Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: “¿Qué le respondiste?” Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. “Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto”.

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. “La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos”. Jorge repregunta: “¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?” La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges “Historia universal de la infamia”. La señora respondió: “Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador”. Pausa de Jorge Tetl: “Se me salieron las lágrimas”. Me dijo: “Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos”.

A otro de la tercera edad le preguntó: “¿Por qué se va?” El señor le respondió: “Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida”.

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: “¿De dónde viene usted?” “De Santa Ana”. Repreguntó: “¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros”. Respuesta: “Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida”.

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según “El principito”).

Pienso en mi novela “Siglo de O(g)ro”: “La patria de la poesía es la inocencia”. La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: “Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo”. Oswaldo Escobar Velado: “Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones”. Manlio Argueta: “Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán”.

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.

Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al Norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, algunos en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta y disconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país, de cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos; de cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común; de cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, solo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que, por cierto, no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo del gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No solo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchada, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino, como los miles de hondureños que también salieron en caravana, como miles de africanos, como miles de asiáticos, como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.

Como niños de un planeta extraño

En un gran cuento de Salarrué, “Semos malos”, padre e hijo emigran a Honduras para ganar dinero en las bananeras, meca de los trabajadores salvadoreños de aquellas épocas, años treinta del siglo XX. El viejo y el joven emigran para ganar dinero poniendo canciones en su fonógrafo. Van a pie, y en el camino les salen al encuentro cuatro criminales que los matan para robarles.
Los bandidos se ponen a escudriñar el fonógrafo y logran escuchar los discos. La idea de Salarrué es mostrar que quien tiene poder puede mostrar arrepentimiento, a solo un paso para pedir perdón. No importa si ese poder es perverso, como el caso de los ladrones. Este, el mejor de sus “Cuentos de barro”, estuvo cumpliendo 119 años el 22 de octubre.
Salarrué trata el tema trágico con una gran delicadeza poética, tanto en el manejo de padre e hijo asesinados como el arrepentimiento de los delincuentes.
“Dicen quen Honduras abunda la plata. —Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen…”
Como decía el poeta Roberto Armijo cuando veía una injusticia: “Es que los humanos somos ingratos”. Ese criterio de verdad, sostenido por Armijo, nos causaba expresiones irónicas por parecernos inocentes juegos que se dan entre hermanos de letras.
Alguien que comete un crimen solo se diferencia en grado de quien maneja su poder con soberbia y vacíos de conocimiento e información.
Pero no solo entre los excluidos suceden ingratitudes. Lo conocemos desde el Renacimiento, cuando Miguel Ángel Buonarroti fue sometido por un papa que encadenaba al genio en los andamios para que pintara la Capilla Sixtina.
“¿Cuándo vas a terminar la Capilla Sixtina?”, le decía el sacerdote. Miguel Ángel respondía: “Cuando pueda”.
Y el santo papa Julio II, hombre al fin, le dio un par de bastonazos. El universal maestro del Renacimiento reaccionó abandonando el Vaticano para huir a Florencia; sin embargo, su intuición genial lo hizo retornar sin recibir presiones, porque estaba claro que debía dar fin a una obra que sería destinada a la eternidad artística. Regresó a terminar su obra.
¿Y Mozart? Castigaron al genio que nunca dejó de ser niño no por desconocer sus dotes, sino por antisolemne, poco lisonjero con los príncipes que no entendieron su humor, ni en su libertad para expresarse como era. Fue inhumado en una fosa común como desconocido. Nunca se supo de sus restos.
¿Y el gran poeta peruano César Vallejo? Muerto de tuberculosis y abandonado en París. ¿Y García Lorca, poeta transparente y femenino, fusilado por los militares fascistas? ¿Y Fiódor Dostoyevski en su celda de muerto en vida? Aunque su prisión valió para que nos dejara su obra “El sepulcro de los vivos”. El maestro del idioma ruso no tuvo perdón del representante de Dios en la tierra: el zar. La herencia de Dostoyevski equivale en idioma ruso a Cervantes, quien nos dio la Biblia del idioma castellano, El Quijote.
¿Y Van Gogh? Sus cuadros pudieron terminar en un basurero de no ser porque el hermano Theo los conservó en el closet de su casa. El genial pintor optó por el suicidio a los 37 años. Su valor fue reconocido poco después de muerto. Tanto él como el hermano.
La historia de Van Gogh me emociona porque muchas veces pasé por Antwerpen (Amberes) para hacer conecte en los trenes europeos hacia la cuna del genio pintor medieval Gerónimo Bosch, en Hertogenbosh, una ciudad de entrada a Holanda.
Y en otro milagro visité más de una vez la Universidad Católica de Tilburg, nada menos el municipio donde nació Van Gogh. Todo esto sucedió cuando desde el idioma holandés comenzó a proyectarse a otros idiomas mi novela “Un día en la vida”. La traducción surgió de manera casual cuando conocí en Costa Rica a dos mujeres holandesas, Adelina e Ineke, ingeniera y médica, respectivamente.
Se emocionaron al leer la obra en español, por el hecho de que se refería a una mujer campesina. Decidieron saltarse los vacíos en lingüística para emprender la traducción. Por supuesto que les di apoyo para desentrañar los modismos idiomáticos salvadoreños.
Pienso que los escritores escogimos el oficio más original, aunque marginal. Marginalidad que significa reto, necesidad de enfrentar con ideas visibilizadas por medio de la palabra reconstruida, que bien manejada constituye un poder, aunque no siempre uno sea consciente de ello, a diferencia de otra clase de poderes que, por su intensidad, pueden volverse prepotencia y amenaza para la vida humana.
Es menos evidente la rebeldía en la pintura y la música, el teatro y la danza, aunque transforma por igual la realidad objetiva. Ocurre que en el escritor es más fácil que se confundan sus visiones con alucinaciones que parecieran poner en riesgo las realidades subjetivas de la tradición.
En fin, repito algunas expresadas en mis comparecencias ante jóvenes:
“Hay que escribir para neutralizar las condenas previas, hay que pintar, hay que hacer música, hay que darse con la piedra de los muros. Nada de ingerir la cicuta como el sabio Séneca o hacerse el harakiri a lo Mishima, ni aspirar el gas como la desesperada poeta Silvia Platz”.
“…Hay que escribir poemarios como lluvia torrencial, el arcoíris surgirá después de la tormenta. Trabajar como la tenaz gota de agua. Lo importante es hacer el milagro de horadar la roca, vencer el irrespeto por estos oficios que, por sagrados, también son sacrílegos. Ser poetas de planetas extraños”.

Cultura sí, censura no

A finales de septiembre pasado, la Asamblea Legislativa emitió un recomendable al Ministerio de Gobernación para que, a través de la Dirección de Medios y Espectáculos Públicos, se negara autorización para la realización de un concierto del grupo sueco Marduk.

Entre los argumentos esgrimidos por los diputados se consideró que el contenido de las canciones y la propaganda visual del grupo de black metal eran “lesivos al honor de nuestros compatriotas, agrediendo los principios, valores y las creencias de los salvadoreños”.

Black Moon Shows, la productora encargada del concierto, aseguró que la banda se presentaría pese a todo. Cuando los fanáticos llegaron al concierto, se les informó que Marduk no tocaría debido a la enfermedad de uno de sus miembros. Al día siguiente, en la página oficial del grupo en Facebook, los músicos dijeron que ninguno de ellos estuvo enfermo, que el grupo estaba presente y listo para su presentación, pero el “gobierno corrupto” se los impidió.

La gira actual de Marduk generó reacciones similares en otros lugares de Latinoamérica. El Congreso guatemalteco le prohibió la entrada a aquel país. En Colombia, el concierto que tenían programado realizar en Bogotá fue cancelado por las autoridades municipales y trasladado a otra ciudad. En Chile, Ecuador, Panamá, Costa Rica y México hubo iniciativas similares desde instancias gubernamentales pero también desde el seno de grupos religiosos, que comenzaron a circular peticiones de firmas, pidiendo se prohibieran los conciertos.

Un par de días después de generada la recomendación de la Asamblea, Arístides Valencia, ministro de Gobernación, presentó ante la misma el nuevo reglamento de espectáculos públicos. Sobre el tema, la jefa de la fracción del FMLN, diputada Nidia Díaz, expresó ante la prensa que con dicha reglamentación se busca regular la programación que se transmite en los medios nacionales, “incluyendo televisión por cable y Netflix”, ya que los contenidos violentos de algunas películas o series, como las de narcotráfico, pueden “promover la violencia entre nuestra juventud”.
En esos días se dio otro incidente que llama la atención. Un paquete con 20 ejemplares del libro “El niño de Hollywood” (una investigación periodística realizada por los hermanos Óscar y Juan José Martínez, sobre la vida de un pandillero de la Mara Salvatrucha 13) fue retenido en la aduana del aeropuerto de San Luis Talpa, por considerar que el libro tenía “contenido pernicioso”, según palabras textuales del funcionario que tomó la decisión.

Estas situaciones son todas preocupantes. Aunque las autoridades han insistido en que no se trata de censura, la reiteración de “velar por la moral y el orden público” mediante la limitación de nuestro acceso a productos culturales diversos es una pretensión arrogante y peligrosa.

Los gustos musicales, culturales o de entretenimiento de la población son un asunto de la esfera privada de las personas. Cuando un gobierno adopta acciones disfrazadas con un lenguaje condescendiente que pretende velar por nuestro bienestar moral, se entromete en ese ámbito privado. Reglamentar los contenidos que podemos ver y escuchar, seleccionando los que supone son convenientes para el bien común, es una forma de manipulación ideológica y de censura.

Que los contenidos de las letras del grupo Marduk resulten ofensivas para algunos creyentes religiosos es normal. Hay muchas manifestaciones artísticas y culturales que nos pueden causar rechazo y hacernos sentir insultados, de una manera u otra. Pero impedir que la ciudadanía tenga acceso a contenidos culturales polémicos o incómodos agrede la libertad de pensamiento y de automanifestación.

El arte y la cultura siempre son las primeras violentadas por gobiernos y políticos que pretenden controlar y manipular el pensamiento, el discurso y hasta los gustos de la ciudadanía. El arte, en todas sus variadas y complejas manifestaciones, representa los espacios de libertad plena del ser humano, el reflejo de nuestras verdades subjetivas, las que no nos atrevemos o podemos plantear, compartir o representar si no es a través de algún filtro o disfraz. Esa es una de las tantas funciones del arte.

Un concierto de música no supone una incitación intrínseca a la violencia y al desorden público. Más violentos se ponen nuestros partidos de fútbol. Marduk ya se había presentado en el Gimnasio Nacional en 2005, con la única limitante de que el ingreso fue para mayores de 18 años. No hubo hordas de muchachitos ingenuos convertidos de inmediato al satanismo o a las pandillas por asistir a aquel concierto. No hubo consecuencias que lamentar ni supuso un aumento visible en los hechos de violencia a escala nacional.

La construcción de valores morales y espirituales es un asunto que se origina en la familia y cuya opción final radica en el individuo mismo. Ni el Gobierno, ni el Estado laico en el que se supone vivimos, ni ningún político deben o pueden imponer códigos de moralidad y conducta colectiva. Dicha preocupación por nuestros valores sería más creíble si los políticos dieran el ejemplo a través de su conducta, honradez e integridad personales. Pero si no pregonan con el ejemplo, ¿por qué o cómo se sienten con la solvencia de proteger la moralidad de la ciudadanía?
Si al Gobierno tanto le preocupan nuestros valores personales, debería emprender una reforma educativa profunda que permita la formación de una ciudadanía pensante, que tenga el criterio propio para decidir si exponerse ante cualquier tipo de contenidos culturales afectará su moral o insultará sus creencias. Así, educando para formar ciudadanos con criterio propio y de moral sólida, no habrá que preocuparse de que alguien vaya a convertirse al satanismo solo por ir a un concierto o a robarse millones de dólares solo porque llegó a la silla presidencial.

No se puede uniformar ni imponer la virtud a un país a través de prohibiciones que impidan el libre acceso a productos culturales incómodos. Nosotros, como ciudadanía, debemos estar expectantes y no dejarlo pasar. Hoy se comienza con la prohibición de un concierto de black metal, mañana censurarán nuestras lecturas y nuestro acceso a internet, pasado mañana nos matarán por escribir o decir verdades.

Memorias del pasado presente

Con ocho años de residencia en Costa Rica fundé el Instituto Cultural Costarricense Salvadoreño con apoyo de Holanda, en primer lugar, Suecia, Noruega, Estados Unidos e Inglaterra, como apoyos alternos. Era el año de 1983. La idea de crear el instituto era dar a conocer expresiones de la identidad centroamericana para beneficiar directamente a los campesinos salvadoreños refugiados. Otros grupos habían sido ubicados en Honduras: La Virtud y Colomoncagua, regiones desoladas y en pésimas condiciones. Llegaron con apoyo de las Naciones Unidas (ACNUR).

Costa Rica aceptó gran parte de los salvadoreños en la ciudad de Heredia. Más del 90 % de Chalatenango: niños, niñas, madres y abuelos. En verdad, no conozco estadísticas, si es que las hay. El proyecto tenía taller de pintura, grupo de teatro y de danza: de niños, adolescentes y abuelos; ventas de artesanías y comidas típicas, y un sencillo centro de información.

El instituto se legalizó con apoyo de personalidades costarricenses que nos acompañaron para fundarlo: el académico y poeta más importante de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, presidente de la directiva, un año después pude relevarlo en ese puesto cuando el poeta vio que mi persona ya tenía sus propias alas. Otro apoyo fraterno lo ofreció la actriz Mimí Prado, (quien pronto tuvo la iniciativa de hacer de la sala principal un teatro que se llamó de La Calle 15). Años después, Mimí ocupó el cargo de ministra de Cultura.

También estuvo con nosotros don Julián Zamora, exembajador de Costa Rica en El Salvador; también nos dio apoyo Samuel Rovinski, escritor y cineasta costarricense. Otro ángel del instituto fue Gina Orlich (sobrina de un expresidente de Costa Rica Francisco Orlich).

Luego de traducir al holandés mi libro “Un día en la vida”, la cooperación de Holanda apoyó nuestro proyecto, y pronto creamos iniciativas interculturales centroamericanas, suramericanas e incluso europeas.

En uno de mis viajes a Europa, en visitas a entidades de cooperación, a mi retorno me encontré que Gina y Mimí tomaron la iniciativa de derribar la parte interna de la casa alquilada para convertirla en teatro de verdad. Mi susto fue tremendo: de la casa solo quedaba la fachada. Me explicaron que habían aprovechado mi ausencia para ofrecer a la propietaria un contrato por cinco años y promesa de compra. Respiré hondo. Al año se había consolidado el teatro frente a la plaza de la Democracia en la avenida principal de San José.

Once años después finalizamos el proyecto porque, firmado el Acuerdo de Paz, la mayoría de refugiados partió para Canadá, y Australia y otros retornaron a El Salvador. La cercanía con los campesinos salvadoreños (bajo protección de las Naciones Unidas y el Gobierno costarricense) me dieron el aprendizaje para escribir dos novelas histórico-poéticas: “Un día en la vida” y “Cuzcatlán donde bate la mar el sur”, ambas con personajes rurales e incluyeron traducciones en editoriales famosas de Londres y Nueva York, La Haya, Suecia y otros países europeos.
De regreso en 1993 a El Salvador, ocupé el cargo de director de la Librería Universitaria con cargo ad honorem para funcionar como secretario de Comunicaciones y director de la Editorial Universitaria por solicitud del rector Fabio Castillo y ante la carencia de presupuesto para hacer nombramientos.

Posteriormente ocupé el cargo de la Secretaría de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Universidad de El Salvador, 1995-1999. Mi mejor logro fue gestionar, a partir de una idea-sueño, la construcción de la villa olímpica en el campus universitario. Mi propuesta al Gobierno fue que una vez pasados los juegos, las construcciones podrían enriquecer la universidad. Es el Polideportivo que ahora disfrutan los estudiantes de la Universidad de El Salvador.

Aclaro el milagro: asistí, en representación del rector, Dr. Benjamín López Guillén, a una conferencia de medicina deportiva (de lo que no sabía ni jota). El evento se realizó en la biblioteca universitaria. Ahí se planteó entre otras cosas alquilar una residencia para alojar a los atletas olímpicos. Propuse al gerente del INDES, Ing. Melesio Rivera, ¿por qué no repetimos otras experiencias de construir villas olímpicas en las universidades? Me pidió que se lo expusiera por escrito. Redacté la carta de inmediato, aunque no tuve oídos. Insistí y nada.

El sueño parecía acabar hasta que un amigo me aconsejó dirigirme a quien tenía el poder político en Deportes por estar muy cerca del presidente Francisco Flores, era Andrés Molins. Escribí otra quinta carta con mi idea. Esta vez obtuve respuesta. En todas estas gestiones recibí el apoyo del rector y vicerrector (Dr. Benjamín López Guillén y Lic. Salvador Castillo, respectivamente). Como funcionario intermedio mi representatividad no era fácil de ser escuchada. Ganó la terquedad.

Para entonces ya había formado una comisión con dos funcionarios más para hacer las gestiones. El más persistente que me impulsó a no cejar en el esfuerzo fue el Dr. Rafael Monterrosa, vicerrector de Bienestar Estudiantil, pues se planteaban propuestas estatales de construir en la casa del deportista en Ayutuxtepeque, pese a ser un espacio pequeño para recibir a las delegaciones internacionales; también se insistía en rentar el residencial privado. Por fin pegó nuestra idea: construir en el campus universitario ganaba la nación, y la educación superior.
Tiempo después llegó al INDES el Dr. Benjamín Ruiz Rodas. Para entonces ya había sido electa rectora Isabel Rodríguez, entusiasmada porque el proyecto tenía pies y cabeza.

Todo fue producto de terquedad, paciencia, visión e intuiciones. Ante mi desánimo y darme por vencido recuerdo al Dr. Monterrosa: “Sigue adelante, hermano, los jóvenes necesitan esas instalaciones, no tirés la toalla”. No era fácil un proyecto de inversión millonaria en la UES. Además había oposición interna, pues se suponía que el GOES pediría privatizar la universidad. Nada de eso sucedió.

Mi última contribución a este hermoso proyecto fue recomendar a un salvadoreño de experiencia en manejar polideportivos en universidades de Canadá. Fue el primer director del Polideportivo; pero yo ya estaba en la Biblioteca Nacional, año 2000.

Y colorín colorado, este recuerdo del pasado presente ha terminado.

Más allá del título

El pasado 18 de septiembre, el diputado Ricardo Velásquez Parker presentó ante la Asamblea Legislativa una iniciativa de ley para reformar el Código Electoral. La reforma pretende que se establezca el poseer un título universitario como requisito para ser candidato a la presidencia y vicepresidencia de la república.

Según el diputado de ARENA, los estudios mencionados deberían de ser afines a las ciencias económicas. Si la carrera del candidato no comprendiera esas áreas, debería de poseer una maestría, una especialización o un doctorado en dichas ciencias. Al momento de entregar la petición, Parker manifestó a la prensa que el país no podía seguir teniendo presidentes “sin las credenciales, sin las actitudes profesionales, académicas y la experiencia requerida mínima para poder conducir los destinos de una nación”.

Si bien es cierto que sería de suprema utilidad que un candidato tenga estudios superiores, estos no garantizan que se conviertan en un buen presidente. Los estudios universitarios no garantizan calidad ética ni humana, así como tampoco otras cualidades sutiles que ignoramos y que deberían de ser imprescindibles para el cargo.

Integridad, sensatez, honestidad, disciplina, honradez, eficiencia, ética, capacidad de liderazgo, visión de futuro, sentido del bien común, respeto a los demás (incluidos los enemigos políticos) son algunos de esos atributos adicionales que deberíamos exigir en los candidatos.

Tampoco estaría de más que sepan escuchar a todos los estratos de la ciudadanía, que sepan dialogar y no mantenerse a la defensiva, que sepan ser directos y claros cuando se les hace una pregunta difícil, que sepan dialogar, que no se sientan atacados u ofendidos cada vez que son criticados o cuestionados, y que estén convencidos de que las decisiones de país deben tomarse trascendiendo los intereses partidarios o sectoriales porque sirven para el bienestar de la nación.

Una formación en ciencias económicas tampoco garantiza una solución o un mejor manejo de los problemas del país. Lo económico es un factor importante para el gobierno de una nación, sin duda alguna. Pero las soluciones no pueden enfocarse ni limitarse a ser tratadas estrictamente desde lo económico. Administrar una empresa y administrar un país son dos cosas muy diferentes.

¿Por qué impedir que acceda a la presidencia alguien que, por ejemplo, tenga una formación en ciencias humanísticas? Nadie gobierna solo. Un presidente no puede saberlo ni controlarlo todo. Debe tener una visión del conjunto y tiene que descansar su gobierno en colaboradores que conozcan sus áreas de experticia.

Para eso conforma un Gabinete de Gobierno y se rodea de asesores que sabrán explicar la información necesaria para que la presidencia tome las mejores decisiones. Es a todo este cuerpo de funcionarios de quienes se debe esperar estudios específicos, experiencia y conocimiento de campo para las áreas requeridas. No deben otorgarse cargos por ser parientes o amigos de alguien con o cercano al poder.

Por lo demás, un título universitario no garantiza una personalidad sólida a nivel psicológico, que no se verá afectada ante las presiones permanentes del cargo y las consabidas tentaciones del poder. Vamos, un título universitario ni siquiera garantiza que la persona sea realmente inteligente.

Esto de la titulación es un tema recurrente en nuestra sociedad. Pero siempre que sale a luz termina convertido en un insulto colectivo para quienes no tenemos estudios superiores, porque se generaliza el prejuicio de que alguien sin título no tiene capacidad de trabajo, aprendizaje, conocimiento, inteligencia, etc.

En el país esto es tan extremo que hoy en día es difícil encontrar empleos que no exijan estudios superiores. En muchos lugares, para los puestos secretariales se piden por lo menos dos o tres años de universidad, por ejemplo. Muchísimas personas realizan sacrificios inmensos para seguir estudiando, convencidos de que el diploma garantizará un trabajo de calidad o, por lo menos, la facilidad continua de obtener alguno. Los titulados desempleados que me estén leyendo saben que eso es una falacia.

En mi caso, mi padre estudió hasta tercer grado y desde niño tuvo que trabajar con su madre para subsistir económicamente y mantener a un par de hermanos menores. Su ambición era que yo fuera a la universidad, un sueño que compartí con entusiasmo. Pero entonces pasó la guerra, que provocó muchísimos cambios en mi vida y que, al igual que a mi padre, me obligó a trabajar para mi subsistencia desde entonces.

Nunca entré a una universidad. Pero conociendo mi limitación, me dediqué al autoestudio, según lo necesitaba para los trabajos que iba realizando. Hay gente que me llama “licenciada” y hasta “doctora”. Lamento mucho la expresión de desilusión y estupefacción que les causo cuando aclaro que “solo soy bachiller”. Nunca lo he negado ni me da vergüenza decirlo. Tampoco me siento inferior por ello. Es mi realidad. Soy autodidacta. Y a toda honra. Nunca lo he visto como limitante más que a la hora de buscar trabajo, porque en este país se cree más en papeles, cartones y nombramientos “al dedo” que en las habilidades manifiestas de las personas.

El Artículo 151 de la Constitución de la República establece como requisito “la moralidad e instrucción notoria” para desempeñar el cargo presidencial, términos que resultan vagos y que pueden interpretarse y manipularse de muchas maneras.

Ahí es donde la ciudadanía juega un papel importante. Se necesita a una población pensante, que actúe por convicción y no por reacción, que tenga capacidad de observación y análisis pero, sobre todo, que tenga la independencia de tomar sus propias conclusiones sin dejarse arrastrar por las mareas ideológicas o partidarias, ni tampoco por la rabia e insatisfacción social que se viene percibiendo desde algunos años ante los últimos gobiernos.

Sería preferible que en vez de ciencias económicas, los candidatos tuvieran estudios de administración pública o de ciencias políticas, carreras que por desgracia no existen en nuestro país. Se debería de considerar como algo urgente fundarlas, ya que sin duda esto contribuiría a ampliar el espectro social de quienes acceden a la participación política en El Salvador, y mejoraría la administración pública, renovando y enriqueciendo nuestra forma de hacer y vivir la política.

Educación artística y creatividad

Hace poco leí algunos artículos de la Revista Akademos, de Universidad Matías Delgado, uno de sus trabajos es el conversatorio sobre “La calidad de la Educación Artística en la Formación Docente, Recorridos y Desafíos”, en el que participaron Marta Eugenia Valle, Sara María Boulogne y Mario Zetino, con introducción de Óscar Picardo. Más adelante haré breves reflexiones de lo expuesto en dicho trabajo.

Recién leído ese trabajo fui invitado por Fundación Horizontes para los Pobres a la “Séptima edición del proceso de escritura creativa: Atrévete a escribir”, evento realizado en un hermoso teatro situado en el cantón Cabañas, que sostiene la Fundación para la Educación Experiencial. A propósito la ONG Horizontes presta apoyo valioso al Festival de Literatura Infantil organizada por la Biblioteca Nacional, que tiene como población participante comunidades en riesgo, tal como también lo hace Horizontes.

El evento “Atrévete a escribir” tuvo lugar en el teatro Yulkuikat, también participante del evento al igual que ESE Ediciones. Entre otros invitados, los principales fueron los 340 niños y niñas que asistieron al teatro, de los cantones de tres departamentos del país: Valle Nuevo, Planes de Perulapía, San Antonio, El Papaturro, Caserío Palacios y algunas colonias periféricas de Ciudad Delgado, para recibir premios por su literatura creativa.

Esa visita me recordó otra que hice al cantón Loma del Muerto, en Sonsonate. Aunque de diferente índole, este tipo de eventos demuestran que se está trabajando a ese sector tesoro del presente, la población de la esperanza. Este trabajo con niños y niñas de zonas periféricas, en su mayor parte organizadas por iniciativas privadas, demuestra la clara visión de acciones educativas que promueven escritura y lectura creativa, música, pintura y danza. Es un proceso creciente que infunde vitalidad anímica, que fortalece como la sociedad encaminada al cambio por las vías de la educación.

En el Yulkuikat se organizó una exposición de decenas de escritos que incluyeron cuento, poesía y dibujo. Esta vez los participantes fueron de educación básica, y procedentes de los distintos caseríos y cantones citados de las tres jurisdicciones. Una labor donde participan en alto grado los docentes a quienes se ha capacitado a partir de su vocación pedagógica y sensibilidad ante una niñez que no siempre fue favorecida por políticas públicas.

Y aquí retomo el conversatorio de la Revista Akademos.

No cabe duda de que estas exposiciones académicas aspiran a buscar caminos educativos que ya se están emprendiendo dentro de una población para lograr el desarrollo “integrador” de la educación, uso el concepto entre comillas, porque es el concepto justo que emplea la Dra. Valle en su participación en un conversatorio, que ofrece insumos teóricos que aspiran a superar vacíos que sectores de la sociedad civil tratan de cubrir con más fuerza, ante las debilidades de las políticas públicas: cada administración hace los cambios que considera mejor en su programa partidario.

Precisamente las políticas públicas permiten crear planes nacionales a largo plazo que son los que consolidarán el desarrollo nacional, como protagonista del cambio de un país que necesita resultados valiosos para su desarrollo. La educación es el eje principal de ese desarrollo, la condición sin la cual solo puede producir un avance que por su lentitud puede parecer estancamiento. Aunque haya buenos propósitos se falla si carecemos de políticas educativas.

El tema de la creatividad lo manejan los ponentes del conversatorio desde distintos puntos de vista con un interesante flujo de ideas. Desde la introducción del evento hecho por Óscar Picardo que hace la observación de lo limitado de la formación docente, y se pregunta por qué para la carrera de medicina o ingenierías se debe estudiar siete años y para la docencia bastan tres años; alude a las limitaciones presupuestarias que tiene su origen en la falta de visión estatal. Dice Picardo: “La docencia es una profesión demasiado importante para que se haya tratado bajo los cánones actuales en materia de políticas educativas…”. Y concluye afirmando que parte del tejido social desfigurado que estamos lamentando “…tiene mucho que ver con lo que hemos hecho en los últimos veinte años de reformas”. O con lo que no hemos hecho, agrego.

Dentro de esa riqueza de reflexiones educativas planteadas por la revista Akademos me centro en lo que se refiere a la creatividad como forma de aprender para la vida, tomando en cuenta que el cultivo de las áreas artísticas no está desconectado de las conductas que participan en el desarrollo social, además que otorga formación sensible para la convivencia; si la formación artística evita que el hombre no sea el lobo del hombre, así construimos la sociedad integradora.

Y respecto a formar docentes en diferentes artes: Danza, Artes Plásticas y Música, no se trata hacerlos expertos en ellas. Basta con una formación con visión humanística. Supone apreciar la pintura la música y las artes, con lo cual se logra formando docentes que conozcan la cultura global; pero también implica dignificar la docencia retribuyéndola como corresponde al papel de forjadores de almas, así como los médicos lo son de dolencias orgánicas. El docente debe manejar los códigos que descifran una obra de arte, sin que sea un artista en esas áreas. Esta será la formación de calidad que nos llevará a la educación del cambio.

Comenzar desde los docentes de las áreas básicas, que no son solo la Matemática, Ciencias, Lenguaje y Estudios Sociales. Fortalecer los procesos ya encaminados en formación de las ciencias humanísticas que incluya con fuerza los procesos creativos en búsqueda de la otra realidad que representa el arte. No excluye contar con profesionales en música, en literatura creativa, artes plásticas o danza.

Muchas de las organizaciones civiles que emprenden iniciativa valiosas como Horizontes con su programa “Atrévete a Escribir”, o la Fundación para la Educación Experiencial Pablo Tesak, no son expertos en arte específico, pero tienen claro el significado de incrementar este tipo de contribución social que integra en forma directa a la familia con énfasis en las comunidades vulnerables.

Nuestra forma de escribir

Leer y escribir son dos caras de la misma moneda. Leer abre la posibilidad de la escritura. Para el escritor, leer es parte inequívoca de su oficio. Es un método de auto aprendizaje, de diálogo intelectual e intercambio humano. Es un carburante que alimenta nuestro motor narrativo, que lo mantiene activo.

Esta fusión entre la lectura y la escritura supone que así como los medios tecnológicos están transformando nuestra forma de leer, también están modificando nuestra forma de escribir y podrán impactar a futuro en nuestra concepción de la literatura, del oficio del escritor y de la industria editorial.

Gran parte de nuestra interacción tecnológica se realiza de forma escrita. Desde la mensajería privada hasta las más diversas redes sociales, practicamos un hábito de escritura cotidiana. Pero más allá de compartir artículos o información, hay personas que han encontrado en estos medios las herramientas para dar a conocer sus ficciones. Se definen como escritores, aunque su medio de publicación no sea el papel.

En columnas anteriores he mencionado Wattpad, una plataforma donde se pueden leer historias y publicar textos propios. Los lectores pueden comentar e interactuar con el escritor. Wattpad cuenta con más de 65 millones de usuarios y ha publicado más de 400 millones de historias desde su fundación en 2006. Esto llamó la atención de algunas editoriales estadounidenses, que tiene personal dedicado a leer esos textos y dar seguimiento a los más populares, en busca de posible material de publicación. Es conocido el caso de Anna Todd, autora de la serie “After”, que fue descubierta en Wattpad luego de que la primera de sus novelas logró millones de lecturas.

La inmediatez de la publicación y la interacción con quienes leen y comentan pueden ser estímulos suficientes para que un novato se anime a escribir. Algunas plataformas pueden ser una herramienta útil, una especie de taller literario virtual, no programado, donde los textos se ponen a prueba directa del lector, sin la mediación de un trabajo editorial.

Los géneros de las historias son variados: desde historias reales hasta ficciones de todo tipo. El hecho de publicar por entregas sumado a la reacción de los lectores, estimula la publicación espontánea y provoca modificaciones en la historia según los comentarios o “likes” ajenos, y no de acuerdo con una estructura planificada de antemano.
En 2012, la escritora canadiense Margaret Atwood sorprendió a muchos al abrir una cuenta en Wattpad. Con más de 111 mil seguidores, Atwood ha compartido 15 de sus obras de forma gratuita, entre ellas una novela colaborativa, un libro de poemas y algunos cuentos.

La autora fue cuestionada por hacerlo. Nadie entendía qué necesidad tenía de estar en Wattpad, ella que ha sido considerada para el Premio Nobel de Literatura. En un artículo publicado en The Guardian ese mismo año, Atwood explicaba lo valioso que le parecen este tipo de espacios y reflexionaba sobre los cambios que ha visto en la industria editorial desde los tiempos en que, para comenzar a dar a conocer sus escritos, los escribía a mano y los repartía entre sus familiares. Su perfil de Wattpad la define como ansiosa por explorar la manera en que se conectan lectores y escritores.

En un artículo titulado “Escritores y Facebook: cuando la red social funciona como probeta de historias y nuevos personajes”, publicado el pasado 15 de septiembre en el periódico La Nación de Argentina, su autor Daniel Gigena menciona varios casos de personas que comenzaron escribiendo en redes sociales y que luego dieron el salto al papel.

Félix Bruzzone, Julián López y Virginia Feinmann son algunos de estos casos. Utilizaron sus muros de Facebook para dar a conocer sus textos literarios. La cantidad de comentarios y de “me gusta” que generaron llamó la atención de las editoriales. Los tres han publicado en papel y no son los únicos.

Para Cristian Godoy, ocurrió algo más complejo. Según el artículo, estaba bloqueado con la escritura y el único lugar donde podía escribir de manera fluida era en la red social. “Creo que me sucede eso porque desacraliza el acto de escribir, porque todo lo que se publica ahí está atado a lo inmediato y a los 5 minutos ya es tema viejo de conversación”. Esa relajación de la solemnidad de la escritura se produce por el fácil acceso a instrumentos y aplicaciones que usan la escritura como medio fundamental para interactuar con los demás.

Las redes pueden servir como tarima de exposición y como un termómetro de lo que se escribe, pero también como una herramienta de trabajo. El ya mencionado Félix Bruzzone escribía y publicaba en los momentos en que se le ocurría alguna idea, mientras trabajaba como limpiador de piscinas, porque no le gusta cargar consigo una libreta de apuntes. Así nació su libro “Piletas”.

Estaremos en problemas si quienes se consideran escritores no se exigen un nivel superior de calidad en cada nuevo proyecto que emprendan, aunque su medio de publicación sigan siendo las redes sociales. Los lectores también estaremos en apuros si las editoriales tienen preferencia por publicar y visibilizar libros facilones que, aunque populares en otras plataformas, no contribuyen a construir diálogo, a formar criterio propio o por lo menos a entretener exigiendo de sus lectores una atención menos superficial, y sin repetir fórmulas argumentales que ya fueron mejor escritas.

No creo que el libro ni los escritores vayan a desaparecer. Es posible que sufran algún tipo de metamorfosis para adaptar el oficio tanto a la tecnología como a las nuevas costumbres lectoras. Pero esta adaptación no debería de sacrificar la calidad.

La tecnología ha permitido cierta horizontalidad en la escritura y la publicación. Eso hará más difícil detectar la Literatura, con ele mayúscula, entre los millones de productos que se publican en papel o en internet. Eso será como separar la paja del trigo.

Porque para hacer Literatura no basta con tener una buena historia. Hay que saber escribirla bien y tener lectores con el conocimiento y la sensibilidad necesarios para descubrirla.

Biblioteca Nacional y Francisco Gavidia

En 2020 cumplirá siglo y medio la institución responsable de preservar la memoria de la palabra escrita: el ensayo, la narrativa, el reportaje periodístico, la poesía, el testimonio histórico. Estamos preparándonos como se debe para conmemorar esa fecha significativa de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

Antes que todo, hay decir que el libro es expresión creativa producto de un trabajo del intelecto cuya sumatoria forma parte del ser nacional; permite conocernos, descubrir nuestras señales de identidad nacional que debemos divulgar a donde quiera que haya connacionales o investigadores de la realidad salvadoreña. Y es así que hemos entrado con fuerza al proceso de la era tecnológica.

En Facebook contamos con 5,300 seguidores que se informan a diario en esa plataforma digital. En Twitter sumamos 900 personas siguiendo los pasos informativos de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Y lo hemos logrado en menos de dos años de divulgación institucional, abriéndonos paso, sin mayor bullicio, hacia la visión institucional. Incluso superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos para la comunicación y con más años en la ruta tecnológica.

A esto agregamos las 3,000 visitas mensuales al sitio web Binaes.gob.sv, por el cual ofrecemos información básica a usuarios que nos buscan en cualquier lugar del mundo donde se encuentren.

Así comenzamos la conmemoración del siglo y medio de existencia en que ha jugado su rol el equipo informático de la biblioteca, junto al personal de recursos técnicos. Ambos en asocio trabajan fuera de tiempo laboral para crear un sistema de administración bibliotecaria KOHA, cuyo precio tiene costos inalcanzables para nuestro presupuesto.

No podemos ufanarnos de tales logros sin tener en mente el recuerdo de Francisco Gavidia (1865-1955), cuyo nombre lleva nuestra Biblioteca Nacional, que suma un resultado más: proyecta por dos plataformas informáticas los recursos históricos patrimoniales, la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano y REDICCES, (consorcio de una docena de universidades salvadoreñas).

Nos inspiramos en el humanista por antonomasia Gavidia, quien de 19 años recibió (1882) en su casa a Rubén Darío, de 17 años. Precoces ambos, Gavidia, investigador desde su adolescencia, y Darío, poeta niño. Dicha amistad contribuyó a la literatura universal, resultado cultural fraterno salvadoreño y nicaragüense.

Conocidas las dotes poéticas de Darío, había sido invitado por el presidente salvadoreño. Así lograron encontrarse sin saber que estaban por descubrir las claves de una poesía en castellano no experimentada por los españoles. Investigador precoz, Gavidia estuvo dispuesto a compartir los hallazgos de sonidos y estructuras con su amigo nicaragüense (“Autobiografía de Darío”).

Gavidia, que hablaba francés, dio a conocer a su amigo su traducción al español del poema “Stella”, de Víctor Hugo, leyó en voz alta para que el poeta percibiera lo novedoso del ritmo y quiebre del verso, y que fueron “descubiertos por mí al oído”, dice el salvadoreño. Entonces el poeta nicaragüense inició su aventura luminosa para renovar la poesía.

La realidad social mantuvo en su entorno nacional al humanista, navegando las utopías de la palabra en el mar tenebroso de un autoritarismo que divorciado de la creatividad y del pensamiento crítico. El nicaragüense optó por recorrer el mundo. Aventurero y genial, partió a Chile y Argentina, España y Francia para redescubrir la poesía castellana.

Gavidia se refugió en su casa estudiando los clásicos y el ser nacional para proyectarlo en sus aguas tormentosas.
“Yo había oído leer poesía francesa a franceses… y no me parecían versos de ningún modo, me parecía prosa distribuida en iguales renglones. El misterio no duró mucho tiempo pues sin maestro ni otro auxilio que mi sensualismo pertinaz por el ritmo, acerté a revelar en el interior del verso francés el corazón de la melodía… Feliz con mi hallazgo, leí a quien quiso oírme… Quien me oyó fue Rubén Darío, me prestó atención como yo lo deseaba: una y otra vez parrafadas de versos franceses, un día y otro día; y finalmente leyó (Darío) como yo mismo lo hacía” (Gavidia: “Sobre la versificación de los aeronautas”).

En fin, si tenemos que hablar de Gavidia, se debe hacer referencia necesaria del Príncipe de la Poesía Castellana, hermanos de la palabra estética. Hay que señalar que en el contexto salvadoreño de la época existía un atractivo especial por las bellas artes, en especial por la literatura, como lo comprueban las diferentes publicaciones periódicas de ese fin de siglo XIX. Lo comprueba la invitación que se hace al poeta niño para que se hiciera cargo de dirigir el periódico más importante de la época en El Salvador.

El nicaragüense universal rectificó en sus últimos años de vida los encuentros juveniles. Afirma: “Uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizá sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América Español… (y) surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Sin esa obra autobiográfica de Darío, no tendríamos tanta certeza de la contribución que hizo el salvadoreño al nicaragüense para que renovara la poesía castellana. Por eso, aunque olvidados de Gavidia, la Biblioteca Nacional lleva el nombre de quien hizo un paradigma de la palabra literaria y científica de El Salvador. Nada mejor que la voz del humanista migueleño para acompañarnos para preservar el patrimonio bibliográfico de la nación salvadoreña. Estamos bien acompañados en la institución, el alma mater de las bibliotecas está pronta a cumplir y conmemorar siglo y medio de existencia, que traza una hoja de ruta hacia lo que hemos sido para saber lo que deseamos ser.

Esa memoria histórica de la Biblioteca Nacional fortalece para dar a conocer distintas facetas del esfuerzo institucional que nos lleva a visitar centros escolares o recibirlos en el Centro Histórico. O visitar con la biblioteca móvil las comunidades vulnerables, para llevar libros y lectura a lugares donde no llega una biblioteca. Todo ese proceso mencionado es nuestra mejor celebración del 150.º aniversario de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

Nuestra forma de leer

Va en aumento el número de estudios e investigaciones sobre el impacto que las nuevas tecnologías tienen y tendrán en los hábitos de lectura de las actuales y futuras generaciones. Desde lo más obvio, como la poca lectura de libros en papel, hasta otros aspectos menos analizados, como lo que podrá ser considerado literatura a futuro o la evolución misma del cerebro, las consecuencias de la omnipresencia de la tecnología son todavía impredecibles.
En un artículo publicado en agosto en el periódico The Guardian, Maryanne Wolf, profesora de la UCLA, sostiene que es importante analizar la forma en que la tecnología modifica nuestra lectura comprensiva. La saturación informativa provoca una presión y un sentido de prisa o de urgencia en leer textos, de preferencia cortos, en las redes sociales. Ese sentido de inmediatez hace que adoptemos el hábito de leer por encima, pasando la vista por las líneas para distinguir las palabras claves y terminar pronto.

Wolf sostiene que la lectura superficial incide en el desarrollo de algunos de nuestros más importantes procesos intelectuales y afectivos, como internalizar conocimiento, hacer análisis crítico, generar empatía y construir una opinión propia. Una investigación mencionada por Wolf en su artículo agrega que la lectura superficial impide percibir la profundidad del texto o captar su belleza.

Cabe preguntarse qué pasará a futuro con lo que entendemos hoy por literatura, uno de cuyos atributos es precisamente la belleza, sea a través del lenguaje o de la manera de contar una historia. En una columna de meses atrás comenté ya cómo la tendencia de los adolescentes actuales es leer historias en aplicaciones telefónicas, siendo el celular algo así como la central de mando de gran parte de su actividad pública y privada. Es común que cuando se les pregunta a los jóvenes si leen responden que sí, argumentando que lo leído en pantallas también cuenta como lectura. Su interés más grande es encontrar historias con las cuales sentirse identificados, que reflejen su cotidianidad. La forma, es decir, las sutilezas de las técnicas literarias, son relegadas a un segundo plano. Para ellos predomina el contenido.

El artículo de Wolf también menciona la incidencia que tiene para el proceso cognitivo leer en papel o en dispositivos digitales. El tacto y la vista activan otras funciones que complementan la experiencia mental. Estudios hechos con grupos que leyeron el mismo libro pero en medios de lectura diferente demostraron que quienes leyeron en papel no solo habían comprendido y asimilado mejor el texto, sino que habían disfrutado la experiencia más que quienes leyeron a través de una pantalla.

Este tipo de información es útil para sustentar la necesidad de emprender reformas educativas radicales, de manera que las futuras generaciones no pierdan funciones cognitivas y sensibilidades importantes. Se debe pensar en una nueva forma de enseñar materias como lenguaje, lectura y literatura. Lo vital durante los años formativos es seducir a los futuros lectores permitiéndoles acceso a todo tipo de libros, aun aquellos que puedan parecer demasiado complicados para determinadas edades. Pero su libre acceso a textos les permitirá encontrar las lecturas adecuadas para su nivel de entendimiento e interés.

Alguien que lea de manera superficial en primaria y secundaria tendrá muchas dificultades para realizar estudios superiores, no solamente en su habilidad lectora, sino también en su desenvolvimiento académico. Sin duda, esto afectará su desempeño laboral y, por ende, su calidad de vida.

Deberán implementarse métodos pedagógicos que permitan a los maestros tomar ventaja plena de los dispositivos y las aplicaciones necesarios no solo para seducir al estudiantado, sino también, y sobre todo, para construir hábitos de lectura comprensiva y analítica, condiciones necesarias para la formación de adultos pensantes, críticos y propositivos.

Como escritora, estas consideraciones siempre me hacen cuestionar y poner en perspectiva los temas de mi narrativa y la forma de abordarlos. ¿Debe el escritor enfocarse en escribir según los nuevos paradigmas? ¿Debe el escritor sacrificar la profundidad y la belleza del lenguaje de una obra para limitarse a contar una historia en términos menos complicados pero de mejor entendimiento para el común de las personas? ¿O debe continuar adelante con su proceso y sus búsquedas personales, sin tomar en cuenta este tipo de demandas?

Vivo y concibo el ejercicio de la escritura como una forma de vida y de pensamiento. El escritor plantea dudas, busca respuestas, encuentra belleza en el sonido de una palabra o desahoga rabias, ambiciones, imaginaciones y deseos sobre el papel. Aunque dicho “papel” resulte ser una pantalla. Desviar la narrativa personal para adaptarla y complacer el gusto lector mayoritario sería, según mi perspectiva, contravenir la esencia misma de la escritura.
En el artículo, Wolf menciona algo escrito por Sherry Turkle, académica de MIT: “No erramos como sociedad cuando innovamos, sino cuando ignoramos lo que interrumpimos o disminuimos”.

Pensemos en cómo el cerebro humano fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy. Cómo ciertas partes del cerebro fueron cambiando de tamaño y adaptando sus circuitos nerviosos, y cómo el mismo cuerpo físico se fue adaptando y modificando a sí mismo para llegar a lo que somos hoy en día. Pasaron años de evolución para que dejáramos de emitir gruñidos y fuéramos capaces de articular lenguaje, pensamiento y escritura, todo por la necesidad de mejorar la comunicación a medida que el entorno y la sobrevivencia así lo demandaban.

Pienso en las pinturas rupestres, en las imágenes y las técnicas utilizadas para hacerlas. Estoy convencida de que para nuestros ancestros, aquellos dibujos eran una forma primaria de contar algo. O quizás eran un ejercicio de asombro al descubrir o probar las propiedades de algunos pigmentos y lo que se podía lograr con ellos, convirtiendo las rocas en los lienzos de sus pinturas, como ocurrió en la cueva de Chauvet, en Francia, y la Cueva de las Manos en río Pintura, Argentina.

Que la tecnología sirva para construir mentes críticas, socializar el conocimiento y mejorar nuestras condiciones de vida. No para mutarnos en zombis obedientes y sin criterio propio