Esperando las caravanas

Debatiendo el tema de las caravanas con una seguidora de Donald Trump, ella me preguntó: “Qué no tenés una puerta en tu casa y qué no la mantenés cerrada y con llave para la seguridad de tu familia?” “Pues sí”, le dije, “pero si esa casa estuviera en llamas, abriría la puerta y sacaría a mi familia”. Es más, esperaría encontrar gente afuera, bomberos, vecinos, o qué sé yo para ayudar y no fuerzas levantando barricadas para obstaculizar la salida. Lo que pasa es que yo veo la situación desde Centroamérica; y ella, desde Estados Unidos, y la experiencia humana se pierde en la traducción. Para ella es un asunto de autoconservación y de seguridad, y para mí es un asunto del instinto de sobrevivencia. Yo concuerdo con lo que Noam Chomsky dijo sobre el tema en una entrevista en que comentó la ironía de que las caravanas de migrantes huyen de las condiciones miserables que Estados Unidos creó en los países centroamericanos con su política de intervención en el siglo pasado.

En general, hay un tono ambivalente en Estados Unidos en cuanto a las caravanas más recientes de inmigrantes. Como que la población no termina de entender qué exactamente es una caravana; si presenta una amenaza, si hay peligro o si debe sentir miedo. La palabra “caravana” en sí es bastante neutral; recuerda un viaje nomádico. También hace pensar en un modelo de marca Dodge, el Caravan, que tiene fama de ser una camioneta popular orientada hacia el transporte de familias.

Las últimas caravanas de migrantes se han autodenominado “viacrucis de refugiados”, una imagen que recuerda el sufrimiento de Cristo y los pasos que dio Jesús en su camino al Calvario. Lleva también un eco de la filosofía de los padres jesuitas de la UCA con la idea de “bajar de la cruz al pueblo crucificado”. Donald Trump, por otra parte, ha caracterizado a las caravanas de octubre como una “invasión” lo cual le abrió la posibilidad de enviar tropas a la frontera y erguir alambre razor para impedir el cruce de los migrantes “invasores” a Texas. Saber cómo responder a la situación tiene que ver con la interpretación que le das a la caravana. Por eso las palabras son tan significativas.

El primer ministro británico Winston Churchill entendía bien la importancia de nombrar las cosas. Instó a los líderes militares a su mando a encontrar nombres honorables para las batallas, para que ninguna madre de un soldado caído se viera obligada a decir que su hijo murió en una operación llamada ‘Abrazo de conejo’ o ‘Operación relajo’. Churchill estableció una poética y reglas para nombrar las operaciones militares con este fin. En particular, aconsejó que se evitaran aquellas descripciones que fueran arrogantes, abatidas, frívolas o que aún están siendo utilizadas por los vivos. Después de todo, las vidas y las muertes de personas reales estaban en juego.

Los funcionarios del Pentágono también demuestran incertidumbre en cuanto a las caravanas; hace una semana le pusieron el nombre Operación Patriota Fiel a la campaña para detener a los migrantes de Centroamérica. Un nombre que parecía destinado mejor para una película de los ochenta de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude Van Damme. Pocos días después el Pentágono se echó para atrás y dijo que iba a dejar de usar ese nombre para la operación porque no es una acción militar sino que un proyecto de fortalecer la frontera.

Las últimas noticias que tenemos de las caravanas es que están casi llegando a la frontera entre Estados Unidos y México, y que vienen más caravanas detrás. Y aquí, seguimos esperando…

Líderes del verbo, ¿qué proponen?

Inocentemente, hace algunos años, yo me preguntaba: “¿Dónde están los próximos líderes políticos de El Salvador?” en un escrito titulado “Líderes, del verbo no hay”.

En aquel entonces, hace unos siete años, más o menos, me senté frente a una computadora –como lo hago ahora– y me cuestioné a través de una columna como esta, si acaso había nuevos rostros dispuestos a irrumpir en la política salvadoreña. En aquel entonces, aún no se vislumbraba el escenario actual, en donde dos candidatos jóvenes se toman las presidenciales.

Además, en esa misma columna, me atreví a soñar que ojalá esos nuevos rostros estuvieran lejos y descontaminados de las estructuras de ARENA y del FMLN, porque consideraba que era importante que estos líderes jóvenes surgieran de un contexto menos convencional; quizá como un intento por despolarizar el espectro político del momento.

En aquel escrito, comparaba el escenario salvadoreño con las realidades de otros países donde se asomaban personajes con madera de dirigentes. Por ejemplo, hablaba de los incipientes liderazgos juveniles en Chile, catapultados al mundo de la política por un movimiento estudiantil masivo que exigía educación gratuita y de calidad. Actualmente, algunos de ellos como Camila Vallejos y Gabriel Boric ocupan puestos legislativos. Otro de aquellos jovencitos es el actual alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. Es decir, siguen teniendo una importante participación política.

Hoy no puedo negar que –efectivamente– han surgido nuevos rostros desde aquel día en que me pregunté “¿Qué pasa con los líderes en El Salvador?”. Los actuales candidatos presidenciales de ARENA y de –oh sorpresa– GANA son personajes que no podemos describir como viejos: reflejan modernidad, energía, entusiasmo, carisma, ganas de hacer bien las cosas.

Si bien, mi sueño de la despolarización no se ha llegado a concretar, al menos sí es posible decir que ambos candidatos han estado someramente alejados de las estructuras partidarias tradicionales. Y como bien dicen por ahí: todo jinete necesita un caballo.

La pregunta, entonces, se ha transformado y ha dejado de ser ¿dónde están los nuevos líderes políticos de El Salvador?, para convertirse en varios cuestionamientos más: ¿Qué proponen los nuevos líderes de la política en El Salvador? ¿Qué buscamos los salvadoreños en nuestros líderes? ¿Qué estamos dispuestos a exigir? ¿Cómo es la nueva generación de electores?

Aprovechemos esta nueva oleada de candidatos y usémosla, en primer lugar, para ejercer nuestro derecho al voto y hacer valer la democracia en la que vivimos. Por otra parte, usemos este escenario de competencia electoral como plataforma para aprender a ser mejores ciudadanos: más exigentes, más cuestionadores, menos polarizados, y sobre todo, menos fanatizados.

Aún estamos en plena campaña, por tanto, aún hay tiempo para que los candidatos demuestren que estos líderes estén al nivel de los retos, las exigencias y las expectativas que todo un país tiene, tomando en cuenta que son los representantes de una nueva generación política que está cansada de una tradición de derechas e izquierdas que requiere actualizarse.

Los tuits que narran la caminata

Twitter es una red sociodigital de mensajes breves que pueden acompañarse con fotografías o emoticones. Son oraciones pequeñas, cortas y sintéticas, puesto que la extensión es de 280 caracteres. Para que se hagan una idea, es la extensión de este párrafo.

Ya deben haber visto que entre 2,000 y 6,000 personas han salido de Honduras e intentan cruzar los Estados Unidos Mexicanos para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica. Es posible ver de esto en la televisión, escucharlo en la radio, leerlo en los periódicos. Algunos lo estamos siguiendo casi de manera exclusiva en Twitter. ¿Por qué? Su brevedad es como leer titulares de un periódico, con la posibilidad de que algunos se extienden a las notas, o en las respuestas que otras personas hacen a un tuit. Comparto para mí las tres grandes ventajas de esta red, aunque no es precisamente tecnopolítica (tecnología centrada en la gente y esta es una empresa con fines de lucro).

Una: agrupa mensajes a través de hashtags, esa etiqueta que inicia con el símbolo de numeral y que hace que todo lo que esté a continuación, sin espacios de por medio, se agrupe bajo él (a modo de “post it”) y lo resalta en el texto (a modo de comillas). Y entonces tenemos al menos uno, #CaravanaMigrante, muy informativo, pero lanza otras cuestiones al debate: ¿por qué no “refugiados”, o incluso por qué ocupar “caravana”?

Dos: permite contar historias a través de hilos, es decir, una secuencia de tuits que permite autorresponder una publicación y hacerla tan larga como sea necesario. Aplica para explicaciones de arte, astronomía, literatura y anécdotas personales, y en este caso ha habido algunos que valen mucho la pena.

Alberto Arce es un periodista que vivió varios años en Honduras y ha publicado en el Washington Examiner y ElDiario.es, además de un libro sobre la situación en nuestro país hermano. En Twitter ha estado compartiendo artículos para dar contexto, apoya que esto no es migración sino búsqueda de refugio, y uno de sus mejores hilos inicia así: “Voy a explicar cómo se difunde la desinformación sobre la caravana de Hondureños y cómo se discriminan fuentes y, con ellas, narrativas y debate a partir de un pequeño detalle de ayer. Como lo explicaría a mis estudiantes. Abro Hilo”: en veinte tuits, nos referencia a periodistas y medios que informan a partir de datos comprobables e interpretan contexto, por lo que son confiables para entender esta crisis humanitaria.

Tres: es un espacio público digital. Permite mayor diversidad de opiniones frente a lo que habitualmente se puede encontrar en los medios tradicionales. Sí, eso implica que podemos seguir cuentas falsas, o de personas reales (amigos, familia) que comparten información falsa, pero lo digital ha permitido que surjan medios de comunicación que dejan hablar a personas con otros puntos de vista. Y esto es fundamental para la democracia.

Así lo reflexionan José Manuel Sánchez Duarte y otros expertos en su artículo “El papel de las tecnologías cívicas en la redefinición de la esfera pública”. Permite la visibilidad de un Jorge Ramos, desde el lugar de los hechos, hasta del músico Jorge Drexler: “Yo no soy de aquí, / pero tú tampoco. // (En la #CaravanaMigrantes vamos todos)”, tuit en que enlaza a su canción “Movimiento”.

Así, mi apuesta es permitir que las redes sociodigitales nos narren, con nombres e historias, las razones de miles de personas para refugiarse en un país que no conocen. Porque en nuestro mundo urge la empatía, y esta también puede aprenderse. Porque #NingúnSerHumanoEsIlegal. (Sí, este último párrafo también puede ser un tuit).

La voz del santo

“Comprendo que es duro y conflictivo hablar de cambios de estructura con quienes se están beneficiando de estas estructuras caducas”, escribió monseñor Óscar Arnulfo Romero en su cuarta carta pastoral del 6 de agosto de 1979. La exigencia de cambios fue una constante en la palabra de Romero. Sus demandas están dirigidas, sobre todo, a las élites económicas y políticas de El Salvador, pero también a su grey, los cristianos. Él mismo, de acuerdo con biógrafos y algunos de sus amigos cercanos, era un hombre que se cuestionaba constantemente sobre su rol, su interpretación de la religión, sobre la fuerza de su propia voz.

“La realidad, distinta a la del pasado, y la ubicación en una responsabilidad diferente, exigía otra clase de respuesta: una visible y fuerte señal pública… en contra de las formas violentas de resolver los conflictos sociales, un rechazo a la cultura de la muerte”, dice Héctor Dada Hirezi según lo cita Robert Morozzo Della Rocca, el biógrafo de Romero más consultado por el Vaticano.
Los cambios en Romero, en su discurso público, dice Dada Hirezi, venían dados por la realidad que le circundaba a diario y por las decisiones que el arzobispo tomaba sobre sus acciones públicas para abordar esa realidad, que fue una de violencia, pobreza y mezquindad, pero también de la fuerza vital que, a pesar de todo, encontraba en el estoicismo de los más necesitados.

Dice Morozzo Della Rocca: “Romero no tenía una idea victimista y quejumbrosa de El Salvador, como si fuera un pequeño país marginado y explotado. Llamaba a los salvadoreños a la ‘conciencia de nuestra significación universal’”.

Hoy monseñor Romero debería de ser nuestra significación más universal. Su nombramiento como santo de la Iglesia católica debería de servir para dar vigencia definitiva a su mensaje, al que nos obliga a pensar en los cambios, dolorosos y necesarios, que la realidad nos impone.

El Salvador sigue siendo un lugar donde la cultura de la muerte de la que habla Héctor Dada amanece saludable todos los días. El Salvador sigue siendo un lugar lleno de pobres, regentado por élites económica y políticas mezquinas a las que el cambio no se les da nada bien.

Ya con los Acuerdos de Paz de 1992 probamos nuestra capacidad para revolucionar la realidad. Cambiamos, entonces, nuestra inclinación a matarnos por un deseo de reconstruirnos. Esa es acaso nuestra significación universal: entendernos capaces de cambiar y cambiar a nuestro país.

La mezquindad y la cultura de la muerte nunca nos dejaron después del 92; nuestra vocación revolucionaria se apagó poco a poco. Nos acomodamos y seguimos, indolentes, presenciando cómo la muerte se ha llevado a nuestros jóvenes más pobres.

Esta realidad de El Salvador, la que encuentra Romero cuando llega a los altares católicos, requiere de cambios muy profundos que no pueden empezar sino en nosotros mismos y trasladarse a nuestros entornos inmediatos. A quienes tenemos el lujo del pan nos toca una responsabilidad mayor.

Monseñor Romero, su palabra, debería de servirnos para iniciar nuestras propias búsquedas y, de ahí, partir a la obligación que tenemos con El Salvador. Sé, por experiencia familiar, de la influencia benévola que el arzobispo tuvo en aquellos a los que conoció, y de la guía que sus palabras dieron a quienes los conocieron menos pero siguieron sus mensajes. Sé de la impronta que monseñor dejó, por ejemplo, en mi abuelo, Héctor Silva Romero, y en mi padre, Héctor Silva Argüello, ambos hombres buenos, dedicados a los otros y a buscar la significación universal de El Salvador.

Yo conocí en profundidad a monseñor desde el periodismo, hace un tiempo. En sus palabras hallé, también, fuerza, guía, significación.

*La primera versión de esta columna fue publicada en marzo de este año.

Soy divorciada

Una señora que he conocido hace poco me pregunta por mi marido. Le respondo con lo que parece ser confesión. La palabra en sí es fea: “divorciada”, un participio pasado que retumba en la boca como cuatro piedras naturales en marea alta. Decirlo es contar una historia completa con una breve etiqueta que solo invita silencios y cambios repentinos de plática. Parece punto final, pero no lo es, ni lo ha sido en mi caso particular. Y si la señora no hubiera cortado la conversación le habría dicho que mi matrimonio se acabó por varias razones, nada inusuales; murió de causas naturales. Hicimos terapia de pareja y el terapeuta solo nos hizo ver que el divorcio era la mejor opción. Para entonces ya se había perdido el respeto y la confianza y una relación así no era sostenible. De todos modos no lo recuerdo como un fracaso ni lamento el tiempo que pasé casada. En parte porque en algún lugar leí que el matrimonio normal dura ocho años y el nuestro fue casi el doble de tiempo. Ahora lo pienso como una etapa de la vida; la de criar hijos y lo hicimos juntos hasta donde pudimos. Pero hay relaciones que solo son para una temporada de la vida y no se dan para más. Lo único que sí me pesa es haber dejado ir la oportunidad de formar una unidad familiar cohesiva. Pero la verdad es que los que logran formar buen equipo no se divorcian.

Sin embargo aquí no quiero concentrarme en el divorcio, que en fin solo fue una parte del proceso que terminó dando vida a otras cosas. Fue una oportunidad de ofrecerme la vida a mí misma en vez de seguir ofreciéndola inútilmente a mi pareja. Después del divorcio pasé un periodo en que la libertad nueva me hizo sentirme como un colibrí con energía frenética pero sin tener fuerza ni poder real. Solo podía desperdiciar energía porque no sabía acumularla en lo productivo. Pero al poco tiempo tuve que hacer un nuevo nido y establecer nuevas normas para mis hijos. Había empezado a pintar como forma de escape durante el tiempo que nos tocó vivir juntos antes de que se formalizara el divorcio. Al tener un propio espacio seguí desarrollándome en la pintura y con el arte. Aprendí a andar en motocicleta y ando sola en mi vieja Buell 500 por el campo de Wisconsin. Además empecé a practicar jiu jitsu, un arte marcial en el que hay que estar en contacto físico constante con otros practicantes, la mayor parte de ellos son hombres que ahora considero casi hermanos. Pero un deporte así nunca me lo habría permitido el exmarido porque lo hubiera visto como algo no conveniente para una mujer casada. Esas consideraciones ya no son parte de mi realidad; viajo, estudio y escribo sin pedir permiso ni estar rindiendo cuentas a nadie.

Y no es que el divorcio sea una solución automática para los problemas de pareja ni que sea algo conveniente para una familia. A lo que he querido llegar es que el divorcio es apenas un alto de fuego y una oportunidad para empezar de nuevo, pero lo laborioso está en construir algo de valor de las ruinas que quedan. Le quisiera haber contado todo esto a esa señora que hace poco me preguntó si yo era casada. Le quisiera haber podido decir que el divorcio no es punto final.

No

En Chile se conmemoran los 30 años del icónico plebiscito en el que ganó el no. Un no que puso término a un período de la historia del país que aún genera incomodidad; un no que puso fin a la dictadura de Augusto Pinochet. Un no que redefinió la historia de Chile para siempre. Un no que aún resuena con felicidad entre millones de habitantes de este largo y angosto país al Sur de América.

Después de tres décadas, la historia de Chile sigue y estará por siempre marcada por el período de la dictadura, o del gobierno militar, como algunos prefieren llamarle. El general Pinochet también será por siempre una figura polémica: admirada por algunos y repudiada por otros tantos. Lo cierto es que fue una persona que se mantuvo en el poder durante 17 años en un país que exigía democracia y justicia para los miles de detenidos y desaparecidos.

El no fue una instancia histórica que requirió vencer miedos individuales y colectivos. Son los mismos que nos siguen recordando que ni las derechas ni las izquierdas están libres de culpas, porque las dictaduras no tienen ideologías.

Otro de los aspectos que me gustaría resaltar de esta hazaña chilena -además del éxito de la campaña del no que forma parte de los hitos comunicacionales de la historia política latinoamericana– es la lección que nos entrega a las actuales generaciones sobre la importancia de votar.

El no es un hito histórico que llamó a las urnas a millones de chilenos desacostumbrados a ejercer su derecho ciudadano al voto. Acudieron de forma masiva a las urnas para expresarse democráticamente ante una dictadura militar que había permanecido en el poder durante ya 15 años.

Cuando nos encontramos ad portas de iniciar un proceso electoral, bajo un contexto mucho menos adverso que el de aquel entonces en el país suramericano, creo que también es valiosísimo para nuestro país reflexionar en torno del peso y la relevancia que tiene hacer valer nuestro voto.

Siempre hay un aprendizaje detrás de cada historia. Y, en este caso, además del triunfo de una campaña que debía generar alegría en torno del no, es el de considerar que nuestros derechos en democracia no son una garantía. Hay que hacer uso de ellos, hay que exigirlos, no darlos por sentados y hacerlos valer. Votemos, porque podemos hacerlo, porque debemos hacerlo.

La reflexión es, entonces, aprender a valorar que en nuestro país el derecho al voto se ejerce y se respeta. Por lo mismo, debemos darle la relevancia que se merece y aprovechar estas instancias.

Nuestra generación da por sentada la democracia. Asume que las cosas funcionan así y que el voto es indiscutible. Sin embargo, no es necesario ir muy lejos en la historia, ni en el mapa, para darnos cuenta de que las dictaduras son reales y que el voto no es un derecho que se practica universalmente.

Que el triunfo del no sea un ejemplo para todos, tanto para celebrar la libertad como para reconocer el valor de la democracia y las elecciones libres y confiables.

Mientras tanto, evaluemos bien a los candidatos y asegurémonos de entregarle el poder al más idóneo. Hoy por hoy, todos estarán luchando por esa crucita que los hará llegar a gobernar el país y que seguramente definirá la historia de nuestro país.

#A50del68 #SíHuboGenocidio: #ElijanBien

Han pasado cincuenta años desde 1968. Desde el mayo de París, desde la Primavera de Praga, desde el movimiento estudiantil en México. En este medio siglo ciertas características de los movimientos sociales se han adaptado a lo que se ofrece en esta época de ‘modernidad líquida’, como la llama Zygmunt Bauman: a esa rapidez, a esa infraestructura tecnológica que posibilita que se escuchen más voces disidentes, a esa manera de convocar ahora a manifestarse y a esa manera de conmemorar lo que ocurrió hace medio siglo. Y dado que la humanidad busca siempre maneras de narrar la historia, vamos con tres ejemplos de esas narrativas de conmemoración, de solicitud, propias de las redes sociodigitales.

#A50del68: Una de las plataformas que más me ha impactado en las conmemoraciones mexicanas del movimiento estudiantil es el proyecto colaborativo entre la revista Proceso, Cencos, Cultura Colectiva News y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco: https://a50del68.com/ La web simula ser un blog que cuenta “en tiempo real” lo que ocurrió desde julio de 1968, día a día, como si estuviera pasando hoy (y que en El Salvador solemos relacionarlo con la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre). A la izquierda, hay cinco portadas de revistas de aquellos años, y al centro van las entradas que publican (por ejemplo) El Jagger, que identifican como un perfil ficticio de un estudiante del Instituto Politécnico Nacional (IPN); o Javier Barros Sierra, rector de la UNAM; o Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa Nacional, o un boletín del Consejo Nacional de Huelga (CNH). En la parte derecha de la página, comparten fotografías y textos de lo que están publicando en Instagram (@A50DEL68), Facebook (A 50 del 68) y Twitter (@a50del68).

#SíHuboGenocidio: En Guatemala, el pasado miércoles 26 el Tribunal B de Mayor Riesgo declaró por unanimidad que el Ejército cometió los delitos de genocidio y delitos de deberes de la humanidad contra la población ixil durante el mandato de Efraín Ríos Montt. No me detendré en detalles (recomiendo leer para ello a Plaza Pública), sino que quiero hacer hincapié en cómo esta discusión ha circulado desde el 2013 en las redes sociodigitales: «#SíHuboGenocidio y no es solo un ‘hashtag’. Dos tribunales distintos lo han acreditado», dice @_tokedeMagdala. Según me contaba Gabriela Carrera, politóloga guatemalteca, desde el primer juicio sobre este genocidio fueron aprendiendo a convocarse en Twitter con este hashtag para posicionarlo como una tendencia nacional y para ir aprendiendo a sentirse parte de un colectivo que debatía sobre este hecho histórico desde el espacio público digital. También planteaba que posiblemente ese momento había ayudado a que comprendieran el uso de estas redes para convocar a manifestaciones en lo virtual y en lo físico, clave en el movimiento contra la corrupción que ha habido desde el 2015 en nuestro vecino país.

#ElijanBien: Y en El Salvador también hay etiquetas que convocan a acciones digitales o a acciones en la calle. Traigo a colación esta, que es un llamado a que la Asamblea Legislativa nombre a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia: llevamos ya 77 días sin magistrados, y esta urgencia en las redes ya llevó a que se coloquen pancartas o se hagan protestas en diversos puntos de San Salvador pidiendo tanto buenos magistrados como agilidad (y que no responda a cuotas de poder partidario) en dicha elección.

Y es que los hashtags sí pueden servir para interpelarnos entre nosotros y para motivarnos a ser parte de una petición más grande, de una conmemoración histórica, de un movimiento. Dicen que un par de diputados rechazaron el viaje a Roma para la canonización de Monseñor Romero, pagado con nuestros impuestos, debido al ruido que se generó en estas redes sociodigitales. Esa es la función de megáfono que vuelve valiosa esta infraestructura tecnológica y que requiere que busquemos más plataformas que sean tecnologías cívicas, que funcionen como #RedesTecnoPolíticas: que la ciudadanía pueda expresarse, pedir, exigir y trabajar junta por la justicia.

¿Cicies?

En El Salvador, empresarios y (hoy) un candidato presidencial, Nayib Bukele, se han llenado la boca con la posibilidad de apoyar una comisión internacional que ayude a la Fiscalía local a investigar y a perseguir penalmente la impunidad y la corrupción.

El modelo a seguir sería, según han dicho, la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), establecida en ese país en 2007 y responsable, junto al Ministerio Público guatemalteco, de arrestos y persecuciones penales –algunas exitosas– de tres expresidentes, el mandatario actual, una docena de grandes empresarios, diputados y exmilitares acusados de crímenes de lesa humanidad, de genocidio, de narcotráfico, robo a las arcas públicas, financiamiento electoral ilícito y obstrucción a la justicia. Entre otros.

El mérito más importante de la Cicig es que ayudó a dinamitar el recio muro de impunidad que había rodeado históricamente a las élites económicas y políticas de Guatemala. Ese muro, como en El Salvador, está enraizado en una cultura criminal de funcionarios públicos y poderes fácticos según la cual los poderosos pueden hacer lo que quieran sin ser castigados.

Un caso conocido como La Línea, el esquema de corrupción en las aduanas guatemaltecas que capitaneaban el expresidente Otto Pérez Molina y su vicepresidenta Roxana Baldetti, es un buen ejemplo de lo que Cicig hace y de las consecuencias de esas investigaciones. La Línea terminó por botar a un gobierno corrupto, pero también por alimentar al menos cinco expedientes más que implican a constructores, importadores, banqueros y políticos de todo signo en otros esquemas de corrupción.

Hace un par de años, la idea de una “Cicies”, la Cicig salvadoreña, empezó a circular en redes, lo cual al final no es nada. El asunto no pasó nunca de ser eso, una alharaca en Twitter. Hasta que Bukele se apropió de la idea como parte de su campaña proselitista al decir que sí, que si llega a la presidencia, él apoyaría una comisión así.

Tomémosle la palabra y pongámonos en un escenario en que eso ocurre: el presidente Bukele pide a Naciones Unidas que gestione y financie una Cicies. La ONU acepta. Siguiente paso: la Asamblea tiene que aprobar un convenio que dé vida legal a la comisión. Ahí el primer problema (¿insalvable?): si los diputados de Gana, el partido que habría llevado a Bukele a la presidencia, ni siquiera han elegido Corte Suprema e intentaron reelegir al exfiscal Luis Martínez, preso por corrupción, ¿cómo creerles que darán sus votos para dar vida a un cuerpo investigador de corruptos?

¿Cómo creerle a Guillermo Gallegos, el líder de Gana señalado por recibir dinero de un dirigente político implicado con narcos y uno de los más importantes valedores del exfiscal Martínez, que apoyará la idea de una Cicies?
Puede ser también que Bukele siga adelante sin su partido en el empeño, y recurra ¿a quién? ¿A los diputados de Arena que también apoyaron al exfiscal y que modificaron la Ley de Extinción de Dominio? ¿A los del Frente, en cuyo primer gobierno se abortó el único intento real de traer una Cicig a El Salvador, y cuyo segundo presidente ha dicho sin tapujos que el país no necesita algo así?

Pero ampliemos el ejercicio de ficción y digamos que sí, que se instala la Cicies y que, al igual que en Guatemala, empieza a investigar a más poderosos… Y pensemos que la comisión se instala ya sea en una eventual presidencia Bukele, una de Carlos Calleja de Arena o una de Hugo Martínez del Fmln. ¿Tendrán estos presidenciables las agallas de apoyar a un comisionado o comisionada que empiece a meter presos a sus clientes, amigos, correligionarios corruptos?

No. La respuesta es no.

Esto es agua

“Esto es agua”, de David Foster Wallace, es una maravilla de ensayo que me deja sintiéndome menos sola. Ahí el autor describe el tedio de la vida de un adulto típico que se levanta temprano por la mañana para ir a un trabajo difícil que al final del día lo deja agotado y con un fuerte deseo de volver a casa, cenar bien y tener un par de horas para algún recreo antes de acostarse luego, porque sabe que el próximo día hay que levantarse temprano para volver a lo mismo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa.

En vez de volver a su hogar, le toca ir al supermercado. Es la hora pico de tráfico y las calles están saturadas de autos. De modo que llegar al súper le lleva más tiempo de lo normal y, cuando al fin llega, ve que está lleno de gente como él, que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento de la semana. El súper es el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las compras con eficiencia. Anda por los pasillos atiborrados de gente apurada y cansada y al fin, se dirige a las cajas y hace cola. Así, David Foster Wallace representa las rutinas y tareas aparentemente fastidiosas y sin sentido que llenan nuestras horas, días, semanas y años.

Y aquí está la magia del ensayo; el autor nos hace ver que hay una salida al laberinto de tareas intrascendentes, insignificantes y frustrantes. El escape está en no caer en un modo de ser y de actuar que es automático, natural y establecido. Wallace nos propone la posibilidad de que en estos momentos tan miserables se puede escoger cómo pensar para así enfrentarnos con la vida con más claridad y gracia. Por ejemplo, existe la posibilidad de una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobremaquillada que no deja de gritarle a su hijito en la cola del súper. Wallace nos dice: “Quizás ella no es siempre así. Quizás lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer de los huesos. O quizás esta señora es la misma que ayer ayudó a tu mujer a resolver ese horrendo trámite en el Registro de Autos con un simple acto de gentileza de su parte”.

El secreto, según Wallace, es tomar consciencia de la forma en que percibimos al mundo y a la gente a nuestro alrededor. En las trincheras del día a día de la vida de un adulto hay la posibilidad de momentos significativos y hasta sagrados, en los que se puede experimentar amor, comunión y la mística que está en percibir el meollo verdadero de las cosas.

Leer a Foster Wallace me recuerda que cada día merece claridad, atención, conciencia y disciplina a pesar de las tareas intrascendentes y poco llamativas que pueden llenar nuestras horas. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, y el funcionamiento por “default”.

Somos como peces que no se dan cuenta que están en el agua y tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez que estos momentos son reales y esenciales: “Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua”.

Sobre la innovación abierta

La innovación es usualmente un concepto muy bien ponderado. Los innovadores son requeridos por las empresas y las organizaciones porque están llamados a cambiar la forma de hacer las cosas: a mejorarlas y generar buenos resultados rápido y, usualmente, a menor costo.

Aunque ya no es un término nuevo, la innovación sigue siendo un requisito infalible a la hora de listar las cualidades de un producto o servicio. Es también parte de lo que los empleadores buscan en un candidato: proactividad, innovación, responsabilidad. Es decir, ser innovador es positivo y va mucho más allá de lo meramente tecnológico, en donde una vez estuvo confinada la innovación.

Para aquellas empresas entre las que la innovación es un factor crítico era usual contar con áreas o departamentos de innovación y desarrollo, usualmente muy herméticas, donde se trabajaban proyectos superespeciales y secretos que cambiarían el rumbo de la organización. Este tipo de innovación, hecho en la empresa y por la empresa, es ahora conocida como “innovación cerrada”.

Actualmente, lo que se entiende por innovación ha experimentado un cambio. Esta evolución seguramente ha sido motivada por el contexto hiperconectado en el que nos encontramos, así como por el auge de la colaboración como metodología de trabajo –otro concepto que me parece muy relevante y que he abordado en algunas columnas anteriores, en este mismo espacio.

Es así como ahora se está hablando sobre “innovación abierta”, una definición desarrollada por Henry Chesbrough, profesor de la Escuela de Negocios Hass de la Universidad de Berkeley, quien explica este proceso como el uso de entradas y salidas intencionales de conocimiento para acelerar la innovación interna y expandir los mercados para el uso externo de la innovación.

Es decir, aprovechando un contexto en el que la colaboración, la especialización y la globalización están a la orden del día, las empresas buscan fuera de sus organizaciones el conocimiento para dar solución a problemáticas internas que les permitan generar mejoras, como primer paso. Y luego, estas ideas se prueban –también- con agentes externos que les permitan comprobar si las alternativas planteadas funcionan.

Tal como lo explica Club de Innovación (una organización chilena que se dedica a fomentar la innovación corporativa), como estrategia, la innovación abierta implica que una organización no busca depender solo de su propia experiencia y recursos para innovar (ya sea en nuevos productos y servicios, modelos de negocio, procesos), al contrario: recurre a múltiples fuentes externas para impulsar la innovación, usando, por ejemplo, la retroalimentación de sus clientes y la participación con otras empresas.

En Chile, se ha generado un especial interés por el desarrollo, tanto conceptual como aplicado, de metodologías en innovación. Existen incluso maestrías en esta materia que buscan formar a profesionales que puedan aplicar esta nueva forma de pensar de manera transversal en las empresas y organizaciones.

También existen aceleradoras de innovación, que se implantan en las organizaciones generando cambios estructurales, convocando a la colaboración con otras organizaciones y olvidándose del hermetismo anterior con el que se manejaban estos temas.

Por tanto, la innovación abierta se convierte en una gran oportunidad para los profesionales actuales: como campo de aplicación relevante para la transformación de las organizaciones, para la generación de redes colaborativas y como una forma de repensar cómo estamos haciendo las cosas en un contexto como el actual