De prejuicios, crisis y redes sociales

Vivimos en una época con acceso irrestricto a información y conocimiento, en el que la denuncia de prácticas y creencias que hasta hace muy poco eran aceptadas se ha vuelto la norma. Grupos de población que antes se habían replegado frente a los abusos e irrespeto de sus derechos ahora están hablando abierta y directamente. Estamos conectados con el planeta y esto nos ha permitido ampliar la comprensión del mundo que habitamos; aunque también nos ha hecho más vulnerables a información falsa y ataques personales.

Las crisis en redes sociales son una constante. Nadie está exento. Por lo que se vuelve importante evaluar a fondo los cambios que se están produciendo en el mundo con apoyo de estas herramientas. Aquellos que ocupan posiciones públicas o liderazgos activos, o simplemente quienes aprovechan el espacio virtual para expresar sus ideas, valores o estilos de vida, enfrentan el enorme desafío del escrutinio de sus palabras y, sobre todo, de sus acciones. Ahora es requerido ser coherente y volverse ejemplo de lo que se promueve.

Además, han tomado fuerza movimientos étnicos, colectivos relacionados con el género, la sexualidad y movimientos de inmigrantes que han sido forzados a huir de sus lugares de origen en el mundo entero. Todos ellos están reclamando su derecho a recuperar y vivir sus tradiciones y valores. Asimismo, existe una serie de conceptos que no son nuevos, pero que están resurgiendo con la presencia de activistas que han ampliado su voz a través de lo digital. Hay mucho que comprender acerca de temas como la supremacía blanca, el patriarcado o el feminismo interseccional.

Sin lugar a dudas, la humanidad entera ha vivido por milenios bajo el paradigma que considera a la raza blanca superior al resto. Esta idea y otras, como que las mujeres tienen menores capacidades intelectuales que los hombres, o que los negros delinquen más que los blancos, o que los indígenas son violentos por naturaleza, han sido asumidas en el inconsciente colectivo y han sido promovidas en beneficio de unos y prejuicio de otros; convirtiéndose en verdades absolutas que muy pocos se atrevían a cuestionar hasta hace unos años. Estos prejuicios nos han llevado a deshumanizar y a creer que unas vidas valen más que otras, y esta diferenciación justificó la dominación, el maltrato, la expulsión, llegando hasta el asesinato de millones de seres humanos.

Esta es la época que nos ha tocado vivir y somos testigos de las consecuencias devastadoras en las vidas de millones de personas por causa de esos paradigmas. Nuestra responsabilidad, como mínimo, es tratar de comprender el impacto y autoanalizarnos para evaluar cómo nos han afectado y cómo hemos afectado a otros con estas creencias.

Si la intención es tener algún impacto en nuestros entornos más cercanos e incluso ampliarlos a través de las redes sociales, es deseable reconocer esta realidad y reducir el margen de enfrentar una crisis debido a prejuicios o ideas que se expresan sin haber sido evaluadas. Es recomendable autoaplicar un “doble clic” y revisar esos prejuicios ocultos que nos hacen opinar sin empatizar con realidades que, por no vivirlas, no las comprendemos. En este nuevo contexto se vuelve relevante, también, entender cómo los privilegios que una persona ha tenido (mejor educación, oportunidades laborales, protección familiar, entre otros) no son la norma para millones de individuos y, por lo tanto, es indebido creer que estas ventajas aplican igual para todos.

Escuchar para comprender a fondo cómo esos paradigmas, bajo los cuales hemos vivido y actuado, han tenido impactos en diversas poblaciones, es una forma que el ejercicio del liderazgo, desde cualquier ámbito, exige en esta época de transparencia extrema.

Ciudadanía digital para la paz

En El Salvador, cuando pensamos la seguridad pública solemos enfocarnos en su dimensión represiva. Sin duda es sumamente importante reprimir a quienes han transgredido nuestros valores más importantes como sociedad, pero también es verdad que deberíamos aspirar a más que solo castigar a los delincuentes, sino que a prevenir que estos se conviertan en tales, y a evitar, en la medida de lo posible, el hecho criminal y sus respectivas secuelas para las víctimas.

Ese énfasis represivo de la seguridad pública se encuentra íntimamente relacionado con la tendencia predominante de enfocarnos en los comportamientos y expresiones negativas de las juventudes del país, dando poca prioridad a aquellos jóvenes y agrupaciones juveniles que tienen vigencia positiva en el país y en sus comunidades.

Por otra parte, buena parte de la sociedad salvadoreña, principalmente las juventudes han adoptado aceleradamente las nuevas tecnologías como parte importante de su diario vivir. Lo hacen, principalmente, a través de su relación con los teléfonos celulares. A pesar de la centralidad adquirida por estas en la vida de las juventudes, hoy por hoy, las políticas públicas relacionadas con la juventud –y más específicamente las de prevención de la violencia juvenil– no incluyen de manera comprehensiva y coherente los aspectos relacionados con las tecnologías de la información y la comunicación.

En tal sentido, es de suma importancia la incorporación de las TIC a las políticas que van dirigidas a las juventudes y la seguridad pública en general; y la prevención de la violencia juvenil, en específico. Esta articulación con las TIC debe ser en sintonía con los estándares internacionales de protección de datos personales, el derecho a la privacidad y el derecho a la libertad de expresión, nunca en menoscabo de estos. No se trata de proponer una invasión masiva de la intimidad en pos de una seguridad que en muchas ocasiones resulta ficticia.

Se trata de unas políticas que aprovechen las TIC para estimular la cohesión social, la participación política y el acceso a la educación de las juventudes. Esto pasa por comprender la relación de las TIC y la prevención de la violencia juvenil como una inversión de mediano y largo plazo, generadora de un nuevo (ciber) espacio público en el que las juventudes se relacionen a través de reglas y valores más propios de una democracia fundamentada en sus derechos humanos.

En ese sentido, este próximo 17 de mayo se celebrará nuevamente el Día del Internet, un esfuerzo de la sociedad civil e iniciativa privada mayoritariamente, liderado por el ingeniero Lito Ibarra, que tendrá este año como tema central de reflexión: “Seamos buenos ciudadanos digitales”. Durante 10 años consecutivos han concurrido a esta celebración buena parte de los círculos profesionales, activistas, intelectuales y emprendedores ligados a las TIC del país, y en esta ocasión aprovecharán para tener un conversatorio de alto nivel con funcionarios de UNESCO sobre la prevención de la violencia juvenil a través de las TIC.

La celebración del Día del Internet se trata de un encuentro privilegiado, de una pausa necesaria para reflexionar sobre los impactos que el internet y las TIC en general tienen sobre la construcción política de nuestra nación, y sobre cómo aprovechar sus ventajas para la formación de unas nuevas generaciones con mayor capacidad de resolver sus conflictos a través de mecanismos no violentos y, por lo tanto, para construirnos una sociedad más próspera y pacífica.

No, tu pleito no es conmigo

Nunca he pensado que sos el enemigo. Mi pleito, ese que te causa risa o molestia, es que dejemos atrás los esquemas sociales y económicos que me han puesto a mí en segundo plano. Mi lucha es por ganar lo mismo que vos si hacemos trabajos iguales y tenemos la misma preparación para hacerlo. Mi bandera es que no haya más casos de mujeres golpeadas o asesinadas por sus maridos, ni niñas que deban quedarse en casa a hacer los oficios domésticos mientras sus hermanos van a la escuela, porque a ellas, por su género, se les considera un gasto.
Ya sé que no todos ustedes son acosadores. Entiendo que no todos han pensado siquiera en violar a una mujer. Estoy clara en que vos jamás me levantarías la mano. Lo que quiero que entendás es que nosotras, las mujeres, las jóvenes, las niñas, sí tenemos todas una mala historia que contar, desde algún momento incómodo de acoso hasta golpes. Y por supuesto, están todas las que nunca podrán contar lo que les pasó porque no salieron vivas de sus malas experiencias.
Sí, ustedes también sufren violencia, pero es de otros tipos. Es más común que una mujer muera a manos de su marido a que sea el hombre el asesinado por su pareja. Es más cotidiano saber de mujeres maltratadas, y te aseguro que vos mismo conocés más historias de mujeres que lo sufren, que de hombres en la misma situación. La mayor parte de las víctimas de abuso sexual son mujeres. Muchísimas son niñas. Casi en su totalidad lo han sufrido a manos de parientes o personas muy cercanas.
Es cierto también que la pobreza nos vuelve más vulnerables. Que los esquemas tradicionales de que soy la mujer y debo quedarme en casa me ponen en más riesgo de que mi pareja piense que puede decidir por mí en todo porque me mantiene, y hace más probable que yo tenga miedo de dejarlo, porque no tengo manera de mantener a mis hijos. Es verdad que la falta de educación de las niñas es un círculo vicioso de pobreza y marginación, que madres poco educadas estarán criando niños que tendrán menos oportunidades.
Y es cierto que nuestro sistema de justicia deja mucho que desear. Que existe impunidad. Que hay casos en los que la mujer acusa injustamente al hombre, pero te recuerdo, porque lo sabes, que estos casos no superan ni por cerca a todos aquellos en los que las mujeres no denuncian por miedo, o a los que se quedan a medias porque la víctima no logra continuar, porque se le expone, se le revictimiza o se le obliga a encarar a su victimario.
No, tu pleito no es conmigo. Sé que te parece inocente bromear sobre nuestros reclamos y nuestras luchas. Es un chiste nomás, pensás, no daño a nadie. Yo te escucho con tristeza, porque siempre habrá más gente que se ría de tu “ocurrencia” que personas que se pongan a pensar que a la mejor es cierto, que las mujeres pedimos igualdad porque no la tenemos. Y también admiro la inteligencia con la que armas argumentos para tratar de botar los míos. Y deseo con todo mi corazón que usés esa inteligencia para apoyar mis luchas, que si te dieras el tiempo de conocerlas, podrían identificar como tuyas.
Porque para erradicar la violencia de género, el abuso de poder, los feminicidios, no basta con que yo grite, patalee y escriba sábanas y sábanas de textos. No basta con mis marchas y mis consignas. Porque la raíz de todo esto está en la pobreza, en la injusticia, en la inequidad, en la ignorancia, y esas son cosas, querido, contra las que vos también deberías estar peleando. Si pusieras en ello todo el esfuerzo que le dedicas a criticar mis batallas, te aseguro que estaríamos más cerca de lograr un verdadero cambio para bien de todos.

Una generación dormida

El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.

Impávido y sin ofuscarse como una Suiza pobre de nueva era. Y en realidad, no hay mucho que nos distinga de los tres países centroamericanos en cuestión. Somos amplios conocedores del combustible que ha alimentado su enojo. En el caso de Nicaragua, la chispa inicial fueron protestas aisladas de universitarios contra la negligencia de las autoridades por frenar el incendio en la reserva biológica Indio Maíz, al sudeste del país (algo que ocurre en El Salvador todos los años cuando más de 5,000 hectáreas de los pocos bosques que quedan se consumen ante la indolencia de las autoridades). Pero lo que detonó las manifestaciones masivas fue la reforma previsional que reduciría las pensiones en 5 % y aumentaba las contribuciones para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Un tema del que también conocemos bastante tras un cambio mucho más radical en el sistema de pensiones del país.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban –la protección al ambiente nunca ha sido un tema popular en el país– ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales, y que, al momento de jubilarse, muchos hombres y mujeres –la gran mayoría de nosotros– que han trabajado toda su vida recibirán pensiones de hambre. Tampoco la corrupción que ha puesto en la mira de la Fiscalía a tres expresidentes. Ni la inseguridad ciudadana que afecta prácticamente todos los ámbitos de la cotidianidad. Razones sobran para salir a las calles a protestar, pero la indignación ya no carbura en El Salvador.

Hay quienes sostienen que aun es un efecto de la guerra civil. Que la gente quedó harta de la virulencia de la década del ochenta. Y con la firma de los Acuerdos de Paz, cansado, el país se fue a dormir. Un letargo que ya lleva más de 25 años (más que la dictadura de Hernández Martínez), y del que solo se despertó, momentáneamente, para oponerse a la privatización de la salud. Después de eso, estos años han sido tiempo suficiente para que sacaran el colón de circulación, se derrocharan millones en proyectos fracasados como la represa El Chaparral o el puerto La Unión, se privatizara el sistema previsional, se apostara solo por la represión para frenar al crimen, entre tantas otras medidas erradas de los gobiernos de turno.

De seguro nos juzgarán. En los libros de historia que se escribirán de aquí en 100 años, registrarán a esta como una generación dormida, indolente. Ojalá consignen que, aunque la gente no protestaba como en los vecinos centroamericanos, si se quejaban en las redes sociales. Que relean nuestros “post” y los rescaten del vacío de las redes sociales, como los historiadores de ahora buscan noticias en los periódicos del siglo XIX. Que lean nuestra indignación con cada caso que retrata el horror de la violencia o la inequidad de nuestra sociedad. Eso es lo único –lo poco– que estamos dejando hasta nuestro despertar.

Atender al conflicto

Soy una promotora del conflicto. Estoy convencida de que es una forma real y honesta de ponerle luz a situaciones, relaciones o proyectos que necesitan actualizarse y sanar. Creo también que los humanos hemos avanzado en ciencia, economía, matemáticas, física, pero seguimos siendo unos analfabetas emocionales, que hemos creído ese discurso dominante de que el estado óptimo y natural del humano es estar “siempre” feliz. Peor aún, que, bajo la influencia de las redes sociales, todos deben ser testigos de ese estado de felicidad permanente. Nada más alejado de la realidad.

En un país como El Salvador, plagado de formas y con muy poco fondo, huimos de conversaciones incómodas y de emociones fuertes, como el enojo, la frustración y la rabia. Y no es que estas últimas no las sintamos, eso es imposible. Lo que sucede es que las adormecemos con lo que sea, porque consideramos que no es “normal” sentir el dolor.

Al evitar el dolor, la cólera y otras expresiones emocionales, lo único que conseguimos es desconectarnos de nosotros mismos, fortaleciendo, al mismo tiempo, los problemas; porque sin atenderlos con claridad y transparencia lo que hacemos es alimentar con gasolina una situación que pide atención y soluciones.

Lamentablemente, en esta sociedad estamos tan acostumbrados a que estallen violentamente esos aspectos desatendidos que hemos olvidado que existen otras formas para gestionar los conflictos, que con respeto por las opiniones diversas se puede dialogar y, sobre todo, que se pueden descubrir rutas de solución que beneficien a los involucrados. Tristemente, en El Salvador vivimos estancados. Cada uno defendiendo su postura. Sin posibilidad de apertura.

Aquí se valoran demasiado las buenas formas, lo externo y lo cosmético; y se evita asumir las responsabilidades personales y de grupo ante situaciones que requieren soluciones concretas o que exigen, al menos, poner sobre la mesa los diferentes puntos de vista frente a un desacuerdo. Olvidar el pasado, darle vuelta a la página y ver hacia el futuro son solo frases vacías que buscan tapar la realidad. Porque sin la comprensión de los hechos y del impacto del pasado en el presente, solo nos condenamos a revivir, una y otra vez, ese ciclo de apariencias en el que las profundidades están plagadas de frustración, rabia y desencanto, las cuales terminan expresándose, invariablemente, en formas cada vez más violentas.

En El Salvador, somos expertos en atacar anónimamente a quienes piensan diferente a nosotros. Evitamos y bloqueamos los espacios en los que se puede abrir el diálogo honesto, sincero y transparente. Y, por falta de valentía para hablar con la verdad, contribuimos a que la sociedad se mantenga en la superficie hablando de colores y de situaciones idílicas que no tienen un asidero real. Esa falta de honestidad para evaluar otros puntos de vista siembra, en adultos, niños y jóvenes, una forma perversa de construir comunidad y sociedad, donde domina el que más grita, el que miente y el que destruye a toda costa a quien es diferente a la corriente dominante.

Esa falta de respeto por quienes piensan distinto es lo que nos está matando, porque no logramos ver el fondo de los problemas y la raíz desde donde la violencia y la superficialidad se alimentan. Requerimos poner luz en los temas más complejos, en la infinidad de conflictos que nos afectan; de lo contrario, continuaremos promoviendo esa falsa sonrisa que se pinta por fuera, pero por dentro viviremos descompuestos y presos de traumas.

¿Hemos perdido el combate contra las maras?

¿Hemos perdido el combate contra las maras? Es uno de los principales cuestionamientos que debemos hacernos si queremos abrir una discusión seria, que nos conduzca a resolver uno de los grandes problemas nacionales. Esa pregunta también es el nombre de un libro elaborado con el apoyo de la Fundación Ebert, que reúne el aporte académico de investigadores nacionales de diferentes disciplinas, que complejizan la mirada sobre el fenómeno de las pandillas, sin apresurarse a recetar soluciones, pero urgiendo a conocer mejor el fenómeno y evaluar críticamente las políticas públicas que han sido aplicadas.

El libro abre con un prólogo de Sabine Kurtenbach, investigadora del German Institute of Global and Area Studies, el cual brinda una contundente mirada externa sobre el fenómeno de las pandillas y la violencia en el país; luego dos artículos que revisan críticamente las políticas públicas y las legislaciones aplicadas al fenómeno desde 1994, a cargo de Verónica Reyna y Noemy Molina. Hasta ahora ninguna obra académica nacional había realizado una sistematización y evaluación tan completa sobre las respuestas brindadas desde las élites políticas para abordar el fenómeno.

Luego se incluyen dos artículos que analizan la forma en que los medios abordan el problema y los impactos del fenómeno pandilleril en lo mediático y cultural, considerando a los medios como actores sumamente relevantes para la compresión pública del fenómeno. El primer artículo revisa críticamente las narrativas periodísticas sobre las pandillas, producidas desde tres medios escritos salvadoreños durante 2015, a cargo de este servidor; el otro, analiza los impactos y la influencia de las pandillas en la cultura popular-masiva, a cargo de Willian Carballo. Ambos artículos tienen como orientador la necesidad de profundizar en los aspectos culturales del fenómeno.

El siguiente artículo estudia la dimensión económica de las pandillas, al profundizar sobre su viabilidad como organismos económicos, y también sobre la relación de su quehacer criminal con la economía de las comunidades y del país, a cargo de José Salguero. Después se presenta un análisis sobre la trascendencia política que ha tomado el fenómeno pandilleril en el país, bajo mi autoría; para cerrar con un artículo que analiza críticamente la conversión religiosa como forma de salida o desistencia de la vida pandilleril, a cargo de Carlos Iván Orellana.

Esa obra sugiere que es equivocado seguir pensando y actuando como si las pandillas son solo un problema de seguridad pública, también pensarlas como el único problema de violencia que tiene el país. Las pandillas no son ni el único actor violento ni la única problemática de violencia del país, y tampoco son solo un problema de seguridad o criminalística. Pero si es importante reconocer que se han convertido en el gran problema de violencia nacional.

El fenómeno pandilleril que vivimos en la actualidad se encuentra directamente asociado con los asuntos no incluidos en los Acuerdos de Paz, así como con los fracasos y las deudas de las políticas económicas y sociales aplicadas durante la posguerra. El nivel y complejidad de la violencia pandilleril actual también es resultado de las contraproducentes políticas de seguridad pública aplicadas hasta el momento, las cuales se han caracterizado principalmente por ser cortoplacistas, predominantemente represivas, pensadas en clave electoral, y, en muchos casos, contrarias con un Estado constitucional y democrático de derecho.

Sin duda, el fenómeno pandilleril es un problema político relacionado con profundos desequilibrios de autoridad estatal y de control territorial, así como con fuertes raíces culturales y económicas, el cual ya no puede ni podrá ser resuelto solo desde la política criminal. Por el contrario, seguir abordando el fenómeno solo desde su arista criminal nos hará seguir en una dinámica propia de Sísifo, alargando una especie de guerra, que ya duró una década más que la misma guerra civil de los ochentas.

El moribundo

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

Nuestro propio día cero

Parecen esperar el momento justo. Como si una cuadrilla de especialistas esperara el instante preciso para cortar el agua. Debe de ser cuando la gente menos lo espera, la sorpresa siempre es importante, y más se necesite. Como en vacaciones, cuando la mayoría de las personas están en sus casas y utilizan más de este recurso. La Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) tiene años haciéndolo y ya es experta. La última fue en esta Semana Santa, cuando varias zonas de la capital se quedaron sin abastecimiento debido a una reparación en “la línea de impelencia de 48 pulgadas de diámetro en Ayutuxtepeque y que abastece a amplias áreas del Gran San Salvador”. Después viene el anuncio sobre el restablecimiento del servicio, que si dice que será en “las próximas 24 horas”, usualmente significa el doble o incluso más tiempo.

La ANDA es una historia aparte en el imaginario colectivo salvadoreño. Demonizada por muchos y odiada por la mayoría, está asociada a la penitencia de bañarse con agua de pila o del barril; con que después de un corte de varios días, el agua venga turbia; o con cobros, muchas veces irreales, que hasta llevaron a la popularidad a una vendedora del mercado de Apopa que se viralizó en internet por insultar su mal servicio. En 2017, la ANDA fue la institución más demandada por los salvadoreños en la Defensoría del Consumidor (el 46 % de las denuncias interpuestas en el año fueron contra la autónoma), y de la cual se recuperó la cantidad de $732,263 a favor de las personas consumidoras que presentaron su reclamo.

Las quejas son abundantes y las protestas cada vez más comunes. Como los cierres de calles exigiendo un mejor servicio o la de un joven que fue a “bañarse” frente a la presidencia de ANDA, en la exclusiva colonia San Benito, y que se quedó sin agua para quitarse el jabón. Pero posterior al enojo y la molestia provocada por la falta del servicio, poco se exige para el largo plazo. Una administración mucho más transparente, eficiente y con un mayor compromiso con la población. Algo de lo que ha carecido a pesar de los discursos cada vez que se inaugura un nuevo chorro en una comunidad. El actual gobierno ha reconocido demasiado tarde que las cosas no van bien en la ANDA, un problema que viene de décadas, y decidió cambiar a su presidente. Pero el limitado margen de maniobra que tiene Felipe Rivas, quien asume el rumbo de la autónoma, le juega en contra.

Ante este panorama y ya inmersos en la carrera presidencial de 2019, es de exigir que los candidatos tengan propuestas específicas para solucionar los problemas que atañen a la ANDA, incluidas las inversiones necesarias para mejorar el servicio, y lo relacionado al acceso al agua en el país. Menos mensajes motivacionales y más de soluciones plausibles. Lo mismo para los diputados de la Asamblea Legislativa que están por asumir su período, quienes se deben comprometer de entrada en aprobar una urgente ley de agua que proteja los recursos hídricos de todo el país, y que legisle que el agua no se convierta en una mercancía más sino en un derecho universal.

Según las mismas estadísticas del Gobierno, alrededor de 1.5 millones de personas no poseen acceso por tuberías a este recurso en sus hogares. Y no solo hay que enfrentar este déficit histórico y que ha marcado a El Salvador, sino que superar el contexto mundial del calentamiento global y los períodos de sequías más prolongadas. Hoy comienza abril de 2018, mes que han marcado para que ocurra el día cero en ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una urbe completa racionalizando hasta la última gota de agua de la poca que tiene a su disposición.

Comunicar y liderar

Liderar y comunicar son dos actividades que se encuentran íntimamente relacionadas. Ambas, si se realizan con la intención adecuada, permiten establecer conexiones transformadoras entre individuos y equipos, así como descubrir significados comunes, que facilitan avanzar hacia un horizonte compartido en el que se obtienen beneficios tangibles para quienes participan de un proyecto u organización.

Desde hace varios años comprendí que había algo que estaba perdiendo vigencia con el concepto generalizado de la comunicación, que en lugar de contribuir con el desarrollo de una persona, o de una organización, estaba bloqueándolo. Ese algo es el excesivo enfoque en lo externo o el confundir la comunicación con la imagen. Si bien un edificio cómodo y adecuado o la presentación limpia y ordenada de los empleados sin duda comunica, es más potente cuando lo que se pretende transmitir está soportado por los comportamientos de un líder y de su equipo. Es decir, la comunicación es más efectiva cuando se manifiesta a través de los comportamientos de las personas y no desde la imagen que proveen las cosas.

La comunicación y el liderazgo han cambiado radicalmente en los últimos años. La inteligencia emocional, la psicología positiva, la neurociencia y el “coaching” están incidiendo fuertemente en estas actividades. Una mejor comprensión acerca de cómo operamos, creamos hábitos y nos transformamos ha puesto sobre la mesa la necesidad de enfocarse y desarrollar habilidades blandas o inteligencia emocional, que permiten a un individuo gestionar sus relaciones de forma eficiente y saludable, acompañando el desarrollo de otros.

Google aportó al mundo empresarial información valiosa acerca de estas habilidades blandas y de su incidencia en el desarrollo de los equipos. En 2009 inició el proyecto Oxígeno bajo la presuposición de que “los jefes ya no eran necesarios”. El estudio recopiló, entre los empleados de Google, más de 10,000 observaciones acerca de los gerentes, y descubrió patrones de comportamiento que convirtió en indicadores para medir y desarrollar, a través de sus programas de capacitación, el óptimo desempeño gerencial y de liderazgo. A la fecha, esta organización reporta una mejora del 75 % en el cumplimiento de los liderazgos y de los equipos, como resultado de su enfoque en esos indicadores.

Según Google y Oxígeno, estas habilidades son: (i) ser un buen coach, (ii) empoderar, (iii) mostrar interés en el éxito y bienestar del equipo, (iv) ser productivo y orientado a resultados, (v) escuchar y ser un buen comunicador, (vi) contribuir con el desarrollo profesional de los empleados, (vii) tener una visión y claridad estratégica y (viii) contar con habilidades técnicas para aconsejar al equipo.

De las ocho habilidades, seis son competencias “blandas”. Y la habilidad número uno, “ser un buen coach”, permite a un jefe o líder desarrollar el resto de competencias: escuchar y mostrar interés, comunicar para conectar, empoderar y contribuir al desarrollo del equipo. Estamos frente a un cambio de época, donde las nuevas generaciones y los desafíos provocados por la tecnología, entre otros, demandan innovación en la forma de liderar, porque no existe una fórmula única para hacerlo, y el mundo tiene muchos avances en ciencia, salud y tecnología, pero hace falta poner ese mismo énfasis de progreso en el desarrollo del ser humano.

Los nuevos liderazgos e individuos con poder para incidir en amplios grupos de personas requieren enfocarse en procesos de transformación que necesitan de tiempo y de confianza, e imprimir una actitud sincera de respeto por la individualidad y la validación del potencial de crecimiento de cada miembro del equipo.

Cuando se aceptan y se ejercitan conscientemente estas nuevas formas de liderar, se abre la puerta a una conexión más profunda y real, y como lo demostró Google, también a un cambio que beneficia a más personas. Sin duda, no es una tarea fácil y requiere cultivar una actitud mental de principiante y un estado permanente de curiosidad, que faciliten la implementación de formas diferentes e innovadoras para gestionar a las personas.

De viejos y nuevos cuentos políticos

No cabe duda de que el país, como nunca antes luego de los Acuerdos de Paz, se encuentra ávido de nuevas narrativas políticas, las cuales resultan imprescindibles para la revitalización de nuestra aún incipiente pero ya reumática y famélica democracia.
Las narrativas políticas en la actualidad continúan profundamente determinadas por la televisión y sus formatos: espectacularidad, personalización y brevedad, entre otros. Y estos formatos a su vez son propicios para narrativas más centradas en un personaje (el candidato, el presidente) y menos relacionadas con la ideología, la institucionalidad y las propuestas. Propiciando así una fuerte personalización de las narrativas políticas.
Por su parte, el descrédito de los partidos políticos, la sensación de infructuosidad que generan sus debates en buena parte de la población, así como los lenguajes especializados o innecesariamente complicados por medio de los que se comunican los órganos e instituciones de Gobierno propician la exitosa irrupción de narrativas políticas altamente simplificantes de las complejas realidades sociales.
Estas narrativas suelen decantarse por la verosimilitud antes que por la solidez y fundamentación de las propuestas y los planteamientos políticos, haciendo más importante el nombre, el eslogan o la extravagancia misma de una propuesta, antes que el desarrollo de esta. En ese sentido, el vaciamiento programático de las campañas electorales es cada vez mayor, generando una oferta política con muchas historias y sonrisas pero con pocas ideas.
Al hablar de vaciamiento programático no me refiero una excesiva racionalización de las propuestas políticas, sino a narrativas que llamen a la interacción y al involucramiento ciudadano para una discusión política más permanente sobre sus problemáticas, es decir, una participación más consciente y constante, que vaya más allá del reducido acto de votar.
Tampoco se trata de plantear una falsa dicotomía entre movilizar las emociones o apelar a la razón, teniendo que apostar por una de ambas en la construcción de narrativas políticas. Al contrario, se trata precisamente de impregnarlas correctamente de ambas, pues una comunicación que no logra comprender ni movilizar el sentir ciudadano es estéril, pero también una narrativa vacía de contenido es alienante.
No es casual que al estudiar las campañas electorales de diferentes países nos encontremos con spots y lemas bastante similares, en algunas ocasiones rayando con el plagio. Esto es resultado de las mismas recetas de un reducido y costoso grupo de gurús del storytelling mundial, vendiendo una y otra vez la misma novela –muchas veces mala- con diferentes actores, pero usualmente efectiva para lograr los objetivos electorales.
El abuso del storytelling en las campañas electorales bien podría ser un nuevo recurso ideologizante, con tendencia a convertirse en envases carentes de ideas. No es su efectividad electoral la que se encuentra en tela de juicio, sino su aporte en la construcción de sociedades más democráticas, así como su capacidad de poner a la población en sintonía con la acción política y de brindarle un genuino sentido de pertenencia política.
Las nuevas narrativas políticas que surjan o deban surgir en el país deben cuestionar la vacuidad de las narrativas que actualmente dominan, y para ello deben ser concebidas y estudiadas más allá de la persuasión y la movilización electoral, entendiéndolas como procesos comunicativos por medio de los cuales se construye comunidad política, propiciando una relación más fluida, cercana y democrática entre los representantes y sus representados.
En ese sentido, los nuevos liderazgos políticos deben contribuir a la construcción de narrativas para la transformación social del país, superando la fórmula cortoplacista del storytelling que ha dominado los procesos políticos de la posguerra, cuyo principio y fin fueron siempre las próximas elecciones.
Si no lo hacen así, están condenados a ser nuevos personajes de viejos y apestados cuentos políticos. Si lo que pretenden es solo ser candidatos para llegar a un puesto, bastará con que nos cuenten uno de los siempre infalibles cuentos de vaqueros. Pero si lo que quieren es dejar un legado, entonces es importante comenzar a escribir nuevos relatos, usando el ejemplo como su principal metáfora y tinta.