Un laboratorio para probar a ‘hacer’ ciudadanía

“Estamos aquí para construir las herramientas para que mande la gente”, dice Pablo Soto, concejal de Participación Ciudadana, Transparencia y #GobiernoAbierto en el Ayuntamiento de Madrid, en un video de Open Government Partnership sobre cómo la ciudadanía se une en línea para organizarse por un cambio legislativo. Con esto volvemos al punto de esta columna: las redes sociodigitales, las tecnologías digitales deberían estar en función de la gente, sin tampoco verlas como herramientas mágicas de democratización, como dice el teórico Christian Fuchs.

Sé que nos falta camino como país, pero debemos seguir dando pasos. Por eso, ahora quiero presentarles una de las ideas que más he atesorado en este año y medio. En marzo de 2017, con mi mejor amiga de la maestría haríamos una estancia de investigación en la Universidad Rey Juan Carlos, de Madrid, y ella aterrizó primero.

De pronto, un día cualquiera, me ‘whatsapeó’ para decirme que había un lugar cerca del Museo del Prado, que no era de la universidad, pero donde se daban las clases de un máster a las que podíamos unirnos sobre ciudadanía digital y esfera pública digital, además de talleres y conferencias (y encima hacer tesis; en resumen, el paraíso).

Y pues, en mi infinita buena fortuna, el primer día en que puse mi computadora en ese lugar había una conferencia de Bernardo Gutiérrez, uno de los autores que estudié para mi marco teórico para presentar “El cóctel: encuentro de narrativas de la participación”, una combinación de ‘storytelling’ para lo político, porque “juntas y juntos pensamos mejor la ciudad que por separado”. Más perfecto, imposible.

Y entonces el Medialab-Prado, plataforma del Ayuntamiento de Madrid, tomó forma y rostro. Pero en año y medio nunca he logrado terminar de describir qué es un laboratorio ciudadano cuando le cuento a alguien que quiero ‘armar’ uno en Guatemala o El Salvador.

Claro, este laboratorio no tiene probetas, ni elementos químicos, ni requiere de una bata (gris o blanca) para entrar… aquí lo que se pone a prueba, lo que se construye (colectivamente) son proyectos que permitan “configurar, alterar y modificar los procesos de investigación y producción” a través de “la colaboración de personas con distintos perfiles (artístico, científico y técnico)”, como indican en su página de Facebook. Y sin embargo, cada vez va tomando más forma. Más claridad. Pero, sobre todo, voy tomando referentes.

En Colombia, por ejemplo, está el Laboratorio de Innovación para la Paz, en la Universidad Nacional de Colombia.

ste espacio colaborativo facilita herramientas, habilidades y tecnologías que incidan en resolución de conflictos o desafíos que se viven en las comunidades para construir paz en el posconflicto, a través de prácticas de reconciliación entre comunidades vulnerables y búsqueda de desarrollo sustentable. Este proyecto, que apenas va en su primer año, es parte del Programa DIA, Democratizando la Innovación de las Américas, iniciativa de The Thrust for the Americas y la Organización de Estados Americanos (OEA) junto al CAF-Banco de Desarrollo de América Latina.

¿Cuánto bien nos haría esto en El Salvador?

Y una más. Este próximo octubre se hará el #LABiCAR, Laboratorio de Innovación Ciudadana, en Rosario, Argentina. Más de 10 días para colaborar en propuestas de género, derechos humanos, medio ambiente, discapacidad, participación ciudadana y demás: a pura inteligencia colectiva, diría Pierre Levy, se apuntalan proyectos para dar forma desde el conocimiento específico que cada quien tiene pero de manera colaborativa, cooperativa.

Entonces, si el otro año #ElSalvadorDecide quiénes estarán en la Presidencia, estos proyectos deberían estar en práctica en más niveles de los que tenemos actualmente. Ejercer nuestra ciudadanía con la ayuda de las herramientas tecnológicas, de estos espacios de colaboración, es un camino largo. ¿Qué dicen, probamos a ‘hacer’ ciudadanías, a (re)construir herramientas para que mande la gente?

La traición más abominable

Hay una escena en “Spotlight”, la película sobre la unidad de investigación periodística del Boston Globe que descubrió los abusos sexuales de decenas de sacerdotes católicos a menores de edad en esa ciudad estadounidense, que es muy sencilla pero también demoledora: la abuela de una de las reporteras que descubre los abusos, al entender que lo que cuenta su nieta es cierto, da un respingo y pide un vaso de agua para pasar la indignación, el estupor, la incredulidad.

Es un gesto sencillo el de la anciana, devota católica según nos la han pintado en la película, pero revelador. Habla de la indignación que nos carcome a miles de creyentes al saber que la Iglesia, nuestra Iglesia, ha usado todo su poder para encubrir a criminales, porque los curas abusadores, los violadores, no son más que eso: criminales.
Hace poco este episodio macabro del catolicismo adquirió nuevas dimensiones públicas cuando un tribunal del estado de Pensilvania, en Estados Unidos, reveló que 300 sacerdotes abusaron sexualmente o violaron a cerca de 1,000 niños a lo largo de las últimas décadas. El número de víctimas, dice la autoridad judicial, puede ser mucho mayor debido a que muchos registros de denuncias se han perdido.

“Los sacerdotes violaron a niños y niñas, y los hombres de Dios que eran responsables de ellos no solo no hicieron nada, sino que lo ocultaron durante décadas”, dice el informe judicial.

Desde que en 2002 el Globe descubrió el escándalo de los abusos, el alcance de la abominación no ha parado de crecer. Muy pronto se supo que sacerdotes católicos habían abusado de menores en todos los rincones del mundo, y que el Vaticano, en general, había protegido a los depredadores, no a las víctimas.

“Spotlight”, la película, narra la historia de Boston, pero en ella uno de los personajes explica con mucha claridad que este no es un asunto de manzanas podridas, sino de un sistema que protege a sus depredadores y criminales, como suelen hacerlo muchos partidos políticos, instituciones armadas o congregaciones civiles alrededor del mundo. “Descubran e incriminen al sistema”, pide ese personaje, el de un editor, a los reporteros que investigan los abusos.
En “Spotlight”, la narrativa se centra en el descubrimiento y de manera muy respetuosa y reveladora en las víctimas. En el informe de Pensilvania, los testimonios que lo alimentan y los que se han hecho públicos después, hay muchos detalles indignantes, demoledores.

Una mujer cuenta, por ejemplo, cómo cuando era niña y estudiante en un instituto católico ella y sus compañeritos buscaban protección en uno de los curas que les enseñaba; y explica también que uno de sus amiguitos, al que el sacerdote prodigaba especial afecto, se volvió taciturno y arisco con el tiempo. Algo le decía, cuenta la mujer, que cosas malas pasaban entre el cura y el niño, pero ella no habló. Al darse cuenta de lo que había pasado en su escuela católica de Pensilvania y de descubrir al otrora maestro entre los depredadores y a su compañerito entre las víctimas, la mujer entendió el resto de la historia: a su amiguito el religioso lo abusaba hasta tres veces por semanas, durante años. Años. Nunca nadie hizo algo. Nadie.

La Iglesia católica sí hizo algo, algo terrible. Cardenales y papas protegieron a esos violadores y, con ello, contravinieron una de las principales enseñanzas del evangelio: la de estar al lado de los débiles, de los que sufren.
Esa Iglesia, mi Iglesia, traicionó a los niños de Pensilvania. Es la misma Iglesia que ha traicionado a niños salvadoreños al proteger y callar abusos, como en el caso de monseñor Jesús Delgado, quien abusó durante años de una menor. Y esa Iglesia también ha traicionado a quienes hemos visto en ella la protectora del legado que nos dejó el carpintero de Nazareth. Fue Él quien nos enseñó lo de cuidar siempre al que sufre.

La redención de esa Iglesia pinta difícil. Un primer paso es que este papa y sus cardenales entiendan de una vez por todas que la única cura posible empieza por la justicia, la terrenal.

Cómo recuperar un archivo eliminado

“Este es el hombre que te va a romper el corazón en pedacitos”. Esto me lo dejó escrito una amiga del trabajo en una notita en la que, por otra parte, me felicitaba por la noticia de que mi hijo sería un varón. Ese papelito lo tuve doblado y guardado en la cartera por años y, a cada rato, lo volvía a encontrar, a abrir y a leer sin señas de que se cumpliera la profecía.

Fue un augurio que esta semana por poco se cumple, cuando mi hijo, ya un hombrecito de 14 años, me extravió un cuaderno de la tesis de doctorado. Ese cuaderno contenía el trabajo de los últimos meses de investigación ya pulido y listo solo para pasarlo a la computadora y enviarlo a la asesora de tesis. Fiel a la estructura y al desarrollo fundamental de una buena pesadilla, no había hecho copia de esos escritos.

Los detalles de cómo se perdió no son tan importantes. De todas formas, nunca pude sacarle una confesión completa a mi hijo sobre el destino final del cuaderno. A lo que quiero llegar es al momento en que por fin acepté que ya no estaba la libreta en el plano terrenal y que podía rezar, rebuscar 1,000 veces en el baúl del carro y el vacuo agujero negro del bolsón, pero no iba a aparecer nunca más.

Entonces vino el lunes por la mañana en que me senté a la mesa del comedor, con la sombra del fracaso y las dudas, frente a la pantalla en blanco de la computadora y escribí una primera palabra seguida por otra y otra, e insistiendo párrafo tras párrafo.

Luego, el martes, cuando hasta se me cayó la tecla “i” de la laptop, como si el universo fuera un Ramsay Bolton de “Juego de tronos” que me quisiera clavar una última flecha en el ojo. Al final de cuatro días, más o menos, pude recuperar una versión de 20 páginas que, irónicamente, creo que salió mejor que la versión original: nació de otra energía, no pensativa, sino que tenaz.

La verdad es que un cuaderno o archivo borrado es casi un elemento ubicuo en la historia de cualquier estudiante de maestría o doctorado y, ahora que lo pienso, creo que quizás es una señal de que estoy llegando al final del proceso, como un último reto que tenía que superar.

Recuerdo el instante en que evalué mis opciones, que no eran muchas y nada buenas. Una: dejar la tesis ahí y tirar la toalla; finalmente, somos humanos. Dos: empezar de cero con una actitud desafiante y rechazando del todo la realidad, dándoles ese ejemplo a mis hijos.

Es lo que practicamos cada semana en las clases de jiu-jitsu brasileño. Cuando te están ahorcando en el patíbulo, uno o se rinde palmeando el tapete o se calma y se pone a trabajar. Me decidí por la opción número dos: escribir.

La tendencia a desconfiar

La palabra “colaborativo” está de moda. Es una bonita descripción para ponerle como apellido a casi todo: construcción colaborativa, alianza colaborativa, búsqueda colaborativa… Quise tener más información al respecto y di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; trabajo, con Coworking; por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.

Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.
No se trata de un intercambio con una gran empresa, o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber llegó a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte, que en otros países existe desde hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para, recién ahí, empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Nuevas maneras de cartografiar

Un mapa es una manera de fijar o de recrear un territorio. Es una herramienta para visualizar datos, información específica sobre un tema puntual: ríos majestuosos, soberbios volcanes, apacibles lagos… cualquier accidente geográfico de los que habla nuestra oración a la bandera, sin duda; pero también hay otras narrativas en estos instrumentos, como el Mapa de Pobreza Urbana y Exclusión Social de El Salvador, hecho en conjunto por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Pero ¿cuáles son las posibilidades que nos ofrece internet? ¿Qué podemos ‘ver’ ahora con el apoyo de las tecnologías digitales? Vamos con tres ejemplos o ideas que podrían ser adaptadas y expandidas.

La primera es “Ayotzinapa, una cartografía de la violencia”. En un número de la Revista de la Universidad de México, vi sobre la plataforma desarrollada con herramientas de software libre por parte de la Forensic Architecture de la Universidad de Londres para visualizar los eventos ocurridos en septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. Y es que buscan maneras de expandir el lenguaje cartográfico mientras sintetizan grandes cantidades de información, gracias a lo que permiten las tecnologías digitales al recrear modelos tridimensionales, animaciones y aplicaciones interactivas: “El mapa de Ayotzinapa incorpora datos públicos (informes independientes, notas periodísticas y videos) en una base de datos y los ubica en el tiempo y el espacio”. (Pueden ver más aquí: https://www.forensic-architecture.org/case/ayotzinapa/).

La segunda es para lograr una “Emancipación colaborativa”. En ese mismo número de la revista, GeoComunes cuenta su experiencia de cartografiar bienes comunes, de manera que se visualice cómo la expansión de proyectos de infraestructura mercantiliza estos bienes. Este colectivo acompaña la defensa de bienes comunes al elaborar mapas que permitan analizar y difundir la lucha de otras organizaciones colectivas, como pueblos, comunidades o barrios. Con estrategias de alfabetización informativa, no se limitan a recoger y generar mapas, sino que preparan diversos materiales que son entregados a las comunidades, a la vez que hacen talleres en estas de manera que aprendan a manejar la plataforma digital y a elaborar capas y mapas a través de las herramientas de software libre que utilizan. ¿Y por qué lo de emanciparse colaborativamente, como titulan su artículo en la revista? Porque creen que es esta construcción comunitaria de la información que, cruzado con el análisis territorial, lo que puede crear “una defensa efectiva contra la apropiación privada de los bienes comunes”. (Pueden ver más aquí: http://geocomunes.org/).

Y la tercera es la Memoria Virtual Guatemala. Memoria histórica y derechos humanos son el marco del trabajo de un grupo de instituciones y organizaciones que se sintetizan en la Ruta de la Memoria Ciudad de Guatemala, Ruta de la Memoria de San Cristóbal Verapaz, el Mapa de Exhumaciones, el Mapa de Exhumaciones e Inhumaciones, y el Mapeo de la Memoria. Y es este último el que me parece imprescindible para seguir poniendo sobre la mesa (digital) una manera de reconocer, de recordar a las víctimas de un conflicto armado como el que sufrió Guatemala, o como el que vivimos en El Salvador. Se han georreferenciado los lugares en que ocurrió algo, en que hay un memorial, en que hay un monumento, y al ser un ejercicio de memoria colectiva, es posible enviar fotos, audios, videos o textos. (Pueden ver más aquí: http://mapeo.memorialparalaconcordia.org/).

“No está puesto en ningún mapa, los lugares verdaderos nunca lo están”: es la cita de Herman Melville que inicia la revista mencionada. Y ese es el punto: ¿qué lugares, qué personas queremos mostrar para reconciliar El Salvador?

Escupirle al país

Tiene razón el exalcalde Nayib Bukele de estar enojado porque el Tribunal Supremo Electoral decidió cancelar al CD, el partido que iba a servirle de vehículo para sus aspiraciones presidenciales. Tiene razón en decir que no se vale que el FMLN y Arena vuelvan a manosear las instituciones nacionales para, con el fin de mantener sus cuotas de poder, escupir todos los afanes democráticos que se les aparecen enfrente.

Bukele, después de ser expulsado del FMLN, y a partir de ahí intentar sin éxito consolidar su movimiento Nuevas Ideas y de que no cuajara la opción del CD por las maniobras burdas del TSE, optó por inscribirse a la Gran Alianza Nacional (GANA), el partido que nació aupado, en gran parte, por el dinero y la red política del expresidente Antonio Saca -hoy preso por acusaciones de corrupción- y sus operadores políticos. Esta democracia pobre, la nuestra, terminó dándole esa opción a Nayib Bukele, y él la tomó.

En lo que toca a la decisión del TSE y el CD, la lógica del exalcalde y del ejército de influencers que le sigue y defiende hace sentido. El Frente y ARENA, dice Bukele, están haciendo lo posible por bloquearle la posibilidad de competir por la presidencia, afligidos como están los dos partidos grandes por el pobre desempeño que por el momento muestran sus candidatos en las encuestas. Y tiene razón cuando dice que, para ello, areneros y efemelenistas vuelven a hacer uso del viejo manual: escupirles a las instituciones mientras las usan para blindarse ellos y no para lo que, según la ley, están hechas.

Pero hay muchas cosas en las que Nayib Bukele no tiene razón.

A las instituciones, sí, hay que respetarlas, siempre, no solo cuando se atraviesan en tus ganas de ser presidente.
Me cuesta creerle el discurso de indignación democrática al señor Bukele cuando recuerdo que, cuestionado por la Fiscalía por su posible relación con los acusados de plagiar las marcas de LA PRENSA GRÁFICA, el entonces alcalde optó por amenazar al fiscal general e incluso llegó a decir cosas que no eran ciertas, como que a Douglas Meléndez lo investigaba la DEA estadounidense.

A la democracia y sus instituciones no se las mejora haciendo pataletas, sobre todo desde posiciones de poder, sino haciendo política seria, usando el poder para empujar reformas, no para alentar a los muchachos del “juicio del meme”.
Y me cuesta creerle al fundador de Nuevas Ideas cuando reviso que, cada vez que ha sido cuestionado, su respuesta ha sido la misma: no responder por lo que se le reclama, que no ha sido poco, sino atacar a quien le reclama. Pasó cuando el Tribunal de Ética Gubernamental le señaló los conflictos de interés que implica que una empresa de su familia haya estado vinculada a la alcaldía de San Salvador, o cuando un examen de Probidad concluyó que él no había pagado impuestos por donaciones recibidas.

Y no creo que a la democracia se la mejore desde un partido en el que han pululado los Saca y Guillermo Gallegos.
El TSE le ha escupido a la salud democrática del país otra vez, sí, pero ya Nayib Bukele había hecho lo propio antes cuando se puso matón.

Perdí la cuenta ya de cuántas veces en los años largos que llevo en esto del periodismo escuché a políticos, académicos y colegas decir que la única forma de limpiar la cloaca de corrupción y abuso del Estado en el que vivimos desde siempre es fortaleciendo las instituciones de nuestra democracia. Perdí la cuenta ya de cuántas veces lo escribí yo mismo.

Es bien simple: mientras los entes contralores y jurisdiccionales sigan al servicio de las mismas mafias políticas de derechas e izquierdas, que llevan años ahorcándonos, aquí la salida de esa cloaca se pinta bien lejana.
Fortalecer las instituciones pasa porque quienes les dan vida legal -los diputados- y quienes las operan y supervisan -el Ejecutivo y el Judicial- las respeten y las cuiden como los pilares democráticos que están llamadas a ser.

El problema es que si cada vez que un partido, un candidato o un político popular que quiere ser presidente ven amenazados sus intereses las únicas respuestas que dan pasan por desprestigiar o secuestrar esas instituciones, lo único que hacen es seguirle escupiendo al país.

P.D.: También es escupirle al país avalar a troles y plumas a sueldo en la estupidez esa de incitar violencia. Demasiada sangre de salvadoreños ha corrido y corre a diario para hacer eco a esas payasadas.

De camino a Les Monts Verts

Estoy de camino a un pueblito de 7,000 habitantes, en el norte del estado de Vermont, Estados Unidos, casi llegando a la frontera con Canadá. Este viaje me lo ha exigido el trabajo, así que lo que podré ver de Vermont es limitado en ese sentido y, sin embargo, viajar siempre implica entrar a un mundo distinto, alejado del mío en el espacio y, en cierto modo, también en el tiempo.

Me viene a buscar al aeropuerto el motorista, no oigo bien si me dice que se llama Rob o Ron, pero lo que importa más es que Rob Ron es un hombre robusto y amable. Me encuentra sentada en la banda de equipaje y me pregunta si soy Evelyn de Wisconsin, un sobrenombre que me suena a “Heidi, niña del bosque”. Alzo la vista y estoy frente a un hombre que parece pino, vestido de camisa verde, alto y triangular.

Rob Ron ha pasado la vida en Vermont y me cuenta, de camino a la camioneta, que es gran conocedor de su historia. La hora y media de viaje al pueblo donde vamos, más adentro del estado, pasa con Rob Ron contando, primero, las hazañas de su hijo prodigioso en el fútbol americano y, luego, resumiéndome la historia natural del estado. Me dice que Vermont es de los estados menos poblados de Estados Unidos. Algo que puedo comprobar fácilmente en la ruta por la falta de Walmart y McDonalds y porque no hay nada de tráfico en la carretera.

La geografía de Vermont queda marcada por limitar al este con las Montañas Verdes, parte del sistema de los Apalaches, y al oeste por el lago Champlain. Rob Ron me cuenta que el nombre de Vermont tiene origen francés y que significa “Las Montañas Verdes”, por el explorador francés Samuel de Champlain, que llamó a las montañas Les Monts Verts, “Las Montañas Verdes”.

De camino a St. Johnsbury, la ruta se desvía por pequeños pueblos, como Waterbury, Middlesex, Plainfield y Montpelier, la capital del estado de Vermont que también es un pueblo pequeño con una población que no llega a 8,000 habitantes. Por grandes ratos del camino pierdo la señal wifi en el celular y me pierdo en el panorama natural. Estamos en pleno verano y trato de imaginar cómo sería Vermont en el invierno; solitario, congelado y cubierto de nieve. Rob Ron me comenta que en enero pasaron varios días tan helados que la gasolina de los carros parecía jarabe de arce.

Nadie salía ni se movía de su casa. Le pregunto a Rob Ron si ha visto la película de los años ochenta “The Shining”, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Jack Nicholson. No la ha visto, dice, y le cuento que es la historia de un escritor exalcohólico que acepta un puesto como vigilante de invierno en un solitario hotel de alta montaña para ocuparse del mantenimiento de la mansión. Al poco tiempo de haberse instalado ahí junto a su familia, empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad debido a la incomunicación del lugar, al insomnio, y a sus propios fantasmas interiores. Rob Ron me dice que suena como una película muy buena y pasamos el resto del camino escuchando el rugir de las llantas y el murmullo de la camioneta.

Empecemos a hablar de sostenibilidad

La semana pasada se llevó a cabo la Semana de la RSE. Este evento, organizado por FUNDEMAS, se realiza hace ya varios años y se ha convertido en una de las pocas instancias para conversar en torno de temas vinculados con la anteriormente llamada Responsabilidad Social Empresarial.

Resulta, aunque a algunos no les guste mucho, que vivimos en un mundo en el que las empresas son un actor trascendental e importantísimo para la existencia misma. Analice su entorno, vea a su alrededor y se dará cuenta de que es imposible que no esté en contacto con, al menos, un producto o servicio que ofrece, al menos, una empresa.

Eso sí, no son inocuas, han causado muchísimos impactos –positivos y negativos– desde que iniciaron su misión transaccional hace tantísimos años. Y, poco a poco, las personas naturales se han ido percatando de que este accionar –independiente del tamaño de la empresa– tiene consecuencias sociales, ambientales y económicas.

La Responsabilidad Social Empresarial nació hace, al menos, 25 años como acciones dispersas, muchas veces filantrópicas, que se limitaban a donaciones a grupos usualmente vulnerables. La Teletón, por ejemplo, era respaldada en sus primeros tiempos como RSE por las empresas que participaban. Esto trajo consigo la desaprobación de este concepto por muchos grupos que la tildaban de lavado de imagen o como una treta más de las empresas para reducir su carga tributaria.

Con el tiempo, la reflexión y el aprendizaje, las empresas se dieron cuenta de que la RSE era solo un accesorio, que no dejaba de ser importante pero que no incidía en su rendimiento financiero ni comercial y, a veces, ni siquiera en su desempeño reputacional.

Al mismo tiempo, se dieron cuenta de que necesitaban vincular buenas prácticas en su cadena de valor, que estuvieran directamente relacionadas con su negocio para que no fueran elementos decorativos, sino que aportaran a su desempeño integral, es decir, financiero, social, ambiental, reputacional, etcétera. Y que así pudieran garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Es así como se evoluciona hacia el concepto de “sostenibilidad”: una mirada empresarial inteligente que integra el negocio con buenas prácticas que mitiguen o eliminen los impactos que su acción provoca en toda la cadena de valor a escala social, ambiental y económica; es decir, la sostenibilidad busca aminorar al máximo los riesgos con el objetivo de perdurar la mayor cantidad posible en el tiempo. A menor riesgo, mayor sostenibilidad.

En simultaneo, las personas también nos hemos vuelto más conscientes de los impactos que las empresas causan. Por ello, somos consumidores más exigentes, ciudadanos más informados y críticos que piden explicaciones a las empresas de dónde vienen sus productos o cómo tratan a sus empleados y proveedores, por mencionar un ejemplo.

Algunos países también han impulsado normativas y legislaciones que apuntan a incentivar a empresas más responsables y transparentes. En Europa, incluso se está hablando de “economía circular”, un innovador modelo económico que busca cambiar las formas de diseño y producción actuales.

Es decir, hay un contexto de exigencia social en torno de las empresas –así como una búsqueda propia por construir modelos de negocio que perduren en el tiempo– que ha impulsado una mirada más sostenible.

En El Salvador queda mucho por hacer. Aún estamos hablando de RSE y criticando a las empresas por sus donaciones. Por tanto, instancias como la promovida por FUNDEMAS son de gran relevancia para empezar a hablar de sostenibilidad.

Editatones para Wikipedia

¿Cuántas veces (al día, a la semana, al mes) has usado Wikipedia? ¿Qué te parecen sus contenidos? ¿Has pensado alguna vez sobre la cantidad de biografías que hay o en qué idioma es más utilizada? Para acercarnos a esto, lo primero, urgente, es desterrar cualquier resquicio de desconfianza que tengamos hacia ella: hay todo un equipo de personas que cumple con una metodología de trabajo para garantizar que lo que leamos es verificable. Segundo, y en esto nos detendremos más, vamos a hablar sobre estadísticas de artículos publicados.

En Wikimedia Argentina notaron que el 8.8 % de biografías en Wikipedia en español son de mujeres científicas, frente al 91.2 % de biografías de hombres científicos. Así que, para visibilizar el trabajo científico hecho por mujeres, Wikimedia Argentina ya tuvo dos editatones para pulir el contenido de la enciclopedia (son jornadas en las que se explica cómo es posible subir información a Wikipedia y se hacen algunos ejercicios sobre ello). También saben que hay únicamente 33 perfiles de jugadoras argentinas de fútbol, mientras que de jugadores hay 5,343.

Un poco desequilibrado, ¿no? Para eso crearon el proyecto Equilibra la Cancha, que junto a RED/ACCIÓN y Economía Femini(s)ta, busca recolectar datos biográficos sobre jugadoras, entrenadoras, réferis y otras profesionales del fútbol para que luego puedan ser editados sus perfiles en una jornada especial para la enciclopedia. Esto forma parte del Mundial de la Igualdad que, con el pretexto de la copa del mundo, ha contado en directo estadísticas relevantes en cuanto a calidad de vida, educación y otros aspectos sociales de los países que están en la cancha en Rusia. Para este proyecto, algunos salvadoreños nos hemos apuntado para hacer lo mismo, y @wikimedia_ar nos ha ofrecido su ayuda: ¿alguien se nos une?

También el Museo de la Memoria de Chile cuenta que el 84 % de los artículos de Wikipedia se refieren a Europa o Norteamérica, por lo que organizaron hace una semana su editatón sobre memoria y derechos humanos, bajo el lema “Construyendo memoria en territorios digitales”. Se han centrado en cómo crear, mejorar y actualizar el contenido que se refiere a violaciones a los derechos humanos en Latinoamérica: y sí, la buena nueva es que El Salvador también está en el mapa de Wikimedia Argentina para ampliar esta información de nuestro país.

Y tercero, creemos que Wikipedia es una enciclopedia confiable y una plataforma indispensable para ejercer la inteligencia colectiva, por eso en esta columna apoyamos el #WikipediaSeApaga: durante 36 horas de esta semana, varias ediciones de ella (incluida la de español) mantuvieron un ‘apagón’. Con este se solicitaba a la ciudadanía que exigiera al Parlamento Europeo que reconsidere cierta legislación que implicaba, entre otras cuestiones, que toda información que circula en internet debía pagar derechos de autor, lo que haría insostenible este proyecto. La fortaleza de internet reside en difundir información, mientras se respeta y cita a las fuentes de donde se obtiene (en lo que Wikipedia es muy cuidadosa).

Paola Ricaurte-Quijano y Arianna Carli-Álvarez hicieron un estudio sobre el Proyecto Wikilearning y pudieron comprobar que Wikipedia sí puede ser utilizada en un entorno de aprendizaje abierto. Y es que, como dicen estas investigadoras, debemos recuperar el valor de la gestión compartida del conocimiento, y valorar que el comprender cómo funciona esta enciclopedia acorta la brecha que hay sobre el conocimiento, además de facilitar redes globales de aprendizaje. Así que, ¿cuándo comenzamos a editar?

Trumplandia

No voy a hablar del desastre por venir, el del gobierno de rasgos xenófobos que se instalará en enero próximo en Washington. Voy a hablar ahora de lo que ya está pasando en Trumplandia. Voy a hablar de las cosas que han empezado a ocurrir en Estados Unidos desde el 8 de noviembre pasado, cuando Donald J. Trump ganó la presidencia con 1 millón de votos menos que su contrincante.

Y escribiré desde mi particular parcela, la que ocupo en este país en el que mi familia y yo vivimos desde 2009. Vivo, desde entonces, en el condado de Montgomery, en Maryland, el cual alberga a dos de las ciudades con mayor diversidad racial y étnica de Estados Unidos, entre ellas la mía, Silver Spring. Aquí manda un abanico de colores que va desde el blanco más chele hasta el tono más oscuro, pasando por todas las gamas de café. Aquí vive la “Brown America”.

Hace dos días, en el ascensor de mi edificio, mientras mi hija pequeña me contaba su día de escuela en su español con rasgos diversos de “spanglish”, una pareja de origen africano platicaba en suajili. Al despedirnos, lo hicimos en inglés.

Hoy, antes de sentarme a escribir esto, visité la enfermería de la escuela primaria de mis hijas para dejar la receta de una medicina. Me atendieron un médico de origen africano y una enfermera blanca con acento del sur de Estados Unidos.

Los padres de los mejores amigos de mis hijos nacieron en India; en Cabo Verde, Brasil; La Unión, El Salvador; en México, pero también en Virginia o en Carolina del Norte. En sus idas y venidas diarias el racismo no es algo que haya ocupado la lista de sus preocupaciones cotidianas. Hasta ahora.

No es que el racismo no exista aquí, es una enfermedad latente en toda la Unión Americana, sobre todo en los estados del sur, donde hace menos de 200 años los esclavos negros eran aún motor indispensable de la economía. Pero en lugares como el condado de Montgomery, hogar de gigantescas comunidades migrantes, entre las que ocupa un lugar muy importante la centroamericana, hablar español, comer falafel a diario o aderezar el pavo de Thanksgiving con achiote y relajo es común, y el racismo es un mal mucho más sutil. Aquí, el racismo es sobre todo económico. Hasta ahora.

El jueves 10 de noviembre pasado, dos días después de la elección de Trump, me llegó una carta de la escuela de mis hijas en la que la directora comunicaba que ese día, a media mañana, un niño de tercer grado leyó ofensas raciales escritas en un baño para varones. Luego, un padre de familia afroamericano que es mi vecino me contó que había ido a varias de las reuniones organizadas por la escuela para tratar el incidente; ahí le contaron lo que decía el letrero del baño: “Maten, maten, maten a los negros”.

Eso no pasaba en Silver Spring. Pasó el jueves 10 de noviembre. La buena noticia es que las instituciones del gobierno local (además de la escuela, la policía y el departamento de salud y recursos humanos) se han asegurado de que los padres y los niños sintamos que todo esto no es normal, que es algo intolerable.

La mala noticia es que ya hay energúmenos, aun niños, que entienden que ahora sí está bien escribir esas cosas. Todo es achacable –y en esto no valen discursitos pusilánimes– al odio racial sobre el que navegó la campaña del presidente electo, el señor Trump.

Dice Calle 13: “Si aquí trabajo, aquí tengo mi casa”. Esta es, por hoy, mi casa y la de mi familia, y la de mis vecinos africanos, y la de don Armando, el conserje salvadoreño con quien habló todos los días de fútbol, y la de la enfermera del sur profundo. Y en mi casa son bienvenidos todos los colores de piel aunque eso ya no esté tan claro para los abanderados del racismo que habitan Trumplandia y están por mudarse a la Casa Blanca.