El país donde 8 de cada 10 escuelas no tienen biblioteca

Sin bibliotecas.

“Un país que pretende caminar firmemente hacia el desarrollo debe contar con bibliotecas de calidad en cada una de sus escuelas”, dice una publicación del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLAC). En El Salvador, solo dos de cada 10 centros escolares cuentan con una.

A escala nacional, las bibliotecas no son lo único que hace falta en las escuelas. En 18 centros educativos no existe ninguna forma de abastecimiento de agua, 128 no poseen ningún tipo de instalación eléctrica y siete de cada 10 no tienen acceso a internet, según registros del Ministerio de Educación (MINED).

Dentro del 21 % de los centros educativos públicos que cuentan con una biblioteca existen casos en donde los libros no se utilizan. Las “bibliotecas” pueden estar, pero no se han establecido dinámicas o espacios que coloquen los libros al alcance de los estudiantes.

En una esquina del Centro Escolar Hacienda Florencia, ubicado en Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad, un número considerable de libros permanece desordenado y lleno de polvo. Dos paredes blancas con pequeñas marcas que indican suciedad y telarañas conforman el espacio físico que rodea los ejemplares. Una estructura de madera dividida en tres partes se encarga de sostenerlos. No hay deterioro, pero sí, descuido. Julia Castillo, directora, define la situación de la siguiente manera: “Ahí están (los libros), solo hay que darles vida”.

El lugar ha perdido el brillo de hace dos años. En octubre de 2016, se inauguró aquí uno de los llamados “rincones de la lectura”. Es decir, un espacio destinado a que los estudiantes tomen cualquier libro y lo lean. De acuerdo con Luis Rosales, subdirector, se trata de un proyecto que el año pasado aún funcionaba, pero que actualmente la administración no se ha animado a renovar. Julia Castillo lo reconoce: “No se le está dando el seguimiento que en un principio se le dio”.

Los rincones de la lectura están compuestos por libros de literatura universal, cuentos y leyendas. La directora y el subdirector coinciden en que, con el paso del tiempo, algunos libros se han perdido. Otros, como “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, se mantienen. En su momento hubo cojines y alfombras. De eso, solo ha quedado la placa del recuerdo, las fotos y un conjunto de obras literarias en menor cantidad que hace dos años.

Una biblioteca se define como el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura. Sin embargo, en este centro educativo, los libros en lugar de leerse han quedado poco a poco en el olvido. “Solo ven la portada y los dejan por ahí”, declara Corina Turcios, profesora de segundo grado.

“¿De qué sirve que nos den libros, si en muchas ocasiones, esos libros se los comen los ratones? Ahí están guardados en las cajas”, dice Luis Rosales. Él ha trabajado en el Centro Escolar Hacienda Florencia desde 1989 y pronuncia estas palabras en su oficina. Su expresión adquiere un significado extra tomando en cuenta que en 2016 este centro escolar recibió una donación de más de 300 ejemplares, los cuales fueron recolectados a través de la campaña “Dona un libro”.

Rosales es uno de los fundadores del tercer ciclo. Su cargo está en la Subdirección, fuera de los salones de clase. No obstante, conoce cada detalle y necesidad de su escuela. Mientras habla, muestra el cuaderno de un estudiante de primer ciclo que en reiteradas ocasiones ha incumplido con las actividades solicitadas por su docente.

De acuerdo con Rosales, hace 20 años el Ministerio de Educación asignó al centro escolar una cantidad considerable de ejemplares. No recuerda el número exacto, pero reconoce que de ahí surgió la primera idea de poner en funcionamiento una biblioteca. Posterior a eso vino la construcción de un espacio físico en 2005. “Hubo un alcalde (Vidal García) al que le pedimos que nos construyera un local especial para la biblioteca. Lo construyó y se montó”, dice.

El espacio físico creado, en un principio, para el funcionamiento de una biblioteca es ahora el salón de clases de la sección de parvularia. Más de 250 libros se conservan agrupados en diferentes estantes al fondo del recinto. Una serie de pliegos de papel bond decorados que cumplen la función de “ambientar” el aula los mantienen ocultos.

Rosales explica que el anhelo de esta escuela era recibir algún tipo de fondo por parte del MINED o la Alcaldía Municipal de Nuevo Cuscatlán para la contratación de un bibliotecario. Es decir, una persona encargada del cuidado, organización y funcionamiento de una biblioteca.

“El ministerio siempre manifiesta no tener fondos”, afirma el subdirector. Ante esto, de acuerdo con Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, la cuestión trasciende y radica en que, dentro de la Ley de la Carrera Docente, no existe la plaza de bibliotecario.

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UN DOLOR DE CABEZA EXTRA

Según estadísticas del MINED, de los 5,136 centros escolares públicos en todo el país, solo el 72 % se situaban, hasta 2017, en terrenos propiedad del ministerio. FOMILENIO II entregó, para ese año, 119 títulos de propiedad. El Centro Escolar Hacienda Florencia no formó parte de ellos. Uno de sus mayores problemas está arraigado en ese aspecto: el MINED no puede invertir en infraestructura de escuelas que no estén en suelo de su propiedad.

“La estructura del centro educativo no está legalizada. Desde hace nueve años el MINED no ha sido capaz de legalizarla y aquí no puede invertir. La burocracia del Estado no lo ha permitido”, manifiesta Luis Rosales con indignación. En cada oración que formula asigna una buena parte de la responsabilidad al organismo de Educación. Se desahoga. Agrega que el ministerio no tiene una pretensión real en que las bibliotecas escolares funcionen y que sus proyectos nada más tienen un interés mediático.

Julia Castillo, directora de la escuela, se expresa así: “Mi prioridad es la legalización del centro escolar”. De acuerdo con ella, hace ocho o 10 años, una cooperativa cafetalera les donó el terreno. Desde entonces, los trámites para obtener el título de propiedad iniciaron. En la actualidad, según Julia, las excusas y obstáculos han continuado, a pesar de que el caso ya está en la parte jurídica del MINED.

El monto de transferencia del Centro Escolar Hacienda Florencia, según Julia Castillo, es de $2,900. Este fondo se destinada a la compra de material didáctico, la limpieza y el programa de alimentos. “A veces dan una parte en agosto y la otra en diciembre, cuando las escuelas ya están endeudadas”, explica. Hasta junio de 2018 no habían recibido “ningún cinco” por parte del Ministerio de Educación.

Está claro que los libros no son una prioridad, ni la mayor preocupación en un centro escolar donde el dinero no alcanza y donde aún no cuentan con las escrituras del terreno en el que opera. En el Centro Escolar Hacienda Florencia los libros están presentes, pero eso no garantiza nada. Un extracto de la investigación “Por las bibliotecas escolares de Iberoamérica” lo explica así: “No basta con tener una biblioteca escolar, es necesario que la escuela genere prácticas lectoras, pues si no hay razones para leer, la biblioteca no cumple a cabalidad su función”.

Luis Rosales reconoce que, de parte de la administración de la escuela, no han logrado algo estable, ni serio. Esta es su realidad. También la de otros centros escolares públicos en El Salvador.

Carencia. El Centro Escolar Hacienda Florencia, de Nuevo Cuscatlán, cuenta con una biblioteca. Sin embargo, los libros se encuentran en malas condiciones y en peligro de deterioro.

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UN PANORAMA DISTINTO

La biblioteca del Centro Escolar Soledad Moreno de Benavides es limpia, amplia e iluminada. Un fondo blanco, muebles, estantes, peluches, además de los 700 libros en buen estado son elementos que complementan su esencia.

La regla principal, antes de entrar a ella, es quitarse los zapatos. Los estudiantes de la sección de cuarto grado lo tienen claro. Como todos los miércoles de 8 a 9 de la mañana les corresponde ir y leer. Ahora es el turno de “La escuela secreta de Nasreen. Una historia real de Afganistán”.

Kenia Flores, docente, se encarga de leer el ejemplar en voz alta. Sus alumnos, inquietos y con ganas de hablar, escriben qué le agregarían a la historia. Algunos se ponen de pie, pasan al frente y, nerviosos, comparten su conclusión con el resto de sus compañeros. Trascienden de la lectura a la escritura. “Que en el país no hubiera maldad, que no hubiera más violencia e ir libres a la escuela”, dicen, poco antes de que suene el timbre para salir al recreo.

La escuela, ubicada en Candelaria de La Frontera, departamento de Santa Ana, es una de las 84 a escala nacional que forma parte del programa Soy Lector, creado e implementado por la ONG ConTextos, que se encargan de desarrollar bibliotecas en diferentes escuelas públicas de El Salvador. Se hace referencia a ellas como “espacios de refugio en uno de los países con las tasas más altas de homicidios”.

Para saber si una biblioteca escolar es garante de calidad, ConTextos recomienda tomar en cuenta tres características que debe cumplir: activa, atractiva y funcional. Desde hace tres años, la del Centro Escolar Soledad Moreno es una de ellas. ConTextos les donó 300 libros en 2016; un año después fueron 400. En total, la escuela registra 434 estudiantes y 700 libros de literatura infantil, juvenil y género informativo. Dicho de otra forma, 1.61 de libros por cada estudiante.

Telma Yanira, directora del Centro Escolar Soledad Moreno, asegura que en este centro educativo ya existía una “biblioteca”. No obstante, según ella, había libros desfasados y un entorno físico inadecuado. Nada comparado a lo que se observa ahora. Los ejemplares están limpios, ordenados, en buen estado y se leen.

En su mayoría, se trata de libros especializados para lectores emergentes. Están divididos en tres niveles: avanzado (color azul), fluido (color celeste) e inferencial (color rojo). El 80 o 90 % de la colección es de ejemplares ilustrados. Un formato más contemporáneo y utilizado, según Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, en países como Argentina o Colombia.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

En esta escuela, los alumnos de tercer ciclo son quienes cumplen la función de bibliotecarios. Sus nombres y horarios están escritos en un pliego de papel bond pegado en las paredes de la biblioteca: Gisela, Franklin, Érika, Emerson, Cristina, Kevin… la lista sigue. En total son 26. La mayoría son niñas. Kattia Jiménez, de séptimo grado, es una de ellas.

La voz de Kattia predomina por encima del resto de jóvenes reunidos en el centro de la biblioteca. A pesar de su timidez se expresa con claridad y precisión. “Leer nos ayuda, porque también hay cosas que forman parte de nuestra cultura. Antes no nos gustaba, pero ahora sí”, comenta. “Yo nunca le había leído un libro a un niño. Uno me dijo que no podía y le ayudé”, agrega una de sus compañeras.

Mientras cada uno de los bibliotecarios comparte sus valoraciones, Melvin Moreno, capacitador del programa Soy Lector, menciona una de sus experiencias: “En un centro escolar yo escuché de una niña que le está ayudando a leer a su mamá a partir de lo que ha ido experimentando en la biblioteca”.

Además de los estudiantes también están los profesores, quienes, por su parte, han recibido más de cinco capacitaciones para la utilización de la biblioteca. Vera Flores, profesora de Lenguaje y Literatura, es una de las docentes que ha sido capacitada. “Es cierto, nosotros hemos sacado una carrera como docentes, pero necesitamos saber cómo leerle a los niños, cómo hacer más dinámica una lectura. Muchas escuelas nos dicen: nosotros quisiéramos tener su biblioteca”, dijo.

“Activa y funcional”, que en el Centro Escolar Soledad Moreno haya una biblioteca que cumpla con estas cualidades es casi un milagro. Sobre todo, cuando el bono asignado por parte del MINED a este centro educativo es insuficiente para cubrir todas las necesidades. Telma Yanira, directora, lo asegura: “$1,200 es lo que tenemos para todo el año. $750 y $600 en dos depósitos. El centro escolar es igual que una casa, hay infinidad de necesidades. No alcanza y uno debe andar haciendo cuentas. Si arreglo los baños no voy a comprar material didáctico”.

Alternativas. En centros escolares públicos donde no había bibliotecas, algunas organizaciones como Contextos han habilitado espacios para la lectura.

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“¿POR QUÉ UNIFORMES Y NO LIBROS?”

“La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. La biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, por eso es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas”, se lee en una publicación del CERLALC que lleva como título “Biblioteca Escolar: un espacio para ser, crear y construir”.

Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación (ICTI-UFG), hace un diagnóstico de la realidad. En su opinión, no existe una política de fomento a la lectura por parte del MINED, mucho menos un programa de creación de bibliotecas escolares. Tampoco un presupuesto orientado a la adquisición de libros.

Uno de los inconvenientes, asegura Joao, consiste en que lo poco que queda del presupuesto del MINED recae en el programa de útiles, zapatos y uniformes. “Yo prefiero entregar libros que uniformes, si me preguntás. Esa podría ser una discusión técnica. ¿Por qué entregar uniformes y no libros?”

La Ley de Presupuesto del Ministerio de Educación de 2018 indica que la dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares tiene un costo de $73,500. Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, afirma que, para poder cubrir las necesidades básicas en el sistema educativo, según ha planteado el Plan El Salvador Educado, se necesitan $1,200 millones más de presupuesto. Pero este presupuesto, según la última actualización en mayo de 2018, es de $940.42.

Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, manifiesta que dotar de libros a toda la población estudiantil es un proyecto millonario. Sin embargo, explica que actualmente existe un programa presidencial de biblioteca escolar dirigido por el comité editorial del MINED. Setenta y cinco mil ejemplares, entre los que se encuentran “Cuentos de barro”, “Una vida en el cine” y “Cuentos y narraciones”, fueron entregados en 2015 a estudiantes de primer año de bachillerato en 567 escuelas.

En ese mismo año se lanzó, oficialmente, el programa presidencial Lectura para la Vida, donde se aclara que el primer paquete de libros fue producido por la Imprenta Nacional, con una inversión de $67,955. Un año después, se entregaron 100 mil obras literarias: “El libro de trópico”, “Jícaras tristes”, “La muerte de la tórtola” y “El Salvador, historia contemporánea”.

Serrano aclara que el programa de bibliotecas escolares no está orientado a constituir una biblioteca como tal. Su objetivo consiste en que el libro llegue a la casa del estudiante, donde, según ella, no existe un ambiente letrado. Álex Granados secunda su idea con la siguiente afirmación: “Preguntamos a los estudiantes cuántos libros había en sus casas. La proporción de la cantidad de libros que decían que había versus los resultados… era interesante. Es decir, entre menos libros tienen, sus calificaciones son más bajas. Hay casas en donde se decían dos libros y uno de ellos era la biblia”.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas, es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

Granados dice que este es uno los factores asociados a la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES), la cual, en 2017, presentó el promedio más alto registrado en los últimos siete años: 5.36. No obstante, de acuerdo con Joao, los resultados de la PAES son un reflejo más de lo poco que se lee, pues los estudiantes conocen, pero no pueden comprender ni aplicar lo que saben. “Esto pasa por no tener bibliotecas ni laboratorios. El conocimiento es muy superficial, aprenden lo que ven en clases, en la pizarra, copiando en el cuaderno”.

Sin embargo, para Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, el libro no resuelve el problema: “Todas las gestiones invierten en bibliotecas… pero qué sucede, los libros son parte del activo fijo de la escuela. Los directores temen que eso se arruine y se lo cobren. Ante esas prácticas tenemos que luchar”. Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, agrega que la concepción que tienen algunos centros educativos donde han trabajado con asistentes técnicos del MINED es que los estudiantes arruinarán los ejemplares. Consecuencia de eso es que prefieren conservarlos en muebles o dentro de cajas.

“Hay escuelas que tienen libros y los ocupan para poner el cañón encima, no para que los niños los lean. En ocasiones anteriores nos pasaba que se llevaban los libros, pero no los ocupaban”, confiesa Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media. Según Granados, esto se debe a que el sistema educativo es contradictorio. “Si se pierde un mueble es penalizado el director o docente. Ellos piensan que el libro es como el mueble. ¿Pero quién es penalizado porque el niño no aprendió a leer?”

Tanto Janet como Granados coinciden en que los libros y las bibliotecas más allá de ser un tema presupuestario y bajo la responsabilidad del MINED tiene que ver con un aspecto cultural, donde, además del estudiante y docente, está la familia y su círculo social.

“No somos una sociedad lectora, una de las fallas o falencias es esa”, afirma Manlio Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Lilian Montenegro, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, menciona que el sueño de Alberto Masferrer son 262 bibliotecas públicas en todo el país. Hace referencia a su obra, de hace 103 años, “La cultura por medio del libro”, y agrega: “Le seguimos debiendo; 34 bibliotecas pertenecen a la red”.

Las opiniones varían, pero en los centros escolares la realidad es una sola: sin libros no hay bibliotecas; sin bibliotecas, el número de lectores se reduce. Que las haya, tampoco es una garantía. Los libros, un trozo de tantas necesidades y vicisitudes en las escuelas públicas de El Salvador. “Una buena escuela debe ser, antes que nada, “realmente una escuela”, y las escuelas en este país muchas veces no lo son: no tienen recursos, no hay bibliotecas, no tienen espacio e iluminación adecuada, no cumplen las mínimas condiciones de un centro de estudio”, explica una propuesta de índice de calidad escolar de la Fundación para la Educación Superior (2016).

En el Centro Escolar Soledad Moreno ha vuelto a sonar el timbre que indica el segundo recreo. Algunos estudiantes gritan y corren en dirección a la cancha de cemento. Otros buscan comida en los cafetines. Un grupo más pequeño se acurruca en el piso para jugar con canicas. Son niños, no les preocupa ensuciarse con la tierra. En sus rostros solo se refleja alegría. Dentro de la biblioteca también es así. Toman los libros. Pasan las páginas. Leen y observan las ilustraciones. Sienten el libro con sus manos. Respiran su olor. Lo dejan, toman otro. Si no les gusta, toman el siguiente. La escena es auténtica, natural. Los libros están presentes y se utilizan, algo que no ocurre en todas escuelas. Esta es la excepción. La regla principal, antes de entrar, es quitarse los zapatos. El resto es historia.

Lejanía. Alumnos de un centro escolar de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, cuentan con una biblioteca creada por una ONG. En los municipios fronterizos la ausencia del Estado es mayor.

“Admiro a la gente que lucha, trabaja y saca a su familia adelante”

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Es algo que no se regala. Se gana y se trabaja. El éxito es lo que te satisface, no necesariamente en un sentido económico.

¿Qué no lo hace feliz?

Cuando se me caen las llaves del carro en medio de los asientos y no las puedo recoger. Es algo un poco banal, pero es lo único. Todo lo demás hay que disfrutarlo. Necesitas sentir para ser humano.

¿A qué persona viva admira?

No tengo un personaje al que pueda decir que admiro, señalarlo. Puedo decir que, en general, admiro a la gente que lucha, trabaja y saca a su familia adelante. Son mis héroes.

¿Cuáles son los obstáculos más grandes para un salvadoreño al hacer periodismo en Estados Unidos?

Es lo mismo para todos los hispanos que vienen acá. Uno tiene un bagaje cultural y profesional que lo respalda. Pero hay retos como el idioma, como las leyes y la manera cómo funcionan los diferentes departamentos del Gobierno, que hay que aprender muy cuidadosamente, porque una cosa mal dicha o no dicha podría acabar con una carrera periodística.

¿Cuáles son las ventajas?

En este país, como a todo trabajador, las leyes te respaldan, de alguna manera. Aunque no estoy diciendo que esto es siempre así, porque he hecho reportajes sobre personas que no son tratadas como dice la ley. Pero hay un poco más de posibilidades.

Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

Que siempre hay nuevos retos, nuevas cosas que superar. Siempre hay gente que quiere sobresalir en la carrera. Hay que ser competitivo.

¿Qué significa para usted la muerte?

No tiene significado. Obviamente no he llegado a esa parte, sigo viviendo.

Buzón

Buzón

La migración

Cuando era pequeña, vi partir a muchos de mis compañeros de escuela de la misma manera en la que el joven poeta salvadoreño Javier Zamora se fue. Al terminar el año, solo decían que la mamá o el papá los había mandado a traer y todos los demás niños los veíamos como con admiración, porque se iban a ir a vivir a un lugar superchivo y después iban a venir en avión y con maletas llenas de cosas más chivas. Ninguno de nosotros sabía cómo era el camino. Apenas nos decían que no era en avión, sino que partes en carro y partes a pie, por un desierto. A ninguno se le daba seguimiento. Solo sabíamos que se habían ido. A saber si llegaron todos. A saber si se quedaron en México, si llegaron a Estados Unidos, si los golpearon o algo. A saber. Eso sí, a ninguno lo mirábamos de regreso.

Ahora, entre tanta red social, he encontrado a algunos de esos niños. A pesar de que puede sonar feo, a ninguno lo veo peor de como se fue. Los que iban era niños muy pobre, estudié en una escuela pública y casi todos vivían solo con sus abuelos. No tenían para lujos como galletas en el recreo, pero a veces llegaban con unos zapatones bien coloridos que les habían mandado sus papás de allá, del Norte. No sé qué sería de ellos aquí. Se los hubiera llevado la guerra, se habrían hecho vigilantes o habrían conseguido puesto en una maquila. Pues no sé. Lo que sí sé y no dudo es que les hubiera costado mucho seguir estudiando. No por falta de capacidad, eran muy vivos, sino que por falta de oportunidades. Y esa es la idea que me refuerza la entrevista con este muchacho poeta.

Aquí no habría sido poeta nunca, porque no se habría podido formar. Antes hubiera tenido que trabajar en lo que fuera para poder comer y así se le hubiera ido muriendo el espíritu. Es muy lamentable toda la situación en nuestro querido país.

Zenaida Montenegro
zmonteg@.gmail.com

Las voces de la depresión: así se vive con esta enfermedad mental

Daniel
Daniel

Daniel está arrinconado en un pabellón de la escuela. Su cabeza pegada a las rodillas, mismas que abraza para ocultarse. Aunque es la hora del recreo, el niño no quiere jugar con sus compañeros de clase. Se siente deprimido y está asustado. A pesar de que no llega a los 10 años, él cree que los demás lo juzgan porque, por alguna razón, saben que está triste.

Hoy Daniel (no es su nombre verdadero) tiene 67 años y es consciente de que desde que estaba en la escuela sufre de depresión. Nadie lo diagnosticó en ese momento.

“Esto viene desde la niñez. Tuve problemas con mi padre, él era muy estricto, me puso a cargo de mi hermana, quien llegó a ocupar un alto puesto político; en ese momento me sentí como que era menos. Yo tenía gran obligación siendo niño, tenía que cuidarla. Los que tenemos depresión nos sentimos culpables, sentimos que algo no está bien. Eso es tremendo”, dice Daniel, a quien llamamos así para proteger su identidad, al igual que la de las otras cinco personas que brindaron su testimonio para este trabajo.
Daniel pudo estudiar. Gracias a una beca, fue a un colegio privado y a la universidad. La presión que sentía de tener que responder a su padre con buenos resultados académicos, aunado a rehuir de la gente y “no haber tenido una niñez normal” lo hicieron flaquear.

“Estuve en un colegio de la élite gracias a una beca. Yo estaba a disgusto, las bromas y el bullying que hacían fue tremendo, me sentía como arrimado. Así me he sentido en la vida. Siento que si la gente me acepta, es por compromiso, que no hay relaciones fuertes. Siempre he tenido esa falta de confianza”.

Daniel es elocuente. Habla viendo a los ojos, pero cuando viene un recuerdo a la memoria su mirada se desvía. Es un señor muy hablantín y agradable. Se percibe como alguien muy inteligente. Cuando recibe un cumplido, cuenta una difícil verdad: “Yo aparento ser optimista, pero muchas veces por dentro estoy desanimado, siempre con la idea de que la gente me juzga, que se da cuenta de lo que me pasa. Tengo baja autoestima”.

En medio de su lucha, Daniel consiguió trabajar como oficinista, profesor de inglés y en hoteles. Hoy está pensionado.

Por muchísimos años “se tragó” todo lo que lo hacía sentir mal y el no expresarlo empeoraba su situación. Una vez fue despedido de uno de los trabajos en un hotel en el que más pleno se había sentido. Luego se sumió en una profunda depresión: no encontraba trabajo y tampoco quería hallarlo. Se aisló. Fue una de sus peores épocas. La desdicha que sentía lo hizo acudir por sí solo a un hospital en busca de un psiquiatra. Eso fue hace 17 años. Sus hermanos le dieron cierto acompañamiento, su padre no quería hablar de depresiones.

“Papá decía que era un asunto de vagabundería no reaccionar a la vida real”, dice, mientras su mirada se pierde. Aparte del tratamiento farmacológico, Daniel asiste a las terapias de la Asociación Costarricense de Trastornos Anímicos Recurrentes (ACOTAR). En esa organización sin fines de lucro ha encontrado alivio y apoyo con la depresión.

“He superado mucho la depresión, pero, la verdad, es algo que va y viene. Gracias a las terapias he podido aguantar. Me siento acogido. Como todos los asistentes tenemos problemas, hemos hecho grupos de apoyo. El problema es cuando uno sale a la calle. La gente ni se lo imagina. De niño y adolescente ni hablaba con la gente. Era cortante. Cuando fui a los 40 años de aniversario del colegio, se extrañaron de que yo hablaba. Y qué cosa: parecía una persona muy extrovertida, pero realmente no lo soy. Me cuesta. Ahorita estoy pasando por un momento no tan bueno. No sé si voy a ir al 50.º aniversario del colegio, hace 10 años tenía una racha positiva y por eso fui, ahorita me siento sin ganas”, dice Daniel, quien hace 13 años sufrió un derrame cerebral.

Lo que lo hacía sentir la depresión motivó a Daniel a rechazar la posibilidad de tener familia. Cuenta que le costaban las relaciones interpersonales. Sí se siente satisfecho por haberse realizado laboralmente, aunque con la desazón de no haber disfrutado ni su infancia ni tampoco su inteligencia.

“Cuando logro hacer una cosa, siento que nadie me lo está reconociendo. Yo hasta pude ir al programa ‘Quién quiere ser millonario’ y no era fácil. No hay que ser un genio, pero tiene que ser una persona que sepa un poquito”, agrega quien siempre se ha interesado por la lectura y el acontecer nacional.

Además de enclaustrarse y sentirse deprimido, Daniel ha tenido otros síntomas: desánimo, ganas de no levantarse, apatía por emprender nuevos proyectos y hasta ha pensado en el suicidio.
A sus 67 años, aconseja que si alguna persona se ha sentido como él, debe buscar ayuda profesional.

Luego de la entrevista, Daniel salió entusiasta a encontrarse con una amiga suya, quien también padece la enfermedad. Esa tarde de junio tendrían un almuerzo.

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DEPRESIÓN EN COSTA RICA

La depresión no es falta de voluntad. La depresión es una enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por la persistencia de un estado emocional depresivo sumado a otras manifestaciones importantes, como pérdida de la capacidad para sentir placer (anedonía), apatía o desinterés por realizar actividades alteraciones en el sueño y en el apetito, además de pensamientos recurrentes de tipo melancólico o de culpa, según explicó Óscar Barquero, psiquiatra del Hospital Nacional Psiquiátrico.

Según estadísticas brindadas por la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), durante 2017 se reportaron un total de 462 egresos de la red de hospitales nacionales con episodio depresivo (cuando pasa una vez) y 181 con trastorno depresivo recurrente (cuando ocurre en varias ocasiones).

La depresión no es tristeza. Barquero explicó que la tristeza es el estado emocional normal ante una circunstancia dada. “Todos nos podemos sentir tristes en situaciones particulares de la vida, hay momentos ante los cuales es normal o natural sentirse triste”.

La tristeza es transitoria y se alivia por sí sola, tiene relación con situaciones específicas que si se solucionan, el sentimiento de tristeza desaparece. El doctor citó un ejemplo cotidiano: Se acaba mi relación de pareja, me pongo triste, pero luego me siento mejor, conforme pasan los días me sobrepongo. En la misma circunstancia de ruptura con la pareja, alguien con depresión manifiesta otros síntomas.

“La depresión sería que a pesar de que pasa el tiempo, me siento más mal y con síntomas que aumentan en intensidad y se sostienen en el tiempo. Una diferencia es que en depresión no hay estado de mejoría, hay instauración de malestar persistente y ese malestar, a diferencia de la tristeza, genera que uno no funcione bien. En la tristeza uno puede estar triste pero funcionando relativamente bien. En depresión no”, acotó el psiquiatra.

No todas las personas que sufren depresión manifiestan los mismas síntomas; sin embargo, además de las señales mencionadas anteriormente, la persona podría estar con su vida relativamente bien y aun así continuar sintiéndose mal. Otras de las características son: estar cabizbajo constantemente, aislarse de las personas, mostrarse menos activo durante el día y con bajo rendimiento en las labores cotidianas.

A ello se suman malestares físicos como dolor de cabeza, molestias digestivas, pérdida de interés sexual, trastornos del sueño y del apetito, entre otros.

Proceso. Nathalia Gutiérrez quien superó, con terapia y medicamentos, una dura etapa de depresión.

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MARÍA, 54 AÑOS

Al regresar de vacaciones a su trabajo, María topó con una noticia que alteró su vida hasta hoy. Sus jefes le dijeron que la ascenderían. La impresión fue tan grande para la veinteañera que al otro día no quería levantarse de la cama ni bañarse empezó a sentir que la vigilaban y que quienes la rodeaban hablaban mal de ella. Era 1982 y tenía trastorno bipolar.

“Mi depresión es trastorno bipolar: son dos tipos de depresión, se diagnostica trastorno bipolar porque tiene dos tipos de depresiones: se está muy contento o muy triste. Contentos nos creemos la mamá de Tarzán, creemos que somos capaces de cualquier cosa. Tenemos amigos, vamos de compras. En el otro polo está la depresión. La tristeza. No nos queremos bañar, no queremos salir de la casa. No se hace vida social. En 1982 me di cuenta de que padecía de esto. Esa vez me dejaron internada por tres meses. No se daba con lo que tenía. En ese momento no se sabía mucho del trastorno bipolar”, cuenta la mujer de 54 años.

Al salir de su internamiento, María se sentía muy bien, quería trabajar, pero le advirtieron que no podía hablar de su trastorno porque era probable que, por el desconocimiento de la enfermedad, no le dieran el empleo.

María experimentaba crisis cada dos o tres meses. A pesar de ello, pudo trabajar como cajera y en los últimos años se desempeñó como miscelánea.
Muchas veces su trastorno hizo que María tuviera cuadros depresivos. Aunque hay una ocasión de mucha euforia y felicidad que recuerda. Justamente estaba muy deprimida y conoció a un muchacho, él la acompañó en su proceso y cuando ella lo superó, él permaneció a su lado. Cuando ella cumplió 27 años, se casaron.

“Estoy con la persona con la que me casé pero nos divorciamos porque en mi última crisis (2007) me dio por divorciarme. Él y yo vivimos en la misma casa, para la gente de afuera somos una pareja normal, pero dentro del hogar somos como dos amigos, como dos hermanos”, detalló.

Desde hace 11 años María siente el alivio de no enfrentarse a una de sus devastadoras crisis. Para mantenerse estable, toma varios medicamentos y tiene 10 años de asistir a terapias. “Hay que buscar ayuda. Uno solo no puede salir de la depresión. Eso se logra con ayuda de los especialistas. También hay que rodearse de personas de confianza. En los grupos a los que asisto (ACOTAR) tengo libertad de expresarme. Ya hablo sin tapujos”, dice la mujer de baja estatura y apariencia finita.

Por muchísimos años “se tragó” todo lo que lo hacía sentir mal, y el no expresarlo empeoraba su situación. Una vez fue despedido de uno de los trabajos en un hotel en el que más pleno se había sentido. Luego se sumió en una profunda depresión: no encontraba trabajo y tampoco quería hallarlo. Se aisló. Fue una de sus peores épocas. La desdicha que sentía lo hizo acudir por sí solo a un hospital en busca de un psiquiatra. Eso fue hace 17 años. Sus hermanos le dieron cierto acompañamiento, su padre no quería hablar de depresiones.

Ahora, con una vida en la que la enfermedad mental tiene mucho tiempo de no manifestarse, María asiste a una iglesia cristiana en la que es parte de un grupo de mujeres donde encuentra apoyo. También viaja mucho a la zona norte del país, lugar en el que tiene familia.

Como el caso de María, hay cientos más que debido a la depresión sufren crisis y tienen que ser incapacitados en sus trabajos.

Datos brindados por la CCSS arrojan que de enero al 31 de mayo de este año se han incapacitado 819 personas por episodio depresivo y 293 a causa de trastorno depresivo recurrente.
El psiquiatra Barquero explica que la depresión es una de las condiciones del mundo que más incapacidad o días no laborados produce.

Los pacientes son incapacitados por dos circunstancias: “Una tiene que ver con el propio estado de tristeza. Es difícil para la persona exponerse al ambiente laboral sintiéndose tan triste, hace que no genere buen desempeño laboral. También las personas con depresión en mitad de los casos tienen sintomatología cognitiva asociada: problemas de concentración, resolución de problemas y toma de decisiones. Se siente lenta, no se concentra y hace que no funcionen bien laboralmente”.

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VINICIO, 33 AÑOS

En tres meses, Vinicio hizo dos intentos de suicidio, luego de enfrentar una ruptura amorosa y tener problemas con sus papás y hermanos. Tenía 24 años y no sabía que padecía depresión. Según relata, sus seres más cercanos consideraban que era “vagabundo” porque “solo quería estar en la cama”.

Tiempo antes de que se le presentara la crisis había optado por independizarse de su hogar. Aunque se fue en buenos términos, hubo momentos en los que la relación familiar se debilitó y vinieron los problemas. En una pelea con su madre, Vinicio tomó el carro y llegó hasta Orotina sin tener noción. Su hermano fue a buscarlo y le dijo que necesitaba ayuda profesional.

“Mi hermano me recogió y de camino me dijo que buscáramos ayuda, porque lo que me estaba pasando era algo fuera de lo común. Fuimos a un psiquiatra y me internó en el Hospital Psiquiátrico Chacón Paut por 18 días, que fueron como lo mejor de mi vida: fue un cambio radical… aunque desde ese momento uno tiene recaídas, he tenido dos más por depresión, pero uno sale adelante. Ahora tomo medicamentos. Cuando tomo mis pastillas, sé que cada una me ayuda para algo específico. Tengo cuatro años de recibir terapia en ACOTAR y esto es mi otra pastilla”, contó el administrador de proyectos, de 33 años.

Hace dos meses Vinicio se convirtió en papá de un hermoso niño. Es su orgullo y soporte para sobreponerse a la crisis que tuvo hace varias semanas. “Tenía problema con adicción a la marihuana y mi esposa me sacó de la casa. En ese momento, la pasé mal. Tuve sobredosis porque no se pueden consumir drogas cuando uno está tomando tratamiento”, contó mientras jugaba con las manos y mantenía semblante serio.

Luego de incurrir en el vicio y de ser internado, su esposa le dijo que era importante que se reivindicara, que tomara su tratamiento y que regresara a las terapias.
“Uno se enoja, no acepta, cae en depresión y ahí es donde hay que subir, aceptar el problema y hacer lo necesario para no volver a caer en depresión”. En su proceso de recuperación, sus padres y hermanos lo han acompañado en terapias familiares.

“Mi papá tuvo carrera de militar, yo me ponía a llorar y decía que yo era un maricón. Tuvimos que ir a terapias de familia donde aprendimos que lo que me pasa es una enfermedad, pero yo le llamo condición”, recalcó.

Siempre hay una oportunidad para salir adelante, Vinicio cree fielmente en ello. Para lograrlo, admite que es imprescindible buscar ayuda en los familiares, seres más allegados y grupos de apoyo.

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MÁS QUE “ESTAR BIEN”.

Cuando el cuadro depresivo de una persona empeora, puede llegar, incluso, a perder el deseo de levantarse de la cama, de probar bocado, a descuidar su vida, apariencia y proyectos, indica el doctor Barquero.

¿Cómo ayudar? La solución no es pedirle a la persona que salga de la cama. La depresión va más allá de tener la voluntad para recuperarse. Esta enfermedad mental no se mejora solamente con que la persona se sobreponga: se requiere ayuda profesional.

“Primero, si se quiere ayudar a alguien que esté pasando por un cuadro depresivo, se debe ser empático y entender que es algo que no se va a recuperar diciéndole ‘levántese o solo confíe’. Segundo, la persona necesita ayuda de un médico psiquiatra. Tercero, además de la ayuda médica de psiquiatría, que recetará medicación, se requiere de ayuda psicológica porque los problemas depresivos generalmente vienen de circunstancias actuales o a veces reemergen circunstancias del pasado”.

“Las personas vuelven a recordar situaciones muy difíciles que no han podido sobrellevar en su vida, por eso siempre la ayuda psicoterapéutica va a ser necesaria. Hay que decir ‘te voy a ayudar y a acompañar. ¿Necesitás ayuda? Hay que buscar a un profesional’. Eso es lo que hay que hacer”.

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LUISA, 46 AÑOS

En la parte interna de sus antebrazos, Luisa tiene coloridos tatuajes. Están en su piel para tapar heridas. Un 31 de diciembre, hace 10 años, Luisa entró en la habitación de su apartamento, tomó una sobredosis de pastillas y empezó a cortarse. Dice que esa ha sido su crisis más fuerte y se detonó luego de que un novio, al “que quería muchísimo”, la abandonó.

“Ese fue mi primer intento de autoeliminación, como le dicen los doctores, así muy ‘fancy’ (sofisticado). Hace 10 años intenté suicidarme. Por eso estoy tatuada. Me tatué para no estar explicando por qué ten go cicatrices y queloides, aunque todavía se ven. Días después desperté en Pavas (Hospital Nacional Psiquiátrico), atada. Ahí empezó toda esta aventura. Además de la depresión profunda, me diagnosticaron trastorno límite de la personalidad. Entonces yo tengo cartón lleno”, dijo.

Laura Castillo, psicóloga de salud mental que labora ad honorem en ACOTAR, interviene en la conversación para explicar que generalmente cuando el paciente ya tiene otro diagnóstico, va a tener el trastorno de la depresión de fondo.

Luisa considera que ha padecido depresión toda su vida. Cuenta que su mamá “notó algo raro” en ella desde que tenía tres años. “A partir de ese momento, ha sido un trastabillar entre psicólogo, psiquiatra y medicamentos”, contó esta madre de dos hijos, de 23 y 21 años.

Luisa tiene cabello negro y rizado que hidrata con crema. Su semblante es fresco y hay una sonrisa constante en su rostro. No aparenta sus 46 años ni tampoco lo que vive: cuando conversamos, tenía 24 horas sin dormir.

Esta madre, quien habla, escribe y traduce inglés y portugués fluidamente, tiene un año sin trabajar. Antes estuvo empleada en un “call center”, trabajo que se vio en la obligación de dejar porque tuvo sus últimos dos internamientos hospitalarios a raíz del síndrome Burnout.

“Estaba quemada, fundida. El síndrome Burnout es un tipo de estrés laboral, un agotamiento físico, emocional y hasta mental que afecta la autoestima poco a poco. Por él las personas pierden interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden hasta llegar a profundas depresiones. El psiquiatra me dijo que no podía seguir con ese tipo de trabajo por la dificultad de manejar presión fuerte”, contó Luisa, quien quiere volver a trabajar próximamente.

Luisa dice que la depresión duele, que la depresión te hace sentir ponchado. “Empecé a tomar medicamento, ya ni me acuerdo desde cuándo (…) estoy en ese patín, tengo pesadillas, entonces voy al psiquiatra y me da otra pastilla (aparte de los antidepresivos); temblor en las manos, otra pastilla; no puedo dormir, otra pastilla… Te sentís ponchado. Uno no sabe cómo se siente, no se siente bien. Es un dolor en el pecho. He estado internada en todos los hospitales psiquiátricos: llego con tres días sin comer, siete días sin bañarme, digo que me duele aquí (se señala el pecho) y me dicen que me hacen electrocardiograma, pero no es eso, a mí no me duele el corazón, es un dolor que se siente por dentro”.

En medio de sus afecciones, Luisa busca la estabilidad. Asistir a terapias con especialistas es vital para recuperarse una y otra vez. Al ser paciente de trastorno límite de la personalidad y de depresión, puede ser internada hasta 12 veces por año.

“Soy mamá, voy a ser abuelita algún día. Así que aquí estoy. La idealización suicida es algo muy fuerte en la cuestión de la depresión (…) Antes me cortaba, me lastimaba. No lo volví a hacer. Es mucho de determinación personal”, dice.

Luisa cuenta con el apoyo incondicional de su madre y también de sus hijos. “Es doloroso ver a tus hijos llegar a visitarte a la parte psiquiátrica de un hospital, no se supone que fuera así. Aunque es una contradicción porque me hacen sentir apoyada, pero no se supone que los hijos estén ahí”.

Luisa quiere que su testimonio se conozca, realmente desea que las personas entiendan “la magnitud de estar deprimido”.
“Uno no escoge la depresión. Hay detonantes, cosas que van pasando y se van juntando. Si alguien se siente así, le diría que busque ayuda. Las terapias funcionan. Yo tengo ocho años asistiendo. Mamá asiste cada martes para aprender a ayudarme. Ahí vamos juntas. Le digo a las personas que están pasando por depresión que sí hay soluciones, sí hay ayuda. Si uno no se siente bien, si tiene idealización suicida, hay que buscar ayuda. En los grupos sabemos lo que es tener un dolor aquí (se señala con las dos manos el pecho)”.

El aviso. María, de 54 años, fue diagnosticada con trastorno bipolar en 1982 luego de sufrir una crisis depresiva. Daniel, de 67 años, por su parte, empezó a tener síntomas de depresión desde que estaba en la escuela.

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EN EL CEREBRO

El psiquiatra Óscar Barquero explica lo que sucede con los pacientes depresivos. “Eso también es importante hablarlo porque hace más claro que la depresión no es algo voluntario. Lo que sucede es que a nivel cerebral hay redes de neuronas que tienen funciones distintas y que están muy ligadas a diferentes funciones que se afectan cuando uno está deprimido; entonces, esas funciones tienen que ver con la capacidad para ver lo bueno y lo malo de una situación, o sea, ver que no todo está perdido, por ejemplo, que tienen que ver con la capacidad de regular las emociones y la capacidad para traer recuerdos positivos o negativos ante una circunstancia.

También tienen que ver con la regulación de funciones básicas, como la del apetito, el sueño, el percibir dolor, la digestión… cuando estas redes o vías neuronales se activan, generan síntomas que tienen que ver con el malestar constante, pérdida de interés, pérdida de energía, de deseo, pero son más que todo alteraciones en vías neuronales que tienen que ver con esto”, explicó.
—Hay pacientes que dicen sentirse “ponchados” e incluso dopados con los tratamientos contra la depresión, como en el caso de Luisa. ¿Los tratamientos farmacológicos son muy fuertes? ¿Cambian a la persona?
—Esa es una cuestión muy interesante. Con frecuencia se lo explico a mis pacientes porque es una falacia histórica. Es una verdad a medias que ya no es una verdad. Cuando los antidepresivos surgieron en los años cincuenta, eran medicamentos que tenían muchas posibilidades de efectos secundarios.

“Estaba quemada, fundida. El síndrome Burnout es un tipo de estrés laboral, un agotamiento físico, emocional y hasta mental que afecta la autoestima poco a poco. Por él las personas pierden interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden hasta llegar a profundas depresiones. El psiquiatra me dijo que no podía seguir con ese tipo de trabajo por la dificultad de manejar presión fuerte”, contó Luisa, quien quiere volver a trabajar en un “call center” próximamente.

Pero desde los años ochenta nació y se pudo crear la Fluoxetina, que es un antidepresivo muy antiguo, muchos de esos efectos secundarios se evitaron y después de eso los otros antidepresivos que se han creado tienen mucho menos riesgo de efectos secundarios. La atención de una persona con depresión tiene mucho que ver en mejorar los síntomas y también la calidad de vida. Entonces, no tiene mucho sentido usar fármacos que generen efectos adversos que más bien van a empeorar la calidad de vida del paciente.

—Se dice que hay unos fármacos que dopan al paciente…
—No. Ahí es donde la gente se confunde. Cuando alguien sufre una depresión y no puede dormir nada y pasa llorando y también tienen síntomas de ansiedad, podría ser que requiera uso de un medicamento como de emergencia para ayudarle a sentirse mejor mientras el antidepresivo empieza a hacer su efecto.

Los antidepresivos tardan aproximadamente dos semanas para empezar a hacer efecto y ver resultados, y un mes para ver respuesta adecuada. Un mes esperando, sin dormir, genera malestar; hay medicamentos de estos que pueden generar somnolencia.

Pasa otra situación: no todas las personas toleran siempre las mismas dosis. “Entonces uno puede empezar con un medicamento en las primeras etapas de tratamiento y podría sentirse con algo de sueño. Si eso sucede, pues uno puede cambiar el medicamento. Pero si eso no está bien comunicado y explicado, la persona puede decir ‘me da sueño’, y cree que tiene que aguantárselo. Los medicamentos para la depresión no deberían hacer que la gente se sienta dopada, cambiada o más lenta. Más bien la idea es que vuelvan a sentirse como estaban. Como eran”.

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FABIÁN, 41 AÑOS

La guitarra ha sido el amor más grande en la vida de Fabián. Una vez, cuando estaba a punto de hacer un examen de ese instrumento, sintió ganas incontrolables de llorar. Abrazaba a su mamá y le decía que no entendía qué le pasaba. Eso pasó hace 21 años, cuando estudiaba en la universidad.

Fabián siempre fue silencioso y cuando salía con sus amigos, se cohibía. Ellos aceptaban su particular forma de ser, mas Fabián sabía que algo en él no andaba bien. Desde el colegio estaba enterado. En la universidad lo comprobó por los extraños vacíos que sentía.

Este hombre de manos grandes, de uñas limpias y con el largo adecuado para tocar las cuerdas de su instrumento predilecto, dice que en los años noventa apenas se escuchaba la palabra depresión. Él siempre la relacionó con sus síntomas.

Como una persona espiritual buscaba alternativas para llenar aquel inexplicable vacío. “A veces me ayudaba hacer ciertos proyectos. Pero cuando la depresión se comenzó a manifestar, necesité ayuda médica mientras estaba en la universidad y luego de que no pude tolerar hacer el examen de guitarra. Ahí dejé de estudiar guitarra. Empecé a tener la primera oportunidad de contrarrestar el padecimiento, al haber dejado de estudiar no tenía que pasar tantas horas en eso… tenía más tiempo de ocio. La guitarra era todo para mí, la dejé. Pasó el tiempo y siguieron las depresiones. Esa vez me mandaron medicamentos pero no me dijeron que era depresión. En ese momento se podían dejar los medicamentos”.

Luego de unos meses, Fabián se sobrepuso a aquel episodio. Continuó su vida de manera relativamente normal. Los síntomas del pasado aparecían esporádicamente, mas él encontró varias armas para vencerlos momentáneamente.

Fabián creía que la depresión que sabía que tenía, porque coincidía con todo lo que se decía de ese trastorno mental aunque no lo habían diagnosticado, se podía “curar” con espiritualidad, amor a alguna chica, amor por la guitarra… Así se mantuvo por unos 15 años.

Hace seis años apareció la crisis más fuerte que Fabián ha vivido. Primero le afectó la muerte de su abuelita. Luego sufrió un aparatoso accidente automovilístico que le provocó un trauma craneoencefálico que lo llevó a estado de coma por un tiempo. El músico se recuperó y retiró la celeridad de su vida. Todo fue calma y pausa, hasta que apareció un “vacío” que desencadenó la crisis depresiva.

“Luego de sufrir un accidente tan rudo y de ir más lento en mi vida, el cerebro empezó a ir más lento y llegó a no tratarse bien. Llegué a crisis extrema: la peor que he tenido y que no sabía que eso podía existir. No sabía que era posible para una persona sentirse así. Hasta esa edad (36 años), yo había podido conllevar la depresión sin medicamento. Hacía vida “normal”.
Pero cuando me dio la crisis, hace cuatro años, yo quería suicidarme. No sabía que eso existía. Sigo viéndolo como algo increíblemente traumante, siento que después de eso uno no puede salir adelante solo. Necesita la ayuda de otra persona. Yo sentí el deseo de terminar con mi vida. Y eso no es solo que usted ya tiene depresión, sino que usted necesita de una acción para estar bien. Eso fue lo que me pasó”, relató.

Sereno y viendo cómo se entrecruzan sus dedos, Fabián dice entender cuando se está cerca de la muerte por alguna situación fortuita. Lo que rechaza es haber estado cerca de la muerte por voluntad propia. “Es como irracional, como anormal. Uno no se siente normal. Uno no se siente ya no como una persona del montón, uno se siente inútil y como que no sirve. Cuando uno quiere autoeliminarse, es porque la autoestima está en su peor momento”.

Hoy, mientras tiene su depresión controlada, Fabián califica como “lo peor” a aquellos momentos en los que veía cómo personas se quitaban la vida y a él le parecía “genial”.
“Trataba de acercarme racionalmente a eso. Si alguien quiere alcanzar un logro en su vida, como una carrera, trabaja para eso. Yo quería trabajar para suicidarme. Quería entender que eso era normal. Y eso no es normal. Eso es lo más claro que hay que entender: el suicidio es algo irracional”.

Al terminar nuestra conversación, Fabián, quien asiste a terapias en ACOTAR, se despidió de su psicóloga; debía salir rápido porque sus alumnos de música le esperaban. Al llegar a la puerta, se volteó para agregar algo más: “Cuando uno está cerca de la muerte y lo supera, es importante porque se convierte en algo que lo marca a uno y termina siendo una especie de acto de continuación en la vida”.
Las causas

El psiquiatra Barquero explica que hay factores o situaciones en las que, aunque no se tengan muchas condiciones biológicas hereditarias o adquiridas en edades tempranas, hacen que alguien pueda deprimirse.

“Hay situaciones límite y hay situaciones personales (herencia)… uno puede heredar características genéticas que hacen que su cerebro sea más sensible a que funcionen estas vías. Uno puede adquirir en el desarrollo de su cerebro situaciones que también hacen que el cerebro sea más sensible a generar depresión.

“Esas situaciones que uno adquiere en el desarrollo tienen que ver con cosas meramente biológicas o por situaciones de estrés crónico en la infancia, como violencia, maltrato, cosas que pueden hacer que el cerebro se haga mucho más sensible a la depresión (como en el caso de don Daniel, a quien su padre encargó el cuido de su hermana siendo niño); eso es algo que ya uno trae y puede ser que siendo niño, adolescente o adulto, se deprima”.

“Luego están las circunstancias límite, esas que son muy complejas para sobrellevar y que hacen que el cerebro no funcione de manera adecuada, que pase más allá de una tristeza y se convierta en un cuadro de depresión”.

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NANCY, 52 AÑOS

Hace cinco años, Nancy perdió a su esposo a causa del cáncer. Desde entonces ella empezó a fumar incesantemente. Con la misma rapidez que se aumentaba su vicio por el tabaco, disminuían sus deseos de salir, de interactuar con otras personas, y de levantarse de la cama. Creía que su estado era normal, pues siempre había sido “muy casera”.

“Nunca pensé que tenía una depresión. Solo me refugiaba en el cigarro. Como mis exámenes de diabetes salían alterados, le confesé al doctor del Ebais que desde que murió mi esposo, yo fumaba. Luego de mi esposo perdí a mi papá y hace 10 meses a mi mamá; entonces, me refugiaba en el cigarro y no era socialmente activa. No sabía que estaba en una depresión. El doctor me mandó a Salud Mental (del Hospital San Juan de Dios) y a un grupo de apoyo para dejar de fumar. Ahí me di cuenta de que estaba en una depresión”, contó Nancy, de 52 años.

A finales de junio, Nancy se sentía muy bien. Gracias al grupo de apoyo pudo dejar de fumar tres meses. Ahora también tiene su autoestima alta, y su propósito es continuar asistiendo a la clínica de Salud Mental; siente que le hace mucho bien.

“Yo tuve mucho tiempo en el que veía tele acostada. Si me daba hambre, me levantaba a preparar algo o generalmente pedía comida rápida para evitar salir y encontrarme con la gente. Salía, fumaba y luego regresaba a acostarme. Yo pensaba que eso era normal porque no tenía supervisión de un profesional. Gracias a Dios, le dije al doctor”.

Éricka Badilla, enfermera especializada en Salud Mental del Hospital San Juan de Dios, dice que Nancy, además de su dependencia del cigarro, presentaba síntomas de depresión.
“Ella perdió el interés por las actividades que antes hacía, tuvo alteración en la alimentación, en el patrón del sueño, muchas veces no se salía de la cama, pasaba acostada y se levantaba a fumar porque esa dependencia la obligaba a moverse”.

Nancy continuará con el tratamiento de antidepresivos de por vida. Luego de las terapias a las que asistió, se siente muy bien y con nuevos propósitos por cumplir. “Los profesionales me han ayudado a cambiar hábitos. Ahora quiero hacer cosas diferentes: salir, pasear, visitar personas que conozco en diferentes provincias. Ir y quedarme por lo menos dos días. Como estoy pensionada, eso me ayuda a irme a pasear, salir de la casa y a no estar tan depresiva”.

La enfermera agregó: “Luego de la terapia, ellos logran un nuevo estilo de vida, puede ser luego de ocho sesiones, dependiendo del paciente. Ella evolucionó mucho. Sus sentimientos ahora son más positivos. Hace planes para salir a pasear al país”.

Sin edad. Luisa, de 46 años, tiene todas las ganas de volver a trabajar. También la motiva mucho estar bien para cuando sus hijos la conviertan en abuela.

A El Salvador le hace falta disciplina

¿Quiénes son tus maestros?

Heinz Kobernik y todas las maneras que tiene de expresarse Latinoamérica, en general, que no solamente se limitan a lo artístico, sino que también se extienden al diario vivir.

¿Qué aprendiste de tus fracasos?

Que lo importante es aprovechar el tiempo aunque no haya tenido los resultados o el reconocimiento que yo quería.

¿Qué otra carrera considerarías?

Medicina. A veces tengo la sensación de que mi carrera puede tender a caer en lo superficial, no digo que esto sea malo, pero la utilidad que le puede generar a la sociedad en la que yo vivo puede no ser tan trascendente como si hubiera estudiado Medicina.

¿Cuál es tu pintura favorita?

“Maya”, de Salarrué.

¿Qué le hace falta a El Salvador?

Más disciplina, y hablo por mí, incluso. Falta más disciplina en cuanto a tener hábitos que logren construir mejores personas de nosotros.

¿Cuáles son los elementos que más usas en tus trabajos?

Las flores.

¿Cómo describirías la vida de una fotógrafa en San Salvador?

Me gusta mucho la vida de fotógrafa.Estamos luchando por hacernos un nicho porque la mayoría de fotógrafos destacados que hay son hombres. Hay mujeres que son muy muy buenas, pero nos hace falta luchar para destacar como las personas talentosas que somos.

Buzón

Buzón

Una masacre

Es muy preocupante lo que están pasando en Nicaragua con la represión del pueblo. Y es todavía más lamentable que desde aquí, nuestro gobierno no esté reaccionando como debería hacerlo, ya que ante más de 300 muertos que van ya, un gobierno humanista ya hubiera dicho algo.

Esto me deja la sensación de que estamos ante un gobierno al que le importa solamente la postura política, y no la gente. Dirán que porque es su compadre de izquierdas Daniel Ortega y que por eso no se le puede hacer aunque sea un llamado de atención para que guarde a la gente armada y evite enfrentamientos con el disconforme pueblo. Pero ni a eso llegamos. Como tampoco se hizo cuando en Honduras todos levantaron sus clamores por el fraude.

Ninguna nación se metió a pelear o a, por lo menos, respaldar al pueblo, que también estuvo en las calles dispuesto a todo por el todo. Así que, primero, no esperemos que nadie venga después a rescatarnos cuando seamos nosotros los que estemos bajo ataques antidemocráticos similares. Nadie va a venir ni nos va a presentar respetos ni condolencias. No lo merecemos porque no somos humanistas ni somos solidarios. Por eso me extraña a mí que haya habido en esta época tanta guerra en nombre de instalar las democracias; tanta institución metida en tanto país en donde, claro, ha habido petróleo. Y vaya, aquí no hay, ni en Honduras, ni en Nicaragua. Pero más por eso deberíamos ser solidarios entre nosotros y protegernos. Porque de afuera no va a haber ningún país poderoso que venga a salvarnos. Deberíamos dejar las políticas duras para ver más a nuestros niños masacrados.

Cristian Salazar,
cristiansala7812@gmail.com

Un niño de un año ante la corte de Inmigración

Un niño de un año vestido con una camisa verde tomaba leche de un biberón, jugaba con una pequeña pelota morada que se encendía a cada rebote y pedía agua ocasionalmente.
Y entonces llegó su turno de comparecer ante un juez de Inmigración en Phoenix, que apenas podía contener su incomodidad durante la parte de la audiencia en la que pregunta a los inmigrantes acusados si han entendido los procedimientos.

“Me avergüenza hacer la pregunta, porque desconozco a quién se la explicarían, a menos que crean que un niño de un año puede aprender la ley de inmigración”, manifestó el juez John W. Richardson al abogado que representó al menor.

El niño es uno de los centenares de menores que necesitan ser reunidos con sus padres después de que los separaron en la frontera, muchos de ellos a causa de la “política de tolerancia cero” del gobierno del presidente Donald Trump. Las separaciones han dejado mal parado al Gobierno debido a la persistente difusión de noticias sobre niños llorando separados de sus madres y mantenidos aparte durante semanas.

Los detractores también han censurado el sistema de las cortes de Inmigración del país que obliga a los menores –algunos todavía en pañales– a comparecer ante jueces y seguir los procedimientos de deportación mientras están separados de sus padres. Estos menores no tienen el derecho a tener un abogado asignado por la corte y 90 % es regresado a su país de origen sin la intervención de un defensor, según la agrupación Kids in Need of Defense, que les provee representación jurídica.

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LOS PAÍSES DEL TRIÁNGULO NORTE de Centroamérica y México (TRICAMEX) y Estados Unidos acordaron la semana pasada seguir trabajando para reunificar a los menores separados y combatir el “cáncer” de las redes criminales que se aprovechan de las necesidades de inmigrantes irregulares.

El objetivo de este encuentro celebrado en la capital de Guatemala fue analizar, desde una visión regional, la problemática del éxodo migratorio, poniendo especial atención a las causas estructurales de la inmigración en una de las regiones más pobres y violentas del mundo.

En la cita participaron los cancilleres de Honduras, México, Guatemala, El Salvador y la secretaria de Seguridad Nacional estadounidense, Kirstjen Nielsen.
Después de la reunión, los funcionarios comparecieron ante la prensa sin atender preguntas y fue ahí donde el secretario de Relaciones Exteriores de México, Luis Videgaray, recordó que es “cruel e inhumano” separar a los niños migrantes de sus familias, una opinión que, según él, compartieron todos.

“Nos hemos reunido para tomar acciones concretas para impedir que esto vuelva a ocurrir y, en segundo, acciones para lograr una pronta reunificación de los niños separados”, dijo, y agradeció a Nielsen su “voluntad y liderazgo” en este tema “complejo”, desde lo jurídico y lo operativo.

Aun así, aseguró que el propósito de todos es la reunificación de todos los menores rápidamente, no solo los separados desde mayo pasado, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, implementó las medidas de “tolerancia cero”, sino de los más de 10,000 niños inmigrantes no acompañados que recorrieron un “camino de peligro” y que llevan muchos años en albergues.

Hace 10 días, en Phoenix, el niño hondureño de un año llamado Johan esperó una hora para ver al juez. Su abogado dijo al juez Richardson que el padre del menor lo había traído a Estados Unidos y fueron separados, aunque se desconocía la fecha. Señaló que el padre se encuentra en Honduras después de que lo deportaron bajo el engaño de que podría llevarse a su hijo.
kernPor un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

El juez Richardson dijo que el caso del niño era prioritario por el plazo ordenado por una corte para reunir a los niños pequeños con sus familias. Un juez federal en San Diego dio a la agencia hasta el martes para reunir a los niños menores de 5 años con sus padres y hasta el 25 de julio para todos los demás.

Richardson dijo una y otra vez al abogado del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) que debía tomar nota de los casos que implican a niños chicos debido al plazo dado al Gobierno para cumplir con la reunificación de familias. El abogado señaló que desconocía detalles del plazo y que un departamento distinto dentro del ICE se encargaba de los asuntos de ese tipo.

La portavoz del ICE, Jennifer Elzea, señaló que el abogado sabía de la orden judicial pero que desconocía los detalles de los plazos “y no quería hacer declaraciones incorrectas sobre los compromisos de las fechas sin ese conocimiento”.

A fin de cuentas, Johan recibió una orden de salida voluntaria que le permitirá al gobierno enviarlo por avión a Honduras para reunirse con su familia. Un abogado del Proyecto Florence, una organización de Arizona que brinda asesoría legal gratuita a inmigrantes, dijo que tanto la madre como el padre estaban en Honduras.
El caso se atendió el mismo día que el gobierno de Trump dijo que necesitaba más tiempo para reunir a los 101 niños menores de cinco años con el fin de garantizar la seguridad de los menores y confirmar los parentescos.

En otro caso en Arizona, el juez le preguntó a un niño de Guatemala vestido con chaleco y corbata cuántos años tenía. El pequeño levantó su mano abierta.
Su abogado dijo que su padre lo había traído a Estados Unidos y después fue deportado hace dos semanas. Pidió que se emitiera una salida voluntaria para el menor.
“¿Qué te parece regresar a Guatemala?”, le preguntó el juez Richardson al niño.

El problema de la separación familiar es de particular urgencia para los padres de niños pequeños que requieren mayor cuidado de sus padres. Los estudios muestran que el estrés a muy temprana edad puede crear problemas emocionales e incluso físicos para toda la vida.

El inmigrante hondureño Christian Granados fue separado de su hija de cinco años, Cristhy, por más de un mes después de que fueron detenidos en El Paso, Texas, cuando intentaban entrar en Estados Unidos. La pequeña fue llevada a un centro de detención en Chicago, mientras que él fue liberado el 24 de junio a la espera de una respuesta a su petición de asilo.
Granados ha enfrentado un obstáculo burocrático tras otro tratando de recuperar a su hija, respondiendo recurrentes solicitudes de identificación por parte de los trabajadores sociales que resguardan a la menor. Granados intenta ayudar en el proceso mudándose con familiares en Fort Mill, Carolina del Sur, pero ahora teme que no pueda pagar el boleto de avión para que su hija vuelva con él.
Dijo que las autoridades le pidieron $1,250 para enviarla por avión desde Chicago. “No he sentido la felicidad que debería sentir estando aquí, en Estados Unidos”, dijo Granados. “Estaré feliz cuando tenga a mi hija conmigo”.

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AFUERA de la Primera Iglesia Unitaria de Salt Lake City, en donde Vicky Chávez y sus dos hijas llevan seis meses refugiadas, hay un parque infantil rodeado de grandes árboles frondosos. Sin embargo, Chávez nunca permite que Yaretzi, de seis años, o Issabella, de 11 meses, jueguen ahí. Nunca salen de la iglesia.

Chávez, de 30 años, teme que agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), las detengan y las envíen de vuelta a Honduras, en donde teme por su seguridad a causa de su novio abusivo. Sus miedos la llevaron a pedir asilo en Estados Unidos hace cuatro años.

A pesar de que un juez de Inmigración ha negado reiteradamente su solicitud, Chávez le dijo a la prensa el lunes por la noche que está determinada a permanecer en la iglesia y luchar por quedarse en Utah, en donde viven sus hermanos y padres. Sus abogados buscan un remedio en una corte federal de apelaciones, aunque es un intento con pocas probabilidades de éxito.
Ver a otros padres inmigrantes separados de sus hijos en la frontera la hace incluso más reticente de regresar a casa y pasar por una posible separación de sus hijas si otra vez intenta pedir asilo en Estados Unidos, dijo.

“No me imagino sentir el dolor de que me separaran de mis hijas”, dijo Chávez durante una entrevista el mes pasado. “Dormir en un centro de detención no es nada fácil. Lo viví. Yo lo viví con mi hija, pero no lo viví separada”.

Por un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

Chávez entró sin autorización a Estados Unidos en junio de 2014, y un juez de Inmigración federal ordenó que fuera deportada en diciembre de 2016, dijo Carl Rusnok, vocero de ICE. Chávez recibió la orden de salir del país y el 30 de enero agotó todas las apelaciones disponibles, agregó.

Esa noche, Chávez tenía pasajes de avión para regresar a su casa en San Pedro Sula, Honduras; pero en lugar de eso, aceptó una oferta de refugio de la iglesia.
Ella y sus hijas duermen en un salón de catequesis y pasan la mayor parte del tiempo en otro cuarto con una televisión, un caballete y otros juegos. Yaretzi recibe lecciones de piano en la capilla, y bailan y corren en un salón abierto con pisos de madera.

La pequeña Issabella ha aprendido a caminar en la iglesia y ahí celebró por adelantado su primer cumpleaños. Yaretzi recibe tutoría en lugar de asistir a la escuela.
“Me siento triste porque no puedo darle a la niña una vida normal”, dijo Chávez.

Son los primeros inmigrantes en refugiarse en Utah de los que se tiene conocimiento, según grupos locales de defensa a migrantes y la sucursal estatal de la Unión Americana de Libertades Civiles. La práctica ha sido común en estados como Arizona y California, pero nunca en Utah, en donde dos terceras partes de la población son mormones.
Unos 200 miembros de la iglesia y otros voluntarios se aseguran de que la familia Chávez sea alimentada, educada, apoyada y protegida.
“No tengo familia en Honduras. No tengo un hogar donde pueda llevar a mis hijas”, dijo Chávez. “Vengo huyendo por violencia doméstica. Estuvimos recibiendo amenazas de muerte… Mi miedo es que nos puede ocurrir algo malo en Honduras”.

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DE REGRESO EN LA SALA DE INMIGRACIÓN del juez Richardson, una niña de siete años con un moño y un vestido rosa se sentó pacientemente en una banca de madera por más de una hora antes de que el juez Richardson la llamara. La niña había venido de Guatemala con su padre y también fue separada. El padre está ahora en Guatemala.
Richardson le dijo nuevamente al abogado del ICE que tomara nota de su caso para garantizar que el Gobierno la reúna con su familia a tiempo.

Le preguntó a la pequeña si quería volver a Guatemala y si tenía miedo de volver ahí. La niña respondió que no tenía miedo. Richardson le otorgó una salida voluntaria.
Para algunas familias separadas, la reunión ocurrirá en Guatemala, Honduras o El Salvador, los países de donde salieron para huir de la violencia.

La masacre de niños durante la represión orteguista

Entierro

El bebé no lloró. No gritó. No habló. Nelson Lorío, su papá, miró cómo se le hundió la mollera. La sangre corría por sus manos. La camisa, el trapo con que lo tapaba, su ropita, todo estaba rojo. Fueron segundos que pasaron rápido y a la vez lentos. Entró a la casa de una señora que no conocía. Ella le lavó la cabecita. Lo último que miró de su niño fueron unos gestos de querer hablar, unas gesticulaciones que cree eran las de: “mamá” o “papá”.

Teyler Leonardo Lorío Navarrete murió el 23 de junio de un disparo a la cabeza. Tenía apenas 14 meses y 16 días de haber nacido. “No tenía color ni partido político, estaba en estado angelical. Jamás se imaginó que le iban a disparar”, dice Nelson Lorío, su padre, quien lo llevaba en los brazos cuando recibió el impacto de parte de “policías y paramilitares” que realizaban “labores de limpieza” en el barrio Américas Uno, de Managua.

La muerte del bebé Lorío Navarrete es uno de los últimos asesinatos de niños por parte de la represión orteguista. La Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) reveló que 21 menores, de 18 años o menos, han muerto entre el 18 de abril y el 25 de junio en los hechos violentos de la crisis política que vive el país.

La Prensa (Nicaragua) contabiliza 15 casos de jóvenes que han muerto de las formas más crueles: de impactos de bala en la cabeza, pecho o cuello. Mientras que hay algunos que murieron calcinados junto con sus padres, suplicando por sus vidas o atropellados cruel e intencionalmente por un bus.

Según el informe de la ANPDH, ocho de los menores de edad tenían 17 años, cuatro tenían 16 años, cinco 15 años, una niña de 11 años y una de dos años, y dos bebés: uno de 14 meses y otro de cinco meses de edad.

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“HERODES NICARAGÜENSE”
La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Vilma Núñez, dijo que el presidente inconstitucional Daniel Ortega se está convirtiendo en el Herodes nicaragüense. “Herodes fue aquel que mandó a matar a todos los niños de determinadas edades para que no le hicieran competencia. Entonces, Daniel Ortega está matando a la niñez nicaragüense”, afirmó Núñez.

El Movimiento Mundial por la Infancia (MMI) Capítulo Nicaragua condenó el “uso de la fuerza letal” del gobierno de Daniel Ortega contra los niños en la crisis sociopolítica local, que ha dejado saldo de más de 218 muertos, según sus datos, de los cuales al menos 17 son menores de edad.

“Condenamos rotundamente el uso de la fuerza letal contra la población civil, especialmente niños y adolescentes”, señaló el MMI Nicaragua, que exigió al Estado nicaragüense asumir “su rol como garante de derechos con mayor cuidado y responsabilidad por tratarse de un niño o adolescente, y debe, además, tomar medidas especiales fundamentadas en el principio del interés superior de la niñez”.

Rechazo. Personas caminan frente a un mural con mensajes en contra de Daniel Ortega en el barrio indígena de Monimbo, en Masaya, ciudad que hace 39 años fue crucial en la victoria sandinista.

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DISPARO CONTRA DIOS
El domingo 24 de junio, durante la homilía en la catedral de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, elevó una oración especial por la memoria de Teyler Leonardo Lorío Navarrete, bebé de 14 meses.

Ese mismo día el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Silvio Báez, calificó el asesinato de Lorío como “otro signo de inhumanidad”. Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

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EL BEBÉ DE LOS COLOCHOS
Los colochos de Teyler son lo que más recuerda su padre, Nelson Lorío. “Siempre quise un niño así, con ese tipo de pelo”, dice el padre. “Nunca se lo corté porque queríamos dejárselo crecer”.
Nelson Lorío y Karina Navarrete se conocieron hace ocho años. Un año después nació Joshuara, su primera niña, quien ahora tiene siete años de edad. Estuvieron separados durante dos años y regresaron desde hace cinco. Ambos planificaron tener un niño durante ese tiempo, hasta que el 7 de abril de 2017, a las 7 de la mañana, nació Teyler Leonardo en el Hospital Monte España.

“Mi orgullo de varón”, dice el padre, quien fue el primero en cargarlo, sin poder imaginarse que también sería el último. “No lo podía dejar de ver. Nunca me lo despegaba”, dice Nelson, quien a partir de ese día empezó a trabajar en supermercados o gasolineras para que a Teyler “no le faltara nada”.

Karina Navarrete, la madre, también empezó a trabajar como doméstica. Ambos compraron un terrenito que todavía están pagando. Es por eso que todos los días iban a dejar a Teyler a la casa de su abuelo paterno, Jaime Lorío, en el barrio Américas Uno.

Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

El abuelo se encariñó tanto con el niño que se lo pedía a su hijo. “Mi esposa se enojaba porque mi papá se lo quería quedar”, dice Nelson, apenas sonriendo. “Yo no hallaba cómo decirle a mi papá que el niño había muerto porque me daba miedo que también se muriera”.

El abuelo se desmayó con la noticia. En el sepelio también se desmayó, después de que abrió el ataúd de su nieto y le depositó el peluche con el que jugaban. Ahora, Jaime Lorío llega todos los días a visitar a su hijo para no sentirse solo. Llega en la mañana, siempre con un vaso de leche agria y una tortilla. Trata de verse fuerte, sereno. “Pero talvez solo me meto un momento al cuarto y cuando regreso, lo encuentro llorando”, dice Nelson.

Impunidad. Las investigaciones por los asesinatos de estos niños y de todas las víctimas de los cuerpos de seguridad están estancadas en Nicaragua.

Teyler se dormía a las 9 de la noche y se despertaba a las 4 de la mañana. “Era mi alarma para ir a trabajar”, dice Karina. Desde esa hora, Teyler le gritaba a su abuela o a sus tíos para “que supieran que estaba despierto y lo cargaran”, dice la madre.

Joshuara, la niña de siete años, también pregunta por su hermanito: “¿Y el negrito, dónde está, mama?” Karina Navarrete trata de no llorar delante de su hija. Le responde que el negrito está en el cielo, que está jugando, que le desee buenas noches y que le diga que hoy se porte bien.

Durante el día, Karina se distrae platicando, viendo televisión, dando entrevistas. Pero cuando llega la noche se quiebra. No aguanta. Duerme a la niña y se va a otro cuarto. Cierra la puerta. Llora. No le importa lo que piensen los demás que solo escuchan sus gritos. “En ese cuarto solo yo sé cómo me pongo a llorar”.

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NIÑOS CALCINADOS
Mathías Velásquez Raudez, de cinco meses, y Daryeli Velásquez Raudez, de dos años de edad, murieron calcinados en su casa el sábado 15 de junio, día en que la policía y paramilitares hacían “labores de limpieza” en el barrio Carlos Marx, donde los protestantes de la zona habían levantado barricadas desde los primeros días de protesta.

En la tragedia murieron de la misma forma sus abuelos, Óscar Velásquez Pavón y Maritza López. Y también sus padres, Alfredo Velásquez López y Mercedes Raudez. Un día antes de que murieran en el incendio, su madre había subido una foto en la que aparecían los niños con trapos sobre el rostro, como una especie de pasamontañas, y unos morteros de juguete que llevaban el grabado de Nicaragua. “Mis bebés vandálicos”, había escrito en su publicación.

Demandas. Un hombre sostiene un cartel con fotografías de detenido por el Gobierno de Daniel Ortega, durante una protesta realizada al exterior de El Chipote, una cárcel de máxima seguridad.

Niño y adolescentes asesinados

Álvaro Conrado, de 15 años de edad:

Fue el primer niño asesinado durante las protestas. Murió el 20 de abril después de mediodía. Fue asesinado cuando llevaba a escondidas agua a los universitarios que recogían víveres en la catedral de Managua. Era músico, atleta y quería ser abogado. Recibió un impacto de bala que le dañó la tráquea y el esófago.

Orlando Córdoba, 15 años de edad:

Asesinado el 30 de mayo, Día de las Madres. Orlandito nunca había participado en ninguna marcha. Aquel día, frente a la UNI, una bala penetró su tórax. Su pasatiempo era mirar videos en YouTube para aprender a tocar mejor la batería, su instrumento de todos los viernes en el culto de su iglesia evangélica. Era fanático del Barcelona, equipo español de fútbol. Cursaba el sexto grado de primaria en el Centro Escolar España, en Managua.

Júnior Gaitán, de 15 años de edad:

Fue asesinado el 2 de junio, de rodillas ante un policía, según familiares y testigos. “Le suplicó por su vida”, dijo su madre, Aura Lila López. “Le disparó a quemarropa en el pecho”. Le encantaba jugar fútbol. Le decían “el Pollo” o “Pollito”, de cariño. Fue una vecina la que le “encajó” ese apodo, supuestamente porque comía mucho pollo frito. Era buen alumno, le llamaban la atención los bomberos y los grafitis.

Sándor Dolmus, 15 años de edad:

Murió el 14 de junio. Un balazo certero lo tumbó partiéndole el pecho, a unos metros de la puerta de su casa, en el barrio San Juan. Casi no salía de casa. No había salido en los últimos dos meses. Le gustaba mirar videos en YouTube de cantos a la Virgen María. Era muy católico y seguidor de monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua. Estaba en cuarto año del colegio de secundaria Sagrado Corazón de Jesús.

Francisco Rivera Narváez, de 16 años de edad:

Falleció el sábado 23 de junio. El informe médico legal indica que la causa de la muerte fue herida por proyectil de arma de fuego, con entrada y salida en el cráneo. El joven habitaba en el barrio Santa Elena, de Managua. Ese día regresaba de jugar fútbol en el parque del barrio Monte Fresco cuando fue atacado.

Samuel Reyes, de 16 años de edad:

Asesinado el sábado 23 de junio. Murió al ser herido por arma de fuego y arma blanca en el cráneo. Vivía en el barrio Reparto Schick de Managua.

Jésner Josué Rivas, de 16 años de edad:

Asesinado el 22 de abril. Su madre contó que ese día, al escuchar que un grupo de vándalos pretendía asaltar un supermercado en la entrada del barrio La Fuente, de Managua, Jésner tomó su tiradora y salió de su casa. Minutos después una bala lo impactó casi a la altura del cuello, en la parte izquierda. Le gustaba jugar fútbol y su familia conserva los trofeos que había obtenido.

Abraham Antonio Castro Jarquín, de 17 años de edad:

Asesinado el 8 de junio durante un ataque de turbas paramilitares orteguistas en la salida norte del municipio de Jinotega. Sus familiares le llamaban “Patito”. Se dedicaba a la reparación de motos, pero llevaba días en las trincheras. Vivía en el barrio Carlos Rizo.

Ángel Reyes, de 17 años de edad:

Murió el 17 de mayo, después de que una ruta lo atropelló intencionalmente. Estaba en una barricada cuando un bus, conducido por un paramilitar, le pasó encima y le causó la muerte casi inmediata. Reyes era estudiante del Colegio Rigoberto López Pérez y estaba apoyando a los universitarios atrincherados en la UPOLI.

Carlos Bonilla López, de 17 años de edad:

Murió el 20 de abril tras recibir un balazo. Fue un disparo en la frente. Estaba en Ciudad Sandino y lo trasladaron al hospital local y luego fue remitido al Hospital Lenín Fonseca, donde murió. Había salido a un ensayo de la banda rítmica a la que pertenecía. Se acababa de bachillerar, en 2017, y estudiaba cursos libres de caja e inglés.

José Abraham Amador, de 17 años:

Asesinado el 20 de abril, cuando recibió el impacto de bala que le perforó los pulmones, cerca del mercado de Artesanías, de Masaya. Era estudiante de cuarto año de secundaria del centro Rafaela Herrera y pretendía estudiar veterinaria.

Ríchard Eduardo Bermúdez Pavón, de 17 años:

Fue uno de los primeros muertos del 19 de abril. Cayó de una ráfaga en el tórax. Era estudiante de secundaria y vivía en Tipitapa, donde formaba parte de una comparsa rítmica.

Imagen

“Nunca dejo de trabajar”

¿Qué imagen lo ha impresionado más en su vida?

Lo que más me ha impresionado en la vida es el nacimiento de mi hijo. Fue de alto riesgo y su lucha por vivir fue increíble.

¿De qué se siente satisfecho?

La vida se trata de dar todo lo que puede dar, en todo momento. En el trabajo es una gran satisfacción enfocar los esfuerzos en apoyar a los más vulnerables.

¿Qué hace en su tiempo libre?

Soy cinéfilo. Veo películas, series y trato de pasar el mayor tiempo posible con mi familia.

En tres palabras, ¿cómo se describe?

Responsable, comprometido y meticuloso.

¿Qué lo hace sentir frustrado?

La mediocridad, la persona que hace su trabajo mal, que no hace su mayor esfuerzo por desarrollar al máximo su potencial. Además, me frustra esperar por asuntos sencillos.

¿Cómo se llevan la familia y el trabajo por los migrantes al mismo tiempo?

La gestión de recursos y apoyo para la temática de personas migrantes retornadas requiere mucho tiempo fuera de casa, pero mi familia lo entiende y me apoya totalmente.

¿Cuál es la mayor cantidad de tiempo que ha pasado en el trabajo?

Me considero “workaholic”, probablemente nunca dejo de trabajar. Siempre estoy pendiente de temas de interés en mi trabajo.

Buzón

 

Un vals vestido de rosa

Los estereotipos han estado presentes en toda sociedad y a todo nivel, el arte no escapa a esto. A raíz del surgimiento de nuevas formas de vincularnos se ha dado libertad a manifestaciones que se consideraron tabús. La sexualidad y el género no escapan a esto. Junio es el mes dedicado a la comunidad LGBTI para visibilizarla y hacer un llamado a que se respeten sus derechos. También en nuestro país se hacen diversas actividades con este fin y no solo la ya tradicional marcha del orgullo gay. La semana pasada se presentó en el teatro Luis Poma, en una breve temporada, “El vals de la rosa” con el colectivo Circus Contemporaneum, una producción teatro-danza que aborda la temática de género y el llamado grupo LGTBI que recientemente ha causado polémica por el uso de sus símbolos en lugares públicos y en entidades gubernamentales que apoyan la diversidad sexual.

La sala estaba un tanto más vacía de lo que nos tiene acostumbrados, posiblemente, debido a la temática abordada y el género dramático. El espectáculo rememora la adolescencia de seis personajes en esta etapa crítica de la vida que busca identidad y que los lleva a explorar y encontrar su sexualidad y romper esos estereotipos subyacentes. Vimos un grupo lleno de energía, sinergia y vitalidad con buena coordinación en las coreografías. Un texto un tanto lineal que nos quedó a deber matices e intencionalidades interpretativas que podrían aprovecharse con esa expresividad mostrada en las coreografías.

Nos llama a la reflexión la marginalidad que enfrentan estos grupos minoritarios, excluidos por no seguir el orden establecido. Vemos en la representación un exceso de expresiones violentas y manifestaciones explícitas que bien pueden ser artísticamente mejor representadas, pues el arte recurre a simbolismos y sutilezas. “El vals de la rosa” ha visibilizado una realidad que está presente y no podemos ocultar. El arte es una vitrina ideal para hacer ver a una sociedad que debe ser incluyente, que debe ser el lugar donde todos quepamos, a pesar de todos esos estereotipos socialmente construidos.

Roberto Carbajal
rvladimir318@gmail.com