El país donde 8 de cada 10 escuelas no tienen biblioteca

Sin bibliotecas.

“Un país que pretende caminar firmemente hacia el desarrollo debe contar con bibliotecas de calidad en cada una de sus escuelas”, dice una publicación del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLAC). En El Salvador, solo dos de cada 10 centros escolares cuentan con una.

A escala nacional, las bibliotecas no son lo único que hace falta en las escuelas. En 18 centros educativos no existe ninguna forma de abastecimiento de agua, 128 no poseen ningún tipo de instalación eléctrica y siete de cada 10 no tienen acceso a internet, según registros del Ministerio de Educación (MINED).

Dentro del 21 % de los centros educativos públicos que cuentan con una biblioteca existen casos en donde los libros no se utilizan. Las “bibliotecas” pueden estar, pero no se han establecido dinámicas o espacios que coloquen los libros al alcance de los estudiantes.

En una esquina del Centro Escolar Hacienda Florencia, ubicado en Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad, un número considerable de libros permanece desordenado y lleno de polvo. Dos paredes blancas con pequeñas marcas que indican suciedad y telarañas conforman el espacio físico que rodea los ejemplares. Una estructura de madera dividida en tres partes se encarga de sostenerlos. No hay deterioro, pero sí, descuido. Julia Castillo, directora, define la situación de la siguiente manera: “Ahí están (los libros), solo hay que darles vida”.

El lugar ha perdido el brillo de hace dos años. En octubre de 2016, se inauguró aquí uno de los llamados “rincones de la lectura”. Es decir, un espacio destinado a que los estudiantes tomen cualquier libro y lo lean. De acuerdo con Luis Rosales, subdirector, se trata de un proyecto que el año pasado aún funcionaba, pero que actualmente la administración no se ha animado a renovar. Julia Castillo lo reconoce: “No se le está dando el seguimiento que en un principio se le dio”.

Los rincones de la lectura están compuestos por libros de literatura universal, cuentos y leyendas. La directora y el subdirector coinciden en que, con el paso del tiempo, algunos libros se han perdido. Otros, como “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, se mantienen. En su momento hubo cojines y alfombras. De eso, solo ha quedado la placa del recuerdo, las fotos y un conjunto de obras literarias en menor cantidad que hace dos años.

Una biblioteca se define como el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura. Sin embargo, en este centro educativo, los libros en lugar de leerse han quedado poco a poco en el olvido. “Solo ven la portada y los dejan por ahí”, declara Corina Turcios, profesora de segundo grado.

“¿De qué sirve que nos den libros, si en muchas ocasiones, esos libros se los comen los ratones? Ahí están guardados en las cajas”, dice Luis Rosales. Él ha trabajado en el Centro Escolar Hacienda Florencia desde 1989 y pronuncia estas palabras en su oficina. Su expresión adquiere un significado extra tomando en cuenta que en 2016 este centro escolar recibió una donación de más de 300 ejemplares, los cuales fueron recolectados a través de la campaña “Dona un libro”.

Rosales es uno de los fundadores del tercer ciclo. Su cargo está en la Subdirección, fuera de los salones de clase. No obstante, conoce cada detalle y necesidad de su escuela. Mientras habla, muestra el cuaderno de un estudiante de primer ciclo que en reiteradas ocasiones ha incumplido con las actividades solicitadas por su docente.

De acuerdo con Rosales, hace 20 años el Ministerio de Educación asignó al centro escolar una cantidad considerable de ejemplares. No recuerda el número exacto, pero reconoce que de ahí surgió la primera idea de poner en funcionamiento una biblioteca. Posterior a eso vino la construcción de un espacio físico en 2005. “Hubo un alcalde (Vidal García) al que le pedimos que nos construyera un local especial para la biblioteca. Lo construyó y se montó”, dice.

El espacio físico creado, en un principio, para el funcionamiento de una biblioteca es ahora el salón de clases de la sección de parvularia. Más de 250 libros se conservan agrupados en diferentes estantes al fondo del recinto. Una serie de pliegos de papel bond decorados que cumplen la función de “ambientar” el aula los mantienen ocultos.

Rosales explica que el anhelo de esta escuela era recibir algún tipo de fondo por parte del MINED o la Alcaldía Municipal de Nuevo Cuscatlán para la contratación de un bibliotecario. Es decir, una persona encargada del cuidado, organización y funcionamiento de una biblioteca.

“El ministerio siempre manifiesta no tener fondos”, afirma el subdirector. Ante esto, de acuerdo con Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, la cuestión trasciende y radica en que, dentro de la Ley de la Carrera Docente, no existe la plaza de bibliotecario.

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UN DOLOR DE CABEZA EXTRA

Según estadísticas del MINED, de los 5,136 centros escolares públicos en todo el país, solo el 72 % se situaban, hasta 2017, en terrenos propiedad del ministerio. FOMILENIO II entregó, para ese año, 119 títulos de propiedad. El Centro Escolar Hacienda Florencia no formó parte de ellos. Uno de sus mayores problemas está arraigado en ese aspecto: el MINED no puede invertir en infraestructura de escuelas que no estén en suelo de su propiedad.

“La estructura del centro educativo no está legalizada. Desde hace nueve años el MINED no ha sido capaz de legalizarla y aquí no puede invertir. La burocracia del Estado no lo ha permitido”, manifiesta Luis Rosales con indignación. En cada oración que formula asigna una buena parte de la responsabilidad al organismo de Educación. Se desahoga. Agrega que el ministerio no tiene una pretensión real en que las bibliotecas escolares funcionen y que sus proyectos nada más tienen un interés mediático.

Julia Castillo, directora de la escuela, se expresa así: “Mi prioridad es la legalización del centro escolar”. De acuerdo con ella, hace ocho o 10 años, una cooperativa cafetalera les donó el terreno. Desde entonces, los trámites para obtener el título de propiedad iniciaron. En la actualidad, según Julia, las excusas y obstáculos han continuado, a pesar de que el caso ya está en la parte jurídica del MINED.

El monto de transferencia del Centro Escolar Hacienda Florencia, según Julia Castillo, es de $2,900. Este fondo se destinada a la compra de material didáctico, la limpieza y el programa de alimentos. “A veces dan una parte en agosto y la otra en diciembre, cuando las escuelas ya están endeudadas”, explica. Hasta junio de 2018 no habían recibido “ningún cinco” por parte del Ministerio de Educación.

Está claro que los libros no son una prioridad, ni la mayor preocupación en un centro escolar donde el dinero no alcanza y donde aún no cuentan con las escrituras del terreno en el que opera. En el Centro Escolar Hacienda Florencia los libros están presentes, pero eso no garantiza nada. Un extracto de la investigación “Por las bibliotecas escolares de Iberoamérica” lo explica así: “No basta con tener una biblioteca escolar, es necesario que la escuela genere prácticas lectoras, pues si no hay razones para leer, la biblioteca no cumple a cabalidad su función”.

Luis Rosales reconoce que, de parte de la administración de la escuela, no han logrado algo estable, ni serio. Esta es su realidad. También la de otros centros escolares públicos en El Salvador.

Carencia. El Centro Escolar Hacienda Florencia, de Nuevo Cuscatlán, cuenta con una biblioteca. Sin embargo, los libros se encuentran en malas condiciones y en peligro de deterioro.

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UN PANORAMA DISTINTO

La biblioteca del Centro Escolar Soledad Moreno de Benavides es limpia, amplia e iluminada. Un fondo blanco, muebles, estantes, peluches, además de los 700 libros en buen estado son elementos que complementan su esencia.

La regla principal, antes de entrar a ella, es quitarse los zapatos. Los estudiantes de la sección de cuarto grado lo tienen claro. Como todos los miércoles de 8 a 9 de la mañana les corresponde ir y leer. Ahora es el turno de “La escuela secreta de Nasreen. Una historia real de Afganistán”.

Kenia Flores, docente, se encarga de leer el ejemplar en voz alta. Sus alumnos, inquietos y con ganas de hablar, escriben qué le agregarían a la historia. Algunos se ponen de pie, pasan al frente y, nerviosos, comparten su conclusión con el resto de sus compañeros. Trascienden de la lectura a la escritura. “Que en el país no hubiera maldad, que no hubiera más violencia e ir libres a la escuela”, dicen, poco antes de que suene el timbre para salir al recreo.

La escuela, ubicada en Candelaria de La Frontera, departamento de Santa Ana, es una de las 84 a escala nacional que forma parte del programa Soy Lector, creado e implementado por la ONG ConTextos, que se encargan de desarrollar bibliotecas en diferentes escuelas públicas de El Salvador. Se hace referencia a ellas como “espacios de refugio en uno de los países con las tasas más altas de homicidios”.

Para saber si una biblioteca escolar es garante de calidad, ConTextos recomienda tomar en cuenta tres características que debe cumplir: activa, atractiva y funcional. Desde hace tres años, la del Centro Escolar Soledad Moreno es una de ellas. ConTextos les donó 300 libros en 2016; un año después fueron 400. En total, la escuela registra 434 estudiantes y 700 libros de literatura infantil, juvenil y género informativo. Dicho de otra forma, 1.61 de libros por cada estudiante.

Telma Yanira, directora del Centro Escolar Soledad Moreno, asegura que en este centro educativo ya existía una “biblioteca”. No obstante, según ella, había libros desfasados y un entorno físico inadecuado. Nada comparado a lo que se observa ahora. Los ejemplares están limpios, ordenados, en buen estado y se leen.

En su mayoría, se trata de libros especializados para lectores emergentes. Están divididos en tres niveles: avanzado (color azul), fluido (color celeste) e inferencial (color rojo). El 80 o 90 % de la colección es de ejemplares ilustrados. Un formato más contemporáneo y utilizado, según Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, en países como Argentina o Colombia.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

En esta escuela, los alumnos de tercer ciclo son quienes cumplen la función de bibliotecarios. Sus nombres y horarios están escritos en un pliego de papel bond pegado en las paredes de la biblioteca: Gisela, Franklin, Érika, Emerson, Cristina, Kevin… la lista sigue. En total son 26. La mayoría son niñas. Kattia Jiménez, de séptimo grado, es una de ellas.

La voz de Kattia predomina por encima del resto de jóvenes reunidos en el centro de la biblioteca. A pesar de su timidez se expresa con claridad y precisión. “Leer nos ayuda, porque también hay cosas que forman parte de nuestra cultura. Antes no nos gustaba, pero ahora sí”, comenta. “Yo nunca le había leído un libro a un niño. Uno me dijo que no podía y le ayudé”, agrega una de sus compañeras.

Mientras cada uno de los bibliotecarios comparte sus valoraciones, Melvin Moreno, capacitador del programa Soy Lector, menciona una de sus experiencias: “En un centro escolar yo escuché de una niña que le está ayudando a leer a su mamá a partir de lo que ha ido experimentando en la biblioteca”.

Además de los estudiantes también están los profesores, quienes, por su parte, han recibido más de cinco capacitaciones para la utilización de la biblioteca. Vera Flores, profesora de Lenguaje y Literatura, es una de las docentes que ha sido capacitada. “Es cierto, nosotros hemos sacado una carrera como docentes, pero necesitamos saber cómo leerle a los niños, cómo hacer más dinámica una lectura. Muchas escuelas nos dicen: nosotros quisiéramos tener su biblioteca”, dijo.

“Activa y funcional”, que en el Centro Escolar Soledad Moreno haya una biblioteca que cumpla con estas cualidades es casi un milagro. Sobre todo, cuando el bono asignado por parte del MINED a este centro educativo es insuficiente para cubrir todas las necesidades. Telma Yanira, directora, lo asegura: “$1,200 es lo que tenemos para todo el año. $750 y $600 en dos depósitos. El centro escolar es igual que una casa, hay infinidad de necesidades. No alcanza y uno debe andar haciendo cuentas. Si arreglo los baños no voy a comprar material didáctico”.

Alternativas. En centros escolares públicos donde no había bibliotecas, algunas organizaciones como Contextos han habilitado espacios para la lectura.

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“¿POR QUÉ UNIFORMES Y NO LIBROS?”

“La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. La biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, por eso es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas”, se lee en una publicación del CERLALC que lleva como título “Biblioteca Escolar: un espacio para ser, crear y construir”.

Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación (ICTI-UFG), hace un diagnóstico de la realidad. En su opinión, no existe una política de fomento a la lectura por parte del MINED, mucho menos un programa de creación de bibliotecas escolares. Tampoco un presupuesto orientado a la adquisición de libros.

Uno de los inconvenientes, asegura Joao, consiste en que lo poco que queda del presupuesto del MINED recae en el programa de útiles, zapatos y uniformes. “Yo prefiero entregar libros que uniformes, si me preguntás. Esa podría ser una discusión técnica. ¿Por qué entregar uniformes y no libros?”

La Ley de Presupuesto del Ministerio de Educación de 2018 indica que la dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares tiene un costo de $73,500. Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, afirma que, para poder cubrir las necesidades básicas en el sistema educativo, según ha planteado el Plan El Salvador Educado, se necesitan $1,200 millones más de presupuesto. Pero este presupuesto, según la última actualización en mayo de 2018, es de $940.42.

Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, manifiesta que dotar de libros a toda la población estudiantil es un proyecto millonario. Sin embargo, explica que actualmente existe un programa presidencial de biblioteca escolar dirigido por el comité editorial del MINED. Setenta y cinco mil ejemplares, entre los que se encuentran “Cuentos de barro”, “Una vida en el cine” y “Cuentos y narraciones”, fueron entregados en 2015 a estudiantes de primer año de bachillerato en 567 escuelas.

En ese mismo año se lanzó, oficialmente, el programa presidencial Lectura para la Vida, donde se aclara que el primer paquete de libros fue producido por la Imprenta Nacional, con una inversión de $67,955. Un año después, se entregaron 100 mil obras literarias: “El libro de trópico”, “Jícaras tristes”, “La muerte de la tórtola” y “El Salvador, historia contemporánea”.

Serrano aclara que el programa de bibliotecas escolares no está orientado a constituir una biblioteca como tal. Su objetivo consiste en que el libro llegue a la casa del estudiante, donde, según ella, no existe un ambiente letrado. Álex Granados secunda su idea con la siguiente afirmación: “Preguntamos a los estudiantes cuántos libros había en sus casas. La proporción de la cantidad de libros que decían que había versus los resultados… era interesante. Es decir, entre menos libros tienen, sus calificaciones son más bajas. Hay casas en donde se decían dos libros y uno de ellos era la biblia”.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas, es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

Granados dice que este es uno los factores asociados a la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES), la cual, en 2017, presentó el promedio más alto registrado en los últimos siete años: 5.36. No obstante, de acuerdo con Joao, los resultados de la PAES son un reflejo más de lo poco que se lee, pues los estudiantes conocen, pero no pueden comprender ni aplicar lo que saben. “Esto pasa por no tener bibliotecas ni laboratorios. El conocimiento es muy superficial, aprenden lo que ven en clases, en la pizarra, copiando en el cuaderno”.

Sin embargo, para Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, el libro no resuelve el problema: “Todas las gestiones invierten en bibliotecas… pero qué sucede, los libros son parte del activo fijo de la escuela. Los directores temen que eso se arruine y se lo cobren. Ante esas prácticas tenemos que luchar”. Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, agrega que la concepción que tienen algunos centros educativos donde han trabajado con asistentes técnicos del MINED es que los estudiantes arruinarán los ejemplares. Consecuencia de eso es que prefieren conservarlos en muebles o dentro de cajas.

“Hay escuelas que tienen libros y los ocupan para poner el cañón encima, no para que los niños los lean. En ocasiones anteriores nos pasaba que se llevaban los libros, pero no los ocupaban”, confiesa Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media. Según Granados, esto se debe a que el sistema educativo es contradictorio. “Si se pierde un mueble es penalizado el director o docente. Ellos piensan que el libro es como el mueble. ¿Pero quién es penalizado porque el niño no aprendió a leer?”

Tanto Janet como Granados coinciden en que los libros y las bibliotecas más allá de ser un tema presupuestario y bajo la responsabilidad del MINED tiene que ver con un aspecto cultural, donde, además del estudiante y docente, está la familia y su círculo social.

“No somos una sociedad lectora, una de las fallas o falencias es esa”, afirma Manlio Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Lilian Montenegro, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, menciona que el sueño de Alberto Masferrer son 262 bibliotecas públicas en todo el país. Hace referencia a su obra, de hace 103 años, “La cultura por medio del libro”, y agrega: “Le seguimos debiendo; 34 bibliotecas pertenecen a la red”.

Las opiniones varían, pero en los centros escolares la realidad es una sola: sin libros no hay bibliotecas; sin bibliotecas, el número de lectores se reduce. Que las haya, tampoco es una garantía. Los libros, un trozo de tantas necesidades y vicisitudes en las escuelas públicas de El Salvador. “Una buena escuela debe ser, antes que nada, “realmente una escuela”, y las escuelas en este país muchas veces no lo son: no tienen recursos, no hay bibliotecas, no tienen espacio e iluminación adecuada, no cumplen las mínimas condiciones de un centro de estudio”, explica una propuesta de índice de calidad escolar de la Fundación para la Educación Superior (2016).

En el Centro Escolar Soledad Moreno ha vuelto a sonar el timbre que indica el segundo recreo. Algunos estudiantes gritan y corren en dirección a la cancha de cemento. Otros buscan comida en los cafetines. Un grupo más pequeño se acurruca en el piso para jugar con canicas. Son niños, no les preocupa ensuciarse con la tierra. En sus rostros solo se refleja alegría. Dentro de la biblioteca también es así. Toman los libros. Pasan las páginas. Leen y observan las ilustraciones. Sienten el libro con sus manos. Respiran su olor. Lo dejan, toman otro. Si no les gusta, toman el siguiente. La escena es auténtica, natural. Los libros están presentes y se utilizan, algo que no ocurre en todas escuelas. Esta es la excepción. La regla principal, antes de entrar, es quitarse los zapatos. El resto es historia.

Lejanía. Alumnos de un centro escolar de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, cuentan con una biblioteca creada por una ONG. En los municipios fronterizos la ausencia del Estado es mayor.

Los migrantes no solo somos el trauma, somos la felicidad

Para mí El Salvador era algo de libertad, pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999.

“No me gusta recordar mi tiempo en el desierto. Tampoco lo recuerdo linealmente”, escribió en un ensayo Javier Zamora hace un par de años. De niño tuvo que atravesar el desierto de Sonora para volver a abrazar a sus padres en California. Conforme creció en Estados Unidos, dejó de hablar español y llegó a negar que había nacido en El Salvador. La premisa era simple: necesitaba olvidar el dolor de migrar. Empezó a escribir literatura. Ahora él se ha convertido en una de las principales voces latinas dentro de la poesía que narra la experiencia del migrante indocumentado.

Javier nació en San Luis La Herradura, un municipio lleno de manglares, en La Paz. Cuando tenía un año, su padre se fue hacia Estados Unidos y allá empezó a trabajar en jardinería. Luego, su mamá tomó el mismo camino y se dedicó a cuidar niños. Así, Zamora se crió con sus abuelos hasta que, en 1999, fue su momento para partir; al igual que sus padres, sin papeles. La guerra civil ya había terminado, pero su familia no le imaginaba un futuro con esperanza en El Salvador.

Su abuelo no planeaba migrar, pero decidió acompañarlo lo más lejos posible en el viaje. Ese punto fue Tecún Umán, en Guatemala, cerca de la frontera con México. Ahí se despidieron. Después Javier quedó con un grupo de migrantes y coyotes. Su viaje duró dos meses en los que, según sus escritos, su familia no supo si había muerto, si estaba en algún centro de detención o si lo verían de vuelta.

Llegó a Estados Unidos el 10 de junio de 1999. Pero a ese país arribó un niño que había luchado por su vida entre fronteras. Aún sin lograr procesar por qué sus padres emigraron, por qué tuvo que huir de los agentes de Migración, esconderse en camionetas, dormir en el desierto o subirse a balsas sin saber nadar. La literatura le sirvió para empezar a buscar esas respuestas.

De eso habla en “Unaccompanied”, su primer libro de poemas publicado el año pasado. Escribe en inglés. Cuando él platica en español, las palabras parecen escapársele de la boca. El libro ha tenido buen recibimiento e incluso ha sido criticado en medios como The New Yorker.

Zamora salió de El Salvador con una educación de cuarto grado. En su nuevo país se formó en centros educativos a los que es difícil ingresar, incluso para los ciudadanos estadounidenses. Allá estudió secundaria en una escuela privada gracias a una beca deportiva, luego se graduó con especialidad en Historia de la Universidad de Berkeley. Actualmente es becario de la Universidad de Stanford y próximamente inicia un proyecto en Harvard.

Dice que no considera adecuado glorificar el sueño americano, pero él, de cierta forma, lo encarna. Es beneficiario del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), pero ese permiso no brinda un camino hacia la legalización permanente y ya fue cancelado por la administración de Donald Trump.

Es escritor a tiempo completo y gracias a las letras, ha encontrado un camino para legalizar su residencia. Después de casi 20 años ha vuelto a El Salvador para solicitar una visa estadounidense de “habilidades extraordinarias” que le permita residir de manera legal. Además, él necesitaba volver a su municipio y abrazar a sus abuelos, pero ahora que lo hizo, El Salvador no le escondió su violencia. En menos de un mes ya escuchó, por primera vez, cómo suenan los disparos de un homicidio.

 

¿Cómo ha sido volver?
Tengo familia a la que han deportado, así que me dijeron que me preparara porque iba a llorar. Pero a mí no me dio esa emoción que yo esperaba. Ellas lo describieron como una emoción muy complicada. Sentían felicidad, horror, angustia. Un gran tamal de emoción, pero yo, no. No sentí nada, absolutamente nada. Me tomó como 10 días llorar. Y lloré en el Centro Cultural de España, porque, cuando entré, estaban unos niños practicando un coro y cantaban en náhuat. Al escuchar la voz de niños, me dio una gran emoción y sentí orgullo de ser artista salvadoreño.

Te preguntaba esto pensando en tu poema “Salvador” que hace referencia a la violencia y a las bolsas negras de muertos. ¿Qué país has encontrado ahora?
Mis nueve años aquí fueron unos años de niñez, y la niñez es algo libre. Algo lleno de felicidad para mí; aunque algunas cosas no. Me crié en el campo. Si quería un mango, me subía a un palo y lo agarraba. Así que para mí El Salvador era algo de libertad. Pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999. Mi cantón, San Luis La Herradura, me dicen que estaba bien peligroso y ahora está un poco menos. Para ponerlo en contexto: la semana antes de que yo viniera aquí, mataron a alguien a las 12 del mediodía enfrente de mi casa. Así que todo eso me ha dado miedo. Solo me la paso en mi casa y solo he salido dos veces a comprar comida y después me regreso. Así que eso para mí no es la libertad de la que me acuerdo.

En tu libro, “Unaccompanied”, hablás sobre temáticas personales y familiares. ¿Cómo fue el proceso de buscar respuestas en tu familia?
Comencé a escribir a los 17, 18 años y fue la primera vez en que comencé a contextualizar por qué los salvadoreños estamos en Estados Unidos, y la gran mayor parte de esa respuesta es la guerra. He tratado de comprender por qué mis papás me habían dejado de niño y entender mi resentimiento, que es algo que yo creo que es una parte de por qué hay tanto marero. A mucho marero lo han dejado de niño y siente resentimiento. Uno de niño se (pregunta) por qué no me amaste. Uno se siente mal y busca amor de otras maneras con otras personas que sientan lo mismo, especialmente si uno es un adolescente.

Uno de tus poemas hace referencia a un pandillero. ¿Dimensionás que eso puede ser considerado peligroso aquí en El Salvador?
¿Peligroso para quién?

Para vos.
¿Para mí? Creo que sí y por eso mis abogados me han dicho que no haga cosas como esta que estoy haciendo. Porque no creo que aquí me conozcan, porque escribo en inglés. Creo que si escribo en español y después me conocen aquí, sí me sentiría de otra forma. Y sí creo que es peligroso, pero también creo que es importante comenzar a reconocer que lo mismo que ocurrió durante la guerra, está ocurriendo ahorita.

Has dicho que la mayoría de salvadoreños que intentan hacer poesía pasan por Roque Dalton. Tu libro también tiene una cita de él. ¿Creés que El Salvador encuentre pronto una figura que se compare con el mito de Dalton?
Creo que en la literatura siempre hay una o dos personas en cada país que son el mito. En Chile hay muchos, pero el primer mito fue Neruda; y en Italia, todavía es Dante. En Inglaterra todavía es Shakespeare. Veo que es algo natural de la literatura y es algo problemático porque siempre queremos crear un héroe. Pero creo que hay que bajar a la tierra a Roque y hablar de lo problemático que era, también, con su política de género y su política contra los gays, y hay que bajarlo a la tierra y derrocarlo también.

Hablando de romper con los mitos, tu libro rompe un poco la narrativa del migrante que regresa triunfante y con maletas llenas a El Salvador. En lugar de eso, presentás a un adulto tratando de procesar el dolor que tuvo como niño al cruzar la frontera solo. ¿Fue un proceso decidido romper con esa narrativa?
Nunca he creído en el sueño americano. Antes de que me considerara un poeta, yo quería, como cualquier adolescente de 14 años, comenzar una revolución y bajar a Estados Unidos y ponerlo en una mesa igual. Por eso se me hizo muy importante no glorificar el sueño americano. Ha sido algo muy consciente eso. Pero también he recibido crítica en Estados Unidos por la misma cosa. Porque allá (entre) los que publican poesía hay una gran obsesión con las historias de la pobreza a la grandeza: “Decime tu tristeza y yo te voy a poner al frente”. Y eso me ha pasado a mí. Y yo soy escritor, sí, pero también hay que reconocer la suerte. Y he tenido suerte que escribí este libro al momento correcto. Lo que ha estado pasando políticamente, de una manera retorcida, me ha beneficiado a mí y por eso también he sido criticado y también yo lo reconozco porque no ofrezco nada más que el trauma en el libro. Y los migrantes no solo somos el trauma; nosotros también somos la felicidad. En eso estoy tratando de escribir más.

 

¿Qué huella física ha dejado este trauma en vos?
Me tomó regresar a Tucson para entenderlo completamente. Tucson fue el lugar donde yo crucé. Un mes después de que me publicaron el libro, en septiembre de 2017 estuve ahí cinco días en un festival de poesía, y durante los cinco días yo dormí quizás cuatro horas por completo; estaba directo, no podía dormir. Sentía angustia. Una gran desesperación. Para mí fue el trauma que se hizo físico y lo sentí nuevamente. Y fue por el clima, el calor, el paisaje. Fueron los saguaros que vi, los helicópteros de la inmigración que se escuchaban. Y la gente como que nada está pasando. Fue estar en algo tan elegante como un festival de poesía, sabiendo que a 2 millas había un retén atrapando a inmigrantes lo que no me dejó dormir. Así que eso para mí fue revelador y fue para decir: yo todavía estoy traumado y voy a estar traumado por el resto de mi vida.

La apertura de un hombre para hablar y escribir sobre el trauma puede parecer un poco inusual. ¿Lo reconocés así?
He crecido con papá, abuelo y cultura salvadoreña. Y, quizá, fue una bendición la separación de mi madre y mi papá, porque hasta que se separaron yo comencé a escuchar la versión de mi mamá y comencé a reflexionar. Pero lo que pasa también en cosas así es que, aunque yo reconozca lo que es bueno y lo que es malo, yo ya había aprendido la actitud contra la mujer. Así que yo fui muy mujeriego en el colegio. Yo también he pasado mi fase de ser muy borracho. Porque yo he estado en consejería toda mi vida y me dijeron: “mirate en el espejo. Estás actuando igualito a tu abuelo, igualito a tu papá y hay que divorciarse de eso”. Quizás por eso –y porque soy poeta– es que estoy comenzando a hablar de mis sentimientos.

Hablemos de la identidad del lenguaje al escribir. Tu educación en español llega a cuarto grado, tu educación en inglés es universitaria. ¿Cómo te sentís cuando te catalogan como “poeta salvadoreño que escribe en inglés”?
Me gusta más que me digan poeta salvadoreño americano.

¿Luchaste un momento para obligarte a escribir en español?
Sí. Siempre me lo preguntan allá: “¿Piensas en inglés o en español?” Digamos que es la misma pregunta que decir: “¿vos te sentís salvadoreño o te sentís más americano?” Yo me siento. Punto. Reconozco mi privilegio, que es la educación que he tenido. Siempre he sabido que soy salvadoreño y no me importa lo que la otra gente en Estados Unidos o en El Salvador me puede llamar. “Este es muy agringado” o “este es muy salvadoreño” o “no puede escribir bien en inglés”. He escuchado de todo, así que yo solo escribo.

¿Qué planeas hacer en lo que te queda de tiempo acá?
Voy a estudiar mi caso migratorio durante la semana, ver el mundial y ayudarle a mi abuelo en el terreno, que es algo que nunca he hecho. Mi meta de estar aquí es ayudarles en las cosas que nunca les he ayudado por 19 años. Son cosas así de la casa: quemar basura, bombear el pozo, lavar los trastos, lavar la ropa a mano. Cosas como retornando a lo que yo soy, que se me había olvidado. Y es algo bueno balancear con todo lo que la vida me ha dado a mis 28 años, que me ha dado mucho, especialmente los últimos dos años. Muchos privilegios. Muchas cenas gratis, muchos vuelos, muchas cosas y es bueno regresar a donde yo comencé.

La continuación de esta plática toma lugar –una semana después– en el patio de la casa de sus abuelos. Entre la sombra de palmeras, mangos, anonas y marañones, Javier comienza a contar cómo le fue en la embajada del país en el que ha vivido los últimos años. Su abuelo escucha la plática de cerca, pero no interviene. Hace dos semanas Javier se presentó a solicitar la visa de habilidades extraordinarias. Esta visa solo es brindada a personas capaces de “demostrar habilidades extraordinarias en las ciencias, las artes, la educación, los negocios o el atletismo a través de la aclamación nacional o internacional sostenida”. Javier la obtuvo.

Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos.

¿Cómo te sentís después de haber ido a la embajada?
Tuve la entrevista el lunes 2 de julio. Y el sábado me entró una gran desesperación que no había sentido las tres semanas que yo estaba aquí. Me quería ir. Me quería salir y como que hasta tenía hormigas dentro de mi cuerpo, bien feo. Y no me había sentido así ningún día de los que estaba aquí. Y una gran aflicción y yo creo que era ya porque se acercaba el día. El domingo, ya más centrado, dije “lo que va a pasar va a pasar y no puedo hacer nada”. El lunes fue mi abuelo conmigo. Y fue como un gran cierre de un capítulo de mi vida.

¿Qué te preguntaron en la embajada?
Que a dónde estaba estudiando y que a dónde iba a tomar clases luego. Y quizás eso me ayudó porque dije Stanford y luego Harvard, y después hasta se puso a bromear y me dijo: “Aquí, ¿dónde vivís?” Respondí “oh, aquí en La Herradura”. “¿Ya has ido?”, le pregunté. “No, nunca he ido. Pero ahí no hay nada”, me dijo. Y después se paró. Y no sé, hasta me dio nervios porque yo veía que estaba platicando con alguien y se tardó como sus cinco minutos y yo esperando, haciéndome el loco como que no estaba tan nervioso. Y me dijo: su visa ha sido aprobada.

¿Qué sentiste?
Como que una gran roca se cayó. Le di las gracias y me fui como que andaba flotando. De respeto a las otras gentes no quise ni reírme ni nada. Solo caminé, viendo abajo, hasta llegar a la salida y me crucé la calle. Mi abuelo estaba parqueado hasta allá, bien lejos, y le di un abrazo y hasta ahí me reí. Después le llamé a mi mamá. Mi mamá se puso a llorar y después le llamé a mi abuela.

Además de la entrada legal a Estados Unidos, ¿qué implica para vos en términos legales que esa visa haya sido aprobada?
Implica que allá me va a llegar la residencia. Mi mamá tiene TPS, pero ahora que Trump dice que lo ha quitado, mi mamá no tendrá (papeles). Con esta residencia, cuando yo aplique para mi ciudadanía dentro de dos años, le puedo meter trámites a ella para que consiga una “green card”. Para mí, esta visa significa salir del país, conocer otros lugares y ya no sentirme tan atrapado.

¿Qué temas te gustaría explorar en el futuro?
Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos. Quiero expandir el vocabulario, expandir los mundos en los que ahorita en la literatura se le ha imaginado a un salvadoreño.

En perspectiva, ya lograste lo que querías en este viaje. ¿Querés irte?
Ahorita estoy más tranquilo porque me puedo ir. No me quiero quedar aquí. Y esto es darme cuenta de que esta ya no es mi casa. Este ya no es mi país. El país de allá tampoco es mi país. Allá me sentía diferente y aquí me siento diferente también, y eso es por muchos factores. Creo que me da esa desesperación porque allá tengo más independencia. Independencia que aquí no tengo. Fijate: la noche antes de que yo fuera a la embajada, mataron a alguien allá por el muelle; y antes de que yo viniera, mataron a alguien. Y mi prima dice que ya puede distinguir cuando son cuetes y cuando son balas. Mataron a alguien de 20 años. Allá yo nunca he oído una bala. Como te decía, todavía tengo miedo de salir.

Javier Zamora se fue de El Salvador siete días después de esta plática; a diferencia de hace casi 20 años, cuando el viaje duró dos meses y medio, este viaje hacia California tomó solo horas.

 


 

EL SALVADOR

Las noticias: bolsas negras todos los días.
Noticias: más y más se van. Necesito ver

a mis abuelos, necesito esos meses
mis papás dormían en el mismo cuarto:

Mamá dormida conmigo en sus brazos
a salvo en su cuarto de bajareque, a salvo

de balas atascadas en palos. Quiero treparme
a comer jocotes durante un chaparrón,

trepar esa torre de agua en mi barrio.
Quiero tomarme esa agua, papá nunca quiere,

¿para qué, vos? Mamá quiere ver a su papá,
a su mamá. Mis papás dicen, no vayás,

tenés tatuajes en las costillas, por un tatuaje
te paran, es la ley. Allá, vos no sabés qué es ley.

¿Pero qué putas saben? No tienen papeles.
Abuelos dicen, venite, aquí no pasa nada.

Allá sí. Mi prima dice, aquí, no salimos en la noche,
está peor, ahora puede ser cualquiera. No vengás,

te pueden… Salvador, en un día de verano
húmedo, tan húmedo que tu pulgarcito

corta la marea, tus huellas enterradas en sal,
si ese día vuelvo a tocar tu cara, volcanes

y olas de tu cara, piel verde, barba azul,
aliento de poma, aliento de arena, no dejes

que policías digan, ese es marero. No dejes
que mareros digan, este es del otro barrio.

Tus barrios manchados de polen, rojo
y líquido polen. En las calles, policías y mareros

culpables de crímenes rojos, y presidentes,
culpables. Un pájaro de metal te picotea

con su pico metálico todos los días, vos
azul-verde animal pendejo que no sabe

nombres de labios azules adentro de bolsas
negras en las calles. Vos no sabés deudas,

nuestros labios sellados, nuestras casas
abandonadas, nuestro miedo de decir

la guerra no ha terminado. Quiero regresar,
necesito regresar. Hay días que miento

y digo estoy bien, pero todos los días
que no rozo el pelo de mi Abuelita Neli,

que no lavo su olla y sartén, lloro.
Como esta noche que deseo que hicieras

el amarte más fácil, Salvador. Hazlo,
para ya no tener que arriesgar nuestras vidas.

 

 

Corriendo

No hay muro, hay un túnel, un hoyo en la pared, sí,
¿pensás que ahorita nadie está corriendo? Quién es
pues, el que suda y caga su mierda en el cactus.
Añoramos agua; nuestro orín se hizo amarillo-amarillo —yo
no soy el único niño con su mochila debajo de los cercos
de los gringos. Todavía voy en esa van blanca
que nos recogió en el Devil’s Highway. La van blanca
pitó tres veces, pero escuchamos a los pastores alemanes,
helicópteros, la Migra. No sé adónde están
los espaldas-secas que corrieron cuando los chuchos
los seguían. Corrección: sí sé. Por la noche, regresan
para decirme, sobreviviste, bicho, sobreviviste, carnal. Pues sí.
sobre-requete-que-vivimos.

 

INSTRUCCIONES PARA MI ENTIERRO

No se atrevan a quemarme en un horno de metal, quémenme

en el jardín de mi Abuelita

y envuélvanme en azul-blanco-azul.

[a la mierda patriotismo] Mójenme

en el gin más barato. Cualquier cosa que hagan,

no juzguen mi hogar. Con un corvo

conviertan mis cenizas en el más fino polvo

[envuelvan mi pito en calzones para soñar con pisar]

Por favor, sin curas, sin cruces, sin flores. Róbense

una petaca y métanme dentro.

Música a explotar. Vístanse bien pimp-it-is-nice.

Emborráchense, por favor [falten al trabajo

y pisen otra vez] Que truenen los tambores

marciales. Que griten las guitarras

guerrilleras y escuchen la guerra

interna [no mierdas americanas por favor]

Parrandeen hasta el muelle, mi bailada procesión.

Ánclenme en una lancha

[de veras que sea una lancha]

timoneada por un bicho de nueve años

hijo de un pescador. Apúrense hasta llegar al centro

del estero de Jaltepec. Lean

Como tú y lancen trozos de pan.

Como la lancha circula, abran la petaca

para que me respiren como jacaranda,

como flor de mayo, como alcatraz —después,

olvídenme y déjenme— ahogar.

Décadas de bosques perdidos

El terreno seco y lleno de piedras detrás de esta escuela era, hace 10 años, un pequeño cerro lleno de árboles. Así lo recuerda el profesor de Ciencias del Centro Escolar Caserío Rosario de Cerén, una escuela a la orilla de la carretera que conduce hacia Izalco.

“Toda esta área es propicia para que haya animales, pero las personas se meten a cortar leña”, dice el maestro mientras camina entre las piedras y el pasto amarillento de lo que una vez fue un terreno con sombra. Para venir a mostrar este lugar le ha pedido a tres de sus estudiantes que lo acompañen.

Los muchachos caminan callados detrás de su profesor. En contraste, el profesor no deja de señalar los troncos o raíces que han quedado sobre la tierra después de haber sido talados. “Mire, ahí hay uno”, comenta mientras atraviesa el terreno, y un par de pasos más adelante, la escena se repite: “Ahí hay otro”.

Entre la tierra árida, lo que más sobresale son unas rocas. Después de una breve caminata, el profesor repite una de las consecuencias visibles de una zona sin
vegetación: “Ni un animalito hemos visto”. El hombre coloca las manos sobre la cintura, mira al suelo –como quien ha perdido algo– y mueve la cabeza hacia los lados.

En la primera década de este siglo se perdieron 138 mil hectáreas de cobertura forestal, de acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). Lo que se perdió cada año de 2000 a 2010 equivale a casi dos veces la extensión territorial del municipio de San Salvador, es decir, una pérdida anual de 138 kilómetros cuadrados de bosque.

Como este terreno no tiene sombra, a los pocos minutos de estar bajo el sol es imposible dejar de sudar. Leonel, un joven moreno de 15 años, escucha con cara de aburrimiento la denuncia de su maestro. Él es de una comunidad cercana y conoce la zona. Habla poco, pero cuando lo hace es para dejar claro que no es la mezquindad o el odio a la naturaleza lo que ha provocado la tala de este lugar, es la necesidad de sembrar para comer y vender: “La mayoría de gente corta los árboles cuando quiere sembrar matas de loroco”, dice con seguridad.

***

LA REGLA DE DESTRUIR
La regla en El Salvador es la destrucción de los bosques. En restaurarlos se avanza a paso lento. Y eso debería ser prioridad en un país en el que solo el 38 % del territorio cuenta con algún tipo de cobertura arbórea, de acuerdo con datos oficiales. La cobertura tiene que ver con el uso que se le da al suelo. Contrario a lo que podría pensarse, las urbanizaciones no ocupan la mayoría de la tierra. Casi tres tercios del país están dedicados a la siembra de cultivos o ganadería, y solo el 17 % de la superficie nacional conserva un ecosistema natural. Pero incluso esos ecosistemas se encuentran “en un estado de alta degradación”.

Además, solo el 0.1 % de los bosques se mantienen intactos, de acuerdo con estudios internacionales. A pesar de que los bosques mantienen vivas algunas especies, purifican el aire y ayudan a fijar la tierra y evitar deslaves, los beneficios de su conservación no parecieron ser suficientes para protegerlos.

El país perdió 21 mil hectáreas de bosque entre 2010 y 2016, según la organización Global Forest Watch, pero Lina Pohl, la ministra de Medio Ambiente, advierte que la cifra puede ser más alta. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas hectáreas se han perdido desde 2010 hasta 2018. La funcionaria sostiene que actualmente se trabaja en un inventario nacional de bosques que, en teoría, servirá para dimensionar con precisión la magnitud del problema.

El problema no es nuevo. Los compromisos tomados para restaurar los bosques, tampoco. En 2012, el ministro de Medio Ambiente, Herman Rosa Chávez, le anunció al mundo que El Salvador se comprometía a restaurar un millón de hectáreas de tierras degradadas para 2020. El compromiso fue asumido en Catar como parte de un acuerdo llamado El Desafío de Bonn.

Los países que forman parte de este acuerdo asumieron, en papel, la responsabilidad de restaurar 150 millones de hectáreas de tierra degradadas y deforestadas en todo el mundo. Pero El Salvador, seis años después, cumple a cuenta gotas. De un millón prometido, ha logrado restaurar 108 mil hectáreas.

El Salvador tiene mucho por hacer en términos de recuperación de tierras y ecosistemas. El Ministerio de Medio Ambiente ha creado guías para restaurar y ha designado cuáles son los lugares prioritarios que necesitan intervención, pero se ha quedado corto en términos de resultados. Las 108 mil hectáreas restauradas hasta la fecha, solo representan un avance del 10.8 % en torno a la meta que el país se propuso cumplir para 2020.

Bosque amenazado. Se calcula que existen 40 mil hectáreas de manglar en el país, pero al menos la mitad de ellas están siendo afectadas por la deforestación.

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CUANDO EL MANGLAR SE CONVIERTE EN POTRERO
En la Barra de Santiago hay hectáreas de bosque de manglar que ahora funcionan como potreros. Donde debería haber mangles por doquier, lo que se encuentra son decenas de vacas. Aquí la deforestación no se observa como un paraje desértico, sino verde. Varios habitantes de la zona han ido, poco a poco, cortando el mangle y usándolo para leña. Al cortarlo, la zona se ha ido secando y se ha convertido en el potrero ideal para el ganado de algunos. En lugar de mangles, ahora crece pasto que, con la luz del sol parece fosforescente.

Quien denuncia esto es Éder Caceros, un biólogo que trabaja en el manglar con la Asociación de Desarrollo Comunal de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS). Los bosques salados son de propiedad estatal, por eso él cuestiona por qué un terreno que debería ser de provecho para la región, en general, está siendo utilizado solo por ciertos dueños de ganado.

El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950. Si en ese año se calculaban 100 mil hectáreas de bosque salado, en la
actualidad restan 40 mil hectáreas.

Los bosques salados que restan no están a salvo. Al menos 20 mil hectáreas están siendo afectadas por la deforestación. Si la pérdida continúa a la misma velocidad que en las últimas décadas, dentro de 40 años el país no contará con ninguna hectárea de bosque de manglar.

Se trata de un ecosistema en el que se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del océano para crear un equilibrio que hace la vida posible para ciertas especies acuáticas. De su conservación también depende la calidad del aire, porque los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que los bosques secos.

La primera causa de deforestación reconocida por las autoridades es el avance de la frontera agrícola. Uno de los temores del biólogo Éder Caceros es que siga avanzando, que cada vez el límite de los potreros se extienda hacia adentro del bosque. La tierra, aquí donde debería haber un pantano, ya cambió.

Para probar que el terreno ha perdido su humedad, el biólogo desenvaina un machete y lo intenta clavar en la tierra. En lugar de hundirse, como sucede en terrenos con consistencia lodosa propia de los manglares, la tierra le pone resistencia; y él explica, decepcionado, que esto no debería pasar.

En la Barra de Santiago, como sucede en otras áreas protegidas, es casi imposible asegurarse de que los recursos naturales se mantengan si no hay apoyo de la comunidad y presencia de autoridades. Aquí se realizan proyectos de conservación y hay cinco guardarrecursos que deben vigilar la zona, pero no llega a ser suficiente ante la amenaza que enfrentan los bosques salados.

Solo en la zona de Las Salinas se ha documentado una pérdida de cobertura de 83 hectáreas. Así, “la pérdida (de manglar) más acelerada ha ocurrido en la Barra de Santiago y Tamarindo”, se lee en un documento de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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LOS BOSQUES QUEMADOS
Tres estudiantes del Centro Rosario de Cerén observan una columna de humo. Ellos están sobre un terreno con altura que hace años fue verde. Los muchachos sudan y solo esperan que su maestro de Ciencias dé la indicación para que la miniexpedición en la que ha explicado la deforestación de la zona termine. La columna de humo proviene del otro lado de la carretera. De ese lado hay muchos más árboles.

Solo en cuatro años, entre 2013 y 2016, más de 20 mil hectáreas fueron quemadas, según datos de la Comisión Nacional de Incendios Forestales. Esas 20 mil hectáreas equivalen a 200 kilómetros cuadrados. La cifra es mayor a la extensión territorial del municipio de Santa Tecla, que es de 112 kilómetros cuadrados.

Del fuego no se salvan ni siquiera los árboles que crecen en el agua. Después de mostrar la zona del manglar deforestada, Éder Caceros se dirige a un área que se está intentando reforestar con mayor éxito, conocida como El Colegio de las Aves. La historia de los mangles en la Barra de Santiago es una de destrucción y restauración. El biólogo explica que hace unos cinco años un incendio acabó con los árboles adultos de este lugar.

Y a pesar de que han pasado los años, del fuego todavía hay evidencias. Hay algunos troncos en el suelo y, aunque la zona está empantanada no cuenta con mangles altos. Caceros asegura que el incendio ocurrió por la mala práctica de quemar los campos de caña de azúcar.

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HUMANOS CONTRA BOSQUES Y ANIMALES
“El Salvador tiene un problema y es una concepción que no podemos compartir. Nosotros no tenemos ese concepto de bosque tan clásico que son las amplias masas boscosas. No lo vamos a tener nunca. Tenemos poblados y gente en todos lados”, sostiene Lina Pohl, ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, desde una oficina en San Salvador.

Que el país no cuente con grandes masas de bosque implica –entre otras cosas– que los espacios para la vida silvestre se reducen considerablemente en
comparación a la de otros países vecinos. “Belice tiene jaguar, Guatemala tiene jaguar, Honduras incluso, pero nosotros, no. El jaguar necesita hasta 200 kilómetros de bosque continuo para desarrollarse”, asegura Pohl. Por eso, conservar las especies que aún sobreviven en El Salvador es un reto en un país acostumbrado a eliminar sus hábitats.

Los manglares siguen siendo un espacio vital para la conservación de ciertos animales. A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay
espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago.

A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago. Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros y es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos.

 

Hábitat. Los manglares sirven como refugio para algunos animales, pues es el ambiente propicio para la vida de especies como el cocodrilo, el caimán y la tortuga marina.

Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros. A los pocos segundos de su
aparición, otro cocodrilo de tamaño similar se une al espectáculo. El primero es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos. Se dice que los animales se acercan a los extraños para buscar comida.

Este canal, además de servir como refugio para estos animales, propicia las condiciones para la vida del caimán y la tortuga marina.

Acá es prohibido pescar o explotar el bosque para conseguir madera. Pero en la cotidianidad, los guardarrecursos son testigos de cómo hay quienes hacen caso omiso a las instrucciones. Quizá por necesidad, dicen, la gente entra a pescar o a cazar.

Cuando encuentran a alguna persona explotando la reserva, los encargados de mantener este lugar deben hacer que la actividad cese. Pero quienes rompen la ley terminan escapando la mayoría del tiempo. “Los corremos, pero, entre el manglar, son venados”, confiesa Juan Henríquez, un guardarrecursos.

Al inicio de este canal están ubicados unos troncos y cadenas para indicar que esta es una zona restringida en la que no se puede pescar. Este día soleado de abril, justo en esa frontera señalada con letreros y palos, tres hombres jóvenes han colocado la lancha y pescan. Aunque ellos están fuera del canal, las líneas de pesca cruzan hacia adentro del área protegida.

A varios metros de ellos, un hombre sin bote arregla una red sobre el agua. Rodeado de tanta agua como está, pareciera que camina sobre ella. En realidad, asegura Jorge Oviedo, el presidente del Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES), es que el terreno está azolvado.

La gran mayoría de los ríos principales del país, el 67 %, no cuentan con árboles a su alrededor, con bosques de galería. Esto no es solo un problema por la deforestación de las riberas, sino porque influye en que los manglares se azolven, que ocurre cuando los ríos arrastran más sedimento como arena y tierra.

Cuando el lodo llega a los manglares, tapa los canales en los que se comunica el agua del océano con la dulce; no se produce el equilibrio necesario en ese ambiente. Sin este, los mangles mueren. Se extingue un ecosistema, sufren las especies acuáticas y la gente que vive de ellas.

Tala. El biólogo Éder Caceros denuncia que en este terreno de la Barra de Santiago, los mangles han sido cortados y ahora sirve como potrero para el ganado.

 

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LOS BOSQUES QUE FALTAN
Manuel de Jesús Díaz tiene 53 años, pero su piel quemada por el sol lo hace aparentar más edad. Se sube a un cayuco y empieza a remar a través del canal El Saite de la Barra de Santiago. Hacer esto hace un par de años era impensable. El canal se tapó.

“Fueron dos meses paleando”, cuenta Manuel. Así, a pura pala, los vecinos de la Barra lograron sacar el lodo acumulado que estaba afectando esta zona del manglar. El proyecto costó dinero. El trabajo para desazolvar un canal es pesado y requiere esfuerzo. La AMBAS logró ejecutar el trabajo, apoyada por FIAES y el MARN.

Manuel rema lento. Asegura que ganó $6.69 por cada tarea de tierra en la que quitaba el sedimento. Este espacio –que se considera ahora un ecosistema recuperado– también se había convertido en un potrero. El FIAES asegura que desde 2016 ha invertido $825 mil para conservar el área de El Imposible y la Barra de Santiago.

Cuando a Manuel se le pregunta qué fue lo más difícil de este trabajo, bromea con que “es comenzar”. Se ríe. Luego se pone serio y da una respuesta más formal: “Lo más difícil es que haya alguna organización que done el dinero para hacer las cosas”.

Este espacio intervenido de la Barra de Santiago contrasta drásticamente con aquel de Las Salinas. Allá, las vacas comen y se pasean en un lugar donde, en teoría, deberían habitar cocodrilos y caimanes entre las raíces y el agua de un bosque salado.

Deforestación. El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950.

Trucos de supervivencia en la Ópera de El Salvador

Ópera de El Salvador

Son las 6 de la tarde de este miércoles y, a excepción de un par de butacas, la zona del público del Teatro Presidente está vacía. No se puede decir lo mismo del escenario, donde hay una veintena de jóvenes esperando que les toque el turno de cantar y bailar. Frente a ellos, está la maestra de canto Gladys de Moctezuma. Ella tiene 90 años, y con calma, ha visto cómo sus alumnos se preparan para iniciar este ensayo. Cuando la música de la primera canción de esta pieza suena, se levanta de su asiento, camina a un pasillo y, alegre, comienza a bailar sola.

La Ópera de El Salvador (OPES) ha preparado un espectáculo que se llama “Moulin Rouge”, donde se interpretan canciones populares de varios musicales. La maestra que baila ilusionada por el estreno de sus alumnos es una de las fundadoras de esta organización privada. Sabe que su edad es avanzada y que la gente no espera que alguien de 90 años esté dando clases ni mucho menos bailando espontáneamente, pero ella dice que seguirá compartiendo lo que sabe hasta el último día en el que tenga la facultad para hacerlo.

Gladys es una cantante profesional entrenada en Nueva York. En El Salvador, su camino en la docencia musical inició en 1999, cuando un profesional del canto al que ella conocía, Joseph Doestch, la invitó a unirse al Programa de Formación de Cantantes de Ópera de la Asociación Lírica Salvadoreña. En 2007 el programa se transformó en lo que ahora se conoce como OPES.

La idea era enseñar la ópera a algunos jóvenes. Ahora el proyecto ha crecido más de lo que imaginaron y tienen bajo su responsabilidad el desarrollo de la voz de decenas de personas. Por eso esta semana es clave. Para que el proyecto de formación pueda sostenerse, es necesario que vendan suficientes entradas.

Los jóvenes que se forman para ser cantantes también reciben clases de actuación y expresión corporal. Vienen de todas partes del país y estratos sociales, así que son educados como becarios y se les pide una cuota simbólica. A veces, cuenta uno de los becarios, no todos logran pagar los $10 mensuales sugeridos. Aunque eso llegue a pasar, no se les expulsa del programa.

La OPES llena un vacío estatal de formación artística. Para desarrollar las clases, recibe financiamiento de la Secretaría de Cultura, recientemente convertida en ministerio, pero con eso solo se logra cubrir una parte del salario de los profesores, asegura el director. Para pagar el alquiler del local, el agua, la luz y la vigilancia, la OPES debe ofrecer clases privadas, brindar espectáculos populares y organizar recitales con sus solistas.

Además, varias personas reconocen a este colectivo como un espacio para cuestionar los privilegios que algunos de sus integrantes tienen y las carencias de otros. Hay dentro de sus salones de clases gente que estudió en conservatorios musicales de Norteamérica y hay, también, becarios que huyeron de sus casas porque las pandillas amenazaron a sus familias. El prestigio que cuenta es el de la calidad de su voz. Uno de sus cantantes con mayor experiencia lo resume en unas frases: “Todo mundo cree que aquí solo es la high class, la gente de la Escalón, pero no. La ópera es para todos, no solo ricos ni viejitos. Yo vengo de Apopa. Aquí hay gente que viene de huir y luchar por su vida”.

El escenario. La soprano Gracia González durante su participación en “Moulin Rouge, revista musical”, el último espectáculo montado por la OPES, a mediados de abril.

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LA OBSTINACIÓN DE APRENDER

En la OPES también hay historias de terquedad. Como la de José Benítez. Él tiene 25 años y es un cantante del oriente del país. Durante la tarde de este miércoles está usando un corsé. En la obra “Moulin Rouge”, él interpretará a un personaje femenino y cree que si usa esta pieza, talvez creará la ilusión de una cintura pequeña debajo del vestido de su personaje. Justo por comprar ese atuendo que probablemente nunca vuelva a usar, él se quedó sin dinero esta semana. En este vestuario gastó buena parte de los últimos $25 que tenía guardados para comer estos días.

José Benítez nació Usulután y creció en San Miguel. Su padre se dedicaba a la agricultura. Cuando cumplió 10 años ya empezó a trabajar por su propia cuenta en una huerta de plátanos. Cerca de su cantón estudió los primeros años de educación básica, ahí conoció a un profesor que cantaba música ranchera y quiso imitarlo, pero sus padres lo sacaron de la escuela por falta de dinero y por una creencia absoluta. José cuenta que su familia es muy religiosa y escuchó que la segunda venida de Cristo estaba cerca. Ante eso, la familia decidió que sus hijos no debían perder el tiempo en cosas mundanas como la escuela.

José dice que estaba decidido a superarse. Así que pidió, a través de otra iglesia evangélica, que lo recibieran en San Salvador para seguir estudiando y graduarse de bachillerato. La iglesia de la capital lo aceptó: le dio un espacio para vivir y lo inscribió en una escuela pública. A cambio, él tenía que trabajar en limpieza y estudiar teología.

“Para mí, fue bonito porque dije ‘voy a terminar mis estudios y a la misma vez voy a estudiar teología’. Pero yo no sabía qué era teología. Cuando vine aquí es que me llevé la sorpresa de que es estudiar la biblia”, cuenta entre risas desde las gradas del Teatro Presidente.

Para José, San Salvador fue una ciudad de sorpresas. En su cantón las iglesias no tenían instrumentos musicales, y venir a escuchar los cultos a San Salvador con bandas completas era como asistir al concierto de un artista famoso. “Como ver a Madonna”, dice, y sonríe.

Desde San Miguel traía la inquietud de aprender música. En San Salvador se inscribió en unas clases de piano que costaban $5. Ahí le contó sus deseos al profesor de música. Le pidió que le enseñara a cantar, pero el acento de oriente es distinto al de la capital, las eses de las oraciones no se marcan. Y el maestro le dijo que primero tenía que aprender a hablar. Y así, cuenta José, empezó a mejorar la pronunciación de sus palabras.

Dedicación. La OPES ofrece a sus alumnos una ventana de educación musical con formato único en el país.

En 2014 audicionó a la OPES y quedó seleccionado como uno de los becarios de la organización. Él no esconde que el primer contacto que tuvo con la ópera lo intimidó: “La primera vez que escuché una ópera, me retrocedí. Escuchaba una ópera en inglés, en francés, en ruso… y yo decía ‘apenas acabo de estar aprendiendo a hablar bien y hoy hay que hablar otro idioma. Esto no es lo mío’”.

Superó sus inseguridades respecto de su acento y se enfrentó a su voz cantada. Ahora ya está en su cuarto año de entrenamiento de la voz. Ya se graduó de bachillerato y sueña con estudiar una licenciatura en música.

 

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REGRESAR PARA SERVIR

Joseph Doestch es un hombre mayor de voz grave. Sus palabras suenan tan profundas que cada oración que pronuncia parece caer al suelo con peso. Creció en El Salvador, pero nació en Estados Unidos, donde se formó profesionalmente en la música. Es el presidente y director general musical de la OPES.

Se sienta sobre unas butacas y no es tímido para hablar de las cifras con las que hacen que el proyecto siga de pie. Dice que el gasto mensual para mantener un local y formar jóvenes es de $2,150 al mes: “Eso representa una cantidad anual de $26,000. De la SECULTURA (ahora convertida en un ministerio) se han recibido ayudas que han ido en decrecimiento. Ahorita, este año estamos recibiendo $20,000, pero eso solo cubre parte de las clases. Hemos tenido que recortar algunas porque nos recortaron el presupuesto. Por ejemplo, la clase de capacitación coreográfica se recortó porque no había para pagarle al maestro. Así es que nos hemos quedado con la clase de canto, de solfeo y la clase de capacitación corporal”.

Estas clases, que pueden sonar como un lujo, son esenciales para la formación temprana de artistas de calidad. Los esfuerzos estatales de formación artística hasta ahora han fracasado. La Escuela Experimental de Jóvenes Talentos en Artes Escénicas, Musicales y Plásticas, financiada por el Estado, cerró en 2012 sin haber siquiera logrado graduar a su primera promoción. Y hasta ahora, el Instituto Superior en Artes prometido desde la campaña presidencial de 2014 (ISAR) solo existe en papel.

A diferencia de proyectos fracasados, en este espacio hay cerca de un centenar de personas educándose artísticamente. “Nosotros tenemos tres niveles: el básico, que es el de los jóvenes que recién entran; los intermedios, que van poquito a poco siendo promovidos a nivel inmediato superior; y tenemos a los muchachos avanzados. Generalmente la estadía máxima en el nivel básico y en el nivel intermedio que pueden tener con beca son tres años. Y en el nivel avanzado es indefinido porque la idea es continuar creciendo”, explica Doestch.

Álex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

En el último año se ha tenido a 31 becarios intermedios y 18 becarios avanzados. Además de 24 niños que pertenecen al programa Niños Cantores de OPES. Con orgullo, el director indica que “este es el único programa que tiene esta formación. Todos estos muchachos están haciendo de todo: teatro musical, música popular, como cosas de más altura”.

Una estrategia para mantenerse a flote que la OPES ha encontrado es ofrecer clases privadas a personas con mejores condiciones económicas que puedan y deseen aprender canto lírico. El mes de clases privadas en esa modalidad cuesta $75.

Por ello, la maestra Gladys de Moctezuma se ríe cuando alguien le pregunta si obtiene un gran beneficio económico a través de este trabajo. A pesar de que realizan temporadas en el Teatro Presidente, donde las entradas cuestan en promedio $10, ella sostiene que al contrario de lo que podría creer el público, la lucha mensual es la de no quedar en números rojos.

Gladys de Moctezuma estudió música, filosofía y psicología hasta que llegó un momento en su vida en el que tuvo claro que su aporte para la sociedad debía ser musical. Así lo cuenta mientras toma un receso de la clase de canto que imparte este miércoles en la colonia Flor Blanca. Detrás de un piano, explica: “Yo sentí que había recibido un montón y que no había hecho un servicio social para ayudar a mi país. Hubo un momento que dije ‘necesito hacer algo con esto’ (la música), y Joseph Doestch me invitó unirme a él para formar a cantantes, y nunca imaginamos que iba a llegar hasta aquí”.

Metas. Joseph Karl Doestch y Gladys de Moctezuma no han dejado de encontrar en sus alumnos la motivación para mantener abierta la OPES, por encima de todas las dificultades de educar en el arte en El Salvador.

A unos metros de ella, detrás de una delgada pared, se encuentra el profesor asociado Josué Martínez, otra persona que salió de El Salvador, se formó y ahora intenta crear un medio real de artistas de la ópera. Cuando el conflicto armado de El Salvador inició, sus padres y él se mudaron a Canadá. Allá se educó, actuó, bailó y se convirtió en maestro. Hace un par de años vino a El Salvador, vio un espectáculo de la OPES y se sorprendió. Comenzó a acercarse a los maestros Joseph y Gladys, y empezó, durante sus vacaciones, a dar consejos a los jóvenes y a ser respetado por los fundadores.

Ahora divide su tiempo entre impartir clases en Canadá y en El Salvador. Como maestro, es duro y exigente. En los ensayos se encarga de poner disciplina y demandar que cada uno de los intérpretes lleguen en buen tiempo al escenario, que las cosas estén donde tengan que estar en cada momento y que la coreografía que han montado se siga con precisión.

La llegada de Josué Martínez a la OPES significó varias cosas. Una de ellas fue una visión fresca de lo que se podía hacer con el canto. Los maestros fundadores se enfocaron en educar a cantantes líricos y Josué puso sobre la mesa la posibilidad de formar a cantantes más versátiles que también fueran capaces de cantar música popular. Esta posibilidad se convirtió en una realidad sobre los escenarios. Y así es como se crearon espectáculos como “Moulin Rouge”.

Esto no solo sirve como experiencia para los estudiantes. El público también reconoce con mayor frecuencia los títulos de obras populares y la asistencia de espectadores es mayor que cuando se ofrece ópera clásica.

***

ÓPERA EN LUNES

Es un lunes de abril. Son las 7:30 de la noche y este evento ha empezado puntual. Frente al público de este salón en el MARTE se encuentran Gracia González y Michelle Tejada. Las dos usan vestidos de gala. Al piano está el maestro Joseph. Las dos son estudiantes avanzadas de OPES y se nota. Son solistas y su voz es suficiente para convocar a 90 personas a escuchar ópera en varios idiomas un día de semana.

Michelle Tejada es mezzosoprano y esta noche canta en italiano, en francés y en inglés. El espacio en el que se presenta no es el mejor para la ópera, pero el público guarda un silencio absoluto cada vez que ella canta algo. En el salón solo se escuchan tres cosas: el piano, el aire acondicionado y su voz. Por un momento parece que si alguno de los espectadores respirara con demasiada fuerza, eso sería suficiente para interrumpir el canto sereno de Michelle.

El público de esta noche se ha enterado del recital a través de redes sociales. Las jóvenes artistas cantan durante una hora y al final reciben una ovación. Toda la velada ha sido una oda a lo simple: un piano y la voz. La entrada cuesta $5 y las cantantes no reciben pago por esto. Es parte de su formación. El dinero que se recolecta a través de estas presentaciones sirve para el fondo de funcionamiento de la OPES.

Michelle es una de las voces más protagónicas de este colectivo. “Viene de Ciudad Delgado y llegó a una audición que hicimos en la Alcaldía de Soyapango. Inmediatamente supimos que era una voz especial”, explica su maestro y director musical.

Ella ha resaltado incluso internacionalmente. En 2015 fue a pasar una temporada a Estados Unidos y sus maestros, desde El Salvador, buscaron a alguien que pudiera apoyarla para seguir entrenando su voz por las semanas que Michelle estaría fuera. Una maestra con quien estudió durante ese tiempo la inscribió en un concurso juvenil de canto lírico de la Asociación de Maestros de Canto de Estados Unidos. Michelle ganó el primer lugar y se convirtió en la primera hispana en lograrlo.

“Como Michelle, hay varios cantantes que vienen de zonas difíciles, pero la OPES está ayudando a explotar sus talentos, siempre se está haciendo todo a contracorriente y aún así, sacando estas producciones. Muy a pesar de los problemas económicos, ahí está el sentido de pertenencia y realización personal de ser parte de estos sueños”, comenta el becario y tenor Émerson Ayala.

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ABAJO DEL ESCENARIO

Abajo del escenario la vida suele ser menos glamurosa. Quienes encarnan a los personajes que se ven sobre las tablas del teatro tienen que sortear trabajos, estudios y, en algunos casos, la falta de fondos para poder venir a ensayar.

El centro de operaciones es una casa arreglada para funcionar como oficina y estudio. Algunas separaciones entre salones y escritorios llenos de papeles son biombos de madera con alguna tela. En esta casa de la colonia Flor Blanca, de San Salvador, se administran, ensayan y preparan los espectáculos. Aquí el contador y la secretaria escuchan clases de canto todo el día, pues los escritorios no están completamente aislados del sonido de las lecciones.

Este miércoles hay una clase de canto infantil en un salón. Nueve de quienes cantan son niñas y tres son niños. Parados frente a un espejo, empiezan a interpretar una canción andaluza y aplauden coordinados hacia los lados imitando a los cantantes de flamenco.

Las actividades están a la orden del día. A unos metros de los niños que hacen pasos de baile español está Ricardo Merino, uno de los becarios avanzados de la ópera. Merino es un joven alto y de complexión robusta. Este día está acá para tomar su clase, pero también tiene un pequeño espacio dentro de la oficina. Él es estudiante de diseño gráfico y dona su tiempo para realizar los afiches y la publicidad de las obras de la OPES. A veces recibe algún pago en reconocimiento por el tiempo invertido, pero no suele ser la regla.

Otro cantante de la OPES pone de su propio dinero para promover la publicidad que Ricardo realiza en redes sociales. Los esfuerzos de este colectivo no son solo monetarios, son de tiempo y sacrificio.

Por ejemplo, Álex Arce tiene ocho años de pertenecer a la OPES. Esta es la primera vez que no estará actuando ni cantando en un espectáculo del colectivo y eso lo tiene un poco triste. No estará porque no pudo hacer el tiempo suficiente para ensayar en la obra. Aun así, llega a los ensayos que puede para colaborar con cosas que necesiten resolver sus compañeros.

Alex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

Sin límites. El talento de los estudiantes de la OPES ha sido reconocido también en otros países.

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CUANDO LAS LUCES SE ENCIENDEN

Es la noche del estreno de “Moulin Rouge”. Los camerinos están llenos de vestuario brillante, tacones, pelucas y faldas de vuelo para que los cantantes interpreten desde canciones tropicales hasta música disco. La mitad de las butacas del Teatro Presidente –con espacio para 1,400 personas– están vacías, pero eso no le baja el ánimo a los jóvenes que están nerviosos por mostrar su espectáculo por primera vez.

El telón del teatro toca el piso y de pronto una luz rosada se posa sobre el centro del escenario. Se escucha un coro y el cantante y presentador de la noche se muestra frente al público. Usa un saco formal, pero lleva el pecho descubierto, sin camisa. Le da la bienvenida a la gente con una canción y el telón se corre hacia arriba. Una veintena de jóvenes baila y le canta al público. “Tenemos obras milagrosas que presentar”, dice la canción en inglés que interpretan vestidos de blanco y negro.

Uno de los que lleva este traje es José Benítez, el que hace años, en San Miguel, decidió que quería ser cantante y vino a San Salvador para estudiar en la escuela y aprender música.

A las 8:40 de la noche llega el intermedio de la obra. Algunas personas del público se levantan, se estiran, se toman fotos y regresan a sus asientos 10 minutos después. Mientras eso sucede en las butacas, José Benítez se maquilla e intenta entrar en el vestido de su personaje. Está serio y nervioso. Se prepara para colocarse una peluca.

José cantará una canción que dice: “Soy lo que soy y no tengo que dar excusas por eso”. Para ponerse de tono con la canción, los tres muchachos que actúan en la pieza van vestidos de drag queens. La canción es una celebración de la autenticidad y la identidad que se construye cada persona. No es algo que se discuta mucho durante los últimos ensayos pero, en privado, uno de los integrantes de la OPES dice estar nervioso por el recibimiento que pueda tener este número en específico.

José, de voz grave, intenta huir de los nervios y se enfoca en arreglarse mientras se prepara para salir al escenario. Cuando llega su número, se ve tímido al inicio. Conforme la canción avanza, gana presencia y termina de cantar su canción seguro. Al final, uno de sus compañeros hace un salto dramático e inmediatamente cae sobre el suelo en una pose estilizada. La gente aplaude. José regresa a los camerinos y comienza de nuevo la preparación para otro número y, ojalá, otro espectáculo.

La voz nicaragüense en El Salvador

Protestas
Protestas

Una manera de entender el presente es echando un vistazo al pasado. Lo sostiene Luis Sepúlveda, escritor y periodista chileno. Lo refuerzan Diana Domínguez y Diego Mendoza, nicaragüenses residentes en El Salvador. La historia se repite 40 años después de la revolución sandinista. El considerado como uno de los países más seguros de la región, con una tasa de homicidios de siete por cada 100,000 habitantes, vive una crisis política que ha cobrado decenas de vidas. Esta vez, los papeles se han invertido. En Managua, Masaya, Granada o León, la población se toma las calles y va en contra del Frente Sandinista para la Liberación Nacional. A más de 400 kilómetros de distancia, en El Salvador, Nicaragua también se vive con angustia.

Hasta el momento, no hay una cifra oficial que aclare cuántos nicaragüenses residen de forma legal en El Salvador. Sin embargo, en la Encuesta de Caracterización de Migrantes Nicaragüenses con Arraigo en el Oriente de El Salvador (2012), elaborada por la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), se determinó, tomando como base el último Censo de Población y Vivienda (2007), que la población nicaragüense en el país ascendía a 6,958 habitantes. De esos, 52.7 % eran hombres y 47.2 % mujeres, con un 75.9 % en el área urbana y un 24.0 % en la zona rural.

Las estadísticas pueden variar. Lo que por ahora uniforma el ánimo de los entrevistados es el sentimiento que mezcla miedo, repudio, indignación, coraje y orgullo de llevar la sangre nica en sus venas. Al menos, eso aseguran. Esta es la historia, voz y testimonio de algunos de ellos, quienes desde lejos ven lo que ocurre en su tierra natal.
La cita con Diana Domínguez es bajo el suave sol de una tarde en Antiguo Cuscatlán, La Libertad. Ella es nicaragüense, tiene 40 años y es originaria de León, ciudad en el oeste de Nicaragua. Se sienta con cuidado en las bancas de un centro comercial, a pocas cuadras de su residencia, a la que describe como una burbuja, apartada de la realidad. Las primeras palabras que salen de su boca son para quejarse de los problemas que tuvo hace unos días en el Aeropuerto Internacional Augusto Sandino al tomar un vuelo con destino hacia El Salvador. De hecho, todavía carga con su pasaporte y residencia. También con el dolor y repudio a lo que denomina el “régimen dictatorial de la pareja Ortega-Murillo”. Reconoce ser sandinista, pero no orteguista.

Domínguez ha vivido 17 años en el extranjero. La mayoría del tiempo en Europa. Vino a El Salvador en agosto de 2017. Forma parte de una generación nica que sufrió los embates de la guerra en los años ochenta. Sus padres, como muchos, trabajaron en el gobierno sandinista que vino tras esta, en donde, según ella, se soñaba con construir un mundo mejor. Dieron la vida para ello. Es una herida que no estaba bien sanada y que se ha reabierto con los últimos sucesos, pero también es para ella un proceso que reivindicó mucho a la mujer. “La mujer nicaragüense es brava, de temple, que lucha al lado del hombre. Si vos te fijás, las líderes de los movimientos estudiantiles son mujeres”, explica.

Ella es una de esas mujeres. Su mirada es profunda y habla con propiedad. Ahora está en tierra ajena, pero tanto el 28 de abril como el 9 de mayo participó en la Marcha por la Justicia y Democratización de Nicaragua. Estando ahí, se dio cuenta de que había en todo ese ambiente un aire de futuro, de esperanza, de unidad.
“El pobre caminó al lado del rico, por primera vez la bota de hule del campesino que carga un machete se unió con el zapato de marca de una persona que tiene mucha plata”, describe.

Y la compara con la entrada de 1979 en Managua. Es decir, cuando los campesinos y guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) confluyeron, en el inicio de la revolución, unidos bajo un solo objetivo: derrocar a Anastasio Somoza. Esta fue una de las primeras impresiones que tuvo Domínguez después de haber presenciado las marchas.

El origen de ellas es la gota que derramó el vaso. En primer lugar están las reformas al Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS). Uno de sus puntos era –según la publicación del Gobierno en La Gaceta, diario oficial– la deducción del 5 % de las pensiones. Decisión anunciada el 16 de abril, publicada dos días después en el diario oficial y revocada el 22. Sin embargo, fue demasiado tarde. El caos ya había iniciado.

“¿Vos te imaginás para un adulto mayor, que recibe una pensión mísera, todavía tener que dejar 5 % más sobre lo que recibe porque el INSS se fue a la quiebra gracias a un mal manejo de fondos?”, expresa Domínguez. De su cartera extrae una serie de papeles con datos. En uno de ellos se menciona que cuando Ortega recibió el INSS en 2007, había un superávit de más de 1,000 millones de córdobas ($31 millones). A partir de 2013, este comenzó a estar en números rojos. De hecho, según publicó el Banco Central de Nicaragua (BCR), de 2013 a 2015, esta entidad tuvo su peor déficit económico en los últimos 16 años.

No obstante, la reforma no fue lo único que exacerbó los ánimos nicas. También el incendio (por supuestas causas naturales) de la Reserva Biológica Indio Maíz, a inicios de abril, que quemó, según informes oficiales del Gobierno, más de 4,500 hectáreas de bosque.

Se trata de una de las reservas tropicales más importantes de Centroamérica, de acuerdo con organizaciones medioambientales. Incluso se habló de la catástrofe ecológica más dramática que Nicaragua haya experimentado. Sin embargo, la ayuda internacional de Costa Rica, país vecino, fue rechazada: 40 bomberos y 10 vehículos. El Gobierno optó por reforzar la zona con soldados del ejército y con un helicóptero cisterna de la Fuerza Aérea Mexicana, según informaron los medios nicaragüenses.

Todos los asesinatos que ocurrieron fueron de jóvenes por balazos certeros en la cabeza, en el cuello y en el pecho, relata Diana Domínguez. “Lo que queremos es que la dictadura de Ortega-Murillo se vaya del país y estamos dispuestos, como nicaragüenses, a que se hagan unas elecciones limpias, porque lo que queremos es un proceso de transición pacífico. Esos hijos no se los devolverá nadie a sus madres. Nadie devolverá esos padres a los niños que quedaron en la orfandad’’.

“Es casi imposible que el incendio se haya generado de forma espontánea, ese fue un incendio creado, de eso estamos seguros”, manifiesta Domínguez.
El 18 de abril comenzaron las protestas. Los estudiantes se atrincheraron en las universidades (UPOLI, UNA, UNI y UCA). El resto es historia. En opinión de Diana Domínguez, la orden que dio el Gobierno a través de la Policía fue matar, no herir ni dispersar. Sesenta y tres muertes han sido, hasta el cierre de esta nota, el resultado a lamentar.
Todos los asesinatos que ocurrieron fueron de jóvenes por balazos certeros en la cabeza, en el cuello y en el pecho, relata Domínguez. “Lo que queremos es que la dictadura de Ortega-Murillo se vaya del país y estamos dispuestos, como nicaragüenses, a que se hagan unas elecciones limpias, porque lo que queremos es un proceso de transición pacífico. Esos hijos no se los devolverá nadie a sus madres. Nadie devolverá esos padres a los niños que quedaron en la orfandad. Nadie va a restituir el dolor que tenemos de que se está repitiendo la misma historia de hace 40 años… cuando había un dictador, Somoza”.

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EL SENTIMIENTO DETRÁS de las palabras de Domínguez es compartido por Diego Mendoza, nicaragüense de 19 años. Para él, lo ocurrido en su país es un malestar acumulado de muchos años, donde el problema no solo fue la reforma al INSS, sino la reelección de Ortega en 2016 y la decisión de colocar a la primera dama, Rosario Murillo, como vicepresidenta. La misma que llamó “grupos minúsculos, almas pequeñas, tóxicas y llenas de odio” a los manifestantes.

Miedo. Como algunos nicaragüenses, Diego Mendoza prefiere ocultar su rostro. La razón: el temor al régimen.

Diego Mendoza vive en El Salvador desde 2010. Cuando estalló la crisis en Nicaragua, el 18 y 19 de abril, fueron momentos muy difíciles en su hogar. Él se quedó con la sensación de estar con los brazos cruzados. Sus padres, llenos de incertidumbre.
El resto de su familia está distribuida en Managua. Unos viven en la parte norte, otros en el centro. En los días de la efervescencia, fue necesario hacer llamadas telefónicas para saber, con mayor exactitud, lo que pasaba o estaba por ocurrir. Junto a las llamadas se acrecentaba el deseo de estar con los suyos. Aquí o allá.

“Mis primos me decían: ‘Sí, las cosas están feas’. ‘¿Dónde están?’, pregunté yo. ‘Estamos en la marcha’, respondieron. ‘¿Quieren que me preocupe más?’, dije. ¿Es que no nos podíamos quedar con los brazos cruzados. No nos podíamos quedar en la casa’, me contestaron”, comenta.

Mientras en Nicaragua cada muerte encendía más la llama del universitario, en la casa de Mendoza se empezaba a escuchar música de los años ochenta, es decir, de la revolución sandinista. Música que habla sobre una población unificada y llena de esperanza: “Nicaragua, nicaragüita, yo sé que te veré un día libre y por eso te quiero más”.
“Lloré, son cosas que te dan sentimiento, te remarcan que venís de un pueblo luchador, quizá no el más rico de Centroamérica, pero sí uno que ha librado grandes batallas”, menciona Mendoza.

—Hombre, si estuviéramos allá, yo al menos al paro hubiera ido –afirma su madre.
—Hombre, yo quizá ni al paro, sino a las marchas universitarias –responde él.

En una de esas marchas murió Álvaro Conrado, de 15 años. Era estudiante de cuarto año del Instituto Loyola. Según medios internacionales, se trata de la víctima más joven en las protestas. De acuerdo con el acta de defunción emitida por el Hospital Bautista de Managua, un disparo de arma de fuego le provocó lesiones en la tráquea y el esófago. Los daños fueron irreversibles.

“Su pecado fue llevarle agua a los estudiantes en las protestas del 20 de abril”, expresa Mendoza, quien, de igual forma, destaca el papel que han jugado las redes sociales para convocar e informar de lo sucedido en las manifestaciones. Gracias a ello, se ha enterado de todo. No confía en los medios de comunicación porque en su mayoría son controlados por Ortega.

Un reportaje del medio digital Onda Local reveló que ocho de los nueve canales en televisión abierta que existen en Nicaragua son controlados por la familia Ortega-Murillo, así como la dirección del sistema informativo de Canal 2.
“¿Cómo en dos días se pudo arruinar lo que le costó tanto al gobierno de Daniel Ortega?”, se cuestiona Mendoza. Por unos cuantos segundos guarda un profundo silencio. Luego se vuelve a soltar. No cree que la situación en Nicaragua se normalice al 100 %, mucho menos que el Frente Sandinista vuelva a ganar otro período presidencial.
“Después de las muertes y violaciones a los derechos humanos, la comunidad universitaria será un factor clave para que el Frente Sandinista no vuelva a ganar”, vaticina.

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Dividida. Tamara nació en El Salvador, pero se siente más identificada con Nicaragua. Su madre siempre le dijo que lleva la sangre caliente de un nica y el ser político de un salvadoreño.

TAMARA GARCÍA, de 23 años, tiene doble nacionalidad. Es estudiante universitaria. Nació en El Salvador. Pero los mejores años de su vida están a más de 400 kilómetros: en Monte Tabor, un barrio a las afueras de Managua. Lo visita en cada vacación. Allá dejó clavada su niñez.
Su papá es nica. Su mamá, salvadoreña. Ella vivió 15 años en Nicaragua, es decir, un pedazo de guerra y posguerra. Ahora, cada quien está por su lado. La familia de García, en su mayoría, emigró hacia Estados Unidos en pleno conflicto armado. Sin embargo, una parte se quedó en Monte Tabor. Como su padre, quien vive allá desde 2015. Es comerciante, se dedica a vender automóviles. O, al menos, eso hacía antes de que estallara la crisis política. Desde entonces, apenas y ha podido salir de su casa. Tampoco ha recibido muchas llamadas de personas interesadas por algún coche.

El contacto de García con su familia ha sido diario. Su tía abuela de 83 años incluso ha dicho que la situación está peor que en el conflicto armado. Su padre, quien ha estado en las marchas, comparte todo tipo de información. Entre más visible se haga, mejor, consideran. Primos, tíos, tías o conocidos. Siempre han sido de esas familias grandes que se crecen en un barrio y todo el mundo los conoce. Allá, dice, el apellido García pasa desapercibido. Son reconocidos como los Siqueira. No solo en Monte Tabor, también en Masaya y en Estelí.
“Ahora da miedo salir a la calle, da miedo quedarte atrapado en una manifestación, da miedo que de repente los agarren a balazos”, declara Tamara.

El día del enfrentamiento en la UCA, el padre de García estaba en los alrededores del campus. “Mi papá llevó a mi abuela –quien desde hace 20 años vive en EUA y llegó de visita– a comer pupusas. Pero después no se podían regresar. Estuvieron ahí como 20 minutos antes del enfrentamiento. Pasó una turba de jóvenes de la Juventud Sandinista y le llevaron el teléfono. Lo tenía en la mesa y se lo llevaron. Es bien feo, se les olvida que lastiman a sus propios hermanos”, opina.

“Nicaragua, te quiero libre”, decía el cartel que García llevó hace unas semanas a la embajada de Nicaragua en El Salvador. Una bandera y tres personas más le acompañaban. Considera que el nicaragüense es “muy sangre caliente y rápido para cooperar”, que hace lo que dice y no se deja pisotear. En cambio, para ella, el salvadoreño se queja, se indigna, pero no hace nada. Es más individualista.

Tamara García lo tiene claro: en un futuro no tan lejano, le gustaría vivir en Nicaragua. Carretera a Masaya, ahí está la casa de sus sueños. De acuerdo con ella, es más probable que el flujo migratorio se genere desde El Salvador hacia Nicaragua que viceversa.

“La misma inseguridad del Estado hace que la gente no se quiera ir, porque quieren ver un cambio, porque quieren colaborar y estar metidos. El nicaragüense es muy unido, huir no se les dará”, afirma.
Esta revista solicitó a la embajada de Nicaragua en El Salvador una entrevista para saber, entre otras cuestiones, si se ha tomado alguna medida especial por la crisis.

“La embajada de Nicaragua en El Salvador se excusa de responder a la entrevista, pues la embajadora Gilda Bolt va a salir del país”, fue la respuesta.

Según la Encuesta de Caracterización de Migrantes Nicaragüenses con Arraigo en el Oriente de El Salvador (2012), elaborada por la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), La Unión, con un 45.1 %, es el departamento con mayor cantidad de hogares de migrantes nicaragüenses, seguido de San Miguel con el 39.8 %, Morazán con el 9.7 % y Usulután con el 4.9 %. El mismo estudio también señala que los municipios donde se concentra la mayor cantidad de familias nicaragüenses en el departamento de La Unión son Pasaquina, Santa Rosa de Lima, Bolívar, Anamorós, La Unión, El Carmen, Lislique, Conchagua, San Alejo y Polorós.

—El barrio Monte Tabor: ahí crecimos, nacimos y ahí vamos a morir, creo yo –dice Tamara García. Su tía es la dueña de la tiendita del barrio.
“Ahí, todo el mundo te conoce desde que estás en la panza”, asegura. A Monte Tabor, un pedacito de Nicaragua, lo lleva en el corazón. “Las puertas siempre están abiertas de par en par. Cuando mi abuela y mi tía están, se ponen las mecedoras afuera”.
Tamara García está aquí, pero sigue viviendo allá: “Preguntame cómo llegar a mi casa acá, en El Salvador, y no sé, pero preguntame cómo llegar a Monte Tabor, es ver la iglesia, pasar del túmulo y sentirme en casa”.

Mientras en Nicaragua cada muerte encendía más la llama del universitario, en la casa de Diego Mendoza se empezaba a escuchar música de los años ochenta, es decir, de la revolución sandinista. Música que habla sobre una población unificada y llena de esperanza.

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Juventud. Felipe Gutiérrez lleva un año viviendo fuera de Nicaragua. Su punto de vista sobre la crisis política parece ser neutro. Eso no quita su indignación.

FELIPE GUTIÉRREZ tiene 24 años y es originario de Managua. Reside en El Salvador desde agosto de 2017. Es director nacional de Marketing en una ONG. El 23 de abril viajó a Nicaragua, cuando el caos comenzaba a predominar. Se encontró, dice, con gente peleadora, que cuando se quieren unir, se unen.
“Si ya lo hicieron en el pasado, lo pueden volver a hacer”, manifiesta.

A diferencia de los demás entrevistados, Gutiérrez define la situación vivida con una sola palabra: circo. Un circo por parte de las autoridades, donde no hay transparencia ni respeto a los derechos humanos. “Lo que me afectó fue saber que mi familia estaba allá. No quería que les pasara nada malo”, puntualiza.

Los entrevistados coinciden en sentimientos como miedo, orgullo, indignación e incertidumbre hacia el futuro. Piden, además de que se restituya la paz, la salida del denominado régimen Ortega-Murillo.
De la misma forma lo pidió Lesther Alemán, uno de los jóvenes que lideran y representan a los grupos universitarios en Nicaragua. Tiene 20 años y estudia en la Universidad Centroamericana (UCA). Frente al presidente Daniel Ortega y la vicepresidenta, exigió el cese inmediato de la represión.

“Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Ríndase ante todo este pueblo. Lo que se ha cometido en este país ha sido un genocidio”, dijo en la primera sesión instaurada en la sede del Seminario Nuestra Señora de Fátima, en Managua.

Nicaragua vive hoy las horas más oscuras y violentas de su historia reciente. Así son las primeras líneas de una carta abierta de escritores, artistas, intelectuales, periodistas y académicos ante los acontecimientos de violencia que iniciaron el 18 de abril de 2018: “Condenamos cada uno de los asesinatos de los jóvenes estudiantes, repudiamos todos los actos de violencia cometidos por las fuerzas especiales del Gobierno, y hacemos un llamado contundente a las autoridades nicaragüenses para que cesen de inmediato sus actos de violencia en contra de la sociedad. Exigimos que todos los crímenes sean investigados y los responsables llevados a juicio para que Nicaragua vuelva a ser en su presente un país con futuro”.

Repudio. “¿Cómo va a ser posible que el Gobierno te mate a tu propio hijo, en quienes se supone que te tienen que proteger?” se cuestiona Tamara García. Sesenta y tres fallecidos ha causado la crisis.

El campo se queda sin jóvenes

El campo
El campo

Al menos hasta hace unas semanas, la única manera de que una persona de la comunidad La Ruda recibiera atención médica era trasladarse al centro del municipio de Masahuat, Santa Ana, ubicado a unos 10 kilómetros de aquí, para donde no existe más transporte público que un camión que sale a las 7:30 de la mañana. Si no se contaba con un vehículo propio (lo que pasa con casi todos los habitantes), la única opción aparte de esa era la fuerza de las piernas para recorrer un sinuoso camino a orillas del río Lempa.

Este escondido rincón de Masahuat, un apartado municipio ubicado varios kilómetros adentro del desvío al parque acuático Apuzunga, ahora tiene una clínica, recién construida por la ONG Ayuda en Acción, que recibe buena parte de sus fondos desde el Gobierno de España. Eligió a Masahuat por las incontables necesidades que asolan a sus pobladores.

Álex Valdez, de 26 años, es uno de los beneficiados de esta clínica. Ha sido agricultor desde que ha tenido edad para trabajar. Es la única manera que conoce para ganarse la vida, como casi todos los miembros de las 56 familias que viven en La Ruda. Es así incluso con sus compañeros de generación. Toda una rareza; según datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), la edad promedio del agricultor salvadoreño es de 57 años.

En este país que ha tenido a la actividad agrícola como soporte principal de su economía en el pasado, los campesinos son mayores incluso que los de California, Estados Unidos, en donde el promedio de edad es de 45 años. La de hacer producir la tierra es una actividad que se queda sin relevo generacional: menos del 10 % de los involucrados es menor de 27 años.

Y muchos son como Álex, personas a las que el Estado se olvidó de cubrirles sus necesidades básicas, sobre todo en municipios como Masahuat, uno al que el Mapa de Pobreza del FISDL coloca entre aquellos que se consideran como de pobreza extrema severa: casi la mitad de su población (3,373 personas según las proyecciones para 2018 de la DIGESTYC) vive bajo ese umbral.

—Ahorita tuve una experiencia, –comenta Álex, los ojos viendo al piso, las manos cruzadas sobre el pecho–. Le estaba diciendo a mi papá que ni ganas de hacer mucha milpa me daban.

A pesar de que el año pasado fue bueno y hubo suficiente lluvia para que las plantas crecieran a sus anchas, la alegría se esfumó pronto. La base de este desconcierto está en las matemáticas.
Álex hace su recuento: en 2017 logró producir, aparte de aquel maíz necesario para su consumo personal, 18 cargas, el equivalente a 36 quintales.  Cuando llegó a una de las agencias que en Metapán, la ciudad más cercana, acostumbran comprar producto a los agricultores locales, tuvo que vender cada 100 libras a $13. Incluso si hubiera preguntado en otra agencia, habría recibido lo mismo. Los intermediarios suelen ponerse de acuerdo para establecer un precio de referencia.

Este, según un vendedor de Metapán que no quiso identificarse, se calcula en base con las cosechas del año. Esa es la paradoja del agricultor: cuando el año es bueno, debe vender su producto barato, pues hay mucha oferta. Cuando se trata de uno malo, puede obtener un precio promedio más alto, pero cuenta con poco producto para comerciar.
A Álex eso le significó un pago de $468. A eso debió restarle un dólar por quintal, lo que le cuesta el transporte, por lo que le quedaron $432. Ahora, piensa en lo que le tocó gastar este mayo, cuando se preparaba para sembrar: 48 libras de semillas de maíz, cuatro botellas de veneno, 3 kilos de herbicida y el plástico para poner en la milpa. En eso gastó $250.

—¿Y el abono, y para querer echar un mozo para trabajar? Viera que el trabajo de uno le queda en vano –comenta en un momento de exasperación que contrasta con el resto de la plática–. Uno siente que trabaja para los empresarios, porque ellos nunca pierden.

Y puede ser que lo dicho por Álex no sea una exageración; en municipios donde es posible vender un volumen como ese (los más cercanos son Metapán y Nueva Concepción, Chalatenango), el quintal que ellos dan por $13 luego puede ser vendido por $18; $5 de ganancia para alguien que no asume todos los riesgos, que no depende del arbitrio de un clima cada año más caprichoso.

El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) publica cada día una tabla de precios para distintos productos agropecuarios. Pero esa labor no es la de establecer un monto que hay que respetar a la hora de comprarle a un agricultor, sino la de elaborar un promedio de en cuánto se está vendiendo el producto en las plazas comerciales a escala nacional. El referente es el intermediario, no el productor.

Solo la caña de azúcar cuenta con un precio mínimo de compra hacia el productor, que debe ser acatado, pero se trata de un cultivo al alcance solo de los propietarios de extensiones grandes de tierra.

Por un escenario como el anterior, que no haya un sólido relevo generacional en la agricultura no es culpa de los jóvenes, dice Ismael Merlos, director de Desarrollo Territorial de la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE), sino más bien, de la realidad de esta actividad en El Salvador: una tecnológicamente atrasada con respecto al resto de la región.

Para Merlos, la agricultura se ha convertido en una labor de “subsubsistencia”, aquella que no alcanza a cubrir siquiera las necesidades alimentarias de quien siembra. Eso hace que una producción para fines comerciales se convierta en un sueño solo a la mano de unos pocos. La superación de la pobreza no es un objetivo alcanzable a través del sudor que cae en la tierra.

José Mendoza es otro de los jóvenes agricultores de La Ruda. Vestido con un short, una camiseta y con tenis, a primera vista este muchacho de 26 años no parece agricultor. Pero, igual que Álex, es de los que se sacrifica para sacarle frutos a la tierra.

En la época del maicillo y del maíz, siembra en las manzanas de su familia, ubicadas muy cerca de su casa. Pero cuando se trata del frijol, para el que se necesita un clima más frío, debe subir la montaña, lo que toma cerca de dos horas. Allá arriba alquila un terreno. Para aprovechar el día, la jornada debe empezar a las 6 de la mañana. Hay que partir a las 4, apenas acompañado por una lámpara que corte la noche.

Álex hace su recuento: en 2017 logró producir, aparte de aquel maíz necesario para su consumo personal, 18 cargas, el equivalente a 36 quintales. Cuando llegó a una de las agencias que en Metapán, la ciudad más cercana, acostumbran comprar producto a los agricultores locales, tuvo que vender cada 100 libras a $13. Incluso si hubiera preguntado en otra agencia, habría recibido lo mismo. Los intermediarios suelen ponerse de acuerdo para establecer un precio de referencia.

Ganadas. Algunas laderas de montaña en Masahuat lucen deforestadas. Muchas son ocupadas por campesinos de la zona para sus siembras, que dependen de un clima cada año más caprichoso.

También es otro de los decepcionados con lo poco rentable que resulta la agricultura, el único medio de subsistencia que ha conocido en su vida. Cuenta historias parecidas a las de Álex y añade otro elemento a la ecuación: cada venta les cuesta un día de su vida, pues deben salir con el camión que sale de La Ruda hacia Metapán o Nueva Concepción a las 7:30 de la mañana y retornar hasta que este pase por su comunidad.
“Si existiera un tipo de agricultura que les permita a los jóvenes, además de obtener ingresos, formarse técnicamente, te aseguro que van a involucrarse en la agricultura. Para eso se necesita hacer una transformación en profundidad”, comenta Ismael Merlos, de FUNDE.
La violencia es otro de los factores que aleja a los jóvenes del trabajo en la agricultura. Sobre todo cuando el ir a laborar a una plantación significa cruzar invisibles fronteras de guerra.
Esa fue la razón por la que asesinaron a cuatro primos, todos trabajadores de la tierra, en abril de 2015, en el caserío Los Hernández, de Izalco. Vivían en una zona con presencia de una pandilla. Cerca de la propiedad a la que iban a trabajar, en la hacienda La Macarena, estaba la agrupación enemiga.
Por la misma causa asesinaron en octubre de 2017 a Raúl Benjamín Jiménez Ramírez, cuando regresaba a su casa en el cantón El Carmen, de Guaymango, Ahuachapán; o a José Alberto Hernández González, en Jiquilisco, en diciembre de 2015.
Chalchuapa, el municipio ubicado más al sur de Santa Ana, forma parte de un corredor de violencia, conformado también por municipios como Atiquizaya o El Refugio, en el vecino departamento de Ahuachapán. Uno en el que es posible que ocurra, en apenas una mañana, media docena de homicidios. Varios agricultores han sido asesinados en el último lustro.
En este municipio está el cantón La Magdalena, ubicado a unos kilómetros del ingenio del mismo nombre, que en 2015 fue denunciado por el derramamiento de miles de galones de melaza en el río que surca la localidad.
Esta mañana de mayo, al encuentro sale Gustavo Torres, uno de los habitantes de la zona. Maneja su motocicleta para guiar entre un sinuoso camino de tierra, fácilmente transitable para cualquier vehículo. Su deber es conducir un grupo de jóvenes integrados a diferentes proyectos de desarrollo agrícola, apoyados por el programa “Amanecer rural”, financiado con $40,000,000 provenientes de un préstamo entre el Estado salvadoreño y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), una agencia de Naciones Unidas.
A pesar de que es el primer anfitrión, no forma parte de los proyectos. Él decidió ganarse la vida de otra manera, trabajando en la paquetería de un supermercado en la ciudad de Santa Ana, por lo que ha tenido que mudar su residencia allá. Solo trabaja la tierra eventualmente, cuando viene a pasar las vacaciones a su hogar natal.
En las oficinas de la cooperativa Las Tablas espera un grupo de jóvenes, cuyas edades oscilan entre 18 y 27 años. Una de ellos es Gabriela Torres, estatura media, corpulenta, ojos vivos. Con orgullo expone sobre los programas que han comenzado a implementarse en su comunidad, como una plantación de maracuyá, para la que técnicos del MAG los han capacitado en su cuidado.
“Por un tiempo lo habíamos descuidado y creció mucho la maleza, pero ahora lo retomamos”, comenta Gabriela. Los otros dos proyectos son un banco de apicultura y un huerto de hortalizas, que se cultivará en un invernadero.
Gabriela y compañía se muestran entusiasmados con las oportunidades, pero ella reconoce que no ve en la agricultura un futuro para su vida. Si tuviera la oportunidad de salir de aquí para obtener un mejor empleo, no lo dudaría dos veces. En sus aspiraciones está seguir con sus estudios después de haberse graduado del bachillerato, todo un logro si se considera la media de escolaridad de la zona, que suele parar en el tercer ciclo.

Gabriela da algunas claves con respecto a este desencanto con la agricultura: Si bien existe la capacidad de producir algo, todavía están muy lejos de que se convierta en un negocio sostenible, pues no existe un mercado al que venderle de manera constante. Las recientes producciones de miel, por ejemplo, han ido a parar a las manos de los mismos vecinos. El dinero es tan poco que ha sido necesario invertirlo en su totalidad para continuar con el proyecto. Las excepciones a esta regla en planes de esa naturaleza se cuentan con los dedos de la mano. Uno de los más prominentes es el de la Canasta Campesina de los productores de Comasagua, que tiene una ventaja: su cercanía a una capital con personas con alto poder adquisitivo.

“Pero esto nos ayuda a mantenernos ocupados. Y eso significa mucho para nosotros, saber que estamos en algo productivo”, comenta Gabriela.

La mayor parte de hombres de la comunidad pertenece a una cooperativa, lo que les asegura un trozo de tierra (aunque sin escrituras a su nombre) para sembrar en invierno, casi siempre dos únicos cultivos: maíz y frijol. Uno de esos hombres es el padre de Gabriela, Óscar Torres, de 53 años. Junto a su sobrino, Adiel, se esfuerza en las labores de un futuro corral de cerdos.

Como casi todos aquí, en la agricultura le apuesta a los dos cultivos tradicionales. Habla de buenas épocas en las que es factible sacar algo de ganancia a tanta inversión y trabajo. Dice que la única posibilidad para ello es que el Gobierno les compre su producto como semillas. Es un proceso más largo que si solo lo hicieran para consumo, pues existe una labor de selección, de bodegaje y de cumplimiento de varios estándares. La recompensa es que lo pagan a $100 el quintal. Producir cada uno, según los cálculos de Óscar, cuesta unos $90. Hay una ganancia de $10. Sin embargo, este año no podrá ser así, pues el Gobierno no les ha pagado aún lo de la última vez, comenta.

Por eso se verán obligados a llevarlo a la plaza y venderlo para consumo, donde se paga a un precio estimado de $43 el quintal. Torres dice que el costo de producirlo es todavía mayor. Por eso declinó pedir un préstamo en la línea de crédito que tiene activo en el Banco de Fomento Agropecuario. Ha decidido solo sacar lo necesario para consumir en su familia.

Adiel, su sobrino, ha estado atento a la conversación, con la mirada perdida, aparentemente sumergido en la música de sus audífonos; con 20 años, se ha convertido en el líder de los jóvenes de su comunidad. Por ello fue beneficiado con una beca de varios meses para ir a capacitarse en la Escuela Nacional de Agricultura Roberto Quiñónez (ENA), ubicada en Ciudad Arce, La Libertad.

Habla de lo aprendido, de cambiar el chip en las comunidades. Para él, lo más importante es la diversificación de los productos, dejar de depender de un invierno bueno, algo de lo que nadie tiene control. Por eso trabaja en este pequeño corral de cerdos. Por eso también ha estimulado a sus compañeros de generación para aprender todo lo que puedan de los técnicos de diferentes instituciones que los visitan, sobre todo en cuanto al abono orgánico.
“Se hace con insumos que uno saca aquí. El carbón, la ceniza, los microorganismos de montaña, cáscaras de verduras. Se pueden hacer buenos fertilizantes, ya sea vía foliar o al suelo. Nosotros mismos tenemos los recursos, a veces es solo falta de conocimiento”, comenta el joven. Una primera cosecha de huertos caseros, sin embargo, todavía se ve lejos: no han cultivado ni una sola planta en el invernadero que les facilitaron para ese fin. Es un camino que apenas comienza.
Otro joven de la comunidad es Misael García, de 21 años. Luce cansado, sudoroso, pues en este mediodía acaba de volver de trabajar en la tierra de la cooperativa. Una imagen que no hubiera sido posible contemplar hace solo unos meses, cuando era empleado de una empresa repartidora de bolsas plásticas. Ganaba apenas unos dólares más que en el campo, pero el trabajo era estable y los ingresos constantes. Pero un detalle lo complejizaba: la necesidad de entrar a territorios donde no es bienvenido por el solo hecho de vivir donde vive.

“Ser joven es un delito”, dice. Por eso optó por renunciar y regresar a su trabajo de antes. Eso, según comentan Armando Ramírez, de Ayuda en Acción; y Christian Torres, de la Asociación Integral de Redes Juveniles Rurales (AREJURES), es una marca de este tiempo: un retorno obligado a la agricultura para aquellos jóvenes que prefieren no cruzar invisibles fronteras de guerra, mantenerse seguros dentro de sus comunidades; un elemento más a la ecuación de un círculo de pobreza difícil de romper.

Por eso optó por renunciar y regresar a su trabajo de antes. Eso, según comentan Armando Ramírez, de Ayuda en Acción; y Christian Torres, de la Asociación Integral de Redes Juveniles Rurales (AREJURES), es una marca de este tiempo: un retorno obligado a la agricultura para aquellos jóvenes que prefieren no cruzar invisibles fronteras de guerra, mantenerse seguros dentro de sus comunidades, un elemento más a la ecuación de un círculo de pobreza difícil de romper.

En El Salvador, uno de los proyectos con más difusión para el impulso de la agricultura es el de los paquetes agrícolas. Para Ismael Merlos, de FUNDE, esto no significa ni siquiera un parche al problema: lo entregado por año a un productor en semilla mejorada y en abono le sirve apenas para sembrar un octavo de manzana.
El otro proyecto es Amanecer Rural, financiado con el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). Está compuesto por múltiples aristas, como la capacitación de agricultores y la provisión de insumos para el inicio de emprendimientos agrícolas. Pero todavía se antoja incipiente: solo unos cuantos miles de personas son beneficiarias directas de los proyectos generados por el programa.

“Las necesidades de la juventud rural son enormes debido a un monto de inversión en los espacios rurales que no ha sido cumplido”, dijo al respecto Perin Saint Agne, vicepresidente asociado del FIDA, la agencia de Naciones Unidas para la erradicación de la pobreza en zonas rurales, en su visita el año pasado al país para abogar por la aprobación de un nuevo crédito con la institución a la que representa, por un monto cercano a los $60,000,000.

En esa oportunidad, el funcionario afirmó que buena parte de los problemas sociales del país residen en la desigualdad. “Esto podría evitarse si se dieran las inversiones y el apoyo para desarrollar las capacidades, la educación, los sistemas de salud, la infraestructura y el acceso a mercados en la zona rural”, aseguró entonces. Es una medida estructural que suena obvia, pero que aún está lejos de convertirse en la prioridad de quienes deciden el destino del país.

Esta mañana en Masahuat, Álex Valdez y José Mendoza, a pesar de todos los problemas que significa ser agricultor en El Salvador, contemplan con fruición la tierra en la que el primero trabaja. Es un terreno ganado a una ladera de montaña, traspasada por múltiples afloramientos de roca. No es el mejor lugar para cultivar, pero años y años de experiencia logran sacarle frutos.

Esa habilidad es elogiada por Jorge Santos, el técnico en Seguridad Alimentaria de Ayuda en Acción, quien reconoce que toda capacitación como las que pronto se pretende dar en La Ruda requiere de una comunicación a dos vías: de los que como él tienen los conocimientos científicos; y de los que como nadie saben trabajar la tierra.
“Esta gente es muy valiosa. Es la encargada de que un país tenga seguridad alimentaria. Pero siempre terminan siendo las víctimas de malas políticas públicas o de la ambición. Eso debe cambiar si le queremos dejar un mejor país a nuestros hijos”, dice, pisando con fuerza la tierra bajo sus pies.

La tierra. José Mendoza posa con las tierras de su colega, Álex Valdez, en el fondo. Las mismas ya están ocupada por maíz, que esperan poder cosechar muy pronto.

A Medicina Legal le faltan forenses con especialización académica

Medicina Legal

Hasta el día de hoy, El Salvador no ha graduado a ningún médico con el grado de especialidad en medicina forense en ninguna universidad. A pesar de ello, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) sí ha contratado a médicos como forenses a pesar de que estos no cuenten con títulos de especialización en el extranjero que permita llamarlos así.

La creación del Instituto de Medicina Legal fue acordada en 1990. El instituto depende de la CSJ y desde el inicio de sus operaciones ha contratado a médicos generales para realizar actividades propias de especialistas. Así lo asegura la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

“Lo que se ha venido realizando son contrataciones de profesionales de la medicina que no cuentan con la especialización en las ciencias forenses para que ejerzan tales funciones en el Instituto de Medicina Legal”, se puede leer la resolución SS-0340-2004 de la PDDH.

Debido a que los procedimientos y dictámenes que el Instituto de Medicina Legal (IML) hace forman parte de procesos judiciales, cualquier cuestionamiento a la idoneidad de quienes los realizan puede llegar a convertirse en un cuestionamiento al sistema judicial del país. La administración de justicia basa buena parte de sus expedientes judiciales en la prueba científica que produce Medicina Legal.

“La falta de nombramiento de profesionales acreditados por la Corte Suprema de Justicia para el ejercicio de las labores del Instituto de Medicina Legal Dr. Roberto Masferrer violenta los derechos del debido proceso y de acceso a la justicia”, indica la resolución de la procuraduría.

En 2004 fue aprobada la Ley de Educación Superior actual. Esta ley estableció que los grados académicos como especialistas solo pueden ser brindados por institutos especializados de nivel superior o universidades. Solo hace dos años, en 2016 se empezaron a impartir clases de una nueva especialidad en medicina forense para crear médicos especialistas capacitados de acuerdo con la ley.

En otras palabras, en El Salvador, un país con 10 homicidios diarios en el primer trimestre del año, la especialidad en medicina forense es reciente. Tan reciente que aún no se ha graduado la primera promoción.

Para ser director del Instituto de Medicina Legal no es necesario contar con una especialización en esta área específica. De acuerdo con las convocatorias públicas realizadas para obtener el cargo, el único requisito académico fundamental para desempeñarse en el cargo es tener un título en ciencias jurídicas, medicina, química, biología o afines. El postgrado está señalado como una posibilidad “de preferencia”.

Por ejemplo, el actual director interino, Pedro Martínez, es un médico graduado de la Universidad Salvadoreña Alberto Masferrer (USAM) con especialidad en cirugía. Su currículum, disponible en la página web de la CSJ, enlista dentro del apartado de “información profesional” dos cursos en medicina forense: el primero es un “postgrado en medicina legal” de 12 días en 1996; el segundo, un curso de cinco días de investigación de escena de la muerte en 1998.

En leyes. El artículo 189 del Código Procesal Penal regula que “la autopsia la practicarán únicamente médicos forenses”.

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EL ESTADO ACTUAL DE LA ESPECIALIDAD

El 26 de octubre de 2015 la Corte Suprema de Justicia firmó un convenio con la Universidad de El Salvador. En él las dos partes se comprometieron a implementar la especialidad médica en Medicina Legal. En la actualidad hay 24 médicos residentes estudiando esa especialidad.

A la universidad le compete encargarse de los temas académicos, mientras que el IML pone a disposición de los residentes de la especialidad la infraestructura y el material del instituto, “todo con la finalidad de que el Instituto de Medicina Legal pueda contar, en el futuro, con médicos forenses especializados y acreditados”, se lee en un comunicado de la Corte.

La creación de esta especialidad no ha sido un proceso orgánico. Al contrario, para poderla implementar, se necesitó la presión de diversos actores ajenos a la Corte o a entes académicos. La presión externa comenzó en 2004, cuando la PDDH tuvo conocimiento a través de una denuncia “por nombrar y juramentar a médicos generales como médicos forenses”. Es decir, para que la denuncia tuviera una respuesta práctica, tuvieron que pasar 11 años.

La presidenta de la Sala de lo Penal y del Consejo Directivo del Instituto de Medicina Legal, Doris Luz Rivas Galindo, argumenta desde su oficina que los médicos que están contratados como forenses en el instituto sí tienen la capacidad y experiencia para desempeñarse como tales, y que ellos sí tienen “diplomados, maestrías” en ciencias forenses.

Ya que en el país no existía la especialidad en medicina legal, la Corte defendió durante años la práctica de contratar médicos generales en “la facultad constitucional” que tenían para nombrar médicos forenses. De acuerdo con información recabada por la PDDH, así respondió en un escrito en 2005 el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Agustín García Calderón.

En efecto, el artículo 182 de la Constitución establece que una de las atribuciones de la Corte Suprema de Justicia es nombrar a los médicos forenses y a los empleados de las dependencias de la misma Corte.

“Todo esto comienza a raíz de una muerte de una sobrinita mía en 1991, por mala praxis médica”, explica el abogado Alfaro mientras saca documentos de su maletín en una cafetería de Antiguo Cuscatlán. Él sostiene que en las diligencias de ese proceso descubrió que quien realizó la autopsia de su familiar no era un médico forense certificado.

Dudas. ADESAM-Coribel cuestiona la idoneidad de la autorización legal con la que cuentan los médicos residentes para realizar acciones de práctica sobre, por ejemplo, cuerpos que son parte de un caso judicial.

A juicio de la PDDH, ese argumento se encontraba basado en una mala interpretación de la Constitución. Pues el artículo 5 de La Ley Superior de Educación de 2004 establece que el grado de especialista es uno académico y que solo los “institutos especializados de nivel superior y las universidades podrán otorgar todos los grados establecidos”.

Hace más de una década, cuando el Ministerio de Educación fue consultado al respecto, quien entonces era ministra de Educación, Darlyn Meza, “informó que conforme a la Ley de Educación Superior, le corresponde a ese ente acreditar los estudios de especialidades en las ramas de la medicina, con la colaboración interinstitucional y previa aprobación y dictamen de la Junta de Vigilancia de las especialidades respectivas”.

La procuraduría asegura que la CSJ hizo una interpretación errónea de las atribuciones constitucionales que la institución argumentaba. En ese sentido, el nombramiento de forenses al que se haría referencia en la Constitución se entendería como la capacidad de contratar a los médicos y no como la posibilidad de asignar un grado académico sin que estos lo cursen.

“Actualmente hay más de 122 médicos forenses en El Salvador, de donde la mayoría, más del 80 %, son mayores de 50 años”, cuenta la magistrada Doris Luz Rivas Galindo. Una fuente que pidió no ser identificada para este reportaje y que trabaja en una jefatura de la Corte explica que en Medicina Legal siempre se ha aprendido sobre la práctica. Y la práctica implica el manejo de información sensible para procesos judiciales.

“Todos entran así (sin experiencia)”, sostiene. Luego explica cómo es que en el instituto un médico general puede ser nombrado forense. Esta persona asegura que “cuando usted entra, se le entrena, se le tutorea y después de un tiempo… tres, seis meses en el área, a usted lo empiezan a soltar y empieza a poner la firma en el peritaje más sencillo y así por el estilo”.

La magistrada Rivas explica: “A partir del desarrollo de la especialidad, ya no es un médico que va a venir, verdad, que ha estado en un lugar equis y de repente va a venir a hacer peritajes”. Ella asegura que con las personas que se gradúen de la especialidad se van a quitar una preocupación de decir ‘bueno y a quiénes vamos a poner’ y evitar otro tipo de prácticas que son menos transparentes.

Rivas Galindo señala que a escala regional, solo Nicaragua y El Salvador no contaban con una especialidad forense. Y que ella no puede responder por qué la Corte no hizo la presión necesaria para que esta especialidad se gestionara con anterioridad. “Nosotros no podemos dar cuenta de por qué no lo hicieron antes. Ahora sí estamos dando cuenta de por qué lo estamos haciendo ahora”, se limita a responder.

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EL INICIO DE LA DEMANDA

La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tuvo conocimiento de esta situación en 2004. Así lo explica Mireya Tobar, la procuradora adjunta para la Defensa de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, desde su oficina en un edificio que tiembla cuando los carros transitan por la calle de enfrente.

Hace 14 años, Wilfredo Alfaro, representante legal de la Asociación para la Defensa de la Salud y del Medio Ambiente Corina Isabel Pérez Alfaro (ADESAM-Coribel), puso una denuncia ante la PDDH.

“Todo esto comienza a raíz de la muerte de una sobrinita mía en 1991 por mala praxis médica”, explica el abogado Alfaro mientras saca documentos de su maletín en una cafetería de Antiguo Cuscatlán. Él sostiene que en las diligencias de ese proceso descubrió que quien realizó la autopsia de su familiar no era un médico forense certificado.

Y como hasta hace tres años El Salvador no contaba con ninguna especialización forense certificada por una universidad, la procuradora Tobar no vacila en asegurar que “esta práctica ha sido histórica por parte del Instituto de Medicina Legal. Eso hay que tenerlo claro: en la historia de la creación del instituto no se ha contado con médicos con especialización como tal y si lo ha tenido ha sido de manera individual”.

Mireya Tobar asegura desde su escritorio -lleno de expedientes con denuncias de mala praxis médica- que la no certificación forense ha sido un obstáculo a la hora de evaluar el tipo de casos que llegan a esa unidad.

—Muchos de estos dictámenes, a la hora de que son presentados por Medicina Legal, evaden un dictamen por no tener una especialización en el tema de forense como puede ser en temas de medicina interna –declara.
—¿Pero de todas maneras sí realizan el trabajo con las limitaciones que tienen o se abstienen? –se le consulta a la procuradora.
—En algunos casos, sí. Un porcentaje realiza el dictamen pese a no tener la especialización.
—¿Los médicos pueden abstenerse de pronunciarse?
—Sí, se han llegado a abstener. Y como no hay un sustento en ese reconocimiento que emite, al final a la Fiscalía no le favorece y quedan en la impunidad los casos porque tienden a prescribir.
—¿Estamos hablando de que el nivel de la prueba científica es débil?
—Es débil en ese sentido. Y eso lo vemos en específico en los temas de negligencia y mala praxis –responde.

Tras la denuncia interpuesta durante 2004 por ADESAM-Coribel, la procuraduría de Beatrice de Carrillo exigió informes a la Corte Suprema de Justicia y al Instituto de Medicina Legal. En marzo de 2006, es decir, hace 12 años, hubo un primer pronunciamiento de la procuraduría en el que, de acuerdo con Mireya Tobar, se dio por establecida “la afectación al derecho de la tutela legal efectiva por parte del personal médico del IML”.

Según la procuradora adjunta, esta situación empezó a cambiar con “los esfuerzos realizados por la señora presidenta de la Sala de lo Penal y el consejo directivo del IML, licenciada Doris Luz Rivas Galindo, al gestionar la creación de la especialidad de medicina legal”, efectuados desde 2013.

A pesar de admitir los avances en este tema, Tobar dice: “Personalmente sé que se siguen las contrataciones (de personal no acreditado). Esperaríamos que la primera promoción, que ya son médicos que ya cuentan con la especialización, pueda tener un espacio en Medicina Legal o que aún los médicos (forenses) empíricos que están en IML también realicen estos estudios”.

La magistrada Rivas Galindo no descalifica la capacidad de los médicos contratados como forenses en los años anteriores, a pesar de que no cuentan con una especialidad académica, pero habla de “una gran distancia” en la formación que reciben quienes se están formando actualmente y quienes se formaron con la práctica. Ese mismo residentado que la magistrada defiende no ha estado exento de críticas.

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LAS CRÍTICAS A LA ESPECIALIDAD

Cupos. En 2015 se abrió la convocatoria para seleccionar a ocho médicos generales que pudieran optar a la especialización en medicina legal. Aplicaron 29 personas.

La especialidad de medicina legal de la Universidad de El Salvador consta de 23 materias con 107 unidades valorativas. “En el primer año se cursan siete asignaturas, en el segundo ocho y en el tercero tres”, indica la coordinadora de docencia y especialidad médica de IML, Carolina Paz.

Durante 2015 se realizó un proceso de selección de médicos generales que pudieran optar a la especialización en medicina legal. El número de plazas disponibles era de ocho estudiantes y aplicaron 29 personas, de acuerdo con información de la Corte. Actualmente hay 24 estudiantes de la especialidad en el instituto, repartidos en tres años de estudio y práctica.

Las clases empezaron en febrero de 2016. “En el primer año cursan criminalística, que es la base fundamental de todo perito forense, se ven temas de clínica forense, más que todo dirigidos a la parte de lesionología. En el segundo año ya ellos van incursionando en temáticas más especiales, como el área clínica, ya se empieza a relacionar más que todo con estados de salud y se vuelven a ver temáticas médicas ya con un enfoque médico legal. En tercer año es donde ellos van a ver la parte más especializada de medicina legal, que serían ya ciencias forenses de la conducta, química forense; se empiezan ya a hacer sus rotaciones en áreas más especializadas”, explica Carolina Paz desde una sala de reuniones del IML una mañana de marzo.

A pesar de ser una especialidad académica para la cual el país esperó durante casi 20 años, desde que el IML fue creado, la versión en línea del pénsum de la Universidad de El Salvador, que se encuentra disponible para el público, tiene mal escrita 40 veces la palabra “forence”. La puesta en marcha de esta especialidad no ha estado libre de señalamientos.

Wilfredo Alfaro, el representante de ADESAM-Coribel, asegura que tiene información que le permite afirmar que “ahora resulta que los practicantes son los que están haciendo las autopsias”, cuando “Medicina Legal está constituida para hacer autopsias y reconocimientos médicos que van a servir en un proceso penal. Eso no puede estar contaminado”. Él denuncia que los médicos residentes efectúan sus prácticas sobre cuerpos y que esto influye en la posibilidad de contaminar los resultados.

La magistrada Doris Rivas Galindo rechaza dicho señalamiento.

—¿Cómo residentes ellos están autorizados en el área de patología a tener contacto con los cuerpos o a levantar actas que van a ser utilizadas en procesos judiciales? –se le cuestiona.
—Fíjese que por hoy no. No, ellos… una cosa es que puedan participar, apoyar y todo igual que lo hacen los auxiliares de autopsia, qué mejor que también un médico, pero ellos no. Es un tema que discutir, verdad. Ellos tendrían que participar en los juicios para aclarar todo esto, pero no. Y en todo caso ellos participan con el tutor, con alguien que ya realmente lo está haciendo.
—¿Habría que pedir algún permiso? ¿O cómo se establece que las personas que están teniendo contacto con prueba directa que va a ser utilizada puedan tener conocimiento de eso?
—Ellos no manipulan la prueba. La manipula el responsable, el médico forense responsable. Todo ese cuidado se está teniendo. Entonces, a lo mejor los profesores o los tutores son los que podrían dar mayor fe de eso –reitera la magistrada.

El coordinador general de especialidades médicas de la UES, Roberto Germán Tobar, respalda la respuesta de la magistrada. Al igual que Carolina Paz, la coordinadora de la especialidad en el Instituto de Medicina Legal. Ella enfatiza que “el especialista en formación no practica ningún tipo de actividad solo. Tiene un acompañamiento absoluto de los peritos con experiencia y peritos nombrados por la Corte, obviamente, que son los que firman los reconocimientos”.

ADESAM-Coribel, no obstante, cuestiona cuál es la autorización legal con la que cuentan los médicos residentes para realizar acciones de práctica sobre, por ejemplo, cuerpos que son parte de un caso judicial. “Esta persona tiene un familiar. ¿Quién de la familia de ellos autorizó para que esta persona estuviera manipulando el cuerpo? No tiene que estarle pidiendo permiso a los familiares. Pero una persona que no tiene competencia sí debe tener permiso de los familiares”, considera su representante legal.

El artículo 189 del Código Procesal Penal regula que “la autopsia la practicarán únicamente médicos forenses”. Una persona empleada de la Corte que solicitó el anonimato sostiene que “los médicos residentes no pueden tocar los documentos oficiales. Y ellos están con puño y letra haciendo los levantamientos”. Para este profesional, eso podría calificarse como falsedad documental.

Además, añade que “en la especialidad los médicos residentes no pueden hacer autopsias y las están haciendo”. La fuente va más lejos en su señalamiento y menciona que algunos residentes ejecutan las autopsias y el médico tutor solo las firma. Según la versión de esta persona, cuando los médicos encargados sean llamados a juicios para dar fe de la realización de autopsias, es posible que se omita decir que la ejecución fue por los residentes. “Esto se va a convertir en un delito cuando llegue donde el juez y diga ¿es su firma? Sí, esa es su firma. Pero el juez no pregunta ¿usted realizó la autopsia? Porque nos creen a nosotros”, sostiene.

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CONTRA LA IMPUNIDAD

Herramientas

“La prueba científica es la piedra angular sobre la que descansa un caso”, explica el doctor Miguel Enrique Velásquez, de la Asociación de Medicina Legal y Ciencias Forenses, una asociación que ofrece cursos privados de corta duración relacionados con la criminología, investigación forense y derechos humanos.

El presidente de la asociación indica que en su rama laboral, “lo más importante es que los peritos y los médicos forenses” tienen “una responsabilidad grande porque a través del trabajo se restituyen derechos”.

Pero esos derechos no pueden ser restituidos si los forenses no cuentan con los procesos de aprendizaje adecuados o más efectivos. La mayoría de personas consultadas para este reportaje coinciden en una cosa: la formación y acreditación de los profesionales de la medicina forense debe mejorar para que el sistema judicial pueda fortalecer su prueba científica.

—Si el patólogo forense no establece las dinámicas de movimiento de trayectorias internas de proyectiles y heridas para poder hacer una recreación de los hechos, ¿cómo le consta al juez que lo que dice el testigo es verdad? –se pregunta Velásquez desde una universidad para ilustrar la importancia del trabajo que efectúan los forenses.

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De acuerdo con el presidente de la Asociación de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la acreditación idónea del personal de Medicina Legal es un paso vital para todo un sistema de justicia: “La impunidad se va a acabar en la medida de lo posible que tengamos menos casos, cuando los fiscales tengan más tiempo para dirigir un caso y poderlo condenar; en la medida que el perito tenga todos los recursos, que esté capacitado y que también el juez esté capacitado”.

Charlie

Karla Turcios

Termina abril y tengo que empezar a dejarte descansar, Charlie, a dejar de mencionarte en mis pláticas con desconocidos. Tengo que aprender a no llorar cuando recuerdo que te mataron.
Te conocí en las gradas del periódico. Me habían dado una beca. Nico escribió la nota y la noticia salió en la edición del siguiente día. Era noviembre del 2016, tenía solo unos meses de trabajar en esta redacción. Vos, entonces, me paraste solo para decirme que, aunque no me conocías ni éramos amigas, querías felicitarme. Y empezamos a hablar. Meses más tarde ya estábamos comiendo todos los días juntas; hablando de Julissa Ventura, de tu hermano, de lo que cuesta perder a gente que se quiere, de cómo nunca parece que uno está listo para dar otros pasos, de cómo cuidabas a tu bebé, de cómo querías a tu pareja.

Hace 16 días que te mataron. Y hace 17 días celebramos mi cumpleaños. Vos planificaste la salida. Nos pediste que esperaramos a la Ale, que la pobre seguía trabajando porque habían matado a otros periodistas en Suramérica. La Ale se tardó un montón. Pero, al final, pudimos irnos. Comimos en un lugar vegetariano. Le tomaste fotos a la comida. Probaste las berenjenas por primera vez. Le enviaste la foto a tu pareja porque estabas emocionada por probar ese plato. Después fuimos a tomar licuados. Erick quería enseñarte lo que este lado de la ciudad tiene.

Pedimos unos jugos dentro de una bolsa y a vos se te ocurrió brindar con ellos. Nos reímos más, porque se te olvidó brindar con Moisés. Él, fingiendo estar enojado, te dijo que si querías te regresaras en bus al trabajo mientras te abría la puerta del carro.

Todo el camino fue risotadas. Nos reímos con vos, porque no dejabas de tomarle fotos a cada cosa y dijiste que sí, ‘ve chis’, que estabas teniendo nuevas experiencias de vida. Al volver, me regañaste, porque no compré galletas para comer durante la tarde.

Tu asesinato nos ha herido a todos. El día que encontraron tu cuerpo, Moisés y yo estábamos de turno. Moisés tuvo que ir a Santa Ana a confirmar con fuentes si era tu cuerpo. Yo, en la noche, tuve que actualizar la nota de tu homicidio y poner los detalles de tu funeral. Ninguna escuela de periodismo te prepara para escribir el asesinato de tu amiga.

Hace 17 días nos vimos en la noche. Yo estaba cubriendo un tema de un grupo artístico. Y vos fuiste a ver el espectáculo. No te encontraba entre el público. ‘Charlie, levantá la mano’, te dije. Y ahí estabas, como loca levantando las manos en el teatro de mil butacas. Llegué adonde estabas, estuve con vos y nos reímos y cantamos todo el espectáculo. No nos despedimos porque tuviste que volver a trabajar y yo quería cenar. La vida termina así, en medio de algo.

Hace 15 días empezó lo que al inicio creímos que era una pesadilla. Son 15 días de no poder leer las noticias. De no poder entrar a redes sociales porque un nuevo detalle aparece. De recordar una y otra vez nuestras pláticas, el último viernes, la última comida, la última salida. De tratar de que todo vuelva a tener sentido. Se cumplen 15 días desde que me desperté a las 7 de la mañana porque “te habían secuestrado”. Ahora sabemos que tu compañero está siendo acusado. Y nunca la vida ha sido tan agridulce para mí. Estoy muy feliz y al mismo tiempo soy muy miserable, Charlie. Porque ya estoy cursando otra beca por la que estabas contenta por mí. Porque te extraño.

Tu asesinato nos ha herido a todos. El día que encontraron, tu cuerpo Moisés y yo estábamos de turno. Moisés tuvo que ir a Santa Ana a confirmar con fuentes si era tu cuerpo. Yo, en la noche, tuve que actualizar la nota de tu homicidio y poner los detalles de tu funeral. Ninguna escuela de periodismo te prepara para escribir el asesinato de tu amiga.

Los días posteriores a tu asesinato no los tengo claros. Sé que estuve en tu funeral. Sé que Erick y yo lloramos. Sé que en tu entierro estuve enojada. Porque se habló mal de vos, porque hubo gente que no pudo tratarte bien durante tu vida, porque hubo periodistas que te culparon a vos misma de tu propio asesinato. Y sé que en la oficina todos nos empezamos a ver más a los ojos y a ser conscientes de la presencia del otro. Porque ahora nos parece, al fin, que la presencia es un privilegio.

Ahora estoy en otra redacción, tratando de aprenderlo todo, viendo lugares hermosos pero te pienso a cada rato y eso me recuerda que El Salvador es una herida de nacimiento. En D.C, cuando capturaron a tu pareja, busqué desesperada un par de ojos que hubieran visto algo similar a lo que hemos visto nosotros. Y no sabés lo difícil que eso es aquí, donde todo parece sacado de cuento. Pero los países que son heridas están en todas partes y encontré a alguien que me dijo que entendía mi dolor, porque también asesinaron a uno de sus amigos. Así, Charlie, hoy ando buscando gente que comprenda lo difícil que es seguir viendo cuando vos viste lo terrible. Quisiera poder seguir mandando bromas al chat de grupo que teníamos, pero ahora solo quedamos Erick y yo.

Termina abril, Charlie, y tengo que empezar a dejarte ir. A sonreír más. A no sentirme culpable cuando me siento feliz. A perdonarme porque todo mi discurso feminista no fue suficiente. A construir. A recordarte como fuerza, como luz, como alegría, como risas al mediodía. A los bichos de la mesa les decía que hay que luchar porque sabemos que vos lo hubieras hecho. Y eso es suficiente.


Valeria Guzmán es periodista de la revista Séptimo Sentido de este medio de comunicación. Este texto fue publicado el 30 de abril. Para el caso, se han respetado los tiempos de la publicación original que se puede encontrar en:http://badbichas.com/2018/04/30/charlie/

Santiago de María y su casi adiós a sus albergues

Albergue. Una de las casas que quedan en el ex-INCAFE es la de Aidée Castellón, quien vendió la vivienda que le dieron en la nueva colonia.

Detrás del muro, un frondoso maquilishuat se yergue contra el poniente, desnudo de flores pero robusto en su simplicidad. Érick Reyes se acerca a él, le sonríe, con las palmas de las manos recorre su corteza. Lo saluda como si de un amigo se tratara.

No hay desmesura en la comparación: Este fue el árbol que Érick sembró a pocos días de instalarse en este mismo sitio, hace más de 17 años, cuando el mesón en el que vivía, hecho de frágil bajareque, cayó en el terremoto del 13 de enero de 2001.

Construida con láminas y madera, aquí instaló una casa para habitar por solo seis meses, según lo prometieron el alcalde de la época, Roberto Edmundo González, y Care International, la organización que les donó los materiales.

Como él, otras 230 familias de Santiago de María, Usulután, que lo perdieron todo en los terremotos de 2001 se instalaron aquí para tener un hogar, un pedazo de tierra donde poder dejar sus pocas cosas, dormir, vivir. A cada una le asignaron un espacio de cuatro por cinco metros, 20 metros cuadrados. Era el nacimiento del ex-INCAFE, el primero de aquellos emplazamientos humanos a los que los santiagueños bautizaron como albergues.

En los siguientes días, surgieron tres más, en el costado contrario del pueblo, más allá del pujante mercado: Modelo, Fátima María y Montebello II, a los que ingresaron otras 150 familias. Desde las autoridades, se les sembró una esperanza: pronto les sería asignada una casa permanente. Para muchos, como Francisco Pineda, las palabras fueron una gloriosa melodía. Él, un hombre soltero, sin hijos, casi sin familia, jamás había contado con algo que pudiera llamar de su propiedad.

Pero los seis meses se convirtieron en más de tres lustros. Así, Érick Reyes pudo ver con toda la tranquilidad del mundo cómo crecía su amigo vegetal en este terreno, que en los ochenta fue el casco de uno de los beneficios del desaparecido Instituto Nacional del Café (INCAFE).

Los albergues se convirtieron en una parte fundamental del paisaje de Santiago de María. Casa tras casa hecha de lámina y madera, una junto a otra, conformaron esta, como cariñosamente se refieren a ella sus habitantes, colmena de metal.
También en una parte fundamental de sus problemas: en 2014, cuando este municipio de un poco más de 19,000 habitantes reportó 25 homicidios, los agentes de la Policía Nacional Civil los identificaban como los territorios más peligrosos: el coctel de abandono del Estado, pobreza y hacinamiento los convirtieron en terreno fértil para la expansión de las pandillas, que los transformaron en sus principales bastiones.

Santiago de María, en los años inmediatamente posteriores a la tregua entre pandillas (2012-2013), se convirtió en el referente negativo de la inseguridad en Usulután: las autoridades de los municipios ubicados en sus inmediaciones achacaban parte de los hechos que ocurrían en sus territorios a su cercanía.
Por mucho tiempo, las voces de los habitantes de los albergues parecieron encontrar oídos sordos en las autoridades encargadas de proveerles de una vivienda digna. Las cosas cambiaron en 2016, aunque no para todo el mundo.

Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver con sus ojos el sueño cumplido de tener un espacio propio. Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterara de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y especialmente para los habitantes de esta nueva colonia.

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EL NUEVO HOGAR
“Se trata de otro acto de justicia de nuestro gobierno, pues estamos saldando una deuda provocada por los terremotos de 2001. Más de 15 años tuvieron que esperar por una solución, que les llegó de la mano de nuestro gobierno”, dijo el presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ese 16 de diciembre de 2016 en el que aquellos que habitaban los albergues recibieron por fin las llaves de sus nuevas casas, ubicadas en un terreno a 3 kilómetros del centro de Santiago de María, 19 manzanas de lo que antes era una finca cafetalera, que se volvió ociosa cuando sus antiguos dueños decidieron que el grano no era un negocio lo suficientemente rentable.

“Aquí, en Santiago de María, las familias de los albergues tuvieron que esperar la llegada de un gobierno identificado con el pueblo para poder solucionar sus problemas de vivienda”, aseguró Sánchez Cerén en su discurso, como si de una iniciativa de su gobierno se tratara.

Pero la historia es otra y tiene como uno de sus personajes a aquel alcalde que, a días de los terremotos de 2001, le prometió a los más pobres de sus votantes, aquellos que lo habían perdido todo, que les entregaría una casa digna.

Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”, ha sido alcalde de Santiago de María desde 1997. En las elecciones del 4 de marzo de este año ganó su octavo período al frente del municipio. Ha sido criticado por usar su sueldo de $3,000 mensuales y buena parte del presupuesto de la alcaldía para hacerles favores a sus electores. La Corte de Cuentas de la República ha hecho varios reparos a su gestión por lo mismo.

Esta mañana de abril, González termina de preparar la última lata de pan francés del día para meterlo al horno. Cuando se sienta a conversar, se le notan debajo del rostro esas oscuras y pronunciadas bolsas que solo provocan el desvelo y el calor.

Beneficiadas. Ana Pérez y Gladis Beltrán recibieron una casa como parte del programa. A pesar que no habían residido en los albergues, sí perdieron su casa en los terremotos de 2001.

Con un estilo desenfadado, que lo llevó a que lo expulsaran del FMLN en 2001, habla de las gestiones frustradas para construir los hogares permanentes con tres gobiernos centrales diferentes (dos de ARENA y uno del FMLN). Y de la última negativa que recibió, en 2013, de parte del Viceministerio de Vivienda de la época, y de cómo, solo semanas después, su amigo Tomás Chévez le ofreció ayudarlo con su proyecto cuando llegó a ocupar de manera interina la jefatura de esa cartera del Estado.

“Tomás Chévez me dijo que tenían $60,000,000 disponibles cuando solo semanas antes me habían dicho que no tenían recursos. Yo siempre he dicho que pisto hay, lo que no tienen es voluntad”, comenta González.

Los habitantes de los albergues fueron incluidos en el programa Vivienda y Mejoramiento Integral de Asentamientos Urbanos Precarios. Con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) serían construidas más de 400 viviendas en un terreno que la Alcaldía de Santiago de María había adquirido desde 2006 para ese fin.
Los futuros beneficiarios habían estado trabajando cuando se les pedía en esa propiedad desde entonces, primero talando los árboles para despejar el espacio, luego haciendo las labores de terracería.

Las casas. Glenda Villanueva y Armida Sorto salen de su casa en la nueva colonia. A diferencia de los albergues, está construída con ladrillo y es de su propiedad.

Pero las cosas no fluyeron sin baches: en julio de 2015, la empresa contratada para el trabajo, A. P. de Centroamérica, declaró que el trabajo era demasiado grande para completarlo en el tiempo para el que se había comprometido, ocho meses, a pesar de que ganó la licitación con el argumento de que había hecho un trabajo parecido en un período récord en el occidente del país.
Para esas fechas, solo habían completado la fundación de la mayoría de viviendas. De unas cuantas decenas se habían colocado las paredes y el techo. Sin embargo, lograron casi cumplir con el trabajo al año siguiente, aunque se declararon en quiebra antes de hacer las 48 casas restantes, de las que todavía están los lotes vacíos.

El proyecto entero costó $1,700,000, a casi $4,500 por casa, eso sin contar el terreno sobre el que fueron construidas (que era propiedad de la alcaldía) y las labores de terracería.
La colonia, ahora, es un conjunto de pasajes con casas idénticas una tras otra: dos cuartos, dos ventanas y un patio que da la posibilidad de construir. Quienes pueden permitírselo ya han comenzado. Lo hacen porque se trata de un trozo de tierra completamente suyo.

Mario Mejía y Pedro Navarrete son parte de la directiva de la nueva colonia en la que fueron reubicados los que antes vivían en albergues, que, en un acto de megalomanía, fue bautizada con el nombre del alcalde, Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”. Su rostro ocupa buena parte del cartel que da la bienvenida.
Mario y Pedro son dos de los fundadores de los albergues a los que fueron a parar tantas personas esperanzadas en que algún día les entregarían una vivienda digna. Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver el sueño cumplido de tener un espacio propio.

Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterará de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y, especialmente, para los habitantes de esta nueva colonia: vender algo en el pujante mercado central. Otras son rebuscarse por leña para comercializarla o acercarse a las fincas cafetaleras que todavía continúan activas, aunque en estas hay muy poco trabajo fijo fuera de la época de cosecha, de noviembre a enero.

Otros hombres se dedican a la albañilería, pero la mayoría de los trabajos están muy lejos de aquí, lo que los hace ausentarse del hogar semanas enteras, como en el caso del padre de Glenda Villanueva. Su familia es una de las beneficiadas por las nuevas viviendas. Ella tenía nueve años cuando la casa en la que vivían en el centro de Santiago de María desapareció: el terremoto provocó que se hundiera una parte del terreno sobre el que estaba fundada.

A sus 25, pasó la mayor parte de su vida en el albergue ex-INCAFE. Recuerda el hacinamiento, su casa inundada en el invierno, el baño usado por hasta cinco familias, la marginación expresada hacia ellos por los otros santiagueños.
También la inseguridad: en el ex-INCAFE, dos pandillas contrarias se distribuían el dominio de un territorio de apenas 2 manzanas de terreno, por lo que los combates armados eran el pan de cada día. Aquí, dice, continúa existiendo violencia: las familias beneficiadas también tienen pandilleros entre sus miembros. El problema se trasladó a la nueva colonia.
“Pero aquí uno se siente un poquito más seguro. Por lo menos las casas son de cemento. Si viene una bala, no cruza las paredes. Allá sí, porque eran de lámina. Eso pasó varias veces”, asegura.
Para este miembro de la Policía Nacional Civil que ha pasado 18 años en Santiago de María, la reubicación de las personas de los albergues a la colonia ha facilitado su trabajo: los territorios están más delimitados, pues en el sistema de casas anterior, el hacinamiento y la laberíntica distribución de casas facilitaba las maniobras de los pandilleros. Eso era especialmente notorio en el albergue Modelo, ubicado en un espacio alto y a unos pasos del mercado central de Santiago de María. En 2015, por ejemplo, no era extraño encontrarse a jóvenes tatuados de los pies a la cabeza oteando el horizonte en dirección hacia el mercado, observando el movimiento, sin preocuparse por ser vistos por un policía.
La importancia de este punto fue tanta que, cuando se desalojó el albergue, miembros de la institución y de la Fiscalía General de la República se encargaron, violencia de por medio, de que no quedara ni una champa en pie.

En la nueva colonia, los habitantes cuentan con luz eléctrica, pero todavía no tienen agua. El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL) gestionó los recursos para que en toda la colonia contaran con el servicio. Se hizo el trabajo completo: se puso el sistema de cañerías y el entronque con el sistema de ANDA, incluso se colocaron contadores en cada hogar.
Solo falta, como señala Mario Mejía, darle vuelta a las válvulas. Pero para eso necesitan contar con la certificación del Ministerio de Salud de que cada hogar tiene una fosa de tratamiento de aguas grises.

Wilfredo Beltrán es promotor de salud y también habitante de la nueva colonia. Él tiene la responsabilidad de verificar que en cada casa se cumpla con las normas. Este día de abril, acompañado de sus formularios, revisa una de las viviendas. Comprueba que la fosa tenga al menos 2 metros de profundidad y que cuente con arena y piedra para filtrar el agua. Esto ayuda, también, a que el agua no mine las bases del terreno.
También verifica que se haya construido una trampa de grasa, un retenedor de residuos ajenos al agua que se debe limpiar una vez a la semana. Dice que 90 % de los vecinos ha construido lo acordado, por lo que espera que muy pronto tengan agua.
Por ahora, hay dos formas para abastecerse: comprar una barrilada por $2 a los vendedores particulares que llegan cada día a la colonia desde el centro de Santiago de María o acarrear cantaradas desde un nacimiento ubicado a 3 kilómetros. Esta última es la opción de quienes no pueden permitirse comprarla.

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LOS QUE SE TUVIERON QUE QUEDAR
No todas las personas se han podido ir del albergue ex-INCAFE para recibir una casa por parte del Estado. Ese es el caso de Carlos Flores, un hombre que parece un memorial de agravios. Esta tarde, en ausencia de su camisa, luce varias de las cicatrices que le quedaron en la guerra, cuando combatió del lado del Ejército. Ahí también perdió la pierna izquierda. Desde entonces usa una prótesis.
Tras firmarse la paz, pasó por varios empleos: trabajó para el Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA), fue promotor de campo de la Red de Sobrevivientes de Minas y jefe de seguridad en una institución del Estado. Lo despidieron de este último empleo hace seis años. Le dijeron que era por “pérdida de confianza”, pues creían que estaba ligado a las pandillas después de que su familia fuera objeto de varios ataques.
En los primeros meses de ese año asesinaron a su esposa (Rosa Salgado), a su hijo (Wálter Flores) y a su nuera (Wendy Calderón). Él mismo sufrió un atentado cerca de otro de los albergues, el Montebello II, del que guarda un par de cicatrices. Y a otro de sus hijos, Mauricio, una bala en la columna lo ha dejado sin la posibilidad de caminar.
Según el alcalde de Santiago de María, Roberto Edmundo González, la decisión fue tomada porque la pandilla que tiene presencia en la nueva colonia es enemiga de aquella con la que se ha identificado a Carlos y a su familia. Carlos asegura que no tiene nada que ver con las estructuras: “Pero le agradecemos al alcalde porque nos ha dejado aquí para salvaguardarnos la vida”.
Él y los suyos, que habitan otras 10 casas en este terreno, tendrán que seguir viviendo como lo han hecho desde 2001, en casas hechas de madera y lámina. Pero algo ha mejorado: el desembarazo de viviendas ha permitido que ahora puedan armar una estructura a su gusto, más alta para evitar el calor y más grande para hacer algunas actividades, como la crianza de gallinas, que están en el mismo espacio destinado para el viejo automóvil que a Carlos le permite hacer algunos viajes por encargo.
También, dice, ahora están más tranquilos, con la certidumbre de que aquellos que lo consideraban su enemigo no lo atacarán más. Piensa que tiene más paz así que si le hubieran asignado una casa en la nueva colonia. No se queja: cuenta con dos servicios básicos, agua y luz, desde hace algunos meses. Lo único que le falta es “un trabajito formal”.
Por ahora, el titular del municipio les ha prometido que, como en el caso de las otras familias, muy pronto tendrán algo que llamar suyo, que está negociando para adquirir una manzana para distribuirla entre los que no se han podido mover. Pero eso debería pasar pronto, pues hay un detalle: el terreno en el que está su champa será reclamado por su titular, el Ministerio de Hacienda.
“Si nos dicen que no se puede concretar la promesa, nos vamos a la calle, a la vía pública… si se da el caso, nos vamos a ir por nuestra propia voluntad, antes de que venga la policía a sacarnos a leñazos”, comenta mientras camina tan rápido como si no tuviera una prótesis en la pierna izquierda.

Pero Flores y los suyos no son los únicos que se han quedado, y en el ex-INCAFE sigue habiendo hasta una veintena de champas. Los motivos son variados. Como en el caso de Irma Sánchez, a quien le asignaron un lote en la nueva colonia pero no pudieron construir ahí por la presencia de una monumental piedra. Ni siquiera pudo poner una champa por lo desnivelado del terreno. Optó por quedarse aquí. Dice que prefiere que le den como suyo el pequeño espacio que actualmente habita.

Los motivos de Aideé Castellón, otra de las que permanecen en el albergue, son otros. Ella fue beneficiada con una casa en la Roberto Edmundo González, pero decidió venderla.
“Le voy a hablar con la verdad. A mí no me gustó allá y mejor vendí mi casa. Me dieron $6,500. Con eso mandé a mi hijo a Estados Unidos. Yo no creo que eso sea un delito”, dice.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda. Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

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LOS “SOLOS”
De entre los que fueron trasladados a la nueva colonia también se cuentan aquellos a los que no se benefició con una casa a su nombre. Son los que no calificaron en el programa por no ser parte de un grupo familiar. Parejas de ancianos sin hijos a los que heredar su casa cuando fallezcan. Hombres y mujeres de la tercera edad que, por los vaivenes de la vida, decidieron vivir sin nadie. A ellos les han dado la mitad de uno de los lotes vacíos para que puedan construir una champa.

Uno de ellos es Osmín Amaya, de 45 años, un excombatiente de la Fuerza Armada durante la guerra civil. Se gana la vida haciendo pequeños muebles de madera que después comercializa en el mercado de Santiago de María. Por su pasado militar, recibe ayuda de una asociación que apoya a lisiados de guerra. Dice que ellos le han ofrecido herramientas para ejercer otro de sus oficios, el de sastrería, que le daría mucho más dinero, pero el pequeño y vulnerable espacio en el que vive le hace pensar que no durarían mucho tiempo en sus manos.

“Quise sacar un préstamos en el IPSFA para construir aquí una mi casita, pero unos familiares me recomendaron no hacerlo. ¿Qué pasa si el día de mañana me dicen que me vaya? Ahí va a quedar toda la inversión”, cuenta.

A unos cuantos metros de aquí vive Francisco Pineda, de 68 años, otro hombre sin un grupo familiar al que le dieron un espacio para construir su champa. Se define como un “hacelotodo”, aunque ahorita gana sus billetes arreglando electrodomésticos. Asegura que hubo un tiempo en el que “comió bien”, cuando se dedicó a la confección y reparación de antenas televisivas. La llegada del cable a Santiago de María lo dejó sin su fuente de ingresos.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda.

Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

“Ese ha sido siempre mi sueño. Yo digo que no me voy a morir sin concretarlo”, dice, esperando que un día de tantos le entreguen en las manos la llave de una casa tan firme como su ánimo.

Sin familia. Algunas personas, como Francisco Pineda, no fueron sujetos del programa porque no cuentan con un grupo familiar. Actualmente les han dado un espacio para hacer una champa.

“Los ideales no terminan; lo que pasa es la vida”

Sergio Ramírez escritor nicaragüense recibirá el Premio Miguel de Cervantes, este 23 de abril de 2018.

Renuncio de manera pública e irrevocable a pertenecer al Frente Sandinista para la Liberación Nacional”, dijo Sergio Ramírez después de sentarse frente a una mesa llena de micrófonos en 1995. A su espalda estaba colgado un retrato de Augusto Sandino, la inspiración para la revolución nicaragüense del siglo pasado. “El Frente al que yo me incorporé hace 20 años ya no existe”, dijo ese 10 de junio en una conferencia de prensa a la que él convocó.

Así fue como Sergio Ramírez inició el retorno hacia su vocación: la literatura. Para entonces, el nombre de Sergio Ramírez tenía un mayor tinte político que literario. Él fue parte de la movilización que derrocó la dictadura de los Somoza, y con el triunfo de la revolución sandinista se convirtió en vicepresidente del gobierno de Daniel Ortega de 1985 a 1990. Pero él asegura que el partido con el que había luchado, cambió para mal y en 1995 los diferencias entre él y la cúpula del partido se volvieron insostenibles.

De acuerdo con Ramírez, el FSLN no estaba dispuesto a democratizarse y se empezaba a instalar una línea autoritaria similar a la que ellos mismos habían combatido. “Todo aquello parecía irreal”, escribió Ramírez en su libro “Adiós, muchachos”, en el que se despidió del partido y de su papel como político.

Es originario de Masatepe, hijo de una maestra de escuela y un comerciante. En 1959 empezó a estudiar Derecho y a los 22 años se graduó como abogado, pero la escritura fue siempre su compañera. La producción literaria de más de cinco décadas lo comprueba. Veintitrés años después de salir del partido sandinista, este abril recibirá el Premio Miguel de Cervantes, uno de los reconocimientos literarios más importantes en la lengua española.

En marzo vino a El Salvador a presentar su novela “Ya nadie llora por mí”. El protagonista de esta novela es un investigador y excombatiente guerrillero que es contratado para resolver la desaparición de la hija de un matrimonio poderoso. La novela, de género policial, retrata la corrupción de algunas instituciones nicaragüenses y, además, recoge con humor la vida de la ciudad y sus habitantes.

“Esta novela es absolutamente contemporánea”, dice Sergio Ramírez. Tan contemporánea que hasta aparece nombrado el cantante de música pop Justin Bieber. Además, dentro del libro, las redes sociales y sus “hashtags” juegan un papel primordial para revelar ciertas verdades que el poder estatal quiere mantener escondidas.

Sergio Ramírez también es presidente del festival literario Centroamérica Cuenta, un festival que reúne a cientos de escritores y amantes de la literatura en Managua durante una semana. Este será en mayo y se realizarán presentaciones de libros, conversatorios, talleres de periodismo, edición y traducción. Y a pesar de que es uno de los festivales más grandes de la región, no cuenta con ningún apoyo del Estado nicaragüense. “Con que nos lo dejen hacer, suficiente”, dice el escritor. Y es que él no es bien visto por quienes antes fueron sus compañeros de lucha y gobierno.

Cuando le comunicaron sobre el Premio Cervantes usted dijo que se encontraba en “estado de gracia”, cuénteme, ¿sigue ahí?
Son noticias que llegan en la vida con cierta sorpresa. Yo había aparecido en las listas finales de candidatos y la verdadera sorpresa es la confirmación. Esa llamada oficial diciendo que he sido ganador del premio a las 7 de la mañana. La diferencia de horas también contribuye a crear este estado de incertidumbre, de sorpresa.

¿Al final no se rompió el silencio oficial del Gobierno para felicitarlo?
No, ja, ja. Una periodista que me preguntaba esto me decía: pero, ¿cómo es posible que no? Es como tener un elefante en la sala e ignorarlo.

La sorpresa sería lo contrario, ¿no?
Sí, en Centroamérica hubo mucha alegría. Siempre he pensado que tenemos una identidad cultural fuerte y que en momentos como estos es donde se manifiesta.

El Premio Latinoamericano de Cuento de la revista Imagen de Caracas fue su primer premio.
Sí, yo gané el premio de la revista que dirigía Guillermo Sucre, que era una muy importante en aquel tiempo, cuando Venezuela era un epicentro cultural de América Latina. Eso fue en el setenta y uno. Y tenía 29 años.

¿Hay algún punto de comparación entre ese primer premio y el Premio Cervantes?
Ganarse un primer premio internacional es importante… siendo la primera vez en que a esa edad se gana un premio convocado para toda América Latina por una revista de prestigio. De ahí nació mi libro “De tropeles y tropelías”, porque los cuentos ganadores fueron a dar a ese libro que se publicó aquí en la editorial universitaria de El Salvador. El año siguiente fue la toma militar de la Universidad de El Salvador y la edición se quedó ahí. No circuló. Este es un libro con una suerte extraordinaria. Salió el libro, pero se quedó en las bodegas. La universidad pasó tomada como un año.

¿El libro quedó secuestrado?
Sí, todo quedó ahí. Y luego se había hecho otra edición en Managua y vino el terremoto en diciembre de 1972 y entonces la edición quedó sepultada por el terremoto. Es un libro perseguido por los hados.

¿Qué influencia tiene su esposa en su literatura?
Ella ha sido un respaldo importante para mí porque en la literatura no todo es coser y cantar. Ha habido en nuestras vidas momentos muy difíciles como los de la revolución cuando faltaba el tiempo.

Usted publicó su primer libro “Cuentos” a los 20 años y luego escribió que Tulita Guerrero, su esposa, salió a venderlo de puerta en puerta por las calles de León.
Ja, ja, sí. Éramos novios y ella siempre ha sido muy entusiasta. Ella tomó el libro y salió de puerta en puerta a venderlo. Claro, eso me daba mucho terror a mí, mucha pena. Como cuando salió publicado mi primer cuento en la prensa y mi abuela salió a proclamar por el pueblo que había salido un cuento mío en el periódico. También me fui a esconder.

Usted ha escrito que entonces se llenó de horror y vergüenza.
Ocurrió cuando yo tenía 14 años porque mandé un cuento con un tema vernáculo al diario La Prensa en Managua. Había una página que dirigía Pablo Antonio Cuadra, un poeta. Y mandé este cuento y él lo publicó pensando que yo era un adulto. Era sobre la carreta náhuat, que es una carreta que arrea muertos y ese tipo de cuentos de camino. Esa es la primera vez que me di cuenta que la literatura tiene el poder de engañar.

Ahora, ¿qué siente antes de publicar?
Cuando recibo impreso el libro –que me llega generalmente un paquete con cuatro o cinco ejemplares– veo la tapa, pero no abro una página. Porque tengo cierto terror de que lo que está ahí no me vaya a gustar o que vaya a encontrar un error que ya no se pueda enmendar.

¿No lo revisa hasta que se presenta?
Sí, porque el libro ha pasado por un proceso que te lleva al cansancio. Escribir un borrador tras otro borrador. Imprimo el último borrador. Lo corrijo con lápiz de grafito. Vuelvo a incorporar las correcciones. Se lo doy a leer a alguien que me puede detectar errores ortográficos o sintácticos y luego se va a la editorial y me pone a un editor o editora que trabaja conmigo con preguntas. Yo las respondo. Se hacen aclaraciones. Y por fin, el libro se imprime. Entonces hay una especie de cansancio del texto. Y hay que agregar un tercer elemento. Y es que cuando este pan está saliendo del horno, uno está amasando otro porque ya está pensando en otro libro.

Galardonado. Sergio Ramírez en su entrevista con Séptimo Sentido en el marco de las actividades del festival Centroamérica Cuenta en El Salvador.

A nadie le interesa la felicidad. Interesa el conflicto, la contradicción y por lo tanto, si el lector encuentra que hay una visión crítica y que identifica los colores de esa ciudad como él piensa que son, pues excelente, se ha establecido esa comunicación crítica entre escritor y autor.

Considerando que su correspondencia personal y de trabajo se archiva en la Universidad de Princeton, ¿existe una vigilancia permanente de lo que escribe?
¿Sabés lo que pasa? Que ahora ya no se escriben cartas y en los archivos de este tipo donde se depositan documentos, los mensajes electrónicos no los consideran correspondencia, lo cual me parece que es un error que se va a llegar a corregir porque uno se comunica ahora a través de correo electrónico o de wasaps, etc.
De todas maneras, ahora a mí no se me ocurre escribir en un mensaje electrónico una carta de dos páginas como antes. Cuando vivía en Alemania era un buen corresponsal porque mis amigos estaban en América Latina, en otras partes de Europa y yo dedicaba una tarde entera a contestar correspondencia y recibía cartas de cuatro, cinco pliegos. Esas son las que están archivadas ahí, las de cuando vivía en Costa Rica y Alemania. Ahora la correspondencia se acabó. Yo tengo un archivo de todos mis correos electrónicos. Los tengo en un disco duro. Algún día le van a dar valor, ¿no?

A pesar de los problemas actuales de Nicaragua relativos a la democracia y a la corrupción, usted ha dicho que se mantiene optimista respecto al futuro del país. ¿Qué le hace pensar eso?
No hay mal que dure cien años. Pensar lo contrario sería un acto de desprecio a la voluntad popular, decir que la voluntad popular se va a quedar para siempre estancada. Los cambios se dan porque la historia obliga que se den y los cambios, por lo menos en mi íntima convicción, tienen que ser para bien.

Vemos cómo se han venido derrumbando en toda América Latina todas estas ambiciones de quedarse para siempre en el poder. En Ecuador hubo una salida tan elegante con el presidente Lenín Moreno que hizo que le dijeran no al continuismo de Correa, poniendo él por delante su propio cargo, porque tampoco puede reelegirse. Estos actos de honestidad, de entereza cívica, ¿por qué no van a repetirse en otras partes de América Latina? Los cambios generacionales también son importantes y creo que estamos destinados a la democracia, no al autoritarismo.

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Tras la revolución, El Frente Sandinista de Liberación Nacional gobernó en Nicaragua desde 1979 a 1990. En ese periodo, el partido contó con figuras intelectuales prominentes como la poeta Gioconda Belli y el exministro de Cultura y poeta, Ernesto Cardenal. Ellos, como Sergio Ramírez, se opusieron a la dirección que el partido tomó liderado por Daniel Ortega y renunciaron a su posición dentro del Frente Sandinista. En 2006, Daniel Ortega volvió a la presidencia con el 37.99 % de los votos válidos en las elecciones presidenciales y ha sido reelecto en otras dos ocasiones, en 2011 y 2016.

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La poeta Gioconda Belli dijo: “Tenemos el cordón umbilical a la idea de la revolución. Esa ya no está, pero sí están con nosotros sus ideales”. ¿Cuál es su opinión acerca de esto?
Yo coincido con Gioconda. Yo escribí eso en el libro “Adiós, muchachos”. Los ideales no terminan; lo que pasa es la vida. Uno envejece y los ideales uno tiene que mirar hacia atrás para verlos. Lo que conservo cimentado en esos ideales es mi actitud crítica frente a lo que veo porque tampoco es que ahora voy a decir “no, ahora yo soy solo escritor y me olvidé de la realidad de mi país o de América Latina”. Al contrario, mantengo la persiana abierta. Me asomo por la ventana, veo lo que ocurre y hablo sobre lo que ocurre. Para eso tengo el espacio de mis artículos de prensa, las entrevistas y eso es aparte de mi oficio de escritor, pero va junto. Porque junto al oficio de escritor, tengo mi oficio de ciudadano.

En su última novela “Ya nadie llora por mí”, se habla un poco sobre el rol de la Iglesia en la revolución sandinista. Como ciudadano, ¿cuál es su lectura de la Iglesia en la Nicaragua actual?
La Iglesia en Nicaragua sigue teniendo una posición muy independiente. La mayoría de los obispos tiene una posición muy crítica y hay una lucha entre la posición moral de la Iglesia y lo que el Gobierno considera su propia política. Hay obispos que alzan más su voz que otros. Hay, pienso yo, una ofensiva del Gobierno para tratar de sonsacar obispos. Una lucha por el poder… es decir, cuando el poder quiere tenerlo todo, entonces se mete con todo.

El protagonista de su nueva novela, el inspector Dolores Morales, es alguien también crítico con quienes ocupan el poder.
Sí, porque él es mi alter ego a pesar de que el inspector Morales era más joven que yo cuando la revolución. Fue un combatiente guerrillero, yo no lo fui. Él peleó en el frente sur. Perdió una pierna. Tiene que aguantar toda su vida una prótesis. Es un hombre que viene de un estrato muy humilde de la sociedad, su abuela vendía carne en el mercado, pero él tenía ideales. Quería un mundo mejor, distinto al que representaba la dictadura somocista, y con el paso del tiempo y la caída de la revolución, él guarda esa nostalgia. Envuelve en su nostalgia ese viejo ideal que no abandona. Y lo que hace es transformarlo en humor negro.

Un eje clarísimo de la novela y sus personajes es el de interpelar al poder.
Una novela siempre viene desde la profundidad crítica, aunque el escritor no lo quiera o no sea ese su propósito. Porque cuando uno tiene el propósito de denunciar, de acusar, entonces se está equivocando de vehículo. Debería usar mejor el discurso, el panfleto, el manifiesto. La novela es un campo complejo donde uno le tiene que dar la voz a todo el mundo. Y los personajes tienen que estar en contradicción porque si no, no hay novela, no hay relato.

Los relatos paralelos, donde todo mundo piensa igual, no son atractivos. Los relatos siempre son infelices. Si se fija bien, cuando los cuentos terminan dicen “y vivieron felices para siempre… eso ya nadie lo cuenta. A nadie le interesa la felicidad. Interesa el conflicto, la contradicción y por lo tanto, si el lector encuentra que hay una visión crítica y que identifica los colores de esa ciudad como él piensa que son, pues excelente, se ha establecido esa comunicación crítica entre escritor y autor. Y si el lector no es nicaragüense e identifica su propia sociedad con lo que la novela dice, pues mayor triunfo del escritor porque está dándole perspectiva universal a una situación que no vive solo Nicaragua. Esto de la corrupción entre la oscuridad y el poder desgraciadamente es un mal de América Latina.

En su novela aborda temas como el aborto y las problemáticas de la comunidad gay ¿Cómo decide abordar temas tan actuales y necesarios de discutir?
Esta novela es absolutamente contemporánea, tanto que en la medida que la iba escribiendo, el tiempo iba pasando y si me levantaba de la máquina porque me iba de viaje y volvía, ya la novela había envejecido en cuanto a esa pretensión mía de que tenía que estar al día. Y si una película se está pasando en un cine, yo tenía que cambiar la película para que fuera más contemporánea. Los asuntos que están en la contemporaneidad hoy tienen que estar allí porque son parte del conflicto. Si los personajes entran en conflicto, entran en conflicto con las características de la sociedad. Religión, sexo, aborto, la política sobre los gays, todo eso está de por medio y (también) el abuso sexual.

Imagino que cuando usted empezó a escribir esta novela en 2013 muy pocos preveían que para 2017 se iba a desatar la ola de denuncias contra el acoso y abuso sexual que se ha visto en la actualidad.
Sí, cuando la novela se publicó todavía no había comenzado esa ola… pero es como un globo que solo necesitaba un pinchazo. Eso estaba ahí cargando la atmósfera y, en determinado momento, la valentía de una sola persona arrastra a otros. Porque siempre ha sido un estigma para una mujer decir “fui violada, fui acosada, abusada, a cambio de que me den un papel en el cine”. Que es lo mismo a decir a “cambio de que me den un trabajo”. ¿Cuántas veces no ocurre que una mujer se presenta a solicitar un trabajo y entonces el favor que le exigen a cambio es el sexual? Me parece que estamos viviendo un momento muy trascendental. Ojalá después de esta ola universal de denuncias, las cosas no volverán a ser las mismas.

¿Usted cree que se está haciendo lo suficiente para contar Nicaragua?
Sí, yo creo que ahora hay más narradores que antes porque hemos sido un país de poetas. En Nicaragua se es poeta mientras uno no pruebe lo contrario. Pero ahora hay más narradores, sobre todo entre los jóvenes, después de la generación que nació en los años ochenta, hay una expansión de la narración. Y eso todavía se está consolidando, vamos a ver más frutos. Me parece que está ocurriendo también en el resto de Centroamérica.

¿Cuál es su balance de estos años haciendo el festival Centroamérica Cuenta?
Lo hemos logrado consolidar. Este año vamos ya viento en popa, lo abrimos en la tercera semana de mayo. Tenemos una lista muy calificada de invitados. Más de 70 invitados que vienen de muchas partes: de México, de Italia, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Francia, Inglaterra y, por supuesto, de todos los países centroamericanos.

El festival tiene patrocinio de la empresa privada. ¿Hay algún apoyo del Estado nicaragüense?
No, ni pensarlo, no, no… con que nos lo dejen hacer, suficiente. Pero la empresa privada cada vez nos apoya más. Y entidades internacionales, fundaciones, gobiernos. Tenemos el apoyo del Gobierno de Francia, de España, de Alemania, de Brasil, de Colombia. Entonces… tenemos respaldo.

Sergio Ramírez