Opinión desde acá

por Rosarlin Hernández, El prado de los soñadores

 

Rosarlin Hernández
Periodista

Carmen Elena Trigueros: una voz imprescindible

Su nuevo proyecto consiste en dibujar y luego bordar sobre trozos de tela, las imágenes cotidianas de nuestros jóvenes esposados, acurrucados, expuestos públicamente como símbolos de la efectividad policial.

En un país tan pequeño como el nuestro están contadas las voces autorizadas para cada tema. Esas voces y su discurso aparecen en todos lados: en la radio, en la televisión, en los periódicos, en los foros públicos, en las redes sociales. De verdad no sé cómo hacen, pero están en todos lados. Y para mí escucharlos más que un estímulo a la reflexión, son un estímulo para entrenar la memoria. Ya sé lo que dirán, los argumentos, las muletillas… hasta las bromas. Todo es tan predecible y aburrido que aprendemos a vivir con la sensación de que ya hemos escuchado casi todo sobre cualquier tema.

Lejos de resignarme a las ideas repetidas y pequeñas, me fui a tocar las puertas de las personas que quisiera escuchar, porque a mi juicio plasman en sus trabajos una lectura profunda, interesante y diferente de lo que significa vivir en El Salvador. La primera en recibirme fue la artista visual Carmen Elena Trigueros.

En 2008, el fotoperiodista Mauro Arias y yo llegamos a la casa de la artista para entrevistarla sobre una pieza particular, irónica, provocadora. La pieza era un cuaderno escolar que pertenecía a su madre. Una especie de manual que reunía las reglas básicas para ser una buena esposa. Los consejos eran sorprendentes: cómo comportarse con su futuro esposo, cómo administrar las tareas del hogar, cómo manejar los celos y la manera de tratar a la suegra. El cuaderno no era una broma, era parte de la educación que recibían las “niñas bien” a mediados del siglo pasado.

En ese momento, la pieza formaba parte de la exposición colectiva titulada “Suite Sweet Love”, organizada por el Centro Cultural de España. A partir de la exhibición de aquel objeto tan inocente, era posible establecer toda una discusión apasionante sobre el rol de las mujeres en las relaciones de pareja, la violencia intrafamiliar y el peso del matrimonio como convención social. Fue entonces cuando decidí seguir la pista de su trabajo.

Casi 10 años después regresé a su casa y encontré a una artista preocupada por la violencia social que vivimos en el país. Esta vez conversamos sobre el acto que realizó el 14 de septiembre de 2014, de lavar la bandera salvadoreña en la plaza Salvador del Mundo, y luego este año, de coser a mano 12 metros armados con retazos de tela blanca y exhibidos en el Museo de Arte como parte de la conmemoración de los 25 años de los Acuerdos de Paz.

Sencilla y reservada, Carmen se toma un tiempo antes de responder: “La idea de lavar la bandera surgió de una pregunta urgente: ¿qué podemos hacer con este país?” En declaraciones a la prensa dijo: “El acto de lavar es una metáfora de limpiar el país de miedo, violencia, injusticia y corrupción… creo que en el fondo cada salvadoreño tiene ese sueño, poder un día lavar y que amanezca limpio”. Otra vez, me había sorprendido. Con un acto efímero y cotidiano como lavar había logrado resumir un sentimiento nacional.

En su siguiente propuesta, la artista se encontró con la disyuntiva de crear una pieza artística que homenajeara una paz desconocida: “La pregunta era, ajá, ¿y qué paz estamos celebrando? Entonces recorté diferentes tipos de tela blanca y los cosí a mano para decir que a pesar de nuestras diferencias, deberíamos estar unidos en la construcción de un país diferente”. La síntesis de su obra lograba destacar dos grandes pendientes: la falta de diálogo y concertación.

Su nuevo proyecto consiste en dibujar y luego bordar sobre trozos de tela, las imágenes cotidianas de nuestros jóvenes esposados, acurrucados, expuestos públicamente como símbolos de la efectividad policial. “Con estas imágenes me viene otra vez la necesidad de preguntarme ¿y yo qué puedo hacer? Siento que remendar una tela rota y vieja, es como remendar el tejido social de este país que está destrozado y destruido, y aunque sé que en la realidad no es tan fácil, en el plano artístico sí es posible”.

De su casa salí contenta, satisfecha del diálogo que me propone, maravillada con su sencillez y anonimato, convencida de la necesidad de interpretar este país desde otros ángulos y diferentes lenguajes, dispuesta a escuchar más voces. En mi próxima columna presentaré otra voz imprescindible.


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