No, tu pleito no es conmigo

Nunca he pensado que sos el enemigo. Mi pleito, ese que te causa risa o molestia, es que dejemos atrás los esquemas sociales y económicos que me han puesto a mí en segundo plano. Mi lucha es por ganar lo mismo que vos si hacemos trabajos iguales y tenemos la misma preparación para hacerlo. Mi bandera es que no haya más casos de mujeres golpeadas o asesinadas por sus maridos, ni niñas que deban quedarse en casa a hacer los oficios domésticos mientras sus hermanos van a la escuela, porque a ellas, por su género, se les considera un gasto.
Ya sé que no todos ustedes son acosadores. Entiendo que no todos han pensado siquiera en violar a una mujer. Estoy clara en que vos jamás me levantarías la mano. Lo que quiero que entendás es que nosotras, las mujeres, las jóvenes, las niñas, sí tenemos todas una mala historia que contar, desde algún momento incómodo de acoso hasta golpes. Y por supuesto, están todas las que nunca podrán contar lo que les pasó porque no salieron vivas de sus malas experiencias.
Sí, ustedes también sufren violencia, pero es de otros tipos. Es más común que una mujer muera a manos de su marido a que sea el hombre el asesinado por su pareja. Es más cotidiano saber de mujeres maltratadas, y te aseguro que vos mismo conocés más historias de mujeres que lo sufren, que de hombres en la misma situación. La mayor parte de las víctimas de abuso sexual son mujeres. Muchísimas son niñas. Casi en su totalidad lo han sufrido a manos de parientes o personas muy cercanas.
Es cierto también que la pobreza nos vuelve más vulnerables. Que los esquemas tradicionales de que soy la mujer y debo quedarme en casa me ponen en más riesgo de que mi pareja piense que puede decidir por mí en todo porque me mantiene, y hace más probable que yo tenga miedo de dejarlo, porque no tengo manera de mantener a mis hijos. Es verdad que la falta de educación de las niñas es un círculo vicioso de pobreza y marginación, que madres poco educadas estarán criando niños que tendrán menos oportunidades.
Y es cierto que nuestro sistema de justicia deja mucho que desear. Que existe impunidad. Que hay casos en los que la mujer acusa injustamente al hombre, pero te recuerdo, porque lo sabes, que estos casos no superan ni por cerca a todos aquellos en los que las mujeres no denuncian por miedo, o a los que se quedan a medias porque la víctima no logra continuar, porque se le expone, se le revictimiza o se le obliga a encarar a su victimario.
No, tu pleito no es conmigo. Sé que te parece inocente bromear sobre nuestros reclamos y nuestras luchas. Es un chiste nomás, pensás, no daño a nadie. Yo te escucho con tristeza, porque siempre habrá más gente que se ría de tu “ocurrencia” que personas que se pongan a pensar que a la mejor es cierto, que las mujeres pedimos igualdad porque no la tenemos. Y también admiro la inteligencia con la que armas argumentos para tratar de botar los míos. Y deseo con todo mi corazón que usés esa inteligencia para apoyar mis luchas, que si te dieras el tiempo de conocerlas, podrían identificar como tuyas.
Porque para erradicar la violencia de género, el abuso de poder, los feminicidios, no basta con que yo grite, patalee y escriba sábanas y sábanas de textos. No basta con mis marchas y mis consignas. Porque la raíz de todo esto está en la pobreza, en la injusticia, en la inequidad, en la ignorancia, y esas son cosas, querido, contra las que vos también deberías estar peleando. Si pusieras en ello todo el esfuerzo que le dedicas a criticar mis batallas, te aseguro que estaríamos más cerca de lograr un verdadero cambio para bien de todos.

Una generación dormida

El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.

Impávido y sin ofuscarse como una Suiza pobre de nueva era. Y en realidad, no hay mucho que nos distinga de los tres países centroamericanos en cuestión. Somos amplios conocedores del combustible que ha alimentado su enojo. En el caso de Nicaragua, la chispa inicial fueron protestas aisladas de universitarios contra la negligencia de las autoridades por frenar el incendio en la reserva biológica Indio Maíz, al sudeste del país (algo que ocurre en El Salvador todos los años cuando más de 5,000 hectáreas de los pocos bosques que quedan se consumen ante la indolencia de las autoridades). Pero lo que detonó las manifestaciones masivas fue la reforma previsional que reduciría las pensiones en 5 % y aumentaba las contribuciones para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Un tema del que también conocemos bastante tras un cambio mucho más radical en el sistema de pensiones del país.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban –la protección al ambiente nunca ha sido un tema popular en el país– ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales, y que, al momento de jubilarse, muchos hombres y mujeres –la gran mayoría de nosotros– que han trabajado toda su vida recibirán pensiones de hambre. Tampoco la corrupción que ha puesto en la mira de la Fiscalía a tres expresidentes. Ni la inseguridad ciudadana que afecta prácticamente todos los ámbitos de la cotidianidad. Razones sobran para salir a las calles a protestar, pero la indignación ya no carbura en El Salvador.

Hay quienes sostienen que aun es un efecto de la guerra civil. Que la gente quedó harta de la virulencia de la década del ochenta. Y con la firma de los Acuerdos de Paz, cansado, el país se fue a dormir. Un letargo que ya lleva más de 25 años (más que la dictadura de Hernández Martínez), y del que solo se despertó, momentáneamente, para oponerse a la privatización de la salud. Después de eso, estos años han sido tiempo suficiente para que sacaran el colón de circulación, se derrocharan millones en proyectos fracasados como la represa El Chaparral o el puerto La Unión, se privatizara el sistema previsional, se apostara solo por la represión para frenar al crimen, entre tantas otras medidas erradas de los gobiernos de turno.

De seguro nos juzgarán. En los libros de historia que se escribirán de aquí en 100 años, registrarán a esta como una generación dormida, indolente. Ojalá consignen que, aunque la gente no protestaba como en los vecinos centroamericanos, si se quejaban en las redes sociales. Que relean nuestros “post” y los rescaten del vacío de las redes sociales, como los historiadores de ahora buscan noticias en los periódicos del siglo XIX. Que lean nuestra indignación con cada caso que retrata el horror de la violencia o la inequidad de nuestra sociedad. Eso es lo único –lo poco– que estamos dejando hasta nuestro despertar.

Atender al conflicto

Soy una promotora del conflicto. Estoy convencida de que es una forma real y honesta de ponerle luz a situaciones, relaciones o proyectos que necesitan actualizarse y sanar. Creo también que los humanos hemos avanzado en ciencia, economía, matemáticas, física, pero seguimos siendo unos analfabetas emocionales, que hemos creído ese discurso dominante de que el estado óptimo y natural del humano es estar “siempre” feliz. Peor aún, que, bajo la influencia de las redes sociales, todos deben ser testigos de ese estado de felicidad permanente. Nada más alejado de la realidad.

En un país como El Salvador, plagado de formas y con muy poco fondo, huimos de conversaciones incómodas y de emociones fuertes, como el enojo, la frustración y la rabia. Y no es que estas últimas no las sintamos, eso es imposible. Lo que sucede es que las adormecemos con lo que sea, porque consideramos que no es “normal” sentir el dolor.

Al evitar el dolor, la cólera y otras expresiones emocionales, lo único que conseguimos es desconectarnos de nosotros mismos, fortaleciendo, al mismo tiempo, los problemas; porque sin atenderlos con claridad y transparencia lo que hacemos es alimentar con gasolina una situación que pide atención y soluciones.

Lamentablemente, en esta sociedad estamos tan acostumbrados a que estallen violentamente esos aspectos desatendidos que hemos olvidado que existen otras formas para gestionar los conflictos, que con respeto por las opiniones diversas se puede dialogar y, sobre todo, que se pueden descubrir rutas de solución que beneficien a los involucrados. Tristemente, en El Salvador vivimos estancados. Cada uno defendiendo su postura. Sin posibilidad de apertura.

Aquí se valoran demasiado las buenas formas, lo externo y lo cosmético; y se evita asumir las responsabilidades personales y de grupo ante situaciones que requieren soluciones concretas o que exigen, al menos, poner sobre la mesa los diferentes puntos de vista frente a un desacuerdo. Olvidar el pasado, darle vuelta a la página y ver hacia el futuro son solo frases vacías que buscan tapar la realidad. Porque sin la comprensión de los hechos y del impacto del pasado en el presente, solo nos condenamos a revivir, una y otra vez, ese ciclo de apariencias en el que las profundidades están plagadas de frustración, rabia y desencanto, las cuales terminan expresándose, invariablemente, en formas cada vez más violentas.

En El Salvador, somos expertos en atacar anónimamente a quienes piensan diferente a nosotros. Evitamos y bloqueamos los espacios en los que se puede abrir el diálogo honesto, sincero y transparente. Y, por falta de valentía para hablar con la verdad, contribuimos a que la sociedad se mantenga en la superficie hablando de colores y de situaciones idílicas que no tienen un asidero real. Esa falta de honestidad para evaluar otros puntos de vista siembra, en adultos, niños y jóvenes, una forma perversa de construir comunidad y sociedad, donde domina el que más grita, el que miente y el que destruye a toda costa a quien es diferente a la corriente dominante.

Esa falta de respeto por quienes piensan distinto es lo que nos está matando, porque no logramos ver el fondo de los problemas y la raíz desde donde la violencia y la superficialidad se alimentan. Requerimos poner luz en los temas más complejos, en la infinidad de conflictos que nos afectan; de lo contrario, continuaremos promoviendo esa falsa sonrisa que se pinta por fuera, pero por dentro viviremos descompuestos y presos de traumas.

¿Hemos perdido el combate contra las maras?

¿Hemos perdido el combate contra las maras? Es uno de los principales cuestionamientos que debemos hacernos si queremos abrir una discusión seria, que nos conduzca a resolver uno de los grandes problemas nacionales. Esa pregunta también es el nombre de un libro elaborado con el apoyo de la Fundación Ebert, que reúne el aporte académico de investigadores nacionales de diferentes disciplinas, que complejizan la mirada sobre el fenómeno de las pandillas, sin apresurarse a recetar soluciones, pero urgiendo a conocer mejor el fenómeno y evaluar críticamente las políticas públicas que han sido aplicadas.

El libro abre con un prólogo de Sabine Kurtenbach, investigadora del German Institute of Global and Area Studies, el cual brinda una contundente mirada externa sobre el fenómeno de las pandillas y la violencia en el país; luego dos artículos que revisan críticamente las políticas públicas y las legislaciones aplicadas al fenómeno desde 1994, a cargo de Verónica Reyna y Noemy Molina. Hasta ahora ninguna obra académica nacional había realizado una sistematización y evaluación tan completa sobre las respuestas brindadas desde las élites políticas para abordar el fenómeno.

Luego se incluyen dos artículos que analizan la forma en que los medios abordan el problema y los impactos del fenómeno pandilleril en lo mediático y cultural, considerando a los medios como actores sumamente relevantes para la compresión pública del fenómeno. El primer artículo revisa críticamente las narrativas periodísticas sobre las pandillas, producidas desde tres medios escritos salvadoreños durante 2015, a cargo de este servidor; el otro, analiza los impactos y la influencia de las pandillas en la cultura popular-masiva, a cargo de Willian Carballo. Ambos artículos tienen como orientador la necesidad de profundizar en los aspectos culturales del fenómeno.

El siguiente artículo estudia la dimensión económica de las pandillas, al profundizar sobre su viabilidad como organismos económicos, y también sobre la relación de su quehacer criminal con la economía de las comunidades y del país, a cargo de José Salguero. Después se presenta un análisis sobre la trascendencia política que ha tomado el fenómeno pandilleril en el país, bajo mi autoría; para cerrar con un artículo que analiza críticamente la conversión religiosa como forma de salida o desistencia de la vida pandilleril, a cargo de Carlos Iván Orellana.

Esa obra sugiere que es equivocado seguir pensando y actuando como si las pandillas son solo un problema de seguridad pública, también pensarlas como el único problema de violencia que tiene el país. Las pandillas no son ni el único actor violento ni la única problemática de violencia del país, y tampoco son solo un problema de seguridad o criminalística. Pero si es importante reconocer que se han convertido en el gran problema de violencia nacional.

El fenómeno pandilleril que vivimos en la actualidad se encuentra directamente asociado con los asuntos no incluidos en los Acuerdos de Paz, así como con los fracasos y las deudas de las políticas económicas y sociales aplicadas durante la posguerra. El nivel y complejidad de la violencia pandilleril actual también es resultado de las contraproducentes políticas de seguridad pública aplicadas hasta el momento, las cuales se han caracterizado principalmente por ser cortoplacistas, predominantemente represivas, pensadas en clave electoral, y, en muchos casos, contrarias con un Estado constitucional y democrático de derecho.

Sin duda, el fenómeno pandilleril es un problema político relacionado con profundos desequilibrios de autoridad estatal y de control territorial, así como con fuertes raíces culturales y económicas, el cual ya no puede ni podrá ser resuelto solo desde la política criminal. Por el contrario, seguir abordando el fenómeno solo desde su arista criminal nos hará seguir en una dinámica propia de Sísifo, alargando una especie de guerra, que ya duró una década más que la misma guerra civil de los ochentas.

El moribundo

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

Nuestro propio día cero

Parecen esperar el momento justo. Como si una cuadrilla de especialistas esperara el instante preciso para cortar el agua. Debe de ser cuando la gente menos lo espera, la sorpresa siempre es importante, y más se necesite. Como en vacaciones, cuando la mayoría de las personas están en sus casas y utilizan más de este recurso. La Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) tiene años haciéndolo y ya es experta. La última fue en esta Semana Santa, cuando varias zonas de la capital se quedaron sin abastecimiento debido a una reparación en “la línea de impelencia de 48 pulgadas de diámetro en Ayutuxtepeque y que abastece a amplias áreas del Gran San Salvador”. Después viene el anuncio sobre el restablecimiento del servicio, que si dice que será en “las próximas 24 horas”, usualmente significa el doble o incluso más tiempo.

La ANDA es una historia aparte en el imaginario colectivo salvadoreño. Demonizada por muchos y odiada por la mayoría, está asociada a la penitencia de bañarse con agua de pila o del barril; con que después de un corte de varios días, el agua venga turbia; o con cobros, muchas veces irreales, que hasta llevaron a la popularidad a una vendedora del mercado de Apopa que se viralizó en internet por insultar su mal servicio. En 2017, la ANDA fue la institución más demandada por los salvadoreños en la Defensoría del Consumidor (el 46 % de las denuncias interpuestas en el año fueron contra la autónoma), y de la cual se recuperó la cantidad de $732,263 a favor de las personas consumidoras que presentaron su reclamo.

Las quejas son abundantes y las protestas cada vez más comunes. Como los cierres de calles exigiendo un mejor servicio o la de un joven que fue a “bañarse” frente a la presidencia de ANDA, en la exclusiva colonia San Benito, y que se quedó sin agua para quitarse el jabón. Pero posterior al enojo y la molestia provocada por la falta del servicio, poco se exige para el largo plazo. Una administración mucho más transparente, eficiente y con un mayor compromiso con la población. Algo de lo que ha carecido a pesar de los discursos cada vez que se inaugura un nuevo chorro en una comunidad. El actual gobierno ha reconocido demasiado tarde que las cosas no van bien en la ANDA, un problema que viene de décadas, y decidió cambiar a su presidente. Pero el limitado margen de maniobra que tiene Felipe Rivas, quien asume el rumbo de la autónoma, le juega en contra.

Ante este panorama y ya inmersos en la carrera presidencial de 2019, es de exigir que los candidatos tengan propuestas específicas para solucionar los problemas que atañen a la ANDA, incluidas las inversiones necesarias para mejorar el servicio, y lo relacionado al acceso al agua en el país. Menos mensajes motivacionales y más de soluciones plausibles. Lo mismo para los diputados de la Asamblea Legislativa que están por asumir su período, quienes se deben comprometer de entrada en aprobar una urgente ley de agua que proteja los recursos hídricos de todo el país, y que legisle que el agua no se convierta en una mercancía más sino en un derecho universal.

Según las mismas estadísticas del Gobierno, alrededor de 1.5 millones de personas no poseen acceso por tuberías a este recurso en sus hogares. Y no solo hay que enfrentar este déficit histórico y que ha marcado a El Salvador, sino que superar el contexto mundial del calentamiento global y los períodos de sequías más prolongadas. Hoy comienza abril de 2018, mes que han marcado para que ocurra el día cero en ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una urbe completa racionalizando hasta la última gota de agua de la poca que tiene a su disposición.

Comunicar y liderar

Liderar y comunicar son dos actividades que se encuentran íntimamente relacionadas. Ambas, si se realizan con la intención adecuada, permiten establecer conexiones transformadoras entre individuos y equipos, así como descubrir significados comunes, que facilitan avanzar hacia un horizonte compartido en el que se obtienen beneficios tangibles para quienes participan de un proyecto u organización.

Desde hace varios años comprendí que había algo que estaba perdiendo vigencia con el concepto generalizado de la comunicación, que en lugar de contribuir con el desarrollo de una persona, o de una organización, estaba bloqueándolo. Ese algo es el excesivo enfoque en lo externo o el confundir la comunicación con la imagen. Si bien un edificio cómodo y adecuado o la presentación limpia y ordenada de los empleados sin duda comunica, es más potente cuando lo que se pretende transmitir está soportado por los comportamientos de un líder y de su equipo. Es decir, la comunicación es más efectiva cuando se manifiesta a través de los comportamientos de las personas y no desde la imagen que proveen las cosas.

La comunicación y el liderazgo han cambiado radicalmente en los últimos años. La inteligencia emocional, la psicología positiva, la neurociencia y el “coaching” están incidiendo fuertemente en estas actividades. Una mejor comprensión acerca de cómo operamos, creamos hábitos y nos transformamos ha puesto sobre la mesa la necesidad de enfocarse y desarrollar habilidades blandas o inteligencia emocional, que permiten a un individuo gestionar sus relaciones de forma eficiente y saludable, acompañando el desarrollo de otros.

Google aportó al mundo empresarial información valiosa acerca de estas habilidades blandas y de su incidencia en el desarrollo de los equipos. En 2009 inició el proyecto Oxígeno bajo la presuposición de que “los jefes ya no eran necesarios”. El estudio recopiló, entre los empleados de Google, más de 10,000 observaciones acerca de los gerentes, y descubrió patrones de comportamiento que convirtió en indicadores para medir y desarrollar, a través de sus programas de capacitación, el óptimo desempeño gerencial y de liderazgo. A la fecha, esta organización reporta una mejora del 75 % en el cumplimiento de los liderazgos y de los equipos, como resultado de su enfoque en esos indicadores.

Según Google y Oxígeno, estas habilidades son: (i) ser un buen coach, (ii) empoderar, (iii) mostrar interés en el éxito y bienestar del equipo, (iv) ser productivo y orientado a resultados, (v) escuchar y ser un buen comunicador, (vi) contribuir con el desarrollo profesional de los empleados, (vii) tener una visión y claridad estratégica y (viii) contar con habilidades técnicas para aconsejar al equipo.

De las ocho habilidades, seis son competencias “blandas”. Y la habilidad número uno, “ser un buen coach”, permite a un jefe o líder desarrollar el resto de competencias: escuchar y mostrar interés, comunicar para conectar, empoderar y contribuir al desarrollo del equipo. Estamos frente a un cambio de época, donde las nuevas generaciones y los desafíos provocados por la tecnología, entre otros, demandan innovación en la forma de liderar, porque no existe una fórmula única para hacerlo, y el mundo tiene muchos avances en ciencia, salud y tecnología, pero hace falta poner ese mismo énfasis de progreso en el desarrollo del ser humano.

Los nuevos liderazgos e individuos con poder para incidir en amplios grupos de personas requieren enfocarse en procesos de transformación que necesitan de tiempo y de confianza, e imprimir una actitud sincera de respeto por la individualidad y la validación del potencial de crecimiento de cada miembro del equipo.

Cuando se aceptan y se ejercitan conscientemente estas nuevas formas de liderar, se abre la puerta a una conexión más profunda y real, y como lo demostró Google, también a un cambio que beneficia a más personas. Sin duda, no es una tarea fácil y requiere cultivar una actitud mental de principiante y un estado permanente de curiosidad, que faciliten la implementación de formas diferentes e innovadoras para gestionar a las personas.

De viejos y nuevos cuentos políticos

No cabe duda de que el país, como nunca antes luego de los Acuerdos de Paz, se encuentra ávido de nuevas narrativas políticas, las cuales resultan imprescindibles para la revitalización de nuestra aún incipiente pero ya reumática y famélica democracia.
Las narrativas políticas en la actualidad continúan profundamente determinadas por la televisión y sus formatos: espectacularidad, personalización y brevedad, entre otros. Y estos formatos a su vez son propicios para narrativas más centradas en un personaje (el candidato, el presidente) y menos relacionadas con la ideología, la institucionalidad y las propuestas. Propiciando así una fuerte personalización de las narrativas políticas.
Por su parte, el descrédito de los partidos políticos, la sensación de infructuosidad que generan sus debates en buena parte de la población, así como los lenguajes especializados o innecesariamente complicados por medio de los que se comunican los órganos e instituciones de Gobierno propician la exitosa irrupción de narrativas políticas altamente simplificantes de las complejas realidades sociales.
Estas narrativas suelen decantarse por la verosimilitud antes que por la solidez y fundamentación de las propuestas y los planteamientos políticos, haciendo más importante el nombre, el eslogan o la extravagancia misma de una propuesta, antes que el desarrollo de esta. En ese sentido, el vaciamiento programático de las campañas electorales es cada vez mayor, generando una oferta política con muchas historias y sonrisas pero con pocas ideas.
Al hablar de vaciamiento programático no me refiero una excesiva racionalización de las propuestas políticas, sino a narrativas que llamen a la interacción y al involucramiento ciudadano para una discusión política más permanente sobre sus problemáticas, es decir, una participación más consciente y constante, que vaya más allá del reducido acto de votar.
Tampoco se trata de plantear una falsa dicotomía entre movilizar las emociones o apelar a la razón, teniendo que apostar por una de ambas en la construcción de narrativas políticas. Al contrario, se trata precisamente de impregnarlas correctamente de ambas, pues una comunicación que no logra comprender ni movilizar el sentir ciudadano es estéril, pero también una narrativa vacía de contenido es alienante.
No es casual que al estudiar las campañas electorales de diferentes países nos encontremos con spots y lemas bastante similares, en algunas ocasiones rayando con el plagio. Esto es resultado de las mismas recetas de un reducido y costoso grupo de gurús del storytelling mundial, vendiendo una y otra vez la misma novela –muchas veces mala- con diferentes actores, pero usualmente efectiva para lograr los objetivos electorales.
El abuso del storytelling en las campañas electorales bien podría ser un nuevo recurso ideologizante, con tendencia a convertirse en envases carentes de ideas. No es su efectividad electoral la que se encuentra en tela de juicio, sino su aporte en la construcción de sociedades más democráticas, así como su capacidad de poner a la población en sintonía con la acción política y de brindarle un genuino sentido de pertenencia política.
Las nuevas narrativas políticas que surjan o deban surgir en el país deben cuestionar la vacuidad de las narrativas que actualmente dominan, y para ello deben ser concebidas y estudiadas más allá de la persuasión y la movilización electoral, entendiéndolas como procesos comunicativos por medio de los cuales se construye comunidad política, propiciando una relación más fluida, cercana y democrática entre los representantes y sus representados.
En ese sentido, los nuevos liderazgos políticos deben contribuir a la construcción de narrativas para la transformación social del país, superando la fórmula cortoplacista del storytelling que ha dominado los procesos políticos de la posguerra, cuyo principio y fin fueron siempre las próximas elecciones.
Si no lo hacen así, están condenados a ser nuevos personajes de viejos y apestados cuentos políticos. Si lo que pretenden es solo ser candidatos para llegar a un puesto, bastará con que nos cuenten uno de los siempre infalibles cuentos de vaqueros. Pero si lo que quieren es dejar un legado, entonces es importante comenzar a escribir nuevos relatos, usando el ejemplo como su principal metáfora y tinta.

8M

Llegó esa época del año en la que, junto con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, los espacios de opinión –desde las charlas de cafetín hasta las redes sociales, e incluso entrevistas en medios de comunicación– se llenan de “argumentos antifeministas”. Que por qué solo las mujeres tienen un día, que entonces los hombres también, que a los hombres los matan más, que también hay hombres maltratados por las mujeres…
No falta quien se la lleve de gracioso y comparta memes y mofas sobre el feminismo. Los chistes, claro, a cual más ingenioso. Pero también hay quien siente en esta fecha un tipo de afrenta personal y publica/argumenta cuestiones más fuertes. Que si somos feminazis, que las barbudas, que las peludas, que las sin marido, que las machorras, que lo que somos es faltas de sexo, que peleamos por cosas que nada que ver, que protestamos si nos tiran un piropo, que a la hora de cambiar una llanta entonces sí necesitamos de los hombres.
Y si bien los feminismos (sí, en plural, lea y se dará cuenta de que no es uno solo) tienen diferentes corrientes de pensamiento, distintas reivindicaciones y objetivos, diferentes formas de actuar/protestar/incidir, y las luchas cambian de país en país, eso no las deslegitiman; al contrario, ver que haya naciones en las que el objetivo sea que haya un 50 % de ejecutivas en las grandes empresas, porque todo el resto de necesidades de seguridad, protección social e integridad personal ya ha sido llenado, debería ser motivo de alegría.
Pero yo escribo estas líneas en El Salvador. Ese El Salvador en el que solo una de cada cuatro familias está integrada tradicionalmente. Ese El Salvador en el que un tercio de los partos son de niñas y adolescentes. Ese El Salvador donde hay una veintena de violaciones —denunciadas, nada más, me espanta pensar en la cifra real— cada día, en las que las víctimas son mayormente niñas y adolescentes y en las que generalmente el victimario es un familiar o persona de confianza.
Escribo en El Salvador, un país donde no hay un manual de educación sexual en las escuelas porque, cuando se intentó lanzar, se opusieron los sectores conservadores cercanos al poder. En mi país encuentran cadáveres de mujeres sepultadas, que antes de morir fueron golpeadas, torturadas, violadas, las encuentran con botellas, tubos de hierro y otros objetos en la vagina, y aún así hay quien dice que no existe tal cosa como violencia machista y que no es cierto que las mujeres seamos objeto de un tipo especial de saña por el hecho de, sí, ser mujeres.
En mi país te golpea tu pareja y los vecinos no se meten porque entre marido y mujer no hay que hacerlo. En mi país estudian más los niños porque a las niñas les toca quedarse en casa ayudando en los oficios del hogar. En mi país la mayoría de “ninis” —ni estudia ni trabaja— son también mujeres porque se vuelven madres jóvenes y les toca quedarse en su hogar.
En mi país asesinan a mujeres policías dentro de las mismas delegaciones sin que las autoridades hagan más que tratar de encubrir que en sus instituciones se tolera la violencia machista que están obligadas, por ley, a combatir.
En otros países este 8 de marzo hubo una huelga de mujeres. Ellas no asistieron a sus trabajos ni a sus centros de estudios y salieron a marchar. En El Salvador no pudimos, porque en nuestro sistema si no trabajamos, no comemos; tres de cada cuatro mujeres trabajan con salarios bajos y con pocas o ninguna prestación de ley, y somos más propensas a la pobreza porque ganamos menos y aportamos más al gasto del hogar.
En mi país no se reconoce el valor del trabajo doméstico no remunerado, y se dice aún que las madres que se quedan en casa a cuidar a sus hijos “no trabajan”, “no hacen nada” o “son mantenidas”.
Cambiar la realidad de mi país es mi lucha personal y la de muchísimas otras mujeres. Sobrevivir a este país es nuestra lucha diaria. El 8 de marzo el resto del mundo nos ve y podemos gritarles que tenemos estas luchas. No nos las entorpezcan. Si no se nos van a sumar, tampoco estorben. No nos hagan chiste, no nos ridiculicen, no nos minimicen. Con eso nos damos por bien servidas.

Una calle sin salida

No importa cuándo lea esto. Puede ser cualquier día de la semana. No importa el partido político que haya triunfado en las elecciones ni el resultado del Barcelona o el Real Madrid. En realidad, parece ser inevitable para quienes viven en el área del Gran San Salvador. Sépalo: la próxima vez que arranque su carro o aborde un bus lo más seguro es que, después de avanzar un poco, se tope con una trabazón. Algo que aceleradamente se está convirtiendo en parte de la cotidianidad capitalina. Carros y más carros que parecen copar hasta el último callejón. Todos ansiosos por pasar primero que los demás. Todos los días desayunando, almorzando y cenando tráfico. Sin importar lo que suceda durante la jornada.

Antes los días de peor trabazón eran las quincenas de pago, el fin de mes, las “horas pico”. Ahora parece ser casi todo el tiempo y hay horas de la mañana en las que la ciudad se vuelve intransitable. Un lento avanzar entre pitazos y cafres que, sin seguir la línea de carros, quieren meterse adelante. Ralentizando aún más el lento flujo vehicular. Gasto de gasolina, gasto de tiempo y energía. Cada quien ha respondido a su modo a esta crisis de ciudad que embarga a tantas ciudades del mundo. Los que tienen el poder adquisitivo suficiente tienen una salida individualista y se han comprado un carro. Vehículos chocados en Estados Unidos, reparados aquí, y que taquean cada vez más las principales arterias de la ciudad. Nadie parece frenar esa importación masiva que puede representar un colapso mayor. En El Salvador hay alrededor de 1.5 millones de automóviles, de los que poco menos de la mitad se concentran en el Gran San Salvador.

Otros han resuelto comprar motocicletas para sortear el tráfico. Esquivando la trabazón por los carriles auxiliares, al lado de los carros, trayendo más anarquía en calles donde, de por sí, no se respetan las leyes de tránsito. Algunos hasta han perdido la vida por su imprudencia. Y el Gobierno también ha ideado su respuesta al caos con la construcción de más pasos a desnivel, más ampliaciones de carreteras. Calles que son como los tentáculos de un pulpo que se extienden por todos los rumbos. Solo en las obras que ha edificado en el Rancho Navarra tiene una inversión de más de $21 millones. Dinero que se pudo invertir para mejorar la infraestructura de escuelas públicas se usó en ese hoyo enorme que busca ser una válvula de escape a una de las zonas más agobiadas por el tráfico en el Gran San Salvador. El Estado construye y construye como queriendo equiparar el flujo interminable de vehículos, pero, a la fecha, solo crea nuevos escenarios para la trabazón, como el paso de tres niveles en el redondel de Naciones Unidas o el paso bajo la estatua de Alberto Masferrer en la colonia Escalón. Nada parece ser suficiente.

Y buscar la solución al problema es como estar dando vueltas varias veces en el mismo redondel. De alguna forma todos sabemos la salida, pero no se hace: mejorar el deplorable transporte público. Es tan elemental y ya suena hasta inverosímil. Como si solo fuera paja. Esta es una ciudad en donde rutas completas de autobuses, en lugar de modernizarse, van desmejorando. Como la 101-D, que antes tenía de las mejores unidades en la ciudad y ahora renueva su flota con buses viejos y desvencijados. Esta solo es una ruta entre tantas. Algo que parece tener sin cuidado a las autoridades ni a los políticos, que se sienten tan a gusto negociando con las mafias del transporte en la Asamblea Legislativa y el Viceministerio de Transporte. Entonces más gente busca comprar una moto o endeudarse con algún banco por un carro.

¿Por qué cuesta tanto encontrar la salida al tráfico? Porque no hay una solución individual a un problema colectivo. En lugar de exigir un mejor transporte público nos hemos dado por vencidos, y cada quien ha buscado su propia respuesta, que en realidad va agravando el caos. Las autoridades no van a mejorar el transporte colectivo porque va en contra de sus intereses; si no, hace rato lo hubieran hecho. Debe ser una exigencia ciudadana de primer orden para mejorar el caótico transitar por el Gran San Salvador. Exigir más orden en todo sentido. Hasta entonces, todas las arterias de la ciudad parecerán una calle sin salida.