La burbuja digital

Facebook y por tanto su dueño, Mark Zuckerberg, se vieron recientemente involucrados en un escándalo de filtración de datos personales de miles de usuarios de la red social. Este impase llevó al mundo entero a cuestionarse cómo funcionan las redes sociales: qué información nos proveen, qué datos les estamos entregando, quién maneja esa información personal y para qué la utilizan.

Cuando empezaron a surgir, las redes sociales no eran más que un medio entretenido y novedoso para comunicarse y compartir fotografías. Pero, a medida que se han ido masificando se han convertido en un imprescindible transversal a cualquier generación que, incluso, permitió la gestación de una de las grandes revoluciones sociales de los últimos tiempos: la Primavera Árabe.

Es decir, las redes sociales se han ido convirtiendo en una fuente de información fidedigna y válida mundialmente.

Los primeros usuarios de redes sociales, o sea los “millennials”, hemos sido juez y parte en el éxito y masificación de este nuevo medio de comunicación. Hemos ido descubriendo, poco a poco, y en la medida que las usamos para qué sirven, cómo usarlas, qué nos gusta y qué no. De hecho, el desarrollo y las innovaciones de las redes sociales se debe en importante medida a las exigencias de los usuarios. Pero al mismo tiempo, nos declaramos víctimas porque nos conocen demasiado, tienen muchísima información personal y se aprovechan de eso.

Al menos en mi caso, Facebook se ha empeñado en hacer un loop infinito de los posts de un mismo grupo de personas que, curiosamente, resultan tener intereses y gustos bastante afines a los míos; aunque mi relación con ellos en la plataforma sea reducida.

Entonces ¿cómo escoge Facebook qué poner en mi feed? La respuesta es un algoritmo de esos top secret que Zuckerberg escribe en dos segundos y con los ojos vendados –según la película–. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: si el contenido que empezamos a recibir en Google y Facebook ha sido programado por máquinas que solo toman en cuenta solo nuestros me gusta, ¿qué posibilidades hay de expandir nuestras perspectivas y obtener nuevos puntos de vista?

No hay que ver esta dominación de Facebook sobre lo que vemos –y dejamos de ver– tan a la ligera. Debemos tomar cierta conciencia de que estamos viviendo en una especie de burbuja cibernética que solo nos expone a la información que encontraremos afín, con la cual, por tanto, seguramente estaremos de acuerdo. ¿Qué consecuencias puede tener esto, sobre todo cuando la política ha encontrado en las redes sociales un asidero fértil para la reproducción de sus mensajes?

La personalización de contenidos es un arma de doble filo: en temas de marketing y comportamiento del consumidor es un gran aliado para la segmentación y la customización de publicidad; pero cuando se trata de ampliar los puntos de vista, es un espejismo.

En una sociedad como la salvadoreña en que la polarización es un riesgo social inminente, es importante tomar conciencia de cuáles son los contenidos con los que simpatizamos, así como las fuentes de las cuales obtenemos información y cuestionarnos: ¿qué tan objetiva es la información que estoy recibiendo?

La polarización es el caldo de cultivo para la confrontación, la intolerancia y la ignorancia; mientras lo que El Salvador necesita es diálogo, tolerancia y sabiduría para salir de su permanente crisis social.

Prácticas digitales con mamá

“La ciencia nos necesita”, dice Kemly Camacho. Ella, como coordinadora general de la Cooperativa Sulá Batsú, en Costa Rica, cree que la apuesta debe ir para que las mujeres nos apoyemos entre nosotras para aprender sobre las tecnologías digitales, en aprender a usarlas, a saber cómo sacarles el mayor y el mejor provecho. Por eso, con el pretexto del 10 de mayo, queremos compartirles cinco prácticas digitales que, como hijas e hijos, podemos compartir con nuestras mamás, nuestras abuelitas, nuestras tías y con esas mujeres que tenemos cerca.

1. Hablar, celulares en mano, sobre qué información compartimos. ¿Se acuerdan cómo siempre nos enseñaron lo de ‘no le abrás la puerta a quien no conocés’ o ‘no aceptés dulces de gente que no has visto antes’? Ahora es nuestro turno: mamá, no tengas activada la ubicación en tu teléfono sin saber lo que ello implica, o no subas toda tu información personal a tus redes sociales ni todo lo que subas sea cierto. Si podés, solo activá la ubicación cuando vas a necesitarla para ocupar Google Maps o Waze; y no coloqués tu nombre o tu fecha de nacimiento completos en Facebook: da otra fecha, da otro año. Son detalles que nos van a ayudar a cubrirnos.

2. Ayudarnos a hacer ‘limpia’ de nuestros cuartos digitales. La ropa sucia (digital) se lava en casa: eso implica tener claro, por ejemplo, si tenemos activado que se hagan respaldos de las fotografías que tomamos en nuestros teléfonos para que de manera automática se descarguen en otros dispositivos que tenemos (computadoras o tabletas). Aprendamos cuáles formularios vale la pena que tengan la función de ‘autocompletar’ en las páginas web que visitamos, y aprendamos juntas a decir que no ante lo que nos ofrece: respaldo de fotografías en otros dispositivos, o haber ocupado WhatsApp o el Messenger para pasarnos contraseñas completas de tarjetas de crédito (pártanla: pásenla por partes en plataformas distintas).
3. Regalale su juego favorito o un nuevo idioma. Hay muchas aplicaciones, y solo debemos vigilar lo que nos piden ‘entregar’ de nuestros datos a cambio. Eviten lo que les pida acceso a su cámara o a su tarjeta de crédito; para jugar no se necesitan esos datos. De aplicaciones para aprender idiomas, ¡sí me animo a decir que Duolingo es orgullo centroamericano y una de las APP mejor calificadas para varias lenguas!

4. Si tu mamá/abuelita/tía/madrina ya es bastante tecnológica, entonces podemos jugar a editar perfiles de mujeres en Wikipedia. De esto hablaremos en otra columna con más calma, pero adelanto algo: Wikimedia Argentina tiene su iniciativa #MujeresEnLaCiencia como parte de la búsqueda de la equidad en la visibilidad de perfiles de la enciclopedia digital que más se consulta en nuestro planeta.

5. Y la quinta cosa, es ver cómo sus ojos, los de ellas, se iluminan aprendiendo juntas. Organicemos, inscribámonos, promovamos cursos de tecnologías digitales para mujeres. Sulá Batsú tiene su proyecto “Club de Madres y Tecnología”, que surge a partir del “Club de Niñas y Tecnología”: es desde aprender a encender una computadora, aprender a utilizar procesadores de texto, aprovechar cursos gratuitos en línea; pero sobre todo aprender juntas, las dos de la mano: sí, es apoyarnos unas a otras porque la ciencia nos necesita, como bien dice Camacho.

P. D.: Gracias a la que me enseñó (entre otras) a jugar solitario con cartas en una mesa, y años mas tarde en una computadora.

La Corte Suprema y la Fiscalía están en peligro

Estamos claros ya de que el nuevo ascenso de la derecha política a la cumbre del poder Legislativo no implicará cambio alguno en la forma en que se hacen las cosas en la Asamblea. Los chanchullos, los pactos espurios, el control desbocado por el poder y las prebendas continuarán igual que en gestiones anteriores de areneros, efemelenistas, pecenistas, ganeros o pedecistas.
El primer acto de la nueva Legislatura habla muy bien de lo anterior: al menos cuatro de los miembros de la recién estrenada junta directiva, de los más poderosos, han sido señalados o investigados por faltas y delitos que van del acoso sexual al intento de homicidio, pasando por el encubrimiento. ¿Qué se puede esperar en un escenario así? Nada bueno.
Más grave que la conformación de la junta directiva es el mensaje que el partido ARENA envía a los votantes con claridad suficiente: lo más importante es el poder, afianzarlo, detentarlo y administrarlo, a cualquier costo. Lo demás son migajas en el concepto que de la política han tenido en El Salvador la mayoría de sus élites, ese según el cual la función pública no implica servicio al soberano, sino solo un botín al que es de idiotas no echar mano.
Y es grave entender que esa concepción de la política, que implica reparto de cuotas y empoderamiento de amigos afines sin importar sus credenciales, es la que privará cuando la legislatura 2018-2021 escoja, este año, magistrados de la Corte Suprema de Justicia y el fiscal general de la república. Como siempre, el requisito más importante que los candidatos deberán cumplir será su capacidad de genuflexión, nunca el de hacer bien las cosas o el de hacer cumplir la ley sin importar las consecuencias políticas.
En El Salvador, a pesar de todo, hay ya herramientas legales que han permitido la creación de algunos filtros para estas elecciones de segundo grado. No es que estos filtros, como la elección del gremio de abogados de candidatos a la CSJ, sean una garantía real, pero deberían de ser al menos un comienzo. De esas listas podrían ya identificarse relaciones políticas, nexos con grupos de poder, actuación profesional y pensamiento jurídico sobre temas de interés general, por ejemplo. Se puede, al menos, mapear candidatos.
Al final, sin embargo, todo termina en manos de los políticos, y lo único que nos queda a los ciudadanos es seguirles reclamando sus movidas. Eso, reclamarles en voz alta, muy alta, porque no es poco lo que se juega en este país: de una Corte que, con todos sus bemoles, fue bastante independiente, podemos pasar a una que sea cómplice abierta de la corrupción, como la que presidió Agustín García Calderón bajo el amparo de la dupla ARENA-PCN, que hoy regresa al Legislativo.
Está también el tema del fiscal. He escuchado sobre la posible reelección de Douglas Meléndez, y he escrito ya bastante al respecto; pero también he escuchado que un grupo de exfiscales cercanos a los poderes más oscuros de ARENA maniobra para empoderarse en el principal despacho del ministerio público.
Hay poderes nuevos –que son los mismos rostros con máscaras medio acicaladas para la ocasión– en la Asamblea. Dice ARENA, el mayor de esos poderes, que su lema es primero El Salvador. El país, no la fracción, no el candidato presidencial. El país que requiere una Corte Suprema y un fiscal general decentes.

El mercado de la memoria

En cualquier tienda de regalos de El Salvador se puede conseguir un llavero o una camiseta con la imagen de Monseñor Romero. El recuerdo de una experiencia traumática hecho souvenir. Como para pegar en la nevera. La memoria se comparte, pero también se mercadea. Una parte de la crítica señala la posibilidad que la memoria hecha mercancía tenga muy poco que ver con la memoria real y con un conocimiento serio del pasado. De todos modos y por bien o por mal, la figura de Romero ha llegado a ser icónica. Su imagen ha trascendido los parámetros del contexto histórico en que vivió para cobrar una nueva vida como un símbolo que comunica no solo la historia, sino conceptos abstractos sobre la política y la sociedad actual.

Al mismo tiempo hay otras memorias que casi no se reproducen. En una visita hace poco al Centro Monseñor Romero de la UCA, por ejemplo, se vendían camisetas y tazas estampadas con la imagen de Romero y hasta marcadores de libro con la imagen de Ernesto “Che” Guevara, pero no había mercancía con la imagen de los jesuitas de la UCA. Me quedé con esta inquietud sobre la representación de la memoria; qué hace que la memoria de Romero tenga una vida palpable en el presente mientras que la de los jesuitas de la UCA, Elba y Celina no se representa de la misma forma. Claro está que la masacre de los jesuitas de la UCA figura en la memoria popular y que fue históricamente trascendental en el sentido que tuvo un impacto determinante en intensificar el proceso de paz; entonces, por qué ha sido, en gran parte, excluida del imaginario político y público.

Podría ser que, como me comentaba un amigo periodista cuando le hice esa pregunta, es más fácil que Romero se haya vuelto icónico por ser un solo individuo y no un grupo. Pero esa explicación no me termina de convencer porque noto un programa más estratégico que impulsa la memoria en El Salvador. Hemos visto un esfuerzo consciente del FMLN para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda. Entre 2009 y 2014, por ejemplo, se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Cabe recordar que el FMLN actual ha buscado cultivar una imagen de partido con base en la movilización de las masas de trabajadores y campesinos y que la historia de los jesuitas de la UCA tiene más que ver con otra faceta del FMLN de base en la pequeña clase media en grupos estudiantiles. Estas reflexiones sobre la memoria me llevan a preguntar hasta qué punto los trabajos de la memoria y del olvido no son parte de la invención de una identidad nueva de la izquierda salvadoreña de posguerra. Quizás el énfasis en Romero en comparación con el caso de los jesuitas de la UCA y el mercado de la memoria revela no tanto un deseo de querer recuperar el pasado, sino de cultivar una identidad y una imagen de partido.

Nueva ley de migración chilena

Hace aproximadamente seis meses escribí en este mismo espacio sobre Santiago y sus migrantes. Hoy vuelvo a hacerlo, motivada por el contexto regulatorio que ha empezado a regir en el país andino: la nueva Ley de Migración que impulsó el recién reelecto presidente Sebastián Piñera.
Es difícil no hablar del intenso y repentino proceso social, cultural y económico que atraviesa Chile a nivel migratorio y que se ha exacerbado en los últimos años: miles de personas, en su mayoría haitianos y venezolanos, han elegido a este país suramericano como destino para desarrollar una nueva vida. Lo que ambos países comparten es la difícil situación humanitaria y política que atraviesan.

Poco a poco, especialmente en los últimos dos o tres años, se fue evidenciando la presencia de extranjeros en las calles santiaguinas y también en otras regiones del país: era fácil identificar el acento venezolano, y qué decir del color de piel de los haitianos, cuando antes ver a un afrodescendiente era poco usual. La presencia de los colombianos y peruanos, nacionalidades más comunes entre la colonia inmigrante, fue pasando desapercibida.

No era necesario ver cifras del departamento de extranjería para tener la certeza de que los índices de migración estaban aumentando como la espuma. Estaba a la vista: los barrios empezaron a transformarse; los titulares de las noticias siempre incluían “migración” o “el nuevo rostro de Chile”; las ventas de arepas se multiplicaron; las ferias laborales incluían stands “solo para extranjeros”; y el canal nacional, TVN, produjo una novela llamada “La colombiana”, en la que se plasmaba la historia de un inmigrante que llegaba a uno de los barrios más tradicionales de Santiago.

En una conversación con una funcionaria municipal de una de las comunas con mayor índice de inmigrantes en Santiago, supe que la oficina de asuntos laborales reformuló sus funciones y asesorías, ya que ahora quienes más uso hacen del servicio municipal son los inmigrantes. No es que estos tengan una formación educativa deficiente o escasa, sino que se enfrentan a desafíos con su estatus migratorio o el desconocimiento de los procedimientos que una búsqueda laboral implican.

El hecho de que una oficina municipal redirija sus esfuerzos hacia un grupo diferente de la población era una potente señal de cómo estaba cambiando la dinámica social a raíz de la migración. De igual forma, la demanda había crecido de tal manera que los plazos para los trámites usuales de solicitud de visas aumentaron de tres a nueve meses o más.

Chile se estaba enfrentando a un intenso e interesante proceso migratorio que estaba generando cambios rápidos y evidentes en distintos niveles de su cotidianidad. Al principio, generaba curiosidad y, aunque quizá sin mucho entusiasmo, los migrantes eran bienvenidos. Hasta que el fenómeno empezó a causar ruido: hospitales abarrotados, barrios colapsados, denuncias de contratos abusivos de trabajo.

Este lunes empezó a regir la nueva Ley de Migración: venezolanos y haitianos requerirán tramitar una visa especial en sus respectivos países para poder ingresar a Chile con propósito de residencia. Aunque planteado de manera muy amable y amena, el objetivo de esta ley es reducir la cantidad de personas de esas nacionalidades que ingresan a Chile.

Ahora, habrá que observar el nuevo proceso de desaceleración de la migración y, entonces, volveré a escribir al respecto.

Cambridge Analytica, el pretexto para educarnos a controlar nuestros datos

Facebook, esa ‘red social’ en que estamos más de 2,200 millones de personas, es una empresa, no una red de caridad. Pero lo que ha ocurrido con los datos de 87 millones de personas no es un mal menor, es nada más lo que se sabe ahora de algo que pasó hace un par de años gracias a que se ha destapado el caso de Cambridge Analytica; donde se señala que lo que esta empresa hizo con los datos que compró a Facebook fue ayudar a que Donald Trump ganara la presidencia de EUA.

La gran pregunta es qué hay detrás, qué es lo que ocurre ahora que aún no se ha dicho.
Debemos trascender la discusión de Facebook y Cambridge Analytica. Ojo: no es olvidarla; al contrario, es ampliarla. No podemos cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo, pero no estamos para delegar toda la responsabilidad del saber en el usuario, porque no todos hemos recibido la misma educación (digital), y no todos vamos a poder prever lo que ocurre cuando aceptamos los dichosos términos de privacidad.

Veo dos cuestiones fundamentales: por un lado, este es el mejor momento para que tomemos conciencia sobre lo que esta red (y las demás) saben de nosotros, para que aprendamos a protegernos, y por otro lado, replantearnos hacia qué sociedad vamos. Internet es mucho más que Facebook; la cultura digital implica mucho más. Estamos en la sociedad de la información que se mueve hacia una sociedad del conocimiento. Lo que urge es que estemos conscientes de ello, que sepamos cómo manejarlo. Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), allá por 2015, estableció en su informe sobre “La nueva revolución digital” que la agenda digital para nuestra región está estructurada en torno a cinco áreas de acción: acceso e infraestructura; economía digital, innovación y competitividad; gobierno electrónico y ciudadanía; desarrollo sostenible e inclusión; y gobernanza para la sociedad de la información.

Por tanto, si no es viable ‘deshacernos’ de nuestros perfiles en redes o borrar aplicaciones, lo que toca es tomar consciencia de los datos que estamos exponiendo y dimensionar lo que eso ofrece a las empresas, a los partidos políticos. Por eso debemos ir más allá y, volveré a insistir, pasar de las #Redessociales a las #Redestecnopolíticas, que centran su construcción alrededor del ciudadano, de la comunidad en que son creadas.

Y por todo esto: provoquemos un efecto dominó de desarrollar estas plataformas y alfabetizarnos digitalmente; es decir, en educarnos en cuestiones de uso de estas y privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías funcionen en favor de hacernos más humanos, más armónicos con nuestra especie y con el planeta en que vivimos: potenciar que lo digital mejore la calidad de vida de los humanos a la vez que potenciamos también los espacios de desconexión o desintoxicación de tecnologías. Las apuestas educativas ya no pueden quedarse solamente en aprender a leer libros o aprender de historia: debemos aprender a usar lo que hay en internet. Las páginas a las que accedemos, las aplicaciones que descargamos, las redes sociales a las que entregamos nuestra información.

Solo así alcanzaremos lo que denominan inteligencia colectiva, que es nuestra habilidad de poner al común nuestros conocimientos en tiempo real, a través de estas tecnologías digitales que superan las barreras espacio-temporales, en aras de potencializar de la manera más efectiva y grupal posible nuestras capacidades y competencias. Esa puesta en común, esa movilización de habilidades y competencias requiere primero identificarlas, y para ello dirá Pierre Levy: “Hay que reconocerlas en toda su diversidad”. Y es ese reconocimiento de la infinita diversidad (y semejanza) de nuestras humanidades lo que nos hace libres.

Fiscalía, la batalla que viene

La elección del fiscal general ya está en las mesas espurias de los políticos, de las que poco sabemos los ciudadanos y en las que suelen decidirse los asuntos más importantes para la nación. Y no es este asunto cualquiera: como cada vez que la Asamblea Legislativa elige al jefe de los abogados del Estado, en esta elección El Salvador se vuelve a jugar la posibilidad de seguir con una Fiscalía irrelevante versus la de elegir a un hombre o mujer con el valor suficiente para emprender los cambios que la institución y el país piden a gritos.
Uno de los candidatos, según ya insinuaron algunas voces políticas, es la reelección del actual fiscal general, Douglas Meléndez. No me parece el mejor escenario, tampoco es el peor.
De Meléndez se puede decir, rápido, que fue menos malo que todos sus antecesores, y que le tocó litigar e investigar desde una institución totalmente permeada por la corrupción, el crimen organizado y grupos económicos.
No es aún tiempo para escribir el obituario de la gestión de Meléndez, pero sí es oportuno delinear una lista breve de logros y fracasos.
Entre los primeros cuentan, por ejemplo, que emprendió investigaciones ahí donde nadie antes había entrado, a las entrañas del poder político, en específico a las de las administraciones de Antonio Saca y Mauricio Funes. El primero está preso y el caso contra él parece bastante sólido. El segundo, investigado por enriquecimiento ilícito, trata de salvar su imagen con una hemorragia tuitera.
Los fracasos son muchos y sonoros. Varios casos no pasaron de ser despliegues mediáticos que terminaron cayéndose en los tribunales, en buena medida por la debilidad de la investigación fiscal o por la falta de valor del fiscal general para acusar a los verdaderos sospechosos, y no a chivos expiatorios, como ocurrió en el caso de la tregua o en al menos dos de miembros de la fuerza pública acusados de abusos.
Sí es posible decir que la reelección de Meléndez es mejor que la llegada de alguien como Luis Martínez, Astor Escalante o Belisario Artiga, pero no es suficiente. No es solo que al país le ha urgido desde siempre una Fiscalía limpia, es que necesita una que sea eficiente, que logre condenas, que empiece a remover del Estado las pestes de la corrupción, que empiece a reducir los índices de impunidad en delitos como homicidios, extorsiones y violencia sexual.
El Salvador no puede tolerar otra Fiscalía corrupta como la de Martínez, pero tampoco puede darse el lujo de otra mediocre como la de Meléndez.
Me temo, mucho me temo, que estas consideraciones no son las que están sobre esas mesas espurias de las que hablé al principio, nunca lo han estado.
Me temo que las preocupaciones de los políticos de la derecha, que son quienes elegirán al fiscal general en este ciclo legislativo, se refieren más a sus propias pestilencias. No hay que ser Stephen Hawking para entenderlo: GANA y PCN, dos partidos sobre cuyos dirigentes pesan varios señalamientos de corrupción, serán clave en esta elección.
ARENA será, gracias a sus resultados electorales, la que llevará el liderazgo en este asunto. Tampoco soy optimista: todos los abogados mediocres o corruptos que llegaron al ministerio público desde finales de los ochenta llegaron aupados por los votos areneros, incluido Luis Martínez.
Dicen algunos que en ARENA hay voces que creen de verdad que el partido, y la derecha en general, debe alejarse de una buena vez de los usos sucios a los que muchos ahí han estado acostumbrados. Dicen. La elección de un fiscal general decente pasa por una gran primera prueba. De nuevo: no soy optimista.

Sobre la soledad

Tengo la costumbre de caminar de noche por las calles; hoy salgo como siempre. Lo insólito de esta vez es caminar por la misma zona residencial e ir dándome cuenta de que no veo pasar ni un carro ni hay otra gente transitando. En las viviendas se ve luz interior y el centelleo de pantallas, pero no se percibe movimiento humano. Mi celular sigue en el bolsillo y, de repente, me encuentro en la negrura completamente presente, sola. Así entra la soledad, el entorno se sincroniza con el silencio interior por proyección psicológica o por magia. De un momento para otro te sumerges en ella.

Dice Charles Bukowski sobre la soledad: “He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que otra persona podía entrar en esa habitación y curarme”. Y tiene razón Bukowski en que la oscuridad interior no nace de estar a solas. Se percibe más cuando nos atrevemos al silencio y a la incomodidad de la soledad, pero no hace falta otra persona para hacer desaparecer ese dolor. Intuimos que esa constante huida de nosotros mismos solo hace crecer el sufrimiento.

Sigo caminando y doy la vuelta a la esquina. Estoy ya en una calle que había recorrido en otros tiempos acompañada. Ahora mi sombra singular es una figura estirada y distorsionada. No me reconozco, pero tampoco me permito huir de la angustia que me produce esa sombra. Con cada paso la soledad se impone más y más como un callejón sin salida, como un efecto eventual del divorcio, o quizá por retar demasiado a la vida o por hacer un giro equivocado en el camino que he elegido. Sigo a la par de esa sombra misteriosa. Es posible que la oscuridad provenga del hecho de haberme alejado de mí misma desde un primer momento y que necesito estos momentos poder recobrar cierto equilibrio para poder volver a reconocerme.

Otra esquina. Estoy pasando por un andén cubierto de hojas mojadas y esponjosas. Hay que detenerme para estabilizar el paso y poder encontrar el balance. No sé qué es lo que nos hace fugarnos de la soledad porque en fin es lo más básico de la condición humana. Talvez lo opuesto de la soledad es la bulla. Una agitación moderna civilizada de cosas superficiales y vacías que nos distrae del presente, de la crudeza subyacente y lo real de la vida.

Estoy pasando ya el colegio de ladrillo rojo que siempre me ha recordado a castillo gótico. Ya casi estoy regresando a casa. Me pasa cerca un ave o quizá un murciélago con ese aleteo agitado y tenso que quema vidas y energía y que es parte de esa constante inquietud de búsqueda. Lo sigo con los ojos hasta que su aleteo también se calma; ha encontrado las ramas de un árbol o una viga estática para detenerse.

El ser humano es un ser social, nos advierten. La soledad es dañina y se pronostica una muerte temprana a la gente que pasa sola demasiado. Es innegable que estar acompañados nos puede inspirar de vida y que las conexiones con los demás nos nutren, pero no nos curan de la soledad. También podemos estar entre las multitudes y muy solos si no hay una conexión con esa comunidad. Así como lo entiende Bukowski, no hay otra persona que no nos puede salvar de nosotros mismos: “Cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente gritando algo, ahí sí puedo sentirme solo”. En fin, la soledad es una condición existencial que no necesita cura, sino espíritu de entrega. Concluyo con las últimas líneas desafiantes del poema de Bukowski: “Les pido perdón a los millones de gente, pero nunca me he sentido solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar. Bebamos más vino”.

Exponga a un vivo

¿Hacer trampa en la fila? ¿Usar el carril auxiliar? ¿No ceder el paso? ¿Doblar en “u” donde no se puede? ¿Alguna vez ha hecho algo así? ¿Alguna vez ha visto a alguien hacerlo?

La respuesta a la segunda pregunta seguramente es afirmativa, porque en El Salvador existe una especie de regla o cultura implícita instalada que reza “el mundo es de los vivos”. ¡Ay de aquel que no aplique dicho célebre lema! Pues en primer lugar no sobrevive, y en segundo lugar, no forma parte del grupo de “los vivos” y eso es ser el eslabón más débil de la cadena y no gozar de respeto.

Es decir, “los vivos” son una especie de clan, de clase superior, de raza avanzada. Ellos logran olfatear, a kilómetros, cómo salir ganando en cualquier situación a costa de bloquear el paso a otros, hacer trampa, violar las reglas o hacer las propias, sin importar si su comportamiento afecta a un tercero o no.

Por alguna razón, en el comportamiento vial es más fácil detectar “al vivo”. Ahí se manifiestan en todo su esplendor. Quizá la masividad los hace resaltar cuando quieren avanzar por el carril auxiliar, saltándose la fila y exigiendo que los dejen pasar porque como son más vivos, el resto debe adaptarse a sus acciones, se quejan en su interior pero ni modo, es más vivo. O también, cuando no quieren dar el paso, porque eso es igual a ser débil –supongo–, quizá la lógica sea “ve, chis, yo llegué primero” y se acercan más al carro de adelante; evidentemente “son más vivos”.

La cultura del vivo está instalada. El vivo es validado, respetado e imitado. Y por eso, creo que es importante reflexionar en cierto punto: la presencia del “vivo” no tuviese la relevancia que ha alcanzado en nuestro país si no fuera porque existe una especie de oda masiva a este personaje. Es una combinación entre un aspiracional, una meta a alcanzar y una forma de sobrevivencia. Ser “vivo” te da un nivel de seguridad que refleja fortaleza e inteligencia entre tus pares. Al vivo se le avala, se le envidia, se le admira… porque “la sabe hacer”.

Sin embargo, para poder avanzar como sociedad y como país, hay que hacer exactamente lo contrario: al vivo hay que señalarlo, hay que rechazarlo, hay que exponerlo y castigarlo. El vivo -en cualquiera de las esferas sociales en las que se manifieste– no es más que un obstáculo para que las cosas funcionen. El vivo –donde sea que se encuentre– no es más que un abusivo y un aprovechado que, en lugar de salir ganando, hace que todos perdamos, con sus ocurrencias y sus violaciones constantes a las reglas sociales.

Los vivos son peligrosos porque su comportamiento no se limita a las calles. Los vivos están en todas partes: en el trabajo, en el Gobierno, en los hospitales, en las universidades… y en todas partes hacen lo mismo: abusar, creerse por encima de la ley, ser un obstáculo para el desarrollo.

Nos han hecho creer que esa es una forma de vida admirable y aceptable, pero en verdad hemos sido nosotros quienes hemos construido esta suerte de admiración y cuasirrespeto por “el vivo”, que solamente sigue cavando más profundo nuestro subdesarrollo.

Exponga a un vivo y construya patria.

¿Hacemos redes al hacer política?

Voy a comenzar pensando la política como un proceso de toma de decisiones que repercuten en todos los miembros de un grupo, y a la ciudadanía como la condición que adquieren las personas que asumen esa participación en una comunidad (política). Estas acepciones retomadas deliberadamente de Wikipedia las elegí para acercarme a la noción que quiero discutir con ustedes a través de este espacio: como ciudadanos, qué utilizamos o potenciamos de las tecnologías digitales para tomar decisiones que repercuten en nuestra comunidad política.
¿Por qué creo que es importante pensar en qué uso les damos a estas tecnologías? Mi apuesta, como persona, es que las redes sociales, las aplicaciones y el internet en general nos permiten conocer lo que ocurre en tiempo real en los lugares más cercanos y en los más lejanos de este planeta. Como lexicógrafa, mi apuesta es que las palabras que usamos en ese cruce de información en la red nos van construyendo un mundo que es tan amable o violento como el discurso que se utiliza para contar eso que ocurre. Y mi tercera apuesta, como comunicadora digital, es que ese discurso está producido y reproducido por sujetos que conforman distintas redes, por lo que vale la pena preguntarnos quién se conecta con quién, o quién nos muestra qué.
Para esto quiero compartir con ustedes uno de mis aprendizajes más queridos en esto de la comunicación y la cultura digital. ¿Han escuchado alguna vez de la tecnopolítica? De una manera muy simple, podría decir que es esa capacidad organizativa, entre individuos, que se muestra de manera multitudinaria a través de las herramientas digitales que tenemos en la red. Pero si queremos profundizar, presento al grupo de investigación tecnopolítica, que es parte del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya: este grupo nos plantea que hay tres generaciones de redes. La primera es la informacional, pues la prioridad es justamente la información; después, hay una segunda generación que son las redes sociales, en donde la clave es la interacción que se permite entre los nodos o sujetos que participan en esa red, y luego viene una tercera generación, que son las redes políticas, en donde la clave es la decisión que facilitan, lo que puede hacerse en ellas y gracias a ellas.
En esta generación de redes políticas donde el centro es un sujeto político, alguien que hace, que propone y (sobre todo) que decide. Además, estas redes representan la articulación de los espacios en donde se construyen identidades y voluntades basadas en una inteligencia colectiva, es decir, son lugares físicos, digitales y simbólicos en los que se puede hablar y crear proyectos de incidencia en políticas públicas o proyectos artístico-culturales que permitan el disfrute de espacios públicos. Pero, sobre todo dirán estos investigadores, se caracterizan por ‘conectarse’ con las decisiones que afectan al colectivo, a la ciudadanía. Y estas redes políticas se complementan con las #RedesTecnopolíticas, que ocurren cuando las tecnologías se diseñan para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de la construcción de esas tecnologías.
Por eso creo que este es un diálogo más urgente de lo habitual en estos períodos postelectorales, que a la vez son preelectorales. Como lexicógrafa, quiero saber qué hay detrás de un voto que se anula al escribir sobre la papeleta un hashtag, un elemento de la cultura digital que se mueve a otros espacios para representar discursos como #LibertadParaDanielAlemán; porque como salvadoreña quiero saber qué redes construimos al hacer política a través de los votos pero también de esos hashtags. Como comunicadora digital, quiero saber para qué existen laboratorios como el MediaLab Prado, o plataformas como Decidim y MetaDecidim. Porque creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.