Arriesgar la vida para ganarla

¿Cuáles son los retos a los que se enfrentan las personas que trabajan fuera de oficina y en comunidades? La respuesta, para la lideresa sindical Sarahí Molina, es simple: “No es raro escuchar que trabajadores que distribuyen productos en las colonias han sido secuestrados por las pandillas. Y ya hay vendedores que han sido asesinados porque el patrón no paga la ‘renta’”, responde.

Molina es la secretaria general del Movimiento de Unidad Sindical y Gremial de El Salvador (MUSYGES). Este movimiento agrupa varias organizaciones que luchan por los derechos de los trabajadores a escala nacional. Ella opina que la violencia social de la que son víctimas algunos trabajadores en sus horarios laborales podrá verse disminuida cuando el Estado se fortalezca en el territorio y garantice la seguridad para toda la población. Esa medida, hoy por hoy, suena a una larga espera.

Mientras, algunos empleados de campo han ideado estrategias personales para disminuir el riesgo cuando trabajan. Y esas tácticas van desde pedir permiso antes de entrar a una colonia hasta aprender a negociar con calma para que un grupo de pandilleros no mate al colega.

Entre enero y octubre de este año se registraron 2,845 homicidios. Las autoridades han presentado esa cifra como un avance en la lucha contra la inseguridad y violencia porque, en teoría, ha ocurrido una reducción del 15.8 % de asesinatos, comparado con 2017. Sin embargo, la Fiscalía General de la República ha brindado datos que hacen que se cuestione la reducción.

La Fiscalía sostiene que las desapariciones han aumentado en El Salvador y, en promedio, se desconoce el paradero de 10 nuevas personas cada día. Solo en 2018 ya van más de 3,000 denuncias de este tipo.

“La situación de los trabajadores cada día va más precaria. Mientras el Estado no controle los territorios, esto va a seguir sucediendo. Por el desempleo que hay, mucha gente acepta un trabajo, a pesar de que sabe que va a exponer su vida”, dice, con pesar, Molina.

El Código de Trabajo establece que los empleadores deben propiciar un ambiente seguro para sus trabajadores, y el artículo 317 de esa legislación considera como accidente laboral todo aquel que sucede “a consecuencia de un delito, cuasidelito o falta, imputables al patrono, a un compañero de trabajo o a un tercero, cometido durante la ejecución de las labores”. Sin embargo, no hay un marco legal que proteja de manera especial a este tipo de trabajadores que se mueven entre comunidades.

“En la parte de la delincuencia, el patrono no tiene la posibilidad de garantizar condiciones específicas para sus trabajadores. Esa es una función del Estado”, asegura José Rodezno, experto en derecho laboral.

Rodezno se desempeñó como director general de Trabajo del Ministerio de Trabajo y Previsión Social. Sostiene que las medidas que los empleadores pueden tomar para proteger a estos asalariados en el contexto de violencia actual no están reguladas en ningún sitio.

“A lo mucho que se podría llegar, estirando un poco el sentido de la Ley General de Prevención de Riesgos en los Lugares de Trabajo, es a limitar el acceso de trabajadores a zonas de mucha criminalidad… pero algo que diga que usted tiene prohibido enviar a un trabajador a un área por su alto índice de criminalidad no existe”, asegura el abogado.

Mientras tanto, cientos de empleados continúan trabajando y combinando su labor con el miedo.

Estos son cuatro testimonios de trabajadores de campo. Ellos brindan su versión sobre cómo es salir a laborar. Ninguno de los entrevistados denunció estos hechos ante la Policía porque consideraron que una denuncia formal los pondría en mayor riesgo. Tres de ellos pidieron que sus nombres no fueran revelados.

Ilustración de Moris Aldana

La locación inadecuada

“Pues se me van de aquí a la mierda. Todos ustedes no tienen nada que hacer acá, saquen estas cámaras”, recuerda Carmen que le gritó un hombre armado mientras intentaba grabar un comercial en Mejicanos. Volvió a ver su alrededor y había otros dos hombres mostrando un arma de fuego.

Carmen es una productora audiovisual que trabaja para distintos clientes. Tiene 28 años y los últimos cinco los ha dedicado a coordinar grabaciones. Como si fuera algo normal, colecciona historias de cómo no le han permitido filmar en ciertas colonias, de tener que pedir permiso a una pandilla para poder elevar un dron o de escuchar disparos cercanos mientras se intenta filmar una entrevista.

El día que la sacaron de Mejicanos lo recuerda con más fuerza porque fue la primera vez que la amenazaron directamente con armas. El equipo técnico, los actores y ella habían llegado a grabar a una colonia que parecía tranquila. Carmen incluso asegura que coordinó con personal de la alcaldía para poder estar en el sitio. Entonces, cuenta, le dijeron que no se preocupara, que era una zona sana.

Esa idea se desvaneció cuando escuchó los gritos. “Toda la gente empezó a agarrar sus cosas y yo me quedé quieta. Después el hombre armado pasó frente a mí, empujándome, que qué esperaba. Teníamos los carros ahí cerquita de dónde íbamos a grabar, pero como nos echaron, empezamos a caminar sin destino”, cuenta. Al final, lograron entrar a una Casa de la Cultura. Ahí se refugiaron hasta que llegaron los agentes del CAM de la zona y los acompañaron a sacar los autos.

Carmen explica que es mejor trabajar en locaciones privadas en lugar de hacer tomas en lugares donde “ponés en riesgo miles de dólares y la vida”. Y es que esos espacios a los que ella se refiere no suelen ser gentiles con extraños. Para poner un ejemplo, cuenta que hace unos meses su jefa de entonces le pidió hacer tomas de dron en el reparto La Campanera, en Soyapango. La tarea era grabar una cárcava.

“Mi contacto en la zona me dijo ‘mire, no vayan a venir, mejor’. Y yo le dije a mi jefa: ‘Nos aconsejan no ir porque acaba de suceder un tiroteo con investigadores encubiertos’. Y mi jefa dijo: ‘Sí, pero necesitamos esas imágenes’. Ella insistía en que las necesitábamos, y yo pensaba ‘¿sí estás comprendiendo que acaban de dispararles?’. Ahí me molesté un montón porque fue (saber) que les interesa más que vayamos a hacer esas putas imágenes cuando está en riesgo nuestra vida”, narra, con frustración, la productora.

En esa ocasión, Carmen decidió no ir y enfrentar las posibles consecuencias. Pero, dice, no puede hacer eso cada vez que una locación es peligrosa. Quiere seguir trabajando en el mundo audiovisual, aunque eso implique correr cierto riesgo. Cuando entra a zonas inseguras, dice, ya le ha enviado las coordenadas de su ubicación a algún amigo a través de WhatsApp. La estrategia, que hasta ahora nunca ha sido necesario poner en marcha, es que si Carmen deja de responder durante media hora, el amigo debe llamar automáticamente a la empresa audiovisual para avisar que ella está en problemas.

Ilustración de Moris Aldana

Contra las púas por una carta

El problema de Édgar Escalante se agravó por su corte de cabello. Édgar es un trabajador de Correos de El Salvador, en la oficina de Santa Tecla. Es moreno y robusto. Rodeado de correspondencia, recuerda la vez en que dos pandilleros le hicieron entender que no era bienvenido en una colonia.
Eran las 11 de la mañana y Édgar estaba acompañado por otros dos carteros en la zona norponiente de La Libertad. Los tres entraron juntos y, pronto, les cuestionaron los motivos de su tránsito por el lugar.

“Primero nos hicieron la llamada de alto, que de dónde son, qué andan haciendo. Luego me dicen: ‘Mira, vos tenés plante de jura’. Y yo le digo que no, que mi corte de cabello así es”, relata el empleado de Correos. Después de eso, recibió su primer golpe en plena calle. “Nos quitaron nuestras pertenencias, se nos revisó el cuerpo y prácticamente quedamos en ropa interior. Fue frente a todo mundo”.

En este salón de correspondencia hace calor al mediodía y más carteros escuchan la historia de Édgar. A ninguno parece sorprenderlo: “Me pegaron la primera pechada y me toparon a un cerco de alambre de púas y, con cada empujón, imagínese lo que me pasaba en la espalda”. De acuerdo con su relato, sus compañeros también fueron empujados contra el cerco y los alambres se les incrustaron en la piel.

“Pasé como una semana con mis golpes”, dice. Una de las personas de esa zona, comenta, reconoció a uno de los carteros y le aseguró a quienes los golpeaban que sí, que ellos trabajaban repartiendo correspondencia. Ese comentario funcionó como salvoconducto. Los tres hombres se pusieron su ropa y salieron. El correo ha dejado de llegar a esa colonia.

Las cosas no parecen ser distintas para otros empleados de Correos. Otras tres personas que trabajan en la institución afirman conocer experiencias similares, en las que se les exige un pago para poder ingresar a dejar paquetes, en las que son perseguidos o en las que sus compañeros son expulsados de las comunidades a punta de pistola.

De estos hechos no hay denuncia. “Entonces es cuando le damos vida a la impunidad porque no podemos denunciar; si lo hacemos, ponemos en riesgo a los demás compañeros, porque nosotros andamos en la calle, damos la espalda a cada rato”, justifica Escalante.

En una pared de la oficina, unas tablas forman los cuadros que dividen la correspondencia por zona de distribución. “La institución, por ley y por normativas internacionales, tiene la obligación de servirle a la población. Los convenios obligan a hacer llegar la comunicación vía escrita a todos los rincones de la república. Es el derecho a estar conectado y comunicado con el mundo”, dice Escalante, orgulloso del trabajo que hace.

Luego aterriza a la realidad salvadoreña y muestra un cajón de madera en la esquina inferior derecha de la pared. “Este cajoncito son lugares a los que no vamos. Nosotros tenemos zonas de alto riesgo y esa correspondencia la ponemos a un lado”, explica. En este trabajo, adaptarse ha implicado idear maneras de contactar a los destinatarios de ciertas cartas y paquetes sin tratar directamente con ellos. “Se les llama por teléfono o se va a puntos de pick up o buses y ahí preguntamos si le pueden decir que tiene un paquete en Correos”. La idea es reducir el riesgo: “No queremos héroes ni queremos mártires”.

Ilustración de Moris Aldana

Desarrollo entre el conflicto

Virginia trabaja desde hace 13 años en proyectos de desarrollo con organizaciones locales e internacionales. Hace un año, cuenta desde una sala de reuniones, su carrera le presentó un reto desgarrador y contradictorio. Debía formar a las mujeres de una comunidad en prevención de violencia de género. Sin embargo, para conservar el permiso de la pandilla para dar la charla, debía acatar la regla básica de convivencia en esa comunidad de San Salvador: ver, oír y callar. Y lo que había que callar no era sencillo. Virginia sostiene que en esa comunidad, era de conocimiento general que un pandillero abusaba sexualmente de una niña de 12 años.

La primera vez que Virginia llegó a esa comunidad, no fue bienvenida. Un cabecilla de la pandilla, asegura, la sacó. “El líder comunal empezó a reclamar que quién era la coordinadora de esa charla, que quién me había autorizado. Me dijo que me fuera. Nos reunimos en otro lugar con los asistentes y pregunté qué pasó. Y resulta que el presidente de la junta directiva es líder de la pandilla”.

Para poder realizar su trabajo, Virginia tuvo que volver al lugar del cual la habían sacado y solicitar que el mismo sujeto la escuchara. “Lamentablemente, me tocó hacer negociación con este señor, presentarle a él el proyecto, explicarle de qué se trataba. El proyecto estaba enmarcado en prevención de violencia contra la mujer, pero yo no le dije que el tema era ese. Le dije que era promoción de derechos”, confiesa.

El líder le puso tres condiciones para poder impartir las charlas: “Me prohibió que llegara sin avisar, me prohibió que usara el término violencia y me prohibió que llegara con gente de la alcaldía”. Solo con ese aval solucionado pudo realizar sus capacitaciones en la comunidad.

“Lamento que vivamos en un país donde a muchos técnicos nos toque negociar con el crimen para poder llevar a cabo proyectos de desarrollo para comunidades completas”, dice con un atisbo de enojo en la voz.

En el transcurso de esas charlas fue que escuchó por primera vez sobre el caso de abuso sexual infantil que ocurría en la zona. “Si la niña se quejaba o lloraba, la sacaban desnuda a la calle”, recuerda.

Las experiencias laborales anteriores en proyectos de desarrollo comunitario no habían sido más esperanzadoras, acepta la experta. Luego pone de ejemplo el caso de un representante comunal que fue asesinado, en teoría, porque no colaboró con la pandilla local en un robo. También cuenta que promotores de salud con los que ella trabajaba han sido asesinados en los últimos años. Para Virginia, su trabajo parece estar ligado a la tragedia.

En otra ocasión, recuerda, estaba impartiendo una charla sobre salud sexual y reproductiva que tuvo que ser interrumpida por una balacera a pocos metros. “Uno de los jóvenes solo me dijo ‘agachémonos, que no nos vean en las ventanas’. Al final todos se quedaron en el piso y una de las ventanas estaba medio abierta. Cuando yo quise pararme para ir a cerrarla, logré ver que sacaron de una casa a un señor y lo estaban desnudando. Le quitaron toda la ropa, buscándole algún tatuaje”.

Mientras Virginia observaba por la ventana lo que sucedía afuera del aula, uno de los estudiantes le rogaba: “Apártese. No quiero que nos vayan a ver. Ellos me tienen prohibido participar en estos proyectos”.

Así, estos 13 años de experiencias entre balas, asesinatos de conocidos y amenazas le han valido a Virginia para caminar alerta. A pesar de que la naturaleza de algunos de sus trabajos le exigen llevar un diario de campo, ella solo toma notas de lo que ve en las comunidades hasta que se siente en un lugar seguro. Ahora estudia con más detalle la ruta a tomar dentro de las colonias para no mostrarse perdida, dice que jamás saca el teléfono de su bolso mientras trabaja y recuerda otra medida de seguridad importante que ha decidido para sus proyectos: para evitar confrontaciones, es mejor nunca coordinar seguridad con la Policía Nacional Civil (PNC).

Virginia ha decidido camuflar la mirada ante ciertas cosas: “Si veo una discusión, si veo armas, hago como que no me fijé”. Solo así ha logrado terminar los proyectos para los que las organizaciones la contratan.

Ilustración de Moris Aldana

El peligro del gas

Durante tres años, desde 2015, Jaime trabajó como motorista de una empresa repartidora de gas propano. En sus trayectos no solo se encargaba de llevar el producto, sino de cobrarlo. Usualmente lo acompañaba en su viaje un vigilante y los ayudantes. Parecía que todo estaba bien calculado para no correr ningún peligro a pesar de entrar a colonias con alto nivel de criminalidad, pero pronto se daría cuenta que no era así.

“Llega uno de mis ayudantes pálido y me dice: ‘Mirá, allá tienen los bichos en el pasaje a aquel’”. Jaime cuenta que un grupo de jóvenes pertenecientes a la pandilla de la zona habían detenido al ayudante que entregaba los tambos de gas. El trabajador, de unos 22 años, era nuevo. Tenía una semana de haber empezado. Jaime le pidió al grupo que lo dejara ir, pero los muchachos respondieron que no.

Al ayudante le habían quitado la camisa, la cartera y hasta los zapatos, asegura Jaime. Preocupado, pidió que arreglaran la situación y la respuesta que recuerda haber recibido fue una muy simple: “O te vas sin él o no te vas”.

Jaime ya había visto noticias de otros repartidores de gas asesinados, incluso hoy todavía tiene en su celular la noticia del asesinato de otro vendedor de gas con quien tenía una amistad. Sabía que la amenaza era real. Se dio la vuelta y pidió a la vendedora de gas de la zona que intercediera. La señora llamó a alguien, que él asume era de la pandilla, y esa llamada fue suficiente para que el grupo accediera a negociar. “La onda está que nos das 80 bolas (dólares) y te damos tranquilo al bicho”, le respondieron.

Jaime no contaba con ese dinero de su propia bolsa. El dinero que tenía provenía de la venta de los tambos. Así que llamó a su jefe para explicarle que sacaría $80 de la ganancia del día.

“En esa situación, los jefes creen que uno es el que se presta o que uno lo hace por sacarle dinero a la empresa. Yo le llamé, y le dije: ‘Mire, aquí está este chamaco y lo tienen en un pasaje en la San Ramón y $80 quieren por dejarlo ir’”. Su jefe puso un poco de resistencia, asegura, y le pidió que negociara con la pandilla, que cómo era posible que quisieran más dinero si ya pagaban “renta”.

Jaime, exasperado, le dijo que mejor le entregaría el teléfono a los pandilleros para que negociaran con él a distancia. Él recuerda que, ante esa posibilidad, su jefe se negó y aceptó que se pagaran los $80.

Él sostiene que en los tres años que trabajó para la empresa repartidora de gas, fue constantemente amenazado, extorsionado y robado. “‘Al rato me van a matar, yo ya no voy a venir acá’, decía yo. Pero te ponés a pensar: tengo que pagar casa, tengo que pagar teléfono, tengo que pagar recibos… y vos decidís que tenés que hacerle huevos. Al final, tenés que aprender a tratar con ellos. Yo tuve una de las rutas más cabronas. Pero ¿qué hacía? Pasaba en alguna tienda, compraba dos gaseosas y una caja de cigarros, y cuando ya veía que el bicho venía saliendo del pasaje, ya sacaba la soda y la caja de cigarros. Te los empezás a ganar”.

A finales del año pasado se cansó. No tenía otro trabajo, pero renunció. No podía seguir pensando que su vida corría peligro: “Me afectaba. Yo pensaba que en cualquier momento, alguien podía venir y, sin mediar palabra, me mataban y ya estuvo. Y en las noticias iba a salir ‘matan a repartidor de gas en tal colonia’. Parte sin novedad”.

Los hijos aún quieren huir

Sara

Sara habla con voz baja desde que el problema sucedió. A veces articula las palabras, pero de su garganta no sale ningún hilo de voz. Eso pasa cuando menciona el nombre de la pandilla que amenazó a su hijo y cuando acepta que sí, que aunque ya pasó un año, aún tiene miedo.

No se llama Sara, pero la condición para dar su testimonio fue que no se revele su nombre real ni su ubicación. El problema, como ella lo llama, fue un ultimátum a Carlos, su hijo menor. A raíz de eso, perdió su trabajo y la casa que se disponía a comprar. Ahora ha vuelto al pueblo del cual salió hace años buscando una mejor vida. Desde ahí intenta sobrevivir cosiendo, pero en la zona también hay pandilleros y su hijo ha tomado una decisión: el muchacho de 19 años migrará a un país que no conoce, donde una persona –a quien tampoco conoce personalmente– le ha ofrecido casa.

El caso de esta familia es uno de tantos que no han sido denunciados ante la Policía Nacional Civil (PNC) por temor a que se filtre información. Sara solo denunció su situación ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) que, en los primeros seis meses de este año, recibió 85 denuncias de desplazamiento forzado. En esos casos, 263 personas huyeron de sus hogares.

Esa cifra, sin embargo, puede ser débil para representar la magnitud del problema. Por ejemplo, el Informe Global de Desplazamiento Interno del Consejo Noruego para los Refugiados calculó que 296,000 salvadoreños sufrieron desplazamiento debido a conflicto el año pasado.

Del fenómeno se tienen datos y cálculos, pero gubernamentalmente no se admite. La PDDH cita un estudio en el que se sostiene que el 4.9 % de los hogares salvadoreños cambiaron su lugar de residencia “como producto de la violencia e inseguridad pública” hace dos años. Beatriz Campos, la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana de dicha institución, lo resume en pocas palabras: “Para el Gobierno, reconocer que hay desplazamiento por pandillas es como decir ‘bueno, no somos suficientes para controlar el territorio, ni siquiera eso’”.

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EL ORIGEN DEL PROBLEMA

Carlos tenía 17 años, estudiaba bachillerato y tenía novia. Vivía en un municipio controlado por pandillas y, hasta entonces, no había tenido ningún problema con los pandilleros de su misma edad.

“Mi otro hijo me contó que Carlos tenía una novia. ‘Está bueno –dije yo–, está en la edad de tener novia’”, cuenta Sara, su madre. Hasta el año pasado, ella trabajaba en ventas de un negocio en San Salvador. Normalmente salía de su casa temprano y regresaba hasta pasadas las 7 de la noche. Con su trabajo, asegura, tenía ingresos de $500 mensuales.

Debido a la inseguridad de la zona, el alquiler de la casa era de $40, y la madre de familia había iniciado pláticas con la dueña para comprarla por $11,000. Sus dos hijos estudiaban bachillerato, ella descansaba los domingos y, a pesar de las pandillas en la colonia, la vida para los tres pintaba bien. “Tenía una vida bastante tranquila”, alcanza a decir antes de que se le corte la voz por el llanto.

Una noche de abril del año pasado, cuatro muchachos de la edad de sus hijos tocaron la puerta de su casa y exigieron entrar. Ella sabía que eran pandilleros. Entraron a la sala y no se fueron hasta media hora después.

Dijeron “que mi hijo andaba con la mujer de un marero… ella no se ve así, como que fuera de ellos, pero sí, quizá se relacionaba mucho con ellos. Se querían llevar a mi hijo. Yo me humillé. Negocié con ellos. Llegaron a una opción, gracias a Dios, de que teníamos que irnos o si no, lo iban a matar”, dice Sara.

A la mañana siguiente llovía, recuerda Sara. Se preparó como si fuera a trabajar, tomó su cartera y salió a las 5 de la mañana. A su lado venía Carlos, su hijo menor. Era su huida, pero no cargaba ninguna maleta. Querían aparentar normalidad. Sara subió a su hijo en un bus y le dio la instrucción de no bajarse hasta el final del recorrido. En el otro punto, la tía de Carlos lo esperó y lo acomodó en este pueblo en el que se reubicaron.

Sara llegó a su trabajo para decir que tenía que irse y volvió a su casa. Consiguió un camión y ahí metió unas camas, la ropa, la refrigeradora, la cocina, unos sillones, unos adornos y flores de plástico. Cuando ella abandonó la casa de San Salvador, cuenta, unos siete mareros de la Mara Salvatrucha estaban custodiando: “Ellos incluso hablaron con el motorista, que para dónde iba. Y él les dijo ‘va para unos pasajes más arriba’, pero era mentira. En la casa quedaron unas mesas, quedó una cama porque ya no cabía, ni modo”.

Sara se subió al camión y se propuso no volver a ese lugar. “Salimos por otra calle que siempre va a salir a la principal. Ellos están al tanto de todo lo que está pasando en la colonia. Yo sentía como que nos iban siguiendo”.

Cuando llegaron al pueblo, Sara sintió un poco de calma. Pero durante el primer mes, sus hijos decidieron encerrarse y no salir. La ilusión de encontrar la paz no ha sido duradera. Después de un año, Carlos busca huir de nuevo.

Iniciativa productiva. Sara ha sido apoyada por una organización para montar un negocio y poder tener un ingreso económico después del desplazamiento forzado.

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ORGANIZACIONES RESPONDEN ANTE UN ESTADO AUSENTE

“Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”, reconoce la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana.

De acuerdo con cifras de la PDDH, desde enero hasta junio de 2018, la institución contabilizó 283 víctimas de desplazamiento forzado interno. Dentro de estas personas, el grupo que más fue desplazado fue el de mujeres adultas de 19 a 41 años. El departamento en el que más denuncias se recibieron fue San Salvador, con el 60 % del total de casos.

Sara contó su caso en la PDDH y ahí la refirieron a Cristosal. Esa organización cuenta con un programa piloto para apoyar negocios de víctimas de desplazamiento forzado. La idea es ayudar a que las personas desplazadas puedan desarrollar un sostén para integrarse a las comunidades de manera productiva.

Eloisa Lara, la coordinadora de este programa, explica que Cristosal apoya con capital semilla: “No tenemos un tiempo definido de apoyo. Medir soluciones duraderas no es algo que vamos a lograr de la noche a la mañana bajo todas las condiciones de violencia de El Salvador. Las soluciones duraderas son un proceso complejo y largo en el cual nosotros vamos acompañando a la familias por, al menos, un año”.

Sara recibió una máquina de coser y, como ya sabía usarla, le enseñó a su hijo mayor cómo hacer cojines para poder tener algún ingreso económico. Por ahora, el modelo de negocio no es suficiente para sostenerse. Por ejemplo, ahora tiene en su casa un encargo de 50 cojines celestes por los que tendrá $100 de ganancia. Ella y su hijo han trabajado un mes en ese encargo.

Sara y sus hijos huyeron de San Salvador hace un año, pero no han estado libres de la delincuencia. Además del desarraigo, el costo de la huida ha sido alto. “Voy a vender a los cantones y hace poco, en el bus, me robaron producto valorado como en $150”, cuenta. Y si el año pasado pagaba $40 de renta, el alquiler de la pequeña casa de un cuarto en la que ahora vive con sus hijos es de $110 al mes.

Cifras de la procuraduría indican que, de cada 100 personas que se encontraban trabajando al ser desplazadas, 42 se vieron obligadas a “dejar el empleo o la microempresa que tenían. Es decir, junto con la vivienda, abandonaron sus medios de vida y, como resultado, su condición económica empeoró”.

Además, el desplazamiento supuso que sus hijos dejaran de estudiar el bachillerato. El Observatorio 2017 del Ministerio de Educación reportó que, en al menos 683 centros escolares se registraron casos de estudiantes que dejaron de asistir a clases por la presencia de maras en la zona del centro de estudios.

Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”.

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CAMBIAR DE LUGAR NO ES SUFICIENTE

—¿Acá no hay problemas de pandillas? –se le pregunta a Sara en un día lluvioso.
—Fíjese que es lo mismo aquí. Carlos no salía, hasta hace poco. Pero pasó un mes en que solo en la casa pasaba, hasta que empezó a buscar trabajo porque hay que salir adelante. Tenemos presencia de pandilleros aquí cerca. Hace poco Carlos venía ya como a las 8 de la noche y ellos estaban fumando allá arriba. Lo pararon y le preguntaron que por qué no lo habían visto, y él les dijo que trabajaba en la alcaldía y le han dicho que lo van a investigar”.

Carlos dio esa respuesta porque logró ser aceptado como aprendiz en un taller de la alcaldía de ese pueblo. El muchacho no recibió amenaza, pero ese mensaje fue suficiente para que la familia se sienta vulnerable de nuevo.

“Ahí está que mi hijo me dice que se va a ir. Dice que ya no quiere estar acá. Tengo una amiga que tiene una hermana en el extranjero. Ella me lo va a recibir. Lo que más quisiera es que ellos estén bien. Poder sacarlos de acá y que ellos puedan tener libertad de decir ‘voy a ir aquí’, ‘voy a ir allá’, sin pensar que les puede pasar algo”, cuenta Sara con amargura.

“Las soluciones duraderas para personas desplazadas se alcanzan a través de su integración comunitaria”, asegura Mauricio Quijano, director de Desarrollo Comunitario de Cristosal.
Brindar “soluciones duraderas es responsabilidad del Estado. Tal responsabilidad se manifiesta a través de la presencia territorial de las instituciones estatales, proveyendo acceso a servicios. Restituir los derechos de las personas desplazadas en comunidades de acogida requiere de la promoción de ambientes favorables para el ejercicio de dichos derechos”. Un ambiente que aún no han encontrado ni Sara ni sus hijos.

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LA REUBICACIÓN QUE FALLÓ

En julio de este año, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia reconoció que el problema del desplazamiento forzado interno existe ,y ordenó al Ejecutivo que hiciera lo mismo y tomara medidas de protección para las víctimas. Esta resolución de la sala se dio tras la solicitud de un amparo en el que 33 personas de un grupo familiar dijeron haber sido víctimas de un sinfín de tipos de violencia en El Salvador.

Un hombre, identificado con la clave Demandante 2, declaró ante la Corte que los miembros de su familia vivían en un área de Ciudad Delgado dominada por pandillas.
“En 2016, la cosa se puso caliente”, se escucha decir al hombre en un video. “Extorsionaron todos los negocios, mataron al que vendía tortillas en la comunidad. Mataron al hijo del señor que vendía gas y a su papá lo balacearon. A la señora del chalet de la tienda la balacearon. De ahí mataron a un sobrino de mi primo”.

Pérdida de trabajo. Un estudio de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos indica que el 42.5 % de los desplazados se vio obligado a dejar su empleo en el período de abril de 2016 a mayo de 2017.

Luego, la violencia lo tocó de manera directa. Dos de sus familiares pertenecen al ejército y una de sus hermanas fue violada junto con su hija de 12 años. Los pandilleros, de acuerdo con la declaración, amenazaron con matarlas si no entregaban a sus hermanos militares.

Con todo esto en la cabeza, el Demandante 2 decidió coordinar el traslado de su familia hacia Berlín, Usulután. “Un mes y medio después ya habíamos hecho el rancho de lámina”, se le escucha decir. Pero el lugar al que se desplazaron se convirtió en otra estación de su vía crucis.

En el video, el hombre explica que, llegado diciembre, la comunidad organizó una fiesta frente a la casa informal que recién había construido. “Estaban enfrente de nosotros las luces, la discomóvil, todo el show y la gente contenta. Todo bello. A las 10:30 fue el parón de luces y de sonido. Pum. Y el gran caos y la gritadera”.

El Demandante 2 asegura que policías llegaron y realizaron un operativo en busca de pandilleros. Luego, su madre salió a observar qué sucedía.

“Cuando mi mamá venía saliendo, se oyeron los disparos. Mi mamá gritó y yo le dije ‘no, tranquila, mamá, no me han baleado a mí’. ‘Hijo, me balearon’, me dijo. Yo la alumbre y cuando la vi, su pantaleta blanca estaba empapada de sangre. Mi hermano la agarró. Mi papá le daba boca a boca respiración. ‘¿Qué han hecho?’, le dije yo. En el baile pregunté quién disparó. ‘Los policías dispararon’, dijeron en la comunidad”.

Este caso que ilustró la violencia de El Salvador sirvió para que la Corte Suprema de Justicia se convirtiera hace solo cuatro meses en la segunda institución pública en reconocer este fenómeno.
“No se encuentra razón para dudar del declarante, pues no se ha aportado al proceso prueba que ponga en duda su credibilidad o la confiabilidad de la información que proporcionó”, razonó la Sala de lo Constitucional al respecto.

La sentencia indicó que “los integrantes de su grupo familiar han sido víctimas de desplazamiento forzado, en un primer momento, como consecuencia del acoso y de graves atentados que pandilleros del Barrio 18 efectuaron en su contra y, en un segundo momento, por un hecho de violencia no investigado ni esclarecido que involucró a agentes de la PNC y provocó el fallecimiento de la madre del demandante”.

Las personas identificadas como víctimas y demandantes en este amparo ya lograron irse de El Salvador. Su intento de reubicación dentro de su propio país terminó en un homicidio que aún no ha sido esclarecido.

La sala estableció que la Asamblea Legislativa había fallado al no actualizar normativa para la atención de estas víctimas, así como señaló fallas del sistema policial y fiscal. Además, ordenó que se tomen medidas para proteger urgentemente a las familias que huyen por la violencia.

En la práctica, las órdenes de la Corte son solo palabras sobre papel. La procuradora Beatriz Campos lo reconoce así: “Las ONG están supliendo, aunque no debería ser así. Y ahí nuestro principio se va un poco por la borda porque queremos que el Estado asuma, pero no tiene cómo, por más recomendaciones que se hagan y por más que la sentencia esté vigente”.

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UN PROBLEMA SIN ESTADÍSTICAS CLARAS

“Hay personas que dicen claramente que no quieren denunciar ante la PNC o la Fiscalía. Pero nosotros registramos el caso”, sostiene Campos. También otras organizaciones llevan sus propias estadísticas. De enero a septiembre, Cristosal ha registrado 115 casos de desplazamiento forzado. En promedio, 12 por mes. En el 68 % de los casos, las víctimas han decidido no interponer denuncia ante el Estado.

“Existen varios factores que no hacen posible en este momento un cálculo con alto nivel de precisión del número de desplazados. Dentro de ellos se destaca el carácter invisible del desplazamiento. La visibilidad podría significar ser detectados y ser de nuevo víctimas de la violencia”, se puede leer en un informe del año pasado de la Procuraduría.

Si no hay denuncia formal, ¿cómo se sabe que los casos son reales? Cuando esto se le cuestiona a la procuradora Beatriz Campos, ella responde que las personas que llegan a la procuraduría se presentan en situación límite y, en ocasiones, en crisis nerviosas. Ella recuerda que predominan los grupos familiares en los que hay jefa de hogar con hijos y nietos. “Cuando la gente viene, no creo que estén fingiendo ni estén haciendo ninguna especie de histrionismo. Vienen con sus cosas, vienen con su grupo familiar”.

De una muestra de 138 casos de desplazamientos estudiados por la procuraduría, las principales causas para desplazarse fueron las amenazas de muerte y el intento de homicidio. A pesar de que estas acciones constituyen delitos que pueden ser denunciados ante las autoridades, las personas entrevistadas por la institución revelaron los motivos principales por los que no denuncian: por miedo a represalias y por desconfianza en las instituciones.

La desconfianza no es gratuita. “La mayoría de estos casos son provocados por pandillas, pero hay cinco denuncias de este año en los cuales las causales de desplazamiento son provocadas por agentes policiales, o sea, es una violencia institucional”, señala Campos desde su oficina en una tercera planta de San Salvador.

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LA PARTIDA

A mediados de este octubre, miles de personas salieron juntas de Honduras con destino a Estados Unidos. Los medios han nombrado al grupo de personas que avanza a pie en la Caravana de Migrantes. Se calculan entre 3,000 y 7,000 personas las que se juntaron para realizar un éxodo masivo del país centroamericano. Una página de Facebook llamada El Salvador Emigra por un Futuro Mejor ha convocado a salvadoreños a salir en grupo hacia Estados Unidos este domingo por la mañana.

Irse lejos de El Salvador es también el deseo de algunas de las personas que han sido sacadas de sus casas. Cristosal analizó 226 casos de desplazamiento forzado ocurridos entre 2016 y marzo de este año. La conclusión a la que llegaron tras el estudio es tajante: “El 89 % de las familias que entre sus miembros tienen a un niño, adolescente o joven tiene la intención de migrar”.

Entre las instituciones estatales, este no es ningún secreto. Las víctimas de este problema no cuentan con medidas de protección suficientes y algunas se ven obligadas a tomar decisiones radicales, como la migración irregular. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos afirmó el año pasado que “el Estado mantiene un rol (marginal y) omitido y pasivo en la problemática del desplazamiento interno, a pesar de que la atención a las víctimas es responsabilidad prioritariamente de los Estados en donde ocurre”.

“Vámonos, mamá, hagamos vida en otro lado”, cuenta Sara que sus hijos le han dicho. La pequeña familia ha planificado que Carlos sea el primero en partir solo.

Medio de subsistencia. Sara espera, con la venta de su producto, recuperarse económicamente después de que su hijo fue amenazado de muerte.

“La gente quiere distorsionar a Monseñor Romero para legitimar su mundo”

José Jorge Simán Amigo de Monseñor Romero

Pepe Simán tiene 82 años y en los últimos días ha estado ansioso. Camina lento hacia su estudio, un salón lleno de libros, premios y tarjetas de cumpleaños. Ahí muestra algunos de sus escritos. Antes de sentarse a conversar, advierte algo: este miércoles no se dejará tomar fotografías. Ahora quiere platicar.

“Imagínese, yo era el turquito Simán que llegó a pedir trabajo a ADOC”, dice con humor. La figura de Pepe Simán es un tanto ecléctica. Estudió economía y filosofía. Cuando era joven, se salió del próspero negocio familiar y solicitó trabajo a una zapatería. Ahí creó el Departamento de Mercadeo. Fundó empresas, fue director de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador y, además, se interesó por promover actos artísticos, hacer eventos musicales y traer cine a El Salvador. En esa vida tan variada que llevó, conoció a Monseñor Romero. Pero el primer encuentro de los dos fue una discusión.

En los años sesenta, José Jorge Simán fundó la Oficina Católica de Cine y realizaba cine foros. Cuando Romero fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador, los dos no coincidían en cuál debía ser la misión de esa oficina: ¿Debían formar al público o censurar las películas? A juicio de Simán, Monseñor Romero era entonces muy tradicional, y él, como otros católicos, no esperaba mucho del cura.

Décadas después, Pepe Simán sale de su estudio y camina hacia el fondo de su casa. Ahora no queda ni un solo reclamo al sacerdote del que una vez dudó. En la parte trasera de su casa hay un gran jardín con pasto y una pequeña cancha de básquetbol. En el corredor de enfrente hay orquídeas fucsia, una mesa de comedor, una hamaca, un radio y unos sillones. Desde acá se tiene una vista privilegiada de San Salvador, sus edificios y su catedral.

“Me dejó jodido porque uno debe transmitir honradamente lo que uno vivió”, le dice a una periodista 38 años después del homicidio de Óscar Arnulfo Romero. Así inicia esta plática que se divide en dos atardeceres de octubre. Simán dice que siente una gran responsabilidad y que intentará comunicar bien sus impresiones. En los últimos días ha tenido una agenda ocupada porque de la televisión y los periódicos no dejan de llamarle para entender de manera más íntima a su amigo, ese que este domingo cumple su primer día como santo de la Iglesia católica.

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LA DECEPCIÓN PERDIDA

“Vaya, Pepe, ahí está tu arzobispo”, cuenta José Simán que le dijeron sus amigos, en tono burlesco, a principios de 1977, cuando Óscar Arnulfo Romero fue puesto al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Para completar la burla, un amigo le llevó hasta su casa la foto de monseñor que había salido en el periódico. Sus amigos sabían que él era alguien muy católico y también sabían que Romero no era santo de su devoción.

José Simán ya había discutido con Romero y la idea de que esa persona fuera ahora el líder de la arquidiócesis no le hizo mucha ilusión. En realidad, de Romero “todos los indicios” apuntaban a que el de este cura sería “un tipo de apostolado pacato, espiritualista y puritano, más inclinado a la componenda con los poderosos que a la solidaridad insobornable con los pobres”. Así escribió en 1980 el sacerdote español Ignacio Martín-Baró.

Simán esperaba que el siguiente arzobispo fuera monseñor Rivera y Damas, un religioso a quien sectores poderosos y conservadores tenían catalogado como “comunista”. Pero, al final, quien fue seleccionado fue justo el obispo auxiliar con el que se había enfrentado por un tema del cine.

Coleccionista. José Simán tiene muchas estampas, en medio de sus libros, en las que el rostro y las palabras de su amigo son los protagonistas.

Ahora, desde una silla y viendo a San Salvador, recuerda cuando aceptó que tendría que pedirle disculpas y ofrecerle su ayuda para trabajar. Se tragó los recelos y fue donde Monseñor Romero. Así iniciaron una amistad.

No pasó mucho tiempo hasta que Simán empezó a organizar desayunos y almuerzos para que Romero llegara a su casa. A veces hablaban de realidad nacional y discutían violaciones a los derechos humanos con otros religiosos y laicos. En otras ocasiones, preferían descansar.

En el diario personal de los últimos dos años de su vida, Romero mencionó 15 veces el nombre de Pepe Simán. En todas se refiere a él como un amigo, como alguien que le pide consejo, pero también como alguien con criterio importante para el arzobispo. “La cordialidad de este hogar, que me brinda mucha amistad, es para mí también un oasis en mi trabajo”, dijo Monseñor en la grabación de su diario el 31 de agosto de 1979.

Romero se convirtió en la voz de denuncia de los abusos de poder y, poco a poco, Simán fue comprendiendo que la figura de su amigo había trascendido fronteras. “Yo iba a otros países y me decían ¿qué tal el arzobispo Romero? La gente me preguntaba por Romero más que por El Salvador. Yo me quedaba asustado”.

Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo.

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LO QUE ROMERO RETÓ

“Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo”, le dijo un día Monseñor Romero a Simán. El empresario asegura que esa era una preocupación dentro de algunos grupos de poder económico de El Salvador. La Iglesia había estado, por tradición, cercana a ellos, y con Monseñor Romero las cosas eran distintas.

En 1977, el padre Rutilio Grande fue asesinado junto con otras dos personas. “Por primera vez en lo que luego habría de convertirse casi en rutina, Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

El arzobispo se convirtió en una voz que, por ser conciliadora de los derechos humanos, se consideró combativa. Romero ofició tanto misas de empresarios asesinados como de campesinos. Se cuidó de que la Iglesia no fuera utilizada con fines partidarios, pero tampoco negó sus oficios. Una vez, recuerda José Simán, dijo Monseñor: “Alguna gente me ha llamado para que no diga la misa del padre Barrera porque andan diciendo que es comunista… No, yo la voy a decir, porque la Iglesia es madre de todos sus hijos”.

Simán hace una pausa y respira profundo: “Púchica, mirá, todavía casi se me salen las lágrimas cuando pienso en esos momentos”.Frente a unas orquídeas, Simán continúa narrando: “La gente quiere distorsionar a Monseñor para legitimar su mundo. Tenés el ejemplo de la guerrilla, agarraban cosas que él decía… no completas”. A juicio del amigo del mártir, el propio Romero fue consciente de cómo intentaban usarlo, no solo a él, sino a la Iglesia, como símbolo político.

Por eso cuenta que hace unos días, cuando se encontró con algunas personas del actual gobierno, les pidió que dejen de utilizar la figura de Monseñor como algo divisorio: “Dejen de estar hablando babosadas de Monseñor. Monseñor debería llevar a la unidad de los salvadoreños”.

—¿Monseñor alguna vez mencionó que sabía que algunos sectores querían utilizar su imagen?
—Por supuesto. Es que él repite varias veces que él no está con ningún lugar político, ningún partido. Yo no quiero juzgar. Me da tristeza que los salvadoreños, teniendo un santo que ha entregado su vida al servicio, que ha pensado en la gente, al que la gente le tiene devoción y amor, no lo celebremos porque hay gente que dice que era comunista. ¿Qué saben sobre qué es ser comunista?

Devoto. En su estudio, don Pepe Simán guarda con cariño ilustraciones y fotos con el ahora santo Óscar Arnulfo Romero.

Para el empresario, la idea que Romero proclamó era que El Salvador está lleno de gente pobre, y que esa gente pobre es tan importante como la gente con más dinero. Esto era algo refrescante de escuchar, pues José Simán se movía dentro de estos circuitos de poder. Desde su familia hasta sus amigos formaban parte de ellos.

—Usted ha dicho que su cercanía con Monseñor Romero causó cierta confrontación con los empresarios. ¿Cómo vivió eso familiarmente?
—Igualmente. Una vez llegué a la playa y me empezaron a vitorear “Romero, Romero”, riéndose de mí, pues. Decían: “Es que este Pepe no entiende, ese curita…”. La vida te va enseñando. No tenés que estar arriba, hay gente humilde que da 100 veces más de lo que uno da. Se entrega, no come. Eso es ser cristiano. Eso es respetar a las personas, y los salvadoreños somos personas, aunque no lo quieren entender. No somos robots, no somos máquinas, y nos deben tratar como personas.
—Cuando usted dice “no lo quieren entender”, ¿a quiénes se refiere?
—A la gente que critica a Monseñor Romero, lógicamente, porque si ellos quisieran entenderlo, comprenderían que deben tomar unas medidas para facilitar las cosas.

Ese distanciamiento que Pepe Simán hace de un sector empresarial no debe confundirse con una negación de esa parte fundamental de su vida: “Yo me siento orgulloso de ser empresario, pero sí me da rabia que me confundan con delincuentes porque, ¿qué sería este mundo sin empresarios? ¿Cómo intercambiaría la gente sus cosas? El problema que hay que pensar, al hablar de empresarios, es que pueden ser millonarios y tenerlo todo, pero ¿son personas?”.

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LAS PALABRAS DEL CÍRCULO DE ROMERO

“Lo que la gente no entiende es que él era muy humilde y hablaba en esa voz coloquial, pero ¿qué sucedía? Cuando agarraba el sermón, tenía una voz maravillosa. En lo personal era shhh, shhh, hablaba muy suave. Esta gente no entiende… para que me haya dicho en ese momento, aquí parado: mire, yo no tengo que ser obispo”, dice Pepe Simán, y señala hacia el corredor de enfrente.

El sol cae en esta tarde de miércoles y las nubes se tornan rosadas. Simán continúa su relato: conforme las tensiones políticas previas a la guerra aumentaban, había gente que acusaba a Monseñor Romero de buscar atención, mientras que el arzobispo, tranquilo, afirmaba que él no necesitaba un alto cargo, sino que se respetara a la gente. Hace 39 años, en una tarde de octubre como esta, Romero llegó a esta casa abrumado, como lo consigna en una entrada de su diario de 1979, solo cinco meses antes de que lo asesinaran.

“Esta mañana ha habido muchas visitas de sacerdotes y fieles en el arzobispado. Fui a almorzar a la casa de don Pepe Simán, ya bastante tarde, pues tuvimos que retardar por estas visitas y consultas. Me sentía muy abrumado por no encontrar comprensión en el ambiente acerca del momento político y de la actitud de la Iglesia”, quedó registrado.

Un día antes de eso, en su homilía, él había denunciado algunas promesas incumplidas de la junta de gobierno y había criticado la violencia de los grupos de extrema izquierda.

Por defensor. Monseñor Romero ha sido considerado el primer defensor de los derechos humanos en El Salvador. Sus homilías desafiaron un sistema de represión e injusticia contra la población civil.

Esta casa de la colonia Escalón poco a poco se convirtió en un lugar donde Monseñor Romero no solo se sentía tranquilo: también era seguro para discutir la situación del país. Simán recuerda algunos nombres de las personas que eran asiduas a estos encuentros: monseñor Rivera, monseñor Urioste, los sacerdotes Estrada y Moreno, César Jerez, Héctor Dada y, a veces, el ahora cardenal Gregorio Rosa Chávez.

En alguna ocasión Pepe Simán fue una especie de puente para gente de cierto poder y con inquietudes de justicia que quería conocer a Monseñor Romero. Los cargos y la gente importante, recuerda, no desconcertaban al santo. En alguna ocasión, agrega, vino gente del extranjero a discutir algunos temas urgentes con el arzobispo, pero este no aparecía. Él pensó: “¿Dónde demonios se me ha ido a meter este?”. Salió a buscarlo porque quería iniciar la reunión, “y él, tranquilo, estaba orando en el santísimo”.

Los años en los que Monseñor Romero fue arzobispo estuvieron marcados por la intensificación de la represión contra fuerzas campesinas y la radicalización de movimientos de izquierda.“Las dimensiones de la represión constituyen un verdadero sufrimiento para Monseñor. Diariamente tiene que recibir en el arzobispado a decenas de gentes acosadas por la violencia de los cuerpos militares o paramilitares y que vienen a Monseñor para buscar protección y ayuda, para denunciar los atropellos y asesinatos, o simplemente para encontrar un poco de consuelo espiritual y humano. Monseñor a todos recibe y a todos atiende. Pero su voz profética se vuelve más y más colérica a medida que es alimentada por un mayor torrente de dolor y sangre popular”, escribió hace casi 40 años el intelectual y jesuita Ignacio Martín-Baró, quien también fue asesinado.

Simán cree que las homilías de Monseñor Romero eran tan escuchadas porque “daban ese sentido de esperanza, de servir a los demás, de ser hermano, de seguir a Jesús, amar a Dios y al prójimo… Monseñor Romero está presente, pero hay gente que lo distorsiona, que lo ataca, porque cuestiona cosas que no están correctas en el país. Esa es la razón (por la que en algunos sectores aún no es aceptado). Porque cuestionó cosas que no significaban amor al prójimo”.

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Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

TRAS EL ASESINATO

En este contexto de violencia, amenazas y represión, Romero se rehusó a contratar algún servicio de seguridad armado:

—Me imagino que para el final de los setenta, la mayoría de empresarios andaban con seguridad privada…
—No necesariamente –responde.
—¿Usted tenía seguridad?
—No, nunca he tenido.
—Monseñor Romero tampoco tenía seguridad, y la rechazaba. Solo lo acompañaba su motorista.
—Sí, Monseñor tenía un motorista maravilloso, simpatiquísimo, buena gente.
—¿Usted no escuchaba que le dijeran que tenía que andar con alguien armado?
—Ah, sí, por supuesto. Pero él decía que no.
—¿Cuál era su opinión al respecto?
—¡Lo mismo! Era un hombre de Dios, no un militar, no un empresario.

Familia amiga. La casa de José Simán fue un espacio en el que Monseñor Romero no solo compartió momentos de fraternidad, sino que también realizó oficios religiosos.

Después de que Romero fue asesinado, el 24 de marzo de 1980, José Jorge Simán, tuvo que irse de El Salvador. Y no porque él lo quisiera. Se sintió amenazado.

Pepe Simán asegura que se fue del país tras escuchar un audio con la voz de Roberto d’Aubuisson en el que lo señalaba de tener contactos con comunistas en Cuba. D’Aubuisson fue diputado de la Asamblea Constituyente de 1982.

Para Simán, ese audio fue primordial para tomar la decisión de irse del país, mientras las cosas se calmaban.

“Lo de D’Aubuisson es claro. Yo oí una mención que él mandó donde mencionaba a Schafik Hándal y a mí como contacto en Cuba. Yo por eso decidí irme, pero creo que los cristianos tenemos que tender (a la) misericordia, la historia de la Iglesia no es guardar rencor”, sostiene.

Simán planeó irse de su país con su familia por tres meses, pero esos meses resultaron ser más de 10 años fuera. “Me fui porque mis hijos me llamaban y me decían ‘papi, hay tiros enfrente. Papi, hay balazos’. Fueron 14 años. Cuando ya estaba pensando en regresar, me tiraron una bomba aquí, en la casa, y me quedé en Carolina del Norte, y los cipotes empezaron a estudiar”. La noche cae sobre San Salvador y las luces de los edificios de enfrente se empiezan a encender.

Devoción. Teinta y ocho años después del asesinato de Monseñor Romero, José Simán se preparó para viajar a Roma a la canonización del primer santo salvadoreño.

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ROMERO, EL SANTO

El segundo día que Pepe Simán recibe a un par de periodistas en su casa va vestido con un traje color claro y está listo para las fotos. Camina hacia el patio y asegura: “Lo que me interesa es llevar el mensaje de que Monseñor Romero era amor”.
Luego, muestra algunos espacios de su casa donde el arzobispo más famoso de El Salvador realizó algún oficio religioso, donde comían y el lugar en el que platicaban.

Algunos cuadros han cambiado de lugar, pero los muebles y accesorios de la casa siguen siendo los mismos que se observan en algunas fotografías con Romero.
Simán posa para algunas fotos, habla de algunas de sus pinturas favoritas que cuelgan en su sala y se dirige de vuelta a su estudio.

Ahí, entre pilas de libros, guarda algunos pósteres de Monseñor Romero y una credencial con especial cuidado. Es el carnet que se colgó al cuello el día de la beatificación.
Hace tres años, solo tuvo que recorrer 14 minutos en carro para llegar al acto donde Óscar Arnulfo Romero fue nombrado beato.

Al momento de esta plática, solo falta una semana para uno de sus viajes más significativos y quizá, cansado, pregunta a los periodistas si ya entendieron cómo ve él a Monseñor. Se da por satisfecho con la respuesta afirmativa que recibe y vuelve a sus preparativos. El recorrido de este año toma más de 10 horas en avión. Es hacia Roma, para ver cómo la Iglesia católica proclama santo al hombre que fue su amigo.

Recuerdos. José Simán conserva con especial cariño las fotografías de los años en los que logró compartir algunos momentos con el arzobispo de San Salvador.

El limitado camino profesional de estudiantes con sordera

Estudiantes

En este salón de clases de la Universidad de El Salvador hay demasiado ruido. Los alumnos de primer año de la Licenciatura en Ciencias de la Educación no dejan de hablarse a gritos, las conversaciones del pasillo se cuelan en el aula y se escucha cómo retumban los sonidos de una obra de construcción que está afuera.

La catedrática de Psicología Pedagógica se ve alterada entre el bullicio, y para hacerle entender algo a Glenda, una de sus estudiantes, se le acerca y le habla al oído. Glenda la observa incrédula, hace una pausa y mira cómplice a su intérprete. Se ríe y los compañeros de clase que la rodean también se ríen. Ven a la maestra, despistada, en su intento por explicar algo a la alumna. A los pocos segundos la catedrática recuerda algo y se calla: Glenda es sorda.

Glenda Jorge tiene 19 años y quiere ser entrenadora en el Instituto Nacional de los Deportes. Para ello está estudiando la Licenciatura en Ciencias de la Educación con especialidad en educación física. Ella es una de los 20 estudiantes con sordera que cursan una carrera en la sede central de la Universidad Nacional.

Estudió bachillerato en una escuela pública para sordos y durante años nunca necesitó de intérprete para entender algo de sus clases. Todas sus materias eran impartidas en lengua de señas. Pero este año todo ha cambiado y se ha integrado al sistema de educación oyente. Aquí necesita que un intérprete asista con ella a todas sus clases y le explique toda la cátedra al mismo tiempo que el docente habla. A veces, se siente como una pérdida de independencia.

Desde un jardín de la Universidad de El Salvador expresa un poco de nostalgia por la comunidad que tenía en su centro de estudios anterior: “En la escuela Griselda Zeledón la relación era perfecta porque todas éramos personas sordas. Aquí en la UES es difícil. Primero sentía pena porque los demás estudiantes se me quedaban viendo”, expresa con las manos. Este es su segundo ciclo en la universidad y mientras signa estas oraciones, un grupo de jóvenes la observa a la distancia, todavía con curiosidad.

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SER SORDO EN LA ESCUELA PÚBLICA
Es el mediodía y un puñado de niños corre por el parqueo del Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón, en San Salvador. Todos son sordos pero ríen y gritan en el juego como lo haría cualquier grupo de niños oyentes.

Entre ese barullo, una maestra sorda intenta comunicarse con el papá de una de sus alumnas, pero él no domina el lenguaje de señas. Este mes se conmemora la independencia de la patria y la docente busca explicarle al padre de familia que la niña debe venir mañana con uniforme formal y peinada con dos colitas. Otra madre de familia, que sí signa, le interpreta la indicación al papá. Él, después de escuchar la oración en español, asiente y se va con su hija.

Así como para los oyentes que viven en El Salvador su primera lengua es el español, para los sordos, su primera lengua es la de señas. Se considera que los sordos que estudian acá son bilingües porque se enfrentan a un sistema educativo con dos idiomas a diario. Así, la clase se explica en lengua de señas y los conceptos se escriben en español.
Y aunque todos los estudiantes de este centro escolar reciben la explicación de las clases en lengua de señas, no todos los padres la conocen. Así lo reconoce Rosalba Cartagena, la madre de una estudiante no oyente de noveno grado.

Sin terminar. Este es el edificio donde reciben clases los estudiantes sordos de tercer ciclo y bachillerato del Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón. No cuenta con focos ni energía eléctrica.

“Cuando me dijeron que ella era sorda, yo sentí que el mundo se me cayó. Yo me limité a llorar y llorar. Uno piensa: ¿qué va a ser de mí con esta niña?” Luego, superó la conmoción inicial, se informó y decidió inscribir a su hija a la escuela nada más cumplió la edad necesaria. Ahora, la viene a dejar todos los días a clase y la espera sentada en una banca, excepto cuando la buscan para trabajar como intérprete en algunos eventos.

Su hija, Heysel, aún no se decide si estudiar matemáticas, contaduría o educación en la universidad. El sueño de Rosalba es que su hija sea profesional, pero a veces eso solo significa sacrificio. Viajan desde una zona rural y para venir a clases se tarda dos horas, combinando trayectos entre tres buses. Entre las dos gastan $3 en pasajes a diario, que se hacen unos $60 al mes.

El Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón es el único complejo educativo para sordos que abarca desde parvularia hasta bachillerato en la zona central. Se fundó hace casi 20 años con maestros que entonces no dominaban por completo la lengua de señas. Ahora sí lo hacen y tienen 141 estudiantes.

En 2017 el Observatorio de Centros Escolares del Ministerio de Educación registró que había 583 estudiantes con sordera cursando educación básica y media. Gricelda Zeledón, la profesional en honor de quien bautizaron una escuela, está convencida de que hay más infancia sorda en edad escolar que no es matriculada. “Posiblemente los padres desconocen que el sordo es educable. Por otro lado, las escuelas presentan deficiencias y los padres no ven avances significativos en sus hijos: habla y lectoescritura, por ejemplo”, expresa la experta en el tema de pedagogía.

En todo el país solo hay cinco centros escolares públicos exclusivos para sordos. Los demás están ubicados en San Miguel, Sonsonate, Santa Ana y Cuscatlán. A esta escuela de la zona central vienen a estudiar niños desde Chalatenango o San Vicente. En teoría, este centro debería estimular sus ganas de estudiar, pero a veces pasa lo contrario.

Estimaciones. Hay, al menos, 88,000 personas con discapacidad auditiva, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad presentada en 2016.

Por ejemplo, el edificio de tercer ciclo y bachillerato, donde estudia Heysel, no está terminado. Desde hace más de cuatro años la obra quedó en abandono, señala Saúl Castaneda, director del centro escolar. El edificio es gris, no tiene ventanas acabadas, solo agujeros en las paredes. Sobre estos, se han colocado unos barrotes de hierro que hacen las veces de balcón, pero no hay vidrios que impidan que se metan animales.

En este edificio tampoco hay focos, ni energía eléctrica –a excepción de unas conexiones hechizas para que maestros puedan conectar una computadora–. “No sé qué problema hubo entre la constructora”, dice Castaneda, quien afirma que un día simplemente se dejó de construir. Él dice que cuando llueve, los estudiantes deben moverse y estar sacando el agua que entra a los salones, por la falta de vidrios. Además, los maestros y estudiantes también se encargan de sacar murciélagos y palomas que, en repetidas ocasiones, eligen los salones como nido.

El presupuesto del único complejo educativo para sordos de la zona capitalina es de $5,000 anuales, de acuerdo con Castaneda. Él admite que la mayoría del tiempo logran hacer obras de infraestructura gracias a donaciones y a la mano de obra de los mismos estudiantes. “Todo lo que está acá, lo han hecho los alumnos: el portón, el lugar de estadía de los padres, los baños… con sus proyectos de soldadura”, dice mientras camina por los pasillos de su escuela.

En las áreas rurales del país, el acceso a la educación para sordos es aún más deficiente y escaso, aseguran tres profesores de esta escuela. La distancia entre la casa y el centro de estudios es un factor decisivo para la deserción escolar. Así lo afirma la maestra de Ciencias Sociales Berta Pascual: “No pueden venir por lo económico. Y los papás dicen ‘ay, no, para qué vas a ir a la escuela’”. Los $60 que Rosalba y Heysel deben gastar al mes para llegar a la escuela son una pequeña fortuna para quienes no tienen garantizado el acceso ni siquiera al salario mínimo.

Así como para los oyentes que viven en El Salvador su primera lengua es el español, para los sordos su primera lengua es la de señas. Cuando un sordo que sabe signar aprende a leer español, se vuelve bilingüe. Y aunque todos los estudiantes de este centro escolar reciben las clases en lengua de señas, no todos los padres la dominan.

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EL ROSTRO DE UNA CONDICIÓN
En el país se estiman –al menos– 88,000 personas con discapacidad auditiva, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad presentada en 2016 por el Consejo Nacional de Atención Integral a la Persona con Discapacidad (CONAIPD). Gricelda Zeledón es una de ellas. Su nombre se escribe con ‘c’, aunque la escuela que se fundó hace dos décadas en su honor se escribe con ‘s’.

En realidad, Gricelda Zeledón no se confía mucho de las encuestas y las cifras que intentan cuantificar la comunidad de personas sordas a la que pertenece. Desde su casa cuenta: “Aquí vinieron encuestando una vez y me preguntaron si había una persona con discapacidad. ‘Sí, yo’, les dije. Y me preguntaron: ‘¿Usted qué tiene?’ Respondí que soy sorda. ‘Pero usted habla y no la puedo poner porque nos dijeron que debemos registrar a los sordomudos’”. Esta última palabra es considerada ofensiva, pues ellos sí pueden articular sonidos. Con terapia y práctica, incluso pueden llegar a hablar español como Gricelda.

Gricelda Zeledón es licenciada en Psicología y tiene 70 años. Domina el español escrito, leído y hablado y además lee el inglés. El de ella es un caso excepcional. Lee los labios y articula bien las palabras. Es posible tener una conversación con ella sin necesidad de intérprete. Se expresa de manera académica y ha dedicado su vida a educar sobre la importancia de que los sordos tengan espacios donde se profesionalicen e ingresen a una vida laboral como cualquier otra persona.

En 2015 fue reconocida por la Asamblea Legislativa como “Hija meritísima de El Salvador” y se le entregó un diploma que ahora está colgado en la sala de su casa. El motivo del reconocimiento fue “su lucha constante en la inclusión de las personas sordas en la sociedad, así como por su incansable esfuerzo por brindarles una educación de calidad”.

Fue madre soltera y cuenta que la sordera no fue una barrera para instruir bien a sus hijos. Dice que cuando estaban bebés, ella topaba la cuna a su cama. Cuando los bebés lloraban, la vibración del llanto la despertaba y ella podía cargarlos y ver qué pasaba. Sus dos hijos se formaron académicamente y ahora uno de ellos es un presentador de noticias en la televisión.

Gricelda puede ver el trabajo que uno de sus hijos realiza a diario, pero es difícil que tenga compresión inmediata de las noticias porque no se usan subtítulos ni tampoco se muestra en un cuadro a un intérprete. Los mensajes en lenguaje de señas en televisión solo se dan en algunas cápsulas informativas y en las cadenas oficiales del gobierno. La psicóloga cuenta que, con su hijo, sueñan cambiar eso y que a los sordos se les cumpla su derecho a estar informados.

Referente profesional. La psicóloga Gricelda Zeledón ha sido nombrada “Hija meritísima de El Salvador” por su trabajo en pro de la población sorda y su lengua.

La lengua de señas que se habla en esta casa, en los mensajes de gobierno y en las escuelas públicas es la Lengua de Señas Salvadoreñas (LESSA). Las señas cambian de significado de país en país y la LESSA es el idioma local de la comunidad sorda. Aún está en desarrollo. Además de esta lengua, en algunas academias privadas del país se enseña la Lengua de Signos Americana (ASL, en inglés). Esta es una más estandarizada internacionalmente.

En la comunidad de sordos la preferencia por una u otra lengua es un tema un poco espinoso de tratar. A pesar de que las dos lenguas se realizan con las manos, las dos son completamente distintas. Es como hablar francés y alemán. Desde una posición oficial, El Salvador está intentando hacer crecer y desarrollar la LESSA, pues además es un símbolo de identidad salvadoreña. En cambio, en otras academias se entrena a los estudiantes en ASL. El argumento es sencillo. El ASL, al ser signado también fuera de El Salvador, puede ayudar para abrir más puertas en el exterior.

Zeledón considera que hay una carga de malinchismo en el uso constante de la Lengua de Signos Americana, cuando hay un sistema propio y local, pero que lo más importante es que a los niños sordos se les enseñe su primera lengua de señas desde que nacen. Solo así se estimulan las inteligencias necesarias para que luego la niñez se pueda comunicar e ingresar a un sistema escolar.

“Hay tres niveles de lenguaje, familiar, académico y metalingüístico. La mayoría de sordos se quedan en el nivel familiar. Los sordos necesitan lengua de señas desde que nacen. Mi nieto tiene dos años y sabe señas y nadie le ha enseñado. Viene gente con sordera de visita a platicar y él, solo viendo, aprende”, comenta.

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LENGUA DE SIGNOS AMERICANA PARA IRSE DEL PAÍS
La Fundación Manos Mágicas es una academia privada donde se le brinda refuerzo escolar a niños y se les enseña a mayor profundidad la lengua de señas. La fortaleza de Fundación Manos Mágicas es la Lengua de Signos Americana.

Aquí imparte clases Rebeca Soundy, una docente sorda graduada de una universidad privada. Ella comprende de primera mano los problemas a los que se enfrentan los estudiantes con sordera en ambientes integrados con oyentes. Algunos niños que reciben refuerzos aquí asisten diariamente a colegios privados. Ahí estudian con un intérprete al lado del maestro y, generalmente, tienen un nivel de vida mejor que aquellos estudiantes que asisten a las cinco escuelas públicas para sordos.

Rebeca asegura que, en promedio, a un intérprete se le paga $300 mensuales para que asista a clases con el estudiante. Además de eso, las familias deben pagar la cuota del colegio. A eso se le suma el pago de estos refuerzos. Para el futuro, el plan que tiene esta fundación es desarrollar un programa de padrinos para que niños sordos de escuelas públicas puedan venir a recibir refuerzo académico sin pagar.

Cuando a Soundy se le consulta sobre la controversia de qué lengua de señas es la que debe ser enseñada en El Salvador, si la local o a la americana, ella responde que las dos sirven para motivos distintos. Por ejemplo, acá se brinda clases a personas sordas que provienen de colegios bilingües y les ayuda a perfeccionar la ASL. El objetivo de algunas de estas personas es estudiar o trabajar en el exterior, en países más inclusivos.

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NO ESCUCHAR EN LA UNIVERSIDAD DE EL SALVADOR
La UES tiene 177 años de haber sido fundada, pero solo hasta 2012 empezó a llevar un registro estadístico de estudiantes con discapacidad. Ese lento despertar, aunque tarde, ha logrado que se cree la Unidad de Atención Especial a Estudiantes con Discapacidad. Así lo explica Rosario Villalta, la coordinadora de dicha dependencia.

La unidad está ubicada en un pequeño salón dentro de la biblioteca central del recinto universitario. Es la encargada de brindar atención a 113 estudiantes con discapacidad. De estos, 25 son sordos y a cada uno se le asigna un intérprete pagado por la UES. De estos alumnos, 20 estudian en San Salvador y los otros cinco en las otras sedes departamentales.

Para atender a este más de centenar de personas y apoyarlos en su desarrollo, la unidad tiene solo a dos empleados. Ellos coordinan el trabajo y los horarios con la universidad y los intérpretes.

La mayoría de estudiantes con sordera se encuentran estudiando Humanidades, aunque hay algunos en Administración de Empresas e Ingeniería, sostiene Villalta. En los últimos cinco años, ocho personas sordas han egresado de su carrera universitaria. Sin embargo –dice la coordinadora– aún hay algunas carreras como Medicina en las que no hay ninguno con discapacidad auditiva.

Y es que a pesar de que a cada estudiante sordo se le asigna un intérprete, la verdadera clase la sigue impartiendo un catedrático que maneja un lenguaje distinto. A los sordos, las clases de la carrera llegan a través de sus intérpretes, lo cual es un reto para los jóvenes que trabajan con este rol, pues, en algunos casos específicos ellos también luchan para entender, en español, lo que se explica en la cátedra.

“Algunos licenciados sí entienden y respetan, pero hay otros profesores que no”, comenta Glenda Jorge, la estudiante de Educación Física. Ella recibe sus clases durante la mañana y viene de una familia de cinco hermanas donde tres son sordas. De las tres, solo ella estudia en la universidad. Sus otras dos hermanas, a pesar de ser mayores que ella, se han dedicado a trabajar.

El ciclo pasado inscribió la carga académica completa y este también. Su intérprete es un joven llamado Geovani, de 22 años. Él también es estudiante de la UES, pero cursa sus materias de otra carrera en la tarde. De alguna manera, se podría decir que cursa dos licenciaturas. Una como trabajador y otra como alumno.

Geovani aprendió lengua de señas hace cinco años, cuando conoció a otra persona sorda en un campamento. Después de ser testigo del aislamiento que provoca no compartir un lenguaje, se preocupó por asistir y pagar sus propios cursos. Luego, cuenta, fue voluntario de la Unidad de Atención a Estudiantes Discapacitados de la UES y así fue como se dio a conocer como intérprete.
Ahora la universidad le paga por sus servicios profesionales. Por su trabajo permanece todo el día en la universidad e incurre en gastos alimenticios a diario, pero el pago de su rol como intérprete lo recibe meses después, hasta el final de cada ciclo.

Séptimo Sentido intentó consultar con otras ocho universidades privadas sobre los apoyos que brindan para sus estudiantes sordos. Se obtuvo respuesta de tres centros de estudio superior. En la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) y la Escuela de Comunicaciones Mónica Herrera, consideradas líderes en formación de economistas y comunicadores, no hay ningún estudiante con sordera inscrito. Por otro lado, la Universidad Don Bosco sí cuenta con un programa de formación en ASL para oyentes interesados. Actualmente en ese centro cursan una carrera dos estudiantes no oyentes: una alumna en Diseño Gráfico y otro estudiante en el técnico en Ingeniería Mecánica. Es decir, entre miles de futuros profesionales de esa casa de estudios, solo dos son sordos.

“Hay tres niveles de lenguaje, familiar, académico y metalingüístico. La mayoría de sordos se quedan en el nivel familiar. Los sordos necesitan lengua de señas desde que nacen. Mi nieto tiene dos años y sabe señas y nadie le ha enseñado. Viene gente con sordera de visita a platicar y él, solo viendo, aprende”, comenta Gricelda Zeledón.

Este martes 18 de septiembre, Glenda y Geovani atraviesan los pasillos del edificio de la Licenciatura en Educación Física, lleno de jóvenes con ropa deportiva. Glenda no es cohibida, sonríe amplio y tiene una relación de confianza con Geovani quien, durante el último año, se ha convertido en su puente con el mundo oyente y de cierta manera, su puente con la posibilidad de un título universitario.

Entran a un salón de clases y Glenda se sienta al frente. Geovani toma un pupitre y se coloca al lado de la catedrática. Cada vez que la docente habla, Geovani hace gestos con las manos y la cara. Además, Glenda tiene un compañero de carrera que también ya aprendió lengua de señas gracias a la amistad que han entablado. El silencio tiene sus ventajas. En un breve momento de aburrimiento de la clase, Glenda signa algo con Geovani y con su otro amigo, Moisés. Entre los tres sonríen y hacen miradas cómplices, pero nadie se entera de qué están hablando. La clase sigue con normalidad.

Glenda considera que en la universidad falta que los catedráticos realicen algunas “adaptaciones didácticas”. Su sueño es crear un “Consejo Profesional de Sordos” para discutir conceptos especializados según cada carrera universitaria. Porque, aunque los intérpretes sean buenos, hay conceptos técnicos que solo un especialista puede explicar bien.

El tema de la clase de ahora es el desarrollo infantil. “La infancia es el periodo de vida entre el nacimiento y el surgimiento del lenguaje, es decir, hasta los dos años”, se dice en la cátedra y luego se añade: “Los niños comienzan a hablar alrededor de los dos o tres años”.

Geovani le interpreta esto a Glenda, quien aún recibe malas miradas porque en esa primera infancia desarrolló un lenguaje no oral. Glenda comprende lo que se está diciendo, vuelve a ver la presentación que se proyecta en la pizarra y asiente con un gesto serio.

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DESPUÉS DEL TÍTULO
Cuando se conversa con sordos que son profesionales hay un punto de reclamo en común: Después de sobrepasar las barreras para formarse, nada se vuelve más fácil. Al contrario, a pesar de poseer un título universitario, nada les garantiza el acceso a un empleo digno y estable.

Por ejemplo, en el complejo Griselda Zeledón, hay maestros sordos que tienen trabajo, pero no un contrato de plaza. Se encuentran formando estudiantes pero su tiempo está contado pues solo están cubriendo interinatos. Al solo ser cinco escuelas a escala nacional para no oyentes, las ofertas laborales para docentes en lengua de señas no abundan. Ellos consideran que “con respeto a las personas oyentes, la persona sorda tiene su propia cultura y es el sordo quien debe impartir la lengua de señas”.

Rebeca Soundy, la maestra que da clases de refuerzo en Fundación Manos Mágicas, coincide en este punto. “La lengua de señas es parte de una cultura sorda. Vemos personas oyentes que andan dando clases de señas y no es bueno porque le quitan oportunidad laboral a otras personas. Los oyentes pueden ayudar a interpretar, pero ser maestros de lenguas de señas, no”.

La molestia se agrava con la falta de oportunidades laborales que, en general, viven las personas que presentan alguna discapacidad. Gricelda Zeledón se pregunta desde un sillón en su casa de San Salvador: “Yo conozco profesores sordos trabajando de meseros, volviendo a los oficios. ¿De qué sirve todo el sacrificio de los estudiantes universitarios? ¿Solo para que tengan un cartón?”.

Educación Superior. Glenda Jorge es estudiante de la Licenciatura de Ciencias de la Educación de la UES. Asiste a clases diariamente con un intérprete de lengua de señas.

“No puedo ir a la playa porque me siento culpable”

Hay quienes saben qué quieren hacer con sus vidas desde que son niños, y hay gente que no, como André Guttfreund. Nació de padres migrantes. Su mamá era rumana y su papá, alemán. Creció en San Salvador lleno de atenciones, pues su familia judía manejaba un negocio exitoso. Estudió en la Escuela Americana y su madre, decidida a que no fuera tan mimado, decidió enviarlo a estudiar al extranjero a los 13 años. Desde entonces, tuvo que aprender a ser independiente y entender qué significaba el privilegio con el que se crió en El Salvador.

Cuando fue la hora de estudiar en la universidad, André Guttfreund escogió Ciencias Políticas como carrera, pero no iba a las clases. Estaba más interesado en el activismo de los años sesenta. Después se inscribió en una licenciatura y maestría en teatro. Aunque le gustaba estar en el escenario, algo le hacía sentir que ese no era su lugar. Así que pensó estudiar Derecho. Estaba considerando un futuro como abogado cuando Wálter Béneke, quien entonces era el ministro de Educación, le llamó:

“He conseguido $16 millones para arrancar una televisión cultural educativa a escala nacional y tenemos dos canales. Ya es tiempo de que jóvenes como tú, a quienes el país le ha dado tanto a sus familias, le dediquen dos años a su país”, me dijo Wálter. Y yo tenía mis 22 años… entonces vine y le dije: “Wálter… yo no sé nada de televisión. He hecho teatro. Los equipos para televisión no los conozco”, y me dice: “No importa, lo que tengás que aprender, lo vas a aprender y, por lo menos, sé que no te vas a robar el pisto”.

Regresó a El Salvador y trabajó en Televisión Educativa. Ahí intentó aprender de cámaras y un poco de producción. Al mismo tiempo, siguió haciendo teatro. Esa combinación de labores, le valió un consejo que cambiaría su vida.

Un director famoso de cine italiano, Roberto Rossellini, vino a El Salvador para asesorar el proyecto de Televisión Educativa. Rossellini también fue al teatro y vio una obra que André se encontraba montando. Después de verla, el italiano le recomendó que mejor se dedicara al cine porque lo que él dirigía sobre el escenario se vería mejor en cámara. Así fue como llegó al American Film Institute y comenzó una carrera a la que le ha dedicado su vida.

Más de 40 años después de ese consejo, André va vestido de saco y camiseta en la mañana de este sábado. Son las 10 y ya salió a hacer los primeros mandados del día, hizo algunas compras y volvió a su casa listo para esta plática.

Cuenta que a él le sucedió lo improbable. La película que hizo como trabajo de graduación fue nominada directamente al Óscar, algo que muy pocos estudiantes de cine pueden decir. “Había un compañero mío, que era bastante hippie… pero rico. Él había hecho dos documentales y me dijo que quería que el trabajo de tesis lo hiciéramos juntos. Leímos un cuento por Joyce Carol Oates, nos pusimos en contacto con ella y esa es la película que nos ganó el Óscar. Nunca pensamos en premios”, comienza a narrar desde el patio de su casa en San Salvador.

¿Usted cree que el Óscar llegó demasiado pronto en su carrera?
Hay ventajas y desventajas. La ventaja era que, como ni mi compañero ni yo sabíamos negociar la industria, haber ganado el Óscar nos abrió las puertas para aprender qué es lo que funcionaba comercialmente. La película que habíamos hecho y el premio que ganamos no tenía nada que ver con la realidad de la industria. La categoría de cortometraje es la única donde la comercialidad no viene a la mente. Después de ganar el Óscar, quisimos hacer un largometraje de una de las novelas de Joyce Carol Oates y fuimos a los diferentes estudios y básicamente nos dijeron “ustedes están locos, solo porque esto les salió tan bien con este cortometraje, no quiere decir que no tienen que pensar en taquilla cuando nos traen algo para que lo hagamos por millones de dólares”. Ganar el Óscar se volvió un aprendizaje rápido y también muy efectivo en cómo sobrevivir en la industria.

En el 77, por un lado, usted estaba buscando construirse una carrera y para entonces ya estaba iniciando una debacle en la realidad de El Salvador, ¿cómo manejó esas dos cosas?
Vine una vez después del Óscar para compartir la película. Mis padres invitaron a todos, llenaron la sala de una de esas organizaciones como FUSADES y después de eso ya no se me permitió regresar por lo de los secuestros. Recibimos cartas, amenazas.

¿De quién provenían?
No se identificaron, pero tuvimos secuestros en la familia. Al primo de mi papá, que fue quien lo trajo a El Salvador, lo secuestraron y lo mataron. La familia de él no pagó lo que pidieron para liberarlo. Hasta cierto punto la gente que se lo llevó sentía que se le debía, entonces amenazaron a los socios porque había una “deuda pendiente” y entre eso, se le hizo mucho ruido a lo del Óscar y la gente que estaba aconsejando a mi padre dijo: “Absolutamente, que no venga André”.

También en Los Ángeles yo fui muy activo recaudando fondos para Rubén Zamora cuando él se lanzó para presidente. Eso no le gustó a ciertos excolegas míos de la Escuela Americana, que incluían a Fredy (Alberto) Cristiani y Bobby (Roberto) Murray, quien antes era muy pragmático, una persona con muy buena educación y se hizo más radical hacia la derecha. Entonces yo ya no tenía un grupo que me sostuviera o acogiera.

¿Ellos eran su grupo de amigos de la escuela?
Sí, sí, entonces yo hasta cierto punto me tuve que divorciar. Mis padres ya no podían quedarse aquí, tuvieron que irse a Guatemala. Ellos emigraron a Israel.

Usted se fue por primera vez a los 13 años. ¿Experimentó el desarraigo cuando vio la realidad de El Salvador o era difícil sentirlo porque estuvo fuera muy pronto?
Mi madre insistió que fuéramos a escuelas progresistas en el extranjero porque ella sabía que la manera en la que estaba estructurada la sociedad no era saludable. Hay demasiado que hacer, no puedo vacacionar. Con todo el trabajo que tenemos que no puedo ir a la playa, porque me siento culpable; porque uno ve a niños vendiendo collares y no están en la escuela. En Hawái pudiera acostarme en la playa, pero aquí, no. Y eso tiene que ver con una sociedad todavía injusta.

Así que después de trabajar profesional en Estados Unidos y en Europa –porque también dirigí televisión en España–, tuve un hijo, paré de trabajar 10 años para dedicarme a él porque ya no estábamos juntos con su mamá. Me dio mucho placer hacer los viajes de campo con mi hijo y participar en la escuela. Después regresé a trabajar y estaba de profesor, un día me vino una invitación para dar un taller en la Universidad Don Bosco. En 2007, creo. A mí me encantó esa idea, que finalmente iba a poder hacer algo con lo mío aquí. Vine y se me pidió que fuera parte del jurado para el Festival Ícaro. Y en ficción, las cosas que vi eran terribles. Te-rri-bles. Las actuaciones, la dirección, la edición… todo eso era malo. Y ahí me cayó el cinco y dije: ¿Y por qué estoy dando clases allá donde hay tanta gente que puede dar clases?

Me vine cuando estaba Héctor Samour y Astrid Bahamond en SECULTURA. Me trajeron para hacer una serie de mis talleres de ficción y ahí salieron unos cortitos y unos ejercicios que verdaderamente me emocionaron. Astrid y Héctor se portaron muy bien en el sentido de cumplir con la promesas que me hicieron para que viniera a dar esos talleres, y yo empecé a buscar a dónde podríamos encontrar algunos fonditos. En el contexto de eso vi “Cinema Libertad”. Me impresionó la habilidad de Arturo Menéndez con las cosas técnicas, pero no me gustó para nada porque era una imitación de un videoclip de rock, y Arturo me llamó y dijo que estaba muy dolido.

¿Cómo escuchó la crítica Arturo Menéndez?
Porque yo la dije en radio, entrevistas, en lo que sea. Le dije a él: lo que tenemos que hacer es juntarnos y hacer un proyecto que tenga mirada salvadoreña. Así hicimos “Malacrianza”. Luego llegó un momento donde Pablo Benítez, que es una persona muy comprometida con la gente del FMLN y que era la mano derecha de Gerson Martínez, me dijo: “Quiero que hable con Merlin Barrera (viceministra de Comercio e Industria) porque hay esta cosa de los Premios Pixels, pero nunca han dado los premios para audiovisuales”.

Eso fue hace tres, cuatro años. Merlin me dijo: “Yo nunca he visto nada que me diga que esto no es pasatiempo sino que es inversión”. Le enseñé “Cuentos que dan miedo” y “Malacrianza” y se volvió loca de entusiasmo. Al siguiente día me habló y me dijo: “Le he conseguido $750 mil. Usted me tiene que garantizar la calidad de lo que salga” y, entonces, yo le dije que con $750 mil, “tenemos a la gente para esos proyectos que sí lo puede hacer bien, yo me responsabilizo”.

Un mes más tarde, Merlin me habla que me ha conseguido otro millón y yo le dije que no tenemos suficiente gente formada para poder manejar otro millón. Y me dijo “no, no vamos a desperdiciar ese dinero. Lo vamos a hacer de todas maneras”. Entonces yo le respondí: “Si la idea es de formar industria, los jurados internacionales no solo tienen que determinar cuáles son los mejores proyectos, sino que las habilidades de los grupos que lo van a ejecutar, cuáles son sus fortalezas, cuáles son sus debilidades para que, ya que no tenemos escuela de cine, aprovechemos esos presupuestos para identificar dónde necesitan asesorías, talleres, acompañamiento”. Y me dijeron que no porque no eran el Ministerio de Educación. Pero no podemos formar industria sin gente formada. Es ahí donde yo me salí.

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En la actualidad, el Premio Pixels es un concurso nacional del Ministerio de Economía que selecciona a proyectos innovadores de animaciones digitales, videojuegos y producciones audiovisuales. El premio consiste en dinero para convertir el proyecto en realidad. Usualmente, en las producciones audiovisuales, el financiamiento cubre solo una parte del costo real y los productores deben buscar más formas de financiamiento. El premio se entrega bajo la idea de consolidar industrias creativas.

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Cuando usted trabaja así, donde sirve como un engranaje entre la gente que está creando y la gente que tiene la posibilidad de financiar, ¿es trabajo ad honorem?
Es trabajo de asesor. Y en ese momento era trabajo ad honorem. Cuando me ofrecieron un puesto era para tratar de tenerme cerca… pero era un trabajo administrativo y de hacer informes, no era para mí.

Para realizar todo el trabajo que usted hace necesita recursos. ¿Cómo hace para vivir si la mayoría de sus proyectos son ad honorem?
Hay un lugar que me paga y es la Alcaldía de San Salvador, donde estoy como asesor, una categoría de contrato independiente. Ese dinero me permite pagarle a mi asistente y a mi motorista. Ese dinero lo uso para eso. El dinero que tengo para mí, lo acumulé por mi seguro social. De ahí sale lo que necesito pagar para mi seguro de salud y lo que uso todos los meses para poder costear mis cosas. Pero no gasto mucho. Estoy trabajando todo el tiempo.

¿Ahora se desligó de los Pixels?
Me desligué de estar dentro del Ministerio de Economía supervisando todos los Pixels. Me metí con proyectos individuales. Cualquiera que quiera mi asesoría con algo, bienvenido; pero me voy a meter como productor creativo en aquellos proyectos donde sé que los directores quieren mi aporte y donde sé que van a escuchar y no se van rebelar porque, de repente, tienen dinero y el ego es todo. Me metí en cuatro: “Volar”, “Cachada”, “El último toque”, y estoy ayudando a Julio López con “La batalla del volcán”… para el lunes tengo que hacer los subtítulos. Estoy de comodín para diferentes proyectos.

Cuando Nayib Bukele estaba montando su campaña para alcalde, le presenté cinco proyectos de cine y él me dijo que si yo estaba con él, que me prometía $350 mil al año para programas de cine de la alcaldía. De ahí salió el festival de cine y de ahí salió el FOMCASS, que lo vamos a hacer en 2019. También está el cine comunitario, y cine ambulante en las calles para gente que no tiene el lujo de ir a teatros. Afortunadamente, por primera vez, entra un partido de oposición al que instaló esto y, en vez de botar todo lo que hizo el pasado, Muyshondt nos llamó y nos dijo “queremos seguir con los programas porque eso es proyecto país y no partido”. Y se portó, en ese sentido, de una manera muy madura. Seguimos con eso.

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El Fondo Concursable para la Cultura y las Artes de San Salvador (FOMCASS) es un fondo capitalino de $125,000 que, en teoría, servirá para financiar movilidad de artistas a escala nacional o internacional, productos de artes escénicas y proyectos audiovisuales. De acuerdo con lo planificado, estos fondos debían haberse desembolsado ya para que los colectivos puedan financiar su obra y cumplir con un calendario, pero eso aún no ha sucedido.

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En términos de postura política, ¿no ha habido gente que ha intentado comprometerlo políticamente a usted?
Claro.

Por ejemplo, el alcalde capitalino anterior ¿no le pedía cierto nivel de propaganda o apoyo?
Mire, yo le hice un spot, pero en el spot dije “yo voy a respaldar lo que usted está respaldando porque para eso estoy aquí, pero no voy a decir ‘Nayib Bukele’, lo que voy a decir es ‘yo respaldo a los que entienden que el cine lo merece el talento salvadoreño’”. Eso fue lo que dije.

Entiendo que el dinero de FOMCASS para audiovisuales se iba a desembolsar este año, pero ahora se les dijo a los productores que hasta 2019, ¿por qué sucedió eso?
Cuando hay un cambio de gobierno hay un montón de relajo burocrático. Entonces, en lugar de hacerlo mal, yo llamé a todos los que estaban participando y transparentemente les dijimos.

¿No estaban ejecutando los proyectos aún?
No, lo único que habíamos hecho era declarar los ganadores. Porque ese proceso fue el que soñé para los Pixels: todo el proceso va a estar acompañado, incluyendo la adaptación de cuento a guion, todo lo de dirección de arte, cámara sonido, producción, edición.

Cuando usted regresó, ¿consideró el componente político de la elección de Mauricio Funes?
Cabal. “Ahora va a ser diferente”. También yo vine para respaldar al gobierno que prometió la diferencia. Vine a respaldar aquellos que decían que tenían al pueblo salvadoreño como su prioridad y que se iban a dedicar a destruir la corrupción y a crear empleos y reformar el Ministerio de Educación… y muy desafortunadamente aprendí que la mayoría de estos querían ser como los otros. El apoyo que recibí en el principio para lo que vine fue muy bueno, pero entre más tiempo estuve aquí, más cosas empezaron a pasar. Por ejemplo, en la campaña de Sánchez Cerén, me uní a las mesas de cultura y arte, horas y horas en esas mesas, haciendo propuestas.

En las discusiones de la Ley de Cultura se hablaba de dar seguro social a los artistas. Lo veo lejano.
Sí, bueno, es que… yo no tengo ninguna seguridad ahora de que lo que hemos logrado hasta ahora va a poder continuar, porque todo depende de quien gana en 2019 y de qué compromisos tiene.

La izquierda partidaria se identificó con los artistas y dijo que les darían prioridad. Recuerdo un evento en un hotel capitalino donde se hizo la presentación del eje cultural de la presidencia de Sánchez Cerén.
Cabal, cabal. Y yo me subí al escenario y di un discurso para Sánchez Cerén. Yo me presté para eso. Porque yo verdaderamente creía, yo pequé de ingenuo. Compré todas esas cosas, el sueño. “La cultura es la prioridad principal, el eje 9 es nuestra prioridad”… toda esa cosa. Y después resultó ser pura paja. Y con eso uno dice “vaya, me voy”, o uno empieza a identificar la gente con quien uno sí puede trabajar y se dedica a crear las alternativas que el Gobierno no está presentando.

Hay cipotes ahí con talento que recibieron $100 mil para el proyecto, pero nunca se va a terminar porque no sabían cómo. No es culpa de ellos.

Y yo tengo la libertad de expresarme tal como lo siento. Cuando lo del Pixels se estaba manejando mal, yo también me expresé y para el siguiente Ministerio de Economía, tengo una presentación qué se hizo mal, cuánto dinero se desperdició. Hay cipotes ahí con talento que recibieron $100 mil para el proyecto, pero nunca se va a terminar porque no sabían cómo. No es culpa de ellos. El hecho de que decidieron por ese ego de “no somos el Ministerio de Educación. Estamos aquí para formar industria”, sin reconocer que sin gente educada no podemos formar industria, me parece una soberbia, una arrogancia y una estupidez.

Que haya productos que no se presentaron es grave… pero ¿no es la mayoría?
La mayoría no sabemos todavía, porque no sé si algunos van a conseguir dinero de otro lado para poder terminar. La situación en que estamos ahorita es que, por lo menos, una ficción y un documental vayan a festivales buenos para que el resto del mundo diga “uy, qué bonito que en El Salvador se está haciendo cine”, porque solo así lo van a creer. Porque aún la gente sofisticada y educada necesita que el resto del mundo valide nuestras cosas; y dos, que se venda. Si uno se vende a Netflix o HBO es un logro porque eso le significa algo a la empresa privada.

El cine es carísimo y el país es paupérrimo. Hace un rato dijo que no podía ir a la playa porque hasta ahí ve niños trabajando. ¿Cómo se navega entre esa dicotomía? Hay quienes no entenderían por qué invertir $1 millón en la industria del cine en lugar de invertirlos en una escuela.

Tenemos mucho malinchismo, y ese malinchismo les hace creer que el cine es para México, para Argentina, para esos países. Niegan el talento de nuestra gente. También ignoran las realidades que han creado las industrias del cine en países como República Dominicana y Panamá. Que venga gente de Dominicana y nos diga cuánto contribuye el cine al PIB, cuántos empleos directos e indirectos genera y cuántos negocios se han beneficiado con la presencia de una industria, incluyendo extranjeros que vienen a filmar ahí. Y eso está dentro de un plan quinquenal que hemos diseñado para los partidos. A ver a quienes le interesa comprometerse por eso para 2019.

20,000 embarazos adolescentes: una plática pendiente

Prevención

Cuando Celia quedó embarazada, tenía 17 años y estudiaba bachillerato. Decidida a graduarse, siguió asistiendo a clases hasta que llegó la fecha cercana al parto. Tras dar a luz un día de agosto, cambió horas en un pupitre por una cuna durante lo que pensó como un descanso o una adaptación. Cuando su hijo ya tenía seis semanas de edad, intentó regresar a su vida de estudiante y no pudo: “Los maestros no me quisieron ayudar, ni recibir, nada, para poder terminar mi bachillerato. Entonces me tocó repetir el año”, dice hoy, cinco años después.

En 2017, el embarazo adolescente fue causa de deserción en 238 centros escolares, de acuerdo con los datos del Observatorio del Ministerio de Educación. El silencio, en términos de educación sexual, no ha sido efectivo para evitar los embarazos precoces. Solo el año pasado 19,236 niñas y adolescentes se inscribieron a controles prenatales en el sistema de salud público. Las edades de esas madres jóvenes iban desde los nueve hasta los 19 años.

A pesar de que la cifra de embarazos adolescentes es alta, el Ministerio de Educación no ha logrado establecer un mecanismo para medir la magnitud del problema. “Hay que tener en cuenta que en los centros escolares hay un gran subregistro sobre el tema de deserción por embarazo. La mayoría se va y a veces no sabemos que están embarazadas”, dice una funcionaria de ese ministerio, desde su oficina en el centro de San Salvador.

“El Órgano Ejecutivo, en el ramo de Educación, deberá incluir la educación sexual y reproductiva como parte de sus programas, respetando el desarrollo evolutivo de los niños y adolescentes”, mandata el artículo 32 de la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia (LEPINA). Y aunque la orden de la ley es clara, está lejos de ser una realidad para la mayoría de estudiantes del sistema público de educación.

Hasta el final del año lectivo 2017, solo el 27 % de escuelas contaba con planes de educación sexual. Y ni siquiera los profesores de las escuelas están capacitados por el ministerio para brindar formación en estos temas: de todo el plantel docente a escala nacional, solo el 7.8 % ha completado un curso básico en educación integral de la sexualidad.

Más casos. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos en niñas y adolescentes se tuvo, de acuerdo con un estudio publicado en 2015.

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NI EN LA ESCUELA NI EN LA CASA
“Todos los niños y adolescentes, de acuerdo con su desarrollo físico, psicológico y emocional, tienen el derecho a recibir información y educación en salud sexual y reproductiva, de forma prioritaria por su madre y padre”, dice también la LEPINA. Ese derecho no es una realidad para un gran número de adolescentes, como Celia.

Ella estudió en el sistema público desde que iba al kínder. Es de un pueblo del occidente del país y creció rodeada de primos, tíos y clientes del pequeño puesto de comida de su mamá. Ayudó desde niña en el negocio familiar y, además, en el cuido de sus dos hermanas menores.

A pesar de que su hogar siempre estaba lleno de ruidos y tránsito de gente, ella cuenta que nunca escuchó que le hablaran de relaciones sexuales y de cómo protegerse de un embarazo o de una enfermedad sexual. No tuvo orientación en su centro escolar ni en su hogar, y ahora cree que quizá, de recibir algún tipo de formación, su historia habría sido diferente: “A la escuela nunca llegó una enfermera a explicar cómo planificar. Yo creo que si uno tuviera más información de eso, habría más cuidado en todo”, dice.

Los embarazos adolescentes en El Salvador no escasean. En promedio, 69 niñas o adolescentes quedaron embarazadas cada día en 2015, es decir, un embarazo de menores cada 21 minutos. Así se registró en el Mapa de Embarazos en Niñas y Adolescentes en El Salvador 2015. La Paz, La Unión y Cuscatlán fueron los departamentos donde más casos de embarazos de niñas y adolescentes se tuvo. Por el contrario, en los municipios de San Antonio Los Ranchos y El Carrizal, en Chalatenango, no se registró ninguna menor embarazada durante el tiempo en el que se realizó el estudio.

Como Celia no pudo reincorporarse al sistema regular de clases, se integró al sistema de educación flexible. Así empezó a ir a clases solo los domingos. El bebé no paraba de llorar cuando se separaba de su mamá y algún familiar terminaba llevando al niño a las clases para que le diera pecho. Aun con el bebé en brazos, logró graduarse de bachiller. El papá de su hijo, quien antes fue su compañero de escuela, siguió estudiando con regularidad y en la universidad. Celia no.

“El embarazo adolescente implica la pérdida de oportunidades educativas, es una limitante para que las adolescentes puedan desarrollar su potencial como agentes productivos y sociales, y es un factor condicionante de la perpetuación de la pobreza”, sostiene un informe del año pasado del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

Que las adolescentes se mantengan en la escuela es prioritario para romper círculos de pobreza. Pero, a veces, las trabas las colocan las personas que, en el mejor de los casos, deben ir abriendo camino. Por ejemplo, en algunos colegios y escuelas se tiende a “esconder” a la adolescente embarazada y se expulsa, explican en el MINED. Así que dicho ministerio cambió la Ley General de Educación en 2011 para especificar que es “falta muy grave” discriminar a una estudiante embarazada o lactante.

A pesar de que la LEPINA brinda a los padres el derecho primario de educar a sus hijos en sexualidad, eso no se cumple en todos los casos. “Ni mi papi ni mi mami hablaron de eso conmigo”, dice ahora Celia, cuando ya su hijo ha ingresado al mismo sistema de educación pública que fue insuficiente para ella.

Enseñanza. El objetivo del programa que tiene el MINED es comenzar en parvularia a decirle a los niños cómo funciona su cuerpo y cómo son las relaciones adecuadas con otras personas.

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¿CÓMO INTENTA ASUMIR EL ESTADO?
En 2008, El Salvador firmó un pacto llamado “Prevenir con educación”. Entonces, los ministros de Educación y de Salud en Latinoamérica y el Caribe acordaron que la prevención era el camino que se tomaría ante el avance de la transmisión del VIH.

Así, se asumió el compromiso de “fortalecer estrategias intersectoriales de educación integral en sexualidad”. Ese pacto marcó también el enfoque que esa prevención debía tener en las escuelas públicas. “Esta educación incluirá aspectos éticos, biológicos, emocionales, sociales, culturales y de género”, se puede leer en el documento.

Así, se inició de un proceso de actualización del currículo nacional de clases y se creó el Programa de Educación Integral de la Sexualidad, (mejor conocido como EIS), de acuerdo con Yeni Rivas, oficial de Género del MINED. Rivas es titular de la unidad que tiene por función velar que se cumplan criterios de equidad en el ministerio y, además, trabajar en temas relativos a la enseñanza de la sana sexualidad.

La EIS está diseñada para ser un eje transversal de otros temas que ya se aprenden en la escuela. Este incluye hablar de relaciones interpersonales sanas, explicar temas de autoestima, autocuido y el respeto por el propio cuerpo. “Tenemos que tener claro que la educación integral de la sexualidad no es hablar de cosas eróticas. Cuando se empieza a hablar de la EIS, se habla del tema emocional, del tema cognitivo y se tiene que hablar del tema biológico porque es parte de la sexualidad”, comienza por explicar Rivas.

Ella sostiene que es posible educar en estos temas desde temprana edad: “¿Cómo se puede enseñar EIS para parvularia? Usted a sus niños les tiene que enseñar que tienen órganos, ahí empieza el conocimiento de su cuerpo, en llamar a su cuerpo por el nombre”.

La oficial de Género asegura que con estos temas es posible afectar positivamente al niño y adolescente. Así, según Rivas, el niño aprende que su cuerpo es íntimo y nadie debe tocarlo si él no lo desea. Y además, conoce los cambios que suceden o sucederán en su cuerpo.

En El Salvador hay más de 45,000 profesores en centros escolares, y el Ministerio de Educación solo ha podido formar a 3,571 docentes en un curso básico de sexualidad. La cifra es baja, considerando que los cambios curriculares no pueden ponerse en práctica y presentarse al adolescente si los maestros no entienden los temas. Esos más de 3,000 profesores fueron formados en un curso de 200 horas presenciales entre 2013 y 2016, asegura el ministerio.

Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

Los temas que la EIS plantea son necesarios para estudiantes, pero al socializarlos con los maestros, las autoridades del MINED se dieron cuenta de que, en algunos casos, ni siquiera los docentes tenían conocimientos básicos de anatomía. “Es duro que un docente no sepa que hay órganos genitales internos y externos”, admite Rivas.

Quienes han sido formados solo representan un 7.8 % del total del plantel a escala nacional. Además, el ministerio ha creado planes para educar en el tema a los padres de familia, pero el avance aún es limitado. Y a pesar de que el 58.9 % de las escuelas afirma que conoce sobre la actualización del currículo de educación que incluye temas de sexualidad, solo 27 de cada 100 centros escolares cuenta con planes o programas de este tipo.

“¿Cómo ampliamos la educación integral de la sexualidad a escala nacional?”, pregunta Rivas, y ella misma se responde con una negativa: “No hay presupuesto. Si hubiera una ley, talvez hubiera una designación presupuestaria al tema”, comenta.

Hace más de un mes, un grupo de mujeres presentó un anteproyecto de Ley en Afectividad y Sexualidad Responsable a la Asamblea Legislativa. La propuesta tenía cuatro páginas y planteaba que todas las escuelas deberían estar obligadas por ley a brindar un programa de este tipo. En el anteproyecto, la educación en afectividad y sexualidad responsable fue definida como “la articulación de aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos que, bajo un marco de respeto a los derechos humanos, priorice la eliminación de la cultura de la violencia”.

Dicha propuesta no presentaba los contenidos a enseñar, sino que sugería que se creara una comisión especial conformada por el Ministerio de Salud, el de Educación, la Secretaria de Inclusión Social y el Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia, y que esas instituciones definieran las temáticas que estudiarían los niños desde primer grado hasta bachillerato.

A pesar de que en un inicio el anteproyecto tuvo el apoyo de algunos diputados de ARENA, GANA y PDC, el día que fue presentado ante la comisión de cultura y educación, fue archivado de inmediato. No se discutió su contenido ni las motivaciones de las personas que lo respaldaron.

El anteproyecto de ley y el programa actual de la EIS –que aún no es implementado en la gran mayoría de escuelas– coinciden en la necesidad de construir inteligencia emocional en los adolescentes antes de que se encuentren sorprendidos por los cambios hormonales de su cuerpo.

Para explicarlo, Rivas pone un ejemplo: “Tienen que aprender a valorarse como persona para decir ‘no quiero hacerlo’. ¿De qué sirve que el ministerio les enseñe el tema de transmisión del VIH si a la hora de las horas los adolescentes no tienen la inteligencia emocional y la mente crítica y analítica para que, si toman la decisión de tener relaciones coitales, usen condón? Eso es lo primero, que logren desarrollar su inteligencia emocional, que tengan habilidades para la vida y que tengan proyectos”.

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UNA DEUDA HISTÓRICA
Intentar educar en sexualidad no es algo nuevo. El recorrido viene desde, al menos, hace 20 años. Hace casi dos décadas se intentó hacer circular por las escuelas los libros titulados “De adolescentes para adolescentes, manual de la salud sexual y reproductiva”.

La idea de la creación de estos manuales surgió en 1997 tras un estudio de la Organización Panamericana de la Salud que evidenció las carencias de información para menores en este tema. El proyecto fue respaldado por el MINSAL y se pensó como un documento que le hablara directamente a los jóvenes. Pero al ser los primeros de su tipo, los manuales fueron controversiales desde su realización hasta su lanzamiento.

“‘¿Y si para representar los órganos sexuales, en vez de dibujar un pene, dibujamos un pepino?’, dijo la doctora, y se armó esta discusión solo para saber si podíamos hacer una ilustración de un pene o no en un libro de educación sexual”, cuenta, desde una cafetería, Otto Meza. Él es uno de los ilustradores que hace 20 años fueron los encargados de hacer los dibujos de estos manuales. Esta tarde, él asegura que los dibujos que hacía se sometían a discusión con el Ministerio de Salud y que dos décadas después aún puede recordar los comentarios de algunos profesionales de la medicina.

Al final, Otto Meza sí fue autorizado para dibujar órganos genitales. Ese manual estaba dividido en tres grandes áreas que intentaban explicar a los jóvenes qué significaba el afecto y el consentimiento.

La primera área estaba titulada “Adolescencia”, y ahí se explicaba en qué consiste esa etapa de la vida y los roles del joven en la sociedad. En la segunda parte, llamada “Sexualidad”, se abordaban temas como “¿Qué nos puede pasar si tenemos relaciones sexuales sin estar preparados?”, y se enunciaban diferentes orientaciones sexuales. En la última parte del libro, referente a salud sexual y reproductiva, se describía cómo se desarrolla un embarazo, métodos anticonceptivos y se ilustraban los diferentes tipos de enfermedades sexuales que existen. Los manuales fueron retirados en julio de 2000. Habían sido impresos solo siete meses antes.

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SI LA ESCUELA NO LO HACE, ¿QUIÉN EDUCA EN SEXUALIDAD?
“En las redes sociales, más que todo”, responde Kenia Mena, de 16 años, cuando se le pregunta dónde aprenden sus amigos sobre sexualidad. Kenia estudia en un colegio privado católico, viene de una familia con padres profesionales y dice que en su casa siempre le han dicho que si empieza su vida sexual, debe ser cuando ella “ya esté estable” en su relación, y que si en algún momento lo quisiera probar, se tiene “que proteger”.

Kenia ha tomado el consejo y dice que se siente en la confianza de preguntarle algunas cosas de su cuerpo a sus padres. Los dos son psicólogos y comprenden que no hablar del tema sexual con su hija puede tener efectos contraproducentes. Kenia asegura que tiene amigos a los que sus padres les han prohibido hablar de orientación sexual y eso hace que esas realidades sean percibidas como algo malo o tabú.

Si en la casa de los adolescentes algunos temas están vetados de ser discutidos y en las escuelas ni los mismos maestros se encuentran formados, los esfuerzos de orientar en sexualidad se ven relegados a organizaciones no estatales o a iniciativas personales. Por ejemplo, varios estudiantes graduados de un centro escolar católico de Santa Tecla aún recuerdan a una maestra que cierra puertas y ventanas de los salones para explicar formas de prevenir embarazos sin que la monja directora se entere, es decir, a escondidas.

Y, a veces, la información viene de grupos inesperados. Por ejemplo, Kenia se congrega en un grupo de jóvenes católico liderado por laicos. “Es un movimiento religioso, pero es de un grupo limitado… solo van los que quieren. Ahí sí me enseñaron cómo se pone un condón, en una zanahoria”, afirma, sin risa ni morbo.

El Salvador tiene una estrategia nacional de prevención de embarazos adolescentes que fue lanzada el año pasado y espera reducir drásticamente el número de madres precoces durante los próximos 10 años. Uno de los pilares en los que se pretende ejecutar esta estrategia es la educación. En ese documento se puede leer que la diferencia entre las niñas y adolescentes que terminan embarazadas y las que no “radica en la medida en que las personas adolescentes y jóvenes confronten la exposición sexual con información científica y veraz, acorde a su edad y cultura, de tal manera que puedan ejercer una decisión responsable”.

Deserción. Quienes más oportunidades pierden con un embarazo precoz son las niñas, pocas regresan tras el parto a retomar sus estudios.

Los Óscar se parecen ahora a un concurso de popularidad

Inusual. La ganadora de 2018, “The Shape of Water”, de Guillermo del Toro, registró una taquilla de $63.9 millones en Estados Unidos y casi $200 millones a escala mundial.

Desde que Faye Dunaway dijo “¡La La Land!”, ningún anuncio de los Óscar ha provocado tanto caos como la decisión de la Academia de las Artes y Ciencias de la Televisión de crear una nueva categoría para “logros destacados en una cinta popular”.

El sorprendente anuncio resultó ser bastante impopular, al menos entre los críticos de cine y algunos miembros de la academia. El actor Rob Lowe, un viejo miembro de la academia, dijo que los Óscar están muertos y “les sobreviven secuelas, grandes estrenos e integración vertical”.

Los otros cambios fueron recibidos con una mezcla de elogios y quejas. Muchos aplaudieron el dramático movimiento en el calendario para la ceremonia que se adelantó al 9 de febrero de 2020, después de que la temporada de premios se hubiese convertido en un período de casi cuatro meses con muchos ganadores repetidos. Y al parecer era inevitable que se acortara la ceremonia a tres horas y se retiraran algunas categorías de la transmisión en directo por televisión.

Pero la nueva categoría de película popular, que comenzará a entregarse en la ceremonia del 24 de febrero de 2019, que será transmitida por ABC, creó muchas dudas, a continuación tratamos de darles algunas respuestas.

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¿POR QUÉ ESTÁ HACIENDO ESTO LA ACADEMIA?
Bajos ratings. Este año la ceremonia de casi 4 horas de los Óscar, presentada por Jimmy Kimmel, fue vista por casi 26.5 millones de personas, casi 20 % menos con respecto del año anterior y bastante por debajo de los más de 40 millones que la llegaron a ver en su momento. Unos 43.7 millones la vieron en 2014, cuando “12 Years a Slave” ganó el Óscar a mejor película, pero desde entonces cada año se ha reducido el número de espectadores. Estas son noticias preocupantes para la academia, que depende de los ingresos por transmisiones de televisión para la mayoría de su presupuesto, y ABC, que es propietaria de los derechos de los Óscar hasta 2028. Pero que la teletransmisión sea motivo de desesperación es algo debatible. Los premios de la academia todavía se mantienen como el evento no relacionado con el fútbol estadounidense del año, y los ratings de todo, incluyendo el Super Bowl, se han reducido cada vez más en el panorama más y más fracturado de los medios. Los Grammy, por ejemplo, tuvieron una reducción de 24 %, con 19.8 millones.

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¿DE QUIÉN FUE ESTA DECISIÓN?
Las medidas fueron aprobadas por los 54 integrantes de la junta de gobernadores de la academia. Los casi 7,000 miembros de la academia no fueron consultados, y muchos de ellos dijeron que consideran la categoría de película popular un movimiento indulgente para una institución de 91 años. Adam McKay, quien ganó el premio al mejor guion por “The Big Short” de 2016 y cuya próxima película sobre Dick Cheney se espera que esté en competencia el próximo año, bromeó en Twitter que los Óscar también tendrán categorías para mejor lanzamiento de cuchillos y el alien femenino más sexy. Pero la decisión de la academia también se vio influida por las demandas de su socia televisiva, ABC, que ha presionado a los productores de los Óscar para hacer que la teletransmisión sea más atractiva para la mayoría. En su caso, Kimmel evitó deliberadamente la política en sus monólogos. Los representantes de la academia y de la cadena rechazaron hacer declaraciones para este artículo.

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¿NO SE HAN NOMINADO PELÍCULAS POPULARES?
Este año los Óscar incluían varios éxitos de taquilla, como las nominadas a mejor película “Get Out” y “Dunkirk”, la ganadora en la categoría de película animada, “Coco”, la ganadora de mejor cinematografía, “Blade Runner 2049”, y otras nominadas, como “La Bella y la Bestia”, “Baby Driver” y “Star Wars: The Last Jedi”.
Ante todo la academia ha mostrado una disposición cada vez mayor para nominar películas de género de terror (“Get Out”) a ciencia ficción (“Arrival”, “Gravity”). Este año, “Logan” se convirtió la primera película de superhéroes nominada a uno de los principales premios: guion adaptado. Algunos esperaban que “Wonder Woman” hubiese recibido algún premio.

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Menos. La cantidad de gente prendida a la pantalla chica para ver la ceremonia de entrega de los Óscar ha ido en franco descenso. Las productoras están preocupadas y desean recuperar público a toda costa.

¿QUÉ TAN POPULARES HAN SIDO LAS GANADORAS DE MEJOR PELÍCULA?
Ninguna ganadora del Óscar a mejor película desde “Argo” de 2012 ha superado la cifra de los $100 millones en la taquilla estadounidense.

Las películas independientes han ganado 10 de los últimos 11 Óscar a mejor película, incluyendo los triunfos de “Moonlight”, “Spotlight”, “Birdman” y “The Artist”. La ganadora de este año, “The Shape of Water”, del mexicano Guillermo del Toro, no estuvo tan mal en taquilla con $63.9 millones en Estados Unidos y casi $200 millones a escala mundial, una recaudación indiscutiblemente buena para una película con escenas de sexo con un ser anfibio.

Ninguna ganadora del Óscar a mejor película desde “Argo” de 2012 ha superado la cifra de los $100 millones en la taquilla estadounidense. Las películas independientes han ganado 10 de los últimos 11 Óscar a mejor película, incluyendo los triunfos de “Moonlight”, “Spotlight”, “Birdman” y “The Artist”.

A pesar de esto, el tema de la taquilla ha sido una preocupación para la academia desde “The Dark Knight” de Christopher Nolan, la cual llevó a que se ampliara la categoría en 2009 de cinco nominadas a 10 (y después esto cambió a hasta 10 nominadas por la boleta de preferencias). La expansión ayudó a crear más espacio en los años siguientes para éxitos de taquilla como “Up”, “Inception” y “The Martian”. Pero hizo poco para reducir el dominio de las cintas más pequeñas en la categoría de mejor película.
Al respecto, Hollywood solo puede culparse a sí mismo. Los grandes estudios se rindieron hace tiempo y solo se dedican a hacer películas de gran presupuesto. Quizá no es coincidencia que la líder de cintas taquilleras, Disney (que ha tenido tres estrenos que han recaudado $1,000 millones, o más, este año) sea propietaria de ABC y pudiera dominar la categoría de película popular.

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DE TODAS FORMAS, ¿QUÉ ES UNA PELÍCULA POPULAR?
Lo más desconcertante de todo es probablemente la definición de la academia de una película popular. La academia dijo que todavía está trabajando en los detalles, pero que “apoya una consideración general de excelencia en todas las películas”. Así que cómo se puede medir la popularidad, ¿por venta de boletos? “Solo: A Star Wars Story” sumó $213 millones en Norteamérica, pero a pocos les importó. ¿Cuentan las ventas en el extranjero? ¿Una nominada tradicional al Óscar, como “La La Land” (con $446 millones a escala mundial), podría haber sido una película popular? ¿Y cómo funcionarían las medidas de taquilla para estrenos de finales de diciembre, que llegan poco tiempo antes de las nominaciones? ¿La ganadora debería ser elegida completamente dependiendo de sus ingresos en taquilla?

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¿LA GENTE QUERRÁ TENER UN ÓSCAR ASÍ?
Nunca hay que subvaluar lo mucho que la gente quiere un Óscar, cualquier Óscar. Pero parece un hecho que un Óscar a una película popular no será respetado como un Óscar “real”, sino como un medio Óscar, más parecido a los Premios MTV. Para muchos esto huele a una actitud condescendiente, y también a segregar lo popular del arte en un arte popular. Incluso en el Hollywood impulsado por las cintas “blockbuster”, muchos creen que ambas formas pueden coexistir, y este año ha sido un buen ejemplo con “Black Panther” de Ryan Coogler. La aclamada película de Disney era considerada una posible contendiente a mejor película, ahora algunos temen que será relegada a la esquina de película popular. La industria cinematográfica ha intentado esto antes. Los primeros premios de la academia dieron un reconocimiento al logro artístico (a “Sunrise” de F. W. Murnau) y para producción destacada (a “Wings” de William Wellman). Ambas siguen siendo obras maestras, pero la dicotomía desapareció al siguiente año.

Niñas de pandillas enemigas se juntan en una canción

Talento

Andrea tiene 24 años, es bachiller, toca el violín, forma parte de un grupo de coreografías y quiere estudiar Diseño Gráfico. Pero quienes la ven entrar a este salón solo pueden notar algo en ella: en la mano tiene tatuajes que la relacionan con la pandilla Barrio 18.

Ella es parte de una docena de adolescentes que a las 2 de la tarde entra cargando violines, violas y cellos a este evento en la colonia Escalón. Las adolescentes, vestidas con jeans y camiseta blanca, han sido invitadas a tocar unas canciones. Las han traído en microbuses desde el Centro de Inserción Social Femenino, donde guardan prisión. A diferencia de ellas, los maestros que se graduarán de un curso de “Educación y democracia” han venido vestidos de gala al Instituto Nacional de Formación Docente.

Al grupo de muchachas lo acompaña la directora del centro junto a una orientadora y personal del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Ninguno muestra un arma visible, pero llevan, cruzada sobre el pecho, una pequeña bolsa, listos para cualquier eventualidad que perturbe la convivencia que se ha logrado entre las jóvenes.

Andrea es alta, tiene la piel y ojos claros. Cuando tenía 17 años llegó al centro por una condena de secuestro. No fue capturada sola, también su novio de la adolescencia fue enviado a prisión. Ella terminó hace dos años su educación media y se está formando en cuánto taller puede. A pesar de estar ocupada, los seis años y 10 meses que lleva presa no han pasado pronto. Este día ha salido, como el resto de sus compañeras, con el permiso de un juez a realizar una presentación de lo aprendido en sus clases de música.

El centro en el que ha pasado los últimos años se divide en dos sectores para mantener el orden y la paz entre muchachas con afinidad a la Mara Salvatrucha y al Barrio 18. Las rencillas entre las dos pandillas principales de El Salvador provocan homicidios a diario. Para un buen sector de la población, las pandillas marcan fronteras sociales y geográficas que no deben ser cruzadas.

En febrero de este año, un joven fue estrangulado por pandilleros en Ciudad Delgado porque vivía en un sector donde operaba otra pandilla. Y en junio, un joven zapatero fue asesinado en Panchimalco por el mismo motivo. Ese caso es uno de los 10 homicidios diarios que se promediaron hace un mes. El mensaje es claro. Dentro de las pandillas –y sus comunidades– es prohibido relacionarse con miembros de otras estructuras.

Las jóvenes colocan sus instrumentos detrás del escenario y entran a un salón para almorzar. La escena no es fraternal, pero llama la atención. Las internas toman asiento alrededor de la misma mesa y se reparten entre ellas la comida que les han brindado. Luego, almuerzan juntas.

El grupo parece una orquesta de colegio; solo el dispositivo de seguridad que se ha armado en el edificio demuestra que no lo es. Divididos entre las gradas del local, el parqueo y la entrada hay custodios de Centros Penales con la cara tapada y armas largas sobre el pecho dispuestos a evitar que las intérpretes de hoy escapen.

 

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¿QUIÉNES LLEGAN A ESTE CENTRO?
El proyecto de formación musical ha sido gestionado por la Asociación Tiempos Nuevos Teatro (TNT). La asociación ha tenido que sortear varios retos para que las clases que se brindan tengan fruto. Por ejemplo, “el ISNA no quería que las jóvenes tuvieran los instrumentos en los cuartos”, sostiene el encargado del programa artístico, Julio Monge.

Los maestros de música llegan al centro solo una vez a la semana. Y, como las jóvenes están en sus celdas “desde las 5 de la tarde a las 6 de la mañana”, practicar con el instrumento solo media hora no daba mayores resultados, continúa explicando Monge. Por eso, hace más de un año surgió una petición: Solicitaron al ISNA que dejara que cada interna que pertenece a la orquesta tuviera su instrumento entre sus objetos personales. La institución no estaba segura de que eso fuera una buena idea. El riesgo era que algunas partes del instrumento pudieran ser utilizadas para otro fin menos loable que la música.

“El ISNA no quería porque decía que las cuerdas se podía utilizar para armas”, asegura Monge. El programa lleva ya tres años realizándose con distintas aprendices de música. Este grupo específico de la orquesta de cuerdas lleva un semestre practicando, y ya pueden tocar el instrumento dentro de sus dormitorios en sus tiempos libres. Pero cuando una cuerda se rompe, en lugar de botarla en un cesto de basura, es necesario que esta se reporte y se entregue a las autoridades.

Este martes en la colonia Escalón, más y más invitados continúan llegando al evento. Las internas se empiezan a preparar para el concierto que brindarán. La directora del centro, Graciela Bonilla, sostiene que las niñas que están a unos metros de ella “jamás en la vida imaginaron cambiar las armas que utilizaban por un violín, por un cello, por una viola”.

“Les metemos la idea de que el centro no está dividido por pandillas, porque realmente no tengo yo niñas que sean brincadas, como ellas mismas dicen, sino que son niñas que han tenido cierta afinidad, ya sea por sus amigos, por su pareja o por su familia”, sostiene la directora. Sin embargo, las clases de la escuela, de arte y servicios religiosos, sí se hacen por sectores divididos.

“El perfil, en general, de las adolescentes que ingresan al centro es la extrema pobreza, la vulneración de sus derechos, abuso sexual, niñas regaladas, explotación, relaciones inadecuadas entre la familia, familias desintegradas. Generalmente son niñas que se han acompañado a los 13, 14 años y han salido de las casas de sus padres, ya sea por pobreza o porque andan metidas con su pareja en situaciones ilícitas”.

Si una muchacha llega por un delito común –sin vinculación a pandillas– se investiga qué pandilla controla el territorio donde ella vivía, y así se le asigna sector, explica un empleado jurídico del centro.
El ISNA cuenta con cuatro centros para la inserción social de menores que han violado la ley. Estos fueron pensados como un lugar donde se le brinde orientación a los jóvenes para redireccionar sus vidas. Pero no siempre funcionan así. El año pasado se conoció de al menos tres homicidios que ocurrieron en el penal de menores de Tonacatepeque, exclusivo para adolescentes y hombres jóvenes. La participación masculina en delitos es mayor. Por ello, tres centros de inserción social están destinados para niños y jóvenes y solo uno para menores infractoras.

La mayoría de las privadas de libertad se encuentra en esa situación por el delito de extorsión o por encontrarse vinculada a estos grupos delictivos. Pero además de haber sido condenadas en un proceso penal, de acuerdo con Graciela Bonilla, la mayoría comparte el mismo perfil socioeconómico:
“El perfil, en general, de las adolescentes que ingresan al centro es la extrema pobreza, la vulneración de sus derechos, abuso sexual, niñas regaladas, explotación, relaciones inadecuadas entre la familia, familias desintegradas. Generalmente son niñas que se han acompañado a los 13, 14 años y han salido de las casas de sus padres, ya sea por pobreza o porque andan metidas con su pareja en situaciones ilícitas”, asegura la directora.

La psicóloga del centro, Gabriela Blanco, sostiene que a través de su trabajo ha podido reconocer esos mismos patrones de vida. Además, “vienen aquí con baja escolaridad porque, aunque el Gobierno les dé para los uniformes, ellas son las que ayudan en sus casas. No son delincuentes, son señoritas a las que les hizo falta orientación”, sostiene la psicóloga.

Conforme la tarde avanza, la hora de interpretar las canciones se acerca. Al verlas, seguras como se muestran en público, es imposible sospechar que están nerviosas. Lucen concentradas. Algunas han encontrado en esto una nueva pasión. Al menos tres de ellas han expresado a sus maestros que sueñan con salir y convertirse en músicos profesionales para poder entrar a la Orquesta Sinfónica Nacional.

Con permiso de juez. Para salir del centro, las jóvenes solicitan un permiso a tribunales y, de acuerdo con su comportamiento como interna, se niega o aprueba el permiso de salida a presentaciones.

Sin embargo, para cuando ellas recuperan la libertad no hay programa gubernamental que se encargue de darle seguimiento a su aprendizaje. En las academias salvadoreñas las clases de violín personalizadas pueden costar hasta $50 cada una, según el prestigio del maestro. Y el reto no es solo conseguir el dinero para la clase, sino conseguir el instrumento. En las tiendas, un violín puede tener un costo desde $50 a $200.

Conociendo de primera mano las carencias de estas muchachas, TNT se ha propuesto darle seguimiento a las que se muestren interesadas en seguir estudiando música y una carrera profesional. Por ejemplo, se enorgullecen en decir que tienen becadas a tres jóvenes en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. La directora del centro de inserción confirma que son las organizaciones no estatales las que se están preocupando por la reinserción, una vez ellas quedan libres.

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EL PUNTO MUSICAL
La graduación de maestros avanza. Se leen decenas y decenas de nombres y los aplausos van perdiendo fuerza conforme la lista de graduados continúa. Son las 2:30 de la tarde y el aire acondicionado del lugar parece no dar abasto para toda la gente que se ha reunido acá en esta tarde de julio. Entre el calor y formalidad, las jóvenes toman asiento y se preparan para tocar su instrumento.

Julio Monge, el encargado del proyecto, se encuentra viendo a la orquesta. Se le ve emocionado. “La valoración no es tanto qué tan bien tocan, aunque hay algunas que sí sueñan con ser intérpretes, pero no es ese el objetivo. Son muchachas que llevan meses acercándose al instrumento y son jóvenes de todas las afinidades pandilleriles que tocan una sola música. Hombro con hombro. Eso queremos extrapolarlo a la sociedad salvadoreña”, dice Monge. Luego reconoce, a pesar del orgullo, que lo que han logrado acá es muy pequeño comparado con los problemas de El Salvador.

Antes de que la orquesta de cuerdas empiece a tocar, los maestros, ataviados con sus sacos y vestidos de gala, miran a las internas con distancia y de reojo. Andrea, la muchacha alta y de ojos claros, se sienta al centro de la orquesta. Pone el violín sobre su hombro y levanta la quijada con solemnidad. Pronto, la música comienza a sonar. Lee la partitura y ni el calor sofocante la desconcentra.

Disciplina. La idea es que a través de una práctica artística, las adolescentes se enfoquen en perfeccionarla y aprendan valores como la disciplina, perseverancia y respeto a jerarquías.

Después de meses practicando, la orquesta interpreta en público la primera pieza de la tarde: una canción infantil llamada “Estrellita”. Esta es la primera canción que, generalmente, se aprende en violín con el método Suzuki. El creador de este método sostuvo que el talento musical no se hereda, sino que se aprende y se desarrolla. En este contexto de reinserción social, una de las frases más famosas de Suzuki cobra un valor especial: “La enseñanza de música no es mi propósito principal. Deseo formar a buenos ciudadanos, seres humanos nobles”.

Luego, la orquesta interpreta el “Himno a la alegría”, la canción de la película “Titanic”, una pieza pop y, en quinto lugar, la canción “Imagine”, de John Lennon. Durante la intervención, una de las muchachas que tocan el violín se pone de pie y toca como solista. La orquesta la acompaña.
Ella es Patricia y tiene 20 años, es morena y muy delgada. No lleva maquillaje en la cara y es la única que no está vestida de blanco. Estuvo dos años y medio privada de libertad y condenada por extorsión. Actualmente ha vuelto a vivir con su familia. Dice que nunca fue pandillera, pero acepta que sí era cercana al grupo pandilleril dentro de su comunidad.

“Toda la vida fui marginada en la casa. Mi refugio fue afuera”, confiesa. Cuenta que cuando perdió la libertad, en un principio, no pudo extrañar su casa ni su familia, porque nunca sintió su protección antes: “Cuando eso no se tiene, a veces no importa estar en el centro”. Sigue practicando el violín en la oficina de TNT, en San Salvador, a pesar de ya haber salido del centro. Quiere ser música o psicóloga, por eso se encuentra estudiando segundo año de bachillerato y trabajando.

“Al final es una sensibilización mutua. A ellas estamos abriéndoles los ojos a la cultura, al arte. Y por otra parte también nosotros nos estamos quitando fantasmas de la cabeza”, dice Sonia Megías, una compositora española que acompaña este proyecto durante las temporadas que permanece en El Salvador.

La destreza musical de Patricia, comparada con la de sus compañeras de orquesta, es más avanzada. Y si minutos antes las personas dentro del público se mostraban distantes a la presencia de estas intérpretes, eso ya ha cambiado. Patricia termina de tocar y se escuchan gritos. “¡Bravo!” le dice un hombre en primera fila y su voz hace eco entre otros maestros que repiten lo mismo y se ponen de pie. El concierto aún no ha terminado, pero el aplauso que reciben es tan largo que da tiempo para que el resto de la orquesta se levante y también reciba la congratulación de un público que terminó de aceptarlas en el evento.

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LA VIDA EN EL CENTRO
A 13 kilómetros de este lugar, en el Centro de Inserción Social de Ilopango, está el resto de privadas de libertad bajo el cuidado del ISNA. Los lugares comunes del centro, como los salones de clase y talleres, lucen como cualquier otra escuela del interior del país. En uno de esos pequeños salones, con dos ventiladores y rejas en lugar de vidrios para las ventanas, está Fernanda y su bebé, que cumplirá un año dentro de una semana.

La joven ensaya una coreografía que presentará junto a sus otras 10 compañeras en septiembre. Ese espectáculo será la muestra final del curso de artes escénicas que imparte una vez a la semana TNT. Su hijo camina en una andadera entre las bailarinas de la última fila. La escena es, a veces, contradictoria: tierna y triste. Llegó al centro cuando era menor de edad y tenía el embarazo avanzado. Su bebé no ha conocido otra vida que no sea dentro de estas paredes.

La instructora de danza le permite salir del ensayo un rato para platicar en el patio. Debajo de un árbol y bajo la vigilancia del personal del centro, Fernanda apenas cuenta su historia. Dice que está condenada por extorsión, pero ella, a diferencia de otras compañeras del centro, asegura que no cometió el delito. Habla con timidez y frases cortas. No recibe visitas, su familia también está en prisión. Después de más de un año, no tiene idea de qué le espera para cuando recupere la libertad, “pero lo que sí sé es que voy a luchar. Y es que por mi hijo soy capaz de hacer hasta lo que no hice antes”, dice.

Después vuelve a la clase y ensaya una canción de rock and roll. Como parte de la coreografía, carga a una de sus compañeras. A los pocos segundos, la compañera se convierte en una especie de guitarra sobre la que Fernanda toca algunas cuerdas imaginarias. Las internas se ríen.

“Definitivamente ellas han tomado decisiones incorrectas”, dice Sheila Reyes, la instructora de danza dentro del centro. Llega una vez a la semana y divide su tarde y mañana entre los talleres del sector. A diferencia de la orquesta, en danza aún no han podido integrar a los dos grupos. La confianza y el contacto cuerpo a cuerpo son fundamentales para bailar y hacer cargadas.

Sheila es un huracán de energía. Llega al salón y hace el silencio entre la plática de las internas. Da indicaciones y le obedecen. La instructora afirma que la matrícula inicial a este taller fue de 35 personas, pero ese número se ha reducido. La idea es que, a través del baile, aprendan a seguir órdenes, a ser disciplinadas, a seguir un ritmo, a respetar el espacio y tiempo del otro.

“Toda la vida fui marginada en la casa. Mi refugio fue afuera”, confiesa Patricia. Luego cuenta que cuando perdió la libertad, en un principio, no pudo extrañar su casa ni su familia, porque nunca sintió su protección antes: “Cuando eso no se tiene, a veces no importa estar en el centro”.

Al inicio puede sonar descabellado que tantas cosas puedan aprenderse mientras memorizan coreografías, pero conforme el ensayo avanza, la instructora se pone seria y prueba su punto. Las jóvenes repiten canciones, llevan las cuentas y Sheila, como si se tratase de una inspección rigurosa, se acurruca, coloca los codos sobre sus propias rodillas y entrelaza las manos frente a su cara. Observa con detalle los pies de las internas. Así se da cuenta de quién duda sobre el siguiente paso que hay que dar y de quién va tarde en la cuenta. Sheila no es nada tímida al señalar qué están haciendo mal para que lo corrijan.

“Lo que uno trata de inculcarles es disciplina y perseverancia. Lo que se llevan es el respeto a una jerarquía”, indica Sheila. Después del mediodía inicia la clase con el sector 1 del centro. Aquí llevan más meses entrenando y tienen tanta energía como la instructora al bailar. Entre ellas está Andrea, la joven de 24 años que toca el violín.

Está en la primera fila de la coreografía. Baila las canciones sin equivocarse en ningún paso. Y, si en el concierto era la imagen de la elegancia y la solemnidad, aquí baila ritmos urbanos donde mueve la cadera sin parar.

“Lo que quisiera, pero quizá nunca va a pasar –dice Andrea durante un receso– es que la gente comprenda que andar en la calle tiene consecuencias y uno entiende hasta que ya está aquí. Y desde que uno cae, este es otro mundo”. Ella acepta que, de haber seguir por el camino que iba, no sería bachiller. Ahora quiere ser profesional. Pero se graduó hace dos años y, desde entonces, no ha podido continuar con su educación.

“A mí lo que me gusta, me encanta, me apasiona es la cosmetología y el Diseño Gráfico. Ya no puedo seguir estancada”, cuenta antes de regresar a la coreografía.

Por sectores. En el centro de inserción hay niñas y jóvenes con afinidad a diferentes pandillas, y la mayoría de las actividades se realizan por separado.

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LA SALIDA ES ESTRECHA
Mientras el concierto en el edificio de la colonia Escalón sigue, cuatro custodios de Centros Penales vigilan la entrada del parqueo. A las 3:30 de la tarde, la orquesta termina su intervención y el público aplaude de nuevo. Luego, guardan sus instrumentos y hacen una fila para salir. Van custodiadas por personal del centro y bajan unas gradas hasta descender a una pequeña puerta que conecta con el parqueo. Ahí hay dos microbuses esperándolas.

La fila que desciende por las escaleras es lenta. Al llegar hasta la puerta se puede ver por qué. Es la vuelta a la realidad. Si hace 5 minutos recibieron felicitaciones, gritos y aplausos, hoy sus manos reciben esposas. El sonido del metal cerrándose en sus muñecas resuena en el cajón de cemento que es el parqueo. La salida de este día ha terminado oficialmente y suben en pareja a los microbuses. Adelante de los vehículos van dos custodios. Uno de ellos lleva el arma sobresaliendo por la ventana.

A unos 3 metros de distancia, Patricia, quien pasó más de dos años interna, observa el proceso: Uno tiene “la emoción de querer salir, pero que cuando llegás a la puerta del centro te pongan las esposas, es algo bien feo. Pero tratás de disimular”, dice con una sonrisa nerviosa.

Mientras este procedimiento ocurre, entra al edificio Carlos Canjura, el ministro de Educación. Su participación estaba prevista en la agenda del evento recién terminado, pero él dice que comunicó que no podría venir por una reunión en Casa Presidencial.

Ni él sabe quiénes son las jóvenes con esposas a unos metros; ni ellas, quién es el señor que ha llegado, en apariencia, tarde. Al ministro se le cuestiona sobre cuáles son las alternativas o programas de educación para las jóvenes privadas de libertad. Durante 2 minutos, él habla de las oportunidades que el ministerio tiene, como la educación a distancia, pero no menciona nada en específico para esta población.

Si, en efecto, las privadas de libertad deciden cambiar su vida con el estudio, no hay ningún proyecto ministerial específicamente diseñado para que ellas estudien, de acuerdo con el titular del MINED. Canjura asegura que se está pensando en la posibilidad de abrir aulas virtuales en los centros del ISNA para que haya más oportunidades de aprendizaje. Pero es solo eso, una idea. No hay nada ejecutado.

*Los nombres de las internas han sido cambiados a petición del ISNA.

Menores infractoras. Quienes se encuentran en el Centro de Inserción Social son menores de edad desde los 14 años. También hay jóvenes de hasta 24 años que ingresaron al centro cuando eran adolescentes.

Los migrantes no solo somos el trauma, somos la felicidad

Para mí El Salvador era algo de libertad, pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999.

“No me gusta recordar mi tiempo en el desierto. Tampoco lo recuerdo linealmente”, escribió en un ensayo Javier Zamora hace un par de años. De niño tuvo que atravesar el desierto de Sonora para volver a abrazar a sus padres en California. Conforme creció en Estados Unidos, dejó de hablar español y llegó a negar que había nacido en El Salvador. La premisa era simple: necesitaba olvidar el dolor de migrar. Empezó a escribir literatura. Ahora él se ha convertido en una de las principales voces latinas dentro de la poesía que narra la experiencia del migrante indocumentado.

Javier nació en San Luis La Herradura, un municipio lleno de manglares, en La Paz. Cuando tenía un año, su padre se fue hacia Estados Unidos y allá empezó a trabajar en jardinería. Luego, su mamá tomó el mismo camino y se dedicó a cuidar niños. Así, Zamora se crió con sus abuelos hasta que, en 1999, fue su momento para partir; al igual que sus padres, sin papeles. La guerra civil ya había terminado, pero su familia no le imaginaba un futuro con esperanza en El Salvador.

Su abuelo no planeaba migrar, pero decidió acompañarlo lo más lejos posible en el viaje. Ese punto fue Tecún Umán, en Guatemala, cerca de la frontera con México. Ahí se despidieron. Después Javier quedó con un grupo de migrantes y coyotes. Su viaje duró dos meses en los que, según sus escritos, su familia no supo si había muerto, si estaba en algún centro de detención o si lo verían de vuelta.

Llegó a Estados Unidos el 10 de junio de 1999. Pero a ese país arribó un niño que había luchado por su vida entre fronteras. Aún sin lograr procesar por qué sus padres emigraron, por qué tuvo que huir de los agentes de Migración, esconderse en camionetas, dormir en el desierto o subirse a balsas sin saber nadar. La literatura le sirvió para empezar a buscar esas respuestas.

De eso habla en “Unaccompanied”, su primer libro de poemas publicado el año pasado. Escribe en inglés. Cuando él platica en español, las palabras parecen escapársele de la boca. El libro ha tenido buen recibimiento e incluso ha sido criticado en medios como The New Yorker.

Zamora salió de El Salvador con una educación de cuarto grado. En su nuevo país se formó en centros educativos a los que es difícil ingresar, incluso para los ciudadanos estadounidenses. Allá estudió secundaria en una escuela privada gracias a una beca deportiva, luego se graduó con especialidad en Historia de la Universidad de Berkeley. Actualmente es becario de la Universidad de Stanford y próximamente inicia un proyecto en Harvard.

Dice que no considera adecuado glorificar el sueño americano, pero él, de cierta forma, lo encarna. Es beneficiario del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), pero ese permiso no brinda un camino hacia la legalización permanente y ya fue cancelado por la administración de Donald Trump.

Es escritor a tiempo completo y gracias a las letras, ha encontrado un camino para legalizar su residencia. Después de casi 20 años ha vuelto a El Salvador para solicitar una visa estadounidense de “habilidades extraordinarias” que le permita residir de manera legal. Además, él necesitaba volver a su municipio y abrazar a sus abuelos, pero ahora que lo hizo, El Salvador no le escondió su violencia. En menos de un mes ya escuchó, por primera vez, cómo suenan los disparos de un homicidio.

 

¿Cómo ha sido volver?
Tengo familia a la que han deportado, así que me dijeron que me preparara porque iba a llorar. Pero a mí no me dio esa emoción que yo esperaba. Ellas lo describieron como una emoción muy complicada. Sentían felicidad, horror, angustia. Un gran tamal de emoción, pero yo, no. No sentí nada, absolutamente nada. Me tomó como 10 días llorar. Y lloré en el Centro Cultural de España, porque, cuando entré, estaban unos niños practicando un coro y cantaban en náhuat. Al escuchar la voz de niños, me dio una gran emoción y sentí orgullo de ser artista salvadoreño.

Te preguntaba esto pensando en tu poema “Salvador” que hace referencia a la violencia y a las bolsas negras de muertos. ¿Qué país has encontrado ahora?
Mis nueve años aquí fueron unos años de niñez, y la niñez es algo libre. Algo lleno de felicidad para mí; aunque algunas cosas no. Me crié en el campo. Si quería un mango, me subía a un palo y lo agarraba. Así que para mí El Salvador era algo de libertad. Pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999. Mi cantón, San Luis La Herradura, me dicen que estaba bien peligroso y ahora está un poco menos. Para ponerlo en contexto: la semana antes de que yo viniera aquí, mataron a alguien a las 12 del mediodía enfrente de mi casa. Así que todo eso me ha dado miedo. Solo me la paso en mi casa y solo he salido dos veces a comprar comida y después me regreso. Así que eso para mí no es la libertad de la que me acuerdo.

En tu libro, “Unaccompanied”, hablás sobre temáticas personales y familiares. ¿Cómo fue el proceso de buscar respuestas en tu familia?
Comencé a escribir a los 17, 18 años y fue la primera vez en que comencé a contextualizar por qué los salvadoreños estamos en Estados Unidos, y la gran mayor parte de esa respuesta es la guerra. He tratado de comprender por qué mis papás me habían dejado de niño y entender mi resentimiento, que es algo que yo creo que es una parte de por qué hay tanto marero. A mucho marero lo han dejado de niño y siente resentimiento. Uno de niño se (pregunta) por qué no me amaste. Uno se siente mal y busca amor de otras maneras con otras personas que sientan lo mismo, especialmente si uno es un adolescente.

Uno de tus poemas hace referencia a un pandillero. ¿Dimensionás que eso puede ser considerado peligroso aquí en El Salvador?
¿Peligroso para quién?

Para vos.
¿Para mí? Creo que sí y por eso mis abogados me han dicho que no haga cosas como esta que estoy haciendo. Porque no creo que aquí me conozcan, porque escribo en inglés. Creo que si escribo en español y después me conocen aquí, sí me sentiría de otra forma. Y sí creo que es peligroso, pero también creo que es importante comenzar a reconocer que lo mismo que ocurrió durante la guerra, está ocurriendo ahorita.

Has dicho que la mayoría de salvadoreños que intentan hacer poesía pasan por Roque Dalton. Tu libro también tiene una cita de él. ¿Creés que El Salvador encuentre pronto una figura que se compare con el mito de Dalton?
Creo que en la literatura siempre hay una o dos personas en cada país que son el mito. En Chile hay muchos, pero el primer mito fue Neruda; y en Italia, todavía es Dante. En Inglaterra todavía es Shakespeare. Veo que es algo natural de la literatura y es algo problemático porque siempre queremos crear un héroe. Pero creo que hay que bajar a la tierra a Roque y hablar de lo problemático que era, también, con su política de género y su política contra los gays, y hay que bajarlo a la tierra y derrocarlo también.

Hablando de romper con los mitos, tu libro rompe un poco la narrativa del migrante que regresa triunfante y con maletas llenas a El Salvador. En lugar de eso, presentás a un adulto tratando de procesar el dolor que tuvo como niño al cruzar la frontera solo. ¿Fue un proceso decidido romper con esa narrativa?
Nunca he creído en el sueño americano. Antes de que me considerara un poeta, yo quería, como cualquier adolescente de 14 años, comenzar una revolución y bajar a Estados Unidos y ponerlo en una mesa igual. Por eso se me hizo muy importante no glorificar el sueño americano. Ha sido algo muy consciente eso. Pero también he recibido crítica en Estados Unidos por la misma cosa. Porque allá (entre) los que publican poesía hay una gran obsesión con las historias de la pobreza a la grandeza: “Decime tu tristeza y yo te voy a poner al frente”. Y eso me ha pasado a mí. Y yo soy escritor, sí, pero también hay que reconocer la suerte. Y he tenido suerte que escribí este libro al momento correcto. Lo que ha estado pasando políticamente, de una manera retorcida, me ha beneficiado a mí y por eso también he sido criticado y también yo lo reconozco porque no ofrezco nada más que el trauma en el libro. Y los migrantes no solo somos el trauma; nosotros también somos la felicidad. En eso estoy tratando de escribir más.

 

¿Qué huella física ha dejado este trauma en vos?
Me tomó regresar a Tucson para entenderlo completamente. Tucson fue el lugar donde yo crucé. Un mes después de que me publicaron el libro, en septiembre de 2017 estuve ahí cinco días en un festival de poesía, y durante los cinco días yo dormí quizás cuatro horas por completo; estaba directo, no podía dormir. Sentía angustia. Una gran desesperación. Para mí fue el trauma que se hizo físico y lo sentí nuevamente. Y fue por el clima, el calor, el paisaje. Fueron los saguaros que vi, los helicópteros de la inmigración que se escuchaban. Y la gente como que nada está pasando. Fue estar en algo tan elegante como un festival de poesía, sabiendo que a 2 millas había un retén atrapando a inmigrantes lo que no me dejó dormir. Así que eso para mí fue revelador y fue para decir: yo todavía estoy traumado y voy a estar traumado por el resto de mi vida.

La apertura de un hombre para hablar y escribir sobre el trauma puede parecer un poco inusual. ¿Lo reconocés así?
He crecido con papá, abuelo y cultura salvadoreña. Y, quizá, fue una bendición la separación de mi madre y mi papá, porque hasta que se separaron yo comencé a escuchar la versión de mi mamá y comencé a reflexionar. Pero lo que pasa también en cosas así es que, aunque yo reconozca lo que es bueno y lo que es malo, yo ya había aprendido la actitud contra la mujer. Así que yo fui muy mujeriego en el colegio. Yo también he pasado mi fase de ser muy borracho. Porque yo he estado en consejería toda mi vida y me dijeron: “mirate en el espejo. Estás actuando igualito a tu abuelo, igualito a tu papá y hay que divorciarse de eso”. Quizás por eso –y porque soy poeta– es que estoy comenzando a hablar de mis sentimientos.

Hablemos de la identidad del lenguaje al escribir. Tu educación en español llega a cuarto grado, tu educación en inglés es universitaria. ¿Cómo te sentís cuando te catalogan como “poeta salvadoreño que escribe en inglés”?
Me gusta más que me digan poeta salvadoreño americano.

¿Luchaste un momento para obligarte a escribir en español?
Sí. Siempre me lo preguntan allá: “¿Piensas en inglés o en español?” Digamos que es la misma pregunta que decir: “¿vos te sentís salvadoreño o te sentís más americano?” Yo me siento. Punto. Reconozco mi privilegio, que es la educación que he tenido. Siempre he sabido que soy salvadoreño y no me importa lo que la otra gente en Estados Unidos o en El Salvador me puede llamar. “Este es muy agringado” o “este es muy salvadoreño” o “no puede escribir bien en inglés”. He escuchado de todo, así que yo solo escribo.

¿Qué planeas hacer en lo que te queda de tiempo acá?
Voy a estudiar mi caso migratorio durante la semana, ver el mundial y ayudarle a mi abuelo en el terreno, que es algo que nunca he hecho. Mi meta de estar aquí es ayudarles en las cosas que nunca les he ayudado por 19 años. Son cosas así de la casa: quemar basura, bombear el pozo, lavar los trastos, lavar la ropa a mano. Cosas como retornando a lo que yo soy, que se me había olvidado. Y es algo bueno balancear con todo lo que la vida me ha dado a mis 28 años, que me ha dado mucho, especialmente los últimos dos años. Muchos privilegios. Muchas cenas gratis, muchos vuelos, muchas cosas y es bueno regresar a donde yo comencé.

La continuación de esta plática toma lugar –una semana después– en el patio de la casa de sus abuelos. Entre la sombra de palmeras, mangos, anonas y marañones, Javier comienza a contar cómo le fue en la embajada del país en el que ha vivido los últimos años. Su abuelo escucha la plática de cerca, pero no interviene. Hace dos semanas Javier se presentó a solicitar la visa de habilidades extraordinarias. Esta visa solo es brindada a personas capaces de “demostrar habilidades extraordinarias en las ciencias, las artes, la educación, los negocios o el atletismo a través de la aclamación nacional o internacional sostenida”. Javier la obtuvo.

Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos.

¿Cómo te sentís después de haber ido a la embajada?
Tuve la entrevista el lunes 2 de julio. Y el sábado me entró una gran desesperación que no había sentido las tres semanas que yo estaba aquí. Me quería ir. Me quería salir y como que hasta tenía hormigas dentro de mi cuerpo, bien feo. Y no me había sentido así ningún día de los que estaba aquí. Y una gran aflicción y yo creo que era ya porque se acercaba el día. El domingo, ya más centrado, dije “lo que va a pasar va a pasar y no puedo hacer nada”. El lunes fue mi abuelo conmigo. Y fue como un gran cierre de un capítulo de mi vida.

¿Qué te preguntaron en la embajada?
Que a dónde estaba estudiando y que a dónde iba a tomar clases luego. Y quizás eso me ayudó porque dije Stanford y luego Harvard, y después hasta se puso a bromear y me dijo: “Aquí, ¿dónde vivís?” Respondí “oh, aquí en La Herradura”. “¿Ya has ido?”, le pregunté. “No, nunca he ido. Pero ahí no hay nada”, me dijo. Y después se paró. Y no sé, hasta me dio nervios porque yo veía que estaba platicando con alguien y se tardó como sus cinco minutos y yo esperando, haciéndome el loco como que no estaba tan nervioso. Y me dijo: su visa ha sido aprobada.

¿Qué sentiste?
Como que una gran roca se cayó. Le di las gracias y me fui como que andaba flotando. De respeto a las otras gentes no quise ni reírme ni nada. Solo caminé, viendo abajo, hasta llegar a la salida y me crucé la calle. Mi abuelo estaba parqueado hasta allá, bien lejos, y le di un abrazo y hasta ahí me reí. Después le llamé a mi mamá. Mi mamá se puso a llorar y después le llamé a mi abuela.

Además de la entrada legal a Estados Unidos, ¿qué implica para vos en términos legales que esa visa haya sido aprobada?
Implica que allá me va a llegar la residencia. Mi mamá tiene TPS, pero ahora que Trump dice que lo ha quitado, mi mamá no tendrá (papeles). Con esta residencia, cuando yo aplique para mi ciudadanía dentro de dos años, le puedo meter trámites a ella para que consiga una “green card”. Para mí, esta visa significa salir del país, conocer otros lugares y ya no sentirme tan atrapado.

¿Qué temas te gustaría explorar en el futuro?
Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos. Quiero expandir el vocabulario, expandir los mundos en los que ahorita en la literatura se le ha imaginado a un salvadoreño.

En perspectiva, ya lograste lo que querías en este viaje. ¿Querés irte?
Ahorita estoy más tranquilo porque me puedo ir. No me quiero quedar aquí. Y esto es darme cuenta de que esta ya no es mi casa. Este ya no es mi país. El país de allá tampoco es mi país. Allá me sentía diferente y aquí me siento diferente también, y eso es por muchos factores. Creo que me da esa desesperación porque allá tengo más independencia. Independencia que aquí no tengo. Fijate: la noche antes de que yo fuera a la embajada, mataron a alguien allá por el muelle; y antes de que yo viniera, mataron a alguien. Y mi prima dice que ya puede distinguir cuando son cuetes y cuando son balas. Mataron a alguien de 20 años. Allá yo nunca he oído una bala. Como te decía, todavía tengo miedo de salir.

Javier Zamora se fue de El Salvador siete días después de esta plática; a diferencia de hace casi 20 años, cuando el viaje duró dos meses y medio, este viaje hacia California tomó solo horas.

 


 

EL SALVADOR

Las noticias: bolsas negras todos los días.
Noticias: más y más se van. Necesito ver

a mis abuelos, necesito esos meses
mis papás dormían en el mismo cuarto:

Mamá dormida conmigo en sus brazos
a salvo en su cuarto de bajareque, a salvo

de balas atascadas en palos. Quiero treparme
a comer jocotes durante un chaparrón,

trepar esa torre de agua en mi barrio.
Quiero tomarme esa agua, papá nunca quiere,

¿para qué, vos? Mamá quiere ver a su papá,
a su mamá. Mis papás dicen, no vayás,

tenés tatuajes en las costillas, por un tatuaje
te paran, es la ley. Allá, vos no sabés qué es ley.

¿Pero qué putas saben? No tienen papeles.
Abuelos dicen, venite, aquí no pasa nada.

Allá sí. Mi prima dice, aquí, no salimos en la noche,
está peor, ahora puede ser cualquiera. No vengás,

te pueden… Salvador, en un día de verano
húmedo, tan húmedo que tu pulgarcito

corta la marea, tus huellas enterradas en sal,
si ese día vuelvo a tocar tu cara, volcanes

y olas de tu cara, piel verde, barba azul,
aliento de poma, aliento de arena, no dejes

que policías digan, ese es marero. No dejes
que mareros digan, este es del otro barrio.

Tus barrios manchados de polen, rojo
y líquido polen. En las calles, policías y mareros

culpables de crímenes rojos, y presidentes,
culpables. Un pájaro de metal te picotea

con su pico metálico todos los días, vos
azul-verde animal pendejo que no sabe

nombres de labios azules adentro de bolsas
negras en las calles. Vos no sabés deudas,

nuestros labios sellados, nuestras casas
abandonadas, nuestro miedo de decir

la guerra no ha terminado. Quiero regresar,
necesito regresar. Hay días que miento

y digo estoy bien, pero todos los días
que no rozo el pelo de mi Abuelita Neli,

que no lavo su olla y sartén, lloro.
Como esta noche que deseo que hicieras

el amarte más fácil, Salvador. Hazlo,
para ya no tener que arriesgar nuestras vidas.

 

 

Corriendo

No hay muro, hay un túnel, un hoyo en la pared, sí,
¿pensás que ahorita nadie está corriendo? Quién es
pues, el que suda y caga su mierda en el cactus.
Añoramos agua; nuestro orín se hizo amarillo-amarillo —yo
no soy el único niño con su mochila debajo de los cercos
de los gringos. Todavía voy en esa van blanca
que nos recogió en el Devil’s Highway. La van blanca
pitó tres veces, pero escuchamos a los pastores alemanes,
helicópteros, la Migra. No sé adónde están
los espaldas-secas que corrieron cuando los chuchos
los seguían. Corrección: sí sé. Por la noche, regresan
para decirme, sobreviviste, bicho, sobreviviste, carnal. Pues sí.
sobre-requete-que-vivimos.

 

INSTRUCCIONES PARA MI ENTIERRO

No se atrevan a quemarme en un horno de metal, quémenme

en el jardín de mi Abuelita

y envuélvanme en azul-blanco-azul.

[a la mierda patriotismo] Mójenme

en el gin más barato. Cualquier cosa que hagan,

no juzguen mi hogar. Con un corvo

conviertan mis cenizas en el más fino polvo

[envuelvan mi pito en calzones para soñar con pisar]

Por favor, sin curas, sin cruces, sin flores. Róbense

una petaca y métanme dentro.

Música a explotar. Vístanse bien pimp-it-is-nice.

Emborráchense, por favor [falten al trabajo

y pisen otra vez] Que truenen los tambores

marciales. Que griten las guitarras

guerrilleras y escuchen la guerra

interna [no mierdas americanas por favor]

Parrandeen hasta el muelle, mi bailada procesión.

Ánclenme en una lancha

[de veras que sea una lancha]

timoneada por un bicho de nueve años

hijo de un pescador. Apúrense hasta llegar al centro

del estero de Jaltepec. Lean

Como tú y lancen trozos de pan.

Como la lancha circula, abran la petaca

para que me respiren como jacaranda,

como flor de mayo, como alcatraz —después,

olvídenme y déjenme— ahogar.

“Este país no es mío, este país es prestado”

Irma Molina posa en el puerto de Berkeley, California. Lleva veinte años residiendo en la Bay Area, cerca de San Francisco.  Foto de Dany Barrientos Ramírez. 

Son las 10 de la noche y en esta fiesta parece que ya no cabe más gente, pero los asistentes siguen llegando. La oferta es atractiva. Aquí adentro hay pupusas, empanadas, yuca, cerveza y cumbia. Las mujeres bailan en círculo, algunos hombres observan y los niños -morenos y pequeños- corren entre canción y canción. Los asistentes se emocionan bailando y cantando los temas propios de una Navidad centroamericana. Aquí todo es calor. Afuera, esta noche de mayo en Berkeley (California), la temperatura es de 15° y corre un viento fresco.

Esta no es cualquier fiesta. Es una “pachanga pro-inmigrante”, a la que llamaron “Noche quinceañera”, aunque no hay ninguna quinceañera celebrando su cumpleaños. Los organizadores del evento pusieron ese nombre solo para que la gente supiera qué clase de evento esperar. Esto ha sido planificado por el Comité del Norte de California del TPS, un grupo de personas que hace actividades para debatir, unir a la comunidad migrante y tratar de incidir políticamente.

El TPS es un permiso que le fue dado a los salvadoreños tras los terremotos de enero y febrero de 2001 para poder vivir en Estados Unidos sin ser deportados. Esta medida reconoció que El Salvador no tenía las condiciones adecuadas para recibir a sus ciudadanos de manera segura. Permite, entre otras cosas, acceder a un trabajo y hacer procedimientos legales que de forma indocumentada no son posibles. Pero este programa no es un camino hacia la legalización permanente.

La entrada a esta fiesta cuesta $15 en internet y $20 en la puerta del local. La mayoría de quienes han venido es salvadoreña, le siguen los hondureños. La idea es que la gente compre comida y escuche la música que le recuerde a su país a casi 5,000 kilómetros de distancia. El dinero que salga de ganancia se sumará a un fondo designado para actividades como foros informativos y cabildeos.

Durante los últimos 17 años, el TPS se había renovado cada 18 meses. Pero en enero pasado, la administración de Donald Trump lo canceló y dio un período de año y medio para abandonar el país o legalizar la situación migratoria a través de otras alternativas. Estados Unidos gastaría $1.8 millones si deportara a todos los “tepesianos” (como se conoce a los beneficiarios), según un estudio del Centro de Recursos Legales para Inmigrantes.

El período de gracia que el Gobierno estadounidense dio al TPS vence de manera formal dentro de 435 días, el 9 de septiembre de 2019. Durante los días que restan, las organizaciones activistas planean llevar a cabo protestas, reuniones con políticos y hacer presión en el Congreso estadounidense. Hoy por lo menos se puede seguir bailando cumbia.

***

Cuando se instala el miedo

Fredy Ochoa no quería venir a esta fiesta. A él no le gusta salir de noche y mucho menos a bailar. Pero este día lo convenció su pareja, Morena Ramírez. Ellos se conocieron en San Francisco, donde ahora viven. En El Salvador, quizá, habría sido más improbable conocerse. Ella es de San Vicente y él es de El Sunzal, en La Libertad. Como Morena no creció en la playa, Fredy bromea con ella. Dice que ella no entiende qué es vivir dentro esos paisajes, que “no sabe de paraísos”. Ella se ríe y él la mira como cómplice.

Fredy tiene TPS, Morena lo perdió hace años por entregar tarde unos papeles, explican. Han salido de la fiesta a platicar un rato. El local de la “Noche quinceañera” es un espacio donde se realizan eventos culturales para la comunidad latina y tiene un mural en su fachada donde se ha pintado a gente morena, músicos y trabajadores, como los que están adentro empezando a mover las caderas. Sobre ese mural se apoya Fredy, y Morena se mantiene a su lado.

Comienzan a contar que tienen dos hijos juntos. Uno de ocho y otro de 11 años. Y que no es justo ver a dos niños de esa edad con miedo a perder a sus papás. “Cuando dijeron que había ganado el señor Donald Trump, mis hijos lloraron. Mi hijo más grande todo el tiempo está preocupado. Siempre pregunta: ‘¿Quién de ustedes no tiene papeles?’”, relata Morena Ramírez. Como los de ella, hay otros 192,700 hijos de tepesianos nacidos como ciudadanos americanos que podrían enfrentarse a la separación familiar pronto.

Fredy se fue de El Salvador tras el conflicto armado a los 18 años, en 1994. “La guerra había hecho estragos y ya había dejado todo despelucado. Entonces no hallaba qué hacer y decidí venirme”, dice. Nunca ha vuelto a El Salvador.

Morena, en más de dos décadas, tampoco ha vuelto a Guadalupe, su pueblo en San Vicente. No puede hacerlo si quiere seguir junto a sus hijos. No pudo volver incluso cuando murieron los abuelos que la criaron. Entonces, la distancia y el sueño de tener una mejor vida se interpuso entre ella y el luto familiar. “Fue bien duro cuando uno solo por teléfono le pudo contar que mis abuelos ya habían fallecido”, dice en San Salvador su primo Carlos Montoya.

Morena creció con la guerra civil. La casa de sus abuelos era de bahareque y durante el conflicto armado era común que se quedaran sin energía eléctrica. Carlos recuerda que ante la ausencia de corriente, juntos inventaron sus propios juegos. A la hora de comer, se sentaban frente al televisor apagado y empezaban a comentar las imágenes que, según su imaginación, iban saliendo en la tele.

Morena y Carlos crecieron juntos imaginando, corriendo y jugando chibolas. Cuando ella cumplió los 18 años y ya era madre de una niña de seis meses, optó por irse indocumentada a Estados Unidos. Su decisión fue la natural en su contexto. Su madre y dos hermanos ya habían hecho lo mismo y ella había quedado, de alguna manera, sola. Y “la vida aquí para ella era bien dura porque le tocaba andar trabajando en las fincas. Jalaba el abono, hacía hoyos para sembrar café y, cuando sobraban los palos de sombra, ella picaba la leña”, ejemplifica su primo.

Ahora Carlos y Morena se escriben cotidianamente. Pero a él todavía le duele que no pudieron despedirse. “Más cuando uno de chiquito ha crecido en la misma casa… no me dijo nada porque lo hizo a escondidas, en secreto. Ni nos despedimos. Ni un abrazo ni nada”.

Han transcurrido 20 años desde que Fredy y Morena dejaron sus casas, hartos de las secuelas de la guerra civil y la pobreza. Pero en estas dos décadas no ha sucedido mucho que sirva para evitar que los niños y jóvenes de este país quieran –o necesiten– irse. Entre enero de 2016 y mayo de 2018, la organización Cristosal atendió a 675 niños y jóvenes entre los cero y 25 años que fueron desplazados de sus hogares. Los principales motivos son las amenazas directas, el asesinato de un familiar o sobrevivir a intento de homicidio.

Mientras esta pareja cuenta su historia de migración, la fiesta con ritmos tropicales comienza a ponerse más alegre. Por un momento el buen ánimo de Morena cae y contrasta con lo que sucede en la pista de baile. Ella lanza una pregunta para la que no tiene, ni quiere, respuesta: “Siempre pasamos pensando qué va a pasar si nos agarran, porque Migración llega a las casas por uno y se lleva a todo el que no tenga papeles. ¿Y qué va a pasar en el día que nuestros hijos estén en la escuela y nosotros caigamos?”

Padres migrantes. Fredy Ochoa y Morena Ramírez posan afuera del Centro Cultural La Peña, en Berkeley, California. Fredy está amparado bajo el TPS. Sus dos hijos en común son ciudadanos americanos. Foto de Dany Barrientos Ramírez. 

***

La llegada

Las puertas de esta fiesta se abrieron a las 8:30 de la noche. Y lo primero en abarrotarse fueron las mesas donde se vendía comida. Otro de los atractivos es la presencia del grupo Fuego Latino, que interpreta salsa, merengue y cumbia. Sobre el escenario y antes de que la banda saque a bailar a todo el mundo, una chica joven da la bienvenida a los asistentes.

“Que esta noche sea inolvidable para ustedes. Que la pasemos bien en familia, como tepesianos, como amigos, entre salvadoreños y hondureños”, pronuncia a través de un micrófono. Luego da otro anuncio:

“Tenemos a una persona de El Salvador que se llama Blanca Flor Bonilla. Ella es secretaria de Relaciones Internacionales del grupo FMLN y es congresista del Parlamento Centroamericano”.

La diputada sube al escenario y comienza a pronunciar un discurso que dura minuto y medio. Dice que el Gobierno de El Salvador está haciendo esfuerzos de incidencia por el TPS y que va a dejar un número de contacto por si alguien quiere invitar a más diputados a eventos de migrantes.

“Gracias, señora Blanca”, dice la maestra de ceremonia al tomar el micrófono de vuelta. La diputada baja a sentarse en una silla frente a la pista de baile y al lado de otras personas que comen pupusas. Luego otro mensaje emociona a la gente: “Anuncios antes de la pachanga: ¡Tenemos algunos premios!”

Esta noche, a 6 kilómetros de acá está otra tepesiana: Irma Molina. Ella no está organizada en ningún grupo de migrantes. Una semana antes de esta fiesta dijo, entre risas y un poco tímida, que ella no sabe mucho de cómo se organiza la comunidad salvadoreña en estos lugares. Desde que llegó solo ha trabajado.

Irma Molina es la supervisora de limpieza de un hotel elegante de Emeryville, California, y en su tiempo libre es conductora de Uber. El hotel en el que trabaja está a solo 20 minutos del centro de San Francisco. Nació en 1980 en Santa Isabel Ishuatán, al occidente del país. Aprendió a caminar y a hablar conforme la guerra civil avanzó. “Crecí con esa mentalidad de que el país era violento. A mis papás les daba miedo sacarme del pueblo porque pensaban que me podían quitar de las manos de ellos. Crecimos con ese temor”, dice desde un cuarto del hotel en el que trabaja.

Convencida de que la vida tenía que ser algo más que el miedo, decidió migrar sola a los 18 años. Para llegar a Estados Unidos viajó escondida, junto a un centenar de personas, en los contenedores de grandes camiones. Han pasado 20 años desde esos viajes en tráiler, pero aún recuerda los detalles de ese camino. Todavía se acuerda de cómo se colaba la luz entre las redes de repollos bajo las cuales viajó en un camión.

“Sufrí el hambre, sufrí la sed”, asegura Irma. Después de los viajes dentro de camiones, vinieron otros días caminando en el desierto. Dice que junto a otros migrantes, se perdió por una semana en el desierto. No se detiene mucho a hablar de ello. Prefiere hablar de cómo, al llegar a San Francisco, comenzó a trabajar en un restaurante.

En 2001 obtuvo el TPS. Eso significó también la posibilidad de abrir una cuenta de ahorros en el banco. Contar con un permiso de residencia, aunque sea temporal, permite acceder a mejores trabajos, a diferencia de las personas indocumentadas. Eso se traduce, también, en más dinero enviado a los familiares en El Salvador. Solo durante mayo de 2018 se recibieron $493.7 millones en remesas, el 93 % provenía de Estados Unidos.

Irma dice que su familia siempre creyó en Dios, pero que recientemente se volvió más religiosa. Antes de que se conociera de la cancelación del TPS, pidió a su Dios que, al menos, la administración actual le diera otros 18 meses de protección.

Está enfocada en ganar tiempo. Los hijos nacidos en Estados Unidos, al cumplir 21 años, pueden solicitar el cambio de estatus migratorio para sus padres. Su hija mayor está por cumplir los 18 años. Su esperanza es que los próximos tres años pasen pronto.

Con el Estatus de Protección Temporal, los tepesianos pueden declarar sus impuestos y ser vecinos responsables, aunque sea en un país que no es propio. “Este país no es mío, este país es prestado. El mío se quedó allá, aunque sea violento”, explica Irma. A pesar de la nostalgia por El Salvador, volver a su patria no es una meta.

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Activismo para quedarse

Según lo planeado, la fiesta quinceañera terminará a la medianoche y se rifará un televisor. Por ahora, el premio mayor de la rifa ya está colocado con una chonga roja sobre el escenario. Detrás de esta logística está José Mejía, el coordinador del Comité del Norte de California del TPS. Este viernes está encargado de hacer que la pachanga inmigrante termine bien.

La fiesta lleva buen ritmo. Las parejas bailan y son tantas que chocan entre sí al dar giros. A las 11 de la noche, la cerveza ya se ha acabado y la gente comienza a beber vino en vasos plásticos. Le dan un sorbo al vaso y siguen moviendo las caderas. Y eso ya es un problema porque, entre vueltas del baile, el vino cae al suelo y el piso se vuelve resbaloso para los que bailan, emocionados, una cumbia que dice “el humo del cigarrillo me hace llorar”.

El comité que coordina este evento está formado por 13 personas que, a su vez, son parte de la Alianza Nacional por el TPS, un grupo de más de 40 organizaciones en todo Estados Unidos. José Mejía está convencido de que existe un camino para que los “tepesianos” alcancen la residencia permanente. Lo sabe porque él mismo ya pasó por ese proceso.

Él sostiene que llegó a Estados Unidos en 1989 y, dos años más tarde, obtuvo el TPS. En ese momento, la medida fue otorgada por la inestabilidad que experimentaba el país producto de la guerra civil. Más de un lustro luego, en 1997, se amparó en la Ley de Ajuste para Nicaragüenses y Alivio para Centroamérica (NACARA). Esa ley brindó beneficios migratorios a personas que pisaron territorio estadounidense antes de 1990. Así, José pudo obtener su residencia.

La migración es un tema que divide radicalmente a la sociedad estadounidense en la actualidad. Y por lo tanto, es un tema para el cual, a pesar del cabildeo y de las actividades que realizan los migrantes, no hay respuesta política fácil.

No hay una salida sencilla en términos legales. Pero, en la práctica, a Estados Unidos le conviene que las personas con TPS se mantengan trabajando en ese país. Al menos desde el punto de vista económico. “La tasa de participación en la fuerza de trabajo de la población con TPS oscila entre el 81 % y 88 %, muy por encima de la tasa de la población total de Estados Unidos, 63 %”, de acuerdo con el Centro de Estudios Migratorios de Nueva York.

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Incertidumbre aun en los “santuarios”

Conforme la medianoche se acerca, la fiesta se empieza a vaciar y las conversaciones se trasladan hacia la calle. Las familias con niños en brazos salen a buscar un poco de silencio. Aquí están tranquilos. Aquí nadie puede preguntarles sobre su estatus migratorio.

En Estados Unidos hay cerca de 200 ciudades denominadas “santuarios”. Estas se presentan como espacios en los que las fuerzas locales no colaboran brindado información de estatus migratorio a las autoridades federales, que son quienes se encargan de los procesos de deportación. California es el estado con más migrantes salvadoreños, haitianos y hondureños con TPS. Se calcula que al menos en California viven 55,000 beneficiarios.

El 1.º de enero de este año California se convirtió en un estado “santuario” en totalidad. Eso significa que tampoco se pueden realizar redadas en escuelas o lugares de trabajo sin una orden judicial.

Pero que una ciudad sea santuario no implica la protección automática de la deportación. La noche del 24 de febrero de 2018, Libby Schaaf, la alcaldesa de Oakland, una ciudad a 5 minutos de esta calle, anunció algo que puso nerviosos a muchos: dijo que tenía conocimiento de que agentes de Migración llegarían a la ciudad a realizar redadas el día siguiente.

La acción de avisar a una comunidad que “la migra” se acercaba fue criticada luego por Trump, quien se ha encargado de no hacer diferenciación entre migrantes y criminales. En marzo no fue tímido al expresar su molestia con Schaaf. “En Oakland, la alcaldesa le dijo a la gente que iba a suceder una redada. No puedes hacer eso, no puedes”, dijo alterado.
“Las jurisdicciones de ‘santuario’ son el mejor amigo de contrabandistas, pandilleros, narcotraficantes, traficantes de personas, asesinos y otros delincuentes violentos”, dijo el presidente. Él ya exigió al Congreso que deje de brindarle dinero federal a estas ciudades: “Pido al Congreso que deje de financiar ciudades ‘santuario’ para que podamos salvar vidas estadounidenses. Queremos que nuestras ciudades sean santuarios para los estadounidenses, no refugios seguros para delincuentes”.

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Ramas que se extienden

A pesar de que la fiesta estaba prevista que terminara a las 12 en punto, pasada la medianoche aún se pueden escuchar algunas canciones y los asistentes más jóvenes siguen bailando sobre la pista de baile. La rifa del televisor ya pasó y el ganador no apareció.

Freddy y Morena parten hacia su casa en San Francisco. “El TPS dice que es un estatus temporal, pero, realmente, los hondureños tienen 20 años ya. Nosotros, los salvadoreños, ya vamos para eso. Ya no es algo temporal. Es una vida completa, y decirnos ‘okay, vamos a sacarlos ahorita’, es como que deje crecer un árbol, echar raíces y hasta que dé frutos. Es ilógico decir ‘vamos a arrancarte ahora’”, ha comentado antes de irse Fredy, el padre de dos niños que se siente como ese árbol, con el riesgo de ser cortado.

Familias separadas. Se calcula que hay 192,700 hijos de tepesianos nacidos como ciudadanos americanos que podrían quedar sin sus padres si estos son deportados.