Latinos y gringos

Trabajando en varios países de Latinoamérica uno se da cuenta que hay diferencias entre nosotros, la mayoría son pequeñas, pero se notan. Pienso que en promedio la mayoría de latinos tenemos más o menos los mismos vicios y las mismas virtudes. Eso hace que adaptarse a cualquiera de estos países no tenga mayor complicación.

Desde hace unos seis meses he estado estudiando una maestría en Estados Unidos, y si bien no es lo mismo que trabajar, la dinámica académica tiene destellos de cómo se desenvuelve la cultura “anglosajona” en lo laboral. Las diferencias acá son varias, más marcadas. Estas son algunas de las diferencias que he notado en seis meses conviviendo con latinos y gringos (vale la pena destacar que esta lista es con base en nadita más que mi mera percepción y no pretende ser un estudio serio).

Reuniones: se trata de tener las menos posibles, el coordinar que varias personas se junten es bastante difícil. Se dedica poco tiempo para conversaciones de temas no relevantes a la reunión y se va al grano casi desde el principio. A la hora de describir una historia o de contar algo, por lo general, un gringo es mucho más estructurado: “Pasó A por las razones B y C. Para resolverlo vamos a hacer D”. Por otro lado, cuando los latinos empezamos una reunión nos gusta comenzar con un “¿y cómo estás? ¿Qué tal el fin de semana?” y así. A la hora de contar una historia nos gusta construir narrativa y ser más descriptivos. Todo esto, pienso, nos lleva a construir relaciones y amistades más cercanas con nuestros equipos y compañeros de trabajo, y también a que nuestras relaciones sean menos transaccionales.

Puntualidad: aunque siempre hay excepciones, a los gringos les gusta mucho la frase “If you’re on time, you’re late” que es algo como “si llegás a la hora exacta, ya estás tarde”. La puntualidad es la norma y no la excepción. La gente es muy respetuosa del tiempo de los demás. Esto, me parece, es reflejo de una cultura más rígida y estricta. Nosotros, por el contrario, pocas veces somos puntuales, pero también pienso que podemos ser más flexibles; y eso puede ser una gran ventaja tanto en lo personal como en lo profesional.

Orientación al servicio: este es un atributo más complejo y he notado que cambia de ciudad en ciudad. La amabilidad con la que te pueden tratar en un comercio no es la misma en Austin que en Nueva York. Sin embargo, la atención al cliente tiene altos estándares; si se trata de una devolución, cambio o cualquier problema con el envío de algún artículo casi siempre tratan de enmendarlo y de darte algo extra por la dificultad que tuviste. Esto es algo más difícil de encontrar en Latinoamérica. Si un cliente tiene algún inconveniente solo algunas empresas tratan de enmendarlo, con otras (muchas más) es muy probable que solo te llevés la mala experiencia. En lo que sí pienso que nadie nos gana es en el carisma. El trato humano, por lo general, es mucho más agradable y detallista en Latinoamérica.

De nuevo, esto no tiene fundamento más que el de mi experiencia. Nunca cae mal dar un paso atrás y fijarse un poquito en las diferencias culturales que podemos tener. Para bien o mal esas diferencias son reflejo de nuestra identidad y hacen un proceso de adaptación muy interesante.

Carta desde Washington

El reporteo me volvió a llevar a la capital de Estados Unidos y sus suburbios esta semana. Viví ahí nueve años. Quizá por eso, al volver esta vez, sentí que muchas cosas no han cambiado.

En Langley Park, el inglés es la lengua más difícil de escuchar. En los restaurantes étnicos –palestinos, libaneses, etíopes, italianos–, de la muy hípster Takoma Park, todos los cocineros hablan español. Las oficinas de asistencia a migrantes en Columbia Heights siguen atestadas de centroamericanos que buscan un papel para aliviar su exilio autoimpuesto. Y así.

Hay algo que ha cambiado: hay menos civilidad. No menos corrección política, que eso es otra cosa. Hay más desesperanza. Esto tiene que ver con Donald Trump y su administración.

Aterricé en el aeropuerto de Baltimore, uno de los tres que sirven al distrito de Columbia, el jueves de la semana pasada. Dos noticias dominaban en los medios impresos: la sobremesa y posibles implicaciones del testimonio en el Congreso de Michael Cohen, el exabogado de Trump que dijo bajo juramente a una subcomisión de la Cámara Baja que su exjefe era un mentiroso y un corrupto; y los intentos del statu quo demócrata y republicano por lapidar políticamente a Ilhan Omar, congresista musulmana elegida por un distrito de Minnesota a la que algunos acusan de racismo antisemita por denunciar al millonario lobby judío que lleva años influyendo la toma de decisiones en Washington.

El miércoles pasado se añadió otra noticia, esta más relacionada con nuestra parte del mundo: las llegadas a la frontera sur estadounidense de migrantes centroamericanos que buscan asilo, sobre todo las de hondureños y guatemaltecos, creció notablemente en el último trimestre (con un aumento de casi el 70 % en el caso de los nativos de Honduras). En Washington, la discusión que las cifras volvieron a encender en Capitol Hill fue la que Trump y los suyos han secuestrado con la falacia esa de que buena parte de los males en Estados Unidos tienen que ver con el arribo de los migrantes. También se habla en Washington, aunque con menos estruendo, de lo que el aumento en los flujos migratorios vuelve a decir sobre la inviabilidad de los tres estados nacionales del Triángulo Norte centroamericano, que siguen expulsando sin pausa a los suyos, sobre todo a los más jóvenes.

Hay, a pesar de toda la retórica trumpiana, quienes desde el Congreso apuntan, por ejemplo, que las migraciones centroamericanas están relacionadas con la violencia y a la precariedad económica, sí, pero también al saqueo que los gobernantes de Honduras, Guatemala y El Salvador han hecho de los fondos públicos que, se supone, están destinados a atender a las poblaciones más vulnerables. La corrupción de dos de esos gobernantes, Jimmy Morales y Juan Orlando Hernández, ha sido, de una forma u otra, protegida por el trumpismo.

El jueves pasado, un grupo de congresistas demócratas, entre los que se cuenta el poderoso senador demócrata Patrick Leahy y la representante Norma Torres –ambos miembros de los comités que asignan la ayuda externa estadounidense– advirtió con sanciones al gobierno de Jimmy Morales, en Guatemala, por, entre otras cosas, “aliarse con actores criminales y corruptos que intentan evadir a la justicia a cualquier costo”.

Es una advertencia importante la del grupo liderado por Leahy y Torres, pero en estos días la atención del aparato político que en Washington se ocupa de Centroamérica parece preocupado únicamente por Venezuela y la obsesión de los republicanos más conservadores por invadirla. Centroamérica, a pesar del aumento en los flujos migratorios, sigue siendo un tema secundario.

Al final, en medio de todo el ruido político, poco cambia en el trajín cotidiano. Los llegados desde Lempira, Xela o Soyapango amanecen todos los días –la semana pasada con -3 Centígrados en el termómetro– para atender las jornadas de 10, 14 horas que la economía estadounidense les exige. Para ellos, como me repitió una migrante que llegó en 2010 y lleva desde entonces viviendo sin papeles, todo es mejor que volver a la tierra de la desesperanza que dejaron atrás.

Tóxico

Estaba sentada en la mesa de comedor en la casa de mis padres. Discutía con ellos la novedad de que el papá de mis hijos se había mudado al estado lejano de Arizona. Era curioso porque se había ido sin avisarle a nadie abandonando las responsabilidades inmediatas que tenía con los niños. Recuerdo detalles del cuarto mientras conversábamos; el sonido de la mesa cuando crujía contra el linóleo, la densidad de las viejas sillas de madera y la luz rosada del atardecer que poco a poco llenaba el espacio.

Ahí fue que entró al comedor un desconocido; un hombre joven sonriente y con un aire de confianza que me dejó perpleja. Sin romper la zancada nos tiró sobre la mesa una carta postal que quedó sin abrir y me dio la mano anunciando que tenía algo para mí de mi exmarido. Supe entonces la razón detrás de su huida repentina a Arizona. Sentí como que el joven me presionaba güishtes en la palma de la mano y sabía que venían llenos de alguna toxina letal. Antes de morir solo tuve chance de pensar que se quedarían solos mis hijos. Desperté.

Decidí que el año entrante no volvería a programar las lecturas de Borges y Cortázar para mis estudiantes en la misma semana. Leíamos en estos días ‘El sur’ y ‘La noche boca arriba’, dos cuentos en que se cruza el mundo de sueño con la realidad y el protagonista en cada caso sueña su muerte. Quizás por eso había terminado soñando la mía. Y sin embargo me quedé con la inquietud de la vividez de ese sueño y de lo que me habría querido comunicar aparte de la plena animosidad del divorcio.

He leído sobre casos de sueños proféticos, o premonitorios, que de alguna manía del subconsciente abren ventanas hacia el futuro que le permiten a uno acceder a una determinada información. Está el caso de Abraham Lincoln, por ejemplo, el presidente que soñó su muerte días antes de ser asesinado.

La respuesta me llegó el siguiente día cuando mi hijo me preguntó si yo no había recibido un correo que me había querido hacer llegar su papá. Me entró la sensación fugaz de haber estado en esa situación antes. No, no lo había encontrado en el buzón de email y de qué se trataba, le pregunté. Ernesto me explicó que su papá tenía programado un viaje inmediato a otro estado y que era referente a eso y al plan de tiempo compartido con ellos. Pensé en la carta postal no leída del sueño que había quedado sobre la mesa del comedor y no contesté nada ese día, que fue jueves.

Ha quedado pendiente una respuesta a esa carta que quedó perdida entre el umbral de dos mundos y ya sé lo que le voy a contestar. Que me encargo yo esa semana de los niños, que no hay problema y que goce sus días de vacaciones. En fin, hay que hacer el esfuerzo para encontrar el antídoto al veneno lastimoso de esa relación. Mando el correo electrónico, cierro la página de web y encuentro en otra página abierta un poema de Rumi del siglo 13. Lo leo y siento que leo el contenido de esa primera carta como si formara parte de un sueño lúcido:

“Más allá de las ideas de los males y las cosas buenas que nos hicimos,

hay un campo. Encontrémonos allí.

Cuando el alma se acuesta en esa grama,

El mundo está demasiado lleno para poder discutir.

Ideas, lenguaje, incluso la frase “nosotros”

Pierde todo sentido

La brisa del amanecer tiene secretos que contarte.

No te vuelvas a dormir…

La gente cruza el umbral

donde los dos mundos se juntan.

La puerta es redonda y está abierta

No te vuelvas a dormir”.

Acceso, inclusión y alfabetización digital

Recientemente, y por temas laborales, me he encontrado navegando entre artículos, estudios e información relevante sobre brecha, inclusión y alfabetización digital. Temas muy vinculados al acceso a internet y tecnologías de información en el mundo digital.

Chile es uno de los países con mayor penetración de internet en América Latina, supera el 90 %. En el caso de Centroamérica, El Salvador cuenta con un 55 % de penetración, según información de un estudio presentado hace un año atrás. Claramente, la masificación de los teléfonos inteligentes y las tecnologías 3G y 4G han contribuido enormemente a democratizar el acceso a internet, aunque aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar tasas más cercanas al 100 %.

Anteriormente, las barreras de acceso no eran únicamente de precio, sino también de infraestructura tecnológica. Sin embargo, El Salvador ha logrado ir avanzando hacia una suerte de transformación digital en una etapa incipiente.

Dicha transformación digital es una urgencia para las empresas, que reconocen que al no incorporarse rápidamente a esta ola quedarán obsoletas o perderán clientes y negocios. Sin embargo, esta urgencia digital es también un requisito para las personas: la tecnología y la digitalización se hacen indispensables para vivir en el mundo de hoy, no solo a nivel de comunicación y socialización –con las redes sociales y el WhatsApp– sino también para fines educativos, laborales, pero también cotidianos.

La inclusión digital es relevante porque establece una línea base que busca garantizar que no haya una brecha por acceso a las posibilidades del mundo digital. Por ejemplo, evitar que un niño de una zona rural no pueda postular a una beca en el extranjero porque su acceso a internet es muy precario.

Sin embargo, la accesibilidad y la inclusión no son los únicos elementos necesarios. Es aquí donde se suma un tercer proceso: la alfabetización digital, que consiste –muy resumidamente– en saber usar los medios digitales, no solo a nivel de funcionamiento, sino también de contenido.

No solo se trata de saber utilizar un aparato digital, sino de comprender y aplicar cómo ese uso puede hacer que nuestra vida mejore o que seamos más productivos y eficientes gracias a esto. Siguiendo con el ejemplo del niño: no basta con que tenga acceso a internet, sino que, además, debe saber cómo encender la computadora, navegar en la web y, luego, comprender cómo hacer su aplicación a la beca.

Es decir, hay muchos procesos que rodean la transformación digital en términos de infraestructura, pero también de usabilidad. Por tanto, tenemos ante nosotros un importante desafío que involucra diversidad de actores públicos y privados que, al unir esfuerzos y alinear objetivos, seguramente terminarán por beneficiar al país.

La transformación digital es un fenómeno mundial. En Latinoamérica, nos encontramos en pleno proceso de implementación de tecnologías e infraestructuras digitales. Por otra parte, las empresas están iniciando o viendo los frutos de sus primeros esfuerzos de transformación.

Por otra parte, no debemos perder de vista que es un proceso transversal: impacta a las empresas, a las instituciones y también a las personas. Y es a estas últimas –sobre todo a aquellas en situaciones de mayor vulnerabilidad social y económica– a quienes mayor apoyo hay que brindar, sin perder de vista que la inclusión y alfabetización digital se pueden convertir en aliados para generar oportunidades y mejoras en su calidad de vida.

3 F desde fuera

Se siente un poco extraño vivir el sentimiento electoral de El Salvador estando lejos. Acá la gente seguía su vida cotidiana como si nada, mientras yo estaba revisando redes sociales a cada rato: leyendo artículos, comentarios y tuits sobre cómo se iba desenvolviendo la jornada electoral el 3 de febrero pasado.

Esta era la primera vez que me tocaba vivir unas elecciones presidenciales desde afuera. Imagino que unos 10 o 15 años atrás, cuando todavía no teníamos el “boom” de las redes sociales como ahora, era mucho más difícil informarse. Ahora podemos dar seguimiento a cada noticia en tiempo real y hasta ver en vivo los debates presidenciales. Aún así uno no deja de sentirse lejos, casi ajeno. Yo lo comparo con la diferencia entre ver un partido de fútbol por televisión versus verlo en el estadio.

Ese 3 de febrero por ahí de las 9 o 10 de la noche ya era bastante claro que Bukele y su partido GANA iban muy por delante del resto, ya tenían ganadas las elecciones. Después de tres décadas de bipartidismo alguien había logrado romper con el péndulo de poder, por lo menos en el Ejecutivo, que habían concentrado ARENA y el FMLN. Desde afuera casi me parecía mentira. Recuerdo despertar el lunes y revisar mi teléfono para cerciorarme que, en efecto, GANA se había llevado las elecciones.

El candidato de GANA, en mi opinión, está muy lejos de ser lo que necesita el país. Ya llevamos décadas sin un presidente que tenga por lo menos educación universitaria, confiando solo en sus “buenas intenciones”. Sé que la educación no garantiza la ética, pero es lo mínimo que deberíamos de exigir de alguien que tome las riendas del país en el Ejecutivo. El tener a alguien con buenas intenciones pero sin aptitudes o la preparación adecuada para gobernar es una receta perfecta para un populismo cortoplacista que genera muchos más problemas de los que soluciona. Ambas cosas, la preparación académica y las ganas de servir no son mutuamente excluyentes. Enfocarnos y demandar de la oferta política solamente uno de estos atributos es ser mediocres. Podemos exigir y nos merecemos más.

A pesar de todo ya tenemos presidente electo. Por primera vez alguien que no responde a cúpulas partidarias tiene la oportunidad de desechar lo malo que se ha venido haciendo y continuar lo que ha venido funcionando de administraciones anteriores. También necesitará contar con apoyo legislativo, ya que los 11 diputados de GANA (13% de la Asamblea Legislativa) no son algo significativo para poder gobernar. El tender puentes con rivales partidarios requerirá de una actitud más conciliadora y humilde de parte de Bukele, lo cual quizá sea su reto más grande hasta ahora en su carrera política. Este también parece ser un punto de quiebre para los partidos tradicionales. El mensaje que ha dado la gente en las urnas es de “evolucionar o morir”. Aplicar las mismas estrategias, los mismos mensajes y seguir con las mismas caras asegurará la extinción merecida de ARENA y el FMLN.

A los ciudadanos nos toca ser más vigilantes. Tenemos a un presidente electo que tiene muchas cosas por las cuales responder, como el financiamiento de su campaña y las investigaciones en proceso en la Fiscalía, y un comportamiento que para muchos es antidemocrático. Por mi parte, estando lejos, veo el panorama muy complicado. Espero equivocarme en mis sospechas y que el país dé un giro para que los salvadoreños tengan menos razones para irse del país y quienes estemos afuera tengamos más razones para regresar.

¿Y hoy?

Ganó por mucho. Los dos partidos grandes siguen revisándose las heridas para entender cómo sangraron tantos votos, sobre todo el FMLN. Lo cierto es que Nayib Bukele ganó, hoy es el presidente electo de la república, y la calidad numérica de su triunfo le abre a él, al país y a su oposición un escenario inédito en muchos ámbitos.

Admito, de entrada, que me cuento entre quienes pensamos que el triunfo de Bukele era una posibilidad, pero la contundencia de su triunfo me ha dejado sorprendido. Yo también me equivoqué al pensar que algunos viejos clichés en la política local, como aquello del territorio, las diferencias en las votaciones legislativas y las presidenciales o la importancia de las marcas partidarias eran factores a tomar en cuenta. Ya no. Al menos no en esta elección.

Nayib Bukele ganó y queda como una de las deudas más urgentes del periodismo local –y de otros como la academia por supuesto– empezar a buscar explicaciones a las causas. Más importante, sin embargo, es intentar entender lo que viene.

Una de las preguntas más importantes, para mí, es esta: cómo un candidato que compitió con un partido tan señalado por actos de corrupción, y cómo siendo él mismo un político que al menos en una de sus administraciones municipales y en su campaña no hizo gala de transparencia logró capitalizar tan bien el hartazgo que la corrupción de la clase política provocó en el electorado.

No me cabe duda de que buena parte de las debacles electorales y políticas de ARENA y el FMLN tienen que ver con su corrupción. Ni Hugo Martínez en el caso del Frente ni Carlos Calleja en la de la coalición arenera fueron capaces de despegarse del inmenso tufo a corrupción que desprenden ya los dos partidos. No fue solo la corrupción, fue también que ambas dirigencias se quedaron por muchos años en las oficinas del poder apreciándose el ombligo mientras se preocupaban por acaparar poder a toda costa, aun en detrimento de su propia clientela política. Nunca FMLN y ARENA se parecieron tanto como en esta derrota.

Bukele, a pesar de GANA, el partido de Guillermo Gallegos y Hérbert Saca, capitalizó ese hartazgo generado por la corrupción. Y capitalizó con creces: ganó en todos los departamentos, en bastiones de unos y otros. Su victoria es incontestable. Eso puede ser bueno para el país, pero también puede ser el augurio de un escenario macabro. Todo depende, ya, de un presidente que ganó sin partido, sin cúpula, a puro voto.

El mandato de Bukele puede ser macabro, si el presidente cede a la tentación de reproducir las prácticas que condenó en campaña, o si no entiende muy pronto que una cosa es desviar durante el proselitismo la atención de preguntas legítimas sobre malas prácticas señaladas a él y su entorno y otra es atarse a ellas durante cinco años sin consecuencias. Si Nayib Bukele opta por acudir a Hérbert Saca como operador político, a usar recursos públicos para promover de forma ilegal su imagen o a pactar con grupos y empresarios vinculados al crimen organizado, me gustaría creer que el mismo electorado que le dio su confianza abrumadora se lo reclame la próxima vez que esté en una urna.

Tampoco será buena noticia que, como le ocurrió a Mauricio Funes, Bukele ceda a los rasgos más confrontativos e irracionales de su personalidad. Me han dicho en las últimas 48 horas que Bukele es diferente; que él, a diferencia de Funes, tiene la humildad suficiente para escuchar y la inteligencia política para entender dónde se dibujan los límites. Espero, por el bien de este país, que así sea.

Si Nayib Bukele entiende su victoria holgada como una señal para hacer cosas atrevidas en el bien de la nación, como nombrar, de verdad, a funcionarios honestos y capaces, no acudir a la compra de voluntades políticas de diputados con los dineros reservados de Casa Presidencial y aprovechar la buena imagen internacional que construyó para hilar una política internacional digna, entonces las noticias serán mejores.

Las primeras señales están a la vuelta de la esquina. Gabinete. Interlocutores políticos. Pacto fiscal. CICIES. Actitud frente a funcionarios de segundo grado como el fiscal general de la república. Decisiones sobre el uso de fondos de CAPRES. La palabra, hoy, la tiene el presidente electo.

El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: “Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)”. Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: “Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros”. No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela “Los detectives salvajes”, del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: “Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones”. Bolaño agrega: “Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito”.

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.

Dime qué planeas y te diré si tienes mi voto

Latinoamérica está experimentando un cambio político. Estos cambios a escala de jefes de Estado han sido impulsados por una suerte de cansancio generalizado de los gobiernos que los han antecedido. Los cuales no han llenado las expectativas de los ciudadanos.

Podríamos decir que en 2015 Argentina inició con este cambio político con el derechista Mauricio Macri, quien vino a sentarse en el sillón presidencial luego de años de gobierno de una debilitada dinastía kirchnerista, liderada, en su última fase, por Cristina Fernández, con una tendencia, más bien, de izquierda.

En Chile, un caso menos radical, Sebastián Piñera asumió su segundo mandato después de una sana alternancia con Michelle Bachelet, una gobernante más asociada a las políticas sociales. Piñera, un empresario con una amplia carrera política, se ubica en el espectro de las derechas.

Brasil, por otra parte, un país que por años se distinguió por su orientación a las izquierdas y una fuerte vocación social, pasó de estar gobernado por una Vilma Rousseff –que a pesar de los escándalos se mantenía en el liderazgo político–, a un Jair Bolsonaro, un exmilitar sin rasgo alguno de izquierdista. Ahora, la máxima autoridad del gigante suramericano es un personaje de ultraderecha que pasa de polémica en polémica por sus pronunciamientos sobre el matrimonio gay, los indígenas, la inmigración y otros.

En México, Andrés Manuel López Obrador, AMLO, finalmente llegó al Ejecutivo. Esto en medio de una masiva celebración entre sus adeptos, quienes ven en este recién electo gobernante un nuevo aire que, luego de años de liderazgos de derecha en un país lleno de desigualdades, pueda resolver las complejas dinámicas sociales, económicas y de seguridad que aquejan a los mexicanos.

En unas semanas, El Salvador también decidirá quién será su nuevo gobernante. Y es importante recordar que nosotros también hemos estado bajo un gobierno de izquierda durante varios períodos. ¿Seguiremos la tendencia latinoamericana de cambio?

Además de la evidente necesidad de alternancia y más allá de la tendencia de los políticos en contienda es importante reflexionar sobre sus propuestas. ¿Por qué entregar su voto a uno o a otro? Para resolver esa pregunta los planes de gobierno son clave.

A semanas de las elecciones, en internet, usted puede tener acceso a los planes que los diferentes partidos tienen para su período en el poder, si visita los siguientes links:

Puede que resulte poco atractivo sentarse a leer 4 propuestas supuestamente maravillosas que van a convertir a El Salvador en la panacea, lo sé. Lo entiendo, ¡pero es importante!

Entonces, le pido que reflexione sobre lo siguiente: si usted lee y analiza estas propuestas, va a estar tomando una decisión informada, porque merece saber qué pretenden hacer los candidatos con el país durante cinco años, más allá de lo que dice la agotadora propaganda. Porque su voto es valioso y no hay que tomárselo a la ligera, ni entregarlo porque sí, “porque siempre he votado por los mismos”, ni porque “ni modo”.

Usted es capaz de analizar estos planes de gobierno y tomar sus propias decisiones, ir más allá de lo que dice Facebook, el noticiero de la noche, sus amigos, su familia o la tradición.

Tómese el tiempo para analizar qué dice cada uno y hagamos de estas elecciones un proceso más profundo que un simple cambio de gobierno.

#NuestraVozCuenta

En El Salvador, estamos a dos semanas exactas de elegir al nuevo presidente de la república para los siguientes cinco años. Sí, ese #3F #ElSalvadorDecide entre cuatro fórmulas a quién le vamos a dar nuestro voto de confianza para evitar más #CaravanaDeMigrantes. A quién le vamos a exigir que, como Estado, proteja a nuestras niñas y a nosotras como mujeres y nos haga #JusticiaParaCarlaAyala, para tantas Imeldas Cortez, tantas Karlas Turcios, tantas Rosas Marías Bonilla.

Porque este domingo 3 de febrero yo, además de lo que han dicho en sus ‘hashtags’, digo en sus campañas, quiero exigir transparencia en el trabajo del Gobierno, integridad, honestidad, visión estratégica. Apuestas por salud y educación. Que tengan claro que el país lo construiremos entre todos y que ni los votos válidos implican que no se los cuestionaremos ni los nulos implica que no nos importa. Y luego entre todos los que se apunten ocuparemos las #RedesTecnoPolíticas para hacer la #ContraloríaCiudadana más precisa que se ha hecho hasta ahora.

Y por eso ahora esta columna cuenta sobre el ‘hashtag’ que ha estado en Guatemala como tendencia nacional (‘trending topic’) las 24 horas del 9 y del 10 de enero, además de otras horas el 8 y el 11, el 12 (marcha de los artistas), y aún el día 13. #NuestraVozCuenta ha estado moviéndose en Instagram, Facebook y Twitter para denunciar la violencia que no ha recibido ni apoyo ni justicia por parte del Estado, en una suerte de catarsis colectiva para protestar por la actitud del gobierno de Jimmy Morales al querer sacar a la CICIG de Guatemala. Hay cientos de minihistorias fuertes, demasiado cotidianas.

“Por los niños lustradores que no tienen oportunidad de estudiar #NuestraVozCuenta“: Carlos López A. (@cglalburez).

“Hablo por Sandra, niña q’eqchi’ de San Luis Petén que no pudo seguir estudiando el básico, ya que su familia no contaba con 10 quetzales mensuales para pagar sus estudios. #NuestraVozCuenta“: Sofía (@sofspereira).

“Trabajo como docente, sin embargo, lo que gano no se llama salario. En las escuelas rurales hay precariedad, delincuencia, asesinatos y las carreteras están pésimas, debemos trabajar un año ad honorem para conseguir un contrato. #NuestraVozCuenta“: Ronaldo Ramos (@ronaldo_pixel).

“Mi hermana cumple dos años de haber quedado viuda… ¡asesinaron a su esposo por extorsión! Y aquí todo sigue igual… #NuestraVozCuenta“: ChinitayChata (@rojitasrodas).

Papi volvía a media noche de hacer un trabajo hace 11 años. Se bajó del carro a discutir con alguien a seis cuadras de la casa. Cuando iba a subirse, le dispararon por la espalda a la cabeza. Esta es la hora en que no hay culpables. Faltó ser más canchitos #NuestraVozCuenta“: Jeanny Ivanna Chapeta (@JeannyChapeta).

“Por millones de familias guatemaltecas que viven situación de pobreza, viviendo en precariedad, en riesgo de caer al abismo del barranco, o ser sepultadas por la erupción de un volcán, sin agua potable o nutrición para sus hijos. #MásDerechosMenosPrivilegios #NuestraVozCuenta“: Diego Arana (@Diego_Arana).

“Por todas las veces que tuve que comprar insumos para atender pacientes como se lo merecen o las horas que pasé ventilando manualmente porque no hay ventiladores mecánicos en los hospitales. #NuestraVozCuenta“: Mariana Núñez (@mariannmed).

“17 de junio de 2003, afuera de nuestra casa asesinaron a mi tío, dos balazos en el cuello y uno en el corazón. El hecho quedó impune. Por el eco de su voz que guardo en mi memoria y corazón #NuestraVozCuenta“: Anderson (@Stua25).

“Por las víctimas del #VolcánDeFuego, #EstamosAquí!! #NoPodemosQuedarnosCallados #NoAlMoralazo #NuestraVozCuenta“: Antigua Al Rescate (@rescateantigua).

Sustituya San Luis Petén por San Juan Nonualco. Quetzales por dólares. Volcán de Fuego por terremoto de 2001. Hay tantas historias idénticas. Tantas voces que debemos recordar.

Porque el país lo (re)construimos entre todos. Entre las voces de todos. Entre los votos de todos. Los válidos, los nulos, los que se fueron en blanco y entre quienes no irán a votar. Entre todos. Lo que hagamos sí cuenta. #ProhibidoOlvidar.

¿Y Probidad?

Se fue Douglas Meléndez de la Fiscalía. Llegó Raúl Melara, marcado por las enormes dudas que genera su cercanía al partido ARENA. Antes se había dado la renovación de la Corte Suprema de Justicia con la llegada de nuevos magistrados a la Sala de lo Constitucional; una de las primeras decisiones, en esta nueva composición, ha sido echar más sombras a la forma en que el máximo tribunal procesa los casos de la oficina de Probidad. No son buenas noticias.

Empecemos por la Fiscalía. En el obituario del exfiscal Meléndez hay que escribir, sí, que se quedó corto en varios de los casos que pretendió, al llegar al despacho, incluir en la bitácora de su gestión. En casos importantes, como las de ejecuciones extrajudiciales atribuidas a la fuerza pública o la tregua entre las pandillas y el Estado, acudió a esa su costumbre de intentar cubrir con frases altisonantes carencias básicas en acciones penales que casi nunca tocaron a los planificadores de los crímenes o a los funcionarios de alto rango que los permitieron.

Tampoco fue Meléndez capaz de emprender dentro de la Fiscalía una reforma real, encaminada a extirpar la desidia o corrupción de algunas jefaturas. Siempre acudía el exfiscal a justificarse en la falta de recursos.

Eso dicho, también hay que escribirlo con todas las letras, que Douglas Meléndez hizo lo que ninguno de sus antecesores había hecho: emprender procesos penales serios y en algunos casos bien investigados contra los más importantes representantes del poder político. La condena y confesión criminal de Elías Antonio Saca y la persecución penal a Mauricio Funes no son poca cosa.

Importante fue también la acción legal emprendida contra el empresario Enrique Rais, quien había armado, en el mismo ministerio público y en los tribunales, una red de corrupción que incluyó, además de a un ex fiscal general, a jueces, policías, peritos forenses y periodistas. El de Rais es uno de los mejores ejemplos de hasta qué punto una mafia privada puede cooptar al Estado.

Estos casos, como ya apuntaba Cristian Villalta en este periódico, no hicieron más que confirmar por vía procesal penal la extensión de la podredumbre que existe en nuestras instituciones. Eso es ya, en algunos casos, verdad judicial, gracias, por ejemplo, a la confesión del expresidente Antonio Saca, que es en realidad un manual de cómo desviar fondos públicos a operaciones políticas y cuentas personales.

Buena parte de las acusaciones que Meléndez presentó en los casos contra Funes y Saca están basados en los descubrimientos hechos por la sección de Probidad de la Corte Suprema. El futuro de esa oficina y de lo que la Fiscalía haga con los insumos que de ella reciba son esenciales para la lucha contra la corrupción en El Salvador.

Pero Probidad parece ya un fantasma. Eso se debe a las mafias políticas que han intentado anularla, a los mismos diputados que son juez y parte en esto; que fueron investigados por Probidad y tuvieron voz y voto en las elecciones tanto de los magistrados de los que hoy depende esa oficina como de la del fiscal que es hoy encargado de convertir en persecuciones penales esos indicios.

En la lista de investigados por Probidad hay funcionarios y diputados del FMLN, ARENA y de GANA, las tres principales fuerzas políticas en contienda para la presidencial del próximo 3 de febrero. Varios de ellos son voces influyentes en esos tres partidos políticos; voces que estuvieron en las mesas donde se escogió a los magistrados y a Raúl Melara.

No es descabellado –ni siquiera extraordinario– pensar que esos electores pusieron en la mesa de negociación su interés de mantener los archivos de Probidad en la oscuridad y congeladas las investigaciones de ellos derivadas. Señores magistrados y señor fiscal general Raúl Melara, de ustedes depende ahora, solo de ustedes, despejar estas dudas.