Carta Editorial

Todo está relacionado. No se puede iniciar una lucha por la protección de la barrera coralina, si antes no se ha pensando en el bosque de mangle; y antes de eso, en las zonas que rodean al bosque. Nosotros, los seres humanos, somos el eslabón más problemático y complejo en la cadena. No se puede tener éxito en proteger la barrera coralina si antes no se ha pensado en cómo se le va a enseñar a los pobladores de la zona a sobrevivir sin hacer daño. Así es como se explica, a grandes rasgos, lo que sucede en el Área de Conservación de Los Cóbanos, que se extiende por seis municipios de Sonsonate y uno de La Libertad.

Hacer una intervención en favor del área de conservación siempre ha traído a cuenta la relación que los pobladores tienen con el medio ambiente. No se les puede pedir que cuiden algo y pasar por alto el hambre. Para que haya resultados favorables es indispensable convertirlos en parte de la solución y hacer con ellos que se comprometan con la causa. Nadie, al final de cuentas, quiere que se agote su fuente principal de ingresos y de modo de vida.

Se trata de un proceso de reeducación que requiere, en gran medida, de paciencia. No es lo mismo obtener frutos con químicos que hacerlo de manera orgánica. La segunda se tarda más y durante este tiempo extra que tomará cosechar, hay que saber qué hacer para subsistir. El texto escrito por el periodista Moisés Alvarado para abrir la edición de hoy es un recorrido por este camino hacia la sostenibilidad y luego el rescate de áreas boscosas.

Proteger la barrera coralina, tan hermosa como sensible, es una prioridad que deja al descubierto que antes hay que cubrir otras necesidades básicas.

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La corrupción tiene siempre el mismo principio: el de la superioridad. Ese de estar por encima de la ley para hacer lo que vaya en favor de unos pocos y en detrimento de la mayoría, a la que se le hace creer que tiene poder, cuando en realidad solo está siendo utilizada. Este es el guion con el que se han escrito las historias de los gobiernos latinoamericanos.

El trabajo colaborativo con el que abrimos esta edición es una explicación detallada de todos los hilos que se han movido, al margen de izquierdas y derechas, gracias al dinero proveniente de Odebrecht. Este es un acceso sin precedentes a la forma en la que se ha estado haciendo política durante un buen tiempo.

Odebrecht no solo ha hecho negocios oscuros con gobierno ya establecidos, también ha patrocinado las campañas de los candidatos; es decir, ha colocado gobiernos que desde que toman posesión ya le deben mucho. Cuánta ventaja.

Aquí no se trata solo de hacer más transparentes los dineros de las campañas proselitistas. Se trata de la calidad del contenido de esas campañas. Poco se ha evolucionado en este sentido. Los mensajes que se fabrican siguen siendo superficiales y encaminados más a vender cuentos de familias felices y líderes carismáticos que a dar a conocer los pormenores del funcionamiento de un eventual gobierno. Lo de Odebrecht revela que una cantidad obscena de plata se ha usado para vender espejismos.

¿Cuándo acaba la corrupción? El principio del fin de estos capítulos tan dañinos es un electorado informado que exija más de sus candidatos políticos que tan solo la popularidad. Termina con ese electorado educado en fiscalizar y en exigir por los canales adecuados el cumplimiento de lo prometido, cuando eso prometido ha sido bien expuesto y el resultado de un análisis de prioridades. Así los futuros Odebrecht quizá no la tengan tan fácil.

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Uno de los ejemplos más prácticos del poder transformador del arte son los municipios de La Palma y San Ignacio, en Chalatenango. Hace décadas, estos lugares –metidos en una zona en recuperación de un país posguerra– empezaron a destacar en el mapa gracias a los colores de un artista; uno que decidió vivir allá para pintar semillas. Y no solo eso. Llegó para colocar pinceles y pinturas en las manos de unos vecinos que en la vida habían tenido una oportunidad de ese tipo. No solo pintó, hizo escuela. Fernando Llort, quien falleció hace poco menos de un mes, transformó a otros. Formó artistas. Y dejó un legado que vivirá por siempre en las manos de los vecinos.

Esta idea de educar a través de los proyectos artísticos no es exclusiva de la pintura. André Guttfreund, cineasta, explica en la entrevista con la periodista Valeria Guzmán cómo se puede aplicar en el área audiovisual. Muy temprano en la plática habla sobre lo indispensable que es educar a las personas para llegar a obtener frutos de sus talentos.

Y ahí, justo, es en donde aparece el problema. Por tradición se invierte mucha plata en obtener resultados para presentarlos como logros de x o y gobierno. Pero son resultados vacíos, meras casualidades afortunadas, porque no llegan como colofón de un proceso educativo. No permanecen.

La frustración que Guttfreund deja ver en esta conversación no es gratuita. Pero ha sido la cosa más difícil de entender para gobernantes preocupados más por llenar de resultados inmediatistas sus memorias de labores que por dejar un legado que sí sirva de impulso para el desarrollo. Aquí hay talento, señala este ganador de un Óscar. Eso, sin embargo, no basta si no hay, a la par, un proceso formativo. De talentosos artesanos estaban llenos La Palma y San Ignacio, y nadie lo sabía, hasta que llegó Llort a encender la llama que iluminó todo.

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En la comunidad en la que crecemos, aprendemos los valores sobre los que vamos a cimentar las relaciones con las personas que no pertenecen directamente al círculo familiar, pero que son con las que compartimos un espacio bien delimitado. Esa forma de entablar afectos ocupa un buen lugar en lo que conocemos como arraigo.

La primera forma de pertenencia después de la familia –y antes de entrar al sistema escolar– debería ser esta, la que está formada por vecinos con los que se comparte domicilio y también estilo de vida. En esa vecindad aprendemos de confianza, de camaradería, de respeto y hasta de límites. Aprendemos cómo es relacionarnos con personas que aunque estén físicamente cerca, pueden estar lejos de las creencias y de la cultura de nuestra familia nuclear. En otras palabras, ese roce se convierte en una escuela de tolerancia. Lo triste es que hace rato dejamos de fomentar las relaciones comunitarias. Decidimos encerrarnos bajo el argumento de la seguridad.

Nuestro tejido social está demasiado roto. Cuando nos preguntamos por qué somos un país incapaz de levantarse a una sola voz para exigir un alto a la corrupción, tenemos que buscar la respuesta en el tipo de referentes que tenemos de comunidad y pertenencia. No hay redes, no hay solidaridad. Y en este vacío han crecido los grupos delincuenciales para satisfacer nuestra inherente necesidad de colectividad y también ha crecido la migración: se deja un espacio que no se siente propio porque no facilita el desarrollo.

En San Salvador, esta urbe furiosa y densa, hay una colonia en donde desde hace años se intenta ir a la contra del desarraigo. Aquí no solo hay un espíritu de pertenencia, sino que también hay una forma de orgullo por los objetivos que se alcanzan en conjunto. Hay una clara intención de crecer y alcanzar el desarrollo así, en grupo, entre vecinos. La Málaga, marcada por la tragedia, es ahora un experimento cuyos resultados van abriendo una vereda a la esperanza.

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El silencio no es una respuesta válida cuando se trata de educación. En un país que reporta más de 20 mil embarazos en adolescentes al año es indispensable preguntar en dónde y qué es lo que están aprendiendo sobre el cuerpo y las relaciones la niñez y la juventud. Y más importante es quién les está enseñando.

Solo un 7 % del cuerpo docente de los centros escolares públicos ha recibido capacitación para impartir educación sexual. El precio de esta deuda es demasiado alto.

Basta con mencionar palabras como vulva, pene, genitales o sexo en una aula de educación básica para que broten risitas de vergüenza y morbo. Ahí, en esos lugares que deberían ser fuentes de conocimiento, en donde deberían encontrarse las respuestas más amplias y diversas, justo ahí, este tema produce pena.

El reportaje de la periodista Valeria Guzmán revela esa contradicción del sistema. Por un lado, reconoce la fuerte carga negativa que representan los embarazos en adolescentes, pero, por otro, no entrega a los estudiantes suficientes herramientas para fortalecer el criterio y tomar las decisiones adecuadas y oportunas. En esta condición lleva décadas sin que hasta el momento se haya hecho ningún cambio significativo. Quienes más pierden son las niñas que, tras un parto, encuentran minado el camino de regreso a las instituciones educativas.

Uno de los aspectos en los que más se hace énfasis en los países que no han alcanzado el desarrollo es la permanencia de las niñas en los centros educativos. Este ha demostrado ser un indicador que revoluciona comunidades. En El Salvador es necesario abrir más las puertas hacia el conocimiento. Educación sexual no es, como dice el reportaje, enseñar erotismo. Es enseñar cómo funciona el cuerpo para fortalecer al alumnado y evitar que estos estudiantes se conviertan en víctimas sin voz de abusos y engaños. Esta es una tarea que, lamentablemente, en el país no todas las familias pueden cumplir.

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No tener agua lo cambia todo: las dinámicas familiares, el uso del tiempo, la estética de las casas, los presupuestos. Cambia hasta la percepción que la gente tiene de sí misma. Hay un sistema que condena a grandes cantidades de personas y les niega la posibilidad de contar con un servicio básico, uno por el que, además, se paga.
¿De qué depende que una colonia siempre tenga agua y otra no? ¿Cómo está diseñado ese laberinto de tuberías que conecta tanques y casas? ¿Quiénes son, en esta maraña, los más desfavorecidos? Esto es lo que busca explicar el texto del periodista Moisés Alvarado.

En un momento en el que se discuten anteproyectos de la ley de agua, es importante saber que la red de distribución ha recibido una inversión pobre en las últimas décadas, que sigue funcionando por gravedad, que la mayoría de tubos son de asbesto y que todos estos factores influyen en la calidad del líquido y en la constancia del flujo.

Así, sin recibir mayor actualización ni mejora, este sistema debe abastecer cada año a más cuentas, es decir, a más gente, con los mismos recursos. No hay manera de que funcione para todos con la misma eficacia. Entonces, se establecen unas sensibles desigualdades. Los últimos de la fila, los que están a una distancia mayor del tanque, son los que salen perdiendo siempre.

ANDA, una de las instituciones más demandadas en la Defensoría del Consumidor, tiene una oferta que hace rato le queda pequeña a la demanda. Y la demanda no deja de crecer a cada momento. ANDA no ha contado con visión ni recursos para fortalecer esta red. Hay fugas, y no solo en las tuberías. Hay fugas en el sistema al que esta institución pertenece. La corrupción alcanza un costo muy alto que pagan siempre los habitantes más vulnerables. En pleno 2018, hay gente con la vida vuelta nudo porque no tiene agua.

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Este centro de reinserción de menores está lleno de niñas que no tuvieron ninguna oportunidad de desarrollo. De ellas y su limitada existencia se supo hasta que estuvieron involucradas en delitos. ¿Por qué no se les detectó antes? ¿Cuántas más hay así, al borde de violar las leyes?

El sistema educativo, sanitario, cultural –tal como funciona en este momento– no se abre lo suficiente como para saciar las demandas de niños y jóvenes que no cuentan con una red familiar que les pueda proveer conocimiento y oportunidades de desarrollo. Así, la calle se ofrece como una de las pocas fuentes de arraigo. Y no es un problema nuevo. Lo triste es que la solución tampoco se encuentra cerca.

El reportaje de la periodista Valeria Guzmán es un reflejo de esa injusticia en la que se han perdido ya varias generaciones. Este texto describe los pasos que un grupo de niñas internas en un centro de reinserción han dado para ingresar al mundo de la música y la danza.

Quienes dirigen y mantienen el proyecto no son parte de las instituciones estatales. Son una organización aparte cuyo fin es promover el arte, justo ahí en donde más necesario es.

No hubo necesidad de convencer a ninguna para que formara parte de esto. Pese a que jamás habían tenido un instrumento musical en las manos, le entraron con ánimo y disciplina. Ahora ya saben qué es ensamblar una pieza, saben colocar las notas y trabajan en equipo con otras niñas con las que afuera no habrían podido interaccionar. La primera canción que aprendieron es una infantil y es como si se les diera la oportunidad de recuperar algo de esa niñez de ternura a la que no tuvieron derecho.

El problema, porque acá siempre hay uno, es que cuando recuperen la libertad, se acaba la música. Cuando terminen su condena, van a volver a desaparecer. Los violines son caros, las clases son caras, la educación que transforma es, por ahora, un privilegio. Esta es la base de una fórmula que nos mantiene al fondo del subdesarrollo.

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Rubén Martínez es el arquitecto que diseñó y ayudó a construir la iglesia El Rosario. También es el cerebro detrás del Cristo de la Paz y del Monumento a la Constitución. Hizo bustos: desde Roberto d’Aubuisson hasta Mauricio Funes. En una iglesia de Costa Rica hay una más de sus obras, una de 4 metros. Su carrera está llena de esos que ahora son referencia física de la ciudad, ha recibido encargos desde fuera del país y hasta ha sido imitado. Su queja, sin embargo, es la misma que la de otros artistas que han sido entrevistados en este espacio: el reconocimiento de este país que lo vio nacer ha tardado demasiado en llegar.

No es una queja hueca. No es algo que se pueda dejar pasar solo porque todos lo dicen. De hecho, debería ser motivo de mucha vergüenza que este sea el sentimiento que uniforma a quienes aquí han buscado mantener una carrera relacionada con el arte y la cultura. Dice mucho, para mal, de quiénes somos y cómo nos recibimos.
La forma en la que se construye la memoria histórica de un país está influenciada por los personajes que toman por asalto las coyunturas. Así, un texto de esta edición narra cómo la ciudad de Medellín, en Colombia, lucha por descartar del ideario colectivo la imagen romántica de Pablo Escobar como un Robin Hood y busca que ningún narcotraficante sanguinario pueda limpiar su imagen y soslayar sus crímenes entre la sed de héroes de una sociedad de posguerra.

En El Salvador nos falta dar su lugar a personajes que sean referentes con mística de disciplina y dedicación. Nos falta entregar a las nuevas generaciones información suficiente de esos personajes que, al margen de sus imperfecciones y de la ingratitud del entorno, supieron formarse, crear y dejar huella. Urge ser más justos para encontrar la ruta a la reconciliación.

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Aquello de “no se logran cambios haciendo lo mismo de siempre” es una frase que ya está dicha hasta el cansancio. Pero no quiere decir que haya sido asimilada. En materia de educación pública, en El Salvador y, prácticamente en el Triángulo Norte, seguimos haciendo lo mismo desde hace décadas. Y los resultados ni siquiera son iguales, son cada vez peores.

Una de las carencias más grandes que tiene el sistema actual es que no estimula los diferentes tipos de inteligencia. No ofrece, en general, oportunidades para abrirse a la creatividad o a la solución de problemas de manera innovadora. Y, en este sentido, la deuda más importante tiene que ver con el fomento de la lectura.

El reportaje de esta edición se basa en la cantidad de bibliotecas con las que cuentan los centros escolares públicos del país: solo 2 de cada 10 cuenta con una.

Y estar en esa lista de las que tienen biblioteca no quiere decir que se debe asumir que se usa. Hay centros escolares en donde por razones de espacio o de recursos humanos, los estudiantes no tienen acceso a los libros. Mientras los ejemplares guardan polvo y se deterioran poco a poco, se pierde con los estudiantes una ventana de oportunidad única para inculcarles el aprecio genuino por leer.

La lectura abre mundos, enriquece criterios, entretiene e influye en la formación de la personalidad. Leer no puede seguir siendo un lujo, no puede seguir siendo otra manera de segregar y de mantener gorda la brecha de desigualdad.

Este reportaje es un recordatorio más de que es indispensable ver hacia las escuelas si lo que se busca es una solución eficaz a los principales problemas sociales. En un país en el que todos los días se libran dramáticas luchas por conseguir comida y seguridad física, en las casas en donde más se necesitan, quizá no haya libros. Las escuelas deberían ser ese refugio para que los estudiantes se encuentren con todo lo que los pueda hacer mejores ciudadanos. Un libro encontrado a tiempo puede ser suficiente combustible para ampliar el horizonte.

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Esta edición podría ser un resumen a luz y sombra de qué sucede a los niños que migran a Estados Unidos. Por un lado, podrían encontrar una brillante oportunidad para desarrollar sus peculiares talentos; aunque, por el otro, podrían acabar separados de sus padres, encerrados y solos ante un juez que, en el mejor de los casos, los despachará con una orden de salida voluntaria. En cualquiera de los casos lo que uniforma es un trauma que difícilmente será superado.

Javier Zamora es un salvadoreño que, a los 28 años, ya ha estudiado en varias de las mejores universidades de Estados Unidos. Cuando tenía solo nueve años, salió de San Luis La Herradura para recorrer una ruta del migrante que se le quedó grabada como una herida de las que nunca se curan del todo.

Estudió con becas. Esas que se ganan al demostrar habilidades extraordinarias. Ese tipo de habilidades que obligan a hacer la pregunta de qué habría sido de él en el San Luis La Herradura.
Esta edición podría ser un resumen de lo que sucede a los niños migrantes. Pero, en realidad, los textos incluidos llevan a pensar más en lo que nos concierne como país: ¿por qué los niños son obligados a migrar para poder superar las enormes barreras que les impone la desigualdad?

Zamora tuvo que huir de una posguerra que ya daba avisos de ser una etapa no de reconciliación, sino que de profundización de las lesiones sociales más graves. En su reciente regreso al país, el joven se ha venido a encontrar con la descendiente de aquel proceso mal hecho: la violencia, esa por la que desde la casa de sus abuelos escuchó las balas que pusieron fin a la vida de alguien. Esa es la que lo tiene desesperado por irse a Estados Unidos. Un sentimiento que provoca buena parte de las migraciones actuales y que, para el país receptor, ya no viene siendo motivo suficiente para dar asilo.

Muchos de los niños que están llegando ahora ante un juez de Migración en Estados Unidos, solos, son menores que Zamora cuando emprendió el camino. Pero son el rostro del gran fracaso de la educación pública, de la salud pública, de la seguridad. Esas que, pese a ser conocidas como “públicas”, no alcanzan a llegar a todos. Algo que, en su momento, también Zamora representó.