Empecemos a hablar de sostenibilidad

La semana pasada se llevó a cabo la Semana de la RSE. Este evento, organizado por FUNDEMAS, se realiza hace ya varios años y se ha convertido en una de las pocas instancias para conversar en torno de temas vinculados con la anteriormente llamada Responsabilidad Social Empresarial.

Resulta, aunque a algunos no les guste mucho, que vivimos en un mundo en el que las empresas son un actor trascendental e importantísimo para la existencia misma. Analice su entorno, vea a su alrededor y se dará cuenta de que es imposible que no esté en contacto con, al menos, un producto o servicio que ofrece, al menos, una empresa.

Eso sí, no son inocuas, han causado muchísimos impactos –positivos y negativos– desde que iniciaron su misión transaccional hace tantísimos años. Y, poco a poco, las personas naturales se han ido percatando de que este accionar –independiente del tamaño de la empresa– tiene consecuencias sociales, ambientales y económicas.

La Responsabilidad Social Empresarial nació hace, al menos, 25 años como acciones dispersas, muchas veces filantrópicas, que se limitaban a donaciones a grupos usualmente vulnerables. La Teletón, por ejemplo, era respaldada en sus primeros tiempos como RSE por las empresas que participaban. Esto trajo consigo la desaprobación de este concepto por muchos grupos que la tildaban de lavado de imagen o como una treta más de las empresas para reducir su carga tributaria.

Con el tiempo, la reflexión y el aprendizaje, las empresas se dieron cuenta de que la RSE era solo un accesorio, que no dejaba de ser importante pero que no incidía en su rendimiento financiero ni comercial y, a veces, ni siquiera en su desempeño reputacional.

Al mismo tiempo, se dieron cuenta de que necesitaban vincular buenas prácticas en su cadena de valor, que estuvieran directamente relacionadas con su negocio para que no fueran elementos decorativos, sino que aportaran a su desempeño integral, es decir, financiero, social, ambiental, reputacional, etcétera. Y que así pudieran garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Es así como se evoluciona hacia el concepto de “sostenibilidad”: una mirada empresarial inteligente que integra el negocio con buenas prácticas que mitiguen o eliminen los impactos que su acción provoca en toda la cadena de valor a escala social, ambiental y económica; es decir, la sostenibilidad busca aminorar al máximo los riesgos con el objetivo de perdurar la mayor cantidad posible en el tiempo. A menor riesgo, mayor sostenibilidad.

En simultaneo, las personas también nos hemos vuelto más conscientes de los impactos que las empresas causan. Por ello, somos consumidores más exigentes, ciudadanos más informados y críticos que piden explicaciones a las empresas de dónde vienen sus productos o cómo tratan a sus empleados y proveedores, por mencionar un ejemplo.

Algunos países también han impulsado normativas y legislaciones que apuntan a incentivar a empresas más responsables y transparentes. En Europa, incluso se está hablando de “economía circular”, un innovador modelo económico que busca cambiar las formas de diseño y producción actuales.

Es decir, hay un contexto de exigencia social en torno de las empresas –así como una búsqueda propia por construir modelos de negocio que perduren en el tiempo– que ha impulsado una mirada más sostenible.

En El Salvador queda mucho por hacer. Aún estamos hablando de RSE y criticando a las empresas por sus donaciones. Por tanto, instancias como la promovida por FUNDEMAS son de gran relevancia para empezar a hablar de sostenibilidad.

Editatones para Wikipedia

¿Cuántas veces (al día, a la semana, al mes) has usado Wikipedia? ¿Qué te parecen sus contenidos? ¿Has pensado alguna vez sobre la cantidad de biografías que hay o en qué idioma es más utilizada? Para acercarnos a esto, lo primero, urgente, es desterrar cualquier resquicio de desconfianza que tengamos hacia ella: hay todo un equipo de personas que cumple con una metodología de trabajo para garantizar que lo que leamos es verificable. Segundo, y en esto nos detendremos más, vamos a hablar sobre estadísticas de artículos publicados.

En Wikimedia Argentina notaron que el 8.8 % de biografías en Wikipedia en español son de mujeres científicas, frente al 91.2 % de biografías de hombres científicos. Así que, para visibilizar el trabajo científico hecho por mujeres, Wikimedia Argentina ya tuvo dos editatones para pulir el contenido de la enciclopedia (son jornadas en las que se explica cómo es posible subir información a Wikipedia y se hacen algunos ejercicios sobre ello). También saben que hay únicamente 33 perfiles de jugadoras argentinas de fútbol, mientras que de jugadores hay 5,343.

Un poco desequilibrado, ¿no? Para eso crearon el proyecto Equilibra la Cancha, que junto a RED/ACCIÓN y Economía Femini(s)ta, busca recolectar datos biográficos sobre jugadoras, entrenadoras, réferis y otras profesionales del fútbol para que luego puedan ser editados sus perfiles en una jornada especial para la enciclopedia. Esto forma parte del Mundial de la Igualdad que, con el pretexto de la copa del mundo, ha contado en directo estadísticas relevantes en cuanto a calidad de vida, educación y otros aspectos sociales de los países que están en la cancha en Rusia. Para este proyecto, algunos salvadoreños nos hemos apuntado para hacer lo mismo, y @wikimedia_ar nos ha ofrecido su ayuda: ¿alguien se nos une?

También el Museo de la Memoria de Chile cuenta que el 84 % de los artículos de Wikipedia se refieren a Europa o Norteamérica, por lo que organizaron hace una semana su editatón sobre memoria y derechos humanos, bajo el lema “Construyendo memoria en territorios digitales”. Se han centrado en cómo crear, mejorar y actualizar el contenido que se refiere a violaciones a los derechos humanos en Latinoamérica: y sí, la buena nueva es que El Salvador también está en el mapa de Wikimedia Argentina para ampliar esta información de nuestro país.

Y tercero, creemos que Wikipedia es una enciclopedia confiable y una plataforma indispensable para ejercer la inteligencia colectiva, por eso en esta columna apoyamos el #WikipediaSeApaga: durante 36 horas de esta semana, varias ediciones de ella (incluida la de español) mantuvieron un ‘apagón’. Con este se solicitaba a la ciudadanía que exigiera al Parlamento Europeo que reconsidere cierta legislación que implicaba, entre otras cuestiones, que toda información que circula en internet debía pagar derechos de autor, lo que haría insostenible este proyecto. La fortaleza de internet reside en difundir información, mientras se respeta y cita a las fuentes de donde se obtiene (en lo que Wikipedia es muy cuidadosa).

Paola Ricaurte-Quijano y Arianna Carli-Álvarez hicieron un estudio sobre el Proyecto Wikilearning y pudieron comprobar que Wikipedia sí puede ser utilizada en un entorno de aprendizaje abierto. Y es que, como dicen estas investigadoras, debemos recuperar el valor de la gestión compartida del conocimiento, y valorar que el comprender cómo funciona esta enciclopedia acorta la brecha que hay sobre el conocimiento, además de facilitar redes globales de aprendizaje. Así que, ¿cuándo comenzamos a editar?

Trumplandia

No voy a hablar del desastre por venir, el del gobierno de rasgos xenófobos que se instalará en enero próximo en Washington. Voy a hablar ahora de lo que ya está pasando en Trumplandia. Voy a hablar de las cosas que han empezado a ocurrir en Estados Unidos desde el 8 de noviembre pasado, cuando Donald J. Trump ganó la presidencia con 1 millón de votos menos que su contrincante.

Y escribiré desde mi particular parcela, la que ocupo en este país en el que mi familia y yo vivimos desde 2009. Vivo, desde entonces, en el condado de Montgomery, en Maryland, el cual alberga a dos de las ciudades con mayor diversidad racial y étnica de Estados Unidos, entre ellas la mía, Silver Spring. Aquí manda un abanico de colores que va desde el blanco más chele hasta el tono más oscuro, pasando por todas las gamas de café. Aquí vive la “Brown America”.

Hace dos días, en el ascensor de mi edificio, mientras mi hija pequeña me contaba su día de escuela en su español con rasgos diversos de “spanglish”, una pareja de origen africano platicaba en suajili. Al despedirnos, lo hicimos en inglés.

Hoy, antes de sentarme a escribir esto, visité la enfermería de la escuela primaria de mis hijas para dejar la receta de una medicina. Me atendieron un médico de origen africano y una enfermera blanca con acento del sur de Estados Unidos.

Los padres de los mejores amigos de mis hijos nacieron en India; en Cabo Verde, Brasil; La Unión, El Salvador; en México, pero también en Virginia o en Carolina del Norte. En sus idas y venidas diarias el racismo no es algo que haya ocupado la lista de sus preocupaciones cotidianas. Hasta ahora.

No es que el racismo no exista aquí, es una enfermedad latente en toda la Unión Americana, sobre todo en los estados del sur, donde hace menos de 200 años los esclavos negros eran aún motor indispensable de la economía. Pero en lugares como el condado de Montgomery, hogar de gigantescas comunidades migrantes, entre las que ocupa un lugar muy importante la centroamericana, hablar español, comer falafel a diario o aderezar el pavo de Thanksgiving con achiote y relajo es común, y el racismo es un mal mucho más sutil. Aquí, el racismo es sobre todo económico. Hasta ahora.

El jueves 10 de noviembre pasado, dos días después de la elección de Trump, me llegó una carta de la escuela de mis hijas en la que la directora comunicaba que ese día, a media mañana, un niño de tercer grado leyó ofensas raciales escritas en un baño para varones. Luego, un padre de familia afroamericano que es mi vecino me contó que había ido a varias de las reuniones organizadas por la escuela para tratar el incidente; ahí le contaron lo que decía el letrero del baño: “Maten, maten, maten a los negros”.

Eso no pasaba en Silver Spring. Pasó el jueves 10 de noviembre. La buena noticia es que las instituciones del gobierno local (además de la escuela, la policía y el departamento de salud y recursos humanos) se han asegurado de que los padres y los niños sintamos que todo esto no es normal, que es algo intolerable.

La mala noticia es que ya hay energúmenos, aun niños, que entienden que ahora sí está bien escribir esas cosas. Todo es achacable –y en esto no valen discursitos pusilánimes– al odio racial sobre el que navegó la campaña del presidente electo, el señor Trump.

Dice Calle 13: “Si aquí trabajo, aquí tengo mi casa”. Esta es, por hoy, mi casa y la de mi familia, y la de mis vecinos africanos, y la de don Armando, el conserje salvadoreño con quien habló todos los días de fútbol, y la de la enfermera del sur profundo. Y en mi casa son bienvenidos todos los colores de piel aunque eso ya no esté tan claro para los abanderados del racismo que habitan Trumplandia y están por mudarse a la Casa Blanca.

La hortensia, la araña y el hombre

Antes, por la ventana de la cocina alcanzaba a ver el patio de la vecina y, allí, su hortensia que no daba flores. La planta era sana y verde como el jade, pero se resistía a florecer. La dueña me comentó acerca de eso hoy, sobre todas las artimañas que había intentado para forzarla a dar flores.

La última vez que había florecido fue en el propio invernadero de Walmart, donde la compró hace tres años. Hasta que, hace poco, alguien le comentó que el problema era la variación de planta: no era apta para el clima de Wisconsin. Había comprado una hortensia mala entre tantas más resistentes. Esa se autorregulaba en los inviernos para conservar energía vital. Al fin, la vecina terminó extrayéndola de la tierra y consiguiendo otra hortensia más servicial que, hasta hoy, da flores turquesas atractivas.

En la ventana de la cocina, a mediodía, no sé ni quien se fijó primero que había una araña que había atrapado una mosca en un rincón. La mosca era, quizá, ocho veces más grande que la araña. La vi con mis hijos unos minutos, mientras pinzaba y jalaba a la mosca. La mosca movía las patitas al principio, pero, al rato, se le quedaron tiesas. La araña solo aceleraba el ritmo de su labor jalando al insecto a través de la telaraña, amarrándola.

Cuando se aburrieron de observar la escena, me tuve que poner entre mis hijos y la araña, porque vi que estaban ansiosos por matarla. Mi hijo me dijo que solo la iba a sacar de la casa. Yo me opuse, explicándole que, si la molestábamos, íbamos a arruinar todo el sistema y el trabajo que acabábamos de estar, maravillados, viendo.

Pensando haber apaciguado a mis hijos lo suficiente, salí hacia la casa de Beto, un amigo de la tercera edad que estaba ingresando a un centro de hospicio. Tiene una enfermedad terminal de los pulmones que no le permite respirar bien, “por fumar demasiado en la juventud y por los genes”, me había contado alguna vez.

Monté todo un equipo de tanques de oxígeno, aparatos y la andadera de Beto al carro. Al final se subió también él, agradeciendo el clima fresco. Me dijo que, cuando el tiempo está caluroso y húmedo, le entra una sensación de voracidad de aire. Nos tocó el tráfico de las 5 de la tarde. En algún momento me pitaron por manejar con más cuidado de lo normal, con más lentitud, y me sentí atrapada por la agresividad de los otros carros, las carreras y la agitación humana. Mientras tanto, Beto invertía toda su energía vital en respirar y en no morir. Y, sin embargo, a medio camino recordó que era mi cumpleaños y me cantó “Cumpleaños feliz”, con su voz rasposa y a pesar de la falta de aire.

Cuando regresé a la ventana de la cocina vi que tanto la mosca como la araña y la telaraña ya no estaban. Ni estaban mis hijos para preguntarles por ella. Vi la nueva hortensia con sus medallones azules y recordé el tráfico de la tarde. Pensé en lo insidioso de estas formas inconscientes de enfrentarnos con la vida y la muerte. Son maneras establecidas de ordenar nuestros días sin ser plenamente conscientes de lo que estamos haciendo. La alternativa cuesta más; implica atención, reflexión, tolerancia y empatía, pero, quizás con más conciencia, percibiríamos más lo que es real y esencial de la vida.

Un cascabel para otro gato

El Salvador nunca es aburrido, siempre se encuentra inmerso en una avalancha de acontecimientos. En los últimos días, tienen que ver con la polémica sobre la reactivación del proyecto de ley de privatización del agua, sumado al destape de la corrupción del expresidente Funes.

Esta es una buena noticia. Aunque resulte paradójico y nos llene de profunda rabia e indignación que miles de millones de dólares hayan sido malversados en la gestión del expresidente Funes, es positivo que haya una investigación y una orden de captura en su contra.

Tanto en términos de madurez política como institucional, es importante que en nuestro país se empiecen a investigar y a condenar los hechos de corrupción. Pero, al mismo tiempo, las condenas y los castigos a estos delincuentes deben ser ejemplares. La corrupción es una de las principales explicaciones para los cientos de problemas por los que nuestro país atraviesa. Por eso es importante que se disminuyan los incentivos para los corruptos.

¿Seremos capaces los salvadoreños de ponernos de acuerdo en esto? ¿Podremos dejar de lado nuestra eterna polaridad para convenir que la corrupción es asquerosa de donde sea que venga?

En su momento, Funes dijo que le había puesto el cascabel al gato, como una forma de demostrar que habían descubierto al ladrón. Sus seguidores aplaudieron la revelación y ese fue el primer paso para demostrar que en El Salvador se puede condenar a un corrupto. Ahora es su turno. A él también le pusieron el cascabel y espero que, así como en aquella oportunidad, cuando sus seguidores aplaudieron y avalaron la condena a la corrupción, esta vez también lo hagan, con el mismo ahínco y consistencia.

El punto es que no existe una corrupción más aceptable que otra porque coincida con mi punto de vista político. Toda la corrupción es condenable. Punto.

A manera de referencia regional, tenemos las experiencias de distintos países en América Latina que han ido destapando diversos escándalos de corrupción, como Brasil y Perú. Chile no ha sido la excepción, a pesar de ser uno de los países con mejores índices de transparencia y solidez institucional. Uno de los episodios más polémicos involucraba a un holding de empresas llamado PENTA. El caso aún se encuentra en los tribunales pero cuando fue descubierto, hace unos tres años, se transformó en uno de los casos más mediáticos porque no solo involucraba a poderosos empresarios, sino también a altos funcionarios.

Uno de los principales aprendizajes de este caso tiene que ver con el actuar de la Fiscalía. Para perseguir la corrupción se requiere de fiscales implacables e imparciales, dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias. Esto habla de la independencia de las instituciones para hacer su trabajo como corresponde, así como de la integridad de sus funcionarios.

En este caso, espero también que la Policía y las autoridades responsables de la captura de Mauricio Funes y el resto de implicados en este penoso caso de corrupción hagan su trabajo, capturando oportunamente a los acusados.

Lo ideal sería que la corrupción se eliminara del actuar público y privado; sin embargo, esa es aún una utopía. Así que, por mientras, corresponde descubrirla, perseguirla y condenarla con ímpetu en todos los niveles con la esperanza de que los castigos desincentiven a estos ladrones.

Y que se preocupen los gatos, porque les van a poner su cascabel.

Por otros 10 años de narración, datos y periodismo

Séptimo Sentido cumple 10 años de andar por las calles. De hacer siete preguntas y de escuchar historias. De juntar cartas en su buzón. Por ello, quería desearles de cumpleaños que se aventuren cada vez más por el periodismo de datos. Que se den el chance de soñar en grande sobre cómo las tecnologías digitales pueden apoyar la difusión de “las historias bien narradas”.
Frente a la idea de que estamos en la era de los big data, en donde en principio podemos acceder a cantidades inmensas de datos que son difíciles de procesar, una de las mejores preguntas que he visto pasar es si el activismo de datos es una manera para estudiar la relación política que la gente tiene con los big data. Stefania Milan y Miren Gutiérrez, investigadoras y comunicadoras de datos, dijeron en 2015 que el periodismo debe estar a la vanguardia de la “revolución de los datos”, puesto que una de las cuestiones fundamentales de esta profesión es visibilizar información y (sobre todo) el hacerla accesible, entendible, a quienes se acerquen a ella.

Tener acceso a cierta información se vuelve equivalente a tener poder, señalan ambas autoras. Me atrevo a decir que tenemos poder en dos acepciones, la primera obviamente relacionada al sustantivo que se refiere al dominio que puede ejercerse sobre una acción o sobre un grupo de personas, pero la segunda sería al verbo que implica la habilidad de decidir, de elegir con base en lo que conozco y creo que es real. Y ninguna de ellas es menor, mucho menos en tiempos en que toma posesión la nueva Asamblea Legislativa o cuando ya inició la carrera para alcanzar la presidencia del país.

En este sentido, la función del periodismo evoluciona hacia la recolección de los datos (ojalá de una gran cantidad de estos) y el cuido que puedan darles hasta asegurarse que están maduros, que podrán ser “molidos” para producir el mejor artículo o reportaje del mundo. Esto es el cuido de la cadena de producción que permitirá tener información útil, que trasciende, que transforma, que nos indigna y nos conmueve hasta alcanzar que hagamos algo al respecto. Urge que prioricemos la habilidad de explicar lo que ocurre, lo que esos números o respuestas o salarios que se han recolectado pueden decirnos sobre nuestra realidad inmediata. Milan y Gutiérrez, por su parte, enfatizan en que el periodismo de investigación que se cruce con los big data se vuelve periodismo de datos; mientras el activismo cruzado con prácticas y valores periodísticos es periodismo de campaña, a la vez que la unión de ambos genera el periodismo de datos de campaña, donde se mezcla además la ética del cambio social. Y es por eso que cabe perfectamente en la reflexión de las #RedesTecnoPolíticas: las tecnologías construidas alrededor del ciudadano requieren de periodistas dispuestos a interpretar, a resolver con ética los dilemas de privacidad y de sentido a los que nos enfrentamos.

Así, en su décimo cumpleaños, le deseo a Séptimo Sentido que cada domingo experimente más, para que esa reflexión ético-periodística nos lleve a elevar la discusión política en los distintos círculos que nos movemos. Que prueben con más tecnologías digitales al servicio de la narración de historias (salvadoreñas, centroamericanas). ¡Que sean muchos muchos datos más!

Mienten

La Policía y el Gobierno han vuelto a mentir. Otra vez. Como suelen cada vez que abordan en público el asunto de los escuadrones de la muerte incrustados en la PNC. La mentira más reciente llegó la semana pasada, cuando al responder a un reporte de la cadena televisiva estadounidense CNN, los funcionarios salvadoreños dijeron que no hay agentes implicados en ejecuciones extrajudiciales y otros delitos.

Sí los hay. Ya lo demostraron tres medios de comunicación. LA PRENSA GRÁFICA y El Faro en 2015 y 2016, cuando publicaron reportajes en que revelaban asesinatos cometidos por agentes de la PNC. Lo demostró Revista Factum en agosto de 2017, cuando publicó que los asesinos estaban incrustados en las unidades élite de la Policía y que a nadie, desde la Fiscalía o las unidades policiales de investigación interna, le interesaba investigarlos.
Y lo han dejado sentado ya un puñado de resoluciones judiciales en las que los jueces han dicho sin equívocos que los policías mataron mientras estaban de alta, y no para defenderse de ataques. Mataron para exterminar, fuera de lo que la ley les permite. Mataron a pandilleros desarmados y también a ciudadanos que nunca pertenecieron a pandilla alguna.
Factum también demostró que agentes de la Policía mataron, en abril de 2017, a José Mauricio Salazar, un albañil que era sordo. Y que, en ese caso como en decenas de otros, los agentes manipularon las escenas de sus crímenes para intentar que aparecieran como enfrentamientos con delincuentes.

En el reportaje de CNN al que aludí al principio queda clara otra mentira de la Policía. En agosto del año pasado, luego de que Factum publicó su reportaje sobre los grupos de exterminio, funcionarios del gobierno de Salvador Sánchez Cerén aseguraron, uno tras otro, que estaban investigando a los agentes y al cabo que la revista había señalado con nombre y apellido. El Estado salvadoreño incluso dijo lo mismo a relatores de Naciones Unidas que hicieron preguntas. Todos los funcionarios mintieron.

Eso, la cultura de mentir para tapar crímenes e ilegalidades, es un vicio viejo en la Policía Nacional Civil; empezó con su creación y es su pecado original.

Las mentiras empezaron en 1993, cuando la administración de Alfredo Cristiani preparaba el despliegue de la PNC en el territorio tras los Acuerdos de Paz firmados el año anterior. Durante 17 meses el gobierno de Cristiani hizo creer a la ONU, supervisora de los Acuerdos, que no había trasladado a militares de alta a la PNC; pero lo hizo: llevó a oficiales que, en el pasado reciente, se habían dedicado a perfeccionar el arte de mentir para encubrir a los culpables de los delitos.

El cáncer que nació entonces se ha extendido y tiene a la Policía desahuciada desde hace años. Ese cáncer, el del encubrimiento y la impunidad, permite ahora que los agentes maten, que los jefes protejan a esos asesinos y que todo siga igual.
Ese cáncer permitió que la justicia salvadoreña fuese incapaz de castigar a los violadores y asesinos de Katya Miranda en 1999. Que el exterminio se haya convertido en una política tolerada por el gobierno. Que la Fiscalía siga quedando en ridículo cuando investiga casos como el de Carla Ayala, la agente desaparecida en el seno de uno de los grupos policiales de élite (el cáncer ese también ha hecho metástasis plena en el ministerio público).
Una Policía como esta, que sigue mintiendo y ocultando, no ganará nunca las guerras que dice estar peleando. No ganará la guerra contra las pandillas. No ganará la batalla a la delincuencia. La única guerra que la PNC ha ganado es la que mantiene con la verdad.

La carta de invitación

Estimado cónsul:

En varios momentos he pensado escribirle una carta a usted invitándole a reflexionar sobre el requisito de la carta que pide para el trámite de la visa. Siempre me ha parecido una formalidad ilógica que pide la Embajada de Estados Unidos. Desde un principio, todos los involucrados aceptan que es una invitación falsa, ya que una invitación real evolucionaría en otro formato; en diálogos y conversaciones largas y sin rumbo, o en fragmentos en WhatsApp. Y aparte de esto, la carta en sí es una forma ya anticuada. Como documento, me recuerda un poco al tono de las “Cartas de relación” escritas por Hernán Cortés, dirigidas al emperador Carlos V; o a la confesión inquisitorial de “Lazarillo de Tormes”, en que Lázaro se dirige a un misterioso personaje de rango superior y cuenta su vida con la intención de que la autoridad se sensibilice con su historia. En todo caso, lo que pide usted, en realidad, es una narración tosca de ficción, o quizás una relación de viaje o una confesión, y en cuanto más alaba a Estados Unidos, mejor. No es cosa del otro mundo, pero complica la solicitud de visa con un requisito que es más teatro que documento.

La carta que escribiría si dejáramos de epístolas ficcionales y habláramos claro, sería otra; más anécdota que invitación. Pues la última vez que me pidieron una carta de invitación no la pude redactar porque me la solicitaba alguien que, aparte del Facebook, conocía poco. Lo que pude haberles contado de él era que tenía un tiempo ya de estar conscientemente rebuscando la forma de abrirse acceso a Estados Unidos. Por eso lo preferible hubiera sido otorgarle la visa de 10 años. De nada le servía la visa para un viaje único, aparte de desperdiciar pisto y tiempo.

También le podía haber contado que, en otras pláticas, este conocido me había contado de un sueño recurrente de estar encerrado en una casa sin poder encontrar la salida. En el sueño había un hombre mayor con una sola llave y mi amigo feisbuquero intuía que, si lograba conseguir esa llave, podría lograr escaparse de la vivienda, pero para eso tendría que matar al señor. Siempre llegaba a tomar la decisión de hacerlo, pero los detalles de cómo eliminarlo lo llevaban a una tremenda angustia psicológica que lo dejaba, muchas veces, con una resaca de ansiedad al amanecer. Algunas veces en el sueño lo mataba violentamente con arma punzocortante; otras veces lo drogaba con pastillas. Siempre era necesario ese sacrificio humano para poder lograr el escape. Lástima que no da visas para ayudar a que la gente duerma más tranquila.

Por otra parte, recuerdo una vez que, de adolecente, regresaba de El Salvador a Estados Unidos. Era de madrugada y mi abuela y el motorista me iban a pasar dejando en el Aeropuerto de Comalapa. Antes de irnos, la muchacha que trabajaba en ese tiempo en la casa se subió a la camioneta. Le estábamos dando un jalón a algún lugar cerca de su comunidad y, en algún momento, nos señaló que la podíamos pasar dejando ahí mismo. ¿Adónde? Recuerdo pensar. ¿Aquí, dónde? Pues no estábamos en ninguna parte, sino a la orilla de la carretera en la plena negrura. Fue la primera vez que me di cuenta del valor de poder salirme del país con pasaporte y visa. No era solo salir de un espacio geográfico, sino también abrirse un nuevo horizonte económico y social. Pero tampoco da visas de turista para abrir ese tipo de horizontes.

Las razones reales por las que una gran parte de la gente solicita visa, si las declararan de verdad, resultaría en una fácil “negación de visa”. La carta es un requisito vacío con poco valor aparte de lo literario. Ya dejemos de espejismos.

Agradezco su atención,
Évelyn Galindo

La burbuja digital

Facebook y por tanto su dueño, Mark Zuckerberg, se vieron recientemente involucrados en un escándalo de filtración de datos personales de miles de usuarios de la red social. Este impase llevó al mundo entero a cuestionarse cómo funcionan las redes sociales: qué información nos proveen, qué datos les estamos entregando, quién maneja esa información personal y para qué la utilizan.

Cuando empezaron a surgir, las redes sociales no eran más que un medio entretenido y novedoso para comunicarse y compartir fotografías. Pero, a medida que se han ido masificando se han convertido en un imprescindible transversal a cualquier generación que, incluso, permitió la gestación de una de las grandes revoluciones sociales de los últimos tiempos: la Primavera Árabe.

Es decir, las redes sociales se han ido convirtiendo en una fuente de información fidedigna y válida mundialmente.

Los primeros usuarios de redes sociales, o sea los “millennials”, hemos sido juez y parte en el éxito y masificación de este nuevo medio de comunicación. Hemos ido descubriendo, poco a poco, y en la medida que las usamos para qué sirven, cómo usarlas, qué nos gusta y qué no. De hecho, el desarrollo y las innovaciones de las redes sociales se debe en importante medida a las exigencias de los usuarios. Pero al mismo tiempo, nos declaramos víctimas porque nos conocen demasiado, tienen muchísima información personal y se aprovechan de eso.

Al menos en mi caso, Facebook se ha empeñado en hacer un loop infinito de los posts de un mismo grupo de personas que, curiosamente, resultan tener intereses y gustos bastante afines a los míos; aunque mi relación con ellos en la plataforma sea reducida.

Entonces ¿cómo escoge Facebook qué poner en mi feed? La respuesta es un algoritmo de esos top secret que Zuckerberg escribe en dos segundos y con los ojos vendados –según la película–. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: si el contenido que empezamos a recibir en Google y Facebook ha sido programado por máquinas que solo toman en cuenta solo nuestros me gusta, ¿qué posibilidades hay de expandir nuestras perspectivas y obtener nuevos puntos de vista?

No hay que ver esta dominación de Facebook sobre lo que vemos –y dejamos de ver– tan a la ligera. Debemos tomar cierta conciencia de que estamos viviendo en una especie de burbuja cibernética que solo nos expone a la información que encontraremos afín, con la cual, por tanto, seguramente estaremos de acuerdo. ¿Qué consecuencias puede tener esto, sobre todo cuando la política ha encontrado en las redes sociales un asidero fértil para la reproducción de sus mensajes?

La personalización de contenidos es un arma de doble filo: en temas de marketing y comportamiento del consumidor es un gran aliado para la segmentación y la customización de publicidad; pero cuando se trata de ampliar los puntos de vista, es un espejismo.

En una sociedad como la salvadoreña en que la polarización es un riesgo social inminente, es importante tomar conciencia de cuáles son los contenidos con los que simpatizamos, así como las fuentes de las cuales obtenemos información y cuestionarnos: ¿qué tan objetiva es la información que estoy recibiendo?

La polarización es el caldo de cultivo para la confrontación, la intolerancia y la ignorancia; mientras lo que El Salvador necesita es diálogo, tolerancia y sabiduría para salir de su permanente crisis social.

Prácticas digitales con mamá

“La ciencia nos necesita”, dice Kemly Camacho. Ella, como coordinadora general de la Cooperativa Sulá Batsú, en Costa Rica, cree que la apuesta debe ir para que las mujeres nos apoyemos entre nosotras para aprender sobre las tecnologías digitales, en aprender a usarlas, a saber cómo sacarles el mayor y el mejor provecho. Por eso, con el pretexto del 10 de mayo, queremos compartirles cinco prácticas digitales que, como hijas e hijos, podemos compartir con nuestras mamás, nuestras abuelitas, nuestras tías y con esas mujeres que tenemos cerca.

1. Hablar, celulares en mano, sobre qué información compartimos. ¿Se acuerdan cómo siempre nos enseñaron lo de ‘no le abrás la puerta a quien no conocés’ o ‘no aceptés dulces de gente que no has visto antes’? Ahora es nuestro turno: mamá, no tengas activada la ubicación en tu teléfono sin saber lo que ello implica, o no subas toda tu información personal a tus redes sociales ni todo lo que subas sea cierto. Si podés, solo activá la ubicación cuando vas a necesitarla para ocupar Google Maps o Waze; y no coloqués tu nombre o tu fecha de nacimiento completos en Facebook: da otra fecha, da otro año. Son detalles que nos van a ayudar a cubrirnos.

2. Ayudarnos a hacer ‘limpia’ de nuestros cuartos digitales. La ropa sucia (digital) se lava en casa: eso implica tener claro, por ejemplo, si tenemos activado que se hagan respaldos de las fotografías que tomamos en nuestros teléfonos para que de manera automática se descarguen en otros dispositivos que tenemos (computadoras o tabletas). Aprendamos cuáles formularios vale la pena que tengan la función de ‘autocompletar’ en las páginas web que visitamos, y aprendamos juntas a decir que no ante lo que nos ofrece: respaldo de fotografías en otros dispositivos, o haber ocupado WhatsApp o el Messenger para pasarnos contraseñas completas de tarjetas de crédito (pártanla: pásenla por partes en plataformas distintas).
3. Regalale su juego favorito o un nuevo idioma. Hay muchas aplicaciones, y solo debemos vigilar lo que nos piden ‘entregar’ de nuestros datos a cambio. Eviten lo que les pida acceso a su cámara o a su tarjeta de crédito; para jugar no se necesitan esos datos. De aplicaciones para aprender idiomas, ¡sí me animo a decir que Duolingo es orgullo centroamericano y una de las APP mejor calificadas para varias lenguas!

4. Si tu mamá/abuelita/tía/madrina ya es bastante tecnológica, entonces podemos jugar a editar perfiles de mujeres en Wikipedia. De esto hablaremos en otra columna con más calma, pero adelanto algo: Wikimedia Argentina tiene su iniciativa #MujeresEnLaCiencia como parte de la búsqueda de la equidad en la visibilidad de perfiles de la enciclopedia digital que más se consulta en nuestro planeta.

5. Y la quinta cosa, es ver cómo sus ojos, los de ellas, se iluminan aprendiendo juntas. Organicemos, inscribámonos, promovamos cursos de tecnologías digitales para mujeres. Sulá Batsú tiene su proyecto “Club de Madres y Tecnología”, que surge a partir del “Club de Niñas y Tecnología”: es desde aprender a encender una computadora, aprender a utilizar procesadores de texto, aprovechar cursos gratuitos en línea; pero sobre todo aprender juntas, las dos de la mano: sí, es apoyarnos unas a otras porque la ciencia nos necesita, como bien dice Camacho.

P. D.: Gracias a la que me enseñó (entre otras) a jugar solitario con cartas en una mesa, y años mas tarde en una computadora.