8M

Llegó esa época del año en la que, junto con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, los espacios de opinión –desde las charlas de cafetín hasta las redes sociales, e incluso entrevistas en medios de comunicación– se llenan de “argumentos antifeministas”. Que por qué solo las mujeres tienen un día, que entonces los hombres también, que a los hombres los matan más, que también hay hombres maltratados por las mujeres…
No falta quien se la lleve de gracioso y comparta memes y mofas sobre el feminismo. Los chistes, claro, a cual más ingenioso. Pero también hay quien siente en esta fecha un tipo de afrenta personal y publica/argumenta cuestiones más fuertes. Que si somos feminazis, que las barbudas, que las peludas, que las sin marido, que las machorras, que lo que somos es faltas de sexo, que peleamos por cosas que nada que ver, que protestamos si nos tiran un piropo, que a la hora de cambiar una llanta entonces sí necesitamos de los hombres.
Y si bien los feminismos (sí, en plural, lea y se dará cuenta de que no es uno solo) tienen diferentes corrientes de pensamiento, distintas reivindicaciones y objetivos, diferentes formas de actuar/protestar/incidir, y las luchas cambian de país en país, eso no las deslegitiman; al contrario, ver que haya naciones en las que el objetivo sea que haya un 50 % de ejecutivas en las grandes empresas, porque todo el resto de necesidades de seguridad, protección social e integridad personal ya ha sido llenado, debería ser motivo de alegría.
Pero yo escribo estas líneas en El Salvador. Ese El Salvador en el que solo una de cada cuatro familias está integrada tradicionalmente. Ese El Salvador en el que un tercio de los partos son de niñas y adolescentes. Ese El Salvador donde hay una veintena de violaciones —denunciadas, nada más, me espanta pensar en la cifra real— cada día, en las que las víctimas son mayormente niñas y adolescentes y en las que generalmente el victimario es un familiar o persona de confianza.
Escribo en El Salvador, un país donde no hay un manual de educación sexual en las escuelas porque, cuando se intentó lanzar, se opusieron los sectores conservadores cercanos al poder. En mi país encuentran cadáveres de mujeres sepultadas, que antes de morir fueron golpeadas, torturadas, violadas, las encuentran con botellas, tubos de hierro y otros objetos en la vagina, y aún así hay quien dice que no existe tal cosa como violencia machista y que no es cierto que las mujeres seamos objeto de un tipo especial de saña por el hecho de, sí, ser mujeres.
En mi país te golpea tu pareja y los vecinos no se meten porque entre marido y mujer no hay que hacerlo. En mi país estudian más los niños porque a las niñas les toca quedarse en casa ayudando en los oficios del hogar. En mi país la mayoría de “ninis” —ni estudia ni trabaja— son también mujeres porque se vuelven madres jóvenes y les toca quedarse en su hogar.
En mi país asesinan a mujeres policías dentro de las mismas delegaciones sin que las autoridades hagan más que tratar de encubrir que en sus instituciones se tolera la violencia machista que están obligadas, por ley, a combatir.
En otros países este 8 de marzo hubo una huelga de mujeres. Ellas no asistieron a sus trabajos ni a sus centros de estudios y salieron a marchar. En El Salvador no pudimos, porque en nuestro sistema si no trabajamos, no comemos; tres de cada cuatro mujeres trabajan con salarios bajos y con pocas o ninguna prestación de ley, y somos más propensas a la pobreza porque ganamos menos y aportamos más al gasto del hogar.
En mi país no se reconoce el valor del trabajo doméstico no remunerado, y se dice aún que las madres que se quedan en casa a cuidar a sus hijos “no trabajan”, “no hacen nada” o “son mantenidas”.
Cambiar la realidad de mi país es mi lucha personal y la de muchísimas otras mujeres. Sobrevivir a este país es nuestra lucha diaria. El 8 de marzo el resto del mundo nos ve y podemos gritarles que tenemos estas luchas. No nos las entorpezcan. Si no se nos van a sumar, tampoco estorben. No nos hagan chiste, no nos ridiculicen, no nos minimicen. Con eso nos damos por bien servidas.

Una calle sin salida

No importa cuándo lea esto. Puede ser cualquier día de la semana. No importa el partido político que haya triunfado en las elecciones ni el resultado del Barcelona o el Real Madrid. En realidad, parece ser inevitable para quienes viven en el área del Gran San Salvador. Sépalo: la próxima vez que arranque su carro o aborde un bus lo más seguro es que, después de avanzar un poco, se tope con una trabazón. Algo que aceleradamente se está convirtiendo en parte de la cotidianidad capitalina. Carros y más carros que parecen copar hasta el último callejón. Todos ansiosos por pasar primero que los demás. Todos los días desayunando, almorzando y cenando tráfico. Sin importar lo que suceda durante la jornada.

Antes los días de peor trabazón eran las quincenas de pago, el fin de mes, las “horas pico”. Ahora parece ser casi todo el tiempo y hay horas de la mañana en las que la ciudad se vuelve intransitable. Un lento avanzar entre pitazos y cafres que, sin seguir la línea de carros, quieren meterse adelante. Ralentizando aún más el lento flujo vehicular. Gasto de gasolina, gasto de tiempo y energía. Cada quien ha respondido a su modo a esta crisis de ciudad que embarga a tantas ciudades del mundo. Los que tienen el poder adquisitivo suficiente tienen una salida individualista y se han comprado un carro. Vehículos chocados en Estados Unidos, reparados aquí, y que taquean cada vez más las principales arterias de la ciudad. Nadie parece frenar esa importación masiva que puede representar un colapso mayor. En El Salvador hay alrededor de 1.5 millones de automóviles, de los que poco menos de la mitad se concentran en el Gran San Salvador.

Otros han resuelto comprar motocicletas para sortear el tráfico. Esquivando la trabazón por los carriles auxiliares, al lado de los carros, trayendo más anarquía en calles donde, de por sí, no se respetan las leyes de tránsito. Algunos hasta han perdido la vida por su imprudencia. Y el Gobierno también ha ideado su respuesta al caos con la construcción de más pasos a desnivel, más ampliaciones de carreteras. Calles que son como los tentáculos de un pulpo que se extienden por todos los rumbos. Solo en las obras que ha edificado en el Rancho Navarra tiene una inversión de más de $21 millones. Dinero que se pudo invertir para mejorar la infraestructura de escuelas públicas se usó en ese hoyo enorme que busca ser una válvula de escape a una de las zonas más agobiadas por el tráfico en el Gran San Salvador. El Estado construye y construye como queriendo equiparar el flujo interminable de vehículos, pero, a la fecha, solo crea nuevos escenarios para la trabazón, como el paso de tres niveles en el redondel de Naciones Unidas o el paso bajo la estatua de Alberto Masferrer en la colonia Escalón. Nada parece ser suficiente.

Y buscar la solución al problema es como estar dando vueltas varias veces en el mismo redondel. De alguna forma todos sabemos la salida, pero no se hace: mejorar el deplorable transporte público. Es tan elemental y ya suena hasta inverosímil. Como si solo fuera paja. Esta es una ciudad en donde rutas completas de autobuses, en lugar de modernizarse, van desmejorando. Como la 101-D, que antes tenía de las mejores unidades en la ciudad y ahora renueva su flota con buses viejos y desvencijados. Esta solo es una ruta entre tantas. Algo que parece tener sin cuidado a las autoridades ni a los políticos, que se sienten tan a gusto negociando con las mafias del transporte en la Asamblea Legislativa y el Viceministerio de Transporte. Entonces más gente busca comprar una moto o endeudarse con algún banco por un carro.

¿Por qué cuesta tanto encontrar la salida al tráfico? Porque no hay una solución individual a un problema colectivo. En lugar de exigir un mejor transporte público nos hemos dado por vencidos, y cada quien ha buscado su propia respuesta, que en realidad va agravando el caos. Las autoridades no van a mejorar el transporte colectivo porque va en contra de sus intereses; si no, hace rato lo hubieran hecho. Debe ser una exigencia ciudadana de primer orden para mejorar el caótico transitar por el Gran San Salvador. Exigir más orden en todo sentido. Hasta entonces, todas las arterias de la ciudad parecerán una calle sin salida.

Límites para reducir la conflictividad

Los salvadoreños somos famosos por ser “buena gente”, amistosos, amables y entregados. Sin embargo, a pesar de esas características, el país está catalogado como uno de los más violentos del mundo. Vamos de un extremo a otro en un péndulo que oscila entre la sonrisa y la “cherada”, el insulto y la violencia. Evitamos decir no por temor al rechazo; rehuimos discutir los temas difíciles porque preferimos ignorar el conflicto hasta que es insostenible y explota. En pocas palabras: no reconocemos nuestros propios límites y mucho menos sabemos cómo expresarlos de forma asertiva a los demás.

Los límites personales son una especie de barrera imaginaria que nos ponemos a nosotros mismos y a otros para proteger y dividir ciertos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, un límite en la familia sería el espacio que le solicitamos a los demás miembros cuando deseamos estar solos. En el trabajo, sería solicitar que se respete el horario establecido y evitar asignaciones fuera de las horas habituales o hacerlo únicamente para casos de emergencia.

Estas fronteras nos permiten ejercer nuestro poder personal y, al mismo tiempo, nos posibilitan gestionar nuestras emociones, así como diversos aspectos de la vida cotidiana. Además, nos facilitan obtener espacios desde donde podemos, en la intimidad, reflexionar, evaluar y realizar ajustes a nuestros comportamientos o simplemente descansar de la actividad extrema.
Es importante reconocer que vivimos en grupos de diferente tipo y que el ser humano aspira a pertenecer, ya sea a una familia, a amigos, a grupos de interés o pasatiempos, a un país, a un trabajo, entre otros. Ese cúmulo de asociaciones da sentido a la vida de una persona, y le ofrece marcos desde donde actuar. Pertenecer es un acto social importante, y para hacerlo muchas veces estamos dispuestos a tomar responsabilidades y tareas con las que no nos sentimos cómodos, que no satisfacen nuestros intereses, y, en el peor de los casos, que nos hacen obviar nuestros principios e integridad.

Y es, precisamente, frente a esos casos que los límites no solo se vuelven saludables sino necesarios, porque nos permiten experimentar control y autogestión. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a decir que sí, a evitar el conflicto y a complacer a los demás que ni siquiera nos preguntamos cuáles son y dónde están esas fronteras personales. Preferimos permanecer en la zona de confort frente a deberes y estándares impuestos por otros, aunque estos hayan dejado de ser útiles y nos provoquen malestar y frustración.
Para identificar esos límites es importante dedicarse tiempo a solas y reflexionar sobre ellos. Conocerlos es el primer paso para ejercerlos con nosotros y luego con los demás. Los mecanismos más importantes para descubrirlos se expresan en forma de emociones o sensaciones a través del cuerpo. El cansancio, el enojo sin razón aparente y la frustración son algunas de las señales iniciales que muestran que es necesario establecer un límite. Sin embargo, prestamos poca o nula atención a esas pistas y preferimos acumular el malestar hasta que este es insostenible y surge, sin control, en forma de rabia o de molestias físicas mayores.
Puede ser complicado expresar un no o devolver la responsabilidad de una situación o actividad a quien corresponde, pero es importante sobrepasar la incomodidad y el miedo al rechazo. Decir un no oportuno, cancelar actividades, rechazar responsabilidades que no nos competen es incómodo pero necesario. Los límites son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás. Y, sobre todo, una forma de reducir la conflictividad que caracteriza a buena parte de los salvadoreños.

Ser valientes, dejar de matarnos

“Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas”
Confucio

Desde el lanzamiento del plan Mano Dura en 2003, el esquema de enfrentamiento directo adoptado por el Estado contra las pandillas ha escalado hasta convertirse en una suerte de guerra contra estas. No solo las diferentes administraciones del Ejecutivo y varias legislaturas han entrado en esa lógica; la Sala de lo Constitucional también se sumó en 2015 con una sentencia que puso la cereza a la narrativa de una solución policíaco-militar al fenómeno pandilleril, al declararlas como organizaciones terroristas.
Sin embargo, el tiempo ha demostrado que estos enfoques no han logrado los objetivos esperados, se han obtenido resultados sumamente limitados en cuanto a la reducción de estadísticas delictivas en general, y se han logrado efectos contraproducentes respecto al reclutamiento y avance territorial de las pandillas, y se ha pasado sumamente lejos de la construcción de comunidades mejor integradas y más seguras. Además, los daños colaterales de estas políticas se los han llevado las comunidades más pobres, los jóvenes y, finalmente, los mismos agentes policiales.
Estas políticas han sido sumamente efectivas para llevar al calabozo a miles de pandilleros e, incluso, asesinando a cientos de ellos, pero eso ni los ha hecho menos peligrosos ni los ha mermado. Este –ya histórico– fracaso hace necesario transitar hacia enfoques que busquen antes que la eliminación o el encarcelamiento de criminales, la rehabilitación de aquellas comunidades en las que las pandillas se han convertido en una especie de Estado paralelo en el diario vivir de sus habitantes. Debe girarse hacia políticas que busquen incluir a esas comunidades que han estado históricamente excluidas de las dinámicas positivas del Estado y del mercado, y superar el fetiche electorero en que los políticos han convertido a las pandillas.
Sin duda, nuevas formas de abordaje deberán contemplar el diálogo para la construcción de comunidades más pacíficas. Pero no se trata de negocios en la oscurana y fuera de la ley, sino de dialogar bajo las normas del Estado de derecho y la mayor transparencia posible, así como de apostar por diálogos locales, en los que participen todos los sectores de las comunidades, dando protección y prioridad a las víctimas. Se trata de construir nuevos equilibrios de poder local con el más alto acompañamiento y seguimiento gubernamental, para fortalecer a las víctimas y las autoridades formales de estos territorios. Se trata de construir, en clave de acuerdo de nación, una estrategia nacional de salida, de desistimiento de la vida pandilleril.
No faltará quien ponga el grito en el cielo por llamar a negociar y dialogar, más durante la campaña electoral. Esas voces juzgan inmoral exhortar a la pacificación a través del diálogo, pero consideran de buenos cristianos llamar a matar. Debemos abandonar la hipocresía y hacer un ejercicio de sinceramiento, pues desde la dueña de una plancha para hacer pupusas hasta los dirigentes y los militantes de los partidos políticos han tenido que negociar y negocian con los pandilleros día a día en las comunidades que estos dominan.
Debemos ser valientes para dejar de matarnos y pensar que la eliminación nos llevará hacia la paz y la cohesión social. Debemos ser valientes para negociar y dialogar, sin renunciar a la ley, sin saltárnosla tampoco. Debemos dejar de matarnos o estaremos confinados a continuar bajo las leyes del salvajismo: la del más fuerte; la de ver, oír y callar; la de golpear (o matar) y luego averiguar; la de vivir con miedo al otro, siempre.
Debemos ser valientes para abandonar la violencia como falsa solución y caminar hacia la inclusión, el diálogo y la negociación, como las herramientas que en 1992 nos abrieron la puerta a la esperanza.

Malas madres

Cuando algo se desconoce, se le rechaza o se le tiene miedo. La ignorancia es la puerta de entrada perfecta para el prejuicio, el repudio y el mito. Por el otro lado, el conocimiento se yergue como una luz que permite apreciar las cosas mejor y emitir valoraciones mejor sustentadas y más empáticas.
¿Ha oído hablar de la depresión posparto? Seguramente sí, más de alguna vez. Por desgracia, es poco lo que se divulga sobre qué es verdaderamente, sus causas y sus repercusiones. Como tantos otros temas de salud mental, suele estar rodeada de un halo de escepticismo, medias verdades, interpretaciones subjetivas y opiniones más basadas en el “dicen que” o “creo que” que en hechos comprobables y datos científicos, que, si uno los busca, abundan.
La depresión es una enfermedad grave, severa, inhabilitante, que es causada por cambios químicos en el cerebro, desequilibrios en la forma en que este funciona y deficiencias en los neurotransmisores que permiten que nos sintamos bien. Estar deprimido no es simplemente estar triste, y para tratar esta enfermedad se requiere de tratamiento médico y acompañamiento de la familia y los amigos.
En las mujeres, el embarazo y el parto conllevan un remolino de cambios físicos, sociales, de rutina, pero también hormonales, además del estrés que implica hacerse cargo del bebé. Son comunes después del parto los cambios bruscos en el estado de ánimo, la ansiedad, el malestar por la falta de sueño. Generalmente esto dura poco tiempo, y se supera, pero cuando esto se prolonga o agrava, se habla de depresión posparto.
La nueva madre puede sentirse sin esperanzas, sin capacidad de hacerse cargo de su bebé. En algunos casos se pierde el interés por el niño o, en los más graves, surgen deseos de lastimarlo o lastimarse. Por ello en muchos países hay protocolos de acompañamiento y vigilancia para evitar que la madre y el bebé se queden solos, así como atención en salud mental como parte del tratamiento posparto.
Quienes padecen de depresión posparto, en cualquiera de sus grados de gravedad, no son malas madres. No es que no quieran a sus hijos. No es que estén lejos de Dios o que no tengan fe. No es que sean débiles o que no tengan carácter. Tampoco tiene que ver con que hayan deseado o no convertirse en madres.
Todos estos mitos hacen difícil que las mujeres sepan por lo que están atravesando, que hablen de ello o que busquen ayuda, por miedo a las críticas, al qué dirán o a que las consideren “locas”. Poco a poco se habla más del tema y es común que haya más mujeres que admitan, años después, que atravesaron episodios de depresión posparto, superándolos algunas por sí mismas y otras con oportuna ayuda médica.
La salud mental debe dejar de ser tabú, pero en este tema en específico se requiere especial empatía y mayor divulgación. La maternidad debe dejar de ser vista como el epítome del sacrificio para las mujeres, no debe vinculársele per se con el sufrimiento y el dolor, y los sentimientos de ansiedad, de agobio y de tristeza extremos no deben normalizarse. Hay que estar atentos y abiertos a las necesidades de las nuevas madres y procurarles la ayuda que requieran.
Es muy dañino tratar estas situaciones desde la ignorancia o el prejuicio. Una mejor comprensión de los riesgos que trae consigo la depresión posparto puede salvar vidas. La atención en salud mental es una gran deuda que tenemos como país, pero está en nuestras manos educarnos mejor al respecto, investigar antes de hablar para criticar o simplemente repetir bulos. Empecemos a informarnos mejor y a ser más comprensivos. Encendamos esa luz.

Carnaval de fantasía

En las calles del país de los “tristes más tristes del mundo” han colocado un montón de vallas con rostros sonrientes. Y pocos aquí entienden su felicidad. Son decenas y decenas de caras achinando los ojos, enseñando los dientes. Algunos son jóvenes y de piel blanca y lisa, otros quisieran serlo. Y sonreír aquí parece una cruel ironía, una burla. Son las caras de los candidatos a diputados de las próximas elecciones legislativas. El ejército de sonrisas impostadas que amargan las calles del país. Porque el voto por rostro es un avance del sistema electoral, pero no significa mejores campañas. De eso ya nos dimos cuenta a pocas semanas de las elecciones del próximo 4 de marzo.

Cuando la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) falló en 2012 para que los salvadoreños pudieran decidir la conformación de la Asamblea Legislativa, con la posibilidad de votar por el rostro del candidato de su preferencia, nunca se imaginaron la clase de campaña política que se venía. Una campaña tan superficial y frívola que parece distanciar aún más a los partidos de la población, si eso es posible. No es que se tenga el mejor historial de plataformas políticas del mundo, en un país que ha sabido de frases trilladas y propuestas inverosímiles, pero ahora, increíblemente y contra cualquier pronóstico, todo parece haberse reducido más a la apariencia. Al “look” y al candidato que contrate al mejor profesional en Photoshop.

Sí, suena ridículo pero es lo que tenemos. Es más fácil maquillar una cara que idear una propuesta sólida y coherente. Al menos para nuestra clase política. Como en las fiestas patronales de un pueblo, todos luchan por verse bien durante el baile. En esa escala, vale más un rostro conocido de una ex Miss El Salvador o un periodista de televisión que una verdadera plataforma para hacer algo distinto. Cada quien ha ido a lo suyo: el FMLN ha tratado de rejuvenecer a su vieja guardia, ARENA le ha abierto las puertas a gente de la TV, al PCN han llegado rostros conocidos. Las propuestas, ahora más que nunca, han quedado en un tercer plano. Y si las hay, están enfocadas en el trabajo que los partidos tuvieron que hacer hace mucho y por el cual han perdido la confianza de la gente.

Pero hay algo más: todos parecen estar esforzándose por verse jóvenes y sin arrugas. Esa impostada juventud puede ser tipificada como el primer engaño a los votantes. Cuando es obvio que ser joven no implica ser moderno ni querer cambiar la situación del país. Hay muchos jóvenes que tienen un pensamiento tan retrógrado como las generaciones que los precedieron. O hay gente de mayor edad que tiene ideas más disruptivas para transformar las desigualdades sociales y en ingresos económicos que tienen sometida a la mayor parte de la población. Un ejemplo de afuera, pero válido, es el estadounidense Bernie Sanders, quien propone un mayor estado de bienestar en la tierra de las jornadas laborales sin límites.

Para la mayoría que busca una reelección en su escaño, la campaña de cara sonriente sería hasta innecesaria si trabajaran con una mayor intensidad, si salieran más y se reunieran periódicamente para rendir cuentas a los votantes de cada departamento. Si los nuevos candidatos a diputados hicieran una lectura adecuada del momento que vivimos y lo que exige la población se ahorrarían los lentes sin prescripción médica, delantales con su rostro o los calendarios de bolsillo. Hay otras formas de darse a conocer. Y por supuesto, todos nos ahorraríamos tener que lidiar con una campaña política que se ha convertido en un carnaval de fantasía.

En las calles del país de los “tristes más tristes del mundo” han colocado un montón de afiches con rostros sonrientes. ¿Por qué molesta tanto verlos? En su afán de lucir “guapos” no responden al clamor popular que exige respuestas a los graves problemas del país. No basta decir que se va a invertir más en educación y en salud –algo evidente–, sino cómo se va a realizar esta inversión con un presupuesto restrictivo y cuáles serán sus énfasis. La cara sonriente de los candidatos parece más una broma. Y quizá molesta tanto porque todos asumen que la política es sucia pero no tan burlista.

Vidas inspiradoras

¿En quién te inspiras?, ¿dónde buscas esos personajes, reales o ficticios, en los que descubres pautas para tu vida? Hoy quiero referirme a tres personas cuyas vidas representaron, entre otras cosas, valentía, determinación y capacidad de responder con paz a la violencia. Seguramente, también cometieron errores y están lejos de considerarse perfectos, pero destaco los aspectos que estimo más notables de sus vidas.
La primera es sor Juana Inés de la Cruz, poetisa, música, pintora, teóloga y monja mexicana que vivió en el siglo XVII. Un tiempo en el que las mujeres, para obtener “valor” como personas, solo podían aspirar al matrimonio o a recluirse y vivir sin ninguna aspiración personal. En ese contexto, Juana Inés decidió convertirse en religiosa, porque encontró en ese espacio la posibilidad de perseguir y desarrollar su amor por el conocimiento; aunque tuvo que pelear muchas batallas contra quienes pretendieron silenciar su arte.

Su valentía queda patente en una carta dirigida a su confesor, que se cree fue escrita entre 1681 y 1683, donde señala: “Mis estudios no han sido en daño ni perjuicio de nadie, mayormente habiendo tan sumamente privados que no me he valido ni aun de la dirección de un maestro, sino que a secas me lo he habido conmigo y mi trabajo…”. Y, en la misma misiva cuestiona a su confesor acerca del derecho a los estudios negado a las mujeres: “¿Quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? ¿Pues por qué no gozará el privilegio de la ilustración de las letras con ellas?… ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley?”

El segundo es Gandhi, pensador, abogado y activista por la independencia de la India, que nació en el siglo XIX. Su concepto “satyagraha” llama a la no violencia, a expresar la propia verdad con determinación y convencer con el poder de la palabra a través de argumentos veraces, documentados y magistralmente construidos. Lograr eso requiere plantear con honestidad y transparencia razones que provengan de la convicción más profunda, y desde ese espacio persuadir a otros.

El tercer personaje es Nelson Mandela, líder y activista contra la segregación racial en Sudáfrica, abolida finalmente en 1993, y quien asumió la presidencia de su país en 1999 luego de haber permanecido en la cárcel durante 27 años, tiempo en el cual fue sometido a un duro régimen y malos tratos. Este visionario del siglo XX es el ejemplo fresco de que sobrevivir al odio y al desprecio de un grupo que se sentía superior es posible; porque Mandela ofreció la paz como respuesta a la violencia de la que fue víctima y logró colocarse por encima de la locura y el egoísmo humano para demostrar una capacidad de perdón y de reconstrucción personal digna de estudio. Una actitud, además, que contuvo el odio entre los sudafricanos y que definió, al fin y al cabo, el rumbo de su país.

Juana Inés, Gandhi y Mandela defendieron con pasión sus ideales, a pesar de los enormes obstáculos que encontraron. Sus vidas simbolizan la coherencia entre convicciones, palabras y acciones. Sin duda, tres personajes intensos y fascinantes que rompieron esquemas, derribaron muros de prejuicios y de violencia y, sobre todo, que continúan representando los valores de valentía, determinación y paz.

Esta paz tan violenta

“Peace is not everything. But without peace, everything is nothing”.
Willy Brandt

Es importante iniciar dejando claro que los Acuerdos de Paz cumplieron con la principal misión que tenían en su momento: acabar con el conflicto político armado. Además, son el hito más importante en la historia republicana luego de la independencia. Pero también debe reconocerse que, muy a pesar de su importancia, no son valorados en su justa dimensión por buena parte de la población y de la juventud salvadoreña. Y eso por al menos dos razones importantes.
La primera es que nadie puede valorar lo que desconoce. La deuda con las nuevas generaciones para que conozcan y reflexionen sobre los períodos del preconflicto y del conflicto armado del siglo XX es altísima. Los más jóvenes difícilmente valorarán la importancia de las firmas que se estamparon en el Castillo de Chapultepec en enero de 1992 si desconocen sobre los horrores de la guerra y de la represión política del siglo pasado.
En otros países, los procesos históricos traumáticos, con espirales de violencia aguda, son estudiados y reenfocados desde la academia y la cultura constantemente. Aquí, por el contrario, quisimos hacer borrón y cuenta nueva bajo el mentiroso lema de “perdón y olvido”. Pero eso no funciona así. Hoy las élites que hicieron la guerra y firmaron la paz quisieran que la juventud valorara mejor su legado, pero se enfrentan con lo que cosecharon: su nula apuesta para que las siguientes generaciones conocieran la historia. Les dio miedo que conocieran y que, por tanto, cuestionaran su legado, así que hoy pagan el precio de que a buena parte de los jóvenes les importe poco o nada su gesta.
La segunda razón es por la violencia física, estructural y simbólica que la juventud salvadoreña enfrenta en su diario vivir. No les resulta muy coherente celebrar una paz que desconocen, en medio de una realidad en la que se juegan la vida diariamente, en la que no encuentran una institucionalidad en la cual confiar y en la que cotidianamente escuchan sobre supuestos enfrentamientos armados, con sus respectivos saldos mortíferos.
Los principales deudores de que, aparte de conseguir el cese de las armas en 1992, la sociedad salvadoreña no haya logrado pacificarse son los grandes actores de la posguerra: los partidos políticos, principalmente ARENA y el FMLN. Su primera gran equivocación fue la casi nula inversión social, con el respectivo anatema que se hizo sobre esta por parte de los gobierno de ARENA durante la década de los noventa. En Alemania, luego de la Segunda Guerra Mundial, no se dedicaron precisamente a reducir la inversión social. Por el contrario, el mismo Estados Unidos, a través del plan Marshall, invirtió muchísimos recursos para recuperar social y económicamente la Europa occidental.
Luego viene otra larga lista de errores que han forjado esta paz tan violenta. Uno de los principales ha sido la falta de largo plazo de las élites gobernantes durante la posguerra para abordar los problemas de violencia e inseguridad. En su camino de mediciones electoreras, entre manodurismos, treguas y antiterrorismos, las instituciones y las políticas de seguridad pública han comenzado a parecerse cada vez menos a las que los Acuerdos de Paz planteaban como modelo y van acercándose más a aquellas que pretendían superar.
Sin duda, los Acuerdos de Paz están agotados y no son los responsables de los problemas actuales. La gran pregunta es si los partidos y las élites que firmaron la paz y lideraron la posguerra aún son capaces de responder a los desafíos de la actualidad. La otra cara para responder dicha pregunta es la de quienes nacimos entre 1979 y 1992. ¿Tendrá esta generación el liderazgo suficiente para tomar la historia en sus manos y virar nuevamente hacia la paz o nos quedaremos viendo el celular mientras las aún regentes élites políticas siguen discutiendo un país que ya no existe?

La patria ajena

Hace 20 años, El Salvador tenía otro rostro. Los Acuerdos de Paz habían dejado la ilusión del recomienzo, la construcción de algo mejor. Se podía salir a las calles con relativa tranquilidad y “mara” aún era una palabra que se usaba sin temor.
Tampoco había temor a la hora de atravesar ciertas zonas o de cambiar de vecindario. Para entrar a una colonia no había que averiguar quién la controlaba, ni enseñar el DUI. Los hijos podían vivir en un lugar y estudiar en otro, sin que eso pusiera en peligro sus vidas.
Los pequeños negocios podían surgir sin que las ganancias las drenara la “renta” o el pago por protección. Las tiendas podían ser surtidas sin que eso implicara que los camiones repartidores cancelaran “peaje” a cambio de pasar sin mayores riesgos.
Hace 20 años El Salvador era otro en muchos aspectos. Y ese es el tiempo que muchísimos de nuestros compatriotas tienen de vivir en Estados Unidos, buena parte sin poder regresar al país por miedo a que no los dejaran entrar de nuevo a territorio norteamericano. Allá se casaron, allá abrieron sus negocios, allá tuvieron a sus hijos, compraron propiedades y pagaron impuestos.
Ahora 200,000 de estos salvadoreños se han quedado sin el amparo legal para mantener la vida que han conocido durante las últimas dos décadas. El plazo para buscar opciones o prepararse para volver es de apenas año y medio. Año y medio para empacar tu vida y partir. Año y medio para decidir si te quedas y te la juegas. Año y medio, poquísimo tiempo.
Habrá muchos obligados a volver por diferentes circunstancias, y los recibirá una patria ajena, un lugar diferente al que dejaron, en el que las reglas han cambiado y donde quienes acá vivimos hemos aprendido a normalizar la violencia y a hacer cotidianas las medidas de seguridad necesarias para tratar de evitar desgracias.
Las autoridades salvadoreñas hablan de recibirlos con los brazos abiertos. Y sí, estoy segura de que así será, de que la población decente será solidaria y buscará la manera de hacerles menos difícil el proceso. Pero tampoco hay que negar que el país es hostil para propios y ajenos, para nacionales y extranjeros. Es difícil vivir aquí, aun para quienes hemos aprendido a sobrellevar nuestra realidad de inseguridad, de inequidad, de injusticia, impunidad y fallas institucionales.
El drama de quienes vuelven a un país al que legalmente pertenecen pero al que desconocen totalmente se repite a diario cuando ciudadanos de diferentes naciones son deportados, sobre todo los más jóvenes, y enviados a lugares que les son totalmente extraños, que nunca conocieron antes, donde no tienen familia ni lugar donde quedarse y ni siquiera conocen el idioma.
¿Qué podemos hacer para amortiguar el golpe para los retornados?, ¿cómo prepararnos para lo que se viene?, ¿qué harán quienes ahora nos piden nuestro voto y que estarán en el Legislativo y en el Ejecutivo para cuando, en septiembre de 2019, se acabe el plazo para los beneficiarios del TPS?
Como país tenemos el enorme reto de dejar de ser territorio hostil, de recuperarnos y volvernos un lugar del que nadie quiera salir huyendo. Desde nuestro ámbito personal hay mucho por hacer, desde la práctica de la solidaridad, de la tolerancia y de la honestidad, hasta el ejercicio de nuestros deberes cívicos y políticos para abonar a la sanación profunda que nos urge.

El Salvador se extraña en el paladar

Mi hermana Laura vive en un pequeño pueblo costero en Chile. Enclavado en la bahía de Concepción, es un poblado con casitas en los cerros, un malecón visitado esporádicamente por lobos marinos y que se mantiene con un clima frío por una niebla marina que llaman “camanchaca”; una gélida bruma que parece ser el aliento del mar helado. El pueblo de Tomé está cerca del barco –ahora convertido en museo– Huáscar, que batalló en la guerra del Pacífico, y su costa fue recorrida por el científico inglés Charles Darwin en 1835, unas semanas después del terremoto de 8.5 grados en la escala de Richter que desoló el sur de Chile. En medio de su viaje por toda Suramérica, Darwin apuntó la destrucción de un tsunami, posterior al sismo, que arrasó con todo lo construido en aquel entonces en la bahía. Algo similar a lo sucedido en 2010 después del terremoto y tsunami que volvió a afectar el área. Pero a casi ocho años, el pueblo luce recuperado. Sus playas son un refugio para la gente que quiere tomar el sol y veranear hasta el atardecer a las 9 de la noche.

No hay muchos salvadoreños o centroamericanos en Tomé. De hecho, mi hermana no ha conocido a ninguno desde que llegó a vivir al pueblo. Así que mucho menos hay restaurantes salvadoreños ni pupuserías. Lo más cercano son un par de establecimientos mexicanos. Ella no reniega de las apetecibles empanadas de mariscos ni del pastel de jaiba que cocinan los chilenos, pero, como miles de compatriotas, extraña la sazón de la comida salvadoreña. Una nostalgia exacerbada durante las festividades del fin de año en la que no solo nos dedicamos a comer chumpe o gallina india, tamales, panes con pollo (y un largo etcétera), sino que hablar de comida en las vísperas y a seguir comiendo en los días intermedios y posteriores. Para muchos es algo innegociable y la identidad salvadoreña se forja al momento de servir la mesa. De qué otra forma se explica un empuje tan importante como el de la industria de productos nostálgicos que exporta horchata, loroco, jocotes congelados o flor de izote a Estados Unidos y otras partes del mundo.

Esa nostalgia por los sabores que no ha pasado desapercibida y que ya tiene reconocimiento como que las pupusas sean incluidas entre las mejores comidas callejeras en Nueva York por distintos especialistas y festivales. Y en las fiestas, no solo se trata del sabor sino de la sazón que cada familia da a los platillos. Recetas familiares que pasan por generaciones y que forjan los recuerdos de cualquiera. Hace un año, en la cena de Navidad, vi a un amigo centroamericano llorar tras probar gallina india por primera vez después de más de una década de vivir en los Estados Unidos. Mi hermana me dijo, la noche del 24, que añora toda la comida de El Salvador después de casi 10 años de no vivir en el país. Desde el sabor que dan los condimentos más elementales, el chile o el sabor único del loroco.

Aunque no todos los viven igual. Por ejemplo, un amigo que vive en Breslavia, al oeste de Polonia –un lugar donde tampoco hay muchos salvadoreños–, me dijo una vez, mientras comíamos una extraña mezcla de huevo crudo y pepinillo, que nunca ha extrañado las pupusas ni nada salvadoreño. Y la nostalgia por la comida resulta un poco incomprensible para los que siempre hemos vivimos en El Salvador y tenemos el sabor criollo al alcance de la mano. Pero para muchos de los que han dejado el país es una incansable búsqueda por probar algo, aunque sea remotamente, parecido a lo hecho en casa. Rebuscarse por harina de maíz en los supermercados, sazonadores e ingredientes equivalentes a los que llevan nuestros platillos es una insistencia inagotable por recordar El Salvador que no se agota con el tiempo ni la temporada. Después de las fiestas de fin de año, ya se comienza a sentir el olor a las torrejas y al pescado envuelto en huevo de la Semana Santa