precedentes. No se atrevían a comentarlo porque les daba miedo romper el encanto. Así llegó el día del enlace, y todo estaba listo en la capilla más cercana, a la que nunca habían entrado antes. Sonó la hora. Ceremonia común. Pero mientras estaban hincados frente al altar, este empezó a transfigurarse. Parecía un tren que llegaba al destino final, y de él brotaba un oficiante cubierto de luz:

—Contrayentes, ahora que están solos, únanse por su cuenta hasta el fin de los tiempos…

FLORECIMIENTO MAYOR

De pronto tuvo la sensación de que las palabras tienen vida propia, y eso le hizo entrar en una especie de sigilo emocional, porque ya no sabía qué podía surgir de lo que expresaba de viva voz. Así fue entrando en las estancias del silencio, que se le hicieron cada vez más familiares.

A su alrededor, muchos se preguntaban: “¿Qué le estará pasando a Prudencio? ¿Será que quiere hacerle honor a su nombre?” Nadie le hacía la pregunta directa, y él iba sumergiéndose en sí mismo, como en un estanque poblado de nenúfares.

Cuando estuvo a punto de desaparecer en ese pequeño piélago, una mano invisible lo alzó hacia arriba. Él dejó hacer sin resistencia, como si le invadiera la conciencia de lo inevitable, y entonces se oyó la voz:

—Estás perfectamente entrenado para valorar lo que dices y lo que callas. Vuelve a ser el que eras hoy con una maestría plena.

LOS ECOS NO PERDONAN

Empezaron a sentir el calorcillo de la emoción amorosa prácticamente desde que eran niños. Ya adolescentes iniciaron el noviazgo en forma, como si aquello fuera para la vida entera. Pero al traspasar la línea de los 20 años, algo pasó y acabaron yéndose cada quien por su lado.

Pasó el tiempo, y ellos no volvieron a verse. Quisieron rehacer sus respectivos destinos sentimentales y formalizaron uniones que parecían estables. Entonces les renació la más antigua ilusión, como un goteo compartido sin saberlo. Hasta aquella tarde en que ambos estaban solos oyendo boleros cantados por María Dolores Pradera, su favorita de siempre. Ahí a la mano hallaban los respectivos iPads:

—¿Estás oyendo lo que yo oigo?

—Iba a preguntarte eso en este instante.

TRIBUTO A LA CONFIANZA

Ella era estudiante de filosofía y lo único que sabía de Giorgio era que venía de Italia, ese mundo que siempre le pareció la quintaesencia de lo soñable. Él andaba en tareas de investigación social, y de seguro no se estaría mucho tiempo en tierras centroamericanas. Pronto se fueron juntos a pasar un fin de semana en un hotel de la Costa del Sol, y funcionó desde el primer momento la armonía de los aromas.

Pronto estuvieron las cosas a punto para tomar decisiones. “Me encantará irme contigo a Sicilia, a vivir en Agrigento, la tierra de Empédocles, el filósofo griego…” “Y a mí me encantaría quedarme a vivir aquí, donde la tierra, el agua, el aire y el fuego tienen alianza perfecta… “¡Es lo que hubiera anhelado Empédocles!”

Se tomaron de las manos y dijeron a coro:

—Entonces vivamos aquí y allá como en un columpio mágico…

 


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