Un niño de un año ante la corte de Inmigración

Un niño de un año vestido con una camisa verde tomaba leche de un biberón, jugaba con una pequeña pelota morada que se encendía a cada rebote y pedía agua ocasionalmente.
Y entonces llegó su turno de comparecer ante un juez de Inmigración en Phoenix, que apenas podía contener su incomodidad durante la parte de la audiencia en la que pregunta a los inmigrantes acusados si han entendido los procedimientos.

“Me avergüenza hacer la pregunta, porque desconozco a quién se la explicarían, a menos que crean que un niño de un año puede aprender la ley de inmigración”, manifestó el juez John W. Richardson al abogado que representó al menor.

El niño es uno de los centenares de menores que necesitan ser reunidos con sus padres después de que los separaron en la frontera, muchos de ellos a causa de la “política de tolerancia cero” del gobierno del presidente Donald Trump. Las separaciones han dejado mal parado al Gobierno debido a la persistente difusión de noticias sobre niños llorando separados de sus madres y mantenidos aparte durante semanas.

Los detractores también han censurado el sistema de las cortes de Inmigración del país que obliga a los menores –algunos todavía en pañales– a comparecer ante jueces y seguir los procedimientos de deportación mientras están separados de sus padres. Estos menores no tienen el derecho a tener un abogado asignado por la corte y 90 % es regresado a su país de origen sin la intervención de un defensor, según la agrupación Kids in Need of Defense, que les provee representación jurídica.

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LOS PAÍSES DEL TRIÁNGULO NORTE de Centroamérica y México (TRICAMEX) y Estados Unidos acordaron la semana pasada seguir trabajando para reunificar a los menores separados y combatir el “cáncer” de las redes criminales que se aprovechan de las necesidades de inmigrantes irregulares.

El objetivo de este encuentro celebrado en la capital de Guatemala fue analizar, desde una visión regional, la problemática del éxodo migratorio, poniendo especial atención a las causas estructurales de la inmigración en una de las regiones más pobres y violentas del mundo.

En la cita participaron los cancilleres de Honduras, México, Guatemala, El Salvador y la secretaria de Seguridad Nacional estadounidense, Kirstjen Nielsen.
Después de la reunión, los funcionarios comparecieron ante la prensa sin atender preguntas y fue ahí donde el secretario de Relaciones Exteriores de México, Luis Videgaray, recordó que es “cruel e inhumano” separar a los niños migrantes de sus familias, una opinión que, según él, compartieron todos.

“Nos hemos reunido para tomar acciones concretas para impedir que esto vuelva a ocurrir y, en segundo, acciones para lograr una pronta reunificación de los niños separados”, dijo, y agradeció a Nielsen su “voluntad y liderazgo” en este tema “complejo”, desde lo jurídico y lo operativo.

Aun así, aseguró que el propósito de todos es la reunificación de todos los menores rápidamente, no solo los separados desde mayo pasado, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, implementó las medidas de “tolerancia cero”, sino de los más de 10,000 niños inmigrantes no acompañados que recorrieron un “camino de peligro” y que llevan muchos años en albergues.

Hace 10 días, en Phoenix, el niño hondureño de un año llamado Johan esperó una hora para ver al juez. Su abogado dijo al juez Richardson que el padre del menor lo había traído a Estados Unidos y fueron separados, aunque se desconocía la fecha. Señaló que el padre se encuentra en Honduras después de que lo deportaron bajo el engaño de que podría llevarse a su hijo.
kernPor un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

El juez Richardson dijo que el caso del niño era prioritario por el plazo ordenado por una corte para reunir a los niños pequeños con sus familias. Un juez federal en San Diego dio a la agencia hasta el martes para reunir a los niños menores de 5 años con sus padres y hasta el 25 de julio para todos los demás.

Richardson dijo una y otra vez al abogado del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) que debía tomar nota de los casos que implican a niños chicos debido al plazo dado al Gobierno para cumplir con la reunificación de familias. El abogado señaló que desconocía detalles del plazo y que un departamento distinto dentro del ICE se encargaba de los asuntos de ese tipo.

La portavoz del ICE, Jennifer Elzea, señaló que el abogado sabía de la orden judicial pero que desconocía los detalles de los plazos “y no quería hacer declaraciones incorrectas sobre los compromisos de las fechas sin ese conocimiento”.

A fin de cuentas, Johan recibió una orden de salida voluntaria que le permitirá al gobierno enviarlo por avión a Honduras para reunirse con su familia. Un abogado del Proyecto Florence, una organización de Arizona que brinda asesoría legal gratuita a inmigrantes, dijo que tanto la madre como el padre estaban en Honduras.
El caso se atendió el mismo día que el gobierno de Trump dijo que necesitaba más tiempo para reunir a los 101 niños menores de cinco años con el fin de garantizar la seguridad de los menores y confirmar los parentescos.

En otro caso en Arizona, el juez le preguntó a un niño de Guatemala vestido con chaleco y corbata cuántos años tenía. El pequeño levantó su mano abierta.
Su abogado dijo que su padre lo había traído a Estados Unidos y después fue deportado hace dos semanas. Pidió que se emitiera una salida voluntaria para el menor.
“¿Qué te parece regresar a Guatemala?”, le preguntó el juez Richardson al niño.

El problema de la separación familiar es de particular urgencia para los padres de niños pequeños que requieren mayor cuidado de sus padres. Los estudios muestran que el estrés a muy temprana edad puede crear problemas emocionales e incluso físicos para toda la vida.

El inmigrante hondureño Christian Granados fue separado de su hija de cinco años, Cristhy, por más de un mes después de que fueron detenidos en El Paso, Texas, cuando intentaban entrar en Estados Unidos. La pequeña fue llevada a un centro de detención en Chicago, mientras que él fue liberado el 24 de junio a la espera de una respuesta a su petición de asilo.
Granados ha enfrentado un obstáculo burocrático tras otro tratando de recuperar a su hija, respondiendo recurrentes solicitudes de identificación por parte de los trabajadores sociales que resguardan a la menor. Granados intenta ayudar en el proceso mudándose con familiares en Fort Mill, Carolina del Sur, pero ahora teme que no pueda pagar el boleto de avión para que su hija vuelva con él.
Dijo que las autoridades le pidieron $1,250 para enviarla por avión desde Chicago. “No he sentido la felicidad que debería sentir estando aquí, en Estados Unidos”, dijo Granados. “Estaré feliz cuando tenga a mi hija conmigo”.

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AFUERA de la Primera Iglesia Unitaria de Salt Lake City, en donde Vicky Chávez y sus dos hijas llevan seis meses refugiadas, hay un parque infantil rodeado de grandes árboles frondosos. Sin embargo, Chávez nunca permite que Yaretzi, de seis años, o Issabella, de 11 meses, jueguen ahí. Nunca salen de la iglesia.

Chávez, de 30 años, teme que agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), las detengan y las envíen de vuelta a Honduras, en donde teme por su seguridad a causa de su novio abusivo. Sus miedos la llevaron a pedir asilo en Estados Unidos hace cuatro años.

A pesar de que un juez de Inmigración ha negado reiteradamente su solicitud, Chávez le dijo a la prensa el lunes por la noche que está determinada a permanecer en la iglesia y luchar por quedarse en Utah, en donde viven sus hermanos y padres. Sus abogados buscan un remedio en una corte federal de apelaciones, aunque es un intento con pocas probabilidades de éxito.
Ver a otros padres inmigrantes separados de sus hijos en la frontera la hace incluso más reticente de regresar a casa y pasar por una posible separación de sus hijas si otra vez intenta pedir asilo en Estados Unidos, dijo.

“No me imagino sentir el dolor de que me separaran de mis hijas”, dijo Chávez durante una entrevista el mes pasado. “Dormir en un centro de detención no es nada fácil. Lo viví. Yo lo viví con mi hija, pero no lo viví separada”.

Por un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

Chávez entró sin autorización a Estados Unidos en junio de 2014, y un juez de Inmigración federal ordenó que fuera deportada en diciembre de 2016, dijo Carl Rusnok, vocero de ICE. Chávez recibió la orden de salir del país y el 30 de enero agotó todas las apelaciones disponibles, agregó.

Esa noche, Chávez tenía pasajes de avión para regresar a su casa en San Pedro Sula, Honduras; pero en lugar de eso, aceptó una oferta de refugio de la iglesia.
Ella y sus hijas duermen en un salón de catequesis y pasan la mayor parte del tiempo en otro cuarto con una televisión, un caballete y otros juegos. Yaretzi recibe lecciones de piano en la capilla, y bailan y corren en un salón abierto con pisos de madera.

La pequeña Issabella ha aprendido a caminar en la iglesia y ahí celebró por adelantado su primer cumpleaños. Yaretzi recibe tutoría en lugar de asistir a la escuela.
“Me siento triste porque no puedo darle a la niña una vida normal”, dijo Chávez.

Son los primeros inmigrantes en refugiarse en Utah de los que se tiene conocimiento, según grupos locales de defensa a migrantes y la sucursal estatal de la Unión Americana de Libertades Civiles. La práctica ha sido común en estados como Arizona y California, pero nunca en Utah, en donde dos terceras partes de la población son mormones.
Unos 200 miembros de la iglesia y otros voluntarios se aseguran de que la familia Chávez sea alimentada, educada, apoyada y protegida.
“No tengo familia en Honduras. No tengo un hogar donde pueda llevar a mis hijas”, dijo Chávez. “Vengo huyendo por violencia doméstica. Estuvimos recibiendo amenazas de muerte… Mi miedo es que nos puede ocurrir algo malo en Honduras”.

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DE REGRESO EN LA SALA DE INMIGRACIÓN del juez Richardson, una niña de siete años con un moño y un vestido rosa se sentó pacientemente en una banca de madera por más de una hora antes de que el juez Richardson la llamara. La niña había venido de Guatemala con su padre y también fue separada. El padre está ahora en Guatemala.
Richardson le dijo nuevamente al abogado del ICE que tomara nota de su caso para garantizar que el Gobierno la reúna con su familia a tiempo.

Le preguntó a la pequeña si quería volver a Guatemala y si tenía miedo de volver ahí. La niña respondió que no tenía miedo. Richardson le otorgó una salida voluntaria.
Para algunas familias separadas, la reunión ocurrirá en Guatemala, Honduras o El Salvador, los países de donde salieron para huir de la violencia.

La masacre de niños durante la represión orteguista

Entierro

El bebé no lloró. No gritó. No habló. Nelson Lorío, su papá, miró cómo se le hundió la mollera. La sangre corría por sus manos. La camisa, el trapo con que lo tapaba, su ropita, todo estaba rojo. Fueron segundos que pasaron rápido y a la vez lentos. Entró a la casa de una señora que no conocía. Ella le lavó la cabecita. Lo último que miró de su niño fueron unos gestos de querer hablar, unas gesticulaciones que cree eran las de: “mamá” o “papá”.

Teyler Leonardo Lorío Navarrete murió el 23 de junio de un disparo a la cabeza. Tenía apenas 14 meses y 16 días de haber nacido. “No tenía color ni partido político, estaba en estado angelical. Jamás se imaginó que le iban a disparar”, dice Nelson Lorío, su padre, quien lo llevaba en los brazos cuando recibió el impacto de parte de “policías y paramilitares” que realizaban “labores de limpieza” en el barrio Américas Uno, de Managua.

La muerte del bebé Lorío Navarrete es uno de los últimos asesinatos de niños por parte de la represión orteguista. La Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) reveló que 21 menores, de 18 años o menos, han muerto entre el 18 de abril y el 25 de junio en los hechos violentos de la crisis política que vive el país.

La Prensa (Nicaragua) contabiliza 15 casos de jóvenes que han muerto de las formas más crueles: de impactos de bala en la cabeza, pecho o cuello. Mientras que hay algunos que murieron calcinados junto con sus padres, suplicando por sus vidas o atropellados cruel e intencionalmente por un bus.

Según el informe de la ANPDH, ocho de los menores de edad tenían 17 años, cuatro tenían 16 años, cinco 15 años, una niña de 11 años y una de dos años, y dos bebés: uno de 14 meses y otro de cinco meses de edad.

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“HERODES NICARAGÜENSE”
La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Vilma Núñez, dijo que el presidente inconstitucional Daniel Ortega se está convirtiendo en el Herodes nicaragüense. “Herodes fue aquel que mandó a matar a todos los niños de determinadas edades para que no le hicieran competencia. Entonces, Daniel Ortega está matando a la niñez nicaragüense”, afirmó Núñez.

El Movimiento Mundial por la Infancia (MMI) Capítulo Nicaragua condenó el “uso de la fuerza letal” del gobierno de Daniel Ortega contra los niños en la crisis sociopolítica local, que ha dejado saldo de más de 218 muertos, según sus datos, de los cuales al menos 17 son menores de edad.

“Condenamos rotundamente el uso de la fuerza letal contra la población civil, especialmente niños y adolescentes”, señaló el MMI Nicaragua, que exigió al Estado nicaragüense asumir “su rol como garante de derechos con mayor cuidado y responsabilidad por tratarse de un niño o adolescente, y debe, además, tomar medidas especiales fundamentadas en el principio del interés superior de la niñez”.

Rechazo. Personas caminan frente a un mural con mensajes en contra de Daniel Ortega en el barrio indígena de Monimbo, en Masaya, ciudad que hace 39 años fue crucial en la victoria sandinista.

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DISPARO CONTRA DIOS
El domingo 24 de junio, durante la homilía en la catedral de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, elevó una oración especial por la memoria de Teyler Leonardo Lorío Navarrete, bebé de 14 meses.

Ese mismo día el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Silvio Báez, calificó el asesinato de Lorío como “otro signo de inhumanidad”. Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

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EL BEBÉ DE LOS COLOCHOS
Los colochos de Teyler son lo que más recuerda su padre, Nelson Lorío. “Siempre quise un niño así, con ese tipo de pelo”, dice el padre. “Nunca se lo corté porque queríamos dejárselo crecer”.
Nelson Lorío y Karina Navarrete se conocieron hace ocho años. Un año después nació Joshuara, su primera niña, quien ahora tiene siete años de edad. Estuvieron separados durante dos años y regresaron desde hace cinco. Ambos planificaron tener un niño durante ese tiempo, hasta que el 7 de abril de 2017, a las 7 de la mañana, nació Teyler Leonardo en el Hospital Monte España.

“Mi orgullo de varón”, dice el padre, quien fue el primero en cargarlo, sin poder imaginarse que también sería el último. “No lo podía dejar de ver. Nunca me lo despegaba”, dice Nelson, quien a partir de ese día empezó a trabajar en supermercados o gasolineras para que a Teyler “no le faltara nada”.

Karina Navarrete, la madre, también empezó a trabajar como doméstica. Ambos compraron un terrenito que todavía están pagando. Es por eso que todos los días iban a dejar a Teyler a la casa de su abuelo paterno, Jaime Lorío, en el barrio Américas Uno.

Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

El abuelo se encariñó tanto con el niño que se lo pedía a su hijo. “Mi esposa se enojaba porque mi papá se lo quería quedar”, dice Nelson, apenas sonriendo. “Yo no hallaba cómo decirle a mi papá que el niño había muerto porque me daba miedo que también se muriera”.

El abuelo se desmayó con la noticia. En el sepelio también se desmayó, después de que abrió el ataúd de su nieto y le depositó el peluche con el que jugaban. Ahora, Jaime Lorío llega todos los días a visitar a su hijo para no sentirse solo. Llega en la mañana, siempre con un vaso de leche agria y una tortilla. Trata de verse fuerte, sereno. “Pero talvez solo me meto un momento al cuarto y cuando regreso, lo encuentro llorando”, dice Nelson.

Impunidad. Las investigaciones por los asesinatos de estos niños y de todas las víctimas de los cuerpos de seguridad están estancadas en Nicaragua.

Teyler se dormía a las 9 de la noche y se despertaba a las 4 de la mañana. “Era mi alarma para ir a trabajar”, dice Karina. Desde esa hora, Teyler le gritaba a su abuela o a sus tíos para “que supieran que estaba despierto y lo cargaran”, dice la madre.

Joshuara, la niña de siete años, también pregunta por su hermanito: “¿Y el negrito, dónde está, mama?” Karina Navarrete trata de no llorar delante de su hija. Le responde que el negrito está en el cielo, que está jugando, que le desee buenas noches y que le diga que hoy se porte bien.

Durante el día, Karina se distrae platicando, viendo televisión, dando entrevistas. Pero cuando llega la noche se quiebra. No aguanta. Duerme a la niña y se va a otro cuarto. Cierra la puerta. Llora. No le importa lo que piensen los demás que solo escuchan sus gritos. “En ese cuarto solo yo sé cómo me pongo a llorar”.

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NIÑOS CALCINADOS
Mathías Velásquez Raudez, de cinco meses, y Daryeli Velásquez Raudez, de dos años de edad, murieron calcinados en su casa el sábado 15 de junio, día en que la policía y paramilitares hacían “labores de limpieza” en el barrio Carlos Marx, donde los protestantes de la zona habían levantado barricadas desde los primeros días de protesta.

En la tragedia murieron de la misma forma sus abuelos, Óscar Velásquez Pavón y Maritza López. Y también sus padres, Alfredo Velásquez López y Mercedes Raudez. Un día antes de que murieran en el incendio, su madre había subido una foto en la que aparecían los niños con trapos sobre el rostro, como una especie de pasamontañas, y unos morteros de juguete que llevaban el grabado de Nicaragua. “Mis bebés vandálicos”, había escrito en su publicación.

Demandas. Un hombre sostiene un cartel con fotografías de detenido por el Gobierno de Daniel Ortega, durante una protesta realizada al exterior de El Chipote, una cárcel de máxima seguridad.

Niño y adolescentes asesinados

Álvaro Conrado, de 15 años de edad:

Fue el primer niño asesinado durante las protestas. Murió el 20 de abril después de mediodía. Fue asesinado cuando llevaba a escondidas agua a los universitarios que recogían víveres en la catedral de Managua. Era músico, atleta y quería ser abogado. Recibió un impacto de bala que le dañó la tráquea y el esófago.

Orlando Córdoba, 15 años de edad:

Asesinado el 30 de mayo, Día de las Madres. Orlandito nunca había participado en ninguna marcha. Aquel día, frente a la UNI, una bala penetró su tórax. Su pasatiempo era mirar videos en YouTube para aprender a tocar mejor la batería, su instrumento de todos los viernes en el culto de su iglesia evangélica. Era fanático del Barcelona, equipo español de fútbol. Cursaba el sexto grado de primaria en el Centro Escolar España, en Managua.

Júnior Gaitán, de 15 años de edad:

Fue asesinado el 2 de junio, de rodillas ante un policía, según familiares y testigos. “Le suplicó por su vida”, dijo su madre, Aura Lila López. “Le disparó a quemarropa en el pecho”. Le encantaba jugar fútbol. Le decían “el Pollo” o “Pollito”, de cariño. Fue una vecina la que le “encajó” ese apodo, supuestamente porque comía mucho pollo frito. Era buen alumno, le llamaban la atención los bomberos y los grafitis.

Sándor Dolmus, 15 años de edad:

Murió el 14 de junio. Un balazo certero lo tumbó partiéndole el pecho, a unos metros de la puerta de su casa, en el barrio San Juan. Casi no salía de casa. No había salido en los últimos dos meses. Le gustaba mirar videos en YouTube de cantos a la Virgen María. Era muy católico y seguidor de monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua. Estaba en cuarto año del colegio de secundaria Sagrado Corazón de Jesús.

Francisco Rivera Narváez, de 16 años de edad:

Falleció el sábado 23 de junio. El informe médico legal indica que la causa de la muerte fue herida por proyectil de arma de fuego, con entrada y salida en el cráneo. El joven habitaba en el barrio Santa Elena, de Managua. Ese día regresaba de jugar fútbol en el parque del barrio Monte Fresco cuando fue atacado.

Samuel Reyes, de 16 años de edad:

Asesinado el sábado 23 de junio. Murió al ser herido por arma de fuego y arma blanca en el cráneo. Vivía en el barrio Reparto Schick de Managua.

Jésner Josué Rivas, de 16 años de edad:

Asesinado el 22 de abril. Su madre contó que ese día, al escuchar que un grupo de vándalos pretendía asaltar un supermercado en la entrada del barrio La Fuente, de Managua, Jésner tomó su tiradora y salió de su casa. Minutos después una bala lo impactó casi a la altura del cuello, en la parte izquierda. Le gustaba jugar fútbol y su familia conserva los trofeos que había obtenido.

Abraham Antonio Castro Jarquín, de 17 años de edad:

Asesinado el 8 de junio durante un ataque de turbas paramilitares orteguistas en la salida norte del municipio de Jinotega. Sus familiares le llamaban “Patito”. Se dedicaba a la reparación de motos, pero llevaba días en las trincheras. Vivía en el barrio Carlos Rizo.

Ángel Reyes, de 17 años de edad:

Murió el 17 de mayo, después de que una ruta lo atropelló intencionalmente. Estaba en una barricada cuando un bus, conducido por un paramilitar, le pasó encima y le causó la muerte casi inmediata. Reyes era estudiante del Colegio Rigoberto López Pérez y estaba apoyando a los universitarios atrincherados en la UPOLI.

Carlos Bonilla López, de 17 años de edad:

Murió el 20 de abril tras recibir un balazo. Fue un disparo en la frente. Estaba en Ciudad Sandino y lo trasladaron al hospital local y luego fue remitido al Hospital Lenín Fonseca, donde murió. Había salido a un ensayo de la banda rítmica a la que pertenecía. Se acababa de bachillerar, en 2017, y estudiaba cursos libres de caja e inglés.

José Abraham Amador, de 17 años:

Asesinado el 20 de abril, cuando recibió el impacto de bala que le perforó los pulmones, cerca del mercado de Artesanías, de Masaya. Era estudiante de cuarto año de secundaria del centro Rafaela Herrera y pretendía estudiar veterinaria.

Ríchard Eduardo Bermúdez Pavón, de 17 años:

Fue uno de los primeros muertos del 19 de abril. Cayó de una ráfaga en el tórax. Era estudiante de secundaria y vivía en Tipitapa, donde formaba parte de una comparsa rítmica.

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Alma Guillermoprieto, maestra del periodismo

Alma Estela Guillermoprieto Panigua

En su cocina están las huellas de sus experimentos. Lo que ahora tiene en la cabeza es cómo lograr una buena masa para hacer pizza. No quiere que le quede muy delgada, tampoco muy gruesa: intenta encontrar el término preciso y está dispuesta a dedicar las horas que sean necesarias para conseguirlo. Alma Guillermoprieto es perseverante también en eso. Lo ha sido durante sus 40 años de vida periodística, años en los que ha perseguido historias por toda América Latina y oído a sus protagonistas con la atención y la paciencia del que sabe que al otro lado hay una vida que importa. Años en los que ha escrito los mejores artículos sobre la realidad de estos países –sus revoluciones, sus conflictos– y que ha publicado en medios como The New Yorker, The New York Review of Books, The Guardian o The Washington Post.

Mucho de lo que los lectores de habla inglesa conocen del conflicto colombiano, y del latinoamericano en general, se debe precisamente a los textos de esta escritora y periodista que se ha dedicado a investigar, entender y traducir nuestra realidad, con la profundidad y la sensibilidad necesarias para transmitir lo que significa un territorio tan complejo. Sus reportajes están reunidos en libros como “Al pie de un volcán te escribo”, “Los años en que no fuimos felices”, “Desde el país de nunca jamás”, “Historia escrita” y “Las guerras en Colombia” (que este mes tendrá una nueva edición). También es autora de “Samba”, su primer libro, en el que relata la vida cotidiana de una escuela de samba en una favela de Río de Janeiro; de “La Habana en un espejo”, que describe los meses que vivió en la capital cubana como profesora de danza; y de “Los placeres y los días”, donde reúne, entre otros, su texto sobre el tango y sobre Celia Cruz. Ningún tema le es ajeno. Durante dos años escribió una columna de gastronomía en la revista mexicana Nexos y ahí daba rienda suelta a una de las cosas que más le apasionan: la comida.

Ya es conocido que llegó al oficio del periodismo por accidente, que su sueño era ser bailarina y terminó siendo cronista estrella de The New Yorker; que nació en Ciudad de México, hija de padre mexicano y madre guatemalteca; que su nombre completo es Alma Estela Guillermoprieto Paniagua y que ese Guillermoprieto –así, unido– viene de muchas generaciones atrás y si se escarba, llegamos a dar con el poeta y político mexicano de comienzos del siglo XIX Guillermo Prieto; que en 1995, Gabriel García Márquez la buscó porque quería que formara parte de lo que en ese momento era un sueño: la Fundación Nuevo Periodismo. Alma inauguró el taller de crónica en Cartagena y continuó dictándolo durante muchos años. Por ese taller han pasado decenas de reporteros latinoamericanos que se quedaron con sus enseñanzas en la memoria. Sus enseñanzas y su ejemplo. Porque de lo que ella se aprende no es solo teoría del oficio, es una forma de ser periodista. Sabemos también que le gusta leer novelas largas –aunque hoy prefiere la no ficción, sobre todo la ciencia– y que disfruta el tiempo junto a las plantas que están en su balcón. Alma tiene un nombre que le encaja muy bien.

El mes pasado recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, y así se une a un prestigioso listado de ganadores en la misma categoría, en el que aparecen personajes como Umberto Eco, George Steiner, Annie Leibovitz, Zygmunt Bauman o Ryszard Kapuscinski. Ya tiene en su haber el María Moors Cabot –el reconocimiento internacional más antiguo en el periodismo– y el Ortega y Gasset, que le entregaron el año pasado por su trayectoria profesional, para citar solo dos más de los premios que ha recibido. Desde que anunciaron que el Princesa de Asturias había llegado a sus manos, Alma Guillermoprieto ha tenido que responder decenas de entrevistas. Y no hay que conocerla tanto para entender que ella prefiere estar del otro lado de la libreta: en el lugar del que toma notas y pregunta.

Suele decir que en su carrera resultó esencial la presencia del editor. ¿Cuál de todos la marcó más y qué enseñanzas recuerda?
John Bennet, sin duda. Él editó todos mis textos en The New Yorker. Y es curioso porque, cuando trabajábamos juntos, era la intimidad absoluta. Fuera de eso, nada. Se jubiló hace dos años y no le he mandado ni una notita. Increíble. Después de 20 años de trabajo. ¿Qué me enseñó? Si es aburrido, no va. Quita lo más que pueda los entrecomillados porque es difícil que alguien hable de manera más interesante que tú, y vuelven lento el texto. Me acuerdo cuando estaba trabajando en el reportaje sobre Lima, durante el fujimorazo, que yo buscaba una palabra para el párrafo en el que decía que todo estaba tan caro que la gente escuchaba hablar de un guiso y se moría de la risa. Pero lo que había oído que producía risa no era una palabra chistosa en inglés. Era espagueti. Y no funcionaba. John y yo nos pusimos a buscar la palabra precisa. Hablamos una hora a larga distancia, cuando esas llamadas costaban plata, sobre esa pendejada. Riéndonos. Hasta que de repente dije: ¡Noodles! Y claro: esa era. La chispa de una frase dependía de eso; para que cuando yo dijera que la gente se reía, el lector se riera también. Ya no quedan editores así. Y bueno, está su lección de ética: trata a todos tus entrevistados como si tuvieran $5 millones para meterte una demanda con el mejor abogado.

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Buena lección. Con frecuencia a la gente sin recursos, a los desconocidos, a los humildes, se les pasa por encima.
Claro, porque los pobres no tienen abogados. Entonces muchos escriben de ellos lo que se les ocurre. Y se meten a su cuarto, hasta adentro, sin pedir permiso.

Empezó en el periodismo a finales de los años setenta, cubriendo la insurrección sandinista en Nicaragua. ¿Por qué resultó tan importante para usted en ese momento la compañía de la fotógrafa estadounidense Susan Meiselas?
Yo tuve la ventaja de no saber nada de periodismo cuando inicié mi vida como reportera. No tenía idea. No sabía cuáles eran los grandes medios. Escribía para The Guardian y pensaba que era un pasquín. Y cómo no iba a serlo, si me habían contratado a mí. Además, pagaban una miseria. Susan era de mi edad y nos hicimos amigas rápidamente. Ella llevaba varios meses en Nicaragua y era como la guía. Yo dormía en el piso de su habitación porque el dinero no me daba para pagar un cuarto de hotel. Salíamos juntas a trabajar. Como todos los buenos fotógrafos, ella es muy buena reportera. Viéndola trabajar fue como aprendí a reportear. Aprendí que si no te acercas, no tomas la foto. Si no te acercas, no tienes el artículo. Y me extrañaba que otras personas se quedaran en Managua y salieran luego con unas notas preciosas. Porque iban a hablar con los embajadores, iban a las conferencias de prensa y reporteaban muy bien otro mundo que a mí nunca me interesó. Si yo me hubiera tenido que dedicar a ruedas de prensa y charlas con ministros, no duro un mes en este oficio. A mí lo que me emocionaba era la vida. La posibilidad de acceder al mundo, de vivir una vida grandota. Eso fue lo que me sedujo. Lo otro, jamás.

Sus primeros textos aparecieron como freelance en Latin American Newsletters y The Guardian. Pero después tuvo puestos fijos en las salas de redacción de The Washington Post y de The Newsweek. ¿Qué fue lo que no le gustó de esos cargos?
Que no me gusta estar en una oficina. Eso. La conformación del espacio físico de las oficinas me pone de mal humor. Y mira que la que tuve en Río de Janeiro era divina, y yo tenía libertad absoluta. En el fondo, creo que no me gustó porque soy escritora. En ese momento todavía no lo sabía. Aunque, para impaciencia eterna de mis editores de The Washington Post, lo que hacía era escribir reportajes y no escribir lo que había reporteado.

Que es algo bien diferente. ¿Y le desbarataban los reportajes?
No, lo que hacía Karen DeYoung, mi gran amiga y editora, la que me llevó a The Washington Post, era agarrar unas tijeras y cortarle toda la primera mitad. Y lo hacía de una manera mucho más civilizada que los de The Guardian. Se quedaba con el final, con la segunda parte, que era donde yo dejaba de echar mi rollo literario, de echar el cuento.

¿Eso la frustraba?
No le daba mucho valor. Yo escribía lo que me parecía que era interesante y ellos se quedaban con lo que les parecía útil. Tampoco era que yo pensara en algo como “voy a desplegar mi arte”. No, para nada. Hacía lo que se me ocurría y no era un pleito cuando me lo cortaban. Nunca he sido muy teatrera en ese sentido.

Fue en The New Yorker, entonces, donde sus historias empezaron a salir completas.
Sí, aunque yo ya acababa de entregar el manuscrito de “Samba”, mi primer libro.

¿Por qué ese libro no está traducido al español?
Nunca he encontrado una traducción en la que sienta que se escucha mi voz. De alguna manera, “Samba” es mi libro más personal. Es en el que más he buscado la calidad de la escritura. Y no me imagino cómo quedaría traducido. Además, quedé curada de espanto porque lo tradujeron al francés y resultó tan horripilante que dije “nunca más”.

En la revolución cubana se había impuesto mucho la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante: si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

¿Cómo es su relación hoy con “Samba”?
Quiero mucho ese libro. Le veo errores. Es muy largo, la estructura no es la mejor. Me hubiera gustado tener una editora más exigente, que le hubiera cambiado algo. Pero les gustó, y le pusieron ese título espantoso. Lo quiero por lo que fue la experiencia de reportear y por lo que representa. Fue un año de trabajo. Viviendo en la favela un mes. Pero yendo todos los días, desde muy temprano y hasta las 4 de la mañana, un año entero. Renuncié a Newsweek y para ir a reportearlo. Después me vine a Bogotá, con mi trasteo, en 1988, a escribirlo.

Vivió aquí de 1988 a 1992. Pleno narcoterrorismo, Pablo Escobar, carteles. ¿Esto le interesó como tema? ¿Por eso eligió Bogotá?
No, no fue por nada de eso. Me he dado cuenta de que a mí me gustan los lugares altos. Como asomaditos al mundo y aislados al mismo tiempo. Y en ese momento no se paraba ni una mosca por acá. No había extranjeros. Conocía a dos: Joe Broderick y Penny Lernoux, que fue quien realmente me entusiasmó para venir aquí. Mi gran amiga Penny. Ella escribió dos libros muy importantes: uno sobre la Iglesia colombiana, López Trujillo y compañía (él le dio una cachetada una vez), y otro sobre los bancos y el Vaticano. Una mujer fantástica.

Había pocos extranjeros, pero mucha rumba.
Sí, cómo no. Eso era muy rico. Estaba La Teja Corrida, El Goce Pagano, Salomé, Café Libro. Unos rumbeaderos deliciosos, de DJ, antes de que existiera ese término propiamente. Pistas atiborradas de gente echando pasito. Me imagino que todavía hay, lo que pasa es que ya no voy a eso.

¿Hizo buenos amigos en Bogotá?
Muy buenos. Cuando llegué era fácil hacer buenos amigos, hoy creo que no tanto. En esa época, si llegaba una extranjera, la gente te miraba con asombro y con agradecimiento. Te abría las puertas de su casa fácilmente, lo que hoy ya no ocurre. Además, era un tiempo en que tocaba compartir durezas, y eso hace que las amistades sean muy fuertes. Cuando compartes duelo. Eso marca mucho.

Entre sus amigas estaba Silvia Duzán, la periodista asesinada por paramilitares en 1990…
Sí, fuimos amigas. Silvia era una muchacha de una vitalidad, una alegría de vivir y una curiosidad por el mundo excepcionales. Yo estaba en Managua, durante la derrota del Frente Sandinista en las elecciones, cuando me llamó el director de The New Yorker y me dijo que me estaban buscando de Bogotá para informarme que Silvia había muerto.

Como casi todos nosotros, ha tenido amigos muertos por la guerra…
Sí. Y eso me hizo también parte de este país.

La primera vez que vivió en Bogotá fue en 1988, pero usted ya había pasado por aquí en 1973. ¿Cómo recuerda ese viaje?
Fue cuando iba rumbo a Chile, a estudiar por fin en la universidad. Me subí al avión el 11 de septiembre. Aterrizamos en Buenos Aires. No pudimos hacerlo en Santiago. Fue muy duro. En ese trayecto pasé por Colombia. Tomé un tren de Santa Marta a Bogotá. Lo único que me acuerdo de ese viaje es que era un tren infame, con asientos de madera, lento, lentísimo, con los vidrios empañados y sucios. Y en esa modorra tremenda del calor, paramos y vi a través del vidrio un letrerito que decía Aracataca. Era una estacioncita en medio de la nada.

¿Ya había leído a García Márquez?
Ah, claro. De memoria me lo sabía. Leí “Cien años de soledad” en una sola noche. Estaba en Nueva York viviendo con mi mamá y una amiga de ella llegó de México y nos dijo: les traje este libro que lo tienen que leer porque es maravilloso. Eso fue en 1967. Amanecí leyéndolo, despacito para que no se acabara. Entonces pasar por Aracataca fue maravilloso. Y una cosa más increíble todavía, absolutamente absurda: a la salida se nubló muchísimo, se puso negro, como que iba a caer un aguacero, y cuando me di cuenta había en la ventana una nube de mariposas amarillas.

Puro realismo mágico. Podría pensarse que no fue verdad.
Sí, uno puede decir que no fue verdad. Pero pasó. Porque además antes había muchos más insectos en el mundo. Ahora me doy cuenta, manejando por la carretera, que no se te queda en el parabrisas ni un solo insecto. Se están acabando. Y las mariposas más.

¿Cómo fue esa primera imagen de Bogotá?
En esa ocasión solo estuve de paso, pero sí me acuerdo que era una ciudad pacata, gris, donde se comía tan mal que yo, que soy de tan buen apetito, no comía. Bastante sin gracia. Perdón.
Algo ha cambiado… Cómo no. No sé por qué, pero es una ciudad vital, interesante. Y hoy se come muy bien.

Cuenta que en Nueva York vivía con su mamá. ¿Cómo fue su relación con ella?
Fue una influencia enorme en mi vida. Una mujer brillante. Gran lectora. Tenía mucho talento para escribir. Era secretaria y durante muchos años tuvo una columna en una revista mexicana. Era bilingüe y se preocupó mucho porque yo no perdiera el español. Una mujer con mucha chispa y sentido del humor. Muy vital. Creo que fue un golpe para ella que yo no quisiera ir a la escuela ni a la universidad. Si de pronto se le ocurrió que no era lo mejor para mí seguir una carrera en la danza, nunca me lo dijo. Si temía por mi vida cuando yo estaba en Centroamérica, jamás me lo dijo. Después me enteré por su mejor amiga que, por supuesto, se preocupaba. Pero nunca me habló de eso. Era una mujer de una gran libertad. Y que respetó siempre mi libertad.

¿Por qué quiso ser bailarina? ¿Alguien bailaba en su familia?
Creo que, hasta la fecha, somos muchísimas las niñas que hemos visto “Las zapatillas rojas” a los seis, siete, ocho años. Y algo que para mí sí es un misterio: por qué las niñas vemos una película en la que la protagonista se muere bailando, literalmente, y decimos “quiero ser bailarina”. Y a partir de ahí nadie nos quita eso de la cabeza. Esa película fue una influencia enorme. Una amiga tiene una hija de 10 años que está fascinada con el ballet y le dijo algo increíble como “yo sé que para bailar hay que sufrir”. Y es una niña feliz, con un hogar feliz. Me parece que con esa idea, con esa emoción, entramos todas a la danza. Hay algo muy poderoso en eso para las mujeres.

¿La dificultad que implicaba le llamaba la atención?
Tú sabes que los delfines, por ejemplo, cuando los tienen en cautiverio y les enseñan cosas, llegan a su práctica muertos de la emoción. Es maravilloso que te reten, que superes obstáculos, que aprendas una cosa nueva todos los días, que avances. Eso está no solo en la mente humana, sino en la naturaleza de todo ser vivo con inteligencia.

A los 16 años deja Ciudad de México para irse a Nueva York, tras el sueño de la danza…
Sí, precisamente porque mi madre estaba viviendo allá y me dijo que fuera, con la idea de que siguiera mi formación en el estudio de Martha Graham. Yo estaba bailando con una compañía mexicana, el Ballet Nacional de México, donde usábamos la técnica Graham como método de entrenamiento. Así que ir a su estudio me llamó muchísimo la atención.

Tuvo maestros muy reconocidos. No solo Graham, sino Merce Cunningham o Twyla Tharp.
¿Cuál de todos ellos fue el que le dio el no a su carrera en la danza?
Twyla Tharp. Aunque después, cuando regresé de Cuba y estaba sumamente desnutrida y flaca, Merce vino un día y a su manera me dijo que le gustaría que yo volviera a un ensayo. Yo en ese momento ya estaba con la Revolución. Y le dije que no.

O sea que quedó una puerta abierta en la danza…
Sí.

El período que vivió en La Habana, como profesora de un grupo de bailarines cubanos, fue difícil para usted. Incluso dice que esa temporada le cambió la vida. ¿Por qué?
Porque me sacó de la danza, que era mi universo. Me quedé en el limbo.

Hubo un momento, durante ese período, en el que se planteó si en realidad el arte servía para algo…
Es que en la revolución cubana se había impuesto mucho la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante: si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

A los seis meses de irme de Cuba fue el escándalo de Heberto Padilla, que tuvo que retractarse públicamente de sus poemas porque a alguien se le ocurrió que eran antirrevolucionarios. Seis años antes de que yo llegara, el arquitecto de las escuelas nacionales de arte donde di clases había tenido que irse del país y quedó en la ignominia, porque su arquitectura era contrarrevolucionaria.

O sea, una vez que estableces ese criterio, cualquier cosa puede ser contrarrevolucionaria, que es lo que sucedió con el estalinismo. En Cuba nunca hubo estalinismo, pero sí la posibilidad de que gente envidiosa destruyera las carreras de otras personas con ese argumento. Y yo me lo creí. Creí que, efectivamente, el arte que no servía para algo iba en contra de la revolución. Y como no pude con esa contradicción interior, me salí de la danza.

En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no. Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es la información. Antes podías escribir sobre un señor que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria, funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Es increíble cómo llegó a estar de involucrada con el espíritu revolucionario.
No hay nadie que tenga un temperamento menos partidario y de masa y de fervor ideológico que yo. Pero es que tener 20 años y estar sola, desconectada absolutamente de todas tus relaciones, todas, tu familia, tus amistades, tu actividad, todo, te produce eso.

En ese tiempo usted se deprimió y llegó a pelearse con la vida…
Sí, fue una depresión muy fuerte. Hay una cosa de la que se habla poco y son los suicidios dentro de los regímenes revolucionarios. Porque obligatoriamente mucha gente, y no solo los artistas, entran en contradicción con sí mismos, con lo que desean y con lo que se tolera. ¿Qué dice Shakespeare? El infierno que puede haber entre el momento en que se te ocurre algo y lo llevas a cabo.

Usted relata todo lo que vivió durante esos meses en La Habana en un espejo, el único libro en el que habla de su vida personal de forma tan directa. ¿Cómo se sintió al escribirlo?
Fue interesante. Ese libro me permitió ver muchas mentiras que yo tenía acerca de mí misma. En ese sentido fue muy saludable. Escribir sobre uno mismo es muy sanador. Yo me había tenido una cierta autocompasión antes y había pensado que la vida me había tratado mal y de repente entendí que lo que en realidad sucedió fue que mi vida había sido maravillosa en muchos sentidos. El regalo del arte, de la danza, de tantos mundos que he podido conocer.

Después de La Habana viajó a Nueva York y luego a Nicaragua. ¿También por el tema revolucionario?
Claro. Pero antes yo había regresado a México. Y trabajé primero como profesora de inglés, luego como profesora de español con unos becarios japoneses, y después como intérprete simultánea, que es lo mejor que me ha salido en la vida. Era buenísima en eso, buenísima. Empecé traduciendo congresos médicos y ahí seguí. De veras, era excepcional. Jamás tomé un curso y no me costaba ningún esfuerzo. Ese ha sido mi talento mayor, realmente. Fue una época bonita. Y en esas estaba cuando me fui a Nicaragua.

En un momento en el que podía poner en riesgo su vida…
Cuando eres joven, no piensas en esas cosas. Jamás. Yo venía de la derrota de Salvador Allende y ese horror que fue Chile. Y de repente aparece una cosa que, no sé cómo, pero se sentía que iba a triunfar. Desde la primera imagen que vi en la televisión, que era la secuela de la toma del Congreso por los sandinistas, la gente que salió a las calles masivamente, era claro que iban a triunfar. Y dije: quiero ver eso.

La terquedad, que es una de sus características.
No cabe duda. Si yo me reconozco algún mérito, es ser terca. Y algún defecto también.

Esa terquedad, enfocada en el trabajo periodístico, ¿tiene algún límite? ¿O llega un momento en el que desiste?
Hay un momento en que reconozco una imposibilidad. Pero mientras haya una opción, continúo. Como con el papa Francisco, que no me dio la entrevista para el perfil que escribí, pero hasta el último día estuve haciendo el intento por todos los medios posibles. O cuando me fui a parar en frente de la cárcel de Bello, en Antioquia. Estaba haciendo un texto sobre la masacre de Segovia. Fue mi primer artículo para The New Yorker, aunque nunca salió. Le dimos 20 vueltas y no logramos armarlo. Pero le trabajé. Y me habían dicho que uno de los que había participado en la masacre estaba en esa cárcel. Tomé mi camioncito y me fui. Al llegar, me dijeron que no podía entrar. Yo iba vestida con mi ropa brasileña, tan chic, no te imaginas. Una falda negra hasta los tobillos, divina. Unos pliegues, un lino finísimo. Y una blusita blanca, de lino también. Y dije pues me voy a quedar aquí al rayo del sol hasta que algo pase. Como a la hora, me abrieron la puerta y me dijeron: “Hermana, venga”.

¡Pensaron que era una religiosa!
¡Claro! Una evangélica. Fue buenísimo. Y la entrevista estuvo de parar los pelos. Él no confesó que había participado, pero me contó su vida.

¿Y el texto nunca salió?
No, no lo logramos. En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no. Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es la información. Antes podías escribir sobre un señor que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria, funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Los reportajes que conocemos en todos sus libros fueron originalmente escritos en inglés. ¿Se siente mejor escribiendo en ese idioma?
Todos excepto “La Habana en un espejo” y las columnas de comida. Lo que pasa es que yo me hice escritora en inglés y en The New Yorker. Cuando escribí “La Habana en un espejo” –que lo hice en español para sacarlo de un contexto gringo porque yo viví esa experiencia como una muchacha de 20 años mexicana–, me di cuenta de que no soy tan buena escritora en español, y además me dañó el inglés. Entonces, dije “no lo vuelvo a hacer”. Llevaba años perfeccionando un instrumento y tuve que desmontarlo y montar otro aparato, y fue difícil retomarlo después.

En inglés se le nota, además, una ironía que a veces no alcanza a percibirse en las traducciones al español…
Sí, el inglés tiene metido eso. El wit, esa cosa tan particular con las palabras, con la ironía, con la distancia. Me gusta y me ha servido mucho para escribir. En español no es tan fácil el juego de palabras. Es menos juguetón. Por eso hay tan pocos escritores cómicos en este idioma. Si te pones a ver, ¿quién? Ibargüengoitia, que se merece estatua, ¿y quién más? Bioy Casares, de pronto, Osvaldo Soriano. Son muy pocos. Como que escribir en español es una actividad seria, ¿no? Zafarme de eso también fue muy importante. Todos los escritores del Boom te contaban que ponían a Tchaikovsky para escribir, a Prokófiev. Y yo decía: órale.

Este oficio del periodismo puede también ser una especie de autobiografía, ¿no le parece?
Totalmente.

¿Ha buscado, quizás, una respuesta sobre usted?
Durante toda esa época en Centroamérica seguramente estaba tratando de procesar todavía el año que viví en Cuba. Aunque no me diera cuenta de eso. Pero, por otro lado, también estaba descubrir América Latina. Los mexicanos somos muy orgullosos, con mucha razón, además, de nuestro país. Pero descubrir Latinoamérica fue una aventura maravillosa. Un país fascinante como Colombia, por ejemplo, o como Brasil, aunque nunca me enamoró de la misma manera. O Argentina. O Perú. Fue maravilloso haber convivido con cada país. Quién me iba a decir que iba a pasar un total de seis meses reporteando en Bolivia.

Después de recorrer estos países y de ese conocimiento profundo de Latinoamérica, ¿por qué cree que parecemos condenados al conflicto, a la violencia?
No sé. En épocas en que la violencia era revolucionaria, que era una cosa light si lo miramos en comparación con lo que es la violencia hoy, yo me preguntaba por qué no hemos tenido un movimiento revolucionario político pacifista, por qué acá nunca ha habido un Martin Luther King o un Gandhi. Esa es la gran pregunta para mí. Además, si lo hubiera, no tendría ni cinco de posibilidades. Y en parte creo que se debe a la religión católica y su énfasis sobre los mártires. El martirologio lo traemos como parte de nuestra concepción del mundo. El Che Guevara, de alguna manera, encarnó todo ese deseo de martirio y muerte.

Y también está la voluntad tremenda de los regímenes de derecha de crear mártires a mansalva. Cuando yo hacía la pregunta, me decían es que aquí tú no puedes protestar pacíficamente. No, pero en la India tampoco. Y en Estados Unidos tampoco, en épocas de Martin Luther King. Eso es una parte. También creo –comprobadamente en el caso de Brasil– que la guerrilla que estuvo presa dejó una enseñanza de la violencia a los presos comunes. Eso se transmitió. Y viceversa, en Colombia: la guerrilla se volvió criminal. Ese juego entre violencia y crimen no ha ayudado. Y en eso se montó el narcotráfico. El gran culpable de la violencia en América Latina es Estados Unidos y la prohibición de las drogas.

Porque eso ha dado para alimentar generaciones de criminales. Tampoco entiendo mucho por qué la gente mete cocaína, por ejemplo, si se pone a pensar de dónde viene. Cuánta gente ha muerto o ha sido explotada brutalmente en el proceso.

¿Cómo ha visto el acuerdo de paz en Colombia?
Accidentado, pero fundamentalmente glorioso. Un país sin guerra es mejor que un país con guerra. Pero creo que aquí hay una especie de estrés postraumático que hace que a la gente le parezca normal vivir con violencia. Todas las dificultades que ha tenido el proceso de paz surgen de esa incapacidad para voltear la página y decir esto ya pasó, esto ya terminó y ahora hay que hacer un intercambio de cosas que uno cede para que eso que nos ha atormentado tanto tiempo –que es la violencia y la criminalidad de los grupos armados– se acabe. Y es trágico lo que ha sucedido. Porque Colombia es un país que cuando mira al futuro, es glorioso, y cuando se queda trabado en el pasado, no se abre puertas.

México también está pasando por un momento complicado…
No creo que lo de México sea un momento, es una condición de la que nos vamos a tardar años en salir. Quizá sea por los temblores, pero México es un país que sí sabe darle la vuelta a la hoja. Esto pasó y ya, mañana a otro cuento. Pero la corrupción que fomentó y aupó el PRI durante 72 años es absolutamente general. Y es la que ha permitido que la violencia sea tan desbordante. El narcotráfico se montó en la corrupción y hoy es el que manda. Allá tenemos un problema que no me imagino cómo resolver. Es más grave que el de Colombia porque finalmente, aunque frágiles, aquí están los acuerdos de paz. Se hicieron. Lo de México no veo por dónde empezar a resolverlo porque no hay dos partes que se sienten a platicar.

Usted vivió un año en Europa. ¿Cómo le fue en ese continente?
Viví en Madrid, Londres y París. Pero París es un lugar al que vuelvo siempre. Me gusta, a pesar de que se ha vuelto una especie de Disneylandia para turistas. Pobres parisinos. Entiendo por qué son tan malhumorados. Y mira que el único país donde he sido víctima de racismo es Francia. Un tipo se negó a venderme un boleto de tren. Eso pasó hace tiempo, pero no creo que haya cambiado. La migración va a ser un problema grave en el mundo porque no va a parar. El cambio climático va a provocar una migración nunca vista. De hecho, ya la está provocando. La crisis del medio ambiente es una crisis política.

Ha escrito temas alejados de la violencia y los conflictos, como el reportaje sobre el tango o sobre Celia Cruz. ¿Cómo se siente cuando hace estos textos?
Si tú ves, en mi primera época de The New Yorker, no hay textos sobre violencia. “Al pie de un volcán te escribo” no es un libro sobre violencia. Pero la verdad es que sí le agradezco muchísimo a National Geographic que me haya dado la oportunidad de escribir las notas más divertidas de mi vida. Que me mandó a Buenos Aires a escribir sobre el tango. O me pidió que fuera a Bolivia a escribir sobre las cholitas. Qué delicia. Como las columnas de gastronomía, el texto sobre la canción ranchera o el de Celia Cruz. Siempre he sentido más urgencia de escribir sobre las injusticias que padece la gente de este hemisferio, pero cuando puedo hacerlo sobre otra cosa, soy feliz. Qué dicha escribir sobre las infinitas maneras que tiene la gente, esa misma gente, de sobrevivir y gozar.

Le gusta mucho la cocina. ¿Por qué?
Por la satisfacción de compartir. Yo no cocino para mí. Me fascina ofrecerles a los demás. Me encanta una mesa rodeada de gente feliz con lo que está comiendo. No lo hago mucho, pero cuando puedo me muero de la felicidad. Justamente ahorita estoy haciendo masa tras masa de pizza para encontrar la que me quede como quiero. El pan es algo mágico: harina, agua, sal y unos bichitos vivos que se llaman levadura. Y con eso haces qué cantidad de cosas increíbles. El pan me fascina. Hacerlo. Y transformar.

La música es otra de sus aficiones…
Todas las músicas afro me mueven mucho. Desde el blues de Chicago hasta no tanto la bossa nova, sino la samba propiamente. Pasando por la salsa cubana y neoyorquina. Y la clásica, claro. Pero hoy escucho mucho menos música que antes. No sé si es porque no tengo un equipo bueno acá, pero la verdad es que no escucho ni remotamente lo mismo. Creo que es un asunto logístico. A todos nos fue dando jartera eso de sacar un disco compacto y ponerlo. Y lo digital no es lo mismo. A veces ni siquiera oyes las canciones completas.

¿Toca algún instrumento?
No, no tengo mucha coordinación manual. Siempre me preguntaban que si tocaba guitarra. Supongo que tengo cara de hacerlo. En Centroamérica me confundían con Joan Báez. Así que las preguntas eran: ¿Tocas guitarra? ¿Eres Joan Báez? Sería por la idea de un look, algo, no sé. Yo me sentía mal de no tener mi guitarra.

En respuestas anteriores habla del periodismo en pasado. ¿Ya no lo está ejerciendo de la misma forma?
Cada vez hago menos. Esa es la realidad. Supongo que estoy en la edad en que participo en juntas asesoras. Tenía la idea de un libro que se me fue a pique. Pero hago otras cosas que me distraen. Cuarenta años es mucho.

Solía definirse como exbailarina. ¿Todavía?
Creo que si rascas, hasta la fecha de hoy. Porque no es una cosa de superficie. Es de médula. Es algo que te forma y te marca de una manera que no se te borra.

¿Piensa volver a vivir en México?
Voy con frecuencia. No sé si vuelva a vivir. Quizás. O talvez no. La vida no es lo que uno pronostica, ya lo dijo John Lennon, es lo que ocurre cuando estás entretenido haciendo otros planes. Uno controla mucho menos de lo que piensa. Si algo he aprendido es que la vida es un largo accidente.

Los años del hambre le roban peso a los niños venezolanos

Reportaje

Cuenta su historia y se conmueve, pero no llora. El llanto se agotó durante su último embarazo por los maltratos que le propinaba su pareja. Intentaba defenderse, igualar la intensidad de los golpes. Pero en cada manotazo, se le iba la energía de la única comida que lograba hacer al día.

Lisbeth Pérez estaba embarazada de una niña que al nacer pesó 2.2 kilogramos, 300 gramos menos de los que necesitaba para alcanzar el peso normal establecido por la Organización Mundial de la Salud.
La bebé Lismary vio la luz el 30 de diciembre de 2017, pero solo aguantó 10 días con vida. El 9 de enero ingresó a la lista de neonatos muertos por causas relacionadas con Bajo Peso al Nacer (BPN). Los venezolanos están naciendo más delgados, más propensos a enfermarse e incluso a morir. El aumento del BPN es un problema de salud pública que se suma a la crisis humanitaria en Venezuela.

Gracias a una filtración obtenida por los reporteros –a pesar de los esfuerzos del Gobierno de ocultar la información, sancionar a quienes la hagan pública e imponer la censura– se supo que en la Maternidad Concepción Palacios, la más importante de Venezuela, el BPN ha tenido una tendencia ascendente desde 2013. El alza más brusca fue entre 2015 y 2016, pues el indicador pasó de 11.58 % a 16.08 %.

En la Maternidad Santa Ana, el hospital en el que nació Lismary, el BPN subió de 11.24 % en 2015 a 13.12% en 2016, y en 2017 se ubicó en 13.92 %.

Las estadísticas tienen un correlato dramático en la cotidianidad de muchas familias venezolanas. Los bebés nacen con menos peso, entre otras razones, porque las madres no tienen posibilidades de comer adecuadamente.
“Mientras yo estaba embarazada no me alimentaba bien. Hay veces que comía una sola vez al día”. Lisbeth confiesa que le avergonzaba no llevar almuerzo a su trabajo y por esa razón no se sentaba con sus compañeras. La mujer compra la bolsa del CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción) que distribuye el Gobierno y que contiene principalmente carbohidratos y granos. Sin embargo, comentó que la entrega no siempre es regular y que en los últimos dos meses no la había recibido.

En un país donde 64.3 % de la población perdió al menos 11.4 kilos de peso en 2017 como consecuencia de la escasez y los altos costos de los alimentos, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida del Venezolano, ENCOVI 2017, aumenta la situación de vulnerabilidad de las embarazadas.

En noviembre de 2017 vio morir a tres bebés de tres meses de edad que pesaban 3 kilos. “Lamentablemente, eso es por las condiciones nutricionales de la madre, por más que las queramos tapar con un dedo. No tenemos dedo para tapar eso. El niño crece con desnutrición intrauterina y por eso vemos que están naciendo neonatos con 40 semanas de gestación que pesan solo 2.3 kilos y hasta menos”.

Lisbeth estaba ansiosa por saber el sexo de la persona que estaba creciendo en su vientre.

Lisbeth está convencida de que su hija nació pequeña y débil por los maltratos de su pareja y las dificultades para alimentarse durante su embarazo. Los bebés con bajo peso son más propensos a contraer infecciones y por eso la contaminación intrahospitalaria en la Maternidad Santa Ana habría acelerado el tránsito de la bebé hacia la muerte: “A mí me dicen que eso está muy contaminado, porque es mucha casualidad que se mueran tantos bebés en ese hospital. Ese mismo día –el 9 de enero de 2018– se murieron dos más”.

La madre recuerda que un día antes de fallecer, los pulmones de la recién nacida “sonaban como un camión”. En el acta de defunción se indica que la causa del deceso fue un shock séptico.

El mal estado nutricional de las madres contribuye al incremento del BPN, considerado una de las principales causas de mortalidad infantil en el mundo. En mayo de 2017, la exministra de Salud Antonieta Caporale divulgó el último Boletín Epidemiológico que se conoce en el país: en 2015 murieron 456 madres y 8.812 niños; y en 2016 fallecieron 756 madres y 11.466 niños, lo cual implica un aumento de 65.79 % en la mortalidad materna y de 30.12 % en la mortalidad infantil. Luego de que se hizo pública esta información, el presidente Nicolás Maduro destituyó a la ministra, mientras que el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) calificó los datos como una “clara evidencia del impacto de la prolongada crisis en las mujeres y los niños en el país”. Desde entonces –y hasta el cierre de esta edición– no hay estadísticas oficiales más recientes sobre la salud materno-infantil en Venezuela.

El subdirector de la Maternidad Ana Teresa de Jesús Ponce, Henry Rodríguez, destaca las carencias nutricionales de la madre como causa del incremento del Bajo Peso al Nacer, y acota que él lo ha verificado personalmente en ese centro de salud pública ubicado en el estado Vargas. Asegura que en noviembre de 2017 vio morir a tres bebés de tres meses de edad que pesaban 3 kilos. “Lamentablemente, eso es por las condiciones nutricionales de la madre. Por más que las queramos tapar con un dedo, no tenemos dedo para tapar eso. El niño crece con desnutrición intrauterina y por eso vemos que están naciendo neonatos con 40 semanas de gestación que pesan solo 2.3 kilos y hasta menos”, indica Rodríguez.

Ana Gamallo, jefa del Departamento de Neonatología de la misma maternidad, cree que las madres pueden esconder el hambre en sus venas. “¿Tú sabes dónde yo sí he visto el hambre? En los (exámenes de) laboratorios de las mamás, todas tienen colesterol y triglicéridos altos, y una glicemia alta. Tú ves la falta proteica, predomina una alimentación de puros carbohidratos”, asegura la especialista.

El aumento del BPN se produce en un contexto de acelerado deterioro de la calidad de vida de los venezolanos. Para el cierre de 2017 la inflación se calculaba en 652 %, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), y se necesitaban 61 sueldos mínimos para cubrir las necesidades básicas de una familia de cinco miembros, según el Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores (CENDA).

Protestas. Médicos se han unido a enfermeros para exigir al gobierno de Nicolás Maduro mejores condiciones salariales.

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Más que crisis, emergencia

Los gestos de Lisbeth son delicados, su voz es suave y su mirada, dulce. Su actitud contrasta con el ambiente que la rodea: vive en un rancho de zinc de unos 12 metros cuadrados con piso de tierra, en medio de una precariedad casi absoluta, a no ser por una cocina que perdió el brillo del acero inoxidable hace tiempo, un colchón, un televisor viejo y una radio. A su casa no llega el servicio de agua potable y su baño es un espacio de aproximadamente 1 metro cuadrado, construido también con zinc, solo para resguardar la intimidad, pero donde no hay poceta, ni letrina, ni lavamanos, ni ducha.

No en vano el sector donde vive Lisbeth se llama El Esfuerzo. Para llegar hasta allá hay que subir unas escaleras de tierra de forma irregular que hacen perder el equilibrio al mejor acróbata. Cuenta, a modo de hazaña, que un día de lluvia y con una barriga de siete meses de embarazo, tuvo que bajar gateando, quitarse las cholas y empantanarse los pies para no caerse y poder asistir a una consulta prenatal.

Pero no siempre fue así. Esta mujer de 25 años, que trabaja como obrera en el Ministerio de Educación, tiene un hijo de siete años y compara sus condiciones de vida con las que tenía en 2010: “Se conseguían todas las vitaminas, yo me alimentaba muy bien, el bebé nació bien de talla, de peso, porque en ese tiempo no estaba la situación como ahorita”.

Su hijo vive con el padre en un apartamento, pero ella procura verlo todos los días y ayudarlo en sus tareas escolares. “Allá está más cómodo”, dice para justificar la ausencia del pequeño en la casa materna. La mujer invierte parte de lo poco que gana en el pago de un colegio privado.

Las consecuencias de la crisis económica y alimentaria en los niños, desestimadas por las autoridades, están bajo la lupa de organizaciones no gubernamentales. En 2016, Cáritas de Venezuela emprendió una iniciativa que ha arrojado luces sobre la desnutrición infantil en los estados Vargas, Miranda, Zulia y el Distrito Capital.

La experta en nutrición, Susana Raffalli, que lidera la investigación de Cáritas, considera que en Venezuela se ha sobrepasado el umbral de la crisis humanitaria, el cual se alcanza cuando la desnutrición aguda global (GAM, por sus siglas en inglés) en niños y niñas menores de cinco años de edad supera 10 %, lo cual ocurrió en febrero de 2017, cuando el indicador ascendió a 10.9 %. El empeoramiento de la situación se califica como emergencia cuando el GAM llega a 15%, y en julio de 2017 Cáritas registró un incremento a 16.7 %.

Raffali explica que la crisis humanitaria implica daño en el bienestar humano, pérdida de vidas, vulneración de la dignidad e integridad de las personas y sufrimiento masivo. La crisis humanitaria podría ser resuelta con la asignación de recursos adicionales por parte del Estado. En cambio, la emergencia humanitaria significa que la pérdida de vidas es a gran escala y solo se puede detener con ayuda internacional. Una evidencia adicional de la emergencia es el desbordamiento de la movilidad humana hacia países vecinos. Sin embargo, voceros del Gobierno, como la presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, Delcy Rodríguez, insisten en negar que en Venezuela haya una crisis humanitaria.

Lisbeth estaba ansiosa por saber el sexo de la persona que estaba creciendo en su vientre. Quería tener una niña. Pero la alegría se esfumó a los cinco meses de gestación, cuando en octubre de 2017 se hizo un ecosonograma en un consultorio privado: la bebé venía con las asas intestinales (parte del intestino delgado) fuera de la cavidad abdominal. Al momento de dar a luz, con dolores de parto, recorrió cuatro de los principales centros públicos de salud de Caracas: el Hospital Materno Infantil Hugo Chávez, la Maternidad Concepción Palacios, el Hospital Miguel Pérez Carreño y el Hospital Universitario de Caracas. En ninguno de ellos la pudieron atender por falta de un cirujano pediátrico que pudiera operar a la bebé inmediatamente después de su nacimiento.

Del Estado venezolano, Lisbeth recibió apoyo cuando la pérdida se hizo irreversible: 2 millones de bolívares que apenas alcanzaron para 20 minutos de velorio y la cremación de la pequeña.

Asentamiento. Lisbeth vive en un rancho que ella misma construyó con láminas de zinc al borde de la carretera Panamericana, no cuenta con servicios básicos.

A pesar de tanta calamidad, Lisbeth no pierde la fe. Se congrega en la iglesia evangélica Cristo, la Única Salvación, en la parroquia El Valle, donde ha encontrado gente que la apoya espiritualmente y ha retomado las enseñanzas cristianas con las que creció.

“Dios sabe por qué hace las cosas, quién sabe si fue lo mejor para ella –se refiere a su bebé fallecida. Talvez iba a sufrir por el problema que tenía, y como no hay antibióticos, ni esto, ni lo otro, no hay nada en este país…”, dice a modo de consuelo. Pero inmediatamente se alienta: “Es muy doloroso, pero hay que seguir, la vida sigue y yo tengo un niño de siete años para verlo crecer”.

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El llamado de la OMS
Enfrentar el BPN es un desafío y así lo explica el director de Nutrición para la Salud y el Desarrollo de la Organización Mundial de la Salud, Francesco Branca, en una entrevista exclusiva para este reportaje.
Venezuela debe hacer mayores esfuerzos para reducir en 30 % el BPN en los próximos ocho años, y así cumplir con una de las metas nutricionales fijadas por la OMS. Entre 2011 y 2013, el indicador había disminuido en el país, según datos publicados por la Organización Panamericana de Salud. Sin embargo, aumentó de 7.5 % en 2014 a 9.2 % en 2016. Son estos, precisamente, los años del recrudecimiento de la escasez y carestía de los alimentos en el país.
El suministro gratuito de micronutrientes (vitaminas, hierro, ácido fólico y calcio) forma parte de los programas del Ministerio de Salud. Pero ninguna de las 14 madres y mujeres embarazadas entrevistadas para este trabajo recibió los suplementos alimenticios de forma regular.

Quería tener una niña. Pero la alegría se esfumó a los cinco meses de gestación, cuando en octubre de 2017 se hizo un ecosonograma en un consultorio privado: la bebé venía con las asas intestinales (parte del intestino delgado) fuera de la cavidad abdominal. Al momento de dar a luz, con dolores de parto, recorrió cuatro de los principales centros públicos de salud de Caracas. En ninguno de ellos la pudieron atender por falta de un cirujano pediátrico que pudiera operar a la bebé inmediatamente después de su nacimiento.

Cuando los micronutrientes no son entregados en la consulta prenatal pública, la embarazada debe comprarlos por su cuenta. Igual sucede con los exámenes que se debe realizar durante el período de gestación. En muchas ocasiones no se consiguen los reactivos y las mujeres se deben hacer las pruebas en laboratorios privados.
Los gastos en micronutrientes y exámenes equivalen a 78.39 % de un bono de 700,000 bolívares para proteger a las embarazadas, que el presidente Nicolás Maduro anunció el 8 de enero de este año. Un mes después, el jefe del Estado aseguró que la ayuda había llegado a 79,836 mujeres, de las 350,000 que espera cubrir el programa social.
Otras estadísticas también evidencian las dificultades de los venezolanos para alimentarse. Los datos de comercio internacional de Naciones Unidas muestran una reducción considerable en las exportaciones de proteínas hacia Venezuela. En 2010 el Estado compró $900 millones en carne a otros países, y en 2016 solo invirtió $375 millones en la importación de ese alimento. La adquisición de animales vivos desde el exterior también cayó entre esos mismos seis años de $645 millones a $17 millones.

No alcanza. Los médicos del hospital de Maternidad Concepción palacios se han unido al personal de enfermería en una protesta por un mejor salario, esto en medio de una de las peores crisis económicas que ha atravesado el país.

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Negar, negar, negar…
Tiene a la vista un monitor del circuito cerrado de televisión a través del cual pretende vigilar, en tiempo real, todo lo que ocurre en la Maternidad Concepción Palacios. Una escultura de Hugo Chávez vestido de médico (con bata y estetoscopio guindado al cuello) adorna su escritorio. Estamos en la oficina del director de la institución Alí Barrios.
De inmediato abre fuegos: “¿Tú vienes de un medio de comunicación del Gobierno o de la oposición?”, pregunta al reportero. Aunque no permite que se grabe la conversación, se le advierte que se trata de una entrevista y que su testimonio quedará registrado en anotaciones que, si desea, podrá verificar.
Barrios evade muchas preguntas, responde pocas con parquedad y se empeña en ofrecer información que no se le ha solicitado: “Soy chavista y del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Una vez yo le dije a (Hugo) Chávez que el director de un hospital tenía que ser un ser social, tener humanismo, responsabilidad, conocimiento… Que el director de un hospital tenía que ser chavista. ‘¡Así es, camarada! Hombres como usted hacen falta en la revolución’, me dijo el comandante”.

—¿Por qué ha aumentado el número de niños con Bajo Peso al Nacer (BPN) en la Maternidad Concepción Palacios en los últimos tres años?
—Los rangos de atención de casos de Bajo Peso al Nacer en la Maternidad Concepción Palacios son los normales y los esperados, porque nosotros atendemos más partos prematuros. En total, atendemos 12,000 resoluciones obstétricas al año. Es una maternidad de alta complejidad. En palabras simples, yo atiendo lo que no atienden los demás.
—Se nos ha informado que en la Maternidad Concepción Palacios no se suministran gratuitamente los micronutrientes que necesitan las embarazadas.
—Sí hay, hierro y ácido fólico. No necesitan más nada…
—¿El incremento del BPN está relacionado con las dificultades para alimentarse de las embarazadas?
—El venezolano ahora está comiendo mejor, porque ahora sabe lo que come.
—¿Cómo es eso?
—Ahora no toma refrescos.


*Este trabajo es el resultado de una alianza entre Efecto Cocuyo, Organized Crime and Corruption Reporting Project y el International Center for Journalists y es republicado en el marco de un acuerdo de difusión de contenido con CONNECTAS.

Casi nada. En medio del peor colapso económico que Venezuela ha visto en su historia, las mujeres están dando a luz a bebés de menor peso. Con el 90% de la escasez de anticonceptivos, según la Federación Farmacéutica Venezolana, las familias de bajos ingresos están creciendo con poco para alimentar a sus hijos.

Tras chocar por años, AMLO y la élite mexicana se acercan

Credenciales. Los niveles de aprobación que gozó cuando fue jefe de gobierno del Distrito Federal están entre los más altos de la historia de dicha entidad: hasta el 85 %.

Tras más de una década de una constante confrontación y descalificaciones, la clase empresarial mexicana y el izquierdista Andrés Manuel López Obrador parecen haber guardado los tambores de guerra y decidido dar paso a una tregua. Y no es que hayan conciliado sus diferencias ni que ahora piensen igual, sino que la razón está más cercana a un cálculo político de ambas partes de cara a las elecciones presidenciales del 1.º de julio.

López Obrador, conocido popularmente como AMLO y quien intenta llegar a la presidencia por tercera ocasión, se ha mantenido desde el inicio de su campaña en primer lugar de las preferencias y a dos semanas de los comicios, aparece en algunas encuestas con una ventaja de incluso dos a uno frente a su más cercano rival, el conservador Ricardo Anaya.
Durante los primeros dos meses de la campaña presidencial, las élites mexicanas –intelectuales y empresarios– repitieron una y otra vez que López Obrador es un populista que podría regresar al país a un pasado bajo un control estatal férreo, como ocurrió en la década de 1970, cuando hubo un gobierno que mantuvo enfrentamientos con la clase empresarial y la política económica derivó en devaluaciones de la moneda, una creciente inflación y finalmente crisis económica.

El izquierdista criticó a algunos hombres de negocios por supuestamente beneficiarse de la corrupción al amparo del poder político e ir contra los intereses del pueblo. En las últimas semanas, sin embargo, ambas partes moderaron sus críticas e incluso se han dicho que están dispuestos a trabajar en caso de que López Obrador gane la presidencia. De hecho, a principios de junio hubo una reunión entre él y el Consejo Mexicano de Negocios (CMN), a cuyos miembros había calificado de “minoría rapaz”.

“Se aclararon todas las dudas, se limaron asperezas y se estableció un compromiso de trabajar juntos en el caso de que el pueblo de México decida que yo sea presidente de la república”, dijo López Obrador a principios de junio, tras el encuentro con el CMN. Alejandro Ramírez, presidente del CMN, reclamó al izquierdista sus críticas, pero tras el encuentro dijo que si es electo, lo iban a apoyar porque todos quieren que le vaya bien a México. Otros grupos empresariales que alguna vez fueron críticos férreos del político ahora creen que se ha moderado.
“Hemos percibido cómo, paulatinamente, estas posiciones han ido migrando hacia posiciones mucho más abiertas al diálogo”, dijo a la AP Gustavo de Hoyos, presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), un organismo que agrupa a más de 30,000 empresas.

El izquierdista se ha rodeado de algunos economistas con credenciales académicas reconocidas, como Gerardo Esquivel, doctor en Economía por la Universidad de Harvard y quien ha sido consultado para organismos internacionales como la ONU y el Banco Mundial.

“Todos los candidatos que lleguen a una posición electiva, desde el presidente de la república hasta el presidente municipal del lugar más recóndito del país, van a necesitar al sector privado, (de) eso no pueden tener duda”, añadió.

Admirado por las clases populares, a quienes ayudó cuando fue alcalde de la Ciudad de México entre 2000 y 2005 mediante diversos programas de becas, López Obrador ha sido visto con recelo e incluso temor por las élites mexicanas, incluidos los empresarios que históricamente han mantenido una estrecha relación con los partidos que han gobernado el país y que ahora el izquierdista no baja de corruptos.

López Obrador dejó la alcaldía capitalina en 2005 para competir por primera vez a la presidencia. En la campaña presidencial de 2006 enarboló un discurso de “primero los pobres” que dividió a la sociedad. En ese momento sus enemigos políticos lanzaron una campaña que lo pintó como “un peligro para México”.
Perdió por un estrecho margen de escaso medio punto porcentual. En 2012 hizo un segundo intento y aunque intentó moderar su discurso, también quedó en segundo lugar. Ahora, en 2018, ha buscado ser incluso más cuidadoso. Sin embargo, en el inicio de la campaña no dejó de lanzar ataques a empresarios e intelectuales, que critican varias de sus propuestas a las que ven como un eco de un pasado nada benéfico para el país.

López Obrador comenzó su campaña advirtiendo que de ganar revisaría –e incluso echaría atrás– las reformas estructurales que impulsó el actual presidente, Enrique Peña Nieto, y que han sido aplaudidas por varios dentro y fuera de México. Entre ellas está una en materia energética, que por primera vez en más de siete décadas abrió la exploración y producción de crudo a inversionistas privados.
“Sí me causa inquietud… por ejemplo, la reforma energética”, dijo David Arelle, un empresario. “Me dedico a la energía solar… y si se termina la reforma energética, puede haber problemas muy serios en este sentido”.
López Obrador también encendió las alarmas cuando dijo que cancelaría los contratos millonarios del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México. Varios empresarios lo criticaron, incluido Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo y quien tiene participación en la edificación de la nueva terminal. Al paso de la campaña, sin embargo, los discursos han cambiado de tono. El izquierdista ha dicho, por ejemplo, que no sería necesario cancelar el aeropuerto, sino solo impulsar que sea construido completamente por la iniciativa privada.

López Obrador ha centrado su discurso en la actual campaña en la lucha contra la corrupción. Sostiene que combatiéndola se podrán superar varios de los males que aquejan al país, como la pobreza, y se detonará el crecimiento. El izquierdista se ha rodeado de algunos economistas con credenciales académicas reconocidas, como Gerardo Esquivel, doctor en Economía por la Universidad de Harvard y quien ha sido consultado para organismos internacionales como la ONU y el Banco Mundial. Él es uno de los encargados de intentar tranquilizar a la iniciativa privada.
“Lo que se plantea es hacer un balance más equilibrado entre las actividades del Estado y el mercado mismo”, dijo a la AP. Aseguró que no se planea realizar expropiaciones o nacionalizaciones, y que la revisión de contratos derivados de algunas reformas –como la energética– solo buscan determinar si se realizaron adecuadamente y no al amparo de la corrupción.

“Lo que aprendimos en estos años es que el retraimiento del Estado en la actividad económica, y dejar todo al mercado, dio lugar a un crecimiento económico mediocre y de la pobreza”, añadió. El historiador e intelectual mexicano Enrique Krauze, quien en 2006 escribió un ensayo en el que describió a López Obrador como un “mesías tropical”, ha sido un constante crítico del izquierdista. En los últimos días, sin embargo, suena resignado a su triunfo, pero ha llamado a la gente a impedir que quien gane tenga un poder incontrolable.

“Votemos por el candidato presidencial que nos convenza, pero cuidemos que el próximo presidente no tenga la mayoría del Congreso”, dijo Krauze en un video divulgado la semana pasada. “El Congreso es el principal dique de contención para limitar el poder absoluto de un presidente”.

A pesar de los ánimos encendidos que se han presentado en la campaña, hasta ahora no ha habido movimientos bruscos de los mercados ni una caída estrepitosa del peso frente al dólar que hayan sido atribuidos a temores de que gane López Obrador. La moneda mexicana se ha visto afectada más por otros asuntos, como las tensas negociaciones comerciales y las disputas arancelarias de Estados Unidos, el principal socio comercial de México.

Alfredo Coutiño, director para Latinoamérica de la consultoría Moody’s Analytics, dijo que la relativa estabilidad sugiere que los mercados no han considerado al izquierdista como una amenaza y se están convenciendo de que ganará, además de que ven que tendría contrapesos.

“Si se estuviera viendo como una amenaza real, yo creo que ya los mercados estarían moviéndose muy fuerte y estaríamos viendo decisiones de inversiones pospuestas o retirándose”, consideró.

Un salvadoreño con TPS que piensa volver a El Salvador agradecido con EUA

Nilson Cañénguez.

Nilson Cañénguez enfrenta la posibilidad de tener que regresar pronto a su país, El Salvador, tras residir 20 años en Estados Unidos. Pero no se irá con las manos vacías ni molesto.
El padre de tres hijos que llegó a este país prácticamente sin nada volverá como el propietario de una empresa constructora con docenas de empleados, la capacidad de adquirir dos propiedades en su país y jubilarse parcialmente a los 45 años de edad.

“Antes de venir a Estados Unidos, yo estaba pobre”, dijo Cañénguez, un importante empresario de la numerosa comunidad salvadoreña en los alrededores de la capital estadounidense. “Ahora no es que sea millonario, pero sí tengo las comodidades para vivir mejor que como vivía antes”, agrega.
El gobierno de Donald Trump puso fin al estatus migratorio temporal –conocido como TPS, por sus siglas en inglés– de Cañénguez y otros 400,000 inmigrantes de varios países, bajo el argumento de que el beneficio no debía ser permanente.

Desde luego que Cañénguez preferiría permanecer en Estados Unidos, pero dice estar listo para volver voluntariamente a su país un mes antes de que su TPS expire en septiembre de 2019.
“No guardo ningún resentimiento contra Estados Unidos o contra este gobierno. Las leyes están y hay que seguirlas”, dijo.
El fin del TPS para los inmigrantes de El Salvador, Nicaragua, Honduras, Haití, Nepal y Sudán ha generado pánico y desesperación en numerosas familias. Algunas consultan con abogados las opciones que tienen para regularizar su estatus migratorio y permanecer en Estados Unidos, mientras que otros, como Noé Duarte, un albañil salvadoreño de 41 años, planean quedarse sin autorización.

“No digo que El Salvador no está bien, pero no tengo nada allá. Toda mi vida está acá”, señaló Duarte, quien planea mudarse, limitarse a efectuar transacciones en efectivo y deshacerse de un celular inteligente con la esperanza de que un próximo gobierno le permita quedarse legalmente. “Lo que nos queda es huir y escondernos”.

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SIN GENTE EN LOS JARDINES
Ya de por sí afectadas por una grave escasez de mano de obra, las empresas de jardinería que no se dan abasto con la creciente demanda temen que una redada migratoria en la que fueron detenidas más de 100 personas la semana pasada dificultará aún más convencer al Congreso que permita el ingreso de más trabajadores extranjeros a Estados Unidos para empleos de temporada.

Los propietarios de compañías de jardinería cerca de donde se efectuó la redada el martes en la ciudad turística de Sandusky, a orillas del lago Erie y en la cercana Castalia, dirigida contra trabajadores con documentos falsos en una de las mayores acciones policiales en un sitio laboral en años recientes, dijeron que generó amplia preocupación en el sector.
“Creo que la mayor parte de nosotros estamos haciendo las cosas de forma correcta, pero a todas las compañías les preocupará ser blanco de una redada”, dijo Joe Drake, quien dirige la empresa de jardinería JFD Landscapes en Chardon, también en el norte de Ohio.

Drake, quien mantiene jardines desde hace casi 30 años, estuvo en Chicago la semana pasada reuniéndose con otros empresarios que dan empleos por temporada para intentar elaborar una estrategia que convenza al Congreso de que reduzca las restricciones a las visas temporales H2-B, las cuales son para trabajadores extranjeros que asumen empleos de temporada no relacionados con la agricultura.

“No digo que El Salvador no está bien, pero no tengo nada allá. Toda mi vida está acá”, señaló Duarte, quien planea mudarse, limitarse a efectuar transacciones en efectivo y deshacerse de un celular inteligente con la esperanza de que un próximo gobierno le permita quedarse legalmente. “Lo que nos queda es huir y escondernos”.

Aunque muchas empresas turísticas y compañías que contratan por temporadas fueron excluidas del programa este año, las de jardinería resultaron especialmente afectadas porque se apoyan en el programa más que muchos otros sectores para cubrir labores que dicen nadie más desea realizar.
“No estoy consintiendo violar la ley de ninguna forma, pero necesitamos un programa que funcione”, señaló Drake. “¿Cómo piensa que podrá realizarse este trabajo?”
Este año por primera vez una lotería federal determinó qué empleadores recibirían su asignación de visas, que en un principio se decidió sería de 66,000 trabajadores hasta que el Departamento de Seguridad Nacional anunció hace dos semanas que autorizaría otras 15,000 visas adicionales.
Sin embargo, de todas formas eso deja una escasez, tras la eliminación el año pasado de una “exención para trabajadores que regresan” con la que los obreros podían volver a sus puestos de trabajo sin que ello se tomara en cuenta para el número total de visas.

La cifra de visas temporales emitidas cada año tiende a fluctuar con la economía del país. Y aunque el límite no ha cambiado desde principios de la década de 1990, en ocasiones el Congreso ha permitido excepciones que lo superan.

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BÚSQUEDA DE PROGRESO
Los beneficiarios del TPS –quienes se hacen llamar tepesianos– han podido subsistir en Estados Unidos. Y algunos, como Cañénguez, han podido prosperar.

En entrevistas en la sede de su compañía y en la casa que adquirió durante 2004 en los suburbios de Maryland, el empresario explicó que no concibe permanecer en Estados Unidos sin el TPS.
“No puedo quedar preso en el país”, indicó.

José Campos, presidente de la Cámara de Comercio Salvadoreño Americana del área de Washington, dijo que Cañénguez es un ejemplo a seguir para su comunidad.
“Es inspirador para cualquier americano, para cualquier persona”, señaló refiriéndose a quien la cámara nombró en 2015 como empresario del año. “Él es la definición del sueño americano”.
Pero Campos advirtió que un 10 % de los 200 miembros de la cámara son tepesianos y que la pérdida del TPS tendrá un impacto económico sustancial para su comunidad.

Un estudio elaborado por una investigadora de la Universidad de Kansas en mayo de 2017 concluyó que la mayoría de los tepesianos –94 % de los hombres y 82% de las mujeres– tenían empleos; que un tercio vivían en casa propia y que la mitad había incrementado sus estudios en Estados Unidos.

“La idea de que los inmigrantes con TPS son pobres no es así”, dijo Carmen Menjívar, la autora del estudio. “Tienen tiempo aquí, larga experiencia de trabajo y muchos son considerados mano de obra calificada”.

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SIN REEMPLAZO
Joe Schill, presidente de la empresa de jardinería Green Impressions en Sheffield cerca de Cleveland, no recibió ninguno de los 18 trabajadores extranjeros con los que contaba este año, por lo que se vio obligado a rechazar pedidos de trabajo que le habrían permitido a su empresa ganar unos $300,000 tan solo en abril y mayo.
Intentar hallar quién reemplace a los extranjeros ha sido inútil, dijo. Cinco elementos recién contratados renunciaron la semana pasada, y “lo que queda por ahí no puede aprobar un examen de dopaje”.

“No quiero contratar a tipos que estén en el país ilegalmente. Es un gran riesgo”, afirmó. “Pero créame, puedo entender por qué hay personas que querrían seguir ese camino. Puedo comprender totalmente a esos señores que piensan que pueden vencer al sistema”, agregó.
El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas indicó que espera aplicarles cargos de robo de identidad y evasión fiscal a los 114 trabajadores arrestados la semana pasada en Corso’s Flower & Garden Center, y que el empleador también está siendo investigado.

Corso’s divulgó un comunicado el viernes en el que dice que le exige a sus empleados que tengan sus documentos en regla y se asegura de que paguen impuestos. Señaló también que si alguien utilizó documentos de identificación falsos para obtener empleo, la empresa no estaba al tanto.
Algunas compañías de jardinería hicieron notar rápidamente que los trabajadores no eran de los que tenían visas H2-B, que son sometidos a revisión de antecedentes y cuentan con autorización legal para trabajar.

Un estudio elaborado por una investigadora de la Universidad de Kansas en mayo de 2017 concluyó que la mayoría de los tepesianos –94 % de los hombres y 82% de las mujeres– tenían empleos; que un tercio vivían en casa propia y que la mitad había incrementado sus estudios en Estados Unidos.

Los críticos del programa dicen que muchos empleadores violan el espíritu del mismo al cubrir puestos de trabajo que no son temporales ni de temporada, tales como las empresas de jardinería en estados con climas cálidos.
“Así, es más fácil y en ocasiones más barato contratar a personas con visas H2-B de lo que es hallar a trabajadores estadounidenses disponibles”, dijo Jessica Vaughan, directora de Estudios de Políticas para el Centro de Estudios sobre Inmigración, que está a favor de reducir el número de inmigrantes que ingresan al país.

Pero Tamar Jacoby, presidenta de la coalición empresarial ImmigrationWorks USA, dijo que los empleadores en los sectores de la economía que dependen fuertemente de los inmigrantes se han visto “aplastados por falta de mano de obra a medida que la economía se ha recuperado”. A diferencia de otros sectores, las empresas de jardinería pueden apoyarse en las visas H2-B hasta cierto punto, pero de todas formas les cuesta trabajo hallar gente dispuesta a cubrir los puestos.
“Hace calor allá afuera, está húmedo, hay mosquitos, hay zarzas”, dijo Jacoby.

Muchas compañías de jardinería se encuentran en un círculo vicioso porque no pueden hallar suficiente mano de obra en el país, dijo Amy Novak, abogada de inmigración que radica en Colorado y se especializa en visas para trabajadores temporales.

“Realmente no tienen otra opción que disminuir los contratos de negocios que aceptan o usar a trabajadores indocumentados, y esa no es una buena decisión”, señaló.
Las medidas enérgicas para controlar la inmigración podrían darle al Congreso la impresión de que los empleadores intentan aprovecharse del sistema al contratar a trabajadores sin autorización para vivir en el país, señaló Novak, o podrían ayudar al mostrar que los empleadores no logran encontrar a los trabajadores que necesitan. “Debido a la inmigración, la H2-B se ha convertido en una pelota de fútbol política”, dijo Jerry Schill, copropietario de la empresa de jardinería Schill Grounds Management en la ciudad de North Ridgeville, no lejos de Sandusky.

Las empresas que contratan a personas que están ilegalmente en el país solo ayudan a incrementar la percepción negativa que se tiene de los trabajadores temporales, señaló.
“Dificulta mucho más nuestra batalla”, señaló Schill. “Cuando te enfrentas a la adversidad, ello no te da licencia para hacer trampa”, agregó.

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HACER LA VIDA LEJOS
Cañénguez se crio en San José El Naranjo, un pueblo al noreste de la capital salvadoreña, donde sus padres se afincaron para huir de la violencia generada por la guerra civil que sacudió a la nación centroamericana entre 1980 y 1992. Finalizó la educación secundaria y emigró al Norte.

Con la ayuda de un coyote entró a Estados Unidos. Llegó primero a Los Ángeles y luego a Washington, hogar de la segunda comunidad más numerosa de salvadoreños.
Con conocimientos casi nulos de inglés –idioma que aún le da problemas–, se empleó casi inmediatamente en una constructora y legalizó su estatus cuando Washington determinó que los inmigrantes salvadoreños en Estados Unidos merecían el TPS tras un devastador terremoto ocurrido en enero de 2001. Su esposa y sus tres hijos se reunieron con él posteriormente.
El TPS incluye permisos de trabajo renovables cada dos años y, aunque no desemboca en una residencia permanente –también llamada greencard–, sus beneficiarios pueden explorar alternativas para regularizar su estatus.

Cañénguez asegura que consultó a seis abogados diferentes a un costo superior a los $60,000, sin éxito.
Al dedicarse a la construcción, Cañénguez participó en la reconstrucción del Pentágono tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y en la construcción del centro de visitantes del Congreso estadounidense en 2003. Posteriormente logró reunir el capital necesario para lanzar en 2011 su empresa constructora, que en la actualidad emplea a 250 personas y tiene sede en las inmediaciones de la base Andrews de la fuerza aérea en Maryland.

Quality Construction Logistic Inc. no contrata a personas sin autorización para vivir en el país, tal como Cañénguez estuvo alguna vez, porque la empresa participa en E-Verify, una base de datos del Departamento de Seguridad Nacional que permite a los patronos verificar que sus empleados tienen la autorización legal para trabajar en Estados Unidos.

Cañénguez sostiene que se le ha hecho más difícil conseguir trabajadores porque los estadounidenses nativos suelen preferir otros empleos.
“Siento que el Gobierno tiene que hacer algo para resolver este problema porque no es pequeño”, indicó.

El empresario de hombros anchos supo que podría tener que marcharse cuando Trump resultó electo a la Casa Blanca. Entonces comenzó a construir dos propiedades en El Salvador, una en la capital y otra en su pueblo, y planea celebrar allá su 25.º aniversario de boda cuando regrese junto a su esposa.

Sus tres hijos adultos asumirán las riendas de la empresa constructora. Una hija es residente permanente, mientras que otra hija y el hijo están protegidos de la deportación gracias a un programa para inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos sin autorización cuando eran niños que el entonces presidente Barack Obama lanzó en 2012 y que Trump ha buscado terminar.
Cuando regrese a El Salvador, solicitará una visa estadounidense con la intención de regresar. De no poder, Cañénguez buscará oportunidades económicas en su país y disfrutará de una jubilación anticipada.

“Sigo respetando y admirando siempre a Estados Unidos por la oportunidad que nos da”, dijo.

Críticas. Demócratas han criticado con dureza la recomendación del entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, para acabar con el TPS porque dicen que lo hizo contraviniendo las recomendaciones de las embajadas estadounidenses en estos países.

El tiempo detenido en un paisaje blanco y negro

Cenizas

La aldea de San Miguel Los Lotes perdió su color. Parece una fotografía en blanco y negro de lo que algún día fue un lugar habitable. Ahora es un desierto de ceniza, apagado, triste. Debajo, están todavía los cadáveres de decenas de personas.

La maquinaria fue abriendo paso estos días hasta hacer reaparecer la carretera principal, la Ruta Nacional 14, una calzada de asfalto que ahora simula un camino de terracería más. Unos metros antes, detrás de un cordón rojo, un bombero voluntario da instrucciones a periodistas. “Si quieren entrar, tenemos que ir juntos. No nos separemos por favor. Y no se salgan de los caminamientos”. Comienza el recorrido. Una excursión de 50 personas que pasean por una zona devastada.

Después de las primeras casas, las menos afectadas, permanece intacto un puente del que el día anterior los rescatistas sacaron un cadáver sin pies. Algunos de los que vieron la escena desde abajo, a una distancia prudencial, hoy caminan a pocos metros del guardarrail donde se encontraba el cadáver.

Dos rescatistas colocan trapos al suelo para aliviar el calor de un perro que sobrevivió a la erupción volcánica y que lleva dos días manteniéndose cerca de su casa.
Un poco más adelante, las casas más cercanas a la carretera aguantan de pie, aún no se sabe cómo. La primera imagen es la de dos vehículos. Ni siquiera se distingue su color. Están casi verticales, incrustados en un montículo de ceniza, cubiertos de polvo. Una grúa arrastra un picop marrón, no se sabe si por el óxido o por la costra de la tierra húmeda, mojada aún por la lluvia de la tarde anterior. Pareciera la escena de un desguace.

En la entrada de una vivienda algunos socorristas levantaron un improvisado puente por el que caminan bomberos, policías, miembros del Ejército, vecinos de la aldea… Es una casa especialmente sencilla. Contrasta con las de block de cemento a sus lados; piso de tierra, techo de lámina. Y a pesar de su sencillez, no se ve tan perjudicada por la avalancha de ceniza. Sobre la mesa de madera, una canasta con granos de maíz pareciera esperar por alguien que los cocine. En la cocina, tazas perfectamente colocadas, ollas, sartenes. Todo en su lugar.
Al fondo de la casa, la salida es un angosto espacio de un 1.50 metro de altura. Es la puerta al horror.

Del otro lado están las viviendas que quedaron soterradas por la ceniza; algunas completamente. Otras están cubiertas con una pequeña capa gris. El tiempo parece haberse detenido en ellas. Tres costales de naranjas ennegrecidas aguardan en una esquina a alguien que debió comenzar la venta el lunes, temprano. A unos metros, una hilera de palos de madera grisáceos están listos para calentar una estufa de leña ahora inservible.

Tres costales de naranjas ennegrecidas aguardan en una esquina a alguien que debió comenzar la venta el lunes, temprano. A unos metros, una hilera de palos de madera grisáceos están listos para calentar una estufa de leña ahora inservible. En una de las viviendas hay trastes que nadie lavó después del almuerzo. Hay ropa en el tendedero, seca, polvorienta, rígida. La fruta fresca preparada en un canasto para que los niños la comieran está hecha harina. Una bicicleta, completamente pintada

En una de las viviendas hay trastes que nadie lavó después del almuerzo. Hay ropa en el tendedero, seca, polvorienta, rígida. La fruta fresca preparada en un canasto para que los niños la comieran está hecha harina. Una bicicleta, completamente pintada de blanco. Un triciclo ahogado en ceniza.
Luego de un pequeño callejón, una casa de block de dos niveles ayuda a entender un poco la situación en la que se encuentran muchas viviendas. Estamos de pie, sobre lo que se supone que antes era una calle. Sin embargo, un letrero de cobre en el que se lee apartamento A, que debería estar encima de la puerta de entrada, se encuentra ahora a poco más de un palmo del suelo. A su lado, las esquinas superiores de la puerta y de una ventana asoman entre la tierra. Estamos en la calle, sí, pero a unos 2.5 metros de altura.

El callejón continúa, alejándose de la carretera principal. Al nivel del piso, un grupo de seis bomberos se turna para agujerear el tejado de una casa. Se mantienen con equilibrio sobre unos listones de madera. El ruido de palas, arados y grandes martillos se escucha con golpes secos sobre un techo de cemento y metal. “Cambio”, grita el superior. Los seis bomberos regresan y unos compañeros toman su lugar. Buscan cadáveres dentro de las casas. Por ahora no han logrado retirar ninguno. La cifra de 70 personas fallecidas lleva inmutable todo el día.
Los cadáveres enterrados
Hace calor. El suelo es ceniza, ceniza y más ceniza. Cada paso hacia arriba, hacia dentro de la aldea, se siente en la suela de los zapatos. Las calienta, las desprende de las botas hasta abrasar los pies de quien camina por la zona. Entender esta sensación de malestar, de inseguridad y de peligro es crucial para comprender por qué hoy no se ha rescatado ningún cadáver de San Miguel Los Lotes.
En la entrada de la aldea, los grupos de rescatistas esperan la orden. Algunos se recuestan en el pasto ceniciento. Comen, beben agua y suero, reponen fuerzas. Cada poco tiempo un grupo de 20 se forma frente al cordón rojo. Hacen un rápido recuento. “¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis!…”. El oficial a cargo pregunta quién necesita lentes, guantes y máscaras. “Con conciencia, que no hay para todos”. Algunos levantan la mano. Otros se quedan callados, con la vista en el suelo. No tienen lentes ni guantes. “Lo siento por los que no, muchá”, termina el oficial.

Al final de la fila está Víctor Álvarez. Lleva ocho años colaborando como bombero voluntario. Víctor trabaja vendiendo periódicos en las calles de Guatemala. Pidió un par de días libres para poder ayudar. Están a punto de salir hacia un área en la que creen que hay al menos 10 cadáveres. “Está difícil”, resume Víctor. Hace tres años estuvo en la tragedia del Cambray, el deslizamiento de tierra en Santa Catarina Pinula el que fallecieron más de 260 víctimas. Él sacó ocho fallecidos con sus manos. Cuando cierra los ojos todavía recuerda sus rostros. “Aquí es más difícil”, repite. La tierra no está húmeda como en el Cambray. Aquí está seca y arde. Bajo la capa superficial llega a los 300 grados centígrados.
Cuando consiguen abrirse paso y entrar en una casa, la situación es peor. En las viviendas, cerradas, herméticas, la temperatura del ambiente puede llegar a los 100 grados centígrados. El día anterior alcanzaban los 120.
Los 20 bomberos aguardan a que baje el grupo anterior. Toman el relevo y avanzan a paso ligero. Los que llegan están destrozados. Sus trajes están teñidos de gris, los rostros desencajados, desesperanzados. Desesperanza. Es la palabra que utiliza Héctor Chacón Cuellas, mayor de los Bomberos Municipales. Chacón lleva 50 de sus 72 años trabajando como bombero. Lleva la delantera de su grupo, y al bajar de la aldea continúa su camino, casi por inercia, hacia el inicio de la Ruta Nacional 14. Una de las personas a su cargo le detiene. “Mayor, por aquí”, le guía a tomar un poco de agua.

Fieles. Dos rescatistas colocan trapos al suelo para aliviar el calor de un perro que sobrevivió a la erupción volcánica y que lleva dos días manteniéndose cerca de su casa.

“Cada vez hay más desesperanza. Hay mucha tierra. Hay mucha tierra”, dice Chacón, con la mirada perdida. “Cada vez se vuelve más difícil”.
Mynor Ruano, oficial de Información de los Bomberos Municipales, ofrece algunas luces acerca de las labores de rescate. Mientras da la información es interrumpido por llamadas, consultas de los demás bomberos y avisos. “El avance está siendo más lento. Ahora se está haciendo un rastreo paralelo para acercarnos a partes más lejanas”, explica.
Ruano completa lo que ya adelantaron los otros bomberos. Que cada vez se vuelve más complicado encontrar cadáveres enteros, como fueron apareciendo a lo largo del domingo y del lunes.

Están calcinados, y el calor y la aridez del ambiente solo complican más los trabajos de búsqueda. “Es probable que ahora salgan mutilados”, concluye.
Cerca del listón rojo hay varios hombres que se acercaron con palas, cubiertos únicamente por mascarillas de papel. Esperan pacientemente a que les den permiso para entrar en el terreno. Quieren ayudar. Señalar los lugares en los que estaban sus casas o las casas de sus familiares. Ver si todavía se pueden rescatar los cadáveres.

Un hombre aguarda de pie, acompañado de un amigo que explica su situación. “Buscamos a una cuñada y a una sobrina de él. Solo sabe Dios si siguen ahí”. Una hora más tarde, los bomberos se acercan a los dos jóvenes. Comparten unas palabras, asienten, y los muchachos les acompañan al interior de la aldea.
Las esperanzas de encontrar personas con vida van menguando a cada hora que pasa. De vez en cuando aparecen perros cojeando, gallinas picoteando el suelo, o patos desorientados. Los rescatadores no se explican cómo pueden seguir con vida.

Carretera abajo, en el primer retén, Melisa Mar Charro, brigadier de la Dirección General de Protección y Seguridad Vial (PROVIAL) lleva todo el día dando indicaciones a las personas que se acercan al lugar. “Si quieren entrar pueden hacerlo, pero de una manera ordenada. Tienen que ir al centro de comando”, les explica pacientemente a cada grupo que se presenta con ansias de subir caminando hacia la aldea.

La mayoría solo quiere volver a sus casas, al inicio de San Miguel, para recoger algunos objetos personales. Así lo explican Melvin Montes de Oca, de 24 años, y Paola Hernández, de 20, una pareja que vivía con su hija en una casa rentada. “La idea es entrar a sacar algo, por lo menos, para no empezar otra vez de cero. Aquí no podemos seguir viviendo. Es imposible”, dice Melvin.
Charro explica que este control de las personas que suben y bajan se hace como medida de precaución. Para saber quién entra, a dónde va y cuándo regresa. Sin embargo, a lo largo del día el caos, la tensión y el hastío hacen que hombres y mujeres se internen en el área sin dar sus nombres.

de blanco. Un triciclo ahogado en ceniza.

Las esperanzas de encontrar personas con vida van menguando a cada hora que pasa. De vez en cuando aparecen perros cojeando, gallinas picoteando el suelo o patos desorientados. Los rescatadores no se explican cómo pueden seguir con vida.

Este descontrol es muestra de los problemas de información. Sergio Cabañas, secretario ejecutivo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) decía ayer en conferencia de prensa que hay 192 personas desaparecidas. “Ya tenemos los nombres y de qué comunidad eran; con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y una foto aérea estamos haciendo una comparación”, explicó.

Pero hay dos vacíos. Primero, las personas fallecidas que no han sido identificadas. El segundo, las que no han sido reportadas.
La jornada de trabajo cerraba ese día abruptamente con una explosión que suspendió las labores de rescate y obligaba al cierre de la autopista desde Ciudad de Guatemala en dirección a Escuintla.

A las 8 de la tarde, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) emitía un boletín en el que indicaba que el volcán de Fuego había aumentado su actividad y como consecuencia de esto, a las 7:30 se había generado un nuevo flujo piroclástico. Por el clima, nublado, no se podía observar bien su desplazamiento, alertaba.
Por ahora tocará esperar a ver si el miércoles se retoman los trabajos. Se cumplirán entonces 72 horas de la tragedia, tiempo límite para tomar una decisión clave: la revisión minuciosa que se ha hecho hasta ahora podría detenerse. La maquinaria pesada entraría entonces para desescombrar la aldea.


*Este artículo es una colaboración periodística de Plaza Pública. Puede ver la publicación original en: https://www.plazapublica.com.gt/content/el-tiempo-detenido-en-un-paisaje-en-blanco-y-negro.

Sin explicación. Una gallina cruza el patio de la casa. Sorprendentemente, varios pollos, unos perros y unos gatos lograron sobrevivir a la erupción volcánica.

¿Dónde está Messi? Los homenajes que faltan en su ciudad natal

Messi

Justo antes del puntapié inicial, los televisores de plasma seguían sintonizando un partido de tenis sin audio en vez del juego del Barcelona en un bar casi vacío, propiedad de la familia de Lionel Messi en su ciudad natal de Argentina.
La única pista en el bar eran algunas fotografías de Messi. Nadie parecía estar preocupado por el partido hasta que una pareja entró apresuradamente y le pidió al mesero cambiar el canal. Los estudiantes de universidad en Alemania habían ahorrado durante meses para venir a Rosario en una peregrinación por la ciudad natal de su ídolo. Llamarlos fans incondicionales de Messi sería quedarse corto. Pero en este punto estaban un poco decepcionados: no habían visto ni estatuas de Messi, ni carteles publicitarios, placas o museos. Nada.

“Messi está jugando, él es de Rosario. Cuéntame: ¿por qué no hay una fila afuera para ver este partido?, dijo Oshin Gharibi, de 32 años, mientras miraba el partido al lado de su novia, Lena Wagner, de 23 años. Ella vestía una camiseta turquesa del Barcelona con el número 10 de Messi en la espalda.

“Es como si yo sintiera más por Messi que los rosarinos”, afirmó Gharibi. “Messi es una gran estrella proveniente de un pequeño lugar. ¿Cómo es que no le dan el reconocimiento que se merece?”

Es un misterio que confunde a muchos. Cristiano Ronaldo tiene un aeropuerto que lleva su nombre en la isla portuguesa de Madeira; Pelé tiene su museo en su ciudad natal Santos, en Brasil; y hasta Rocky Balboa, un boxeador de ficción, ha sido homenajeado con una estatua en Filadelfia. Entonces, ¿por qué Rosario, una ciudad que vive y respira fútbol, parece tener una relación ambivalente con Lionel Messi, el jugador más famoso del mundo?
Muchos aquí vuelven a las mismas teorías: una ciudad enferma por el fútbol dividida por la rivalidad entre sus dos clubes más populares; las eternas comparaciones con Diego Maradona; y una frase repetida a menudo en Argentina: “exitismo”. Es decir, solo sirve ganar. En una década marcada por los trofeos ganados con Barcelona, el mejor jugador de su generación no ha podido traer la Copa del Mundo a Argentina, tal como lo hizo Maradona en 1986. Rusia podría ser la última oportunidad para Messi, quien cumplirá 31 años durante el torneo.

Puerta con puerta. La exvecina de Lionel Messi, Marta Rodríguez, muestra su foto autografiada dentro de su casa, en la misma cuadra en la que creció Messi en La Bajada, Rosario.

De vuelta al bar, un comercial de televisión sobre el mundial dice que es tiempo de que los argentinos vuelvan a creer en su selección. Afuera, y aparentemente como si fuera una señal, Leandro Intile cruza al trote la calle vestido con una casaca de rayas blancas y celestes del seleccionado argentino con el nombre de Messi en la espalda. Pero el estudiante universitario dice que fue solo una coincidencia. La compró para el Mundial de 2014 y fue “la primera remera limpia” que agarró de su armario.

“Hay mucha gente que lo sigue, pero no como a Maradona”, comentó Intile mientras caían gotas de sudor sobre su frente. “Acá casi no hay nada relacionado con Messi. Debería haber. Capaz los rosarinos no somos muy demostrativos, como los brasileños, que les gusta bailar y demuestran sus sentimientos”, agregó.

Rosario, ciudad portuaria a la vera del río Paraná, es la tercera más grande de Argentina, situada a 290 kilómetros (180 millas) al noroeste de Buenos Aires. Es mejor conocida por ser un centro agrícola, ciudad natal del líder revolucionario Ernesto “Che” Guevara, y una fábrica de talento de algunos de los mejores futbolistas y entrenadores que han triunfado en clubes de todo el mundo. Pero a los rosarinos les gusta decir que solo dos equipos realmente importan, y les gusta mostrarlo. Puedes ver los colores amarillo y azul de Rosario Central pintados en las barras de concreto de la autopista cuando ingresas a la ciudad. Y en innumerables murales pintados del negro y rojo de Newell’s Old Boys, su eterno rival y club de la niñez de Messi.

“Se respira fútbol por todos lados en Rosario, pero curiosamente huele muy poco a Messi. Apenas hay fotos, ni imágenes ni publicidad con Leo”, escribió Guillem Balagué, autor de “Messi”, su biografía oficial. Todo el mundo tiene una historia sobre Messi, pero “la ciudad parece no querer regodearse. Como si no hiciera falta tenerlo en todas partes o como si quisiera respetar su bajo perfil”, según Balagué. “Pero, para Leo, Rosario sí lo es todo… Cuando se le pregunta cuál es su recuerdo favorito, no duda: «Mi casa, mi barrio, donde yo nací”.

Uno de los murales dedicados a Messi en Rosario está situado a unas pocas cuadras de la casa de su infancia. Lo muestra sonriendo con uno de sus hijos en brazos y se lee: “Lionel, ¡tu barrio te espera, campeón!” Eduardo Mazzini, de 64 años, dijo que permitió a un grupo de jóvenes vecinos decorar una de las paredes de su antigua estación de gasolina hace cuatro años para el último mundial. Él conoce la familia desde hace años.

“Se respira fútbol por todos lados en Rosario, pero curiosamente huele muy poco a Messi. Apenas hay fotos, ni imágenes ni publicidad con Leo”, escribió Guillem Balagué, autor de “Messi,” su biografía oficial. Todo el mundo tiene una historia sobre Messi, pero “la ciudad parece no querer regodearse. Como si no hiciera falta tenerlo en todas partes o como si quisiera respetar su bajo perfil”, según Balagué. “Pero, para Leo, Rosario sí lo es todo… Cuando se le pregunta cuál es su recuerdo favorito, no duda: “Mi casa, mi barrio, donde yo nací”.

“Lio pasaba desde chiquito por acá con su abuela y con la pelota de camino a la cancha”, recordó Mazzini. Luego señala un proyecto para un museo de deportes que se está construyendo cerca. “Ahí le tendrían que hacer un museo a Messi”, dijo. El edificio de estilo futurista con paneles luce como un banco de Manhattan y contrasta con las casas de hormigón de poca altura en el barrio tranquilo y de clase trabajadora La Bajada.

Fans. La pareja de turistas alemanes Oshin Gharibi y Lena Wagner, de Heidelberg, dejan una carta escrita a mano en la casa donde Lionel Messi creció.

Aquí, los vecinos se saludan por su nombre y los niños andan en bicicletas por las calles estrechas. Todo el mundo parece coincidir: los Messi son una familia humilde, decente; Lionel fue buen chico que vivía para una sola cosa: la pelota de fútbol.

Mientras caminan hacia la puerta oxidada y sin identificar de la casa de la infancia de Messi, los turistas alemanes apenas puede contener su alegría. Cuando intentan dejar una carta escrita a mano para su jugador favorito en el buzón, activan la alarma de la casa.

“Podríamos haber viajado a una playa en Barcelona, Tailandia o Australia pero vinimos aquí”, dijo Wagner. “Y vale la pena porque podemos ver los lugares donde creció y las personas que lo conocieron”.
José Manicavale, de 44 años, ha vivido la mayor parte de su vida enfrente de la casa de la infancia de Messi.
“Yo a Lio lo conozco desde la panza de su madre. Lio empezó a jugar acá, en nuestras calles, a la pelota”, contó. “En el barrio se siente el orgullo y la satisfacción de tener a un amigo, a un representante de la Argentina. ¡Y que sea nuestro!”
Messi sigue muy conectado con Rosario. Su acento y expresiones no han cambiado pese a que dejó la ciudad hace 18 años. Regresa en cada ocasión y ha sido visto andando en bicicleta o de compras por la ciudad. Su comida favorita es la milanesa a la napolitana, una carne empanada con salsa de tomate y queso encima, tal como su mamá y abuela solían cocinarle cuando era niño. Chatea con sus amigos de la infancia por WhatsApp, y se lo suele ver tomando mate, la tradicional infusión argentina. También celebra los goles siempre de la misma manera: apuntando los dos dedos índices hacia el cielo en memoria de su abuela materna, Celia; quien lo alentó a superar los desafíos y convertirse en jugador profesional. El año pasado también se casó con su amor de la infancia en Rosario.

Como regalo de bodas, algunos de sus amigos de la infancia en La Bajada pintaron un gran mural en una pared de un pequeño campo donde solían jugar de niños. Muestra a un Messi barbudo rodeado de coloridos planetas y en un rincón puede leerse: “De otra galaxia y de mi barrio también”.
En un día reciente, Wálter Barrera, de 31 años, caminaba junto a su mascota, un cachorro de raza Pitbull. Barrera asistió a la escuela primaria de Messi y ahora trabaja en una gasolinera cercana.
“Lo quieren todos acá. El reconocimiento ya lo tiene. Es un groso (un genio)”, sostuvo Barrera.
Pero algunas veces el amor no fue correspondido.
Un adolescente intentó darle un puñetazo cuando salía de un restaurante en 2011. Messi le restó importancia al incidente diciendo que “no sentí nada”. Medios locales dijeron que el agresor era hincha de Rosario Central, clásico rival de Newell’s.

El jefe del registro civil que casó a Messi fue consultado en una entrevista radial si la ceremonia, a la que asistieron algunos de los grandes nombres del fútbol, había sido la más importante de su vida. “No, para nada”, dijo Gonzalo Carrillo. Sorprendido por la respuesta, el periodista insistió: “Pero seguramente debe ser el documento más importante que posee el registro civil de Rosario”. Carrillo respondió: “De ningún modo, el más importante es el certificado de nacimiento del Che Guevara.

La imagen del Che puede encontrarse en camisetas, llaveros y tatuajes, como un símbolo global. En su ciudad natal, un cartel señala el edificio donde nació y hay un centro dedicado al estudio de su vida. Pero también ha generado controversia. El año pasado, un organización liberal lanzó una petición para quitar una estatua de la plaza Che Guevara en Rosario.

“No creo que sea contra Messi, sino que por ahí es algo que culturalmente tenemos que evaluarnos y replantearnos. Qué hacemos con nuestros dos o tres ídolos, personas que a lo mejor se merecen más reconocimiento y si se lo vamos a dar cuando ya no estén más en este plano, o si se lo podemos dar en vida”, apuntó Sandro Alzugaray, un escultor. En su atelier, conserva un modelo a pequeña escala para una estatua de 2 metros que quiere construir para rendir homenaje a Messi.

“¿Por qué no se ha concretado? No tengo una respuesta”, dijo el artista sobre el plan que ha presentado a la alcaldía hace cuatro años y que sigue pendiente de aprobación. “No ha sucedido, y es lamentable”.
No todo el mundo coincide. En la calle frente al atelier, Ezequiel Videla, de 36 años, estaciona autos para vivir con una camiseta amarilla y azul de Rosario Central. “Por ahí la hinchada de Central no lo quiere a Messi porque es de Newell’s. Pero yo como hincha de Central, tenerlo en la selección argentina me basta y me sobra… hay que bancarlo al loco”, apuntó.

“Lo que pasa es que mucho no se lo puede reconocer a Messi porque todavía no ganó nada para la selección argentina. El día que levante la copa, como la levantó Maradona, quizás sí. No niego que es un excelente jugador, pero hacerle un monumento o una estatua acá no sería lo correcto para mí”, opinó Videla.

Maradona jugó en Newell’s en 1993. La Iglesia de Maradona, una religión inventada, fue fundada por un grupo de fanáticos a fines de los noventa y ha crecido hasta contar con más de 100,000 miembros en todo el mundo.
Messi nació un año después que Maradona lideró a la Argentina al campeonato del mundo en 1986. Pero ha enfrentado comparaciones con el excapitán del seleccionado toda su vida, aun cuando no podrían ser más diferentes fuera del campo. Mientras Maradona ha estado involucrado en numerosos escándalos y luchó contra su adicción a las drogas durante años, Messi es conocido por ser discreto y evitar ser el centro de atención, prefiriendo la compañía de su familia y amigos cercanos.

Enmarcados. Grandes momentos de fútbol decoran la cafetería dentro del centro de entrenamiento juvenil Newell’s Old Boys en Rosario.

“Algunas veces lo veo en TV y se me viene a la cabeza el recuerdo de este mismo patio donde hacia esas gambeteaditas (sic) y son las mismas”, recordó Andrea Liliana Sosa, exmaestra de Messi, cerca de un mural del jugador pintado en su escuela primaria por un artista con ayuda de los alumnos.
“Nosotras, las que fuimos sus maestras, y lo cuidamos, sufrimos cuando escuchamos las críticas, cuando lo comparan con Maradona. No se le da la importancia que debería dársele. En la ciudad no se dimensiona que Lionel es de acá. A lo mejor porque no ha ganado un mundial y somos muy exitistas”, lamentó la docente.
Un mural del joven Messi vestido con los colores rojo y negro de Newell’s resalta en el complejo deportivo juvenil del club. Es el único signo de que era un jugador destacado aquí cuando era niño. Fotos de exentrenadores y jugadores levantando trofeos decoran las paredes de la cafetería. Pero no hay una sola imagen del cinco veces jugador del año FIFA.

“Yo creo que no estamos utilizando bien el marketing, no se le ha elegido como el referente del club”, explicó Gustavo Pereira, entrenador de divisiones juveniles de Newell’s. “Hay veces que vienen delegaciones de turistas de Holanda, de Japón, de todas partes, y están anonadados y por ahí nosotros no nos damos cuenta”.
“Nadie utiliza el nombre de él, es un misterio”, destacó.

Este misterio parece tener otro costado, otra teoría según la cual tal vez los rosarinos se preocupan tanto por Messi que respetan su privacidad para que él siga volviendo a la ciudad.

“Yo sé que suena bastante absurdo que Messi no esté (en los paquetes promocionales turísticos de la ciudad)”, aseguró Héctor De Benedictis, secretario de Turismo de Rosario. En su mano, sostiene copias del tour Messi que su oficina ha tratado de lanzar dos veces. Pero la familia de Messi rechazó la propuesta por razones de privacidad.
“Lamentablemente, uno tiene un personaje querido, un personaje incuestionable desde todo punto de vista, y la verdad uno no quiere hacer algo que vaya en contra de sus deseos”, apuntó. “Cada vez que alguien viene a preguntar por un circuito de Messi, me remueve un puñal, pero también hay una cuestión de ética”.

Las primeras canchas del ídolo. Este es uno de los campos de fútbol utilizado por el equipo juvenil del Newell’s Old Boys.

Crisis desata deserción y hambre entre militares venezolanos

Ejército Bolivariano de Venezuela

Al ingresar hace dos años y medio a la Guardia Nacional de Venezuela, un joven sargento confiaba en que su vida daría un giro que le permitiría dejar atrás la pobreza sin imaginar que terminaría renunciando y dedicándose a cambiar neumáticos para reunir los ingresos que le permitieran alimentar a su familia.

En este país petrolero, ni siquiera las fuerzas armadas han logrado escapar a la crisis económica. Agobiado por las dificultades de mantener a su esposa embarazada y a su hijo de dos años, al delgado sargento de 21 años –que habló en condición de anonimato porque no está autorizado para declarar– no le quedó más que sumarse a los miles de militares que abrumados por la crisis han desertado o solicitado su baja para buscar un empleo más rentable o migrar a otros países como lo han hecho más de dos millones de venezolanos.

Los rigores de la crisis también han golpeado el núcleo de los cuarteles donde se ha reducido la dieta diaria de los uniformados, situación que obliga a muchos a llevar su propia vianda para desayunar o almorzar, o a extender sus permisos de salida para alimentarse en casa.

En algunas regiones, como la isla caribeña de Margarita, ya es común ver a jóvenes militares famélicos que visten uniformes verde oliva y caminan armados con fusiles, pero al amanecer van al mercado municipal de Conejeros, como muchos mendigos, a pedir a los comerciantes que les regalen verduras y frutas para poder comer.
“No sé cómo hacen mis demás compañeros para vivir, pero si no salgo de esto me moriré de hambre”, afirmó, decepcionado, el sargento al reconocer que su ingreso de unos $2 mensuales ya no le alcanza para alimentar a su familia ni para pagar el alquiler del apartamento donde reside en la ciudad central de Valencia.

Además, el joven militar admitió que al igual que el resto de la población se ha visto golpeado por la hiperinflación, que alcanzó en abril una tasa anualizada de 13.776 % según cálculos de congresistas opositores, y que llevó el año pasado a que seis de cada 10 venezolanos perdieran 11 kilogramos de peso en medio de una oleada de pobreza que ya toca a 87 % de la población, de acuerdo con un estudio de las tres principales universidades del país.
Por ello, para completar sus ingresos, el sargento de estatura baja y tez blanca tuvo que buscar un empleo en un taller de reparación de neumáticos donde suele cambiar llantas en sus días de descanso.

Desmotivados. El descontento de las bases se traduce en deserciones y bajas, no alcanza la entrega a la patria para poder comer.

“Lo que gano allí es más del doble de lo que recibo en la Guardia Nacional”, dijo antes de asegurar que cuando deje de lleno su puesto en la Guardia se dedicará solo a cambiar neumáticos para mantener a su familia.
En medio de la proliferación de informaciones en los medios locales sobre las detenciones de algunos altos oficiales descontentos y de denuncias sobre la crisis que golpea a los cuarteles, apareció a mediados de marzo el ministro de la Defensa, general en jefe Vladimir Padrino López, en un acto en Fuerte Tiuna, el mayor de la capital, para anunciar la activación de un plan especial para atender a militares ante las dificultades económicas.

Durante el acto, Padrino López denunció la existencia de “intentos de división” en la fuerza armada, pero descartó que pueda darse un golpe de Estado en Venezuela. “A la Fuerza Armada Nacional Bolivariana no la divide nadie”, sentenció.

A un día de las elecciones presidenciales, el mandatario Nicolás Maduro, quien busca la reelección, descartó la posibilidad de un golpe de Estado, y dijo durante un acto en el palacio de gobierno que el “imperialismo norteamericano” lo llama dictador para justificar una intentona.
“No saben lo que sería la respuesta de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana como un todo, con el pueblo, frente a alguna intentona de algún traidor”, indicó el gobernante izquierdista en el encuentro con observadores internacionales.

Maduro reiteró sus críticas contra Estados Unidos, con el que mantiene tirantes relaciones, y dijo que la élite que gobierna Washington es como el “Ku Klux Klan detrás de nosotros”.
“Nos vilipendia, nos dispara, nos ataca, no enjuician, nos condenan”.

Las acciones del alto mando por tratar de paliar el impacto de la crisis entre los uniformados resultan insuficientes ante los rigores de la crisis que golpea a Venezuela, reconocieron algunos militares y sus familiares.

Sentada en un sofá en medio de la sala de un modesto apartamento de ventanas pequeñas que son utilizadas para colgar uniformes militares, Odalys Bermúdez, esposa de un sargento de la Guardia Nacional, admite con resignación que tiene que hacer “milagros” para mantener a sus cuatro hijos de cinco, seis, 10 y 12 años debido a que el sueldo de su pareja no alcanza para vivir.

La delgada ama de casa, de 30 años, indicó que para cubrir la alimentación y parte de los gastos de su familia debe pedir dinero prestado y vender helados y galletas en los alrededores de su edificio, ubicado a un lado de uno de los principales batallones militares de la ciudad central de Maracay.

“No sé cómo hacen mis demás compañeros para vivir, pero si no salgo de esto me moriré de hambre”, afirmó, decepcionado, el sargento al reconocer que su ingreso de unos $2 mensuales ya no le alcanza para alimentar a su familia ni para pagar el alquiler del apartamento donde reside en la ciudad central de Valencia.

Parte de lo que se consume en los hogares militares provienen del Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP), que vende productos subsidiados, pero la mayoría de los alimentos los deben adquirir en los comercios privados a precios casi inalcanzables para los bolsillos de los uniformados, dijo la mujer.
Hasta la década pasada, los uniformados podían alimentarse sin dificultades en los cuarteles, pero la situación cambió debido a que las raciones y la calidad de los alimentos han mermado de manera drástica, según indicaron varios militares a la AP.

“Es dramática la situación social dentro de la fuerza armada”, afirmó Rocío San Miguel, presidenta de la organización local Control Ciudadano para la Seguridad, la Defensa y la Fuerza Armada, al reconocer que los militares venezolanos son los “peores pagados de Latinoamérica” con salarios mensuales que rondan entre $2 en los rangos más bajos y 11 o 12 para generales y almirantes. En contraste, los sueldos mensuales de países como México van desde $300 en los grados bajos hasta $6,000 en los superiores; y en Colombia desde los $75 en los rangos inferiores hasta los $4,700 en los superiores.

Ante el contexto de hiperinflación y de fuerte escasez de numerosos bienes que enfrenta Venezuela, San Miguel indicó que los miliares también se encuentran en la situación de alta vulnerabilidad.

Las dificultades económicas y sociales que padecen los miembros de las fuerzas armadas han desatado en los últimos meses retiros masivos y deserciones que se estiman en varios miles, afirmó Hernán Castillo, especialista en temas militares y académico de la Universidad Simón Bolívar. Según explicó, esto afecta la operatividad del grupo debido a que muchos cargos quedan vacantes o son asumidos por militares con menor experiencia.

Las fuerzas armadas venezolanas están integradas por unos 150,000 uniformados, según estimaciones de analistas. En el país suramericano miles de militares suelen desplegarse en las calles para planes especiales de combate a la delincuencia y represión de las protestas callejeras, así como para vigilar centros electorales.

Al ser consultado sobre los miles de pedidos de baja y deserciones y el impacto que esto genera en la operatividad del Ejército, el jefe del Comando Estratégico Operacional de las fuerzas armadas, almirante Remigio Ceballos, declaró tajante a The Associated Press: “para nada, eso es mentira”.

Los retiros y deserciones comenzaron a multiplicarse a raíz de las violentas protestas antigubernamentales del año pasado en las que los militares jugaron un papel fundamental para garantizar la permanencia en el gobierno del presidente Nicolás Maduro, quien buscará la reelección en los comicios del próximo 20 de mayo.

La fuerte represión de las protestas que dejaron al menos 120 muertos y varios centenares de heridos, la proliferación de los casos de militares implicados en casos de robos, contrabando, asesinatos y tráficos de drogas, así como la politización de la Fuerza Armada ha exacerbado el malestar dentro de los cuarteles, reconocieron los analistas.

Si bien es frecuente ver a Maduro en actos públicos acompañado del alto mando militar en una muestra del sólido respaldo a su gobierno, el abogado Alonso Medina Roa, fundador de la organización Foro Penal Venezolano que representa a algunos militares detenidos, afirmó que hay “muchos integrantes” del Ejército que no están de acuerdo con la manera en la que el mandatario conduce el país. Medina Roa indicó que el descontento no solo se expresa en las renuncias y deserciones, sino también en reuniones privadas que han sostenido algunos oficiales y que las autoridades han catalogado como “actos de conspiración”.

En discordia. Las máximas autoridades insisten en que a la Fuerza Armada Bolivariana no la divide nadie, pero esto no ha sido suficiente para acallar los rumores de golpe de Estado.

Medios locales y organizaciones dedicadas al estudio del crimen organizado reportaron en 2017 la detención de cerca de medio centenar de militares presuntamente implicados en hechos delictivos. En lo que va de este año han sido apresados al menos 90 altos oficiales y personal de tropa profesional por participar en supuestos complots contra el Gobierno, precisó el abogado que tiene a su cargo la defensa de algunos de los detenidos.

La difícil situación económica que enfrenta la tropa y oficiales medios contrasta con la posición de poder que mantienen algunos altos oficiales que controlan casi la mitad de los 32 ministerios y otros organismos estatales, el principal programa estatal de abastecimiento de alimentos y la corporación estatal Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA), corazón económico del país. Algunos medios han difundido reportes sobre altos oficiales que viven en exclusivas urbanizaciones de Caracas y llevan una vida de lujos que no coincide con sus ingresos.

Atrás quedó el recuerdo de mejores años, en pleno auge de la revolución chavista a inicios de siglo, en que todos los militares eran identificados como un grupo privilegiado al que el Gobierno les daba, además de importantes cargos en diferentes ministerios y empresas estatales, viviendas, vehículos y electrodomésticos con condiciones especiales de financiamiento.

Al preguntarle al joven sargento si ha recibido alguno de esos beneficios, el uniformado soltó una carcajada y señaló con ironía hacia sus desgastadas botas negras: el único recurso que tiene para transportarse al trabajo.

Cada vez más mujeres presas por drogas en EUA

Aumento. En 30 años, el número de mujeres presas por posesión o consumo de drogas en las cárceles de Estados Unidos creció en casi 10 veces.

Desde extremos opuestos del centro penitenciario, una mujer y su hijo hablan sobre la escuela, las muchachas, los regalos de cumpleaños… y su futuro juntos. No se pueden ver cara a cara, por lo que la reclusa y su hijo hablan por una videollamada.

“Hola, mami”, dice el niño de 10 años, Robby, a Krystle Sweat, a quien ve por video sentada en su celda.
Robby no abraza a su madre desde la Navidad de 2015, poco antes de que ella fuese encarcelada. Dice que cuando la excarcelen, quieren mostrarle cómo puede andar en bicicleta sin tocar el volante.

Sweat entra y sale de la cárcel. Fue arrestada más de una docena de veces por robo y otros delitos, casi todos relacionados con su adicción a las drogas, que llegó a un extremo tal que debía invertir $300 diarios en pastillas. Trató de combatir la adicción, pero nada funcionó. Dice que ahora está lista para intentarlo de nuevo, cuando la dejen en libertad bajo palabra, probablemente en los próximos meses.

“Ya tengo casi 33 años”, comenta. “No quiero seguir viviendo así. Quiero que mi familia pueda contar conmigo”.
Escondida en un remoto rincón de los Apalaches, la cárcel del condado de Campbell es un buen ejemplo de cómo los opioides y las anfetaminas están causando estragos en Estados Unidos. Cantidades sin precedentes de mujeres son encarceladas por su adicción, destrozando familias y atormentando comunidades que no tienen dinero, programas de tratamiento ni soluciones a largo plazo para combatir este fenómeno.

En 1980 había 13,258 mujeres presas, y en 2016 había 102,300, según la Oficina de Estadísticas sobre Asuntos Legales. Entre 1980 y 2009 se triplicó la tasa de detenciones de mujeres por posesión o consumo de drogas; mientras que entre los hombres, se duplicó. El abuso de opioides agravó el problema.

Hace más de una década rara vez había más de 10 mujeres en la prisión de Campbell. Ahora hay siempre cerca de 60, la mayoría por cuestiones vinculadas a las drogas. Muchas son adictas. No reciben terapia y cuando son excarceladas, vuelven a las mismas comunidades donde sus amigos, y a veces sus familiares, consumen drogas. De modo que ellas reinciden.

Y se repite el ciclo: otro arresto, otra foto policial, otro uniforme rosado y otra celda, donde cae presa de la desesperación.

Sarai Keelean está de vuelta por violar los términos de su libertad bajo palabra. Le encontraron metanfetaminas y estaba consumiendo y vendiendo la droga para comprar opioides. Lleva casi tres años presa y no ve la hora de salir, aunque eso la asusta. “Temes que vas a embarrarla de nuevo”, dice.

Blanche Ball, quien ha consumido y vendido metanfetaminas por 15 de sus 30 años, ha estado presa varias veces. “Sé que pude haber hecho algo más con mi vida. (Pero) Cuando llevas mucho tiempo en esto, es lo único que conoces”.
Sus dos hijos mayores están siendo criados por un familiar y ella no quiere verlos hasta que esté segura de que puede ser una presencia constante en sus vidas. Los dos menores fueron adoptados. “Es una herida muy profunda”, afirma. “Trato de no pensar en eso”.

En 1980 había 13,258 mujeres presas y en 2016 había 102,300, según la Oficina de Estadísticas sobre Asuntos Legales. Entre 1980 y 2009 se triplicó la tasa de detenciones de mujeres por posesión o consumo de drogas; mientras que entre los hombres, se duplicó. El abuso de opioides agravó el problema.

En 2015 el condado de Campbell estaba tercero entre las localidades con más opioides recetados por persona en Estados Unidos, de acuerdo con los centros de Control y Prevención de Enfermedades. Cinco veces el promedio nacional.

El alcalde E. L. Morton atribuye la crisis a la industria farmacéutica y a los médicos. Hay dos demandas contra productores de opioides radicadas por el condado y sus 40,000 residentes. Las metanfetaminas también son un problema.

“Elige cualquier casa. Allí hay drogas”, dijo la reclusa Keeland, de 35 años.
El condado lucha contra esta plaga desde hace décadas. Las granjas tabacaleras y la otrora floreciente industria del carbón desaparecieron hace tiempo y con ellas numerosos empleos e ingresos estables. Quedan algunas fábricas, pero más de uno de cada cinco residentes son pobres. Y hoy por hoy hasta el 90 % de los delitos en un distrito de cinco condados que incluye Cambpell están relacionados con las drogas, según el procurador local.

Tennessee no tiene suficientes psiquiatras, trabajadores sociales, consejeros y enfermeras o centros de tratamiento de adicciones en las zonas rurales, de acuerdo con Mary-Linden Salter, directora de la Asociación de Servicios para el Alcohol, las Drogas y Otras Adicciones. “No es realista que le gente tenga que viajar 700 millas (1,320 kilómetros) para recibir tratamiento porque aquí no hay camas disponibles”.

Salter dice que el tratamiento de las adicciones es a menudo más caro y complejo para las mujeres porque pueden arrastrar traumas y abusos, a veces desde la niñez, y se demoran más en buscar ayuda ante el temor de perder sus hijos.

“Las mujeres son quienes cuidan de la familia”, comenta. “Se las acusa de no atender a sus hijos y les da vergüenza. Y también se las acusa y se avergüenzan de no buscar tratamiento. Es una elección horrible”.
Hay algunas puertas abiertas aquí. Un juzgado que lidia con casos de drogas ofrece supervisión por hasta dos años y el 70 % de las mujeres completa el programa. Otro programa nuevo solo para mujeres las aloja en centros rehabilitación antes de que sean sentenciadas. En ambos casos, las mujeres son alojadas en centros de otros condados, cuando no de otros estados.

Krystle Sweat dice que cuando quede en libertad bajo palabra, quiere sumarse a un programa de rehabilitación religioso. Sus padres, que cuidan a Robby desde que tenía tres años, dicen que la ayudarán.
Cuando termina la visita, Robby y su madre se tiran besos a la distancia.
“Me siento agradecida de que todavía me quiera”, expresa antes de acostarse en su celda, en la que tiene una foto de su hijo. “Se siente decepcionado conmigo. No lo dice, pero sé que es así”.

Distancia. Krystle Sweat manda un beso a su hijo de 10 años. La videollamada es el sustituto del contacto directo con su hijo, debido a que está condenada por consumo y venta de drogas.