ÁLBUM DE LIBÉLULAS (193)

1579. HOLA, SAN VALENTÍN

Ahí, sobre la mesa, se halla la estampa enmarcada de San Valentín, que trajo alguna vez un pariente mayor, y su presencia ya pasa inadvertida. Pero de un tiempo a esta parte la pareja viene necesitando estímulos inspiradores y ante el enfriamiento de la relación lo primero que toma impulso es la búsqueda de consejo profesional: acudir a un psicólogo parece entonces lo indicado. Hablan y oyen durante varias sesiones, pero no surgen señales de que nada esté cambiando. ¿Habrá que resignarse a que los vínculos se vayan marchitando cada día más? Ese día es 14 de febrero, y toda la propaganda comercial lo hace sentir. Él y ella, sin proponérselo, se encuentran esa mañana frente a la mesa donde está la vieja estampa descolorida, y en ese instante dicen al unísono: “Hola, San Valentín”. Como si aspiraran un aroma sobrenatural. Remedio puro.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1581. SAN ROQUE ENTRE LADRIDOS

Vivía en la calle desde que perdió su primer trabajo y no pudo encontrar otro; y como no tenía familiares porque todos fueron desapareciendo sin dejar rastro, el único destino disponible eran las aceras con algún alero. Recogía limosnas y sobrevivía con bocados casi simbólicos. Estaba masticando cuando sintió a la par una presencia anhelante. Era un chuchito callejero, con el que compartió unas migajas, y que desde aquel momento no se apartó de su lado. El indigente se sentía acompañado por primera vez, pero entonces empezó a sufrir una debilidad orgánica sin precedentes. Aquella tarde, ya en la anochecida, el perro comenzó a ladrar con ansia, como si alguien se hubiera hecho presente, y él se puso en ascuas. Ahí se oyó la voz: “No te alarmes, amigo. Soy San Roque, y vengo a recompensarte por la forma en que tratas a uno de los míos”.

1582. JARDÍN DE SANTA INÉS

Aquella jovencita era la más hermosa y la más tímida de todo el vecindario, zona marginal infestada de peligros, como ahora se estila. Todos los jóvenes del lugar estaban detrás de ella, con intensiones posesivas de mala índole. Ella los rechazaba a todos, con un aplomo fuera de serie. Y a alguien muy cercano le confesó: “No me entregaré a nadie que no sea el que me destine la Providencia”. “¿Y cómo vas a saberlo?” “Por la forma en que me mire desde el primer instante”. Pero los días pasaban y no había indicios del elegido, y entretanto los acechos de los demás iban en aumento. Esa tarde, cuando ella volvía del instituto donde estudiaba, un grupo se puso a seguirla. Ella vio enfrente la puerta del jardín público, y ahí se coló. Adentro se topó con uno de los jardineros. Fusión inmediata. La virginidad y el jardín, lazo perfecto.

1583. SAN ALEJO SIGUE EN VELA

Como siempre, la maldad hacía de las suyas en aquel superpoblado ambiente donde nadie podía pasar inadvertido. La inmensa mayoría de los hacinados estaba ahí por delitos menores, pero eso no hacía diferencia. Cuando llegó aquel personaje notorio al haber merecido condena por delito financiero, todos los ojos se volvieron hacia él. “Este va a saber ahora lo que es vivir en comunidad de iguales”, fue la frase viral. Y como entre los reclusos había un presunto experto en magia negra, lo conminaron a que pusiera al recién llegado bajo control. El tratamiento se hizo sentir, pero con efecto contrario. El aludido empezó a mostrar señales de transformación anímica hacia lo sublime. ¿Qué estaba pasando? “No se sorprendan, almas malignas. Yo traje el mejor apoyo: una estampa de San Alejo, que vence a todos los enemigos…”

1584. GRACIAS, SANTA LUCÍA

No tenía idea de lo que aquello podía significar, pero el cuaderno abierto lo había llamado desde el primer momento con apremio familiar. Las palabras quedaban ahí, en testimonio de obediencia, haciéndole honor al aire libre que le rodeaba. Estaba en el campo, en aislamiento voluntario de todas las vanidades urbanas, y a sus amigos, con los que se comunicaba por e-mail, aquello les parecía insólito. “Estás solo, nadie te acompaña en esa soledad, ¿no piensas volver?” “Volver, ¿a qué? ¿A una soledad más profunda rodeado de personas?” “Nosotros somos tus amigos…” “Ya lo sé. Gracias. Pero aquí he encontrado un vínculo superior”. “¿Una muchacha del campo?” “De alguna manera, pero no tiene que ver con ningún vínculo carnal”. “¿Entonces?” “Es Santa Lucía, patrona de los campesinos y de los escritores: mi perfecta alianza”.

1585. SANTA DOROTEA: FLORES Y FRUTOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1586. EL ALTAR DE SAN BENITO

El diagnóstico fue una interrogante abierta. Estaba enfermo, pero no podía precisarse el mal. Lo enviaron a su casa, con un tratamiento de sostén paliativo. Ni siquiera llegaba a la medianía de la edad, y estaba solo. Sus escasos amigos llegaban de vez en cuando a visitarlo, entre ellos Alicia, que se hacía cada vez más asidua. Un día, arribó con mensaje: “Si los médicos no pueden, el Santo sí va a poder…” “¿Qué Santo?” “San Benito. Aquí traigo su Medalla, que libera de todo mal, y sobre todos de los males desconocidos… Tómala”. Él la tomó entre los dedos y la corriente de claridad le hizo incorporarse.

Instantáneas del verbo apasionado (9)

LA PRIMAVERA EN VIVO

Nos deja reinventarla cada día, siempre que sea en amorosa alianza.

EN EL FONDO HAY SITIO

Y no olvidemos nunca: solo es sitio de dos.

LÁPTOP EN VELA

Por si las palabras extraviadas hallan por fin la ruta que lleva a su destino.

YO SOY TESTIGO

Cuando los sueños se vuelven tóxicos, hay que abrirles la puerta a las vigilias inocentes.

AYER FUE SÁBADO

Y lo mejor de todo fue encontrarme contigo en la perfecta intimidad.

HOLLYWOOD 6 P. M.

En alguna esquina, Barbara Stanwyck se detiene a observar a los espectadores del presente.

TE ESCUCHO HABLAR

Y desde ahí me siento iluminado por tus intrépidos silencios.

SEÑAL DE SALVACIÓN

Es respirar contigo aunque la atmósfera no exista.

AYER HUBO EQUINOCCIO

Lo sé porque tus ojos me recordaron hoy que la luz es un círculo de altares.

HORIZONTE SAGRADO

Que podemos tocar con las manos unidas.

CELEBRACIÓN RITUAL

Las palabras aprenden a soñar en tus labios.

EL ALMA NUNCA DUERME

Así lo descubrieron los profetas en su primer contacto con el aire.

EN UNA CASA DE CARTÓN

Nos refugiamos día a día para reconquistar la inocencia del éxtasis.

LA HUELLA DEL CREPÚSCULO

Está viva en cada uno de los amaneceres más felices.

MOON RIVER

Henry Mancini sale de paseo con Audrey Hepburn hasta llegar a medianoche a la vitrina inmemorial de Tiffany.

EL VIENTO HUÉRFANO

Baja de las montañas cada día y deambula sin rumbo entre escombros urbanos.

TENSIÓN GLOBAL

Los antiguos magnates se han quedado mirando de reojo hacia su clóset prehistórico.

JARDÍN ILUSIONADO

Es el que nos recuerda a diario que las flores del tiempo siempre estarán aquí.

ESTANQUE EN CASA

Lo visito sin falta para nunca olvidar que nuestras almas son gemelas flotantes.

LA FANTASÍA ESTÁ A LA ORDEN

Y es como el arcoíris con el Sol.

PREGUNTAS INOCENTES

Las que le hace la fe a la inspiración.

NIDO DE MENSAJES

Es lo que la memoria nos entrega cada vez que subimos a reposar en su azotea.

TRIBUTO AL HEROÍSMO

Sólo un pequeño pétalo en el que encarna el arte surrealista del jardín.

SILBO ENTRE RAMAS

Es el mejor regalo de una mañana de domingo en casa.

HOLA, ELVIS

Ya es hora de que anuncies tu próxima crisálida roquera en el balcón fugaz del nuevo siglo.

QUIERO SER ETERNO

Y para eso me basta con respirar el aire que respiras.

PETICIÓN ZODIACAL

Amada mía, albérgame en tus brazos para entender la libertad del infinito.

TAORMINA EN LO ALTO

Arribamos descalzos a la ciudad que siempre nos aguarda con sábanas radiantes.

TIEMPO DE RÁFAGAS

La pasión del zodíaco parece haber hallado su domicilio ideal en esta época.

EL DESTINO REVIVE

Cuando todos sus signos convergen en un copo de confianza.

EDAD CON ALAS

Es la que nos espera en la primera esquina del fervor compartido.

BUENOS ALIADOS

Son nuestros espejismos que comparten vivencias al primer roce de destellos.

LA JUSTA COMPAÑÍA

El ángel de la guarda es quien mejor conoce los pasillos que juntos recorremos.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (192)

1571. JET LAG

La abrumadora nevada del día anterior había puesto en crisis momentánea al transporte aéreo. Había gran cantidad de pasajeros con sus maletas acumuladas a la espera de posibles llamados a abordar. Pasaban las horas y la situación no parecía salir del impase. Y en una ciudad como Nueva York las ansiedades por lo que pasaba se volvían críticas. Pero de pronto la emergencia pareció desvanecerse. Todo comenzó a circular con la normalidad de siempre. En las pistas no había ningún rastro de nieve. Los pasajeros fueron dirigiéndose a sus respectivas mesas de atención. Alguien preguntó en voz alta: “¿Qué ha estado pasando?” No hubo respuesta de los encargados, pero alguien adelantó una hipótesis: “¿No sería que los servicios estaban padeciendo el jet lag de la estación climática que se ha saltado todas sus fechas?”

1572. RESPUESTA IRRELEVANTE

Se acercó a ella lo más que permite la educación elemental entre personas que acababan de conocerse, y le preguntó con sonrisa invitadora: “¿Quieres una copa de vino?” Ella hizo un gesto de aceptación sonriente. Él entonces le preguntó: “¿Te gustaría blanco o tinto?” Ella susurro: “Tinto”. Él indagó con aire de conocedor: “¿Te gustaría un Pinot Noir de Oregon o un Pommard francés?” Ella le dio una explicación inesperada: “No importa, lo que importa es saborearlo juntos”. Él se levantó hacia el aparador de los vinos y ella lo siguió. Cuando sacaba el recipiente ella lo abrazó por detrás, haciendo que girara, y de inmediato se apretó a él, estampándole un beso largo y profundo en la boca sorprendida. Al apartarse, ella volvió a sonreír, preguntándole: “¿Qué resultó: Pinot Noir o Pommard?”

1573. LA HUELLA DEL CAMINO

Hicieron el Camino de Santiago cuando el respiro de sus ocupaciones y la convergencia de sus voluntades se hallaron a punto. Una vez concluida tal experiencia de trayectoria en la tierra había que hacer el regreso por aire. Tenían, desde luego, arreglados de antemano los pasajes para el retorno, que implicaba una parada de enlace en Madrid. Y entonces les nació un impulso insólito, curiosamente compartido en forma espontánea: “¿Por qué no completar el camino por agua?” Todos los peregrinantes se rieron de inmediato, y pareció que la idea ahí se quedaba; y ninguno volvió a hablar del asunto. Pero ya de regreso en el país, cada quién en lo suyo, la inquietud navegante siguió viva. Estaba toda la vida por delante para que aquel anhelo íntimo tomara forma.

1574. EL TRÁNSITO PERFECTO

Habían ambulado toda la tarde por los alrededores de la Plaza Mayor, sin rumbo fijo, como hay que hacer en las ciudades más cargadas de símbolos. Y ahora estaban frente a un portón evidentemente clásico, frente al que nunca habían pasado, pese a que ya tenían bastante tiempo de residir por aquellos entornos. Se detuvieron y la tentación de penetrar por ahí se les impuso como una orden superior. Antes de hacerlo levantaron la vista hacia los pisos superiores en los que se abrían los balcones de los pisos habitados. Entraron y durante varias horas no volvieron a aparecer. Ya casi en vísperas de la amanecida se escabulleron hacia afuera, como si buscaran pasar inadvertidos, aunque a esas horas nadie cruzaba por ahí. Días después, las autoridades avisadas descubrieron un par de cuerpos exánimes en uno de los apartamientos superiores. Estaban intactos. Nadie entendía nada.

1575. LOPE DE VEGA EN VIVO

Era la Iglesia de San Sebastián, sobre la calle del mismo nombre y entre la Calle de Atocha y la Calle de las Huertas. En uno de los costados de la Iglesia había una venta de plantas, de flores, de semillas y de objetos afines, llamada El Jardín del Ángel, y eso le daba al entorno un toque de naturalidad vivificante. El caminante se detuvo frente a una pequeña placa empotrada en la pared en la que se decía que en aquel templo se hallaba enterrado Lope de Vega. Se quedó inmóvil frente al recordatorio que para los transeúntes pasaba inadvertido. Eran las 5 de la tarde, el cielo invernal semejaba una copa de luz, y la iglesia estaba cerrada. De todas maneras no pensaba entrar: le bastaba con saber que adentro había un huésped sobrenatural con nombre humano. Se dirigió entonces a tomar una copa de vino a La Vinoteca, para celebrar.

1576. LO QUE BUSCABA

La imagen estaba fija en su tela sobre la pared desnuda. El lugar era un viejo convento que quién sabe por qué se había convertido en albergue para visitantes pasajeros. Todas las paredes se encontraban desnudas, salvo la de aquella imagen que nadie había identificado nunca. Se instaló ahí, para tener un pie a tierra durante aquellos días que le servirían para recorrer las comarcas aledañas. Al despertar el siguiente día se sintió inusualmente fatigado, y lo único que deseaba era permanecer en su cuarto, sin ver a nadie, recogido en la lectura de uno de los textos místicos que llevaba consigo. Así lo hizo en aquel primer día y en los siguientes. En la víspera de su partida, salió del encierro y se fue a recorrer las estancias del albergue. Se detuvo ante la imagen fija en la pared. Y entonces sólo se atrevió a susurrar: “Gracias, hermano”.

1577. LA OTRA PUERTA

Alquiló aquel pequeño apartamento en la zona de Madrid donde siempre quiso vivir: en cualquiera de las calles que convergen en la Plaza de Santa Ana, esa zona donde estuvo alojado la primera vez que visitó la ciudad, hacía ya varias décadas. Ahora, en cuanto estuvo instalado, salió a recorrer las calles aledañas, en busca de imágenes recordables que le devolvieran sensaciones difuminadas por el tiempo. Así llegó a aquella pequeña taberna donde tantas veces fue a iluminar sus emociones pasadas. Pero nada era igual a lo que fue entonces, y la sensación se le volvió nudo en la garganta. ¿Qué estaba haciendo ahí, si lo presente no tenía nada que ver con lo pasado? Iba caminando mientras se lo preguntaba, y al instante se entreabrió una de las puertas de la calle que recorría. Penetró sin titubear. Estaba en casa.

1578. MOMENTO ESTELAR

Aquella mañana, que era la de un día de descanso laboral, se halló de pronto ante un dilema: subir a la azotea o bajar al sótano. Optó, sin pensarlo, por asomarse a un balcón intermedio, casi escondido entre los pliegues de la construcción anticuada, y que era el único posible tragaluz de aquel cuarto que permanecía desocupado desde hacía mucho tiempo. Cuando abrió la persiana, el aire entró como si hubiera estado aguardando turno. Las ánimas de la terraza y las del sótano aplaudieron con entusiasmo al unísono invitándolo al encuentro en familia.

Historias sin Cuento

LOS CRISTALES DORMIDOS

Los primeros en llegar fueron los hijos llamados naturales de don Adriano, y poco después llegaron los hijos llamados legítimos. Curiosamente, la madre de los hijos tenidos fuera del matrimonio se encontró en la puerta del salón de la funeraria con la esposa del difunto. Solo se cruzaron una mirada y cada una siguió hacia donde estaba su respectivo grupo. En aquel momento, cuando el cadáver acababa de ser llevado en su caja hacia el sitio donde estaría durante la velación, no había nadie más en la sala. El silencio era total, en reproducción póstuma de una vida marcada por el rencor divisorio.

Durante las horas siguientes se acercaron los amigos a dar el pésame, y todo parecía ya normal en el ambiente de la funeraria. Llegaban también las coronas y los ramos de flores, porque el difunto había desempeñado muchos cargos públicos y privados en el curso de su vida, no muy prolongada pero sí muy intensa.

Y en lo tocante a aquella doble vertiente familiar, lo que él nunca hizo fue abrir ningún canal de comunicación entre los descendientes, un varón y una hembra por ambos lados. Así las cosas, en aquella vela se daría la primera oportunidad de verse cara a cara, aunque fuera desde cierta distancia. Y entonces se dio una especie de juego de reflejos totalmente impensable.

Las miradas del varón y de la hembra que estaban en los dos extremos, es decir, en los puestos más distantes, se cruzaron en un hilo de vibraciones. Él era el hijo legítimo y ella era la hija natural. Nadie se dio cuenta, salvo ellos.

Pasó el velorio, pasó el entierro, pasó el novenario. Después, como siempre, el silencio. Solo aquellas miradas cruzadas no cesaron. Hasta que estalló el petardo. Un romance prohibido era ya inocultable. El escándalo familiar no se hizo esperar. Y entonces ellos le echaron más leña al fuego:

—Vamos a hacernos las respectivas pruebas de ADN.

El resultado fue otra bomba:

—Aquí no hay ningún vínculo de sangre.

Todos se quedaron en silencio, con caras de circunstancias. ¿Qué significaba aquella revelación? Algo muy simple: que había ahí un juego de infidelidades. ¿Quién le había sido infiel a quién?
Ellos, los jóvenes, estaban frescos como las pascuas, y querían estar así para siempre.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Se conocieron en un curso de verano en una ciudad del sur de Estados Unidos. Eran muy jóvenes, al comienzo de sus respectivas formaciones universitarias. Él, un muchacho salvadoreño que se había destacado en la PAES y que por su aprovechamiento excelente tenía a la mano oportunidades en el exterior; ella, una muchacha española que también estaba obteniendo frutos de su inteligencia disciplinada.

Cuando el curso concluyó, tuvieron que despedirse ya con los sentimientos enlazados.

—Nos tenemos que reencontrar muy pronto, porque esto no se va a quedar aquí.

—Digo lo mismo. Nuestra vida apenas comienza.

Pero al regresar cada uno a su mundo de origen pareció que una ráfaga se llevaba los respectivos anhelos, como si fueran hojas indefensas.

Tenían sus respectivos e-mails, y así se comunicaban; pero aquel contacto en el aire no era ni por sombra el reflejo de sus experiencias cara a cara.

Así fueron pasando los meses, y las comunicaciones comenzaron a escasear. Pero en algún momento, la llama interna empezó a revivir. No comunicaron nada de aquello, como si hubiera una complicidad implícita.

Algo volvió a pasar, sin embargo, que hizo que los respectivos impulsos se diluyeran en un silencio aún más denso.

Esta vez, los recuerdos ya tenían la opacidad de lo irrecuperable, y tal sensación les produjo, sin pensarlo, una inquietud desconocida.

Aquella tarde, el aeropuerto estaba inusualmente saturado de viajeros. Él había llegado a tomar el vuelo directo que lo llevaría a Madrid.
Se acababa de anunciar que dicho vuelo estaba ligeramente retrasado, porque el avión llegaría un poco más tarde.
Él, que ya se hallaba en la puerta de salida, se fue a caminar por el pasillo comunicante.

Se encontraba frente a la vitrina de una tienda cuando tuvo una sensación visual insospechada. Giró al instante. La figura ya se había alejado unos pasos e iba rápidamente de espaldas.

Él casi corrió para alcanzarla.

—Eres tú, ¿verdad?

Ella se detuvo, evidentemente sorprendida.

—Ángel, ¿qué haces aquí?

—Ángela, ¿y tú que haces?

Se rieron como niños traviesos.

—Yo venía a buscarte porque pensé que era hora de hacerlo.

—Y yo iba a buscarte por la misma razón.

—Vengo en el vuelo de Iberia.

—Voy en el vuelo de Iberia.

Carcajadas, esta vez estentóreas. Los viajeros que pasaban los veían con curiosidad, pero ellos estaban inmersos en lo propio.

—Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó ella, dejándole la decisión.

—Tú has llegado primero, y le vamos a hacer honor a tu puntualidad…

Nuevas risas, ya con manos unidas y ojos resplandecientes.

MISIÓN DEL AIRE

Salir del ahogo carcelario, en el que había pasado tantos años después de su condena por varios delitos, se le hacía como ingresar en una atmósfera desconocida que era al mismo tiempo real e irreal.

En términos comunes, él se hallaba hoy en libertad, aunque dicho término le resultara un enigma, quizás porque nunca antes se lo había planteado como experiencia propia, ni siquiera cuando andaba haciendo de las suyas, como cipote loco, por todas las veredas que se le ponían enfrente.

En la prisión tuvo muchas lecciones, que eran luces hirientes y tinieblas desveladas en el día a día. Desde la traumática convivencia con delincuentes de toda índole hasta la sensación de encierro que por momentos se hacía sentir como entierro.

Hoy estaba ahí, puertas afuera, y casi nada le era reconocible. No tenía familia inmediata, porque muchos se habían muerto y los demás habían emigrado. Estaba, pues, más solo que nunca.
Recordó entonces lo que había leído en un librito viejo que sacó de un estante arrinconado en una de las salas del presidio: “Si quieres tener alas, deberás hacerte amigo del aire”

Y lo primero que se planteó no fue hacia dónde ir, sino qué sentir en aquel espacio abierto, que era lo perfectamente desconocido. Giró la mirada. Ahí enfrente estaba un pequeño parque descuidado, que era el único sitio verde de los entornos.
Caminó en esa dirección, y solo se necesitaban unos cuantos pasos.

Al penetrar, sintió una especie de abrazo, como de bienvenida. Una ráfaga de aire fresco circulaba entre los ramajes. Él sintió, de inmediato, que aquel era su primer contacto con la libertad. Y murmuró para sus adentros: “Gracias por invitarme por fin a tener alas”…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (191)

1563. DESDE EL PISO 11

Abrió la cortina ya cuando la mañana estaba ahí. Afuera, los altos edificios recientes alternaban con las pequeñas construcciones antiguas. Para él, contemplar ese espectáculo vertical había sido siempre, desde que llegó desde las planicies del Oeste, una especie de aventura imaginativa, que se renovaba cada noche en el convivio de las ventanas iluminadas. Ahora estaba, sin embargo, invadido por la nostalgia coruscante, y tal sentimiento repentino de seguro tenía que ver con la primera nevada del invierno, que llegaba esta vez con una suavidad envolvente, como una invitación a salir al cielo abierto. Y ahí, tras la ventana, aparecía de pronto la cabalgadura ideal: un corcel de alas extendidas, que lo invitaba a escapar con ilusión infantil.

1564. MÚSICA SACRA

El verano del trópico le entrega al aire todos los días una flor diferente. Aquel día, cuando él abrió la ventana para recibir los efluvios de la estación recién iniciada, un ansia de recogimiento le hizo temer que algo pudiera estar pasando en su organismo o en su mente. Para tratar de definir si algo de real había en aquella sensación, salió al entorno donde todo fulguraba. Era domingo y las calles estaban casi desiertas sobre todo en aquella hora tempranera. De pronto se encontró frente a un jardín que no recordaba haber visto antes, y tuvo el impulso repentino de entrar por la verjita entreabierta. Ya adentro, el jardín pareció envolverlo en un abrazo fraterno. El aire parecía un coro de murmullos sagrados. Se arrodilló, y al hacerlo una corola viva le cayó en la coronilla. El verano y el aire estaban a su lado.

1565. QUE HABLE EL VIENTO

Salió a caminar por las calles recién anochecidas en busca de la música que necesitaba para dejarle su mensaje a la muchacha recién descubierta. Él acababa de instalarse en el lugar, y lo hizo porque solo ahí encontró una habitación costeable; ella era originaria del barrio, del que nunca había salido. Se cruzaron, se vieron, y él quedó prendado en el instante. Entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna idea de la ubicación de ella, y de que ni siquiera sabía su nombre. Pasaron los días, y no volvió a verla por ninguna parte. Aquel anochecer salió con un presentimiento, que tampoco tenía forma. Iba por ahí cuando creyó escuchar un silbido no identificable. Lo siguió, y muy pronto la distinguió a ella, sonriéndole desde una banca del parquecito vecino. Se acercó, y en ese segundo la ráfaga los envolvió, ilusionada.

1566. LA PIEZA DEL FONDO

Era un albergue para personas sin arraigo y en él había ido a vivir cuando sus parientes se dispersaron por distintos motivos y razones. Le dieron a escoger la habitación que le resultara más conveniente, y él escogió la que estaba al final de la casa, limítrofe con el predio baldío que daba a la quebrada. Los encargados se la asignaron de inmediato, porque era el espacio menos apreciado. Desde su primera noche en el lugar se sintió como si estuviera en la mejor estancia imaginable, y apenas salía de ella. Cuando le llevaban los alimentos, los recibía, y de inmediato volvía a cerrar la puerta. Uno de los encargados del albergue le preguntó un día, a través de la rejita disponible, si se sentía bien. Él respondió en un murmullo: “En la mejor compañía: la maleza viva y el agua que corre. Ojalá que así sea la eternidad”.

1567. REENCUENTRO HÚMEDO

Todo empezó a pedir de boca, y por eso los besos edulcorados eran el sabor de cada día. Y lo que se auguraba era que la convivencia recién iniciada se mantendría en ese tono y seguiría así en el tiempo por venir. Pero la sal de la convivencia empezó a hacer lo suyo, aunque ninguno de los dos lo manifestara en forma identificable. Los amigos pensaban que se había extinguido la pasión, y que debajo de ella no había quedado nada. Hasta que un día nublado, de lluvia constante, ellos dos solos en la casa se miraron desde sus respectivas poltronas, con el televisor enfrente. “No me gusta esa película”. “A mí tampoco”. “¿Y entonces?” “Apaguémosla y salgamos a caminar”. “Pero si está lloviendo…” “¿Y eso qué tiene? La humedad es más dulce que la sequedad”. Se rieron como no lo habían hecho al unísono desde hacía largo tiempo. Era la mejor invitación al beso.

1568. AMOR A PRIMERA SED

Se conocieron en un parque ya casi abandonado porque el vecindario había venido a menos y los moradores solo tenían tiempo para el trabajo y para el reposo. “¿Hace poco que estás viviendo aquí?”, le preguntó él a ella. Y ella le respondió: “Aquí he vivido toda mi vida”. Él manifestó sorpresa sonriente: “¿Y eso? ¿Cómo es que nunca nos habíamos visto antes?” “Quizás porque usted es ermitaño y yo casi nunca salgo a la calle…” “Ah, entonces tenemos una afinidad muy grande. Yo trabajo como investigador virtual, y solo salgo cuando tengo que comprar alimentos y bebidas”. “Yo soy costurera de oficio y paso en mi máquina. Solo salgo a lo mismo: por agua o por comida”. Ambos se rieron, mirándose intensamente a los ojos. “Ah, pues ahorita tenés sed”. “Y vos también”.

1569. CRUCE DE ANHELOS

La familia entera estaba entre los cientos de presentes que esperaban familiares que venían en los vuelos procedentes del Norte. Cuando se anunció el arribo de la nave, las emociones se pusieron de manifiesto. Fueron saliendo los viajeros, y las escenas sentimentales se repetían. De pronto, dejaron de salir. Los que lo aguardaban a él se miraron entre sí, con la ansiedad a flor de piel. ¿Dónde estaba el que de seguro llegaría aquella noche? ¿Y qué hacer para averiguarlo? Fueron a preguntar a las oficinas de la línea aérea. Ahí les dijeron que había viajado, que había recogido su equipaje y que había salido. Entonces, al regresar a la salida, lo vieron ahí, impávido, como si los años no hubieran pasado desde que se fue. Se les acercó: “Por fin los encuentro. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Vine mil veces a esperarlos…”

1570. PASIÓN DE SABIO

Cuando concluyó sus estudios, las credenciales académicas obtenidas le proveyeron muchas posibilidades de empleo inmediato. Presentó múltiples solicitudes, pero ninguna prosperaba. Al principio creyó que era lo natural en estos tiempos, pero después le fue entrando la ansiedad de saber qué pasaba. Tomó unas vacacioncitas apaciguadoras. Se fue a un refugio en la montaña, y ahí se sintió liberado. Ahora lo sabía: su verdadera profesión era el silencio. Una profesión sin límites que solo necesitaba unos bocados al día. La clave estaba en sobrevivir en libertad.

Instantáneas del verbo apasionado (8)

FICCIÓN ASTRAL

Se volvieron astronautas porque ya no podían cumplir su ilusión de ser argonautas.

PRUEBA DE AMOR

Cuando nos vemos a los ojos en un rincón toda la claridad del infinito nos envuelve.

ENTRE RASCACIELOS

Las ventanas iluminadas andan en busca de compañía.

EFECTO INVERNADERO

Las nubes tienen la clave, pero no se avendrán nunca a compartirla con los humanos.

SABOR DE TERNURA

Lo siento sangre adentro al percibir tu cercanía a flor de luz.

EL BUEN VECINO

Ese bolero que escucho sin saber de dónde viene me recuerda que el corazón también canta.

DESDE LAS TERRAZAS

Se valoran mejor los pequeños jardines.

RITO CON MORALEJA

Lo practican a diario las gaviotas que celebran vivir entre el agua y la tierra.

MANHATTAN AMANECE

Y todas sus luces que sobreviven a la noche saludan desde los más altos balcones.

LOS OTROS DUENDES

Se hicieron presentes para enseñarnos a lidiar con los duendes irreales.

DESTINO ANUNCIADO

Después de aquella experiencia, Adán se dedicó a la horticultura orgánica.

¿HAY FINALES FELICES?

Y si no los hubiera, ¿qué importa? Lo que nunca hay que perder son los felices inicios.

SOY JARDINERO

Y cuando lo hago saber, todas las flores de los entornos me saludan en familia.

BARRIO SAN MIGUELITO

Lo sigo recorriendo a pie, como en los años heroicos.

LA PRIMAVERA EXISTE

Y si no, que lo diga la ventana ilusionada que me lo recuerda cada día.

EL BOSQUE MÁGICO

Tiene infinidad de nombres, desde Campo de Marte hasta Central Park.

TARDE EN EL MET

Las figuras de los cuadros se convierten de pronto en visitantes otoñales.

UN RÍO SUBTERRÁNEO

Recorre en el anonimato las distintas comarcas de la conciencia.

VITRAL PERFECTO

Nos aguarda en la capilla donde hicimos nuestra primera ofrenda imaginaria.

CIUDAD DE ENTONCES

Se nos hace presente cada día aunque casi nunca nos demos cuenta.

RITO PARA INICIADOS

El que cumplimos a diario con el simple hecho de respirar sin miedo.

EL SENA SIGUE AHÍ

Con la confianza inmemorial que despiertan los fieles conocidos.

LA SIMPLE VERDAD

Todos los universos posibles caben en el parpadeo de una estrella.

EFECTO EN CASCADA

Si los sueños hablan, la realidad se esconde.

EL ESPEJO ATÁVICO

Me miro en tus ojos sin otra intención que descubrir de nuevo lo que tengo sabido desde pasadas vidas.

EN EL CAMPO DE MARTE

Los árboles de bálsamo siguen hablando con la luz desde la eternidad de lo invisible.

EN RUTA

Nunca perdamos la esperanza de que un velero nos aguarda en el muelle más íntimo.

RELOJ INTEMPORAL

Cada una de nuestras horas tiene albergada en su interior una semilla de eternidad.

DESPERTAR NEOYORQUINO

La ciudad se incorpora de sus pequeños jardines privados como una deidad anhelante de recorrer de nuevo las calles más antiguas.

LECCIÓN FLORAL

Las rosas olvidadas nunca se olvidan de nosotros.

HELLO, DOLLY

Barbra Streisand y Bette Midler se encuentran en una esquina de Broadway
y se sonríen en silencio.

BAÚLES EN EL ÁTICO

Y en cada uno de ellos, escondida una lámpara que sigue siendo fiel a su destino.

TODO ES VÍSPERAS

Salgamos a pasear por los entornos a ver si descubrimos alguno de los soplos del siguiente día.

Álbum de libélulas (190)

1555. BUSCANDO NORTE

El profesor de geografía no era especialmente elocuente a la hora de describir las diversas zonas del mapamundi, y por eso aquel día cuando comenzó la clase los estudiantes se sorprendieron por el entusiasmo que mostraba. Comenzó haciendo algo parecido a una confesión: “Lo que prefiero son los espacios abiertos al aire y a la luz, y por eso me siento tan cómodo en el trópico; pero en los últimos días me ha estado naciendo la tentación de ir por aquí…” Y señalaba con los dedos un área en el norte de Canadá, al borde del Atlántico. El más avispado de los alumnos alzó la voz: “Teacher, usted quiere irse para Halifax, ¿verdad?”
—“¿Halifax? ¿Por qué se te ocurre Halifax?”
—“Porque su dedo índice apuntó hacia ahí”.
Todos se rieron, salvo el profesor, que interpretó aquello como una inocente señal del destino.

1556. FIGURAS AFINES

Alguien le preguntó una vez en algún encuentro de ocasión: “Usted no parece natural de este lugar. ¿Dónde vivió antes?”
Y él no vaciló en dar su respuesta: “En el más tranquilo de los mundos: en un cuadro clásico”. Parecía una respuesta en broma, y el que había preguntado la tomó como tal: “Entonces, viene de un museo. Será un museo famoso, me imagino”.
El aludido esbozó una amplia sonrisa que se convirtió de inmediato en mueca inocente: “Claro, es un famoso museo y está aquí a la vuelta de la esquina…”
El otro se quedó en vilo: “¿Un museo? ¿A la vuelta de la esquina? Cómo va a ser, hombre, si estamos en una suburbio donde solo hay casitas apiñadas…!”
La reacción fue casi graciosa: “Ah, entonces usted no se ha dado cuenta de que lo clásico puede estar en cualquier parte… Mírese a usted mismo: una figura surrealista que anda en busca de albergue…”

1557. MENSAJE DE ACOGIDA

Cuando estuvo en París por primera vez, uno de sus destinos favoritos era la Librería Española, ubicada entonces en el 72 de la Rue de Seine. Llegaba por las tardes, antes de acudir a los cursos de la Alianza Francesa, y ahí hacía su excursión cotidiana por las más diversas comarcas imaginadas. Era otoño penumbroso y las reminiscencias de las tierras perpetuamente radiantes se hacían más vivas. Por eso aquella tarde se detuvo en un tomo que contenía novelas escogidas de Rómulo Gallegos. Era el contraste perfecto: las brumas friolentas y los llanos despejados. Tenía en sus manos el pequeño tomo empastado en cuero de la Colección Joya de la Editorial española Aguilar, y al sentir aquel contacto se le activó en la conciencia un chip desconocido: de entre las páginas surgió un soplo de aire que le decía: “Búscame, estoy en la calle, París nos ama…”

1558. EXPLICACIÓN CONVINCENTE

Aquel jovencito acababa de ser expulsado del colegio donde estudiaba porque le habían encontrado drogas químicas en su mochila. El director lo encaró con el estilo directo que le caracterizaba: “Estás en graves aprietos, Edwin; y vas a tener que decir toda la verdad para poder evitar consecuencias mayores”. El muchacho se quedó impávido y su respuesta parecía un juego de imágenes: “Alguien que no conozco me puso eso ahí. Creo que fue en un sueño”. “¡Come on, Edwin, no estamos para bromas absurdas! Lo que te espera es la expulsión inmediata…!” Así fue. Pero el padre del adolescente, que era un señor de mucha influencia, activó gestiones para que regresara. Lo primero que hizo el retornado fue ir a ver al director: “Don Tony, aunque usted no me crea, todo pasó en un sueño. El dealer tenía alas, y por eso no me dio desconfianza…”

1559. PARÁBOLA DEL INGENIO

“Te dije que me gusta soñar, pero me lo tomaste tan a la ligera que preferí ya no hacer ninguna referencia al asunto, que para mí es cuestión de gracia o de desgracia…” Estaba diciéndoselo a la mujer de sus sueños, y por eso para él aquella declaración tenía trasfondo doloroso. Ella lo miró como si se tratara de un desconocido. “¿Soñar? A mí también me gusta, pero la vida es otra cosa”. Él no pudo evitar preguntarle: “¿Qué querés decir cuando decís que la vida es otra cosa?” “Pues eso: que para vivir hay que estar bien despierto y con los pies sobre la tierra”. Él no hizo más comentarios, porque empezaba a entender lo que necesitaba hacer. Días después, cuando volvió por la tarde a la casa llevaba un sobre en la mano. “No te ofrezco los pies sobre la tierra pero sí los pies sobre el agua… Aquí están los pasajes del crucero que haremos dentro de un par de meses…”

1560. PARÁBOLA DEL ASCENSO

Hacía largo tiempo que iba a confesarse con el padre Esteban, en la iglesita del barrio, y ya por costumbre sus confesiones parecían relatos de aventuras sin relación de pecados. El padre Esteban, comunicativo por naturaleza, le dijo un día, luego de la confesión previsible: “Estoy gratamente sorprendido de que no seas pecador, y por eso lo único que tengo que hacer es bendecir tu conducta tan pura…” Él no hizo ningún comentario, pero se quedó con el dardo clavado. En la ocasión siguiente, solo unos días después, la camándula de pecados se hizo presente. El padre Esteban volvió a comentar, luego de las absoluciones previsibles: “¡Caramba, hoy eres un pecador disciplinado, aunque todos tus pecados son veniales…: lo que estás ganando es tiempo en el Purgatorio…” Y él pensó para sus adentros: “Lo que necesito es un pecado mortal que me libere”.

1561. DESTINATARIO FINAL

Todo estaba escrito en aquellas pocas hojas manuscritas que se guardaban en la gaveta que siempre se mantuvo bajo llave. Y cuando el autor de las anotaciones se escapó por la puerta falsa, la llave quedó en la cerradura de la gaveta, como invitando a abrirla. Ninguno de los otros habitantes del lugar se dio cuenta del detalle. Así pasó el tiempo, hasta que la habitación fue rentada a un estudiante que venía del interior del país. Él estudiaba hasta muy tarde, y aquella noche, en medio del silencio, escuchó algo fragoso en el rincón al que no le había prestado atención. Fue a ver. En el interior de la bodeguita se hallaba la gaveta. De inmediato activó la lleve y sacó las hojas que estaban adentro. Era un diario íntimo. Y cuando empezó a leerlo se identificó a plenitud con lo escrito. Era su propio diario íntimo de otra vida, que estaba esperándolo…

1562. MISTERIO EDUCATIVO

Logró una beca de estudios superiores en una universidad de Nueva York, y partió hacia allí lo más pronto que pudo, con toda la ilusión de formarse al máximo posible. Y al llegar, lo primero que hizo fue ubicarse en un apartamento ínfimo en Queens, con un parque en el entorno. Empezó a estudiar, pero su lugar de destino fue aquel espacio con árboles y ardillas. Hizo todo lo posible para salir adelante en el plano académico, aunque todo fue para que su otra escuela, la del bosque, le hablara con voces cada vez más imperativas…

Ciudadanía Fantasmal (14)

EL BUEN SAMARITANO

Después de un peregrinaje en el que casi siempre tuvo que pernoctar a la intemperie, hubiera lluvia, viento o frío, aquel forastero llegó un buen día al lugar con toda la facha de ser turista peregrinante. Aunque se trataba de un hombre a todas luces en la primera madurez, por algún motivo no evidente despertaba la sensación de ser un recién llegado al plano de la aventura. Se hospedó en una sencillísima posada donde todo era casi simbólico, desde la comida hasta el mobiliario, pasando por los utensilios de alcoba, y concluyendo en el costo diario de la habitación. Pero en esta había algo que mostraba de inmediato una condición protectora inesperada: el mosquitero que pendía del techo sobre la tijera de lona.
Y cuando el forastero percibió aquel detalle, todas sus energías interiores se activaron de inmediato. Unió las palmas de las manos en un gesto de gratitud y el susurro fue como el leve canto ceremonial de un pájaro sagrado:
—¡Gracias, gracias, gracias…, tú eres para mí un benefactor providencial, que viene a recordarme que la bondad espontánea todavía existe sobre la tierra!

ETERNO RETORNO

Eran gemelos idénticos, y la identidad era tal que casi siempre los confundían, y eso les pasaba aun a sus padres. A la hora de bautizarlos, los nombres surgieron como si estuvieran esperando turno: Pedro y Pablo. Y es que, además, habían nacido el 29 de junio, Día de San Pedro y San Pablo. Fueron al mismo colegio, y por supuesto se graduaron en la misma fecha. Sus temperamentos eran muy semejantes. Tenían las mismas aficiones y les gustaban los mismos juegos. Aquello parecía un designio superior, y eso se puso de manifiesto cuando les comunicaron a sus padres lo que habían decidido como función de vida:
—Quiero ser monje y me voy a ir a un seminario.
—Yo también quiero ser monje, y voy a ingresar en el seminario.
—¿El mismo para los dos? –preguntó el padre, seguro de la respuesta.
Pero entonces llegó lo inesperado:
—No, vamos a lugares diferentes: Pablo va a un seminario en la ciudad y yo voy a un seminario en la montaña.
—¿Qué les pasa? –indagó el padre, sin poder contenerse, inquieto y sobrecogido por aquel primer desencuentro.
Ambos sonrieron, sin dar explicaciones, y así se mantuvieron hasta el día de la partida, cuando Pedro se fue durante la mañana y Pablo salió por la tarde.
Y desde aquel momento no volvieron a saber de ellos. Indagaron en los respectivos seminarios, y las respuestas fueron iguales, con las mismas palabras: “Él salió de aquí hace mucho tiempo, y no tenemos ninguna noticia”.
Entonces los padres se tranquilizaron de inmediato: era una prueba viva de que Pedro y Pablo habían vuelto a su armonía perfecta.

EL AMOR MUEVE MONTAÑAS

—¿Me amas, Aurora?
—Sí, te amo, Crepúsculo.
—¿Y entonces por qué nunca podemos coincidir en ningún lugar, al menos a los ojos de todos?
—¿Y quiénes son todos?
—Nuestros vecinos de siempre. No me vas a decir que no los conoces…
—Sí, claro, los conozco, pero no me importan.
—¿Y entonces por qué luces tan radiante cuando apareces entre ellos?
—Ah, porque ellos siempre guardan alguna imagen tuya en sus pupilas…
—¿Y quién de ellos es tu vecino favorito?
—Ya lo sabes, porque lo respiras igual que yo.
—¿El aire?
—Y también esa figura que descansa todo el tiempo en el confín.
—Ah, el horizonte montañoso.
—Sí, ese que nos espera todos los días hasta que nos encuentra.
—Es que dicen que el amor mueve montañas. Agradezcámoselo a la vida.
—Gracias, Crepúsculo.
—Gracias, Aurora.

MISIÓN INAGOTABLE

Todos los tripulantes ingresaban en la nave bastante antes de zarpar, cuando aún las luces del amanecer eran insinuaciones remotas. Esa había sido la costumbre inveterada, desde que aquel vehículo flotante recibió un nombre a la vez provocativo y prometedor: Arca de Noé.
Esta vez, la travesía estaba dispuesta para ser casi clandestina. Los tripulantes, impávidos, aguardaban al haz de la rampa de acceso el arribo de los nuevos pasajeros, que eran solo tres; y los tres tenían expresiones a la vez resignadas y anhelantes.
Llegó la hora de la partida. La luz solar estaba acercándose a su plenitud, y la nave atracada daba la impresión de estar a punto de soltar amarras. Uno a uno, aquellos a los que les tocaba embarcar en ese punto fueron haciéndose presentes desde distintos rumbos. Entonces comenzaron las tareas del despegue.
—¡Listos! –ordenó una voz de origen invisible.
Y al instante la nave tomó impulso, pero no sobre las aguas sino hacia el aire. Unos segundos después, el Arca de Noé, adaptada a los tiempos, emprendía su enésimo peregrinaje salvador de los elegidos.

EN EL JARDÍN DE AL LADO

Cuando adquirieron aquella vivienda en uno de los suburbios más progresistas de la ciudad, lo hicieron, quizás sin proponérselo conscientemente, para adquirir vivencias hogareñas contrastantes con lo que habían experimentado desde niños.
Eran gente de campo, por tradición y por arraigo; pero ahora, como efecto principal de la formación profesional y de la transformación tecnológica, buscaban un nuevo horizonte de experiencias. Él trabajaba en una empresa de exportación de manufacturas y ella en un salón de belleza de última generación. Su sueño era emigrar con futuro asegurado. Se lo confesaron mutuamente y empezaron a hacer los preparativos.
Pero en cuanto tal decisión se hizo presente, comenzaron a producirse vibraciones desconocidas alrededor. Ellos tomaron aquello como reflejo natural de la ansiedad del cambio, aunque lo raro era que la ansiedad no se les volvía consciente. Hasta que aquel domingo, día de reposo hogareño, se asomaron al reducido y bien cuidado jardín que estaba en la parte trasera de la casa, limítrofe con unos terrenos incultos.
El jardín, que cuidaban con tanto esmero, ya no era el mismo. Como en un inexplicable ejercicio de retorno, las plantas delicadas iban cediéndoles espacios a las malezas invasoras. Ellos se quedaron absortos, como a la expectativa de alguna revelación que les aclarara el presunto enigma. De un árbol frondoso en los terrenos aledaños llegó entonces el ave voladora, que fue a posarse alternativamente sobre el hombro de él y sobre el hombro de ella.
Sin hacer ningún esfuerzo entendieron el mensaje: aquel jardín era su mundo original, que estaba pidiéndoles posada en su conciencia.
Se arrodillaron como si estuvieran de pronto en la remota capilla del cantón; y con las manos unidas y los ojos húmedos prometieron al unísono y en silencio que jamás le permitirían al olvido tomar posesión de sus vidas.

Álbum de Libélulas (189)

1547. VIVO EN HALIFAX

El agua mansa del mar inmediato invita a que el otoño la acaricie. Sentado en una banca del malecón me pregunto si tal sensación es real o imaginaria. Muy cerca, un grupo escultórico en bronce dedicado al rol de los inmigrantes en un país hospitalario como Canadá pone la nota humanística que es siempre de buen augurio. Ahí, a unos cuantos pasos, está la cafetería donde venden esos espumosos que traen de inmediato a la memoria los de “El Buen Gusto” y los de “La Corona”, allá en las remotidades del pasado, cada día más frescas. Qué serenidad evocativa de celajes la que aquí se respira, y nadie diría que el recuerdo gráfico de la catástrofe del Titanic sigue tan vivo. La reflexión vespertina no se hace esperar: “El paso de una nube puede cambiar al mundo, sin importar la latitud o la estación”.

1548. VIVO EN SANTA ELENA, ANTIGUO CUSCATLÁN

Conocí la zona cuando toda ella era una finca en los alrededores de la capital. Pero de pronto la urbanización empezó a tomar inusitado impulso, y lo curioso es que eso se iba activando en la medida que la situación nacional se hacía cada vez más compleja y peligrosa. Cuando la embajada de Estados Unidos se trasladó al lugar, la señal funcionó como un imán; y cuando LA PRENSA GRÁFICA se instaló enfrente, ya no hubo duda de que el ambiente era propicio. Por mucho tiempo me alejé de esas parcelas, pero siempre hay retorno, y entonces ciertos paisajes extienden sus brazos. Soy un diplomático retirado, y ahora tengo que aceptar que mi mundo es un reducido jardín en la terraza de un apartamento encumbrado. Y la conclusión me llega sin tardanza: Qué suerte la del viajero que descubre el poder de sus raíces…

1549. VIVO EN MANHATTAN

¿Se han puesto a pensar lo que significa vivir en una isla que no tiene ninguna de las características de las islas tradicionales? Una isla pequeña donde la vida se concentra al máximo, como si todos los espejismos de la contemporaneidad hubieran llegado a instalarse en los rascacielos del vecindario. Uno aquí tiende a asumir el anonimato como una condición espontánea de vida, un anonimato que puede tener muchas identidades. Por ejemplo, la identidad de un salón de espejos. Todas las imágenes están juntas, pero ninguna de ellas tiene idea de la que está a su lado. Ni siquiera los vecinos tienen nombre, salvo en situaciones verdaderamente excepcionales. ¿Y eso qué es: libertad o soledad? Una mezcla especiosa de ambas, como en un plato de chef visionario.

1550. VIVO EN PARÍS

En un cartel ubicado en una esquina inmediata al edificio de apartamentos se anuncia una película que será estrenada muy pronto: “Les salauds vont en enfer”. “Los cabrones van al infierno”. Marina Vlady y Henry Vidal son los protagonistas. Paso frente a ese cartel cada mañana y cada tarde. Por las mañanas al ir a hacer algunas compras de supervivencia y por las tardes al ir a caminar por el Bois de Boulogne. Es otoño avanzado y el clima se va volviendo cada vez más invitador al refugio hogareño. En estos días la imagen que me acompaña mentalmente es la de Marina Vlady, en su radiante y misteriosa adolescencia. Y entonces me pregunto: ¿Quién soy yo y en qué mundo me muevo? Las posibles respuestas se me aglomeran entre las sienes, mientras veo pasar a los transeúntes anónimos desde mi balcón sobre la Rue du Château.

1551. VIVO EN APOPA

Pero no en el pueblo, sino en el vecino cantón San Nicolás, hacia el norte, rumbo a Chalate, donde las montañas tienen alma y siempre parecen estar a punto de alzar vuelo. En otra época, hace ya muchos años, estaba ahí nomás, al bajar por la calle de polvo, la línea férrea por donde fluía el tren mañana y tarde. Pero un día de tantos el tren se escapó como un animal asustado, y esa ausencia ha hecho que todo el paisaje se haya venido internando en una especie de inhóspita orfandad. Ahora, además, no se puede deambular libremente, porque los malvados andan sueltos como si aquí fuera Guanajuato, donde, según la canción, “la vida no vale nada”. El único que se mantiene impávido es el aire. Y con que él siga así es suficiente para sentirse en entrañable y rumorosa compañía.

1552. VIVO EN MADRID

El viejo Madrid, desde luego. Un día pensé: ¿Cómo será vivir en la vecindad de Lope de Vega y de don Miguel de Cervantes? Y por internet encontré un pequeño piso en las inmediaciones de la Plaza de Santa Ana. Por las tardes hago visitas a la Librería del Prado y voy a tomar vino verdejo a la Vinoteca, frente a una de las esquinas de la Plaza. En la pequeña laptop van quedando guardadas todas las emociones del momento, como en el diario íntimo de un vagabundo de los de antes. Y es que para eso estoy aquí: para vagabundear por los callejones del ensueño, donde todos los encuentros son posibles. Anoche, para el caso, mientras lloviznaba, vi cruzar a mi lado, por la acera, una figura conocida. ¡Claro, esta es la Calle Flor Baja, y en el 7 vive Amparo Rivelles: es ella! Dicen que ha muerto, pero eso es tan inverosímil como esta llovizna en el día más claro del verano…

1553. VIVO EN SORRENTO

Y lo que tengo enfrente es el Mediterráneo con su colonia flotante de milagros históricos. Al llegar al muelle hay que mirar hacia arriba, porque las áreas construidas están en lo alto. Los escalones de piedra llevan hasta ahí. 106 escalones exactamente. Uno tras otro, esos escalones son un recordatorio de que la vida es una ascensión en cadena con el correspondiente descenso hilvanado. De cada quien depende que la aventura de los escalones sea un ejercicio inspirador o una experiencia traumatizante. En el manejo de los movimientos está la clave. Entretanto, este ambiente de vibraciones gratificantes es el mejor escenario de la luz tanto externa como interna. El nuevo habitante recorre las calles sin descanso, como si se tratara de una pequeña ciudad infinita.

1554. VIVO EN UN ÁTICO

Ahora voy a entrar en el área de las confidencias esotéricas, y no por afán exhibicionista sino porque la conciencia también necesita ventilaciones periódicas. Cualquiera que me conozca me preguntaría al instante: “¿Y para qué necesitás ventilarte por dentro si ese es el trabajo que hacen los pensamientos, como venís diciéndolo desde siempre?” Y yo respondería: “Sí, pero los pensamientos también necesitan apoyo, porque además viven en un sótano, y yo vivo ahora en un ático…”

Historias sin Cuento

DESTINO EN TRES PALABRAS

Tenía la vida a su disposición, al menos en cuanto a seguridad de ingresos y a la tranquilidad de ánimo. Desde la primera infancia tuvo un plan de progreso personal, y lo fue siguiendo paso a paso, sin hablar de eso con nadie, ni siquiera con sus padres, que siempre fueron responsables de su progenie, al estilo de los viejos tiempos; es decir, imponiendo su voluntad, sin violencia pero a la vez sin comunicación esclarecedora. Él en aquel ambiente era, pues, un conocido perfectamente desconocido.

Contra todo pronóstico, tal condición le fue abriendo internamente ventanas de libertad. A través de esos cristales observaba el entorno y se iba haciendo sensible a su capacidad de eso que comúnmente se conoce como “ser alguien en la vida”. Sus compañeros de juventud, en el mundo escolar y fuera de él, lo visualizaban como un exitoso constructor de sueños.

Pero a medida que pasaba el tiempo, y aunque sus perspectivas parecieran mantenerse intactas, la sensación interior era cada vez más alejada de lo previsible. Y todo comenzaba con aquella imagen difusa que iba avanzando por alguno de los caminos de la conciencia remembrante.

En esas estaba cuando, en un encuentro formativo de emprendedores que organizaba la empresa en la que tenía posición gerencial, conoció a Francine, que se movía graciosamente por los espacios de la primera juventud. Su padre era un francés tropicalizado y ella era una salvadoreña euro anhelante. Él la observó mientras el consultor exponía las líneas básicas del emprendimiento, y al estar haciéndolo con muy poco disimulo fueron apareciendo otras imágenes en la pantalla rotativa de su conciencia.

—¿Me permites sentarme a tu lado después de la pausa?

Ella lo miró como si lo conociera desde hacía largo tiempo.

—Lo que me extrañaba es que no me lo hubieras pedido… ¿Te acordás de mí, verdá?

Él dudó.

—Eres ella.

—¡Claro, soy ella! La emprendedora perfecta. ¿Querés pasar a mi servicio?

Aquella proposición, que en cualquier otra circunstancia le habría parecido grotesca, hoy se le hacía saboreable.

—Pues claro que sí. Dime cuándo comenzamos nuestra alianza.

—Ahorita mismo, al salir de aquí –respondió ella, con risa de triunfadora.

CAMIÓN CON MERCANCÍA

Era repartidor de productos vegetales orgánicos, y para eso usaba un pequeño camión que era herencia de familia. Su padre lo había ocupado para llevar variadas cosas de venta a los cantones aledaños a su vivienda de entonces, y a él le servía para hacer el reparto por las colonias de clase media de la ciudad donde ahora residía.

Con frecuencia, los agentes policiales lo detenían para preguntarle lo que llevaba, y él ya estaba acostumbrado a tales indagaciones en estos tiempos en que la droga se camufla en todas las formas imaginables.

Aquel era un día con amenazas de lluvia inminente, y él salió un poco más tarde que de costumbre a hacer su recorrido habitual. Sin pensarlo de antemano se fue por una callecita lateral, en la que había muchas viviendas marginales. Iba pasando frente a un bloque de ellas cuando el vehículo se detuvo de súbito, como si el motor hubiera sufrido colapso mecánico.

Logró apenas orillarse a una acera deteriorada y de inmediato fue a revisar qué pasaba dentro del motor. Nada perceptible. ¿Y entonces? Algunos transeúntes se iban acercando.

—Se te murió de viejo el cacharro –le dijo un joven con pinta de colegial.

—Si querés te ayudamos a sacar los bultos –se ofreció un hombre con apariencia de obrero.

—¡Apártense, que aquí venimos nosotros!

Eran cuatro muchachos con tatuajes, que sin decir más se dedicaron a bajar todo lo que llevaba el vehículo. Cuando lo tuvieron en el suelo abrieron de prisa las bolsas y las cajas. Sorpresa para todos: no había nada adentro.

Se le fueron a golpes al motorista, pero este se escabulló como si fuera un gimnasta intrépido. Todo quedó regado ahí, salvo la mercancía inexistente, que iba a recoger cuando se dieron los sucesos. “Soy suertudo” iba pensando mientras caminaba a grandes zancadas hacia la agencia donde estaba esperándolo su nuevo pichirilo.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Nació en un poblado de la costa sobrepoblada de arboledas, creció junto a la playa de entusiasta oleajes, y ya de joven se dedicó a hacer excursiones turísticas en aquel barquito que era propiedad de un amigo de infancia. El mar era, pues, su vínculo espontáneo con la naturaleza, la interior y la que le rodeaba, y ya ni siquiera tenía que pensar en ello para vivenciarlo en el plano de lo entrañable.

Todo se mantuvo así hasta que un día de verano radiante llegó al lugar aquel grupo de excursionistas extranjeros que andaban recorriendo la zona en busca de sensaciones acordes con el paisaje que ellos se habían imaginado y que hoy tenían a la mano. Entre ellos venía aquella muchacha que era el ejemplo típico de los que hoy se conocen como turistas de mochila.

El clic emocional fue inmediato, como si una ola desconocida los envolviera de repente. El primer beso con sabor a sal atávica fue el vínculo ferviente. Y antes de que el grupo partiera había que tomar la decisión: quedarse juntos o irse juntos. La mirada de ella abrió la ruta del horizonte. Él preparó su equipaje, que era mínimo y a la vez infinito, porque en aquella pequeña caja de madera iba encerrado un copo de espuma, que era el símbolo sagrado de su nostalgia.

MILAGRO EN LA JOYERÍA

Lo vio al paso en la vitrina, y esperó que ambos salieran de la tienda de pashminas para mostrárselo a ella. Adentro Ahmed, su antiguo conocido del lugar, ya había descubierto que ellos estaban ahí y les hacía ostentosas señales de bienvenida. Pasaron al interior de la tienda de joyas, y los saludos fueron calurosos como siempre. Ahmed era un vendedor nato, y su simpatía estaba a flor de piel.

—¡Bienvenidos, amigos! Aquí tengo lo que ustedes buscan, como siempre.

Y de inmediato abrió la vitrina donde se hallaban las piedras ordenadas en depósitos transparentes. Él, como siempre, centró su atención en los topacios. Y ahí estaba uno que parecía aguardarles. “¡Este!”, dijo él de inmediato y ella sonrió. Ahmed hizo una reverencia complacida.

—Antes de envolverlo, véanlo de nuevo…

Él lo tomó en la palma de su mano derecha, y se quedó contemplándolo sin decir palabra. La escena se volvió volátil. El topacio lo miraba como si fuera el ojo benévolo del amor feliz.