El abandono de la víctima con la renuncia de un perito policial

Ilustración de Moris Aldana

Vació los mensajes de texto de dos celulares y elaboró un informe que sirvió como prueba para un juicio por acoso cibernético. En el documento dijo que los números de los teléfonos decomisados coincidían, así como los tiempos en los que ocurrió el acoso que una mamá denunció.

Esos mensajes revelaron todo lo que un hombre de 47 años le escribió a una niña de 14 años con fines sexuales. El trabajo del perito era clave, pero no estaba completo aún. Debía explicarle a una jueza, en persona, cómo fue el proceso para extraer la información y el contenido de los mensajes que encontró.

Fue citado por la Fiscalía General de la República (FGR) en calidad de testigo, pero nunca apareció. Nadie, en sustitución de él, ocupó aquella silla de la sala de audiencias del Centro Judicial Isidro Menéndez que es designada para los testigos en los juicios. El perito había renunciado a la Policía Nacional Civil (PNC), y aunque había entregado la documentación que la fiscalía le pidió, nadie podía hablar más que él, porque era el único que había trabajado la prueba que se discutiría en el juicio.

El perito hoy trabaja en la Policía Nacional Civil de otro país centroamericano. El delito sobre el que tenía que testificar ocurrió entre el lunes 22 y el miércoles 24 de mayo de 2017, según la sentencia escrita del proceso a cargo del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador.

El domingo 21, horas antes que Juan Q. enviara su primer mensaje por WhatsApp a la niña, ofició una misa en la cochera de su casa, cercana al estadio Cuscatlán. En esa misa estuvo la familia de la menor y un grupo de vecinos. Comenzó a las 4 de la tarde y terminó a las 8 de la noche.

Después de la misa, Juan preguntó a los asistentes si se querían confesar. Primero lo hicieron los vecinos y por último la familia. Una vez terminó con los vecinos, la familia decidió que las confesiones comenzaran con la niña.

La niña le contó a la fiscalía que había conocido a Juan en otra reunión religiosa, en la casa de la amiga de su abuela. El hombre se imponía como sacerdote y eso la hizo confiar en que la confesión sería como todas las confesiones: le contaría al sacerdote lo que ella consideraba pecado y esperaría recibir perdón. Pero esta duró una hora y media. En ese tiempo a solas, el hombre aprovechó para pedirle su número de teléfono. Luego confesó a toda la familia y se retiró de la casa a medianoche.

A la 1 de la mañana, según la sentencia, la niña recibió un mensaje en WhatsApp de un número desconocido. Era Juan. Le decía que quería hablar con ella. A la niña le extrañó que él le estuviera escribiendo y sobre todo a esas horas, porque se acababa de ir de su casa. Se despidió de él y Juan insistió que le escribiría ese día por la mañana. Y así fue: al mediodía que la niña revisó su teléfono, tenía más mensajes. El hombre le decía que le gustaba para una relación cualquiera.

Pasó dos días más mandándole mensajes, hasta que la mamá de la niña descubrió el acoso y denunció a Juan en la fiscalía. El hombre, señala la sentencia emitida por el tribunal, estaba suspendido de sus funciones religiosas cuando cometió el delito.

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EL TESTIMONIO FALTANTE

La fiscalía usa los informes periciales para probar técnicamente los delitos en los juicios. Los presenta bajo una modalidad de prueba a la que se le llama pericial. En ocasiones solicita que los encargados de hacerlos también expliquen qué fue lo que encontraron y cómo analizaron esa información. Esto se hace para detectar algún vacío.

La investigación en este caso de acoso quedó incompleta. El hombre de 47 años se sometió a un procedimiento abreviado que le permitió obtener una pena de tres años fuera de la cárcel. Le ordenaron pagar $1,000 en concepto de responsabilidad civil.

Aunque Juan aceptó que había enviado los mensajes a la niña y su testimonio coincidió con la acusación fiscal hubo un acuerdo entre su defensa y la fiscal Sandra Isabel Sánchez Rivas para que se sometiera a ese tipo de proceso. Una de las razones para ese acuerdo, dice una fuente de la fiscalía, fue porque no lograron que el perito viniera al país a testificar.

El procedimiento abreviado es una figura establecida en el Código Procesal Penal que consiste en que un acusado acepte un delito a cambio de una reducción de la pena. Eso permite que con su testimonio también se prescinda de otra prueba aportada en el proceso. El expresidente Elías Antonio Saca fue juzgado con esa modalidad y así evitó más de 20 años de cárcel por lavado de dinero y activos y peculado, y solo cumple una pena de 10 años.

Ilustración de Moris Aldana

El delito por el cual fue acusado Juan tiene una pena de cárcel de dos a cuatro años, cuando no es grave; si se convierte en grave es de cuatro a ochos años.

Un juez de Sentencia de San Salvador, que accedió a hablar sin que se revelara su nombre, dice que en este tipo de casos el testimonio de un perito es necesario, porque ayuda a que un juez se convenza de que la información extraída realmente provenga de los teléfonos decomisados.

El juez sostiene que en algunos casos los informes periciales son claros, pero en otros es necesario que el perito que lo realizó se presente al juicio, porque su declaración puede ser de interés a las partes o porque es necesario que solvente dudas que el documento no responde.

La legislación salvadoreña da la posibilidad a un juez para que ordene retener por 24 horas a un testigo para que se presente a una diligencia judicial. No fue el caso del perito de este proceso por acoso, que también tenía la calidad de testigo, porque trabaja en otro país.

“La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas”, reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC.

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LA DECADENCIA DE LOS PERITOS POLICIALES

La PNC, además de tener a agentes que se encarguen de labores de seguridad pública, cuenta con un grupo de peritos que analiza las evidencias que sirven para resolver delitos.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica, y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle: patrullar, custodiar escenas o realizar procedimientos de capturas.

Si esas horas extras suman 240 al mes, tienen derecho a recibir el régimen de alimentación; dinero que les sirve para comprar provisiones en sus días de turno.

Las diferencias entre ambos peritos son los salarios que reciben, según su preparación. El administrativo es un técnico que antes de trabajar en la PNC se especializó en un área específica de pericia, comúnmente fuera del país. Su salario no es menor a los $700 y puede llegar hasta los $1,500. Y el perito operativo es un agente que en su carrera recibió cursos de preparación en la Academia Nacional de Seguridad Pública para formar parte de ese grupo de policías analistas. El salario de este tipo de peritos no es mayor a los $500.

En la DCI existe una Unidad de Investigaciones de Delitos Informáticos. Los peritos de esa unidad se encargan de custodiar dispositivos electrónicos que sirvieron para cometer un delito informático, como un celular y una computadora; vaciar toda la información que encuentren y plasmar en un informe el análisis de sus hallazgos. El perito que, hoy trabaja en la Policía de otro país centroamericano, estuvo en esa unidad.

“La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas”, reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC. En esta tarde de febrero acaba de reservar cita para tratarse la trombosis que padece. A él le llamaremos Vásquez, porque no autorizó hacer público su nombre.

De los 25 años que lleva como policía, Vásquez también ha trabajado como analista de huellas en el área de pericias dactiloscópicas y hoy trabaja en la Sección de Análisis y Tratamiento de la Información (SATI). Aunque desempeña labores de peritaje, fue de los primeros policías en graduarse y también cumple funciones operativas, su salario no llega ni a los $600.

Vásquez señala que uno de los principales problemas que enfrentan los peritos operativos de la PNC es que la institución no quiere reconocerlos como profesionales técnicos, por el miedo a que se conviertan en administrativos y dejen de salir a la calle a realizar funciones de seguridad pública; y porque eso significa también una nivelación salarial.

Pese a ello, dice que todos los peritos tienen que estar sometidos a la presión laboral, a una infraestructura que no cumple con requisitos para trabajar, con tecnología obsoleta y con escasos materiales químicos para los análisis. Bajo esas condiciones, es fácil que un perito se vaya de la institución buscando mejores oportunidades de trabajo, como el perito citado como testigo en el caso de acoso.

Él no es el único que ha salido de la PNC, dice un funcionario de la Fiscalía. La Unidad de la Menor y la Mujer de la Fiscalía también conoce a otros dos peritos que ya no están en la institución policial y sus testimonios son necesarios para esclarecer casos. Uno de ellos vive en México y el otro trabaja en un banco salvadoreño. Este último todavía colabora en los procesos judiciales cuando es citado a declarar, pero nadie puede retomar los análisis hechos por los otros dos.

Para que un objeto de prueba sea llevado a análisis primero tiene que haber un decomiso. El decomiso, dependiendo del delito, puede ocurrir en diferentes circunstancias. Por ejemplo, cuando el magistrado de la Cámara Tercera de lo Civil Jaime Eduardo Escalante Díaz fue detenido por presunta agresión sexual a una niña de 10 años, la PNC decomisó el carro en el que llegó hasta la residencial Altavista II, el 18 de febrero pasado.

Escalante Díaz fue desaforado y la Fiscalía tiene que acusarlo en la Cámara Primera de lo Penal de San Salvador, donde también remitirá todas las pruebas. El carro donde viajaba es una de esas pruebas, que además de tener una cadena de custodia, debe ser sometido a análisis por peritos de la PNC, para determinar científicamente que el acusado viajó en él y que el carro le había sido asignado el día de la denuncia.

Si ese carro llegara a perderse, si el perito que realizó el análisis abandona la PNC y su testimonio es necesario, y no hubiera otra forma de probar que Escalante Díaz viajó en ese carro, significaría que la Fiscalía no tendría prueba científica para establecer cómo el funcionario llegó al lugar del delito. Ya que esa prueba luego se contrastará con otra que sea aportada en el proceso de la cámara.

El ministro de Justicia y Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, acepta que una de las razones por las cuales los peritos policiales dejan la institución es por mejores oportunidades de trabajo. Sin embargo, sostiene que los casos que dejan pueden ser asumidos por otros peritos ya formados. Pero ellos no fueron los primeros en conocer las pruebas, tampoco los encargados de plasmar los hallazgos en un informe.

“Actualmente la mayoría de ellos son de carrera policial, su salario está determinado por su categoría y nivel”, responde al preguntarle sobre cuánto devenga un perito informático. Ramírez Landaverde dice que a los peritos operativos también se les remunera con un sobresueldo, pero según Vásquez, el sobresueldo equivale a $53.73 y no todos lo reciben. Quienes lo reciben son aquellos peritos operativos que tienen años de trayectoria en la PNC.

Para Vásquez existe una desigualdad entre las remuneraciones por el mismo trabajo, porque si alguien comenzó a trabajar en la PNC como ordenanza, pero toma cursos y realiza trabajos de peritajes, no recibirá el pago como perito, sino como ordenanza.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle.

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UN ESTUDIO QUE ANALICE RELACIONES DE DESIGUALDAD

Durante el proceso por acoso, la víctima declaró a través de una cámara Gesell; un recurso usado en casos que involucran a menores, sobre todo en delitos sexuales, que permite que con asistencia psicológica la víctima se sienta en confianza de contar los hechos desde un cuarto en el que está solo ella.

La niña contó que conoció a Juan en un evento religioso de una amiga de su abuela. Contó que él le pidió el número y que durante tres días no dejó de acosarla. Su afectación por lo ocurrido fue plasmada en un peritaje psicológico realizado por una psicóloga de la Fiscalía el 31 de mayo de 2017.

Sin embargo, en otro peritaje y en una ampliación de este que realizó el Instituto de Medicina Legal a finales de noviembre de ese año, una psicóloga concluyó que la víctima no presentaba indicadores emocionales propios de alguien que ha estado expuesto a un abuso sexual, que el resultado de este peritaje era porque posiblemente la niña ya había recibido atención psicológica en la Fiscalía.

La fuente de la Fiscalía dice que hubo contradicción entre el testimonio que la niña dio en mayo de 2017, cuando llegó a la Fiscalía a poner la denuncia, y la declaración que dio en el tribunal. Esto, sumado a la falta del testimonio del perito, permitió un proceso abreviado.

La Fiscalía lanzó el año pasado una política de persecución penal para casos de violencia contra las mujeres. El Artículo 4 de esa política establece, entre otras, que las líneas de acción que ese tipo de procesos deben tratarse desde una perspectiva de género y bajo una lógica que permita interrelacionar varios aspectos sociales en el escenario del delito, para evitar la impunidad y la revictimización.

Silvia Juárez, de ORMUSA, dice que no es ninguna justificación que exista un solo perito para sustentar con análisis técnicos este tipo de casos, porque la Fiscalía puede auxiliarse de otras instancias, como la academia, y así acreditar en los tribunales los hechos.

Sin embargo, dice que deben haber estudios que trasciendan a analizar relaciones de desigualdad de poderes y obtener el perfil de un agresor. Desde ORMUSA, lo que Juárez propone es una auditoría para todos aquellos actores judiciales que realicen prácticas como el procedimiento abreviado, ya que sostiene que la ley es clara y muchas veces este tipo de resoluciones dependen de las interpretaciones legales.

“La Fiscalía suele utilizar figura simples, sin agravado, y las víctimas que se cansan que no les creen, que son tratadas en ambientes hostiles, finalmente desisten. Y al final lo que hacen es una audiencia para que la víctima desautoriza a la Fiscalía de seguir persiguiendo y esto queda en impunidad”, señala Juárez al referirse al proceso abreviado aplicado para este caso.

Juárez no ve justificable que las partes acuerden procedimientos abreviados cuando exista una clara desigualdad de poderes: una menor de 14 años acosada por un hombre de 47, y que en medio de eso haya un fuero sistemático que proteja al agresor.

Nueve salvadoreñas que reinventan la palabra escrita

Maura Echeverría

La poeta de la memoria

Maura Echeverría escribió su primer poema a los nueve años. Era 1944, el año que el general Maximiliano Hernández Martínez fue sacado de la presidencia y el año que los hermanos de Maura comenzaron a abandonar su casa para trabajar. De eso fue su poema, de la madre triste que se queda en la casa a la espera del retorno de los suyos.
Hoy Maura tiene 84 años, una calle de Sensuntepeque lleva su nombre y sus poemas infantiles son estudiados en todas las escuelas del país. Platica rodeada de plantas en su casa, en San Salvador, bajo un palo de marañón. Dos gatos juegan en las ramas y ella habla de San Matías, el cantón de Sensuntepeque donde de niña montó a caballo, se bañó en un río y aprendió los vínculos entre los humanos y los animales.
“Estoy por publicar un libro que se titula ‘Pausas en el camino’, donde hago reminiscencias de la vida en el campo’”, cuenta emocionada. Vivió 44 años de dictadura militar, una guerra civil y atravesó las aulas de dos escuelas normalistas. Esas escuelas tuvieron como fin la formación de docentes en el país y desaparecieron en 1968. Maura se especializó en Estudios Sociales y volvió como maestra a su Sensuntepeque.
En la década de 1980, tras años de la reforma educativa impulsada por el ministro de Educación Wálter Béneke, se convirtió en titular de la Dirección de Televisión Educativa. Antes, Maura y otros intelectuales de la época estuvieron a cargo de diseñar planes de estudio y hacer guiones para impulsar un modelo educativo que acercara la televisión a las escuelas como un mecanismo de aprendizaje para reforzar contenidos.
Maura se mantiene viva con la escritura. Pasa con su hija y su nieta en San Salvador, viaja a Sensuntepeque y también hace presentaciones con Poesía y Más, el grupo de poetisas que fundó en 1995 para realizar recitales dramáticos de poesía.

Maura Echeverría

“DIME”


Dime, ciprés de la sierra,
si los pajaritos lloran
y si esa verdad que las piedras
sabiduría atesoran.

Si es que el viento que te agita
trae estrellas y oleajes
y enreda entre tus ramas
los colores de sus viajes.

Dime, ciprés de la sierra,
si en los nidos que sostienes
vas guardando las canciones
que van dejando los trenes.

Dime, ciprés de la sierra,
yo necesito saber.

 

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Carmen González Huguet

La mujer del alma herida

En 2005 se sometió a una operación de corazón abierto y se preparó para la muerte. “Lo más doloroso fue que no me fui. Y tuve que seguir adelante con mis heridas y con mis cicatrices”, cuenta la misma que en 1979 se enfrentó a una emergencia obstétrica que le obligó un parto prematuro del que el bebé no sobrevivió.

Ese mismo año, Carmen González Huguet recién se había casado y mientras que el mundo interior se vino abajo; afuera, la guerra civil estaba en gestación. En aquel momento, ella ya solo quería aferrarse a la idea de cumplir su sueño de niña, de cuando sus papás le compraron un juego de experimentos que la enamoraron de la química.

Comenzó a estudiar esa carrera en 1977, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Un año después continuó en la Universidad de El Salvador, pero la guerra estalló y el Ejército cerró la universidad a mediados de 1980. Se tomó un año y medio para leer y pensar qué seguir estudiando. En 1982 llegó a la extinta carrera de Letras de la UCA.

“Yo quería trabajar en algo que me permitiera seguir escribiendo”, dice hoy desde su cubículo en la Universidad Doctor José Matías Delgado, donde desde hace dos décadas imparte clases de Humanidades. La niña que quería ser química hoy tiene 60 años, y es una prolífica poeta y narradora.

Espera las publicaciones de “El alma herida”, el poemario con el que en diciembre de 2017 ganó el XXXVIII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística; y una investigación compleja sobre las escritoras salvadoreñas nacidas entre los siglos 1800 y 1900.

Carmen está cansada de la vida. Lo acepta. No está satisfecha con todo lo que ha logrado hasta ahora. Lamenta que este país no valore a nadie, menos a las mujeres y a los artistas.

Carmen González Huguet

“EL TWIST DE RICKY TUTTI FRUTTI”

Era el comienzo de los años sesenta. Mi mamá, y todas las mamás del vecindario, se torturaban con rulos y secadores para dejarse la cabeza hecha un panal de laca. Las faldas oscilaban entre dos extremos: “vueludas” o “pachucas”. Los zapatos eran de ineludibles tacones altísimos. O eso me parecía a mí. Solo algunos afortunados hogares tenían televisión y nos invitaban a ver “Combate” y “El doctor Kildare” en enormes televisores en blanco y negro. En las películas de vaqueros todo el mundo sabía quién era “el tipo” y quiénes los bandidos: vivíamos en una era inocente. Como en la tele, el mundo era también en blanco y negro.
Nunca supe su nombre. Lo llamaban Ricky Tutti Frutti. Solo mucho después supe que había una canción de Little Richard con ese título (ver: https://www.youtube.com/watch?v=QFq5O2kabQo). A diferencia del Ricky original, que llevaba un copete gigante, el de mi colonia tenía el pelo cortado a lo “pato bravo” y las rodillas siempre raspadas. La vida transcurría a ritmo de twist. Pero al Ricky local todavía le faltaban algunos años para llegar a la edad de la malicia. Mascaba chicle y sabía todo sobre los vuelos Sputnik y Gémini.

Hacía piscuchas geniales, que vendía a peseta, un precio exorbitante para una época cuando las gaseosas costaban quince centavos. Su casa, en la esquina, tenía un gran árbol por el que trepaba con una agilidad imposible. Su hermana y yo jugábamos a las muñecas. No lo sabíamos, pero nuestros juegos serían hoy auténticas películas de acción. Había en ellas inundaciones, avalanchas, ataques de piratas, pirañas asesinas y demás plagas que dejaban chiquitas a las del catecismo.

Un día la mamá de Ricky Tutti Frutti dispuso celebrarle una piñata. Tuve una bronca colosal con mi mamá porque me puso un vestido ridículo con un enorme lazo en la espalda y el fustán almidonado. “Vestido de niña”. En la fiesta se me olvidó la cólera. El clímax era, por supuesto, la quiebra de la piñata. Por primera vez iba a participar de ese rito propiciatorio y mi emoción era intensa. Me vendaron los ojos y me pusieron en las manos el palo. No sé quién tuvo la idea de improvisarlo con un engalanado bate de beis.

Me dediqué repartir mandobles. Mi puntería fue certera y comenzaron a caer los dulces. Los cipotes se lanzaron en estampida a recogerlos y en una de esas la punta del bate erró y siguió su trayectoria hacia el piso. La mala suerte fue que el hueso occipital de alguien se puso en curso de colisión con el bate de beis.

De más está decir que hasta allí llegó la fiesta. Los invitados salieron en estampida. La progenitora de Ricky Tutti Frutti se lo llevó corriendo a la Cruz Roja donde le dieron doce puntadas, y mi mamá, achicadísima, se deshizo en disculpas.

A mí no se me olvidó nunca. Al día siguiente, cuando el cumpleañero reapareció con la cabeza vendada, en desagravio yo le llevé la colección de chibolas y chirolones que me había regalado mi abuelo. Ese era el mayor tesoro de mi infancia.

Y Ricky, que siempre era arisco y huraño, me correspondió con un enorme pedazo de pastel sobre el que destacaba la rosa de dulce: el bocado más perseguido, el auténtico premio Óscar de todos los cumpleaños.

Nunca volví a ver a Ricky Tutti Frutti. Un día su familia se mudó y no regresó. Pero yo guardo siempre el recuerdo de esa rosa de dulce… Y sé que, donde quiera que se encuentren, las chibolas de mi abuelo están en buenas manos.

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Aída Párraga

La infancia entre libros y escritores

Salarrué celebró una fiesta en su casa, ella no recuerda detalles, pero sí asegura que vio a aquel hombre alto y de ojos azules que ya era un referente de la narrativa salvadoreña. La infancia de Aída Párraga pasó así, entre libros y escritores célebres.

Recuerda a su padre visitando a Hugo Lindo en su librería Altamar, a cuatro cuadras de la casa donde ella todavía vive, cerca de la avenida Olímpica. Mientras su padre, un ingeniero civil, hablaba con Lindo, Aída y su hermano revoloteaban entre los estantes de aquella librería desaparecida y fundada por el poeta.

Todo eso lo revela una mañana en un café del centro de San Salvador. Para atender esta entrevista, ha hecho tiempo entre su agenda apretada de artista, locutora e ingeniera electricista.

“En mi casa siempre hubo muchos libros”, cuenta. Tanto así que los libros se convirtieron en sus regalos de cumpleaños de infancia. A los siete años, en 1973, veía cómo a su casa llegaban cajas con colecciones de libros del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, que fue dirigido años antes por el poeta Ricardo Trigueros de León, otro amigo de su papá. Hoy a esta instancia se le llama Dirección de Publicaciones e Impresos y sigue adscrita al Ministerio de Cultura.

Una vez que Aída se enamoró de las letras, también lo hizo del teatro. En 1990 viajó al Festival Latino de Teatro en Nueva York, como parte de la Compañía Nacional de Teatro. Y hoy forma parte del elenco de la compañía Teatro Hamlet.
En 1995 reconfirmó que lo suyo era escribir, cuando ganó en la rama de ensayo el primer lugar en el Certamen Literario de Poesía Joven Femenina organizado por la UNESCO. Ese año Maura Echeverría y Claudia Herodier la invitaron a formar parte de Poesía y Más, que hasta hoy realiza recitales de poesía dramática. Por ese tiempo Aída fundó el programa “La Bohemia”, en la radio YSUCA, donde lleva a invitados destacados en el área cultural.

Aída Párraga

Yo me imagino ser

una palmera de sueltas greñas,

con el viento salado de la noche

besando la apacible desnudez

de las arenas.

Me imagino más cerca

de lo alto,

de lo dulcemente azul

que nos rodea

y contemplarlo…

Soy palmera hundiéndome en las nubes,

en la soledad de plumas nacaradas,

en el callado viento que murmura.

Historias de sangre, sal y barcos.

Soy la única palmera que subsiste,

la única sobreviviente a la sequía.

Sola, erguida en esta isla

sin más testigos que la espuma,

que la arena y que los astros.

Espiga sin voz que va arrullando

el dormirse tranquilo de las horas,

verde que sostienen las gaviotas,

verde que se estira hasta más verde

y que a veces

también llora.

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Susana Reyes
Susana Reyes

“Crecí recolectando historias”

Una enfermera sale una mañana de su casa en San Salvador, debe viajar a su trabajo a San Juan Tepezontes, en La Paz. Afuera hay guerra. Es El Salvador de 1980. Unos minutos después de dejar la casa, la enfermera regresa. Su hija, asustada, le abre la puerta. Regresó solo para entregarle un libro que encontró en la calle.

La niña que recibió el libro se llama Susana Reyes y ese libro fue “Solo amor”, de Pedro Geoffroy Rivas.

“Crecí recolectando historias, momentos posibles de una vida”, dice en el jardín del Museo de Arte. Esas historias son sus paseos en bicicleta por las calles de aquel San Salvador sometido a los toques de queda; su abuela escuchando las homilías de Monseñor Romero, leyéndole los periódicos o recitándole a Rubén Darío; y las aventuras con una amiga de infancia a la que años después le dedicó el poemario “Postales urbanas”, para contarle cómo es ahora esa ciudad que vieron derrumbarse.

Susana nació en San Salvador, pero su familia materna es de Honduras. A los 13 años, Susana le pidió a su mamá que la matriculara en un colegio que para los ingresos de su familia y la época era caro. Se fue siguiendo a una amiga, no sin antes prometerle a su mamá que ahí conseguiría trabajo. Lo hizo, estudió Secretariado y también se enamoró del teatro, al que le dedicó tiempo hasta sus 20 años.

En septiembre de 1989 comenzó a trabajar de secretaria en la imprenta de la UCA, donde el académico y escritor Rafael Rodríguez la convenció para que estudiara la extinta carrera de Letras. “Ahí vas a ver dramaturgia”, le dijo. La dramaturgia es otra de sus pasiones. También recordaba que su mamá siempre la aconsejó que estudiara, porque el estudio era lo único que le quedaría.

Durante la carrera universitaria Susana comenzó a escribir poesía y sigue atrapada en ella. Vive con sus gatos en esta urbe que ama. La urbe que le quedó después de la guerra.

Susana Reyes

“Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores”. Jorge Luis Borges


La niña tomó sus cuadernos
puso en su cintura el viejo cincho
Cuando la abuela no veía
se colocó los chores bajo la falda
Sus manos callosas no coincidían
con el oficio del lápiz
Llevaba meses jugando a guindar la risa
en barrotes de hierro
La mañana olía a un sol eterno
y ahora recuerdo los cabellos colgando
el rojo y el amarillo
el chor celeste, el ocre, el salmón
espacio seguro
simples cómplices
De grande aprendió el nombre
de algunos de esos colores
de sus fibras en la respiración
de las agujas taladrándolos
de los horarios con que la anudaban
del recuerdo impreso en las viñetas.

***

Claudia Meyer
Claudia Meyer

La niña que acusaron de plagio

Claudia Meyer tenía seis años y estaba en segundo grado cuando fue acusada de plagio. Era 1986 y en el Colegio Belén, en Santa Tecla, le habían dejado como tarea la descripción de un lugar, pero no le indicaron el formato para presentar la tarea.
La niña había crecido entre paseos en la playa con el abuelo, quien le enseñó a amar el cine con sus visitas domingueras a los cines tecleños de antaño. En su casa siempre hubo libros y enciclopedias españolas, que a ella le gustaba hojear. Para su tarea se le ocurrió describir un prado y lo hizo con versos y en rima, pero no creyeron que ese poema era de ella.
“Me dio la satisfacción de pensar que el trabajo estaba tan bueno que creyeron que lo había copiado”, cuenta años después sentada sobre una tumba del cementerio de Santa Tecla, el lugar donde una tarde de febrero habla de cómo llegó a la poesía. En este cementerio están enterrados sus abuelos y fue el lugar donde hizo su primera sesión de fotografías, cuando entre 1999 y 2000 perteneció al taller literario Tecpán.
En 1996, Claudia era estudiante de bachillerato y tuvo otro encuentro con la poesía. A su colegio llegó un grupo de poetas para hacer un recital. Sus compañeras aprovecharon para entregarle al poeta Otoniel Guevara un cuaderno donde ella había escrito poemas. Otoniel se tomó el tiempo de hacerle observaciones a lápiz y publicó uno de estos poemas en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Co Latino. La publicación fue clave para que Claudia reconfirmara que era una poeta nata.
Años después, los poemas de aquella niña acusada de plagio han sido galardonados y también publicados a escala nacional y fuera de El Salvador. Claudia también es mercadóloga, trabaja de forma independiente, se dedica a la docencia universitaria y colabora como investigadora en la Universidad Francisco Gavidia.

Claudia Meyer


Es mía la gruta, también le pertenezco.
No permite goce ni vano sueño.
En mí le llevo, somos una,
oquedad que inhala y se ahoga en estertores.
De ti liberarme o prescindir nunca:
sin ti, mi dolor, mi herida,
no sabría reconocerme en el espejo.

***

Ana Escoto

La escritora que buscó el anonimato para publicar

A los 13 años Ana Escoto comprendió que escribir literatura era una forma de reconciliarse con ella y con el mundo, pero cuidaba que nadie viera sus escritos. A los 20, se arriesgó a publicar sus textos en foros de internet, buscando el anonimato.

“Era más anónimo y a uno le daba la idea de decir ‘bueno, probablemente si está mal, no importa, porque nadie sabe quién soy’”, relata Ana, desde Ciudad de México, país donde vive desde 2008.
Ella forma parte de la diáspora de intelectuales salvadoreños alrededor del mundo. Tiene 35 años y es una de las voces jóvenes en la narrativa nacional. En julio publica su segundo libro de cuentos, “De los problemas de enamorarse”, en el que explora las concepciones de enamoramiento que impiden acercarse y conocer a otras personas.
La lectura la llevó a la escritura. Su acercamiento a los libros fue a los nueve años en el Colegio Externado San José, cuando sus maestros la llevaban junto a sus compañeros a la biblioteca y les ponían rimeros de libros. Ahí conoció a los clásicos salvadoreños, prestó libros y los devoró.

Ana también es economista graduada de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y tiene un doctorado en Estudios de Población en el Colegio de México. Trabaja como catedrática de planta en la Facultad de Ciencias Política y Sociales de la Universidad Autónoma Nacional de México, donde imparte clases de Estadística y Demografía. Dice que a veces se siente más académica que artista.
Perteneció a la Casa del Escritor, un taller que durante nueve años fue liderado por el fallecido escritor Rafael Menjívar Ochoa. Aunque a ese taller llegó escribiendo poesía, hoy escribe narrativa. Su primer libro de cuentos fue publicado en 2008, se llama “Menguantes y otras creaturas”, en el que juega con la cotidianidad y su pesadez.

Ana Escoto

“Historia del feminismo o una carta muy cursi”

Es extraño, pero me levanté con enormes ganas de ser un champiñón. Pero no cualquier champiñón: uno resistente al frío. Y es que sí, lo acepto, me había dado por cosificarme: ser tu camisa, ser el libro que leés, ser el lápiz con el que escribís, ser el reloj azul que usás de vez en cuando. Esto quiere decir que ya salté. Evolucioné y llegué al mundo de los vivos. Quizás empezaré a respirar y compartiremos aire. Después seré un sancarlos amandarinado –del reino fungi me paso al de las plantas– y entonces fotosintetizaré el dióxido que emitís. Luego seré un lindo labrador negro –jamás un gato– que ande cerca de tu regazo. Y quizás entonces, me dé por ser parte de tus razones y pensamientos. Seré incorpórea antes de dar el gran paso: ser la mujer que soy a este lado, mi lado; a tu lado.

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Jeannette Cruz

“Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir”

La primera vez que recuerda que escribió fue un poema a su mamá. Hoy le parece terrible, pero a sus 12 años le emocionaba. Fue por ese tiempo que su papá, que tiene un negocio en el centro de San Salvador, le regaló una colección de 20 libros de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña de la Dirección de Publicaciones e Impresos. Entre esos libros el que más recuerda es “Andanzas y malandanzas”, de Alberto Rivas Bonilla.
Jeannette Cruz estudió Comunicaciones y trabaja en una empresa de marketing. Es directa al decir que del arte no se vive. “Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir. Yo sé de gente que lo hace y encuentro que son increíblemente valientes, porque yo no podría”, sostiene desde un centro comercial a las faldas del volcán de San Salvador.
Ahora, estudia los símbolos y el sonido para un libro de 20 cuentos que está en proceso de creación. Es otra de las voces jóvenes de la literatura salvadoreña.
A sus 31 años, Jeannette ya ha publicado sus primeros textos en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura, en la antología centroamericana de narrativa “Tierra breve” y recientemente en la antología “El territorio del ciprés”, que reúne a otras voces de su generación, como producto del taller literario Palabra y Obra, a cargo de la escritora Susana Reyes.
Para esa antología trabajó 10 cuentos por años, pero de esos seleccionó tres, unidos por el tema en común de la muerte y presentando a mujeres que viven la cotidianidad salvadoreña desde sus miedos.
A ella le parece importante que haya una reforma educativa, para que desde la academia se le apueste a disciplinas holísticas y eso implique el mayor acercamiento de los niños a la lectura, sobre todo con el uso de las nuevas tecnologías.

Jeannette Cruz

“Tus brazos son dos troncos anegados”

Cuando llegué al sendero, ya empezaba el cielo a perder su anaranjado. Andaba descalza y el frío de la tierra me distraía de la bulla del corazón que me saltaba debajo de las chiches. El amate era un viejito con bordón sentado a la orilla del barranco y yo me senté con él. A mí Daniel me dijo que viniera y yo vine porque me dio miedo que se fuera sin mí. Yo esto no se lo diría a nadie porque una debe mantener la dignidad, pero te lo cuento a vos ya en confianza, de todas formas. No tenía miedo de estar sola en medio de la finca en la noche más oscura (estas noches en que, según Daniel, la diosa está hecha pedazos en el suelo). Yo tenía miedo de quedarme sola en la vida. Y Daniel es bueno. Cada noche que dormía abrazado conmigo me contaba historias que nunca había escuchado y me aullaba suavecito al oído y me decía “así le hace el Cadejo” y gruñía, de muchos modos gruñía. Yo le preguntaba de dónde sacaba todas esas voces pero no contestaba. A mí siempre me gustó dormir con él, aun sabiendo que si mi tía se enteraba me mataría. Yo sé que a estas alturas eso ya no te importa, pero hay peores muertes que la muerte, y eso no lo podés saber.

Me acuerdo de que cuando levanté los ojos ya era de noche, me había quedado dormida y Daniel no llegaba. Las flores blancas brillaban sobre los amates del camino; yo no alcanzaba ni a verme las manos. De pronto escuché un ruido de pasos y hojas, mi corazón volvió a retumbar y me quedé tan quieta que creo que dejé de respirar. Daniel me dijo: “Te voy a llevar al pozo”, y yo le pregunté que a cuál, no me contestó, como cuando le pregunto dónde vive. Me agarró de la mano y empezamos a caminar, pero ya no seguimos el sendero. Yo sabía que después de esos árboles solo había monte. Le dije que si no me contestaba no lo seguía. Él se dio la media vuelta para mirarme, supuse, no se veía nada más que los amates. Lo escuché suspirar, “ya hablamos de esto”, y yo le dije que sí, pero que me contestara, y él me pidió que por favor solo lo siguiera. Lo hice porque Daniel me quiere más a mí de lo que yo lo quiero a él, eso siempre ha sido así, la que tiene el poder de joder al otro soy yo. El pozo estaba en medio de un llano, y había una claridad azul que me dejaba distinguir la cara de Daniel del fondo del cielo. Se veía triste. Daniel me dijo que me asomara al agua y, cuando lo hice, sentí como su brazo me rodeaba la cintura desde atrás. “Quiero que sepás que esto lo hago por vos”, me dijo, y me cortó el cuello con su navaja, me dibujó una medialuna en la garganta. Yo me quedé quietecita, agarrada a las piedras del muro, el corazón ahora me palpitaba en la línea roja del cuello.

Daniel te empujó con suavidad hacia adelante. El agua ni siquiera hizo ruido al recibirte. Entonces vi como Daniel se asomó para verte desde arriba, con lástima, y suspiró “pero qué bonita sos”. Y me dio pena por él, pobrecito, las cosas que hacen los espíritus cuando son los que quieren más. Entonces me asomé yo también al pozo y vi tu brillo de flor de amate, y vi cómo el agua se apartaba de tu sangre para no ensuciarla, y vi a mis propios brazos, ahora tus brazos, dos pedazos de leña flotando abandonados, y vi tu nuca suave ofreciéndose a la luna nueva y me di cuenta de que le empezaban a nacer flores amarillas a mi espalda que ahora es tu espalda de cadáver.

***

Nicole Membreño Chía

“La literatura se alinea con mis metas de activismo”

Nicole Membreño Chía escribe sobre la realidad de las mujeres en uno de los países más violentos del mundo. Escribe literatura porque es un complemento con su papel de mujer activista por la diversidad sexual. “Se alinea con mis metas de activismo”, reconoce.
Tiene 31 años, ganas de escribir y de involucrarse en cambios sociales. Dice que para prepararse tiene que salir del país, porque acá lo único que le queda es volverse autodidacta y leer mucho.
Intentó estudiar Letras en la Universidad de El Salvador, pero sus papás no la apoyaron. Así que estudió Mercadeo y hoy trabaja desde su casa con una compañía, pero también dedica tiempo a leer literatura y sobre activismo. A veces piensa que debió haber estudiado Antropología, porque aunque le cuesta interactuar con las personas, sí le gusta observar sus interacciones.
De pequeña recuerda que sus ejercicios eran escribir parodias de otros libros. Desde hace cinco años inició su formación en las letras, cuando recibió un taller con la escritora Susana Reyes. Producto del proceso creativo publicó en 2018 tres cuentos en la antología “El territorio del ciprés”. También otro de sus cuentos fue publicado en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
En su narrativa intenta reflejar cómo la ficción es parte de los componentes de El Salvador. Se dedica a reflexionar sobre la delgada línea que existe a diario entre lo increíble y lo creíble. Por ejemplo, nunca olvida que cuando terminó de depurar uno de sus cuentos, ya publicado y que trata sobre un feminicidio, fue asesinada la doctora Rosa María Vega, en Santa Ana, de una forma parecida a la que ella lo relata en su texto.

Nicole Membreño Chía

“ENTRE LOBOS”
Un cuento venezolano

Recuerdo la primera vez que te vi. Estabas tan diferente. Atrapabas un cigarro entre los labios, y el cabello caía sobre tus hombros como fuente castaña, con los jeans rotos y chaqueta negra, tan despreocupada y veinteañera como cualquier otra. Te veías dispuesta a todo, Inés, el mundo siempre fue tuyo.

Te gustaba sentarte al borde de la calle después de clases, con una arepa de carne en las manos y las mejillas grasientas de placer. Eras como una sirena encallada en el asfalto, entre edificios grises y arrecifes de personas; irradiabas magia y un aire místico que nadie en esta ciudad posee, hasta se corrían rumores de que eras gitana, de esas que hechizan de amor y leen las cartas.

Todas eran habladurías, no podías jugar ni al póquer y la única magia provenía de tus caderas, como supe mucho tiempo después, cuando finalmente accediste a la inclemencia de mis deseos, Inés.

Confieso que te observé durante mucho tiempo antes de acercarme. Una noche tus ojos de almendra me encontraron fingiendo que no te miraba, confundiéndome con los demás peces. Fue entonces que me elegiste, para un momento o dos. Yo aún no lo sabía: para mí, tú serías eterna.

Te recuerdo salvaje, tal como eras. Una criatura que emergía desde lo más profundo de la tierra, una fiera, Inés. Te recuerdo rota y remendada, ligeramente descompuesta… ni siquiera mis cuentos, ni las promesas que te hice lograron detener tus pasos errantes.

Tu inquietud se me hacía cada vez más imposible; yo rayaba en la sencillez y tus dilemas se extendían sobre mí, envolviéndome en espuma impenetrable. Tú te cansabas de mis acertijos y de mis pasos de viejo joven. No te culpo por haberte marchado.

Me gusta creer que me amaste y que te amé, y que todas esas conversaciones revolucionarias fueron más que palabras vacías. Algo más que mi anhelo por poseerte y el tuyo por ser libre. Nos parecíamos tanto y a la vez tan poco, tú siempre corriendo y yo así, despacio. Nuestro tiempo se fue demasiado rápido.

Y esta noche estás a mis pies, tan serena y lívida como nunca, con el cabello castaño derramado en todas partes. Tu rostro encendido, inmortal. Una oveja entre los lobos. Ni el ruido ni el ajetreo de los demás manifestantes te despiertan, Inés.

Estás fuera de lugar, con tu cuerpo de sirena en un mar tibio de sangre, y casi sonrío con la ironía de darme cuenta de que, de todas las noches, fue precisamente en esta en que encontraste la libertad.

***

Ana María Rivas

La noventera que escribe sus sueños

Ana María Rivas soñó que la operaban en una mesa. Ese sueño luego se convirtió en un cuento: un hombre al que operan y le extraen mariposas del estómago. Una alegoría de los sueños que el humano gesta y que el mundo los arranca.
Ana María es noventera, nació después que acabó la guerra. Lo hizo rodeada de maestras y eso le permitió tener libros a su alcance. Primero leyó las enciclopedias, y cuando comenzó a estudiar, fue atrapada por los libros de texto, sin estar consciente que parte de lo que leía era literatura.
“Parte del combustible, la materia para crear, ha surgido a partir de mis sueños”, dice a sus 24 años.
En un país sin oportunidades para la formación artística, Ana María llegó a los 13 años a la extinta Escuela de Jóvenes Talentos en Letras, un proyecto apoyado por la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD) y el Ministerio de Educación, que pretendió formar a escritores y pensadores a escala nacional, tomándolos de escuelas públicas de todo el país.
En ese espacio formativo recibió clases con escritores como Susana Reyes, Claudia Meyer, Carlos Clará y Osvaldo Hernández. Aunque para entonces escribía poesía, por un tiempo probó con la narrativa y hoy ha vuelto a la poesía.
En 2014 sus primeros textos aparecieron en la compilación literaria “Sextante”, publicada por la UJMD. Hace dos años tres poemas de su autoría también fueron publicados en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
Su tiempo para escribir lo mezcla con las artes visuales y el trabajo en una empresa. Estudia el quinto año de la Licenciatura en Artes Plástica con opción en Pintura. Ana María debe parte de sus textos a ese mundo onírico que puede confundirse con la realidad, pero por hoy tiene en mente trabajar performances que partan de sus textos.

Ana María Rivas

“MOTHER”

“Oh madre oscura, hiéreme con diez cuchillos en el corazón”. P. Neruda


Madre: ¿has escuchado tu voz los últimos años?
¿sabes acaso que has perdido
tu nombre
tu edad
y tus sueños?
Te cambiaron los ojos por dardos
los dedos por gusanos
y los pies por estacas.

Te llamo madre porque no sé decirte de otro modo.
No puedo llamarte mujer ni anciana ni monstruo.

El café desborda en la cocina
y te has quedado dormida frente al tele.
Han pasado siglos y tus huesos siguen habitando la sala,
la tierra en la boca, el veneno en tus párpados.

Madre, ¿dónde guardaste las píldoras del insomnio?
En estos días necesito
coserme los ojos y esperar la muerte.


Mi madre es un pez sin océano ni estanque,
ojos de ceniza en la habitación de mi memoria.

Ella soñó parir a muchos hombres
que postraban sus rodillas
y adoraban su vientre.

Mi madre mató a sus hijos.
Y por cada uno se clavó una aguja:
Era tan grande su estirpe
que no fue más mujer sino acero
y entre carne y sangre
se volvió una espina.

Mi madre volcó su imperio de cruces en mi falda
impuso sus manos en los hijos que aún no tengo
y les dio veneno porque odia las ratas.


Madre, cántame una canción de cuna
donde quepan las distancias del mundo
y el rostro donde se queman los espejos,
Cántame noches sin amanecer que me separen
de la fe de enterrar mis manos en los astros.

Téjeme una mortaja por vestido
hazme trenzas en el cuello
y sujétame a las vigas,
méceme, seré tu péndulo
una muñeca amplia oscilando entre los muebles.


Madre, olvidé decirte que nadie tiene una madre.

“El territorio del ciprés”

Ilustración de Moris Aldana

“Marina”

Hugo G. Sánchez

Marina despierta con el desaliento empotrado en el cuerpo, siente que le carcome los huesos y le invita cada mañana a terminar de derrumbarse. La mujer se sienta y contempla en una mesa, junto a su cama, la mecha negra y marchita de la vela que durante mucho tiempo ha iluminado el rostro de su hijo. Se apresura a sacar de su delantal una veladora nueva, una con la estampita de san Judas Tadeo, y la enciende. Su madre le enseñó que cada vela en favor de un ausente es una plegaria perenne y una guía, y que, si se apaga, este perderá el camino de regreso. Ella sabe que el cansancio y el tiempo le han comenzado a ganar la carrera y le hacen más corto el aliento; siente vergüenza y un presentimiento indescifrable le golpea el pecho, cree que con su descuido ha llamado a la desgracia.

Saca de debajo de la cama el guacal con agua limpia que llenó por la noche, moja un trozo de tela roída y comienza a limpiarse de la cara a los pies; después se humedece el cabello, lo peina, hace una bola con el pelo que queda en sus manos y la tira al suelo. Se viste con ropa limpia y comienza a preparar las prendas para la venta. Uno a uno se coloca los blúmeres, las tangas, los hilos y los cacheteros en el brazo derecho, lo copa. En el izquierdo repite el ritual con los brasieres, los de varilla, sin varilla, con relleno, con “push up” y los “strapless”.

Marina sale, camina hacia el centro de San Salvador, allí se la ve casi a diario revolotear como una mariposa. Las telas de la ropa que vende le dan textura y color a sus alas. En las delegaciones de la Policía, en los hospitales y en las morgues también se la ve, pero como una mariposa triste.

Su caminar da frutos lentamente, tarda más de lo esperado en vender lo suficiente como para continuar con la búsqueda de su hijo, para pagar los pasajes para llegar hasta al lugar donde el ingeniero la ha citado. La tarde se acerca, ella se dirige al sitio con una leve esperanza, pero también con el tímido deseo de no concluir ahí su faena.

El día que el chico se ausentó, Marina estaba despierta desde las 5, se quedó en cama a la espera de que sonara la alarma del teléfono de su hijo. El aparato marcó las 6, ella se cambió de ropa para salir a la calle por dos sobres de café Listo, dos huevos, una cora de frijoles y pan. Afuera clareaba, el humo de los buses empañaba los paisajes, sus pitos golpeaban los oídos, el bullicio de la ciudad se aceleraba a cada momento como un corazón nervioso. Regresó pronto, la alarma seguía sonando, preparó la comida. El joven salió de la ducha que compartía con todos los habitantes del mesón, desayunó y vistió la camisa blanca, ya de tono amarillento, y el pantalón azul del uniforme escolar. Marina lo besó en la frente, le puso el escapulario que le regaló por sus 15 años y le pidió que se cuidara mucho. Él se limpió la saliva con el brazo, ocultó la prenda bajó la camisa y se fue.

Marina, con los brazos llenos de calzones y brasieres, se fue a vender y regresó al mesón pasadas las 11 de la mañana para esperar a su hijo con el almuerzo y retomar juntos la venta. Lo esperó hasta cerca de la 1 de la tarde, pero el chico no volvió. La mujer le dejó para almorzar una pieza de sardina, un puñado de arroz y dos tortillas. Se fue tranquila porque no era la primera vez que él se iba por la tarde a vagar. Cuando hacía esto, el muchacho la esperaba en la noche en una esquina cerca del mesón. Esta vez no fue así.

Algo sombrío se posó en la mente de Marina cuando volvió y el joven no estaba. La inundó un sentimiento de enojo, por la prolongada salida, y de temor, porque la ciudad a oscuras, San Salvador a oscuras, es tierra enemiga, aunque uno sea hijo de ese mismo concreto.

En vela esperó a que asomara la mañana. Llegada la hora en la que entraban los estudiantes a la escuela marchó para preguntar por su muchacho. Por boca de varias personas supo que el chico llegó a tiempo, que recibió clases, que salió a recreo, que se peleó con alguien, a quien nadie quiso señalar y que ante la pregunta de su nombre el silencio era la respuesta. También supo que lo dejaron castigado bajo el sol hasta el segundo recreo, que se fue a la hora de siempre. Nada más.

Trató de reconstruir los pasos de su hijo: fue a una cancha cercana, rondó el mercado Tinetti, caminó entre sus corredores. Preguntó a quién pudo y cuando se cansó de preguntar, preguntó más. A mediodía deshizo el camino andado y volvió al mesón, la esperanza de encontrarlo en casa fue vana. Dejó nuevamente un plato con comida para el chico y salió a vender.

En el centro preguntó a varias de sus compañeras de calle, algunas eran madres de otros muchachos que cursaban estudios con su hijo, pero ninguna sabía nada diferente a lo que Marina había escuchado. Una de ellas le dijo que apurara el paso, que fuera a la Policía si no llegaba esa noche, que habían rumores de que los bichos estaban limpiando la zona de los que no era brincados, que letras y números andaban en las mismas.

Cerca de las 6 de la tarde, volvió al mesón. La esquina estaba nuevamente sola. Esa noche solo el miedo la acompañó.

Los primeros rayos que entraron por la ventana le hirieron la mirada, se levantó de la cama, todo le parecía opaco, como envuelto por una niebla. Bebió un café, buscó la foto más reciente del chico, también su partida de nacimiento. Prendió una vieja radio, sonaban himnos religiosos, creyó que eso la reconfortaría, pero las voces eran tenues, lejanas, irreales. Las dejó un rato solo para sentir algo de compañía.

Volvió a la escuela, volvió a la cancha, volvió al mercado, al mediodía volvió a su cuarto y nada. En ninguna esquina nadie la aguardaba.

Marina dejó nuevamente un plato con comida, vistió sus alas y se fue a vender. Se dirigió a los chupaderos de El Zurita, era una ruta acostumbrada y que sabía que su hijo disfrutaba por la cercanía con las mujeres vestidas solo en los pechos y la entrepierna. Ella entró a varios negocios con la foto del muchacho en mano y preguntó a las encargadas, a las putas, a los lustradores, a los bolos y nadie sabía nada, parecía que en esta ciudad nadie nunca sabe nada.

La única pista que obtuvo fue en el local de la Charlotte, uno de los travestis más cotizados de la cuadra, una cliente asidua de sus hilos y tangas, y con quien sospechaba que su hijo se había desvirgado. Al ver llegar a Marina, Charlotte se apresuró a llevarla hasta el baño con el pretexto de probarse algunas prendas, ahí se encerraron.

—A su hijo lo vieron pelearse con “el Skinny” en la escuela y dicen que después se encontraron en una de las entradas del Hoyo, de ahí nadie sabe para dónde se lo llevó y no vaya a decir ni mierda de que yo le conté, que los bichos me van a batear, sino es que amanezco ensabanada en la calle –le dijo la Charlotte.

Antes de marcharse, las mujeres se congregaron alrededor suyo y en un gesto solidario algunas abonaron sus deudas, otras se quedaron con más ropa y sus cuentas en un viejo cuaderno crecieron un poco más.

Marina conocía al “Skinny”, recordó que era uno de los chequeos en el barrio San Esteban y que estaba a punto de brincarse y sintió más miedo.

De la rocola salía la voz de un charro, la vida misma le dedicaba una canción a Marina: “Cuatro caminos hay en mi vida, cuál de los cuatro será el mejor, tú que me viste llorar de angustia, dime, paloma, por cuál me voy”.

Esa noche prendió por primera vez una veladora frente a la foto del chico.

Ilustración de Moris Aldana

Llegó la mañana del cuarto día. Intuyó que sería un desperdicio de tiempo buscar al “Skinny” y decidió apuntar más arriba, se fue a hablar con “el Ácido”, el palabrero de la zona y a quien conocía desde cipote. Lo encontró en La Barca del Olvido, un chupadero de fachada para la casa destroyer. Marina llegó hasta la mesa en la que estaba, le deslizó la foto de su hijo.

—¿Ustedes lo tienen? ¿Dónde está? –preguntó Marina sin recibir respuesta–. Lo vieron con uno de tus bichos, entregámelo y te juro que nos vamos de aquí y no nos vuelven a ver.

El hombre seguía sin pronunciar palabra, Marina lloraba, una mezcla de aflicción, impotencia y miedo le apretaba la garganta.

—Por la memoria de tu viejita ayudame, mi hijo no les ha hecho nada o por lo menos decime dónde buscar.

—Por respeto a mi jefita no le voy dar plomo, va, que aquí no se viene sin permiso aunque sea la nana de Tarzán –dijo “el Ácido” mientras colocaba un revólver junto a la foto del muchacho–, y mejor quédese quieta, madre, que si no le vamos a dar luz verde –sin respuestas, Marina volvió al camino.

No esperó a que llegara el mediodía para gastar su último cartucho, se fue a la Policía a denunciar la ausencia de su hijo, a decir lo que sabía.

—No se agite, madre, vaya a descansar que nosotros nos encargamos de buscar a su muchacho –le dijo el agente que le tomó la declaración. Después se fue al hospital y finalmente a la morgue. Así Marina comenzó el ritual que le marcaría la vida.

En su recorrido fue parando ante cada persona que encontraba para preguntar por su hijo, con sus alas variopintas subió del Castillo de la Policía por la Calle de la Amargura, en la que cada Semana Santa pasan las procesiones, viviendo su propio viacrucis, sin espectadores, sin cantos, sin penitencias de otros, hasta el mercado Central. Esa noche su cuarto fue un abismo. Esa noche, la cuarta sin el muchacho, la visitaron los bichos.

—Te vas a morir, vieja puta, por andar de bocona, callate o te vamos a partir en pedacitos y te vamos a dar de hartar a los perros –amenazó una voz tras la puerta–. Marina se hundió en el rincón más oscuro de su habitación, arropada solo por la luz de la vela.

Llegaron un par de veces más, pero con los días fue cesando el acoso, los bichos terminaron comprendiendo que no valía la pena gastar plomo en una vieja a la que nadie iba a escuchar.

Al ingeniero, un forense que coleccionaba fotos de desaparecidos y que trataba de ayudar a madres como ella, lo conoció cuando agregó los cementerios clandestinos que los bichos van dejando a la camándula de sitios que visita para dar con su muchacho.

El forense la citó en las cercanías del cerro de San Jacinto. Marina llega hasta una pronunciada cuesta, en el lugar conoce más a fondo la barbarie, el miedo la deja y la posee el dolor. Allí cree reconocer unos zapatos, una camisa, un escapulario. El ingeniero le toma muestras, le da una contraseña, le pide que tenga fe, que aguarde los resultados.

Marina baja del cerro por la Santa Marta y hace señas a un autobús, este para varios metros adelante, Marina trata de caminar rápido para subirse por la puerta trasera, siente que en ese esfuerzo se le va la vida.

Se deshace de sus alas, las mete en unas bolsas, coloca su carga en un asiento. Camina por el pasillo del viejo bus, paga los 20 centavos y cuando trata de regresar ve, con el rabillo del ojo, una camisa blanca con el cuello curtido, un olor agrio le penetra la nariz, es la mezcla de un perfume barato de lavanda y el sudor del día. Todo es tan familiar.

Un joven habla por teléfono, la voz hace que los ojos se le empañen a Marina, ruedan más lágrimas por su rostro, le toca el hombro.

—Perdone, madre, creo que se ha equivocado –le dice el pasajero tras mirarla por unos segundos y entender la mueca de su rostro.

—Perdóneme usted, lo confundí con alguien más –contesta ella y vuelve a su asiento sabiendo que a estas alturas su muchacho posiblemente no tenga retorno.

Marina llega a su cuarto, se sienta a la orilla de su cama, descarga el llanto acumulado. Se asegura de que la vela esté bien encendida, toma el retrato de su hijo, lo besa, se recuesta y trata de dormir.

La canción que sonó en el local de la Charlotte vuelve a ella, le resuena en la memoria como ese día: “Si es que te marchas, paloma blanca, alza tu vuelo poquito a poco, llévate mi alma bajo tus alas y dime adiós a pesar de todo”.

Un fuerte viento entra por la ventana, la llama flaquea, las gruesas facciones del rostro del chico comienzan a desaparecer en la penumbra junto a la silueta de su madre acostada. La mariposa se marchita, la oscuridad se come todo.

Ilustración de Moris Aldana

“El territorio del ciprés” – cuento II

“El territorio del ciprés” – cuento II

Ilustración de Moris Aldana

“Itinerario”

Claudia Denisse Navas

Martes. Supe de su existencia porque nos intentó seguir. Salió de la nada y asustó a mi pequeño sobrino cuando maulló de repente, tras nuestros pasos. Posiblemente solo quería algo de comer, si es que a ese nivel de deterioro aún se puede tener hambre. Nos apresuramos para desprendernos de su súplica decadente, de su fisonomía decrépita, de su ligero olor agrio.

Miércoles. Oí un gruñido ronco y destemplado que me hizo dirigir la mirada hacia la esquina de la cuadra que yo recorría camino al trabajo. Se había plantado allí, sobre la acera, al cobijo del cesto metálico donde se acumulaban las bolsas con basura del barrio. Su pelambre parecía embadurnada de alguna sustancia húmeda y grasienta; puede que le lanzaran agua para alejarlo de las viviendas, o había dormido cerca de un desagüe. En el sitio donde debieron estar sus ojos se abrían unas cuencas carcomidas, con un centro sin brillo, color gris-pardo. Se había sentado en sus patas traseras y abría la boca al aire con intervalos pausados para dejar escapar un gorjeo agónico. Verlo era una afrenta; tenía color de suciedad y tristeza. Parecía una bolsa de basura más.

Jueves. Iba de nuevo a mi trabajo. Inevitablemente, lo busqué con la mirada. Se había movido a la esquina opuesta de donde estuvo el día anterior, y se había instalado bajo la frescura de un pequeño seto de claveles rojos, sobre el pavimento, con su pequeña cabeza apoyada contra el cordón de la cuneta, como queriendo empujarla. Estaba rígido. Su rostro tenía una mueca confusa que lo hacía parecer sonriente o muy infeliz. Lo miré durante el tiempo que duró mi trayectoria por la calle sin poder apartar mis ojos de aquella masa calamitosa y repugnante. El animal mantuvo su rigor, no se movió un milímetro, no emitió ningún sonido. Murió, me dije. Y seguí para mi trabajo.

Viernes. Allí estaba de nuevo. Lo miré con incredulidad, con terror, con asco. El animal seguía justo donde le diera por muerto el día anterior. Había cambiado de postura. Su diminuta cabeza se escondía tras sus dos patas delanteras, cubriéndose de la luz del día que debía torturarlo sin piedad aún en su agonía. El resto del cuerpo se arqueaba sobre sí mismo y, en conjunto, formaba un ovillo. Una jovencita que corría en dirección opuesta casi lo pisa; alcanzó a verlo y al saltar provocó que una leve nube de moscas se levantara y rápidamente volviera a caer sobre el animal. No se sentía pestilencia alguna, supuse que seguía vivo y me pregunté hasta cuándo duraría su suplicio.

Viernes en la noche. Regreso de mi trabajo. Morbo, lástima, curiosidad, no sé, pero bajo la luz blanca del alumbrado público escudriñé las esquinas de las calles, las cunetas, el cesto de basura, el seto de claveles. Todo limpio, todo está decentemente urbano. Llevo mi mano al pecho, sin pensarlo. Allí dentro también falta algo.


“El territorio del ciprés”

Los desaparecidos por uniformados

Ilustración de Moris Aldana

Maritza se encontraba a solo 10 pasos de William y Bryan esa mañana de miércoles. Estaba trabajando en el nuevo mercado de San Martín cuando vio cómo un grupo de soldados empezó a golpear a los dos muchachos de 17 años. Ella presenció cómo los militares les ordenaron quitarse la cintas de los zapatos. Con las pitas, les amarraron las manos por detrás de la espalda. Cuando ya los tenían sometidos, los sacaron del mercado.

El procedimiento no fue algo usual entre las ventas. En la detención hubo golpes y gritos. Maritza miró bien a los militares. Vio que dos de ellos vestían su uniforme camuflado de manera formal, mientras que otro llevaba la camisa afuera del pantalón. Observó que los uniformados llevaban boinas ocres y que estos se llevaron a William y Bryan sin explicarles por qué.

Ese miércoles de julio Bryan y William querían cortarse el pelo. Salieron de sus casas en la colonia Anémona, en San Martín, se cruzaron la carretera Panamericana y se dirigieron al nuevo mercado del municipio. Cuando estaban ahí adentro, pasaron cerca de Maritza y un grupo de militares los capturó. Este relato forma parte de un habeas corpus solicitado a la Sala de lo Constitucional.

Maritza es una de las testigos principales de esta situación. Se llama de otra forma, pero la sala decidió proteger su identidad en el documento público del caso. Durante tres años ha repetido con convicción que la Fuerza Armada desapareció a los dos adolescentes.

En El Salvador, la única circunstancia en la que legalmente se puede hablar de desaparición es cuando están involucrados los cuerpos de seguridad. Al resto de casos donde no se localiza a una persona se les llama privación de libertad. La desaparición forzada es una herencia de la guerra civil que, aunque perdió volumen, no perdió vigencia. Los cuerpos de seguridad siguen siendo acusados como victimarios.

En 2016 se recibieron 15 denuncias de este tipo; en 2017, se tuvo conocimiento de 10. Para el año pasado, la cantidad de casos conocidos de manera oficial casi igualó la de los dos años anteriores juntos: se registraron 21 casos de desaparición forzada, de acuerdo con la Oficina de Acceso a la Información Pública de la PDDH.

William y Bryan desaparecieron hace cinco años. El Estado Mayor ha negado rotundamente la participación de personal suyo en alegato de que ese día no habían soldados destacados en el mercado. La negativa no impidió que Maritza, durante más de una ocasión, señalara a la Fuerza Armada como victimaria.

***

¿A quién denunciar?

La Policía y la Fiscalía no cuentan con un sistema homologado para registrar las denuncias de los desaparecidos en El Salvador. Cada institución maneja sus propias cifras y las estadísticas, a pesar de referirse a lo mismo, difieren entre sí.

La oficina pública que recibe más denuncias de desaparición forzada es la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). En los últimos tres años, ha recolectado 46 casos de este tipo. En cambio, en la Fiscalía, durante esos mismos tres años se han recibido siete denuncias. Y en la Policía, desde enero de 2016 a octubre de 2018, solo se registraron cinco acusaciones de esta índole.

Que la Policía sea la institución que menos denuncias por desaparición forzada recibe no es coincidencia. La PNC es la fuerza estatal más señalada por desaparecer gente en los casos documentados por la procuraduría. Se le acusa en el 67 % de las denuncias.

“Esa noticia no es gratificante, obviamente, para el componente policial”, dice el inspector Wálter Guillén cuando se le cuestiona sobre estas denuncias en las oficinas centrales de la PNC. “Nosotros estamos dispuestos a verificar este tipo de situaciones que necesitan un estudio, tratamiento (para) ver si necesitan un ajuste a nivel policial”.

Doce días después de la desaparición de los jóvenes en San Martín, Maritza asistió a declarar a la fiscalía. Dos años después, también dio su testimonio ante un notario. Además, en diciembre de 2016 declaró lo sucedido ante la Sala de lo Constitucional. A pesar de todos los esfuerzos de la mujer por hacer lo correcto al ser testigo de un crimen, Bryan y William no aparecen. Ningún soldado ha sido acusado.

“El tema de la desaparición forzada es bastante árido y sensible”, comienza por explicar detrás de su escritorio Guadalupe de Echeverría, la jefa de la Unidad Especializada Antipandillas y Delitos de Homicidio de la Fiscalía. La fiscal acepta, sin vacilar, que –mediante investigaciones– se ha logrado identificar un patrón de desapariciones y ejecuciones extrajudiciales.

Echeverría sostiene que ha tenido conocimiento de grupos conformados por soldados, policías y civiles que se dedican a desaparecer a personas. La premisa de estos grupos es matar al que consideren enemigo en una guerra entre pandillas y agentes estatales. Cuando sospechan que una persona es pandillera, la desaparecen y “proceden posteriormente a ejecutarla”, menciona la fiscal en esta fresca mañana de febrero.

De acuerdo con este análisis, hay agentes estatales que desaparecen y asesinan personas porque las consideran culpables de pertenecer a pandillas, sin investigación de por medio, sin debido proceso, con base solamente en la sospecha. A pesar de que la fiscal habla de un “patrón”, enfatiza en que estos casos son responsabilidad de grupos de exterminio que actúan al margen de órdenes institucionales.

Al inspector Guillén se le cuestiona si dentro de la Policía se han identificado patrones de desaparición de personas por parte de autoridades estatales. La respuesta que da es la de alguien que no se sorprende al escuchar este tipo de acusaciones. “Siempre se mencionan algunos grupos que se toman una atribución en particular, pero nos desvinculamos totalmente de esas acciones. Las funciones de un agente no lo llaman a eso”, afirma.

Ilustración de Moris Aldana

Los familiares de las víctimas no confían en el trabajo policial o fiscal. Eso no es secreto dentro del aparato estatal. Echeverría sabe que eso contribuye a que la denuncia sea mínima y que el subregistro sea un factor dominante. Las familias “realmente no lo denuncian de esa manera, al menos en la Policía no lo denuncian. En Fiscalía tampoco y probablemente (el delito) existe”, acepta.

A pesar de no contar con estadísticas fidedignas, ni PDDH ni Fiscalía niegan la existencia de este fenómeno.

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“Una cifra negra”

A William y Bryan los buscaron desde el primer día en que desaparecieron. Una familiar intentó encontrarlos en el puesto militar un par de horas después de la detención, pero “se le comunicó que personal propio de esa institución no había realizado ninguna captura”, de acuerdo con documentación oficial. A la Fuerza Armada solo le tomó 2 horas adoptar la postura que ha mantenido hasta ahora: negarlo todo.

El 91 % de las víctimas de las denuncias de desaparición forzada de los últimos tres años son hombres. Los desaparecidos son, por regla, de clases sin privilegios. “Los perfiles son adolescentes y adultos jóvenes desde 17 a 30 años, aproximadamente. De escasos recursos económicos, del interior del país que viven en zonas de alto riesgo de amenazas de pandillas”, asegura la procuraduría.

La abogada que presentó el caso de William y Bryan ante la sala denunció que después de sacarlos del mercado, los soldados llevaron a los muchachos a la colonia Santa María, un lugar dominado por la Mara Salvatrucha. El lugar en el que vivían los jóvenes es territorio controlado por la pandilla Barrio 18. La abogada explicó que la sola presencia de ellos en un lugar “contrario” puso en riesgo su vida. Y que eso comprueba que los jóvenes fueron trasladados a ese lugar en contra de su voluntad. Un joven de zonas conflictivas sabe bien cuáles son las fronteras que no debe cruzar.

Una semana después de su detención, los padres tenían la esperanza de encontrarlos con vida. Incluso, un grupo de personas se reunió frente al puesto militar de San Martín y protestó. Exigió información. Ahora, las posibilidades de encontrarlos vivos son pocas.

Algunos familiares de desaparecidos consideran que la denuncia es inútil y que los coloca en una situación más vulnerable. “Eso es una cifra negra que nosotros tenemos porque muchos familiares, por falta de confianza no acuden a la Policía ni a la Fiscalía. Por temor a las represalias o porque no confían en el sistema. Entonces, estas personas prefieren agotar otra vía. Van al Instituto de Medicina Legal a ver si hay algún levantamiento o a los hospitales”, sostiene la jefa fiscal.

Bajo esta premisa, los familiares ya no buscan culpables. Se dedican a buscar un cadáver y, en el mejor de los casos, un herido.

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Las víctimas y la sospecha

Al caer la noche, Alexánder encontró una iglesia donde le dieron comida y resguardo. “Estaba golpeado, iba con garrapatas, llevaba pulgas en las orejas, los pies hinchados, llenos de espinas, con el brazo completamente morado e inflamado de los golpes que le habían dado con las cachas de las pistolas los policías”.

Horas antes, Alexánder había ido al molino con su abuela. Prepararon la masa para los tamales y, al volver, unos policías lo detuvieron y se lo llevaron. Los agentes lo creyeron pandillero y ese fue motivo suficiente para trasladarlo a una montaña. Ahí le ordenaron correr mientras disparaban, como quien caza a un animal. Alexánder corrió y corrió entre el monte, hasta que encontró una iglesia. Este relato se puede leer en la investigación “Una reconciliación a través de las víctimas”.

“Volvieron las torturas, las detenciones arbitrarias, las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales”, sentencia sin rodeos, el informe final. Esta investigación fue realizada por la Maestría de Teología Latinoamericana de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Se inició hace dos años, cuando un equipo de siete investigadores se dedicó a escuchar relatos de víctimas de la violencia actual para luego sistematizarlos.

Martha Zechmeister, la coordinadora de la investigación académica, identificó que la pobreza está relacionada directamente con ser candidato a la desaparición forzada. Usualmente, las zonas más populares y comunidades obreras son el caldo de cultivo para las pandillas. Por otro lado, también, son las zonas más estigmatizadas por la autoridad.

“Un joven que nace en zonas vulnerables es ya sospechoso. Cuando habla con los policías se pone en peligro enfrente de los mareros. Están en una trampa, no hay escape: cuando no habla con los policías es sospechoso para los policías”, dice Zechmeister.

La investigadora logró identificar algo que ella llama “niveles de escalada de la violencia”. En el primer nivel encontró “los usos cotidianos de la violencia, como golpear a un presunto marero a partir de una sospecha. El segundo nivel es que desaparecen jóvenes: los suben a un carro y los llevan. Les aplican tortura física. Cuando la familia tiene suerte, lo encuentra”.

Esta visión, proveniente de la academia, coincide con el análisis que se ha hecho en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Ahí, se ha documentado que cuando las víctimas de desaparición forzada son jóvenes de zonas controladas por pandillas, lo primero que las autoridades hacen, antes que buscarlo, es tratar de averiguar si se trata de pandilleros o no. Esto criminaliza a las víctimas.

La idea de desaparecer a sospechosos, al margen de la ley, cuenta con un gran apoyo en redes sociales. Existen páginas con miles de seguidores, como Guerreros de Sangre Azul –con información de policías– donde se suben fotografías de “pandilleros y ratas eliminadas”.

Guillermo Gallegos, el diputado por GANA y expresidente de la Asamblea Legislativa, es un fiel seguidor de estas campañas en las que se promueve la violencia física y el quebranto de la ley: “Si te veo matar a un delincuente, yo no te vi”, publicó en Twitter hace unas semanas. Estas frases no caen en terreno infértil. De acuerdo con las pocas denuncias, varios jóvenes han sido desaparecidos bajo la sospecha de ser delincuentes, sin un debido proceso y sin la posibilidad de defenderse.

Alexánder volvió a desaparecer dos días después de haber sido reencontrado en una iglesia evangélica. Su familia repitió y repitió a los investigadores de la UCA que él no pertenecía a ninguna red criminal. Se lo llevaron y ahora nadie se atreve a decir quién fue el culpable. Temen tanto de las pandillas como de la policía.

Algunos dicen que un marero de la colonia lo sacó en venganza por no unirse a la pandilla. Otros hablan de haberlo visto con Policías antes de que desapareciera. La familia no confía en nadie. No denunciaron.

Ilustración de Moris Aldana

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Sin garantías

“Hay un gran déficit en manejo estatal de estos casos. ¿Qué ofrecía el Estado como protección de víctimas? Una ayuda en granos básicos y una medida de resguardo en casa de protección donde tienen a testigos criteriados”, empieza por explicar el abogado Pedro Cruz, director de la Asociación Salvadoreña por los Derechos Humanos (ASDEHU).

Él habla de un déficit porque lo vio de primera mano. Como parte de su trabajo, promovió un habeas corpus a favor de otros tres muchachos de Armenia desaparecidos por la Fuerza Armada en 2014. Un grupo de jóvenes departía en una acera cuando fue interceptado por militares. Dejaron ir a dos, pero los otros tres fueron llevados hacia una zona de pandillas. No se supo nada más de ellos. El caso se judicializó, se obtuvo condena y marcó un precedente.

Pero, en la práctica, tanta denuncia no sirvió para encontrarlos. Los familiares de los jóvenes acusaron a agentes estatales ante la Policía, la Fiscalía, la PDDH, la Sala de lo Constitucional y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Aun así, no pudieron recuperar a los jóvenes.

La denuncia pública a la Fuerza Armada colocó en riesgo a las familias. Y la protección que se les ofreció no era una en la que podían confiar. Para que estuvieran tranquilos, el Estado salvadoreño les ofreció vivir en una casa de protección. En estas casas, explica el abogado Cruz, las familias deben permanecer encerradas y no tener contacto con el mundo exterior. La familia se negó. No se fiaban de las autoridades salvadoreñas. Además, habrían tenido que compartir espacio “con testigos criteriados, que son delincuentes confesos”.

A pesar de que las familias siguieron al pie de letra todos los mecanismos de denuncia nacionales, incluso, elevaron el caso a escala internacional, la búsqueda no dio resultado. Para protegerse, las familias de los muchachos huyeron de El Salvador.

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El miedo de Maritza

Días después de que William y Bryan fueron sacados del mercado, los padres de los muchachos fueron a buscar a Maritza. Le pidieron que, por favor, los acompañara al puesto militar en una zona cercana conocida como “Ex-IRA”. Querían ver si ella lograba reconocer a alguno de los hombres que se llevaron a sus hijos.

Maritza accedió y cuando llegaron a los alrededores de las instalaciones, identificó a uno de los soldados que gritaba y golpeaba a los muchachos días antes. “Estaba uniformado e inmediatamente entró”, dijo.

Posteriormente, Maritza fue llamada para realizar un reconocimiento de las caras de los militares. En teoría, el reconocimiento se realizaría con fotografías de 29 soldados destacados en San Martín entre julio y agosto de 2014. Maritza no llegó a la diligencia y no se logró identificar con nombre y apellido al soldado señalado.

Aunque faltó al reconocimiento, sus palabras fueron primordiales para la Corte Suprema de Justicia: “Esta sala no tiene razones para dudar del testimonio de la señora, quien narró coherentemente los hechos en su declaración testimonial pero que, además, desde la primera vez que fue entrevistada en sede fiscal, a pocos días de la privación de libertad de los favorecidos en 2014, ha insistido en que en esta se llevó a cabo por militares, quienes vestían con uniforme camuflado”.

Maritza explicó que había tenido miedo, que por eso no asistió a la diligencia. Su testimonio, sumado a documentos de la PDDH y relatos de los familiares, permitió que la sala concluyera en marzo del año pasado que “los responsables de tal privación de libertad fueron agentes de la Fuerza Armada”.

Pedro Cruz, un abogado de la asociación que promovió esta causa ante la sala, aclara que, aunque “el fenómeno de la desaparición, cuantitativamente, está más vinculado a las maras, que lo haga una entidad del Estado, aunque sea en pocos casos, es grave. Cualitativamente tiene una dimensión profunda”.


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La soledad de la búsqueda

 

La barrera entre el empleo formal y el VIH

Fotografía de Archivo

Aquella noche, el VIH le salvó la vida. Mario pudo haber salido a las calles a buscar clientes junto a Katherine y Tania. A eso se dedicaba. Pero declinó, porque al siguiente día debía estar a las 6 de la mañana en el hospital para pasar consulta y recoger sus antirretrovirales. Era 2009, 8 de junio.

Mario fue a su cita. Le dieron sus medicamentos. Casi al mismo tiempo en que él dejaba el hospital, el cadáver de Katherine (Samuel Flores, de 17 años) era hallado a la orilla de la avenida Jerusalén, entre San Salvador y Antiguo Cuscatlán, en la finca en donde ahora funciona el parque Bicentenario. Su cuerpo estaba muy dañado, murió por golpes y asfixia. A Tania (Cristian Ardón, de 24 años), la encontraron siete días después, en las profundidades de la misma finca. Su cadáver también era una enumeración de violencias. Tras una larga agonía, la mataron los golpes en la cabeza.

Mario tenía en ese momento 23 años. Ya llevaba seis viviendo con su diagnóstico. Veló a sus amigas. Las lloró. Pero no dejó las calles. No pudo. No tenía alternativa, pese a que las amenazas eran constantes.

“Nos tiraban los carros queriendo atropellarnos. Seguido nos pasaba que acabábamos puros monitos colgándonos de los palos”. Cuenta Mario entre risas que solo se entienden en la lógica de quien sobrevivió a los disparos desde carros en movimiento. “Nos tirábamos al suelo, donde fuera nos metíamos con tal de que no nos mataran”. Después de los ataques, siempre tocaba seguir trabajando.

Al final era eso: una forma de obtener ingresos en un país con débiles instituciones de protección social y con alto grado de intolerancia a la diversidad sexual. A Mario le tocó verse solo en las calles desde que tenía 12 años, cuando su familia lo echó de su casa en el interior del país porque “le gustaban los hombres”. Vino a San Salvador y durmió entre los huecos de la infraestructura del Centro Histórico. En aceras, bajo pasos a desnivel, en la oscuridad y el frío, sus compañeros eran otros adolescentes en situación de vulnerabilidad.
“Una amiga que conocí en la calle me dijo que ella me daba ropa, que así podía dejar de dormir con los piperos y huelepegas porque ahí no iba a durar mucho”; y comenzó en una ocupación que cinco años después, con 17 cumplidos, lo colocó de frente a una prueba de VIH que dio reactiva.

“Me dijo la enfermera ‘aquí lo que pasa es que usted tiene sida y le quedan tres meses de vida’, y ya, nada más”. Ese diagnóstico no sacó a Mario del trabajo sexual.

Era 2003, él no tenía estudios ni familia. Y el sistema de salud pública recibía apoyo de instituciones internacionales para no faltar en la entrega gratuita de medicamentos. Pero para cambiar su forma de vida, Mario requería más que eso.

Hoy, la entrega de medicamentos se mantiene gratuita y la hace el Ministerio de Salud, que atiende también a los beneficiados de Bienestar Magisterial (docentes) y a los de la Fuerza Armada. El Instituto Salvadoreño del Seguro Social, por su parte, brinda servicio a los empleados públicos y privados que cotizan. La ayuda internacional se ha reducido según lo pactado. En este momento, de acuerdo con Ana Nieto, directora del Programa Nacional ITS/VIH-sida del Ministerio de Salud, el Estado asume en su totalidad los costos de los antirretrovirales. El apoyo del Fondo Mundial todavía representa un 60 % de la inversión que se hace en reactivos para hacer las pruebas. El principal reto del abordaje va más allá de lo que se puede hacer solo desde el sector sanitario. El estigma y la discriminación todavía interfieren en la calidad de vida de las personas con VIH.

En El Salvador, hasta 2017, había 17,940 personas viviendo con VIH, de acuerdo con los datos más recientes publicados por el Programa Nacional ITS/VIH-sida. Entre estas personas había 6,999 mujeres y 10,941 hombres. El VIH se concentra entre personas que van de los 19 a los 39 años. Es decir, en edad económicamente activa.

“No hay documentos o investigaciones que crucen el VIH con el acceso a empleo formal. La mayoría de personas con este diagnóstico se dedican al trabajo informal”, explica William Hernández, de la organización no gubernamental Entre Amigos.

El informal puede llegar a ser un empleo de precariedad y riesgo físico en El Salvador. “Lo primero que hay que ver es que si la persona no tiene garantizada la alimentación, tampoco va a poder ser adherente a un tratamiento que requiere disciplina. Sin fuente de ingresos hay un deterioro veloz que no depende solo de los medicamentos”, señala Hernández.

Para un plato de comida y un cuarto era justo para lo que daba el trabajo en la calle por el que Mario se arriesgaba a ser víctima de violencias. Cuando había suerte, podía darse un lujo, que no era otro que la posibilidad de guardar $1, a veces, hasta $2. Una práctica que acabó siendo fundamental para él.

Hace casi 10 años, Katherine y Tania fueron secuestradas y asesinadas con brutalidad por gente que se hizo pasar por clientes. Ellas pensaban que les iban a pagar por un servicio y acabaron matándolas. Mario tenía 23 años y estaba en esa misma dinámica del trabajo sexual porque en el sistema laboral no tenía cabida. Abandonado por su familia a los 12 años, no pudo terminar ni la educación básica. Para poner un negocio que diera suficiente para pagar comida y techo, necesitaba al menos un capital semilla para invertir y no calificaba para préstamos. Diez años después de este periplo de Mario, la situación de acceso a empleos formales no ha cambiado demasiado.

La cantidad de personas que vive con VIH y está afiliada al Instituto Salvadoreño de del Seguro Social fluctúa entre 2,300 y 2,800, de acuerdo con Ana Nieto, directora del Programa Nacional ITS/VIH-sida. En otras palabras, cuanto mucho, el 22 % de personas mayores de edad que viven con VIH tiene un empleo formal con beneficios sociales, como seguro y pensión por vejez o invalidez. Esta cifra es inestable, porque –al margen de las campañas de sensibilización en políticas de VIH en las que están inscritas cerca de 120 empresas privadas– cuando alguien conoce su diagnóstico mientras goza de empleo, su vulnerabilidad aumenta.

“Sabemos de casos de fuga de información sobre el diagnóstico en la empresa o en la institución en la que trabaja la persona con VIH. En esos casos, las personas no son despedidas, pero son obligadas a laborar en un ambiente hostil para que acaben renunciando”, explica Nieto.

El Ministerio de Trabajo conoció ocho denuncias por discriminación a causa de VIH en 2017. Se dice conoció, porque no siguieron el proceso y tampoco fueron colocadas en esta cartera de Estado. “La gente no denuncia por temor a que se tomen represalias. No es solo que no hay cultura de denuncia, es que la gente todavía se siente desprotegida si lo hace”, explica Roxana Martínez, educadora de Fundasida.

Tener un empleo fijo ha llegado a convertirse en un privilegio, algo a lo que pocas personas con VIH acceden. Y no solo es necesario desde el punto de vista económico, sino que también tiene un poder terapéutico. “No hay ninguna duda de que la gente que lleva su diagnóstico y a la par tiene un trabajo está física y emocionalmente en mejor condición, no se enferma”, ilustra Hernández, quien al frente de la Asociación Entre Amigos reconoce que de los 34 empleados, “dos o tres viven con VIH”.

Fotografía de Archivo

Mario parece un ejemplo de esta relación entre trabajo y salud. El guardadito que fue dejando se transformó en $20. Y ese dinero se convirtió en una puerta. Fue la oportunidad que aprovechó y que ahora, una tarde de viernes, lo tiene hablando desde la cima de su propio éxito.

En 2003, tras recibir el resultado de la prueba que dio positivo, Mario empezó a integrarse en algo más que solo recibir el medicamento. La estrategia de Salud comenzó a hacer eco de la urgencia de enfrentar el VIH en colectivo. “Los grupos de apoyo se crearon porque la gente necesitaba un espacio para hablar. A partir de ahí fueron evolucionando y ahora se han convertido en grupos interdisciplinarios, pero el punto inicial fue que la gente quería un espacio para sentirse en confianza y compartir con otros en condiciones similares; esto porque siempre ha existido el estigma”, explica Roxana Arias, de Fundasida.

Esos grupos ahora sirven para más que el desahogo. Ahí se habla de adherencia al medicamento, de disciplina, pero también de dietas y de emprender negocios. “Se comparte conocimiento; si alguien sabe hacer donas, entonces un día lo explica y es conocimiento que ya es de todos. Se le muestra a la gente cómo crear sus propias alternativas de ingresos”, continúa Arias, con la certeza de que muy pocos pueden obtener ingresos de otra manera que no sea un espacio hecho a medida.

En uno de esos grupos, Mario conoció a una amiga que también vivía con VIH y que tenía un puesto callejero de accesorios para celulares en el centro de San Salvador y le cedió un espacio. Mario, con el primer guardadido compró un paquete de calcetines y un paquete de tangas: los calcetines a dos coras y las tangas a dólar. En esa transición entre el trabajo sexual y el comercio informal, había noches en las que Mario no podía pagar el cuarto ni las comidas completas. Comía una vez en el día y, para dormir ocupaba el puesto de su amiga. Aun así, obtuvo ganancias con las que siguió alimentando el guardadito para comprar más calcetines y más tangas.

Los grupos de apoyo se convirtieron en norma. Ahora tiene que haber uno funcionando en cada hospital en donde se entrega terapia antirretroviral. Y se han levantado también como una de esas contadas oportunidades de empleo formal para personas con VIH, ya que al menos uno de los que integra el comité interdisciplinario debe vivir con este diagnóstico. Francisco Ortiz, director de Fundasida cree que esto abona a que los recién llegados tengan más confianza y se aferren más rápido a la idea de que el VIH no es una condena mortal, si se cumplen los protocolos.

Mario ya no está en las calles. Las dejó hace rato. Ya tampoco vende calcetines ni tangas ni nada que tenga que ver con ropa. Ahora empieza jornada a las 6 de la mañana y la termina entrada la noche. Tiene una plancha para hacer pupusas y varios carretones de minutas. Su negocio ofrece desayuno, almuerzo, cena y emplea a otras seis personas que conocen su diagnóstico y no lo discriminan. “A veces me dicen que no me creen que yo tengo ‘eso’; así, dicen que, aunque tenga ‘eso’, yo me veo más fuerte que ellos”, cuenta. Su carga viral, de hecho, es indetectable. Esto se alcanza con una adherencia religiosa al medicamento y a todas las recomendaciones. Mario mira hacia atrás y se siente satisfecho. Su lucha, sin embargo, sigue siendo una entre miles.

El informal puede llegar a ser un empleo de precariedad y riesgo físico en El Salvador. “Lo primero que hay que ver es si la persona no tiene garantizada la alimentación, tampoco va a poder ser adherente a un tratamiento que requiere disciplina. Sin fuente de ingresos hay un deterioro veloz que no depende solo de los medicamentos”, señala Hernández.

Roxana Arias cuenta que en los grupos y en las orientaciones se recomienda que las personas con VIH no elijan como negocio de subsistencia uno relacionado con comida. “Lamentablemente, hay gente que todavía piensa que el virus se puede transmitir por la manipulación de alimentos”.

Mario confirma que en el negocio que fundó de la nada, él se dedica a preparar los materiales como la masa y los frijoles de las pupusas, pero a escondidas, sin que los posibles comensales lo vean: “Por ese tipo de cosas, cuando ya abrimos, me quedo solo en caja, cobrando, así nadie dice nada ni piensa que si me hiero los voy a ‘contagiar’”.
A Ana Nieto este tipo de discriminación no le suena distante. Es la razón por la que en las empresas hay un trato hostil cuando se filtra que alguien vive con el virus. Lo alejan, no comparten mesa ni áreas comunes, como cafetería. “Las capacitaciones que vamos dando en empresas hablan sobre prevención de la transmisión, pero hace falta trabajo en que no se les discrimine”.

El Salvador recibe cada vez menos apoyo internacional para atender el VIH. Ana Nieto, desde la oficina del Programa Nacional que dirige, asegura que como país se ha cumplido con cada obligación y que la muestra es estable con acceso a medicamentos. Desde las ONG, sin embargo, se apunta hacia el vacío que hay en la eliminación de la discriminación y en el involucramiento de otras instituciones aparte del Ministerio de Salud, como los ministerios de Educación y de Trabajo. “Solo se está tomando en cuenta que la gente ya no se muere de sida y, claro, no se muere de esto, pero sí de hambre, porque a alguien que no tenga habilidades para comerciante, ¿qué le queda?”, pregunta Ortiz, de Fundasida.

Mario se sabe en una cumbre. Y sabe que, después, viene la bajada. No se atreve a calcular por cuánto tiempo más tendrá fuerzas para seguir al frente del negocio. Al margen del VIH, la vejez llegará y él no tendrá pensión. “Tengo una cuenta en el banco en la que voy depositando el guardadito, pero sé que si me sale una emergencia, voy a tener que agarrar de ahí; los antirretrovirales me los dan en el hospital, pero, a veces, tengo que comprar algún antibiótico que no tienen y en eso se gasta”. Hacia el frente, la angustia.

Vivir en comunidad y sin escrituras

Comunidades sin escrituras

“Yo perdí mi clientela por tener mi casa. Me tocó trabajar como hombre y me dañé mis rodillas”, comienza a contar Ana Miriam, de 75 años. Esta tarde explica que todo el esfuerzo físico ahora ya le pasa factura. A pesar de eso está contenta frente a la fachada de una casa que ella ayudó a construir con sus manos.

Ana Miriam es una de las fundadoras de la Asociación de Cooperativa de Vivienda del barrio San Esteban en el Centro Histórico de San Salvador (ACOVIVAMSE). Paga $60 mensuales y tuvo voz y voto en la forma de construcción de su casa. Coló arena, puso ladrillos y también fue vigilante nocturno cuando la obra estaba en construcción.

No terminó la escuela y se ocupó de criar a sus hijos en un mesón con la ganancia de una venta de comida. Ahora, con sus hijos ya grandes y la familia aumentada, sigue con su vida de comerciante. A su lado tiene un carrito de dulces y galletas. Se le ve cansada, pero pronto saldrá a ofrecer sus productos. Esta vez no tendrá que ir lejos. Ahora vende sus golosinas frente al portón de la comunidad en la que vive desde hace seis años.

La comerciante vive en un condominio con fachada amarilla, calles limpias y plantas cuidadas en el barrio San Esteban del Centro Histórico de San Salvador. El condominio es todo lo opuesto a la realidad de afuera: paredes grises, basura en la calle y humo por doquier.

Antes vivía en un mesón en el que tenía que levantarse antes de que amaneciera para poder bañarse sin tener que hacer una gran fila en los baños comunales. Ese mesón era lo único que podía pagar con lo que ganaba de vender comida. Una vez –cuenta en esta tarde de diciembre– intentaron expulsar a los inquilinos de ese mesón. Los inquilinos protestaron y resistieron. Estaba construido con puras láminas, pero era su hogar, dice.

Frente a la casa de concreto en la que ahora vive, sembró una rosa. Hoy no se preocupa más por un posible desalojo. Aunque no tiene escrituras de la propiedad de esta casa, tiene derecho a vivir acá, y luego sus hijos heredarán ese beneficio. La rosa ya dio 10 botones rojos.

La cooperativa aglutina a 40 grupos familiares. Ninguna de esas familias tiene escritura propia de su casa. Nadie puede vender, alquilar o hipotecar estas pequeñas viviendas de dos plantas. Pero ese no es problema entre los vecinos. En esta comunidad todos aceptaron construir bajo estos acuerdos. Como resultado, tienen una propiedad colectiva.

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Un oasis en San Esteban

Un grupo de niños juega fútbol en la cancha del complejo habitacional. Frente a ellos, dos niños hablan. De lejos, parece una conversación seria y para ellos lo es. Sánder, de 11 años; y Zaila, de nueve, hablan de los regalos que les gustaría recibir. Él quiere un teléfono y ella, una tableta. Sánder es nieto de Ana Miriam y tiene un vago recuerdo del mesón en el que vivía antes con su familia. Lo que más le disgustaba era que el patio era muy chiquito para jugar.

Los niños siguen con su plática y el sol empieza a ocultarse en San Salvador. De la vida caótica del centro, el tráfico de los buses y las ventas, los divide solo un portón que, por regla, debe permanecer cerrado. La seguridad del lugar depende de todos.

El Centro Histórico de San Salvador es un lugar controlado por pandillas. Los comerciantes deben pagar extorsión y es común leer noticias de cadáveres que se encuentran en los alrededores de la zona. Durante estos seis años de habitar el complejo de viviendas, los cooperativistas afirman que no han tenido problemas con ninguna pandilla. El complejo se ha convertido en un oasis para los niños que aún pueden salir a jugar a los pasajes.

“La inseguridad ha modificado la estructura de gastos familiares y las preferencias de la población, que aspira a vivir en lugares seguros”, sostiene la Política Nacional de Vivienda de El Salvador. Pero no solo eso, la inseguridad disminuye “las posibilidades de muchas familias de acceder a una vivienda”. Por ejemplo, el alquiler de una casa pequeña en una colonia con altos índices de criminalidad en Soyapango puede llegar a costar $40 mensuales. Mientras que el alquiler de una casa con características similares en una zona sin alta criminalidad, cuesta –como mínimo– $200.

En ACOVIVAMSE viven personas que se enfrentaron a ese problema durante años viviendo en un mesón. La asociación se fundó en 2007, conformada en su gran mayoría por jefas de hogar de la zona del Centro Histórico. Ellas se reunieron, fueron capacitadas, gestionaron ayudas y lograron conseguir el terreno en el que ahora viven. Con cooperación internacional obtuvieron un financiamiento para construir sus casas y ahora se encuentran pagándolo. Como lo hicieron con sus propias manos, lograron reducir los costos. Terminarán de pagar la construcción dentro de 14 años.

Pero la cooperativa no termina una vez se construyen las casas. Ahora, seis años después, se encuentran en la fase de la convivencia. Cada uno de los asociados tiene responsabilidades y es parte de un comité diseñado para que la coexistencia funcione.

Aquí los asociados tienen normas: está reglamentado que, por cada casa, solo pueden vivir cuatro personas, tampoco se pueden tener perros y los vecinos deben participar en la limpieza y el cuido de un área común. Además, hay un convivio mensual para que los niños miren películas animadas. También se realizan excursiones en comunidad y no se permiten borrachos en los pasajes. La idea es simple: lograr construir una comunidad que se cuide y respete a sí misma.

Privilegio económico. Para muchas familias, comprar una casa que se encuentre en una zona con baja criminalidad es una meta difícil de alcanzar.

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Cuando la propiedad es colectiva

“Se puede invertir $10 mil para hacer una casa o invertir $10 mil para formar a 100 cooperativistas que demandarán una política pública y harán 500 casas. Como cooperación internacional, no vamos a construir viviendas, vamos a generar las condiciones para que autogestionen con el Estado, con la municipalidad o con otra cooperación”, empieza por explicar Mónica Hernández.

Hernández es la coordinadora regional de Vivienda y Hábitat de la organización We effect, que antes se llamaba Centro Cooperativo Sueco. El modelo cooperativista de vivienda proviene de Suecia y, desde 2003, se empezó a trabajar para cimentarlo en El Salvador.

Hasta ahora, en todas las casas que han sido construidas por ayuda mutua, el financiamiento para la tierra y los ladrillos ha venido de otros países. El Estado salvadoreño no ha invertido, a pesar de que las cooperativas son entes con personería jurídica que garantizan el pago de un posible financiamiento.

Hernández pone ejemplos de otras cooperativas que han sido financiadas con dinero alemán, español y sueco. La construcción de estas colonias, considera, ha permitido demostrar que es un modelo que sí da frutos: “Esto ha servido para que el Estado salvadoreño vea que la gente trabaja y ahorra; que se puede organizar y no se roba la plata”.

Actualmente hay un nuevo proyecto para otras cooperativas del Centro Histórico de San Salvador en el que se verían beneficiadas más de 300 familias. “Lo financiará el Viceministerio de Vivienda con fondos de la cooperación italiana, pero son fondos de cooperación bilateral”, asegura la experta. Esta sería la primera ocasión en la que el Estado salvadoreño invertiría directamente en cooperativas de este tipo. Pero el posible desembolso para esas 352 familias aún no ha ocurrido.

Este modelo de construcción se basa en cuatro ejes que cada cooperativa debe asumir. El primero es la autogestión: las personas controlan el proceso de construcción y cómo se maneja la comunidad. El segundo es la ayuda mutua, eso se traduce en que los miembros de la cooperativa brindan su tiempo y su mano de obra. El tercer eje es la propiedad colectiva, lo que significa que cada miembro de la cooperativa no puede vender su casa, y así protegen el derecho a un espacio digno. El último pilar en que se basan es la asistencia técnica. Cada cooperativa es apoyada por expertos para garantizar la seguridad de sus edificaciones.

“País de propietarios. Tener un título de propiedad es lo que se nos ha vendido, pero a la gente le interesaba resolver su necesidad de tener un espacio en donde vivir. Y no solo ese espacio… tener una comunidad”, dice Hernández, de We Effect.

Que la propiedad sea entendida de manera colectiva, explican algunos miembros de cooperativas, sirve para salvar a las viviendas de sus propios dueños. Julia Ramos, integrante de la Federación Salvadoreña de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FESCOVAM), cuenta que conoce a personas de una comunidad donde “salió un proyecto de vivienda –bajo otro modelo– y la gente obtuvo su vivienda, pero ¿qué es lo que pasó? En una necesidad hipotecaron la casa, ya la perdieron y ya se quedaron rebotando”.

FESCOVAM aglutina a 20 cooperativas de vivienda en El Salvador. De esas 20, solo hay tres que ya tienen la construcción realizada y el resto se encuentra en los procesos de preobra. Es decir, están gestionando financiamientos, permisos y terrenos.

“Esa tienda no es solo para que puedan generar ingresos, sino que el objetivo fundamental de esa tienda es que las mujeres disminuyan el tiempo que utilizan en hacer las compras y puedan tener más tiempo para participar organizativa y políticamente”, explica Hernández. Dentro de las cooperativas de vivienda, la mayoría de personas asociadas son mujeres. A escala nacional, de acuerdo con estadísticas de FESCOVAM, 70 % de sus miembros son jefas de hogar. La mayoría de ellas se dedica al comercio informal.

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Lo que surgió del terremoto

Tras el terremoto del 13 de enero de 2001, al menos 90 mil viviendas quedaron dañadas. Así surgieron varias cooperativas de vivienda que buscaron apoyo a través del Fondo Nacional de Vivienda Popular de El Salvador (FONAVIPO). La mayoría de las cooperativas formadas tras la tragedia se disolvió con el tiempo, pero eso no sucedió con una llamada Trece de Enero. Esta cooperativa agrupó a 200 familias que buscaron apoyo en la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (FUNDASAL). Ahí recibieron capacitaciones de cooperativismo y administración.

Seis años después de haber perdido sus casas, los miembros de la Trece de Enero empezaron la construcción de su nueva comunidad. Para entonces –en 2007– ya solo quedaban 34 familias dentro de la cooperativa. Decidieron que para hacerla funcionar debían dividirse en varios equipos: consejo de administración y junta de vigilancia; comités de educación, de trabajo, obra, compras y bodega. Todas las decisiones fueron hechas por personas que habían perdido sus casas, que no eran expertas en construcción, pero que habían sido capacitadas en el tema.

Trabajar con la premisa de ayuda mutua, permite hacer ahorros “de hasta el 25 %, según experiencias sistematizadas comparadas con otros modelos de vivienda popular en la región”, asegura la organización We Effect.

Lo primero que se construyó en la Trece de Enero fue un salón comunal para tener un espacio en el que reunirse. A la hora de construir, cada familia debía aportar 24 horas semanales de mano de obra, y en la última etapa de la construcción se aumentó a 30 horas semanales, incluyendo turnos nocturnos. Ellos hicieron las zanjas, pusieron ladrillos, colaron la arena y pusieron el techo de sus casas de block. En julio de 2008 pudieron habitar las casas.

Diez años después, la comunidad sigue en pie y la cooperativa ha desarrollado negocios para tener dinero propio. Por ejemplo, hay una tienda donde la cooperativa es la dueña. Así, las ganancias de las compras quedan dentro de la misma comunidad.

“Esa tienda no es solo para que puedan generar ingresos, sino que el objetivo fundamental de esa tienda es que las mujeres disminuyan el tiempo que utilizan en hacer las compras y puedan tener más tiempo para participar organizativamente y políticamente”, explica Hernández.

Dentro de las cooperativas de vivienda, la mayoría de personas asociadas son mujeres. A escala nacional, de acuerdo con estadísticas de FESCOVAM, 70 % de sus miembros son jefas de hogar. La mayoría de ellas se dedica al comercio informal.

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La comuna

“Cada vez se ve que la ciudad es más cerrada, hay más muros, hay más razor, hay más portones y me da miedo el vecino de la par y el de enfrente, y yo no quiero que mi hijo crezca así. Nosotros todavía jugábamos en la calle. Yo también quiero que él juegue en la calle”, dice Sofía Bonilla en un salón de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Alrededor de ella, un niño de un año estrena algunos de sus primeros pasos en el aula y emite sonidos como queriendo imitar a su mamá.

Aquí está reunido un grupo de personas que forma parte de La Comuna. Hasta ahora, las cooperativas de vivienda han sido una forma de organizarse de aquellas que no pueden acceder a préstamos porque no tienen un trabajo formal. Esto diferencia a La Comuna del resto de cooperativas.

Algunos la llaman “la cooperativa de profesionales” y ellos no parecen estar muy cómodos con el término porque aseguran que cualquier persona, profesional o no, está invitada a ser parte del colectivo en esta etapa. Pero lo cierto es una cosa: son la primera cooperativa de vivienda formada por arquitectos, abogados, músicos, administradores, filósofos, etc.

El primer acercamiento a este modelo que algunos de ellos tuvieron fue mientras estudiaban. Ahí conocieron de primera mano que habían cooperativas de personas con bajos recursos en las que ellos mismos construían sus casas.

Así fue como Carlos Manzano, arquitecto, se dio cuenta de algo: “Nosotros como clase media trabajadora también somos excluidos de poder acceder a la vivienda”. Él se preguntó si era posible retomar el proyecto. Habló con algunos amigos y formó un grupo de 10 familias que pretendía formar una cooperativa. Inicialmente se reunieron en una iglesia.

En 2017, preguntaron al rector de la UCA si era posible que este grupo realizara sus reuniones de planificación en la universidad. El centro de estudios dijo que sí bajo la condición de presentar el proyecto de vivienda a la comunidad universitaria. Así la cooperativa creció hasta tener 40 grupos familiares. Ellos se reúnen los sábados para formarse en temas de cooperativismo y entender cómo funcionaría su comunidad de llegarse a construir. Recién en noviembre del año pasado lograron obtener su personería jurídica.

En La Comuna aún no se tiene definido el espacio donde construirán sus casas si consiguen financiamiento, pero tienen una premisa: “No solamente vamos a construir una casa con tecnología alternativa, sino que tenemos que pensar en cómo vamos a construir la sociedad, con más apertura, con disposición a la discusión”, sostiene Bonilla.

Javier Rodríguez, miembro de La Comuna, indica que la idea de este proyecto habitacional no es solo construir casas para su propio beneficio. Esperan brindar algún servicio a los vecinos que no formen parte de la cooperativa. Él pone de ejemplo la posibilidad de purificar su propia agua y compartirla con sus eventuales vecinos. “Creemos que, a través del modelo cooperativo, podemos tener más incidencia en diferentes problemáticas que tiene El Salvador. En cambio, otros de mis amigos solo quieren su casa y hasta ahí”.

“Me costó ambientarme. Yo ya estaba acostumbrada a las champas”, recuerda Ana Miriam antes de salir a vender sus golosinas. Dice que durante los primeros días viviendo en la casa que construyó se sentía contenta, pero algo la hacía sentirse fuera de lugar. Hasta que, poco a poco, se fue acostumbrando a tener más espacio en el que vivir.

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La nueva vida en San Esteban

“Me costó ambientarme. Yo ya estaba acostumbrada a las champas”, recuerda Ana Miriam antes de salir a vender sus golosinas. Dice que durante los primeros días viviendo en la casa que construyó se sentía contenta, pero algo la hacía sentirse fuera de lugar. Hasta que, poco a poco, se fue acostumbrando a tener más espacio en el que vivir.

Ella, solo hasta sus 69 años, pudo obtener un lugar propio y dejar de alquilar una casa de láminas en un mesón. Ahora está cómoda en su hogar. Cuenta que no le duele pagar cada vez que llega el fin de mes. Habla con orgullo de cómo todos los cables de energía van subterráneos y señala, contenta, las gradas de algunas casas que construyeron. Luego, sale a vender los dulces al portón de su comunidad. Cierra con llave. Adentro, en un lugar seguro, su nieto, Sánder, corre detrás de una pelota.

En comunidad. Las familias realizan convivios tras la construcción. Si alguien desea salirse de la cooperativa y dejar su casa podrá recuperar el dinero invertido cuando se sume un nuevo socio que cumpla las reglas del colectivo.

La soledad de la búsqueda

Desaparecidos en El Salvador

“Cómo quisiera uno ayudarle. Aquí su sufrimiento es solo una parte. En el cielo usted no va a sufrir mucho”, le dice una mujer con delantal en la cintura a Elizabeth. Ellas platican una mañana de miércoles dentro de la iglesia de San Rafael Cedros, un municipio de Cuscatlán.

Elizabeth es ama de casa y comerciante. Desde que tenía dos años ha vivido en este pueblo; y desde hace 13, es la compañera de vida de Nelson Ortiz. La pareja, aunque ha querido, no tiene hijos. La mujer del delantal –una vendedora– sigue hablando y le pregunta si se ha averiguado algo más de Nelson. “Nada”, responde Elizabeth y su interlocutora la mira con compasión.

Frente a ellas, otra mujer reza hincada frente a una imagen del Divino Niño, vestido de rosado. “Dios me la ayude”, le dice la mujer y sale de la iglesia. Elizabeth guarda silencio y se contiene. Durante las últimas semanas nadie ha podido encontrar a su pareja.

Nelson es empleado desde hace casi dos décadas de la Empresa Transmisora de El Salvador (ETESAL), una sociedad subsidiaria de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL). Desde hace un mes, Nelson no se presenta a su trabajo. La única información que se tiene de él es que el 26 de diciembre de 2018 salió de turno a la medianoche. A la mañana siguiente, Elizabeth lo esperaba con el desayuno en casa, pero él no regresó. Desapareció.

Desde entonces, Nelson forma parte de los 2,682 reportes de personas privadas de su libertad durante 2018. Su caso no está definido como desaparición. Esa categoría legalmente solo está reservada para aquellos a quienes los desaparecen policías, militares u otras fuerzas del Estado.

El concepto de “privación de libertad” puede llegar a utilizarse como un término sombrilla. Por ejemplo, si una persona es encerrada en un sitio a la fuerza por alguien de su confianza y logra salir, puede llegar a la policía y poner una denuncia. Esta acusación estará tipificada bajo el mismo delito que el de los desaparecidos que llevan meses o años sin aparecer. Así, El Salvador aún no cuenta con una cifra fidedigna que permita establecer cuántas personas desaparecen. Tampoco se tiene un registro de cuántas son encontradas.

Elizabeth afirma que ella misma perdió su vida hace un mes. Se la pasa pegada a un teléfono que contesta de inmediato cada vez que suena. Sigue esperando una llamada, alguna pista. Para el Comité Internacional de la Cruz Roja, “la persona que desaparece sin dejar rastro es la víctima principal, pero la tragedia también afecta a muchos otros. A veces, los familiares piensan en la persona desaparecida todo el tiempo, oscilando entre la esperanza y la desesperación”. Para Elizabeth, la tortura psicológica es ver todos los días una pared que su esposo dejó a medio pintar.

Ilustración de Moris Aldana

LA DESAPARICIÓN

Veintiún días después de que Nelson ha desaparecido, Elizabeth toma unas sillas de plástico de la iglesia y las coloca a un lado del templo. Desde ahí y con un volumen muy suave, comienza a contar cómo fueron los días previos a la desaparición de su compañero de vida.

“Tengo tantos recuerdos”, dice y empieza a enumerar: el domingo 23 pasearon en Ataco y el 24 fueron a un almuerzo en San Salvador. La cena de Nochebuena no la pudieron pasar juntos porque Nelson debía trabajar el turno de la noche, pero Elizabeth le guardó recalentado para el día siguiente. A la mañana del 25, él volvió a casa y Elizabeth le sirvió el desayuno: frijoles, plátanos, huevo y crema.

Ese día platicaron sobre la pintura. A ella una mancha en la pared le recuerda los planes que tenían para la casa en la que ahora se ha quedado sola; antes de que terminara el año, pintarían su hogar. “Teníamos un rodillo, habíamos comprado cubetas de pintura y me dijo: ‘Mañana voy a comprar una brocha’. Y ahí quedó pintada solo una parte de la pared”, cuenta la mujer. La cara se le descompone y comienza a llorar.

Ese 25 de diciembre fue el último día que Elizabeth vio a su pareja. Después del almuerzo, le preparó la cena para que se la llevara y él salió a las 3:20 de su casa. Desde entonces, ni la Fiscalía, ni Medicina Legal, ni la Policía han podido ayudarle a reencontrarse con él.

El turno de Nelson comenzaba a las 4 de la tarde y terminaba a la medianoche. Por seguridad –explica la mujer– los trabajadores se quedan dentro de la institución durante la madrugada. La sede de San Rafael Cedros de ETESAL se encuentra cerca del centro del pueblo, pero no está en una calle principal amplia. Para llegar al portón, hay que atravesar una calle rodeada de maleza. Gente de la zona afirma que es un lugar frecuentado por pandillas.

Nelson no volvió. Elizabeth lo esperaba esa mañana del 26 de diciembre. Al notar la tardanza, le llamó. No le contestó, pero ella dice que en esa primera llamada asumió que había sucedido alguna emergencia en el trabajo y que por eso no le contestaba. A lo largo del día siguió insistiendo. A eso de las 5 de la tarde, el celular de Nelson ya sonaba apagado. Ella buscó a un amigo que la llevó en una moto hasta ETESAL. Ahí le dijeron que Nelson salió a medianoche, justo al finalizar su turno.

—Todo estaba bien, por eso no entiendo yo qué ha pasado. Me hago una y mil preguntas. ¿Qué pasó? –exclama la mujer.

En ETESAL, nadie da, de forma oficial, razón del paradero de Ortiz. La institución decidió no corroborar los datos que brinda la pareja del desaparecido. La encargada de Comunicaciones, Estela Valle, expresó –desde su oficina en Santa Tecla– que sí han estado pendientes de la desaparición de uno de sus trabajadores y que sí han tomado acciones de búsqueda.

Al ser cuestionada sobre qué acciones han realizado, dijo que no puede revelarlas, pues solo el gerente está autorizado para dar declaraciones. Desde el 16 de enero, Valle no volvió a contestar su teléfono ni las solicitudes de entrevista. Hasta la fecha, a pesar de que ya pasó un mes desde que Nelson fue visto por última vez en sus instalaciones, ETESAL no se ha pronunciado en público sobre la desaparición de su empleado.

A partir del 10 de diciembre de 2018, una persona puede denunciar la desaparición de un ser querido desde el momento en que identifica el hecho. No hace falta dejar pasar 24, 48 o 72 horas. Este lineamiento forma parte del recién aprobado Protocolo de Actuación Urgente y Estrategia de Búsqueda de Personas Desaparecidas (PAU).

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LA DENUNCIA

“El Estado no tiene forma de atender el problema de los desaparecidos. Por cada familia, es una tragedia de proporciones indecibles”, dice Pedro Cruz, sin rodeos. Él es el director de la Asociación Salvadoreña por los Derechos Humanos (ASDEHU) y también fue aspirante a fiscal general en 2015.

Cruz trabaja con familiares de personas desaparecidas. En su labor ha podido corroborar que, cuando alguien quiere informar ante las autoridades la desaparición de su ser querido, ni siquiera hay un criterio unificado de cuánto se debe esperar para que la Policía acceda a tomar la denuncia. “A veces 24 horas, a veces 48, a veces 72. Ni siquiera ellos tenían claro cuánto debían esperar”.

A partir del 10 de diciembre de 2018, una persona puede denunciar la desaparición de un ser querido desde el momento en que identifica el hecho. No hace falta dejar pasar 24, 48 o 72 horas. Ese lineamiento es parte del recién aprobado Protocolo de Actuación Urgente y Estrategia de Búsqueda de Personas Desaparecidas (PAU). De ejecutarse con efectividad, el protocolo activaría de inmediato al personal fiscal y policial para encontrar a las personas antes de que sufran tortura, violaciones o se conviertan en víctimas de homicidio.

En la práctica poca gente tiene conocimiento de este protocolo. Nelson desapareció 15 días después de la presentación del PAU y, a pesar de la angustia que sentía desde tempranas horas del día, Elizabeth esperó las 24 horas que creía necesarias para denunciar. Solo hasta las 0:51 horas del 27 de enero declaró en una delegación del Centro Histórico de San Salvador. Un mes después no conoce avances en la investigación.

Elizabeth (…) manifiesta ser compañera de vida de Nelson Ortiz, de 41 años de edad, quien ha desaparecido desde el día 26-12-2018 a las 00:10 horas”, se puede leer en el acta de la denuncia. El delito que en ese papel se identifica es “privación de libertad”. En el Código Penal sí existe la desaparición forzada como crimen, pero ese solo aplica cuando lo cometen fuerzas del Estado como la Policía o el Ejército. En el caso de Nelson no se tiene indicios de que haya sucedido así.

Ilustración de Moris Aldana

La desaparición de personas no es una realidad nueva en el contexto salvadoreño. Lo único que cambió fue el victimario. En las décadas previas a la guerra y durante el conflicto armado, la mayoría de desapariciones ocurrían por abusos de poder legitimados por el Estado; y el Código Penal aún refleja esa realidad. Lo que no está recogido en la legislación salvadoreña actual es que ahora los victimarios son parte de otras estructuras criminales.

“Hay un debate que se está empezando a formular. En algunos países tienen el delito de desaparición por parte de particulares y aquí, a escala de El Salvador, no lo tenemos resuelto”, opina Arnau Baulenas, el coordinador jurídico del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (IDHUCA).

El protocolo que se firmó 15 días antes de que Nelson desapareciera debía suponer un cambio de paradigma en la búsqueda de los desaparecidos. Pero eso aún no pasa. En las oficinas regionales aún no es conocido ni aplicado en totalidad. “El reto es la socialización del protocolo a todo el personal operativo de FGR, Órgano Judicial, PNC, Ministerio de Justicia y PDDH a escala nacional”, reconoce la procuradora adjunta de Migración y Seguridad Ciudadana, Beatriz Campos.

Y el reto del que la funcionaria habla permanece grande. Las respuestas que se reciben de las autoridades distan de lo escrito en el papel. Dos semanas después de haberse lanzado el nuevo protocolo, Omar Moreno, de 26 años, desapareció. Él es estudiante de Ingeniería en Sistemas en Santa Ana, y nadie lo encuentra desde el 23 de diciembre de 2018. Su madre reclama que cuando ella pidió información del caso de su hijo, las autoridades le pidieron paciencia, que la investigación, tal vez, avanzaría más rápido cuando terminaran todas las fiestas de fin de año.

“La persona que desaparece sin dejar rastro es la víctima principal, pero la tragedia también afecta a muchos otros. A veces, los familiares piensan en la persona desaparecida todo el tiempo, oscilando entre la esperanza y la desesperación”.

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LA BÚSQUEDA

“Yo estoy destrozada. Ya no sé qué más hacer”, confiesa Elizabeth. Por buscar a Nelson se está quedando sin ahorros. Usualmente ella se encontraría vendiendo cereales para tener ingresos, pero después de un mes de dedicarse solo a la búsqueda por diferentes departamentos, el dinero se está acabando.

Antes de que Nelson desapareciera, Ana Elizabeth dice que no conocía ninguna sede del Instituto de Medicina Legal (IML) de El Salvador. Ahora ya ha ido a tres sedes distintas en más de una ocasión para averiguar si han encontrado algún cadáver que coincida con las características de su pareja. A veces va en bus, a veces va acompañada de otra gente de su iglesia, cuenta. “Lo único que uno va pensando es en encontrarlo”, reflexiona. Luego asegura que en las sedes de Medicina Legal no ha visto fallecidos, sino que le muestran fotos de cadáveres.

Se pidió una entrevista en el Instituto de Medicina Legal para conocer cuál es el proceso que se realiza con un familiar que busca a su ser querido entre cadáveres. El IML no aceptó.

Mientras habla, Elizabeth mantiene en sus manos una bolsa llena de fotos de Nelson. En el retrato aparece con la barba canosa, una camisa fucsia y el ceño fruncido. Es una de sus fotos más recientes. Ella dice que se va a dedicar a repartirlas más tarde. “¡Ay!, ¡cómo ando la cabeza!”, se reprocha. Antes de imprimir las fotos olvidó escribir la leyenda “se busca”. Explica que le va a escribir la frase a mano y más tarde irá a pegar las fotos en los lugares donde es posible que alguien lo reconozca.

“De ETESAL jamás me han llamado”, se queja Elizabeth. Ella ha llegado a barajear entre las posibilidades que a Nelson le haya sucedido algo dentro de su trabajo, pero rápidamente desecha la idea. Sostiene que no le parece lógico porque, de ser así, “ahí estaría el cadáver”.

Alrededor de esta desaparición solo hay silencio. En la Policía se intentó averiguar si ya se tenían posibles sospechosos del caso, pero los oficiales de turno de la delegación centro de San Salvador se negaron a emitir algún comentario. También se buscó entrevistar a la subinspectora a cargo de la delegación donde se presentó la denuncia, pero tampoco se obtuvo respuesta favorable.

En la empresa tampoco dan razón del empleado. En una mañana de mediados de enero, dos vigilantes con uniforme verde y armas largas cuidan el portón celeste que da entrada a ETESAL de San Rafael Cedros. Aquí es el último lugar donde se vio en público a Nelson. Uno de los vigilantes dice que adentro están los compañeros del trabajador y que les preguntará si tienen tiempo de platicar.

Después de un par de minutos, el vigilante vuelve al portón con un mensaje: “Les han prohibido hablar”. Dice que los únicos autorizados para hablar sobre la desaparición son sus jefes que se encuentran en Santa Tecla. El vigilante solo se limita a contar que Nelson es un hombre tranquilo y que sí salió de su lugar de trabajo aquella madrugada del 26 de diciembre.

Por ahora no se conoce ninguna captura relacionada al caso. “Me han asignado a un investigador. El investigador solo me dice que tenga paciencia; que hasta ahorita, nada”, señala Elizabeth. A veces, una desaparición causa alarma social; la de Nelson no es una de esas. Lo único que hay al respecto es un tuit en una cuenta de alertas donde se dice que se le busca.

“La persona que desaparece sin dejar rastro es la víctima principal, pero la tragedia también afecta a muchos otros. A veces, los familiares piensan en la persona desaparecida todo el tiempo, oscilando entre la esperanza y la desesperación”.

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LA ESPERA QUE PIDEN LAS AUTORIDADES

Una mujer corre en la tierra con páginas en las manos. En las hojas de papel bond están impresas fotos de hombres acompañadas por la leyenda “se busca”. La mujer sigue corriendo y preguntando a quienes tiene enfrente si han visto a su hijo. Escarba la tierra con las manos y llora. Encuentra unos retazos de tela y busca, al menos, los huesos de su hijo. No lo encuentra y grita con la voz desgarrada: “¡Aquí no está!”

La mujer es una actriz de teatro, Alejandra Nolasco, quien durante 2018 presentó la obra “Los ausentes”. No es raro que su público llore. La obra está basada en la historia de Milagro, una mujer salvadoreña cuyo hijo fue desaparecido en la vida real. La actriz interpreta algunas noches en el escenario esa espera llena de angustia que cientos de familiares viven todos los días.

Esperar de manera pasiva no es una opción para los familiares de desaparecidos consultados en este reportaje. No, si quieren recuperar a sus seres queridos, vivos o muertos. Y es más difícil tener paciencia cuando –por lo lento que avanzan las investigaciones– intuyen que no se están haciendo búsquedas de la manera más efectiva.

Y esto no es ningún secreto. Incluso se reconoce dentro del Estado: (En algunas ocasiones) “No se hace una investigación o búsqueda inmediata de las personas desaparecidas y la determinación de los presuntos responsables no es efectiva. Por lo tanto, los casos no llegan a judicializarse“. Así lo afirma la procuradora adjunta de Migración y Seguridad Ciudadana, Beatriz Campos.

Quienes buscan a sus familiares se ven en la obligación de presionar e insistir a las autoridades para que realicen el trabajo que, por ley, les corresponde hacer. Y para ello, espacios como el IDHUCA brindan cierto apoyo: “Una vez tenemos ya la información, lo único que podemos hacer –porque no tenemos ya la capacidad de ayudar propiamente en la búsqueda– es asesorar para que se ponga la denuncia o incluso para que ellos intenten presionar a las instituciones encargadas de la investigación”, explica Arnau Baulenas.

El familiar en lugar de procesar su dolor de manera tranquila se ve obligado a tomar un rol activo dentro de la búsqueda, si quiere ver resultados. La confianza en el sistema está minada. La madre de Omar Moreno –el estudiante santaneco de Ingeniería– lo ejemplifica mejor: ” Yo sola ando buscando, porque la policía, nada. A veces me hablan, pero no me han dado número del investigador. Lo salgo a buscar a todos lados. Voy a la morgue todos los días”.

La mamá de Omar dice que aún espera encontrar a su hijo con vida; pero, a diario, lo tiene que buscar entre cadáveres. El año pasado, la actriz de teatro de “Los ausentes” lanzó una pregunta: “La esperanza, a veces, es encontrar un cuerpo, un cráneo. ¿Cuándo nos convertimos en un país en el que la esperanza es eso?”

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LO EXCEPCIONAL: CAPTURAS

Una veintena de futbolistas jóvenes corren por la cancha del estadio Ana Mercedes Campos en Sonsonate. Sudan, se esfuerzan y se enorgullecen con sonrisas pequeñas cuando hacen lo que debían hacer con la pelota. Omar Pimentel los observa frente a la cancha. Él es el preparador físico del equipo. Les exige que trabajen mejor y les da consejos a los jugadores. Al finalizar el entreno, se sienta en los graderíos del estadio: “Uno trata de llevar las cosas de la mejor manera, pero quiérase o no, es imposible”, dice serio. Este martes se cumplen seis días desde que cinco miembros de su familia desaparecieron.

La noche del miércoles 16 de enero había sido buena para el preparador físico, mejor conocido como “el profe Pimentel“. Había partido y su equipo le anotó cinco goles a sus adversarios de Santa Isabel Ishuatán. El juego se realizó en el estadio de Sonsonate y varias decenas de personas llegaron a apoyarlos. Había gente de todas las edades, ventas de comida y bebidas. Entre la afición estaba su núcleo familiar.

El entrenador vive en Sonzacate junto a su hijo mayor, quien también es parte del club deportivo. Ahí, el equipo les brinda casa. El resto de su familia, en cambio, vive en Chalchuapa. Su esposa, Rosa de Pimentel; su suegra, Silvia Jaco; su hijo, Marcos, de 12 años; su cuñado, Carlos Jaco; y la novia de este último, Tania Monterrosa, fueron a apoyarlo el miércoles pasado.

El partido terminó y la familia se dirigió de vuelta a Chalchuapa. A la altura de la zona conocida como Los Naranjos se les pinchó una llanta y desde entonces, desaparecieron. El equipo de fútbol compartió esta información en su página de Facebook y más de mil personas lo compartieron con sus contactos. Así, los medios de comunicación se enteraron del caso.

Dos días después de que la noticia se hizo pública, la PNC presentó a cuatro personas capturadas. Entonces se dijo que los detenidos son pandilleros de la zona, pero no se explicó cuál es su relación directa con la desaparición de la familia. El preparador físico agradece la respuesta inmediata: “Me ha constado que la policía se mantiene presente en la zona”.

La pronta acción de los policías en algunas denuncias resulta un trago agridulce para familiares de otros desaparecidos. Se alegran de que a una persona que atraviesa por lo mismo se le ayude. Por otro lado, se entristecen de que en su caso no haya sucedido así. Claudia Espinoza bien lo sabe. Ella es periodista y conoce cómo funciona el sistema de justicia y sus procesos legales. Su hermano, William López, se dedicaba a realizar viajes privados y desapareció hace casi un año. El caso recibió alguna atención mediática, pero hasta la fecha la investigación no ha dado mayor fruto. “Nos sentimos solas con mi cuñada, quieren que uno resuelva su caso”, se queja.

Pimentel reconoce la repercusión que el caso de su familia ha tenido. Pero también sabe cómo suceden las cosas en un país donde difícilmente se investigan los hechos de este tipo: “Cuando el tiempo avanza y no hay algo que identifique, quiérase o no, las investigaciones se paran porque ya no hay cómo seguir y ese es mi mayor temor. Que paren y que esto se quede así”.

El de la familia es un caso excepcional por el tiempo récord en que se identificaron posibles sospechosos y se realizaron capturas. Sin embargo, es similar al resto de historias en una cosa: las autoridades no pudieron ubicar a los familiares en la primera semana de su desaparición. Esta mañana de martes, una corriente de aire frío llega a las gradas del estadio en Sonsonate y Pimentel se inquieta. Dice que le preocupan estos vientos, que su hijo puede estar pasando frío.

“Estamos hablando de privaciones de libertad con resultados de homicidios o delitos graves por parte de grupos criminales. Estarían cayendo en una repetición del esquema de impunidad en que se dieron las desapariciones del pasado”.

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LA IMPUNIDAD

“Yo siento morirme. No sé ya dónde buscarlo”, dice Elizabeth, desde San Rafael Cedros, mientras piensa en Nelson. En general, los familiares de los desaparecidos se encuentran desamparados. La justicia difícilmente llega para este tipo de delitos. Y David, Morales, el director de litigio estratégico de la organización Cristosal, considera que esta impunidad ha sido heredada.

Morales, quien fue procurador de Derechos Humanos, hace un paralelismo con las desapariciones que se experimentan actualmente y las que ocurrieron durante la guerra civil. Explica que, aunque las razones de origen de estos casos son distintas, la respuesta –ausente– del Estado es un punto de coincidencia.

“Estamos hablando de privaciones de libertad con resultados de homicidios o delitos graves por parte de grupos criminales. Estarían cayendo en una repetición del esquema de impunidad en que se dieron las desapariciones del pasado”, opina.

Morales infiere cierto desdén estatal a la hora de buscar justicia y resarcimiento para estas situaciones: “Es cierto que los recursos son limitados, pero son muchos años sufriendo violencia delictiva sin que se hayan visto esfuerzos más serios. Eso lo que denota es una indiferencia para con las víctimas”.

Cuando alguien no aparece tras los primeros días de su desaparición, existe una alta posibilidad de que su paradero se mantenga desconocido. Esto es lo que le dice la experiencia al abogado Pedro Cruz. Él labora en una asociación de derechos humanos donde desde 2015 se acompañan denuncias de personas desaparecidas.

De 61 casos con los que han trabajado, solo en dos ocasiones se han podido localizar los cadáveres de las víctimas. En términos penales, el panorama es peor. Durante estos últimos cuatro años, decenas de familiares han llegado a su oficina pidiendo ayuda para encontrar a sus seres queridos y alcanzar justicia. Pero de esas 61 denuncias solo se ha logrado condena en una. Para él está claro: “En general, las desapariciones no están resueltas”.

Ilustración de Moris Aldana

Generación 2000: la esperanza traicionada

Fotografía LPG – Archivo

La última tarde de 1999, María Castellanos tomó un bus para conocer a su hija. Su esposo (un policía) estaba de servicio en Usulután. El viaje desde Jutiapa, Cabañas, hasta el Hospital Primero de Mayo en San Salvador fue largo. Así como la espera: el proceso de parto no terminaría sino hasta los primeros minutos del siguiente día, el 1.º de enero de 2000. Su hija, Nelly Milena, se convirtió en la primera salvadoreña nacida en el nuevo milenio.

Más tarde, en septiembre de ese mismo año, los 189 países miembros de Naciones Unidas, entre los que se encontraba El Salvador, decidieron comprometerse a cumplir con ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio, destinados a construir un mejor mundo para aquellos que comenzarían a poblarlo en el nuevo siglo. Las metas tenían que lograrse antes de 2015.

Si El Salvador fuera un alumno y estos compromisos fueran la asignatura a cursar, sería uno de los reprobados. Sobre todo en el apartado que corresponde a educación, en el que se estipula que todos los adultos en el país deberían tener, por lo menos, completada su educación primaria, el equivalente a la educación básica.

Nelly Milena fue la primera de 150,176 salvadoreños nacidos en 2000, una generación que este año llegó a la mayoría de edad. Y una que, en términos de acceso a la educación, llegó muy tarde y se fue muy temprano: cuatro de cada 10 entraron de forma atrasada al sistema y se salieron antes de terminar su ciclo de formación.

En un país ideal, cada niño debería empezar su educación en parvularia, entre los cuatro y cinco años. En 2005, cuando estos infantes tenían cinco años, solo un poco más de la mitad del total había sido inscrito en este nivel, según consolidados construidos por el equipo de LPG Datos basados en información proporcionada por el Ministerio de Educación.

Los datos de matrícula en 2007 mejoraron: 138,740 en varios niveles, empezando por parvularia 4. Se trata de una muestra de desigualdad, pues de ese grupo más de 14,000 iban adelantados, en segundo o tercer grado. Al menos 804 de los niños nacidos en 2000 nunca ingresó a un aula de clases en El Salvador, de ningún tipo.

Nelly Milena fue la primera de 150,176 salvadoreños nacidos en 2000, una generación que este año llegó a la mayoría de edad. Y una que, en términos de acceso a la educación, llegó muy tarde y se fue muy temprano: uno de cada cuatro entró de forma atrasada al sistema y se salió antes de terminar su ciclo de formación. En un país ideal, cada niño debería empezar su educación en parvularia, entre los cuatro y cinco años. En 2005, cuando estos infantes tenían cinco años, solo un poco más de la mitad del total había sido inscrito en este nivel.

Graduarse de bachillerato es una de las más grandes fronteras que enfrentan los jóvenes salvadoreños. En 2018, cuando llegaron a la mayoría de edad, solo un poco más del 23 % de los 150,000 nacidos en el primer año del nuevo milenio habían obtenido un título de educación media.

Nelly Milena pertenece a este selecto grupo. El año pasado obtuvo su certificado como bachiller después de incontables sacrificios de sus padres, un policía en activo y la directora de la Casa de la Cultura en Jutiapa. La joven tuvo la oportunidad de completar su educación hasta este nivel en su mismo municipio, sin tener que viajar a pueblos vecinos, un auténtico esfuerzo en un sitio al que separan del poblado más cercano kilómetros de una carretera sinuosa, entre montañas, y del que solo parten y llegan tres buses al día.

Para María Castellanos, su madre, es una auténtica bendición, un maná caído del cielo si lo compara con su propia historia. Ella pudo obtener un título solo yendo a estudiar a Ilobasco, en medio de los estertores de la guerra civil, los mismos que convirtieron, en la década de los ochenta, a Jutiapa en un pueblo fantasma. Todo se fue recuperando (los servicios básicos, las instituciones del Estado) solo hasta unos años antes de que naciera Nelly.

Ambas mujeres hablan desde la oficina que la madre ocupa en la Casa de la Cultura, que dirige desde hace 15 años, el mismo tiempo que tiene instalado el bachillerato en Jutiapa. María Castellanos conserva su sonrisa fácil, sus ojos vivos, los que quedaron retratados en las fotografías que le tomaron cuando nació su hija. Nelly Milena, en cambio, parece incómoda con la experiencia de hablar con un desconocido de su vida y la de sus contemporáneos.

Constantemente limpia el sudor de sus manos en su pantalón, mientras las palabras le salen a cuentagotas.
De la generación de los nacidos en el 2000, solo 61,000 han podido ingresar a cualquier nivel del bachillerato. Pero esa cifra choca con una paradoja, según lo señala Ricardo Montoya, subdirector de Reinserción del ISNA: una gran cantidad de secciones de bachillerato en el país están atiborradas de estudiantes.

“Esto significa que existe una necesidad para doblar la infraestructura y para capacitar a más maestros para este nivel. Eso se pinta difícil, somos el país que menos invierte en educación en toda la región. Además, tenemos un ministerio que continúa organizado para responder a una realidad de hace décadas”, comenta el experto.

A eso hay que añadirle la calidad en la educación. Para 2018, la nota promedio nacional de la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES) fue de 5.66. Nelly obtuvo una nota de 5, alta, sin embargo, si se le compara con el promedio de la escuela donde estudia, el Instituto Nacional de Jutiapa, que apenas llegó al 4.87.

Al ser la primera salvadoreña del nuevo milenio, se esperaría que a Nelly se le haya beneficiado de alguna manera. Según su madre, les dieron algunas canastas apenas nació. Una institución educativa en la capital, especializada en educación inicial, les ofreció una beca para que la niña fuera cuidada y estudiara en sus instalaciones hasta los siete años. Al vivir en Jutiapa, un poblado para el que hasta Ilobasco representa lejanía, tuvieron que declinar esa oportunidad.

“Hasta fuimos a ver las instalaciones, fíjese. Bien bonitas. Lástima que no pudimos aprovecharlo”, comenta María, entre risas.

Adultez. Nelly Milena muestra su DUI. Ella es una de las 98,168 personas que solicitaron el documento el año pasado, algo que no hicieron al menos 52,008 de los nacidos en el 2000.

Nelly Milena es consciente de que su infancia ha sido mejor que la de su madre. No ha tenido que trabajar constantemente, por lo que solo en algunas ocasiones ha engrosado las estadísticas de trabajo infantil (de los cinco a los 17 años), que según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de la Digestyc en 2017 tuvo un tamaño de unos 130,000 niños y adolescentes.

Casi toda su vida ha residido en una casa propia, comprada luego de que su padre fue a trabajar tres años a Estados Unidos, de 2003 a 2006. Durante ese periodo, María, su madre, mantuvo la casa y a sus tres hijas solo con el dinero que ganaba en su puesto en la Casa de la Cultura. Ahorró cada centavo mandado por su marido.

Nelly es consciente de ello, pero no por eso se siente satisfecha con su suerte. Ahora, su hermana mayor, Gabriela, está estudiando en el Megatech de Ilobasco una carrera técnica. Para sus padres, este es un gasto tan grande que no han podido hacer lo mismo por su segunda hija. El progreso de su educación ha pasado a un estado de hibernación mientras su hermana completa el suyo.

En Jutiapa, las oportunidades de trabajo distintas a la agricultura y a las labores del hogar son escasas. Pasan por las instituciones del Estado, como la alcaldía o la unidad de salud. Y poco más. Por eso, Nelly es, por ahora, una más de los jóvenes de entre 16 y 24 años que no estudian ni trabajan en El Salvador. La EHPM de 2017 coloca esta cifra en 359,670.

“Este grupo llama especialmente la atención, pues están en situación de riesgo al volverse blancos fáciles de grupos delictivos. Además, al no estar en el sistema educativo sus posibilidades de desarrollo profesional futuro se ven minados”, indica la Digestyc en el informe de la encuesta.
—Si llega a concretarse lo de ir a la universidad, ¿qué te gustaría estudiar? –se le cuestiona–.
—Estaba pensando en Administración de Empresas, pero después como que me arrepentí y estaba viendo la carrera de Turismo –comenta Nelly, con la timidez usual–.
—¿Pero lo seguro es que tus aspiraciones no son quedarte en Jutiapa para ser ama de casa?
—No. Pero no sé, como que estoy indecisa. Mi mamá me dijo que hasta que saliera la Gaby, entonces dije yo que iba a seguir investigando. Lo que le rezo a Dios es que la espera no se haga eterna.

Mientras eso no suceda, Nelly ha decidido ocupar su tiempo en el trabajo de su madre, enseñándole a otros jóvenes de Jutiapa lo que ha podido aprender hasta hoy: pintar, tocar guitarra, bailar, hacer manualidades. En El Salvador, solo el 4 % de los jóvenes nacidos en 2000 asiste actualmente a un aula universitaria o de educación superior.

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SU PRIMERA ELECCIÓN

Un total de 150,000 votos pueden inclinar cualquier elección en un país tan pequeño como El Salvador. Ese es el número de los jóvenes nacidos en 2000 que llegaron a la mayoría de edad el año pasado y que podrían participar en los comicios presidenciales del 3 de febrero.

Según la última encuesta publicada por LPG Datos, el 37.8 % de la población de jóvenes entre 18 y 25 años se inclina por un cambio de rumbo que no tenga que ver con partidos tradicionales. El 23 % no tiene una opción definida.
Nelly es una de las que tendrá la oportunidad de decidir en una urna por primera vez en su vida. Los temas políticos ocupan muy poco de su tiempo, concentrado en temas más urgentes para ella. Dice que no mira mucha televisión y escucha radio solamente por la música, sobre todo aquella donde destaca “el sonido de la guitarra”.

Su convivencia con internet, el medio con el que nació su generación, ha sido escasa por decisión de su madre: nunca instaló un servicio en su casa y tampoco le permitió tener un celular sino hasta que, el año pasado, cumplió la mayoría de edad.

“El internet para mí solo ha sido una necesidad para mis estudios”, comenta Nelly. Por eso le es difícil decir por quién votará el 3 de febrero. No sabe siquiera si se presentará a los comicios. Eso sí, Nelly está lista: sacó su DUI en diciembre del año pasado, algo que no han hecho todavía al menos 52,000 nacidos en el año 2000, según consolidados construidos por el equipo de LPG Datos basados en información provista por el Registro Nacional de las Personas Naturales (RNPN).

Estos resultan reveladores e indican, por ejemplo, la magnitud de la migración de este grupo etario. Existen municipios, como Tonacatepeque, donde el número de duis donde se ha indicado ese sitio como residencia (1,276) supera mucho al de nacidos en el año 2000 (949). Justamente lo contrario sucede en lugares como La Unión, donde solo 567 personas han sacado el DUI en contraposición a 1,266 nacimientos registrados.

Lo que sí le gustaría, comenta Nelly, es un cambio, uno que le dé más oportunidades a alguien como ella sin tener que abandonar a los suyos, como lo ha visto tantas veces encarnado en compañeros de clases que un día se fueron y ya no volvieron. Que tomaron camino hacia Estados Unidos porque el lugar donde habían nacido ya nada tenía que ofrecerles. Incluso hubo algunos que se fueron después de obtener su título de bachilleres. Para Nelly, pensaron que ni ese anhelado sueño, graduarse, sería suficiente para alcanzar una mejor vida. Recuerda el caso de toda una familia, con hijos menores de 10 años, que tuvo que huir con rumbo al Norte.

Título de bachiller de Nelly Milena.

—Había un muchacho que me decía, “‘habemos’ tantos bachilleres que hasta hay para empedrar, pero trabajo no hay” –dice María, la madre, con una mirada más seria que de costumbre–, antes había como una esperanza en la educación media. Ahora ni eso tienen los jóvenes. Por eso dicen “¿para qué estudio?”, añade.

 

EL CORTE DE LOS 11 AÑOS

La educación es, como se ha visto, la más grande deuda del Estado salvadoreño con respecto a sus jóvenes del 2000. Sin embargo, la cobertura varía y va aumentando según los años. Hasta que se llega a la frontera de los 11 años, la edad en la que los niños escolarizados comienzan a abandonar la escuela.
En la generación de los nacidos en 2000, por ejemplo, cuando estos jóvenes tenían 10 años, en 2010, se registró la mayor cantidad de inscritos: 146,653, en niveles desde parvularia hasta el sexto grado. La cifra comenzaría a decrecer en 2011, con 145,574.

Y, como si se tratase de una curva perfecta, la tendencia continúa a la baja cada año: 145,110 (2012) 140,638 (2013), 133,409 (2014), 123,562 (2015), 105,425 (2016) y 87,414 (2017).

Para Ricardo Montoya, subdirector de Reinserción del ISNA, a la cabeza de ello hay una gran cantidad de factores: el ingreso al mercado laboral, el acoso de las pandillas (a los 11 se puede ser tanto asolado como reclutado), la lejanía de los centros escolares. O, simplemente, la pobreza.

“Programas sociales como el vaso de leche han ayudado, pero no han sido suficientes para lograr que los jóvenes se queden en la escuela, deben buscar formas para subsistir que los alejan de las aulas”, comenta Montoya.
En apenas siete años, la escolaridad en El Salvador para los nacidos en el año 2000 bajó en un 40 %. ¿Dónde se encuentran ahora esos 62,762 que en 2017 estaban fuera del sistema educativo?

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EL FUTURO

Para que la espera por seguir estudiando no se haga eterna, Nelly está pujando por un puesto como cajera en una caja de crédito de Ilobasco, con el que pueda pagar sus estudios. Lo hace por recomendación de Karina, una amiga de su madre que se han convertido en un auténtico modelo a seguir para ella: administradora de empresas que trabajaba mientras estudiaba, actual empleada de un banco. Alguien que, en palabras de Nelly, ya es “dueña de su vida”.

Mientras eso no suceda, Nelly ha decidido ocupar su tiempo en el trabajo de su madre, enseñándole a otros jóvenes de Jutiapa lo que ha podido aprender hasta hoy: pintar, tocar guitarra, bailar, hacer manualidades. En El Salvador, solo el 4 % de los jóvenes nacidos en 2000 asiste actualmente a un aula universitaria o de educación superior.
Desde la Casa de la Cultura de Jutiapa hasta su hogar no hay más de medio kilómetro de camino. Abren las puertas y adentro se revela una sólida construcción de tres cuartos, cuyas paredes están tapizadas con los logros de los hijos. Un espacio está reservado para que, en un futuro, el título universitario de Nelly pueda cubrir otro hueco verde.

El hogar. Nelly y su madre, María, posan en la fachada de su casa, comprada por su padre después de una temporada en Estados Unidos. Antes de su nacimiento, la familia no contaba con vivienda propia.

20,000 embarazos adolescentes: una plática pendiente

Prevención

Cuando Celia quedó embarazada, tenía 17 años y estudiaba bachillerato. Decidida a graduarse, siguió asistiendo a clases hasta que llegó la fecha cercana al parto. Tras dar a luz un día de agosto, cambió horas en un pupitre por una cuna durante lo que pensó como un descanso o una adaptación. Cuando su hijo ya tenía seis semanas de edad, intentó regresar a su vida de estudiante y no pudo: “Los maestros no me quisieron ayudar, ni recibir, nada, para poder terminar mi bachillerato. Entonces me tocó repetir el año”, dice hoy, cinco años después.

En 2017, el embarazo adolescente fue causa de deserción en 238 centros escolares, de acuerdo con los datos del Observatorio del Ministerio de Educación. El silencio, en términos de educación sexual, no ha sido efectivo para evitar los embarazos precoces. Solo el año pasado 19,236 niñas y adolescentes se inscribieron a controles prenatales en el sistema de salud público. Las edades de esas madres jóvenes iban desde los nueve hasta los 19 años.

A pesar de que la cifra de embarazos adolescentes es alta, el Ministerio de Educación no ha logrado establecer un mecanismo para medir la magnitud del problema. “Hay que tener en cuenta que en los centros escolares hay un gran subregistro sobre el tema de deserción por embarazo. La mayoría se va y a veces no sabemos que están embarazadas”, dice una funcionaria de ese ministerio, desde su oficina en el centro de San Salvador.

“El Órgano Ejecutivo, en el ramo de Educación, deberá incluir la educación sexual y reproductiva como parte de sus programas, respetando el desarrollo evolutivo de los niños y adolescentes”, mandata el artículo 32 de la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia (LEPINA). Y aunque la orden de la ley es clara, está lejos de ser una realidad para la mayoría de estudiantes del sistema público de educación.

Hasta el final del año lectivo 2017, solo el 27 % de escuelas contaba con planes de educación sexual. Y ni siquiera los profesores de las escuelas están capacitados por el ministerio para brindar formación en estos temas: de todo el plantel docente a escala nacional, solo el 7.8 % ha completado un curso básico en educación integral de la sexualidad.

Más casos. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos en niñas y adolescentes se tuvo, de acuerdo con un estudio publicado en 2015.

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NI EN LA ESCUELA NI EN LA CASA
“Todos los niños y adolescentes, de acuerdo con su desarrollo físico, psicológico y emocional, tienen el derecho a recibir información y educación en salud sexual y reproductiva, de forma prioritaria por su madre y padre”, dice también la LEPINA. Ese derecho no es una realidad para un gran número de adolescentes, como Celia.

Ella estudió en el sistema público desde que iba al kínder. Es de un pueblo del occidente del país y creció rodeada de primos, tíos y clientes del pequeño puesto de comida de su mamá. Ayudó desde niña en el negocio familiar y, además, en el cuido de sus dos hermanas menores.

A pesar de que su hogar siempre estaba lleno de ruidos y tránsito de gente, ella cuenta que nunca escuchó que le hablaran de relaciones sexuales y de cómo protegerse de un embarazo o de una enfermedad sexual. No tuvo orientación en su centro escolar ni en su hogar, y ahora cree que quizá, de recibir algún tipo de formación, su historia habría sido diferente: “A la escuela nunca llegó una enfermera a explicar cómo planificar. Yo creo que si uno tuviera más información de eso, habría más cuidado en todo”, dice.

Los embarazos adolescentes en El Salvador no escasean. En promedio, 69 niñas o adolescentes quedaron embarazadas cada día en 2015, es decir, un embarazo de menores cada 21 minutos. Así se registró en el Mapa de Embarazos en Niñas y Adolescentes en El Salvador 2015. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos de niñas y adolescentes se tuvo. Por el contrario, en los municipios de San Antonio Los Ranchos y El Carrizal, en Chalatenango, no se registró ninguna menor embarazada durante el tiempo en el que se realizó el estudio.

Como Celia no pudo reincorporarse al sistema regular de clases, se integró al sistema de educación flexible. Así empezó a ir a clases solo los domingos. El bebé no paraba de llorar cuando se separaba de su mamá y algún familiar terminaba llevando al niño a las clases para que le diera pecho. Aun con el bebé en brazos, logró graduarse de bachiller. El papá de su hijo, quien antes fue su compañero de escuela, siguió estudiando con regularidad y en la universidad. Celia no.

“El embarazo adolescente implica la pérdida de oportunidades educativas, es una limitante para que las adolescentes puedan desarrollar su potencial como agentes productivos y sociales, y es un factor condicionante de la perpetuación de la pobreza”, sostiene un informe del año pasado del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

Que las adolescentes se mantengan en la escuela es prioritario para romper círculos de pobreza. Pero, a veces, las trabas las colocan las personas que, en el mejor de los casos, deben ir abriendo camino. Por ejemplo, en algunos colegios y escuelas se tiende a “esconder” a la adolescente embarazada y se expulsa, explican en el MINED. Así que dicho ministerio cambió la Ley General de Educación en 2011 para especificar que es “falta muy grave” discriminar a una estudiante embarazada o lactante.

A pesar de que la LEPINA brinda a los padres el derecho primario de educar a sus hijos en sexualidad, eso no se cumple en todos los casos. “Ni mi papi ni mi mami hablaron de eso conmigo”, dice ahora Celia, cuando ya su hijo ha ingresado al mismo sistema de educación pública que fue insuficiente para ella.

Enseñanza. El objetivo del programa que tiene el MINED es comenzar en parvularia a decirle a los niños cómo funciona su cuerpo y cómo son las relaciones adecuadas con otras personas.

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¿CÓMO INTENTA ASUMIR EL ESTADO?
En 2008, El Salvador firmó un pacto llamado “Prevenir con educación”. Entonces, los ministros de Educación y de Salud en Latinoamérica y el Caribe acordaron que la prevención era el camino que se tomaría ante el avance de la transmisión del VIH.

Así, se asumió el compromiso de “fortalecer estrategias intersectoriales de educación integral en sexualidad”. Ese pacto marcó también el enfoque que esa prevención debía tener en las escuelas públicas. “Esta educación incluirá aspectos éticos, biológicos, emocionales, sociales, culturales y de género”, se puede leer en el documento.

Así, se inició de un proceso de actualización del currículo nacional de clases y se creó el Programa de Educación Integral de la Sexualidad, (mejor conocido como EIS), de acuerdo con Yeni Rivas, oficial de Género del MINED. Rivas es titular de la unidad que tiene por función velar que se cumplan criterios de equidad en el ministerio y, además, trabajar en temas relativos a la enseñanza de la sana sexualidad.

La EIS está diseñada para ser un eje transversal de otros temas que ya se aprenden en la escuela. Este incluye hablar de relaciones interpersonales sanas, explicar temas de autoestima, autocuido y el respeto por el propio cuerpo. “Tenemos que tener claro que la educación integral de la sexualidad no es hablar de cosas eróticas. Cuando se empieza a hablar de la EIS, se habla del tema emocional, del tema cognitivo y se tiene que hablar del tema biológico porque es parte de la sexualidad”, comienza por explicar Rivas.

Ella sostiene que es posible educar en estos temas desde temprana edad: “¿Cómo se puede enseñar EIS para parvularia? Usted a sus niños les tiene que enseñar que tienen órganos, ahí empieza el conocimiento de su cuerpo, en llamar a su cuerpo por el nombre”.

La oficial de Género asegura que con estos temas es posible afectar positivamente al niño y adolescente. Así, según Rivas, el niño aprende que su cuerpo es íntimo y nadie debe tocarlo si él no lo desea. Y además, conoce los cambios que suceden o sucederán en su cuerpo.

En El Salvador hay más de 45,000 profesores en centros escolares, y el Ministerio de Educación solo ha podido formar a 3,571 docentes en un curso básico de sexualidad. La cifra es baja, considerando que los cambios curriculares no pueden ponerse en práctica y presentarse al adolescente si los maestros no entienden los temas. Esos más de 3,000 profesores fueron formados en un curso de 200 horas presenciales entre 2013 y 2016, asegura el ministerio.

Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

Los temas que la EIS plantea son necesarios para estudiantes, pero al socializarlos con los maestros, las autoridades del MINED se dieron cuenta de que, en algunos casos, ni siquiera los docentes tenían conocimientos básicos de anatomía. “Es duro que un docente no sepa que hay órganos genitales internos y externos”, admite Rivas.

Quienes han sido formados solo representan un 7.8 % del total del plantel a escala nacional. Además, el ministerio ha creado planes para educar en el tema a los padres de familia, pero el avance aún es limitado. Y a pesar de que el 58.9 % de las escuelas afirma que conoce sobre la actualización del currículo de educación que incluye temas de sexualidad, solo 27 de cada 100 centros escolares cuenta con planes o programas de este tipo.

“¿Cómo ampliamos la educación integral de la sexualidad a escala nacional?”, pregunta Rivas, y ella misma se responde con una negativa: “No hay presupuesto. Si hubiera una ley, talvez hubiera una designación presupuestaria al tema”, comenta.

Hace más de un mes, un grupo de mujeres presentó un anteproyecto de Ley en Afectividad y Sexualidad Responsable a la Asamblea Legislativa. La propuesta tenía cuatro páginas y planteaba que todas las escuelas deberían estar obligadas por ley a brindar un programa de este tipo. En el anteproyecto, la educación en afectividad y sexualidad responsable fue definida como “la articulación de aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos que, bajo un marco de respeto a los derechos humanos, priorice la eliminación de la cultura de la violencia”.

Dicha propuesta no presentaba los contenidos a enseñar, sino que sugería que se creara una comisión especial conformada por el Ministerio de Salud, el de Educación, la Secretaria de Inclusión Social y el Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia, y que esas instituciones definieran las temáticas que estudiarían los niños desde primer grado hasta bachillerato.

A pesar de que en un inicio el anteproyecto tuvo el apoyo de algunos diputados de ARENA, GANA y PDC, el día que fue presentado ante la comisión de cultura y educación, fue archivado de inmediato. No se discutió su contenido ni las motivaciones de las personas que lo respaldaron.

El anteproyecto de ley y el programa actual de la EIS –que aún no es implementado en la gran mayoría de escuelas– coinciden en la necesidad de construir inteligencia emocional en los adolescentes antes de que se encuentren sorprendidos por los cambios hormonales de su cuerpo.

Para explicarlo, Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

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UNA DEUDA HISTÓRICA
Intentar educar en sexualidad no es algo nuevo. El recorrido viene desde, al menos, hace 20 años. Hace casi dos décadas se intentó hacer circular por las escuelas los libros titulados “De adolescentes para adolescentes, manual de la salud sexual y reproductiva”.

La idea de la creación de estos manuales surgió en 1997 tras un estudio de la Organización Panamericana de la Salud que evidenció las carencias de información para menores en este tema. El proyecto fue respaldado por el MINSAL y se pensó como un documento que le hablara directamente a los jóvenes. Pero al ser los primeros de su tipo, los manuales fueron controversiales desde su realización hasta su lanzamiento.

“‘¿Y si para representar los órganos sexuales, en vez de dibujar un pene, dibujamos un pepino?’, dijo la doctora, y se armó esta discusión solo para saber si podíamos hacer una ilustración de un pene o no en un libro de educación sexual”, cuenta, desde una cafetería, Otto Meza. Él es uno de los ilustradores que hace 20 años fueron los encargados de hacer los dibujos de estos manuales. Esta tarde, él asegura que los dibujos que hacía se sometían a discusión con el Ministerio de Salud y que dos décadas después aún puede recordar los comentarios de algunos profesionales de la medicina.

Al final, Otto Meza sí fue autorizado para dibujar órganos genitales. Ese manual estaba dividido en tres grandes áreas que intentaban explicar a los jóvenes qué significaba el afecto y el consentimiento.

La primera área estaba titulada “Adolescencia”, y ahí se explicaba en qué consiste esa etapa de la vida y los roles del joven en la sociedad. En la segunda parte, llamada “Sexualidad”, se abordaban temas como “¿Qué nos puede pasar si tenemos relaciones sexuales sin estar preparados?”, y se enunciaban diferentes orientaciones sexuales. En la última parte del libro, referente a salud sexual y reproductiva, se describía cómo se desarrolla un embarazo, métodos anticonceptivos y se ilustraban los diferentes tipos de enfermedades sexuales que existen. Los manuales fueron retirados en julio de 2000. Habían sido impresos solo siete meses antes.

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SI LA ESCUELA NO LO HACE, ¿QUIÉN EDUCA EN SEXUALIDAD?
“En las redes sociales, más que todo”, responde Kenia Mena, de 16 años, cuando se le pregunta dónde aprenden sus amigos sobre sexualidad. Kenia estudia en un colegio privado católico, viene de una familia con padres profesionales y dice que en su casa siempre le han dicho que si empieza su vida sexual, debe ser cuando ella “ya esté estable” en su relación, y que si en algún momento lo quisiera probar, se tiene “que proteger”.

Kenia ha tomado el consejo y dice que se siente en la confianza de preguntarle algunas cosas de su cuerpo a sus padres. Los dos son psicólogos y comprenden que no hablar del tema sexual con su hija puede tener efectos contraproducentes. Kenia asegura que tiene amigos a los que sus padres les han prohibido hablar de orientación sexual y eso hace que esas realidades sean percibidas como algo malo o tabú.

Si en la casa de los adolescentes algunos temas están vetados de ser discutidos y en las escuelas ni los mismos maestros se encuentran formados, los esfuerzos de orientar en sexualidad se ven relegados a organizaciones no estatales o a iniciativas personales. Por ejemplo, varios estudiantes graduados de un centro escolar católico de Santa Tecla aún recuerdan a una maestra que cierra puertas y ventanas de los salones para explicar formas de prevenir embarazos sin que la monja directora se entere, es decir, a escondidas.

Y, a veces, la información viene de grupos inesperados. Por ejemplo, Kenia se congrega en un grupo de jóvenes católico liderado por laicos. “Es un movimiento religioso, pero es de un grupo limitado… solo van los que quieren. Ahí sí me enseñaron cómo se pone un condón, en una zanahoria”, afirma, sin risa ni morbo.

El Salvador tiene una estrategia nacional de prevención de embarazos adolescentes que fue lanzada el año pasado y espera reducir drásticamente el número de madres precoces durante los próximos 10 años. Uno de los pilares en los que se pretende ejecutar esta estrategia es la educación. En ese documento se puede leer que la diferencia entre las niñas y adolescentes que terminan embarazadas y las que no “radica en la medida en que las personas adolescentes y jóvenes confronten la exposición sexual con información científica y veraz, acorde a su edad y cultura, de tal manera que puedan ejercer una decisión responsable”.

Deserción. Quienes más oportunidades pierden con un embarazo precoz son las niñas, pocas regresan tras el parto a retomar sus estudios.