Carta Editorial

Habría que empezar por aceptar el fracaso. Al menos en hacerlo habría un acto de reconocimiento y nobleza, algo que tanta falta ha hecho a lo largo de la historia de este país. La situación no solo la está apuntando la Caravana de Migrantes desesperados por irse. También lo dicen bien alto y bien claro las cuatro historias de personas con un empleo en el que no deberían pero prácticamente arriesgan la vida cada día.

Estos cuatro empleados no se encargan de labores de seguridad, y aun así han tenido que mirar a la cara a gente que, arma en mano, les exige que se vayan, que no entren, que no hagan y que no digan porque ese lugar en el que quieren desarrollar alguna actividad es territorio reclamado por ellos. Es un territorio en donde no hay Estado, solo están ellos.

Estos cuatro empleados tampoco son expertos en negociación ni en solución de conflictos, pero han sabido encontrar la manera de evitar que los maten y también realizar la labor por la que han sido contratados, ya sea que repartan tambos de gas a domicilio o que les toque dar talleres sobre violencia de género.

No se trata de ver con actitud romántica el esfuerzo de ellos y de muchos por mantener un empleo en estas circunstancias. Estas situaciones no son normales. Son aberrantes y afectan a las personas en niveles muy profundos. Hacen que tengamos una fuerza laboral lastimada y obligada a sobrevivir en medio de ambientes hostiles. Y lo hacen solos, sin denuncia, sin instituciones que los respalden. Es una tragedia diaria.

No se puede seguir negando que estas historias existen, que cada día se escribe otro capítulo oscuro al que hemos decidido solo llamar jornada laboral. Antes de dar cualquier otro paso, es necesario aceptar que se les ha fallado. Esto no es digno. Tener que trabajar en estas condiciones representa la normalización de una violencia feroz y el desprecio por la vida.

Carta Editorial

Cada vez reina más la incertidumbre y en esta situación solo se siembra hambre. Esta vez los afectados son los pensionados del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA). Se supone que las sociedades con una institucionalidad fuerte y sana persiguen que los individuos, después de una vida de trabajo, puedan disfrutar de un periodo de descanso. No hay dignidad ni nada para celebrar en que una persona entrada en años tenga que seguir trabajando para mantenerse, para comer, en todo caso.

El problema es que el sistema de pensiones estaba diseñado para depender de una cantidad de gente en activo para que alimentara con sus contribuciones el fondo común desde donde se pagaría a quienes dejaran de trabajar. Y ya no hay para tanto. La proporción entre quienes aportan y quienes, en teoría, deberían recibir el fruto de todos los años en que aportaron se ha reducido demasiado. El sistema se tambalea para todos.

La gente con sus años cumplidos para jubilarse se abstiene de hacerlo, porque no está garantizado que pueda recibir la pensión a la que tiene derecho. Y la planilla no se renueva, se reducen los espacios para que se ejecute un relevo generacional en la institución. Lo que sigue es un colapso. Uno que se traduce en atrasos en los depósitos que tienen que recibir los jubilados.

Tener calidad de vida en el país es cada vez más complicado. La gente está llegando a la edad de la jubilación con deudas, con compromisos económicos que incluyen hacerse cargo de los gastos de hijos que no logran despegar e independizarse porque no hay oportunidades de educación y empleo con salario competitivo.

El reportaje del periodista Moisés Alvarado gira en torno a esa pregunta sobre el futuro: ¿Qué tipo de vejez podemos anhelar aquí? El trabajo, aunque dignifique, no puede ser una condición a perpetuidad. Quienes están a cargo de las instituciones, quienes diseñan los sistemas, deben saber que lo que administran no son números, son vidas.

Carta Editorial

El desplazamiento forzado interno debería ser considerado como una de las mayores derrotas del Estado que hemos formado. Es la consecuencia última de una cadena de abandonos. No se les ha brindado seguridad pública, porque esa seguridad está catalogada como un privilegio al que solo se tiene acceso con dinero suficiente. No se les ha dado ninguna oportunidad para mejorar ingresos por medio de la educación y el trabajo bien remunerado. Y después de fallarles de esta forma tan cruel, se les deja solos en la desesperada huida. Son, hasta ahora, pocas las instituciones públicas que al menos han reconocido que no son casos aislados, sino que se trata de un fenómeno que afecta a cada vez más personas.

Ya no se trata solo de que una familia pase del punto A, en que recibió amenazas o ataques, al punto B, en el que se percibe más seguridad. Se trata de que ya no se encuentran espacios para garantizarle a nadie que puede estar a salvo y vivir sin sentirse perseguido y vulnerable. Las reubicaciones a veces fallan porque lo que está mal no es una parte, es todo el sistema.

El reportaje de la periodista Valeria Guzmán relata el calvario de varias familias a las que se ha condenado a un éxodo en las peores condiciones. La mayoría va en soledad. Algunos se hacen acompañar de organizaciones no gubernamentales, pero son tantos, cada día se suman más.

Las instituciones estatales no han estado a la altura de la urgencia de las familias afectadas. Han hecho más esfuerzos por minimizar la situación que por brindar una solución integral a un problema que está afectando sobre todo a niños y adolescentes. Cuando se va, la gente no solo deja una calle o una casa, deja comunidades, empleos, escuelas, familia. La gente se queda sin red, se vacía, y esta tragedia no puede seguir sepultada en el silencio.

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La de hoy es una historia acerca de saber volver. Carmen Elena Trigueros es una artista que ha sabido empapar sus obras con un contundente mensaje. Lo mismo coloca una bandera gigante en el monumento al Salvador del Mundo y la lava con un uniforme de empleada doméstica que vende sus pinturas a extranjeros. No siempre tuvo así de claras las acciones a emprender. Como muchas, a su vocación artística la atravesaron la maternidad y el hogar. Y más allá de eso, volvió. Volvió a lo que le gusta hacer y en donde se siente plena.

La instalación en el Salvador del Mundo se llamó Lavandera, “y buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos; aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza”, como señala la artista.

El reportaje de esta edición es un repaso íntimo de la vida de esta artista que ha buscado ejercer en un país que no es dado a consumir manifestaciones culturales, pero que poco a poco va cambiando y va enfilando su mirada hacia el trabajo de gente como Trigueros, con propuestas innovadoras que reflejan muchas de las emociones salvadoreñas.

De Trigueros llama la atención esa insistencia por no dejarse vencer ante las adversidades. La vida de esta artista salvadoreña hace destacar a la educación como una de las claves para abrir el horizonte y para hallar la mejor forma de alcanzar el desarrollo personal y también del país.

Trigueros ha alcanzado un equilibrio que le permite ahora hablar desde un balcón acerca de todas esas actividades que amarran a las mujeres y que hacen difícil el tránsito hacia la vocación: “Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba los hijos. En cambio, a mí todo eso me tocaba hacerlo sola”. En esto resume mucho de lo que aún hay que cambiar.

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Hoy Monseñor Óscar Arnulfo Romero llega a la más alta distinción que puede otorgar la Iglesia católica: la santidad. Y ojalá que pasara lo mismo con su lucha por los derechos humanos, la misma que lo llevó al martirio. Pero El Salvador nunca ha podido dejar atrás las desigualdades y las injusticias que él destacaba en sus homilías. Este sigue siendo un país que castiga la pobreza, que excluye, que discrimina y que tiene un sistema gordo y sano muy dispuesto a mantener la impunidad. Este sigue siendo ese país que Romero denunciaría con esa fuerza en la voz que nace del dolor empático.

Su nombre es ahora conocido en todo el mundo. Sus palabras son citadas por cualquiera que pretenda venderse como correcto. La figura de Romero ha pasado por un proceso que la ha convertido en un símbolo aceptado, ese del que cualquiera se puede apropiar en público para verse bien y ganar simpatías. Pero parafrasearlo y colgar su imagen no significa, como hemos visto ya, compromiso. Romero es conocido, sí, pero su causa, su preocupación, el verdadero sentido de lo que dijo e hizo son interiorizados por muy pocos.

“El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una persona que me amó tanto, que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo”, dijo en una de sus homilías en 1977 el que ahora es el salvadoreño más universal. En la entrevista que hemos incluido en esta edición, José Simán, amigo de Romero, destaca ese amor que sentía por las personas a las que la sociedad marginaba y sigue marginando. Ese sentimiento era lo que lo impulsaba a pedir el fin de la represión y que no se cumplieran las órdenes que implicaran matar.

Ojalá que en esta ola de popularidad que genera la canonización, su palabra deje de ser parte de los discursos vacíos de políticos y gobernantes y se convierta en vida. Vida para entregarla a buscar que educación, salud y justicia adquieran también ese carácter universal.

A Romero, el país que tenemos le seguiría causando dolor.

Al país que tenemos, un Romero con voz plena y sin miedo le seguiría pareciendo incómodo.

Carta Editorial

Tras la matanza de 1932, en Izalco, Sonsonate, al país apenas le quedaron raíces. Lo poco que sobrevivió se escondió y, desde esa penumbra, se perdió presencia, respeto y autoridad. Desde entonces, lo indígena ha sido apartado y torcido. Sin liderazgos claros desde hace décadas, se toma como una postal, una danza, una manta, el “color” para un evento. Ni de cerca como identidad.
No se puede hablar de un serio apoyo a las causas de los pueblos originarios si la palabra “indígena” sigue siendo utilizada con desprecio o, en el peor de los casos, como insulto. Muy significativo es, por ejemplo, que las viviendas de los últimos nahuahablantes calcen en las características de pobreza extrema.

Hay esperanza, sin embargo, en acciones como la que se puso en marcha en otro municipio de Sonsonate: Santo Domingo de Guzmán. Ahí, el náhuat se ha vuelto a llenar de vida entre las voces de niños entre los tres y los cinco años.

El nombre de esta guardería es Cuna Náhuat. El fotoperiodista Franklin Zelaya ilustra la historia que se escribe en estos salones de clase en donde quienes guían son mujeres que hablan náhuat. Ellas han encontrado en este proyecto no solo una manera de mantener viva una lengua, sino que también una forma de empleo formal que muy pocas veces se encuentra en estas zonas.
Por donde se mire, Cuna Náhuat es un emprendimiento, una chispa muy necesaria para fortalecer los arraigos. El problema, como pasa con casi todo, es lo que sucede al cabo de uno o dos años con estos niños que llevan la semilla del náhuat: no hay continuidad. El sistema escolar mantiene una enorme deuda con municipios como este, en donde los temas de identidad deberían conjugarse más en presente.

Carta Editorial

A medida que se acercan las campañas electorales, los espacios públicos se van llenando de candidatos hablando, candidatos opinando, candidatos prometiendo. Y estaría bien, si toda esa parafernalia fuera producto de antes haber escuchado. No puede haber propuestas adecuadas y certeras si no hay un conocimiento profundo de las crisis por las que atraviesa la gente en los cordones de mayor vulnerabilidad. Uno de esos tantos es el de los agricultores.

Ahí, en medio de todos los cálculos oficiales de pérdida de cosechas que se han hecho hasta ahora en las instituciones de gobierno, están bordadas tragedias de familias enteras que, sin temor al cliché, lo han perdido todo en un mes completo en el que no llovió. Ahí están las deudas de $100 o $300 que van a ser impagables porque la milpa no dio, se secó y no sirvió más que para picarla y darla a los animales.

La sequía ha desolado los campos de varios municipios. Y el problema no es solo la irregular temporada lluviosa. Los fenómenos meteorológicos no se pueden detener o controlar a antojo. Lo que sí se puede hacer es atenuar el impacto en las poblaciones. Y esto último es la injusticia que se ha cometido con el sector.

Las angustias interminables de miles de familias que la iban pasando gracias a la agricultura de subsistencia son producto del abandono sistemático del campo y sus necesidades especiales. Los municipios vulnerables están catalogados como tales desde hace años, pero no se han ejecutado ahí estrategias que protejan de manera efectiva a estas familias. El resultado para ellos no será otro que el hambre.

Cualquiera que quiera tener un cargo de elección popular debería acercarse a estos municipios vulnerables a los cambios climáticos con actitud de respeto a escuchar sus problemas y, con base en eso, establecer líneas de acción. El cambio climático va a seguir afectando los períodos de lluvia, no se puede seguir sembrando como hasta ahora. No se puede seguir dejando a los agricultores en riesgo de hambre.

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Al margen de lo que digan las leyes, la educación sigue siendo un privilegio en El Salvador, es eso que pocos alcanzan en plenitud. Y es uno en el que la exclusión no llega dada solo por dinero. También hay limitaciones de territorio, de distancia, de instalaciones y de acceso. A veces, recibir educación en este país se parece más a una carrera de obstáculos.

Y pasar por esta carrera se vuelve todavía más difícil cuando se es parte de una minoría. El reportaje que abre esta edición, escrito por Valeria Guzmán, describe todos esos mecanismos por medio de los cuales se les ha negado históricamente a las personas sordas el derecho a superarse por medio de la educación formal.

El reportaje internacional es una colaboración del periódico La Nación, de Costa Rica, y cuenta todas las vicisitudes que pasan las personas pequeñas en un mundo que no les concede ninguna adaptación. Mucho de lo que han logrado, de acuerdo con el texto, es fruto de un esfuerzo propio o familiar. Algo que es destacable, pero que no se puede calificar como idóneo.

Si las leyes que nos definen a todos como iguales fueran palabra viva, una discapacidad física no debería ser razón para la exclusión educativa o social. Sin embargo, en El Salvador hay solo cinco centros escolares para no oyentes. Están ubicados en San Salvador, San Miguel, Sonsonate, Santa Ana y Cuscatlán. Todas zonas urbanas, lo que supone para quienes se encuentren en la periferia una distancia que muchas veces es insalvable por tiempo o por dinero.

No se puede ver con ojos románticos los esfuerzos enormes que logran hacer algunos sin despertar la conciencia de que esos esfuerzos se podrían aprovechar mejor si los servicios funcionaran como debieran. Gran parte de lo que nos tiene hundidos en los últimos puestos de los indicadores sobre desarrollo es la insuficiente inversión en educación pública. Esta ha sido la fórmula con la que un derecho básico ha acabado convertido en privilegio.

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Todo está relacionado. No se puede iniciar una lucha por la protección de la barrera coralina, si antes no se ha pensando en el bosque de mangle; y antes de eso, en las zonas que rodean al bosque. Nosotros, los seres humanos, somos el eslabón más problemático y complejo en la cadena. No se puede tener éxito en proteger la barrera coralina si antes no se ha pensado en cómo se le va a enseñar a los pobladores de la zona a sobrevivir sin hacer daño. Así es como se explica, a grandes rasgos, lo que sucede en el Área de Conservación de Los Cóbanos, que se extiende por seis municipios de Sonsonate y uno de La Libertad.

Hacer una intervención en favor del área de conservación siempre ha traído a cuenta la relación que los pobladores tienen con el medio ambiente. No se les puede pedir que cuiden algo y pasar por alto el hambre. Para que haya resultados favorables es indispensable convertirlos en parte de la solución y hacer con ellos que se comprometan con la causa. Nadie, al final de cuentas, quiere que se agote su fuente principal de ingresos y de modo de vida.

Se trata de un proceso de reeducación que requiere, en gran medida, de paciencia. No es lo mismo obtener frutos con químicos que hacerlo de manera orgánica. La segunda se tarda más y durante este tiempo extra que tomará cosechar, hay que saber qué hacer para subsistir. El texto escrito por el periodista Moisés Alvarado para abrir la edición de hoy es un recorrido por este camino hacia la sostenibilidad y luego el rescate de áreas boscosas.

Proteger la barrera coralina, tan hermosa como sensible, es una prioridad que deja al descubierto que antes hay que cubrir otras necesidades básicas.

Carta Editorial

La corrupción tiene siempre el mismo principio: el de la superioridad. Ese de estar por encima de la ley para hacer lo que vaya en favor de unos pocos y en detrimento de la mayoría, a la que se le hace creer que tiene poder, cuando en realidad solo está siendo utilizada. Este es el guion con el que se han escrito las historias de los gobiernos latinoamericanos.

El trabajo colaborativo con el que abrimos esta edición es una explicación detallada de todos los hilos que se han movido, al margen de izquierdas y derechas, gracias al dinero proveniente de Odebrecht. Este es un acceso sin precedentes a la forma en la que se ha estado haciendo política durante un buen tiempo.

Odebrecht no solo ha hecho negocios oscuros con gobierno ya establecidos, también ha patrocinado las campañas de los candidatos; es decir, ha colocado gobiernos que desde que toman posesión ya le deben mucho. Cuánta ventaja.

Aquí no se trata solo de hacer más transparentes los dineros de las campañas proselitistas. Se trata de la calidad del contenido de esas campañas. Poco se ha evolucionado en este sentido. Los mensajes que se fabrican siguen siendo superficiales y encaminados más a vender cuentos de familias felices y líderes carismáticos que a dar a conocer los pormenores del funcionamiento de un eventual gobierno. Lo de Odebrecht revela que una cantidad obscena de plata se ha usado para vender espejismos.

¿Cuándo acaba la corrupción? El principio del fin de estos capítulos tan dañinos es un electorado informado que exija más de sus candidatos políticos que tan solo la popularidad. Termina con ese electorado educado en fiscalizar y en exigir por los canales adecuados el cumplimiento de lo prometido, cuando eso prometido ha sido bien expuesto y el resultado de un análisis de prioridades. Así los futuros Odebrecht quizá no la tengan tan fácil.