Una muerte digna

Es irónico cómo viviendo rodeados de tanta muerte y violencia, hablamos poco de ella. Del proceso de la muerte. Del duelo. Del dolor. De la muerte de nuestros seres cercanos. De la muerte de personas en nuestra comunidad, en nuestro territorio geográfico. De nuestra propia muerte.

Es un tema espinoso. No nos gusta asumirnos mortales. No nos gusta asumir que, tarde o temprano, pasaremos por dicho trámite. Todos. Sin excepción alguna. Sin importar las creencias espirituales o filosóficas, nos movemos con incomodidad y rechazo ante la vejez, las enfermedades terminales, los funerales y el duelo mortuorio. La muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos.

Esto hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella. Delegamos en instituciones de diverso tipo el cuidado de las personas en sus procesos de enfermedad y agonía. Pero dichas instituciones se enfocan sobre todo en cuidados de tipo físico. Pocas veces toman en consideración que el paciente tenga una muerte digna. Así mismo, pocas veces toman en consideración el dolor de los seres cercanos.

Tenemos reacciones contradictorias. El trabajo y las ocupaciones de sobrevivencia drenan nuestro tiempo y energía personales, por lo que preferimos o nos vemos obligados a delegar en manos de otros el cuidado de nuestros adultos mayores. Muchas veces se piensa que, pagando un asilo que se haga cargo de la situación, el problema está solucionado. Pero no tener el problema enfrente, a la vista inmediata, no es garantía de que todo marche bien.

Hay demasiadas historias indignantes sobre lo mal que son tratados los adultos mayores en asilos y hospitales, aún en los de pago. Y sin embargo, cuando se recibe un pronóstico de muerte inminente o de una condición irreversible, familiares y médicos insisten en prolongar artificialmente la vida del paciente sin tomar en consideración la dignidad o la voluntad del moribundo. Los familiares se aferran al espejismo de una esperanza, a la negación de la muerte.
Quienes debido a migraciones, guerras, conflictos familiares u otras circunstancias se ven abandonados a la soledad, no tienen más alternativa que la resignación y esperar a ver cuándo, cómo y dónde toca la lotería de la muerte. Muchos mueren en pobreza extrema, en condiciones que una política estatal integral podría evitar.

Más allá de que el sistema público de salud deba garantizar una cama y atención adecuada para quien lo necesite, también deberían existir políticas públicas que brinden la calidad debida al proceso de muerte, no solo desde el punto de vista asistencial, sino también desde el punto de vista humano. Subestimamos la importancia que tiene un gesto empático en un momento de dificultad. Por ejemplo: se otorgan permisos por maternidad, pero no se otorgan permisos para el cuido y acompañamiento de familiares enfermos o para permitir un tiempo para el duelo personal.
Existen un par de movimientos que promueven a escala internacional la construcción de un sistema que mejore esto. En 2005, Allan Kellehear, un experto australiano en salud pública, comenzó a impulsar el concepto de “ciudades compasivas”, convencido de que el proceso del final de la vida no debería ser un asunto exclusivo de los hospitales y asilos.

Entre los objetivos de las ciudades compasivas están no solo la implementación de políticas públicas que permitan el acompañamiento familiar o afectivo de los enfermos, sino también un proceso educativo para que niños y jóvenes puedan enfrentar sus propios procesos de duelo. Contempla, además, medidas para extender todo tipo de cuidados paliativos a sectores que, por lo general, no cuentan con los recursos económicos para financiarlos, como la población de las cárceles y los asilos públicos.

Colombia es la pionera latinoamericana en implementarlo. Cali, Bogotá, Fusagasugá y Medellín son las cuatro primeras ciudades en las que se busca fomentar esta participación de los ciudadanos como parte esencial de los cuidados paliativos y una muerte digna en procesos de enfermedad avanzada.

Para otras personas, la dignidad en la muerte se interpreta como la posibilidad de terminar la vida propia en el momento deseado, antes de que el deterioro físico o mental de la edad o la enfermedad los reduzca a no tener lucidez y perder el control sobre sus decisiones, sobre su movilidad y sobre su calidad de vida.

Dicha discusión se avivó de nuevo a raíz de la muerte de David Goodall, un botánico y ecologista australiano de 104 años que viajó a Suiza para someterse a un suicidio asistido. La eutanasia voluntaria es legal en ese país, así como en Canadá, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y algunos estados de Estados Unidos.

Goodall no estaba enfermo y conservó su lucidez hasta el último momento, pero su calidad de vida se había deteriorado debido a las limitaciones físicas de su edad. Pese a haber trabajado en una universidad australiana hasta los 102 años, no se sentía feliz y su vida había perdido todo sentido, según él mismo explicó.

En una conferencia de prensa previa a su muerte, el científico dijo: “Una vez que se pasa la edad de 50 o 60 años, uno debería ser libre de decidir por sí mismo si quiere seguir viviendo o no”. Goodall dijo que le gustaría ser recordado “como un instrumento para liberar a los ancianos y que puedan elegir su propia muerte”. Esperaba que su acto pueda impulsar a la reflexión para que más países adopten la legalización de la eutanasia voluntaria.

Vivimos en una época que nos impone un código superficial de belleza, juventud, actitud, fortaleza, felicidad a niveles donde la frontera con la mezquindad, la altanería, el narcisismo, la impasibilidad y la crueldad está a un pelo de distancia. Con demasiada frecuencia olvidamos el factor humano, ese que nos hermana a todos. Nuestras vidas encuentran su punto común en nuestra mortalidad, aunque no queramos admitirlo.

Lo menos que se le puede pedir a la vida, después de haber pagado nuestro correspondiente impuesto de dolor por vivirla, es una muerte con dignidad, ¿no les parece?
Pensemos en ello.

¿Por qué y para qué la poesía?

El 14 de mayo se celebra el Día Nacional de la Poesía y conmemora el natalicio del poeta Roque Dalton, por decreto legislativo. Ante esta celebración, he reflexionado sobre la poesía. Por qué se le rehúye y no se lee. ¿Por qué las editoriales no quieren publicarla, y se da un círculo más pernicioso que vicioso: no se publica porque no se lee; no se lee porque no se publica.

Además, es el día de toda la poesía salvadoreña y no de los poetas. Ojo, no hay asueto, pues se celebra una abstracción. Aunque si reflexionamos sobre poetas, debemos recordar a Claudia Lars, Vicente Rosales, Oswaldo Escobar Velado, Claribel Alegría, Hugo Lindo y otros que se nos adelantaron.

A propósito del día 14 de mayo, mi último libro publicado se titula “Los poetas del mal”, como se agotó la edición lo considero inédito, y para colmo me quedé sin mi ejemplar (así como conservo algunas traducciones, pero otras las he extraviado). Y para más pena, un crítico de Norteamérica dice que conoce toda mi novela y cree que este es el mejor libro que he escrito. Me llega. Aunque tengo tres novelas sin publicar y pienso que alguna de ellas puede competir con las otras siete novelas ya editadas.

Escribo lo anterior porque tanto sociólogos, politólogos y antropólogos pueden dar una respuesta sobre este problemas humanístico, las preguntas del título de este trabajo. Para comenzar cito a un gran escritor de Argentina, (pese a no dejar ningún libro de poesía). “Yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron el mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena”, Robert Arlt (1900-1942).

De la antigüedad, solo cito algunos poetas que vivieron antes de la era cristiana, estoy seguro de que todas las generaciones de jóvenes los conocen por estar en los programas educativos. El caso de Homero (siglo VIII antes de Cristo); Hesíodo, casi de la misma fecha; Esopo, Esquilo, Píndaro y Sófocles, Virgilio y Horacio, todos vivieron antes de la era cristiana. Se leen por obligación cultural: Homero sobrevive porque contribuyó a plasmar la historia, pedagogía y cultura de la época, a lo que hemos dado continuidad. Siguen vigentes porque no cabe duda que forman parte del desarrollo educativo occidental.

Luego vinieron dos poetas de principios de nuestra era, el poeta latino Catulo y el poeta hispano Marcial (40 antes de C.; 104 después de C.), este último menos lascivo, procaz y más satírico contra los emperadores. Son así los más fuertes “poetas sociales” de todos los tiempos, incluso hay poemas que por sus imprecaciones e inventivas no me atrevo a transcribir; atacan con burla, mordacidad y lascivia al sector gobernante.

Ante ellos, el marqués de Sade, Henry Miller y el poeta contemporáneo Bukowski son unos angelitos. Algunos poemas de Catulo estuvieron censurados hasta el siglo XX. Además de burlarse del poderío imperial y de la política corrupta, los comentaristas de la época al analizar a Catulo decían que “el poeta puede ser una persona respetable, pero no así sus poemas”.

El poeta maldito, contemporáneo, y estudiado en el mundo Charles Baudelaire decía: “Un buen poeta debe ser una mala persona”. En fin, pese a ser poetas que causaron escozor a la sociedad, sus poemas se proyectaron desde lejanos siglos hasta el renacimiento y al romanticismo, clave para el desarrollo humanístico, para una disciplina de valores que forman la sensibilidad y condición humana que permite reformas culturales y educativas hasta el momento. Y una paradoja: los emperadores y sus favoritas se recuerdan porque los poetas los mencionan. Su poesía sobrevive los siglos y por eso se les califica como clásicos.

Puntualizo en el contexto centroamericano con mi novela “Los poetas del mal”, el personaje Henri Michó pregunta a Pablo Vallejo si los poemas necesitan un hábitat parecido al infierno patrio. Ratifica: “Amamos nuestro infierno”. Y con este argumento se niegan a emigrar. Y luego proclaman contenidos que recuerdan la “Carta a los patriotas” de Salarrué. O la narrativa de Robert Arlt. Dice Pablo Asturias: “Mi patria es el paisaje producido por la basura, las casas de hojalata y cartón o de papel periódico, los ríos contaminados con heces fecales, o con metales venenosos de la industria tercermundista”. Aun así, reafirma, “el deber indica quedarse entre las llamas para contribuir a apagarlas, aunque sea con un buchito de agua”. Para el personaje Michó, los poetas centroamericanos dictan su inmolación desde que adquieren certificado de nacimiento. Octavio Vallejo se siente obligado a prevenir, acepta la vida amando a Góngora y a Quevedo para perder temor a la muerte. “… el único camino es imponer nuestra cordura y huir de la agonía que se nos receta”.

Henry Michó prefiere destruirse a ser destruido, quiere morir inédito como Kafka, y ama a los poetas suicidas: a Mayakovski, Esenin, Silvia Patz, la Storni, Chema Arguedas, Horacio Quiroga, Asunción Silva, Primo Levi, Jonathan Swift.

La grandeza de Kafka, dice Pablo Asturias, es que hizo literatura al margen de sus miedos, pero exigió la quema de su obra nunca publicada. Michó: “Max Brod su gran amigo a quien le hizo la recomendación, no cumplió la promesa y de esa manera Kafka escribe los libros y Brod inventa el kafkianismo”.

Para Octavio Vallejo el poeta es un fantasma histérico de la sociedad; Michó le replica: “Quisiste decir fantasma histórico”. Vallejo: “Es igual, el histerismo es el signo dominante de la historia”.

Pero hablemos también de nuestros antepasados americanos originarios: si hay un Día de la Poesía pensemos en Nezahualcóyotl (1402-1442), antes de que llegaran los españoles a América. Para qué y por qué escribieron. Por qué seguimos leyéndolos y escribiendo sobre ellos.

Bueno, poetas, hay tanto para reflexionar este 14 de mayo.

P. D.: En anterior columna dije que la tecnología ni el libro son innovación. Claro que nos dan oportunidad de crear conocimiento y aprendizajes, pero como herramientas para generar capacidades. No sirven de nada si solo son objetos decorativos

Para crear futuros lectores

Hace unos días, el poeta guatemalteco Julio Serrano compartió en Twitter sus impresiones sobre un encuentro que sostuvo con estudiantes de entre 14 y 17 años, con quienes habló sobre libros y lectura. Los estudiantes pertenecen a un colegio de buena reputación académica, bien calificado en Lenguaje.
De los tres grupos con los que Serrano tuvo oportunidad de discutir, a ninguno le interesaba leer literatura, aunque había conciencia plena sobre “la lectura permanente de contenidos en línea” (según los tuits de Serrano).

Casi ninguno de los estudiantes usaba Twitter, muchos ya no tenían Facebook y todos tenían Instagram. Un dato que Serrano destacó como interesante era el hecho de que en los tres grupos, casi la mitad de los estudiantes provienen de una familia lectora. Pese a ello, casi ninguno se consideraba a sí mismo lector.
Según Serrano, los motivos de los estudiantes para no leer es porque les parece aburrido; que si te imponen la lectura (como suele ocurrir en los centros de estudios) se termina por no leer; que es demasiado tiempo para ser dedicado a una sola tarea, cuando se pueden hacer muchas cosas al mismo tiempo; y que los libros no les hablan de su realidad ni de sus intereses.
Al ser preguntados sobre qué les gustaría leer, los estudiantes respondieron que tendría que ser algo cercano a su realidad, a su día a día; que el texto tendría que ser algo breve, que los capture y que tenga formatos interesantes para ellos, “formatos mixtos, como leer en WhatsApp y luego en Instagram”, según dijeron.
Para Serrano, la experiencia fue reveladora. Los padres lectores no necesariamente se convierten en una influencia para sus hijos en cuanto a contagiarles la pasión por la lectura. La gran pregunta que se hacía Serrano al final de su hilo era si los escritores estamos generando literatura para este grupo etario.
Aunque ocurrió en Guatemala, tengo el presentimiento de que los comentarios de Serrano reflejan también la realidad de nuestro estudiantado. Cuando converso con los miembros más jóvenes de mis talleres literarios, escucho afirmaciones similares. Cuando hablamos de lecturas, por ejemplo, es común escuchar que odiaron todo lo que les fue asignado como lectura colegial, porque los contenidos no tienen nada que ver con la realidad del adolescente salvadoreño actual.
El hecho de obligar a la lectura a los jóvenes y hacerlo con libros que no despiertan su curiosidad ni su identificación con la historia, los hace rechazar el acto de la lectura en general. Un lector se engancha en el acto de leer porque descubre que un libro le habla de múltiples maneras. Si las lecturas que ofrecemos a nuestros jóvenes no logran activar esa identificación, la actividad de leer se torna en algo incomprensible y por ende, aburrida. Son pocos los que optan por buscar y descubrir lecturas por iniciativa y curiosidad propia, más allá del canon establecido. Por lo general quienes lo hicieron, sí lograron encontrar lecturas que los convirtieron en lectores de por vida.
La tecnología y el hincapié visual de los contenidos ejercen también influencia en la manera cómo los menores construyen lenguaje y pensamiento. Esto es más visible con los niños y adolescentes que están creciendo y formándose con internet y los contenidos en línea.
Esta relación ambigua con la lectura, leer en pantallas y considerar aburridos los libros, es una realidad que trasciende fronteras. Esto lo demuestra la incuestionable popularidad de algunas aplicaciones como Hooked, que cuenta con 10 millones de usuarios (y contando). Hooked es una plataforma para leer historias escritas en formato de chat, por lo general del género de suspenso y que dan la impresión de estar leyendo una conversación de chat ajena. Según la información descriptiva de la app, “nos gusta leer pero sabemos que puede ser ABURRIDO cuando las historias son muy largas” (sic). La app hace entregas diarias de nuevas historias y también permite que los usuarios compartan las propias.
Otra app de lectura extremadamente popular es Wattpad. Con 100 millones de usuarios, la mayoría de ellos adolescentes, la plataforma combina la lectura con la posibilidad de colgar sus propios libros. La mayor parte de lo que se lee en dicha plataforma es la llamada fan fic (ficción de fans), donde alguien que siente particular entusiasmo por un “best seller”, escribe una variante o un “spin off” de la historia original.
El impacto de lectura que tiene esta plataforma es tan grande, que las editoriales están siempre a la búsqueda de los libros más populares. Así fue como descubrieron a Anna Todd, quien escribió la serie de novelas “After”, usando elementos de varios libros conocidos que a ella le gustaron. Las novelas de Todd se publicaron por entregas en Wattpad y sobrepasaron los 450 millones de lectores. Cuando sus libros fueron impresos en papel, se convirtieron en “best sellers” instantáneos.
Los libros que se publican en Wattpad podrán estar mal escritos (porque cada quien es su propio editor y algunos se publican por entregas, a medida que el autor las redacta), pero un elemento de su popularidad radica en los temas y el tratamiento que tienen las historias, que tocan temas como el “bullying”, el acoso sexual, la violación, las drogas, las primeras experiencias sexuales, etc.
El contenido que se lee en ambas aplicaciones está lejos de ser llamado literatura. Pero quizás logre que sus lectores terminen interesándose por leer libros con contenido de mejor calidad e historias más complejas.
Si aprendemos a dialogar y escuchar a nuestros jóvenes, comprenderemos que las búsquedas literarias varían de generación en generación. Este tipo de diálogo permitiría que maestros, editoriales y escritores tengamos insumos para no descuidar a este grupo, cuyo entorno natural para la lectura es la pantalla y no el libro impreso.
De lo que se trata, a fin de cuentas, es de lograr promover la creación de nuevos lectores, enamorándolos de la literatura y despertando en ellos el instinto natural del ser humano por escuchar y contar historias.

Creatividad, innovación y conocimiento

Esta semana la Biblioteca Nacional y otros amigos que nos apoyaron celebramos con la Segunda Caravana del Libro el Día Mundial del Libro (20 de abril). Agradezco a la agencia consultora que promueve la creatividad, que nos permitió involucrarnos en el “Foro de la creatividad y la innovación en el sistema educativo”. Agradecimientos a la empresa de bebidas que nos acompaña siempre, al Proyecto de Arte y Circo Social; a Innovaciones Educativas Centroamericanas y a la prensa de TV. Por razones atendibles, no logramos obtener acompañamiento de las instituciones que nos cooperaron en la Primera Caravana (2017). Pese a todo, la celebración del libro y de la creatividad e innovación fue un éxito completo.

Quizá estas prisas organizativas me llevaron a soñar dos noches antes del evento. Soñé con mi madre. Ya antes he escrito de ella. En mi casa de infancia no había ningún libro (en otra ocasión me extenderé sobre este tema), pero mi madre lo solventó usando un recurso intuitivo que permitió educarnos desde la primera infancia. En aquel hogar de una sola habitación nos decía poemas, también nos contaba novelas (recuerdo “María” y “Los miserables”), narrados con su prodigiosa memoria, producto de sus lecturas juveniles. Y me estoy refiriendo a las primeras cuatro décadas del siglo pasado, cuando no se había investigado el papel maravilloso de los aprendizajes a edad temprana, una época en que ciudad San Miguel solo contaba con un semanario de cuatro páginas. No había más, ni radio y menos TV.

El sueño me atrajo lo “depositado” en el cerebro: el título de un libro que había olvidado: “Ollendorf for Been Good”, método de aprendizaje del inglés. En las conversaciones con sus hijos hablaba de gramática, de aritmética recreativa, decía poemas en francés y nos enseñaba palabras en inglés, lo elemental de la comida. La humildad de nuestro hogar me hizo preguntar cómo había aprendido idiomas, tan inusitado en ese tiempo de tan extremadas limitaciones. En el sueño con ella me mencionó ese título en inglés que había olvidado después de tantos años. Al despertar, me fui directo a internet y ahí encontré el libro. Lo maravilloso del cerebro es que no “extravía” lo aprendido, queda ahí.

En otro contexto, repito la conversación con mi nieto de nueve años, me dice que si yo sé que no todos los planetas del sistema solar giran en la misma dirección. Mi respuesta es negativa, imagino que se trata de algún video. Me explica que todos los planetas giran en dirección a las agujas del reloj, solo Venus gira al contrario. No estuve satisfecho y acudí al internet y lo confirmé. Este es uno de los sorprendentes aprendizajes en la era tecnológica, pueden provenir de cualquier fuente sin importar edad ni niveles.

Es el mismo nieto que a los cinco años y medio me mostró los planetas del sistema solar que había hecho en plastilina. También me sorprendido esa vez. Le pregunté si conocía los nombres de los planetas. Me los dijo. Al terminar, le digo: “Te faltó Plutón”. Su respuesta me impactó: “Pero abuelo, si Plutón no existe”. De nuevo me fui al internet y encuentro: “Desde 2006 se descubrió que Plutón dejó de ser un planeta”. Esta última anécdota ya la había dicho en anterior ocasión, pero la repito por el significado de un logro en la continuidad de los aprendizajes y del conocimiento.
En ocasión reciente mi nieto menor de tres años y meses juega con un teléfono, va subido en la carretilla del supermercado. Protesta: “Mamá, ya no vengamos a este súper”. ¿Por qué? Y responde: “Porque aquí no hay wifi”.

Otra anécdota ilustrativa con mi nieta de cinco años y medio, quien al visitarme del extranjero se sorprende porque estoy escuchando la música que ella oye para dormirse. Le pregunto si conoce la música. Sin vacilar me responde: “Es Mozart”. Meses después visito su país y me pregunta si me gusta el break dance. Respondo afirmativo. Entonces trae un pequeño equipo que cabe en sus manitos, aprieta unos botones y comienza a sonar Shakira. Al momento la niña inicia su baile saltando de un sillón a otro o dando vueltas sobre su cuerpo en el suelo. Un año después, ha escogido como deporte colegial el “parkour (“salto base”).

¿Niños con talento? No, dice el profesor Gorka Garate, del MINED, en su participación del foro que mencioné arriba. “Todos los niños son talentosos, aunque otros pueden tener alto rendimiento; talento lo tienen todos”.

Estos ejemplos me permiten reflexionar que las innovaciones son producto creativo. Si no tengo acceso a conocimientos, me privo de insumos para crear. Eso es la experiencia, que se va a incrementar si soy lector, si me informo a la altura de los tiempos, es difícil ser creativo e innovador si evado estos aprendizajes. Innovar como resultado creativo proviene de la imaginación, y esta se enriquece de las realidades, de lo que se apropia el cerebro. El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Promover la creatividad y la innovación no es un “reto de país”, parto de otra idea de Gorka, representante del MINED en el foro. Innovar es un reto de la gente, porque “país” es un agente encubierto de la abstracción, nadie lo identifica en lo concreto, por consiguiente, no se evidencia como elemento que asuma responsabilidades. Son las personas concretas quienes deciden y emprenden.

Y algo más: la tecnología no es innovación, como tampoco lo es el libro, siendo dos puntos extremos entre modernidad y tradición. Ambos son medios que facilitan crear e innovar. Y como capitán de la nave está el sistema educativo que nos debe llevar al puerto de las capacidades transformativas, para no tener que hablar de cambio sin saber lo que se debe cambiar y cómo en este mundo de descubrimientos acelerados y continuos.

La otra muerte del escritor

El próximo 27 de abril se cumplen siete años de la muerte del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa. Su obra abarca varios libros entre cuento, novela y poesía. También se dedicó al periodismo y a la traducción, y escribió durante muchos años el blog “Tribulaciones y asteriscos”, que todavía puede consultarse en la red. En un sondeo informal realizado por el blog literario “Café irlandés”, donde se preguntó a varios lectores sobre libros de escritores salvadoreños que deberían ser leídos por las nuevas generaciones, seis de los 24 títulos sugeridos pertenecen a Menjívar Ochoa.

Otro escritor salvadoreño, Ricardo Lindo, falleció el 23 de octubre del 2016. La extensa obra de Lindo comprende novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Su labor cultural abarcó varias disciplinas. Además de escritor era pintor, actor, investigador, traductor y editor. Entre su extensa obra destaca la novela “Tierra”, publicada en 1996 por la Dirección de Publicaciones e Impresos, en edición patrocinada por la Fundación María Escalón de Núñez.

En el mundo literario se comparte una broma algo macabra entre editores y escritores: “Un escritor muerto vale más que un escritor vivo”. Se dice esto porque, en otros países, cuando un escritor muere, las editoriales buscan por todos los medios tener acceso a la publicación del material inédito que haya dejado el autor. Su muerte sensibiliza a los lectores y los impulsa a buscar sus libros. También genera interés por conocer textos desconocidos como diarios, cartas o manuscritos inéditos. La imposibilidad de que haya futuras y nuevas producciones de parte de los fallecidos es, en parte, el origen de dicho valor. Las editoriales suelen aprovechar ese momento de sensibilidad exaltada para incrementar sus ventas.

En nuestro país, esto no ocurre. Pese a que algunos autores siguen siendo publicados y reeditados (sobre todo los pertenecientes al temario de lecturas obligadas del Ministerio de Educación), hay otros cuya obra no está siendo reeditada ni rescatada. Sería de sentido común pensar que dicha tarea es parte de las funciones de la estatal Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), pero no hay una política clara ni consistente al respecto.

Por otro lado, para que la obra de un escritor fallecido pueda publicarse hay que negociar los derechos de autor correspondientes y en más de algún caso surgen obstáculos para llegar a un buen acuerdo. Para ello, la DPI (o cualquier editorial) necesita contar con fondos especiales (de los cuales suelen carecer) para llevar a cabo dicha labor.

La DPI haría bien en mejorar su política editorial y considerar la construcción de su catálogo, no solo en función de dar a conocer a nuevos escritores (mediante los trabajos ganadores de los Juegos Florales) o a la literatura infantil (que promueve hoy en día con tanto entusiasmo). También es importante ver hacia el pasado de nuestras letras para enriquecer y ampliar el canon de lectura impuesto por el Ministerio de Educación. Así, las actuales y futuras generaciones de lectores podrían tener acceso a obras literarias que fueron emblemáticas en su tiempo.

Tampoco existen instituciones o fundaciones que desde el ámbito privado hagan este tipo de rescate. El archivo documental de los escritores generalmente se dispersa o se destruye debido a que los familiares, muchas veces, no comprenden o aprecian el valor de lo que solo consideran un “montón de papeles viejos”. Borradores, versiones corregidas, apuntes, investigaciones, es un material de fondo valioso para los estudios académicos literarios. Las universidades internacionales suelen pagar miles de dólares por esos archivos. En nuestro país suelen ser despreciados o mantenidos lejos del acceso público.

Para el lector salvadoreño también es necesario ese rescate de obra, para comprender la evolución de nuestra literatura y cómo ha dialogado (o no) con los movimientos literarios mundiales. A fin de cuentas, la literatura es otro espacio desde el cual se puede comprender el espíritu nacional. La limitación de publicaciones o reediciones de nuestra propia literatura implica, también, la construcción limitada o incompleta de nuestra comprensión del país.

Una de las consecuencias del vacío en el rescate de la obra de los escritores muertos es la distorsión en cuanto a la producción de la narrativa en el país. Diera la impresión, por ejemplo, de que en El Salvador hay una sobreabundancia de poetas. La poca publicación de novelas por editoriales nacionales y la falta de concursos literarios del género (uno que tenga continuidad en el tiempo y que premie una novela sin poner límite de páginas, por ejemplo) contribuyen un poco a esa percepción de que la novela es un género poco trabajado en el país.

Las bibliotecas universitarias y la Biblioteca Nacional cumplen dentro de todo este panorama un papel importante de rescate y conservación; pero también son un recurso limitado. La adquisición de libros depende de diferentes factores, entre ellos un buen presupuesto, algo con lo que no todas cuentan. Para algunas universidades, aunque quisieran tener ciertos títulos entre su haber, la limitante es la imposibilidad de encontrar dichos libros porque están fuera de circulación.

Como alguien que conoció a Ricardo Lindo y a Rafael Menjívar Ochoa lamento que sus obras no estén fácilmente disponibles para nuestros lectores. Ambos escritores dejaron material inédito al morir. Son dos escritores profundamente diferentes entre sí, pero ambos crearon una obra valiosa e importante para nuestro acervo cultural. Hasta donde sé, no hay ningún plan para publicar sus libros inéditos ni reeditar o recopilar la obra completa de cada uno.

Los autores mencionados, así como varios autores fallecidos más, merecen la reedición de sus obras y el estudio y rescate de sus documentos y bibliotecas. Para un escritor fallecido el hecho de que nadie vuelva a publicar o leer sus libros es, prácticamente, una segunda muerte.

Así es que si tiene libros de algún escritor salvadoreño ya muerto, cuídelos y aprécielos. Es altamente probable que jamás vuelva a haber otra edición de estos, y que esos libros se conviertan, dentro de algunos años, en reliquias valiosas de nuestro pasado literario.

Centroamérica de silencio profundo

Los últimos acontecimientos de nuestra región, relacionados con los emigrantes indocumentados, nos traen a la mente tantas historias ocultas o silenciadas. Gritarla es una deuda de quienes estamos obligados a reconocer nuestras señales de identidad; apropiarnos de actitudes constructivas y destructivas para emularlas y superarlas. De esos desconocimientos debo citar las invasiones directas que sufrieron dos países centroamericanos por un grupo de invasores que se hizo llamar Falange Americana. Ya hemos hablado del jefe, William Walker. Se hizo nombrar presidente de ese país, pese a no manejar una pizca de castellano. Con ese poder quiso continuar la invasión en Costa Rica, organizando un cuerpo de internacionalistas aventureros, europeos y estadounidenses. Fueron derrotados en la batalla de Santa Rosa (marzo, 1856).

Años antes México había perdido la mitad de su territorio (1841). Fue en la época del Destino Manifiesto, expresada en la frase “América para los americanos”, este último concepto se entiende como Estados Unidos. Una década después se dio la Guerra Civil entre supremacistas del Sur, partidarios de la esclavitud, y los abolicionistas en el Norte, que resultaron victoriosos. La idea de la supremacía blanca, como lo dice Walker en su diario de guerra, era poblar Centroamérica de dos razas puras, los esclavos negros y sus propietarios blancos. La idea providencial de Walker terminó con su derrota propinada por los ejércitos aliados centroamericanos, en la ciudad nicaragüense de Rivas (1857).

Esta guerra produjo miles de pérdidas en vidas centroamericanas debido a la superioridad técnica militar y armas modernas usadas por los mercenarios, se agregaron las enfermedades, entre otras el cólera morbus. Pese a todas esas desventajas los esclavistas resultaron vencidos.

Los que aún tenían fresca en la memoria esta lucha emprendieron en la primera mitad del siglo XX varias iniciativas integracionistas; el más denodado y ahora en el olvido fue Salvador Mendieta, nicaragüense, considerado un apóstol de la unión centroamericana “con una percepción ístmica de Centroamérica como totalidad histórica” (Margarita Silva, Universidad Nacional, Costa Rica). Aunque siempre estuvo rodeado de detractores, pero también de simpatizantes. Incluso Mendieta fundó un partido unionista, a cuyos integrantes se les tomó como “románticos”. Esos bastó para silenciar su sueño.

Sin embargo, esa cadena de esfuerzos en el tiempo repercutió en la segunda mitad del siglo XX con políticas públicas de integración con resultados concretos, algunos para bien y otros para mal. Uno de esos resultados fue el Mercado Común Centroamericano, roto dramáticamente después de la guerra entre El Salvador y Honduras. También se formó la tristemente célebre Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), que con su área prioritaria denominada Consejo de Defensa Centroamericana (CONDECA) fue un organismo abierto en defensa de las dictaduras militares regionales.

No hay duda de que los sueños de quienes dirigieron aquellas gestas libertarias o esfuerzos de integración repercutieron años después con los grupos intelectuales, el más conocido en la primera mitad del siglo XX fue Joaquín García Monge, en cuya revista Repertorio Americano que desde Costa Rica promovió hacia América Latina la literatura y el pensamiento regional, ofreciendo cabida en sus páginas a escritores de Centroamérica y de habla hispana.

En muchas formas y volviendo al siglo XIX, la Campaña Nacional, como se llamó en Costa Rica, me motivó a escribir una novela de la que de mi parte denomino “Guerra patria centroamericana”. Conflicto que terminó con la captura en la tozuda y quinta invasión de William Walker, quien nunca aceptó la derrota de Rivas sufrida en 1957. Fue fusilado en Puerto Trujillo, Honduras, el 12 septiembre de 1860.

Por triste paradoja, en otro marco diferente a la guerra el héroe y estratega de esa guerra justificada fue asesinado tres semanas después (30 de septiembre de 1860). Me refiero a Juan Rafael Mora Porras, benemérito de la patria costarricense, quien no solo alertó sobre el peligro de los filibusteros, sino que hizo grandes esfuerzos para involucrar a los cinco países, sin importar las ideas contrapuestas que se tuvieran. El enemigo común, Walker, significaba la total dominación de Centroamérica.

Cabe destacar que en el ejército costarricense sobresalió el general salvadoreño, originario de Suchitoto, José María Cañas (declarado “defensor de la libertad de Costa Rica” por la Asamblea Legislativa del hermano país). Tanto Mora como Cañas fueron victimados en Puntarenas, luego de un juicio ilegal por quienes se opusieron a la guerra por afectar sus intereses económicos; estos fueron los autores intelectuales que manipularon a militares traidores y ambiciosos, incluso participantes de la guerra. Con la idea de retomar el poder Mora y Cañas habían partido de Santa Tecla donde estaban exiliados y llegaron al puerto de Puntarenas. Los esperaba una emboscada producto de una traición.

En la actualidad el silencio histórico solo es roto por Costa Rica y Nicaragua; sin embargo, encontré en El Salvador dos libros de esa gesta libertaria: “La invasión filibustera de Nicaragua y la guerra nacional”, del salvadoreño Ricardo Dueñas van Severen, publicado en 1956. Y otro, de Carlos Pérez Pineda, “Guerra centroamericana contra los filibusteros 1856-1857”, publicado por la Secretaría de Cultura, 2017.

Los centroamericanos desconocemos esa historia oculta. Nos hemos privado de la memoria verdadera, que nos permita reconocer a los héroes que nos construyeron desde nuestra identidad originaria.

Al respecto señalo un ejemplo personal: en 1967 conocí la carta relación de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés. Ahí se narra la batalla de Acaxual y Tacuzcalco contra los pipiles, nada preparados para defender su territorio contra seres de otro mundo. Eso me motivó a escribir mi primera novela publicada en Argentina. Quise dar vida a una gesta solo conocida por unos pocos historiadores. Esa carta no apareció en mi formación académica, pese a que desde el 8.º grado conocía las obras literarias e historia clásica universal de los programas de estudios.

La reforma educativa debe incluir los aullidos de la historia regional, si queremos la transformación proclamada. Cincuenta años después, repito aquella experiencia con la historia de la guerra nacional centroamericana. Espero que no sea un grito sin eco en los rincones oscuros de nuestras desesperaciones sociales.

El adiós de las especies

El 20 de marzo de este año, un comunicado emitido por el Centro de Conservación Ol Pejeta de Kenia anunció la muerte de Sudán, el último ejemplar macho de rinoceronte blanco del planeta. Se le practicó una eutanasia debido a múltiples problemas de salud que sufría, sobre todo por sus 45 años, una edad avanzada para estos animales.
A Sudán le sobreviven dos rinocerontes de su misma subespecie, Najin y Fatu, ambas hembras, a las que se espera poder fertilizar con el esperma preservado del macho muerto. Sin embargo, esto no es una tarea fácil. Viene intentándose desde que se asumió que Sudán era el último macho disponible para prolongar la especie. Ninguna de las pruebas realizadas ha logrado fecundar a las hembras hasta ahora. Si no lo logran o si no se logra transferir huevos fecundados a otros rinocerontes hembra (para una gestación subrogada), será el final definitivo de esta subespecie animal.
Horas después del anuncio del Centro de Conservación, comenzaron a circular en internet un par de fotos de los últimos momentos de Sudán. Era la despedida de sus cuidadores. Uno le acariciaba el lomo. El otro posó su frente sobre lo que sería la frente del animal. Traté de imaginar lo que sentiría la mano de su cuidador al tocarlo. Acariciar a un rinoceronte. Imagino una textura áspera, dura, tierrosa. Traté de imaginar lo que sería tocar la frente del último rinoceronte blanco macho del mundo, de la historia, de la humanidad, de la vida. El adiós a un animal que no volverá a ser visto con vida en el planeta.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) elabora desde 1963 una Lista Roja de Especies Amenazadas, animales y vegetales, a escala mundial. Según la UICN, de las 63,837 especies evaluadas, 19,817 están amenazadas por la extinción, incluyendo el 41 % de los anfibios, el 33 % de los corales y arrecifes, el 25 % de los mamíferos, el 13 % de las aves y el 30 % de las coníferas. Es posible que muchas de esas especies mueran sin que nosotros nos enteremos o le prestemos mayor atención. Nuestra despreocupación por las especies vegetales es aún mayor. No recuerdo haber visto nunca la noticia del último árbol de alguna especie vegetal, por ejemplo.
Detrás de la extinción de plantas y animales hay muchos factores, varios de ellos provocados, de manera directa o indirecta, por el ser humano. La reducción del hábitat natural, la contaminación, la invasión de especies no nativas, la caza indiscriminada y el franco desprecio que tenemos hacia otras formas de vida ha puesto en tensión a numerosas especies. Muchas de ellas perecerán en su intento por adaptarse lo más rápido posible a los cambios del entorno, los cuales ocurren a una velocidad que ni la propia naturaleza logra alcanzar. El cambio climático no se detiene. El aumento de las temperaturas y la inundación de islas y tierras bajas supondrán parte de ese nuevo futuro.
Nuestro irrespeto a los ciclos de la naturaleza y la sobre explotación desmedida de los recursos no renovables plantean un panorama desolador. Todavía nos cuesta comprender que somos parte de un sofisticado sistema de vida cuyas partes se mueven y reaccionan de acuerdo a cómo se comportan otras partes del mismo engranaje. Cuando una especie animal o vegetal desaparece de ciertas regiones, se produce un cambio profundo en el ecosistema. Esto a su vez supone una amenaza a fuentes alimenticias y el abastecimiento de agua potable para diversas especies más, incluida la nuestra.
Para las generaciones venideras, las noticias de especies que se extinguen serán más frecuentes aunque, por lo visto en las reacciones a la muerte de Sudán o de otros ejemplares únicos de animales que hemos visto en años recientes, tenderá a normalizarse y nuestra indignación durará lo que tarde en salir la siguiente noticia o polémica en los medios.
Imagino lo difícil que debió ser tomar la decisión de dormir a Sudán. Pero médicamente no había nada más que hacer. A las múltiples dolencias por la edad del animal se sumó la infección de su pata trasera derecha, que ya no le permitió caminar ni levantarse. Debe hacer sido un día abrumador para el equipo que estuvo cerca de este evento.
Las fotos del rinoceronte blanco a punto de ser sacrificado me hicieron recordar un video, el único que retrata vivo a un tigre de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Se trata de una filmación realizada en 1933 en el zoológico de Hobart, en Australia. Ese ejemplar de tilacino o lobo marsupial (como también era conocido) era el último de su especie. Murió en septiembre de 1936, cuando por descuido sus cuidadores lo dejaron fuera de su refugio durante la noche. El animal murió de frío. Tarde o temprano, el animal hubiera muerto, es cierto. Pero que ocurriera por un descuido de los mismos cuidadores del zoológico le otorga un distintivo más trágico.
En meses recientes, un equipo de la Universidad de Melbourne logró secuenciar el genoma del tigre de Tasmania, obteniendo uno de los mapas genéticos más completos de una especie extinguida. Sin embargo, aún se está lejos de poder replicarlo. Al no haber otro de su especie, es necesario encontrar un ejemplar huésped desde el cual hacer la reproducción. A pesar de ello, el estudio de su ADN ayudará a comprender las limitaciones de su evolución genética para que especies similares aún vivas puedan ser protegidas de manera más eficiente.
Ojalá que ser testigos del adiós de las especies nos haga tomar conciencia de la urgencia en el cambio de nuestra actitud hacia la naturaleza y el medio ambiente. Atentar contra cualquier especie es una manera de atentar contra nosotros mismos.
Habrá que seguirlo repitiendo hasta que emprendamos cambios reales y efectivos a favor de la sobrevivencia de las especies animales y vegetales. Que ojalá sea pronto. Porque de nada servirá querer arreglarlo cuando hayamos convertido al planeta en una piedra árida y exprimida, sin más vida sobre ella que las cucarachas y los humanos.

La sociedad es el poder

En la Biblioteca Nacional, además de los usuarios cotidianos, tenemos visitas guiadas que pueden alcanzar los cinco mil visitantes al año, con promedio de dos horas por visita. Además, se lleva a las comunidades la biblioteca móvil, se asiste a centros escolares con talleres de lectura impartidos por bibliotecarias jóvenes. La próxima semana, por ejemplo, nos visitarán niños y niñas de 5.º grado con la idea de conversar sobre la novela “Un día en la vida”. Me encanta este detalle y digo por qué.
Hace 25 años, recién llegado a mi país, luego de décadas de ausencia, tuve mi primera sorpresa: niños de 8.º grado me entrevistaron sobre literatura. Les pregunté cómo sabían tanto de literatura nacional y latinoamericana. Qué si eran niños talentos. Respondieron que solo eran estudiantes de la materia de Literatura.
Debo recalcar que los de 5.º grado y estos de 8.º provenían o provienen de colegios privados católicos. Varios años después de esta visita, me visitaron egresados universitarios de la carrera de Letras y me sorprendió el gran vacío comparado con el grupo de estudiantes de 8.º grado. A nadie debería molestar esta observación, si lo reitero es porque este tipo de descuidos se da en todos los ámbitos de la vida nacional. Un conformismo que debemos revertir. Porque cada vez se nos hace demasiado tarde, aunque no creo sea mal irremediable para el país, pero es un elemento de retraso en el desarrollo.
En tal sentido, en la Biblioteca Nacional no queremos ser solo repositorio de libros, sino una biblioteca humana (concepto adaptado a nuestra realidad): ir a la montaña, si ella no llega a nosotros. Esto parecería una perogrullada, pero por ciertas inacciones pareciera que esperamos que otros resuelvan los problemas; y esos “otros” no existen, somos “nosotros”.
“¿Y si nos ahorcamos?” –dice un personaje de la obra de teatro “Esperando a Godot”, queriendo salir de la desesperanza; pero Godot no llegará nunca a solventar una existencia pasiva.
Por tal motivo nos esmeramos en visitar y no resignarnos a que nos visiten. Salimos al encuentro humano con la idea de la extensión cultural, conscientes de ser alternativa colateral de educación, siguiendo los principios de Alberto Masferrer, tal como lo dijo hace 102 años (“La cultura por medio del libro”). Como ven, poco hemos cambiado pero los retrasos justifican la innovación. Nos satisface que el siglo XXI de la información y el conocimiento tiene apertura global. Además, por medio de la biblioteca digital (www.redicces.org.sv) y por los recursos electrónicos que nos facilitan las bibliotecas universitarias (CBUES), recibimos interacción del investigador desde cualquier país. Esto también lo consideramos en lo tecnológico como biblioteca humana: llegamos al mundo donde están nuestros compatriotas.
En educación parto del músico y productor negro Quincy Jones, ahora de 86 años, productor de “Thriller”, donde Michael Jackson es el cantante. Jones, que se jacta de haber “salido” con una hija del actual presidente, es ganador de 28 premios Grammy; (web de El País, febrero 08/2018, España). Me gusta su frase y la recreo, en educación el real poder para aprender es de quienes aprenden, el maestro solo es el mensajero de lo diseñado por el sistema educativo. Extendiendo el concepto, la gente es el poder y sus representantes políticos son sus mensajeros.
Por tal motivo, si queremos un cambio cultural que nos libere de los entrampamientos sociales, económicos y éticos debemos educar al ciudadano, trasladar el poder hacia quienes realmente deben tenerlo: a la ciudadanía, la comunidad. Y no al revés. Porque la nación no es la mensajera.
Individual y socialmente debemos apropiarnos de estos conceptos, no conformarnos como somos, y atacar con educación las contradicciones sociales. Dentro y fuera del territorio nacional tenemos tantos ejemplos para superarnos; pese a las dificultades trágicas de la emigración. No permitir que se nos reconozca por lo que nos destruye cada día, inconscientes de que con ello nos autodestruimos, como si cada sector de nuestras intolerancias fuera el enemigo a morir. No creo que las nuevas generaciones acepten esa irrealidad deshumanizada, ni los “baby boomers”, ni los “millennials”, ni la generación Z, los nietos menores.
Se nos enrostra valores de perversidad, “el comal dice a la olla”, quiénes han sido protectores de dictaduras del siglo XX. Esto hace sentir más grave la ofensa, porque al dolor producido lastima heridas que aún sangran desde los últimos 40 años. Lo que podemos sacar de positivo de dichas recriminaciones es que esos gritos del gran poder nos despierten para no ser perseguidos por las pesadillas. No esperar la voz hiriente para elevar la autoestima de los salvadoreños.
En fin, demos gracias a Dios de que seguimos vivos y de que la geografía fue benigna con nosotros al no concedernos combustibles fósiles, ni minerales preciosos ni estratégicos. Eso es causa de pobreza, pero también da posibilidades de reconstruirnos sin el riesgo de sentirnos amedrentados por las amenazas o las intervenciones. Toda esa crisis debe ser punto de apoyo para un salto, para volver sobre nosotros mismos, para de verdad sentirnos orgullosos.
Pero volvamos a la idea de educarnos con actitudes sensibles. Solo se necesita creatividad y voluntad política, y con ello algo más: incluir e integrar la nación. Para incluir necesitamos políticas públicas. Para integrar requerimos iniciativas que deriven en abono de una nueva cultura de la sociedad civil. Partir de iniciativas innovadoras, transformadoras. Más que de los sentidos, necesitamos conocer y reconocer con el corazón (lo dice “El principito”) nuestro acontecer casi siempre trágico. Basta que incursionemos en la historia reciente y pasada.
Pensemos con las emociones, aunque decirlo parezca una chifladura. Desde ese punto de vista apropiarnos de nuestra historia emociona y ayudar a construir puentes necesarios para llegar a la otra orilla, y así “cruzar el lago de la sangre”, como dice “Macbeth”. Al otro lado estará una civilidad a punto del suicidio; esperando al que piensa distinto, encontrarse a mitad del puente, la forma de cruzar ese lago, que nos dice “Shakespeare”. Buscar felicidad para todos.

Días de radio

Cuando era niña, un objeto imprescindible en casa era el radio. Había uno encendido de manera permanente en el comedor. Mi padre tenía uno con el que escuchaba la radio en onda corta por las noches, cuando la señal entraba mejor. En la puerta del baño, en un ganchito, estaba colgado uno pequeño, metido en un estuche negro de cuero, que se encendía para oír música mientras alguien se bañaba. Incluso yo, que solo era una niña, tenía un receptor para oír lo que quisiera.
El radio del comedor pasaba encendido en las mañanas con las radionovelas de la Circuito YSR (“… la emisora popular, por su música y novelas, la preferida, tun tun tun, en el hogar”, cantaban en su “single”). Mi favorita era “Chucho el roto”, la historia de Jesús Arriaga, “un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia”, como decía la viñeta de presentación. Estas palabras iban seguidas de un silbido que era característico del personaje y que anunciaba su presencia durante la historia. “El pobre será menos triste si conoce el apoyo y la sonrisa de un amigo”, decía el propio Chucho, en la voz del actor mexicano Manuel López Ochoa.
Cerca de Semana Santa, la YSR transmitía episodios de la vida de los santos y una novela sobre la crucifixión de Cristo. Para Jueves y Viernes Santo, casi todas las emisoras salían del aire, a excepción de Radio Nacional y una que otra estación, unidas en cadena nacional, transmitiendo música sacra todo el día, sin locución, comerciales ni viñetas musicales de ningún tipo, cerrando transmisiones a las 4 o 5 de la tarde.
El radio también nos acompañaba en el carro. Mi padre casi nunca lo encendía, pero si lo hacía, era para escuchar Radio El Mundo, emisora que no me gustaba porque la música era instrumental. Una cuña de dicha radio, en la incomparable voz de Aída Mancía, decía que “la música es el lenguaje del alma”. Estaba de acuerdo con la idea, aunque a mi alma no le gustaba para nada la música de Ray Conniff.
La libertad de contar con mi aparato de radio me permitió hacer mis propios descubrimientos. Uno de ellos fue La Femenina, mi puerta de entrada al rock en inglés en los años setenta. La Radio Mil Ochenta, cuya frecuencia estaba justo a la par de La Femenina, le hacía competencia con rock, pero también con mucho pop, disco y funk.
No sabía lo arraigada en mí que estaba la presencia del radio hasta que comencé mi vida independiente. Lo primero que decidí comprar no fue una cocina o un refrigerador: fue un radio. En Alemania tuve un Grundig con el cual escuchaba BFBS, la estación de las Fuerzas Armadas Británicas todavía estacionadas en Berlín Occidental y que, aparte de buena música, presentaban radioteatros producidos por la BBC. Así escuché “Rebelión en la granja”, de George Orwell, lo cual me llevó a leer después el libro y a convertirme en fanática del radioteatro.
La nostalgia me hacía buscar por las noches emisoras en onda corta. Buscaba programas en español, pero me entretenía escuchando transmisiones de radios en idiomas incomprensibles. Escuchaba, disciplinada, como si lo entendiera todo. Entonces recordaba a mi padre, en el sillón del comedor, sentado casi a oscuras, sacando la antena de su aparato a todo lo que daba para captar mejor la señal de países lejanos y callándonos, molesto, si lo interrumpíamos, mientras ponía la oreja sobre el parlante del aparato.
Cuando viví en Nicaragua, durante los años de la revolución, dejaba el radio encendido casi todo el día. La amenaza permanente de una invasión militar estadounidense junto con los ataques y avances de La Contra, nos obligaban a estar pendientes de las noticias. Cuando en Radio Sandino sonaba un pito intermitente y una voz masculina repitiendo en tono alarmista “¡Última hora, última hora!”, el país entero estaba en vilo.
En Comitán, una ciudad de Chiapas que visité en los ochenta por cuestiones de trabajo, era fácil ir y volver de comprar tortillas escuchando los capítulos de la radionovela “Kalimán”, “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”, porque mucha gente lo sintonizaba a todo volumen y el sonido inundaba las calles desde puertas y ventanas abiertas.
En La Habana me fascinaba el permanente tic-tac de Radio Reloj, mientras leían noticias, reportajes y cápsulas educativas, interrumpiéndose el locutor a cada minuto para decir la hora: “Radio Reloj, una veintisiete minutos”.
Cuando volví a vivir en el país, hacía la limpieza escuchando Radio Clásica a todo volumen. Trapeaba escuchando a María Callas o el testimonio de Enrico Caruso como sobreviviente del terremoto de San Francisco, en 1906. Pero cuando me fui a Costa Rica durante unos años, no volví a comprar radio. No tener un aparato me desconectó del hábito de escucharla y ahora lo hago en pocas ocasiones. En parte por ello comencé a oír podcasts, aunque la experiencia no es igual. Eso me hizo darme cuenta de que parte del rito de escuchar radio involucra también la relación con el aparato receptor. Mover la aguja por el dial buscando una emisora, lograr el punto exacto de la sintonía, descubrir una estación que guste, escuchar a un locutor con el cual se simpatiza, todo es parte de esas satisfacciones íntimas del radioescucha.
Pese a los podcasts (archivos de audio con formato de programa radial, que se descargan en internet) y los servicios de streaming de música (que han eliminado la presencia del locutor), la radio sigue teniendo una presencia importante. Según las Naciones Unidas, hay más de 2.4 mil millones de receptores de radio alrededor del mundo.
Para los sectores de la población que no tienen acceso a internet o lo tienen de forma limitada, la radio es (y seguirá siendo) una fuente importante de noticias, entretenimiento, educación y comunicación.
Escuchar radio cuando niña me permitió ejercitar otras formas de imaginación, característica imprescindible para un escritor.
Continuaremos en sintonía, pues.

Creatividad e innovación

Siempre acepté el concepto de creatividad como la capacidad de reaccionar y responder a las situaciones no esperadas. Se comprobará la capacidad imaginativa (creativa e incluso intuitiva) si doy a tiempo la respuesta a un problema. Según ese concepto, las respuestas creativas surgen ante la dificultad no prevista para resolver una acción y superarla. Es mejor si el hallazgo es original, si es novedoso el resultado. Seremos creativos de acuerdo con las capacidades imaginativas para dar la respuesta que permite continuar adelante con el objetivo fijado. Esto sucede cotidianamente en la creación literaria o en cualquier expresión oral, encontrar la palabra y la sintaxis que organice una comunicación con aciertos.

Para quien tiene como modo de vida resultados estéticos (producir obra de arte) no necesariamente tendrá comprensión en determinado marco social o temporal. En esto hay una diferencia con la ciencia, desde la matemática hasta las ciencias sociales y políticas. Cito ejemplo en literatura que es lo que más conozco. Dos casos, aunque hay muchos: el de Thomas Bernhard, escritor de lengua alemana de origen holandés, cuya saga autobiográfica le sirve de referencia al salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su novela polémica “El asco”.

Thomas Bernhard fue expulsado de Austria, no era austríaco de origen, por su narrativa autocrítica y autodestructiva contra el nacionalismo de ese país, que el escritor con intensidad amaba y odiaba al mismo tiempo. No voy a juzgar su razonamiento. Sin embargo, no pasaron muchos años para ser considerado el autor icónico de Austria. En Costa Rica, el caso más relevante es el del escultor Francisco Zúñiga que se vio obligado a emigrar, ante las burlas recibidas por su obra innovadora (creativa en alto grado), y con los años se convirtió en su país de adopción (México) en uno de los 10 escultores contemporáneos más sobresalientes del mundo. Nosotros tenemos la suerte de contar una bella escultura a la entrada del Museo de Arte (MARTE).

En los ámbitos actuales se considera la imaginación como base de lo creativo, capaz de fomentar una cultura innovadora que tiene como origen el acceso a las nuevas tecnologías informáticas. Es el camino del conocimiento contemporáneo sin lo cual no podremos entender las respuestas de una civilidad expresada masivamente. Lo entiendo como un llamado a no quedarse congelado en las concepciones que fueron verdades en otros contextos y tiempos. Conozco personas que viven en los años sesenta del siglo pasado, es una forma estancada de no imaginar ni crear cambios de pensamiento. Porque si este y las invenciones provienen del contacto con lo vital, la creatividad solo puede provenir del conocimiento de una realidad con alcances globales, donde el pasado solo es una referencia para saltar a nuevos resultados.

Hace años pude entender mejor el tema de la imaginación, creatividad e intuición al alternar con un profesor de Estética, de origen español, que se guiaba por uno de los más sobresalientes filósofos del arte (Georg Lukács), quien explica cómo el raciocinio queda en segundo plano para darle paso a la emotividad, a la sensibilidad, que es el resultado en obra la de arte, los sentidos son las escaleras de entrada al palacio del conocimiento, que permiten entrar a los recintos emotivos que llevan al cambio de la humanidad.
Siguiendo el recuerdo del profesor español de Estética, cuando no existían las nuevas tecnologías para ser creativo se debía comenzar por conocer y procesar con intermediación de las emociones. Es la ruta del arte, la educación y la cultura.
“… Faltan escuelas, bibliotecas, museos, teatros, más librerías, más centros de estudio para niños… que la luz penetre al espíritu del pueblo, para no perdernos en las tinieblas… el gran error de nuestro tiempo es doblegar el espíritu humano hacia el bienestar material, alejándolo del bienestar intelectual. La gran misión educativa es orientar el espíritu hacia la conciencia y la belleza. Así encontraremos la paz con nosotros mismos y en la sociedad” (Víctor Hugo, 1848).

La capacidad sensible va unida al conocimiento racional, pero luego se separan en el momento creativo. Por eso las innovaciones educativas implican no dejar tareas a menores de 10 años, ni tampoco facilitar libros de colorear. Se debe dejar al escolar en libertad de usar su tierna alegría para crear. Como dicen algunos educadores “el niño es creativo hasta que ingresa a los formalismos de la escuela”. Ningún sistema educativo debe dejar de lado ofrecer las facilidades creativas.

Con ello se crea emoción válida que estimula toda invención literaria o científica. Incluso en lo laboral, la emotividad debe estar presente en el trabajo que realizamos. Desde ahí se contacta con la vida, base para imaginar e inventar, ahora facilitadas por una nueva dinámica del conocimiento. No solo reconocemos, sino que somos conscientes para provecho individual y social de que en las tres últimas décadas ha habido más inventos y descubrimientos favorables a la humanidad que en los 2,000 años de la era cristiana. La creatividad ha tenido “la capacidad de generar nuevas ideas o conceptos, nuevas asociaciones entre conceptos conocidos, que habitualmente producen soluciones originales”, cito la Wikipedia.
El español Francisco Menchén Bellón afirma que el progreso de la sociedad del conocimiento estará centrado en tres grandes pilares: a) desarrollo de la creatividad; b) fomento de la innovación en todos los ámbitos de la vida; c) conocimiento accesible gracias a las nuevas tecnologías informáticas y comunicativas que nos llevan a otros pensamientos de acuerdo con esa realidad.
Estos ejes aplicados a las organizaciones modernas nos permiten no quedarnos en un pasado sin cambios; aunque para muchos sea grato ver pasar el tiempo desde su conformidad. Los cambios a la velocidad de la luz en la comunicación hacen desaparecer la lenta información en papel (analógica). Si no se aprovecha ese cambio, la nueva ruta hacia el conocimiento, para crear e innovar, corremos el riesgo de estancarnos en los sueños del siglo XX,