“Si no paramos, en unos años no habrá nada que proteger”

Andrés Pinto, colono de la finca Tonina, de Tepecoyo, camina al pie de los verdes bambúes que flanquean la entrada de la propiedad. Tiene 61 años y la mayor parte de ellos los ha ocupado para el cultivo de la tierra. Cuando avanza, lo hace casi sin mover las manos, como tratando de no gastar energía en actividades que no lo merecen.

Cuando no es el tiempo del café, siembra maíz y frijol en una parcela que está en el otro extremo de la finca. Y lo hace como lo ha venido haciendo desde hace décadas, ocupando abonos, foliares y herbicidas químicos, el método de trabajo más rápido, aunque no el más seguro para el ambiente, algo que se vuelve especialmente importante en estas tierras, que forman parte del área de conservación Los Cóbanos. Este engloba el espacio marino en el que está uno de los arrecifes de coral más importantes del continente, ubicado en Acajutla, Sonsonate. También el territorio de otros seis municipios en el occidente del país, en los que hay otros tipos de ecosistemas.

Todo forma parte de una cadena. En las montañas de Tepecoyo, por ejemplo, nacen los afluentes que van a dar a los ríos que luego desembocan en el bosque salado de la costa, que incide directamente sobre el ecosistema de Los Cóbanos, un espacio que fue declarado área natural protegida hasta febrero de 2008. Si los afluentes llevan sedimentos de herbicidas u otro tipo de elementos que puedan afectar el equilibrio en la parte baja, eso es un peligro para aquello que se pretende conservar.

Andrés Pinto asegura que han recibido capacitaciones por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), pero se queja de que se trata de períodos muy cortos. Dice que les mostraron, “a la carrera”, cómo hacer abonos orgánicos. Para él no fue suficiente.

“Es que no es lo mismo que a uno rapidito le digan así se hace, en una pizarra, a que vengan a donde uno trabaja y le enseñen a elaborar las cosas haciéndolas”, comenta, al subir una pronunciada pendiente hacia la milpa trabajada por Carlos Artiga, el mandador de la finca Tonina.

A diferencia de Pinto, Artiga ha sembrado esta manzana usando solo abonos orgánicos. Pero no lo ha hecho con un objetivo ambientalista: hacerlo de esa forma le sale más barato, aunque tenga que esperar un poco más de tiempo por los resultados.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Hace un cálculo al aire: el quintal de abono orgánico se prepara a base de gallinaza (heces de pollo), basura podrida y algunos elementos que ayuden a crear microorganismos, como la melaza. En cada quintal invierte $2, dice. Si decidiera hacerla con productos químicos, el costo subiría hasta los $12. Colaborar con el ambiente a veces puede ser rentable, concluye Artiga.

Lo mismo están haciendo con el café, un cultivo que requiere, sin embargo, mucho más tiempo. Un frijolar o una milpa de maíz tienen un ciclo de 72 días desde que se siembra hasta que se arranca. El arbusto que da el fruto de la bebida más popular del mundo requiere hasta un año con productos químicos, que empiezan a trabajar al instante. Hacerlo con orgánicos dobla el período de espera. Pero, de la misma forma, vale la pena.

“Viera qué bonito sale el fruto, más pesado y más dulce. Como que la tierra agradece que se le trate así, con más mimos”, comenta Andrés Pinto, el colono que, sin embargo, en cultivos propios ha preferido seguir laborando como lo hacía antes.

Carlos Artiga, el mandador, sigue trabajando en su milpa. Arranca las hierbas con su machete mientras conversa. El ambiente se ha comenzado a calentar. Muy cerca viene una tormenta, que empieza a notarse con un silbido entre las ramas de los árboles, de los que aquí hay una envidiable colección de especies amenazadas o en peligro de extinción. Conacastes, laureles, robles, cedros y el famoso bálsamo habitan la finca, como viejos amigos venidos de un tiempo muy lejano.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Tepecoyo vive un problema de inseguridad debido a las pandillas que han llegado a instalarse en los cantones de la parte alta. Decenas de familias han sido desplazadas de sus antiguos hogares. Por eso no es una zona que cualquiera pueda visitar de forma constante, sobre todo para un tema como la conservación del medio ambiente.

Manuel Valiente es el encargado de la Unidad de Recursos Naturales de la Alcaldía Municipal de Tepecoyo desde marzo de este año. Es el único empleado de ese departamento. Incluso debe colaborar con la Unidad de Adquisiciones y Contrataciones (UACI) debido a la escasez de personal.

A él le corresponde velar porque las fincas y cooperativas de la zona cumplan con lo requerido al formar parte de un área de conservación. En la práctica, funciona como una especie de guardarrecursos, pues es el enlace del MARN en Tepecoyo. \

Patrulla a bordo de su moto de enduro. Pero debido a la inseguridad, no lo hace tan a menudo. Sin embargo, ha podido obtener algunos resultados. Hace solo un par de semanas, él y un escuadrón de la División de Medio Ambiente de la PNC sorprendieron a un grupo de personas miembros de la Cooperativa El Shahuite haciendo tala rasa (eliminación de toda la vegetación en un terreno) para acondicionar allí sembradíos de maíz y frijol, una práctica prohibida. Esto favorece la erosión de la tierra, un factor de riesgo para el bosque salado y los arrecifes de coral en la costa.
“Nadie les había puesto un paro a esta gente. Yo creo que esa es una de las mayores deudas que tenemos. Hay unas metas de reforestación que se han cumplido, me atrevería a decir, solo en un 5 % de las manzanas depredadas”, comenta. Dice que un negocio que ha llegado en detrimento al esfuerzo es el de la manufactura de biomasa, de la que hay varias empresas en Colón y en Ateos que se nutren de la madera de lugares como Tepecoyo. La biomasa es utilizada como un potente combustible para carbón comprimido.

Valiente muestra las fotos en las que se mira a un lado la tierra yerma y al otro, la vegetación. También comparte una grabación en audio del operativo. Allí, quienes hablan son campesinos pobres, quienes ruegan porque los dejen seguir, pues eso significa una oportunidad para sembrar y llevarle subsistencia a los suyos. No hay muchos espacios para esto en Tepecoyo debido al crecimiento poblacional experimentado en las últimas décadas.

¿Cómo se conserva el medio ambiente en un espacio con tantas carencias, donde no están todavía solucionados problemas como el acceso a alimentos o el desempleo? En el municipio, el 24.2 % de la población vive bajo pobreza extrema, según el informe de Indicadores Municipales y Desarrollo Humano del PNUD. La alimentación es un problema fuerte, sobre todo para los más vulnerables: el 34.3 % de niños menores de cinco años tiene un peso menor al recomendado para su edad.

En Tepecoyo se vivieron tiempos mejores, cuando existían hasta tres beneficios de café que le daban trabajo permanente a cientos de personas. Ahora todos han cerrado operaciones.
“Hay que llegar a un punto de armonía, donde haya una agricultura sustentable, donde todos quedemos bien. Ahorita, sin embargo, yo no hallo alguna alternativa a la problemática”, comenta Valiente desde su escritorio en la UACI de la alcaldía municipal.

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EL MEDIODÍA CASI SE HA INSTALADO de lleno en las afueras de este bosque salado en el municipio de Sonsonate, otro punto del área de conservación Los Cóbanos. En la bocana, Saqueo Rodas lanza sus redes en espera de que el día sea de buena suerte.

Una y otra vez el laberinto de hilos penetra la superficie del agua, que se revienta en astillas de cristal. Al fin, parece que algo ha llenado el vacío. Tres peces se retuercen en el interior de la red. Saqueo los coloca en una pequeña laguna aislada del resto de agua. Nota que uno de los peces es pequeño y decide devolverlo a la bocana, para que siga su camino.
—Nosotros venimos de Chalatenango. Allá así se hace con la tilapia. Solo te aceptan de cierto tamaño. Más pequeño es como desperdicio –dice Saqueo, quien sonríe bajo el sombrero que lo protege del sol. —En unas semanas quizá ya esté bueno, más grande, y sea yo mismo el que lo vuelva a pescar. U otro compañero.

Esta es una práctica recomendada no solo en esta bocana, sino en toda el área de conservación, sobre todo en Los Cóbanos. Respetar la talla para pescar es una medida que permite que la especie se renueve y nunca escasee. No está prohibido que se pesque cualquier especie, pues a excepción del caballito de mar y del tiburón ballena, el MARN no reconoce en estado de amenaza o en peligro de extinción a ningún otro.

A pesar de tratarse de un área protegida, en los linderos del bosque hay un caserío, Barra Salada. Allí viven decenas de familias que fueron ubicadas a inicios del milenio. Desde la alcaldía se decidió cederles estos terrenos después de que las viviendas en las que vivían, ubicadas en la costa, fueron destruidas por una tormenta. En ese entonces, ni siquiera Los Cóbanos era reconocido como área natural protegida por el Estado salvadoreño. La medida fue humanitaria.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación. —Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo. —Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Santana, barba escasa, ojos vivos, sonrisa fácil, es una de estas personas. Su casa es una de las que más adentro del bosque se encuentran. Es un lugar paradisiaco, con mar y ríos que desembocan hasta donde puede alcanzar la vista. Lo único que arruina el paisaje es el intenso calor, que parece respetar a las flores que Santana ha sembrado en su jardín.

Uno de los principales problemas de la presencia de personas en el bosque salado es el de la tala de los árboles, sobre todo de los manglares, para conseguir leña y madera. Así lo asegura Jorge, presidente de la ADESCO del caserío. Dice que desde el MARN, la idea es que no se tale ninguna especie, sobre todo el muy valorado mangle rojo. Pero la realidad los supera: para algunas familias no es posible abastecerse de otra forma.

“Es que en eso deberían concentrarse las autoridades, en pensar en alternativas para el pobre”, comenta Jorge.
Santana, mientras trabaja en preparar sus anzuelos, apunta en medio de su casa que ya desde hace algunos años él prefiere la madera dulce: “La única diferencia entre las dos es que la dulce la tiene que comprar. La otra solo la tiene que ir a buscar al bosque”.

Alternativas. Las autoridades esperan que los habitantes del área protegida comiencen a diversificar sus fuentes de empleo. El turismo sustentable es una de las opciones.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación.
—Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo.
—Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Jorge, el presidente de la ADESCO, hace un gesto de aprobación para lo dicho por Santana mientras trabaja en el vivero de tortugas que FIAES y FUNZEL han habilitado en el caserío.
Dice que una de las razones principales para ello es un fenómeno que, desde hace algunos años, se ha comenzado a vivir con mayor regularidad: que el estero se tape. Es decir que el afluente de los ríos que desembocan en el bosque, el Mandinga y el Pululuya, no sea suficiente como para que estos se conecten con el mar.

Pasa sobre todo en verano. Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

—Antes eso pasaba cada 15 años. Era raro. Después se fue haciendo más frecuente, hasta que hace como 10 años ya era una cosa anual –dice, vistiendo una camisa de manga larga que se puso especialmente para esta entrevista. —Hasta que en 2016 pasó tres veces en el año. ¿Se imagina usted esa mortandad de palos y de animales? –comenta en un testimonio sobre el cambio climático que nada tiene de teórico. Este mismo fenómeno afecta directamente a los arrecifes ubicados más al occidente. Según los expertos, el aumento de las temperaturas hace que pierdan muchas de sus propiedades y que la vida alrededor comience a morir.

En 2016, la comunidad se organizó para construir un canal que permitiera desazolvar el estero. Una veintena de personas aportó su esfuerzo por varios días, algunos pusieron lanchas, otros sus pick ups para trabajar un poco más tierra adentro. Los dueños de los ranchos vacacionales de la zona aportaron dinero para la gasolina. La alcaldía ayudó con equipo pesado y personal para trabajar. El MARN dio los permisos para que lo hicieran.

Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

“Del ministerio vinieron y nos dijeron que habíamos hecho un excelente trabajo. Ayudó para que el estero no se tapara por un buen tiempo”, comenta Jorge.
Pero la medida será solo temporal. No pasará mucho rato para que vuelva a suceder lo que temen. Desde el MARN hay un proyecto que posiblemente comience a rodar en noviembre, en el que se pretende crear un canal de 2 kilómetros que sea difícil de azolvar.

Ana Velasco es parte de los tres guardarrecursos del MARN encargados del área protegida de Los Cóbanos, una de las más grandes del país. Con 32,623 manzanas de extensión, el trabajo de ella y sus compañeros es uno que bien podría resumir a este país de carencias: largas jornadas de trabajo y ni siquiera un vehículo para desplazarse a las zonas más alejadas, como la ubicada en el caserío Barra Salada, el bosque de manglar.

Por eso acepta que hay comunidades con las que no ha sido posible trabajar con la intensidad con la que se ha hecho en el caso de Los Cóbanos. Desde hace cinco años, este grupo de personas ha logrado librarse de algunas costumbres que afectaban al manglar, sobre todo la de pescar con red profunda.

Según Velasco, es posible que esta, que se deja por varios días en el lecho marino, arrastre no solo peces, sino otras especies protegidas y migrantes, como tortugas y ballenas. Apenas en marzo de este año se vivió un episodio de esta naturaleza, cuando dos ballenas jorobadas quedaron atrapadas en un trasmallo.
La red también puede enrollarse en los arrecifes de coral. Cuando es extraída, se lleva consigo un trozo de arrecife.
“Cuando esto pasa, el coral se muere. Y eso significa la muerte de un montón de especies que dependen de este”, dice Velasco.

Manuel es uno de los habitantes de la comunidad que han aprendido a vivir en la zona protegida. Sabe de memoria cuáles son todas las prohibiciones: no sacar arena (hacerlo dejaría la playa solo con piedras), respetar a las especies de animales (como aves y reptiles), no botar basura y un largo etcétera. Sin embargo, no siempre está de acuerdo con lo recomendado.
“Estos señores del ministerio son bien ignorantes, ¿sabe? Le dicen a uno ‘no pesque con trasmallo, no pesque con red’. Si esa cosa solo está encimita del agua y es tan delgadito el hilo que si una tortuga, digamos, se llega a trabar, bien fácil se suelta”, comenta.

El nivel del agua ha comenzado a aumentar cuando finaliza la tarde. Juguetonas barcas, amarradas a la orilla, parecen coquetear con el mar. Se alistan para salir más tarde. En medio de la noche, cuadrillas de hombres batallarán para traer el sustento a casa, entre olas y sombras.

Ahora, sin embargo, el ambiente es más relajado y se disipa en el humo de un salobre café. Los hermanos Guillermo y Douglas Ávalos disfrutan de este melancólico final de tarde. Son dos orgullosos habitantes del área protegida y evangelizan sobre la importancia del sitio, sus especies únicas, el hecho de que les provee de todo aquello que necesitan para vivir, en un diálogo de eterna paciencia: hay semanas buenas, en las que se gana lo necesario; hay otras malas, en las que no se cubren ni los costos.

Incluso en este nutrido ecosistema, la pesca es una actividad de subsistencia. Por lo menos para pescadores artesanales como los hermanos Ávalos, que son los que pescan hasta 3 millas náuticas dentro del mar. Otras 27 son para los barcos, que pescan en cantidades industriales. Vienen de todas partes, ninguno es de la comunidad. Según sus habitantes, estos son los que más violan el área protegida con enormes redes de profundidad.

Son los que están más lejos del alcance de los guardarrecursos, que ni siquiera pueden desplazarse en vehículo de un lugar a otro en las partes terrestres del área protegida. Su control le corresponde a la Fuerza Naval, que cubre, con escaso personal, otra variopinta lista de actividades.

“Si el ecosistema se muere, también nosotros nos vamos a morir. Nosotros no dependemos de nosotros mismos, dependemos de la naturaleza. Si no paramos, en unos años en esta área natural protegida ya no habrá nada que proteger”, dice como una especie de mantra la guardarrecursos Ana Velasco, sentada en su pequeño escritorio a un paso del mar.

Colección. El MARN cataloga 13 especies de coral en la categoría en peligro de extinción. Todas están presentes en el arrecife de Los Cóbanos. De allí su importancia.

Un remanso llamado Málaga

Colonia Málaga

Raymundo Campos tiene 99 años, 62 de ellos los ha vivido en la colonia Málaga, en el barrio Santa Anita, de San Salvador. Habla pausado y, sobre todo, divaga, pero es muy certero al recordar el momento en el que decidió vivir ahí, cuando todavía no se había levantado ni un edificio, cuando el proyecto todavía estaba en el papel y los ingenieros comenzaban a explorar el terreno. En el predio, todo estaba cubierto por naranjales.

“Mire qué buenos naranjales salieron estos, me han dado tantos y tan satisfactorios frutos. Aquí han nacido hijos, nietos, bisnietos, tataranietos… aquí de seguro yo me voy a morir. Yo quiero mucho este lugar, lo quiero casi como que fuera una persona”, comenta Raymundo, con la mirada puesta en la ventana que da a la calle desde el cuarto piso del edificio.

El nombre de la colonia Málaga está indeleblemente relacionado con la tragedia que sucedió justo enfrente suyo: un bus que llevaba 32 feligreses de la iglesia Elim fue arrastrado por la correntada después de que el caudal del Arenal desbordó hasta la calle. Pero la Málaga se resiste a ser solo eso.

Se trata de una colonia conformada por 34 edificios, por 324 apartamentos, en los que vive un aproximado, según los cálculos de los vecinos, de 1,400 personas. La extensión de todo el conjunto no llega al kilómetro cuadrado. El complejo fue construido en 1956, bajo el gobierno del presidente militar Óscar Osorio.

Para quienes viven aquí y para los vecinos de colonias aledañas, la Málaga conforma un pequeño oasis de tranquilidad en medio de la violencia pandilleril de la zona. A pesar de tener variados accesos peatonales, que se suman al de la pluma de la entrada vehicular, es uno los pocos sitios donde se puede caminar con relativa seguridad, sin la certidumbre de que está en juego el pellejo si no se sale lo suficientemente rápido.

Parte de este conseguido éxito se lo deben a su organización y, sobre todo, a la identidad sentida por quienes viven ahí. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra.

Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina, hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Ricardo Valdez es uno de los personajes más veteranos involucrados en el trabajo organizativo de la Málaga. Tiene 69 años y vive ahí casi desde que nació. Cuando habla de este espacio, los ojos le brillan, la sonrisa acude a decorar su boca. Y cuando camina entre las zonas verdes, los pasadizos entre edificios y las áreas comunes, parece necesitar de más voces para responder a tantos saludos.

Ricardo habla de varias conquistas comunales, de canchas que no se hubieran podido construir sin la voluntad del colectivo. Incluso la caseta de Policía Comunitaria que custodia la entrada vehicular fue una decisión de los vecinos: consiguieron patrocinios para que una empresa les regalara cemento, la alcaldía les ayudó con mano de obra, el resto de insumos lo pusieron ellos.

“Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra. Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Los apartamentos. Cada espacio tiene tres cuartos, una sala y cocina. El área de cada uno varía según el edificio. En promedio, según los vecinos, cinco personas viven en cada apartamento.

Construyeron el inmueble antes siquiera de solicitarle a la policía su presencia: llenaron un vacío previamente para que las autoridades lo llegaran solo a ocupar. El grupo de personas que se encarga de dirigir los trabajos comunales de la colonia está aglutinado en una asociación con personería jurídica propia. Dicen que rechazaron la posibilidad de convertirse en una ADESCO ante el pensamiento de que las áreas comunes construidas por ellos pasarían a la administración de la Alcaldía de San Salvador. Y para gente como Valdez, quien ocupa el puesto de dirigente honorario, es un trabajo sin fin. Uno que hacen, sin embargo, con pasión.

“Nosotros veníamos de mesones donde estábamos hacinados, de cuartuchos, de cualquier lugar que usted se pueda imaginar. Cuando vinimos aquí, vimos este sitio lleno de zonas verdes, con los servicios más o menos cubiertos, lo vimos como si fuera, digamos, la Escalón”, dice Ricardo.

Por sus características, que la hacen distinta al resto de colonias en la zona, la Málaga ha sido elegida por la Universidad Tecnológica para convertirse en la primera comunidad en la que ese centro de estudios colabora de manera profunda, poniendo a disposición de la comunidad las habilidades de sus estudiantes y profesionales.
Esta tarde de agosto, parece que toda la colonia ha decidido reunirse dentro y en torno de la casa comunal. Afuera, la orquesta del Centro Penal La Esperanza toca piezas del repertorio tropical para que habitantes y las autoridades de la universidad pasen un rato ameno. Adentro, decenas de personas han conformado mesas redondas, donde tocan temáticas como el manejo de la basura, el mantenimiento de las zonas verdes, el consumo de alcohol, la vulnerable seguridad que siempre hay que defender.

Habitantes de la colonia Málaga.

Discuten y dan ideas sobre lo que se podría hacer, lo que se está realizando de forma errónea o incompleta, como la ausencia de pasamanos en algunas gradas de paso en la colonia, que hacen difícil que un anciano pueda transitar por ahí sin el miedo a caerse.

Roberta Molina es una de las integrantes de la asociación directiva de la Málaga. A pesar de que no vivió aquí en su infancia, visitaba a sus abuelos cada vez que podía. Siempre le gustó la mística de la colonia, de conocerse todos, de ayudarse todos.

Decidió conseguir un apartamento alquilado dentro de la colonia cuando se convirtió en madre. La seguridad que le ofrecía ese espacio significaría que su hijo tendría la oportunidad de desarrollarse sanamente.

“Quería un mejor futuro para mi hijo, que creciera como un niño normal y no reprimido. Allá donde vivíamos, no tenía la libertad de dejarlo salir. El niño se me comenzó a hacer bien cohibido. Yo quería que fuera un niño normal, que creciera como yo crecí, que tuviera la libertad de salir a jugar con otros niños”, comenta Roberta. Al separarse de su esposo, ella emigró a otro sitio, pero ha continuado siendo parte de la directiva y sueña con algún día poder volver.

Esta tarde, a Roberta se le ve angustiada, ocupada en que cada aspecto del evento salga bien. Abajo, frente a la tarima en la que reos en fase de confianza tocan, Rami Rabinovich y Elías Soae Freue bailan a pesar de que el sudor ya les ha empapado la camisa.

Los dos expertos vienen de una realidad muy distinta a la salvadoreña. A pesar de que nacieron en Argentina y hablan perfectamente el español, ahora viven en Israel y cuentan con esa nacionalidad. Ese país es uno de culturas muy heterogéneas, donde el principal obstáculo a vencer es el miedo al que es culturalmente diferente. Pero no hay comunidades asediadas por grupos criminales.

Están en El Salvador como parte de una capacitación en comunitarismo y en aplicación de Policía Comunitaria, como lo han hecho en otros países de Latinoamérica.

Rabinovich es un experto en la creación de comunidades, en la solidificación de lazos entre vecinos. Habla rápido y seguro, a pesar de que admite que nunca antes había tenido contacto con El Salvador. Solo a través de las lecturas ha tenido una idea de cómo es una comunidad en este país, y en esta ciudad, San Salvador, que proyecta una tasa de 105 homicidios por cada 100,000 habitantes para este año, según datos de la PNC.

Rabinovich dice que no tiene recetas, que cada comunidad es un mundo aparte, que solo quien vive dentro de ella conoce sus necesidades. Pero, sí, existen principios para realizar el trabajo. El primero de ellos es delimitar el terreno, saber que solo se puede trabajar con poblaciones pequeñas. El israelí habla de cifras no mayores a 5,000 personas.
Luego apunta a la importancia de que cada persona adquiera, después de un proceso educativo, un sentimiento de pertenencia, de compromiso y significación con respecto de su comunidad.

Actividades. En la colonia hay actividades impulsadas por sus mismos habitantes, como clases de fútbol y de danza. La idea es que cada quien aporte lo que sabe.

“¿Qué pasa con los chicos que buscan la pandilla? Están buscando exactamente eso. Pero como en su comunidad no existe, tratan de encontrarlo en la pandilla, la que los acoge y les da justamente eso, aunque con un propósito delictivo. Construir ese sentimiento con respecto a la comunidad es, realmente, un trabajo de prevención”, comenta.
A Rabinovich le parece ejemplar el caso de la Málaga. Según datos de la PNC, actualmente no hay ni un solo habitante que esté perfilado como pandillero que viva dentro de la colonia. También los índices delincuenciales se han desplomado: apenas un reporte de robo en todo el año.

Para Rabinovich, el trabajo comunitario debe estar integrado por cuatro ejes: la comunidad misma, los líderes, las autoridades gubernamentales y la sociedad civil o, como se puede entender, la empresa privada. En el caso de la Málaga han sido diferentes organizaciones las que han decidido brindarle su apoyo a través de los años; entre ellas, Glasswing, USAID y FEPADE. Esta vez se pretende que el actor que ocupe ese puesto sea la Universidad Tecnológica.
Elías Soae Freue es un expolicía de Jerusalén. Estuvo en la corporación 30 años, 10 de los cuales los dedicó al tema de Policía Comunitaria. Un trabajo realmente de excepción: de 35,000 agentes que conforman toda la plana de la institución, solo 360 corresponden a esa categoría.

Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los edificios D y E, dañados durante los terremotos de 1986. Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Pero ¿qué es un policía comunitario? Es un profesional que debe formar parte integral de esa comunidad, que cada uno de quienes están en su jurisdicción conozca su nombre, que tengan su número de teléfono y la confianza de consultarlo. Su función es resolver, sobre todo, pequeños problemas, aquellos que para el agente común podrían parecer una pérdida de tiempo: discusiones de vecinos, peleas de muchachos, etcétera. Por eso, un solo policía comunitario puede ocupar un puesto para una población de varios miles de habitantes. Elías habla de la realidad de su país, Jerusalén.

Inhabitables. Dos edificios de colonia Málaga fueron declarados inhabitables después de los terremotos de 1986. Sin embargo, todavía hay personas que viven en sus apartamentos.

En El Salvador, es bastante difícil que una comunidad, al menos no una por debajo del umbral de la clase media, cumpla con las condiciones para que exista un policía comunitario como el que describe Elías. En la colonia Málaga existe, actualmente, algo que se le quiere parecer.

Los cinco policías que conforman el puesto han sido invitados a integrarse a la comunidad. Así, no solo realizan patrullajes o cualquier otra labor represiva, también colaboran en labores de limpieza, asisten a las reuniones de la directiva y, como el policía de apellido Pérez, participan en los eventos; en esta ocasión, Pérez pone su voz para cantar.

“Esto no lo había podido vivir en ninguno de los lugares en los que había estado antes. Es algo que no es muy común. Para decirle que yo no conozco el nombre de los policías que viven cerca de mi casa”, comenta uno de los agentes, quien escucha desde el puesto policial la música que nace en la casa comunal.

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PERO EL PELIGRO siempre está latente. Si bien la Málaga es un remanso en el barrio Santa Anita, la violencia no le es totalmente extraña. Hace tres años, por ejemplo, el puesto policial de la colonia fue atacado por pandilleros de las zonas aledañas.

La sensación para los habitantes, por lo mismo, no es de certidumbre total. Este es el comité de ancianos, un espacio dentro de la colonia donde personas de la tercera edad pueden reunirse para pasar el tiempo. Lo hacen todos los miércoles por la mañana. Hacen rifas y toman café.

También hablan de lo sucedido hace un par de años, cuando un joven fue asesinado en una de las canchas de la colonia, en pleno día y en medio de un torneo relámpago, con una multitud de niños en el lugar. O de otro homicidio que sucedió justo detrás del edificio de una de las señoras que platican. El hecho la obligó a colocar grandes cortinas en sus ventanas: piensa que ver algo que no le conviene puede convertirse en una sentencia de muerte para ella o uno de los suyos.

Pero se tratan, en efecto, de hechos ocurridos hace un par de años. Según una de las vecinas, eso, que ya no hayan ocurrido más homicidios y otros hechos violentos, es el efecto de haber corrido de la colonia a aquellos que estaban perfilados como pandilleros o simpatizantes. La comunidad y las autoridades se unieron para identificarlos y obligarlos a salir.

“Es que no íbamos a dejar que dos o tres se quedaran con el dominio del territorio. Si los otros somos más de 1,000”, comenta. En la Málaga ha habido, en los últimos tiempos, operativos en los que se ha capturado a pandilleros. Sin embargo, según agentes del puesto policial, se trata de personas que han llegado a refugiarse en un centro de rehabilitación de alcohólicos, que se ha convertido en un verdadero problema de salubridad: en un solo apartamento de 20 metros cuadrados llegan a dormir hasta 50 personas. Ninguna de ellas es de la colonia.
Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los dos edificios D, dañados durante los terremotos de 1986.

Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Sin embargo ahí sigue viviendo la gente. Ese es el caso de Ana Gloria Chacón. Es la hija de uno de los trabajadores que estuvieron en la construcción de estos edificios hace más de 60 años. Se crio aquí, en un edificio ubicado en otra zona. Cuando alcanzó la madurez, se fue a otra parte de la ciudad, a una comunidad a la que sus ingresos le permitieron llegar.

Allí tuvo a sus hijos. Decidió salir de allí cuando a uno de ellos lo golpearon miembros de una pandilla. Solo se le ocurrió volver a su Málaga. Pero el único edificio con apartamentos disponibles era el D, el declarado inhabitable.
“Somos conscientes de ese peligro, de que esto se nos puede venir encima en cualquier momento. Pero preferimos esa incertidumbre a la otra. Aquí nos sentimos seguros”, comenta Chacón.

Evento. El expolicía israelí Elías Soae Freue posa en la foto de arriba con habitantes de la colonia en el evento realizado el 14 de agosto. En la de abajo, custodios vigilan a los reos de la orquesta.

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EL 7 DE SEPTIEMBRE, la Málaga cumplirá 62 años de existencia. Para ese día, los vecinos planean una fiesta, a la que también asistirán decenas de malagueños residentes en el exterior. Ese es uno de los principales orgullos de sus habitantes: que aquel que se va se sigue sintiendo parte de la comunidad. Por eso, cada año reciben donativos desde el extranjero para la realización de obras.

Ricardo Valdez, el directivo honorario, remarca el hecho y hace un recuento de todas las personas ilustres que han vivido en los edificios de la Málaga: Tonatiuh Ramos, campeón panamericano de natación; Esteban Servellón, director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. Hace una pausa y mira el enorme mural que decora uno de los edificios de la entrada de automóviles.

Allí están, dice, dos de los mayores orgullos de la colonia, aquellos con los que se puede identificar cualquier malagueño. Una de ellas es la maestra Juana Linares, quien enseñó a leer a muchos niños de la Málaga y los alrededores durante décadas; el otro es Gilberto Orellana, quien dirigió la Orquesta Sinfónica de El Salvador durante 30 años. Jenny Sánchez, su nieta, se emociona al recordarlo y al remarcar el cariño que sus vecinos le tienen a su memoria.

Casi todos en la Málaga, dice, lo conocen, saben de sus logros y sus valores. Eso se comprueba con un rápido sondeo a habitantes que, por azar, pasan junto al mural. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, repiten.
Roberta Molina, la dirigente que ahora vive en otro lugar, fue una de las elegidas para asistir a las capacitaciones de los expertos israelíes en la Universidad Tecnológica. Fueron pocos días, dice, pero ha podido sacar en claro algunas lecciones: que lo más importante es hacerle entender a cada habitante de la comunidad que debe ser parte activa para solucionar las deficiencias del lugar donde viven, no esperar a que las directivas se encarguen en soledad. Dice que, actualmente, solo un 40 % de toda la Málaga participa en alguna actividad. “El resto descansa en la apatía”, bromea Roberta.

El proyecto de la Universidad Tecnológica todavía está en pañales y no ha habido más actividades que las iniciales, que aquel evento en el que conformaron mesas redondas con la presencia de los expertos israelíes. A Roberta se le pregunta sobre las expectativas de esta nueva experiencia, de algo que, de alguna forma, continúa con su tradición.
“Estamos contentos de que nos eligieran, pero no estamos atenidos a eso. Vamos a seguir siendo lo que somos, orgullosamente malagueños, con ayuda o sin ella”, dice Roberta, con una sonrisa retadora, mientras vuelve a ver, de reojo, los murales de sus mayores.

Familiaridad. Muchas de las personas que habitan los edificios de la colonia lo han hecho durante casi toda su vida. Por eso la identificación con los inmuebles es una de sus marcas distintivas.

20,000 embarazos adolescentes: una plática pendiente

Prevención

Cuando Celia quedó embarazada, tenía 17 años y estudiaba bachillerato. Decidida a graduarse, siguió asistiendo a clases hasta que llegó la fecha cercana al parto. Tras dar a luz un día de agosto, cambió horas en un pupitre por una cuna durante lo que pensó como un descanso o una adaptación. Cuando su hijo ya tenía seis semanas de edad, intentó regresar a su vida de estudiante y no pudo: “Los maestros no me quisieron ayudar, ni recibir, nada, para poder terminar mi bachillerato. Entonces me tocó repetir el año”, dice hoy, cinco años después.

En 2017, el embarazo adolescente fue causa de deserción en 238 centros escolares, de acuerdo con los datos del Observatorio del Ministerio de Educación. El silencio, en términos de educación sexual, no ha sido efectivo para evitar los embarazos precoces. Solo el año pasado 19,236 niñas y adolescentes se inscribieron a controles prenatales en el sistema de salud público. Las edades de esas madres jóvenes iban desde los nueve hasta los 19 años.

A pesar de que la cifra de embarazos adolescentes es alta, el Ministerio de Educación no ha logrado establecer un mecanismo para medir la magnitud del problema. “Hay que tener en cuenta que en los centros escolares hay un gran subregistro sobre el tema de deserción por embarazo. La mayoría se va y a veces no sabemos que están embarazadas”, dice una funcionaria de ese ministerio, desde su oficina en el centro de San Salvador.

“El Órgano Ejecutivo, en el ramo de Educación, deberá incluir la educación sexual y reproductiva como parte de sus programas, respetando el desarrollo evolutivo de los niños y adolescentes”, mandata el artículo 32 de la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia (LEPINA). Y aunque la orden de la ley es clara, está lejos de ser una realidad para la mayoría de estudiantes del sistema público de educación.

Hasta el final del año lectivo 2017, solo el 27 % de escuelas contaba con planes de educación sexual. Y ni siquiera los profesores de las escuelas están capacitados por el ministerio para brindar formación en estos temas: de todo el plantel docente a escala nacional, solo el 7.8 % ha completado un curso básico en educación integral de la sexualidad.

Más casos. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos en niñas y adolescentes se tuvo, de acuerdo con un estudio publicado en 2015.

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NI EN LA ESCUELA NI EN LA CASA
“Todos los niños y adolescentes, de acuerdo con su desarrollo físico, psicológico y emocional, tienen el derecho a recibir información y educación en salud sexual y reproductiva, de forma prioritaria por su madre y padre”, dice también la LEPINA. Ese derecho no es una realidad para un gran número de adolescentes, como Celia.

Ella estudió en el sistema público desde que iba al kínder. Es de un pueblo del occidente del país y creció rodeada de primos, tíos y clientes del pequeño puesto de comida de su mamá. Ayudó desde niña en el negocio familiar y, además, en el cuido de sus dos hermanas menores.

A pesar de que su hogar siempre estaba lleno de ruidos y tránsito de gente, ella cuenta que nunca escuchó que le hablaran de relaciones sexuales y de cómo protegerse de un embarazo o de una enfermedad sexual. No tuvo orientación en su centro escolar ni en su hogar, y ahora cree que quizá, de recibir algún tipo de formación, su historia habría sido diferente: “A la escuela nunca llegó una enfermera a explicar cómo planificar. Yo creo que si uno tuviera más información de eso, habría más cuidado en todo”, dice.

Los embarazos adolescentes en El Salvador no escasean. En promedio, 69 niñas o adolescentes quedaron embarazadas cada día en 2015, es decir, un embarazo de menores cada 21 minutos. Así se registró en el Mapa de Embarazos en Niñas y Adolescentes en El Salvador 2015. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos de niñas y adolescentes se tuvo. Por el contrario, en los municipios de San Antonio Los Ranchos y El Carrizal, en Chalatenango, no se registró ninguna menor embarazada durante el tiempo en el que se realizó el estudio.

Como Celia no pudo reincorporarse al sistema regular de clases, se integró al sistema de educación flexible. Así empezó a ir a clases solo los domingos. El bebé no paraba de llorar cuando se separaba de su mamá y algún familiar terminaba llevando al niño a las clases para que le diera pecho. Aun con el bebé en brazos, logró graduarse de bachiller. El papá de su hijo, quien antes fue su compañero de escuela, siguió estudiando con regularidad y en la universidad. Celia no.

“El embarazo adolescente implica la pérdida de oportunidades educativas, es una limitante para que las adolescentes puedan desarrollar su potencial como agentes productivos y sociales, y es un factor condicionante de la perpetuación de la pobreza”, sostiene un informe del año pasado del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

Que las adolescentes se mantengan en la escuela es prioritario para romper círculos de pobreza. Pero, a veces, las trabas las colocan las personas que, en el mejor de los casos, deben ir abriendo camino. Por ejemplo, en algunos colegios y escuelas se tiende a “esconder” a la adolescente embarazada y se expulsa, explican en el MINED. Así que dicho ministerio cambió la Ley General de Educación en 2011 para especificar que es “falta muy grave” discriminar a una estudiante embarazada o lactante.

A pesar de que la LEPINA brinda a los padres el derecho primario de educar a sus hijos en sexualidad, eso no se cumple en todos los casos. “Ni mi papi ni mi mami hablaron de eso conmigo”, dice ahora Celia, cuando ya su hijo ha ingresado al mismo sistema de educación pública que fue insuficiente para ella.

Enseñanza. El objetivo del programa que tiene el MINED es comenzar en parvularia a decirle a los niños cómo funciona su cuerpo y cómo son las relaciones adecuadas con otras personas.

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¿CÓMO INTENTA ASUMIR EL ESTADO?
En 2008, El Salvador firmó un pacto llamado “Prevenir con educación”. Entonces, los ministros de Educación y de Salud en Latinoamérica y el Caribe acordaron que la prevención era el camino que se tomaría ante el avance de la transmisión del VIH.

Así, se asumió el compromiso de “fortalecer estrategias intersectoriales de educación integral en sexualidad”. Ese pacto marcó también el enfoque que esa prevención debía tener en las escuelas públicas. “Esta educación incluirá aspectos éticos, biológicos, emocionales, sociales, culturales y de género”, se puede leer en el documento.

Así, se inició de un proceso de actualización del currículo nacional de clases y se creó el Programa de Educación Integral de la Sexualidad, (mejor conocido como EIS), de acuerdo con Yeni Rivas, oficial de Género del MINED. Rivas es titular de la unidad que tiene por función velar que se cumplan criterios de equidad en el ministerio y, además, trabajar en temas relativos a la enseñanza de la sana sexualidad.

La EIS está diseñada para ser un eje transversal de otros temas que ya se aprenden en la escuela. Este incluye hablar de relaciones interpersonales sanas, explicar temas de autoestima, autocuido y el respeto por el propio cuerpo. “Tenemos que tener claro que la educación integral de la sexualidad no es hablar de cosas eróticas. Cuando se empieza a hablar de la EIS, se habla del tema emocional, del tema cognitivo y se tiene que hablar del tema biológico porque es parte de la sexualidad”, comienza por explicar Rivas.

Ella sostiene que es posible educar en estos temas desde temprana edad: “¿Cómo se puede enseñar EIS para parvularia? Usted a sus niños les tiene que enseñar que tienen órganos, ahí empieza el conocimiento de su cuerpo, en llamar a su cuerpo por el nombre”.

La oficial de Género asegura que con estos temas es posible afectar positivamente al niño y adolescente. Así, según Rivas, el niño aprende que su cuerpo es íntimo y nadie debe tocarlo si él no lo desea. Y además, conoce los cambios que suceden o sucederán en su cuerpo.

En El Salvador hay más de 45,000 profesores en centros escolares, y el Ministerio de Educación solo ha podido formar a 3,571 docentes en un curso básico de sexualidad. La cifra es baja, considerando que los cambios curriculares no pueden ponerse en práctica y presentarse al adolescente si los maestros no entienden los temas. Esos más de 3,000 profesores fueron formados en un curso de 200 horas presenciales entre 2013 y 2016, asegura el ministerio.

Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

Los temas que la EIS plantea son necesarios para estudiantes, pero al socializarlos con los maestros, las autoridades del MINED se dieron cuenta de que, en algunos casos, ni siquiera los docentes tenían conocimientos básicos de anatomía. “Es duro que un docente no sepa que hay órganos genitales internos y externos”, admite Rivas.

Quienes han sido formados solo representan un 7.8 % del total del plantel a escala nacional. Además, el ministerio ha creado planes para educar en el tema a los padres de familia, pero el avance aún es limitado. Y a pesar de que el 58.9 % de las escuelas afirma que conoce sobre la actualización del currículo de educación que incluye temas de sexualidad, solo 27 de cada 100 centros escolares cuenta con planes o programas de este tipo.

“¿Cómo ampliamos la educación integral de la sexualidad a escala nacional?”, pregunta Rivas, y ella misma se responde con una negativa: “No hay presupuesto. Si hubiera una ley, talvez hubiera una designación presupuestaria al tema”, comenta.

Hace más de un mes, un grupo de mujeres presentó un anteproyecto de Ley en Afectividad y Sexualidad Responsable a la Asamblea Legislativa. La propuesta tenía cuatro páginas y planteaba que todas las escuelas deberían estar obligadas por ley a brindar un programa de este tipo. En el anteproyecto, la educación en afectividad y sexualidad responsable fue definida como “la articulación de aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos que, bajo un marco de respeto a los derechos humanos, priorice la eliminación de la cultura de la violencia”.

Dicha propuesta no presentaba los contenidos a enseñar, sino que sugería que se creara una comisión especial conformada por el Ministerio de Salud, el de Educación, la Secretaria de Inclusión Social y el Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia, y que esas instituciones definieran las temáticas que estudiarían los niños desde primer grado hasta bachillerato.

A pesar de que en un inicio el anteproyecto tuvo el apoyo de algunos diputados de ARENA, GANA y PDC, el día que fue presentado ante la comisión de cultura y educación, fue archivado de inmediato. No se discutió su contenido ni las motivaciones de las personas que lo respaldaron.

El anteproyecto de ley y el programa actual de la EIS –que aún no es implementado en la gran mayoría de escuelas– coinciden en la necesidad de construir inteligencia emocional en los adolescentes antes de que se encuentren sorprendidos por los cambios hormonales de su cuerpo.

Para explicarlo, Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

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UNA DEUDA HISTÓRICA
Intentar educar en sexualidad no es algo nuevo. El recorrido viene desde, al menos, hace 20 años. Hace casi dos décadas se intentó hacer circular por las escuelas los libros titulados “De adolescentes para adolescentes, manual de la salud sexual y reproductiva”.

La idea de la creación de estos manuales surgió en 1997 tras un estudio de la Organización Panamericana de la Salud que evidenció las carencias de información para menores en este tema. El proyecto fue respaldado por el MINSAL y se pensó como un documento que le hablara directamente a los jóvenes. Pero al ser los primeros de su tipo, los manuales fueron controversiales desde su realización hasta su lanzamiento.

“‘¿Y si para representar los órganos sexuales, en vez de dibujar un pene, dibujamos un pepino?’, dijo la doctora, y se armó esta discusión solo para saber si podíamos hacer una ilustración de un pene o no en un libro de educación sexual”, cuenta, desde una cafetería, Otto Meza. Él es uno de los ilustradores que hace 20 años fueron los encargados de hacer los dibujos de estos manuales. Esta tarde, él asegura que los dibujos que hacía se sometían a discusión con el Ministerio de Salud y que dos décadas después aún puede recordar los comentarios de algunos profesionales de la medicina.

Al final, Otto Meza sí fue autorizado para dibujar órganos genitales. Ese manual estaba dividido en tres grandes áreas que intentaban explicar a los jóvenes qué significaba el afecto y el consentimiento.

La primera área estaba titulada “Adolescencia”, y ahí se explicaba en qué consiste esa etapa de la vida y los roles del joven en la sociedad. En la segunda parte, llamada “Sexualidad”, se abordaban temas como “¿Qué nos puede pasar si tenemos relaciones sexuales sin estar preparados?”, y se enunciaban diferentes orientaciones sexuales. En la última parte del libro, referente a salud sexual y reproductiva, se describía cómo se desarrolla un embarazo, métodos anticonceptivos y se ilustraban los diferentes tipos de enfermedades sexuales que existen. Los manuales fueron retirados en julio de 2000. Habían sido impresos solo siete meses antes.

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SI LA ESCUELA NO LO HACE, ¿QUIÉN EDUCA EN SEXUALIDAD?
“En las redes sociales, más que todo”, responde Kenia Mena, de 16 años, cuando se le pregunta dónde aprenden sus amigos sobre sexualidad. Kenia estudia en un colegio privado católico, viene de una familia con padres profesionales y dice que en su casa siempre le han dicho que si empieza su vida sexual, debe ser cuando ella “ya esté estable” en su relación, y que si en algún momento lo quisiera probar, se tiene “que proteger”.

Kenia ha tomado el consejo y dice que se siente en la confianza de preguntarle algunas cosas de su cuerpo a sus padres. Los dos son psicólogos y comprenden que no hablar del tema sexual con su hija puede tener efectos contraproducentes. Kenia asegura que tiene amigos a los que sus padres les han prohibido hablar de orientación sexual y eso hace que esas realidades sean percibidas como algo malo o tabú.

Si en la casa de los adolescentes algunos temas están vetados de ser discutidos y en las escuelas ni los mismos maestros se encuentran formados, los esfuerzos de orientar en sexualidad se ven relegados a organizaciones no estatales o a iniciativas personales. Por ejemplo, varios estudiantes graduados de un centro escolar católico de Santa Tecla aún recuerdan a una maestra que cierra puertas y ventanas de los salones para explicar formas de prevenir embarazos sin que la monja directora se entere, es decir, a escondidas.

Y, a veces, la información viene de grupos inesperados. Por ejemplo, Kenia se congrega en un grupo de jóvenes católico liderado por laicos. “Es un movimiento religioso, pero es de un grupo limitado… solo van los que quieren. Ahí sí me enseñaron cómo se pone un condón, en una zanahoria”, afirma, sin risa ni morbo.

El Salvador tiene una estrategia nacional de prevención de embarazos adolescentes que fue lanzada el año pasado y espera reducir drásticamente el número de madres precoces durante los próximos 10 años. Uno de los pilares en los que se pretende ejecutar esta estrategia es la educación. En ese documento se puede leer que la diferencia entre las niñas y adolescentes que terminan embarazadas y las que no “radica en la medida en que las personas adolescentes y jóvenes confronten la exposición sexual con información científica y veraz, acorde a su edad y cultura, de tal manera que puedan ejercer una decisión responsable”.

Deserción. Quienes más oportunidades pierden con un embarazo precoz son las niñas, pocas regresan tras el parto a retomar sus estudios.

El obsoleto sistema de ANDA condena a comunidades a vivir sin agua

Antiguo. Las cantareras eran comunes en las décadas pasadas como respuesta del Estado a comunidades pobres. En ANDA tratan de no seguir con la práctica. Pero aún existen algunas, como esta ubicada al pie del tanque de Chanmico.

Una pregunta lo había inquietado desde hacía muchos años: ¿por qué el agua le caía todo el día a los vecinos del otro lado de la calle y a él no? A Marcos Campos, como a todos los habitantes del pasaje Méndez de San Antonio Abad, se le hacía extraño que, viviendo en la misma comunidad, la diferencia en el servicio fuera tan extrema.
A ellos el agua les llegaba a cuentagotas. Y cada jornada era una especie de ruleta rusa, de rezar porque ese día fuera el bueno y que cayera un tímido chorro por dos o tres horas.

Lo suficiente para llenar lo que se tuviera a la mano. Los más afortunados, como Marcos, construyeron amplias pilas o acondicionaron tanques para poder acaparar más líquido; otros, como los vecinos de las casas de arriba, se tuvieron que conformar con depender de un mosaico multicolor de recipientes de plástico: barriles, baldes, cántaros, botellas, guacales. Cuando no caía, estos mismos recipientes servían para traer el agua que se compraba a los habitantes más afortunados del otro lado de la calle.

Para saber a ciencia cierta por qué Marcos y sus vecinos tenían un servicio tan deficiente por parte de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), hay que entender la manera en la que llega el agua hasta su casa, el paso previo antes de que arribe a la tubería que se conecta a tu contador. Se trata de un tanque.

Los hay de todos los tamaños, dependiendo de la población a la que abastezcan. En el caso de Marcos y los suyos, la escasa agua recibida provenía de uno ubicado en la calle Mano de León, en San Antonio Abad.

A través de una enorme tubería que trae agua bombeada desde muy lejos, el tanque se llena hasta el 100 % de su capacidad. Aproximadamente a las 4 de la mañana (la hora puede variar) este se abre para comenzar a abastecer al sistema de tuberías, lo que se hace exclusivamente gracias a la gravedad.

El recorrido del agua comienza justo en las instalaciones de SERTRACEN, ubicadas entre la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo Segundo. Sigue subiendo hasta la Bernal, muy cerca del Hospital Militar, donde el servicio es constante y de calidad. Luego abastece a todas las comunidades y colonias que nacen del bulevar Constitución. El agua va colmando, poco a poco, todo el sistema, hasta que llega el turno de lo que está en la 75.ª avenida norte y más allá. Es el final de este circuito de cañerías.

En este sector está el pasaje de Marcos. Un hombre que se había acostumbrado a la escasez. Y quien había tenido que recurrir a sistemas alternativos para tener el agua suficiente. Los días de lluvia sacaba sus barriles para llenarlos. Y cuando un miembro de su familia se bañaba, el agua jabonosa no se iba por el drenaje, sino que se acaparaba en un recipiente. Ambas reservas servían luego para regar las plantas del patio o para impulsar los desechos en el inodoro.

Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando el tanque se vacía en un 80 %, las válvulas se cierran y ya no se deja correr más líquido. Es entonces cuando se comprueba que el sistema está colapsado, cuando no puede abastecer con eficiencia a todos sus usuarios. Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta, en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando esto ocurre es que gente como Marcos ve salir, literalmente, solo aire de sus chorros. Es la certidumbre de que ese día no será posible lavar la ropa que ya lleva días pendiente. Y que si no vuelve a caer y las reservas de la pila se terminan, será necesario recurrir a los familiares o comprarle a los vecinos más afortunados, a los que sí les cae el agua, al otro lado de la calle. Marcos sabía que a sus familiares en la calle Mano de León nunca dejaba de caerles el agua. A ellos recurría para llenar cántaros y recipientes en su pequeño automóvil.

“A veces íbamos para allá y veíamos a la gente botando el agua, lavando la acera, o los carwash que no escatiman en nada para lavar los carros. Y uno aquí, casi a la par, sin agua. Hay cosas que uno no se puede explicar”, dice Marcos.
ANDA no es una institución capaz de cubrir a toda la población. Por esto en muchas partes del país, sobre todo en el área rural, la misión ha recaído en juntas de agua, pequeñas entidades donde los mismos vecinos de la comunidad se encargan de llevar el líquido desde un nacimiento hasta los hogares, y de darle mantenimiento a la red. Algunas experiencias han durado décadas, como las de las asociaciones de Izalco. Allí saben que se trata de un recurso finito. Por eso han establecido un número limitado de mechas a conectar.

“Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comentó hace unos meses la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que abastece a Izalco. Las mismas que están preocupadas por la promulgación de una ley de agua, una que temen porque es posible que le dé a entidades privadas la facultad de administrar, también, su agua.

La mayor parte de tanques de ANDA en el Gran San Salvador están colapsados: la cantidad de unidades habitacionales (o servicios, el sitio donde se ubica un contador individual) supera a aquella a la que, técnicamente, está destinada la capacidad en metros cúbicos de los tanques. Y no ha habido más inversión en nuevos en esta zona, la más poblada del país, al menos desde 2008, según el detalle de licitaciones para la construcción de este tipo de estructuras en la web COMPRASAL, la web en la que el Gobierno salvadoreño publica la mayor parte de sus licitaciones y contratos.

Aunque la insuficiencia tiene sus excepciones. Para darse una idea, solo hay que revisar las cifras: el tanque de San Benito, que abastece a la colonia del mismo nombre y a otras circundantes, cuenta con una capacidad de almacenamiento de 4000 metros cúbicos, pero solo abastece a 1,238 unidades habitacionales. Una relación de 3.23 metros cúbicos por servicio. En cambio, en el tanque del cementerio de San Marcos, en el municipio del mismo nombre, la relación se invierte: una capacidad de almacenamiento de 107 metros cúbicos para 809 mechas conectadas: 0.13.

Saúl Vásquez es el director técnico de ANDA, uno de los puestos más importantes dentro de la entidad. Justifica estas diferencias por la disparidad de las realidades entre ambos sitios: “No es lo mismo una casa en la San Benito que en San Marcos. En San Marcos puede haber varias decenas de casas por manzana. En la San Benito quizá solo habrá dos. Es una diferencia abismal en el consumo, pero ya eso no es un asunto que nos corresponda a nosotros”.

Comunal. El tanque de Chanmico recibe su agua, bombeada, desde el de San Antonio Abad, ubicado unos kilómetros abajo. Abastece a casi todas las comunidades del cantón capitalino.

El servicio de agua, por ello, es un mosaico de realidades. Algo que se puede comprobar en un municipio populoso como Soyapango: en Bosques de Prusia, el agua cae un día sí y uno no; en El Limón, el servicio es exclusivamente matutino. Eso cuando todo marcha según el plan. Es decir, que la demanda no es mayor que la habitual, la producción menor y que no existen fugas importantes.

Ese es otro detalle: hasta 66 millones de metros cúbicos se perdieron en 2016 en la red de ANDA a escala nacional debido a esta razón, el 34 % de todo lo que se produce. Lo suficiente para llenar 26,400 piscinas olímpicas, o para abastecer a una sola con 1,320 kilómetros de largo. Un buen espacio para que Michael Phelps muestre de lo que está hecho. El director técnico de ANDA, Saúl Vásquez, afirma que este cálculo es todavía muy conservador si se toma en cuenta, también, lo que se pierde en servicios no facturados: 47 de cada 100 litros producidos.

Para Vásquez la debilidad de las tuberías es uno de los asuntos torales por los que ANDA no puede dar el servicio que se deseara, pues una gran parte del sistema está hecho con tubería de asbesto cemento, un material quebradizo que no supera altas presiones, colocado hace ya varias décadas. Es necesario, sostiene, una renovación.

Para mostrar su punto, ilustra lo que se ha realizado hasta el momento en un sector cercano al estadio Las Delicias, en Santa Tecla, donde el problema de abastecimiento en una zona se solucionó con la sustitución de cañerías. Dice que, como entidad, han identificado varios puntos en el Área Metropolitana de San Salvador como los más urgentes para atender. Allí pueden realizar un trabajo similar. Pero el dinero, aclara, se los impide. Toda la operación les costaría $58 millones, según las proyecciones técnicas. Hasta el momento han podido realizar labores por una suma cercana a los $10 millones.

No contar con un sistema de tuberías adecuado, explica, también ha sido un lastre a la hora de mejorar el servicio en algunos sectores, pues las tuberías ceden pronto al aumento de presión. El problema se traslada del desabastecimiento a las constantes fugas.

Otro elemento señalado por Vásquez es el del crecimiento poblacional, pues la demanda no para de crecer. Para hacerse una idea, solo en 2016, año para el que está disponible el último boletín estadístico de ANDA, solo en San Salvador y La Libertad se instalaron 1,543 nuevos servicios de acueductos. La mayor parte de estos provienen de solo dos municipios, San Salvador y Santa Tecla, con 1,168.

La tercera razón sostenida por Vásquez es la falta de inversión, una que se cristaliza en el no realizado plan quinquenal presentado por ellos a inicios del periodo de Salvador Sánchez Cerén, en 2014. Un plan que costaría alrededor de $500 millones. De todo ello, confiesa, solo se ha ejecutado una cifra cercana a los $20 millones. Lo demás continúa en el papel.

 

 

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Aunque no supieran las razones por las que el servicio de agua era tan deficiente en sus hogares, Marcos y sus vecinos en el pasaje tenían una certidumbre, que conectándose a la tubería que surte a los habitantes del otro lado de la calle, sus problemas de escasez se solucionarían.

Se organizaron en una improvisada directiva e hicieron el trámite en ANDA, atizados por una persona que había llegado a construir un mesón en el pasaje, a quien le preocupaba que le costara alquilar los cuartos por la falta de agua. Las vueltas duraron dos meses. Contrario a lo que pensaban, su petición sí fue escuchada.

Manuel Galeas es un técnico de la Administración de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). A su cargo tiene el mantenimiento de la zona correspondiente a San Antonio Abad. Conoce al dedillo al sistema y todas sus enfermedades. A él llegan todas las quejas cuando el servicio falta. Para alguien como Manuel es el pan de cada día: ANDA es la entidad más denunciada en la Defensoría del Consumidor, esa institución creada desde el Gobierno para que cualquier ciudadano pueda, al menos, dejar una queja. Y ha sido la más señalada por lo menos desde 2016. En el primer semestre de 2018, 1,643 personas se acercaron para dejar una reclamación, el 43.72 % del total a escala nacional.

Manuel Galeas, el técnico encargado de la zona, explica por qué fue tan fácil y sin trabas realizar el cambio: la diferencia de presiones entre un lado de la calle y el otro es un asunto de altimetría, aunque el agua tiene, prácticamente, el mismo origen. Desde inicios de la década pasada existe un tanque, que es abastecido a través de bombeo por el mismo de San Antonio Abad, ubicado en un punto más alto, en el sector conocido como Chanmico.

Fue ideado para darle agua a quienes hasta entonces en ese cantón de San Salvador no la tenían. Y la presión es tan fuerte en la calle El Roble porque las casas que para el otro sistema están en el final, para este se ubican en el inicio.

“La fuente era la misma. El problema era la conducción. El agua que ya no les voy a dar de este tanque, se las voy a dar de este otro, pero con una mejor conducción, mejores presiones, mejores horarios. Pero prácticamente el agua es la misma”, dice Manuel Galeas en medio de su jornada de trabajo.

Marcos y sus vecinos del pasaje Méndez pudieron hacer el cambio a mediados de julio, tras apenas dos días de trabajo. La maniobra era sencilla, pues, como una suerte de gemelos, a menos de 1 metro de distancia ambos tubos cruzan bajo la calle El Roble sin juntarse nunca. Que tu contador esté conectado a uno u otro es la diferencia de una vida de privaciones o una donde abunda el agua. El cielo estaba a menos de 1 metro de distancia.

A partir de entonces las cosas serían distintas. Pero antes había que cruzar un valladar. ¿Qué sucede con un miembro que nunca se usa? Inevitablemente se atrofia, sus funciones ya no son las mismas.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

A Ana Méndez incluso le nació un manantial en medio de su cocina. Un retumbo se los advirtió. Bajo la tierra una fuerza cristalina peleaba por abrirse camino hacia la superficie. El agua comenzó a salir del punto donde, sabían, estaban las tuberías. Luego, desde la base misma de las paredes. Más tarde bajó por las escaleras hasta llegar a la pequeña tienda al frente de la casa. La única solución fue cortar el flujo del agua. La paradoja: Ana Méndez, a la espera de que se reparara la tubería, no contaba con el servicio.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

Una nueva inversión nacida de la comunidad le dio solución al problema. Colocaron una válvula para regular la presión. Todo requiere medida, hasta una bendición como el agua.

“Es el cumplimiento de un sueño. Sinceramente yo nunca creí que el agüita completa sería un día una realidad para nosotros. Para qué le voy a decir, ahorita solo palabras buenas tengo para ANDA”, comenta Marcos Campos, satisfecho porque ahora, tanto para él como para decenas de personas, la escasez del agua es una cosa del pasado. No pasa lo mismo con el resto de pasajes en ese lado de la calle, como el Londres y Los Andes, donde deben seguir pagando recibos a pesar de que el agua casi no llega a sus casas.

Tampoco con aquellas personas que viven a la misma altura o incluso más arriba que el tanque de Chanmico. Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga.

 

 

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El tanque de Chanmico, el que permite que haya un fuerte caudal en la calle El Roble y otras comunidades de San Antonio Abad, es una conquista comunal. Si bien pertenece a ANDA, no podría haber existido sin la organización popular.

El agua empezó a llegar por medio del antiguo sistema a las casas del otro lado de la calle El Roble, las que ahora sufren con el servicio irregular, a mediados de los ochenta, en plena guerra civil. Así lo rememora Miguel Cañénguez, uno de los miembros más antiguos de una de las directivas de San Antonio Abad. Pero el servicio no estaba siquiera conectado para miles de familias, forzadas a surtirse en cantareras colectivas, las únicas formas en las que el Estado había querido apoyarlos.

A mediados de los noventa, las pequeñas organizaciones que pululaban por todo el cantón decidieron colaborar para un mismo fin. Sabían que en soledad nadie los tomaría en serio. Fueron 15 directivas diferentes las que se pusieron a trabajar (y a invertir) para que cada familia disfrutara de su agua en este cantón, ubicado a escasos metros de una de las colonias más exclusivas de la capital del país.

Estrategia. En la casa de Silvia Rodríguez, en la comunidad Chanmico, han ideado una manera para captar agua lluvia desde el techo y que esta caiga directamente en la pila.

La asociación incluso compró el terreno en el que ahora se alza el gigante de cemento, en medio de grafitis y maleza. Casi nueve años duró el proceso, entre laberintos legales y peleas internas. También de duro trabajo, de cuadrillas de hombres introduciendo tubos en la tierra.

Increíblemente, el día prometido llegó. Y todos, o casi todos, pudieron contar con agua en sus hogares. También aquellos que la tenían más complicada. Por todo el cantón existen comunidades que viven en terrenos que no son suyos. En medio de esto hay historias de personas estafadas por alguien que se hizo pasar por el dueño de la tierra. Pero incluso ellos ahora tenían agua.

La misma que, según un temor ampliamente extendido entre las comunidades, ahora podría volver a escasear para todos. Es una creencia común pensar que será este tanque el que surtirá a los altos edificios de apartamentos que se están construyendo a la orilla de la avenida Masferrer norte.

Desde la sede de la Dirección Metropolitana de ANDA, el técnico Manuel Galeas hace un ademán de pausa y tranquiliza a los habitantes ante los rumores: por regla general, las nuevas urbanizaciones y grandes construcciones (como el casino y bar inaugurado hace unos meses) deben buscar su agua en otras zonas. Eso, al menos, es lo que él recomienda.

“Aquí le tenemos bastante respeto a esto, porque es la gente la que trabajó para tenerlo. Si bien es de ANDA, nosotros lo consideramos un proyecto comunal”, comenta Galeas. El agua de estos edificios, más bien, saldrá desde un tanque levantado por los mismos constructores de las residencias privadas. Se espera que parte de lo que recoja este tanque se pueda conectar a aquellas comunidades que aún no cuentan con un servicio de agua regular.
Pero no todo es romanticismo un grupo de personas organizadas. Después de que Marcos Campos y los vecinos del pasaje Méndez se conectaron a la red más eficiente, se levantaron voces de alerta. Les parecía impensable que ahora disfrutaran de su agua aquellos que no habían trabajado por ella.

Sin embargo, nuevas mechas se han estado conectando a la tubería desde siempre y a través un método que, según autoridades de ANDA, está en el limbo de la ilegalidad. Para hacerlo, una de las líderes de la directiva solicita a los aspirantes una suma económica. Quien busca cambiar el servicio debe pagar también por quien haga el trabajo manual, o hacerlo él mismo.

En El Salvador, para el agua todavía no hay una respuesta. En el seno de la Asamblea Legislativa, la discusión para una nueva ley se ha prolongado por 12 años. La última gran polémica es el proyecto que plantea que su administración debe estar en un consejo copado, sobre todo, por representantes de la empresa privada. Ha encontrado la suficiente oposición desde el Gobierno y las organizaciones de la sociedad civil para que, de nuevo, no se camine, para que el proceso haya caído en un punto muerto. Mientras, las comunidades seguirán viéndose obligadas a abastecerse de todas las maneras imaginables.

 

 

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Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga. En esta casa de la comunidad Chanmico, en San Antonio Abad, ya hace tres meses que no cae el agua. Silvia Rodríguez carga en sus brazos a su pequeña mientras hace gestos de molestia y señala la pila vacía. Y sobre esta, un curioso mecanismo que representa la desesperación: un tubo la conecta con uno de los canales del techo. Así logra captar cuando llueve un poquito de agua. Un colador suspendido asegura que el líquido no lleve hojas ni residuos.

Y alrededor de este casi inútil rectángulo de cemento, varios baldes guardan el agua que ha logrado ir a recoger desde la cantarera ubicada al final del pasaje, una que el año pasado les habilitó el partido GANA, ávido de votos, para que tanto ellos como los habitantes de comunidades circundantes, como Las Granadillas, pudieran abastecerse.
A Silvia se le mira molesta, casi con los ojos desorbitados. No logra entender por qué, estando tan cerca del tanque de Chanmico, el agua no tiene la suficiente fuerza para llegar hasta su hogar. No sabe que todo funciona con base en la gravedad, que la respuesta simple es que el tanque ya superó su capacidad y no logra generar la presión necesaria.

Uno de sus vecinos, Luis Melara, retira la llave puesta en el chorro colocado fuera de su hogar. Este fue, hace unos años, el recurso que encontraron para tener una fuente privada de agua. Aunque en el límite de su terreno, el chorro les pertenecía totalmente. El agua llegaba hasta allí y no hasta dentro de su casa porque la presión no era capaz de vencer un desnivel de metro y medio.

Retira la llave, pero el agua no brota. Desde hace meses tampoco ha sido su alternativa. También ellos deben recurrir a la cantarera, en la que ahora la sexagenaria Claudia Campos llena, con toda la paciencia del mundo, un recipiente. El chorro es tan delgado que debe ingeniárselas para colocarlo de manera que el líquido caiga adentro. En un momento, este se le vuelve tan pesado que no le es posible seguir con la operación. Llama a su nieto para que le acerque una botella más pequeña, con la cual tratará de llenarlo.

Ana del Carmen Mónico es otra vecina preocupada. En sus más de 60 años de vida, el agua nunca ha sido una necesidad totalmente satisfecha. Vive en la comunidad Las Granadillas, una de las últimas en ser conectadas al sistema. Y una de las que, actualmente, no tienen agua. Dice que tiene meses de conversar con el ingeniero encargado de la zona, Manuel Galeas, quien le ha prometido hacer algo por ellos. Manuel es un hombre con muchas preocupaciones. Sabe que no se trata de algo tan simple, que el problema no solo pasa por sus gestiones. Quizá piense que ANDA debería abrir más pozos, explorar otras fuentes de agua. Lo suficiente para que en una de sus respuestas haya, de veras, esperanza.

Ana se sienta en las gradas al pie de la casa de su vecino. Conversa animada, los ojos puestos en un aire finísimo, casi transparente, donde la vista alcanza a ver más lejos. Allá, reducidos por la distancia, los esqueletos de los nuevos edificios de apartamentos se alzan contra el cielo, que ya ha comenzado a parecerse a la miel. Y los trabajadores son nítidos muñequitos en medio de la labor.

“Esos apartamentos, de seguro, se venderán carísimo. Y yo me preguntó cómo será de tremenda la presión para llegue hasta el último piso, para que el inquilino que vive hasta allá abra su chorro y el agua le caiga. Yo digo que tener esa seguridad de que cuando usted abra su chorro le caiga el agua ha de ser bien bonito”, comenta Ana con la mirada, ahora, apuntando a sus pies.

Altura. Las comunidades que más sufren con la escasez de agua son las ubicadas a más altura. Como la Chanmico, a la que conduce una empinada calle todavía sin asfaltar.

“Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo”

Rubén Martínez, escultor y arquitecto salvadoreño.

Su nombre está ligado a lo monumental. El Cristo de la Paz y el de la capilla de Fátima en San José, Costa Rica, cada uno de 4 metros de altura, nacieron de sus manos, antes robustas. También la iglesia El Rosario, una de las obras de arquitectura salvadoreñas más admiradas en el mundo por su atrevida propuesta, donde toneladas de concreto parecen descansar, simplemente, en el aire.

Este día de julio, el cuerpo de Rubén Martínez contrasta con la envergadura de su obra. Tiene 89 años y hace uno le amputaron la pierna izquierda para detener el avance de un cáncer. Ahora se desplaza gracias a una silla de ruedas que su esposa, Grace, empuja con riguroso amor para llevarlo a la mayoría de espacios de la casa que hace 40 años construyó, repleta de escaleras, para él y su familia. Ir a su taller, por ahora, es casi un imposible.

Y aquí, desperdigadas en estantes y mesas, están pequeñas esculturas, los ensayos de sus grandes obras, como el suplicante José Simeón Cañas que se exhibe en el Museo de Arte de El Salvador. Rubén quiere que esta casa, muy pronto, sea acondicionada para crear su propio museo, la síntesis de una carrera que se ha extendido por seis décadas.

Si bien su cuerpo contrasta con la magnitud de su obra, su voz sigue intacta, amplia y tumultuosa como aquellos ríos donde no es posible dar con las orillas. Con esa voz sostiene esta conversación, llena de irreverencias y reflexiones sobre su propio trabajo y de lo que significa ser artista en un país como El Salvador.

Tiene 89 años.
¿Cómo es la vida de un artista a esa edad?

Una de constante nostalgia. Yo era un gigante, pero el cáncer me ha jodido, me han dado cuatro cánceres y los he logrado vencer. Este era un cáncer (señala el muñón de su pierna izquierda), hasta que lo tuvieron que cortar el año pasado. Hoy del estómago he estado gravísimo, pero no, no era cáncer, tenía E. coli. El estómago estaba deshecho, tengo cinco días de estarme tomando las medicinas, ya no me duele. Hace unos días ni siquiera podía hablar. Pero aun así, como estoy, si tengo el pie, vuelvo a hacer figuras grandes (en agosto de 2017, Rubén se sometió a una operación en la que le amputaron el pie izquierdo desde debajo de la pierna. Está a la espera de poder comprar una prótesis y de que en FUNTER le den el alta para usarla y dejar la silla de ruedas).

¿Hace cuántos años hizo la última pieza grande?

No hace mucho, a Chevo Argueta (empresario Mario Enrique Argueta, fallecido en 2013) hace tres años (Rubén es el autor del monumento dedicado a esta persona, ubicado en el redondel del Árbol de la Paz, en San Salvador).

En ese entonces, ¿estaba bien de salud?

Ah, para nada, me estaban dando radiaciones. Espéreme, me equivoco, el último fue Matías Delgado, se lo dejé a un muchacho, al que había entrenado durante tanto tiempo, para terminarlo. Cuando lo fundió, lo dejó así (inclina el cuello y ladea la boca). Y yo tenía que entregarlo al día siguiente. Le corté, le subí la oreja, le puse un pedazo de bronce y la soldé. Quedó bien, porque no se le hecha de ver nada, quedó perfecta. La remendé. Hay que saber remendar también.

Hay que saber apegarse a la realidad

No hay que sofocarse. Ahora las cosas ya no me salen mal, porque entiendo que todo es lo que es, que nada está mal. Que no hay que morirse porque una escultura no sale como uno la imaginaba. La obra de arte tiene vida propia, fija sus propias reglas. Si usted la somete a su arbitrio, deja de ser una obra de arte. Aunque siempre hay que tratar de controlar lo más que se pueda. Por ejemplo, antes tenía fundidores, ahora fundo yo.

Alguna vez leí que a usted le parece que el momento más triste de un artista es cuando trabaja en una obra con sus propios recursos y, al final, no quieren pagarle.

No, a mí no, a mí siempre me han pagado con relativa prontitud. Quizá solo se han tardado en el tiempo cuando hay que hacer algún trámite. Por ejemplo, en la Alcaldía de San Salvador; la alcaldía cuesta que le pague.

Me imagino que es así en todo el sector público

Pero no me han quedado debiendo. A quien casi no le cobro es a la Iglesia. Una vez me pidieron hacer un trabajo en la iglesia de Cuscatancingo, un padre que a mí me quiere mucho. Pero en lo que lo estaba haciendo llegó otro párroco. Dijo “yo no tengo que pagar eso, porque yo no lo he mandado a hacer”. Y no me pagó. Pero la gente de la comunidad dijo “al arquitecto hay que pagarle”. Empezaron a hacer turnos para recaudar plata, y el dinero de allí venía. Cada cierto tiempo. Hasta que les dije, ya no, ya estuvo. No es necesario que me sigan dando. Me pagaron ellos.

Usted le hizo varios bustos al empresario Pablo Tesak. ¿A cuánto vende un busto como ese?

$6,000 por el primero. Después, con los otros, ya lo rebajé mucho, casi solo lo de la fundición salía. Yo no trabajo mucho, pero cuando trabajo, gano. Bueno, cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo: “¿Me haría a Mauricio?”

¿Quién le dijo?

La Vanda (Pignato). Y yo acepté el encargo. Desde el principio me dejaron claro que él no quería papada. Pero ya para ese entonces estaba bien gordo. Conseguí una foto de cuando él entró a la Presidencia y lo puse riéndose. Lo pensé para hacerlo chiquito, porque se supone que al niño se lo iban a regalar, pero ¡qué diablos! Luego lo pidieron más grande. “Hágaselo al mismo precio”, me dijo mi hija, y lo hice así. Después que yo lo terminé, quería encontrármelo de frente y decirle “¿veá que te gustó lo que te hice?” Porque quería tratarlo así. Pero cuando tuve la oportunidad en un evento al que los dos asistimos, cuando logré verlo, desgraciadamente tuve que ir al baño. Cuando regresé, ya se había ido.

¿Quién hizo el trato con usted?, ¿fue Vanda?

La Vanda. Vino el domingo que estaba trabajando en ese busto, como a las 10 de la mañana, se fue como a las 2. Quería estar presente para cerciorarse de que quedara bien. Se me había subido aquí, encima (hace un gesto señalando su regazo y uniendo los brazos como en un abrazo); y la cartera, que a saber de cuántos miles era, la había tirado en el suelo. Así estuvo conmigo. Y la Granadino (Magdalena Granadino, exsecretaria de Cultura entre febrero de 2012 y mayo de 2014), viendo todo el rato. No me levanté de mi puesto de trabajo sino hasta las 11 de la noche. No me levanté ni a orinar. Porque había que hacerlo y lo metí a la fundición.

¿Cuántas horas se tardó en hacerlo?

Yo lo hago rápido, pero no tanto. Como 15 horas sin descansar. Así trabajo. Es posible que esté enfermo, pero cuando estoy trabajando no me duele nada.

Actualmente, ¿las manos están bien?

Esta (la mano izquierda) no la puedo mover. Pero para modelar sí la puedo ocupar como en mis mejores tiempos. Para darle ese toque delicado a los ojos hay que hacer la pupila bien hechita. Cuando voy a trabajar, las manos no me tiemblan.

 

Rubén toma uno de los recortes de periódico que conserva en un álbum. El que está viendo es uno del año 94, justo después de la realización del Cristo de la Paz y el Monumento a la Constitución, popularmente conocido como La Chulona, que le fueron encargados por la Alcaldía de San Salvador.

 

“El escultor que le está cambiando la cara a San Salvador”, se lee aquí. ¿Cree que ese fue uno de sus periodos más prolíficos?

Puede ser que sí.

 

En otro recorte está el Cristo Resucitado de su viacrucis de la iglesia El Rosario, que forma una figura humana a partir de decenas de trozos de hierro ubicados horizontalmente.

 

El padre Alejandro (Peinador, de los dominicos, quien le encargó la iglesia El Rosario) quería que lo hiciera más moderno. Él me contrató sin saber lo que yo era. Me peleé con ellos, me vine justo después de terminar la iglesia. Porque había un cura que andaba con mujeres, y él me vio cuando yo lo caché. Empezó a molestarme, pero ese cura se fue. El padre Alejandro me vino a traer para que hiciera el viacrucis. Aunque ese padre no era para nada fácil. Él creía que yo era Miguel Ángel y que él era el papa Julio II, y que me iba a poder pegar con una vara. Llegamos hasta a agarrarnos a golpes. Al final le dije que sí, porque yo ese viacrucis hacía año y medio que lo había estado planificando. Es chistoso, pero por las esculturas de ese viacrucis es que soy más conocido fuera del país.

Escultura

¿Alguien le dio ideas para hacerlo?

No, nadie me daba ideas; al contrario, el padre Alejandro nunca me dijo nada. Yo no decía qué es lo que seguía, lo tenía así como Miguel Ángel. “¿Y qué sigue?”… “Espere, ya le voy a decir”. Tenía que estar conmigo, por fuerza. El viacrucis lo planifiqué año y medio, y al final di con el concepto de las manos.

Esa idea ¿cómo se le ocurrió?

¿Qué es lo más expresivo de nosotros? Los ojos. ¿Y después de eso? Las manos. Con las manos uno puede hablar; sobre todo los latinos. Si no tenemos manos, no hablamos de manera completa. Imagínese. De allí fui pensando en cómo comunicar de la manera más minimalista posible. ¿Unas manos a las que les cae agua? Ese es Pilatos. Así fui trabajando. Año y medio, aquí lo tenía (señala las sienes). Cuando vino el padre Alejandro a convencerme, ya todo estaba listo: lo dibujé en día y medio, y en mes y medio lo hice.

Se tardó más planificando que haciendo.

Nunca he estado tanto tiempo pensando en algo.

¿Esa fue la idea original?

Es que yo veía los viacrucis con el montón de cruces. Entonces tenía que hacer algo diferente. Mis amigos artistas y arquitectos me preguntaban que por qué lo estaba haciendo así. Y la gente que llegaba a rezar, la gente humilde, bien entendía; y los cheros míos, instruidos, no. Es que no había necesidad de más, que de manos.

¿La iglesia El Rosario es lo más grande que ha hecho? ¿Por qué no pudo hacer nunca más algo parecido?

No pude. Mis amigos y todos los miembros del círculo de artistas en el país se empezaron a reír y a burlarse de mí. Que era la escalera al cielo, le pusieron miles de nombres. Si se titulaba alguien y me invitaban, no iba, porque me iba a encontrar con ellos y empezaban a molestarme. Hasta que vino un arquitecto de España, y dijo que era una estructura maravillosa. Luego pude ir a trabajar y dejar obra afuera.

De las que están fuera del país, ¿cuál es la escultura que más le gusta?

Es el Cristo, que tiene 4 metros. Está en la iglesia de Fátima, en el barrio Los Yoses, en San José, Costa Rica. El arquitecto Alberto Linner, que era bien chiquitito pero se creía la gran cosa, había hecho una iglesia que solo era el cajón, pero le había puesto, para hacer los moldes, esos bolados de yute. Tenía una textura linda. Decían que la iglesia era tan moderna que no había quién pudiera hacer una escultura acorde.

Esa escultura que está en Costa Rica, ¿cuánto tiempo le tomó?

Tres meses. Me llevaron, les dije que no se podía hacer una escultura tan grande dentro de una iglesia. Me dijeron que me facilitaban el mejor hotel, pero yo tenía que ir. Fui un fin de semana, porque estaba ocupado, y me quedé en el convento. Cuando vi, era una pared enorme. ¿Cuatro metros? ¡Más grande se podía hacer! Me regresé a El Salvador. Como al mes vino el padre a decirme que si no podía hacerlo, no había problema. “Si ya está hecho, ya tengo la estructura terminada”, le dije. Venía a decirme que me relevaban del contrato. Yo he sido bien rudo. Tenía una fuerza terrible.

 

Rubén continúa examinando los recortes, bajo la tenue luz del salón que da al jardín, donde descansan algunas de sus esculturas. La que más destaca es una figura verde, una adolescente que baila en el aire, en un gesto donde el bronce parece tener el don de fluir. La figura, en el plan original de Rubén, debía medir 4 metros y vigilar la Puerta del Diablo. Era un homenaje a la bailarina Morena Celarié, fallecida en el sitio, a la que titularían “El espíritu de la danza”. El proyecto se frustró en 2007, cuando en el Instituto de Turismo decidieron no aprobar el proyecto. El escultor lee el título de otro recorte, esta vez, de los setenta: “Con chatarra y hierro puede un artista construir un bello mundo de arte”. Sonríe, visiblemente satisfecho. Pasa la página y hace referencia a un reportaje más reciente, de la presente década, que lo dejó con un mal sabor de boca.

 

Es que me ponen como un muchacho que está comenzando. Tengo una carrera de 60 años y sigo trabajando. Tengo tanto prestigio que acabo de hacer una escultura y ya me la compraron. Me dijo la persona “no la vaya a vender, me voy para Suiza, al regresar se la compró”. Está en exposición, igual, no la puedo vender.

¿Y en cuánto la da?

En $5,000. Esa escultura la hice por gusto mío. Se llama Othar, es el caballo de Atila, el huno. “Donde mi caballo pisa no vuelve a crecer la yerba”. La figura está pateando el suelo y la pisada es negra, quemada. A esta persona le dije que $5,000. Mi mujer me regañó. “¿Por qué le dijiste tan poquito, necesitamos pisto?” Yo trabajo poco. Dicen que soy muy carero, pero no.

¿Cuál es la obra que más lo ha demandado técnicamente?

Cuando me encargaron La Chulona, yo ya había hecho grandes esculturas, pero solo de hierro; esta tenía que ser de bronce. Y me daban tres meses para empezar la fundida. Hubo un gran pleito en la Alcaldía de San Salvador, porque yo les dije que lo habían hecho todo mal. Después de eso hice todo yo, los planos y todo. Los envidiosos dicen que yo me he aprovechado del dinero del pueblo. ¡Si nunca he cobrado! Los monumentos, el diseño, el sitio urbanístico, los planos, el diseño estructural, siempre me lo han regalado los mejores ingenieros. La dirección de la obra nunca la he cobrado. Solo percibo ingresos por la escultura mía. La Chulona iba a hacerla de 4 metros, pero como había poco tiempo, la hice más pequeña, pero le hice el pedestal bien grande. Tiene 2.80, en vez de tener 4 metros. Eso fue trabajo duro.

Tiene 89 años ya. ¿Quizá le va a ser imposible volver a esculpir?

Para nada. Creo que hoy lo puedo hacer mejor, porque sé más. Entre más trabajo, mejor lo hago. Ya no me voy a poder subir al andamio, pero con una máquina de presión que me permite subir como un elevador, lo puedo hacer.

Cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo “¿me haría a Mauricio?”

¿Espera volver a hacer una obra de 4 metros? ¿Es perfectamente posible?

Sí, cuando tenga el pie (la prótesis de la pierna izquierda).

¿Y cuando ya tenga el pie, es posible que esa obra de 4 metros la haga por iniciativa propia?

No, me la tienen que encargar.

¿Cuántos años cree que le queden de vida?

No importa. Voy a aprovechar lo que me quede. Mis manos y mi cabeza están mejor que antes. Creo que todavía puedo hacer mi escultura más monumental.

¿Dónde se imagina esa obra?

Yo no desvarío, voy siempre a lo seguro; y nunca he fallado. Los fracasos no los conozco. Si algo no me sale  bien, sigo, sigo y sigo. Como con Roberto d’Aubuisson, pasé una semana trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y no podía. Al principio estaba bien, pero después lo perdía. Entonces, me puse a hacer varias cabezas a la vez. Hasta que un día me levanté en pijama y vine a desayunar. Me senté y, de repente, la solución estaba allí, frente a mí. Yo hacía un lado del rostro y lo pasaba hacia el otro, como se hace en casi todos los casos. Lo que pasa es que ambos lados de su cara no son iguales. Después de eso lo resolví rápidamente. Vino su esposa a ver el resultado. Y dijo a llorar y a llorar cuando lo vio, porque era como que hubiera vuelto a la vida.

Usted le hizo un encargo a Mauricio Funes, un busto, y le pagaron por ese busto. No sé si es consciente de que el dinero que a usted le pagaron quizá forme parte de esos fondos que la Fiscalía afirma que él se robó.

No sé. Puede ser robado, puede ser del dinero que él ganó. Yo recibí un pago. No voy a decir cuánto. No tengo bandera política, soy un artista.

¿No importa que el dinero que a usted le pagaron proviniera de las arcas del Estado?

Es que yo lo quería hacer, porque quería sacarme la espina, porque él me dijo que yo era escuadronero y asesino, porque había hecho a D’ Aubuisson. Quería decirle “hoy que te he hecho a ti, ¿qué piensas, qué piensas que soy?” Yo sé que le gustó, porque estaba bien hecho. Era igualito a él, solo que el busto que yo hice quedó más guapo.

Hablando de cosas éticas, ¿qué encargo no aceptaría usted?

Es difícil. Un enemigo mío me preguntó que si haría a Hitler. Sí, lo haría, porque fue parte de la historia. Hitler es un asesino tan grande y todo, pero sí lo haría. No estoy homenajeándolo, sino que mostraría cómo era él. Vaya, al Diablo no lo haría, no, estoy tan cerca de Dios que no podría. A un asesino de esos, sí. Imagínese de Napoleón Bonaparte, ¿cuántas estatuas no hay?

¿A un pandillero, a un narcotraficante le haría un busto?

No, eso sí no, aunque me pagaran miles.

¿Qué piensa de los jóvenes?

Yo los quiero ayudar, pero no se dejan.

¿Cree que la juventud está sobrevalorada?

Estoy de acuerdo. Lo valioso se terminó con el modernismo. Lo que vino después, el posmodernismo, lo arruinó todo. Hemos ido para atrás. En Europa están comenzando a dibujar otra vez. Es que lo abstracto es bien fácil. Yo podía hacer una escultura de ese estilo en una mañana. Pero la figura humana es otra cosa.

¿Alguna vez tuvo un puesto en el Gobierno, le dieron la oportunidad de dirigir algo?

Directamente no, solo he sido director de mis obras. Allí soy rígido. Como dice Roberto Galicia, “se hace como yo digo o no se hace”. Para que voy a darle vuelta. En la iglesia el Rosario, los ingenieros se me fueron. Decían “púchica, ¿qué es esta locura, de concreto, pesado, en el aire?”

Y ya pasó de los 40 años esa iglesia

Cuando la estábamos construyendo, mientras estuvo puesto el andamio, la estructura tenía grietas. Yo les decía “no se preocupen”. Cuando quité el andamio se cerraron, por el peso. Tenía grietas porque el andamio lo estaba halando, pero estaba perfecta.

¿Cuántos trabajadores tuvo en la iglesia?

Hubo un momento en el que habían 200 obreros, como 70 carpinteros. A todos les conocía su nombre, todos sabían qué estaban haciendo. Como yo, sentían que eran parte de algo más grande que ellos mismos. Les agradezco mucho: las grandes obras siempre son colectivas.

¿Hubo alguien que fuera especialmente habilidoso?

Todos. Porque al peón lo hice carpintero y luego jefe de los carpinteros. Albañiles no hacía.

¿Cree que parte de lo prolífico que ha podido ser se lo debe a la fuerza física?

Es la calidad del cuerpo. Que me caiga el agua, que me pase lo que pase. No ve que cuando hice el extremo oriente de la iglesia El Rosario, comencé a las 6 de la mañana de un día y seguíamos a las 6 de la mañana del siguiente, con tres máquinas. Tenía gripe y se vino el agua. Allí todos trabajaban junto a mí. Y el que ya no aguantaba se bajaba de los andamios y le daban café. Cuando estaba bien, subía de nuevo.

¿Y sus trabajadores, se quejaban de ese ritmo?

Todos me seguían, era un líder para ellos. A las 12 venía la carne guisada con tortillas calientes. Ya como a las 5, pupusas. Sabía que eran seres humanos.

¿Y hacía turnos con diferentes grupos de hombres?

No, los mismos.

Fue bastante trabajo físico suyo, no solo intelectual.

Es que yo era una bestia trabajando, rudísimo.

En ese tiempo tenía 37 años.

Es la edad en la que me casé. Una vez estábamos enojados con mi esposa, discutimos y ella se fue. Unos chabacanes de la universidad empezaron a piropearla cuando salió a la calle. Yo vi eso y pegué un salto y los agarré desde atrás, cayeron al suelo y se le rajó el pantalón a uno. Salieron corriendo. Era una bestia.

La iglesia, si bien es admirada, nunca la he visto con una misa repleta de gente.

Sabe qué, los feligreses son de una parroquia, y esa no es parroquia. Mucha gente no llega porque le tienen miedo al centro. Yo les digo que hay un estacionamiento pegado, que no pasa nada. Pero tienen miedo. ¿La feligresía cuál es? La de una comunidad. Allí no hay.

¿Cree que como templo no cumple su función por eso mismo?

La iglesia muy pocas veces se ha llenado. Pero es que, además, es bien grande. Mucho más que la misma Catedral, que costó varios millones. El Rosario se hizo por medio millón de colones.

¿Ese era el presupuesto original?

Es que no había presupuesto, hicimos uno, pero vimos que no se podía cumplir. Entonces cobraba yo el 10 % de todo lo que saliera, casi nada, imagínese, 60,000 colones en 10 años. Mis hijos me dicen que no regale trabajo. Que cobre aunque sea poquito. Hoy me han traído unas esculturas para que las arregle. Les voy a cobrar $35 por cada una. Bueno, por D’Abuisson sí cobré.

Hay una película, “La agonía y el éxtasis”, que cuenta la historia de cómo Miguel Ángel pintó la capilla Sixtina en el siglo XVI. Hay una escena donde el artista, que huye de sus responsabilidades hacia una montaña, vive un momento apoteósico y casi puede ver las futuras pinturas en el cielo. Genuina inspiración ¿Usted tiene momentos así a la hora de trabajar en sus obras?

No tan así. Yo una vez que sé lo que voy a hacer sigo ese camino. Pero nunca me someto a una idea. Una vez en toda mi vida he hecho la idea primero. La idea usted la quiere componer y no se puede. Mi hija me dice “haga dos proyectos, para brindar dos alternativas”. No doy alternativas, porque no quiero que me pidan algo que pienso que no sirve. Doy una sola cosa en la que creo.

¿Cree que su carrera ha sido justa, que tiene el reconocimiento que se merece?

Para nada. Nunca me han reconocido. Hasta que por fuerza los extranjeros lo dijeron. Aquí quieren que yo haga a los panchitos, a los inditos… y cuando yo vengo con una cosa nueva, los curadores no lo aceptan, pues no lo han visto nunca.

Dejando de lado la iglesia El Rosario, ¿qué es lo más atrevido que ha hecho?

Ese Cristo de la Paz, está en el aire. Pesa unas 3,000 libras y está sostenido en un solo punto. El logo que hice para el Banco ProCredit era una cosa de ingeniería muy buena. Era un solo punto de apoyo, si lo pone en otro lado, se revienta. Ahorita lo han quitado porque ha venido otro banco. Querían que les hiciera uno para Alemania.

¿Lo hizo?

No, no, no.

¿Por qué?

Vaya, mira, el Árbol de la Vida que le hice a los judíos, se pusieron locos, vinieron de todas partes a que les hiciera el mismo. No lo hice. Es porque no me repito. Una vez y ya estuvo. Ellos pueden hacer réplicas y venderlas. No copio a nadie. Ni a mí mismo.

¿Qué es lo que más le gusta de su obra?

La iglesia El Rosario, porque allí está plasmada mi idea, está en el aire. La idea que primero se hace tangible por medio del dibujo.

¿Para usted no es algo triste que la obra que más le gusta haya sido una de las primeras que hizo, en su juventud?

No, es que no tuve otra oportunidad. Se burlaban tanto, que yo ya no quise seguir en esto.

¿Se arrepiente de eso?

No, hoy vienen a decirme que yo tenía razón. Mi trabajo lo habían botado. Ahora tienen miedo de encargarme algo porque creen que soy muy caro.

¿Qué es en lo que piensa justo antes de dormir?

Nada, porque si pienso, no duermo. Sufro de insomnio, tomo pastillas para dormir. Pongo la televisión y hago como que estoy dormido, y rezo. Al Divino Niño me encomiendo.

Entonces, en lo que piensa es en el Divino Niño.

Me concentro y le pido por mi esposa, porque, pobrecita, porque lucha conmigo, que soy un inválido. Todo lo que yo hacía lo hace ella. No puede la pobre. Y hay que arreglar la casa, porque quiero hacerla como museo.

¿Piensa en la muerte?

No pienso en eso. En lo único que pienso es en qué va a hacer mi esposa si me muero. No quiero morirme, no quiero dejarla sola. De morirme no tengo miedo. ¿Cuántas veces me han llevado a operarme? Hace poco me operaron en el Seguro. Y cuando terminó, el doctor me agarró del hombro y me dijo “se portó bien, se portó bien”. ¿Qué es portarse bien? Me vino a ver otro doctor, que me lo mandaron las monjitas. Me dijo que no tenía muchas posibilidades, que perdí mucha sangre, pero que era un milagro que yo estuviera bien. Me rajaron desde aquí hasta aquí (dibuja una línea desde la axila izquierda hacia el riñón de ese mismo lado), y con un aparato me abrieron las costillas. Me duele todavía. En ese hoyo, hicieron el corazón para un lado, sacaron el pulmón y le quitaron el cáncer. He estado tan cerca, tan cerca, tan cerca… en la última vez que me operaron, siento que he nacido otra vez. Fue en febrero. Son cinco meses. Y mire, riéndome. Cuando me quitaron el pie, porque me lo quitaron sin decirme…

¿Hace cuánto fue?

En agosto, tengo un año. ¿Qué pasó? A reír me puse. Después de eso me dieron seis reconocimientos. Hasta que me han comprendido. Yo me adelanté mucho. Vienen a reconocerme, fíjese, de Estambul, de India, de Europa, de todas partes. De Estambul, donde está (la catedral de) Santa Sofía. De allí viene un reconocimiento para mí.

¿Ahorita no está yendo a terapia?

No, ahorita no. Otra cosa que tengo mala es que no me puedo quitar el pie, este pie (señala el muñón de la pierna izquierda). Siento que me pegan duro, escapo a llorar. El pie me duele mucho, siento que lo hago así (apuña la mano para ilustrar), dormido. Tenía un uñero que todavía me duele.

¿Siente que todavía tiene el pie?

El cerebro no quiere comprender. Ahorita me está haciendo así, como que palpitara. Pero me tomo una pastilla para apaciguar los nervios. Es un sufrimiento terrible. La columna la tengo dañada.

Cuando sueña, ¿sueña que tiene el pie?

No sueño, muy raras veces sueño. Mire, no vaya a creer que soy un ególatra. Pero no puedo mentir. Además, afuera lo dicen. Mis paisanos no me reconocen, hasta hoy me reconocen. Me dieron una pensión vitalicia, un salario mínimo. ¿Qué voy a hacer con eso? Estoy feliz porque hace poco vendí una escultura, porque con eso compro la prótesis, que son bien caras. La que voy a comprar yo vale $1,700. Cuando venda el caballo voy pagarla, y voy a pagar otras cosas. Porque pagamos cabal los gastos de la casa, con mis ahorros, pero esos poco a poco se van haciendo más pequeños. Al tener el pie tengo que recuperar capital.

¿Es posible que le salga un encargo grande, el que tanto espera?

Creo que sí, porque hoy ya creen en mí. Antes decían que era bueno, pero no me aceptaban. Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo.

El país donde 8 de cada 10 escuelas no tienen biblioteca

Sin bibliotecas.

“Un país que pretende caminar firmemente hacia el desarrollo debe contar con bibliotecas de calidad en cada una de sus escuelas”, dice una publicación del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLAC). En El Salvador, solo dos de cada 10 centros escolares cuentan con una.

A escala nacional, las bibliotecas no son lo único que hace falta en las escuelas. En 18 centros educativos no existe ninguna forma de abastecimiento de agua, 128 no poseen ningún tipo de instalación eléctrica y siete de cada 10 no tienen acceso a internet, según registros del Ministerio de Educación (MINED).

Dentro del 21 % de los centros educativos públicos que cuentan con una biblioteca existen casos en donde los libros no se utilizan. Las “bibliotecas” pueden estar, pero no se han establecido dinámicas o espacios que coloquen los libros al alcance de los estudiantes.

En una esquina del Centro Escolar Hacienda Florencia, ubicado en Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad, un número considerable de libros permanece desordenado y lleno de polvo. Dos paredes blancas con pequeñas marcas que indican suciedad y telarañas conforman el espacio físico que rodea los ejemplares. Una estructura de madera dividida en tres partes se encarga de sostenerlos. No hay deterioro, pero sí, descuido. Julia Castillo, directora, define la situación de la siguiente manera: “Ahí están (los libros), solo hay que darles vida”.

El lugar ha perdido el brillo de hace dos años. En octubre de 2016, se inauguró aquí uno de los llamados “rincones de la lectura”. Es decir, un espacio destinado a que los estudiantes tomen cualquier libro y lo lean. De acuerdo con Luis Rosales, subdirector, se trata de un proyecto que el año pasado aún funcionaba, pero que actualmente la administración no se ha animado a renovar. Julia Castillo lo reconoce: “No se le está dando el seguimiento que en un principio se le dio”.

Los rincones de la lectura están compuestos por libros de literatura universal, cuentos y leyendas. La directora y el subdirector coinciden en que, con el paso del tiempo, algunos libros se han perdido. Otros, como “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, se mantienen. En su momento hubo cojines y alfombras. De eso, solo ha quedado la placa del recuerdo, las fotos y un conjunto de obras literarias en menor cantidad que hace dos años.

Una biblioteca se define como el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura. Sin embargo, en este centro educativo, los libros en lugar de leerse han quedado poco a poco en el olvido. “Solo ven la portada y los dejan por ahí”, declara Corina Turcios, profesora de segundo grado.

“¿De qué sirve que nos den libros, si en muchas ocasiones, esos libros se los comen los ratones? Ahí están guardados en las cajas”, dice Luis Rosales. Él ha trabajado en el Centro Escolar Hacienda Florencia desde 1989 y pronuncia estas palabras en su oficina. Su expresión adquiere un significado extra tomando en cuenta que en 2016 este centro escolar recibió una donación de más de 300 ejemplares, los cuales fueron recolectados a través de la campaña “Dona un libro”.

Rosales es uno de los fundadores del tercer ciclo. Su cargo está en la Subdirección, fuera de los salones de clase. No obstante, conoce cada detalle y necesidad de su escuela. Mientras habla, muestra el cuaderno de un estudiante de primer ciclo que en reiteradas ocasiones ha incumplido con las actividades solicitadas por su docente.

De acuerdo con Rosales, hace 20 años el Ministerio de Educación asignó al centro escolar una cantidad considerable de ejemplares. No recuerda el número exacto, pero reconoce que de ahí surgió la primera idea de poner en funcionamiento una biblioteca. Posterior a eso vino la construcción de un espacio físico en 2005. “Hubo un alcalde (Vidal García) al que le pedimos que nos construyera un local especial para la biblioteca. Lo construyó y se montó”, dice.

El espacio físico creado, en un principio, para el funcionamiento de una biblioteca es ahora el salón de clases de la sección de parvularia. Más de 250 libros se conservan agrupados en diferentes estantes al fondo del recinto. Una serie de pliegos de papel bond decorados que cumplen la función de “ambientar” el aula los mantienen ocultos.

Rosales explica que el anhelo de esta escuela era recibir algún tipo de fondo por parte del MINED o la Alcaldía Municipal de Nuevo Cuscatlán para la contratación de un bibliotecario. Es decir, una persona encargada del cuidado, organización y funcionamiento de una biblioteca.

“El ministerio siempre manifiesta no tener fondos”, afirma el subdirector. Ante esto, de acuerdo con Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, la cuestión trasciende y radica en que, dentro de la Ley de la Carrera Docente, no existe la plaza de bibliotecario.

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UN DOLOR DE CABEZA EXTRA

Según estadísticas del MINED, de los 5,136 centros escolares públicos en todo el país, solo el 72 % se situaban, hasta 2017, en terrenos propiedad del ministerio. FOMILENIO II entregó, para ese año, 119 títulos de propiedad. El Centro Escolar Hacienda Florencia no formó parte de ellos. Uno de sus mayores problemas está arraigado en ese aspecto: el MINED no puede invertir en infraestructura de escuelas que no estén en suelo de su propiedad.

“La estructura del centro educativo no está legalizada. Desde hace nueve años el MINED no ha sido capaz de legalizarla y aquí no puede invertir. La burocracia del Estado no lo ha permitido”, manifiesta Luis Rosales con indignación. En cada oración que formula asigna una buena parte de la responsabilidad al organismo de Educación. Se desahoga. Agrega que el ministerio no tiene una pretensión real en que las bibliotecas escolares funcionen y que sus proyectos nada más tienen un interés mediático.

Julia Castillo, directora de la escuela, se expresa así: “Mi prioridad es la legalización del centro escolar”. De acuerdo con ella, hace ocho o 10 años, una cooperativa cafetalera les donó el terreno. Desde entonces, los trámites para obtener el título de propiedad iniciaron. En la actualidad, según Julia, las excusas y obstáculos han continuado, a pesar de que el caso ya está en la parte jurídica del MINED.

El monto de transferencia del Centro Escolar Hacienda Florencia, según Julia Castillo, es de $2,900. Este fondo se destinada a la compra de material didáctico, la limpieza y el programa de alimentos. “A veces dan una parte en agosto y la otra en diciembre, cuando las escuelas ya están endeudadas”, explica. Hasta junio de 2018 no habían recibido “ningún cinco” por parte del Ministerio de Educación.

Está claro que los libros no son una prioridad, ni la mayor preocupación en un centro escolar donde el dinero no alcanza y donde aún no cuentan con las escrituras del terreno en el que opera. En el Centro Escolar Hacienda Florencia los libros están presentes, pero eso no garantiza nada. Un extracto de la investigación “Por las bibliotecas escolares de Iberoamérica” lo explica así: “No basta con tener una biblioteca escolar, es necesario que la escuela genere prácticas lectoras, pues si no hay razones para leer, la biblioteca no cumple a cabalidad su función”.

Luis Rosales reconoce que, de parte de la administración de la escuela, no han logrado algo estable, ni serio. Esta es su realidad. También la de otros centros escolares públicos en El Salvador.

Carencia. El Centro Escolar Hacienda Florencia, de Nuevo Cuscatlán, cuenta con una biblioteca. Sin embargo, los libros se encuentran en malas condiciones y en peligro de deterioro.

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UN PANORAMA DISTINTO

La biblioteca del Centro Escolar Soledad Moreno de Benavides es limpia, amplia e iluminada. Un fondo blanco, muebles, estantes, peluches, además de los 700 libros en buen estado son elementos que complementan su esencia.

La regla principal, antes de entrar a ella, es quitarse los zapatos. Los estudiantes de la sección de cuarto grado lo tienen claro. Como todos los miércoles de 8 a 9 de la mañana les corresponde ir y leer. Ahora es el turno de “La escuela secreta de Nasreen. Una historia real de Afganistán”.

Kenia Flores, docente, se encarga de leer el ejemplar en voz alta. Sus alumnos, inquietos y con ganas de hablar, escriben qué le agregarían a la historia. Algunos se ponen de pie, pasan al frente y, nerviosos, comparten su conclusión con el resto de sus compañeros. Trascienden de la lectura a la escritura. “Que en el país no hubiera maldad, que no hubiera más violencia e ir libres a la escuela”, dicen, poco antes de que suene el timbre para salir al recreo.

La escuela, ubicada en Candelaria de La Frontera, departamento de Santa Ana, es una de las 84 a escala nacional que forma parte del programa Soy Lector, creado e implementado por la ONG ConTextos, que se encargan de desarrollar bibliotecas en diferentes escuelas públicas de El Salvador. Se hace referencia a ellas como “espacios de refugio en uno de los países con las tasas más altas de homicidios”.

Para saber si una biblioteca escolar es garante de calidad, ConTextos recomienda tomar en cuenta tres características que debe cumplir: activa, atractiva y funcional. Desde hace tres años, la del Centro Escolar Soledad Moreno es una de ellas. ConTextos les donó 300 libros en 2016; un año después fueron 400. En total, la escuela registra 434 estudiantes y 700 libros de literatura infantil, juvenil y género informativo. Dicho de otra forma, 1.61 de libros por cada estudiante.

Telma Yanira, directora del Centro Escolar Soledad Moreno, asegura que en este centro educativo ya existía una “biblioteca”. No obstante, según ella, había libros desfasados y un entorno físico inadecuado. Nada comparado a lo que se observa ahora. Los ejemplares están limpios, ordenados, en buen estado y se leen.

En su mayoría, se trata de libros especializados para lectores emergentes. Están divididos en tres niveles: avanzado (color azul), fluido (color celeste) e inferencial (color rojo). El 80 o 90 % de la colección es de ejemplares ilustrados. Un formato más contemporáneo y utilizado, según Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, en países como Argentina o Colombia.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

En esta escuela, los alumnos de tercer ciclo son quienes cumplen la función de bibliotecarios. Sus nombres y horarios están escritos en un pliego de papel bond pegado en las paredes de la biblioteca: Gisela, Franklin, Érika, Emerson, Cristina, Kevin… la lista sigue. En total son 26. La mayoría son niñas. Kattia Jiménez, de séptimo grado, es una de ellas.

La voz de Kattia predomina por encima del resto de jóvenes reunidos en el centro de la biblioteca. A pesar de su timidez se expresa con claridad y precisión. “Leer nos ayuda, porque también hay cosas que forman parte de nuestra cultura. Antes no nos gustaba, pero ahora sí”, comenta. “Yo nunca le había leído un libro a un niño. Uno me dijo que no podía y le ayudé”, agrega una de sus compañeras.

Mientras cada uno de los bibliotecarios comparte sus valoraciones, Melvin Moreno, capacitador del programa Soy Lector, menciona una de sus experiencias: “En un centro escolar yo escuché de una niña que le está ayudando a leer a su mamá a partir de lo que ha ido experimentando en la biblioteca”.

Además de los estudiantes también están los profesores, quienes, por su parte, han recibido más de cinco capacitaciones para la utilización de la biblioteca. Vera Flores, profesora de Lenguaje y Literatura, es una de las docentes que ha sido capacitada. “Es cierto, nosotros hemos sacado una carrera como docentes, pero necesitamos saber cómo leerle a los niños, cómo hacer más dinámica una lectura. Muchas escuelas nos dicen: nosotros quisiéramos tener su biblioteca”, dijo.

“Activa y funcional”, que en el Centro Escolar Soledad Moreno haya una biblioteca que cumpla con estas cualidades es casi un milagro. Sobre todo, cuando el bono asignado por parte del MINED a este centro educativo es insuficiente para cubrir todas las necesidades. Telma Yanira, directora, lo asegura: “$1,200 es lo que tenemos para todo el año. $750 y $600 en dos depósitos. El centro escolar es igual que una casa, hay infinidad de necesidades. No alcanza y uno debe andar haciendo cuentas. Si arreglo los baños no voy a comprar material didáctico”.

Alternativas. En centros escolares públicos donde no había bibliotecas, algunas organizaciones como Contextos han habilitado espacios para la lectura.

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“¿POR QUÉ UNIFORMES Y NO LIBROS?”

“La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. La biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, por eso es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas”, se lee en una publicación del CERLALC que lleva como título “Biblioteca Escolar: un espacio para ser, crear y construir”.

Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación (ICTI-UFG), hace un diagnóstico de la realidad. En su opinión, no existe una política de fomento a la lectura por parte del MINED, mucho menos un programa de creación de bibliotecas escolares. Tampoco un presupuesto orientado a la adquisición de libros.

Uno de los inconvenientes, asegura Joao, consiste en que lo poco que queda del presupuesto del MINED recae en el programa de útiles, zapatos y uniformes. “Yo prefiero entregar libros que uniformes, si me preguntás. Esa podría ser una discusión técnica. ¿Por qué entregar uniformes y no libros?”

La Ley de Presupuesto del Ministerio de Educación de 2018 indica que la dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares tiene un costo de $73,500. Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, afirma que, para poder cubrir las necesidades básicas en el sistema educativo, según ha planteado el Plan El Salvador Educado, se necesitan $1,200 millones más de presupuesto. Pero este presupuesto, según la última actualización en mayo de 2018, es de $940.42.

Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, manifiesta que dotar de libros a toda la población estudiantil es un proyecto millonario. Sin embargo, explica que actualmente existe un programa presidencial de biblioteca escolar dirigido por el comité editorial del MINED. Setenta y cinco mil ejemplares, entre los que se encuentran “Cuentos de barro”, “Una vida en el cine” y “Cuentos y narraciones”, fueron entregados en 2015 a estudiantes de primer año de bachillerato en 567 escuelas.

En ese mismo año se lanzó, oficialmente, el programa presidencial Lectura para la Vida, donde se aclara que el primer paquete de libros fue producido por la Imprenta Nacional, con una inversión de $67,955. Un año después, se entregaron 100 mil obras literarias: “El libro de trópico”, “Jícaras tristes”, “La muerte de la tórtola” y “El Salvador, historia contemporánea”.

Serrano aclara que el programa de bibliotecas escolares no está orientado a constituir una biblioteca como tal. Su objetivo consiste en que el libro llegue a la casa del estudiante, donde, según ella, no existe un ambiente letrado. Álex Granados secunda su idea con la siguiente afirmación: “Preguntamos a los estudiantes cuántos libros había en sus casas. La proporción de la cantidad de libros que decían que había versus los resultados… era interesante. Es decir, entre menos libros tienen, sus calificaciones son más bajas. Hay casas en donde se decían dos libros y uno de ellos era la biblia”.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas, es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

Granados dice que este es uno los factores asociados a la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES), la cual, en 2017, presentó el promedio más alto registrado en los últimos siete años: 5.36. No obstante, de acuerdo con Joao, los resultados de la PAES son un reflejo más de lo poco que se lee, pues los estudiantes conocen, pero no pueden comprender ni aplicar lo que saben. “Esto pasa por no tener bibliotecas ni laboratorios. El conocimiento es muy superficial, aprenden lo que ven en clases, en la pizarra, copiando en el cuaderno”.

Sin embargo, para Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, el libro no resuelve el problema: “Todas las gestiones invierten en bibliotecas… pero qué sucede, los libros son parte del activo fijo de la escuela. Los directores temen que eso se arruine y se lo cobren. Ante esas prácticas tenemos que luchar”. Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, agrega que la concepción que tienen algunos centros educativos donde han trabajado con asistentes técnicos del MINED es que los estudiantes arruinarán los ejemplares. Consecuencia de eso es que prefieren conservarlos en muebles o dentro de cajas.

“Hay escuelas que tienen libros y los ocupan para poner el cañón encima, no para que los niños los lean. En ocasiones anteriores nos pasaba que se llevaban los libros, pero no los ocupaban”, confiesa Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media. Según Granados, esto se debe a que el sistema educativo es contradictorio. “Si se pierde un mueble es penalizado el director o docente. Ellos piensan que el libro es como el mueble. ¿Pero quién es penalizado porque el niño no aprendió a leer?”

Tanto Janet como Granados coinciden en que los libros y las bibliotecas más allá de ser un tema presupuestario y bajo la responsabilidad del MINED tiene que ver con un aspecto cultural, donde, además del estudiante y docente, está la familia y su círculo social.

“No somos una sociedad lectora, una de las fallas o falencias es esa”, afirma Manlio Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Lilian Montenegro, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, menciona que el sueño de Alberto Masferrer son 262 bibliotecas públicas en todo el país. Hace referencia a su obra, de hace 103 años, “La cultura por medio del libro”, y agrega: “Le seguimos debiendo; 34 bibliotecas pertenecen a la red”.

Las opiniones varían, pero en los centros escolares la realidad es una sola: sin libros no hay bibliotecas; sin bibliotecas, el número de lectores se reduce. Que las haya, tampoco es una garantía. Los libros, un trozo de tantas necesidades y vicisitudes en las escuelas públicas de El Salvador. “Una buena escuela debe ser, antes que nada, “realmente una escuela”, y las escuelas en este país muchas veces no lo son: no tienen recursos, no hay bibliotecas, no tienen espacio e iluminación adecuada, no cumplen las mínimas condiciones de un centro de estudio”, explica una propuesta de índice de calidad escolar de la Fundación para la Educación Superior (2016).

En el Centro Escolar Soledad Moreno ha vuelto a sonar el timbre que indica el segundo recreo. Algunos estudiantes gritan y corren en dirección a la cancha de cemento. Otros buscan comida en los cafetines. Un grupo más pequeño se acurruca en el piso para jugar con canicas. Son niños, no les preocupa ensuciarse con la tierra. En sus rostros solo se refleja alegría. Dentro de la biblioteca también es así. Toman los libros. Pasan las páginas. Leen y observan las ilustraciones. Sienten el libro con sus manos. Respiran su olor. Lo dejan, toman otro. Si no les gusta, toman el siguiente. La escena es auténtica, natural. Los libros están presentes y se utilizan, algo que no ocurre en todas escuelas. Esta es la excepción. La regla principal, antes de entrar, es quitarse los zapatos. El resto es historia.

Lejanía. Alumnos de un centro escolar de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, cuentan con una biblioteca creada por una ONG. En los municipios fronterizos la ausencia del Estado es mayor.

Los migrantes no solo somos el trauma, somos la felicidad

Para mí El Salvador era algo de libertad, pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999.

“No me gusta recordar mi tiempo en el desierto. Tampoco lo recuerdo linealmente”, escribió en un ensayo Javier Zamora hace un par de años. De niño tuvo que atravesar el desierto de Sonora para volver a abrazar a sus padres en California. Conforme creció en Estados Unidos, dejó de hablar español y llegó a negar que había nacido en El Salvador. La premisa era simple: necesitaba olvidar el dolor de migrar. Empezó a escribir literatura. Ahora él se ha convertido en una de las principales voces latinas dentro de la poesía que narra la experiencia del migrante indocumentado.

Javier nació en San Luis La Herradura, un municipio lleno de manglares, en La Paz. Cuando tenía un año, su padre se fue hacia Estados Unidos y allá empezó a trabajar en jardinería. Luego, su mamá tomó el mismo camino y se dedicó a cuidar niños. Así, Zamora se crió con sus abuelos hasta que, en 1999, fue su momento para partir; al igual que sus padres, sin papeles. La guerra civil ya había terminado, pero su familia no le imaginaba un futuro con esperanza en El Salvador.

Su abuelo no planeaba migrar, pero decidió acompañarlo lo más lejos posible en el viaje. Ese punto fue Tecún Umán, en Guatemala, cerca de la frontera con México. Ahí se despidieron. Después Javier quedó con un grupo de migrantes y coyotes. Su viaje duró dos meses en los que, según sus escritos, su familia no supo si había muerto, si estaba en algún centro de detención o si lo verían de vuelta.

Llegó a Estados Unidos el 10 de junio de 1999. Pero a ese país arribó un niño que había luchado por su vida entre fronteras. Aún sin lograr procesar por qué sus padres emigraron, por qué tuvo que huir de los agentes de Migración, esconderse en camionetas, dormir en el desierto o subirse a balsas sin saber nadar. La literatura le sirvió para empezar a buscar esas respuestas.

De eso habla en “Unaccompanied”, su primer libro de poemas publicado el año pasado. Escribe en inglés. Cuando él platica en español, las palabras parecen escapársele de la boca. El libro ha tenido buen recibimiento e incluso ha sido criticado en medios como The New Yorker.

Zamora salió de El Salvador con una educación de cuarto grado. En su nuevo país se formó en centros educativos a los que es difícil ingresar, incluso para los ciudadanos estadounidenses. Allá estudió secundaria en una escuela privada gracias a una beca deportiva, luego se graduó con especialidad en Historia de la Universidad de Berkeley. Actualmente es becario de la Universidad de Stanford y próximamente inicia un proyecto en Harvard.

Dice que no considera adecuado glorificar el sueño americano, pero él, de cierta forma, lo encarna. Es beneficiario del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), pero ese permiso no brinda un camino hacia la legalización permanente y ya fue cancelado por la administración de Donald Trump.

Es escritor a tiempo completo y gracias a las letras, ha encontrado un camino para legalizar su residencia. Después de casi 20 años ha vuelto a El Salvador para solicitar una visa estadounidense de “habilidades extraordinarias” que le permita residir de manera legal. Además, él necesitaba volver a su municipio y abrazar a sus abuelos, pero ahora que lo hizo, El Salvador no le escondió su violencia. En menos de un mes ya escuchó, por primera vez, cómo suenan los disparos de un homicidio.

 

¿Cómo ha sido volver?
Tengo familia a la que han deportado, así que me dijeron que me preparara porque iba a llorar. Pero a mí no me dio esa emoción que yo esperaba. Ellas lo describieron como una emoción muy complicada. Sentían felicidad, horror, angustia. Un gran tamal de emoción, pero yo, no. No sentí nada, absolutamente nada. Me tomó como 10 días llorar. Y lloré en el Centro Cultural de España, porque, cuando entré, estaban unos niños practicando un coro y cantaban en náhuat. Al escuchar la voz de niños, me dio una gran emoción y sentí orgullo de ser artista salvadoreño.

Te preguntaba esto pensando en tu poema “Salvador” que hace referencia a la violencia y a las bolsas negras de muertos. ¿Qué país has encontrado ahora?
Mis nueve años aquí fueron unos años de niñez, y la niñez es algo libre. Algo lleno de felicidad para mí; aunque algunas cosas no. Me crié en el campo. Si quería un mango, me subía a un palo y lo agarraba. Así que para mí El Salvador era algo de libertad. Pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999. Mi cantón, San Luis La Herradura, me dicen que estaba bien peligroso y ahora está un poco menos. Para ponerlo en contexto: la semana antes de que yo viniera aquí, mataron a alguien a las 12 del mediodía enfrente de mi casa. Así que todo eso me ha dado miedo. Solo me la paso en mi casa y solo he salido dos veces a comprar comida y después me regreso. Así que eso para mí no es la libertad de la que me acuerdo.

En tu libro, “Unaccompanied”, hablás sobre temáticas personales y familiares. ¿Cómo fue el proceso de buscar respuestas en tu familia?
Comencé a escribir a los 17, 18 años y fue la primera vez en que comencé a contextualizar por qué los salvadoreños estamos en Estados Unidos, y la gran mayor parte de esa respuesta es la guerra. He tratado de comprender por qué mis papás me habían dejado de niño y entender mi resentimiento, que es algo que yo creo que es una parte de por qué hay tanto marero. A mucho marero lo han dejado de niño y siente resentimiento. Uno de niño se (pregunta) por qué no me amaste. Uno se siente mal y busca amor de otras maneras con otras personas que sientan lo mismo, especialmente si uno es un adolescente.

Uno de tus poemas hace referencia a un pandillero. ¿Dimensionás que eso puede ser considerado peligroso aquí en El Salvador?
¿Peligroso para quién?

Para vos.
¿Para mí? Creo que sí y por eso mis abogados me han dicho que no haga cosas como esta que estoy haciendo. Porque no creo que aquí me conozcan, porque escribo en inglés. Creo que si escribo en español y después me conocen aquí, sí me sentiría de otra forma. Y sí creo que es peligroso, pero también creo que es importante comenzar a reconocer que lo mismo que ocurrió durante la guerra, está ocurriendo ahorita.

Has dicho que la mayoría de salvadoreños que intentan hacer poesía pasan por Roque Dalton. Tu libro también tiene una cita de él. ¿Creés que El Salvador encuentre pronto una figura que se compare con el mito de Dalton?
Creo que en la literatura siempre hay una o dos personas en cada país que son el mito. En Chile hay muchos, pero el primer mito fue Neruda; y en Italia, todavía es Dante. En Inglaterra todavía es Shakespeare. Veo que es algo natural de la literatura y es algo problemático porque siempre queremos crear un héroe. Pero creo que hay que bajar a la tierra a Roque y hablar de lo problemático que era, también, con su política de género y su política contra los gays, y hay que bajarlo a la tierra y derrocarlo también.

Hablando de romper con los mitos, tu libro rompe un poco la narrativa del migrante que regresa triunfante y con maletas llenas a El Salvador. En lugar de eso, presentás a un adulto tratando de procesar el dolor que tuvo como niño al cruzar la frontera solo. ¿Fue un proceso decidido romper con esa narrativa?
Nunca he creído en el sueño americano. Antes de que me considerara un poeta, yo quería, como cualquier adolescente de 14 años, comenzar una revolución y bajar a Estados Unidos y ponerlo en una mesa igual. Por eso se me hizo muy importante no glorificar el sueño americano. Ha sido algo muy consciente eso. Pero también he recibido crítica en Estados Unidos por la misma cosa. Porque allá (entre) los que publican poesía hay una gran obsesión con las historias de la pobreza a la grandeza: “Decime tu tristeza y yo te voy a poner al frente”. Y eso me ha pasado a mí. Y yo soy escritor, sí, pero también hay que reconocer la suerte. Y he tenido suerte que escribí este libro al momento correcto. Lo que ha estado pasando políticamente, de una manera retorcida, me ha beneficiado a mí y por eso también he sido criticado y también yo lo reconozco porque no ofrezco nada más que el trauma en el libro. Y los migrantes no solo somos el trauma; nosotros también somos la felicidad. En eso estoy tratando de escribir más.

 

¿Qué huella física ha dejado este trauma en vos?
Me tomó regresar a Tucson para entenderlo completamente. Tucson fue el lugar donde yo crucé. Un mes después de que me publicaron el libro, en septiembre de 2017 estuve ahí cinco días en un festival de poesía, y durante los cinco días yo dormí quizás cuatro horas por completo; estaba directo, no podía dormir. Sentía angustia. Una gran desesperación. Para mí fue el trauma que se hizo físico y lo sentí nuevamente. Y fue por el clima, el calor, el paisaje. Fueron los saguaros que vi, los helicópteros de la inmigración que se escuchaban. Y la gente como que nada está pasando. Fue estar en algo tan elegante como un festival de poesía, sabiendo que a 2 millas había un retén atrapando a inmigrantes lo que no me dejó dormir. Así que eso para mí fue revelador y fue para decir: yo todavía estoy traumado y voy a estar traumado por el resto de mi vida.

La apertura de un hombre para hablar y escribir sobre el trauma puede parecer un poco inusual. ¿Lo reconocés así?
He crecido con papá, abuelo y cultura salvadoreña. Y, quizá, fue una bendición la separación de mi madre y mi papá, porque hasta que se separaron yo comencé a escuchar la versión de mi mamá y comencé a reflexionar. Pero lo que pasa también en cosas así es que, aunque yo reconozca lo que es bueno y lo que es malo, yo ya había aprendido la actitud contra la mujer. Así que yo fui muy mujeriego en el colegio. Yo también he pasado mi fase de ser muy borracho. Porque yo he estado en consejería toda mi vida y me dijeron: “mirate en el espejo. Estás actuando igualito a tu abuelo, igualito a tu papá y hay que divorciarse de eso”. Quizás por eso –y porque soy poeta– es que estoy comenzando a hablar de mis sentimientos.

Hablemos de la identidad del lenguaje al escribir. Tu educación en español llega a cuarto grado, tu educación en inglés es universitaria. ¿Cómo te sentís cuando te catalogan como “poeta salvadoreño que escribe en inglés”?
Me gusta más que me digan poeta salvadoreño americano.

¿Luchaste un momento para obligarte a escribir en español?
Sí. Siempre me lo preguntan allá: “¿Piensas en inglés o en español?” Digamos que es la misma pregunta que decir: “¿vos te sentís salvadoreño o te sentís más americano?” Yo me siento. Punto. Reconozco mi privilegio, que es la educación que he tenido. Siempre he sabido que soy salvadoreño y no me importa lo que la otra gente en Estados Unidos o en El Salvador me puede llamar. “Este es muy agringado” o “este es muy salvadoreño” o “no puede escribir bien en inglés”. He escuchado de todo, así que yo solo escribo.

¿Qué planeas hacer en lo que te queda de tiempo acá?
Voy a estudiar mi caso migratorio durante la semana, ver el mundial y ayudarle a mi abuelo en el terreno, que es algo que nunca he hecho. Mi meta de estar aquí es ayudarles en las cosas que nunca les he ayudado por 19 años. Son cosas así de la casa: quemar basura, bombear el pozo, lavar los trastos, lavar la ropa a mano. Cosas como retornando a lo que yo soy, que se me había olvidado. Y es algo bueno balancear con todo lo que la vida me ha dado a mis 28 años, que me ha dado mucho, especialmente los últimos dos años. Muchos privilegios. Muchas cenas gratis, muchos vuelos, muchas cosas y es bueno regresar a donde yo comencé.

La continuación de esta plática toma lugar –una semana después– en el patio de la casa de sus abuelos. Entre la sombra de palmeras, mangos, anonas y marañones, Javier comienza a contar cómo le fue en la embajada del país en el que ha vivido los últimos años. Su abuelo escucha la plática de cerca, pero no interviene. Hace dos semanas Javier se presentó a solicitar la visa de habilidades extraordinarias. Esta visa solo es brindada a personas capaces de “demostrar habilidades extraordinarias en las ciencias, las artes, la educación, los negocios o el atletismo a través de la aclamación nacional o internacional sostenida”. Javier la obtuvo.

Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos.

¿Cómo te sentís después de haber ido a la embajada?
Tuve la entrevista el lunes 2 de julio. Y el sábado me entró una gran desesperación que no había sentido las tres semanas que yo estaba aquí. Me quería ir. Me quería salir y como que hasta tenía hormigas dentro de mi cuerpo, bien feo. Y no me había sentido así ningún día de los que estaba aquí. Y una gran aflicción y yo creo que era ya porque se acercaba el día. El domingo, ya más centrado, dije “lo que va a pasar va a pasar y no puedo hacer nada”. El lunes fue mi abuelo conmigo. Y fue como un gran cierre de un capítulo de mi vida.

¿Qué te preguntaron en la embajada?
Que a dónde estaba estudiando y que a dónde iba a tomar clases luego. Y quizás eso me ayudó porque dije Stanford y luego Harvard, y después hasta se puso a bromear y me dijo: “Aquí, ¿dónde vivís?” Respondí “oh, aquí en La Herradura”. “¿Ya has ido?”, le pregunté. “No, nunca he ido. Pero ahí no hay nada”, me dijo. Y después se paró. Y no sé, hasta me dio nervios porque yo veía que estaba platicando con alguien y se tardó como sus cinco minutos y yo esperando, haciéndome el loco como que no estaba tan nervioso. Y me dijo: su visa ha sido aprobada.

¿Qué sentiste?
Como que una gran roca se cayó. Le di las gracias y me fui como que andaba flotando. De respeto a las otras gentes no quise ni reírme ni nada. Solo caminé, viendo abajo, hasta llegar a la salida y me crucé la calle. Mi abuelo estaba parqueado hasta allá, bien lejos, y le di un abrazo y hasta ahí me reí. Después le llamé a mi mamá. Mi mamá se puso a llorar y después le llamé a mi abuela.

Además de la entrada legal a Estados Unidos, ¿qué implica para vos en términos legales que esa visa haya sido aprobada?
Implica que allá me va a llegar la residencia. Mi mamá tiene TPS, pero ahora que Trump dice que lo ha quitado, mi mamá no tendrá (papeles). Con esta residencia, cuando yo aplique para mi ciudadanía dentro de dos años, le puedo meter trámites a ella para que consiga una “green card”. Para mí, esta visa significa salir del país, conocer otros lugares y ya no sentirme tan atrapado.

¿Qué temas te gustaría explorar en el futuro?
Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos. Quiero expandir el vocabulario, expandir los mundos en los que ahorita en la literatura se le ha imaginado a un salvadoreño.

En perspectiva, ya lograste lo que querías en este viaje. ¿Querés irte?
Ahorita estoy más tranquilo porque me puedo ir. No me quiero quedar aquí. Y esto es darme cuenta de que esta ya no es mi casa. Este ya no es mi país. El país de allá tampoco es mi país. Allá me sentía diferente y aquí me siento diferente también, y eso es por muchos factores. Creo que me da esa desesperación porque allá tengo más independencia. Independencia que aquí no tengo. Fijate: la noche antes de que yo fuera a la embajada, mataron a alguien allá por el muelle; y antes de que yo viniera, mataron a alguien. Y mi prima dice que ya puede distinguir cuando son cuetes y cuando son balas. Mataron a alguien de 20 años. Allá yo nunca he oído una bala. Como te decía, todavía tengo miedo de salir.

Javier Zamora se fue de El Salvador siete días después de esta plática; a diferencia de hace casi 20 años, cuando el viaje duró dos meses y medio, este viaje hacia California tomó solo horas.

 


 

EL SALVADOR

Las noticias: bolsas negras todos los días.
Noticias: más y más se van. Necesito ver

a mis abuelos, necesito esos meses
mis papás dormían en el mismo cuarto:

Mamá dormida conmigo en sus brazos
a salvo en su cuarto de bajareque, a salvo

de balas atascadas en palos. Quiero treparme
a comer jocotes durante un chaparrón,

trepar esa torre de agua en mi barrio.
Quiero tomarme esa agua, papá nunca quiere,

¿para qué, vos? Mamá quiere ver a su papá,
a su mamá. Mis papás dicen, no vayás,

tenés tatuajes en las costillas, por un tatuaje
te paran, es la ley. Allá, vos no sabés qué es ley.

¿Pero qué putas saben? No tienen papeles.
Abuelos dicen, venite, aquí no pasa nada.

Allá sí. Mi prima dice, aquí, no salimos en la noche,
está peor, ahora puede ser cualquiera. No vengás,

te pueden… Salvador, en un día de verano
húmedo, tan húmedo que tu pulgarcito

corta la marea, tus huellas enterradas en sal,
si ese día vuelvo a tocar tu cara, volcanes

y olas de tu cara, piel verde, barba azul,
aliento de poma, aliento de arena, no dejes

que policías digan, ese es marero. No dejes
que mareros digan, este es del otro barrio.

Tus barrios manchados de polen, rojo
y líquido polen. En las calles, policías y mareros

culpables de crímenes rojos, y presidentes,
culpables. Un pájaro de metal te picotea

con su pico metálico todos los días, vos
azul-verde animal pendejo que no sabe

nombres de labios azules adentro de bolsas
negras en las calles. Vos no sabés deudas,

nuestros labios sellados, nuestras casas
abandonadas, nuestro miedo de decir

la guerra no ha terminado. Quiero regresar,
necesito regresar. Hay días que miento

y digo estoy bien, pero todos los días
que no rozo el pelo de mi Abuelita Neli,

que no lavo su olla y sartén, lloro.
Como esta noche que deseo que hicieras

el amarte más fácil, Salvador. Hazlo,
para ya no tener que arriesgar nuestras vidas.

 

 

Corriendo

No hay muro, hay un túnel, un hoyo en la pared, sí,
¿pensás que ahorita nadie está corriendo? Quién es
pues, el que suda y caga su mierda en el cactus.
Añoramos agua; nuestro orín se hizo amarillo-amarillo —yo
no soy el único niño con su mochila debajo de los cercos
de los gringos. Todavía voy en esa van blanca
que nos recogió en el Devil’s Highway. La van blanca
pitó tres veces, pero escuchamos a los pastores alemanes,
helicópteros, la Migra. No sé adónde están
los espaldas-secas que corrieron cuando los chuchos
los seguían. Corrección: sí sé. Por la noche, regresan
para decirme, sobreviviste, bicho, sobreviviste, carnal. Pues sí.
sobre-requete-que-vivimos.

 

INSTRUCCIONES PARA MI ENTIERRO

No se atrevan a quemarme en un horno de metal, quémenme

en el jardín de mi Abuelita

y envuélvanme en azul-blanco-azul.

[a la mierda patriotismo] Mójenme

en el gin más barato. Cualquier cosa que hagan,

no juzguen mi hogar. Con un corvo

conviertan mis cenizas en el más fino polvo

[envuelvan mi pito en calzones para soñar con pisar]

Por favor, sin curas, sin cruces, sin flores. Róbense

una petaca y métanme dentro.

Música a explotar. Vístanse bien pimp-it-is-nice.

Emborráchense, por favor [falten al trabajo

y pisen otra vez] Que truenen los tambores

marciales. Que griten las guitarras

guerrilleras y escuchen la guerra

interna [no mierdas americanas por favor]

Parrandeen hasta el muelle, mi bailada procesión.

Ánclenme en una lancha

[de veras que sea una lancha]

timoneada por un bicho de nueve años

hijo de un pescador. Apúrense hasta llegar al centro

del estero de Jaltepec. Lean

Como tú y lancen trozos de pan.

Como la lancha circula, abran la petaca

para que me respiren como jacaranda,

como flor de mayo, como alcatraz —después,

olvídenme y déjenme— ahogar.

Décadas de bosques perdidos

El terreno seco y lleno de piedras detrás de esta escuela era, hace 10 años, un pequeño cerro lleno de árboles. Así lo recuerda el profesor de Ciencias del Centro Escolar Caserío Rosario de Cerén, una escuela a la orilla de la carretera que conduce hacia Izalco.

“Toda esta área es propicia para que haya animales, pero las personas se meten a cortar leña”, dice el maestro mientras camina entre las piedras y el pasto amarillento de lo que una vez fue un terreno con sombra. Para venir a mostrar este lugar le ha pedido a tres de sus estudiantes que lo acompañen.

Los muchachos caminan callados detrás de su profesor. En contraste, el profesor no deja de señalar los troncos o raíces que han quedado sobre la tierra después de haber sido talados. “Mire, ahí hay uno”, comenta mientras atraviesa el terreno, y un par de pasos más adelante, la escena se repite: “Ahí hay otro”.

Entre la tierra árida, lo que más sobresale son unas rocas. Después de una breve caminata, el profesor repite una de las consecuencias visibles de una zona sin
vegetación: “Ni un animalito hemos visto”. El hombre coloca las manos sobre la cintura, mira al suelo –como quien ha perdido algo– y mueve la cabeza hacia los lados.

En la primera década de este siglo se perdieron 138 mil hectáreas de cobertura forestal, de acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). Lo que se perdió cada año de 2000 a 2010 equivale a casi dos veces la extensión territorial del municipio de San Salvador, es decir, una pérdida anual de 138 kilómetros cuadrados de bosque.

Como este terreno no tiene sombra, a los pocos minutos de estar bajo el sol es imposible dejar de sudar. Leonel, un joven moreno de 15 años, escucha con cara de aburrimiento la denuncia de su maestro. Él es de una comunidad cercana y conoce la zona. Habla poco, pero cuando lo hace es para dejar claro que no es la mezquindad o el odio a la naturaleza lo que ha provocado la tala de este lugar, es la necesidad de sembrar para comer y vender: “La mayoría de gente corta los árboles cuando quiere sembrar matas de loroco”, dice con seguridad.

***

LA REGLA DE DESTRUIR
La regla en El Salvador es la destrucción de los bosques. En restaurarlos se avanza a paso lento. Y eso debería ser prioridad en un país en el que solo el 38 % del territorio cuenta con algún tipo de cobertura arbórea, de acuerdo con datos oficiales. La cobertura tiene que ver con el uso que se le da al suelo. Contrario a lo que podría pensarse, las urbanizaciones no ocupan la mayoría de la tierra. Casi tres tercios del país están dedicados a la siembra de cultivos o ganadería, y solo el 17 % de la superficie nacional conserva un ecosistema natural. Pero incluso esos ecosistemas se encuentran “en un estado de alta degradación”.

Además, solo el 0.1 % de los bosques se mantienen intactos, de acuerdo con estudios internacionales. A pesar de que los bosques mantienen vivas algunas especies, purifican el aire y ayudan a fijar la tierra y evitar deslaves, los beneficios de su conservación no parecieron ser suficientes para protegerlos.

El país perdió 21 mil hectáreas de bosque entre 2010 y 2016, según la organización Global Forest Watch, pero Lina Pohl, la ministra de Medio Ambiente, advierte que la cifra puede ser más alta. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas hectáreas se han perdido desde 2010 hasta 2018. La funcionaria sostiene que actualmente se trabaja en un inventario nacional de bosques que, en teoría, servirá para dimensionar con precisión la magnitud del problema.

El problema no es nuevo. Los compromisos tomados para restaurar los bosques, tampoco. En 2012, el ministro de Medio Ambiente, Herman Rosa Chávez, le anunció al mundo que El Salvador se comprometía a restaurar un millón de hectáreas de tierras degradadas para 2020. El compromiso fue asumido en Catar como parte de un acuerdo llamado El Desafío de Bonn.

Los países que forman parte de este acuerdo asumieron, en papel, la responsabilidad de restaurar 150 millones de hectáreas de tierra degradadas y deforestadas en todo el mundo. Pero El Salvador, seis años después, cumple a cuenta gotas. De un millón prometido, ha logrado restaurar 108 mil hectáreas.

El Salvador tiene mucho por hacer en términos de recuperación de tierras y ecosistemas. El Ministerio de Medio Ambiente ha creado guías para restaurar y ha designado cuáles son los lugares prioritarios que necesitan intervención, pero se ha quedado corto en términos de resultados. Las 108 mil hectáreas restauradas hasta la fecha, solo representan un avance del 10.8 % en torno a la meta que el país se propuso cumplir para 2020.

Bosque amenazado. Se calcula que existen 40 mil hectáreas de manglar en el país, pero al menos la mitad de ellas están siendo afectadas por la deforestación.

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CUANDO EL MANGLAR SE CONVIERTE EN POTRERO
En la Barra de Santiago hay hectáreas de bosque de manglar que ahora funcionan como potreros. Donde debería haber mangles por doquier, lo que se encuentra son decenas de vacas. Aquí la deforestación no se observa como un paraje desértico, sino verde. Varios habitantes de la zona han ido, poco a poco, cortando el mangle y usándolo para leña. Al cortarlo, la zona se ha ido secando y se ha convertido en el potrero ideal para el ganado de algunos. En lugar de mangles, ahora crece pasto que, con la luz del sol parece fosforescente.

Quien denuncia esto es Éder Caceros, un biólogo que trabaja en el manglar con la Asociación de Desarrollo Comunal de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS). Los bosques salados son de propiedad estatal, por eso él cuestiona por qué un terreno que debería ser de provecho para la región, en general, está siendo utilizado solo por ciertos dueños de ganado.

El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950. Si en ese año se calculaban 100 mil hectáreas de bosque salado, en la
actualidad restan 40 mil hectáreas.

Los bosques salados que restan no están a salvo. Al menos 20 mil hectáreas están siendo afectadas por la deforestación. Si la pérdida continúa a la misma velocidad que en las últimas décadas, dentro de 40 años el país no contará con ninguna hectárea de bosque de manglar.

Se trata de un ecosistema en el que se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del océano para crear un equilibrio que hace la vida posible para ciertas especies acuáticas. De su conservación también depende la calidad del aire, porque los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que los bosques secos.

La primera causa de deforestación reconocida por las autoridades es el avance de la frontera agrícola. Uno de los temores del biólogo Éder Caceros es que siga avanzando, que cada vez el límite de los potreros se extienda hacia adentro del bosque. La tierra, aquí donde debería haber un pantano, ya cambió.

Para probar que el terreno ha perdido su humedad, el biólogo desenvaina un machete y lo intenta clavar en la tierra. En lugar de hundirse, como sucede en terrenos con consistencia lodosa propia de los manglares, la tierra le pone resistencia; y él explica, decepcionado, que esto no debería pasar.

En la Barra de Santiago, como sucede en otras áreas protegidas, es casi imposible asegurarse de que los recursos naturales se mantengan si no hay apoyo de la comunidad y presencia de autoridades. Aquí se realizan proyectos de conservación y hay cinco guardarrecursos que deben vigilar la zona, pero no llega a ser suficiente ante la amenaza que enfrentan los bosques salados.

Solo en la zona de Las Salinas se ha documentado una pérdida de cobertura de 83 hectáreas. Así, “la pérdida (de manglar) más acelerada ha ocurrido en la Barra de Santiago y Tamarindo”, se lee en un documento de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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LOS BOSQUES QUEMADOS
Tres estudiantes del Centro Rosario de Cerén observan una columna de humo. Ellos están sobre un terreno con altura que hace años fue verde. Los muchachos sudan y solo esperan que su maestro de Ciencias dé la indicación para que la miniexpedición en la que ha explicado la deforestación de la zona termine. La columna de humo proviene del otro lado de la carretera. De ese lado hay muchos más árboles.

Solo en cuatro años, entre 2013 y 2016, más de 20 mil hectáreas fueron quemadas, según datos de la Comisión Nacional de Incendios Forestales. Esas 20 mil hectáreas equivalen a 200 kilómetros cuadrados. La cifra es mayor a la extensión territorial del municipio de Santa Tecla, que es de 112 kilómetros cuadrados.

Del fuego no se salvan ni siquiera los árboles que crecen en el agua. Después de mostrar la zona del manglar deforestada, Éder Caceros se dirige a un área que se está intentando reforestar con mayor éxito, conocida como El Colegio de las Aves. La historia de los mangles en la Barra de Santiago es una de destrucción y restauración. El biólogo explica que hace unos cinco años un incendio acabó con los árboles adultos de este lugar.

Y a pesar de que han pasado los años, del fuego todavía hay evidencias. Hay algunos troncos en el suelo y, aunque la zona está empantanada no cuenta con mangles altos. Caceros asegura que el incendio ocurrió por la mala práctica de quemar los campos de caña de azúcar.

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HUMANOS CONTRA BOSQUES Y ANIMALES
“El Salvador tiene un problema y es una concepción que no podemos compartir. Nosotros no tenemos ese concepto de bosque tan clásico que son las amplias masas boscosas. No lo vamos a tener nunca. Tenemos poblados y gente en todos lados”, sostiene Lina Pohl, ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, desde una oficina en San Salvador.

Que el país no cuente con grandes masas de bosque implica –entre otras cosas– que los espacios para la vida silvestre se reducen considerablemente en
comparación a la de otros países vecinos. “Belice tiene jaguar, Guatemala tiene jaguar, Honduras incluso, pero nosotros, no. El jaguar necesita hasta 200 kilómetros de bosque continuo para desarrollarse”, asegura Pohl. Por eso, conservar las especies que aún sobreviven en El Salvador es un reto en un país acostumbrado a eliminar sus hábitats.

Los manglares siguen siendo un espacio vital para la conservación de ciertos animales. A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay
espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago.

A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago. Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros y es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos.

 

Hábitat. Los manglares sirven como refugio para algunos animales, pues es el ambiente propicio para la vida de especies como el cocodrilo, el caimán y la tortuga marina.

Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros. A los pocos segundos de su
aparición, otro cocodrilo de tamaño similar se une al espectáculo. El primero es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos. Se dice que los animales se acercan a los extraños para buscar comida.

Este canal, además de servir como refugio para estos animales, propicia las condiciones para la vida del caimán y la tortuga marina.

Acá es prohibido pescar o explotar el bosque para conseguir madera. Pero en la cotidianidad, los guardarrecursos son testigos de cómo hay quienes hacen caso omiso a las instrucciones. Quizá por necesidad, dicen, la gente entra a pescar o a cazar.

Cuando encuentran a alguna persona explotando la reserva, los encargados de mantener este lugar deben hacer que la actividad cese. Pero quienes rompen la ley terminan escapando la mayoría del tiempo. “Los corremos, pero, entre el manglar, son venados”, confiesa Juan Henríquez, un guardarrecursos.

Al inicio de este canal están ubicados unos troncos y cadenas para indicar que esta es una zona restringida en la que no se puede pescar. Este día soleado de abril, justo en esa frontera señalada con letreros y palos, tres hombres jóvenes han colocado la lancha y pescan. Aunque ellos están fuera del canal, las líneas de pesca cruzan hacia adentro del área protegida.

A varios metros de ellos, un hombre sin bote arregla una red sobre el agua. Rodeado de tanta agua como está, pareciera que camina sobre ella. En realidad, asegura Jorge Oviedo, el presidente del Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES), es que el terreno está azolvado.

La gran mayoría de los ríos principales del país, el 67 %, no cuentan con árboles a su alrededor, con bosques de galería. Esto no es solo un problema por la deforestación de las riberas, sino porque influye en que los manglares se azolven, que ocurre cuando los ríos arrastran más sedimento como arena y tierra.

Cuando el lodo llega a los manglares, tapa los canales en los que se comunica el agua del océano con la dulce; no se produce el equilibrio necesario en ese ambiente. Sin este, los mangles mueren. Se extingue un ecosistema, sufren las especies acuáticas y la gente que vive de ellas.

Tala. El biólogo Éder Caceros denuncia que en este terreno de la Barra de Santiago, los mangles han sido cortados y ahora sirve como potrero para el ganado.

 

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LOS BOSQUES QUE FALTAN
Manuel de Jesús Díaz tiene 53 años, pero su piel quemada por el sol lo hace aparentar más edad. Se sube a un cayuco y empieza a remar a través del canal El Saite de la Barra de Santiago. Hacer esto hace un par de años era impensable. El canal se tapó.

“Fueron dos meses paleando”, cuenta Manuel. Así, a pura pala, los vecinos de la Barra lograron sacar el lodo acumulado que estaba afectando esta zona del manglar. El proyecto costó dinero. El trabajo para desazolvar un canal es pesado y requiere esfuerzo. La AMBAS logró ejecutar el trabajo, apoyada por FIAES y el MARN.

Manuel rema lento. Asegura que ganó $6.69 por cada tarea de tierra en la que quitaba el sedimento. Este espacio –que se considera ahora un ecosistema recuperado– también se había convertido en un potrero. El FIAES asegura que desde 2016 ha invertido $825 mil para conservar el área de El Imposible y la Barra de Santiago.

Cuando a Manuel se le pregunta qué fue lo más difícil de este trabajo, bromea con que “es comenzar”. Se ríe. Luego se pone serio y da una respuesta más formal: “Lo más difícil es que haya alguna organización que done el dinero para hacer las cosas”.

Este espacio intervenido de la Barra de Santiago contrasta drásticamente con aquel de Las Salinas. Allá, las vacas comen y se pasean en un lugar donde, en teoría, deberían habitar cocodrilos y caimanes entre las raíces y el agua de un bosque salado.

Deforestación. El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950.

Trucos de supervivencia en la Ópera de El Salvador

Ópera de El Salvador

Son las 6 de la tarde de este miércoles y, a excepción de un par de butacas, la zona del público del Teatro Presidente está vacía. No se puede decir lo mismo del escenario, donde hay una veintena de jóvenes esperando que les toque el turno de cantar y bailar. Frente a ellos, está la maestra de canto Gladys de Moctezuma. Ella tiene 90 años, y con calma, ha visto cómo sus alumnos se preparan para iniciar este ensayo. Cuando la música de la primera canción de esta pieza suena, se levanta de su asiento, camina a un pasillo y, alegre, comienza a bailar sola.

La Ópera de El Salvador (OPES) ha preparado un espectáculo que se llama “Moulin Rouge”, donde se interpretan canciones populares de varios musicales. La maestra que baila ilusionada por el estreno de sus alumnos es una de las fundadoras de esta organización privada. Sabe que su edad es avanzada y que la gente no espera que alguien de 90 años esté dando clases ni mucho menos bailando espontáneamente, pero ella dice que seguirá compartiendo lo que sabe hasta el último día en el que tenga la facultad para hacerlo.

Gladys es una cantante profesional entrenada en Nueva York. En El Salvador, su camino en la docencia musical inició en 1999, cuando un profesional del canto al que ella conocía, Joseph Doestch, la invitó a unirse al Programa de Formación de Cantantes de Ópera de la Asociación Lírica Salvadoreña. En 2007 el programa se transformó en lo que ahora se conoce como OPES.

La idea era enseñar la ópera a algunos jóvenes. Ahora el proyecto ha crecido más de lo que imaginaron y tienen bajo su responsabilidad el desarrollo de la voz de decenas de personas. Por eso esta semana es clave. Para que el proyecto de formación pueda sostenerse, es necesario que vendan suficientes entradas.

Los jóvenes que se forman para ser cantantes también reciben clases de actuación y expresión corporal. Vienen de todas partes del país y estratos sociales, así que son educados como becarios y se les pide una cuota simbólica. A veces, cuenta uno de los becarios, no todos logran pagar los $10 mensuales sugeridos. Aunque eso llegue a pasar, no se les expulsa del programa.

La OPES llena un vacío estatal de formación artística. Para desarrollar las clases, recibe financiamiento de la Secretaría de Cultura, recientemente convertida en ministerio, pero con eso solo se logra cubrir una parte del salario de los profesores, asegura el director. Para pagar el alquiler del local, el agua, la luz y la vigilancia, la OPES debe ofrecer clases privadas, brindar espectáculos populares y organizar recitales con sus solistas.

Además, varias personas reconocen a este colectivo como un espacio para cuestionar los privilegios que algunos de sus integrantes tienen y las carencias de otros. Hay dentro de sus salones de clases gente que estudió en conservatorios musicales de Norteamérica y hay, también, becarios que huyeron de sus casas porque las pandillas amenazaron a sus familias. El prestigio que cuenta es el de la calidad de su voz. Uno de sus cantantes con mayor experiencia lo resume en unas frases: “Todo mundo cree que aquí solo es la high class, la gente de la Escalón, pero no. La ópera es para todos, no solo ricos ni viejitos. Yo vengo de Apopa. Aquí hay gente que viene de huir y luchar por su vida”.

El escenario. La soprano Gracia González durante su participación en “Moulin Rouge, revista musical”, el último espectáculo montado por la OPES, a mediados de abril.

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LA OBSTINACIÓN DE APRENDER

En la OPES también hay historias de terquedad. Como la de José Benítez. Él tiene 25 años y es un cantante del oriente del país. Durante la tarde de este miércoles está usando un corsé. En la obra “Moulin Rouge”, él interpretará a un personaje femenino y cree que si usa esta pieza, talvez creará la ilusión de una cintura pequeña debajo del vestido de su personaje. Justo por comprar ese atuendo que probablemente nunca vuelva a usar, él se quedó sin dinero esta semana. En este vestuario gastó buena parte de los últimos $25 que tenía guardados para comer estos días.

José Benítez nació Usulután y creció en San Miguel. Su padre se dedicaba a la agricultura. Cuando cumplió 10 años ya empezó a trabajar por su propia cuenta en una huerta de plátanos. Cerca de su cantón estudió los primeros años de educación básica, ahí conoció a un profesor que cantaba música ranchera y quiso imitarlo, pero sus padres lo sacaron de la escuela por falta de dinero y por una creencia absoluta. José cuenta que su familia es muy religiosa y escuchó que la segunda venida de Cristo estaba cerca. Ante eso, la familia decidió que sus hijos no debían perder el tiempo en cosas mundanas como la escuela.

José dice que estaba decidido a superarse. Así que pidió, a través de otra iglesia evangélica, que lo recibieran en San Salvador para seguir estudiando y graduarse de bachillerato. La iglesia de la capital lo aceptó: le dio un espacio para vivir y lo inscribió en una escuela pública. A cambio, él tenía que trabajar en limpieza y estudiar teología.

“Para mí, fue bonito porque dije ‘voy a terminar mis estudios y a la misma vez voy a estudiar teología’. Pero yo no sabía qué era teología. Cuando vine aquí es que me llevé la sorpresa de que es estudiar la biblia”, cuenta entre risas desde las gradas del Teatro Presidente.

Para José, San Salvador fue una ciudad de sorpresas. En su cantón las iglesias no tenían instrumentos musicales, y venir a escuchar los cultos a San Salvador con bandas completas era como asistir al concierto de un artista famoso. “Como ver a Madonna”, dice, y sonríe.

Desde San Miguel traía la inquietud de aprender música. En San Salvador se inscribió en unas clases de piano que costaban $5. Ahí le contó sus deseos al profesor de música. Le pidió que le enseñara a cantar, pero el acento de oriente es distinto al de la capital, las eses de las oraciones no se marcan. Y el maestro le dijo que primero tenía que aprender a hablar. Y así, cuenta José, empezó a mejorar la pronunciación de sus palabras.

Dedicación. La OPES ofrece a sus alumnos una ventana de educación musical con formato único en el país.

En 2014 audicionó a la OPES y quedó seleccionado como uno de los becarios de la organización. Él no esconde que el primer contacto que tuvo con la ópera lo intimidó: “La primera vez que escuché una ópera, me retrocedí. Escuchaba una ópera en inglés, en francés, en ruso… y yo decía ‘apenas acabo de estar aprendiendo a hablar bien y hoy hay que hablar otro idioma. Esto no es lo mío’”.

Superó sus inseguridades respecto de su acento y se enfrentó a su voz cantada. Ahora ya está en su cuarto año de entrenamiento de la voz. Ya se graduó de bachillerato y sueña con estudiar una licenciatura en música.

 

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REGRESAR PARA SERVIR

Joseph Doestch es un hombre mayor de voz grave. Sus palabras suenan tan profundas que cada oración que pronuncia parece caer al suelo con peso. Creció en El Salvador, pero nació en Estados Unidos, donde se formó profesionalmente en la música. Es el presidente y director general musical de la OPES.

Se sienta sobre unas butacas y no es tímido para hablar de las cifras con las que hacen que el proyecto siga de pie. Dice que el gasto mensual para mantener un local y formar jóvenes es de $2,150 al mes: “Eso representa una cantidad anual de $26,000. De la SECULTURA (ahora convertida en un ministerio) se han recibido ayudas que han ido en decrecimiento. Ahorita, este año estamos recibiendo $20,000, pero eso solo cubre parte de las clases. Hemos tenido que recortar algunas porque nos recortaron el presupuesto. Por ejemplo, la clase de capacitación coreográfica se recortó porque no había para pagarle al maestro. Así es que nos hemos quedado con la clase de canto, de solfeo y la clase de capacitación corporal”.

Estas clases, que pueden sonar como un lujo, son esenciales para la formación temprana de artistas de calidad. Los esfuerzos estatales de formación artística hasta ahora han fracasado. La Escuela Experimental de Jóvenes Talentos en Artes Escénicas, Musicales y Plásticas, financiada por el Estado, cerró en 2012 sin haber siquiera logrado graduar a su primera promoción. Y hasta ahora, el Instituto Superior en Artes prometido desde la campaña presidencial de 2014 (ISAR) solo existe en papel.

A diferencia de proyectos fracasados, en este espacio hay cerca de un centenar de personas educándose artísticamente. “Nosotros tenemos tres niveles: el básico, que es el de los jóvenes que recién entran; los intermedios, que van poquito a poco siendo promovidos a nivel inmediato superior; y tenemos a los muchachos avanzados. Generalmente la estadía máxima en el nivel básico y en el nivel intermedio que pueden tener con beca son tres años. Y en el nivel avanzado es indefinido porque la idea es continuar creciendo”, explica Doestch.

Álex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

En el último año se ha tenido a 31 becarios intermedios y 18 becarios avanzados. Además de 24 niños que pertenecen al programa Niños Cantores de OPES. Con orgullo, el director indica que “este es el único programa que tiene esta formación. Todos estos muchachos están haciendo de todo: teatro musical, música popular, como cosas de más altura”.

Una estrategia para mantenerse a flote que la OPES ha encontrado es ofrecer clases privadas a personas con mejores condiciones económicas que puedan y deseen aprender canto lírico. El mes de clases privadas en esa modalidad cuesta $75.

Por ello, la maestra Gladys de Moctezuma se ríe cuando alguien le pregunta si obtiene un gran beneficio económico a través de este trabajo. A pesar de que realizan temporadas en el Teatro Presidente, donde las entradas cuestan en promedio $10, ella sostiene que al contrario de lo que podría creer el público, la lucha mensual es la de no quedar en números rojos.

Gladys de Moctezuma estudió música, filosofía y psicología hasta que llegó un momento en su vida en el que tuvo claro que su aporte para la sociedad debía ser musical. Así lo cuenta mientras toma un receso de la clase de canto que imparte este miércoles en la colonia Flor Blanca. Detrás de un piano, explica: “Yo sentí que había recibido un montón y que no había hecho un servicio social para ayudar a mi país. Hubo un momento que dije ‘necesito hacer algo con esto’ (la música), y Joseph Doestch me invitó unirme a él para formar a cantantes, y nunca imaginamos que iba a llegar hasta aquí”.

Metas. Joseph Karl Doestch y Gladys de Moctezuma no han dejado de encontrar en sus alumnos la motivación para mantener abierta la OPES, por encima de todas las dificultades de educar en el arte en El Salvador.

A unos metros de ella, detrás de una delgada pared, se encuentra el profesor asociado Josué Martínez, otra persona que salió de El Salvador, se formó y ahora intenta crear un medio real de artistas de la ópera. Cuando el conflicto armado de El Salvador inició, sus padres y él se mudaron a Canadá. Allá se educó, actuó, bailó y se convirtió en maestro. Hace un par de años vino a El Salvador, vio un espectáculo de la OPES y se sorprendió. Comenzó a acercarse a los maestros Joseph y Gladys, y empezó, durante sus vacaciones, a dar consejos a los jóvenes y a ser respetado por los fundadores.

Ahora divide su tiempo entre impartir clases en Canadá y en El Salvador. Como maestro, es duro y exigente. En los ensayos se encarga de poner disciplina y demandar que cada uno de los intérpretes lleguen en buen tiempo al escenario, que las cosas estén donde tengan que estar en cada momento y que la coreografía que han montado se siga con precisión.

La llegada de Josué Martínez a la OPES significó varias cosas. Una de ellas fue una visión fresca de lo que se podía hacer con el canto. Los maestros fundadores se enfocaron en educar a cantantes líricos y Josué puso sobre la mesa la posibilidad de formar a cantantes más versátiles que también fueran capaces de cantar música popular. Esta posibilidad se convirtió en una realidad sobre los escenarios. Y así es como se crearon espectáculos como “Moulin Rouge”.

Esto no solo sirve como experiencia para los estudiantes. El público también reconoce con mayor frecuencia los títulos de obras populares y la asistencia de espectadores es mayor que cuando se ofrece ópera clásica.

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ÓPERA EN LUNES

Es un lunes de abril. Son las 7:30 de la noche y este evento ha empezado puntual. Frente al público de este salón en el MARTE se encuentran Gracia González y Michelle Tejada. Las dos usan vestidos de gala. Al piano está el maestro Joseph. Las dos son estudiantes avanzadas de OPES y se nota. Son solistas y su voz es suficiente para convocar a 90 personas a escuchar ópera en varios idiomas un día de semana.

Michelle Tejada es mezzosoprano y esta noche canta en italiano, en francés y en inglés. El espacio en el que se presenta no es el mejor para la ópera, pero el público guarda un silencio absoluto cada vez que ella canta algo. En el salón solo se escuchan tres cosas: el piano, el aire acondicionado y su voz. Por un momento parece que si alguno de los espectadores respirara con demasiada fuerza, eso sería suficiente para interrumpir el canto sereno de Michelle.

El público de esta noche se ha enterado del recital a través de redes sociales. Las jóvenes artistas cantan durante una hora y al final reciben una ovación. Toda la velada ha sido una oda a lo simple: un piano y la voz. La entrada cuesta $5 y las cantantes no reciben pago por esto. Es parte de su formación. El dinero que se recolecta a través de estas presentaciones sirve para el fondo de funcionamiento de la OPES.

Michelle es una de las voces más protagónicas de este colectivo. “Viene de Ciudad Delgado y llegó a una audición que hicimos en la Alcaldía de Soyapango. Inmediatamente supimos que era una voz especial”, explica su maestro y director musical.

Ella ha resaltado incluso internacionalmente. En 2015 fue a pasar una temporada a Estados Unidos y sus maestros, desde El Salvador, buscaron a alguien que pudiera apoyarla para seguir entrenando su voz por las semanas que Michelle estaría fuera. Una maestra con quien estudió durante ese tiempo la inscribió en un concurso juvenil de canto lírico de la Asociación de Maestros de Canto de Estados Unidos. Michelle ganó el primer lugar y se convirtió en la primera hispana en lograrlo.

“Como Michelle, hay varios cantantes que vienen de zonas difíciles, pero la OPES está ayudando a explotar sus talentos, siempre se está haciendo todo a contracorriente y aún así, sacando estas producciones. Muy a pesar de los problemas económicos, ahí está el sentido de pertenencia y realización personal de ser parte de estos sueños”, comenta el becario y tenor Émerson Ayala.

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ABAJO DEL ESCENARIO

Abajo del escenario la vida suele ser menos glamurosa. Quienes encarnan a los personajes que se ven sobre las tablas del teatro tienen que sortear trabajos, estudios y, en algunos casos, la falta de fondos para poder venir a ensayar.

El centro de operaciones es una casa arreglada para funcionar como oficina y estudio. Algunas separaciones entre salones y escritorios llenos de papeles son biombos de madera con alguna tela. En esta casa de la colonia Flor Blanca, de San Salvador, se administran, ensayan y preparan los espectáculos. Aquí el contador y la secretaria escuchan clases de canto todo el día, pues los escritorios no están completamente aislados del sonido de las lecciones.

Este miércoles hay una clase de canto infantil en un salón. Nueve de quienes cantan son niñas y tres son niños. Parados frente a un espejo, empiezan a interpretar una canción andaluza y aplauden coordinados hacia los lados imitando a los cantantes de flamenco.

Las actividades están a la orden del día. A unos metros de los niños que hacen pasos de baile español está Ricardo Merino, uno de los becarios avanzados de la ópera. Merino es un joven alto y de complexión robusta. Este día está acá para tomar su clase, pero también tiene un pequeño espacio dentro de la oficina. Él es estudiante de diseño gráfico y dona su tiempo para realizar los afiches y la publicidad de las obras de la OPES. A veces recibe algún pago en reconocimiento por el tiempo invertido, pero no suele ser la regla.

Otro cantante de la OPES pone de su propio dinero para promover la publicidad que Ricardo realiza en redes sociales. Los esfuerzos de este colectivo no son solo monetarios, son de tiempo y sacrificio.

Por ejemplo, Álex Arce tiene ocho años de pertenecer a la OPES. Esta es la primera vez que no estará actuando ni cantando en un espectáculo del colectivo y eso lo tiene un poco triste. No estará porque no pudo hacer el tiempo suficiente para ensayar en la obra. Aun así, llega a los ensayos que puede para colaborar con cosas que necesiten resolver sus compañeros.

Alex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

Sin límites. El talento de los estudiantes de la OPES ha sido reconocido también en otros países.

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CUANDO LAS LUCES SE ENCIENDEN

Es la noche del estreno de “Moulin Rouge”. Los camerinos están llenos de vestuario brillante, tacones, pelucas y faldas de vuelo para que los cantantes interpreten desde canciones tropicales hasta música disco. La mitad de las butacas del Teatro Presidente –con espacio para 1,400 personas– están vacías, pero eso no le baja el ánimo a los jóvenes que están nerviosos por mostrar su espectáculo por primera vez.

El telón del teatro toca el piso y de pronto una luz rosada se posa sobre el centro del escenario. Se escucha un coro y el cantante y presentador de la noche se muestra frente al público. Usa un saco formal, pero lleva el pecho descubierto, sin camisa. Le da la bienvenida a la gente con una canción y el telón se corre hacia arriba. Una veintena de jóvenes baila y le canta al público. “Tenemos obras milagrosas que presentar”, dice la canción en inglés que interpretan vestidos de blanco y negro.

Uno de los que lleva este traje es José Benítez, el que hace años, en San Miguel, decidió que quería ser cantante y vino a San Salvador para estudiar en la escuela y aprender música.

A las 8:40 de la noche llega el intermedio de la obra. Algunas personas del público se levantan, se estiran, se toman fotos y regresan a sus asientos 10 minutos después. Mientras eso sucede en las butacas, José Benítez se maquilla e intenta entrar en el vestido de su personaje. Está serio y nervioso. Se prepara para colocarse una peluca.

José cantará una canción que dice: “Soy lo que soy y no tengo que dar excusas por eso”. Para ponerse de tono con la canción, los tres muchachos que actúan en la pieza van vestidos de drag queens. La canción es una celebración de la autenticidad y la identidad que se construye cada persona. No es algo que se discuta mucho durante los últimos ensayos pero, en privado, uno de los integrantes de la OPES dice estar nervioso por el recibimiento que pueda tener este número en específico.

José, de voz grave, intenta huir de los nervios y se enfoca en arreglarse mientras se prepara para salir al escenario. Cuando llega su número, se ve tímido al inicio. Conforme la canción avanza, gana presencia y termina de cantar su canción seguro. Al final, uno de sus compañeros hace un salto dramático e inmediatamente cae sobre el suelo en una pose estilizada. La gente aplaude. José regresa a los camerinos y comienza de nuevo la preparación para otro número y, ojalá, otro espectáculo.

La voz nicaragüense en El Salvador

Protestas
Protestas

Una manera de entender el presente es echando un vistazo al pasado. Lo sostiene Luis Sepúlveda, escritor y periodista chileno. Lo refuerzan Diana Domínguez y Diego Mendoza, nicaragüenses residentes en El Salvador. La historia se repite 40 años después de la revolución sandinista. El considerado como uno de los países más seguros de la región, con una tasa de homicidios de siete por cada 100,000 habitantes, vive una crisis política que ha cobrado decenas de vidas. Esta vez, los papeles se han invertido. En Managua, Masaya, Granada o León, la población se toma las calles y va en contra del Frente Sandinista para la Liberación Nacional. A más de 400 kilómetros de distancia, en El Salvador, Nicaragua también se vive con angustia.

Hasta el momento, no hay una cifra oficial que aclare cuántos nicaragüenses residen de forma legal en El Salvador. Sin embargo, en la Encuesta de Caracterización de Migrantes Nicaragüenses con Arraigo en el Oriente de El Salvador (2012), elaborada por la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), se determinó, tomando como base el último Censo de Población y Vivienda (2007), que la población nicaragüense en el país ascendía a 6,958 habitantes. De esos, 52.7 % eran hombres y 47.2 % mujeres, con un 75.9 % en el área urbana y un 24.0 % en la zona rural.

Las estadísticas pueden variar. Lo que por ahora uniforma el ánimo de los entrevistados es el sentimiento que mezcla miedo, repudio, indignación, coraje y orgullo de llevar la sangre nica en sus venas. Al menos, eso aseguran. Esta es la historia, voz y testimonio de algunos de ellos, quienes desde lejos ven lo que ocurre en su tierra natal.
La cita con Diana Domínguez es bajo el suave sol de una tarde en Antiguo Cuscatlán, La Libertad. Ella es nicaragüense, tiene 40 años y es originaria de León, ciudad en el oeste de Nicaragua. Se sienta con cuidado en las bancas de un centro comercial, a pocas cuadras de su residencia, a la que describe como una burbuja, apartada de la realidad. Las primeras palabras que salen de su boca son para quejarse de los problemas que tuvo hace unos días en el Aeropuerto Internacional Augusto Sandino al tomar un vuelo con destino hacia El Salvador. De hecho, todavía carga con su pasaporte y residencia. También con el dolor y repudio a lo que denomina el “régimen dictatorial de la pareja Ortega-Murillo”. Reconoce ser sandinista, pero no orteguista.

Domínguez ha vivido 17 años en el extranjero. La mayoría del tiempo en Europa. Vino a El Salvador en agosto de 2017. Forma parte de una generación nica que sufrió los embates de la guerra en los años ochenta. Sus padres, como muchos, trabajaron en el gobierno sandinista que vino tras esta, en donde, según ella, se soñaba con construir un mundo mejor. Dieron la vida para ello. Es una herida que no estaba bien sanada y que se ha reabierto con los últimos sucesos, pero también es para ella un proceso que reivindicó mucho a la mujer. “La mujer nicaragüense es brava, de temple, que lucha al lado del hombre. Si vos te fijás, las líderes de los movimientos estudiantiles son mujeres”, explica.

Ella es una de esas mujeres. Su mirada es profunda y habla con propiedad. Ahora está en tierra ajena, pero tanto el 28 de abril como el 9 de mayo participó en la Marcha por la Justicia y Democratización de Nicaragua. Estando ahí, se dio cuenta de que había en todo ese ambiente un aire de futuro, de esperanza, de unidad.
“El pobre caminó al lado del rico, por primera vez la bota de hule del campesino que carga un machete se unió con el zapato de marca de una persona que tiene mucha plata”, describe.

Y la compara con la entrada de 1979 en Managua. Es decir, cuando los campesinos y guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) confluyeron, en el inicio de la revolución, unidos bajo un solo objetivo: derrocar a Anastasio Somoza. Esta fue una de las primeras impresiones que tuvo Domínguez después de haber presenciado las marchas.

El origen de ellas es la gota que derramó el vaso. En primer lugar están las reformas al Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS). Uno de sus puntos era –según la publicación del Gobierno en La Gaceta, diario oficial– la deducción del 5 % de las pensiones. Decisión anunciada el 16 de abril, publicada dos días después en el diario oficial y revocada el 22. Sin embargo, fue demasiado tarde. El caos ya había iniciado.

“¿Vos te imaginás para un adulto mayor, que recibe una pensión mísera, todavía tener que dejar 5 % más sobre lo que recibe porque el INSS se fue a la quiebra gracias a un mal manejo de fondos?”, expresa Domínguez. De su cartera extrae una serie de papeles con datos. En uno de ellos se menciona que cuando Ortega recibió el INSS en 2007, había un superávit de más de 1,000 millones de córdobas ($31 millones). A partir de 2013, este comenzó a estar en números rojos. De hecho, según publicó el Banco Central de Nicaragua (BCR), de 2013 a 2015, esta entidad tuvo su peor déficit económico en los últimos 16 años.

No obstante, la reforma no fue lo único que exacerbó los ánimos nicas. También el incendio (por supuestas causas naturales) de la Reserva Biológica Indio Maíz, a inicios de abril, que quemó, según informes oficiales del Gobierno, más de 4,500 hectáreas de bosque.

Se trata de una de las reservas tropicales más importantes de Centroamérica, de acuerdo con organizaciones medioambientales. Incluso se habló de la catástrofe ecológica más dramática que Nicaragua haya experimentado. Sin embargo, la ayuda internacional de Costa Rica, país vecino, fue rechazada: 40 bomberos y 10 vehículos. El Gobierno optó por reforzar la zona con soldados del ejército y con un helicóptero cisterna de la Fuerza Aérea Mexicana, según informaron los medios nicaragüenses.

Todos los asesinatos que ocurrieron fueron de jóvenes por balazos certeros en la cabeza, en el cuello y en el pecho, relata Diana Domínguez. “Lo que queremos es que la dictadura de Ortega-Murillo se vaya del país y estamos dispuestos, como nicaragüenses, a que se hagan unas elecciones limpias, porque lo que queremos es un proceso de transición pacífico. Esos hijos no se los devolverá nadie a sus madres. Nadie devolverá esos padres a los niños que quedaron en la orfandad’’.

“Es casi imposible que el incendio se haya generado de forma espontánea, ese fue un incendio creado, de eso estamos seguros”, manifiesta Domínguez.
El 18 de abril comenzaron las protestas. Los estudiantes se atrincheraron en las universidades (UPOLI, UNA, UNI y UCA). El resto es historia. En opinión de Diana Domínguez, la orden que dio el Gobierno a través de la Policía fue matar, no herir ni dispersar. Sesenta y tres muertes han sido, hasta el cierre de esta nota, el resultado a lamentar.
Todos los asesinatos que ocurrieron fueron de jóvenes por balazos certeros en la cabeza, en el cuello y en el pecho, relata Domínguez. “Lo que queremos es que la dictadura de Ortega-Murillo se vaya del país y estamos dispuestos, como nicaragüenses, a que se hagan unas elecciones limpias, porque lo que queremos es un proceso de transición pacífico. Esos hijos no se los devolverá nadie a sus madres. Nadie devolverá esos padres a los niños que quedaron en la orfandad. Nadie va a restituir el dolor que tenemos de que se está repitiendo la misma historia de hace 40 años… cuando había un dictador, Somoza”.

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EL SENTIMIENTO DETRÁS de las palabras de Domínguez es compartido por Diego Mendoza, nicaragüense de 19 años. Para él, lo ocurrido en su país es un malestar acumulado de muchos años, donde el problema no solo fue la reforma al INSS, sino la reelección de Ortega en 2016 y la decisión de colocar a la primera dama, Rosario Murillo, como vicepresidenta. La misma que llamó “grupos minúsculos, almas pequeñas, tóxicas y llenas de odio” a los manifestantes.

Miedo. Como algunos nicaragüenses, Diego Mendoza prefiere ocultar su rostro. La razón: el temor al régimen.

Diego Mendoza vive en El Salvador desde 2010. Cuando estalló la crisis en Nicaragua, el 18 y 19 de abril, fueron momentos muy difíciles en su hogar. Él se quedó con la sensación de estar con los brazos cruzados. Sus padres, llenos de incertidumbre.
El resto de su familia está distribuida en Managua. Unos viven en la parte norte, otros en el centro. En los días de la efervescencia, fue necesario hacer llamadas telefónicas para saber, con mayor exactitud, lo que pasaba o estaba por ocurrir. Junto a las llamadas se acrecentaba el deseo de estar con los suyos. Aquí o allá.

“Mis primos me decían: ‘Sí, las cosas están feas’. ‘¿Dónde están?’, pregunté yo. ‘Estamos en la marcha’, respondieron. ‘¿Quieren que me preocupe más?’, dije. ¿Es que no nos podíamos quedar con los brazos cruzados. No nos podíamos quedar en la casa’, me contestaron”, comenta.

Mientras en Nicaragua cada muerte encendía más la llama del universitario, en la casa de Mendoza se empezaba a escuchar música de los años ochenta, es decir, de la revolución sandinista. Música que habla sobre una población unificada y llena de esperanza: “Nicaragua, nicaragüita, yo sé que te veré un día libre y por eso te quiero más”.
“Lloré, son cosas que te dan sentimiento, te remarcan que venís de un pueblo luchador, quizá no el más rico de Centroamérica, pero sí uno que ha librado grandes batallas”, menciona Mendoza.

—Hombre, si estuviéramos allá, yo al menos al paro hubiera ido –afirma su madre.
—Hombre, yo quizá ni al paro, sino a las marchas universitarias –responde él.

En una de esas marchas murió Álvaro Conrado, de 15 años. Era estudiante de cuarto año del Instituto Loyola. Según medios internacionales, se trata de la víctima más joven en las protestas. De acuerdo con el acta de defunción emitida por el Hospital Bautista de Managua, un disparo de arma de fuego le provocó lesiones en la tráquea y el esófago. Los daños fueron irreversibles.

“Su pecado fue llevarle agua a los estudiantes en las protestas del 20 de abril”, expresa Mendoza, quien, de igual forma, destaca el papel que han jugado las redes sociales para convocar e informar de lo sucedido en las manifestaciones. Gracias a ello, se ha enterado de todo. No confía en los medios de comunicación porque en su mayoría son controlados por Ortega.

Un reportaje del medio digital Onda Local reveló que ocho de los nueve canales en televisión abierta que existen en Nicaragua son controlados por la familia Ortega-Murillo, así como la dirección del sistema informativo de Canal 2.
“¿Cómo en dos días se pudo arruinar lo que le costó tanto al gobierno de Daniel Ortega?”, se cuestiona Mendoza. Por unos cuantos segundos guarda un profundo silencio. Luego se vuelve a soltar. No cree que la situación en Nicaragua se normalice al 100 %, mucho menos que el Frente Sandinista vuelva a ganar otro período presidencial.
“Después de las muertes y violaciones a los derechos humanos, la comunidad universitaria será un factor clave para que el Frente Sandinista no vuelva a ganar”, vaticina.

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Dividida. Tamara nació en El Salvador, pero se siente más identificada con Nicaragua. Su madre siempre le dijo que lleva la sangre caliente de un nica y el ser político de un salvadoreño.

TAMARA GARCÍA, de 23 años, tiene doble nacionalidad. Es estudiante universitaria. Nació en El Salvador. Pero los mejores años de su vida están a más de 400 kilómetros: en Monte Tabor, un barrio a las afueras de Managua. Lo visita en cada vacación. Allá dejó clavada su niñez.
Su papá es nica. Su mamá, salvadoreña. Ella vivió 15 años en Nicaragua, es decir, un pedazo de guerra y posguerra. Ahora, cada quien está por su lado. La familia de García, en su mayoría, emigró hacia Estados Unidos en pleno conflicto armado. Sin embargo, una parte se quedó en Monte Tabor. Como su padre, quien vive allá desde 2015. Es comerciante, se dedica a vender automóviles. O, al menos, eso hacía antes de que estallara la crisis política. Desde entonces, apenas y ha podido salir de su casa. Tampoco ha recibido muchas llamadas de personas interesadas por algún coche.

El contacto de García con su familia ha sido diario. Su tía abuela de 83 años incluso ha dicho que la situación está peor que en el conflicto armado. Su padre, quien ha estado en las marchas, comparte todo tipo de información. Entre más visible se haga, mejor, consideran. Primos, tíos, tías o conocidos. Siempre han sido de esas familias grandes que se crecen en un barrio y todo el mundo los conoce. Allá, dice, el apellido García pasa desapercibido. Son reconocidos como los Siqueira. No solo en Monte Tabor, también en Masaya y en Estelí.
“Ahora da miedo salir a la calle, da miedo quedarte atrapado en una manifestación, da miedo que de repente los agarren a balazos”, declara Tamara.

El día del enfrentamiento en la UCA, el padre de García estaba en los alrededores del campus. “Mi papá llevó a mi abuela –quien desde hace 20 años vive en EUA y llegó de visita– a comer pupusas. Pero después no se podían regresar. Estuvieron ahí como 20 minutos antes del enfrentamiento. Pasó una turba de jóvenes de la Juventud Sandinista y le llevaron el teléfono. Lo tenía en la mesa y se lo llevaron. Es bien feo, se les olvida que lastiman a sus propios hermanos”, opina.

“Nicaragua, te quiero libre”, decía el cartel que García llevó hace unas semanas a la embajada de Nicaragua en El Salvador. Una bandera y tres personas más le acompañaban. Considera que el nicaragüense es “muy sangre caliente y rápido para cooperar”, que hace lo que dice y no se deja pisotear. En cambio, para ella, el salvadoreño se queja, se indigna, pero no hace nada. Es más individualista.

Tamara García lo tiene claro: en un futuro no tan lejano, le gustaría vivir en Nicaragua. Carretera a Masaya, ahí está la casa de sus sueños. De acuerdo con ella, es más probable que el flujo migratorio se genere desde El Salvador hacia Nicaragua que viceversa.

“La misma inseguridad del Estado hace que la gente no se quiera ir, porque quieren ver un cambio, porque quieren colaborar y estar metidos. El nicaragüense es muy unido, huir no se les dará”, afirma.
Esta revista solicitó a la embajada de Nicaragua en El Salvador una entrevista para saber, entre otras cuestiones, si se ha tomado alguna medida especial por la crisis.

“La embajada de Nicaragua en El Salvador se excusa de responder a la entrevista, pues la embajadora Gilda Bolt va a salir del país”, fue la respuesta.

Según la Encuesta de Caracterización de Migrantes Nicaragüenses con Arraigo en el Oriente de El Salvador (2012), elaborada por la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), La Unión, con un 45.1 %, es el departamento con mayor cantidad de hogares de migrantes nicaragüenses, seguido de San Miguel con el 39.8 %, Morazán con el 9.7 % y Usulután con el 4.9 %. El mismo estudio también señala que los municipios donde se concentra la mayor cantidad de familias nicaragüenses en el departamento de La Unión son Pasaquina, Santa Rosa de Lima, Bolívar, Anamorós, La Unión, El Carmen, Lislique, Conchagua, San Alejo y Polorós.

—El barrio Monte Tabor: ahí crecimos, nacimos y ahí vamos a morir, creo yo –dice Tamara García. Su tía es la dueña de la tiendita del barrio.
“Ahí, todo el mundo te conoce desde que estás en la panza”, asegura. A Monte Tabor, un pedacito de Nicaragua, lo lleva en el corazón. “Las puertas siempre están abiertas de par en par. Cuando mi abuela y mi tía están, se ponen las mecedoras afuera”.
Tamara García está aquí, pero sigue viviendo allá: “Preguntame cómo llegar a mi casa acá, en El Salvador, y no sé, pero preguntame cómo llegar a Monte Tabor, es ver la iglesia, pasar del túmulo y sentirme en casa”.

Mientras en Nicaragua cada muerte encendía más la llama del universitario, en la casa de Diego Mendoza se empezaba a escuchar música de los años ochenta, es decir, de la revolución sandinista. Música que habla sobre una población unificada y llena de esperanza.

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Juventud. Felipe Gutiérrez lleva un año viviendo fuera de Nicaragua. Su punto de vista sobre la crisis política parece ser neutro. Eso no quita su indignación.

FELIPE GUTIÉRREZ tiene 24 años y es originario de Managua. Reside en El Salvador desde agosto de 2017. Es director nacional de Marketing en una ONG. El 23 de abril viajó a Nicaragua, cuando el caos comenzaba a predominar. Se encontró, dice, con gente peleadora, que cuando se quieren unir, se unen.
“Si ya lo hicieron en el pasado, lo pueden volver a hacer”, manifiesta.

A diferencia de los demás entrevistados, Gutiérrez define la situación vivida con una sola palabra: circo. Un circo por parte de las autoridades, donde no hay transparencia ni respeto a los derechos humanos. “Lo que me afectó fue saber que mi familia estaba allá. No quería que les pasara nada malo”, puntualiza.

Los entrevistados coinciden en sentimientos como miedo, orgullo, indignación e incertidumbre hacia el futuro. Piden, además de que se restituya la paz, la salida del denominado régimen Ortega-Murillo.
De la misma forma lo pidió Lesther Alemán, uno de los jóvenes que lideran y representan a los grupos universitarios en Nicaragua. Tiene 20 años y estudia en la Universidad Centroamericana (UCA). Frente al presidente Daniel Ortega y la vicepresidenta, exigió el cese inmediato de la represión.

“Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Ríndase ante todo este pueblo. Lo que se ha cometido en este país ha sido un genocidio”, dijo en la primera sesión instaurada en la sede del Seminario Nuestra Señora de Fátima, en Managua.

Nicaragua vive hoy las horas más oscuras y violentas de su historia reciente. Así son las primeras líneas de una carta abierta de escritores, artistas, intelectuales, periodistas y académicos ante los acontecimientos de violencia que iniciaron el 18 de abril de 2018: “Condenamos cada uno de los asesinatos de los jóvenes estudiantes, repudiamos todos los actos de violencia cometidos por las fuerzas especiales del Gobierno, y hacemos un llamado contundente a las autoridades nicaragüenses para que cesen de inmediato sus actos de violencia en contra de la sociedad. Exigimos que todos los crímenes sean investigados y los responsables llevados a juicio para que Nicaragua vuelva a ser en su presente un país con futuro”.

Repudio. “¿Cómo va a ser posible que el Gobierno te mate a tu propio hijo, en quienes se supone que te tienen que proteger?” se cuestiona Tamara García. Sesenta y tres fallecidos ha causado la crisis.