Un hijo que migra, ocho años de espera para reencontrarlo

Haydee Posada

Haydee Posadas tuvo que esperar ocho años hasta reencontrarse con su hijo. Eran tantos los nervios, que la noche anterior no pudo dormir.
Su hijo salió de Honduras rumbo a Estados Unidos en 2010, en parte por las amenazas de las pandillas, tal como hace unas semanas hicieron miles de migrantes que se fueron en caravana, algunos de ellos, de su mismo barrio. Pero al cruzar México, también como muchos otros, Wílmer Gerardo Núñez, de 35 años, desapareció en medio de la violencia desbocada del crimen organizado, no tan distinta de aquella que buscaba dejar atrás. Su madre, desesperada, no dejaba de rezar en busca de una respuesta.
“Estoy entre la espada y la pared”, se repetía la mujer año tras año. “No sé nada de mi hijo, si está muerto, si está vivo”.
La historia de Núñez es similar a la de muchas otras víctimas de la migración a su paso por México. Solo en los últimos cuatro años, casi 4,000 migrantes han desaparecido o muerto en su ruta hacia Estados Unidos, según una investigación de The Associated Press. La cifra a la que llegó AP es de 1,573 personas más que la última estimación de Naciones Unidas y, aun así, sigue siendo un recuento conservador porque puede haber cadáveres perdidos en puntos desconocidos del desierto, enterrados en fosas clandestinas a lo largo de la ruta o familias que ni siquiera se han atrevido a denunciar que les falta alguien.
Esos casi 4,000 latinoamericanos forman parte de los 56,800 migrantes desaparecidos o muertos en todo el mundo en el mismo período.
Migrar significa, en todo el planeta, correr riesgos. Cruzar México implica, además, recorrer territorios controlados por los carteles donde el crimen organizado opera muchas veces casi con total impunidad. Más de 37,000 personas han desaparecido en el país en medio de la violencia del narcotráfico, y el estado fronterizo de Tamaulipas, por donde pasa la ruta más corta para llegar a Estados Unidos desde Centroamérica, es el que tiene mayor número de desaparecidos. Lo abultado de las cifras, unido a la burocracia, la fragmentación de la información, la falta de voluntad política y el miedo a los carteles, hace que la recopilación de datos sobre un migrante desaparecido sea como armar un enorme rompecabezas en el que siempre faltan piezas.
Pero en ocasiones, gracias al trabajo de un sinfín de organizaciones, las respuestas llegan aunque sea a través de un pequeño trozo de papel manuscrito abandonado en una tiendita.

Ciudad Planeta, en las afueras de San Pedro Sula, podría parecer un barrio humilde como cualquier otro, con casas de una planta y techo de lámina. Solo las rejas que protegen la mayoría de viviendas hacen intuir la realidad: que es una de las colonias más peligrosas de uno de los países más violentos del mundo.
De ahí salió Núñez por primera vez en los años noventa, con 16 años, cuando su madre perdió el trabajo en una maquila.
“No me dijo nada, un día simplemente se fue”, recuerda Posadas, una mujer bajita de 73 años y ojos chispeantes, sentada en el porche enrejado que construyeron con el primer dinero que les envió desde Estados Unidos “para que no se colaran los ladrones”.
Núñez no era el mayor de sus 10 hijos, pero sí el que velaba por todos. “Estaba lejos pero me acostumbré a tenerlo cerca, casi todos los días me llamaba”.
Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wílmer había sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida. En 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, quien ahora tiene 38 años, y tuvieron una niña, Dachell. Cuando Lozano estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio de 2010, Núñez fue deportado por tercera vez.

Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wílmer había sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida. En 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, quien ahora tiene 38 años, y tuvieron una niña, Dachell. Cuando Lozano estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio de 2010, Núñez fue deportado por tercera vez.

Para su madre, las deportaciones eran sinónimo de felicidad porque podía disfrutar de su hijo en casa.
“‘Viejita, ¿qué hacemos de almuerzo?’, me decía, porque cocinaba mejor que una mujer”. A Posadas se le ilumina la cara con el recuerdo. “Hacía carne guisada, amasaba harina de tortillas, cocinaba plátano maduro o tajadas”.
En aquellos años, Ciudad Planeta ya se había convertido en centro de operaciones de las pandillas y en escenario de sanguinarias redadas. Ocho de los hijos de Posada se fueron del país.
La anciana sabía lo peligroso de la situación. Unas noches se despertaba por el estruendo de las pisadas de alguien huyendo sobre los techos de las casas; otras, por una balacera. O esa vez que su hija, la única que queda en Honduras, quedó esposada a las rejas de su vivienda mientras supuestos policías entraban y le pegaban un tiro a su nieto, a quien acusaban de estar involucrado con las maras, una de las pesadillas actuales no solo de Honduras, sino de otros países centroamericanos.
Pero la anciana, conocida por todos como mamá Haydee, tiene un lema de supervivencia básico en la Planeta, como coloquialmente se llama al barrio: “Si vio, no vio; si oyó, no oyó; y todos callados”.
La última vez que Núñez fue deportado, la situación era tan crítica que apenas salió de la casa.
“Lo veía muy pensativo”, rememora Posadas. “‘Siento temor’, me decía”.
Quería regresar cuanto antes para conocer a su niña recién nacida, y después de unos días en San Pedro Sula, su salida se precipitó aparentemente por una amenaza.
“Me tengo que ir de aquí ya”, le dijo a Lozano, su mujer, por teléfono, sin más explicaciones el día antes de dejar la Planeta.
Junto con su sobrino y dos vecinos, Núñez tomó el autobús de medianoche que cada día lleva a decenas de migrantes hasta la frontera de Guatemala. Entre lo poco que tenía en su bolsa estaban unas baleadas preparadas por su tía: tortillas con frijoles y huevo, uno de los platos más populares de la peligrosa Ciudad Planeta.
Núñez siempre cruzaba por Mexicali –en la frontera con California– con un coyote de su confianza. En esa ocasión, sin embargo, al llegar a Veracruz, “lo corretearon Los Zetas y se lastimó un tobillo”, cuenta su esposa. Eso lo obligó a cambiar de ruta y seguir rumbo a Texas, un camino más corto pero también más peligroso.
“Me llamaba todos los días, incluso desde el teléfono del coyote”, dice Lozano. Al guía lo acababa de conocer. Le parecía buena persona, aunque él estaba preocupado porque el grupo era muy grande. Viajaban en dos camiones.

Documentos. Haydee Posada muestra la licencia de conducir de Wilber Núñez, un hondureño que hizo vida en EUA, fue deportado en dos ocasiones y decidió volver a ingresar sin documentos.

Una semana después de salir de Honduras, habló con su madre por última vez y le pidió que rezara por él. Un día más tarde, llamó a Lozano y estuvieron de plática una hora. Rula, que es como le llamaban, estaba de buen humor y estuvieron bromeando sobre lo mucho que se echaban de menos.
Le dijo que estaban en Piedras Negras, Coahuila, al otro lado de Eagle Pass, Texas. “Me advirtió ‘ya vamos a cruzar, no te vayas a dormir’, porque yo tenía que depositar la mitad del dinero –$3,000– y esperar a que su hermana me avisara que había llegado bien para pagar el resto”.
Esa llamada nunca llegó. María Esther Lozano no volvió a contactar con Núñez. Habló al coyote un par de veces, él le dijo que estaban todavía esperando para cruzar.
Luego nadie volvió a contestar el teléfono.

Al principio, Posadas y Lozano no estaban muy preocupadas porque era normal que durante el cruce perdieran el contacto unos días. Pero poco después, el 24 de agosto, una noticia en la televisión le encogió el alma a la anciana: el hallazgo de 72 cadáveres en un rancho de San Fernando, en Tamaulipas. Todos eran migrantes.
La mexicana lo tomó con más calma porque sabía que San Fernando está a casi 600 kilómetros de Piedras Negras, donde Núñez le dijo que estaba la última vez que hablaron.
Al paso de los días se supo que una decena de personas en vehículos marcados con una “Z” habían cortado el paso a dos camiones. Se llevaron a los migrantes y les preguntaron si querían “trabajar para la guerra”, la de los carteles de la droga. Solo uno aceptó. A todos los demás les vendaron los ojos, les ataron las manos y tumbados en el sueño los ejecutaron. Un ecuatoriano que sobrevivió logró huir del lugar y alertó a la Marina mexicana.
“Me puse a llorar como loca. No salían nombres, pero yo me revolvía”, recuerda Posadas.
Una lista de víctimas apareció poco después. Los nombres de su nieto y los dos vecinos que viajaban con ellos estaban ahí, pero de Núñez, ni rastro. Las autoridades le dijeron que si no estaba entre los muertos, estaría vivo.
La vida de Haydee Posadas comenzó a cambiar ese día. Preguntó por su hijo en la Fiscalía, en la cancillería, ante las autoridades mexicanas para que rastrearan por todas partes. Su anterior pareja, el padre biológico de Núñez, se ofreció a ir a dejar una muestra de ADN para que lo compararan con el de los cadáveres todavía no identificados. Nada. Tampoco le reconocieron en las fotos de los cadáveres.
Posadas y Lozano, madre y esposa, quedaron unidas por un solo objetivo: buscar a Núñez. Lozano iba todos los días al consulado de Honduras, dio nombres, fotos, describió sus tatuajes, incluido uno que ponía Dachell y otro con el número ocho. Y todavía nada.
Poco después se supo que el ecuatoriano que sobrevivió a la matanza dijo que había otro superviviente que lo desató y le ayudó a salir del rancho. Era un hondureño. Lozano preguntó a autoridades de Honduras y México si podía ser su marido. Nada. Le negaron toda información porque se trataba de un testigo protegido.
En la embajada de Ecuador no tuvo más suerte. Pidió que le hicieran llegar al ecuatoriano una foto de Núñez. “No quería verlo, ni hablar con él, solo que viera la foto y me dijera si era la misma persona que le ayudó”, solloza recordando la desesperación del momento.
Desde Honduras, Posadas no avanzaba más. Marchó a Tegucigalpa a insistir en todas las instituciones, pero ni siquiera encontró quien le dijera qué había pasado con la prueba de ADN que supuestamente se había realizado su exmarido.
“Yo llamando y llamando siempre, hasta que se cumplió un año. Luego ya no me contestaron, y dije ‘¿para qué seguir?’”.
Solo quedaba ir a buscarlo a México, pero ¿a dónde podía ir una anciana enferma? Lozano no estaba en mejor situación: con cinco hijos dependiendo de ella, la más pequeña de meses, y sin documentos legales para residir en Estados Unidos.
Hermanos de la mexicana fueron a Tamaulipas. Allí contrataron a un abogado que pudiera entrar a las cárceles y entonces apareció otra luz: les dijo que había visto a una persona con las características de Núñez en una de las prisiones.
En la casa de la Planeta, en San Pedro Sula, Posadas se preguntaba: “¿Será que Dios ha escuchado mis plegarias?”.
Pero esa pista también se esfumó. Nunca supieron nada más del abogado, y los hermanos de Lozano tuvieron que dejar la búsqueda porque los amenazaron Los Zetas.
Posadas pensaba que si hubiera sobrevivido, habría llamado. También se repetía que como no había ni rastro de su cadáver, quizá había esperanza. A los tres años, el pesimismo comenzaba a imponerse.
“Sentía que estaba cayendo en una depresión tremenda”, reconoce. No dormía, se levantaba y pasaba las horas sentada en su pequeña sala llena de adornos, fotografías (entre ellas, una de Núñez de adolescente), un televisor y telas con versículos de la biblia.
Los días eran igual de desesperantes. “Andaba por la calle y me miraban que sonreía, pero era por fuera, nadie sabía cómo estaba yo por dentro”.

***

LOS CADÁVERES DE LA MASACRE de San Fernando, debidamente numerados, fueron llevados del rancho donde los mataron, a una base naval, donde permanecieron dos días expuestos a la intemperie, luego a una funeraria local y más tarde a la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, en la frontera con McAllen, Texas.
Algunos cadáveres fueron repatriados, aunque las identificaciones fueron cuestionadas en varios casos porque hubo entrega de restos equivocados a algunas familias. La mayoría de los cadáveres, ya en descomposición, fueron trasladados a Ciudad de México. Fueron llevados en un camión no refrigerado que apestaba a varias cuadras de distancia y que por esquivar a la prensa, chocó con unos coches, atropelló a una persona y quedó varado en medio de la calle.
Un día después de conocerse la matanza, el 25 de agosto de 2010, quedó registrado en el expediente oficial que el cadáver número 63 era un varón con tatuajes, entre otros, uno con la leyenda “Dachell” y otro con el número ocho. En documentos fechados un día después, se constata el hallazgo de una licencia hondureña a nombre de Wílmer Gerardo Núñez Posadas, con la foto de un hombre con bigote bien cuidado y barba de perilla.
Nadie hizo pública esta información.
Diez meses después de llegar a la capital mexicana, los restos que todavía estaban sin identificar, incluido el número 63, fueron enterraron en una fosa común.
En septiembre de 2013, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y otras ONG que participan en una iniciativa regional de búsqueda de migrantes desaparecidos, denominada Proyecto Frontera, firmaron un acuerdo con la Fiscalía mexicana para crear una comisión forense e identificar más de 200 cadáveres de un total de 314 víctimas de tres masacres de migrantes, entre ellas, la de San Fernando. Los restos que estaban en la fosa común se exhumaron para nuevas autopsias.
En marzo de 2015, la PGR mandó un escrito a la Corte Suprema de Honduras. Pedía ayuda para localizar a los familiares de dos hombres, uno de ellos era Núñez.
Nadie llegó a Ciudad Planeta.
Cuando los peritos argentinos se enteraron de la existencia de la licencia de Núñez, intentaron buscar a su familia y averiguaron dónde vivía.
“Yo dejé claro que a ese sector yo no podía entrar”, recuerda Allang Rodríguez, un psicólogo del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso, uno de los muchos grupos que trabajan con el EAAF.
Las organizaciones empezaron a remover cielo y tierra, acudieron a la Iglesia católica y preguntaron a las Scalabrinianas, unas monjas que trabajan con migrantes y deportados. Una de sus colaboradoras, Geraldina Garay, conocía a un taxista que vivía en la Planeta, y el hombre se ofreció a dejar un papel con un teléfono para Posadas en una de las “pulperías”, como se les conoce a las tiendas en el barrio, situada en un callejón detrás de la casa de Posadas. Era finales de 2017.
La anciana miró con extrañeza el trozo de papel con un número de teléfono que le había llevado su vecina. Marcó y la voz al otro lado le dijo que quería verla para hablar con ella sobre su hijo desaparecido.
“Hoy sí tengo esperanza”, pensó en ese momento.
Cuando se reunió con los peritos que viajaron hasta San Pedro Sula para hablar con ella, le contaron lo de la credencial y los tatuajes del cadáver número 63. Antes de acabar 2017, le tomaron muestras de sangre tanto a ella como a Wílmer Turcios Sarmiento, un joven de 18 años que todos creían que era hijo de Núñez fruto de una relación de adolescencia.
En mayo de 2018 les dieron los resultados. Fue una más de las 183 identificaciones de migrantes logradas por el EAAF gracias al Proyecto Frontera.
“Me dolió el corazón tanto… sobre todo por la muerte que él sufrió, que ni supo quién lo asesinó, con los ojos vendados, las manos amarradas… ahí sí sentí que…” No acaba la frase. Por primera vez los ojos se le llenan de lágrimas, la coraza que la anciana tardó ocho años en construir se rompió.
La prueba de ADN demostró también que Turcios era hijo de Núñez. Fue como encontrar y perder a un padre al mismo tiempo, recuerda Posadas que le comentó su nieto, el vivo retrato de su hijo.

Víctimas. Wilber fue parte de un grupo de migrantes a los que un grupo de sicarios privó de libertad y luego ejecutó en México.

Esa noche, Posadas volvió a dormir. “La verdad, aunque duela, siempre trae tranquilidad”, dice.
Pero en su cabeza retumbaba sin respuesta una sola pregunta, la que más le dolió: “¿Por qué? ¿Por qué tendiendo las pruebas las ocultaron tanto tiempo? ¿Por qué?”.
El informe que le entregaron a Posadas habla de errores en las autopsias, de irregularidades en el manejo de los cadáveres, de contradicciones, y pide que se investigue con las autoridades correspondientes de ambos países, Honduras y México, el motivo de la demora en la respuesta a la familia.
Ocho años y tres meses después de la masacre, no hay ningún condenado por los 72 asesinatos, y nueve personas siguen sin identificar. Las autoridades mexicanas no quisieron hacer ningún comentario.
Para Posadas, solo quedaba un último paso.

Algunos cadáveres fueron repatriados, aunque las identificaciones fueron cuestionadas en varios casos porque hubo entrega de restos equivocados a algunas familias. La mayoría de los cadáveres, ya en descomposición, fueron trasladados a Ciudad de México. Fueron llevados en un camión no refrigerado que apestaba a varias cuadras de distancia y que por esquivar a la prensa, chocó con unos coches, atropelló a una persona y quedó varado en medio de la calle.

***

EL 31 DE OCTUBRE, Wílmer Gerardo Núñez regresó a Honduras.
El cadáver llegó al aeropuerto de San Pedro Sula en un embalaje de cartón con una estrecha cinta negra y su nombre escrito a mano. De ahí fue trasladado a la morgue local.
Al abrir el ataúd, un olor a muerte suavizado con productos químicos se apoderó del salón.
Posadas, con una pequeña toalla roja en la mano con la que se secaba las lágrimas y el sudor, se acercó a la caja acompañada de su marido, su hermana y el psicólogo. Una forense del EAAF abrió la envoltura que cubría el cadáver. El rostro era ya una calavera, pero los brazos conservaban parte de su antigua fortaleza y la piel. Le mostró los primeros tatuajes. Posadas no quiso ver más. Era él.
Una veintena de personas acompañó a la familia durante el breve velorio organizado en la Planeta. El ataúd ocupaba toda la sala de la casa, que bajo un sol implacable se había convertido en un horno.
Después de ocho años de espera, el último adiós a Núñez no podía prolongarse más de dos horas porque si no, los pandilleros llegarían y eso era lo último que Posadas quería.
En la víspera se escucharon disparos a pocas cuadras de su casa.
Un autobús amarillo de la Iglesia Bautista Planeta llevó a la familia hasta un diminuto cementerio a pie de carretera, al que se entra por una caseta de cemento con una desvencijada puerta de hierro, la cual da paso a un cúmulo de abigarradas tumbas descuidadas y puestas sin orden.
“Ya estoy segura: es él, es él. Doy gracias a Dios”, solloza Posadas antes de derrumbarse junto al ataúd. Ni el conmovedor abrazo de su nieto que casi la cubrió por completo pudo calmar sus lágrimas.
El último viaje de los restos de Wílmer Gerardo Núñez fue a hombros de familiares y amigos que debieron trepar, bajar y esquivar tumbas hasta llegar a la señalada. Quedó sepultado sobre su primo, mientras media docena de celulares grababan o transmitían el momento a través de Facebook para los familiares que emigraron y ahora viven en Estados Unidos.
Hoy, las únicas que aún no saben que Núñez murió son sus hijas.
La pequeña, Sulek Haydee, ahora de ocho años, cada vez que habla con su abuelita por internet desde Los Ángeles, no deja de preguntarle: “¿Dónde está mi ‘daddy’? ¿Por qué no viene a vernos?”. “No puede, mamita, está trabajando”, contesta la anciana con un nudo en la garganta.
El hijo mayor de Núñez, Turcios, sueña con dejar atrás Ciudad Planeta para ir a Estados Unidos… o adonde sea. “Cualquier cosa mejor que esto”, dice.
Ocho años y tres meses después del último abrazo, Posadas dice sentir paz por primera vez.
Sabe que queda pendiente que se haga justicia, pero ahora reza para que a su nieto se le quiten las ganas de emigrar.

Sepultura. Haydee Posadas encontró a Wilber y logró darle sepultura. Esto no es posible para muchas familias que se extravían entre la burocracia y la desidia de las autoridades.

Dos caras de la caravana: los que migran, los que se quedan

Problemas. Deysi Orellana, Brithani Lizeth, de 3 años, Janeisy Nicolle, de 5 años, y Evangelina Murillo, se reúnen fuera de su hogar. Los padres de Brithani se perdieron la fiesta de su tercer cumpleaños después de unirse a una caravana de migrantes centroamericanos.

En el tercer cumpleaños de la hondureña Brithani Lizeth Cardona Orellana hubo pastel, pero también llanto.

Su abuela y su tía intentaron convertir la humilde casa de concreto en las afueras de San Pedro Sula en un salón de fiestas, pero la niña de pelo corto ondulado y sonrisa pícara no tenía las dos cosas que más quería en ese momento: una piñata con forma de muñeca y sus padres.

Ese mismo día de octubre su madre, Orbelina Orellana, de 26 años, y su padre, Élmer Alberto Cardona, de 27, dormían en la calle de un pueblo del sur de México junto a miles de migrantes que intentan llegar a Estados Unidos en una caravana sin precedentes.

A pesar de la distancia, Orellana consiguió por WhatsApp una foto del cumpleaños con un audio de la niña. Escucharla llorar y decir “te amo, mamita”, la hizo derrumbarse. “No me quería ni levantar”, dijo por teléfono.

Las redes sociales, los mensajes de texto y las breves conversaciones telefónicas son la vía mediante la que miles como Orellana y Cardona contactan con sus familias para confirmar que siguen bien mientras cruzan México, un país donde muchos migrantes son secuestrados, asesinados o simplemente desaparecen.

Escuchar a sus seres queridos hace que los invada la nostalgia, como ocurrió el día del cumpleaños de Brithani, pero también les da fuerza para continuar el difícil viaje de casi 5,000 kilómetros desde su tierra natal a la ciudad mexicana de Tijuana, en la frontera de Estados Unidos.

Hace años el camino al Norte podía convertirse en un agujero negro de información en el que las familias podían pasar semanas o meses sin saber de sus seres queridos, que podían llamar tiempo después de entrar a Estados Unidos o aparecer en la puerta de la casa porque los habían deportado.

Pero las redes sociales han cambiado todo.

En esta caravana, que ha llegado a reunir a 7,000 migrantes en algunos momentos, tener un celular es un tesoro del que no todos disfrutan. Si disponen de uno, generalmente tiene conexión a internet, hay que tener cobertura, batería -no siempre es sencillo cargarla- y, sobre todo, saldo. Los afortunados suelen compartirlo con sus compañeros de viaje para que entren un momento a Facebook para decir que están bien, mandar un mensaje de texto o pedirles recargas a familiares en Estados Unidos.

Orellana y Cardona tenían un teléfono e intentaban llamar todas las tardes a San Pedro Sula a medida que la caravana descansaba, si había suerte bajo techo o instalados en la calle o plazas públicas.

“Yo le digo que siempre la voy a querer y también que la amo mucho, y ella me dice que mejor que no la extrañe, que ella me va a mandar a traer”, explicó Janeisy Nicolle, la hija mediana de la pareja de cinco años, desde la casa de su abuela.

En esas breves conversaciones no siempre se dice toda la verdad para no preocupar más de la cuenta. Es mejor omitir detalles, como cuando el matrimonio quedó varado en la carretera del norte de México en un sitio frecuentado por el crimen organizado o que en la casa en San Pedro Sula escasean el arroz o los frijoles ahora que el pequeño sembradío de piñas de la familia no tiene nada para vender.

“Aquí es dura la vida”, dijo Deysi, la hermana de 29 años de Orellana. “Pero ahí también es difícil”.

Muchas personas de la caravana optaron por viajar con sus hijos -había más de 300 menores de cinco años a su paso por la Ciudad de México, según un censo hecho por las autoridades capitalinas- porque no tienen con quién dejarlos o ven más peligrosa esa opción. Otros, en circunstancias similares, deciden todo lo contrario.

Orellana y Cardona siguen creyendo que dejar a sus hijos en San Pedro Sula fue la mejor elección, aunque tienen claro que en cuanto consigan trabajo en Estados Unidos o México, los llevarán consigo.

A fines del año pasado, cuando la reelección del presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, provocó muchas protestas, el negocio de la pareja se resintió con los disturbios que hicieron cerrar muchas tiendas de pequeños productos electrónicos que ellos compraban y revendían en la calle. A veces, casi todo lo que ganaban se les iba en transporte y les quedaba poco para la comida.

Pidieron un préstamo a los únicos que les fían a los pobres: los pandilleros. Pero los problemas se multiplicaron cuando al comenzar a retrasarse en los pagos, una deuda de $250 se convirtió en una de $700. Entonces llegaron las amenazas de muerte.

“Si no hay cómo pagar, ellos buscan otras maneras, por eso me da miedo”, explicó Orellana.

Para colmo de males, su pequeña casa de madera se derrumbó por acción de las polillas.

“Sufrían mucho… hasta lloraban a veces”, dijo la madre de Orellana, Evangelina Murillo, una enferma de cáncer de 69 años que vive con su hija, su yerno, dos hijos solteros y ahora con sus tres nietos en la casa con una habitación y una cocina que le regaló una iglesia cristiana. La vivienda está en una colonia rural en las afueras de San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas de Honduras, donde pueden matar a un hombre para robarle un cerdo, como le pasó a uno de sus hijos.

Historias de pobreza o violencia similares se multiplican entre los integrantes de la caravana de centroamericanos que buscan una vida mejor pero que todavía no saben cuál será su destino, ya que los trámites de asilo en Estados Unidos se han endurecido y podrían quedarse meses varados en Tijuana.

Orellana y Cardona habían intentado emigrar hace cuatro años, pero fueron deportados desde el sur de México. Cuando escucharon en la televisión que se estaba formando una caravana, no lo pensaron. Orellana pasó corriendo a la casa de su madre para buscar unas zapatillas y se fueron colina abajo hacia la terminal de San Pedro Sula.

Pidieron un préstamo a los únicos que les fían a los pobres: los pandilleros. Pero los problemas se multiplicaron cuando al comenzar a retrasarse en los pagos, una deuda de $250 se convirtió en una de $700. Entonces llegaron las amenazas de muerte.

Lo más duro fue escuchar a la más pequeña gritando “no me dejes, mamita, no me dejes” mientras se aferraba a sus piernas.

“Yo decía ‘no me la puedo llevar, es mucho riesgo’”, recordó Orellana, con el corazón partido y aferrada a dos medallitas de la Virgen de Guadalupe que lleva colgadas al cuello, una con las iniciales de sus hijos.

Su hermana Deysi quedó a cargo de las dos niñas y del niño, Kelmer Alberto, de nueve años. “‘Ahí me los cuidás’, me dijo Orbelina. ‘Váyanse, entonces’, dije yo. Si nosotros comemos, ellos van a comer, si nosotros aguantamos, ellos aguantan”, explicó la mujer de labios gruesos y pelo alborotado reconvertida en madre de los pequeños.

Las comunicaciones casi diarias desde México se interrumpieron cuando a la pareja le robaron el celular. En esos momentos la única información era la que llegaba por televisión, siempre encendida en la casa, y donde los choques en la frontera o los rumores infundados sobre la muerte de un niño intranquilizaban.

“Cuando vemos esas imágenes, nos ponemos preocupados y solo pido a Dios que me los guarde”, afirmó la madre.

Pensar en sus hijos le dio fuerza al matrimonio en los momentos más duros: cuando perdieron sus identificaciones en el puente que une Guatemala con México, al subirse en camiones de basura para recorrer más rápidamente algunos tramos, al caminar bajo un sol abrasador o enfermarse cuando el frío los sorprendía en el camino.

“Cuando me daban ganas de regresarme, me decía ‘púchica, voy a la misma miseria siempre. Si ya estoy aquí, tengo que enfrentarme a lo que venga para darles una vida mejor a mis hijos’”, señaló Orellana.

A punto de llegar a Tijuana, donde todavía no saben si intentarán cruzar a Estados Unidos o pedir refugio en México, el matrimonio planeó hablar con sus hijos este domingo, una fecha importante. Janeisy Nicolle cumplirá seis años.

Conectados. Elmer Cardona, de 27 años, y Orbelina Orellana, de 26, descansan al lado de una carretera en Tapanatepec, estado de Oaxaca. El mismo día, Brithani Lizeth, la menor de sus tres hijos, celebraba su tercer cumpleaños en Honduras.

“Nadie sabía que yo llevaba al ‘Chapo’ en mi vehículo”

En solitario. “El Chapo” enfrenta juicio en Nueva York. Ha estado detenido en confinamiento solitario desde su extradición a Estados Unidos a principios del año pasado.

Tengo un tío que es 12 años más grande que yo y que también es policía federal. Cuando estaba chico, veía que llegaba con su uniforme y patrulla, lo que me causaba mucha admiración.
En alguna época vivimos cerca de una autopista, donde alcanzaba a ver las patrullas, y de ahí fue creciendo mi interés por formar parte de la Policía Federal de Caminos, como se llamaba entonces nuestra Institución.

No era fácil ingresar, eran muy estrictos. De inicio, había que ir bien vestidos y con el cabello bien arreglado tan solo para pedir informes. “¿A qué vienes? ¿A pedir informes o a pedir trabajo?”, nos decían los comandantes.

Me regresaron tres veces tan solo para tener informes de cómo ingresar. Ya con el cabello corto y bien presentado, pude saber de lo que necesitaba para poder ingresar a la Policía Federal de Caminos. Me tocó ir a las oficinas casi a diario durante siete meses, hacer ejercicio y correr para ganarme mi ficha de aspirante.

Aunque no era un procedimiento institucional, era un filtro que ponían los propios comandantes para que ingresaran solo aquellos que de verdad tenían la vocación para ser policías.
Cuando le dije a mi papá que quería ser policía federal de caminos, él solo se me quedó viendo y me dijo: “Sé lo que quieras ser, pero trata de ser el mejor”. Mi mamá, un poco más aprehensiva, se espantó, pero poco a poco fue entendiendo y cuando me dieron la lista de prendas que debía llevar a la academia, ella misma me compró todo.

En la academia de San Luis Potosí no solo conocí a compañeros de profesión, sino también a amigos que hasta la fecha frecuento y que han llegado a ser parte de mi familia.

Los retos que se nos fueron presentando, primero como cadetes y luego como policías federales ya graduados, fueron creando fuertes lazos entre nosotros.

El día de la detención de Joaquín “el Chapo” Guzmán, yo estaba en el tercer turno en Los Mochis, Sinaloa. Debía cubrir el horario de las 11 de la noche a las 7 de la mañana.

En el día, por la carretera Los Mochis-Navojoa, circulan muchos vehículos, incluyendo agricultores y gente que se dedica a la pesca, mientras que en la noche hay muy poca circulación.

Un turno cualquiera implicaba realizar mis recorridos, hacer folios de infracción si era el caso y, en general, estar al pendiente de prevenir y atender cualquier delito que se pudiera registrar.

Ese día se sentía algo raro. A las 3 o 4 de la mañana, comenzamos a escuchar helicópteros cerca, lo que me pareció extraño debido a que Los Mochis es una ciudad pequeña. Me imaginé que podría tratarse de un operativo de Sedena o Marina, pero no más.

Estábamos tres patrullas en el servicio. Yo conducía la patrulla acompañado de otro compañero, estaba también el responsable de turno, o RT, y otros compañeros más en la carretera que va hacia el norte, en los límites con Sonora.

A mí me tocó cubrir de Los Mochis hacia el sur, rumbo a Guasave.

Era una madrugada más sola que de costumbre. En algún momento, nos reunimos con el RT en uno de los tramos.
—Está medio raro. ¿Ya escuchaste los helicópteros?
—Yo también escuché. ¿Qué será?
—No, pues, quién sabe. Ahí nos vemos al rato.

Y el RT siguió con su recorrido.

Fue amaneciendo y comenzamos a escuchar disparos, por lo que nos acercamos a Los Mochis para reunirnos en un puente que está antes de entrar a la ciudad. En algún momento pensamos que los disparos podían ser a causa de un enfrentamiento entre delincuentes, pero el operador de radio nos informó que había un operativo de Marina y que había que estar pendientes.
El titular de la estación nos ordenó que todas las unidades estuviéramos atentas y esperar en la carretera a que llegara el primer turno. Para entonces, eran alrededor de las 6 de la mañana.
Me tocó quedarme debajo del puente donde nos habíamos reunido, desde donde se veía la afluencia de vehículos que venían de la ciudad para salir a la carretera.

Al poco tiempo cesaron los disparos y el ruido del helicóptero.

Instantes después recibimos vía radio la información sobre un reporte de robo de vehículo por parte del C4, instancia que sube a todas las autoridades este tipo de información por si tenemos contacto con el vehículo.

Estaba debajo de la patrulla junto con mi compañero cuando, a los 10 minutos, vi que venía el carro Focus rojo reportado. “¿Tan pronto? –pensé– No creo que tan rápido llegue aquí si se lo robaron en el centro”.

Solo alcancé a ver los últimos números de la placa y luego corroboré con mi compañero los datos del reporte.

Todavía vi cómo el vehículo se paraba con toda naturalidad ante una señal vial de “alto”, para segundos después dar la vuelta a la izquierda e ingresar a la carretera con dirección al sur.
Con la duda sobre si se trataba del vehículo robado, inicié el camino para verificarlo.

Más adelante se encontraba mi RT, a quien le hablé por radio: “Jefe, pasó un carro, un Focus rojo, nada más alcancé a ver los últimos números de la placa. No estoy seguro, voy a pararlo para que sepas y si es positivo, me ayudes”.

No aceleré mucho el vehículo porque estaba lloviznando y el pavimento estaba mojado, pero lo alcancé con facilidad.

El RT y yo le dimos alcance al mismo tiempo al vehículo y le solicitamos el alto. El vehículo se detuvo de manera normal.

Caminé y me paré del lado del acompañante del vehículo. Abrí la puerta y el pasajero se me quedó viendo. “¡Ah, canijo! Es ‘el Chapo’”, pensé.
—Comandante, comandante, échenme la mano.
—A ver, patrón, bájese tantito.

Al notar que las placas coincidían con el reporte de robo, nos bajamos de las patrullas con mayor precaución.

Del Focus se bajó primero el conductor, quien hizo contacto con el RT, mientras que yo me paré del otro lado de la patrulla para darle cobertura. “Comandante, traigo al patrón, échenme la mano”, alcancé a escuchar que decía el conductor, lo que me pareció muy extraño.

Caminé y me paré del lado del acompañante del vehículo. Abrí la puerta y el pasajero se me quedó viendo. “¡Ah, canijo! Es ‘el Chapo’”, pensé.
—Comandante, comandante, échenme la mano.
—A ver, patrón, bájese tantito.

Lo bajé y lo tomé del hombro. Alcancé a ver que traía una pistola debajo de sus piernas, por lo que rápido lo jalé para conmigo, como abrazándolo para ver si no traía un arma fajada.

Lo jalé y empecé a caminar a la parte trasera de mi patrulla. Cuando iba llegando a la puerta, le puse rápido las esposas. “¿Por qué, comandante? ¿Por qué me esposas? ¿Por qué me tratas así?”, me decía.
“Espérese, espérese, ahorita vemos”, le contesté.
Abrí la puerta de la patrulla y lo aventé hacia adentro. “Espérese, ¿por qué me trata así?”, me gritó.
Cerré la puerta y vi que todavía mi RT interaccionaba con quien en ese momento supe que era “el Cholo”. Le grité que lo esposara y enseguida lo empujó hacia adelante y le puso las esposas.
“Es ‘el Cholo’ y acá traigo al ‘Chapo’”, le grité.
“¿Qué vas a hacer?”, me dijo el RT. “Vámonos de aquí, nos van a matar”, le contesté, mientras comencé a ver que a lo lejos había un fuerte movimiento de vehículos en la carretera.
—Lléveme a Che Ríos. Ahí está mi gente, ahí nos van a apoyar.
—Sí, sí, ahorita vamos para allá.

En mi mente estaba claro que no tenía nada que ir a hacer a un lugar en donde me esperaba una muerte segura. En el primer retorno me di la vuelta en sentido contrario. Nadie sabía que yo llevaba al “Chapo” en mi vehículo.
Del otro lado comenzaron a pasar distintos vehículo, mientras yo seguía mi camino en el sentido contrario. Primero pensé en ir a la oficina de Policía Federal, pero eso significaba entrar a la ciudad y un gran riesgo, así que lo descarté. Luego me acordé de la guarnición militar, un lugar a donde a veces íbamos a hacer prácticas de tiro y que estaba sobre la carretera. “Ahí es un lugar seguro”, pensé.
Pasé el entronque de Los Mochis rumbo a la guarnición, mientras que mi pasajero insistía que lo lleváramos a Che Ríos. “Ahorita, ahorita, espérese tantito. Ahorita vemos qué hacemos”, le decía. “Bueno, bueno, está bien, está bien”, me dijo sin ponerse agresivo.
Cuando iba a medio camino, a lo lejos vi unas camionetas y sentí miedo. Entonces vi un hotel donde a veces comíamos y se me hizo fácil meterme. Sabía que ahí era menos probable que me encontraran.
Adentro, comencé a marcar. Para ese momento, el RT ya le había informado al jefe de estación que yo traía al “Chapo” en mi patrulla.

Nunca estuvo en duda avisarles a mis compañeros y mandos. Los conozco y tengo plena confianza en ellos.

Estuve a solas con él un rato. Fue entonces cuando me ofreció dinero.
—Ayúdeme y no va a volver a trabajar. Comandante, dígame qué quiere, pero ya écheme la mano.
—Ahorita vemos, ahorita platicamos de eso.
—Le ofrezco dos o tres empresas de aquí, de Sinaloa; es más, le dejo $50 millones para que no vuelva a trabajar nunca en su vida.
—Ahorita, espérese. Ahorita vemos qué hacemos.
—Comandante, no se vale. Tanto huir y tanto dinero para que usted venga y me entregue. No se vale.
—También entiéndame, estoy haciendo mi trabajo. Nadie me dijo que ahí venía usted. Yo soy policía y estoy haciendo mi trabajo. No vaya a creer que alguien me avisó.
—No ya sé. Ese fue un atorón bien.
—Ahí está. Nomás entiéndame que es mi trabajo.
—Está bien, comandante.
Se quedó callado, se agachó y no me volvió a hablar o a ofrecerme algo.

Al poco rato llegó el RT en la otra patrulla con “el Cholo” y nos quedamos ahí, en la habitación, con los dos hombres esposados.

Me asomé y vi que había personas en la azotea, pero me di cuenta de que eran compañeros policías federales que ya estaban dando el apoyo.
Luego bajó un helicóptero de Marina y llegó Sedena.

Yo ya estaba más tranquilo por todo el apoyo de las instituciones que había en el lugar. Entonces llegaron integrantes del grupo de operaciones especiales de la Marina, que se asomaron a la habitación donde estaba “el Chapo”.
—Tú fuiste, ¿verdad?
—No, no.
—¡Ah, cómo no! No sabes lo que acabas de hacer.

Con una cara de satisfacción y emoción, el marino se dio la media vuelta y se fue.

Hay quien me pregunta por qué no acepté el dinero que me daba. Para mí, fue sencillo: aún con todo su dinero, lo vi sucio, mojado, venía del drenaje, maloliente. Y yo nunca me quería ver así. “Cincuenta millones de dólares que en mi vida me voy a gastar, pero así me voy a ver, huyendo”, pensé.

Como policía, hice lo que debía hacer. Es “el Chapo”: detenlo, espósalo y llévatelo. No había otra opción.

En mi carrera como policía, durante 20 años de trabajo, siempre he tenido que tomar decisiones rápidas y que afortunadamente siempre han sido las correctas.

Para ser un policía que pase pruebas de $50 millones o de 500,000 pesos, hay que querer ser policía, sentir todos los días a la Policía, salir orgulloso y con ganas.
Eso se logra con educación, desde la casa, desde la academia.

Si no hubiera tenido a los padres que tengo, buenos instructores y buenos compañeros, que me enseñaron cosas buenas, talvez hubiera tomado otra decisión. La Policía Federal es mi vida. Es de donde mi familia depende. Es mi orgullo. Es lo que me gusta ser.

La detención del “Chapo” me cambió la vida entera.

En lo familiar, significó hablar con claridad y sinceridad sobre lo que había pasado. Aunque mi hija estaba pequeña, tuve que explicarle que su vida también iba a cambiar. “Entiendo”, me dijo.
También cambió mi vida en el trabajo. Tuve mandos que le dieron un correcto valor al trabajo, un valor real, y eso me permitió tener un ascenso y un reconocimiento a alguien que, como policía, hizo lo correcto.

Hoy estoy convencido de que los policías debemos comportarnos en todo momento como se esperaría que se comporte un policía íntegro y profesional.

Eso significa hacer cosas buenas para que la sociedad siga viéndonos bien, que no siempre ha sido fácil, porque a veces se dejan llevar por una imagen distinta a lo que en realidad somos.
Si no actuamos en todo momento con el corazón, nos vamos a tardar en lograr la confianza y el respeto de la ciudadanía, que es indispensable en la tarea policial.

Tengo la fortuna de ser ejemplo de que cuando actúas de forma correcta, las cosas salen bien, que la Policía Federal te lo reconoce y eso te motiva a echarle más ganas.

Sé que de haber decidido otra cosa aquella mañana, habría perdido lo que ya gané, que es el respeto de mi familia y de quienes en mí confían. Además de que hubiera decidido seguir una vida que me condenaba a estar siempre huyendo y en la que difícilmente hubiera tenido un buen final.

“Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas”

Dirigiendo la orquesta

El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel tiene muy presente en todo momento sus orígenes, a pesar de su fama internacional y de haber logrado uno de sus sueños: dirigir la Filarmónica de Berlín, con la que actualmente está de gira por Asia.

En esta entrevista, habla de las diferencias entre las orquestas, la importancia de acercar la música clásica a los jóvenes, su pasión por romper barreras, los problemas actuales de su país y del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, donde se formó.

¿Qué significa para usted dirigir la Filarmónica de Berlin?
Un sueño hecho realidad. Conversaba el otro día con un amigo y le decía que para mí, ha sido lo más natural del mundo. Yo nunca me he presionado para lograrlo. Pero mi primer sueño musical está relacionado con esta orquesta. Me acuerdo que iba a los conciertos en Barquisimeto de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Lara y me sentaba en la primera fila del Teatro Juárez, un teatro de principios del siglo XX. Y ya entonces soñaba con estar aquí, en Berlín.

¿Se tiene que pellizcar a veces?
Sí, porque uno no debe perder la inocencia. Cuando pierdes la inocencia, todo se vuelve rutinario.

Usted es el director musical de la Filarmónica de Los Ángeles. ¿Puede definir en qué se diferencia una orquesta norteamericana de una europea?
Dudamel: Con Los Ángeles, donde ya dirijo desde hace 10 años, hemos construido un discurso sonoro juntos. Es una orquesta maravillosa, a la que dirigieron desde Zubin Mehta hasta el gran Otto Klemperer. Pero cuando llegas a una orquesta como invitado, como es el caso de Berlín, llegas como el invitado a una casa. Si es tu casa, tratas de disfrutarlo. Así es con una orquesta. Toda orquesta tiene una tradición, un sonido, una forma de tocar que tú, antes de imponer algo, tienes que escuchar. Es como bailar: vas enseñando y aprendiendo un poco el movimiento de tu pareja y te vas adaptando. O como manejar un coche: no es lo mismo manejar un Ferrari que un Aston Martin. Son dos carros rápidos pero los dos son muy distintos.

¿Ya manejó uno?
Alguna vez, por diversión. Me encantan los coches, desde que era niño, por la tecnología. Pero volviendo al tema, no puedo hacer sonar a la Filarmónica de Los Ángeles como la Filarmónica de Berlín.

Llegó a Los Ángeles con un proyecto de aproximación a la comunidad, sobre todo latina, de la ciudad.
Sí. La primera propuesta fue crear una orquesta con niños. La Filarmónica de Los Ángeles tiene que participar en moldear el futuro de la sociedad. Yo provengo de una iniciativa similar, pero de mucha más larga data: el Sistema de Coros y Orquestas juveniles de Venezuela, creado por el maestro José Antonio Abreu. La filarmónica asumió la propuesta inmediatamente. Y en estos 10 años que existe YOLA, la orquesta juvenil, ya vamos por el séptimo centro. Ahora el arquitecto Frank Gehry esta diseñando un centro en Inglewood, una zona de escasos recursos, complicada, dónde hay un banco que se reestructuró y se va a convertir en un escenario y en un espacio musical.

Su figura hasta hoy, con sus 38 años, está asociada a la juventud….
A pesar de las canas que me están saliendo.

¿Cuál es la importancia de ganar un público nuevo, más joven?
Es fundamental, y eso no es una fantasía, sino una realidad con mucha base. Yo crecí en un proyecto así, el sistema, y por eso sé que funciona. El objetivo no es que esos niños luego sean músicos profesionales, sino que tengan un aprendizaje musical. Algunos después deciden ser músicos, otros no. De los compañeros de mi generación, han salido ingenieros, emprendedores, médicos. Pero nunca dejan de estar en contacto con la orquesta y nunca dejan de escuchar conciertos. De esta forma han aprendido a desarrollarse como espectadores y atraen a su vez a gente que no tiene nada que ver con la música. Por eso no podemos quedarnos sentados en un trono. Tenemos que ir hacia la gente y hacer entender lo que hacemos. Porque tampoco es llegar y tocar, sino mostrar la posibilidad transformadora que tiene la música.

En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

A diferencia de Europa, en Estados Unidos las orquestas no tienen problemas en trabajar con músicos pop.
No, y está bien que así sea. Estas superestrellas, en algunos casos verdaderas leyendas, son artistas maravillosos. No te imaginas el nivel de perfección en los ensayos, cómo aprecian cada detalle. En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

¿Es una experiencia que llevó de Venezuela a Los Ángeles?
Sí, la de romper barreras. Cuando comencé a dirigir en Los Ángeles, nos embarcamos en proyectos maravillosos. Nunca me hubiera imaginado hacer una ópera con Frank Gehry, pero así fue. Me ayudó a que hiciéramos la trilogía de las óperas de Mozart con los libretos de Da Ponte con tres arquitectos: Jean Nouvel, que hizo “Las bodas de Fígaro”, Zaha Hadid, que hizo “Cosi Fan Tutte” y Gehry con “Don Juan”. Ahora acabo de hacer con el coreógrafo Benjamin Millepied, el esposo de Natalie Portman, una versión de “Romeo y Julieta” con una filmación en vivo de ciertas partes del ballet. Todo lo que estaba sucediendo alrededor del hall aparecía en una pantalla en el escenario simultáneamente con la danza.

¿En qué situación está el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela?
El sistema sigue adelante a pesar de la complejísima situación que estamos viviendo en Venezuela -económica, social, espiritual. Hoy es un emblema de esperanza. Esto no lo digo como una frase hecha, porque a pesar de todo, el sistema no se ha detenido. Estamos viviendo un momento muy complejo debido a la salida de muchos talentos del país. Pero de alguna manera también, a pesar de la compleja situación, de lo difícil que puede ser para un músico, para cualquier tipo de profesional, salir del país, veo muchos de ellos en todo el mundo y no pierdo la fe en que volverán y que se están enriqueciendo y están siempre en contacto con sus compañeros en Venezuela.

¿Es decir que el sistema tendrá en el futuro un papel que ahora ya no puede tener?
Mientras haya un niño en los núcleos, el Sistema está vivo. Un solo niño, un maestro. Aun hoy, en la situación actual, eso genera un efecto multiplicador. El sistema se ha hecho de adversidades. Cuando el maestro (José Antonio) Abreu lo creó, nadie creía en él. Le costó muchísimo abrirse camino. Cuando estaba en Barquisimeto, no teníamos un sitio dónde tocar, no había instrumentos. Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas, uno tocaba una hora, después el otro. Nos decían “la orquesta de los sin techo”. Y a pesar de todas las crisis que hemos estado viviendo en los ochenta, en los noventa, todavía estamos.

Gustavo Dudamel. Director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles

¿Es una situación terminal?
El filósofo francés (Jean-Jacques) Rousseau le preguntaba a Dios en “Las confesiones” por qué le había hecho pasar tantas situaciones adversas. La respuesta: te he hecho débil para caer en el hueco, porque te he hecho lo suficientemente fuerte para salir de él. Yo podría hablarte de todo lo terrible que está sucediendo en mi país, que es triste y doloroso. Cada vez que veo salir a un joven, me duele. Cuando veo que la gente no tiene la posibilidad de comprar los bienes básicos, me duele, también porque allá vive mi familia, de la que nunca me he desconectado. Pero al mismo tiempo debemos seguir luchando porque al final del túnel hay una luz, y esa luz significa unión. Porque la polarización ha calado hondo hasta en las mismas familias.

Para que la unión suceda, ¿Nicolás Maduro deberá dejar el poder?
Yo creo que el pueblo es sabio y sabrá decidir cuál es su futuro. El problema es hoy la sobrepolitización, y de eso tenemos que proteger a nuestros niños. No podemos enfermarlos con esta diatriba política y esta pelea permanente de que si tú eres culpable. Cada uno tiene que asumir su responsabilidad y su culpa. Nosotros, desde las pequeñas posiciones en que estamos, tenemos que construir el país.

¿Pero existe hoy ese margen en Venezuela?
Absolutamente. Creo que ahora es el momento. Pero los tiempos de un país son distintos a los tiempos de un individuo. Nosotros podemos desesperarnos, pero un país necesita mucho tiempo para transformarse. Basta con ver lo que vivió Alemania: dos guerras mundiales, regímenes dictatoriales, un muro que los separó. Tantos años de sufrimiento y tantas equivocaciones. Nosotros también hemos sido muy golpeados, también por nosotros mismos, por no tener la disciplina suficiente. Pero no es momento de achacarnos culpa. Es el momento para que cada quien asuma la responsabilidad que tiene.

¿Se siente como protector del sistema desde el exterior?
Completamente. Yo soy un papá.

¿Y esa posición también le ha llevado a mantenerle en silencio durante mucho tiempo?
Pero es que yo nunca he estado en silencio. La gente sabe solo el 0.1 % del trabajo que hago. Yo muchas veces he estado en Venezuela y nadie sabe que estoy ahí. Viajamos por el país viendo cómo están los núcleos, pero yo no hago alarde de eso o me tomo una selfie. He estado metido en sótanos viendo ensayos de orquestas, nunca en la sala grande; me he reunido con los muchachos, estoy en contacto con ellos a través de Skype…

¿Cuál es su papel como ciudadano de Venezuela?
Mi papel es de unir y no dividir. Porque para mí, es muy difícil tener un público que está completamente dividido y yo dividirlo más. Mi función es que el publico sienta que cuando está escuchando música, se está uniendo. Habrá otros que hacen discursos políticos, pero esa no es mi función. El resto es trabajar, no por un lado o por un color, sino por toda Venezuela.

¿Cuál es la base de su optimismo?
Cuando me pasan los videos de todo lo que está sucediendo en Venezuela y veo toda la cacofonía que se vive, y al mismo tiempo veo niños en un curso de oboe -ahora vas a pensar que estoy loco-, es que eso es lo que brinda esperanza, tal cual lo concibió el maestro Abreu con el sistema. Por eso tengo fe en que vendrá el momento en que Venezuela se desarrolle, porque ahora estamos en el hueco, pero nos han hecho lo suficientemente fuertes para salir de él.

Región sin remedio

Es un problema mundial, pero golpea especialmente a esta región del globo: el acceso a los medicamentos caros, la sustentabilidad de los sistemas para lograrlo y la vía judicial como herramienta que muchas veces termina favoreciendo a los pacientes, pero poniendo en aprietos a los Estados.

Desde el punto de vista económico es un fenómeno particular. Sucede que quien paga el medicamento no es quien decide su prescripción (el médico) ni quien lo consume (el paciente). La demanda es inelástica, porque la gente no decide enfermarse, y cuando se enferma suele estar dispuesta a endeudarse y pagar lo que sea por el medicamento que le prometa más o mejor vida. A su vez, la investigación en torno de los medicamentos no está en manos de los Estados, sino de la industria, y las patentes son la forma que tienen los laboratorios de recuperar el costo de sus investigaciones. Sin embargo, esto habilita los monopolios u oligopolios de medicamentos, y la consecuencia es el cierre del círculo: precios inaccesibles.

Así lo expuso recientemente Tomas Pipo Briant, asesor en medicamentos, tecnologías de la salud e investigación en la Organización Panamericana de la Salud (OPS), durante un congreso regional organizado por el Banco Mundial y que tuvo lugar en Montevideo a principios de septiembre. “¿Cuánto cuesta desarrollar una molécula?”, se preguntó Pipo Briant en esa instancia. Y si bien distintos estudios han intentado responderlo, los resultados revelan que no lo sabemos a ciencia cierta: las estimaciones van desde $100 millones hasta $4,200 millones.

¿Y qué tan redituable termina siendo para los laboratorios? Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $ 88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término “medicamentos de alto precio” en vez de “de alto costo”.

Así, ningún país del mundo ha logrado brindar todo a todos. En el mismo congreso, Juliana Vallini, representante del Fondo Estratégico para Suministros de Salud Pública, también de la OPS, consideró que “garantizar un acceso equitativo a los medicamentos” con limitaciones presupuestarias ha sido más difícil en América Latina.

¿Por qué? Puede haber distintas explicaciones —una de ellas, sostuvo, es la falta de agencias independientes de evaluación de fármacos, como hay en Europa. Pero más allá de las causas, Vallini puso el foco en posibles soluciones. Primero, apostar a “evidencias de calidad”, y para ello pidió que los países se apoyen en las guías que emite la OMS. Aunque eso no es garantía, porque a menudo sucede que un país quiere un medicamento y la industria no está interesada en brindárselo a un país con poca demanda; o porque en otros casos el Estado dice “no quiero comprar tal medicamento porque no cierra la ecuación costo-beneficio”, y termina comprándolo igual por mandato judicial.

Vallini contó casos exitosos de compra conjunta a través del fondo de adquisición de medicamentos de OPS. Con el Darunavir, por ejemplo, Suramérica consiguió el precio de venta más bajo de la historia de este fármaco. Las compras centralizadas como región, en las que cada país pone sobre la mesa sus volúmenes de demanda, han dado buenos resultados.

En países como Brasil y Colombia se ha incursionado en políticas de regulación de los precios. En Argentina, la compra conjunta entre varios organismos logró bajar un 80 % el precio que imponía la industria para el Factor VIII, que se usa para el tratamiento de la hemofilia tipo A. Uruguay, en tanto, logró un acuerdo de riesgo compartido con el laboratorio que produce Trastuzumab, por el cual el Estado paga una cuota fija por mes si el número de pacientes nuevos se mantiene en un rango, sin importar en qué fase del cáncer se encuentren. En este caso rige una cláusula de confidencialidad —el país está impedido de divulgar el precio final— y el laboratorio asume el riesgo de financiar el medicamento aún en casos de bajo costo-efectividad.

Otro camino que la región y el mundo están transitando es la incorporación de biosimilares, es decir, copias de los biológicos originales. Esto conlleva ciertos riesgos y si bien se espera que en un futuro implique una reducción de los precios, la diferencia aún no es considerada suficiente.

En lo que todos están de acuerdo —médicos, abogados, pacientes, autoridades— es en la perversión del sistema tal como viene funcionando, y en la inconveniencia de la judicialización. Sin embargo, la obtención de un medicamento por decisión de un juez sigue siendo una realidad en la mayoría de los países de la región, y en varios viene en aumento.

Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término “medicamentos de alto precio”, en vez de “de alto costo”.

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BIOSIMILARES SEDUCEN COMO UNA FORMA DE ABARATAR

Los medicamentos más caros son los biológicos. Se diferencian de los sintéticos (como la Aspirina), porque se los desarrolla a partir de seres vivos.

La unidad de medida que se utiliza para saber el peso molecular de los medicamentos es el dalton. Un remedio de síntesis no suele tener más de 1,000; un biosimilar pequeño —como la insulina— tiene 6,000. De los remedios más pequeños se puede saber todo: la cantidad de átomos y la conformación exacta de la molécula, por ejemplo. Pero de los más grandes, los biológicos, no se puede saber tanto. Esto es lo que lleva a que las copias sean similares —biosimilares— y no idénticas.

Con las copias no se hacen tantos ensayos clínicos como con los originales, pues el costo del proceso sería carísimo y el precio terminaría siendo parecido al del original. Por eso, muchos efectos adversos se descubren recién cuando los remedios son probados por los pacientes.

En varios países de la región se empezaron a aprobar medicamentos biosimilares. Uruguay habilitó este año una copia de Rituximab. Este fármaco es entregado por el Estado, pero no para todas las patologías para las que los médicos suelen indicarlo. De hecho, el Ministerio de Salud recibió el año pasado 25 juicios por Rituximab, siendo así el segundo fármaco más reclamado. Argentina también tiene aprobada la venta del Rituximab biosimilar, y de un Bevacizumab. Perú, en tanto, aprobó el Infiximab.

En Brasil aún no hay biosimilares, pero se estudia la incorporación y producción de estos medicamentos. Colombia está en la misma situación.

El Rituximab aprobado en Uruguay, que es del laboratorio argentino Elea, fue retirado del mercado en República Dominicana por falta de pruebas. Algunos expertos, como el farmacólogo mexicano Gilberto Castañera, han denunciado que el Rituximab argentino es un “biomimic”, como se le llama a las copias mal hechas de biosimilares.

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EN LA JUSTICIA

Un trabajo conjunto de 11 medios de América Latina permite concluir que al menos en ocho naciones la judicialización de los medicamentos está instalada. Brasil es, de acuerdo con la información recabada, el país que ocupa el primer lugar en este podio. Los últimos datos del Consejo Nacional de Justicia (CNJ), correspondientes a 2016, dan cuenta de al menos 312,147 acciones pidiendo financiamiento de medicamentos, la mayoría de alto costo. El número total puede ser mayor, porque la clasificación no es bien vista por los tribunales, lo que impide un cálculo preciso. Asimismo, no hay información sobre el número de juicios favorables al paciente.

En Brasil, donde hay 19,000 magistrados, preocupa la eventual falta de contrapunto técnico científico para tomar decisiones correctas. Por eso el CNJ implementó, en noviembre de 2017, una plataforma de asesoramiento para que los jueces puedan salir de dudas respecto de los efectos y la conveniencia de los medicamentos que se reclaman.

En Colombia, Argentina, Costa Rica y Uruguay, tramitar un recurso de amparo para acceder a un medicamento o un tratamiento no incluido en la cobertura es algo habitual. Colombia y Costa Rica cuentan con una herramienta por la cual no es necesario tener un abogado para demandar al Estado. En Colombia, donde viven casi 50 millones de personas, el mecanismo de tutela favorece cada año a cerca 20,000 ciudadanos que reclaman medicamentos de alto costo. En Costa Rica, en tanto, con una población de poco más de 4 millones de habitantes, los recursos de amparo por este tipo de remedios se duplicaron en los últimos ocho años; en 2017 fueron 317 y el 59 % se resolvió de modo favorable a los pacientes.

La judicialización también existe en Argentina, pero al ser varios los organismos que entregan medicamentos resulta muy difícil cuantificarla. Esa fragmentación de la cobertura y la financiación diferencial de determinadas patologías llevó a que se multiplicaran las posibilidades de entablar juicios, principalmente mediante recursos de amparo. En Argentina sí se requiere de un abogado y el costo corre por parte del demandante, aunque hay asociaciones de pacientes e incluso laboratorios que colaboran.

Los peores escenarios. A pesar de que el acceso a los medicamentos es un problema de toda la región, en países como Venezuela es complicado encontrar medicamentos considerados comunes.

De acuerdo con la respuesta de la Secretaría de Salud de la Nación, se registran en los archivos de los últimos años 26 reclamos judiciales de acceso a medicamentos de alto costo, de los cuales 21 se iniciaron en 2017 y cinco en lo que va de 2018. El pago por obligaciones judiciales liquidadas en 2018 es de $1,295,867. De todas formas, la información global de la judicialización allí no es de acceso público.

En Uruguay, si bien se hacen juicios particulares, la bandera de los recursos de amparo por medicamentos y tratamientos caros la lleva, sobre todo, el consultorio jurídico de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, que brinda asesoramiento gratuito a las personas de menos recursos. Los datos del consultorio dan cuenta de un crecimiento sostenido de las demandas en los últimos nueve años, y en 2018 ya se batió el récord con 185 juicios realizados al Ministerio de Salud Pública y al Fondo Nacional de Recursos, organismo encargado de brindar estos medicamentos. De las demandas presentadas desde el consultorio este año, el 98 % fueron favorables a los pacientes.

Hay países en los que llegar al juzgado por salud es posible, pero no es tan habitual. México, Perú y Puerto Rico no tienen instalada está práctica, lo cual no significa que tengan resuelto el acceso a los medicamentos.

En Venezuela y en Cuba, en tanto, todos los tratamientos están cubiertos en la teoría, aunque en la práctica se esté lejos de lograrlo. Venezuela atraviesa un severo desabastecimiento de medicamentos desde 2016, pero nunca un reclamo llegó a la justicia local (las ONG que defienden el derecho a la salud han recurrido, sí, a organismos internacionales). En Cuba, si bien se producen muchos medicamentos, el embargo económico ha provocado la falta de otros que no solo se consiguen de afuera, y en consecuencia ha proliferado el mercado negro. Apelar a la justicia allí no es una opción real.

Hay un país donde la judicialización ha sido vencida. Es Chile, donde en los últimos cinco años tan solo 170 personas demandaron un tratamiento, y de esos menos del 5 % se resolvió a favor del demandante. Estas cifras, que son fruto de la ley conocida como Ricarte Soto y aprobada en 2015, enorgullecen a los chilenos y provocan admiración en la región.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

***

EN EL ESTADO

“La mayoría de las personas no se están muriendo a causa de enfermedades incurables, se están muriendo porque, en ciertas sociedades, aún no se ha decidido que vale la pena salvarles la vida”. La frase pertenece al médico egipcio Mahmoud Fathalla, que fue premiado por Naciones Unidas en 2009. ¿Qué tanto refleja lo que sucede en América Latina? Todas las constituciones latinoamericanas consagran de alguna forma el derecho a la vida y a la salud. Pero a la hora de resguardar ese derecho, los caminos elegidos han sido disímiles.

En el libro “Respuestas a las enfermedades catastróficas”, publicado en 2015 por el instituto argentino CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, una organización independiente), se aborda el problema de la financiación de los medicamentos caros en la región en general y en Argentina en particular. De allí se desprende que la mayoría de los países latinoamericanos generaron, en la última década, un programa o un fondo para evitar que las enfermedades de alto costo determinaran la ruina de los sistemas de salud. En muchos casos se rigen por normas más ágiles y tienen cierta autonomía, pero siempre funcionan bajo el mando de la autoridad sanitaria máxima, lo cual los mantiene ligados a los gobiernos.

A grandes rasgos, hay países que prevén un sistema gratuito y universal (Cuba, Venezuela, Uruguay, Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil, Chile), otros que exigen copagos en función de los ingresos (Puerto Rico) y otros que solo financian medicamentos de alto costo a los ciudadanos que se atienden en el sector público (México, Argentina).

De acuerdo con las cifras aportadas por los distintos medios que colaboraron con este informe, los países de la región prevén en promedio 0.5 % de su PIB en medicamentos y tratamientos caros. Pero eso no incluye lo que luego terminan gastando por orden judicial. En Brasil, por ejemplo, el monto presupuestado en 2017 fue de unos $ 1,879 millones, mientras que lo que se gastó en juicios fue $319 millones. En Uruguay, lo presupuestado ese año fue $260 millones, pero el Estado debió desembolsar más de $4.8 millones por la vía judicial. En proporción, la judicialización en Brasil representa el 14.5 % del total de lo que se gasta, y en Uruguay es el 1.8 % —aunque ya se prevé que este año será más del doble.

La mayoría de los países resuelven su cobertura de medicamentos de alto costo con base en una lista taxativa de enfermedades o de medicamentos indicados para algunos estadios de ciertas patologías. Esto explica la proliferación de reclamos administrativos y judiciales de pacientes cuyos médicos les indican un tratamiento que el Estado no contempla entre sus prestaciones obligatorias. Muchas veces, la discusión en los juzgados se centra en si los medicamentos reclamados tienen suficiente evidencia científica o no, y en si su financiación es válida en términos de costo-efectividad.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

Chile ha logrado zafar de este conflicto porque “el Poder Judicial tiene bastante consciencia en general de que el rol de la distribución de los recursos corresponde al Ejecutivo”, dice Jaime Burrows, exsubsecretario de Salud de ese país. ¿Cómo lo hizo? Según Burrows, una de las claves es la transparencia en los procesos de decisión: el ministerio es capaz de explicar los motivos de la inclusión o exclusión de cada medicamento en la cobertura. Otra de las razones es la participación de los pacientes en esas decisiones, algo que en otros países aún se debe.

En el primer mundo, donde el gasto en medicamentos es mayor que en la región, el partido se juega hoy en poner freno al lucro de la industria. Sin soluciones sencillas, pero con algunas ideas de por dónde se debería transitar, la región tiene por delante este desafío de alta complejidad.

El primer mundo. En países como los europeos, la discusión gira en torno de si se debe o no poner un freno al lucro de la industria farmacéutica.

Sobreviviente de masacre en sinagoga recuerda el terror

Sin precedente contemporáneo. Las autoridades parten de que Bowers cometió el peor crimen violento contra judíos en la historia de Estados Unidos.

Un sobreviviente de la masacre en una sinagoga de Pittsburgh describió el domingo cómo él y otros feligreses aterrorizados se ocultaron en un armario mientras el agresor pisaba el cadáver de un hombre al que acababa de matar, ingresaba allí donde estaban escondidos y echaba un vistazo.

“No puedo decir nada y apenas respiro”, recordó Barry Werber, de 76 años, en una entrevista. “No nos vio, gracias a Dios”.

El hombre armado, Robert Gregory Bowers, se puso a disparar con un fusil AR-15 y otras armas durante ceremonias religiosas dentro de la sinagoga Árbol de la Vida, mató a ocho hombres y tres mujeres antes de que un equipo especial de la policía lo rastreara y baleara, según declaraciones juradas estatales y federales dadas a conocer el domingo. Expresó su odio a los judíos durante la masacre, y posteriormente le dijo a la policía que “todos estos judíos necesitan morir”, señalaron las autoridades.

Seis personas resultaron heridas en el ataque, entre ellas cuatro agentes.

Bowers ingresó a un edificio que alberga a tres congregaciones distintas, las cuales llevaban a cabo ceremonias religiosas por el Sabbath cuando el ataque comenzó justo antes de las 10 de la mañana en el arbolado vecindario de Squirrell Hill, a unos 10 minutos del centro de Pittsburgh.

A medida que las autoridades trabajaban para recabar los antecedentes de Bowers y sus movimientos, comenzaron a surgir versiones espantosas de los sobrevivientes.

Durante una vigilia en Pittsburgh el pasado domingo por la noche, el rabino Jeffrey Myers dijo que aproximadamente una docena de personas estaba reunidas en el santuario principal de la sinagoga cuando Bowers ingresó y comenzó a disparar. Dijo que varios de los feligreses murieron.

“Mi lugar sagrado ha sido ultrajado”, afirmó.

Las autoridades dieron a conocer los nombres de los 11 fallecidos, todos ellos de edad mediana o adultos mayores. Entre las víctimas están dos hermanos con discapacidad intelectual y una pareja de esposos. La más joven tenía 54 años y la mayor 97.

“La pérdida es incalculable”, dijo Stephen Cohen, copresidente de la congregación Luz Nueva, que renta espacio en la del Árbol de la Vida.

El alcalde Bill Peduto consideró que fue “el día más negro en la historia de Pittsburgh”.

“La risa de Cecil era contagiosa. David era tan amable y tenía un espíritu tan bondadoso. Juntos veían el uno por el otro. Eran inseparables”, dijo Chris Schopf, vicepresidente de apoyos residenciales para ACHIEVA, una agencia que proporciona servicios a personas con discapacidades. “Y, principalmente, eran personas buenas y amables con una fe firme y respeto para todos”.

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ARMADO

Bowers les disparó a sus víctimas con un fusil AR-15 –el arma utilizada en muchos de los tiroteos masivos en Estados Unidos– y tres pistolas, las cuales poseía legalmente y contaba con una licencia para portarlas, según un funcionario policial que habló a condición de guardar el anonimato porque carece de autorización para declarar sobre una investigación en curso.

El fiscal federal Scott Brady en Pittsburgh dijo el domingo por la noche que sus colegas pretenden pedir la pena de muerte para Bowers, que se desempeñaba como camionero independiente.

Se sabe poco más sobre el sospechoso, que aparentemente no tenía antecedentes delictivos, pero se cree que expresó duros puntos de vista antisemitas en las redes sociales. Aparentemente actuó solo, dijeron las autoridades.

Entre las víctimas estaba Melvin Wax, un contador retirado cercano a cumplir los 90 años que siempre era uno de los primeros en llegar a la sinagoga y uno de los últimos en irse.

“Él y yo solíamos, al concluir las ceremonias, intentar intercambiar un chiste o dos”, dijo Myron Snider, miembro de la congregación Nueva Luz, que rentaba un espacio en el sótano de la del Árbol de la Vida.

Entre los muertos también había profesores, dentistas y médicos.

Cecil Rosenthal, de 59 años, y su hermano menor David Rosenthal, de 54, padecían discapacidad intelectual y vivían juntos en Squirrel Hill, cerca de la sinagoga.

“La risa de Cecil era contagiosa. David era tan amable y tenía un espíritu tan bondadoso. Juntos veían el uno por el otro. Eran inseparables”, dijo Chris Schopf, vicepresidente de apoyos residenciales para ACHIEVA, una agencia que proporciona servicios a personas con discapacidades. “Y, principalmente, eran personas buenas y amables con una fe firme y respeto para todos”.

El Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh tuiteó su luto por la pérdida del doctor Jerry Rabinowitz, de 66 años, “uno de los médicos y seres humanos más bondadosos en nuestra comunidad”.

Bowers aparentemente publicó un mensaje antisemita en una cuenta de una red social que fue vinculada con él apenas unos minutos antes de que se pusiera a disparar el sábado en la mañana. Después del ataque le dijo a un agente: “Solo quiero matar a judíos”, según una declaración jurada federal.

En el sótano, cuatro miembros de la congregación Luz Nueva estaban empezando a orar –con otros dos que estaban en la cocina– cuando escucharon ruidos estrepitosos que venían del piso de arriba. Se asomaron por la puerta y vieron un cadáver en la escalera, recordó Werber, el sobreviviente, en una entrevista en su casa.

Entonces el rabino Jonathan Perlman cerró la puerta y los condujo a un amplio armario de provisiones. Mientras se escuchaban balazos arriba, Werber llamó al teléfono de emergencias 911, pero tenía miedo de decir nada, por temor a hacer ruido.

Cuando dejaron de escucharse los disparos, Melvin Max abrió la puerta, solo para ser baleado y caer al interior.

“Hubo tres disparos, y él cae de vuelta a la habitación en la que estábamos”, afirmó Werber. “El hombre armado entra”.

Aparentemente incapaz de ver a Werber y a los otros feligreses en la oscuridad, Bowers se fue.

El sospechoso, que fue operado y sigue hospitalizado, enfrenta 11 cargos estatales de homicidio agravado, seis cargos de ataque agravado y 13 cargos de intimidación étnica en lo que el líder de la Liga Anti Difamación calificó del ataque más mortal contra los judíos en la historia de Estados Unidos.

Aparte, a Bowers también le presentaron 29 cargos federales que incluyen obstrucción a la libertad del ejercicio de creencias religiosas resultante en la muerte –un crimen federal de odio racial– y usar un arma de fuego para cometer asesinatos.

Tiene una audiencia en la corte el lunes. No estaba claro si cuenta con un abogado que lo represente. Se dejó un mensaje en la oficina federal de abogados de oficio en Pittsburgh pero nadie contestó de inmediato.

De los seis sobrevivientes, cuatro seguían hospitalizados el domingo, y dos –incluido un agente de 40 años– estaban en estado crítico.

Werber considera que el atacante es un “loco” y una “persona sin control de sus instintos más bajos”.

“No sé por qué piensa que los judíos son los responsables de todos los males del mundo, pero no es el primero y no será el último. Desafortunadamente tenemos que llevar esa carga”, afirmó. “Me parte el corazón”.

Pena. La fiscalía acusó a Bowers de 44 cargos, entre ellos crímenes de odio antisemitas. Evalúa pedir la pena de muerte para él. En caso de ser hallado culpable, se cree que como mínimo será condenado a prisión perpetua.

“La Cuca” Antón: una torturadora en tacones altos

Archivo

Dicen que todo el mundo es valiente hasta que una cucaracha vuela. Mirta Graciela Antón, en la inmundicia de un campo de concentración argentino, desplegaba sus alas y el terror llegaba.

No había hombre, por más rudo que pareciera, que no deseara con su alma no haberla visto nunca.

Majaba testículos, destripaba pezones y mataba a sangre fría. Reía ante el dolor “la Cuca”, la torturadora más feroz de la temible dictadura argentina.

Se trata de la única mujer en toda Latinoamérica en ser condenada a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad. Se ganó los barrotes con creces, aunque a casi 40 años del fin de sus fechorías, lo niega absolutamente todo.

Dice que “la confunden con otra” y sin una gota de sangre en sus manos se declara. Quizá alguien podría creerle, si no fuera porque sus víctimas la describen como una desquiciada asesina.

“Me pisaba los testículos con sus tacones altos. Era una loca. También se los pisaba a los de mi lado”, acusa un testimonio que aterra y que forma parte de decenas de historias recogidas en un solo y revelador libro. Se trata de “La Cuca” (2018), obra de la periodista argentina Ana Mariani.

En 2016, la reportera se reunió varias veces con Antón. Tenía que escuchar lo que tenía que decir aquella misteriosa mujer, que durante las audiencias judiciales en su contra –con su pelo largo, tinte rubio y uñas delicadamente pintadas– descolló en medio de una jauría de abusadores de guerra.

“Su imagen siempre se destacó: única mujer rodeada de hombres, impecable y elegante, que ríe irónica ante víctimas y testigos, oculta su rostro o gesticula ante las cámaras”, detalla un fragmento del escrito.

De nada le valió tal desparpajo. Según la BBC, en 2009, Antón fue detenida y condenada siete años después por 12 homicidios, 16 privaciones ilegítimas, 21 imposiciones de tormentos, cinco desapariciones forzadas y seis abusos deshonestos.

Para Mariani, quien siguió de cerca el juicio por el que fue condenada, escrudiñar en el pasado de Antón fue la cura para una inquietud que le quitaba el sueño.

—¿Cómo puede tanta maldad brotar de una mujer? –se preguntaba impactada la periodista.

No tardó mucho en concluir que “el mal y la perversión no tienen género”. Se lo dijo al diario local El Clarín, y aunque suena obvio, quizá no lo sea tanto en la maraña de los paradigmas, estereotipos y las construcciones sociales.

“Cuesta imaginarnos a una mujer teniendo esa maldad, poder llegar a torturar a las personas igual o peor que un hombre”, expresó Mariani al diario bonaerense.

“Quizá sea una cuestión cultural, quizá a la figura de la mujer uno la tenga idealizada en algunos aspectos. Pero es claro que una mujer o un hombre pueden llegar a torturar igual”, agregó Mariani sin chistar.

La reportera, incluso, dijo a la BBC que algunas de las víctimas aseguran que “la Cuca” lideraba en sus vejaciones a otros policías varones.

Ella no era dominio de nadie, o al menos así parecía.

“Tenía una actitud empoderada y también machista de alguna manera”, asegura Mariani al medio de comunicación británico.

“A ella, sin duda, la influenciaron los mismos trastornos culturales, políticos y psicológicos que pudieron llevar a hombres a cometer estas atrocidades”, agregó la comunicadora.

Es tan dura que en una de las conversación publicada en el libro de Mariani, Antón ironiza cruelmente con el testimonio de una mujer llamada María del Rosario Miguel Muñoz. “Ella dice que tenía tacos altos y que saltaba sobre ella, pero que tenía un almohadón mientras saltaba arriba… ‘Por lo menos le había puesto un almohadón, entonces no habré sido tan mala’, dijo Antón con risa y sarcasmo”, detalló Mariani.

***

LOS HECHOS

“La Cuca” Antón tenía 20 años cuando comenzó a martirizar a los opositores del dictador José Rafael Videla, quien gobernó Argentina por golpe militar de 1976 a 1981.

La chica, en aquel entonces, trabajaba en el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, más conocido como el siniestro comando D2.

Para todos los registros históricos, el D2 fue uno de los centros de detención y tortura más grandes y crueles del régimen militar.

Allí la barbarie se respiraba en cada rincón. En sus paredes se encierran los recuerdos más tétricos de la historia política del país suramericano.

Hoy día, en sus ruinosos muros, se pueden leer testimonios tan sorprendentes como desoladores: “Ahí arriba había un tambor con agua que contenía orina humana o materia fecal. Ahí nos sumergían la cabeza para tratar de ahogarnos y sacarnos información. O si no, nos hacían la tortura después, en los calabozos”.

De muchos de esos ajusticiamientos “la Cuca” habría sido parte, constante y sonante. Sin embargo, sin despeinarse, ella declaró en el juicio que su única tarea en el penal era la de una simple secretaria.

Según ella, solo leía y ordenaba información obtenida de los “terroristas” que decía capturar la policía y de las líneas investigativas que de ese centro brotaban.

Mirta Graciela ‘La Cuca’ Antón

Pero además de las pruebas presentadas en juicio, los seis encuentros que tuvo Mariani con “la Cuca” no parecen llamar a engaños.

En el libro, los relatos de Antón se contrarrestan con los de las víctimas y todas sus argumentaciones se tambalean y se caen al piso como un castillo de naipes.

Incluso, en varias ocasiones, “la Cuca” se “quita el tiro” y culpa a su marido muerto –el también expolicía Raúl Sérpico Buceta– de cometer muchos de los crímenes que se le achacan.

Lo que sucede es que ningún testimonio apunta por ahí, a no ser que Buceta tuviera senos y una marcada silueta femenina. Ah, y tacones… sí, a no ser que Buceta hubiera usado tacones.

“Cagamos, ahí viene la de los tacones”, rememora una de las víctimas recluidas en el D2, según el libro de Mariani.

El sonido de esas zapatillas altas, que resonaban como un eco en los angostos pasillos del macabro penal, los llenaba de inmediato de miedo, dolor anticipado y desesperanza pura.

Ella era sin duda la mala, la temida señora sin escrúpulos ni conciencia conocida.

“Creo que el arrepentimiento en Antón es algo ajeno a su personalidad”, dijo Mariani en el medio argentino La Voz.

Es tan dura que en una de las conversación publicada en el libro de Mariani, Antón ironiza cruelmente con el testimonio de una mujer llamada María del Rosario Miguel Muñoz. “Ella dice que tenía tacos altos y que saltaba sobre ella, pero que tenía un almohadón mientras saltaba arriba… ‘Por lo menos le había puesto un almohadón, entonces no habré sido tan mala’, dijo Antón con risa y sarcasmo”, detalló Mariani.

Da igual que fuera madre, hija y esposa, “la Cuca”, por increíble que parezca, parece inmune a sus propias acciones y a sus recuerdos inmundos del D2.

A sus 64 años nada, absolutamente nada, la sensibiliza.

Todas las historias coinciden en que mataba por placer, colaboraba para que sus compañeros policías violaran a las reclusas y bailaba despiadadamente sobre el cuerpo de los malheridos.

Curiosamente Antón parece haber olvidado todo eso, excepto que Videla “era un caballero” con ella.

En el libro dice extrañar al dictador y no asombra. Tal modelo calza perfecto en el macabro y loco universo de “la Cuca”.

Actualmente, Mirta Graciela Antón tiene 63 años y cumple su condena en la cárcel de Bouwer, en la provincia de Córdoba.

Por su condición de expolicía y temiendo por ende ataques de las reclusas, “la Cuca” pasa los años en una celda aislada, donde según la homicida, abundan las ratas y la comida es “un asco”.

Sumida en la soledad y en un estrecho y frío espacio, a “la Cuca” le han negado la casa por cárcel varias veces. Es obvio que la ley ni la misericordia popular están de su lado, por lo que exceptuando una sorpresa, jamás tendría escape: conviviría con roedores hasta el fin de sus días.

Única. Para muchos, era impactante ver a “la Cuca” Antón en el juicio en su contra. Era la única mujer dentro de un considerable lote de acusados varones.

Nadie los quiere: Los hijos de combatientes del Estado Islámico en Irak

Refugiados

Seis menores viven en un pequeño departamento entre extranjeros en esta ciudad del norte de Irak. El “hombre de la casa” es un muchacho de 18 años, que todos los días trabaja en lo que puede para pagar el alquiler. Su hermanita, de 12 años, es la “madre”, encargada de cocinar, limpiar el sitio y cuidar a sus hermanos menores.

Son oriundos de una aldea a menos de 1 hora en carro, pero no pueden volver: combatientes chiítas quemaron su casa porque su padre militaba en la organización Estado Islámico. Además, temen represalias de sus vecinos por el terror sembrado por esa agrupación cuando controló la zona.

Los chicos de la familia Suleiman están librados a su propia suerte. Su padre está preso y su madre falleció hace varios años. Están traumatizados por la muerte de seres queridos en la guerra y por los problemas de su familia. Tratan de no llamar la atención, temerosos de que sus vecinos se enteren de sus conexiones con el EI.

“Estoy cansada”, dice Dawlat, una pequeña niña de 12 años, de rostro solemne. “Mi madre me visita en mis sueños. Me asusto cuando se va la luz de noche. Me encantaría que mi padre y mi madre estuvieran aquí conmigo”.
Las víctimas quieren venganza
Miles de hijos de militantes del Estado Islámico, muchos de ellos abandonados, son víctimas inocentes de la brutalidad que mostró esa organización. El estigma que los acompaña refleja hasta qué punto la fábrica social de Irak fue afectada por los tres años de gobierno del Estado Islámico sobre buena parte del norte y el oeste del país.

Cuando los musulmanes suníes de EI tomaron esos territorios en 2014, masacraron a musulmanes chiítas, curdos, cristianos, yazidíes y a los miembros de la policía o las fuerzas armadas que caían en sus manos. Hicieron que mucha gente se escapara, a menudo destruyendo o entregando a otros sus viviendas.

La dinámica familiar fue afectada por la revelación de que el padre había abusado de una de sus hijas. Saleh lo confrontó y vivieron varios meses como enemigos bajo el mismo techo. Varias veces se trenzaron a puños. Saleh confiesa que pensó en matar a su padre de noche, “pero dormía con su revólver a su lado”. Para vengarse, su padre lo delató al EI, diciendo que vendía cigarrillos, algo que estaba prohibido bajo la ley sharía. Los combatientes azotaron a Salah.

EI impuso una versión radical de la ley islámica sharía sobre los mismos suníes, matando a muchos que la violaban o a quienes se oponían a su presencia. Algunos suníes iraquíes se unieron el grupo, ya sea por convicción o en busca de beneficios económicos. Muchos más fueron víctimas del EI. Informantes entregaron a sus vecinos, que recibían castigos que iban desde latigazos hasta un balazo en la cabeza en una plaza pública.

Ahora que el EI ha sido expulsado de casi todos los territorios conquistados, sus víctimas quieren venganza.

Un jefe policial de la provincia norteña de Nineveh dijo que sabía de al menos 100 viviendas de Mosul que fueron demolidas porque había miembros del EI residiendo allí. Numerosas familias vinculadas con el EI fueron baleadas y les tiraron granadas a sus casas, señaló.

Miles de iraquíes están presos por sus presuntos lazos con EI y no se sabe cuántos militantes de la agrupación murieron en la guerra. Potencialmente, hay miles de menores sin un jefe de familia y, con frecuencia, sin la madre.

El estigma que no cesa
No es inusual que otros familiares directos se nieguen a hacerse cargo de los menores que se quedaron solos, de acuerdo con una funcionaria de una organización que les busca vivienda a estos niños. Sus familiares temen ser mal vistos y sufrir represalias si los ayudan, indicó, hablando a condición de no ser identificada porque no estaba autorizada a comentar el trabajo de su organización.

La mayoría de los hijos de combatientes de EI vive con los cientos de miles de personas desplazadas que se encuentran en campamentos de refugiados. Más de un millar vive con madres encarceladas en centros penitenciarios sobrepoblados o están en centros de detención juveniles. Unas pocas docenas fueron a parar a orfanatos. Uno de Bagdad está protegido por la policía porque ya hubo tres atentados frustrados contra el lugar.

Los menores que son blanco de tanto resentimiento se sienten muy traumatizados, por la guerra, por la vida con el EI y por su presente.

En un orfanato de Mosul, una niña de nueve años llamada Amwaj comentó que su padre murió peleando con el EI. Su casa fue destruida por bombardeos que mataron a su madre y a tres de sus hermanas. Vio cómo desenterraban el cadáver de su madre de entre los escombros.

***

“TENÍA LA CARA CUBIERTA DE SANGRE”, RELATÓ.

La niña parecía como perdida. Con lágrimas en los ojos, hablaba con una voz casi inaudible. En el orfanato se hace cargo de tres hermanos, uno de 10 años y dos menores que ella.

Dice que su padre le daba dinero para comprar papitas fritas y gaseosas. Sueña que él vendrá a buscarla al orfanato y se la llevará a su casa. Sueña también que su madre le peina el cabello. Dawlat, su hermano de 18 años, Saleh; y sus hermanos –Abdullah, de 16 años; Adam, de ocho; Umaimah, de seis; y Dawoud, de cuatro– cargan sobre sus hombros con múltiples tragedias de la época en que vivieron bajo el gobierno del EI en las afueras de Hawija.

Dicen que fueron víctimas del EI, de los enemigos de EI y de su propio padre, que arreglaba generadores y se unió a esa organización. Una hermana mayor murió al estallar una bomba en una carretera cuando trataba de escapar de allí.

La dinámica familiar fue afectada por la revelación de que el padre había abusado de una de sus hijas. Saleh lo confrontó y vivieron varios meses como enemigos bajo el mismo techo. Varias veces se trenzaron a puños. Saleh confiesa que pensó en matar a su padre de noche, “pero dormía con su revólver a su lado”.

Para vengarse, su padre lo delató al EI, diciendo que vendía cigarrillos, algo que estaba prohibido bajo la ley sharía. Los combatientes azotaron a Salah. El muchacho se escapó a territorio curdo en marzo del 2016 y estuvo detenido seis meses bajo sospecha de que pertenecía al EI. Salah dijo que lo colgaron del techo por las manos y le golpeaban la planta del pie.

La hermana, que había sido violada por el padre, fue casada con un combatiente del EI, que más adelante murió. A los 14 años se casó con un policía, del que fue su segunda esposa, y vivió en un campamento para desplazados. El EI, mientras tanto, consiguió una segunda esposa para su padre, obligando a una mujer chiíta a casarse con él. La mujer, cuyo marido había muerto, tenía cuatro hijos.

Dos meses después, fuerzas iraquíes tomaron Hawija. El padre se afeitó la barba para borrar cualquier indicio de que pertenecía al EI y escapó con su familia, mezclándose con las miles de personas que trataban de irse.

Pero su nueva esposa lo delató y combatientes curdos se lo llevaron. Sus hijos no lo han vuelto a ver desde entonces. Se quedaron con su madrastra, que no quería saber nada de ellos. De hecho, Dawlat y sus hermanos no saben su nombre.

Los menores fueron llevados a un campamento para desplazados, donde estuvieron casi un año. Hasta que el esposo de una de sus hermanas les consiguió un departamento en un barrio curdo pobre de Kirkuk.

Viven rodeados de vecinos de una comunidad que fue perseguida por EI y Saleh teme que los puedan descubrir. Familiares les han dicho que no estarían a salvo si regresan a su ciudad.

“Con frecuencia tengo ganas de llorar. Estoy extenuado. Siento que tengo 30 años después de todo lo que pasamos”, dice Saleh.

Dawlat cocina tres comidas diarias. Mientras sus hermanos menores van a la escuela, ella limpia la casa, hace las camas, lava los platos y la ropa. Sonríe al contar que puede cocinar lentejas, papas y pollo, aunque admite que el arroz todavía no le sale bien.

Hay momentos en que una sonrisa ilumina el rostro de Dawlat. Cuenta que le gustaba ir a la escuela y que todavía espera poder ser médica o maestra. Espera poder casarse pronto. En las zonas rurales de Irak, las mujeres se casan a temprana edad. Una vez casada, dijo, la religión le permitirá usar cosméticos.

“Me gustaría ir al peluquero. Nunca estuve en una peluquería”, expresó. “Me gusta mi cabello largo, pero quisiera teñírmelo de otro color”.

De repente, la realidad vuelve a abrumarla y recuerda a su padre. “Lo quería mucho. Lo quiero de nuevo con nosotros”, dice casi susurrando, para que Saleh no la escuche.

Bogotá: donde confluye el universo indígena

El trabajo. En Bogotá, los indígenas tienen diversos oficios y profesiones. Algunos de ellos adaptaron su conocimiento ancestral, por ejemplo, en el cuidado de la naturaleza.

En la cxhab wala (gran ciudad), como la llaman los nasa, los indígenas colombianos trabajan, estudian, hacen rituales, nombran sus autoridades y se organizan para fortalecer sus tradiciones y para reclamar sus derechos.

Han logrado que la administración de la ciudad establezca una política pública para la población indígena, reconozca la existencia de 14 cabildos y financie el funcionamiento de la Casa de Pensamiento Indígena, un espacio donde se gesta el fortalecimiento de sus saberes ancestrales.

También existe un cabildo indígena universitario. Sus integrantes caminan en dos mundos: se apegan a sus tradiciones, pero se conectan a través de internet y usan las redes sociales para promover sus actividades.
Los indígenas más visibles son los embera. Permanecen en los alrededores del Museo del Oro y en la tradicional carrera séptima, que atraviesa toda la ciudad de sur a norte. Allí venden sus collares de diseños y colores alucinantes y les piden dinero a los peatones. Viven en condiciones difíciles mientras sueñan con un regreso improbable a sus territorios.

Otros indígenas lograron acomodarse a las exigencias de la urbe y escalaron en el complejo entramado de esta metrópoli de 8 millones de habitantes. Una joven arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, por ejemplo, llegó hace algunos años al concejo de Bogotá. Otra mujer de la misma etnia es magistrada de la Justicia Especial de Paz. Existen, además, decenas de profesionales de distintas áreas que trabajan como consultores y empleados públicos. La mayoría, sin embargo, tiene empleos de obrero raso o en el comercio informal.

Bogotá, además, alberga a los descendientes de los muiscas o chibchas, quienes poblaban una amplia región de Cundinamarca y Boyacá a la llegada de los conquistadores españoles. En esta Bogotá mestiza (Bakata para los muiscas) sobreviven nombres como Usaquén, Teusaquillo, Usme, Engativá y Fontibón; además de docenas de apellidos que resistieron a la espada y el mestizaje.

Por esa razón, aunque extraños en esta caótica urbe del siglo XXI, los indígenas que viven en Bogotá saben que estas tierras les pertenecieron a los muiscas y que el espíritu de los zipas que aquí gobernaron se mantendrá vivo mientras conserven el camino del conocimiento propio.

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DOS ROSTROS DEL FENÓMENO

Lucía Teresa Morillo es una indígena kankuama del municipio de Atánquez, en el departamento del Cesar. Llegó sola a Bogotá en 2007, cuando tenía 16 años. Su mayor ilusión era estudiar Derecho en la Universidad Nacional, la principal universidad pública de Colombia.

Al principio vivió en casas de amigos kankuamos, la mayoría de ellos desplazados por la violencia. Habitó en sectores deprimidos de la capital, como el barrio Las Cruces o la localidad de Ciudad Bolívar.
“Los primeros semestres fueron muy difíciles porque extrañaba a mi familia, y además no tenía dinero para los pasajes o la alimentación diaria. Estuve a punto de devolverme muchas veces, pero mis papás me decían ‘estudia y sé alguien’”, recuerda esta abogada de 27 de años, quien tiene una hija de nueve que nació cuando hacía el tercer semestre de su carrera universitaria.

Hoy dice que todos los esfuerzos que realizó valieron la pena. Terminó su carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego hizo un posgrado en esa misma institución. Desde hace tres años trabaja en el colectivo de abogadas indígenas Akubadaura, y vive en Ciudad Bolívar con su hija, una sobrina y su perro.

Lucía es una de las cerca de 37,000 personas indígenas que residen en el distrito capital, y que han migrado por dos razones principales: buscar oportunidades para estudiar y trabajar, y huir del conflicto armado. Un caso que ejemplifica lo anterior es Luis Hernando Pechené, gobernador del cabildo nasa en Bogotá, víctima del desplazamiento por el conflicto armado.

“Mis papás, quienes eran dirigentes, recibieron amenazas por parte de grupos armados. En Inzá, Cauca, de donde vengo, la guerrilla se entraba al municipio los fines de semana, en los días de mercado. Eso empezó a complicarse, hubo muertos, entonces tocó salir y buscar otros medios de pervivencia”, afirma.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazadas por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

“Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”, dice Pechené, quien porta un bastón de madera, símbolo de su rango, con cintas de colores en las que sobresalen las verdes (por la naturaleza) y las rojas (por la sangre de los indígenas asesinados en sus regiones en las luchas por la tierra).

El líder expresa que a pesar de la firma del acuerdo de paz entre Gobierno y las FARC aún no existen las garantías para el retorno de las comunidades.

“La garantía que el nasa pide es la directa administración de nuestros propios territorios como autoridades que somos y los resguardos por ser parte de nuestras autoridades territoriales”, señala.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazada por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”.

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LAS CIFRAS DEL ÉXODO

En Bogotá nadie sabe con exactitud cuántos indígenas llegaron a la ciudad en los últimos tres años. Los datos más recientes son de 2014 y corresponden a una encuesta multipropósito realizada por la Secretaría de Planeación del Distrito Capital.

Según el estudio, hasta ese año habitaban en Bogotá 37,266 indígenas (18,713 hombres y 18,553 mujeres) provenientes de selvas, llanos, montañas y del desierto de La Guajira.

La etnia con mayor presencia en la urbe es la pijao, originaria del Tolima, un departamento cercano a Bogotá y marcado por el conflicto armado, seguida por la kichwa, integrada por diversas comunidades de Bajo Putumayo y de Ecuador, y la wayúu, de La Guajira, en el extremo norte del país.

En la capital hay una presencia masiva de nasa, misak y yanacona del Cauca, una zona caracterizada históricamente por la guerra entre el ejército, organizaciones paramilitares y grupos insurgentes, minería ilegal, cultivos ilícitos y luchas por la tierra.

Otros pueblos que tienen una presencia significativa en Bogotá son los kankuamos y arhuacos (Cesar), embera (Risaralda), zenú (Córdoba), pasto (Nariño) e inga, kamëntsá, uitoto y kofán (Putumayo). Además, algunas familias indígenas provenientes del Amazonas, Meta, Casanare, Vaupés y la costa Pacífica, entre otros.

En la capital también hay comunidades del pueblo muisca, descendientes de los habitantes prehispánicos de lo que hoy es Cundinamarca, Boyacá y Bogotá. En la última década, los cabildos muiscas de las localidades de Suba y Bosa han tratado de recuperar una pequeña porción de la tierra de sus ancestros en la ciudad y sus alrededores.

“Sus reclamos para consolidar un resguardo son particularmente difíciles debido a los altos costos de la tierra en un contexto de gran ampliación urbana”, señala Diana Bocarejo Suescún, profesora de la Universidad del Rosario, autora de la investigación “Tipologías y topologías indígenas en multiculturalismo colombiano”.

La mayor parte de los indígenas llegan a Bogotá en condiciones difíciles. Una gran parte de ellos se hacinan en inquilinatos y casas donde habitan hasta 10 o más familias. Según la Alcaldía Distrital, las localidades con mayor presencia de indígenas son Bosa, Kennedy, Suba, Engativá, Usme, Ciudad Bolívar. Les siguen Los Mártires, Rafael Uribe, Teusaquillo y Tunjuelito.

En estos sectores, la mayoría ubicados en el sur de la ciudad, los indígenas pagan arriendos acordes con los salarios que ganan en actividades como el servicio doméstico, el comercio informal, la construcción y vigilancia.

Existen localidades como Fontibón, por ejemplo, donde ya es común ver por sus calles el típico traje azul de los misak, uno de los pueblos más organizados en el cultivo y mercadeo de productos agrícolas en sus territorios. Los misak escogieron Fontibón debido a la cercanía con los cultivos de flores de exportación en los municipios cercanos, donde su trabajo es apreciado.

CONNECTAS fue la voz consejera de este especial realizado por un equipo de 12 reporteros de Agenda Propia, en alianza con OEA Fellowship Gobierno Abierto y ONIC.

Invisibilizados. Colombia es el hogar de muchos pueblos indígenas, que han dejado su impronta en la cultura de ese país suramericano.

“La búsqueda de verdad, de justicia, de reparación ha sido un largo proceso”

Sebastián Piñera, presidente de Chile

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, condenó la negativa del Gobierno de Venezuela de aceptar ayuda humanitaria, consideró “absurda” la afirmación de Bolivia de que su país está obligado a negociar una salida al mar, y subrayó que con el candidato ultraderechista a la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro, tiene coincidencias pero también importantes discrepancias.
En una entrevista exclusiva con la agencia dpa al término de una visita a Alemania, Piñera reconoció, por otra parte, que las crisis que sacuden a varios países de América Latina y las tensiones comerciales a escala mundial afectan a Chile, pero afirmó que su país ha demostrado ser resiliente y que en Alemania recibió fuertes impulsos en materia de innovación.

Abordó con la canciller Angela Merkel la situación de Venezuela. Alemania se ha mostrado dispuesta a sumarse al Grupo de Lima que reúne a países que buscan una solución a la crisis económico-política de este país suramericano. ¿Respondió Maduro al pedido que usted formuló ante la ONU de que acepte ayuda humanitaria? ¿Sigue creyendo usted que la opción militar no es buena?
Maduro no ha respondido porque no hay peor ciego que el que no quiere ver ni sordo que el que no quiere oír. Y además de eso, nosotros creemos que la opción militar no es una buena opción. Sí creemos que tenemos que hacer todos los esfuerzos para ayudar al pueblo venezolano a recuperar su libertad, su democracia. Porque en Venezuela no hay democracia, hay una dictadura, no hay separación de poderes, ejecutivo, legislativo, parlamentario, no hay libertad de expresión, no hay Estado de derecho, no hay respeto por los derechos humanos; hay muchos presos políticos.
Pero además de la crisis política hay una tremenda crisis económica. La economía de Venezuela se está cayendo a pedazos. Todos los años es un país que se achica. Hoy día, el Producto Interno Bruto de Venezuela es la mitad de lo que fue hace 15 años atrás; pero además hay una crisis social, una carencia de alimentos, una carencia de medicamentos que le está costando la vida a muchos venezolanos.
Y por eso le hemos pedido a Maduro que abra el canal humanitario para poder llegar con ayuda, alimentos y medicamentos. Pero él se resiste y se niega a reconocer siquiera que hay una crisis humanitaria en su país.

¿Hay avances en el pedido ante la Corte Penal Internacional para que se investiguen crímenes de lesa humanidad en Venezuela?
Nosotros conocimos el informe de la OEA y del panel de expertos que indica que hay mucha evidencia de que se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, y por esa razón un grupo de países entre los cuales están Colombia, Perú, Chile, Argentina Paraguay, presentamos este informe ante la fiscal de la Corte Penal Internacional y recibimos el apoyo de Francia.
Por supuesto que lo hablamos con Angela Merkel, nos gustaría mucho tener también el apoyo de Alemania porque eso es una forma clara y precisa de decirle basta a ese brutal atentado contra los derechos humanos que está ocurriendo en Venezuela.

¿Qué opinión le merece esta noticia de la muerte en dudosas circunstancias de un concejal?
Bueno hay evidencia de que ese concejal que fue detenido pocos días antes se habría tirado por un décimo piso. ¡Quién cree eso! Además hay evidencia de que habría sido torturado y por tanto ese es un tema que tiene que ser investigado, pero investigado de verdad por una justicia independiente, no por la justicia venezolana que es totalmente dependiente del Gobierno venezolano.

¿Y en el caso de que Maduro siga sin contestar, qué otro mecanismo se puede activar para que se genere cierto movimiento?
Nosotros estamos facilitándole la vida al pueblo venezolano porque está sufriendo mucho, pero haciéndole muy difícil la vida a los jerarcas de este régimen dictatorial como lo han hecho Europa, Estados Unidos, Canadá, congelando sus activos, impidiendo su libre movimiento. El Grupo de Lima, que es un grupo de países que se ha reunido para actuar en forma conjunta frente a Venezuela, está estudiando nuevas medidas, pero debo reconocer que hasta ahora ninguna ha sido eficaz.

Ha instado a Bolivia a pasar página sobre el litigio por la salida al mar. ¿Recibió su Gobierno la misiva de Evo Morales?
La recibimos.

Bolivia tiene acceso a perpetuidad al océano Pacífico a través de cualquier puerto chileno que Bolivia designe, tiene un trato preferencial en los puertos. De hecho tiene una ventaja enorme porque durante meses no paga por los servicios del puerto, por el almacenamiento de importaciones de las exportaciones e importaciones. Y la mejor prueba de ello es que más del 80 % del comercio boliviano que no sea con países fronterizos –porque eso es terrestre–, que sale por mar, sale por los puertos chilenos, teniendo opciones en puertos de Perú o en puertos fluviales hacia el Atlántico.

Más allá del fallo contundente de la Corte Internacional de Justicia, ¿entiende esta situación de “enclaustramiento” de la que se queja su par boliviano Evo Morales?
Bolivia es un país mediterráneo como muchos otros, pero el trato que Chile le da a Bolivia en virtud de lo que acordamos en el Tratado de 1904, y además por muchas facilidades que hemos dado después, es muy preferente. Bolivia tiene mucho mejor trato para su comercio internacional, para el acceso de sus exportaciones e importaciones al mar a través de puertos chilenos que el que determinan los acuerdos y el derecho internacional sobre la materia y mucho mejor que el que tiene la inmensa mayoría de los otros países mediterráneos.
Por ejemplo, Bolivia tiene acceso a perpetuidad al océano Pacífico a través de cualquier puerto chileno que Bolivia designe, tiene un trato preferencial en los puertos. De hecho tiene una ventaja enorme porque durante meses no paga por los servicios del puerto, por el almacenamiento de importaciones de las exportaciones e importaciones. Y la mejor prueba de ello es que más del 80 % del comercio boliviano que no sea con países fronterizos –porque eso es terrestre–, que sale por mar, sale por los puertos chilenos, teniendo opciones en puertos de Perú o en puertos fluviales hacia el Atlántico.
Y por tanto Chile siempre está dispuesto a conversar para facilitar su acceso al océano Pacífico, para buscar mayor integración económica, para colaborar en el desarrollo de Bolivia, para proteger y dar más seguridad a nuestra frontera. Pero como es evidente y natural, Chile pide que se respete el Tratado de 1904, y que Bolivia no tenga esta absurda pretensión a quedarse con territorio, mar o soberanía chilena.

El presidente Morales esgrime que la Corte reconoció que el Tratado de 1904 no solucionó cuestiones pendientes.
Lea al fallo de la Corte. El presidente Morales al principio hablaba de un informe, no es un informe, es un fallo, es una sentencia del máximo tribunal que tiene el orden internacional. Y el fallo es claro y categórico. Rechazó todas y cada una de las pretensiones bolivianas a acceder con soberanía a través de territorio y mar chileno.
¿Qué país del mundo está dispuesto a ceder su territorio, su mar y su soberanía cuando están parados tratados que fueron válidamente celebrados y que se encuentran plenamente vigentes? La Corte agregó que este fallo categórico que le dio la razón a Chile no obsta para que los países sigan conversando, pero de ahí a pretender que Chile tiene una obligación de negociar una salida soberana al mar, es decir que tiene la obligación de negociar una pérdida de territorio de mar o de soberanía o una división de su territorio, es absurdo.
Por esa razón, le hemos dicho a Bolivia que lea con más atención el fallo porque fue claro y categórico. Llevamos cinco años de litigio en la Corte Internacional de la Haya.

¿Qué pasos concretos va a tomar Chile, entonces?
Chile, y lo he dicho públicamente, sigue estando dispuesto a buscar soluciones, a buscar acuerdos para facilitar las cosas entre los países. Pero naturalmente, y yo quiero ser claro en esto, porque en el pasado cuando Chile ha conversado con Bolivia, Bolivia ha confundido lo que es una aspiración boliviana con un derecho boliviano. Y confunde lo que es una buena voluntad chilena con una obligación chilena. Esa ha sido la fuente de la confusión que fue absolutamente zanjada por la Corte Internacional de la Haya.
Y por lo tanto, nos parece razonable decirle a Bolivia: Chile siempre ha sido un país que busca la solución por el diálogo, en forma pacífica, que busca las mejores relaciones con todos sus vecinos, pero que protege su territorio su mar y su soberanía como lo hacen todos los países del mundo.

Presidente de Chile

La contundencia del triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones en Brasil ¿lo ve usted como un ejemplo de la madurez de la sociedad democrática de América Latina o ve más bien que es una señal de recaída a viejos caudillismos autoritarios?
El candidato Jair Bolsonaro aún no ha sido elegido, las elecciones son en un par de semanas más, y veremos qué decide libre y soberanamente el pueblo brasilero. Lo que yo he dicho es que con lo que el candidato Jair Bolsonaro ha planteado públicamente, yo personalmente tengo coincidencias y discrepancias.
Coincidencias en el terreno de las medidas económicas que aparte de la integración, desarrollo, reducción de impuestos, reducción del déficit fiscal, buscan mayor eficiencia en la asignación de los recursos públicos. Pero por supuesto que tengo, también, grandes discrepancias en otras afirmaciones que él ha hecho sobre, por ejemplo, la igualdad de género, el racismo, el concepto de diversidad, etc.

La crisis económica de un país vecino como Argentina y la incertidumbre política en Brasil, ¿afectan o benefician a Chile, en lo político pero en especial en lo económico?
Por supuesto que nos afectan. Y no para beneficiarnos. Porque generan efectos directos e indirectos. Pero Chile ha demostrado una tremenda resiliencia. Y es un país que yo siento y creo firmemente que está avanzando a pie firme hacia su gran misión: transformar a Chile, que fue la colonia de España más pobre. Y que se ha convertido con mucho esfuerzo y trabajo en el país con mayor ingreso per cápita, con mayor desarrollo humano.
Queremos transformar a Chile dentro de los próximos 10 años en un país desarrollado. Hoy día el ingreso per cápita de nuestro país son $25,000 a paridad cambiaria. La meta es dentro de ese plazo llegar a $35,000, es decir, transformarnos en un país desarrollado muy parecido a lo que tiene hoy día España y superando a muchos países europeos hoy.

Después de la reunión en la Casa Blanca ¿sintoniza con el presidente estadounidense Donald Trump? ¿Cree que Trump tiene una opinión acertada sobre qué es América Latina?
El presidente Donald Trump es el presidente de Estados Unidos. Chile tiene una excelente, larga y muy profunda relación con Estados Unidos. Estados Unidos es nuestro segundo socio comercial después de China, la Unión Europea es el tercero. Y por supuesto como todo en la vida, en algunas áreas tenemos coincidencias en otras tenemos discrepancias, por ejemplo, discrepancias en el terreno del libre comercio y el multilateralismo.

Presidente, el 16 de octubre se cumple el vigésimo aniversario de la detención del general Augusto Pinochet en Londres, a instancias del juez español Baltasar Garzón. ¿Cómo recuerda este hecho y qué supuso para Chile?
Yo en primer lugar, siempre he condenado todo atropello de los derechos humanos, porque los derechos humanos tienen que y deben ser respetados en todo tiempo, en todo lugar, en toda circunstancia. Esa fue una de las razones por la cual yo siempre fui un opositor al régimen militar que tuvimos en nuestro país.
Y es cierto que se cumplen 20 años de esa situación y quiero recordar que Pinochet fue detenido en Londres cuando en Chile ya teníamos una democracia, separación de poderes, un poder judicial autónomo e independiente. Por tanto en ese tiempo, el gobierno del presidente Frei –y yo en eso estuve de acuerdo– abogó porque pueda ser juzgado en Chile. Esa fue la posición que tomó el Gobierno de entonces de nuestro país, que estaba encabezado por lo que hoy día es la oposición a nuestro gobierno, en los tiempos del presidente Eduardo Frei.

La revisión de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura militar, ¿es un capítulo cerrado, las heridas han cicatrizado ya?
La revisión es un proceso que no termina nunca, por eso la búsqueda de verdad, de justicia, de reparación ha sido un largo proceso en nuestro país. Y sigue avanzando, hay muchas causas judiciales que están investigando los tribunales chilenos y permanentemente esas investigaciones terminan y los tribunales condenan a los que atropellaron los derechos humanos en tiempos del régimen militar.

Lo que pasó en materia de abusos sexuales contra niños y adolescentes es algo extraordinariamente grave e inaceptable. Ocurrió durante demasiado tiempo, estuvieron involucrados demasiados sacerdotes. Le causaron un tremendo daño a demasiados niños y yo siento que la jerarquía de la Iglesia católica no reaccionó como correspondía y hay una actitud que fue de negligencia, de encubrimiento y que hizo que esta situación se expandiera en el tiempo y también en el número de casos.

¿Existe el perdón entre la gente?
Mire, la gente en Chile yo creo que está reconciliada. Yo creo que ese es un problema más de las élites que de la gente común y corriente. Porque recordemos que el golpe de Estado ocurrió en Chile hace 45 años. Recuperamos nuestra democracia hace casi 30 años atrás. Y Chile es un país democrático. La forma natural de vida del pueblo chileno es la democracia y ya llevamos seis gobiernos democráticos después, que en forma muy ejemplar recuperamos nuestra democracia en ese plebiscito del 5 octubre de 1988 que decidió si Pinochet se quedaba o se iba. Yo creo que ese día fue un día luminoso, esperanzador para la democracia chilena.

Un tema de derechos humanos más actual, que tiene que ver con la Iglesia católica y los abusos de menores. Usted lo va a ver al papa Francisco en el marco de esta gira. ¿Qué le va a decir, le va a exigir que acelere las investigaciones, que tome medidas contundentes o le va a decir que es un asunto interno de la Iglesia católica en la que el Ejecutivo chileno no debe inmiscuirse?
Lo que pasó en materia de abusos sexuales contra niños y adolescentes es algo extraordinariamente grave e inaceptable. Ocurrió durante demasiado tiempo, estuvieron involucrado demasiados sacerdotes. Le causaron un tremendo daño a demasiados niños, y yo siento que la jerarquía de la Iglesia católica no reaccionó como correspondía y hay una actitud que fue de negligencia, de encubrimiento y que hizo que esta situación se expandiera en el tiempo y también en el número de casos.
No es un problema interno de la Iglesia porque se cometieron delitos. Cuando se comete un abuso sexual contra un niño en mi país es un delito y la Justicia chilena juzga por igual a todos, no hay nadie que esté por encima y por debajo del presidente ni tampoco miembro de Iglesia católica.
Naturalmente, yo condeno eso con mucha fuerza porque le causó un daño o sufrimiento muy grande a muchos niños, a sus familias y alarma a nuestro país. El papa Francisco al comienzo tomó una actitud distante, incluso declaró que uno los obispos que estaba involucrado era inocente, pero después cambió su posición, está tomando medidas y le ha pedido la renuncia ya a siete obispos.
De hecho todos están renunciando porque lo visitaron en Roma y le presentaron su renuncia todos los obispos chilenos. Pero ya se ha materializado la renuncia de siete de ellos. El papa va a seguir tomando medidas. Y por tanto voy a conversar este tema con el papa, por supuesto que sí, es un tema que le interesa a la Iglesia y que también le interesa a Chile. Y a mí me interesa en mi doble rol de católico observante y presidente de Chile.

Señor presidente, usted efectúa su segunda visita a Alemania como jefe de Estado chileno tras 2010. ¿Cómo están las relaciones entre sus dos países, tanto a escala económica como política? ¿Han cambiado desde entonces?
Chile siempre ha tenido una relación muy cercana, amistosa, franca y de colaboración con Alemania, pero ahora estamos llevando esa relación a una nueva etapa. Por de pronto, estamos buscando un nuevo acuerdo más integral más amplio, más profundo con la Unión Europea.
Con Alemania tenemos muchos frentes de colaboración y lo conversamos con la canciller Angela Merkel, en el terreno de las energías limpias y renovables, en el campo de la educación y la capacitación, del entrenamiento vocacional. Hemos firmado muchos acuerdos en este viaje, en varios terrenos distintos, en la cultura, las pequeñas y medianas empresas y las energías limpias y renovables.

Usted estuvo visitando Siemens (un centro de formación de tecnológica alemana). ¿Se puede extrapolar este modelo alemán de la formación dual a Chile?
Definitivamente sí. Fuimos a aprender más de esa experiencia porque Chile tiene un gran desafío pendiente que es hacer un salto copernicano en la calidad de la educación. Y no solamente en la educación humanista-científica, también en la educación técnico-profesional y en eso estamos colaborando mucho con el Gobierno alemán. Siemens tiene un gran liderazgo y experiencia en la materia.

Alemania es el primer socio comercial de Chile dentro de la Unión Europea, con un volumen de intercambio de cerca de los $3,500 millones en 2017. Sin embargo, las inversiones directas alemanas ascienden en total a $1,460 millones, solo 1.2 % del total de las inversiones directas en Chile. ¿A qué cree que se debe esto y cómo podría revertirse? ¿Qué puede ofrecer Chile?
Es verdad que nuestra relación con Alemania, nuestro comercio con Alemania es mucho más fuerte que lo que son las inversiones alemanas en Chile. También hay inversiones chilenas en Alemania. Lo que queremos hacer es que la integración sea total, no solamente de comercio de bienes y servicios, también integración de inversiones. Estamos buscando un acuerdo para evitar la doble tributación entre Chile y Alemania que es la gran causa que frena las inversiones alemanas en Chile, porque (las empresas) tienen que pagar impuestos dos veces.

¿Qué resultados tuvo hoy su encuentro en Hamburgo con directivos de la naviera Hapag Lloyd, resultados concretos de inversión o de ampliación de la cooperación actual?
Nos reunimos hoy con Hapag Lloyd, que es la quinta empresa de transporte marítimo más grande del mundo y que tiene entre sus principales socios a una empresa chilena. Y discutimos con ellos cómo fomentar más el transporte marítimo porque la economía chilena está creciendo nuevamente con mucha fuerza, la inversión está creciendo. Y en consecuencia, nuestro comercio internacional, exportaciones e importaciones están creciendo casi a dos dígitos y necesitamos mejores puertos.

Presidente de Chile