Dígannos todo

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.

Milan Kundera

La alternancia en el ejecutivo abrió la puerta para que el derecho de acceso a la información pública se concretara en ley en el año 2011. Atrás quedaron aquellos tiempos en los que el ex presidente Tony Saca afirmaba, sin ruborizarse, que la mejor ley de acceso a la información era la que no existía; sin que think tanks ni gremiales empresariales pusieran el grito en el cielo, como sí lo han hecho a partir de 2009.

Mientras el FMLN fue oposición, su apoyo a este derecho fue incondicional. Pero una vez convertidos en gobierno, lo que antes fue una bandera de lucha se reveló como una especie de amenaza a su gestión de gobierno. Por su parte, una vez fuera del Ejecutivo, ARENA y sus sectores allegados la convirtieron en uno de sus principales estandartes electorales. En resumen: los que antes sí, hoy ya no, y viceversa.

La transparencia y el acceso a la información eran parte de la jerga del cambio en la joven democracia salvadoreña, la cual aún no conocía qué era la alternancia de fuerzas políticas en el Ejecutivo. Dicha alternancia trajo nuevos alineamientos de intereses y actores, cuyo principal resultado en el plano institucional fue el protagonismo de la Sala de lo Constitucional electa en 2009 y el surgimiento del Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP).

Estos nuevos alineamientos también se manifestaron en las organizaciones de la sociedad civil y en su forma de relacionarse con los órganos de gobierno. Esto dio como resultado la confluencia de organizaciones afines a la izquierda partidaria con tanques de pensamiento y gremiales tradicionalmente allegadas a la derecha, en asuntos como el nombramiento de comisionados del IAIP o en la defensa de los magistrados la Sala de lo Constitucional.

La lucha por el acceso a la información pública en el país no fue (ni es) la lucha de una tendencia ideológica sobre otra, sino más bien una disputa –una tensión permanente y sana- de los ciudadanos con sus gobernantes de turno. Su meollo es la resistencia de las élites políticas a ser controladas por la ciudadanía.

Mientras tanto, nuestro statu quo partidista coincide en sus intentos por continuar ejerciendo el poder desde la opacidad y en seguir utilizando la lucha contra la corrupción como herramienta electoral. Es por ello que, independientemente de quién ganó las legislativas en marzo de 2018 y quién ganará las presidenciales en 2019, debemos profundizar el acceso a información pública como una herramienta ciudadana para controlar y limitar el ejercicio de poder.

El acceso a la información pública se trata de una lucha que tiene a cada ciudadano como actor principal al ejercer su derecho desde la cercanía de sus intereses cotidianos: pidiendo información sobre proyectos de su municipalidad, del centro escolar de sus hijos o del hospital público donde le dicen que no tienen sus medicinas.

Por eso, en este mes que se celebra el día internacional del derecho de acceso a la información (28 de septiembre), es necesario exigir nuestra información. No importa que se enojen y nos pongan enfrente la plana mayor del ejército o del partido como muros para negarnos nuestras solicitudes. Porque esa es, precisamente, la actitud que debemos derrotar.

Así que: dígannos todo, la información no es suya.

Somos mejores que eso

Se los juro, hay mucho más. Quizá haya que rascar un poquito la mugre de la superficie, limpiar la herrumbre, afinar la vista o pegar la oreja a la puerta, pero está ahí.

Somos más que insultos en el tráfico, altos irrespetados y tragedias atribuidas al alcohol. No somos solo carriles usados en sentido contrario y lutos causados por imprudencia.

Somos más que esas miradas que vuelven a otro lado ante la desgracia ajena, que el robo de la esperanza y el abuso al desamparado. Hay más que la indiferencia ante los ojitos de hambre y las manos extendidas en los semáforos, más que los plomos, los asaltos y las amenazas.

Pobres matando a pobres, explotando pobres, odiándolos por ser pobres y odiándose a sí mismos mientras tratan de aparentar que no lo son. Víctimas diarias de la violencia y de la economía, que se preguntan qué están haciendo mal mientras escuchan el estribillo oficial de que hay crecimiento y que hay desarrollo, y entonces por qué no me llega a mí, carajo.

Cuerpos y mentes famélicos, alimentados por la apatía y la ignorancia, condenados por la marginación, caldo de cultivo fértil para creer en promesas imposibles, mientras unos pocos se soban las manos pensando en todo lo que pueden conseguir a costa de estas masas, que son poco más para ellos que numeritos, que votos.

Somos más que una voz que, tras un teclado y con la protección de una pantalla, grita improperios y repite mentiras para favorecer al poderoso de su preferencia. Somos mejor que una bola de crédulos que toma como palabra sagrada cualquier cosa que se comparta en redes. Créanme, lo somos.

Somos esa alma que se desvela en feriados para cuidar a los enfermos de un hospital, somos esa médica que saca de su bolsa para compensar un poco las carencias de la clínica en la que le ha tocado atestiguar miseria y enfermedad, con pocas herramientas para combatirlas.

Somos ese ejército de docentes que siguen creyendo en su oficio mientras sobreviven con salarios de hambre y ven venir con resignación una pensión que será aún peor.

Miles de corazones que madrugan a diario a sus pedacitos de espacio productivo, a sus rinconcitos generadores de progreso, aunque de eso les toque muy poco, y que no claudican, que siguen, que insisten.

Somos quienes no nos conformamos, no nos resignamos, no nos rendimos, y seguimos creyendo que algo mejor es posible, que tiene que haber algo más, que no, esto no puede ser todo y que quizá si yo me empeño un poco más, puedo ayudar a jalar la carreta y que entre todos la llevemos hacia mejores pastos.

Somos ese estudiante que cuestiona, esa mujer que se levanta y se reconstruye, ese hombre que ayuda sin esperar recompensa, profesionales disconformes con la mediocridad, gente que da la mano cuando alguien la necesita, ciudadanos que no olvidamos, que nos echamos el hombro unos a otros cuando todo va tan mal, y que compartimos la visión de un mejor futuro, y ojalá, un mejor presente.

Somos esos que hemos caído, hemos gritado, hemos maldecido a la vida y al universo y a nuestra mala suerte. Que hemos llorado y dejado de creer, pero persistimos. Somos eso que todos tenemos para dar, esa luz en el fondo, esa palabra amable, ese último esfuerzo. Somos más que toda la fealdad que aflora a simple vista, somos mucho más. No dejemos que lo superficial nos descorazone. Hay belleza, saquémosla a relucir.

Reyes de la miseria

El caso Saca ha ilustrado que el Gobierno salvadoreño parece un reino medieval. Uno donde el que está a la cabeza acumula un exceso de poder, que lo convierte en un tirano que dispone a sus anchas del tesoro que tanto le cuesta a su pueblo. Con un grupillo de iluminados que lo acompañan y lo aconsejan en cómo sacar provecho de su mandato.

En su mente solo hay espacio para una persona: él. No importa que el país se esté cayendo a pedazos ni que la gente huya despavorida y sin esperanzas de nada. Ser presidente es ser el señor feudal que viste de seda mientras los demás no tienen ropa y que está por encima de cualquier ley.

Parece un chiste de mal gusto. Saca se sentía tan rey que mandó a construir su palacete en la falda del volcán que custodia la ciudad. Encima de todos. El presidente de la república y su círculo más cercano siempre se manejan con un aura de intocables. El sistema opera a su beneficio y el de sus familiares. La partida secreta es un arca abierta. Incluso ahora –procesado, encarcelado y habiendo aceptado su culpabilidad por el desvío de millones de dólares– tiene prerrogativas que ningún otro ciudadano podría tener.

La gente tiene toda la razón de estar molesta. La Fiscalía, al ver el aluvión de críticas, ha dicho, en su defensa, que lograr una condena para un expresidente ya es algo bastante complejo. Y citó el caso del exmandatario Otto Pérez en la vecina Guatemala, que después de tantas marchas e indignación aún no ha sido condenado. En una entrevista televisiva, el fiscal general de la república, Douglas Meléndez, aseguró que la población debía entender, entre otros motivos, que procesar a un ciudadano común no es lo mismo que a un expresidente.

Que Antonio Saca tenía aún un círculo de influencia en las esferas del poder del país –incluido el sistema de justicia– con el que el resultado de todo el proceso podía ser incluso más adverso a la pena alcanzada. Es decir, el expresidente aún guarda algunos de los aliados que pudo comprar cuando estuvo en el despacho del Ejecutivo. No en balde muchas de las veces en las que hablaba con la prensa, Saca nunca dejó de referirse a sí mismo, y en tercera persona, como “presidente Saca”, aunque hacía años que había terminado su mandato.

El caso Saca ha ilustrado los excesos de cinco años de licencia para abusar del poder que representa la envestidura presidencial. Calcado a lo que se ha hecho público del proceso que se le sigue a Funes. Pero la historia no comienza ni termina con ellos. Los inquilinos de la Casa Presidencial nunca han rendido cuentas como se debe. La historia nos condena. En mayor o menor medida, pero siempre ha sido igual. Desde que El Salvador es El Salvador, el poder ha estado hermanado con los abusos.

La corrupción –tráfico de influencia cuanto menos– encarnada en la figura del presidente no ha discriminado origen, clase social, nivel educativo y mucho menos ideología. La estafeta ha ido pasando de administración en administración, desde la repartición de tierras a los aliados políticos en los años posteriores a la independencia, pasando por la república cafetalera, las décadas más oscuras de la dictadura militar, hasta llegar a los gobiernos de la posguerra.

Duele pensar en todos los casos que nunca salieron ni saldrán a la luz pública solo en el siglo XX. Duele pensar en toda la gente humilde que ha vivido las peores penurias en el silencio que arropa a la pobreza más extrema. A tanta gente que se le negó un servicio con la excusa de que no había recursos. Bien dicen los economistas del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (ICEFI) y de otros tanques de pensamiento que los países de la región no son pobres, sino que han sido mal administrados y son sumamente desiguales.

El presidente de la república –independientemente quién sea– es el que más debe rendir cuentas y nunca lo ha hecho como se debe. No solo se trata de dar las cifras alegres del trabajo en un acto de rendición de cuentas a la medida, sino de aclarar las deudas que se arrastran. Hay que bajarlo del feudo que se ha creado en Casa Presidencial y los negocios turbios que se maquilan en esta instancia. ¿Por qué seguir tolerando que una persona y su séquito acumulen tanto poder? El caso de Elías Antonio Saca es solo un agrio comienzo.

Opinión y ciudadanía

Con frecuencia escucho a personas de diferentes ámbitos expresar que las opiniones de aquellos que no están en la palestra o no participan públicamente en la resolución de los problemas del país no cuentan. Estoy en desacuerdo con esa afirmación porque solo contribuye a reforzar la desvalorización que hacemos de aquellos que, según nuestras creencias, son diferentes o no son “tan buenos” o “importantes” como nosotros.

A nuestro país le urge que sus ciudadanos participen en la solución de temas centrales como la violencia y la corrupción. Y esto no necesariamente pasa por pertenecer a partidos políticos, sino que está relacionado, más bien, con convertirnos en individuos que nos informamos y sobre todo que alzamos nuestras voces frente a los abusos de quienes están en el poder. Ya que es, precisamente, desde el espacio ciudadano desde donde podemos ejercer presión para que políticos y funcionarios atiendan los problemas que nos afectan.

Cada ciudadano, independientemente de sus recursos sociales, económicos o educativos, tiene un rol que cumplir para avanzar como sociedad. Y ese rol requiere que permanezcamos atentos a la realidad nacional para comprender cómo la violencia, la corrupción y la impunidad nos han dificultado a todos y de diferentes formas la posibilidad de desarrollo; pero sobre todo han afectado a cientos de miles de salvadoreños que viven en condiciones inhumanas o que huyen diariamente del país porque es la única forma de mantenerse con vida.

En un lugar como El Salvador en el que, solo en el pasado reciente, dos expresidentes –uno confeso y otro acusado– desviaron un total de más de $700 millones, es iluso pensar que solo viendo al futuro se resolverán los problemas cuyas raíces demanda revisar el pasado. Todos tenemos que aportar una cuota de sacrificio y sería injusto que la cuota más alta la sufran los salvadoreños más afectados por la impunidad, que viven en condiciones de pobreza, desatención y padeciendo altos índices de violencia.

La posibilidad de continuar distraídos de lo que aquí sucede se nos va cerrando cada vez más. El camino que nos queda es el de la protesta pacífica para exigir propuestas y acciones concretas y, sobre todo, para demandar, a quienes pretenden gobernar que hablen con claridad y transparencia.

Existe una idea, convenientemente repetida e instalada en la mente de buena parte de los salvadoreños, que nos ha hecho pensar que las soluciones llegarán cuando asuma el poder un líder fuerte que “impondrá orden”. Esta creencia no es real porque es imposible que una sola persona resuelva el caos que, con diferentes niveles de responsabilidad, todos hemos contribuido a generar. Además debemos reconocer que lo que ha sostenido a este país, a pesar de la violencia y la corrupción generalizadas, es la suma de los esfuerzos de esas personas que cada día actúan sin buscar ningún reconocimiento.

La política tiene entre sus funciones atender y ordenar los conflictos que plantea la convivencia colectiva, garantizando el bien común; y como ciudadanos todos la ejercemos. Y aunque resulte cómodo desentenderse de ella, la verdad es que nuestras opiniones y la participación activa se convierten en contrapesos frente a los abusos de quienes tienen el poder.

Pretender vivir de espaldas a la realidad ya no es posible. Si queremos desarrollo y libertad para nosotros y nuestras familias debemos preocuparnos porque los demás también tengan las condiciones para construir lo mismo. Este país solo será viable si de una vez por todas empezamos a trabajar por el bien común en lugar de buscar únicamente nuestro propio bienestar.

Hoy por ti

La actual Ley de Partidos Políticos establece como requisitos para que un partido continúe con vida alcanzar 50,000 votos en la última elección legislativa u obtener un diputado. Bajo esos supuestos, Cambio Democrático debió desaparecer en 2015. Sin embargo, el Tribunal Supremo Electoral lo mantuvo vivo al inaplicar la norma que mandataba cancelarlo por considerarla inconstitucional.

Luego, la Sala de lo Constitucional –pudiendo haber fallado al respecto con la debida celeridad– aguardó hasta que pasaran las elecciones de 2018, en las que el CD obtuvo un diputado. Una vez alcanzada una diputación, cumplió con el requisito legal para mantenerse en el sistema, pues no fue su responsabilidad que tanto el TSE como la sala, en su debido momento, no hayan tomado decisiones para cancelarlo.

En su tardía sentencia de inconstitucionalidad, la sala deslizó argumentos para que el TSE considerara en su decisión la diputación lograda por el CD: “Es del conocimiento público que, actualmente, el partido político CD cuenta con un diputado en la Asamblea Legislativa, situación sobre la cual esta sala considera que será el TSE el que adopte las decisiones pertinentes” (Inc. 64-2015, p. 22).

En sintonía con esto, el voto disidente del magistrado Cardoza dejó luces de lo que debió ser una decisión más sensatamente apegada a derecho por parte del TSE: “Es insoslayable que el partido Cambio Democrático participó en las elecciones legislativas de 2018, y eso debido al retardo en el pronunciamiento por parte de la Sala de lo Constitucional (…) lo cual genera una nueva oportunidad de participación política, de sometimiento al escrutinio público (…) lo que no puede ser eludido en el pronunciamiento que se realice” (CPP-01-2015, p. 29).

Dadas estas circunstancias, decisiones e indecisiones institucionales implicadas, lo legal era que el CD siguiera con vida. Pero nuevamente pudieron más las conveniencias circunstanciales que la legalidad. Más allá de mis reticencias con personajes cuestionables en el interior de dicho partido, los cuales deben enfrentar individualmente sus responsabilidades, creo que en un Estado derecho no deben primar los sentires o gustos personales, sino lo legal y legítimo. Porque el Estado de derecho y la democracia, cuando se aplican por antojo o por conveniencia, dejan de serlo.

En el interior del CD en 2011, con el objetivo de no permitirnos ser candidatos a diputados a los entonces jóvenes socialdemócratas, se nos aplicó una receta similar a la que hoy le aplican a él el TSE y la Sala de lo Constitucional. Eso provocó que renunciáramos al partido, porque no, no estuvo bien aquello que nos hicieron, así como tampoco es correcto lo que hoy les hacen.

El poder antojadizo, aplicado según el paladar de quienes lo saborean momentáneamente, debe limitarse a la institucionalidad democrática o nos pareceremos cada vez más a nuestro pasado autoritario. En la calle, una nueva generación de salvadoreños se enfrenta diariamente con autoridades policiales que proceden así, usando caprichosamente su poder, amparándose en discursos políticos que los avalan, alientan o se hacen el ojo pacho.

Así que esta reflexión supera la actual controversia por la cancelación del CD para trascender sobre el ejercicio del poder. Es sobre nuestra idiosincrasia de usar el poder discrecional, opaca y autoritariamente. Es porque ayer fui yo, hoy son ellos y mañana podés ser vos la víctima de esas prácticas.

Educación sexual y privilegio

La educación sigue siendo, tristemente, un privilegio. La calidad de la educación que se recibe disminuye a medida que lo hace el poder adquisitivo que se tiene. La cobertura y calidad de la educación siguen siendo bajísimas en nuestro país, con las consecuencias de bajo desarrollo y estancamiento económico que conocemos bien.

Pero si la educación en general es un privilegio, la educación sexual lo es aún más. Conocer cómo funciona nuestro cuerpo, tener nociones de sexualidad responsable, saber detectar y prevenir abusos, y conocer los mecanismos de la reproducción humana y los métodos para planificar los embarazos y prevenir enfermedades de transmisión sexual es un lujo de unos pocos.

Muchos estarán pensando: “¡Ah, no!, con tanta información que hay disponible ahora, es un pecado que no sepan”. Claro, quienes piensan así lo hacen desde su propia experiencia y según su entorno. Para tener una visión más clara de las cosas es importante bajarse de la posición de privilegio –porque si usted terminó siquiera el bachillerato, está muy por encima de la mayoría de la población– y entender cómo se vive en los estratos más pobres, que son, además, los más numerosos.

Es bonito soñar con un mundo en el que todos los hogares tienen una madre y un padre que son responsables, que tuvieron a sus hijos por voluntad propia y con suficiente preparación, que ellos mismos tienen buenas bases de educación sexual y que, además, son mentalmente sanos. En este escenario ideal no habría necesidad de mayor intervención externa; es el ambiente propicio para criar y educar hijos sanos en todo sentido. La parte de la educación sexual respondería, entonces, a los valores, las creencias, los principios y la formación que tienen los mismos padres.

Pero esto no es así ni por lejos en nuestro país. En El Salvador, siete de cada 10 familias no son nucleares. La mayoría son monoparentales, frecuentemente solo a cargo de la madre, o el jefe de hogar es un tío, abuelo, hermano mayor u otro familiar. En muy pocos hogares los jefes de familia tienen educación superior. El cuadro que se repite son familias integradas de forma no tradicional, en las que los adultos trabajan muchas horas para sostener a la familia, y los niños pasan solos la mayor parte del tiempo.

“Pero hay información en todos lados, el internet, la televisión”. Exactamente. Los medios y su visión comercial del sexo están disponibles a toda hora. En internet, la pornografía se convierte en la mala maestra de demasiados niños y niñas, que no pueden comprender, por su edad y porque no hay quién se los explique, que no es más que una caricatura de lo que realmente implica la sexualidad.

Sin una guía siquiera básica, muchos niños se vuelven víctimas de abuso sin siquiera saberlo. Veamos los casos de violaciones sexuales a menores, y lo tristemente frecuente que es que los victimarios sean, precisamente, sus familiares y personas cercanas. Cuánto bien haría que alguien, aunque fuera externo, les planteara a estas criaturas que su cuerpo debe respetarse, que nadie debe tocarlos, ni su papá, ni el cura, ni el pastor, que eso es abuso.

Ahora, la situación se agrava, como pasa con casi todo, mientras menos urbana es la zona en la que se vive. Piense en todas esas pobres muchachas de cantones que en su vida han escuchado siquiera el nombre real de las partes de su cuerpo. Piense en todos esos niños que aprenden de sexo porque ven a sus familiares teniendo relaciones en la champa en que conviven con otras 10 personas. Ellos son mayoría, ellos son víctimas, a ellos nos debemos.

Sé que el debate de la educación sexual en las escuelas es un terreno árido aún, pero no hay que sacar el tema de la mesa. Un Estado de bienestar requiere que sus ciudadanos estén debidamente educados, en todo aspecto de la vida. Pongámonos de acuerdo y encendamos esa luz, no dejemos que la ignorancia nos siga dejando este saldo negro de infantes violados, de niñas embarazadas y de adultos que jamás lograron tener una sexualidad sana. Hablemos, eduquemos, que esto no sea un privilegio de unos pocos.

El fútbol ya no es el de antes

El domingo 14 de septiembre de 1997 me enganché para siempre al fútbol. Ese día, mi papá me llevó –cinco horas antes que iniciara el partido– a ver a la selección salvadoreña comandada por el serbio Milovan Ðoric. Era la eliminatoria para el mundial de Francia 1998 y, a mis recién cumplidos 10 años, era todo un acontecimiento. No sabía mucho del deporte, pero la tarde fue una fiesta de principio a fin. Una goleada sobre Canadá que mantenía vivas las esperanzas de asistir a la copa del mundo. Y con uno de los estandartes anotando el primer gol de aquel juego: Nildeson Silva de Mello, “Nenei”.

El brasileño naturalizado salvadoreño hizo pedazos a la defensa canadiense. Dejándolos en velocidad, enganchando, en el desmarque. Era talento innato. Aquella tarde sobre el césped del Cuscatlán, con el cabello teñido de azul y blanco como un guiño a su desparpajo, “Nenei” parecía incontrolable para los defensores. Algo así era también afuera de la cancha para el entrenador de la selección. Milovan y “Nenei” habían tenido varios cortocircuitos por asuntos disciplinarios. El serbio encarnaba la seriedad y el respeto a las normas, De Mello era la picardía y la creatividad absoluta con la que se etiquetó al fútbol latinoamericano.

Romper un sistema con un regate. Dos formas de ver el juego. Por supuesto que no fuimos al mundial de Francia, donde los anfitriones se quedarían con el título liderados por Zidane y Thierry Henry. De eso ya pasaron 20 años, pero es una postal que se repitió hace una semana con un nuevo título del equipo francés. Ahora, con otra generación de futbolistas. Francia vuela alto en el fútbol mundial. Ha jugado tres finales –la mitad– de los seis últimos mundiales. Con su segundo trofeo, muchos parecen querer restarle mérito porque en su plantel hay una mayoría de jugadores de ascendencia africana. Una cuestión ridícula y racista. Lo que sí remarca el triunfo francés es el éxito del Instituto Nacional de Fútbol Clairefontaine y otras 11 academias de élite en todo el país, un sistema supervisado por la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea. Eso hace que el fútbol latinoamericano parezca cada vez más lejos del pináculo de un mundial. Eliminados antes de lo acostumbrado. El fútbol ya no es el de antes en el que muchas veces bastaba la genialidad. El juego lo ganan los que tienen las mejores academias. Thierry Henry y Kylian Mbappé son solo dos generaciones que pasaron por Clairefontaine. Disertando en sus clases sobre filología romana y lo que ocurría en la arena del coliseo, el escritor Rafael Rodríguez Díaz nos decía que los futbolistas de la actualidad eran como los gladiadores. “Muchos los ven como modelos, quieren ser como ellos”, sostenía. Era 2007 y en las calles de la ciudad abundaban las camisetas de Ronaldinho.

El brasileño quizá fue de los últimos herederos de la magia que identificó al fútbol de América Latina por décadas. Porque incluso Lionel Messi, la última gran esperanza argentina, ya fue educado por los catalanes de La Masía, el centro de formación del barcelonismo. Lo escribió Leonardo Faccio en su libro sobre el jugador: “Messi es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del F. C. Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensas que atacan”.

Al final, el estilo de Milovan Ðoric, que volvió a Serbia y trabajó con las divisiones inferiores de su país, se ha impuesto.

Cuestionar por el bien del país

Como buena parte de los salvadoreños yo también estoy cansada de la forma en cómo se hace política en el país; de candidatos y campañas con frases e imágenes bonitas pero carentes de fondo y honestidad para atender los múltiples y profundos problemas que enfrentamos como sociedad. Desgastada de que en corto plazo, las asociaciones dudosas y el saqueo de los fondos públicos parezcan ser los únicos intereses de quienes alcanzan el poder.

Llevo años decepcionada observando cómo abandonan a la nación y a la gente para cuidar intereses personales y de allegados. Los partidos políticos, a pesar de que han sido presionados para transparentar la forma en cómo gestionan sus finanzas, quienes los patrocinan o para aceptar que las sociedades cambian y que los paradigmas del pasado están siendo cuestionados a fondo, permanecen atascados en sus visiones añejas o lo que ellos llaman sus ideologías. Y eso los mantiene alejados de las variadas capas de realidad que vivimos los ciudadanos, dificultándonos puntos de encuentro para avanzar.

La campaña presidencial arrancó hace ya muchos meses y a pesar del tiempo transcurrido seguimos observando posturas románticas que suenan huecas. A los votantes, además, se nos trata de conquistar a través de imágenes diseñadas para agradar o sobre la base del ataque anónimo que solo exacerba los ánimos y genera conflictos a conveniencia y luchas entre “buenos” contra “malos”, donde realmente no se distingue entre unos y otros.

Mientras los aspirantes utilizan su energía en conflictos creados, ninguno está realmente liderando un debate que discuta con transparencia, honestidad y sinceridad las posibilidades que tenemos para atender problemas como la delincuencia, la falta de educación, el bajo crecimiento económico, la inmigración, la falta de oportunidades y de equidad entre diversidad de salvadoreños o cómo cerrarle las puertas a la impunidad. Y en ese proceso caótico el desorden, la falta de visión y la corrupción se siguen profundizando, en beneficio de personajes y grupos interesados en alcanzar el poder solo para su provecho.

Los candidatos, sin duda alguna, no la tienen fácil. Demasiados cerrojos y compromisos, demasiados socios y patrocinadores. Lo que les evita hablar desde lo profundo de sus convicciones; algo que se nota en su comunicación.

Como ciudadana solo tengo preguntas para quienes aspiran al poder, quienes hasta ahora no han logrado generarme ninguna confianza ni credibilidad. Sobre corrupción quisiera saber: ¿por dónde iniciarán su combate contra este flagelo?, ¿quiénes serán sus aliados para realizar ese trabajo?, ¿cuáles son sus asociaciones e intereses privados?, ¿están dispuestos a revelar esas relaciones económicas como un acto de transparencia?, ¿qué opinan acerca de las diferencias entre administrar una empresa y administrar un país?

Sobre la educación y la falta de recursos para desarrollar ciudadanos con pensamiento crítico y creatividad en lugar de masas obedientes e influenciables, quisiera saber: ¿cuál es la visión de largo plazo acerca de la educación en El Salvador?, ¿cuál será la estrategia para mejorar la educación en el país?, ¿cómo garantizarán un presupuesto adecuado para invertir en el recurso más importante, la gente?

Acerca de la violencia contra la mujer, me urge conocer hasta dónde los aspirantes conocen el fondo cultural y psicológico de este fenómeno que tiene un impacto enorme en la calidad de sociedad que tenemos y qué piensan hacer para atenderlo.

Sobre la delincuencia y su relación con la falta de oportunidades económicas y educativas: ¿cómo innovarán frente a un problema que no puede seguir siendo tratado únicamente con represión? y ¿cómo ejercerán control sobre las pandillas?

Los temas son múltiples y los ciudadanos, sin importar las simpatías partidarias, tenemos la obligación de actuar con responsabilidad y dejar de creer a ciegas. Hoy, nuestro deber es cuestionar constantemente.

Saludo a la marcha

«He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos».

Antoine de Saint-Exupéry

Fue una noche, mientras jugábamos encima de la cama del pick up Toyota Hilux del 79 de mis padres, cuando escuchamos aquellos gritos. Nos miramos con miedo mientras lo oíamos gritar, desangrado, inflamado, reventado, con las ropas rasgadas. Se bamboleaba por la calle Rafael A. Gutiérrez, un poco por efecto del alcohol y otro tanto por la golpiza –y quién sabe qué más– que llevaba encima.

Gritaba como clamando por algún tipo de justicia, o por algún tipo de fuerza que le explicara por qué a él. La gente salía a verlo. Algunos le decían cosas en son de burla y otros, como nosotros, solo mirábamos callados. Todos ahí lo conocíamos y sabíamos que era incapaz de hacerle daño a alguien. Se llamaba David, aunque muy pocos lo recordarán por el que fue su nombre legal. Le gustaba que le dijeran Yeni.

A pesar de conocerlo y de verlo así, no lo auxiliamos. Dejamos pasar frente a nuestros ojos uno de los más terribles desfiles de dolor y angustia. Lo recuerdo como se perpetúan las memorias de la niñez, entre borrosas y reelaboradas, con la impronta del miedo y la angustia que me marcaron. Recuerdo buscar la mirada de mi hermano mayor, como intentando encontrar alguna respuesta, pero él –igual que yo– era tan solo un niño.

No dejo de preguntarme por lo profundamente desolado que se sintió David en ese momento ni por todas las veces en que debió sentirse así durante toda su vida. No dejo de preguntarme por el infortunio que le mandó a nacer en un tiempo y en una comunidad donde todo lo distinto era rechazado, violentado y objeto de burla. Nada nunca lo protegió. No hubo Estado, derecho ni democracia para él.

Sin embargo, tantos años después, escenas como esta de mi niñez continúan dándose con igual o mayor brutalidad en muchas comunidades de El Salvador. A pesar de que todos convivimos con personas LGBTI, de que todos conocemos a una, somos amigos de una, hay más de una en la escuela, en la familia y en la colonia, nos empeñamos en negarles. Les rechazamos, les ignoramos o nos burlamos de ellos.

Nos escudamos en nuestro derecho y en nuestra religión para excluirlos. Pero quizá debamos volver a leer el espíritu de nuestras leyes y los principios de nuestra fe para darnos cuenta de que, muy probablemente, hemos construido un mundo muy lejano a sus principios fundamentales y nos hemos perdido en formalismos y esquemas que nos vuelven sociedades miserables.

Debemos apelar a la más básica de las capacidades humanas: la empatía. Esa capacidad de abrir nuestro ser para comprender a los otros y reconocer que no todos somos iguales, que hay personas que son y deciden vivir distinto. Pero la diversidad en nuestro país, lastimosamente, aún huele a peligro.

Por eso saludo a la marcha que lucha y se pronuncia por el orgullo y por la diversidad para intentar que no volvamos a caminar avergonzados, entre la oscuridad, como esa noche en que caminamos con Yeni y todos aquellos que no hicimos nada por protegerla. Y voto porque esta democracia les proteja, incluya y dignifique como ciudadanos plenos.

El valor de la vida

¿Cuánto vale la vida? No tiene precio, me dirá usted. Pero en nuestros países, con nuestros niveles espantosos de desigualdad y de deterioro social, sí lo tiene. La vida en nuestro entorno vale tanto como usted esté dispuesto a pagar por ella.

Vale lo que uno pueda pagar por atención de salud de calidad. No debería ser así, en absoluto, porque el Estado debería ser garante de que la salud pública sea gratuita, completa, accesible para todos, hasta para aquellos que no tienen nada. Los recursos destinados a salud deberían ser suficientes para garantizar que el desabastecimiento de medicinas, la falta de camas y la escasez de insumos fueran solo problemas temporales y corregibles, y no la regla.

La vida vale lo que uno esté dispuesto a pagar por “protección”. Una casa en una buena residencial con portón y seguridad privada, guardaespaldas, una camioneta blindada. O quizá apenas una vivienda en una colonia con pluma, en la que los vecinos se organizan para pagar un vigilante. O tener que dar la “renta” a quienes controlan la comunidad donde vives. Pagas por tu tranquilidad, por tu vida.

Sí, acá también debería ser el Estado el garante de que todos pudiéramos sentirnos seguros, sin importar nuestro nivel de ingreso. Lamentablemente no es así.

También la podemos cuantificar en razón de la vulnerabilidad. Mientras menos tienes, te vuelves más vulnerable a la violencia, a las enfermedades, a los desastres naturales. En terremotos, inundaciones o incendios, siempre los pobres se llevan la peor parte. Igual en epidemias y crisis económicas. El dinero se vuelve una armadura necesaria para sobrellevar las malas épocas y enfrentar los riesgos, y es algo de lo que las grandes mayorías carecen.

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera. Tres involucrados en el mismo accidente y solo la persona que conducía de la camioneta sobrevivió. No, no es invento mío, es algo qué pasó en esta misma semana y un ejemplo más de la vulnerabilidad en la que nos coloca la pobreza.

¿Esto se puede cambiar? Por supuesto. Con equidad, con una mejor distribución del ingreso, con una reducción constante de las brechas de desigualdad, con una mejor y más eficiente gestión de los recursos públicos, y, por supuesto, con pura y llana humanidad.

Los recientes casos de corrupción que involucran a expresidentes salvadoreños nos han dejado estupefactos por las cantidades de recursos que se malversaron: suman más de $700 millones. Esos mismos $700 millones equivalen a varios hospitales nacionales, a tres presas El Chaparral, a tres FOMILENIO II y, sobre todo, son la misma cifra de déficit que vienen arrastrando las finanzas públicas durante los últimos años.

Ese déficit, lo que le falta al Estado para cubrir sus gastos, se cubre con más deuda. Y así, el dinero que se podría haber usado para programas sociales, para salud, educación y seguridad se debe destinar al pago de esta deuda, más intereses.

Muchas vidas podrían haberse protegido, salvado y mejorado con ese dinero. Sí, la vida tiene precio, que no nos la sigan robando.