Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
Periodista y comunicador institucional

Buscar casa de alquiler en el Gran San Salvador

Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación.

Es un tema recurrente en cualquier reunión en casi cualquier círculo de amigos. Ya sean del trabajo, de la cuadra o viejos conocidos de la escuela o del colegio: la búsqueda de una casa para vivir en el Gran San Salvador. En alquiler. Siempre parece haber alguien tratando de encontrar una vivienda para su familia o una pareja de recién casados que busca empezar de cero. Y los que han buscado saben y se quejan de lo complicado que es conseguir un lugar para vivir. Un sitio que reúna algunas condiciones consideradas básicas: primero –siempre primero– que esté en una zona medianamente segura, que no quede tan extraviado de las rutas de buses o microbuses y que tenga algún supermercado o tienda surtida cerca.

No debería ser tan complicado, pero en El Salvador todo parece serlo. Hace unos días una pareja de esposos le contaba a un grupo de amigos que buscaba mudarse desde Soyapango a otra ciudad del Gran San Salvador. Motivados por la inseguridad, se habían puesto a buscar en internet y en los clasificados alguna casa. Nada de lujo, lo básico para una pareja en la que ambos trabajan. Pero se encontraron con alquileres exorbitantes para cualquiera con un salario promedio en el país. No eran mansiones, sino casas de colonias con tres cuartos, a lo mucho, y que comparten pared con el vecino de al lado. Estrechas, pues. ¿Su precio? De $400 a $500 por un alquiler mensual en Santa Tecla o sus alrededores. Mucho más que el salario mínimo vigente en el país.

Muchos lo catalogarían como un abuso o una exageración. Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación. Un par de vecinos hacen un portón a la entrada de un pasaje y ya se cataloga como “privado”, más el hecho que uno no tiene que viajar a Lourdes, Colón, o hasta Quezaltepeque –donde están las colonias más recientemente edificadas– y arriesgarse por algún cierre de carretera o percance en el camino.

Según el estudio “Se busca vivienda en alquiler, opciones de política en América Latina y el Caribe” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “la vivienda formal en América Latina y el Caribe es costosa. Algunas fuentes sugieren que ahí la relación entre precio e ingreso puede ser hasta tres veces mayor que en Estados Unidos”. Ante esto, muchas personas terminan pagando esos alquileres altos por casas que no lo valen y a las que muchas veces no se les da mantenimiento (construidas en los años ochenta del siglo pasado o antes), aunque represente cerrar con déficit en la economía familiar mes a mes.

Y como todo en el país, la situación se va agravando en cuanto se perciben menos ingresos. Menos dinero, menos posibilidades de alquilar una casa que reúna las condiciones básicas. Adquirir una casa propia es más que un privilegio para una familia joven. Eso hace que hoy, como nunca antes, sea tan difícil encontrar vivienda. Bueno, casas hay, pero localizadas en colonias sitiadas por las pandillas.
Y los precios por alquiler en la zona catalogada como “segura” del Gran San Salvador suben como la espuma. Algo tiene que frenarlos. En ciudades de Europa o Estados Unidos se regula el precio de los alquileres después de que estos se descontrolaron y se volvieron impagables. El estudio del BID sugiere que “un marco jurídico equilibrado puede incluir controles de renta, si bien estos deben ser determinados en relación con los valores de mercado en el área y modificables de acuerdo con el comportamiento de la inflación”. Como muchas cosas de la ciudad, los alquileres parecen ser un caos donde se aplica la ley del más fuerte, y el débil asume la carga más grande.


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