Opinión desde allá

por Margarita Marroquín, #Redes Tecnopolíticas

 

Margarita Marroquín

Cambridge Analytica, el pretexto para educarnos a controlar nuestros datos

Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social.

Facebook, esa ‘red social’ en que estamos más de 2,200 millones de personas, es una empresa, no una red de caridad. Pero lo que ha ocurrido con los datos de 87 millones de personas no es un mal menor, es nada más lo que se sabe ahora de algo que pasó hace un par de años gracias a que se ha destapado el caso de Cambridge Analytica; donde se señala que lo que esta empresa hizo con los datos que compró a Facebook fue ayudar a que Donald Trump ganara la presidencia de EUA.

La gran pregunta es qué hay detrás, qué es lo que ocurre ahora que aún no se ha dicho.
Debemos trascender la discusión de Facebook y Cambridge Analytica. Ojo: no es olvidarla; al contrario, es ampliarla. No podemos cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo, pero no estamos para delegar toda la responsabilidad del saber en el usuario, porque no todos hemos recibido la misma educación (digital), y no todos vamos a poder prever lo que ocurre cuando aceptamos los dichosos términos de privacidad.

Veo dos cuestiones fundamentales: por un lado, este es el mejor momento para que tomemos conciencia sobre lo que esta red (y las demás) saben de nosotros, para que aprendamos a protegernos, y por otro lado, replantearnos hacia qué sociedad vamos. Internet es mucho más que Facebook; la cultura digital implica mucho más. Estamos en la sociedad de la información que se mueve hacia una sociedad del conocimiento. Lo que urge es que estemos conscientes de ello, que sepamos cómo manejarlo. Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), allá por 2015, estableció en su informe sobre “La nueva revolución digital” que la agenda digital para nuestra región está estructurada en torno a cinco áreas de acción: acceso e infraestructura; economía digital, innovación y competitividad; gobierno electrónico y ciudadanía; desarrollo sostenible e inclusión; y gobernanza para la sociedad de la información.

Por tanto, si no es viable ‘deshacernos’ de nuestros perfiles en redes o borrar aplicaciones, lo que toca es tomar consciencia de los datos que estamos exponiendo y dimensionar lo que eso ofrece a las empresas, a los partidos políticos. Por eso debemos ir más allá y, volveré a insistir, pasar de las #Redessociales a las #Redestecnopolíticas, que centran su construcción alrededor del ciudadano, de la comunidad en que son creadas.

Y por todo esto: provoquemos un efecto dominó de desarrollar estas plataformas y alfabetizarnos digitalmente; es decir, en educarnos en cuestiones de uso de estas y privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías funcionen en favor de hacernos más humanos, más armónicos con nuestra especie y con el planeta en que vivimos: potenciar que lo digital mejore la calidad de vida de los humanos a la vez que potenciamos también los espacios de desconexión o desintoxicación de tecnologías. Las apuestas educativas ya no pueden quedarse solamente en aprender a leer libros o aprender de historia: debemos aprender a usar lo que hay en internet. Las páginas a las que accedemos, las aplicaciones que descargamos, las redes sociales a las que entregamos nuestra información.

Solo así alcanzaremos lo que denominan inteligencia colectiva, que es nuestra habilidad de poner al común nuestros conocimientos en tiempo real, a través de estas tecnologías digitales que superan las barreras espacio-temporales, en aras de potencializar de la manera más efectiva y grupal posible nuestras capacidades y competencias. Esa puesta en común, esa movilización de habilidades y competencias requiere primero identificarlas, y para ello dirá Pierre Levy: “Hay que reconocerlas en toda su diversidad”. Y es ese reconocimiento de la infinita diversidad (y semejanza) de nuestras humanidades lo que nos hace libres.


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