Carta Editorial

María Isabel Rodríguez está segura de que debería haber más mujeres como ella. No lo dice para venderse como ejemplo de superación. Lo dice porque sabe que las oportunidades que ha tenido de estar al frente de la Universidad de El Salvador y de ser ministra de Salud fueron, y siguen siendo, algo inusual.

Su vida dedicada a la ciencia habla de valentía y de moldes rotos por la época en la que lo hizo; su nombre ha ido y venido por dos de las necesidades más urgentes entre esta población: salud y educación. Desde ese lugar que le ha ganado a la historia sabe que en los halagos que empiezan con “la única mujer que” se esconde un alto grado de discriminación e inequidad.

En esta entrevista, realizada por la periodista Valeria Guzmán, también habla acerca de cómo la contratación de cuotas de mujeres solo para poder cumplir con los requisitos ha sido una medida que ha hecho más daño que bien. A estas alturas, el país debería estar más dispuesto a abrir las oportunidades sin distinción de género.
A las mujeres, sin embargo, todavía se les pregunta con frecuencia sobre familia y hogar porque se asume que son las que tienen que llevar esa carga solas. El camino de ellas hacia la educación en general todavía es bombardeado por una cantidad de obligaciones que no les debería tocar solo a ellas. La manera en la que el sistema está dispuesto coloca cuesta arriba esas metas que sí alcanzó Rodríguez. Por simple estadística aplicada a la población, sí, debería haber más mujeres como ella.

Reducir todos los aspectos que inciden en que haya pocas mujeres en los cuadros poder pasa, sin lugar a dudas, por la educación. La básica, la media y la superior no solo dejan en las personas libros y notas de examen. También abren el panorama, explican el mundo y fortalecen el criterio. La educación es la herramienta indispensable para desarticular la desigualdad.

Carta editorial

El debate por la Ley de Extinción de Dominio desnuda que las intenciones de los políticos, de los que elegimos en cada votación, todavía distan mucho de todo lo que tenga que ver con hacerle más pequeña la puerta a la corrupción y al delito en general.

Una ley como esta lo que pretende es hacerle incómoda la vida al corrupto al quitarle el derecho sobre cualquier posesión adquirida con dinero que, se compruebe, ha sido obtenido de forma ilegal. El Estado recuperaría así lo que se le drenó y lo podría colocar a beneficio de los ciudadanos.

El país se hunde entre una cantidad enorme de necesidades básicas no satisfechas. Los hospitales, por poner el ejemplo más obvio, no dan abasto en ninguno de los sentidos. En las unidades de salud la espera se alarga porque los expedientes son todavía papeles que se acumulan en archiveros. Los cuerpos de seguridad pública no tienen suficientes vehículos y los bomberos viven en una eterna crisis por falta de todo lo indispensable para hacer su trabajo. Y a estos últimos, a quienes tanto se les enaltece cuando hay una emergencia, solo se les escucha y se les presta atención, precisamente, en el marco de una emergencia.

La discusión sobre una ley con la que se busca reducir los beneficios al delincuente y, además, devolverle al Estado recursos que necesita con urgencia para atender a una población cada vez más vulnerable no debería ser tan difícil. El camino está trazado y es ese al que apuntan organismos internacionales. Pero este debate no es sobre combate a la corrupción o sobre beneficiar a los ciudadanos. Se ha desviado a la política.

Y la política, así como se está haciendo, está separada de los intereses de la mayoría para sustituirlos por intereses individuales o partidarios. Queda preguntar para qué y para quiénes trabajan los que se oponen a que esta ley tenga músculo suficiente para cumplir con la misión para la que fue pensada.

Carta Editorial

Al margen de las historias y los argumentos que haya detrás, en este país hay niños que reciben de los progenitores que no están con ellos una cuota de $0.22 por tiempo de comida. Y esto dice mucho de cómo se concibe la red de responsabilidades que giran en torno de la manutención de los hijos.

Cuando una de las partes involucradas en otorgar lo necesario a una persona aporta tan poco con respecto a lo que se necesita, ¿quién debe complementar? ¿Quién debe rebuscarse para que el hambre no gane? ¿Quién tiene que esforzarse más que el otro y por qué esta persona no puede, como la otra, declararse incapaz de hacerlo?

Las cifras de la Procuraduría General de la República son contundentes en cuando a la participación de las mujeres como demandantes. Quiere decir que si lo máximo que el progenitor puede aportar siempre resulta insuficiente para cubrir los gastos indispensables, ellas tienen que resolver la situación, como sea.

Esta urgencia por satisfacer las necesidades básicas deriva un menor acceso a actividades de formación, porque el tiempo se ocupa en hacer dinero suficiente para comer, curar, tener un techo y vestir.

El sistema fomenta desigualdad. Mantiene la idea de que quien se queda con los hijos es quien tiene que ver cómo hace. Permite que haya personas que pueden reducir su participación en la crianza a una suma de dinero que, además, no siempre llega puntual porque, como apunta el reportaje de la periodista Valeria Guzmán, la mora de las cuotas alimenticias alcanza una cifra millonaria.

Los grandes temas a discutir siguen siendo la educación y la responsabilidad. Hacer frente a la crianza tiene que implicar la repartición equitativa de sacrificios para poder encaminar esta sociedad hacia algo que sea más justo.

Carta Editorial

La situación en la que se encuentra el Zoológico Nacional es una expresión más de la falta de atención a la cultura y a la educación. El estado en el que funciona la institución no es producto de una sola administración, es el resultado de algo más grave que va a seguir coartando las oportunidades de la población.

Sin un plan de acción a largo plazo que vaya por encima de caprichos políticos, las misiones con las que nace un zoológico aquí y en cualquier parte del mundo van a seguir siendo inalcanzables para este país. No se trata solo de la exhibición con fines educativos, implica también la conservación de especies y la participación en la recuperación de animales que han sido rescatados de ambientes inapropiados.

El texto con el que se abre esta edición es un recorrido por esos rincones difíciles de creer, ahí en donde el remiendo temporal en uno de los recintos del aviario acaba por durar más de un lustro, y sigue. Este país es mucho de darle valor a todo eso que se hace a la brava, en medio de miserias. Es aficionado a los golpes de suerte, a las misiones imposibles que llegan a cumplirse de puro rebote. Y este es un anhelo que hace daño, hace creer que todos tienen que resolver sin haberles dotado de lo mínimo necesario, solo porque si lo logran, habrán demostrado valor, o algo parecido.

Por tradición se le resta mérito a la planificación. Cuando algo falla, no se busca en el pasado para ubicar el momento en que se tomó una mala decisión y así evitar que se repita. Lo que se hace es crucificar al de turno, a ese al que le reventó la papa caliente. Con un ejercicio que solo aporta resultados inmediatos se cortan cabezas y se exigen cierres, pero no se llega a soluciones integrales. Se avanza sin un mapa, sin el amparo y el conocimiento que otorga la experiencia bien asimilada y, un par de giros más tarde, la historia se repite.
El zoológico es un órgano más que expone los síntomas de una enfermedad a la que todavía no se ataca de manera inteligente. El costo de no cambiar el curso se va a seguir pagando en vidas.

Carta Editorial

La forma en la que quedó registrada la masacre cometida en enero de 1932 en varios municipios de la zona occidental del país no solo retrata los múltiples intentos de censura. También saca a la luz a quienes con acciones individuales, pero decididas y llenas de valentía, hicieron lo que pudieron por sacar a las víctimas de la ingratitud de anonimato y, así, dejar constancia de la brutalidad y de la sangre derramada.

Con la anécdota de una de estas personas –una mujer que perdió a tres familiares en la jornada de violencia– arranca el reportaje con que abrimos esta edición. El texto de la periodista Valeria Guzmán es un hilo que une pasado y presente desde la historia escrita en libros de actas y revela la ingratitud de un país hacia los archivos.

Así como es significativa la valentía de una mujer que se acercó a la alcaldía a realizar un trámite en plena persecución de cualquier persona que se identificara como indígena; también lo es la insistencia de un hombre que, en la actualidad, lucha por conservar en las mejores condiciones posibles esos documentos que han sido tan poco apreciados. Desde sus trincheras, ambos van en contra de una sociedad que desde siempre ha preferido pasar la página.

En el estado en el que se encuentran los papeles que retratan lo que sucedió en la zona hace 85 años lo que hay es un enorme desprecio por la historia y por la vida. La historia que no solo pertenece a un sector de la población, sino que a todos. Y las vidas de una cantidad todavía no determinada de personas a quienes se les negó el derecho a transcender.

Los esfuerzos de aquella mujer en 1932 y de un hombre que en estos tiempos trabaja para que el libro de actas de defunción no ceda ante el deterioro nos permiten saber el nombre y el apellido de tres de las víctimas de esa represión. El país necesita hacer un ejercicio de empatía y de reconocimiento de sus heridas. Necesita confrontar y ponerle nombre y apellido a los recovecos más dolorosos de su historia.

Carta Editorial

Gregorio Rosa Chávez es un hombre que desde la Iglesia a la que representa ha visto en la labor educativa una manera de edificar comunidades. Así se refleja en el perfil que forma parte de esta edición.

El periodista Moisés Alvarado reúne una serie de escenas que se escapan del protocolo con el que por lo general se maneja una persona en su cargo. En estos retazos de la vida de Rosa Chávez hay risas, preocupaciones, alegrías, nerviosismo; en fin, espontaneidad.

Uno de sus legados más valiosos es el que ha dejado en el Complejo Educativo San Francisco. Y es de este lugar de donde se arranca la parte más sensible de su influencia. Los alumnos ven en él a alguien que ha ayudado a hacer de su proceso educativo algo más integral.

Bajo su cargo, como reseña el personal de la institución, el complejo ha crecido en infraestructura y también en la calidad de la enseñanza que se imparte. Una muestra más de que el camino más efectivo para la transformación de un país es este en el que se enseña a las nuevas generaciones a elevar cada vez más lejos sus ambiciones.

Monseñor Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, viajará a Roma el 28 de junio para ser nombrado cardenal, el primer cardenal del país.

En sus primeras reacciones no ha dejado de nombrar a Monseñor Óscar Arnulfo Romero y al sacerdote Rutilio Grande, ambos asesinados en un intento por callar las injusticias de las que ellos hablaban y que siguen vigentes en muchos sentidos. Rosa Chávez evoca sus figuras y sus palabras, una semilla con un efecto transformador en esta sociedad tan sedienta de modelos.

Carta Editorial

El dilema acerca de cómo equilibrar subsistencia y conservación del medio ambiente ya alcanzó al Parque Nacional Montecristo. La primera disputa es por el agua.

De las más de 7,000 hectáreas, solo unas 2,000 están protegidas por ley. El resto es la zona de amortiguamiento, que es indispensable para poder mantener en buenas condiciones la zona protegida.

La constante deforestación de la zona de amortiguamiento hace que cada vez se capte menos agua. Si en la época sin lluvia es esperable que se reduzca el caudal los riachuelos y las quebradas, lo que no es normal ni sano es que se sequen.

En la zona de amortiguamiento hay comunidades. Las comunidades obtienen ingresos de la agricultura de subsistencia. Extensiones que antes eran bosque ahora se usan para cosechar lechugas. La eterna lucha va acerca de cómo resolver las necesidades inmediatas sin llevarse por delante las necesidades más integrales, esas que implican conservar el bosque, aunque a corto plazo esto no dé ingresos económicos.

En esto hay mucho de conciencia, de educación, como se relata en el texto. Pero también caben la desigualdad y la injusticia. A estas poblaciones cercanas a la invaluable zona de Montecristo, ¿qué otras opciones se les han dado? ¿Son estas otras de las poblaciones aisladas y marginadas a las que al final de cuentas no les queda más que hacer parir la tierra para comer?

Un ecosistema no es otra cosa que algo que funciona con base en conexiones entre todos los que lo integran. No tiene caso no involucrar a los habitantes cercanos como parte del bosque. No se les puede poner en una situación en la que lo único que les quede es ir a la contra y hacer daño.

Las consecuencias vistas hacen evidente que urgen nuevos planteamientos, otras maneras de hacerle frente a esta realidad. No se puede alargar más el drama.

Carta Editorial

El reportaje que abre esta edición describe la manera en la que un grupo de personas se apoya para ejecutar un cambio en su vida: buscan dejar de fumar.

El texto de la periodista Valeria Guzmán es una mirada a ese mundo de luchas diarias por dar una respuesta consciente a una necesidad creada. Esa respuesta es “no”: “No fume”,”no compre cigarros”, “no recaiga”, “no se aísle”, “no desista”, “no está solo”.

Salvar la distancia entre el querer dejar el cigarro y hacerlo está llena de obstáculos. Muchos pasan por resolver en el camino problemas emocionales. En este país en donde se hace muy poco por ver hacia adentro y por reparar las heridas que están ahí, que haya una clínica en donde las personas hablan de las dificultades y celebran sus triunfos en conjunto es tan inusual como esperanzador. Es un acierto que va más allá del cigarro.

Algunos de los usuarios de esta clínica empezaron a fumar cuando eran niños o adolescentes. Después de encender cigarros durante la mayor parte de su vida, llegan a la clínica a empezar a entender cómo y por qué este vicio acabó siendo algo de lo que les cuesta tanto desprenderse. Este ejercicio es clave para hallar las vulnerabilidades; unas que se repiten generación tras generación.

“Mi problema son las emociones”, confiesa un usuario de esta clínica. Lo confiesa ante un grupo que lo apoya y que se identifica con lo que dice ¿Cuánto dolor se podría acortar si el sistema enfocara más recursos en prevenir, en atacar no solo el consumo, sino que las razones que llevan a una persona a consumir sin control? Esta clínica no solo ayuda a quienes sesión tras sesión cuentan días sin fumar. También hace aportes en esa investigación acerca de cuáles son las rendijas a través de las cuáles los vicios se instalan.

Carta Editorial

Tenemos un país que no está escrito. Es difícil que se construya una identidad fuerte y una memoria histórica sana si no se promueve que a este país, a este todavía intento que siempre insistimos en llamar país, se le retrate más desde las letras. Todo punto de vista es válido porque de lo que se trata es de plasmar la diversidad sin contaminarla con la polarización que está presente en casi todos los sentidos. Las letras dan a los pueblos la capacidad de acercarse a posturas distintas a la propia sin calores, pero con intensidad y emotividad. La edición de hoy abre con una entrevista de la periodista Valeria Guzmán al escritor Miguel Huezo Mixco en el marco del lanzamiento de su segunda novela, “La casa de Moravia”.

Además de una motivación literaria, el texto explora el proceso tan natural y muy humano de cambiar. Se cambia con las circunstancias, con el entorno, con las personas que nos rodean, con el paisaje que vemos desde la ventana (cuando tenemos una ventana). Se cambia con la luz y los sonidos. Es imposible que una persona se mantenga siendo la misma siempre. Nadie puede sostener posturas rígidas porque eso no da lugar a la posibilidad de ser mejor persona. Y esto es lo que nos ha venido haciendo tanta falta como sociedad. No hemos naturalizado el cambio constante. Solo nos definimos en función de ese a quien creemos opuesto, pero no lo consideramos igual, sino que inferior.

Esta entrevista dirige la atención a las distintas versiones de una persona. Miguel Huezo Mixco hace un recorrido no solo temporal, también lo hace en lo personal. El resultado es sensible, emotivo y en muchos puntos, académico. Un ejercicio indispensable en lo individual y en lo colectivo. A El Salvador falta escribirlo más.

Carta Editorial

Las estrategias actuales en seguridad pública parecen un eslabón más de una larga, muy larga, cadena de errores. La de este país es una sucesión de violencias y aún con los terribles resultados obtenidos, seguimos aplicando la fórmula de devolver golpe con golpe, bala con bala. Lo que nos ha quedado es un país al que cada vez le urgen más cementerios.

Ante los altos índices de impunidad que reflejan una muy limitada capacidad de investigación y un todavía más débil músculo de prevención, lo que queda es reprimir. Cuando la represión es la primera opción, se adelgaza mucho la línea entre ejercer la fuerza dentro del marco institucional y el abuso de poder.

La desesperación por conseguir resultados inmediatos, de esos que se ven bien en las campañas electorales, va dejando una estela de víctimas no reconocidas a las que, además, se les niega el derecho a la denuncia y con ello el acceso a la justicia.

Esto, la denuncia, es precisamente lo que hace particular e ilustrativo el caso de Andrés. El periodista Moisés Alvarado hace en esta edición un relato sensible y directo del testimonio de este joven a quien instituciones internacionales han dado crédito, respaldo y apoyo.

Andrés logró lo que pocos: que alguien lo escuchara y creyera en su versión, esta en la que quienes acabaron golpeándolo eran, en realidad, los llamados a protegerlo a él y a la comunidad.

Las autoridades de un país que se precia de buscar con tanta insistencia acabar con esta violencia que se asume como piedra de tropiezo para el desarrollo no pueden obviar voces como las de Andrés. Lo peor que se puede hacer en este momento de la historia es pretender que no existen o que son aisladas. Cerrar los ojos, taparse los oídos y negarlo no va a hacer que desaparezcan.