Mosaico mundialista

Es posible que al momento de leer esto, usted ya sepa quién es el nuevo campeón mundial de fútbol. Hoy se juega el partido final de Rusia 2018. A la hora de entregar esta columna a edición, solamente conozco los cuatro finalistas. No diré “que gane el mejor”, porque en el juego, al igual que en la vida muchas veces es la suerte la que termina decidiendo las cosas, a pesar de nuestro mejor esfuerzo e intenciones.

No tengo la menor idea de quién ganará. Quizás sea Croacia, pero ya no apuesto por nadie. Si algo tuvo este mundial fue sorpresas y eliminaciones inesperadas. Viendo los primeros partidos, me gustaron los equipos de Islandia, Senegal y Egipto, pero terminaron marchándose. Mi favorito permanente, Alemania, no pasó ni a octavos de final. Otros favoritos míos (Brasil y Argentina) también quedaron en el camino. Esas eliminaciones me hicieron perder interés para el resto del campeonato.

Durante cada mundial, me resulta inevitable recordar los vistos durante mi infancia y adolescencia. En casa nadie era seguidor de ningún deporte. Pero las competencias internacionales como peleas de boxeo, las Olimpíadas y la Copa de Fútbol eran sucesos importantes en un tiempo en que la comunicación estaba limitada al teléfono de línea fija, los periódicos en papel y las ocasionales transmisiones televisivas vía satélite. Para un país como el nuestro donde la televisión transmitía pocas horas al día, ver en directo un evento internacional era de las escasas oportunidades en que parecíamos conectar con el resto del mundo.

En casa le íbamos a Alemania en el fútbol, primero porque es el país de mi madre, pero también porque tenían equipos excelentes. Luego caigo en la cuenta de que tuve el privilegio de ver el fútbol de una época dorada. Recuerdo a Pelé. Recuerdo a la holandesa “Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. Recuerdo la selección argentina de César Luis Menotti con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini y Luque. Recuerdo a Món Martínez y a Pipo Rodríguez con la selección salvadoreña que viajó a México 70. Recuerdo a Franz Beckenbauer y a Gerd Müller. Recuerdo la lluvia de confeti celeste y blanco que cayó en las graderías del estadio Monumental de Buenos Aires, cuando Argentina venció a Holanda 3 a 1, motivo por el que mi enojada madre nos dejó de hablar un par de días a mi padre y a mí, porque ella le iba a los europeos y nosotros a los argentinos.

Desde aquel tiempo, he seguido de vez en cuando los mundiales, pero no he sentido mayor afinidad por ningún equipo, quizás porque el deporte mismo ha cambiado. El fútbol de los años setenta era más movido, más rápido, más agresivo y a veces hasta rudo. Era menos frío, menos calculado que el de hoy en día. O por lo menos, así me parece.
Pero no todo ha sido pérdida. Una de las cosas divertidas que tuvo Rusia 2018 fueron los memes en internet. Mi favorito: el del director técnico de Brasil, Tite, corriendo. Otros graciosos fueron los de Neymar con sus interminables caídas y exageradas muecas de dolor. Podría ser el capitán de una selección llamada los “Drama Kings” o competir para ganar un Óscar.
Siempre hay personas que reniegan de este tipo de eventos y que además confrontan a quienes los siguen acusándonos de muchas cosas, desde “solo gente tonta pierde el tiempo viendo a 22 hombres correr detrás de una pelota” hasta “estás viendo fútbol mientras en equis país están matando gente”. No creo que ver a 22 hombres correr detrás de una pelota haga más tonto a nadie ni que agrave la situación mundial.

Por lo contrario, estos eventos me hacen reflexionar sobre la humanidad, sobre por qué nos gusta jugar y competir contra otros; sobre cómo se desbordan las pasiones cuando se gana o se pierde; sobre la pureza en las lágrimas de los niños que lloran la derrota de sus equipos con auténtico dolor y que le parte el corazón hasta al más duro; sobre los miembros de las barras que, después de terminados los partidos, se quedaban para limpiar la basura de las graderías; y sobre cómo, de muchas maneras, un deporte puede ser también una metáfora sobre la vida.

Gustar del fútbol no tiene por qué ser excluyente de nuestras preocupaciones sociales ni nos convierte en insensibles. Gritar un gol no significa que no estemos pendientes de los niños enjaulados por el gobierno de Donald Trump, de la represión de las protestas civiles en Nicaragua o de la falta de información sobre el caso de la agente policial Carla Ayala.
Es cierto que no se puede idealizar el mundo del fútbol profesional. Al igual que en cualquier institución que mueve miles de millones de dólares, el deporte saca a relucir lo peor del ser humano en forma de corrupción, mafias y abusos de poder, pero también saca a flote algo de lo mejor que somos, de maneras insospechadas.

Un ejemplo de esto es la historia de los colombianos José Richard Gallego y César Daza. Gallego quedó sordo y ciego desde hace años a consecuencia de una enfermedad. Pero Daza aprendió lenguaje de señas y entre ambos inventaron un sistema para que Gallego pueda enterarse de lo que pasa: Daza mira los partidos y mueve las manos de Gallego dentro de un tablero que representa el engramado, según se van dando las jugadas reales. Si meten gol, ambos levantan los brazos. Cuando eso ocurre, la expresión de júbilo en el rostro de ambos, no tiene precio.
Un juego que logre cultivar gestos de camaradería, amistad y lealtad como el mencionado, no atonta a nadie. Por el contrario, es el fanatismo la causa de la estupidez y la ofuscación que nos impide dialogar, escucharnos y convivir como iguales, y no como enemigos de nosotros mismos, sin importar el deporte, la ideología o el asunto que está en discusión.

Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.

Ha nacido una ceiba

Ha nacido una ceiba en el fondo de mi jardín. En realidad, no es un jardín. Es un pequeño patio interior, que está embaldosado. Ahí tengo macetas con plantas variadas. Debido a la altura de los muros y las paredes de la casa, el patio no recibe sol por las mañanas. Por ello, no siempre se dan bien las plantas de flores.

Las que han prosperado son una begonia roja y otra que conozco con el nombre de “gotas de sangre”. Pero eso ha tomado años de cuido y han sufrido más de algún altibajo. También han floreado unas orquídeas blancas, pequeñas, por las cuales nadie daba un centavo, nadie más que yo, quien insistió en cuidarlas hasta que brotaron unas flores en forma de estrellas blancas y amarillas.

La falta de sol en el patio me obligó a sembrar plantas de sombra, sobre todo helechos, mala madre y papiros. Cuando llueve, los helechos se ponen espectaculares. Los verdes son más intensos. Todo crece a una velocidad pasmosa. Exuberante, salvaje, frondoso. La llamada mala yerba brota en las macetas y todo rebalsa de retoños y hojas nuevas que se enredan y confunden entre sí.

En medio de ese desorden vegetal, en la maceta donde intento desde hace más de un año resucitar a una hortensia (que cada tanto tiempo le cae una plaga y que jamás ha dado una buena flor), descubrí una planta nueva que fue creciendo y echando hojas bastante rápido. No podía identificarla, pero algo me decía que era una planta útil. Parecía yuca, parecía papaya, pero siempre había un detalle que descartaba mis suposiciones.

Le pregunté a don Héctor, mi jardinero. Me dijo que es una ceiba. No me lo podía creer. “¿Está seguro?”, insistí. Sin dudar me dijo que sí y me lo demostró: el tronquito tiene espinas verdes, detalle que no había notado. Seguía sin creerlo. ¿Cómo es posible que surja una ceiba en una maceta? Me explicó que las semillas son pequeñas y livianas, que vuelan fácilmente con el viento.

En centésimas de segundo imaginé el desarrollo completo del árbol. Aunque me encantaba la idea de tener una ceiba en el patio de mi casa, la burbuja de mi ensueño reventó rápido y volví a la realidad. Tener una ceiba en mi patio es imposible. No hay espacio. Resignada le pedí que la sacara, que se la llevara y la sembrara en un lugar donde pudiera crecer a sus anchas.

Me dijo que podía cultivar la ceiba en maceta. Que se podía utilizar la misma técnica del bonsái y que se le podían ir cortando las raíces de manera que quedara pequeño. La idea me pareció genial, pero volví a dudar. Dijo que ya lo había hecho alguna vez, que funcionaba, que la ceiba crecería pero se mantendría pequeña. Todo es cosa de comprarle una maceta más grande y trasplantarla. Acordamos hacerlo.

Terminamos hablando sobre la ceiba del parque de Antiguo Cuscatlán. Sobre la enfermedad que tiene. Me explica que las ceibas, aunque son grandes y se miran fuertes, tienen una madera muy porosa, lo que las hace susceptibles a los hongos. Además, agrega, la ahogó el cemento y el asfalto de las construcciones a su alrededor.

Originario de Antiguo, don Héctor me cuenta que conoce ese árbol desde años atrás, cuando había menos urbanización en la zona. Quién sabe los recuerdos que se le cruzaron por la mente, porque entonces me dice: “Imagínese ese árbol, cuántos años tiene”. Hace una pausa. “Ése árbol nos conoce las historias a todos los que han pasado por aquí y a todos los que hemos vivido aquí. Imagínese eso”.

Hice caso e imaginé a los antiguos ir y venir de esta zona, y a la ceiba, como un testigo vegetal, mudo y magnífico, de nuestro minúsculo paso por este tiempo y por esta franja de suelo. Acaso la larga vida de estos árboles fue la que hizo que los mayas lo consideraran un árbol sagrado, cuyas raíces podían llegar hasta el inframundo y cuyas ramas podían crecer y elevarse hasta alcanzar la morada de los dioses.

Luego hablamos de murciélagos y colibríes. Hablamos de pájaros que ahora hacen sus nidos en lugares insólitos, porque nosotros los humanos, el más grande depredador de la naturaleza, estamos destruyendo todos los espacios verdes con nuestro retorcido concepto de “progreso y desarrollo”. Me contó de cómo, cuando almuerza, siempre pide una ración doble de arroz: una para comérsela él y otra para dársela a un grupo de pájaros que lo esperan cada mediodía y se alborotan si no está puntual con la comida.

Cuando el poeta y cineasta francés Jean Cocteau estuvo internado en la clínica de Saint Claud, escribió un diario que publicó en 1930, con el título de “Opio, diario de una desintoxicación”. De ese libro, siempre me impresiona cuando Cocteau habla de su relación con el opio y de cómo eso le permitió comprender el estado vegetal: “A través de él (el opio) obtendremos una idea de la velocidad distinta de las plantas”.

Siempre pienso en esa velocidad y de cómo quienes se relacionan de cerca con la naturaleza pueden sentirla y comprenderla. Estoy convencida de que algo de esa velocidad vegetal se contagia al espíritu de quienes cuidan jardines, quienes suelen emanar una serenidad que (imagino) les es transmitida por el frecuente contacto con la tierra, con las plantas y con toda la vida animal que amparan a su alrededor. A su vez, ese contacto les ha permitido acumular un tipo de sabiduría que subestimamos por sencilla, pero que encierra pequeñas y grandes verdades de la vida.

Recuerde el lector las ceibas que ha visto en su vida, las más antiguas, las más altas, las de tronco más grueso. Deténgase a observar una. Y reflexione sobre eso que dijo don Héctor, en el tiempo que tienen de estar ahí, observándonos ir y venir, testigos centenarios y mudos de nuestros quebrantos y alegrías.

Historias urbanas populares

Hay tanto que decir sobre las calles de San Salvador. Últimamente se están dando los primeros pasos para dignificar nuestra raíz original. En las redes sociales he mostrado imágenes de cientos de jóvenes que han visitado en los últimos meses esa zona relegada; conste, solo se han renovado cerca de 5 manzanas, y necesitamos su resurrección de lo que quedó después del terremoto de 1986.

El abandono es una paradoja al confrontarlo con las percepciones de investigadores o turistas que vienen de ciudades más desarrolladas, quienes buscan en nuestro Centro Histórico una realidad novedosa. Expongo dos casos para comprobar esas opiniones positivas: una del investigador español Antonio García Espada, quien hizo un estudio de la arquitectura “art nouveau” de la zona, que pareciera emerger como un jardín de lirios en un espacio sucio y destartalado.

El doctor Espada lo comprueba con fotografías, para lo cual incursionó más allá de los enlaminados y parasoles de la pequeña empresa informal que hacen invisible la riqueza arquitectónica. El académico descubre la belleza de ciertas edificaciones, “que puede ser orgullo de Latinoamérica”, nos dice Espada. Sí; antes del terremoto de 1917 San Salvador fue llamado “un pequeño París de Centroamérica”.

Otro experto español piensa algo similar. Dice que después de entrar a la iglesia de El Rosario le dieron deseos de habitarla por siempre para disfrutarla todo el tiempo. Comprobémoslo: los invito a visitar esa iglesia. Toda ella es una escultura producida por las manos mágicas del escultor Rubén Martínez. Hay que verla por dentro.
Mi emoción como usuario generacional de otras épocas no tiene límites. El turista extranjero necesita conocer monumentos históricos, lo novedoso de una ciudad. Redescubramos lo que no ven los ojos de la indiferencia.

Y como visitante, enriquecido por el Centro Histórico, paso a otro punto relacionado con la misma zona. Sucedió en mi última incursión para buscar un ejemplar de la edición agotada de “Los poetas del mal”.

En esta función ciudadana y callejera me he detenido en una librería que yo llamo, con respeto, “de la calle”, libros de segunda lectura, miles de obras. Pese a ser tan grande la exposición, quizás unos 75 metros y 2 de altura en la acera, no veo al expendedor.

No reparo que se encuentra subido en una tarima alta desde donde puede avizorar a los clientes. Al verme, baja por la escalera de la tarima, micrófono en mano. Pregunta si se me ofrece algún título. Respondo que busco “Los poetas del mal”. “¿Es la novela de Manlio Argueta?”, me pregunta. “Así es”, le digo. “O sea es su novela”, lo dice con seriedad; para que no dude me repite los nombres de otras novelas mías.

De repente, habla por el micrófono a sus dos empleados. “Vengan a ver a Manlio Argueta en la calle”. Lo interrumpo y le digo que paso por ese lugar muy seguido. Pero Jacobo, así es su nombre, continúa sorprendido de descubrir a un escritor en la calle.

Ante mi sonrisa dice: “Doy gracias a Dios y a usted, y también a otros escritores, porque me permiten ganarme la vida honradamente promoviendo sus libros”. Ahora soy yo el sorprendido: “¿Gracias a mí también?” Le digo por lo de Dios. Me reitera: “¡Claro!, hay dos o tres escritores que más vendo”. Turbado y para neutralizar su opinión, le digo que me alegra saber que gente de la calle como yo encuentre libros disponibles. Me aclara que, por lo general, son adultos los que les llevan libros a sus hijos. Pero aquí no termina mi sorpresa.

Lo curioso es que, mantenida esa breve conversación, se lleva el micrófono a la boca y habla a uno de sus dos empleados que se encuentran en otro extremo de los 75 metros. “Óscar, vení a ver a Manlio Argueta en la calle”.

Por mi trabajo como cronista literario sé lo valioso de conocer estas vidas, esto me permitió ser varios años un cronista sobre El Salvador, en Europa y Estados Unidos. Llega el empleado, Óscar. Me lo presenta. Pero ante la sorpresa de Jacobo, el joven le dice con seriedad que yo no soy el escritor. El jefe molesto le pregunta por qué lo dice.
El joven responde: “Porque yo lo conozco, ha venido varias veces a comprar libros, y este no es él”. El jefe más fastidiado le dice que no sea tonto. El joven vendedor le dice que puede demostrar que yo no soy el escritor y se dirige a otro extremo a traer una edición con foto en la contraportada. “Mire, compare la foto y a él”.

Esta vez Jacobo pierde la paciencia y le reclama que esa foto no es reciente. El joven no se da por vencido, y le reitera que la última vez le pidió el DUI para demostrar que se trataba del escritor. “Lo conozco”. En posición neutral río por dentro. El joven también sonríe, quizás se está burlando de su patrono.

Esta anécdota me recuerda la película “Kill Bill”, el humor combinado en las escenas más duras. No entendía por qué Tarantino se entretuvo en imágenes, al parecer, sin relación narrativa. Me refiero a cuando Uma Thurman llega a Japón a buscar al experto Hattori Hanzo para que le haga una katana (espada para samuráis), un empleado joven se entromete y le dice al patrono que a una gringa jamás se le debe hacer una katana. Se da una riña entre ambos, Hanzo lo amenaza con golpearlo si se sigue entrometiendo, pues él ya está informado que la Thurman sin ser una samurái está dispuesta a acabar con un asesino. Esta escena produce risa sin saber por qué. Quizás porque se sobrevive en la vida gracias al buen humor en los momentos más dramáticos y trágicos.

Diez años de columna

Con la aparición de la revista dominical Séptimo Sentido, comenzó también esta columna, que ahora cumple nada menos que 10 años. El compromiso de publicar un texto de manera quincenal me ha brindado innumerables lecciones como escritora y como ser humano. El hecho de escribir con la certeza de que alguien va a leer el texto impone una exigencia diferente a la que impone la escritura literaria.

La escritura de ficción es un ejercicio que hago viendo hacia adentro de mí misma, escuchando mi imaginación y mis emociones, y tratando de la manera más fiel posible transcribir eso en palabras. Es una escritura personal, sin concesiones a las modas editoriales, porque los tiempos de escritura y publicación de la ficción son más largos que los de la prensa escrita. No tendría sentido escribir en función de complacer un mercado o una moda pasajera, cuando lo que se quiere es contar una historia que perdure en el tiempo y que nazca del corazón.

Pero la escritura de una columna de opinión implica pensar hacia afuera, con la consciencia de la existencia de lectores de diferentes edades, oficios, creencias y posturas ideológicas. El reto es encontrar los temas y el planteamiento que puedan interesar al mayor número de ellos.

El compromiso de la publicación termina entrenando al columnista en aspectos diferentes a los de la escritura de una obra de ficción. La regularidad de la entrega implica disciplina, no solo para escribirla, sino también para estar en cacería constante de temas posibles de ser tratados. La inminente publicación implica también asumir que no habrá un tiempo de maduración de la idea o del texto, que muchas veces deberá ser entregado sin que el autor quede plenamente satisfecho.

Ha sido esta columna, por encima de mis libros, la que me ha permitido conocer la opinión de quienes los escritores llamamos con orgullo “nuestros lectores”. Esos encuentros e intercambios de opinión que han ocurrido de forma casual en algún lugar público o por correos enviados a este periódico o a mi dirección personal me han servido para definir los temas a tratar, pero sobre todo, para encontrar un tono que, sin traicionar mi propio punto de vista, pueda llegar a un espacio común desde el cual dialogar. La crítica es necesaria, pero también lo es plantear propuestas y destacar logros, cuando sea el caso.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra, donde pensar diferente es tomado como una agresión, me parece importante mantener un tono de sensatez y respeto al emitir nuestras opiniones, sobre todo cuando se tiene un espacio de opinión pública. Lo cortés no quita lo valiente, lo cual implica que para criticar o plantear nuestra opinión no es necesario insultar, descalificar ni agredir a los demás.

Asumo el oficio de columnista como un asunto de mucha responsabilidad. Trato por ello de crear un espacio donde se pueda reflexionar sobre temas que el trajín cotidiano y la coyuntura nacional o internacional relegan a un segundo plano o que no son considerados “importantes” o “urgentes”, como el quehacer cultural.

Una constante durante estos ya 10 años de columna es toparme con lectores que se acercan a comentar alguna de las publicaciones. Hay quienes guardan en su memoria alguna publicada hace varios años y con la que se sintieron identificados, porque coincidía con algún momento particular de sus vidas. Esto suele sorprenderme y conmoverme más de lo que puedo expresar. Muchas veces escribo sobre cosas o asuntos que pienso que a nadie le podrán importar y me sorprende cuando ocurre lo contrario.

En una época donde predomina la cantidad sobre la calidad, donde todo debe ser más grande, más rápido y más breve (porque nadie tiene tiempo ni ganas de leer nada largo ni complicado), es una satisfacción personal saber que algo que escribí ha podido calar en alguien de manera memorable. Son los momentos en que un escritor siente que el esfuerzo de la escritura tiene alguna especie de sentido, sobre todo ahora, en un mundo lleno de herramientas y plataformas que ha convertido en opinadores de cualquier y toda cosa a muchas personas que las utilizan.

En 10 años de escritura de esta columna hubo numerosas ocasiones en que me pregunté si algún día me quedaré sin nada por decir. En que, ya con la amenaza de la hora del cierre encima y sin tener la menor noción de lo que voy a tratar, me aferro a alguna idea peregrina o a algún apunte guardado por ahí. Por eso estoy convencida de que el oficio particular de la columna condiciona un entrenamiento mental que permite el fluir de la escritura, aún en momentos de tensión o premura y en que se siente que la cabeza está totalmente en blanco.

Este ejercicio, estas dudas, estos descubrimientos me han impulsado también a leer a otros escritores que tuvieron columnas y a leer sobre sus procesos creativos. Particularmente interesante fue la lectura de las crónicas de la escritora brasileña Clarice Lispector, quien se cuestionaba si sus textos eran realmente columnas de opinión. Algo que yo también me pregunto cuando escribo notas biográficas sobre escritores o artículos que son más informativos que de opinión en sí. Pero me amparo en el nombre de este espacio, la noción del gabinete de curiosidades, donde se guarda todo para ser “usado después” y que al ser abierto alberga de todo un poco.

El aniversario induce a la reflexión, al recuerdo y también a la gratitud. Gracias a José Luis Sanz y a Héctor Silva Ávalos, quienes pensaron en mí para integrarme a este proyecto desde su inicio. Gracias también a Roberto Valencia, mi primer editor, y a mi editora actual, Glenda Girón. Pero sobre todo, un agradecimiento sincero y muy grande para usted que suele leer estas líneas. Su lectura le da vida a este espacio.

Gracias a todos por estos 10 años.

Las calles de San Salvador

En recuerdo de mi primer libro favorito, “Las mil y una noches”, cada 15 días traigo a la imaginación al niño que leyó Ali Babá y los cuarenta ladrones, Aladino, Simbad, Sherezada… con esa vieja influencia recorro las calles del Centro Histórico de San Salvador. Trato de redescubrir las situaciones benignas de épocas pasadas en una ciudad tranquila. Recorrer ahora las calles de San Salvador permite, también, registrar algunos de sus rasgos históricos contemporáneos, como insumos de mi narrativa histórica que requiere de detectar lo real.

No hubiera podido, por ejemplo, escribir “Cuzcatlán, donde bate la mar del sur” de no tener contacto directo con campesinos salvadoreños refugiados en Costa Rica. Tampoco escribir “Un día en la vida” de no haber visitado en ese mismo hermano país a cinco mujeres humildes. Llegaron a denunciar el estado de sitio de la ciudad de Aguilares –escenas que se pueden ver en la película “Salvador” (sic) del australiano John Duigan–. La entrevista me dio el estímulo creativo.

Volviendo a “Las mil y una noches”, cuyo origen tiene casi 1,200 años, el califa Harún al-Rashid al recorrer las calles de Bagdad, o de Alepo (en las actuales Irak o Siria), se disfrazaba de mendigo y salía a para ver él mismo si se cumplían sus leyes, reparaba en directo los problemas urbanos para no dejarlos en la confianza de sus asesores, que a veces pueden ser de desconfiar. De esa manera el califa le daba respuesta correcta, como gobernante, a los problemas de su pueblo. En mi caso me disfrazo de ciudadano y dejo a un lado el escritorio burocrático para apropiarme de mi hábitat citadino del pasado.

Aunque ahora se pueden hacer recorridos en autos blindados y vidrios polarizados, no es lo mismo, aunque algo es algo. Para ver las desigualdades y los defectos citadinos a la velocidad del vehículo, pues no siempre el cerebro es tan veloz como el vehículo para detectar lo que pasa frente a nuestros ojos.

En ese trajín de mil y una noches me doy cuenta, por ejemplo, de la deshumanización de las pasarelas –tema abordado varias veces, no insistiré por ahora, que no es con mala intención, sino resultado de vacíos humanísticos de funcionarios que alguna vez justifican los atropellos y muertes por no subirse a las atentatorias llamadas pasarelas–. Si alguien muere atropellado es su culpa, por no subirse al horroroso armatoste; y lo peor: en mis consultas la mayoría admite que el funcionario tiene razón, “mueren por su culpa”. Parte sin novedad. Un asesinato más ¿y qué? No olvidar que el de arriba educa o deseduca al de abajo.

Les cuento algunas experiencias personales: intento cruzar una calle ancha y me prometo no correr, pues el semáforo me da vía verde. Una agente de tránsito dirige el paso con un silbato sin darse cuenta de que este escritor ha comenzado a caminar en verde. No le deseo a nadie quedarse esquivando conductores en sus vehículos a alta velocidad, que huyen de sus irrealidades.
Por supuesto que sobreviví, pero aproveché un espacio apropiado para dirigirme a la agente, explicándole que no solo los automovilistas tienen prisa, también el peatón –ignora mi interés por colectar insumos para mi futura novela–. La joven agente, azorada ante mi reclamo me dice: “Disculpe, que le vaya bien”. Ok, por lo menos, no hay que pelearse con la cocinera. Mi consuelo fue que por lo menos podía hacerla reflexionar.

Otra vez, en la avenida Washington, cuando iba a la mitad de calle se adelantó un auto y me quitó el paso. Esto ocurre cientos de veces, pero esta vez iba de malas pulgas y me quedé frente a frente con el conductor, y le hice una ligera seña para que retrocediera. Su mirada de crimen me hizo volver a la realidad. Ni modo, tuve que dar la vuelta por detrás del vehículo.
Una norma para los de pie: nunca pasen delante de un vehículo detenido ante el rojo del semáforo, pues el conductor está atento al verde, y si no sabes saltar, de seguro te va a arrastrar. Porque el peatón carece de libre paso, una anormalidad que se considera normal, pese a que pagamos un fondo de vialidad, impuesto que me da “derecho”, entre otras cosas, de caminar por la calle. Se agregan los vehículos en la acera: es el peatón quien debe bajarse y exponerse a la muerte.

Y si no, veamos los fallecidos por accidentes de tránsito en 2017 hubo 9,462 lesionados y 1,245 fallecidos.
En el primer cuatrimestre de 2018, enero a abril, llevamos 3,288 lesionados y 455 fallecidos. Si hacemos una proyección elemental (o al tanteo, como se dice popularmente) significa que en 2018 tendríamos 9,462 lesionados y 1,465 fallecidos. Horror. Más muertos y discapacitados de por vida. Si hubiese hijos o familia, ¿quién responde por ellos? Se podría decir que el causante directo, la víctima.

Dada la situación económica de la gran mayoría de salvadoreños, una vida puede costar entre $500 a $2,000, si se tiene suerte. Aunque también el Estado debe proteger la vida de sus habitantes o prevenir el riesgo de perderla.

Una propuesta: hacer un llamado a quienes tienen iniciativa de ley. Hay leyes y reglamentos que podrían evitar la tragedia nacional que estamos viviendo. ¿Qué les parece si se elevan las multas y se cobran sin distinguir influencia (recordar a motoristas de buses que llegaron a tener hasta $8,000 de multa)? Y así podemos evitar la incultura de la impunidad.
La clave, en fin, es hacer cumplir la ley. O será el Estado que responderá por esa carga. ¿Y los verdaderos responsables? Esa sería misión de la Sala de lo Constitucional que por ahora dictamina sobre violaciones constitucionales relacionadas con el tema político. Ya vendrá el tiempo de velar por los derechos violentados del ciudadano común, también establecidos en la Constitución.

Una cinemateca, por favor

Ahora que existen diversos fondos concursables para estimular la creación audiovisual en El Salvador (como el premio Pixels, del Ministerio de Economía; el FOMCASS de la Alcaldía de San Salvador y los premios recién otorgados por el Festival Audiovisual Mónica Herrera, de la Universidad del mismo nombre); ahora que existe una Asociación Salvadoreña de Cine (ASCINE); ahora que existen numerosas productoras de audiovisuales que se dedican a la publicidad para sobrevivir, pero entre cuyo personal hay muchos interesados en hacer cine, animación y series; ahora que se impulsa en el país la realización de festivales internacionales de cine, como el de la Alcaldía de San Salvador y el de Suchitoto, ¿no creen que es el momento oportuno para que fundemos una cinemateca?

Muchos de los factores planteados en el párrafo anterior han animado a un grupo de entusiastas connacionales a crear diversos tipos de productos cinematográficos que incluyen documentales, corto y largo metrajes, así como animaciones. Esta efervescencia creativa se ha ido consolidando y creciendo en los últimos años, y puede ser considerada como un movimiento fundacional de lo que (ojalá) a mediano y largo plazo, terminará convertido en una nueva era del cine nacional.

La existencia de una cinemateca serviría no solo para reforzar y estimular estas iniciativas recientes, sino también para llevar el registro y la historia de dichas producciones. Pensemos además en las posibilidades que ofrecería una institución que aparte de conservar y difundir obra cinematográfica nacional, pueda reunir bibliografía referente al cine y a su impacto en nuestra sociedad, y organizar festivales o exhibiciones de películas no comerciales.
En la Sección Tercera del Capítulo VIII de la Ley de Cultura de El Salvador, aprobada en 2016, el Artículo 103, llamado Conservación del Archivo Fílmico, dice textual: “El Estado por medio de la institución que vele por la cultura en el país contará con una cineteca responsable de garantizar el rescate, clasificación, conservación, restauración, preservación y difusión de la obra cinematográfica de El Salvador”.

La reciente formación del Ministerio de Cultura no deja de ser un elemento importante en esto, ya que su cambio de estatus le permitirá solicitar un presupuesto más acorde a sus funciones, incluido el manejo de las diversas instituciones que ampara y la fundación de todas las instancias incluidas en la mencionada ley, todas necesarias para el desarrollo cultural del país. Eso, si la elevación de la cultura a rango ministerial implica también una revalorización de su función en nuestra sociedad y la conciencia de que invertir en ella es una tarea impostergable.
La relación del país con el cine comenzó a inicios del siglo XX, primero como escenario para ser filmado por europeos y luego con las producciones documentales de Virgilio Crisonino y Alfredo Massi. Más adelante comenzarían las producciones de ficción. “Los peces fuera del agua” (1969), de José David Calderón; y “El rostro” (1961), de Alejandro Cotto, son dos de aquellos primeros trabajos. Ambos pueden verse en YouTube.

Una etapa interesante de nuestro cine es lo producido durante la guerra, entre ellos los documentales filmados por las unidades de información y propaganda guerrilleras; un cine realizado en condiciones mínimas y cuyo valor, dentro de un contexto de censura y desinformación, descansaba más en su contenido que en su acabado final.
Cabe destacar que el cine tuvo también una presencia importante entre la ciudadanía y el ámbito cultural del siglo pasado, a través de las múltiples salas que existían en el país y que fueron reemplazadas por las cadenas de cine que surgieron como parte de los nuevos centros comerciales. Los viejos cines perecieron por el desuso y su ubicación en zonas de peligrosidad urbana. Finalmente, muchos de ellos terminaron convertidos en iglesias, supermercados, bodegas de ferretería o derribados para construir cualquier cosa. Una cinemateca, que entre otros roles funciona también como un centro de documentación, podría recopilar fotografías y la historia de cada uno de aquellos cines.

Entiendo que la Ley de Cultura todavía debe pasar o está pasando por un proceso de reglamentación. Ignoro el estado de dicho proceso (sobre el que hasta donde sé, no se ha informado de manera pública) y que puede ser uno de los atrasos en la ejecución del Artículo 103 y otros más. Ignoro también si ya existen pláticas o gestiones en cuanto a la fundación de una cinemateca, pero debido a los vaivenes políticos de nuestro país, sería recomendable que pudiera funcionar a través de un asocio público-privado, para evitar la polarización ideológica y la manipulación tendenciosa de las exhibiciones o del registro y conservación de la obra cinematográfica.

Ojalá la Ley de Cultura no quede en letra muerta y que las autoridades correspondientes sepan diseñar y fundar una institución que se convierta en un estímulo adicional para los productores locales de cine. Ojalá, también, el sector privado, que cuenta con los medios económicos para cofinanciar este tipo de instituciones, comprenda la importancia que tendría un proyecto como este para la sociedad en su conjunto.

A los salvadoreños nos gusta el cine, no cabe duda de eso. En una época en que la mayor parte de nuestras comunicaciones pasan por algún tipo de pantalla, y en que la experiencia de sitios como Netflix y YouTube han modificado la forma en que vemos y producimos cine y televisión, la fundación de una cinemateca es un paso lógico a seguir. Un paso necesario hacia la construcción de una cultura cinéfila, que permita a los espectadores exigir y acceder a un tipo de cine con valor estético y argumental, más allá del cine comercial y de entretenimiento al que nos tienen limitados.

No olvidemos que el registro de nuestra evolución cultural es importante para comprender el contexto, que suele ser obviado a conveniencia por la historia oficial. Documentar este resurgimiento del cine nacional se convierte en un imperativo. Por desgracia no somos un país que valora la documentación y el registro de su historia.
Nunca es tarde para comenzar.

Abriendo paso a la memoria

Hace unos dos años prometí escribir 10 novelas (llevaba siete) para después retornar a la poesía, género que me abrió al corpus literario de El Salvador a los 19 años. Ya cumplí con las 10 novelas, cinco de ellas traducidas a más de dos idiomas. De las 10, tres son inéditas, una de estas honrada por la Guggenheim Foundation de Nueva York.

Amigos escritores, incluyendo Roque Dalton (ver su poema “Postal a Manlio”, “Poesía completa de Roque Dalton”, DPI), me señalaron mi lentitud en escribir; algo que en nuestro medio repercute en inexistencia (algunos se sorprenden de ver a un escritor vivo, pues para ser “escritor” se debe estar muerto). Todo ha sido por mis ausencias de años en los que presenté mis libros (la India, Inglaterra, Suecia, Holanda, Alemania, Estados Unidos, etc.).

Confieso que soy escritor de fines de semana, fiestas de guardar y natalicios familiares, además sacrifico socializar con amigos. Porque la mayor parte de días los dedico a promover el libro, la lectura o custodiar el patrimonio bibliográfico nacional. Implica romper con las cuatro paredes de la oficina, la silla y el escritorio para llevar la biblioteca a la calle y a las comunidades y ver si se contribuye a la reconstrucción social. Mi frase guía para 2018: “Como la montaña no puede venir a ti, tienes que ir a la montaña”.

Pienso que promover el libro y la lectura me será más fácil si me dedico a escribir poesía (dedicaciones de joven adolescente fue la poesía y la matemática, de esta última ya me olvidé). No quiero decir que escribir poemas sea fácil; quizás fácil por exigencias del reloj, pues he dicho muchas veces que escribir poesía es más complejo que escribir novela; esta es más oficio, más profesión; mientras la poesía es vida interior para reconstruirse uno mismo.

La novela exige concentración para mantener el hilo de un libro que, por lo general, puede sobrepasar las 200 páginas, eso la hace difícil para un escritor a quinto tiempo o de quinto mundo. La satisfacción es que cada novela podría equivaler a una tesis doctoral, si tiene mérito para traducirse a varios idiomas. Pero un poemario gradúa en espiritualidad, no exige tesis. Poco importa si el poema es social, amoroso o procaz (como digo de poetas nacidos antes de Cristo: Catulo y Marcial). Lo espiritual no quita lo sensual; toda vez se logre un estado de elevación para no extraviar el poema.

Retiro lo dicho de volver a la poesía al alcanzar 10 novelas. ¿Entonces qué escribiré? Lo mismo que estoy haciendo en estos precisos instantes: trabajar lo que cargo en mi memoria. Sí, memoria y biografía son géneros literarios, de modo que no dejaré la literatura, solo trato de ganar espacios para ir a la montaña. “Hay tiempo para todo” (Eclesiastés).

En 2017, tuve otra frase guía de Alberto Masferrer, escrita hace más de 100 años en “La cultura por medio del libro” (1915), “leer para no ser manipulados”, palabras que parecen radicales si no fuera porque la lectura da lucidez para saber quién miente y quién dice la verdad. El espíritu crítico. Más ahora con la tecnología y las “fakes news” –noticias falsas– con las cuales el más inteligente cae en la trampa.

Todas estas notas me parecen un buen pórtico para escribir momentos privilegiados de mi vida. El mejor ejemplo: recibí mis primeras guías religiosas con un personaje que ya pertenece al mundo y a la eternidad: el padre Óscar Romero; como “padre” lo conocí de niño. Así lo recuerdo en la catedral de San Miguel, cuando un niño perseguía las procesiones desde los ocho años (mi madre decía que yo era niño libre desde los siete años). Al llegar al atrio de la catedral escuchaba sus homilías. Una semana completa con homilías dedicadas a la Virgen de la Paz (cuarta semana de septiembre). Los domingos asistía a sus misas, no importaba que fueran en latín, y al terminar iba a ver dos películas en dos cines diferentes (el Teatro Nacional). Al leer “The end” salía corriendo para llegar a tiempo a la que se exhibía en el Cine Principal.

Aunque mi madre nunca iba a misa, su religiosidad se enriquecía al enviarme a misa y darme 10 centavos para que después pudiera ir a las dos sesiones de películas. En el Nacional, “Los tres chiflados” o de “cowboys”; y en el Principal, dibujos animados.

¡Claro!, ese niño no imaginaba que estaba departiendo con un santo futuro, pues solo era el “padre Romero”. Algo más: en mi adultez he hecho amistad con el hermano del santo: don Gaspar Romero. Mis disculpas porque ha ido a visitarme y no me ha encontrado. Todo por eso de “ir a la montaña”, o “sacar la biblioteca a la calle”. ¿Privilegio o bendición? Depende de ser religioso practicante o creer para conocerse a uno mismo, como el caso de mi madre y yo.

Espero que mis nietos –bastante chicos (ninguno pasa de los 12 años)– puedan decir que su abuelo departió su inocencia con un personaje que pertenece a la eternidad. “No por ser héroe sino por haber dado su vida por los pobres de El Salvador” (cardenal Vicenzo Paglia, postulante del nuevo santo). Sí; hay una gran diferencia conceptual, pues no siempre la palabra del héroe responde a la convicción de dar su vida por lo que cree. Hay héroes y héroes.
El género memorias pienso trabajarlo en dos fases; la primera abriría con estas líneas.

Una segunda exigirá una reflexión total de vida, incluyendo aspectos que quizás no sean de interés público, sino de catarsis personal. Además, debo reflexionar si las memorias valen por lo que ha vivido una persona o por su significado en el entorno social o por su valor literario. Ya hice memorias en un primer intento con “Siglo de o(g)ro”, y “Los poetas del mal”. Pero estos dos libros fueron más ficciones, las escribí para hacer aceptable una realidad que no siempre es bella para nadie.

Una muerte digna

Es irónico cómo viviendo rodeados de tanta muerte y violencia, hablamos poco de ella. Del proceso de la muerte. Del duelo. Del dolor. De la muerte de nuestros seres cercanos. De la muerte de personas en nuestra comunidad, en nuestro territorio geográfico. De nuestra propia muerte.

Es un tema espinoso. No nos gusta asumirnos mortales. No nos gusta asumir que, tarde o temprano, pasaremos por dicho trámite. Todos. Sin excepción alguna. Sin importar las creencias espirituales o filosóficas, nos movemos con incomodidad y rechazo ante la vejez, las enfermedades terminales, los funerales y el duelo mortuorio. La muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos.

Esto hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella. Delegamos en instituciones de diverso tipo el cuidado de las personas en sus procesos de enfermedad y agonía. Pero dichas instituciones se enfocan sobre todo en cuidados de tipo físico. Pocas veces toman en consideración que el paciente tenga una muerte digna. Así mismo, pocas veces toman en consideración el dolor de los seres cercanos.

Tenemos reacciones contradictorias. El trabajo y las ocupaciones de sobrevivencia drenan nuestro tiempo y energía personales, por lo que preferimos o nos vemos obligados a delegar en manos de otros el cuidado de nuestros adultos mayores. Muchas veces se piensa que, pagando un asilo que se haga cargo de la situación, el problema está solucionado. Pero no tener el problema enfrente, a la vista inmediata, no es garantía de que todo marche bien.

Hay demasiadas historias indignantes sobre lo mal que son tratados los adultos mayores en asilos y hospitales, aún en los de pago. Y sin embargo, cuando se recibe un pronóstico de muerte inminente o de una condición irreversible, familiares y médicos insisten en prolongar artificialmente la vida del paciente sin tomar en consideración la dignidad o la voluntad del moribundo. Los familiares se aferran al espejismo de una esperanza, a la negación de la muerte.
Quienes debido a migraciones, guerras, conflictos familiares u otras circunstancias se ven abandonados a la soledad, no tienen más alternativa que la resignación y esperar a ver cuándo, cómo y dónde toca la lotería de la muerte. Muchos mueren en pobreza extrema, en condiciones que una política estatal integral podría evitar.

Más allá de que el sistema público de salud deba garantizar una cama y atención adecuada para quien lo necesite, también deberían existir políticas públicas que brinden la calidad debida al proceso de muerte, no solo desde el punto de vista asistencial, sino también desde el punto de vista humano. Subestimamos la importancia que tiene un gesto empático en un momento de dificultad. Por ejemplo: se otorgan permisos por maternidad, pero no se otorgan permisos para el cuido y acompañamiento de familiares enfermos o para permitir un tiempo para el duelo personal.
Existen un par de movimientos que promueven a escala internacional la construcción de un sistema que mejore esto. En 2005, Allan Kellehear, un experto australiano en salud pública, comenzó a impulsar el concepto de “ciudades compasivas”, convencido de que el proceso del final de la vida no debería ser un asunto exclusivo de los hospitales y asilos.

Entre los objetivos de las ciudades compasivas están no solo la implementación de políticas públicas que permitan el acompañamiento familiar o afectivo de los enfermos, sino también un proceso educativo para que niños y jóvenes puedan enfrentar sus propios procesos de duelo. Contempla, además, medidas para extender todo tipo de cuidados paliativos a sectores que, por lo general, no cuentan con los recursos económicos para financiarlos, como la población de las cárceles y los asilos públicos.

Colombia es la pionera latinoamericana en implementarlo. Cali, Bogotá, Fusagasugá y Medellín son las cuatro primeras ciudades en las que se busca fomentar esta participación de los ciudadanos como parte esencial de los cuidados paliativos y una muerte digna en procesos de enfermedad avanzada.

Para otras personas, la dignidad en la muerte se interpreta como la posibilidad de terminar la vida propia en el momento deseado, antes de que el deterioro físico o mental de la edad o la enfermedad los reduzca a no tener lucidez y perder el control sobre sus decisiones, sobre su movilidad y sobre su calidad de vida.

Dicha discusión se avivó de nuevo a raíz de la muerte de David Goodall, un botánico y ecologista australiano de 104 años que viajó a Suiza para someterse a un suicidio asistido. La eutanasia voluntaria es legal en ese país, así como en Canadá, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y algunos estados de Estados Unidos.

Goodall no estaba enfermo y conservó su lucidez hasta el último momento, pero su calidad de vida se había deteriorado debido a las limitaciones físicas de su edad. Pese a haber trabajado en una universidad australiana hasta los 102 años, no se sentía feliz y su vida había perdido todo sentido, según él mismo explicó.

En una conferencia de prensa previa a su muerte, el científico dijo: “Una vez que se pasa la edad de 50 o 60 años, uno debería ser libre de decidir por sí mismo si quiere seguir viviendo o no”. Goodall dijo que le gustaría ser recordado “como un instrumento para liberar a los ancianos y que puedan elegir su propia muerte”. Esperaba que su acto pueda impulsar a la reflexión para que más países adopten la legalización de la eutanasia voluntaria.

Vivimos en una época que nos impone un código superficial de belleza, juventud, actitud, fortaleza, felicidad a niveles donde la frontera con la mezquindad, la altanería, el narcisismo, la impasibilidad y la crueldad está a un pelo de distancia. Con demasiada frecuencia olvidamos el factor humano, ese que nos hermana a todos. Nuestras vidas encuentran su punto común en nuestra mortalidad, aunque no queramos admitirlo.

Lo menos que se le puede pedir a la vida, después de haber pagado nuestro correspondiente impuesto de dolor por vivirla, es una muerte con dignidad, ¿no les parece?
Pensemos en ello.

¿Por qué y para qué la poesía?

El 14 de mayo se celebra el Día Nacional de la Poesía y conmemora el natalicio del poeta Roque Dalton, por decreto legislativo. Ante esta celebración, he reflexionado sobre la poesía. Por qué se le rehúye y no se lee. ¿Por qué las editoriales no quieren publicarla, y se da un círculo más pernicioso que vicioso: no se publica porque no se lee; no se lee porque no se publica.

Además, es el día de toda la poesía salvadoreña y no de los poetas. Ojo, no hay asueto, pues se celebra una abstracción. Aunque si reflexionamos sobre poetas, debemos recordar a Claudia Lars, Vicente Rosales, Oswaldo Escobar Velado, Claribel Alegría, Hugo Lindo y otros que se nos adelantaron.

A propósito del día 14 de mayo, mi último libro publicado se titula “Los poetas del mal”, como se agotó la edición lo considero inédito, y para colmo me quedé sin mi ejemplar (así como conservo algunas traducciones, pero otras las he extraviado). Y para más pena, un crítico de Norteamérica dice que conoce toda mi novela y cree que este es el mejor libro que he escrito. Me llega. Aunque tengo tres novelas sin publicar y pienso que alguna de ellas puede competir con las otras siete novelas ya editadas.

Escribo lo anterior porque tanto sociólogos, politólogos y antropólogos pueden dar una respuesta sobre este problemas humanístico, las preguntas del título de este trabajo. Para comenzar cito a un gran escritor de Argentina, (pese a no dejar ningún libro de poesía). “Yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron el mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena”, Robert Arlt (1900-1942).

De la antigüedad, solo cito algunos poetas que vivieron antes de la era cristiana, estoy seguro de que todas las generaciones de jóvenes los conocen por estar en los programas educativos. El caso de Homero (siglo VIII antes de Cristo); Hesíodo, casi de la misma fecha; Esopo, Esquilo, Píndaro y Sófocles, Virgilio y Horacio, todos vivieron antes de la era cristiana. Se leen por obligación cultural: Homero sobrevive porque contribuyó a plasmar la historia, pedagogía y cultura de la época, a lo que hemos dado continuidad. Siguen vigentes porque no cabe duda que forman parte del desarrollo educativo occidental.

Luego vinieron dos poetas de principios de nuestra era, el poeta latino Catulo y el poeta hispano Marcial (40 antes de C.; 104 después de C.), este último menos lascivo, procaz y más satírico contra los emperadores. Son así los más fuertes “poetas sociales” de todos los tiempos, incluso hay poemas que por sus imprecaciones e inventivas no me atrevo a transcribir; atacan con burla, mordacidad y lascivia al sector gobernante.

Ante ellos, el marqués de Sade, Henry Miller y el poeta contemporáneo Bukowski son unos angelitos. Algunos poemas de Catulo estuvieron censurados hasta el siglo XX. Además de burlarse del poderío imperial y de la política corrupta, los comentaristas de la época al analizar a Catulo decían que “el poeta puede ser una persona respetable, pero no así sus poemas”.

El poeta maldito, contemporáneo, y estudiado en el mundo Charles Baudelaire decía: “Un buen poeta debe ser una mala persona”. En fin, pese a ser poetas que causaron escozor a la sociedad, sus poemas se proyectaron desde lejanos siglos hasta el renacimiento y al romanticismo, clave para el desarrollo humanístico, para una disciplina de valores que forman la sensibilidad y condición humana que permite reformas culturales y educativas hasta el momento. Y una paradoja: los emperadores y sus favoritas se recuerdan porque los poetas los mencionan. Su poesía sobrevive los siglos y por eso se les califica como clásicos.

Puntualizo en el contexto centroamericano con mi novela “Los poetas del mal”, el personaje Henri Michó pregunta a Pablo Vallejo si los poemas necesitan un hábitat parecido al infierno patrio. Ratifica: “Amamos nuestro infierno”. Y con este argumento se niegan a emigrar. Y luego proclaman contenidos que recuerdan la “Carta a los patriotas” de Salarrué. O la narrativa de Robert Arlt. Dice Pablo Asturias: “Mi patria es el paisaje producido por la basura, las casas de hojalata y cartón o de papel periódico, los ríos contaminados con heces fecales, o con metales venenosos de la industria tercermundista”. Aun así, reafirma, “el deber indica quedarse entre las llamas para contribuir a apagarlas, aunque sea con un buchito de agua”. Para el personaje Michó, los poetas centroamericanos dictan su inmolación desde que adquieren certificado de nacimiento. Octavio Vallejo se siente obligado a prevenir, acepta la vida amando a Góngora y a Quevedo para perder temor a la muerte. “… el único camino es imponer nuestra cordura y huir de la agonía que se nos receta”.

Henry Michó prefiere destruirse a ser destruido, quiere morir inédito como Kafka, y ama a los poetas suicidas: a Mayakovski, Esenin, Silvia Patz, la Storni, Chema Arguedas, Horacio Quiroga, Asunción Silva, Primo Levi, Jonathan Swift.

La grandeza de Kafka, dice Pablo Asturias, es que hizo literatura al margen de sus miedos, pero exigió la quema de su obra nunca publicada. Michó: “Max Brod su gran amigo a quien le hizo la recomendación, no cumplió la promesa y de esa manera Kafka escribe los libros y Brod inventa el kafkianismo”.

Para Octavio Vallejo el poeta es un fantasma histérico de la sociedad; Michó le replica: “Quisiste decir fantasma histórico”. Vallejo: “Es igual, el histerismo es el signo dominante de la historia”.

Pero hablemos también de nuestros antepasados americanos originarios: si hay un Día de la Poesía pensemos en Nezahualcóyotl (1402-1442), antes de que llegaran los españoles a América. Para qué y por qué escribieron. Por qué seguimos leyéndolos y escribiendo sobre ellos.

Bueno, poetas, hay tanto para reflexionar este 14 de mayo.

P. D.: En anterior columna dije que la tecnología ni el libro son innovación. Claro que nos dan oportunidad de crear conocimiento y aprendizajes, pero como herramientas para generar capacidades. No sirven de nada si solo son objetos decorativos