Carta editorial

Lo que se lee en el reportaje que abre esta edición es la necesidad suprema de hacer transparente la gestión pública. A lo largo de la historia de este país ha habido muy pocos intentos por involucrar a la ciudadanía en la manera en la que se invierte y se mueve el dinero público. No ha habido una gestión efectiva para aumentar el interés de la gente en la manera en la que los gobiernos trabajan desde un punto de vista técnico. Solo los escándalos hacen volver la mirada hacia los aspectos administrativos, y no, no es lo correcto.

Un Gobierno que hace bien las cosas debe ser un gobierno de puertas abiertas, que permita a cualquiera no solo el acceso a la información, sino que también brinde espacios adecuados para increpar y para mostrar desacuerdos. El Salvador, hasta la fecha, no ha visto nada así.

En el reportaje titulado “Las millonarias empresas que cabían en una oficina”, el periodista Moisés Alvarado explica cómo, según lo expuesto por la Fiscalía General de la República, grandes cantidades de dinero público fueron a parar a empresas cuya formalidad ha quedado en entredicho y que no tenían ni una sede con suficiente capacidad para realizar las acciones que alegan.
La transparencia no es un accesorio ni es una deferencia. La transparencia es indispensable en toda acción que lleve a cabo un gobierno democrático. La clave para evitar cualquier caso de corrupción pasa por entender que es necesario eliminar cualquier pasillo oscuro dentro de la administración pública. No debería haber ahí nada qué ocultar a la población, la cual aporta el dinero con el que ese aparato funciona.

Los gobiernos están obligados a rendir cuentas y a explicar cómo caben, dentro de sus sistemas, empresas como las descritas en el reportaje de esta edición.

Carta Editorial

Una de las maneras más efectivas para controlar la delincuencia de altos vuelos es afectar sus mecanismos de acumulación de riquezas. Este es el espíritu que rige normas como la Ley de Extinción de Dominio y es también lo que genera el nacimiento de instituciones como el Consejo Nacional de Administración de Bienes (CONAB).

El objetivo no es solo golpear las finanzas de la delincuencia organizada, sino que también dotar a los Estados de más recursos. Hacerlo, sin embargo, implica no solo blindar a los funcionarios a cargo contra la corrupción, sino que también que estos funcionarios adopten mecanismos para ser eficientes en la administración de lo incautado, sobre todo cuando son empresas en activo.

El Salvador está en un momento en el que debe probar que puede convertir una crisis en el combustible necesario para sacar provecho máximo de las leyes dictadas y de lo que instituciones como el CONAB pueden hacer si se les deja trabajar.

En esta primera edición de un año que se plantea como crucial en aspectos como el electoral, arrancamos con este tema que, pese a que no genera las empatías de una historia, es de una indiscutible importancia. El abogado costarricense Dennis Cheng es el director del Proyecto de Bienes Decomisados en América Latina (BIDAL), organismo perteneciente a la Organización de los Estados Americanos (OEA) y desde junio de 2017 trabaja como asesor del CONAB. En esta entrevista realizada por Moisés Alvarado desmenuza un diagnóstico en el que explica qué es lo que gana el país con el trabajo de esta institución. Pero, también advierte sobre la falta de reglamentos que dejen en firme los procedimientos a seguir. Una sociedad que busque soluciones a largo plazo debe también adquirir el compromiso de informase acerca de cómo fiscalizar mejor.

Carta Editorial

Fue impulsada por varios picos a lo largo del año, uno de ellos, la marcha de mujeres en Washington. La palabra elegida como la más buscada de 2017 fue “feminismo”. En concordancia con esto la revista Time eligió como personaje del año a “las que rompieron el silencio” en contra del abuso sexual en Hollywood. Estas son solo un par de muestras de que el que hoy acaba ha sido un año trascendental en la lucha en contra de las injusticias de género.

Este tema ha atravesado muchas de nuestras publicaciones de manera integral. No nos hemos ocupado solo de los abusos y las inequidades en contra de las mujeres, desde nuestras páginas también hemos hecho aportes para corregir las deudas que tienen que ver con dar créditos y con amplificar la voz de las que, con su trabajo, han marcado la historia del país.

Así, hemos escuchado con claridad a mujeres como Claribel Alegría, María Isabel Rodríguez, Guadalupe Mejía y hemos podido estudiar con más detalle el importante papel de Maya, Aída y Olga Salarrué. Ellas, las que ocupan la última edición del año, son algunas de todas las que nos han dejado importantes lecciones a lo largo de los 53 domingos de 2017.

Vayan desde acá los agradecimientos a nuestros lectores que nos hacen llegar sus opiniones y nos confirman que no ha muerto ni se ha perdido el interés en consumir el periodismo con el que estamos comprometidos.

Nuestros columnistas han sido, por su parte, una pieza fundamental para entender mejor el mundo que tenemos. La variedad de sus voces y la consistencia con la que abrazan sus causas no hacen más que enriquecer el criterio.

En 2018 llega nuestro décimo aniversario y esperamos seguir contando con todos los aliados que nos han hecho crecer.

Carta Editorial

Esta edición reúne historias de fracaso. Desde Chile y desde El Salvador se han escrito relatos sobre lo difícil que es apostarle a una idea y no rendirse con los primeros o con los subsecuentes tropiezos. Allá, en Suramérica, el protagonista es un chef. Y aquí, desde Caluco, la que se niega a que su cuento termine en que no pudo es una mujer de la tierra, de la agricultura.

Lo que hace falta destacar entre estas dos historias tan diferentes entre sí es que ninguno de los dos abandonó cuando llegaron los tiempos difíciles: ni el chef cuando a su restaurante no llegaba ni un solo comensal, ni la agricultora cuando se le secaron las primeras siembras.

Innovar no es fácil. Buscar instalar en sistemas cerrados, como los de los países latinoamericanos, algo distinto es más difícil que en cualquier otro lado. Pero hay gente, como este hombre y esta mujer, que no se meten a esto para ganar, sino que entran con la completa seguridad de que antes de alcanzar algo, van a tener que trabajar mucho. Y así lo siguen haciendo.

Para el chef, el tiempo de cosecha ya llegó. Ha logrado entrar en la lista de los mejores restaurantes del mundo y se ha ganado un respetable espacio sirviendo platos que, ante todo, son originales y llamativos.

Ella, por su lado, no se piensa rendir en su meta de promover el cacao como cultivo, ya que estas tierras ofrecen múltiples ventajas.

Cada vez más, El Salvador necesita ampliar y renovar sus arraigos. Necesita gente que levante pasiones, las defienda, las conquiste y sirva de ejemplo para que otros no renuncien ni se dejen vencer. Estos son los ideales indispensables en las revoluciones que necesitamos llevar a término.

Carta Editorial

Zaragoza, en La Libertad, no es un municipio por donde se pueda andar por cualquier lado. La delincuencia ha colocado límites que vuelven pesado el ambiente y que obligan a sus habitantes a desarrollar un instinto extra de autoprotección. Zaragoza no es un municipio que viva en paz. En medio de este panorama, hay un grupo de personas que se toma mucho esfuerzo por mejorar las condiciones estructurales de una de las zonas más populosas de ese lugar. En medio de una situación de seguridad pública complicada, hay gente a la que le interesa seguir viendo a Zaragoza como un hogar, como su lugar de arraigo.

Alicia Montano y Norma Díaz son parte de un grupo de personas involucradas en conocer los pormenores de un proyecto de ampliación de tuberías de agua lluvia en la colonia Jardines de Zaragoza. Los problemas de inundaciones en cada época lluviosa comenzaron hace unos 10 años y se han ido complicando junto con el aumento de la población.

Ahora, cuando la alcaldía municipal ha puesto en marcha las obras, los vecinos han empezado de forma paralela el proceso para obtener información que les sirva para confirmar que estas son las obras que necesitan para ya no tener que estar viviendo calvarios cada vez que llegan las lluvias.

El proceso ha sido más complejo de lo que esperaban. Porque pese a que El Salvador ha suscrito compromisos en favor de la transparencia, la gobernabilidad y la participación ciudadana, en la calle tener acceso a la información que es pública como tal sigue siendo una lucha en contra de las arbitrariedades.

Carta Editorial

“Antes de empezar a leer libros de letra corrida, me fasciné con las revistas de historietas. La palabra, mi instrumento de expresión, se vio excitada por ese otro instrumento que aparentemente le es ajeno: la imagen fija pero cambiante”. La frase se le atribuye a Sergio Ramírez, el primer escritor centroamericano en hacerse con el Premio Cervantes.

Las palabras de Ramírez, un consagrado de la literatura y exvicepresidente de Nicaragua, remiten a ese momento crucial en el que un niño tiene sus primeros roces con la lectura. El material con el que se encuentre, la trama, el escenario o el héroe con el que se identifique van a seguir teniendo una influencia enorme por el resto de su vida.

¿A qué materiales se exponen los niños salvadoreños? La falta de referentes no es un problema que se limite a la educación o la introducción a la lectura. También tiene que ver con la construcción de la identidad. ¿Qué tipo de país se construye en el material al alcance de los niños? ¿Cómo las características de este moldean también la personalidad colectiva de nuestra niñez?
Se dice que el salvadoreño promedio no lee. La manera de cortar con esta creencia es atraer a los nuevos públicos. El problema es que el nicho de las nuevas generaciones está lleno de cualquier tipo de distracciones que ofrecen un tipo de satisfacción más expedita en la que no hay que poner cuotas de paciencia ni de concentración. Al autor salvadoreño René Colato Laínez esto no lo ha asustado. Ha escrito y publicado un libro en español e inglés sobre la niñez de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En una construcción compleja, pero necesaria, que teje las migraciones con la identidad nacional, este libro se publica en Estados Unidos.

El periodista Moisés Alvarado ha escrito este reportaje que en realidad es una puerta a ese mundo que se construye lejos, pero con ladrillos de aquí. Ese que busca hacer por los niños de hoy lo que las historietas hicieron por un centroamericano que ahora es célebre y que se prepara para recibir uno de los premios más importantes en literatura.

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La voz de Guadalupe Mejía, madre Lupe, encierra muchas de las deudas de justicia que tanto daño han hecho a esta sociedad. La firma de los Acuerdos de Paz hizo callar las armas. Pero la paz no es solo dejar de agredirse. Implica también la reparación y después la reconciliación. Un proceso que aquí jamás se llevó a cabo.

Y en este cúmulo de deudas, no hay ninguna angustia más grande que la de las madres y padres en busca de sus hijos desaparecidos. No es una angustia que se conjugue en pasado. Como bien lo ilustra Mejía, este es un dolor de hoy, de mañana y de todos los días.

La pregunta que lanza esta entrevista, desde el titular, describe a la perfección ese vacío: “¿Dónde se enflora a un desaparecido?” Adónde se despiden y hacen cierre ese ejército de personas que se ha quedado buscando y que no puede dar paso a un luto en forma porque ni siquiera tiene claro si busca a un vivo o a un muerto.

La respuesta debería venir de una construcción social que no solo busque superar y olvidar las heridas de guerra, sino que conciliarlas y aprender a vivir con ellas para, sobre todo, no repetirlas. Para esto último, tan importante y tan básico para no seguir agolpando víctimas contra el muro de la impunidad, también hemos llegado tarde. A los dolores de las madres como Guadalupe se les unen los de tantas otras familias rotas por la violencia, de otro tipo, pero violencia al fin, que comienzan a andar por este camino de buscar a un desaparecido en un país pequeño, pero oscuro.

En este mismo número hemos incluido un texto en el que se hace un repaso del acuerdo de paz de Colombia, a un año de la firma. Las preocupaciones sobre el cumplimiento de lo negociado hacen pensar también en los pasos dados en El Salvador y remiten, de nuevo, a esa idea de que dejar de agredirse no siempre implica aceptarse. Para esto, hace falta mucho más esfuerzo.

Carta Editorial

Desde afuera se distingue perfecto. Y desde esa postura es fácil reclamar a la víctima que por qué no hizo más por salirse y por dejar aquello que provoca daño en tantos niveles. Desde adentro, la categorización no sale tan fácil. Es complicado distinguir de cerca al monstruo. La violencia doméstica es más que todo eso, doméstica. Un asunto de puertas para adentro, de todos los días, que coloca sus raíces y se mimetiza con la rutina y que, en un país tan violento y violentado no es sencillo identificar como delito –con todas sus letras–, aunque nos golpee en la cara.

Antes de levantar cualquier tipo de crítica hacia las víctimas, es necesario acercarse a relatos, como estos que ha escrito la periodista Valeria Guzmán, en los que lo más doloroso es darse cuenta de que todas nuestras normalidades han quedado afectadas por el abuso constante. Esta es la voz de la mujer que ha sido criada en los golpes y no conoce otra vida fuera de eso. No fue educada para no querer a sus agresores. Porque sus agresores no han sido completos desconocidos en la calle; sus agresores han tenido con ella relaciones y vínculos directos de afecto. Comienza con un padre y continúa con las parejas.

Quienes nos cuentan sus vidas en esta ocasión ya son mujeres; pero no quiere decir que nuestras niñas no se estén criando de la misma manera. Nuestras niñas todavía crecen en hogares, escuelas, colonias, municipios, departamentos en donde la violencia es así: doméstica.

Queda tanto por hacer en esto de identificar al mal y a quien lo ejecuta. Algunas de las protagonistas de estos relatos todavía creen que quienes están equivocadas son ellas y no quien les pega y las insulta. Quedan tantas voces por alzar en función de educar para que quede claro que nada de lo que hace daño está bien o se puede tolerar. La violencia no puede seguir entendiéndose como algo íntimo que afecta a una persona. Es un problema de país.

Carta Editorial

¿Cuándo se dejó de secuestrar? ¿Por qué se dejó de secuestrar? ¿Qué hubo en la respuesta institucional que logró detener y luego bajar las cifras que reportaba este delito? ¿Quiénes influyeron? ¿Se aprendieron las lecciones? A inicios de la década pasada, este era el delito que mantenía en zozobra a un país que avanzaba a tientas en la posguerra.

La respuesta que se dio en aquel momento fue efectiva no solo en bajar la cantidad de casos, sino que también en hacer menos rentable el delito. Y, sobre todo, en mejorar las investigaciones para así bajar los índices de impunidad. El periodista Moisés Alvarado hace un repaso por esta estrategia que contó con apoyo presidencial y que también abrió la puerta a la colaboración financiera directa de otros actores como el Patronato Antisecuestros.

Las preguntas a las que lleva la lógica se amontonan: ¿se puede hacer esto con otros delitos? ¿Es la impunidad un problema de falta de recursos económicos? ¿Por qué se limitaron al secuestro? ¿Se aprendieron las lecciones? ¿Nos miran a todos con equidad las instituciones encargadas de velar por hacer cumplir las leyes?

Los secuestros causaron daño a muchas familias, no solo a las de las víctimas directas. Ese delito castigó al país en un momento delicado de la historia. Pese a que se implementaron acciones para detenerlo, ¿cuánto de aquellas violencias, de aquella zozobra y desconfianza quedó grabado en nuestro comportamiento social? En este país, nos seguimos debiendo un análisis de todo cuanto nos ha causado daño para evitar repetirlo.

Carta Editorial

Las migraciones se consideran parte del ciclo de la humanidad. En el caso de países como el nuestro, sin embargo, el problema es que las migraciones actuales se dan en condiciones que dejan por fuera muchos derechos considerados fundamentales.

La periodista Valeria Guzmán hace en esta edición un retrato de cómo es volver –herido, vulnerable y sin nada– a un país en el que ya no se puede estar y del cual, en realidad, se huye. Un proceso por el que ya han pasado miles de salvadoreños sin que, hasta el momento, su sufrimiento haya pesado lo suficiente como para que se ejecuten cambios significativos.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no ha supuesto, de acuerdo con los registros oficiales, un aumento en la cantidad de salvadoreños deportados. La tendencia es compartida por los tres países del Triángulo Norte: Guatemala, Honduras y El Salvador.

Que los números sean menos abultados que los que se registraron durante la presidencia de Barack Obama no significa necesariamente que los salvadoreños estén migrando menos. Significa que, como indican los especialistas, esto debe ser parte de un fenómeno que puede incluir nuevos destinos o la relajación de controles en México, un país que ha visto deterioradas sus relaciones con Estados Unidos en los últimos años a raíz de la construcción del muro fronterizo a la que Trump no ha renunciado.

Desde la vulnerabilidad de este país que no solo depende de las remesas, sino que es incapaz de ofrecer oportunidades dignas a los que han tenido que irse a buscar desarrollo, las instituciones deberían estar más en alerta a lo que se suceda con dos programas que están en la cuerda floja: el TPS y DACA. ¿Qué va a pasar con los miles que se han amparado a estas figuras si desaparecen y son retornados a un país que en realidad nunca les respondió? ¿Qué les puede ofrecer un país que da más para irse que para el arraigo?