Estos cuatro empleados no se encargan de labores de seguridad, y aun así han tenido que mirar a la cara a gente que, arma en mano, les exige que se vayan.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

En riesgo. Los empleados que deben salir de las oficinas para ejecutar sus labores a menudo se enfrentan con la peor cara de la violencia. Ilustracion de Moris Aldana

Habría que empezar por aceptar el fracaso. Al menos en hacerlo habría un acto de reconocimiento y nobleza, algo que tanta falta ha hecho a lo largo de la historia de este país. La situación no solo la está apuntando la Caravana de Migrantes desesperados por irse. También lo dicen bien alto y bien claro las cuatro historias de personas con un empleo en el que no deberían pero prácticamente arriesgan la vida cada día.

Estos cuatro empleados no se encargan de labores de seguridad, y aun así han tenido que mirar a la cara a gente que, arma en mano, les exige que se vayan, que no entren, que no hagan y que no digan porque ese lugar en el que quieren desarrollar alguna actividad es territorio reclamado por ellos. Es un territorio en donde no hay Estado, solo están ellos.

Estos cuatro empleados tampoco son expertos en negociación ni en solución de conflictos, pero han sabido encontrar la manera de evitar que los maten y también realizar la labor por la que han sido contratados, ya sea que repartan tambos de gas a domicilio o que les toque dar talleres sobre violencia de género.

No se trata de ver con actitud romántica el esfuerzo de ellos y de muchos por mantener un empleo en estas circunstancias. Estas situaciones no son normales. Son aberrantes y afectan a las personas en niveles muy profundos. Hacen que tengamos una fuerza laboral lastimada y obligada a sobrevivir en medio de ambientes hostiles. Y lo hacen solos, sin denuncia, sin instituciones que los respalden. Es una tragedia diaria.

No se puede seguir negando que estas historias existen, que cada día se escribe otro capítulo oscuro al que hemos decidido solo llamar jornada laboral. Antes de dar cualquier otro paso, es necesario aceptar que se les ha fallado. Esto no es digno. Tener que trabajar en estas condiciones representa la normalización de una violencia feroz y el desprecio por la vida.

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  • 11 noviembre, 2018 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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