Un éxodo interminable

A su llegada a La Habana a finales de octubre, el presidente Sánchez Cerén fue retratado en una postal atípica: un mano a mano con periodistas. Una situación rara veces vista durante su administración. Independiente de la circunstancia del viaje, los medios estatales cubanos preguntaron sobre la caravana migratoria que iba rumbo a Estados Unidos. Tan solo unos días antes, miles de hondureños se habían congregado y ya caminaban rumbo al Norte. Decenas cruzaron nadando el río Goascorán, dejando imágenes dramáticas a punto de ahogarse. El presidente afirmó que migrar era un derecho humano y “se tiene que respetar el derecho de los migrantes”. Después se quejó de Donald Trump, que pedía detener las caravanas, y zanjó el tema. No más sobre una situación que calaba hondo en la mayoría del país y amenazaba desbordarse.

Sánchez Cerén dijo que su gobierno había reducido la migración irregular a Estados Unidos, pero a esa altura ya se convocaba por redes sociales a una caravana del lado salvadoreño. La naturalidad del presidente ante el drama no fue extraña ni exclusiva de él. Es la naturalidad con la que los gobiernos de turno y la clase política en general han asumido la migración. Los países del Triángulo Norte de Centroamérica no tienen más que ofrecer a esta gente, así que queda en ellos rebuscarse por encontrar otro lugar donde sobrevivir. Migrar es el salvoconducto del sufrimiento y desamparo que significan ser pobre en Guatemala, Honduras y El Salvador.

Entonces la dubitativa respuesta de los políticos al fenómeno de la migración es que, en realidad, no tienen respuesta. No hay cómo pedirle a los migrantes que se queden porque no existen las condiciones para ello. No hay siquiera un proyecto de país. El éxodo de salvadoreños partiría cinco días después y, posteriormente, le seguiría una segunda caravana. Avanzan a pesar de las amenazas de Donald Trump de mandar el Ejército a la frontera de Estados Unidos con México. Se van en nutridos números a pesar del recibimiento hostil –no digamos si una nación desarrollada diera visas para irse. Y en su huida, dejan a un país en medio de una campaña presidencial que los tiene sin cuidado.

Hay que entenderlos. En las últimas seis campañas presidenciales se vienen oyendo planes como la urgencia de descentralizar el país, pero, al final, nadie lo hace. Los migrantes salen desde todos los rincones de El Salvador, dejando un gran vacío en sus comunidades. Contrario a la explosión demográfica de Guatemala y Honduras, nuestros pueblos languidecen ante la falta de jóvenes que se unen al éxodo. Esos jóvenes que según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) son tan elementales para realizar las transformaciones necesarias en el país. El Informe sobre Desarrollo Humano 2018 establece la urgencia de que El Salvador aproveche su bono demográfico, el período en que las personas en edad productiva es mayor a la población dependiente. Un escenario que terminaría en 2033, por lo que las inversiones que se realicen en los años por venir serán cruciales.

Solo con una apuesta decidida por cambiar la realidad del país se puede frenar el éxodo que lo sigue desangrando. Se pueden hacer cientos de campañas sobre los riesgos de la migración, pero no calarán mientras el riesgo de quedarse sea aún mayor. Mientras el Gobierno y la sociedad en general no sean capaces de dar respuestas a los que se van, todos perdemos. Bueno, en el contexto de la campaña política en la que se definió el Congreso de EUA, el único que ganó fue Donald Trump, que tuvo la excusa para volver a desplegar la retórica racista que lo llevó a la presidencia. Pero las elecciones en Estados Unidos terminaron y las caravanas siguen avanzando por México. La gente se sigue yendo en ese éxodo que hasta ahora parece interminable.

La iniciación primordial de una mujer

“Como mujeres, no podemos escalar más alto de lo que estamos dispuestas a descender” señala la autora del libro “Manual para la mujer emergente” Mary Elizabeth Marlow, al referirse al mito griego de Psique (alma o mente) que representa un viaje iniciático a las profundidades del alma para conectar con el interior profundo de una mujer y desatar su potencial y su autoridad individual.

El mito cuenta que Psique debe enfrentar una serie de desafíos en su vida, de entre los cuales el más complicado acaso sea el impuesto por Afrodita (diosa de la belleza) que la obliga a viajar al Hades (inframundo) de donde debe volver con una caja que, en su interior, contenga un poco de belleza. Solo entonces, alcanzado ese objetivo, podrá recuperar el amor de Eros (dios del placer). Durante su travesía, confronta grandes retos que la empujan a asumir, en soledad, el control de sus decisiones, y solo la fuerza de su amor le permite encarar sus miedos. Una vez superadas las pruebas y a su regreso al mundo, Psique desobedece a Afrodita y abre la caja, cayendo en un sueño del que no puede volver. Eros la lleva frente a Zeus y le pide que les permita casarse, a lo que el dios del Olimpo responde despertándola y convirtiéndola en inmortal.

Este mito muestra aspectos de Psique aplicables al desarrollo de cualquier niña en su camino a convertirse en una mujer autodirigida y segura de sí misma que atesore, en su interior, las herramientas que le permitan alcanzar su visión personal. Psique es, inicialmente, influenciada por su familia: su padre la obliga a casarse; su hermana la incita a asesinar a su esposo porque según ella es un monstruo. La diosa Afrodita le ordena, además, enfrentar pruebas imposibles para un humano, prometiéndole que al superarlas podrá alcanzar el amor que busca. Dicho amor significa la pasión canalizada para alcanzar los sueños del tipo que sean. A lo largo de cada una de las pruebas, están siempre presentes su voluntad y su pasión, que le permiten cumplir con las exigencias impuestas y adquirir, en el camino, la seguridad para enfrentar el reto más complejo de su vida: descender y volver del Hades.

La historia de Psique es utilizada en psicología para referirse al desarrollo del aspecto femenino y las profundidades del inconsciente. Cada una de las pruebas, con su respectiva desobediencia, la llevan por un nuevo camino de búsquedas y aprendizajes que la impulsan a tomar decisiones en soledad y, en definitiva, la incitan a asumir la más difícil de sus osadías: desobedecer a la diosa Afrodita y abrir la caja; y a través de este hecho conquistar su autoridad interior.

Psique es el inconsciente que dirige la vida de una persona. Descender y conectarse con esta realidad individual es vital para evaluar el pasado, así como para entender las causas que retienen a un individuo. Y, desde ese íntimo lugar, volver a la superficie, abrir la caja y descubrir el enorme regalo de la aceptación total con lo bueno, lo malo, los aprendizajes y los dolores. Y para realizar, en el momento presente, los ajustes requeridos e iniciar un vuelo hacia el futuro libre de cargas y con la seguridad de estar en el camino correcto.

Este proceso se concluye, como señala Marlow, “por la decisión correcta en el momento correcto”, cuando se reconoce que no hay autoridad externa que pueda asumir la sabiduría interior y cuando “se emerge a través de la aceptación de todo lo que se es”. Este es el mito de Psique, la iniciación primordial en la vida de una mujer.

La esquina: reencuentro y reconciliación

Hace unas semanas me agregaron a un grupo de WhatsApp que tiene por nombre La Esquina. No tuvieron que explicarme para comprender inmediatamente todo el sentido que tenía su nombre. En el grupo están agregados quienes conforman esa hermandad que solo se da en los tiempos de la infancia y la adolescencia, y que para nuestro caso –como el de muchos jóvenes salvadoreños– tenía como escenario la esquina de la colonia. La nuestra, la colonia Escalante, de Ilopango.

No voy a profundizar en estadísticas. Basta decir que la amplia mayoría de ese grupo ya no vive en El Salvador. Fueron parte de la diáspora entre finales de los noventas y principios del siglo XXI. Cuando alcanzamos la edad económicamente activa, el paraíso que presentaban en las cumbres internacionales los presidentes Francisco Flores y Antonio Saca no estaba para nosotros.

El lado más amplio y feo de la política neoliberal que gobernó los años noventa nos expulsó de los adoquines de nuestra colonia. La esquina donde pasamos tantas tardes y noches inolvidables se quedó sola. Y así, como la nuestra, se quedaron muchas otras, quizá cientos o miles, en aquel El Salvador de los tan mentados 20 años.

Muchos ahora tienen la solvencia económica para regresar a vivir cómodamente a las comunidades que un día dejaron, pero estas se han vuelto brutalmente hostiles. Además, en la mayoría de casos, ya quedan muy pocos, casi nadie, de quienes conformaron su comunidad. De hacerlo, volverían a un lugar extraño. En ese sentido, los migrantes salvadoreños, como genuinos Odiseos, parecen estar condenados a no poder volver.

Por eso decidí escribir esta columna, porque no escucho a los candidatos de esta campaña hablar de dos grandes hechos que nos han marcado como nación: la migración y la violencia. No encuentro sus ideas sobre dos políticas de Estado que necesita urgentemente un país desangrado y en diáspora: políticas de reconciliación y políticas de reencuentro.

El reencuentro en dos sentidos: políticas para el retorno (reencuentro) y políticas para la construcción de espacio público (encuentro). Las políticas de retorno, con dos grandes aristas: las políticas para aquellos que pueden y quieren regresar por su propia voluntad (para vivir su retiro acá, comenzar un negocio, etcétera), y las políticas para el tratamiento de los deportados. Dentro de estas últimas, medidas urgentes para el recibimiento de aquellos que migraron por violencia.

Además, políticas para la construcción de espacio público, pues ya no nos quedan muchos para encontrarnos como comunidades, ni siquiera aquellas esquinas. Necesitamos espacios para encontrarnos como nación y procesos para reconciliarnos, o talvez sería más preciso hablar de procesos para conciliarnos por primera vez en nuestra historia. Una reconciliación que nos aleje de esa nación que huye constantemente de sí misma y que construye monstruos a su imagen y semejanza.

Si queremos que El Salvador sea viable necesitamos implementar políticas de reconciliación para superar el conflicto de los ochentas y el que vivimos hoy: procesos de justicia restaurativa; diálogos para la pacificación, que incluyan a las víctimas y las autoridades, pero también a aquellos actores violentos que controlan a las comunidades; procesos de desistimiento masivo de la vida violenta asociada la pandilla; depuración de la policía, del ejército y del sistema judicial; transformación del sistema penitenciario; recuperación de la memoria histórica; reparación simbólica y económica para las víctimas, entre otras medidas.

Necesitamos reconstruir nuestras esquinas, como metáforas de la sociedad salvadoreña actual. Esas esquinas de jóvenes que se tuvieron que ir, por necesidad, por miedo o por ambas. Propiciar sus reencuentros es cuestión de Estado.

Todopoderosos

Si a El Salvador le cumplieran todo lo que le han prometido en periodos de campaña, seríamos un país próspero, seguro y desarrollado, un ejemplo de prosperidad y modernidad.

Pero, como sabemos, la realidad es lo opuesto: gobiernos van y vienen y seguimos siendo una nación pobre, insegura, dividida y decadente, en la que la corrupción es una bofetada en el rostro de miles y miles de ciudadanos que han probado de primera mano las carencias en los servicios sociales públicos. Colores van, colores vienen, y las necesidades continúan allí, crecientes y grises.

Nosotros, el electorado, decidimos nuestros votos según diferentes factores. Algunos votan por el partido que siempre le ha simpatizado a su familia; otros, según quién es su empleador. La gran mayoría está desencantada y simplemente se rehúsa a acudir a las urnas. Pero las grandes masas de votantes, esas que sí acuden a los comicios, suelen creer que con su marca en la papeleta cambiará algo, que llegará, al menos en alguna pequeña proporción, aquello que su candidato o candidata le ha prometido.

Si vemos las propuestas de campaña de nuestros políticos, nos daremos cuenta que tienen una falla de raíz: prometen cosas que no podrán cumplir. Primero, porque nos ofrecen generalidades –seguridad, prosperidad, más centros deportivos–, pero rara vez nos dicen cómo o con qué dinero lo financiarán. Y segundo, y quizá lo más grave, es que incluyen propuestas que se escapan del que llegaría a ser su ámbito de acción, en caso de ser elegidos.

Así, tenemos candidatos a alcaldes prometiendo cosas que dependen del Ejecutivo (seguridad, educación), aspirantes a diputados ofreciendo acciones que corresponden a las municipalidades (desarrollo local, higiene, lugares de esparcimiento), y prospectos presidenciales que nos muestran un abanico de acciones que requerirían, en el menor de los casos, de la aprobación de leyes en la Asamblea Legislativa.

La figura del presidente suele ser vista como la más importante de entre los tres poderes del Estado. El Ejecutivo es el rostro más visible del poder, incluso el más respetado. Pero sin el concurso de las municipalidades, del Legislativo y del Judicial, el presidente poco puede hacer por mejorar la situación del país. De hecho, cuando el Ejecutivo y el Legislativo están en franco enfrentamiento, lo que se genera es seguidilla de iniciativas fallidas, en las que los diputados niegan sus votos para reformas clave, mientras que el presidente veta las iniciativas avaladas por la Asamblea. Lo hemos vivido demasiadas veces.

Debemos dejar de ver a los candidatos presidenciales como todopoderosos, como figuras superdotadas que podrán marcar un verdadero cambio de rumbo en la atropellada ruta que hasta hoy llevamos como nación. Un presidente por sí mismo no puede asegurar que terminará la criminalidad, ni que sacará a la economía de su estancamiento, o que garantizará que finalmente haya salud y educación gratuitas y accesibles para todos. Con propuestas adecuadas puede, sí, ofrecernos hacer un mejor uso de los recursos, enfocar mejor el gasto público, apostarle a políticas adecuadas e impulsar un modelo económico más justo.

Entonces debemos ser críticos a la hora de escuchar las promesas que se multiplican en estos días. ¿Realmente se podrá hacer esto desde el Ejecutivo? ¿Es la forma adecuada de hacerlo? ¿Cómo se medirán los resultados de estas políticas? ¿Hay recursos para poder echarlo a andar?

Y aún más importante, es hora de que exijamos a nuestro futuro presidente que se deje a un lado la lesiva costumbre de iniciar los gobiernos de cero. Es hora de comenzar a reconocer que el camino más atinado es construir sobre lo que ya se tiene levantado, impulsar y seguir las iniciativas y políticas que han dado resultado, corregir lo que haya que corregir, y aprovechar la experiencia de quienes han demostrado que han sabido llevar bien puestos importantes.

Construir a partir de bases ya establecidas, en lugar de llegar a hacer demolición y obra desde cero, así como aprovechar la experiencia de buenos funcionarios, son prácticas que han funcionado a países más desarrollados, y que deberían ser fundamentales para naciones como El Salvador, donde los recursos son tan limitados.

Interesémonos en lo que nos están proponiendo, veamos todo con ojo crítico y hagamos las preguntas adecuadas. Es nuestro futuro lo que está en juego.

Un legado de paz

Una de las primeras imágenes que se me vienen a la mente cuando pienso en Monseñor Romero es la de mi mamá. La imagino adolescente, llorando sin consuelo y abrazando a mi abuela cuando escucharon sobre la muerte de Monseñor en la radio. Esa noche fue larga en San Matías, un pueblo que no estaba acostumbrado al desvelo. Mi mamá lloró su muerte como la de un familiar cercano, alguien muy querido y vital. No fue la única. Esa noche millones lloraron por su asesinato. Mi madre me lo ha contado muchas veces: matarlo frente a todos, en plena liturgia, fue demasiado doloroso para los que lo querían.

Los días posteriores fueron oscuros. Comenzando por el tiroteo de las fuerzas de seguridad durante su sepelio. Su martirio marcó a El Salvador para siempre. En el plano nacional, a partir de eso, miles de hombres y mujeres se organizaron para hacerle frente a un Estado represivo que se había convertido en verdugo. “Con eso muchos nos dimos cuenta de que ya no respetaban nada”, me dijo un hombre que en 1980 era solo un muchacho que se unió a esa insurgencia. Mi madre fue solo una más de las que se movilizaron después de la muerte de Monseñor.

Serían 12 años de conflicto armado entre hermanos. En mi caso, conocí a Monseñor a través de un libro de fotografías que recopilaban su vida desde su infancia en Ciudad Barrios hasta su entierro en Catedral. Cada vez que veo la iglesia lo asocio a él. Cuando veo su gran cúpula desde cualquier punto de la ciudad pienso en la tristeza que lo hubiera embargado de haber vivido aquellos años de guerra y toda la violencia que ha conllevado el posconflicto.

Él siempre predicó la salida pacífica y dejó mensajes como el del 23 de marzo de 1978 cuando dijo: “La gran enfermedad del mundo de hoy es no saber amar, todo es egoísmo, todo es explotación del hombre por el hombre, todo es crueldad… todo es violencia”. Ahora, en pleno 2018, su figura nos sigue dividiendo como sociedad, fruto de una sistemática manipulación de su legado y de quien fue en realidad. Muchos lo siguen pintando como un instigador o asociado a una tendencia política, nada más alejado de lo que fue. Por la polarización política han creado un Monseñor que nunca existió y han trivializado su lucha por los derechos humanos.

Hay que leer atentamente. No hay motivo para que su figura cause división. Es una pena que esto ocurra en pleno siglo XXI y con tantísima información a la mano. En las páginas de esta revista se publicó hace años una parte de un libro –que ahora circula en internet– titulado “Hablan de Monseñor Romero”, del periodista Roberto Valencia, una aproximación desde distintas aristas al hombre que fue Óscar Romero. Este es un texto que recoge los testimonios de la gente más cercana a Monseñor.

Con el paso de los años, la figura de Romero se va agigantando, y pocos domingos en la historia de El Salvador tienen la trascendencia de este 14 de octubre de 2018. Cuando a casi 10,000 kilómetros de la ciudad de San Salvador, en el Vaticano, sea canonizado por el papa Francisco. Monseñor Romero ya es el salvadoreño más universal. En 200 años seguirán hablando de él y su legado. La historia pone a cada quien en su sitio. El suyo es un legado de paz.

Porque no es posible olvidar el pasado

Disfruto filosofar y me encantaría estar sentada tomándome un café con usted y conversando sobre este tema. Porque buscar la verdad libera y en El Salvador somos muy dados a intentar dejar atrás el pasado. Y con ello las responsabilidades por el tipo de país que hemos construido. Lamentablemente con esta actitud también perdemos la posibilidad de modificar lo que hemos hecho mal. Pero la historia y los hechos, aunque desagradables, no pueden ser olvidados. Por más que lo intenten algunos. Porque estos, inevitablemente, nos definen, nos limitan o nos potencian en la construcción del futuro. Sin reconocer los efectos del pasado y sin comprender su impacto en el presente, estos solo se siguen repitiendo en un ciclo interminable de intentos fracasados.

No pretendo decir que vivir en el ayer sea la solución. Eso sería ilógico. Es requerido vivir en el presente, atento y consciente, para poder construir el futuro. Sin embargo, cuando se vive en una sociedad como la salvadoreña, con una cultura de violencia que inicia en los hogares y se traslada al tráfico, a los lugares de trabajo y a los espacios de convivencia común, es difícil desentenderse y evitar comprender por qué o desde dónde persiste esta violencia que crece y se complejiza.

El pasado sirve para ser comprendido y para corregir los errores en el momento presente. Un problema que no es identificado ni comprendido a fondo difícilmente puede ser enmendado. Y este es uno de los pecados de origen del país. Nos vamos por las ramas, justificando los acontecimientos del presente, pero no tenemos el valor de buscar en el ayer los efectos que vivimos hoy.

Somos incapaces de cuestionar a los ídolos que nos hemos creado, porque tememos que se caiga el castillo de naipes construido a través de las décadas sin ningún rigor ni capacidad de revisión o de reflexión. No existen héroes, ni líderes, ni santos que sean perfectos. Simplemente no existen. Debemos sacarnos esa carga para ejercitar nuestra humanidad inherente, reconocer los desaciertos y definir con valentía el nivel de responsabilidad de cada uno. Y desde ese espacio, sin olvidar para no volver a repetir, avanzar hacia el futuro.

Las frases vacías de “pensemos solo en el futuro” o “construyamos hacia adelante” son un intento por ocultar la historia dolorosa y vergonzosa que este país ha vivido. Y mientras las historias colectivas y personales no sean observadas, aceptadas y comprendidas, difícilmente serán sanadas. Al pasado se va a buscar entendimiento, porque inevitablemente las claves del momento actual se encuentran en esos espacios que habitamos, en esas historias que vivimos, en las familias que crecimos.

Es difícil cuestionar a los héroes, privados y públicos, pero es necesario si deseamos que al hablar de honorabilidad y de ética esos conceptos sean reales y coherentes, y no solo ficciones pálidamente coloreadas. Requerimos aceptar que lo que existe son seres humanos falibles, con claroscuros, con amor, desamor y odio, que se equivocan a diario, pero que también a diario tienen la posibilidad de reconocer esos errores y enmendarlos.

A este país, a las familias y a los individuos nos hace falta honestidad para ver de frente las verdades, personales y colectivas, lo que nos sirve, pero también lo que es urgente corregir. Y cierro con la frase de la directora ejecutiva de AccesArte, Claudia Cristiani, que en la presentación de la publicación “La muerte violenta como realidad cotidiana. El Salvador 1912-2016” ofreció: “Ante la tentación que, contra toda lógica, representa descartar nuestro pasado como insumo para la definición de nuestro futuro, consideramos indispensable detenernos un momento y mirar atrás…”

Ningún joven seguro

La semana pasada, el PNUD presentó el informe sobre desarrollo humano en El Salvador 2018, titulado “¡Soy joven! ¿Y ahora qué?” El informe muestra realidades poco alentadoras para la juventud salvadoreña, como el hecho de que “en promedio, la tasa de homicidios de la población joven es 53.4 % mayor que la de la población adulta en el periodo 2007-2017” (PNUD, 2018:7). Esto contrasta con “que entre 2012 y 2016, un estimado de 5 de cada 10 personas privadas de libertad en un centro penal eran jóvenes entre 18 y 29 años de edad” (p. 9).

El informe, sin embargo, no solo muestra con claridad las facetas donde la juventud es víctima o victimaria en nuestra sociedad, sino que también pone énfasis en el enorme potencial de la juventud para generar resiliencia. La cual es entendida como “el conjunto de capacidades que le permite a las personas lidiar, enfrentar y sobreponerse a las adversidades, sin comprometer sus derechos y sus opciones actuales y futuras de desarrollo” (p. 9). En ese sentido, el informe destaca que “la participación de las personas jóvenes debe ser un aspecto central en cualquier estrategia para la construcción de paz” (p. 264).

Sin embargo, solamente el 6.7 % de la juventud participa en organizaciones u asociaciones, decantándose por las religiosas, comunitarias, deportivas y artísticas (p. 242). Por lo tanto, la organización y participación de las juventudes en los diferentes espacios y niveles de decisión resultan apuestas fundamentales y prioritarias si queremos construir relaciones menos violentas tanto en lo físico, lo estructural como en lo simbólico. Para ello necesitan el apoyo del resto de la sociedad: desde la política institucional, la academia, la cooperación internacional, la iniciativa privada, las iglesias, y también desde los sectores ligados con la tecnología.

Cuando proponemos tecnología no se trata de correr rápidamente a las tradicionales respuestas de las cámaras de videovigilancia o los software de reconocimiento. No se trata de usar la tecnología para aislarnos y así pretender sentirnos más seguros. Al contrario, se trata de pensarla como herramienta para transformar nuestras formas tradicionales de relacionarnos. Es decir, como plataformas o instrumentos que trastoquen esas formas y antivalores que nos hacen tan proclives a la violencia. La tecnología como lo que es y ha sido siempre: una revolucionaria social.
En ese sentido, el proyecto de prevención de violencia juvenil a través de las TIC, impulsado por UNESCO con el apoyo de AECID, en alianza con Jóvenes contra la Violencia y otros aliados nacionales e internacionales, llevarán a cabo el próximo octubre el primer Hackatón Regional de prevención de la violencia juvenil en El Salvador, Guatemala y Honduras, denominado HackCR3A. Las redes sociales y las páginas web de JCV y de UNESCO brindan toda la información para aquellos interesados en participar y aportar en este encuentro.

El IDH señala la necesidad de que las formas de participación se vayan adaptando a los medios y las formas que utilizan los jóvenes, y que las formas de participación juvenil no coinciden con los mecanismos consagrados y tradicionales de participación (p. 251). Por eso iniciativas como la Hackatón son valiosas, pues buscan adoptarse a la demanda y las formas de la juventud. Son espacios para pensar y proponer fuera de la caja, usando las TIC para identificar, profundizar y trastocar esos nudos, esos puntos, que encienden y disparan la violencia en nuestros países.

En ese sentido, el HackCR3A será un espacio de encuentro juvenil para proponer y desarrollar ideas que nos alejen cada vez más de ese país donde, a pesar de haber firmado una paz, ningún joven está seguro.

Verdadero civismo

Cada septiembre, nuestro país se viste de azul y blanco. “Los colores patrios”, nos enseñan desde que estamos pequeños. Se canta el himno nacional, se recita la oración a la bandera y se hacen presentaciones de danzas folclóricas, en un amasijo curioso que se ha vuelto ya tradición para estas fechas.

Al crecer, vamos perdiendo el entusiasmo por este tipo de celebraciones, y comenzamos a reclamar que es una celebración vana. “¿Independientes de qué?”, dirán muchos, “si siempre dependemos de otras potencias mundiales”. Y sí, yo también me he sentido desencantada, pero creo que es momento de retomar el civismo y darle su verdadero valor.

Este país, querido lector, es su casa. En ningún otro lugar usted gozará de los derechos que tiene aquí —a menos que logre conseguir otra ciudadanía—, ni tendrá el arraigo cultural, emocional, de recuerdos y de vivencias que compartimos los salvadoreños.

Ahora, es posible que no le guste su casa, porque está sucia, manchada con emblemas de pandillas, con rastros de sangre, porque es un lugar violento y donde muchas veces es la ley del más fuerte la que impera. Lo entiendo y lo comparto. En lo que no estoy de acuerdo es con la idea errónea de que todo es culpa del vecino, del poderoso, del mal gobierno.

Es hora de apropiarnos de la casa y de cuidarla. De conocer y reconocer nuestros derechos ciudadanos –claro, no todo es exigir derechos–, y entender que lo aquí pasa nos afecta a todos.

¿Cree que la forma en la que se elabora el presupuesto general del Estado no le afecta? Pues le cuento: allí se junta la planificación de cómo se gastará lo que usted y yo y todos hemos pagado en impuestos, se decide si se recurrirá a más deuda, y se define en qué se usará. Si al año siguiente no hay suficientes insumos en los hospitales o pupitres o maestros en las escuelas, algo ha fallado en el diseño de ese presupuesto.

Por eso es un tema que nos debe interesar, que debemos comprender, y que debemos exigir que se maneje bien. Ya basta de darle el voto al político que nos habla bonito, al guapo o al popular. Al menos optemos por gente que tenga nociones básicas de política fiscal y que nos explique el tipo de modelo económico con el que simpatiza y que quiere impulsar.

¿Le parece que a usted como ciudadano común y corriente le da lo mismo que tengamos o no magistrados en la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia? Piénselo de nuevo. Ante cualquier atropello de parte del Estado, la última instancia para que los ciudadanos nos amparemos es la Corte. También han sido los magistrados, sobre todo los de la sala que recién salió, los que han llevado equilibrio a los otros dos poderes del Estado y que han evitado, por ejemplo, que nuestros ahorros para pensión los usara el gobierno de turno para pagar deuda.

Somos todos, los ciudadanos de esta gran casa, los responsables de reencauzarla, de ordenarla y limpiarla. Y nuestra incidencia individual se vuelve sumamente importante en momentos de decisión colectiva, como las elecciones. Escojamos bien a quiénes ponemos en el poder, hagamos las preguntas correctas, involucrémonos, informémonos. Dejarnos llevar por caras bonitas, o al menos simpáticas, sin buenas propuestas bajo el brazo, ya nos ha costado bastante caro.

Piense, si quiere, en El Salvador como un carro. Acá vamos todos en el mismo. Sí es su problema si algo va mal, porque si este carro se descarrila, nos descarrilamos todos con él. Sea un buen ciudadano, practique un civismo real, un civismo útil. Preocúpese por su país, por su casa, ayude a mejorarlo.

Desmemoria nacional

Fue el lunes, 15 de septiembre de 1879. Hace 139 años que se entonó por primera vez el himno nacional. El Salvador aún estaba en ciernes. La mañana de aquel día, sus propios autores lideraron el estreno público. El poeta y veterano militar de la guerra contra los filibusteros en Nicaragua, Juan José Cañas, autor de la letra, fue parte del acto en el Palacio Nacional. Los alumnos de los colegios y las escuelas de San Salvador habían ensayado por tres meses la letra escrita por Cañas. El general migueleño sumó un éxito más a su estandarte. A la mayoría pareció agradarle el himno, incluido al presidente de la república, Rafael Zaldívar, quien le había encomendado la misión de elaborarlo junto al músico napolitano Giovanni Aberle. Debió de ser un alivio. Los dos habían pasado largas jornadas de trabajo en la casa de Cañas en Santa Tecla.

A muchos puede parecernos una efeméride más entre tantas. Tan lejana a nosotros (en mi familia, aún faltaban seis años para que mi tatarabuela, Juana Ramírez, naciera en la misma Santa Tecla) y que no viene al caso. Es más, el debate sobre los símbolos patrios estaba fuera de foco hasta que un canal local realizó una especie de “tiro al plato” con los alumnos de un centro escolar en Mejicanos. Un hecho que ha originado diversos puntos de vista. Hay quienes han señalado la flagrante falta a la LEPINA por parte del medio, otros se han encargado de enfatizar la falta de conocimiento de los símbolos patrios de los estudiantes y hay quienes, ya en búsqueda de responsables, achacan a los profesores de la carencia de fervor de las nuevas generaciones en el marco del 197.º aniversario de independencia de Centroamérica.

Repercusiones más allá de lo que presupuestaba quien ideó la nota. En El Salvador pocas cosas parecen importan menos que la historia sobre los orígenes del Estado y su formación. Algo que es generalizado en la sociedad y que no se limita a las escuelas. Muchas veces los niños son el reflejo de los padres. Pero no solo se trata sobre los símbolos patrios, sino de recoger la historia del país. Saber de dónde venimos. Asumir las falencias de las generaciones que nos han precedido (no idealizar nada) y las nuestras. Saber que el progreso no se circunscribe a obras de infraestructura como carreteras, sino que avanzar en el desarrollo humano del país. En ese sentido, El Salvador llegará más que abollado al bicentenario.

Ha llovido mucho desde que Juan José Cañas y compañía entonaron el himno nacional por primera vez. Un hombre que también estuvo presente cuando se izó por primera vez la actual bandera nacional, el 15 de septiembre de 1912. Cañas encarnó a la primera generación de poetas de la república. Afortunado de ser más recordado por las letras que escribió que por actos militares. Era invitado a declamar en actos oficiales, como cuando se inauguró el primer tramo del ferrocarril en el país, de Acajutla a Sonsonate.

Pero los 15 de septiembre no solo han sido actos protocolarios y desfiles. Un viernes, el 15 de septiembre de 1882 se celebró una velada lírico literaria de la sociedad La Juventud de San Salvador, como lo retoma la acuciosa investigación presentada en el libro “El cielo de lo ideal”, de Ricardo Roque Baldovinos. En la reunión participó Rubén Darío, quien gozaría de la amistad de Cañas, y otros poetas locales. Uno de ellos Francisco Castañeda, quien expuso: “La fisonomía moral de los pueblos, su verdadera grandeza, se mide no por sus artefactos y adelantos materiales, sino que, por su intelectualidad, por los sentimientos que los dominan, por el espíritu que los inspira”.

El principio femenino

Durante milenios, las mujeres hemos sido controladas de diversas formas, a través del dinero o de nuestros cuerpos. A cambio, nosotras hemos expresado nuestra frustración y enojo con la manipulación emocional. Estoy convencida de que hombres y mujeres hemos fundado familias, comunidades y sociedades desde el desequilibrio de los aspectos masculino y femenino. Unos dominando activamente y otros pasivamente, en un juego tóxico en el que nos hemos hecho mucho daño.

Las mujeres hemos ganado espacio en un mundo diseñado por hombres. Pero hemos perdido al tratar de ajustarnos a un modelo desequilibrado de lo masculino, que expresa su poder de formas autoritarias, llenas de ego, en donde solo importa ganar, sin medir las consecuencias.

Requerimos balancear ese poder desmedido y esto solo lo puede hacer un principio femenino armonizado. Para ello es necesario asumir que este principio es integrador y se expresa mejor en espacios donde todos caben; además es potente en su vulnerabilidad y suavidad. Debemos comprender que este poder siempre ha estado ahí expresándose a través de las emociones, que lamentablemente han sido ignoradas y han operado descontroladas, contribuyendo a la toxicidad en nuestras relaciones.

El principio femenino en su forma equilibrada nutre. Alimenta la consciencia de la comunidad. Una comunidad que se respeta reconoce a sus miembros solo por el hecho de existir y cuida de cada uno de ellos en sus diferentes etapas. El pequeño es alimentado, amado, protegido y celebrado, porque representa la continuidad y el futuro. El adulto es acompañado por esta faceta femenina para que viva sus propios sueños, y desde esa plenitud contribuya a la vida creativa y generadora de su familia y de su espacio. Ese principio también corrige y advierte las consecuencias de acciones desalineadas con la tribu o que van en contra del bienestar colectivo.

El principio femenino escucha y es compasivo. Es abierto y comprensivo. Es creativo y generador. Se autocuida y sana primero para ayudar a otros después. Se estabiliza constantemente, se reconoce en cada momento. Es autoobservador. Se confronta con valentía y amor. Busca a la naturaleza para regenerarse. Escucha la voz del silencio. Observa. Tiene la capacidad de reconocer sus propios ciclos y los ciclos de la vida. Sabe cuándo es tiempo de cerrar uno y abrir otro. Su rol es gestar y originar. Está lleno de procesos y comprensiones. Todo tiene sentido para el principio femenino. Todo puede ser comprendido, sanado y regenerado desde ese lugar.

Ignorarlo, no honrarlo, abandonarlo y abusarlo son las causas de su desequilibrio y dolor. Desde ese lugar se vuelve posesivo, agresivo, controlador, y actúa con rabia porque está herido. Puede esconderse para protegerse o mostrarse manipulador; e incluso violento y devolver el dolor con abuso, perturbando las emociones, las propias y las de aquellos que lo rodean.

Las mujeres somos fuertes, emocionalmente fuertes, con una enorme capacidad de empatía y resiliencia, con un corazón capaz de proteger al desvalido. Y por ello somos las llamadas a sanar al mundo. Pero requerimos sanar al principio femenino primero. Nos urge equilibrarlo, honrarlo y abrazarlo; para mostrarlo con valentía y orgullo en los espacios que habitamos. Y además para defender y proteger a quienes siguen siendo víctimas y requieren hacer el recorrido hacia la sanidad mental y emocional que la violencia y el abuso le roban al ser.

Este es el poder del principio femenino. Este es el poder de una mujer: sanar al mundo, dar vida al mundo, un nuevo mundo